11 – Cristo, crucificado como culpable y resucitado como Señor 

Iglesia Bautista Internacional

Serie: Él es, el Cristo que predicamos

11 – Cristo, crucificado como culpable y resucitado como Señor 

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Un resumen de cada libro de la Biblia

Coalición por el Evangelio

Un resumen de cada libro de la Biblia
​PATRICIA NAMNÚN

Toda la Biblia cuenta una sola historia: el gran relato de nuestra redención para la gloria de Dios. Cada página en la Escritura avanza esa narrativa y tiene el propósito de que conozcamos más el amor de nuestro Señor.

Aquí tienes un resumen de cada libro de la Biblia, que oro pueda ser de utilidad para ti a medida que te sumerges en esta historia:

Antiguo Testamento

Génesis: Creación, pecado, y fundamentos de la redención. Dios elige a una nación a través de la cual bendecirá a todas las demás.

Éxodo: Redención y liberación a través del poder de Dios y el derramamiento de sangre. Es un recordatorio de la fortaleza del Dios que cumple sus promesas.

Levítico: Acercamiento a un Dios santo a través de sacrificios. Describe cómo el pueblo de Israel debía lidiar con su pecado.

Números: Consecuencias de la desconfianza y desobediencia hacia un Dios santo. Muestra la realidad de la presencia de Dios con el pueblo de Israel a pesar de la  incredulidad de ellos.

Deuteronomio: Gran sermón predicado por Moisés al pueblo de Israel antes de la entrada a la tierra prometida. Recuenta el mover de Dios hasta el momento, y hace un énfasis especial en los peligros de olvidar la ley.

Josué: Posesión de la tierra prometida y el disfrute de las bendiciones de Dios a través de la obediencia.

Jueces: Contraste entre la infidelidad del pueblo de Israel y la fidelidad de Dios, y su liberación llena de gracia hacia su pueblo a través de personas escogidas.

Rut: Revela la soberanía de Dios y su fiel cuidado hacia su pueblo en tiempos de anarquía.

1 y 2 Samuel: Muestra la elección del pueblo y la institución de la monarquía con Saúl como Rey. Muestra también la elección de Dios en David como rey de Israel.

1 y 2 Reyes: División del pueblo de Dios: Israel en el norte y Judá en el sur. La desobediencia y rebelión contra Dios trae consecuencias, pero la esperanza para la nación permanece porque la familia de reyes elegida por Dios no ha llegado a su fin.

1 y 2 Crónicas: Dios permanece fiel a su pueblo y mantendrá su pacto con David. Se presenta un recuento de las características espirituales positivas de la dinastía de David.

Esdras: La restauración espiritual, moral, y social del remanente del pueblo de Dios que volvió del exilio, con especial énfasis en la reconstrucción del templo.

Nehemías: Reconstrucción de las murallas de Jerusalén, así como de las paredes espirituales del pueblo a través de siervos escogidos.

Ester: Dios preserva a su pueblo durante el exilio.

Job: Dios es soberano sobre el bienestar y el sufrimiento de su pueblo. Sus caminos a veces son incomprensibles para los hombres, pero Él siempre es digno de confianza.

Salmos: Dios es digno de alabanza por su carácter y sus obras. Muestra cómo acercarnos a Dios en adoración, acción de gracias, peticiones y súplicas, clamor, y expectativa.

Proverbios: Sabiduría e instrucción para el día a día del pueblo de Dios.

Eclesiastés: Muestra lo complicado de la vida debajo del sol. Apunta a la confianza en Dios en medio de este mundo caído y confuso, con la certeza de que toda meta terrenal apartada de Dios lleva a la frustración e insatisfacción.

Cantar de los Cantares: Dios endosa el amor marital en su expresión física y emocional.

Isaías: Profecías sobre el Salvador que vendrá de Judá para redimir y restaurar a su pueblo.

Jeremías: Profecías que anuncian el cautiverio de Judá y sus sufrimientos, culminando en el derrocamiento final de sus enemigos.

Lamentaciones: Jeremías se lamenta por la captura de Jerusalén y la destrucción del templo.

Ezequiel: Mensaje de advertencia, destrucción, y restauración a los judíos en cautividad.

Daniel: Ánimo para el pueblo judío exiliado a través de la revelación de la soberanía de Dios y su plan para Israel.

Oseas: Dios es fiel a Israel a pesar de la gran infidelidad del pueblo.

Joel: Profecías sobre el día del Señor.

Amós: Israel será juzgado por Dios porque Él es santo y su pueblo es pecador.

Abdías: Edom, y cualquier otra nación que se oponga a Dios y su pueblo, experimentará el juicio de Dios.

Jonás: Muestra cómo el plan de Dios para salvación abarca mucho más que salvar a Israel. 

Miqueas: Exposición de las injusticias de Judá y la justicia de Dios.

Nahúm: Profecías sobre la destrucción de un pueblo rebelde.

Habacuc: El profeta cuestiona la justicia de Dios, llegando a concluir que Dios es soberano y su justicia no tiene comparación.

Sofonías: El día del Señor está cerca.

Hageo: La restauración del templo muestra el deseo de Dios de renovar su relación con su pueblo y habitar entre ellos.

Zacarías: Dios mantendrá su pacto con Israel a través del Mesías.

