Sufre en esperanza

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sufre en esperanza
Por C.N. Willborn

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Amenudo les digo a los hijos de nuestra iglesia ―desde los más pequeños hasta los estudiantes universitarios― que ellos piensan que van a vivir para siempre, pero siempre añado: «¡No es así!». De hecho, les digo, van a morir, e incluso puede que sufran físicamente antes de morir. Es un hecho que sufrirán emocionalmente. Todos sufrimos de alguna manera en algún momento de nuestras vidas. Es posible que suframos dificultades físicas, carencia de bienes físicos o angustia emocional, y a veces eso es a causa de nuestra fe. Nuestro Señor dijo: «En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). La tribulación incluye sufrimiento.

Vi a mi madre piadosa sufrir de muchas maneras, a menudo en el plano emocional, mientras criaba a tres hijos que no siempre anduvieron en los caminos del Señor. La vi sufrir la muerte de mi maravilloso padre, que fue su esposo durante cincuenta y ocho años. Finalmente, la vi sufrir la pérdida de su salud y movilidad, y, a la postre, sufrir los dolores del cáncer. A pesar de todo, el lema que ella me repetía era sencillo: «Hijo, yo confío en el Señor». Esa no era una frase santurrona. Era la voz de la fe. Era real y la ayudó a vivir una vida ejemplar, con una determinación paciente, una disposición dulce y un anhelo por su Salvador, en medio de todo su sufrimiento, que nos impactaba a todos. Ella vivía con la esperanza del cielo y de Cristo, y era real. Todos sus hijos, nietos y bisnietos recordaremos durante toda la vida la disposición confiada de Nana en todos los momentos difíciles. Ella vivió con la esperanza bienaventurada de su Señor y Salvador Jesucristo (Tit 2:13).

Hace dos años, los médicos nos dijeron que nuestro hijo de diecinueve años tenía «un bulto en el cerebro». El «bulto» resultó ser un absceso del tamaño de un huevo de pavo. En seguida, le realizaron tres cirugías en una sola semana. Un mes después, se le realizó una cuarta cirugía debido a un problema con los medicamentos. La noche del diagnóstico inicial, tuve esa «charla» con nuestro hijo. Le pregunté si entendía lo serio que era esto. «Sí», me dijo. «Sé que debes estar asustado, porque yo sí que lo estoy», le respondí. Él me dijo: «Papá, hemos confiado en el Señor en todo lo demás. Podemos confiar en Él ahora». Yo lloré y dije: «Amén». Luego me dijo: «Estaré bien pase lo que pase, papá». No te diré que mi fe y la de la familia fue lo suficientemente fuerte como para mover montañas esa noche o en los meses siguientes. Estaba débil. Muchas veces oré: «Señor, aumenta mi fe», y Él lo hizo. A veces un poquito, a veces un poco más. Esperamos en el Señor y Él fue todo lo que necesitábamos. Oh, por cierto, el Señor mantuvo a nuestro hijo con nosotros; acaba de graduarse de la universidad y ahora va a entrar a la escuela de posgrados. Sin embargo, aunque no hubiera librado a nuestro hijo… alabado sea el Señor por la esperanza que tenemos en un Dios soberano.

Para mis lectores jóvenes: mi madre tenía ochenta y cinco años. Era de esperar que sufriera y muriera. Sin embargo, mi hijo tenía diecinueve años, y en verdad sufrió (y todavía tiene que tomar medicamentos con efectos secundarios). Fácilmente podría haber muerto. Pero el punto es este: siempre puedes enfrentar el sufrimiento ―a esos matones de la escuela, esas críticas de moda de tus «amigos», esas disputas relacionales con tus mejores amigos, el cáncer, los abscesos cerebrales― con tu mejor Amigo a tu lado. Eso siempre y cuando tu mejor amigo sea Cristo Jesús. «Pero hay amigo más unido que un hermano» (Pr 18:24), y Jesús afirma ser ese amigo: «Os he llamado amigos» (Jn 15:15). Él es nuestra esperanza.

