21-LOS MILAGROS

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

LAS OBRAS Y LOS DECRETOS DE DIOS

21 LOS MILAGROS

A veces, cuando juego al golf con mis amigos (en un campo de golf que tiene un número elevado de lagunas de agua), hago un tiro equivocado y la pelota sale en dirección a una laguna, pero luego salta rozando la superficie del agua y se detiene del otro lado. Como soy un ministro, mis amigos se extrañan de dicho logro y comentan el hecho con expresiones tales como: «¡Es un milagro!» Como cualquier niño puede saberlo, no se requiere un milagro para hacer saltar una piedra sobre la superficie del agua. Tampoco se requiere de un milagro para hacer saltar una pelota de golf sobre el agua. Siempre y cuando la pelota tenga la trayectoria correcta y esté girando sobre sí misma, es un hecho sencillo.

El término milagro hoy se utiliza con demasiada ligereza. Por rutina decimos que ocurrió un milagro cuando se da un pase en profundidad en un partido, o se evita un accidente a último momento, o cuando contemplamos la belleza de una puesta de sol. Pero la palabra milagro puede ser utilizada de tres maneras distintas. La primera de ellas describe acontecimientos ordinarios, pero que nos causan una fuerte impresión. Nos referimos al nacimiento de un bebé, por ejemplo, como un milagro. Al hacerlo, estamos honrando a Dios por los detalles y la belleza de su creación. Nos quedamos asombrados de la majestad del cosmos al ver cómo Dios obra a través de los medios secundarios de las leyes naturales, las que a su vez son creaciones de Dios. En este sentido el término milagro se refiere a cosas ordinarias que apuntan a una causa extraordinaria, el poder de Dios.

La segunda manera en que utilizamos el término milagro es similar a la primera. Con frecuencia en la Escritura leemos como Dios obra a través de medios secundarios en el momento y el lugar más propicio. La estrella de Belén, por ejemplo, posiblemente tuvo una causa científica y natural. La extraordinaria alineación de un grupo de estrellas, o una supernova pueden haber sido la explicación de su luminosidad. Pero el reconocer esta posibilidad, sin embargo, no hace que el acontecimiento sea menos milagroso. La luz irradió su brillo en oportunidad del nacimiento de Cristo. Le indicó a los magos el camino a Belén. La estrella es entonces un milagro de tiempo y lugar. Este milagro honra a Dios y a su manera de tejer el tapiz de la historia y, por lo tanto, debemos reconocer que el acontecimiento ocurrió de manera milagrosa.

En tercer lugar, los milagros se refieren a actos de Dios contrarios a la naturaleza. Este es el uso más técnico del término. Cuando Jesús convirtió el agua en vino o cuando levantó a Lázaro de entre los muertos, Dios estaba actuando por encima de sus leyes naturales. No hay explicación natural posible para estos acontecimientos. Sirven para convalidar a Cristo como el Hijo divino de Dios.

La Biblia utiliza varias palabras para encerrar el concepto contenido en la palabra milagro. La Biblia nos habla de señales, maravillas y prodigios. En el sentido más restricto, identificamos los milagros con la palabra bíblica señales. A los milagros se los llama señales porque como cualquier señal, apuntan hacia algo que es distinto a ellas, algo que es más significativo. Dios utilizó los milagros con sus agentes como prueba o confirmación de la revelación divina (Heb. 2:3-4). Dios le otorgó a Moisés la capacidad de hacer milagros para que esto fuera la prueba de que Dios había enviado a Moisés. Del mismo modo, Dios autenticó a su Hijo por medio de las señales que Él hizo.

En la actualidad hay tres puntos de vista distintos de entender los milagros. El primer punto de vista es escéptico y niega la posibilidad de que los milagros hayan ocurrido alguna vez. El segundo punto de vista considera que los milagros ocurrieron en los tiempos bíblicos y que todavía ocurren hoy en día. Y el tercer punto de vista considera que hubo milagros verdaderos en la Biblia, pero que una vez que Dios terminó de establecer su revelación en la Escritura, dejó de realizar milagros. Según este punto de vista, Dios todavía obra en el mundo de manera sobrenatural pero no le otorga el poder de realizar milagros a los seres humanos.

Resumen

l. La Biblia nos habla de señales, prodigios y maravillas.

  1. La Biblia registra distintos tipos de milagros.
  2. Todos los milagros son acontecimientos sobrenaturales, pero no todos los acontecimientos sobrenaturales son milagros.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Ex. 4:1-9

1 Kings 17:21-24

Jn. 2:11

Heb. 2:1-4

Participa en tu iglesia

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Participa en tu iglesia
Por Larry G. Mininger

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

oven, ¿es esta tu historia? Creciste en la iglesia de tu familia y estuviste muy involucrado en ella cuando eras niño y quizá hasta la secundaria. Pero cuando te fuiste a la universidad, al ejército o a trabajar lejos de casa, empezaste a involucrarte mucho menos en la iglesia.

No planeabas hacer eso, pero te encontraste con nuevas responsabilidades y exigencias de tiempo. Te liberaste de los patrones viejos y te hallaste solo, libre para formar otros nuevos. Quizás buscaste una iglesia que «se ajustara a tus necesidades», una que tuviera mucha gente de tu edad, música que te gustara o un gran predicador. Faltabas al culto de adoración debido a las fuertes exigencias de la escuela o el trabajo, pero aun así amabas a Jesús, orabas y veías cultos de adoración en la televisión o en tu computadora. Simplemente no te enchufaste a una iglesia.