Malaquías: Llamado al arrepentimiento sincero en preparación para la venida del Señor.

Nuevo Testamento

Mateo: Presenta a Jesús como el rey ungido profetizado, quien trajo su reino a nosotros y hoy posee toda autoridad.

Marcos: Conocido como el evangelio de acción, presenta a Jesús como el siervo sufriente a quien estamos llamados a imitar y seguir.  Presenta el discipulado de manera esencial como una relación con Jesús, no meramente como un código de conducta.

Lucas: Presenta a Jesús como el hombre perfecto, con un evangelio que es para todos: judíos y gentiles, pobres y ricos. Muestra cómo las promesas de Dios hechas a través de los profetas son cumplidas en Cristo.

Juan: Presenta a Jesús como Dios encarnado, superior a la creación. Él es aquel a quien la creación debe someterse. Este escrito tiene un enfoque universal, siendo el evangelio con más contenido teológico.

Hechos: Muestra a los creyentes siendo empoderados por el Espíritu Santo para ser testigos de las Buenas Nuevas de Cristo entre judíos y gentiles. 

Romanos: Sistematización de la mayor parte de las doctrinas de toda la Biblia. Muestra la justificación del hombre a través de Cristo. Por medio de su obra en la cruz, Dios juzga el pecado y manifiesta Su gracia salvadora.

1 Corintios: Pablo promueve la unidad, con base en las verdades centrales del evangelio, a una iglesia bastante dotada y dividida.

2 Corintios: El poder del Espíritu Santo en la vida, ministerio, sufrimiento, y mensaje de Pablo.

Gálatas: Con la muerte de Cristo se inaugura la era de un nuevo pacto, haciendo innecesaria la ley ceremonial o la ciudadanía judía para que seamos parte del pueblo de Dios. Muestra la justificación por la fe y no por las obras de la ley.

Efesios: Por la muerte de Cristo hemos recibido reconciliación con Dios y los unos con los otros.

Filipenses: Pablo estimula a los Filipenses, como ciudadanos celestiales, a crecer en su servicio hacia Dios y unos a otros, mostrando a Jesús como el ejemplo supremo.

Colosenses: Cristo es Señor sobre todas las cosas. Él redimió a su pueblo y lo hizo partícipe de su muerte y resurrección.

1 Tesalonicenses: Carta marcada por la segunda venida de Cristo y cómo este evento debe transformar nuestras vidas hoy.

2 Tesalonicenses: Similar a 1 Tesalonicenses, muestra la segunda venida de Cristo y, previo a esto, la rebelión y llegada del anticristo. Jesús regresará en victoria y hará justicia.

1 Timoteo: Evidencias prácticas del evangelio en la vida de los creyentes. El verdadero evangelio, a diferencia de las falsas enseñanzas, lleva a la piedad.

2 Timoteo: La carta más personal del apóstol Pablo. Apunta a la perseverancia en el evangelio a pesar del sufrimiento.

Tito: Muestra la relación inseparable entre fe y práctica. Presenta instrucciones sobre la manera cristiana de vivir y las características que deben tener los líderes de la iglesia.

Filemón: A través de un conflicto interpersonal, nos muestra el poder del evangelio para transformar vidas y relaciones.

Hebreos: Cristo es mejor y superior a los ángeles, a los sacerdotes, a Moisés, y al viejo pacto.

Santiago: Nuestra fe en Cristo debe manifestarse en nuestro obrar en cada área de nuestras vidas.

1 Pedro: Pedro escribe a los creyentes en medio de persecución, animándolos a gozarse en la salvación y poner sus ojos en la esperanza venidera.

2 Pedro: La gracia de Cristo transforma a los creyentes y los llena de poder para vivir conforme al evangelio a pesar de la oposición.

1 Juan: Un llamado en blanco y negro a la verdadera doctrina, una vida de obediencia, y una fe ferviente.

2 Juan: Llamado a una vida en el amor de Dios a la luz de la verdad de Jesucristo.

3 Juan: En breves palabras, hace un llamado a la perseverancia en medio de la oposición.

Judas: La iglesia debe defender la fe verdadera y los creyentes deben permanecer fieles hasta el final, resistiendo las falsas enseñanzas y siguiendo la verdad.

Apocalipsis: Celebración cósmica del triunfo de los propósitos de Dios a través de Cristo. Este triunfo ocurre en medio de mucho sufrimiento, pero la nota resonante en esta carta es la esperanza que tenemos al ver el total cumplimiento de las promesas de Dios y la victoria de Cristo.

Patricia Namnún es coordinadora de iniciativas femeninas de Coalición por el Evangelio, desde donde escribe, contacta autoras, y adquiere contenidos específicos para la mujer. Sirve en el ministerio matrimonios y de mujeres y es diaconisa en la Iglesia Bautista Internacional, República Dominicana. Patricia es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y tiene un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary, a través del programa Seminary Wives Institute. Ama enseñar la Palabra a otras mujeres y está felizmente casada con Jairo desde el 2008 y juntos tienen tres hermosos hijos, Ezequiel, Isaac, y María Ester. Puedes encontrarla en Instagram y YouTube.

Tesis #23 – Deseos de predicar o de desarrollar una iglesia, no es lo mismo que amor por Dios

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 23

Deseos de predicar o de desarrollar una iglesia, no es lo mismo que amor por Dios

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

41 – ¿Cómo sabe una persona si es salva?

