En 1971, Dios usó a R.C. y Vesta Sproul para establecer Ligonier Valley Study Center. Lo que comenzó como un pequeño centro de estudios en las afueras del oeste de Pensilvania hace cincuenta años se ha convertido, por la maravillosa gracia de Dios, en un ministerio de enseñanza y discipulado que alcanza a millones de personas en todo el mundo. Cuando conocí los Ministerios Ligonier hace más de veinticinco años, lo que más me sorprendió fue queLigonier no se parecía a ningún otro ministerio que yo conociera hasta entonces. Inmediatamente reconocí que el Dr. Sproul no solo se preocupaba por alcanzar a los incrédulos con el evangelio, sino que también tenía una pasión por alcanzar a los cristianos profesantes con el evangelio. Pero no se detuvo ahí. Su preocupación era ayudar a los creyentes a ser cristianos reflexivos y elocuentes que conocieran no solo el evangelio sino también todo el consejo de Dios, la teología de la Palabra de Dios, la historia de esa teología y cómo defender la totalidad de su fe. La pasión del Dr. Sproul era ayudar al mundo a conocer a Dios y ayudar a la Iglesia a conocer a Dios, no al Dios que nosotros creamos, sino al único Dios soberano, bondadoso, amoroso y santo de la Escritura.
Desde el principio de su ministerio, el Dr. Sproul observó que mucha gente en el mundo vive toda su vida centrada únicamente en asuntos temporales, en el aquí y ahora, prestando poca atención a la eternidad. Su preocupación alimentó su pasión por ayudar a la gente a conocer a Dios para que, al conocerlo, pudieran saber lo que realmente importa en la vida. Además, conocer a Dios nos ayuda a entender que nuestras vidas importan; que lo que hacemos importa y que conocer, amar y glorificar a Dios da sentido y propósito a nuestras vidas. Esta es una de las razones por las que el Dr. Sproul enseñaba con tanta pasión. Es la razón por la que muchos de nosotros nos sentimos atraídos por él, porque creímos que se preocupaba por nosotros lo suficiente como para estar dispuesto a enseñarnos las verdades difíciles sobre Dios. El Dr. Sproul no quiso que tuviéramos una visión superficial de Dios. Quería que creciéramos en nuestra comprensión de Dios para que supiéramos cuán grande es Su gracia y cuán santo es nuestro Dios.
Debido a la pasión y el compromiso del Dr. Sproul con la Palabra de Dios, Ministerios Ligonier siempre ha sido un hogar para los cristianos que no temen pensar con profundidad en lo que más importa en la vida y en la eternidad. Para R.C., decir que el ahora cuenta para siempre no era solo un eslogan o un nombre ingenioso para su columna de Tabletalk. Realmente lo creía, y vivió su vida para ayudarnos a creerlo. En Ligonier, nosotros también lo creemos, y existimos simplemente para servir a Dios ayudando a la gente a conocer a Dios y glorificarlo para siempre.
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano?de Juan Calvino.
Bienvenido a Iglesia Bautista Castellana. Mi nombre es Edgardo Piesco, actual pastor de la Iglesia Bautista Castellana y me siento muy honrado con su visita.
En cuanto a nuestra identidad, somos la primera iglesia evangélica establecida en Canadá contando con, 50 años de vida en el servicio a nuestra comunidad hispano-parlante. Nuestra congregación está constituida por inmigrantes provenientes de toda Latinoamérica. Oficiamos servicios en español y otros especiales en inglés para los jóvenes que dominan éste, como primera lengua. Nuestro objetivo primordial es hacer conocer el evangelio a nuestra comunidad en una actitud seria y de respeto por la dignidad humana.
Esta congregación se ha mantenido en una tradición de trabajo honesto, íntegro y procurando asistir a la sociedad. Nuestro enfoque es estrictamente bíblico; la predicación, expositiva; el objetivo de dicha predicación y enseñanza es que el pueblo conozca la Palabra de Dios sin especulaciones y/o manipulación de la misma, para la salvación del alma. Nuestra congregación promueve un ambiente familiar, proveyendo un equipo ministerial de ayudantes y colaboradores debidamente equipados para hacer placentera su visita a nuestros servicios.
