Sé paciente y ora

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sé paciente y ora
Por Don Bailey

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Hace poco llamé a Joe, nuestro encargado de reparaciones de unos setenta años, para ver si podía incluirnos en su apretada agenda. Contestó el teléfono mientras reparaba un refrigerador y aseguró que me devolvería la llamada más tarde durante ese día. «Pero no te preocupes», me dijo, «tengo tu número anotado en mi libreta en la casa». «Pero Joe», le respondí algo irritado, «¿no podría simplemente guardar el número desde el que lo estoy llamando y devolverme la llamada antes?». Me contestó: «No con mi celular con tapa». Quería instruirlo sobre su necesidad de contar con un teléfono inteligente, pero entonces recordé que lo estaba llamando porque el viejo Joe sabe colocar puertas, instalar ventiladores de techo y reparar ventanas, y ha dominado otras tareas útiles que me intimidan incluso antes de intentarlas.

Cultivar la paciencia requiere vigilancia a lo largo de nuestras vidas. Sin embargo, el creyente joven puede cobrar ánimo al ver su progreso en la paciencia, sabiendo que la paciencia es evidencia de que el Espíritu Santo está en acción: «Mas el fruto del Espíritu es… paciencia» (Gal 5:22). Dios no abandonará la obra que ha comenzado (Flp 1:6). Pero no debemos postergar nuestros esfuerzos para crecer en la paciencia, porque como nos recuerda Santiago: «No sabéis cómo será vuestra vida mañana. Solo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece» (Stg 4:14).

Una palabra griega del Nuevo Testamento que suele utilizarse para expresar el concepto de paciencia es makrothumia, y significa «de temperamento largo». En lugar de arder como una mecha rápida, el hombre paciente «mantiene la calma». La paciencia es inherente a la naturaleza de Dios: «Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad» (Sal 86:15). Ya que Dios es el dador de toda buena dádiva ―y no hay duda de que la paciencia es una dádiva maravillosa―, debes buscar al Dador Divino (Stg 1:17). Cultivar la paciencia sin oración es una completa necedad. Por tanto, debes pedirle a Dios que le dé a tu carácter lo que fluye del Suyo.

Hay algunas áreas notables que destacan en el cultivo de la paciencia. Una de ellas tiene que ver con la conversación entre las generaciones. Es muy común que en nuestra juventud les cerremos la puerta con impaciencia a los ancianos que Dios ha puesto en nuestras vidas, pues hablan lento o quieren contarnos historias. Pensamos: «¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé!». Nuevamente, Santiago nos ayuda al decirnos: «Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira» (v. 19). La próxima vez que te impacientes con una persona mayor y estés listo para darte la vuelta e irte, recuerda oír primero. En Su obra santificadora, Dios les ha enseñado mucho a los santos experimentados.

En segundo lugar, ten paciencia mientras esperas el llamado vocacional de Dios. El camino no es tan sencillo como en los días en que uno aprendía una habilidad que su familia había determinado. Las opciones son vastas. Por tanto, no te preocupes por lo complicado del camino siempre y cuando trabajes de corazón «como para el Señor» (Col 3:23). No dejes de agradecer a Dios por Su plan perfecto para ti: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Pr 3:5–6). Que tu objetivo sea el contentamiento en este viaje por el desierto. No puedes ver todo lo que estás logrando al forjar habilidades o relaciones, ni tampoco los propósitos divinos a los que estás sirviendo en la salvación de los elegidos de Dios.

Otra área notable en que hay que ejercer paciencia y oración constante es la de esperar a un cónyuge. Según mi experiencia pastoral, este ha sido un motivo de gran dolor para muchos. Mantén estándares altos pero sobrios (recuerda que tú también eres pecador) en cuanto al carácter piadoso y el amor por Cristo de una posible pareja. Al mismo tiempo, pregúntate si tus requisitos de belleza física, comodidad financiera o compatibilidad perfecta provienen del Espíritu Santo o de la fábrica de ídolos ilusorios de este mundo (Rom 12:1–2; 1 Jn 5:21). La paciencia revela nuestra confianza en la soberanía de Dios, y eso incluye Su provisión en esta área tan sensible de nuestros deseos.

Matthew Henry es una voz perspicaz en la nube de testigos que nos han precedido. Expresa muy bien este asunto al decir: «No pierdas tu confianza porque Dios pospone Sus actos… Dios obrará cuando le plazca, cómo le plazca y usando los medios que le plazcan. No está obligado a ceñirse a nuestro tiempo, pero cumplirá Su palabra, honrará nuestra fe y recompensará a los que le buscan con diligencia».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Don Bailey
El Rev. Don Bailey Jr. es pastor asociado de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida.

El Plan y las Obras de Dios – Lección 4/4

Ministerio Tercer Milenio

Serie: CREEMOS EN DIOS

Lección 4/4

El Plan y las Obras de Dios

Third Millennium Ministries
Serie: CREEMOS EN DIOS
¿Quién es Dios?