Ministerios Integridad & Sabiduria

No es tan simple como parece

41 – ¿Cómo sabe una persona si es salva?

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

11. La triple unidad de Dios

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

2. LA NATURALEZA Y LOS ATRIBUTOS DE DIOS

11. La triple unidad de Dios

R.C.SPROUL

La doctrina de la Trinidad nos resulta difícil y confusa. A veces hasta se ha pensado que el cristianismo enseña la noción absurda de que 1+1+1=1. Resulta claro que esta es una ecuación falsa. El término Trinidad describe una relación de un Dios que es tres personas, y no una relación entre tres dioses. La Trinidad no significa un triteísmo, es decir, que hay tres seres que en su conjunto conforman un Dios. La palabra Trinidad se utiliza como un esfuerzo para definir la plenitud de la Deidad en términos de su unidad y su diversidad.

La formulación histórica de la Trinidad es que Dios es uno en esencia y tres en persona. Aunque esta fórmula es misteriosa y paradójica, no conlleva de modo alguno una contradicción. Con respecto a la esencia o el ser, se afirma la unidad de la Deidad; con respecto a la persona, se expresa la diversidad de la Deidad.

Si bien el término Trinidad no se encuentra en la Biblia, el concepto aparece en ella con claridad. Por un lado la Biblia declara de manera contundente la unidad de Dios (Deut. 6:4).

Por otro lado, la Biblia declara con claridad el carácter plenamente divino de las tres personas de la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La iglesia ha rechazado las herejías del modalismo y el triteísmo. El modalismo niega la diferencia que existe entre las personas de la Deidad, afirmando que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintas maneras en que Dios se expresa a sí mismo. El triteísmo, por otro lado, falsamente afirma que existen tres seres que juntos constituyen a Dios.

El término persona no significa una diferencia en esencia sino una subsistencia diferente en la Deidad. Una subsistencia en la Deidad constituye una diferencia real pero no es una diferencia esencial, en cuanto a una diferencia en el ser. Cada persona subsiste o existe «bajo» la pura esencia de lo divino. La subsistencia es una diferencia dentro del mismo ser, no un ser o una esencia separada. Todas las personas de la Deidad comparten todos los atributos divinos.

También hay una diferencia en la función desarrollada por cada miembro de la Trinidad. El trabajo de la salvación es en cierto sentido compartido por las tres personas de la Trinidad. Sin embargo, con respecto a la manera de actuar, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo operan de distinta forma. El Padre es quien inicia la creación y la redención; el Hijo es quien redime a la creación; y el Espíritu Santo regenera y santifica, operando la redención en los creyentes.

La Trinidad no se refiere a las partes de Dios, ni siquiera a los roles. Las analogías humanas, como las de un hombre que es un padre, un hijo y un esposo, son insuficientes para reflejar el misterio de la naturaleza de Dios.

La doctrina de la Trinidad no explica completamente el carácter misterioso de Dios. En realidad lo que hace es fijar los límites que no debemos trasponer. Define los límites de nuestra reflexión finita. Nos ordena ser fieles a la revelación bíblica de que Dios es uno en un sentido y tres en otro sentido.

Resumen

1.         La doctrina de la Trinidad afirma la triple unidad de Dios.

2.         La doctrina de la Trinidad no es una contradicción: Dios es uno en esencia y tres en persona.

3.         La Biblia declara tanto la unicidad de Dios como el carácter divino del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

4.         La Trinidad se distingue por la obra asumida por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

5.         La doctrina de la Trinidad fija los límites de la especulación humana con respecto a la naturaleza de Dios.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Deut. 6:4

Mat. 3: 16-17

Mat. 28:19

2 Cor. 13:14

1 Pet. 1:2

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

Tesis #21 – Como el predicador trate la Palabra de Dios, así trataran las ovejas Su revelación

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 21

Como el predicador trate la Palabra de Dios, así trataran las ovejas Su revelación

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

La vida cristiana y el mandato ético

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La ética cristiana

La vida cristiana y el mandato ético
Por Cory Brock

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

cristiano al sustantivo vida, hacemos un enorme anuncio: la resurrección de Jesucristo determina ahora cómo debemos vivir. Eso significa que la fe en Jesucristo, forjada por el Espíritu, cambia nuestras acciones. Pero cuando Cristo nos llama, no es fácil entender cómo ha de cambiar exactamente nuestra vida. ¿Cómo, entonces, debemos vivir?

EL MANDATO ÉTICO CRISTIANO

¿Qué queremos decir cuando decimos «mandato ético»? La ética es la reflexión sobre cómo se debe vivir la vida. Si hay un mandato ético, hay un mandato que nos dice lo que significa vivir la buena vida. Si hay un mandamiento, significa que hay un dador de ese mandamiento. Esta confesión sencilla se opone a la modernidad, que confiesa que los bienes morales no son reales, sino construidos socialmente. Sin embargo, los cristianos saben que el Dios trino es el dador de los mandatos. En la encarnación, Dios viene al mundo y nos muestra una vida verdaderamente buena. Mirando la vida de Cristo en los Evangelios, no es difícil afirmar con precisión lo que Dios exige de nosotros. Jesús afirmó las palabras del intérprete de la ley en Lucas 10:27: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… alma… fuerza… y mente, y a tu prójimo como a ti mismo». En Juan 13:34, Él da un «mandamiento nuevo»: «que os améis los unos a los otros». El mandato ético de la vida centrada en Cristo es amar a Dios y amar a los demás con todo nuestro ser.