Permíteme animarte con dos pensamientos bíblicos.

En primer lugar, Jesús tiene un plan para ti y para cada cristiano. Su plan es que todos los cristianos se sumerjan en Su iglesia y sean cuidados por ella. Él reveló Su plan a Sus discípulos en Mateo 16:18-19: «Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Así pues, Jesús fundó, autorizó y estructuró personalmente este plan cuando dijo: «Yo te daré [dirigiéndose a los apóstoles] las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos».

El plan de Jesús no es una sugerencia sino Su voluntad divina, el plan de Dios. No es un plan más entre los otros que podríamos crear, sino Su plan, el mismo plan por el que Él vino y murió. El libro de los Hechos y todas las epístolas confirman que los apóstoles de Jesús llevaron a cabo Su plan en medio de su generación.

El plan de Jesús sigue siendo reunir a todas Sus ovejas en iglesias, donde Él usa el poder y la autoridad de Su resurrección para enseñar, cuidar, reprender y restaurar a Su pueblo de manera continua. Para lograr eso, Él otorga dones espirituales a los hombres y las mujeres, de modo que edifiquen Su iglesia en todos los lugares donde Él los envíe. El plan de Jesús para Su iglesia (para ti y para mí) incluye un liderazgo estructurado. El plan de Jesús para nosotros es que seamos cuidados por pastores y maestros en Su iglesia. El plan de Jesús es inspirado divinamente y es el mejor plan que podría hacer el cielo. Nuestro deber y privilegio es aceptar Su plan y sumergirnos en él.

Dios explica Su plan en Efesios 4:11-12: «Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo».

Muchas personas de mi generación, y quizás aún más de la tuya, consideran que la iglesia es solo una opción y han perdido de vista el plan de Jesús.

En segundo lugar, el plan de Jesús te incluye a ti, pero no solo como alguien que asiste a la iglesia y escucha la predicación de Su Palabra. Jesús te ha dado dones espirituales para que los uses en Su (tu) iglesia. Sí, tienes dones, y deben ser utilizados en la iglesia para nuestro crecimiento mutuo y también para el tuyo. Escucha lo que dice Efesios 4:7: «Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo». Ese «cada uno» te incluye a ti. Eres necesario si la iglesia ha de ser (y si tú has de ser) el pueblo de Dios que Dios planeó.

¿Cómo puedes descubrir y desarrollar tus dones espirituales?

Aquí hay algunas ideas.

Asiste con mucha regularidad a tu iglesia.
Sé enseñable, paciente y dado a la oración.
Habla con alguno de tus pastores o ancianos sobre este asunto, o encuentra a un hombre o a una mujer de mentalidad espiritual con quien puedas desarrollar una relación informal de mentoría.
Sirve en cualquier función de la iglesia que esté disponible y atrévete a probarla, por ejemplo, la portería, la guardería infantil, los comités, los estudios bíblicos, el servicio comunitario. Mantente en contacto con tus líderes y pídeles que retroalimenten tu servicio.
Pídele a Jesús, el que te dotó, que te ayude a identificar tus dones espirituales.
Haz que tu objetivo interior sea convertirte en todo lo que Jesús ha diseñado que seas. Dile al Señor que lo que más quieres es darle gloria a Él.
Ya que Jesús te ha dado dones espirituales, Su iglesia te necesita y tú necesitas a la iglesia. Unámonos bajo el plan de Jesús.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Larry G. Mininger
El Dr. Larry G. Mininger es pastor emérito de la Lake Sherwood Orthodox Presbyterian Church, en Orlando, Florida. Además, sirve como encargado de atención estudiantil en el Reformation Bible College, Sanford, Florida.

¿ES CRISTO TÚ SEÑOR? | A.W.PINK

Sermones Clásicos
¿ES CRISTO TÚ SEÑOR?
A.W.PINK
Narrado por el pastor: David Barceló

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

Toma el pecado en serio

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Toma el pecado en serio
Por Geoffrey Thomas

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Toma a Cristo en serio. Sí, por supuesto. Cada vez que mires tu pecado, mira diez veces a Cristo. Pero, ¿querrás mirar a Cristo si no has visto tu necesidad? ¿Verás tu necesidad si no has visto tu pecado?

¿Por qué se da por sentado al Hijo de Dios en la iglesia visible de hoy? Solo porque el pecado es tomado a la ligera. Nuestra necesidad más apremiante es redescubrir la gloria de la salvación de Cristo. Hasta el hombre de Dios más maduro necesita tener una visión fresca de Jesucristo para poder gritar: «¡Aleluya! ¡Cristo salva!». Esta es la marca distintiva de una congregación creciente y reavivada, y esa llenura del Espíritu que glorifica al Hijo viene en gran parte por la convicción de nuestro pecado y la comprensión de nuestra necesidad de este glorioso Libertador, que nos libra del dominio, la perversidad y la condenación del pecado. Así que, cristiano joven, toma el pecado en serio.

Considera que el pecado hace pedazos la ley de Dios. Dos tablas de reglas seguras, buenas, santas, justas, espirituales y provechosas: el pecado derriba y destruye ambas tablas. ¿Es esa una acción insignificante? ¿Desdeñar y destruir la santa ley de Dios, el resumen de la naturaleza y las perfecciones divinas?

Considera que el pecado mira con frialdad al carácter de nuestro Creador, el Hacedor de todo lo majestuoso, glorioso, hermoso y excelente; derrama desprecio sobre Él. Piensa en las criaturas más aterradoras del mundo e imagínate que se te están acercando. Sin embargo, ninguna de esas criaturas odia a Dios por naturaleza. Solo el pecado, el tuyo y el mío, desprecia y rechaza a Dios.