¿Cuáles son Sus atributos? – ¿Cuál es Su plan eterno? – ¿Cuáles son Sus obras en la historia?
En un nivel más fundamental, las Escrituras nos fueron dadas para enseñarnos acerca de quién es Dios y qué ha hecho por nosotros.
De hecho, conocer a Dios es esencial para que entendamos nuestro mundo y a nosotros mismos.
Es por eso que estudiamos lo que los teólogos llaman teología propia, o la doctrina de Dios.

Objetivos del Curso:

Introducir las preocupaciones principales de los teólogos sistemáticos con respecto a la teología correcta.
Discutir un enfoque sistemático para distinguir los atributos de Dios.
Examinar el plan y las obras de Dios, especialmente Sus decretos, Su creación y Su providencia.

Lección 1: Lo Que Sabemos De Dios
Lección 2: ¿Cómo Es Dios Diferente?
Lección 3: Como Dios Es Como Nosotros
Lección 4: El Plan y las Obras de Dios

Third Millennium Ministries» es un ministerio Evangélico Cristiano en la tradición Protestante, sin fines de lucro. Estamos reconocimos por la agencia de Servicios de Recaudación Interna (IRS) como una corporación 501 (c ) (3). Dependemos de la generosa contribución deducible de impuestos de las iglesias, fundaciones, negocios e individuos.

Nuestra misión es preparar a los líderes de las iglesias en sus propias tierras al crear un plan de estudios de seminario multimedia en cinco idiomas principales.

Sé paciente con nosotros mientras aprendemos

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sé paciente con nosotros mientras aprendemos

Por Joe Holland

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Cristiano mayor, ahora entiendo que debes haber visto la expresión en mi rostro. Cuando era un cristiano más joven, tenía esa mirada con más frecuencia que ahora, y el cambio solo se lo puedo atribuir a la gracia correctiva de Dios. Todavía hay días en que esa mirada regresa a mi rostro. Sin embargo, ahora, a mis cuarenta años, he entrado a una etapa extraña de la vida, una edad en la que algunos me consideran mayor y otros aún me consideran (más o menos) joven. Además, ahora veo la misma mirada en los rostros de los cristianos más jóvenes que yo. La mirada, que ahora me avergüenza plasmar en palabras, es una de resentimiento y rechazo. Te tuve resentimiento porque eras mayor y conocías algunos de los consuelos que vienen con la adultez y la piedad, pero tus caminos y pensamientos me parecían anticuados y absurdos en comparación con lo que yo pensaba que nuestra iglesia necesitaba, que yo necesitaba. Te rechacé principalmente por la división que había entre nosotros, la brecha generacional que nos separaba. Te rechacé porque, simultáneamente, me frustraba que no cruzaras esa brecha y sentía un temor profundo de que lo hicieras y comenzaras a hablar la verdad en mi vida, verdad que necesitaba, pero no quería oír. Rechazarte era más cómodo.

Era tan infantil, tan impetuoso, tan tonto. Pequé contra ti al no darte el honor que merecías (Ex 20:12; Pr 20:29). Pequé contra Dios al despreciar a los santos mayores, Su regalo para la Iglesia. A fin de cuentas, me robé a mí mismo para pagar mi orgullo

¿Cómo crecieron estos pecados tanto tiempo? Desarrollé una práctica malvada, un cáncer de la juventud: fui tardo para oír y pronto para hablar (Stg 1:19). Mi lentitud para oír se debía a una ceguera doble. Estaba ciego a lo poco que sabía. Así como el cantante joven no tiene derecho a cantar blues hasta que haya vivido un poco, el cristiano joven no tiene derecho a hacer afirmaciones categóricas sobre la vida hasta que haya escuchado mucho, escuchado a los santos experimentados que lo han precedido. Sin embargo, también estaba ciego respecto a ti y tu sabiduría. No busqué escucharte porque no pensé que tuvieras nada que decir que valiera la pena escuchar. Cristiano mayor, has sido formado en el mortero de la gracia de Dios y las pruebas de la vida. No solo tienes conocimiento bíblico; tienes sabiduría bíblica. Te sientas con los padres de la fe, con las madres de Sion. Y yo estaba ciego a eso.

Pero, además, era pronto para hablar. Así como mi lentitud para oír surgió de una ceguera doble, mi rapidez para hablar surgió de un orgullo doble. Primero, en mi orgullo pensé que tenía algo que decir o, más bien, quería que me vieran como alguien que tenía algo que decir. Pero, en segundo lugar, y me da vergüenza decir esto, era pronto para hablar porque pensaba que tenía algo que enseñarte, como un bebé que trata de ser el centro de atención en la mesa de la cena familiar. Fui pronto para hablar porque llegué a una conclusión incorrecta sobre ambos: tuve un concepto demasiado alto de mí mismo y demasiado bajo de ti.

Pero ahora llego a la parte más difícil: lo que quiero pedirte.