Sin embargo, observa que este mandato del nuevo pacto no es totalmente nuevo. Dios pronunció este mandamiento en Deuteronomio 6:5 y en Levítico 19:18. De hecho, el mandato de amar a Dios con todo nuestro ser y de amar a las personas no solo es bíblico, sino que también se muestra en la revelación universal de Dios al mundo. Ser humano es ser una criatura hecha por Dios y llamada por Dios a vivir una vida perfecta de amor. Dios dirige este mandamiento a cada ser humano en la conciencia, donde todos somos acusados. Forma parte de lo que Juan Calvino llamó el sentido de lo divino.

Sin embargo, aunque este mandamiento es muy antiguo, hay algo nuevo en él a la luz de la venida de Cristo. Es una ética cristiana. Como afirma Oliver O’Donovan: «La creencia en la ética cristiana es la creencia de que ciertos juicios éticos y morales pertenecen al propio evangelio». ¿Qué hay de «nuevo» en este antiguo mandamiento? La novedad del mandamiento se encuentra en que el propio ser y actuar de Jesucristo, Su persona y obra, revelan la definición de este amor. Este amor es agapē. Bíblicamente, agapē es el amor expresado a personas que no lo merecen: «Pero Dios demuestra su amor [agapē] para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5:8). El agapē paga un precio: «Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos» (Jn 15:13). El agapē ama hasta el final: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16). El agapē encierra todas las virtudes: «El amor es paciente, es bondadoso…» (1 Co 13:4).

Solo el corazón transformado por el Espíritu puede ejercer este amor definido por Cristo, porque Cristo nos reconcilia con Dios y con el prójimo, e incluso recompone las piezas rotas de nuestro propio ser. El mandato ético es revestirse del agapē de Cristo porque fuimos amados por Cristo hasta el final.

EL MINISTERIO CRISTIANO

Podemos ser más precisos sobre nuestro llamado a amar a Dios y al prójimo. El cristiano está llamado a ser testigo: a dar testimonio del reino de Dios en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra. Los milagros de Jesús apuntan a un mundo futuro, una vida sin ceguera, sordera, hambre ni muerte. También nosotros tenemos un llamado. Nuestro testimonio no es contra la situación natural del mundo, sino contra los estilos de vida y las consecuencias de un mundo lleno de pecado. Amar a Dios y al prójimo con todo nuestro ser significa, en primer lugar, administrar el evangelio mismo. Hay una primacía en nuestro llamado ético a hablar del evangelio a los demás. Nuestra ética también incluye dar testimonio con nuestras obras.

Vemos la unión del ministerio de las palabras y de las obras presente en la vida de Cristo y en la vida de la primera iglesia a lo largo del libro de los Hechos. La vida cristiana consiste en el testimonio de la proclamación del evangelio, la nueva obediencia, la hospitalidad radical y las obras de misericordia, llevadas por el Espíritu, a través de los medios de la gracia. Esto es lo que significa ser sal y luz para el mundo, o la levadura de Cristo que fermenta toda la masa. Como dijo Pablo, «la piedad es provechosa para todo» (1 Tim 4:8).
La religión verdadera habla la Palabra del evangelio, porque una vida de amor sin Palabra no es en absoluto una buena noticia, sino apenas una ayuda temporal para problemas temporales. Sin embargo, la religión verdadera da testimonio de ese evangelio con actos de amor y obediencia: «visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo» (Stg 1:27).

LA SABIDURÍA CRISTIANA

¿Qué pasa con el resto de la vida, donde no estamos activamente comprometidos con el ministerio cristiano obvio y donde no tenemos un mandato bíblico directo que nos diga exactamente qué hacer? La respuesta es que tenemos que pedirle a Dios sabiduría. Los libros de Proverbios y Santiago son libros de sabiduría, que nos llaman a ser «hacedores de la palabra» en todo momento. ¿Cómo podemos ser «hacedores» de la Palabra en todo momento? La Biblia no nos dice con precisión cómo amar a Dios y al prójimo en todas las circunstancias posibles de nuestra vida. Nuestras acciones en estas circunstancias pueden glorificar a Dios o no hacerlo.

La sabiduría cristiana es la capacidad forjada por el Espíritu de aplicar con habilidad la Palabra de Dios, y sus principios morales en particular, a todas las circunstancias de la vida. La sabiduría crece si estamos continuamente en comunión con Dios y nos esforzamos por aplicar la visión cristiana del mundo y de la vida a todos los ámbitos. En 1 Corintios 1:24 se afirma que el Hijo de Dios es la sabiduría de Dios, Aquel por el que se sostiene toda la creación, todo el orden moral y todo ser. La sabiduría es una persona. Necesitamos a la persona de Cristo —todo Cristo— si queremos ser sabios. Y, cuando actuamos con sabiduría como criaturas en este mundo, nos revestimos cada vez más de la mente de Cristo. En otras palabras, cuando buscamos el bien tal y como Dios lo ha definido, aprendemos cada vez más a «pensar los pensamientos de Dios según Él» y a actuar en amor como Cristo nos amó.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Cory Brock
Cory Brock

El Dr. Cory Brock es pastor de jóvenes adultos y universitarios en la First Presbyterian Church de Jackson, Mississippi. Es profesor invitado en la Belhaven University y en el Reformed Theological Seminary de Jackson. Es autor de Orthodox yet Modern: Herman Bavinck’s Use of Friedrich Schleiermacher [Ortodoxo pero moderno: Herman Bavinck y el uso de las ideas de Friedrich Schleiermacher] y coeditor y traductor de Herman Bavinck’s Christian Worldview [La cosmovisión cristiana de Herman Bavinck].