Esperamos que disfrute su tiempo en nuestro medio, y que tengamos pronto el gran privilegio de gozarnos con su visita y cordial compañía. Hasta entonces, que la gracia y la paz de Dios y Su Hijo Jesucristo sea con usted y todos los suyos.
La primera oración que aprendí siendo un niño fue la sencilla oración de agradecimiento frente a los alimentos: «Dios es grande; Dios es bueno. Y le agradecemos estos alimentos». Supongo que esta oración debería de rimar. Al menos, rimaba cuando la recitaba mi abuela que pronunciaba food («alimentos») de manera tal que rimara con good («bueno»).
Estas dos virtudes asignadas a Dios en esta oración, la grandeza y la bondad, están comprendidas en una sola palabra bíblica, la santidad. Cuando hablamos de la santidad de Dios, estamos muy acostumbrados a asociarla casi exclusivamente con la pureza y la justicia de Dios. Sin duda que la idea de santidad contiene dichas virtudes, pero no constituyen el significado principal de la santidad.
La palabra bíblica santo tiene dos significados distintos. El significado principal es «lo apartado» o «lo otro». Cuando decimos que Dios es santo, estamos llamando la atención a la profunda diferencia que existe entre Él y todas las demás criaturas. Se refiere a la majestad trascendente de Dios, a su augusta superioridad, en virtud de la cual Él es digno de todo nuestro honor, nuestra reverencia, nuestra adoración y nuestra alabanza. Él es «otro», o es distinto a nosotros en su gloria. Cuando la Biblia habla de objetos santos, o de un pueblo santo, o de un tiempo santo, se refiere a objetos que han sido apartados, consagrados o hechos diferentes por la mano de Dios. El suelo que pisaba Moisés frente a la zarza que ardía era suelo santo porque Dios estaba allí, presente de una manera muy especial. Era la cercanía de lo divino que convertía a lo ordinario súbitamente en algo extraordinario, y a lo cotidiano en algo fuera de lo común.
El segundo significado de santo se refiere a las acciones puras y justas de Dios. Dios hace lo que está bien. Nunca hace algo que esté mal. Dios siempre actúa de manera justa porque su naturaleza es santa. Podemos entonces diferenciar la justicia interna de Dios (su naturaleza santa) de la justicia externa de Dios (sus acciones)..
Como Dios es santo, es grande y bueno al mismo tiempo. No hay maldad entremezclada con su bondad. Cuando somos llamados dos a ser santos, no significa que hemos de compartir la majestad divina de Dios, sino que hemos de apartarnos de nuestra pecaminosidad normal como caídos. Hemos sido llamados a reflejar el carácter moral y la actividad de Dios. Hemos de imitar su bondad
Resumen
La santidad tiene dos significados: (1) «lo otro» o «lo apartado», y (2) «las acciones puras y justas».
SANTO = 1. Lo otro (majestad) y 2. Pureza (justicia)
Hemos sido llamados a ser santos -a reflejar la justicia y la pureza de Dios.
Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas
Ellos adoran así porque no tienen el Espíritu Santo». Escuché esa frase muchas veces durante mis días como cristiano pentecostal/carismático, años atrás. Así era cómo los pentecostales hablábamos sobre los creyentes no pentecostales, en especial sobre los que siguen una liturgia formal. Creíamos que, aunque los no pentecostales eran salvos, carecían de la unción del Espíritu Santo, lo que quedaba en evidencia en su estilo de adoración, que externamente era menos dinámico y más estructurado que el nuestro. Nuestra teología pentecostal nos decía que los dones de lenguas y de profecía nunca cesaron, así que todo grupo que no practicara esos dones ni el típico dinamismo externo vinculado a ellos carecía del Espíritu, o al menos de la plenitud de Su presencia. Según nuestra postura, creer que esos dones han cesado equivale a creer que el Espíritu Santo no está obrando en Su pueblo. Estábamos opuestos al cesacionismo, la doctrina que sostiene que los dones espirituales que comunican o confirman la revelación divina ―en particular los dones de lenguas, milagros y profecía― cesaron con la muerte del último apóstol.