Mientras los jóvenes y los mayores estén a ambos lados de esta brecha etaria, alguien tendrá que dar el primer paso. Quisiera poder poner la carga sobre ambos, pero el orgullo, la fragilidad y la inestabilidad de la juventud nos dejan en una lamentable desventaja. Santo mayor, necesitamos que des el primer paso y nos busques continuamente. Necesitamos que busques, orientes, discipules y ames a los cristianos jóvenes de nuestra iglesia. Te pido que tengas paciencia con los cristianos jóvenes, una paciencia como la que ejemplificó nuestro Señor Jesús. Cuando actuemos con orgullo, por favor, sopórtanos con paciencia. Cuando seamos tardos para oír, por favor, toléranos con paciencia. Cuando seamos prontos para hablar, por favor, escúchanos pacientemente con una sonrisa cómplice que un día reconoceremos como compasión mezclada con gracia. Cuando te demos la mirada de resentimiento y desprecio, por favor, recibe con paciencia ese insulto y estate dispuesto a perdonarnos. Por favor, corrígenos con paciencia, ora por nosotros y mantente a nuestro lado. Si no das el primer paso, si no te mantienes cerca de nosotros con una paciencia como la de Cristo, seguirá existiendo esta brecha entre nosotros, para el mal de ambos.

Por favor, cristiano mayor, sé paciente con nosotros mientras aprendemos.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Joe Holland
El Rev. Joe Holland es un editor asociado de Ligonier Ministries y un anciano docente en la Presbyterian Church in America.

Como Dios Es Como Nosotros – Lección 3/4

Ministerio Tercer Milenio

Serie: CREEMOS EN DIOS

Lección 3/4

Como Dios Es Como Nosotros

Third Millennium Ministries
Serie: CREEMOS EN DIOS
¿Quién es Dios?

¿Cuáles son Sus atributos? – ¿Cuál es Su plan eterno? – ¿Cuáles son Sus obras en la historia?
En un nivel más fundamental, las Escrituras nos fueron dadas para enseñarnos acerca de quién es Dios y qué ha hecho por nosotros.
De hecho, conocer a Dios es esencial para que entendamos nuestro mundo y a nosotros mismos.
Es por eso que estudiamos lo que los teólogos llaman teología propia, o la doctrina de Dios.

Objetivos del Curso:

Introducir las preocupaciones principales de los teólogos sistemáticos con respecto a la teología correcta.
Discutir un enfoque sistemático para distinguir los atributos de Dios.
Examinar el plan y las obras de Dios, especialmente Sus decretos, Su creación y Su providencia.

Lección 1: Lo Que Sabemos De Dios
Lección 2: ¿Cómo Es Dios Diferente?
Lección 3: Como Dios Es Como Nosotros
Lección 4: El Plan y las Obras de Dios

Third Millennium Ministries» es un ministerio Evangélico Cristiano en la tradición Protestante, sin fines de lucro. Estamos reconocimos por la agencia de Servicios de Recaudación Interna (IRS) como una corporación 501 (c ) (3). Dependemos de la generosa contribución deducible de impuestos de las iglesias, fundaciones, negocios e individuos.

Nuestra misión es preparar a los líderes de las iglesias en sus propias tierras al crear un plan de estudios de seminario multimedia en cinco idiomas principales.

¿Cómo Es Dios Diferente? – Lección 2/4

Ministerio Tercer Milenio

Serie: CREEMOS EN DIOS

Lección 2/4

¿Cómo Es Dios Diferente?

Third Millennium Ministries
Serie: CREEMOS EN DIOS
¿Quién es Dios?

¿Cuáles son Sus atributos? – ¿Cuál es Su plan eterno? – ¿Cuáles son Sus obras en la historia?
En un nivel más fundamental, las Escrituras nos fueron dadas para enseñarnos acerca de quién es Dios y qué ha hecho por nosotros.
De hecho, conocer a Dios es esencial para que entendamos nuestro mundo y a nosotros mismos.
Es por eso que estudiamos lo que los teólogos llaman teología propia, o la doctrina de Dios.

Objetivos del Curso:

Introducir las preocupaciones principales de los teólogos sistemáticos con respecto a la teología correcta.
Discutir un enfoque sistemático para distinguir los atributos de Dios.
Examinar el plan y las obras de Dios, especialmente Sus decretos, Su creación y Su providencia.

Lección 1: Lo Que Sabemos De Dios
Lección 2: ¿Cómo Es Dios Diferente?
Lección 3: Como Dios Es Como Nosotros
Lección 4: El Plan y las Obras de Dios

Third Millennium Ministries» es un ministerio Evangélico Cristiano en la tradición Protestante, sin fines de lucro. Estamos reconocimos por la agencia de Servicios de Recaudación Interna (IRS) como una corporación 501 (c ) (3). Dependemos de la generosa contribución deducible de impuestos de las iglesias, fundaciones, negocios e individuos.

Nuestra misión es preparar a los líderes de las iglesias en sus propias tierras al crear un plan de estudios de seminario multimedia en cinco idiomas principales.

