La justificación: ¿qué es y qué hace?

Matthew Leighton

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

A pesar de su importancia, muchos evangélicos no son capaces de articular claramente esta doctrina. En este artículo daremos una breve y sencilla explicación de la justificación según el testimonio bíblico, con el fin de ayudarnos a entender mejor esta verdad y aplicarla a nuestra vida.

La justificación según la Biblia

Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. Así usamos esta palabra en el día a día, pero en la Biblia se usa de otra manera.

En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sí mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:  

“Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

En este texto, y en otros más, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice “justificados”, o “habiendo sido justificados”, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Él declara que una persona es justa.

Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bíblicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.

Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.

Aquí se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.

Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.

El apuro del ser humano rebelde

¿A quién justifica Dios? De entrada, pensaríamos que Dios debe justificar a la gente buena. Puesto que Dios es un juez omnisciente, Él sabrá quién es bueno y quién no lo es y, siendo justo, suponemos que Dios debería justificar a las personas cuyo comportamiento es ejemplar e intachable, que son justas en sí mismas. No obstante, la Biblia pinta un cuadro muy oscuro de la humanidad y su injusticia. Pablo, en la misma carta a los Romanos, declara lo siguiente:

“Como está escrito: ‘No hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno’”, Romanos 3:10-12.

Según el apóstol (y el Antiguo Testamento, del cual cita), no hay gente buena. Todos somos injustos, todos nos desviamos. Nos ofendemos los unos a los otros y ofendemos a Dios cometiendo injusticias a menudo, no solamente con hechos externos, sino también con actitudes y disposiciones internas como el egoísmo, el orgullo, y el odio. Si es así, ¿a quién puede justificar Dios? Si no siguiéramos leyendo el pasaje, podríamos concluir que, ante un Dios perfectamente justo, nadie será justificado. Pero la Biblia nos sorprende. Romanos 4:5 dice así:

“Pero al que no trabaja, pero cree en Aquél que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia”.

Según la Biblia, Dios sí justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas “impías”, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. ¡Esto es una muy buena noticia! Pero, ¿cómo puede ser? ¿No está Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impíos (Pr. 17:15)?

La solución: la imputación

Si Dios no hiciera nada más, sería injusto. ¿Qué es lo que Dios hace para que su veredicto no sea injusto? Tenemos una pista en un texto que hemos considerado ya. Romanos 5:1 dice que por la justificación tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. La clave de la justificación es Jesús. Pablo amplía esta idea en 2 Corintios 5:21:

“Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Es gracias a Jesús que Dios justifica al impío, y esto es así porque Jesús obedece y muere en el lugar del pecador. Jesús era perfectamente justo. Si ha habido alguien en la historia que no mereció morir, esa persona fue Jesús. Jesús no había pecado (“al que no conoció pecado”); no obstante, Dios le trató como pecador (“lo hizo pecado”). Lo hizo pecado “por nosotros”, es decir, en el lugar del ser humano. Lo hizo para que “fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Así, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a Jesús como impío (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impío como Jesús lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).

Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

Este intercambio entre el creyente y Cristo se conoce como imputación. Por un lado, Dios atribuye la culpa de nuestro pecado a Cristo, y Cristo sufre las consecuencias de ella en la cruz. Por otro lado, Dios confiere la justicia de Cristo a nosotros, y considera los méritos o los merecimientos de Cristo como si fuesen nuestros. Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

De modo que Dios justifica a impíos no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que Jesús hizo.

¿Qué merece Jesús? La justificación: una declaración de haber obedecido perfectamente y, como consecuencia, todas las bendiciones celestiales, porque es digno de ellas. Jesús comparte este estatus y estas bendiciones con muchas personas (Ro. 4:1-823-255:12-211 Co. 1:30Fil. 3:7-9).

El rol de la fe

Ahora bien, no todo el mundo goza de este privilegio. ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios justifica? Son los que creen, los que tiene fe:

“También nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:16.