Para ser honestos, gran parte de la culpa del vincular la postura cesacionista con la incredulidad en la presencia y obra continua del Espíritu era mía y de mis amigos pentecostales. No estudiamos el cesacionismo en detalle ni hablamos con los mejores representantes de esa postura. Sin embargo, los cesacionistas no estaban exentos de culpa. Los cesacionistas que conocíamos lo eran solo por costumbre, no por convicción. No es justo culpar a los cristianos pentecostales/carismáticos por malinterpretar el cesacionismo cuando los únicos cesacionistas que conocen niegan la realidad permanente de los llamados «dones de señales» (lenguas, milagros y profecía) más por miedo a lo extraño que basados en un argumento bíblico bien desarrollado.
Sería necesario escribir todo un libro para poder presentar una defensa cabal del cesacionismo, pero la esencia de la postura puede articularse brevemente. Cuando Dios imparte una nueva revelación especial, utiliza métodos extraordinarios como la profecía y las lenguas para otorgar tal revelación, y también señales extraordinarias como los milagros para confirmar a las personas que debemos recibir (los profetas y los apóstoles) como comunicadores inspirados de Su revelación. En consecuencia, cuando Dios no está impartiendo una nueva revelación especial, no utiliza señales ni métodos extraordinarios; más bien, obra en y a través de la exposición de Su revelación especial (la Escritura), llevada a cabo por maestros dotados y ancianos de la iglesia debidamente instalados.
Vale la pena considerar algunas evidencias bíblicas en favor del cesacionismo. En primer lugar, el pueblo de Dios ha pasado siglos sin tener profetas en varios períodos de su historia. Por ejemplo, Dios no le habló a Su pueblo mediante profetas ―al menos no mediante profetas como normalmente los concebimos― desde los días de Abraham hasta Moisés. Más aún, los judíos del primer siglo reconocían que el Señor no había enviado profetas durante los cerca de cuatro siglos que transcurrieron entre Malaquías y Juan el Bautista. Sin embargo, Dios estuvo obrando en esos períodos, aunque no hubo profetas.
En segundo lugar, los milagros no eran acontecimientos cotidianos en los tiempos bíblicos. Solo ocurrían cuando Dios entregaba a Su pueblo nuevas revelaciones que iban a ser escritas. Si vemos la Escritura como un todo, hallamos tres grandes períodos de milagros: durante los tiempos de Moisés, de Elías y Eliseo y de Jesús y Sus apóstoles. Cada uno de estos períodos estuvo caracterizado por nuevas revelaciones especiales de Dios. Moisés recibió la ley y fue hecho mediador del antiguo pacto. Elías y Eliseo representan la institución formal del oficio profético y de los muchos oráculos que los profetas darían. Jesús y Sus apóstoles instituyeron el nuevo pacto e impartieron instrucciones necesarias para la era del nuevo pacto. Dado que incluso los milagros bíblicos fueron tan limitados, no hay razón para esperar que en todas las generaciones haya gente con el don de obrar milagros.
En tercer lugar, Hebreos 1:1-4 nos dice que la Palabra final de Dios para nosotros es Su Hijo y que la manera en que Él habla mediante Su Hijo ―y, en consecuencia, mediante los apóstoles que hablaron a la Iglesia con Su autoridad― no es igual a las muchas maneras en que Él habló antes de la venida de Jesús. Ya que Jesús es nuestro Profeta y que los apóstoles del primer siglo ejercieron un ministerio profético, la diferencia entre Jesús y Sus apóstoles y los profetas del antiguo pacto no es que Jesús y Sus apóstoles hayan empleado nuevos métodos de enseñanza, sino que hablaron de forma final y definitiva. Ellos pusieron el fundamento de la Iglesia (Ef 2:18-22), así que no debemos esperar que continúe habiendo revelaciones, pues el fundamento se coloca una sola vez. Ya no es necesario que Jesús nos guíe mediante profetas y apóstoles.