La imagen de Dios y la ética cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La ética cristiana

La imagen de Dios y la ética cristiana

Por J.V. Fesko

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

l relativismo ético parece haber fracturado nuestra cultura en millones de islas aisladas en las que cada uno hace lo que le parece correcto. En este mundo moldeado por la tecnología, la gente crea reinos virtuales adaptados a sus intereses y ha extendido esta mentalidad al mundo real al crear su propia moralidad.

Sin embargo, la Biblia nos enseña que Dios ha creado a todos los seres humanos a Su imagen, lo que significa que compartimos este vínculo dado por Dios. Uno de los elementos característicos de llevar la imagen de Dios es que Él ha inscrito Su ley moral en el corazón de todos los seres humanos; en última instancia, todos compartimos la misma moral y ética dadas por Dios, aunque las personas no regeneradas las supriman. Podemos explorar esta verdad examinando, en primer lugar, lo que la Biblia tiene que decir sobre el ser portadores de la imagen. En segundo lugar, reflexionaremos sobre la teología de nuestra norma ética comúnmente compartida. Y en tercer lugar, pensaremos en las implicancias de lo que significa tener la ley de Dios inscrita en nuestros corazones. ¿Podemos interactuar con nuestros vecinos sobre la base de este conocimiento ético comúnmente compartido?

LO QUE LA BIBLIA DICE

En la creación, Dios coronó Su obra con los seres humanos, portadores de Su imagen. La triple repetición de la imagen de Adán y Eva señala la importancia de la acción de Dios: «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Creó, pues, Dios al hombre imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1:26-27, énfasis añadido). Que los seres humanos fueron creados a imagen de Dios significa que se parecen a Dios en muchos aspectos. Esto no quiere decir que los seres humanos se parezcan físicamente a Dios, pues Él es un espíritu y no tiene cuerpo (Jn 4:24). Sin embargo, los seres humanos reflejan los atributos de Dios, como la santidad, la sabiduría, el poder, el conocimiento y la justicia. Llevamos estos atributos a nivel de creaturas y de manera analógica. La conexión entre similitud y ser portadores de Su imagen aparece en Génesis 5:3, donde leemos que Adán «engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen». Génesis señala de forma sutil pero sorprendente que todos los humanos son hijos de Dios porque llevan Su imagen y semejanza. El hecho de que Dios haya investido a los humanos con Su imagen no es poca cosa, ya que el salmista lo caracteriza como una tremenda bendición:

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que tú has establecido,
digo: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes,
y el hijo del hombre para que lo cuides?
¡Sin embargo, lo has hecho un poco menor que los ángeles,
y lo coronas de gloria y majestad!
Tú le haces señorear sobre las obras de tus manos;
todo lo has puesto bajo sus pies (Sal 8:3-6).

TEOLOGÍA Y ÉTICA

Cuando reunimos estos datos bíblicos para formular nuestra comprensión teológica de la relación entre ser portadores de Su imagen y la ética, salen a la luz grandes verdades. Debemos considerar a los seres humanos en el contexto más amplio de la creación para apreciar la naturaleza de lo que implica ser portadores de Su imagen. Juan Calvino caracterizó la creación como un espejo de la divinidad de Dios, discernible desde la arquitectura del mundo. Calvino tenía en mente pasajes como estos: «Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa» (Rom 1:20) y «Los cielos proclaman la gloria de Dios y la expansión anuncia la obra de sus manos» (Sal 19:1). En particular, el salmista pasa de la creación más amplia a la ley de Dios: «La ley del SEÑOR es perfecta, que restaura el alma» (v. 7). La creación y la ley de Dios van de la mano, pues la creación refleja el ser y los atributos de Dios. Lo que es cierto de la creación mayor es también cierto de los seres humanos. Según Calvino, el ser humano es una creación microcósmica que refleja al Creador. Tanto la creación macrocósmica como la microcósmica reflejan a su Creador. Herman Bavinck afirma que toda criatura es una encarnación del pensamiento divino, pero los seres humanos en particular son la más rica autorrevelación de Dios, ya que solo ellos llevan Su imagen divina.

Una imagen de la relación estrecha entre el ser portadores de Su imagen y la ley aparece en los templos de Dios. Tanto en el tabernáculo del desierto como en el templo salomónico, el arca del pacto descansaba en el lugar santísimo. ¿Y qué contenía el arca? La vara de Aarón, una vasija de maná y las «tablas del pacto», la ley (Ex 16:33-3425:16Nm 17:101 Re 8:92 Cr 5:10Heb 9:4). El último templo de Dios también contiene Su ley: Su morada final es la Iglesia, el pueblo de Dios. Nuestros cuerpos individualmente son el templo del Espíritu Santo (1 Co 6:19), y colectivamente el pueblo de Dios es el «templo del Señor», «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular» (Ef 2:20-21). Cuando Dios redime a Su pueblo, lo incorpora a Su templo, la Iglesia, y escribe Su ley en sus corazones (Jer 31:33Heb 8:1010:16). Pero cuando Dios redime a los pecadores, no escribe una ley diferente en sus corazones, sino que restaura el conocimiento de Su ley al eliminar las manchas y la distorsión del pecado y les da un corazón nuevo. En otras palabras, en la redención Él recrea Su imagen y el conocimiento de Su ley en los corazones de los creyentes.