La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (“obras de la ley”), sino por lo que Jesús hizo. La fe confía en Jesús y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:284:23-25Ef. 2:8-10).

¿Qué papel tiene la fe exactamente en la justificación? ¿Podría ser que la fe misma nos hace dignos de la justificación? No, porque la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la única actitud humana que le dice a Dios: “Yo no puedo; necesito que tú me salves” (ver Lc. 18:9-14). La fe mira fuera de sí, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino a Él y aferrándose a su capacidad para salvar.

La fe, en este sentido, es como la mano vacía del mendigo que recibe una limosna. Extender la mano no le hace digno de recibir el donativo, sino que éste se da puramente por la bondad del dador. Lo único que hace la mano es recibir. Y la mano está precisamente vacía, no con un billete en la palma.    

¿Qué de Santiago capítulo 2?

Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquí es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:

“Ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe”.

¿Será que los reformadores hace 500 años y los evangélicos desde entonces no se percataron de este verso? ¿Será que van en contra de la enseñanza explícita de la Biblia?

Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no está lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago está discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.

El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.

Santiago empieza el pasaje diciendo: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?” (Stg. 2:14). ¿Cuál era el problema al que se enfrentó Santiago? Había personas que decían que tenían fe en Jesús pero cuyas vidas no reflejaban esta fe de ninguna manera. Esta clase de fe, una fe que no transforma la vida, que no va secundada por hechos, es una fe que no vale nada.

En cambio, el verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace. La fe que salva no es solo de palabras. El corazón dispuesto a confiar en Cristo también está dispuesto a obedecerle.

Los protestantes siempre han dicho que las obras no son la base de la justificación. Es decir, Dios no nos justifica porque nuestras obras lo merecen. No obstante, las obras son la evidencia de una fe verdadera. Si la fe es real, habrá obras que lo comprobarán. En este sentido, la justificación es por la fe sola, pero no una fe que está sola. Pablo mismo también lo afirma en Gálatas 5:6.

La clave para la vida cristiana

¿Por qué la fe no se encuentra sola en la vida de una persona justificada? Una de las razones es que la justificación por la fe, bien entendida, capacita para obedecer. Es contraintuitiva, porque parece que la justificación sin obras debería dar lugar al libertinaje y a la desobediencia. Sin embargo, la justificación por la fe sola resulta ser la clave, la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana.

La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (ver Gá. 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Ro. 5:1-58:28-30).

Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!

Matthew Leighton (MDiv, ThD) es profesor y decano de estudiantes en la Facultad de Teología Internacional IBSTE, cerca de Barcelona. También es anciano en la Església Evangèlica de Vilassar de Mar. Él y su esposa, Núria, tienen cinco hijos.

La humildad y la unidad de la iglesia

Serie: El orgullo y la humildad

Por Melton L. Duncan

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

A principios de este año, mi ciudad natal comenzó a construir un parque municipal de sesenta acres. Este se encuentra en un entorno urbano, pero está enclavado a ambos lados de un pequeño valle fluvial que serpentea por el interior de Carolina del Sur y que es famoso por terminar en una cascada en Greenville. El parque unirá geográficamente los vestigios de un barrio histórico pobre casi olvidado con el nuevo y dinámico centro de la ciudad. Es un símbolo vivo de lo antiguo y lo nuevo. El alcalde ha bautizado el nuevo esfuerzo como Unity Park (parque de la unidad), y en su centro habrá un puente de cuarenta y nueve metros que conectará a personas de todas las partes de la ciudad.

Cuanto más maduro en mi convicción cristiana, más comprendo que la unidad entre los cristianos no puede darse por sentada, especialmente en la iglesia. No sucede por sí sola; el Espíritu Santo debe soplar primero a través de un cristiano, que en respuesta persigue a otras personas con una motivación semejante a la de Cristo y practica la humildad piadosa de forma constante para que la unidad florezca en la iglesia. En algunos casos, como se está haciendo en el nuevo parque de Greenville, la unidad debe construirse desde cero y prácticamente tender un puente entre personas que pueden no darse cuenta de que deben estar conectadas.