Por último, cuando observamos la instrucción de Jesús y los apóstoles para el período postapostólico, no encontramos ningún llamado a que la Iglesia busque profetas, o que espere que la gente haga milagros o que procure recibir nuevos mensajes o lineamientos del Señor mediante personas con el don de lenguas. En esta línea, son especialmente pertinentes pasajes como Hechos 20, donde Pablo se despide de los ancianos de Éfeso, y las últimas cartas escritas por los apóstoles antes de su muerte, entre ellas, las epístolas paulinas de 1 y 2 Timoteo y Tito, además de 1, 2 y 3 de Juan. ¿Cuál es el mandamiento de estos textos para la Iglesia? Que retenga la tradición ―la enseñanza apostólica― que la Iglesia ya había recibido, no que busque nuevas revelaciones.
A la luz de todo esto y de la alta estima que goza la doctrina de la Escritura en la teología reformada, no es de sorprender que el cesacionismo sea la postura reformada estándar. De hecho, creer que los dones de lenguas, profecías y milagros han cesado es un concepto tan entrelazado con la visión reformada confesional de la Palabra escrita de Dios y el poder declarativo de la Iglesia postapostólica que en verdad es imposible ser reformado y a la vez creer en la continuidad de los dones ya mencionados. Si la revelación especial divina no ha cesado, si la profecía y sus dones relacionados continúan, no tenemos otra alternativa que registrar esa revelación y seguirla, pues Dios exige que guardemos y sigamos Su Palabra. Si la revelación especial divina no ha terminado, Dios no ha hablado finalmente en Su Hijo y el canon cerrado de la Escritura no puede ser nuestra última regla de fe y práctica. Combinar la teología reformada con la postura continuista, que enseña que los dones de profecía, milagros y lenguas continúan, equivale a producir una mezcla inestable e irreconciliable de elementos contradictorios.
Sin embargo, eso no significa que los cesacionistas neguemos la presencia y la obra continua del Espíritu Santo. Los cesacionistas no creemos que el Espíritu sea incapaz de hablar a través de profetas en la actualidad, sino solo que ha escogido no hacerlo. Los cesacionistas creemos que el Espíritu puede sanar a las personas de forma inesperada ―y a menudo lo hace― cuando oramos por ellas. Creemos que el Espíritu Santo nos habla a través de la sana exposición de Su Palabra. Creemos que nos abre y cierra puertas e incluso ordena «coincidencias» providenciales en nuestras vidas. De hecho, yo afirmo que el cesacionismo reformado tradicional tiene un concepto más elevado del poder y la libertad del Espíritu que el continuismo tradicional. Esto se debe a que nosotros confesamos que el Espíritu debe dar vida a las almas muertas para que podamos creer; que Él hace eso sin que se lo pidamos, pues en nuestra condición de muerte espiritual sin Cristo no podemos pedir que se nos dé nueva vida, y que Él lo hace solo en aquellos a quienes escoge libremente y en el momento en que a Él le place.
Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas
¿Qué pensarías de una madre y de un padre que, después de traer al mundo a su recién nacido, lo abandonan para que se valga por sí mismo? Eso sería desastroso para el niño y los padres serían culpables de abuso infantil. ¿Qué hace Jesús con Sus hijos espirituales recién nacidos? Aquí se encuentra, por lo menos en parte, la esencia y el significado de la membresía de la iglesia. Aquellos que son escogidos por el Padre, comprados por el Hijo y nacidos de nuevos por el Espíritu Santo, no son abandonados para valerse por sí mismos en contra del mundo, la carne y el diablo. Jesús toma a Sus hijos recién nacidos que han sido bautizados en la Iglesia invisible por el Espíritu Santo y los bautiza en la Iglesia visible por el sacramento del bautismo por agua. A través del bautismo por agua, Jesús también trae a los nuevos creyentes y a los hijos de los creyentes a formar parte de la iglesia visible. Cuando una persona es bautizada con agua en el nombre del Dios Trino, es añadida a la membresía de la iglesia visible y allí hay que cuidarla y nutrirla espiritualmente.