Mi madre tenía esa esperanza porque conocía al Salvador, Jesucristo. Su fe estaba basada solo en Él. Mi hijo tuvo esa esperanza en medio de sus sufrimientos porque conoce al Salvador, Jesucristo. Ambos conocían la Biblia y la promesa de la esperanza que tenemos en el Señor Jesucristo. Los dos asistían fielmente a los cultos de adoración y se empapaban de los medios de gracia: la palabra, la oración y los sacramentos. Amaban y disfrutaban la comunión de los santos que se encuentra en Su Iglesia. La esperanza ―no un «yo pienso», sino la esperanza genuina― no surge de la nada. Se cultiva y se vive solamente por la fe en Cristo. Prepárense bien, amigos jóvenes, para los sufrimientos que les esperan, de modo que puedan glorificar a Dios con sus vidas esperanzadas, incluso en los tiempos difíciles.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
C.N. Willborn
El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.

72 – El judaizar nuestros cultos y servicios de adoración no es algo bíblico

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 72

El judaizar nuestros cultos y servicios de adoración no es algo bíblico

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

1-LA SOLEDAD DE DIOS | SERIE INFANTIL

Ministerio Infantil ICEF

Serie Infantil: Los Atributos de Dios

1-LA SOLEDAD DE DIOS

Mis Primeros Pasos en la fe

Basado en la confesión de Fe de Westminster

En algunos versículos de la Biblia utilizamos diferentes versiones, ya que tratamos que el lenguaje a usar sea entendible para los niños. Guión y Adaptación por ICEF.

Narración: Elena Pacheco Edición: Elena Pacheco

Facebook ICEF: https://www.facebook.com/icefamiliar/

Facebook Perfume de Adoración: https://www.facebook.com/perfumedeado...

Canal Perfume de Adoración: https://www.youtube.com/channel/UCS_I...

¿Cómo es Dios? | Lección 2

INSTITUTO BÍBLICO BBN

Lección 2

Serie: ¿Cómo es Dios?
Dr. Lehman Strauss
Narrado por: Raúl Ferrero

El Dios de la Biblia difiere de los dioses falsos. En única personalidad, Dios existe, Creador del universo y causante de todas las cosas, Creador del hombre y de la sabiduría, el amante redentor del género humano.
El concepto de Dios está obviamente en la mente del hombre, pero el hombre no puede conocer acerca de Dios el Creador hasta que estudia su Palabra y sus Obras.
El conocimiento intuitivo de Dios es dado libremente, pero el conocimiento más grande de Dios viene como resultado del estudio, la reflexión, la oración y por un proceso de aprendizaje de la Biblia.
La revelación divina que encontramos en la Biblia nos remonta a un punto que ni la ciencia, ni la filosofía puede alcanzar.
La revelación especial de Dios (la Biblia) es el único medio por el cual podemos obtener un verdadero conocimiento de la Persona de Dios. Hoy más que nunca es esencial conocer cómo es Dios.
El material del Dr. Lehman Strauss está en la voz del Profesor Raúl Ferrero.

https://www.bbnradio.org/wcm4/bbnbispanish/Home/tabid/2519/Default.aspx

21-LOS MILAGROS

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

LAS OBRAS Y LOS DECRETOS DE DIOS

21 LOS MILAGROS

A veces, cuando juego al golf con mis amigos (en un campo de golf que tiene un número elevado de lagunas de agua), hago un tiro equivocado y la pelota sale en dirección a una laguna, pero luego salta rozando la superficie del agua y se detiene del otro lado. Como soy un ministro, mis amigos se extrañan de dicho logro y comentan el hecho con expresiones tales como: «¡Es un milagro!» Como cualquier niño puede saberlo, no se requiere un milagro para hacer saltar una piedra sobre la superficie del agua. Tampoco se requiere de un milagro para hacer saltar una pelota de golf sobre el agua. Siempre y cuando la pelota tenga la trayectoria correcta y esté girando sobre sí misma, es un hecho sencillo.

El término milagro hoy se utiliza con demasiada ligereza. Por rutina decimos que ocurrió un milagro cuando se da un pase en profundidad en un partido, o se evita un accidente a último momento, o cuando contemplamos la belleza de una puesta de sol. Pero la palabra milagro puede ser utilizada de tres maneras distintas. La primera de ellas describe acontecimientos ordinarios, pero que nos causan una fuerte impresión. Nos referimos al nacimiento de un bebé, por ejemplo, como un milagro. Al hacerlo, estamos honrando a Dios por los detalles y la belleza de su creación. Nos quedamos asombrados de la majestad del cosmos al ver cómo Dios obra a través de los medios secundarios de las leyes naturales, las que a su vez son creaciones de Dios. En este sentido el término milagro se refiere a cosas ordinarias que apuntan a una causa extraordinaria, el poder de Dios.