El apóstol Pablo nos dice que «viváis de una manera digna de la vocación» (Ef 4:1) y que estemos listos para «preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3). Utiliza el famoso lenguaje del cuerpo humano para ilustrar el principio: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (vv. 4-6). Siete veces en dos versículos, nos llama a ser uno. Pablo nos dice que debemos tener unidad, nos dice que debemos querer la unidad, y luego, de manera notable y algo paradójica, nos dice que ya tenemos esa unidad en Cristo. En otras palabras, debemos vivir nuestras vidas actuales teniendo en cuenta la obra terminada de Jesús en nuestro favor al hacernos uno.

En los días de Pablo, había un desacuerdo muy fuerte entre los cristianos judíos y gentiles en la iglesia. Algunos judíos étnicos creían y practicaban la validez permanente de la antigua ley ceremonial, por lo que insistían no solo en la circuncisión, sino en la observancia de las leyes alimentarias del Antiguo Testamento dadas a través de Moisés. Eran de Cristo, pero su libro era todavía la Torá. Para este pueblo, la inclusión de los gentiles en las promesas de Dios era un obstáculo y una fuente de división. Pablo apela a la Trinidad como base para su unidad terrenal. En Efesios 4 se describen las tres personas de la Trinidad: Dios Espíritu Santo (v. 4); Dios Hijo, Jesucristo (v. 5); y Dios Padre (v. 6). Su unidad es un modelo para nosotros de cómo, aunque seamos muchos, debemos ser uno. Pablo también nos recuerda la gran verdad cristiana de que el evangelio es algo completamente fuera de nosotros. No aportamos absolutamente nada a él; solo nos beneficiamos de él, y es el fundamento de nuestra capacidad para amarnos unos a otros. Como dice el viejo himno, la iglesia es el lugar donde, en esta vida y por causa de Cristo, el pueblo de Dios encuentra «la mística y dulce comunión con aquellos cuyo descanso está ganado».

En mi denominación, la Iglesia Presbiteriana en América, nuestro manual The Book of Church [El libro de orden en la iglesia] hace una pregunta en forma de voto a los llamados a servir y trabajar por la unidad de la iglesia: «¿Prometes esforzarte por la pureza, la paz, la unidad y la edificación de la iglesia?» Para los que responden afirmativamente, se ofrece una descripción de ejemplos prácticos de buena unidad de la iglesia:

Espiritualmente fructífero, digno, prudente, ejemplo para el rebaño, visitando al pueblo en sus casas, especialmente a los enfermos, instruyendo a los ignorantes, consolando a los dolientes, alimentando y custodiando a los hijos de la iglesia, orando con y por el pueblo, buscando el fruto de la Palabra predicada, atendiendo a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y a cualquiera que esté en apuros, cuidando a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los presos y a otros.

La participación de un cristiano en su iglesia local es la relación organizacional terrenal más importante que jamás tendrá. Si un creyente ama la teología, la historia o la liturgia de la iglesia, debe hacer un esfuerzo especial para buscar la unidad dentro del cuerpo. Es su familia en este mundo, y será su familia en el mundo venidero.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Melton L. Duncan
Melton L. Duncan es anciano gobernante en la Second Presbyterian Church de Greenville, Carolina del Sur, y secretario permanente del Calvary Presbytery de la Iglesia Presbiteriana en América.