Considera que el pecado está bajo las advertencias del Dios vivo. Dios odia todo lo que contradice Su naturaleza. El Señor tres veces santo desprecia todo lo que es malo, maquiavélico, cruel, egoísta, idólatra, codicioso y lujurioso. Todo lo que hay en el cielo y en los cielos de los cielos ―los ángeles y serafines, los espíritus de los justos hechos perfectos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo― son unánimes en su justa ira y furia contra el pecado, ¿y seguiremos nosotros siendo indiferentes a él? Un día, por la gracia de Dios, lo detestaremos al igual que ellos.

Considera las consecuencias del pecado. Piensa en el hombre rico de la historia de Jesús y en el gran abismo puesto entre él y la bienaventuranza de los que estaban en el cielo (Lc 16:19-31). Él anhela ser librado, pero nunca podrá dejar ese lugar. Una gota de agua es todo lo que pide, pero nunca podrá tenerla. ¿Qué fue lo que llevó allí a este hombre rico que lo tenía todo, a este hijo del orgullo? ¿Qué fue lo que lo unió a los muchos otros que recorrieron resueltamente el camino ancho por años y rechazaron toda oferta de misericordia, despreciando a Cristo el Redentor? Fue el pecado, ese mismo pecado que llena los cementerios de muertos y hace que el humo de sus cuerpos quemados suba por las chimeneas de todos los crematorios. La paga del pecado es muerte, la muerte física en este mundo y la horrible muerte segunda en el mundo venidero.

Considera el juicio del pecado que cayó sobre el Señor Jesús en el Gólgota. ¿Qué piensan del pecado el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? Piensa en el fin del Hijo amado de Dios el Padre. No hay padre más amoroso que el Padre ni hijo más amado que el Hijo. Sin embargo, el Hijo llevó nuestros pecados en Su propio cuerpo sobre la cruz. El Hijo de Dios se convirtió en el Cordero de Dios. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros. Dios el Padre no lo eximió. No podía haber ni un gramo de flexibilidad en lo que concierne al pecado. Dios no refrenó ni un solo golpe de la vara de Su justicia al mostrar cuán digno de condenación es el pecado. El Padre quiso golpear a Cristo hasta matarlo. El Padre alzó Su vara, y Cristo la recibió sobre Sí mismo en nuestro lugar.

Todo esto indica la seriedad con la que Dios ve el pecado, y cuán inexpresable es todo lo que Él soportó para que gente patética como nosotros sea librada de la iniquidad. ¿Y puedes encogerte de hombros? ¿Puedes asentir con la cabeza y seguir pecando en hecho, palabra, actitud y omisión?

Incrédulo, Jesucristo es todo lo que los pecadores necesitan. Él puede satisfacer todos tus deseos y romper esas cadenas poderosas que te atan al pecado. Cristiano, ya seas joven o anciano, mortifica el pecado remanente. Estrangúlalo y no le des ni un respiro. Hazlo morir de hambre. Niégate a darle aunque sea un bocadito. Toma el pecado en serio, pues tomas en serio la justicia y la sangre de Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Geoffrey Thomas
El Rev. Geoffrey Thomas es el pastor principal de la Alfred Baptist Church en Aberystwyth, Gales. También sirve como profesor invitado de teología histórica en el Puritan Reformed Theological Seminary y editor asociado de la revista Banner of Truth.

¿Por Qué Importa el Antiguo Testamento Hoy?

Soldados de Jesucristo

Serie: Lecciones del Antiguo Testamento

¿Por Qué Importa el Antiguo Testamento Hoy?
Por Gabriel Reyes-Ordeix

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17)

El significado, la importancia y el beneficio del Antiguo Testamento (AT) descansan en su concepción como el plano arquitectónico del plan de salvación. A través de la historia de Israel, Dios redime a la iglesia de hoy. En el Antiguo Testamento encontramos el diseño original, el contexto histórico y la fundación del Nuevo Testamento (NT).

Piensa que el Antiguo Testamento es la primera parte de una película, sin la cual, la secuela (el Nuevo Testamento) no haría mucho sentido. Esta primera parte nos ayuda a entender los personajes, los conflictos, la naturaleza de las situaciones e incluso el glorioso final del Nuevo Testamento.

Como sabemos, la salvación y el plan redentor se desenvuelven en el Nuevo Testamento, pero para que nosotros podamos entender esto a plenitud, debemos conocer las leyes, el sistema sacrificial, los pactos y las promesas que le preceden en el Antiguo Testamento. Conocer el contexto antiguotestamentario nos da una visión tridimensional de la corrupción del pecado en la humanidad y de la gracia que la venció. Profundidad.

De no ser por el relato de la Creación y de la Caída en Génesis, no sabríamos si el Dios que ha prometido salvación para los suyos es el mismo que creó todo, y contra quien hemos pecado vilmente. Si Él tiene el poder para crear todo, ¿por qué habríamos de dudar de Él como nuestro Protector, Padre y Rey?

El liderazgo de Moisés a través del Pentateuco, guiando, representando y gobernando a Israel como el representante de Dios, nos muestra un ejemplo humano de liderazgo, santidad y sacerdocio cuyo propósito mayor es el de simbolizar y anunciar a uno más grande: Cristo. La eminente vida de Moisés cumple su propósito sentando un precedente que no sería superado hasta la llegada del Mesías.