La segunda manera en que utilizamos el término milagro es similar a la primera. Con frecuencia en la Escritura leemos como Dios obra a través de medios secundarios en el momento y el lugar más propicio. La estrella de Belén, por ejemplo, posiblemente tuvo una causa científica y natural. La extraordinaria alineación de un grupo de estrellas, o una supernova pueden haber sido la explicación de su luminosidad. Pero el reconocer esta posibilidad, sin embargo, no hace que el acontecimiento sea menos milagroso. La luz irradió su brillo en oportunidad del nacimiento de Cristo. Le indicó a los magos el camino a Belén. La estrella es entonces un milagro de tiempo y lugar. Este milagro honra a Dios y a su manera de tejer el tapiz de la historia y, por lo tanto, debemos reconocer que el acontecimiento ocurrió de manera milagrosa.

En tercer lugar, los milagros se refieren a actos de Dios contrarios a la naturaleza. Este es el uso más técnico del término. Cuando Jesús convirtió el agua en vino o cuando levantó a Lázaro de entre los muertos, Dios estaba actuando por encima de sus leyes naturales. No hay explicación natural posible para estos acontecimientos. Sirven para convalidar a Cristo como el Hijo divino de Dios.

La Biblia utiliza varias palabras para encerrar el concepto contenido en la palabra milagro. La Biblia nos habla de señales, maravillas y prodigios. En el sentido más restricto, identificamos los milagros con la palabra bíblica señales. A los milagros se los llama señales porque como cualquier señal, apuntan hacia algo que es distinto a ellas, algo que es más significativo. Dios utilizó los milagros con sus agentes como prueba o confirmación de la revelación divina (Heb. 2:3-4). Dios le otorgó a Moisés la capacidad de hacer milagros para que esto fuera la prueba de que Dios había enviado a Moisés. Del mismo modo, Dios autenticó a su Hijo por medio de las señales que Él hizo.

En la actualidad hay tres puntos de vista distintos de entender los milagros. El primer punto de vista es escéptico y niega la posibilidad de que los milagros hayan ocurrido alguna vez. El segundo punto de vista considera que los milagros ocurrieron en los tiempos bíblicos y que todavía ocurren hoy en día. Y el tercer punto de vista considera que hubo milagros verdaderos en la Biblia, pero que una vez que Dios terminó de establecer su revelación en la Escritura, dejó de realizar milagros. Según este punto de vista, Dios todavía obra en el mundo de manera sobrenatural pero no le otorga el poder de realizar milagros a los seres humanos.

Resumen

l. La Biblia nos habla de señales, prodigios y maravillas.

  1. La Biblia registra distintos tipos de milagros.
  2. Todos los milagros son acontecimientos sobrenaturales, pero no todos los acontecimientos sobrenaturales son milagros.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Ex. 4:1-9

1 Kings 17:21-24

Jn. 2:11

Heb. 2:1-4

Participa en tu iglesia

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Participa en tu iglesia
Por Larry G. Mininger

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

oven, ¿es esta tu historia? Creciste en la iglesia de tu familia y estuviste muy involucrado en ella cuando eras niño y quizá hasta la secundaria. Pero cuando te fuiste a la universidad, al ejército o a trabajar lejos de casa, empezaste a involucrarte mucho menos en la iglesia.

No planeabas hacer eso, pero te encontraste con nuevas responsabilidades y exigencias de tiempo. Te liberaste de los patrones viejos y te hallaste solo, libre para formar otros nuevos. Quizás buscaste una iglesia que «se ajustara a tus necesidades», una que tuviera mucha gente de tu edad, música que te gustara o un gran predicador. Faltabas al culto de adoración debido a las fuertes exigencias de la escuela o el trabajo, pero aun así amabas a Jesús, orabas y veías cultos de adoración en la televisión o en tu computadora. Simplemente no te enchufaste a una iglesia.

Permíteme animarte con dos pensamientos bíblicos.

En primer lugar, Jesús tiene un plan para ti y para cada cristiano. Su plan es que todos los cristianos se sumerjan en Su iglesia y sean cuidados por ella. Él reveló Su plan a Sus discípulos en Mateo 16:18-19: «Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Así pues, Jesús fundó, autorizó y estructuró personalmente este plan cuando dijo: «Yo te daré [dirigiéndose a los apóstoles] las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos».