La definición de orgullo y humildad

Serie: El orgullo y la humildad

Por Robert M. Godfrey

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

El orgullo y la humildad son dos atributos que pueden ser difíciles de entender correctamente. Un punto de vista típico entre los cristianos establece un claro contraste entre estos dos atributos. Este punto de vista sostiene que el orgullo es una cualidad mala y la humildad es buena. Este punto de vista tiene sentido cuando consideramos la evidencia bíblica. En las palabras de Proverbios 3:34 (citadas tanto en Santiago 4:6 como en 1 Pedro 5:5), «DIOS RESISTE A LOS SOBERBIOS, PERO DA GRACIA A LOS HUMILDES». Este versículo parece establecer un contraste claro y directo entre estos dos atributos. Pero ¿es así de sencillo? ¿Podemos decir realmente que el orgullo siempre es un vicio? ¿La humildad siempre es una virtud?

Aunque podamos desear una respuesta rápida y fácil de que el orgullo siempre es malo y la humildad siempre es buena, debemos darnos cuenta de que el orgullo y la humildad pueden ser una virtud o un vicio dependiendo de las circunstancias. Por lo tanto, primero tenemos que examinar cómo tanto el orgullo como la humildad pueden ser considerados vicios. Y segundo, tenemos que considerar cómo tanto el orgullo como la humildad pueden ser vistos como virtudes.

El orgullo y la humildad como vicios
¿Qué puede hacer que tanto el orgullo como la humildad caigan en la categoría común de vicio? Para encontrar una respuesta a esta pregunta, tenemos que entrar en el baño y mirarnos en el espejo. Debemos mirarnos primero a nosotros mismos. Cuando el orgullo y la humildad miran al yo como su fuente, ambos son vicios egoístas.

En la Escritura, el orgullo se presenta principalmente como un vicio egoísta. Cuando la Escritura utiliza la palabra orgullo, la mayoría de las veces viene en el contexto de una advertencia o amonestación. El vicio del orgullo se refleja en presumir de nosotros mismos. Podemos presumir de nuestra prosperidad como lo hace el evangelio de salud y riqueza, o podemos atribuirnos el éxito de la evangelización, o podemos darnos palmaditas en la cabeza, por así decirlo, como grandes eruditos. El pecado del orgullo echa raíces cuando dejamos de mirar a Dios (Su providencia, sabiduría y gracia) como la fuente de todos estos beneficios y empezamos a atribuirnos el mérito a nosotros mismos.

El orgullo en el yo es claramente nuestra tendencia natural, y actúa en nosotros como un vicio pecaminoso. Cuando Cristo advirtió a los fariseos sobre el orgullo de la justicia propia, los describió como aquellos «que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás» (Lc 18:9). Sin embargo, cuando reflexionamos verdaderamente sobre el peso de nuestro pecado y nuestra miseria, el orgullo egoísta se desinfla rápidamente. Considera a Pablo, quien, en lugar de jactarse de todos sus logros y méritos, comenzó su escrito diciendo que era «el primero» de los pecadores (1 Tim 1:15). Además, cuando entendemos realmente las buenas nuevas de Jesucristo, el orgullo egoísta y la jactancia no tienen cabida en nuestros corazones. Como declaró Horatius Bonar: «Le amo porque Él me amó, por Él yo vivo hoy». Como quienes debemos nuestra propia vida a la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, debemos resistir la tentación de ser orgullosos de nosotros mismos.

Del mismo modo, también debemos estar en guardia contra la humildad que tiene sus raíces en nosotros mismos y no en Dios. La interpretación principal de la humildad en las Escrituras nos dice que es una virtud, como consideraremos en breve. Sin embargo, cuando la humildad se basa en nosotros mismos, cae en la misma trampa que el orgullo egoísta. Si la humildad está centrada en nosotros mismos, entonces encontramos una virtud que se convierte rápidamente en un vicio.