70 – El no congregarme habla de que algo no anda bien en mi vida

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 70

El no congregarme habla de que algo no anda bien en mi vida

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Justificación y Juicio

Ministerios Ligonier

Serie: La doctrina de la justificación

Justificación y Juicio
Por Cornelis P. Venema

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

n los debates sobre la doctrina de la justificación, uno de los temas más discutidos es la relación entre la justificación y el juicio final según las obras. Si la justificación es un veredicto definitivo en el que Dios declara que «no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús» (Rom 8:1, énfasis añadido), ¿qué debemos hacer con la enseñanza de la Escritura de que los creyentes están sujetos a un juicio final en el último día? El Catecismo Mayor de Westminster enseña que los justos «serán reconocidos y absueltos públicamente» en el día del juicio (Pregunta 90). ¿Exige esta absolución final de los creyentes una distinción de dos etapas en la justificación: una justificación inicial basada solo en la justicia de Cristo y una justificación futura basada, al menos en parte, en las buenas obras? Y si se requiere de tal distinción de dos etapas en la justificación de los creyentes, ¿cómo podemos evitar la conclusión de que la justificación presente de los creyentes está suspendida en un evento futuro en el que el veredicto justificador de Dios depende de las obras?

Desde la Reforma del siglo XVI, la Iglesia católica romana ha enseñado que el «proceso de justificación» incluye varias etapas. La justificación comienza en el bautismo (la «primera» justificación) y posteriormente se incrementa mediante la cooperación del creyente con la gracia de Dios impartida a través de los sacramentos (la «segunda» justificación). Sin embargo, la justificación solo se completa en el juicio final tras un período de purificación en el purgatorio (justificación «final»). Según la visión católica romana, los creyentes están siempre expuestos a la pérdida de la justificación por la comisión de un pecado mortal. Para aquellos cuya justificación «naufraga» por el pecado mortal, el único remedio para restaurar el estado de gracia es el sacramento de la penitencia. De manera excepcional, solo los «santos», perfeccionados en santidad en esta vida, al morir tendrán el «mérito» para la bienaventuranza de estar en la presencia de Dios sin más purificación en el purgatorio. Para apoyar esta enseñanza se apela con frecuencia a la enseñanza bíblica relativa a un juicio futuro según las obras.

Sorprendentemente, en los debates recientes sobre la justificación y el juicio final según las obras, varios teólogos protestantes han propuesto distinciones similares entre las diferentes etapas de la justificación: pasada, presente y futura. Según los defensores de una «nueva perspectiva sobre Pablo», los creyentes «entran» en la comunidad del pacto por la gracia, pero «permanecen» y son finalmente reivindicados por sus obras. N. T. Wright, por ejemplo, apela a la enseñanza del apóstol Pablo en Romanos 2:14-16 para decir que nuestra «justificación futura» estará basada en una vida de fidelidad. Otros comprometen la enseñanza bíblica de la justificación por la fe sola cuando insisten en que las obras que produce la fe en cierto sentido son instrumentales para la justificación del cristiano. En lugar de considerar la fe como un acto estrictamente receptivo, que se apoya solo en la justicia de Cristo para la justificación, insisten en que la «obediencia de la fe» («fidelidad») es la forma en que se recibe nuestra justificación. En consecuencia, la justificación pronunciada en el juicio final se concederá solo a quienes hayan mantenido su justificación perseverando en la obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN: UN VEREDICTO DEFINITIVO Y ESCATOLÓGICO
Antes de considerar algunos pasajes del Nuevo Testamento que hablan de un juicio final según las obras, debemos detenernos y preguntarnos: ¿Qué está en juego en la afirmación de que el juicio final implica una justificación futura basada en las obras —ya sean meritorias o no— de la persona justificada?

La respuesta corta a la pregunta es: todo. Si la justificación de los creyentes se basa en última instancia en una futura justificación por obras, entonces los creyentes nunca podrán estar seguros de que están definitiva e irrevocablemente bien con Dios. Si la justicia de Cristo no es la base exclusiva de su aceptación ante Dios, ahora y siempre, entonces los creyentes no pueden estar seguros de su herencia de vida eterna en Cristo. La perspectiva de una futura justificación (o condenación) sobre la base de las obras socava radicalmente cualquier convicción segura del favor continuo de Dios hacia nosotros. Considerar el juicio final como una etapa final de la justificación del creyente equivale a decir que los creyentes serán finalmente justificados por la gracia más las obras. El problema obvio de estos puntos de vista sobre el juicio final y la justificación es que comprometen el carácter definitivo y escatológico (perteneciente a las últimas cosas) de la justificación.

En vez de considerar el juicio final como un capítulo final de nuestra justificación, el Catecismo Mayor de Westminster lo describe de manera correcta como una absolución y un reconocimiento público. Este lenguaje no habla de un veredicto de justificación que finalmente determina quién está bien con Dios. No sugiere que la seguridad actual del creyente en el favor de Dios en Cristo sea meramente provisional, que todavía no sea segura o cierta. No, el juicio final manifiesta abiertamente lo que ya conocen los creyentes por la fe: el Juez, Jesucristo, que los absuelve en el juicio final, ya ha sido juzgado en su lugar y es su justicia ante Dios. Así como la resurrección de Cristo confirmó la suficiencia y perfección de Su sacrificio expiatorio por el pecado, la absolución pública de los creyentes en el juicio final confirmará ante todos su justificación gratuita por la fe solo en Cristo (Rom 4:25).