Pablo testifica del hecho de que todos los seres humanos poseen el conocimiento de la ley de Dios en virtud de su condición de portadores de Su imagen. En Romanos describe a los judíos como aquellos que tienen la ley de Dios, el Decálogo. Israel estuvo al pie del Sinaí y recibió la ley de Dios. Por el contrario, los gentiles, que no tienen la ley del Sinaí, «cumplen por instinto [o «por naturaleza», según otras traducciones] los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos» (Rom 2:14). Nota que Pablo dice que los gentiles por naturaleza —es decir, en virtud de su creación, de su condición de portadores de la imagen— hacen lo que la ley del Sinaí exige. ¿Cómo es eso? Ellos «muestran la obra de la ley escrita en sus corazones» (v. 15). Los gentiles no se pararon al pie del Sinaí para recibir la ley, pero Dios ha escrito Su ley en sus corazones (aquí se hace referencia a ella como a la «obra de la ley», para distinguirla de la ley recibida en el Sinaí). Los gentiles saben que deben adorar y honrar a Dios; honrar a los padres; no cometer asesinato, adulterio, robo o engaño; y no codiciar. Aunque todos los humanos han sufrido los efectos nocivos del pecado de Adán en todo su ser, todavía queda un grado suficiente de conocimiento de la ley de Dios que permite a los no creyentes conocer la diferencia entre el bien y el mal. Pablo explica que las conciencias de los gentiles dan «testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiendolos» (v. 15). Piensa, por ejemplo, en cuando Abraham permitió que Abimelec se llevara a Sara a su harén. Dios le advirtió a Abimelec que, sin saberlo, había tomado a la esposa de Abraham (Gn 20:2-3). Cuando el rey gentil se enfrentó a Abraham, le dijo: «me has hecho cosas que no se deben hacer» (v. 9). Aquí el pagano mostró mayor moralidad que Abraham, uno que fue salvado por Dios. Lo mismo puede decirse de los corintios, que se jactaban de un tipo de inmoralidad sexual «tal como no existe ni siquiera entre los gentiles, al extremo de que alguno tiene la mujer de su padre» (1 Co 5:1). Una vez más, los paganos practicaban una moral mejor que la de los cristianos corintios.

SIGNIFICADO

Teniendo en cuenta estos datos bíblicos y esta reflexión teológica, podemos concluir que los cristianos comparten un punto de contacto ético con los no creyentes. En virtud de nuestra creación a imagen y semejanza de Dios, no somos pizarras en blanco, como afirmaba John Locke, sino que tenemos la ley de Dios escrita en nuestros corazones. Lo que C.S. Lewis llamó en su día el Tao (el principio absoluto que sustenta el universo) o la ley natural que existe en cada ser humano. Lewis sostiene que ciertas actitudes son genuinas y otras son totalmente falsas. Los pueblos, a lo largo de la historia y en todo el mundo, comparten los mismos valores morales colectivos básicos. Usando las gafas de la Escritura para asegurarnos de que leemos correctamente la ley natural de Dios, podemos comprometernos con nuestros vecinos en tareas creativas comunes, sabiendo que tenemos un conocimiento ético compartido. También tenemos un punto de contacto con los incrédulos cuando evangelizamos y defendemos el evangelio frente a la incredulidad. Cuando apelamos a este conocimiento ético compartido, no capitulamos ante un razonamiento humano pecaminoso ni ante una norma moral humana, sino que apelamos a la ley de Dios escrita en el corazón de todas las personas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko

El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

Tesis #19 – La mayoría de las divisiones de la iglesia se han dado por nuestros egos agigantados

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 19

 La mayoría de las divisiones de la iglesia se han dado por nuestros egos agigantados

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

Tesis #19 para la iglesia evangélica de hoy: «La mayoría de las divisiones de la iglesia se han dado por diferencias debidas a nuestros egos agigantados» – Pastor Miguel Núñez

Basada en Juan 17:21 «Para que todos sean uno. Como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti, que también ellos estén en Nosotros, para que el mundo crea que Tú Me enviaste»

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Nuestra norma de autoridad

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La ética cristiana

Nuestra norma de autoridad

Por David B. Garner

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

Los especialistas intentan persuadirnos de que compremos su interpretación del mundo y sus convicciones sobre el bien y el mal. Nos dan consejos, nos hablan a los oídos, buscando un camino hacia nuestros corazones. Aunque como cristianos estamos equipados para pensar con la mente de Cristo, los «razonamientos persuasivos» aún pueden amenazar con llevarnos «cautivos», atrapando nuestras vidas en una red moral que no es «según Cristo» (Col 2:4-8).