En Deuteronomio 34 vemos la muerte y sepultura de Moisés. Allí, el versículo 10 dice:

“Desde entonces no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor conocía cara a cara, nadie como él por todas las señales y prodigios que el Señor le mandó hacer en la tierra de Egipto, contra Faraón, contra todos sus siervos y contra toda su tierra, y por la mano poderosa y por todos los hechos grandiosos y terribles que Moisés realizó ante los ojos de todo Israel.”

Esta era la esperanza de Israel, “¡uno mucho más grande que Moisés vendría!” La espera, la historia y el precedente engrandecen a la persona de Cristo, su nacimiento y su muerte.

La promesa de Dios a Abram (antes de ser llamado Abraham) en Génesis 12:3, representa una de las primeras instancias del evangelio y de la redención de los pueblos — aún desde el Génesis.

Dios le dijo al patriarca: “Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.” Esto habla no solo de plan redentor para Israel, la nación escogida de Dios, sino también de la salvación de todas las otras naciones que serían benditas a través del sacerdocio de Israel. Israel no fue escogida en vez de todas las otras naciones, sino para el beneficio de todas las otras naciones.

La maldición del Señor para la serpiente en Génesis 3:15 también nos da una primicia de la victoria escatológica (del fin de los tiempos) que el Señor tendrá sobre Satanás y este mundo.

Un libro como Levítico es lo que nos permite tener un entendimiento correcto de Cristo como Sumo Sacerdote que intercede por nosotros. Sin el contexto que nos da Levítico, no entenderíamos la profundidad, trascendencia y significado de la persona de Cristo en el libro de Hebreos.

El libro de Deuteronomio es comúnmente visto como el corazón teológico del Antiguo Testamento. Es la compilación de una serie de discursos de un viejo Moisés a Israel con el motivo primordial de exhortar y motivar la obediencia del pueblo en el tiempo previo a su entrada a la esperada Tierra Prometida.

En Deuteronomio, Moisés repasa y recuerda los mandatos y proezas del Señor, al mismo tiempo, exhortando y estimulando a Israel a amar y a obedecer a Yahweh. Especialmente, Deuteronomio 6:4-5, también conocido como el Shema, informa una gran parte de la teología del Nuevo Testamento (Mar. 12:29-30; Mat. 22:37; Luc. 10:27; 1 Tim. 2:5; 1 Cor. 8:6).

Escucha, Oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es.
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con toda tu fuerza.

Una sección de libros como la de los profetas menores nos muestran la plenitud del carácter del Señor, Su justicia enfurecida y Su compasión misericordiosa. Aunque son muy rechazados, estos son especialmente trascendentes para la iglesia de hoy. Dios es Señor sobre todas las naciones; Él las juzgará en su tiempo, y Él tendrá misericordia de quien quiera. ¿Escuchará la iglesia el llamado a proclamar y predicar el nombre del Señor?

Los libros de sabiduría (Job, Proverbios, Salmos, Eclesiastés y Cantar de los Cantares) nos muestran cómo debemos de vivir el día a día. Quién es el sabio, quien es el necio. Estos libros no hablan mucho de los sacrificios y del antiguo pacto, sino de la simpleza de cumplir y ser fiel al Señor. El sabio es quien obedece al Señor, no quien conoce la ley, sino quien la cumple. Los libros de sabiduría influencian grandemente muchas secciones del Nuevo Testamento, siendo Santiago, una de las más evidentes.

El beneficio del Antiguo Testamento recae en que ahora entendemos el significado de la justicia de Cristo, Jesús como nuestro esperado Mesías, Jesús como Sumo Sacerdote, y Jesús como el Hijo de Dios. Ahora sabemos por qué existe la ley, y que por nosotros mismo somos incapaces de cumplirla. A través de ella vemos nuestro pecado — colectivamente e individualmente; también vemos que el pecado nos ha dejado en deuda, y por eso estamos condenados a la consecuencia: la muerte.

El Antiguo Testamento es la precuela a nuestra gloriosa realidad como hijos del Señor.

Si el Antiguo Testamento hubiese quedado obsoleto y anticuado con el Nuevo Testamento, no tuviéramos tantas referencias de Pablo, Pedro, Mateo y Lucas citando el antiguo Testamento. Cada vez que uno de ellos se refiere a “La Escritura”, se refiere al Antiguo Testamento. Esa era la Biblia para ellos.

El Nuevo Testamento no es individual, sino dependiente del Antiguo y ambos hacen completo sentido por su interrelación. Dios inspiró y preservó su Palabra, toda su Palabra, Antiguo y Nuevo Testamentos para que nos beneficiáramos de ambos.

El Antiguo Testamento representaba la esperanza de Israel de que vendría un Mesías. El Antiguo Testamento también sigue siendo esperanza para nosotros, pero en otro sentido: Ya la esperanza llegó, y ya conocemos lo que era oculto. Cristo es la terminación de lo prometido, el Espíritu es el que nos apodera a vivir acorde a la Palabra, y Dios el Padre es nuestro Señor quien controla el cosmos y cada aspecto de nuestras vidas.

Un pueblo rebelde e incrédulo; un Dios recto, perfecto, lleno de gracia, justo y misericordioso; y la promesa de un Mesías que un día vendría a ser el mediador entre los dos.

Gabriel Reyes-Ordeix
Casado con Ivana desde el 2013. Actualmente completa su Maestría en Divinidades en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY. donde sirve como presidente de la Asociación de Estudiantes Hispanos. Gabriel ha participado en múltiples grabaciones musicales junto a Sovereign Grace, La IBI y Mauricio Velarde.