Estoy convencido que una de las razones por la cual la membresía de una iglesia no es valorada como debiera ser se debe a que no es vista como un medio por el cual el Buen Pastor cuida y provee para Sus ovejas. La Iglesia es Su rebaño. Él entregó Su vida por Sus ovejas. Las compró con el precio de Su propia sangre y no las abandona en esta tierra para que se las arreglen por sí mismas, por separado e individualmente. La Confesión de Fe de Westminster declara, «El bautismo es un sacramento del Nuevo Testamento, instituido por Jesucristo… para admitir solemnemente a la persona bautizada en la Iglesia visible» (28.1). Alguien pudiera preguntar, ¿dónde se encuentra la membresía en la Biblia? La respuesta está en la práctica del bautismo por agua. En el Nuevo Testamento, cuando alguien cree es bautizado y por su bautismo es añadido a la membresía de la Iglesia visible bajo la autoridad de la iglesia y el cuidado de líderes que actúan como pastores. Esta es la manera cómo Jesús vela por Su Iglesia en la tierra. Esas tres mil almas que fueron bautizadas en Pentecostés se agregaron a la membresía de la Iglesia en Jerusalén bajo el cuidado de los apóstoles.
Muchos fallan en ver la conexión entre el bautismo y la membresía, y por eso yerran en ver el significado de la supervisión y el cuido que se establece cuando una persona es bautizada y añadida a la membresía de la iglesia. Sin la membresía, es imposible para un líder eclesiástico determinar de cuáles de las ovejas de Cristo él es responsable. Pedro exhorta a los ancianos de la iglesia en 1 Pedro 5:2-3, diciendo «pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él… [no] como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados». La Reina-Valera 1960 traduce la frase «los que os han sido confiados» como «los que están a vuestro cuidado». El Buen Pastor ha encomendado Sus ovejas al cargo y cuidado de ancianos particulares que actúan como Sus pastores asistentes. Ciertamente, los apóstoles conocían las ovejas que Cristo les había encargado que supervisaran. Sin la membresía por el bautismo, los apóstoles no habrían conocido a las personas que pertenecían a Jesús y de las cuales ellos eran responsables. Sin la membresía, las ovejas no pueden saber quiénes son los pastores que deben seguir ni a quién le deben obediencia. El autor de Hebreos exhorta a los creyentes, «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta» (Heb 13:17).
Cuando una persona es agregada a la membresía de la Iglesia invisible o espiritual, es liberada «del dominio de las tinieblas» y trasladada «al reino [del] Hijo amado [de Dios]» (Col. 1:13). Para los creyentes, la membresía en la Iglesia visible o física en la tierra corresponde a la membresía en la Iglesia invisible o espiritual. No puede ser otorgado mayor privilegio al hombre en la tierra. Ser trasladado del mundo (un dominio de muerte, oscuridad y condenación) a la Iglesia (un dominio de vida, luz y amor redentor) es la mayor bendición dada al hombre en la tierra. Es en la Iglesia visible donde Jesús nos provee con una abundante provisión de los medios de nuestro crecimiento espiritual: Palabra, sacramentos, oración, comunión, disciplina, etc.
De hecho, la práctica de disciplina eclesiástica asume el concepto de membresía en un cuerpo local visible. En Mateo 18:17, Jesús se refiere al creyente que no se arrepiente cuando dice, «y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuesto». Se asume que la persona está en comunión con Jesús y Su Iglesia, pero si no se arrepiente, debe ser removido de la comunión de la iglesia. Pablo seguramente lo vio de esta manera cuando expulsó al hombre impenitente en 1 Corintios 5:2. Él escribió, «el que de entre vosotros ha cometido esta acción [sea] expulsado de en medio de vosotros». Si no existe membresía, entonces la idea de sacar a alguien de la iglesia no tiene significado alguno. Sacar a alguien de la iglesia solo tiene sentido si esta persona ha sido miembro de pacto con el pueblo de Dios, unido a Cristo y a Su cuerpo. El apóstol Pablo afirma en Romanos 12:5, «Así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros».