El plan de Jesús no es una sugerencia sino Su voluntad divina, el plan de Dios. No es un plan más entre los otros que podríamos crear, sino Su plan, el mismo plan por el que Él vino y murió. El libro de los Hechos y todas las epístolas confirman que los apóstoles de Jesús llevaron a cabo Su plan en medio de su generación.

El plan de Jesús sigue siendo reunir a todas Sus ovejas en iglesias, donde Él usa el poder y la autoridad de Su resurrección para enseñar, cuidar, reprender y restaurar a Su pueblo de manera continua. Para lograr eso, Él otorga dones espirituales a los hombres y las mujeres, de modo que edifiquen Su iglesia en todos los lugares donde Él los envíe. El plan de Jesús para Su iglesia (para ti y para mí) incluye un liderazgo estructurado. El plan de Jesús para nosotros es que seamos cuidados por pastores y maestros en Su iglesia. El plan de Jesús es inspirado divinamente y es el mejor plan que podría hacer el cielo. Nuestro deber y privilegio es aceptar Su plan y sumergirnos en él.

Dios explica Su plan en Efesios 4:11-12: «Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo».

Muchas personas de mi generación, y quizás aún más de la tuya, consideran que la iglesia es solo una opción y han perdido de vista el plan de Jesús.

En segundo lugar, el plan de Jesús te incluye a ti, pero no solo como alguien que asiste a la iglesia y escucha la predicación de Su Palabra. Jesús te ha dado dones espirituales para que los uses en Su (tu) iglesia. Sí, tienes dones, y deben ser utilizados en la iglesia para nuestro crecimiento mutuo y también para el tuyo. Escucha lo que dice Efesios 4:7: «Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo». Ese «cada uno» te incluye a ti. Eres necesario si la iglesia ha de ser (y si tú has de ser) el pueblo de Dios que Dios planeó.

¿Cómo puedes descubrir y desarrollar tus dones espirituales?

Aquí hay algunas ideas.

Asiste con mucha regularidad a tu iglesia.
Sé enseñable, paciente y dado a la oración.
Habla con alguno de tus pastores o ancianos sobre este asunto, o encuentra a un hombre o a una mujer de mentalidad espiritual con quien puedas desarrollar una relación informal de mentoría.
Sirve en cualquier función de la iglesia que esté disponible y atrévete a probarla, por ejemplo, la portería, la guardería infantil, los comités, los estudios bíblicos, el servicio comunitario. Mantente en contacto con tus líderes y pídeles que retroalimenten tu servicio.
Pídele a Jesús, el que te dotó, que te ayude a identificar tus dones espirituales.
Haz que tu objetivo interior sea convertirte en todo lo que Jesús ha diseñado que seas. Dile al Señor que lo que más quieres es darle gloria a Él.
Ya que Jesús te ha dado dones espirituales, Su iglesia te necesita y tú necesitas a la iglesia. Unámonos bajo el plan de Jesús.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Larry G. Mininger
El Dr. Larry G. Mininger es pastor emérito de la Lake Sherwood Orthodox Presbyterian Church, en Orlando, Florida. Además, sirve como encargado de atención estudiantil en el Reformation Bible College, Sanford, Florida.

¿ES CRISTO TÚ SEÑOR? | A.W.PINK

Sermones Clásicos
¿ES CRISTO TÚ SEÑOR?
A.W.PINK
Narrado por el pastor: David Barceló

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

Toma el pecado en serio

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Toma el pecado en serio
Por Geoffrey Thomas

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Toma a Cristo en serio. Sí, por supuesto. Cada vez que mires tu pecado, mira diez veces a Cristo. Pero, ¿querrás mirar a Cristo si no has visto tu necesidad? ¿Verás tu necesidad si no has visto tu pecado?

¿Por qué se da por sentado al Hijo de Dios en la iglesia visible de hoy? Solo porque el pecado es tomado a la ligera. Nuestra necesidad más apremiante es redescubrir la gloria de la salvación de Cristo. Hasta el hombre de Dios más maduro necesita tener una visión fresca de Jesucristo para poder gritar: «¡Aleluya! ¡Cristo salva!». Esta es la marca distintiva de una congregación creciente y reavivada, y esa llenura del Espíritu que glorifica al Hijo viene en gran parte por la convicción de nuestro pecado y la comprensión de nuestra necesidad de este glorioso Libertador, que nos libra del dominio, la perversidad y la condenación del pecado. Así que, cristiano joven, toma el pecado en serio.