Afortunadamente, navegar por la vida no depende de nosotros. Dios nos ha dado Su Palabra a través de Sus profetas y apóstoles. En Su Palabra, encontramos la razón de la creación y las promesas para el estado futuro de las cosas. Entendemos acerca de Dios, del hombre, del pecado y de la salvación. Dios nos revela Su amor soberano, Su perdón infatigable y Su gracia gloriosa. Descubrimos la divinidad, la dignidad, la depravación y la liberación. No solo nos dice por qué morimos; nos informa cómo vivir.

La Biblia no ofrece el sabio consejo de un amigo bien intencionado pero poco informado. Las Escrituras son la voz misma de Dios y «deben ser recibidas, porque son la Palabra de Dios» (Confesión de Fe de Westminster 1.4). La Escritura nos confiere la perfecta sabiduría de este Dios omnisciente y soberano y creador del universo, quien es, como proclama Su bondadosa Palabra, nuestro Padre celestial. Los «testimonios» de Dios son nuestros «consejeros» (Sal 119:24); Sus «mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos» (v. 98). Nuestro Pastor conduce Su rebaño a «verdes pastos» y «por el valle de sombra de muerte» (Sal 23:1-4). En Su Palabra, nuestro Padre expresa sin ambigüedad Su voluntad justa y llena de sabiduría para Sus hijos.

¿Pero qué pasa con el Antiguo Testamento? ¿Es relevante hoy en día? Uno podría preguntárselo, ya que hay paradigmas teológicos enteros que sostienen que la ley mosaica está esencialmente pasada de moda. Muchos afirman que el Antiguo Testamento es, bueno, antiguo, y por tanto es para una época anterior. Cualquier afinidad contemporánea con él es una tontería, ya que sería como buscar refrescarse en un pozo seco. Después de todo, ¿no se alegra el apóstol Pablo de que «Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Rom 10:4)?

Sí. Jesús es, en efecto, el fin (de la palabra griega telos) de la ley. En eso nos alegramos con el apóstol. Pero ¿cómo debemos entender a Cristo como «el fin de la ley» y qué es lo que Pablo celebra realmente? ¿Deja Pablo a Moisés en el polvo y ve el Antiguo Testamento como una tierra estéril? ¿Acaso Jesús, como agua viva, disuelve la ley moral y sus requisitos obligatorios? No, porque el hecho de que Jesús sea el fin de la ley significa que Él es el objetivo de la ley, Aquel a quien apunta y que la cumple para que nosotros podamos cumplirla en agradecimiento a Su gracia gratuita.

EL FIN DE LA LEY

De manera armoniosa, Moisés, Jesús y Pablo refuerzan la instrucción divina dada a Adán en el jardín del Edén de que solo el que obedece la ley vivirá; el que la desobedece morirá (Gn 2:15-17). El Señor soberano reitera este punto claramente a Moisés: «Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis leyes, por los cuales el hombre vivirá si los cumple; yo soy el SEÑOR» (Lv 18:5). Pablo abraza la relevancia permanente de este principio de vida y muerte: «Porque Moisés escribe que el hombre que practica la justicia que es de la ley, vivirá por ella» (Rom 10:5).

Vivimos en el mundo de Dios. Vivimos ante Él y para Él. Y todos lo sabemos. Incluso los gentiles que carecen del beneficio de la ley escrita reconocen su responsabilidad ante Dios como portadores de Su imagen, como aquellos que tienen la ley «escrita en sus corazones» (Rom 2:15). Antes de que los Diez Mandamientos de Dios estuvieran inscritos en tablas, Su ley instruía al corazón humano. La autoconciencia es una conciencia divinamente diseñada que, en el fondo, conoce los fundamentos de la ley moral de Dios (Rom 1:18-20). 

Al considerar nuestra responsabilidad moral, no nos encontramos con un código legal rígido, sino con el Dios personal. «Pues el que dijo: No cometas adulterio, también dijo: No mates» (Stg 2:11, énfasis añadido). La ley escrita codifica los mandatos personales del Creador. Cristo da mayor claridad a los mandatos de Dios, ya que Él, que se deleitó en la voluntad de Su Padre (Jn 4:34), extrae toda la profundidad y el alcance de las exigencias de la ley sobre nosotros (ver Mateo 5-7). La Confesión de Fe de Westminster 19.1 resume estas exigencias de forma clara: «obediencia personal, completa, exacta y perpetua» en pensamiento, palabra, obra, motivo y meta.

Estas fecundas exigencias de la ley contrastan con la decadencia del hombre a lo largo de la historia de la humanidad que asegura su muerte. Cada iteración de la revelación bíblica agudiza la perdición del hombre: «La Escritura lo encerró todo bajo pecado» (Gal 3:22). Pero la espiral descendente de la rebelión se ve contrarrestada por la anticipación en la progresión del Antiguo Testamento, que asegura la llegada de un Hijo que cumpliría de una vez por todas la ley de Dios.

Este Hijo tan esperado, como atestiguan uniformemente los Evangelios, no es otro que Jesús de Nazaret. Nacido bajo la ley (Gal 4:4), el Hijo de Dios fue el único que la cumplió plenamente. Al observar sus exigencias más profundas, cumplió perfectamente la ley de Su Padre (Mt 5:1748). Sin embargo, este Hijo perfecto, en lugar de entrar en la vida, muere. ¿Cómo, con la inquebrantable promesa bíblica de vida por la obediencia a la ley de Dios, puede morir este Hijo perfecto?