La membresía en el cuerpo de Cristo es el resultado de la unión con Cristo. Por el bautismo del Espíritu Santo (una realidad espiritual, interna, invisible), los creyentes son unidos a Jesús y se convierten en parte de la Iglesia universal y por el bautismo en agua (una señal externa, visible, física) los creyentes y sus hijos son injertados en la iglesia visible, bajo el cuidado de los ancianos. La membresía tiene que ver con el cuidado espiritual y la rendición de cuentas. Es la bendición de pertenecer a la esposa de Cristo y el beneficio de Su supervisión pastoral. Es en la iglesia que el señorío de Cristo se manifiesta más claramente cuando los miembros se congregan en el Día del Señor, proveen apoyo con sus diezmos y ofrendas, utilizan sus dones espirituales para ministrarse unos a otros y proclaman Su evangelio en todo el mundo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Roland Barnes El reverendo Roland Barnes es pastor principal de Trinity Presbyterian Church (PCA) en Statesboro, Georgia.
Autoridad ministerial y declarativa Por Jon D. Payne
Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas
En repaso rápido de la historia de la Iglesia revela que lo único que es más frecuente que el abuso del poder eclesiástico es la falta de voluntad del pueblo de Dios para someterse a una adecuada administración del mismo. El problema es que pocos cristianos en la actualidad entienden cómo el poder y la autoridad deben ser ejercidos a través del ministerio de la iglesia. Entendido bíblicamente, el poder de la iglesia es «ministerial y declarativo», una expresión que subraya la naturaleza no legislativa de la iglesia. En otras palabras, los oficiales eclesiásticos no establecen leyes, estatutos y promesas sino que declaran las leyes, estatutos y promesas de la inspirada y autoritativa Palabra de Dios. Estar claro en esto es esencial para la salud de la iglesia.
La Iglesia católica romana, con sus papas, obispos y concilios, históricamente se ha visto a sí misma como magisterial, imperial y legislativa. Las autoridades católicas romanas creen que se les ha investido con poder para atar las conciencias de acuerdo a dogmas derivados de fuentes distintas a la Escritura sola. Por ejemplo, la doctrina de la transubstanciación fue afirmada en el IV Concilio de Letrán (1415), la doctrina del purgatorio fue adoptada en el Segundo Concilio de Lyon (1274) y la Inmaculada Concepción de María se convirtió en dogma a través de la así llamada interpretación infalible del Papa Pío IX (1854). Así mismo, el trato de la Iglesia medieval de los «herejes» mediante del uso de la tortura y de la ejecución demuestra una perspectiva del poder eclesiástico que va mucho más allá del terreno de la Santa Escritura.
Las iglesias protestantes también son culpables de ejercer autoridad eclesiástica más allá de los límites bíblicos. En tiempos recientes, hemos visto este abuso de poder cuando las iglesias o ministros demandan que sus miembros voten por un candidato político particular, exigen una manera particular de educar a sus hijos, o requieren el don de lenguas para la membresía de la iglesia. En cada uno de esos casos, sean católicos romanos o protestantes, se ha legislado una doctrina no bíblica y el liderazgo erróneamente ha atado la conciencia de sus miembros para creer y actuar en base a ella. Este tipo de abusos del poder eclesiástico producen una confusión generalizada y desvían la atención de la iglesia de la autoritativa Palabra de Dios. Además, distraen a la iglesia de su misión: ir por todo el mundo como embajadores de Cristo y hacer discípulos a través de los medios ordinarios de la Palabra, los sacramentos y la oración (Mt 28:18-20; Hch 2:42; 2 Co 5:18-20).