Solo haz algo

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Solo haz algo
Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Luego de dictar una charla sobre la doctrina de la vocación en una universidad cristiana, un estudiante se me acercó para preguntarme si podía orientarlo. Llegó a la universidad pensando que quería ser pastor, pero luego se sintió inclinado a convertirse en profesor. «¿Cómo puedo saber lo que el Señor quiere que haga?», me preguntó.

Le di algunos consejos sobre cómo discernir sus talentos, pero luego me hizo una pregunta que reveló el problema de fondo: «¿Qué pasa si tomo la decisión equivocada?». ¿Qué pasa si decido ser maestro, pero Dios realmente quería que fuera pastor? ¿O qué pasa si decido ser pastor, pero en realidad Dios no quería que lo fuera? ¿Cómo podría enseñar o predicar si al hacerlo puedo estar fuera de la voluntad de Dios? Y, de todos modos, ¿cómo podría saberlo?

Entonces me llegó la respuesta. «No puedes tomar la decisión equivocada», le dije. Si decides ingresar al ministerio ―y, sobre todo, si terminas el seminario y recibes el llamado de una congregación, ya que las vocaciones vienen desde afuera de nosotros― puedes estar seguro de que Dios te ha puesto en ese púlpito. Si decides dedicarte a la enseñanza y una escuela te contrata, puedes estar seguro de que Dios te ha puesto en esa aula. Incluso es posible que Dios te ponga en un aula ahora y luego te llame al ministerio.

Muchas personas suponen que la voluntad de Dios para nuestras vidas es algo que debemos «descubrir» y que podemos perder si tomamos la «decisión» equivocada. Pero como no hay forma de que sepan realmente cuál es la voluntad de Dios para su caso concreto, se quedan paralizados, sin saber qué hacer, y por eso no hacen nada.

Los cristianos reformados saben que reducir todo a nuestra «decisión» es ir demasiado lejos. Sí, tomamos decisiones, pero para los cristianos, que tenemos la confianza en el Señor que gobierna el universo, ni nuestra salvación ni el curso de nuestras vidas «dependen de nosotros».

¿De verdad pensamos que la voluntad de Dios se puede frustrar? Por supuesto, podemos ir en contra de Su voluntad revelada, de Sus mandamientos; eso es lo que significa pecar. Debemos estudiar la Palabra de Dios para conocer Su justa voluntad. También debemos darnos cuenta de que eso suele entrar en conflicto con nuestra propia voluntad caída. Debemos crecer en nuestra fe, para que podamos orar junto a Jesús: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22:42). Sin embargo, en última instancia, Su voluntad soberana se cumplirá en el gobierno de Su creación.

No cabe duda de que el estudiante sabía que ciertas carreras, como la de narcotraficante o productor de pornografía, estaban descartadas para él. Pero ser profesor no es pecado. Tampoco lo es ser pastor. Sí, tiene que tomar decisiones, y hacerlo requerirá autoexamen, agonía y oración. Debe tomar en cuenta todos los factores ordinarios: sus finanzas, sus tiempos y sus consideraciones familiares. Pero una vez que ha tomado la decisión, puede estar seguro de que Dios lo ha guiado.

Esto es lo que enseñan las Escrituras. «La mente del hombre planea su camino» ―así que debemos hacer planes―, «pero el SEÑOR dirige sus pasos» (Pr 16:9). Dios es quien «dirige» lo que hacemos. «Se prepara al caballo para el día de la batalla, pero la victoria es del SEÑOR» (21:31). El Señor es quien produce el resultado, convirtiéndote en colaborador en Sus propósitos.

En contraste con las enseñanzas del evangelio de la prosperidad, el éxito terrenal no es necesariamente una señal del favor de Dios, ni la falta de éxito es una señal de que estés «fuera de la voluntad de Dios». Con frecuencia, el curso de nuestra vida no solo incluye oportunidades, sino también fracasos; no solo puertas que se abren, sino también algunas que se cierran en tu cara. La vocación ciertamente no se trata de tu «autorrealización». Seguir a Jesús en una vocación requiere abnegación y sacrificio diario en favor del prójimo al que servimos con ella.

Las adversidades de nuestras diversas vocaciones, ya sea en la familia, la Iglesia y la comunidad o nuestro lugar de trabajo, dan cuenta de otro aspecto de la voluntad de Dios: Él quiere que crezcamos en la fe y la santidad. «Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes 4:3). Esto sucede cuando las luchas de nuestra vida nos hacen depender cada vez más de Él.

En este momento, no sabemos lo que va a pasar ni adónde nos llevarán nuestras decisiones. Pero cuando miramos atrás, especialmente cuando ha pasado el tiempo, cuando somos mayores, podemos ver el patrón y la manera en que Dios nos estuvo guiando en cada paso del camino, aunque no hayamos sido conscientes de ello en el momento.