Considera que el pecado hace pedazos la ley de Dios. Dos tablas de reglas seguras, buenas, santas, justas, espirituales y provechosas: el pecado derriba y destruye ambas tablas. ¿Es esa una acción insignificante? ¿Desdeñar y destruir la santa ley de Dios, el resumen de la naturaleza y las perfecciones divinas?

Considera que el pecado mira con frialdad al carácter de nuestro Creador, el Hacedor de todo lo majestuoso, glorioso, hermoso y excelente; derrama desprecio sobre Él. Piensa en las criaturas más aterradoras del mundo e imagínate que se te están acercando. Sin embargo, ninguna de esas criaturas odia a Dios por naturaleza. Solo el pecado, el tuyo y el mío, desprecia y rechaza a Dios.

Considera que el pecado está bajo las advertencias del Dios vivo. Dios odia todo lo que contradice Su naturaleza. El Señor tres veces santo desprecia todo lo que es malo, maquiavélico, cruel, egoísta, idólatra, codicioso y lujurioso. Todo lo que hay en el cielo y en los cielos de los cielos ―los ángeles y serafines, los espíritus de los justos hechos perfectos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo― son unánimes en su justa ira y furia contra el pecado, ¿y seguiremos nosotros siendo indiferentes a él? Un día, por la gracia de Dios, lo detestaremos al igual que ellos.

Considera las consecuencias del pecado. Piensa en el hombre rico de la historia de Jesús y en el gran abismo puesto entre él y la bienaventuranza de los que estaban en el cielo (Lc 16:19-31). Él anhela ser librado, pero nunca podrá dejar ese lugar. Una gota de agua es todo lo que pide, pero nunca podrá tenerla. ¿Qué fue lo que llevó allí a este hombre rico que lo tenía todo, a este hijo del orgullo? ¿Qué fue lo que lo unió a los muchos otros que recorrieron resueltamente el camino ancho por años y rechazaron toda oferta de misericordia, despreciando a Cristo el Redentor? Fue el pecado, ese mismo pecado que llena los cementerios de muertos y hace que el humo de sus cuerpos quemados suba por las chimeneas de todos los crematorios. La paga del pecado es muerte, la muerte física en este mundo y la horrible muerte segunda en el mundo venidero.

Considera el juicio del pecado que cayó sobre el Señor Jesús en el Gólgota. ¿Qué piensan del pecado el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? Piensa en el fin del Hijo amado de Dios el Padre. No hay padre más amoroso que el Padre ni hijo más amado que el Hijo. Sin embargo, el Hijo llevó nuestros pecados en Su propio cuerpo sobre la cruz. El Hijo de Dios se convirtió en el Cordero de Dios. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros. Dios el Padre no lo eximió. No podía haber ni un gramo de flexibilidad en lo que concierne al pecado. Dios no refrenó ni un solo golpe de la vara de Su justicia al mostrar cuán digno de condenación es el pecado. El Padre quiso golpear a Cristo hasta matarlo. El Padre alzó Su vara, y Cristo la recibió sobre Sí mismo en nuestro lugar.

Todo esto indica la seriedad con la que Dios ve el pecado, y cuán inexpresable es todo lo que Él soportó para que gente patética como nosotros sea librada de la iniquidad. ¿Y puedes encogerte de hombros? ¿Puedes asentir con la cabeza y seguir pecando en hecho, palabra, actitud y omisión?

Incrédulo, Jesucristo es todo lo que los pecadores necesitan. Él puede satisfacer todos tus deseos y romper esas cadenas poderosas que te atan al pecado. Cristiano, ya seas joven o anciano, mortifica el pecado remanente. Estrangúlalo y no le des ni un respiro. Hazlo morir de hambre. Niégate a darle aunque sea un bocadito. Toma el pecado en serio, pues tomas en serio la justicia y la sangre de Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Geoffrey Thomas
El Rev. Geoffrey Thomas es el pastor principal de la Alfred Baptist Church en Aberystwyth, Gales. También sirve como profesor invitado de teología histórica en el Puritan Reformed Theological Seminary y editor asociado de la revista Banner of Truth.