El vicio de la humildad egocéntrica aparece de muchas maneras. El autodesprecio, la cobardía y la falsa humildad pueden tener lugar en nombre de la humildad. Considera este ejemplo. Si a un cristiano maduro se le pide que sirva como anciano o diácono en su iglesia, puede responder: «Con toda humildad, no soy apto para servir». Sin embargo, el hombre puede no tener ninguna razón bíblica para esta respuesta humilde, y puede simplemente estar confundiendo el autodesprecio con la humildad. Debemos ser vigilantes de no odiarnos a nosotros mismos en nombre de la humildad.

Un vicio de humildad también puede verse en la cobardía que nos lleva a callar incluso cuando deberíamos hablar. Podemos decirnos a nosotros mismos que al no abrir la boca cuando nos encontramos con el mal, estamos siendo pacificadores o amadores del prójimo o estamos dependiendo de Dios. Sin embargo, este silencio puede convertir rápidamente la virtud de la humildad en un vicio de cobardía. Así, cuando un miembro de la familia se burla del cristianismo o cuando un viejo amigo de la escuela dice que todas las religiones son iguales, a menudo nos callamos en nombre de la humildad cuando en realidad estamos motivados por la cobardía.

También debemos cuidarnos de la humildad fingida, que es aún peor que el orgullo. El vicio del orgullo es al menos honesto en su error. Sin embargo, la humildad fingida es orgullo disfrazado. Por ejemplo, un pastor conocido podría decir: «Nunca pensé que podría escribir cinco libros en el lapso de un año, pero estoy agradecido de que mi familia me haya apoyado en esta difícil tarea». A primera vista, esta afirmación podría parecer humilde, pero en realidad, podría tratarse no tanto de mostrar agradecimiento como de promocionar el logro y buscar la aclamación.

Como aquellos que estamos vivos en Cristo, debemos desechar el vicio de la humildad que se enmascara como autodesprecio, cobardía o arrogancia. Debemos huir de este vicio y confiar en el Señor. Solo entonces podremos reflexionar sobre el orgullo y la humildad como virtudes.

El orgullo y la humildad como virtudes
Mientras que mirar al yo hace que tanto el orgullo como la humildad sean vicios, mirar lejos del yo hacia Cristo convierte estos atributos en virtudes. Cuando miramos al Señor, tanto el orgullo como la humildad pueden convertirse en verdaderas virtudes.

En las Escrituras, vemos ejemplos apropiados de orgullo como virtud. Por ejemplo, Pablo escribió: «En Cristo Jesús he hallado razón para gloriarme en las cosas que se refieren a Dios» (Rom 15:17). Observa que este ejemplo de orgullo está basado en el fundamento de Cristo y tiene la motivación de servir a Dios. Por lo tanto, nosotros como cristianos estamos llamados a estar orgullosos de todo lo que el Señor nos ha dado. Debemos sentir orgullo de Su soberanía y salvación.

Primero, cuando consideramos la soberanía de Dios, nunca debería llevarnos a estar orgullosos de nosotros mismos y de nuestros logros. Más bien, debemos estar orgullosos de nuestro Señor, el proveedor. Como cristianos, podemos sentirnos legítimamente orgullosos cuando terminamos una carrera o en una discusión con amigos en la que defendemos la fe o en el momento en que nuestro hijo se casa con una creyente. Sin embargo, este sentimiento de orgullo no debería estar basado en nuestra propia sabiduría, nuestro propio ingenio o nuestros propios consejos matrimoniales. Nuestro orgullo debe encontrarse siempre y solo en el Señor. Pablo citó a Jeremías cuando proclamó: «EL QUE SE GLORÍA, QUE SE GLORÍE EN EL SEÑOR» (1 Co 1:31). La Palabra soberana de Dios nos dirige y guía, y Su voluntad soberana provee todo lo que ocurre en nuestras vidas. Así pues, sintamos orgullo de nuestro Señor.