Mientras tanto, debemos actuar. Confiar en la providencia de Dios ―no solo en Su control, sino en que Él «provea» para nosotros― no es una receta para que seamos pasivos, sino para que gocemos de libertad. Podemos abordar con valentía las oportunidades y relaciones que la vida nos depara, confiando en que Él estará con nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Gene Edward Veith
El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

71 – La armadura de Dios o la armadura del hombre

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 71

El no congregarme habla de que algo no anda bien en mi vida

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Sean nuestros mentores

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sean nuestros mentores
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Sería imposible medir el impacto que tuvo William Still sobre una generación de pastores durante la última parte del siglo XX. Aunque Still ahora se encuentra en la gloria con Cristo, su ministerio continúa influyendo a ministros de ambos lados del Atlántico en el siglo XXI. No tengo duda alguna de que continuará haciéndolo por décadas, incluso por siglos, en el futuro. Sus cincuenta y dos años de ministerio en la Gilcomston South Church de Glasgow, Escocia, fueron de impacto mundial para la predicación expositiva y el ministerio pastoral. Esto se debió, al menos en parte, al hecho de que Still se entregó a las vidas de muchos jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Algunos de los ministros más talentosos y valorados del mundo pasaron tiempo aprendiendo de Still en Gilcomston South. El relato unánime dice que William Still era el mentor pastoral por excelencia.

Cuando yo era un seminarista joven, escuché muchas veces a Sinclair Ferguson hablar sobre el impacto que Still tuvo en su propia vida y preparación ministerial. Cuando expresaba su gratitud afectuosa por la manera en que su mentor se dedicó a él, en mi corazón surgía un anhelo de tener esa misma experiencia bendita. Sin embargo, al parecer había dos obstáculos. El primero era mi temor al rechazo. Era muy reacio a pedirles a los hombres que admiraba que fueran mis mentores, pues sabía que podían negarse. El segundo era el desinterés que percibía. Los ministros que más admiraba parecían estar demasiado ocupados en sus propios ministerios como para servir de mentores a los jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Por correcto o incorrecto que haya sido ese temor, y por cierta o falsa que haya sido mi percepción, estoy seguro de esto: yo no estaba pidiéndoles que me orientaran y ellos no estaban buscando hacerlo. A la luz de muchas conversaciones que he tenido con otros ministros a lo largo de los años, esta es una experiencia común.

Mientras crecíamos, mi padre solía orar para que el Señor «nos hiciera sabios más allá de nuestros años». Uno de los medios por los que el Señor responde esa oración es el de colocar personas sabias y experimentadas en nuestra vida para que nos orienten. Necesitamos desesperadamente la sabiduría de los que han sido usados para avanzar el Reino y han afrontado la tormenta antes que nosotros. Como bien expresó Isaac Newton, «Si he visto más lejos, es solo porque me paré en los hombros de gigantes». Si esto es cierto con respecto a lo que adquirimos al leer los escritos de los que nos han precedido, también lo es cuando recibimos la amistad y orientación de los que se entregan a nosotros.

La mentoría tiene su fundamento en la Escritura. Los ejemplos bíblicos de la mentoría son abundantes, ya sea en la ley, la literatura sapiencial, los profetas, los Evangelios, los Hechos de los apóstoles o las epístolas del Nuevo Testamento. Por ejemplo, Moisés fue mentor de Josué, David fue mentor de Salomón (considera los diez diálogos padre-hijo que se encuentran en Proverbios), Elías fue mentor de Eliseo, Jesús fue mentor de los discípulos, Pedro fue mentor de Juan Marcos y el apóstol Pablo dedicó su vida, no solo al servicio de la iglesia, sino también a la mentoría de su hijo espiritual, Timoteo.

La historia de la Iglesia también está llena de ejemplos del papel decisivo que la mentoría ha desempeñado en ella. El apóstol Juan fue mentor de Policarpo, un pastor y teólogo de la iglesia primitiva, quien a su vez fue mentor de Ireneo de Lyon. Ambrosio de Milán fue mentor de Agustín de Hipona. Como confesó Agustín:

Ese hombre de Dios me recibió como un padre, y miró mi cambio de residencia con amabilidad benevolente y episcopal. Y comencé a amarlo. . . como un hombre amigable conmigo. Y escuché cuidadosamente cómo le predicaba a la gente. . . Me aferré asiduamente a sus palabras.

Tras Martín Lutero, hallamos a Johann von Staupitz. Juan Calvino se sentó a los pies de Guillermo Farel. La lista suma y sigue.

Necesitamos desesperadamente que haya hombres y mujeres mayores, piadosos y sabios que abran sacrificadamente sus hogares, corazones, mentes y vidas a los hombres y mujeres jóvenes. Necesitamos que haya hombres y mujeres que nos enseñen lo que han aprendido a lo largo de los años y nos den un ejemplo a seguir. Pero, quizás incluso más que eso, necesitamos que haya hombres y mujeres mayores que nos amen y nos brinden su amistad para caminar junto a nosotros a través de los desafíos que enfrentamos día tras día en la vida y el ministerio. Por favor, sean nuestros mentores.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

El orgullo como piedra de tropiezo en el ministerio

Coalición por el Evangelio

El orgullo como piedra de tropiezo en el ministerio

MIGUEL NÚÑEZ

Este es un fragmento adaptado del libro De pastores y predicadores (B&H Español, 2019), por Miguel Núñez.

Muchas de las caídas de los hombres de Dios han estado precedidas por el orgullo. El orgullo nos lleva a creer que a nosotros no nos ocurrirá lo que le ha ocurrido a otros. Este mismo orgullo nos hace creer que no tenemos que rendir cuentas o que podremos manejar la tentación sin la ayuda de ninguna otra persona.

El orgullo nos conduce a permanecer callados cuando hemos pecado. La persona humilde busca ayuda, confiesa, se arrepiente, rinde cuentas. El orgullo quiere impresionar; lucir bien; ganarse el aplauso y frecuentemente entiende que no necesita someterse a nadie.

El orgullo parte de una comparación subjetiva que favorece al que hace la comparación. Uno de los aspectos más serios del orgullo, es que lleva al líder a acreditarse el mérito y a empañar la gloria de Dios.