Adicional al abuso de poder por parte del liderazgo, a menudo existe una falta de disposición de los cristianos para someterse al fiel ejercicio de la autoridad de la iglesia. Sin duda, Cristo es la cabeza de la Iglesia. Se le ha otorgado toda autoridad en el cielo y en la tierra. No obstante, Cristo ha investido a oficiales calificados y legalmente ordenados de la iglesia con la autoridad para proclamar Su Palabra, pastorear Su rebaño y disciplinar Sus ovejas. Los ancianos de la iglesia son autorizados por Cristo para atar las conciencias de los creyentes a todo lo que esté claramente establecido en Su Palabra o pueda ser deducido de ella por una buena y necesaria consecuencia. El apóstol Pablo encarga a los ministros a que «[prediquen] la Palabra… a tiempo y fuera de tiempo» (2 Tim 4:2). Por lo tanto, al pueblo de Dios se le requiere que escuche y obedezca la Palabra de Dios. Pedro exhorta a los ancianos, diciendo: «anciano como ellos y testigo de los padecimientos de Cristo… pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios… demostrando ser ejemplos del rebaño» (1 Pe 5:1-3). Por lo tanto, somos exhortados a humildemente someternos a nuestros líderes que pastorean nuestras almas en el nombre de Cristo (Heb 13:7). La Escritura también nos enseña que la iglesia ha sido investida con el poder y la autoridad de disciplinar a sus miembros (Mt 18:15-20; 1 Co 5:5, 11-13; Tit 3:9-11). Por lo tanto, el pueblo de Dios debe responder a la disciplina bíblica como si Cristo mismo la estuviera aplicando en persona.
Hace muchos años, estuve al tanto de dos casos de disciplina eclesiástica idénticos, pero no relacionados, dentro de la misma congregación. Ambas situaciones eran sencillas y requirieron la intervención de los ancianos. En un caso, la respuesta a la sesión de confrontación amorosa fue de ira y contumacia (rechazo a someterse a la autoridad). En el otro caso, la respuesta fue de una profunda humildad y sumisión al liderazgo de los ancianos. El resultado fue un proceso hermoso de restauración bíblica a la comunión del cuerpo. Esto subraya el punto importante de que cuando la iglesia ejerce poder y autoridad conforme a la Escritura es para bendición espiritual del creyente y no para su daño. El Cristo crucificado, resucitado y ascendido pastorea Su rebaño a través del ministerio de los ancianos (Hch 20:28).
James Bannerman, en su clásica obra del siglo XIX, La Iglesia de Cristo, explica de manera útil por qué todo cristiano debe someterse al ejercicio de autoridad bíblica de la iglesia:
Cuando el poder de la iglesia es empleado ministerialmente para declarar la verdad de Dios en una cuestión de fe, o ministerialmente para juzgar en un asunto de gobierno o disciplina, la declaración de doctrina y la decisión de la ley deben recibirse y someterse por dos motivos: primero y principalmente, porque están de acuerdo con la Palabra de Dios; pero segundo y en un sentido subordinado, porque son emitidos por la iglesia, como una ordenanza de Dios instituida para ese mismo propósito.
Cristo ama a Su esposa, la Iglesia. El dio Su preciosa vida por ella en el madero maldito del Calvario y continúa cuidando de ella a través del fiel ministerio de la iglesia (Ef 5:25; 1 Tim 3:1-13). Por lo tanto, si ustedes son ancianos ordenados, recuerden que su oficio es ministerial y declarativo. Ustedes son miembros de tribunales eclesiásticos, no de cuerpos legislativos. De hecho, no establecen las reglas ni las regulaciones para la adoración, el discipulado, la misión y la disciplina. No, su llamado es a declarar y ejercer en una manera estrictamente espiritual lo que Cristo mismo ha establecido en Su Palabra. Además, todos estamos llamados a vivir en una gozosa sumisión al fiel cuidado y supervisión pastoral de nuestros ancianos, «porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta» (Heb 13:17).
El Dr. Jon D. Payne es pastor principal de Christ Church Presbyterian en Charleston, Carolina del Sur, coordinador de Gospel Reformation Network y autor de In the Splendor of Holiness [En el esplendor de la santidad].