Pero eso no es todo lo que el juicio final revelará. El juicio final también traerá un reconocimiento abierto de aquellos cuya fe en Cristo no era una fe muerta o sin obras, no acompañada de las buenas obras que produce la fe verdadera (ver Stg 2:14-26). En el día del juicio, el reconocimiento público de los creyentes incluirá la concesión de recompensas de acuerdo con sus buenas obras o en proporción a ellas (ver Mt 25:21, 23; 1 Co 3:10-15; 2 Tim 4:8). Aunque esta recompensa se otorgará por gracia y no según el mérito, será una recompensa que mostrará el reconocimiento de Dios por lo que los creyentes han hecho en servicio agradecido a Él (Heb 6:10). Al reconocer las obras de los creyentes, Dios añadirá gracia sobre gracia, aceptando, reconociendo y recompensando a los creyentes por aquellas buenas obras que Él mismo preparó de antemano para que anduvieran en ellas (Ef 2:10).

DOS PASAJES ILUSTRATIVOS SOBRE UN JUICIO FINAL «SEGÚN LAS OBRAS»
Hay muchos pasajes en el Nuevo Testamento que hablan de un juicio final de los creyentes que será conforme a las obras (por ejemplo: Mt 12:36; 16:27; 2 Co 5:10; 2 Tim 4:1; Ap 20:11-15). Aunque estos pasajes afirman que Dios recompensará a los creyentes por sus obras, nunca sugieren que las obras de los creyentes sean la base de su justificación ante Dios (ver Rom 3:20; Gal 2:16). Aunque Dios recompensará las obras imperfectas de los creyentes, esta recompensa depende de la verdad más fundamental de que los creyentes ya son aceptos delante de Él sobre la base de la justicia perfecta de Cristo. Para decirlo de otro modo, la recompensa concedida no es la dádiva de Dios de vida eterna (Rom 6:23), sino un reconocimiento en gracia de la forma en que las vidas de los creyentes estuvieron en sintonía con la obra del Espíritu de Cristo en ellos. Estas obras confirman la enseñanza de la Escritura de que, así como la fe sola justifica, la fe nunca está sola en aquellos a quienes Dios justifica y a quienes también santifica.

Entre los pasajes que hablan de un juicio final según las obras, dos son particularmente instructivos: (1) la parábola de las ovejas y los cabritos en Mateo 25:31-46, y (2) la enseñanza del apóstol Pablo sobre el justo juicio de Dios en Romanos 2:1-16.

Mateo 25:31-46: Las ovejas y los cabritos. En el primero de estos pasajes, Mateo 25:31-46, Jesús ofrece una imagen sorprendente del juicio final que tendrá lugar cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria y todas las naciones y pueblos sean reunidos ante Él.

En el lenguaje de la parábola, Jesús compara el juicio final con un pastor o rey que reúne a su rebaño y separa a las ovejas de las cabras, colocando las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces el rey dice a las ovejas de la derecha:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí (Mt 25:34-36).

En Su descripción de la respuesta de las ovejas a las palabras del rey, Jesús presenta a las ovejas como sorprendidas, incluso desconcertadas, por el pronunciamiento de la bendición del rey sobre ellas. Por eso le preguntan al rey cuándo le hicieron esas cosas: cuándo le dieron de comer y beber, lo vistieron y lo visitaron, lo acogieron como forastero, etc. En su respuesta a la pregunta, el rey declara que «en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis» (v. 40).

Después de describir el trato que el rey da a las ovejas a su derecha, Jesús pasa al trato que da a las cabras de la izquierda. En lugar de bendecir a las cabras, el rey les pronuncia una maldición y les pide que se aparten de él «al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles» (25:41; ver v. 46). A continuación, describe la conducta de las cabras como el polo opuesto de las ovejas. A diferencia de las ovejas, el rey declara que las cabras no acudieron en su ayuda cuando ellas no mostraron bondad y misericordia con los que tenían hambre, sed, eran forasteros o estaban desnudos. A esta descripción de su fracaso, las cabras también responden con sorpresa. Protestan porque no recuerdan no haber tratado al rey con amor y bondad al no atender las necesidades del hambriento, el sediento, el desnudo, el forastero y el prisionero.

En esta notable representación del juicio final, varios temas están claramente presentes. Cuando el Hijo del Hombre venga, juzgará a todas las naciones y pueblos, a los justos y a los impíos. Nadie estará exento del juicio, y este juicio revelará la diferencia entre los que han dado pruebas de su fe en Cristo viviendo de acuerdo con Sus enseñanzas y los que no lo han hecho. En el caso de los justos, Cristo los reconocerá y elogiará públicamente por todas las formas en que demostraron su compromiso con Él, al mostrar compasión hacia «uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños» (v. 40). En el caso de los malvados, Cristo los condenará por no haber hecho lo mismo. La justicia del juicio de Cristo y la separación entre las ovejas y las cabras se mostrarán abiertamente para que todos las vean.