Un hombre orgulloso siempre quiere ser el centro de atención y siempre hace lo posible para que la atención esté sobre él. Esto impide que otros surjan o se formen como líderes, porque piensa que podrían quitarle la posición o la autoridad. Este hombre orgulloso considera a los demás líderes como posibles amenazas a su autoridad.

Manifestaciones del orgullo
A continuación, algunas manifestaciones que el orgullo puede tener:

El líder que frecuentemente enfatiza sus títulos, sus logros, o que disfruta hacer alardes de poder.
Todo esto solo habla de una inseguridad en el ser humano que requiere traer a colación su preparación y sus logros para sentirse seguro o superior a otros.

En medio de nuestra generación donde proliferan los autodenominados apóstoles y profetas, debemos recordar que los alardes de poder por parte de este grupo nunca fueron parte de la vida de Jesús, ni de sus verdaderos apóstoles.

Uno de los aspectos más serios del orgullo, es que lleva al líder a acreditarse el mérito y a empañar la gloria de Dios

El apóstol Pablo dejó todas estas cosas atrás al experimentar el cambio en su vida, declarando en Filipenses 3:3: «… no poniendo la confianza en la carne». Lo que antes consideraba de importancia, luego Pablo le llamó «basura» o «pérdida» por amor a Cristo (Fil 3:7). La meta de Pablo y la nuestra debe ser conocerlo a Él y el poder de su resurrección (Fil 3:10).

El líder incuestionable que no tolera ningún tipo de observación o señalamiento.
Este es el líder que se ofende con facilidad y luego perdona y olvida con dificultad. Cristo, que es la máxima expresión de la humildad, nunca se ofendió… aun cuando injustamente le llamaron bebedor, glotón y amigo de prostitutas. Debemos estar conscientes de que somos peor de lo que pensamos y no somos tan buenos como creemos.

El líder controlador.
La necesidad de controlar a otros es una señal de debilidad en muchos líderes. Esto habla de inseguridad en la persona que teme que las circunstancias puedan salirse de su control.

Desafortunadamente, el controlador se irrita con facilidad, sospecha con frecuencia de los demás y no da espacio para el desarrollo de otros ni para la expresión de la diversidad. El orgullo quiere controlarlo todo, saberlo todo, determinarlo todo y que todo lo que se considere y se determine sea para la satisfacción personal del individuo.

Indisposición al aprendizaje.
El orgullo indispone al hombre de Dios para aprender. Nadie lo sabe todo. Por ejemplo, si existen recursos de educación continua y conferencias para pastores, ¿por qué considerar ofensivo el asistir? Ese pastor podría también pensar: “¿irán ovejas también a estas conferencias?”. El aprender sentados junto a las ovejas es bueno para el alma, porque todos necesitamos aprender, aunque sea en distintas áreas y niveles de conocimiento de Dios.

El orgullo no es solo una piedra de tropiezo para tu posible caída; es un impedimento para poder ministrar a las ovejas que están en necesidad

No aceptación o no apertura a las opiniones de los demás.
El orgullo no nos permite aceptar las opiniones de otro y con frecuencia las rechaza con ofensas. Por un lado, el orgullo ofende con facilidad a otros, sobre todo cuando otros mencionan algo que quizás la persona orgullosa no percibe como correcto o con lo que no está de acuerdo. A la vez, el orgullo es defensivo porque defiende su posición, muchas veces sin dar siquiera el beneficio de la duda o sin reconocer que podría estar en un error.

Autosuficiencia.
El orgullo es autosuficiente; no le gusta pedir ayuda. Existe una broma generalizada en muchas culturas de que cuando un hombre está conduciendo y se pierde, no pide dirección. Generalmente la mujer se detiene y pregunta para saber cómo llegar. Pero el hombre da vueltas y vueltas. El orgullo no nos permite admitir que estábamos perdidos, aunque eventualmente hayamos encontrado el camino.

Vulnerabilidad a la caída.
El orgullo vuelve a la persona particularmente vulnerable a las caídas. El orgulloso no admite sus errores, no pide ayuda, no reconoce que otros pueden saber más. Esto vuelve al líder más vulnerable a los errores y caídas, resulta en nuestro detrimento y empeora nuestra condición.

Este orgullo también interfiere al momento de lidiar con las ovejas porque endurece nuestro corazón y lo vuelve poco compasivo. Este es uno de esos pecados que todo el mundo ve, menos el que lo tiene; es como un punto ciego. Es el mismo orgullo el que no nos permite ver que somos orgullosos.

El orgullo no es solo una piedra de tropiezo para tu posible caída; es un impedimento para poder ministrar a las ovejas que están en necesidad.

El líder enigmático o misterioso.
Oremos que el evangelio de Dios, su amor mostrado en la cruz, nos impulse a guardarnos del orgullo y descansar en Su gracia para vencerlo

El orgullo hace a las personas excesivamente reservadas y faltas de transparencia; a estas personas les gusta hacer las cosas en secreto y mantenerlas en secreto porque el orgullo vive para la apariencia, para el buen nombre, para la buena posición y, por tanto, el orgulloso es muy reservado con sus cosas. El orgullo muchas veces hace que el individuo ponga distancia entre él y los demás. En algunos casos, puede tener muchos conocidos, pero nadie lo conoce a profundidad, los pasos que da y las decisiones que toma porque él no comparte esta información.