Aquí reside el tesoro del santo evangelio: su gracia, su gloria y su llamado a la justicia. El perfecto legislador se convirtió en el perfecto guardián de la ley, y sin embargo sufrió la maldición de la ley como transgresor de la misma a causa de la desobediencia voluntaria, personal, completa, exacta y perpetua de Su pueblo. Nuestra cabeza del pacto, el Señor Cristo, sufrió, sangró y murió por nosotros. «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él» (2 Co 5:21). 

Al guardar la ley, el Hijo obedeció el mandato moral de Su Padre para asegurar el propósito de Su Padre: redimir y consagrar a Su pueblo elegido. La fidelidad intachable a la ley y el pleno sometimiento a las sanciones punitivas de la ley lo calificaron como Mediador y Libertador del pueblo de Dios. Vivió, murió y resucitó para que Su pueblo pudiera vivir. Vindicado por el Padre en Su resurrección de entre los muertos, el Salvador da a Su Iglesia Su poder santo y vivificante de la resurrección (Ef 1:15-23). Por medio de Su Espíritu, Cristo asegura que seremos «santos y sin mancha delante de Él» (v. 4) y vivamos como «Pueblo Santo, redimidos del SEÑOR» (Is 62:12), el pueblo en el que habita ricamente la Palabra de Dios (Col 3:16).

LA LEY Y LAS CEREMONIAS

¿Pero qué pasa con las ceremonias religiosas que Dios dio a Su pueblo del Antiguo Testamento? Si la ley es nuestra guía santa, ¿debemos seguir teniendo un altar en nuestra iglesia, un sacerdote que proporcione sacrificios diarios y un calendario que guarde las fiestas y los festivales?

En cierto sentido, sí, deberíamos. Y, de hecho, lo hacemos, de una manera más esplendorosa que la que experimentaron nuestros antepasados del Antiguo Testamento. Las ceremonias religiosas del Antiguo Pacto nunca fueron concebidas para operar a perpetuidad o como un fin en sí mismas, sino que fueron instituidas con miras a su culminación, su fin en Aquel que derramaría Su vida para llenar hasta el desborde los vasos religiosos y tipológicos de la ley.

Las actividades de adoración del antiguo pacto tenían a Cristo como meta. Es decir, cada mandato —las fiestas, los festivales, los sacrificios y el contenido del tabernáculo/templo— tenía como objetivo a Cristo. El ceremonial del Antiguo Testamento era temporal porque era anticipatorio. Cuando Jesús completó Su obra, la ley ceremonial llegó a su fin, no porque las prácticas fueran inútiles, sino precisamente porque Él era su objetivo. Cristo era la anticipación de la ley; Cristo es su fin, su meta. En la medida en que adoramos al Cristo de la Escritura, el Hijo de Dios que es el fin o la meta de la ley, cada elemento de la ceremonia del Antiguo Pacto es nuestro en abundancia permanente.

LA PALABRA VIVA Y PERMANENTE

Entonces, todo cristiano del Nuevo Testamento es un cristiano del Antiguo Testamento. La santidad a la que Cristo nos llama está definida por la ley. Ninguna otra norma servirá. Para decirlo de otro modo, el Hijo de Dios obedeció la ley, de modo que los hijos de Dios son, por el Espíritu de Cristo resucitado, hechos vivos y llamados y equipados para obedecer la ley. Cristo, pues, es el fin de la ley para nosotros, de modo que, por Su Espíritu, alcanzará el fin de la ley en nosotros. Sin la santidad de Cristo, según la norma autorizada revelada por Dios, nadie —en ninguna época de la historia humana— verá al Señor (Heb 12:14).

La Palabra de Dios «vive y permanece» y «permanece para siempre» (1 Pe 1:2325). Su Palabra da vida (Sal 119:25). Despreciar los mandatos morales de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento es despreciar no solo la Palabra de Dios, sino también al Cristo de Dios. Oponerse a la ley de Dios en cualquier forma es oponerse al Salvador en toda forma; el espíritu antinomiano, que dice que la ley moral no es de ninguna manera obligatoria, es un espíritu anticristo. Por el contrario, el alma de la persona santificada se deleita en Cristo y en la ley que Él ama. Como hijos de Dios plenamente perdonados y justificados, estamos por gracia revestidos con las ropas de Su justicia, no con las galas de la rebelión. Estamos cubiertos generosamente con la justicia sin costuras de Cristo, no con la tela de la ambigüedad moral o la indiscreción.

Así, Cristo nos ha revestido de tales relucientes vestiduras de justicia para que caminemos según Su Espíritu (Rom 8:9-17Gal 5:16-26). Al compás de nuestro Salvador, Señor y Hermano que vive y da vida, el pueblo de Dios resuena afectuosamente con Su voz: «Me acuerdo de tus ordenanzas antiguas, oh SEÑOR, y me consuelo» y «¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Sal 119:5297).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David B. Garner
David B. Garner

El Dr. David B. Garner es decano académico, vicepresidente de ministerios globales y profesor asociado de teología sistemática en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia y anciano docente de la Presbyterian Church in America. Es autor de Sons in the Son y How Can I Know for Sure? [Hijos en el Hijo y ¿Cómo puedo saber con seguridad?].