Aunque el juicio final recompensa a las ovejas y a las cabras según sus obras, varias características de la enseñanza de Jesús en este pasaje militan claramente contra la idea de que Él pretendía tratar una doctrina de salvación por obras. En primer lugar, antes de hablar sobre las buenas obras de las ovejas, Jesús señala que su herencia del reino estaba «preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (v. 34). Este lenguaje es muy similar al que Jesús utilizó al momento de describir a Sus discípulos como los «escogidos» de Dios (24:22, 24). También es coherente con la enseñanza de Jesús en otras partes del Evangelio de Mateo de que los que entran en el reino lo hacen por la gracia y el perdón de Dios, no por sus propios méritos o logros (5:3; 6:12; 18:23-35; 19:25). En segundo lugar, la principal diferencia entre las ovejas y las cabras radica en su relación con Jesús. Al mostrar amor y bondad hacia el más pequeño de los hermanos de Jesús, las ovejas demostraron su amor por Él. Y en tercer lugar, la sorpresa, incluso el olvido, de las ovejas respecto a su servicio a los hermanos de Jesús confirma que sus actos fueron realizados con alegría y gratitud. En ningún sentido estas acciones fueron motivadas por un deseo de recompensa o por un temor de que no hacerlas llevaría a su condenación en el juicio final. Los actos de las ovejas simplemente confirmaban su confesión del señorío de Jesús (ver 7:25).

Romanos 2:1-16: A cada uno conforme a sus obras. El segundo pasaje, Romanos 2:1-16, ofrece una de las afirmaciones más claras de la Escritura sobre un juicio final conforme a las obras. En este pasaje, el apóstol Pablo afirma que todos los seres humanos, judíos y gentiles por igual, estarán sujetos al juicio de Dios. Dios «pagará a cada uno conforme a sus obras» (2:6). El criterio de este juicio será diferente en el caso de los judíos, a quienes se les dio la ley, y en el de los gentiles, a quienes no se les dio la ley, pero en cuyos corazones estaba escrita la obra de la ley (vv. 14-15). Aunque la norma del juicio de Dios será proporcional a lo que Dios ha dado a conocer a judíos y gentiles con respecto a la ley y al evangelio, nadie estará exento. El juicio final revelará que «no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, esos serán justificados» (v. 13). En el caso de los condenados, la justicia de Dios se manifestará a la vista de todos.

Aunque algunos intérpretes de este pasaje afirman que enseña una justificación final de los creyentes sobre la base de las obras, es de suma importancia señalar que Pablo habla de un juicio conforme a, pero no a causa de las buenas obras. Concluir de este pasaje que Pablo veía el juicio final como un acto de justificación sobre la base de las obras sería contradecir totalmente lo que él mismo enseña sobre la justificación en otras partes de Romanos. Dentro del marco del argumento de Romanos 1-3, pudiera ser que Pablo estuviera hablando hipotéticamente, como han argumentado Juan Calvino y muchos otros exégetas reformados. Puesto que nadie es capaz de hacer lo que exige la ley (ver Rom 3:9-19), nadie será justificado sobre la base de las obras. Sin embargo, incluso si se interpreta que Pablo hablaba de lo que realmente es el caso, esto no comprometería su enseñanza de que la justificación es por gracia sola mediante la fe en Cristo solamente. Según esta interpretación, Pablo simplemente pudiera estar enseñando que solo serán justificados aquellos cuya fe «obra por amor» (Gal 5:6), aunque sus obras sean imperfectas y no contribuyan en nada a su justificación. Dado que los que son justificados por la fe sola son también santificados por el Espíritu de Cristo, el juicio final confirmará que los justificados no fueron salvos por una fe desprovista de frutos.

CONCLUSIÓN
Cuando se interpreta correctamente la relación entre la justificación y el juicio final según las obras, se desprenden dos conclusiones. En primer lugar, la perspectiva del juicio final no tiene por qué poner en peligro la confianza del creyente en que ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. En el día del juicio, los creyentes que confían solo en Cristo como su justicia ante Dios serán abiertamente absueltos. Su fe en Cristo será vindicada. Y en segundo lugar, el reconocimiento abierto y la recompensa de las buenas obras de los creyentes servirán para evidenciar la autenticidad de su fe. Dado que la verdadera fe siempre va acompañada de sus frutos, los creyentes se sienten alentados por la perspectiva de que sus buenas obras serán reconocidas, incluso recompensadas, en el juicio final. En efecto, para estos creyentes será un día de alegría, cuando su Maestro les diga: «Bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:22-23).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Cornelis P. Venema
El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

La doctrina de la santificación definida confesionalmente

Ministerios Ligonier

Serie:  La doctrina de la justificación

La doctrina de la santificación definida confesionalmente

Por Guy Prentiss Waters

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

Es correcto pensar que la Reforma Protestante fue el rescate de la doctrina bíblica de la justificación por la fe sola. Pero la Reforma también rescató la doctrina bíblica de la santificación. Reconoció que solo se puede tener claridad sobre la justificación si se tiene claridad sobre la santificación. En sus confesiones, la tradición reformada nos ha dejado un testimonio especialmente rico sobre la doctrina de la santificación. Podemos ver ese testimonio a lo largo de siete puntos principales.