¿Por Qué Importa el Antiguo Testamento Hoy?

Soldados de Jesucristo

Serie: Lecciones del Antiguo Testamento

¿Por Qué Importa el Antiguo Testamento Hoy?
Por Gabriel Reyes-Ordeix

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17)

El significado, la importancia y el beneficio del Antiguo Testamento (AT) descansan en su concepción como el plano arquitectónico del plan de salvación. A través de la historia de Israel, Dios redime a la iglesia de hoy. En el Antiguo Testamento encontramos el diseño original, el contexto histórico y la fundación del Nuevo Testamento (NT).

Piensa que el Antiguo Testamento es la primera parte de una película, sin la cual, la secuela (el Nuevo Testamento) no haría mucho sentido. Esta primera parte nos ayuda a entender los personajes, los conflictos, la naturaleza de las situaciones e incluso el glorioso final del Nuevo Testamento.

Como sabemos, la salvación y el plan redentor se desenvuelven en el Nuevo Testamento, pero para que nosotros podamos entender esto a plenitud, debemos conocer las leyes, el sistema sacrificial, los pactos y las promesas que le preceden en el Antiguo Testamento. Conocer el contexto antiguotestamentario nos da una visión tridimensional de la corrupción del pecado en la humanidad y de la gracia que la venció. Profundidad.

De no ser por el relato de la Creación y de la Caída en Génesis, no sabríamos si el Dios que ha prometido salvación para los suyos es el mismo que creó todo, y contra quien hemos pecado vilmente. Si Él tiene el poder para crear todo, ¿por qué habríamos de dudar de Él como nuestro Protector, Padre y Rey?

El liderazgo de Moisés a través del Pentateuco, guiando, representando y gobernando a Israel como el representante de Dios, nos muestra un ejemplo humano de liderazgo, santidad y sacerdocio cuyo propósito mayor es el de simbolizar y anunciar a uno más grande: Cristo. La eminente vida de Moisés cumple su propósito sentando un precedente que no sería superado hasta la llegada del Mesías.

En Deuteronomio 34 vemos la muerte y sepultura de Moisés. Allí, el versículo 10 dice:

“Desde entonces no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor conocía cara a cara, nadie como él por todas las señales y prodigios que el Señor le mandó hacer en la tierra de Egipto, contra Faraón, contra todos sus siervos y contra toda su tierra, y por la mano poderosa y por todos los hechos grandiosos y terribles que Moisés realizó ante los ojos de todo Israel.”

Esta era la esperanza de Israel, “¡uno mucho más grande que Moisés vendría!” La espera, la historia y el precedente engrandecen a la persona de Cristo, su nacimiento y su muerte.

La promesa de Dios a Abram (antes de ser llamado Abraham) en Génesis 12:3, representa una de las primeras instancias del evangelio y de la redención de los pueblos — aún desde el Génesis.

Dios le dijo al patriarca: “Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.” Esto habla no solo de plan redentor para Israel, la nación escogida de Dios, sino también de la salvación de todas las otras naciones que serían benditas a través del sacerdocio de Israel. Israel no fue escogida en vez de todas las otras naciones, sino para el beneficio de todas las otras naciones.

La maldición del Señor para la serpiente en Génesis 3:15 también nos da una primicia de la victoria escatológica (del fin de los tiempos) que el Señor tendrá sobre Satanás y este mundo.

Un libro como Levítico es lo que nos permite tener un entendimiento correcto de Cristo como Sumo Sacerdote que intercede por nosotros. Sin el contexto que nos da Levítico, no entenderíamos la profundidad, trascendencia y significado de la persona de Cristo en el libro de Hebreos.

El libro de Deuteronomio es comúnmente visto como el corazón teológico del Antiguo Testamento. Es la compilación de una serie de discursos de un viejo Moisés a Israel con el motivo primordial de exhortar y motivar la obediencia del pueblo en el tiempo previo a su entrada a la esperada Tierra Prometida.

En Deuteronomio, Moisés repasa y recuerda los mandatos y proezas del Señor, al mismo tiempo, exhortando y estimulando a Israel a amar y a obedecer a Yahweh. Especialmente, Deuteronomio 6:4-5, también conocido como el Shema, informa una gran parte de la teología del Nuevo Testamento (Mar. 12:29-30; Mat. 22:37; Luc. 10:27; 1 Tim. 2:5; 1 Cor. 8:6).