Dios ha revelado su sentir respecto al orgullo: «… no toleraré al de ojos altaneros y de corazón arrogante» (Sal 101:5). Debemos notar que Dios no dijo «lo ignoraré», sino que utiliza un término enfático, «no toleraré». Estas palabras nos llaman a la sobriedad y nos deben conducir a orar por humildad en todo tiempo.

Oremos que el evangelio de Dios, su amor mostrado en la cruz, nos impulse a guardarnos del orgullo y descansar en su gracia para vencerlo.

​Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.

20-LA PROVIDENCIA

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

LAS OBRAS Y LOS DECRETOS DE DIOS

20-La Providencia

En Rhode Island hay una ciudad importante llamada Providence («Providencia» en castellano). Este nombre tiene algo de extraordinario. El nombre de la ciudad hace que nos demos cuenta del abismo que separa el pensamiento de nuestra sociedad actual del pensamiento de las generaciones pasadas. ¿A quién hoy día se le ocurriría llamar a una ciudad «Providencia»? La palabra de por sí suena pasada de moda y arcaica.

Cuando leo los escritos de los cristianos de siglos pasados me llama la atención la multitud de referencias a la providencia de Dios. Parece ser como si antes del advenimiento del siglo veinte los cristianos sintonizaban más con la providencia de Dios en sus vidas que lo que sucede ahora. El espíritu del naturalismo que entiende que todos los acontecimientos en la naturaleza están gobernados por fuerzas naturales ha hecho su impacto sobre nuestra generación.

La raíz del significado de la palabra providencia es «prever o ver de antemano», o «proveer». La palabra, como tal, no transmite el significado profundo de la doctrina de la providencia. La doctrina implica mucho más que el hecho de que Dios sea un espectador de los acontecimientos humanos. Conlleva más que una simple referencia a su previo conocimiento.

Los ministros de Westminster en el siglo diecisiete definieron la providencia de la siguiente manera:

Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene, dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas, acciones, y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña, por su más sabia y santa providencia, de acuerdo con su previo conocimiento infalible, y el libre e inmutable consejo de su propia voluntad, para la alabanza de la gloria de su sabiduría, su poder, su justicia, su bondad y su misericordia’.

Dios también sostiene lo que crea. El universo no solo depende de Dios para su origen, depende de Dios para continuar existiendo. El universo no puede ni existir ni operar por su propio poder. Dios tiene todo en su poder. Es en Él que vivimos, nos movemos y somos.

El punto central de la doctrina de la providencia es la importancia otorgada al gobierno de Dios sobre el universo. El gobierna a su creación con absoluta soberanía y autoridad. Gobierna todo lo que acontece, desde lo más importante hasta lo más insignificante. No sucede nada que esté fuera del alcance de su gobierno providencial soberano. Él hace que caiga la lluvia ~ que brille el sol. Él hace que surjan los reinos y los hace caer. El tiene contados los cabellos sobre nuestras cabezas y los días de nuestra vida.

Hay una diferencia crucial entre la providencia de Dios y el destino, la fatalidad o la fortuna. La clave de esta diferencia la encontramos en el carácter personal de Dios. El destino es ciego, mientras que Dios todo lo ve. La fatalidad es impersonal, mientras que Dios es un Padre. La fortuna no tiene voz, mientras que Dios puede hablar. No hay fuerzas impersonales y ciegas actúan en la historia de la humanidad. Todo acontece por la mano invisible de la Providencia.

En un universo gobernado por Dios no hay lugar para acontecimientos fortuitos. La casualidad no existe. La probabilidad es solo una palabra que utilizamos para describir las posibilidades matemáticas. Pero ni la casualidad ni la probabilidad intrínsecamente tienen ningún poder porque no son. La casualidad no es una entidad capaz de influenciar la realidad. La casualidad no es algo. Es nada. .

Otro aspecto de la providencia es llamado la concurrencia. La concurrencia se refiere a las acciones co-extensivas de Dios y los seres humanos. Somos criaturas con nuestra propia voluntad. Podemos provocar acontecimientos. Sin embargo, el poder cual que ejercemos es secundario. La providencia soberana de los trasciende nuestras acciones. El cumple su voluntad a través de las acciones de las voluntades humanas, sin violar la libertad de dichas voluntades humanas. El ejemplo más claro de concurrencia que encontramos en la Escritura es el caso de José y sus hermanos. Aunque los hermanos de José incurrieron en una culpa verdadera por haber traicionado a su hermano, la providencia de Dios seguía actuando a través de su pecado. José le dijo a sus hermanos: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo» (Gen. 50:20).

La providencia redentora de Dios puede obrar incluso a través de las acciones más diabólicas. La ofensa más grande jamás cometida por un ser humano fue la traición de Cristo por Judas. Sin embargo, la muerte de Cristo no fue un accidente histórico. Estaba en concordancia con el consejo determinado de Dios. El acto malvado de Judas hizo que sucediera lo mejor que haya sucedido en la historia, la Expiación. No es ninguna casualidad que ese día sea conocido históricamente como el Viernes «Santo».

Resumen

  1. Hoy en día no se cree generalmente en el concepto de la providencia divina.
  2. La providencia implica la obra de Dios para sostener a su creación.
  3. La providencia se refiere principalmente al gobierno de Dios sobre la creación.
  4. A la luz de la providencia divina no hay cabida para fuerzas impersonales como el destino, la fatalidad o la casualidad.
  5. La providencia implica la concurrencia por medio de la cual Dios obra su divina voluntad a través de la voluntad de sus criaturas.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Job 38:1-41:34

Dan. 4:34-35

Acts 2:22-24

Rom. 11:33-36