Primero, la santificación es obra de la gracia de Dios. La santificación no es la obra de un ser humano por sí solo. Es la obra continua de Dios en y a través de un ser humano. Esta obra comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración, cuando Dios crea «un nuevo corazón» y «un nuevo espíritu» en una persona (Confesión de Fe de Westminster 13.1). En el comienzo de la vida cristiana, Dios pone en el corazón «las semillas del arrepentimiento para vida y todas las demás gracias salvadoras», gracias que son «estimuladas, aumentadas y fortalecidas» para el resto de la vida de esa persona (Catecismo Mayor de Westminster 75). Por estas razones, la santificación nunca obtiene mérito personal delante de Dios. Es una «obra de la libre gracia de Dios» (Catecismo Menor de Westminster 35).

En segundo lugar, la santificación comienza con un cambio de señorío. La santificación no consiste en que Dios haga refinamientos cosméticos en la vida de una persona. La santificación comienza, más bien, con la obra de Dios de trasladar una persona del reino del pecado al reino de la gracia. En Adán, estamos en esclavitud bajo el pecado (CFW 9.4). Muertos en delitos y pecados, hemos «perdido totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación» (CFW 9.3). Tampoco podemos convertirnos a nosotros mismos o prepararnos para la conversión (CFW 9.3). Pero en Cristo, Dios nos pone de manera salvadora, invencible e irreversible bajo el reino de la gracia (CFW 9.4; Catecismo de Heidelberg 43). De manera voluntaria y gozosa sometemos todo nuestro ser —cuerpo y alma— a Jesucristo, nuestro Señor (Sal 110:3). Por estas razones, el apóstol Pablo exhorta a los creyentes una y otra vez a vivir de forma que refleje el señorío presente de Jesucristo sobre la totalidad de nuestras vidas (p. ej. Rom 6:1-7).

En tercer lugar, el poder en la santificación es el del Espíritu Santo, quien aplica la obra de Cristo a nuestras vidas. La santificación es, especialmente, la obra de Dios el Espíritu (2 Tes 2:13). El título del Espíritu, «Espíritu Santo», está directamente relacionado con Su compromiso de hacernos cada vez más santos (ver 1 Tes 4:7-8). En particular, el Espíritu mora en nosotros (CFW 13.1) y nos aplica la muerte y resurrección de Cristo (Catecismo Menor de Westminster 75). Por lo tanto, somos capaces de hacer morir el pecado (Rom 8:13) y de andar en la «novedad» de la «vida» de resurrección (6:4). La santificación, entonces, tiene dos dimensiones inseparables pero distinguibles. Por un lado está la mortificación: el debilitamiento y la muerte gradual y continua del pecado. Y por otro lado, la vivificación: un avivamiento del creyente en la gracia «para la práctica de la verdadera santidad» (CFW 13.1). Podríamos pensar en la santificación en términos negativos («no hagas»), y deberíamos hacerlo. Pero la santificación también es positiva («haz»). Al dejar el pecado, al mismo tiempo buscamos la justicia.

En cuarto lugar, la meta de Dios en la santificación es que seamos renovados conforme a la imagen de Dios en Cristo. Dios está renovando a cada uno de Sus hijos «en la totalidad de su ser según la imagen de Dios» (Catecismo Mayor de Westminster 75). Pablo nos dice que en la santificación estamos siendo renovados «conforme a la imagen de aquel que [nos] creó» (Col 3:10; cp. Ef 4:24). De manera particular, cada hijo de Dios está siendo conformado a la imagen de nuestro hermano mayor, Jesucristo (CH 86). La santificación, dice Pablo a los filipenses, es el proceso de conformación a Cristo (Flp 3:10). Al «contemplar la gloria del Señor» en las Escrituras, «estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria», y esto por el poder del Espíritu Santo (2 Co 3:18). La santificación también nos recuerda que Dios está formando una familia de pecadores redimidos. Cada miembro de la familia está siendo hecho para llevar la semejanza del Hijo amado de nuestro Padre celestial. Por eso, Pablo dice a los corintios: «Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1 Co 11:1). Al parecernos cada vez más a Cristo, ayudamos a nuestros hermanos y hermanas a ver con más claridad lo que Dios quiere que también ellos sean.