Escucha, Oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es.
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con toda tu fuerza.

Una sección de libros como la de los profetas menores nos muestran la plenitud del carácter del Señor, Su justicia enfurecida y Su compasión misericordiosa. Aunque son muy rechazados, estos son especialmente trascendentes para la iglesia de hoy. Dios es Señor sobre todas las naciones; Él las juzgará en su tiempo, y Él tendrá misericordia de quien quiera. ¿Escuchará la iglesia el llamado a proclamar y predicar el nombre del Señor?

Los libros de sabiduría (Job, Proverbios, Salmos, Eclesiastés y Cantar de los Cantares) nos muestran cómo debemos de vivir el día a día. Quién es el sabio, quien es el necio. Estos libros no hablan mucho de los sacrificios y del antiguo pacto, sino de la simpleza de cumplir y ser fiel al Señor. El sabio es quien obedece al Señor, no quien conoce la ley, sino quien la cumple. Los libros de sabiduría influencian grandemente muchas secciones del Nuevo Testamento, siendo Santiago, una de las más evidentes.

El beneficio del Antiguo Testamento recae en que ahora entendemos el significado de la justicia de Cristo, Jesús como nuestro esperado Mesías, Jesús como Sumo Sacerdote, y Jesús como el Hijo de Dios. Ahora sabemos por qué existe la ley, y que por nosotros mismo somos incapaces de cumplirla. A través de ella vemos nuestro pecado — colectivamente e individualmente; también vemos que el pecado nos ha dejado en deuda, y por eso estamos condenados a la consecuencia: la muerte.

El Antiguo Testamento es la precuela a nuestra gloriosa realidad como hijos del Señor.

Si el Antiguo Testamento hubiese quedado obsoleto y anticuado con el Nuevo Testamento, no tuviéramos tantas referencias de Pablo, Pedro, Mateo y Lucas citando el antiguo Testamento. Cada vez que uno de ellos se refiere a “La Escritura”, se refiere al Antiguo Testamento. Esa era la Biblia para ellos.

El Nuevo Testamento no es individual, sino dependiente del Antiguo y ambos hacen completo sentido por su interrelación. Dios inspiró y preservó su Palabra, toda su Palabra, Antiguo y Nuevo Testamentos para que nos beneficiáramos de ambos.

El Antiguo Testamento representaba la esperanza de Israel de que vendría un Mesías. El Antiguo Testamento también sigue siendo esperanza para nosotros, pero en otro sentido: Ya la esperanza llegó, y ya conocemos lo que era oculto. Cristo es la terminación de lo prometido, el Espíritu es el que nos apodera a vivir acorde a la Palabra, y Dios el Padre es nuestro Señor quien controla el cosmos y cada aspecto de nuestras vidas.

Un pueblo rebelde e incrédulo; un Dios recto, perfecto, lleno de gracia, justo y misericordioso; y la promesa de un Mesías que un día vendría a ser el mediador entre los dos.

Gabriel Reyes-Ordeix
Casado con Ivana desde el 2013. Actualmente completa su Maestría en Divinidades en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY. donde sirve como presidente de la Asociación de Estudiantes Hispanos. Gabriel ha participado en múltiples grabaciones musicales junto a Sovereign Grace, La IBI y Mauricio Velarde.

Solo haz algo

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Solo haz algo
Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Luego de dictar una charla sobre la doctrina de la vocación en una universidad cristiana, un estudiante se me acercó para preguntarme si podía orientarlo. Llegó a la universidad pensando que quería ser pastor, pero luego se sintió inclinado a convertirse en profesor. «¿Cómo puedo saber lo que el Señor quiere que haga?», me preguntó.

Le di algunos consejos sobre cómo discernir sus talentos, pero luego me hizo una pregunta que reveló el problema de fondo: «¿Qué pasa si tomo la decisión equivocada?». ¿Qué pasa si decido ser maestro, pero Dios realmente quería que fuera pastor? ¿O qué pasa si decido ser pastor, pero en realidad Dios no quería que lo fuera? ¿Cómo podría enseñar o predicar si al hacerlo puedo estar fuera de la voluntad de Dios? Y, de todos modos, ¿cómo podría saberlo?