En quinto lugar, Dios nos ha llamado a participar en nuestra santificación. Aquí podemos apreciar la forma en que la tradición reformada ha captado el equilibrio de la enseñanza de las Escrituras. La santificación es obra de la gracia de Dios. Pero eso no significa que seamos pasivos en la santificación. Por el contrario, la gracia de Dios nos compromete en una actividad enérgica. Como dice Pablo a los filipenses: «ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito» (Flp 2:12-13). Precisamente porque Dios trabaja en nosotros, podemos y debemos trabajar en nuestra salvación. La gracia de Dios nos capacita para vivir una vida piadosa (ver Tit 2:11-12). ¿Cómo, entonces, participamos en nuestra santificación? Podemos responder a esta pregunta en dos vertientes. En primer lugar, tanto la fe como el arrepentimiento son dones de Dios para el pecador (ver Hch 5:31; 11:18; Ef 2:8, Flp 1:29), y tenemos la responsabilidad de ejercer estos dones. Dios no cree ni se arrepiente por nosotros. Por la gracia de Dios, nosotros creemos y nosotros nos arrepentimos. En segundo lugar, Dios ha designado ciertos medios por los que se complace en llevar a una persona a la fe (el ministerio de la Palabra) y aumentar y fortalecer esa fe (el ministerio de la Palabra; la administración de los sacramentos; la oración) (CFW 14.1). Si descuidamos estos medios, no podemos esperar crecer en santificación. Si usamos estos medios con diligencia, sí podemos esperar que Dios nos dé el crecimiento en la gracia que deseamos y necesitamos.

En sexto lugar, la Biblia nos informa sobre un patrón particular para la santificación del creyente. Todo creyente debe perseguir las buenas obras que la Biblia requiere de nosotros. Estas buenas obras se llevan a cabo en obediencia a la ley moral de Dios (ver CFW 16.1; CH 115). Las buenas obras son importantes por muchas razones en la vida cristiana, sobre todo para servir como «frutos y evidencias de una fe viva y verdadera» y para «fortalecer [nuestra] seguridad» (CFW 16.2; cp. Confesión Belga 24). Nuestra obediencia a Dios es tanto un deber como un placer. Obedecemos la ley de Dios tanto porque tenemos que hacerlo como porque queremos hacerlo. La vida de santificación es también una lucha continua contra nuestros enemigos: el mundo, la carne y el diablo (CFW 13.2; ver Rom 7:14-25; Gal 5:17). Esta batalla tendrá sus contratiempos y decepciones, pero luchamos a la luz de la victoria que Cristo ya ha ganado en nuestro favor sobre el pecado y la muerte (ver 1 Jn 3:9; 4:4; 5:4-5). Y debido al compromiso de Dios de terminar lo que empieza, sabemos que Dios completará el proyecto de santificación que ha comenzado en nuestras vidas (Flp 1:6; cp. Cánones de Dort V.13, CFW 13.3).

En séptimo lugar, debemos preguntarnos en qué se diferencian la justificación y la santificación. Ambas gracias son posesión del creyente. No hay ningún creyente justificado que no esté siendo santificado. Pero estas gracias son distintas entre sí al menos en cuatro aspectos (ver Catecismo Mayor de Westminster 77). En primer lugar, la justificación es un acto de la gracia de Dios, mientras que la santificación es una obra de la gracia de Dios (cp. Catecismo Mayor de Westminster 71 y 75). Es decir, la justificación es una declaración legal única y definitiva en el tribunal de Dios por medio de la cual somos «contados como justos». Dios pronuncia este veredicto en el momento en que una persona llega a la fe en Cristo. La santificación es una obra continua y progresiva de Dios en la vida de un creyente. En segundo lugar, la justificación al presente es perfecta, mientras que la santificación al presente es imperfecta pero «los hace crecer [a los creyentes] hacia la perfección» (Catecismo Mayor de Westminster 77). No puedes ser más justificado de lo que eres actualmente. Pero sí puedes y serás más santificado, y un día serás perfectamente santificado. En tercer lugar, la justificación se ocupa de la culpa del pecado, mientras que la santificación se ocupa del dominio y la presencia del pecado. En la justificación, Dios perdona nuestros pecados. En la santificación, Dios nos rescata de una vez por todas de la esclavitud del pecado y, gradualmente, elimina la presencia y la influencia del pecado de nuestra forma de pensar, nuestras elecciones, nuestras prioridades y nuestro comportamiento. En cuarto lugar, en la justificación, Dios «imputa la justicia de Cristo»; en la santificación, Dios, por medio de Su Espíritu, «infunde la gracia y capacita para ejercerla» (Catecismo Mayor de Westminster 77). En la justificación, la justicia de Cristo es imputada o contada al creyente en la corte de Dios y recibida por medio de la fe sola. Esta justicia imputada es la única base de nuestra justificación. En la santificación, Dios infunde la gracia de manera que nos volvemos interiormente más y más justos en nuestras vidas.

Las confesiones reformadas pretenden ayudar a los cristianos a entender la enseñanza de la Biblia de forma clara y completa. Su objetivo, como hemos visto, es ayudarnos a vivir para gloria y alabanza de Dios. La verdad es siempre conforme a la piedad (Tit 1:1). Si hemos puesto nuestra fe en Jesucristo, estamos perfecta e inmutablemente justificados. En amor, gratitud y obediencia a nuestro gran Dios trino, no aspiremos a algo menos que a lo que un día seremos: ser conformados a la imagen de Jesucristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Guy Prentiss Waters

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.