Entonces me llegó la respuesta. «No puedes tomar la decisión equivocada», le dije. Si decides ingresar al ministerio ―y, sobre todo, si terminas el seminario y recibes el llamado de una congregación, ya que las vocaciones vienen desde afuera de nosotros― puedes estar seguro de que Dios te ha puesto en ese púlpito. Si decides dedicarte a la enseñanza y una escuela te contrata, puedes estar seguro de que Dios te ha puesto en esa aula. Incluso es posible que Dios te ponga en un aula ahora y luego te llame al ministerio.

Muchas personas suponen que la voluntad de Dios para nuestras vidas es algo que debemos «descubrir» y que podemos perder si tomamos la «decisión» equivocada. Pero como no hay forma de que sepan realmente cuál es la voluntad de Dios para su caso concreto, se quedan paralizados, sin saber qué hacer, y por eso no hacen nada.

Los cristianos reformados saben que reducir todo a nuestra «decisión» es ir demasiado lejos. Sí, tomamos decisiones, pero para los cristianos, que tenemos la confianza en el Señor que gobierna el universo, ni nuestra salvación ni el curso de nuestras vidas «dependen de nosotros».

¿De verdad pensamos que la voluntad de Dios se puede frustrar? Por supuesto, podemos ir en contra de Su voluntad revelada, de Sus mandamientos; eso es lo que significa pecar. Debemos estudiar la Palabra de Dios para conocer Su justa voluntad. También debemos darnos cuenta de que eso suele entrar en conflicto con nuestra propia voluntad caída. Debemos crecer en nuestra fe, para que podamos orar junto a Jesús: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22:42). Sin embargo, en última instancia, Su voluntad soberana se cumplirá en el gobierno de Su creación.

No cabe duda de que el estudiante sabía que ciertas carreras, como la de narcotraficante o productor de pornografía, estaban descartadas para él. Pero ser profesor no es pecado. Tampoco lo es ser pastor. Sí, tiene que tomar decisiones, y hacerlo requerirá autoexamen, agonía y oración. Debe tomar en cuenta todos los factores ordinarios: sus finanzas, sus tiempos y sus consideraciones familiares. Pero una vez que ha tomado la decisión, puede estar seguro de que Dios lo ha guiado.

Esto es lo que enseñan las Escrituras. «La mente del hombre planea su camino» ―así que debemos hacer planes―, «pero el SEÑOR dirige sus pasos» (Pr 16:9). Dios es quien «dirige» lo que hacemos. «Se prepara al caballo para el día de la batalla, pero la victoria es del SEÑOR» (21:31). El Señor es quien produce el resultado, convirtiéndote en colaborador en Sus propósitos.

En contraste con las enseñanzas del evangelio de la prosperidad, el éxito terrenal no es necesariamente una señal del favor de Dios, ni la falta de éxito es una señal de que estés «fuera de la voluntad de Dios». Con frecuencia, el curso de nuestra vida no solo incluye oportunidades, sino también fracasos; no solo puertas que se abren, sino también algunas que se cierran en tu cara. La vocación ciertamente no se trata de tu «autorrealización». Seguir a Jesús en una vocación requiere abnegación y sacrificio diario en favor del prójimo al que servimos con ella.

Las adversidades de nuestras diversas vocaciones, ya sea en la familia, la Iglesia y la comunidad o nuestro lugar de trabajo, dan cuenta de otro aspecto de la voluntad de Dios: Él quiere que crezcamos en la fe y la santidad. «Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes 4:3). Esto sucede cuando las luchas de nuestra vida nos hacen depender cada vez más de Él.

En este momento, no sabemos lo que va a pasar ni adónde nos llevarán nuestras decisiones. Pero cuando miramos atrás, especialmente cuando ha pasado el tiempo, cuando somos mayores, podemos ver el patrón y la manera en que Dios nos estuvo guiando en cada paso del camino, aunque no hayamos sido conscientes de ello en el momento.

Mientras tanto, debemos actuar. Confiar en la providencia de Dios ―no solo en Su control, sino en que Él «provea» para nosotros― no es una receta para que seamos pasivos, sino para que gocemos de libertad. Podemos abordar con valentía las oportunidades y relaciones que la vida nos depara, confiando en que Él estará con nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Gene Edward Veith
El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.