Segundo, podemos estar orgullosos del don de la salvación que se nos ha dado. Como se nos dice en Hebreos 3:6: «Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios». Somos de Su casa si, de hecho, nos aferramos firmemente a nuestra confianza y a la esperanza de la que nos sentimos orgullosos. Sentir orgullo por nuestro Salvador es bueno. Debemos estar orgullosos de la nueva identidad que tenemos como profetas, sacerdotes y reyes. Debemos estar orgullosos de que los que pertenecen al Señor Jesucristo al final nunca perderán su salvación. Debemos estar orgullosos de proclamar la verdad de la salvación solo en Cristo. Ninguno de estos ejemplos de orgullo implica mirarnos a nosotros mismos. Como cristianos, estamos llamados a sentir orgullo en nuestro Salvador, Jesucristo. Y así como el orgullo virtuoso mira al Señor, también una humildad virtuosa debe mirar al Señor.

Siempre que reconocemos la grandeza de nuestro Dios, somos conducidos a la verdadera humildad. Tanto la culpa por nuestro pecado como la gracia que nuestro Señor nos ha concedido nos llevan a una humildad virtuosa. Cuando reconocemos el peso de nuestro pecado, crece el fruto de la humildad. Venimos de la línea caída de Adán y seguimos luchando con el pecado en este lado de la gloria. Qué verdad tan humillante. Pero no debemos tomar esto como un llamado a volver al autodesprecio de la humildad fingida. Más bien, debemos darnos cuenta de que estamos unidos como una comunidad de pecadores que son santos. Ningún cristiano verdadero es de mayor o menor valor que otro. La humildad es el atributo común que compartimos con Moisés, Pablo y el propio Cristo (Nm 12:3; 2 Co 10:1). Por eso Pedro nos llama a «[revestirnos] de humildad en [nuestro] trato mutuo» (1 Pe 5:5). Como pecadores salvos por gracia, todos recibimos este llamado a revestirnos de humildad. Como Isaac Watts dijo: «Benditas son las almas humildes que ven su vacío y su pobreza; se les dan tesoros de gracia, y coronas de alegría guardadas en el cielo». Estamos llamados, como aquellos que están vivos en Cristo, a caminar en humildad.

Conclusión
Escuchemos el llamado de dejar de ser orgullosos y humildes de manera egocéntrica y comencemos a ser orgullosos y humildes de manera piadosa. Debemos cuidarnos del vicio mientras crecemos en la virtud. Una de las mejores maneras de dejar estos vicios y revestirnos de estas virtudes nos viene a través de la oración. Cuando hablamos con nuestro soberano Señor, se nos da una verdadera perspectiva de nosotros mismos. Debemos acudir como humildes penitentes. Nuestro orgullo está fundamentado en nuestro Padre Soberano, que nos escuchará por amor a Su Hijo. La oración nos humilla como pecadores, y la oración nos da confianza al acercarnos al trono de la gracia. Por tanto, sigamos acudiendo a nuestro Padre celestial, por el poder del Espíritu Santo, por amor a Cristo, con orgullo en el Dios trino y con humildad porque Él nos llama Su pueblo.

Cuando realmente reflexionamos sobre el peso de nuestro pecado y nuestra miseria, el orgullo egoísta se desinfla rápidamente.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Robert M. Godfrey
El Dr. Robert M. Godfrey es pastor de Zeltenreich Reformed Church en New Holland, PA.

¿Por Qué Algunos Pastores Deliberadamente Evitan Enseñar Doctrina?

¿Por Qué Algunos Pastores Deliberadamente Evitan Enseñar Doctrina?
Por Jim Elliff

He participado en iglesias líderes durante cuatro décadas, con énfasis en la plantación de iglesias en los últimos años. También visité y me dirigí a cientos de iglesias de todo el mundo y he tenido el privilegio de conocer a miles de líderes cristianos. Durante este tiempo, he visto una involuntaria imprecisión doctrinal por parte de muchos pastores que se vuelve intencional. En otras palabras, he sido testigo de la aparición de una nueva «sabiduría convencional». En pocas palabras, es la «sabiduría» de intentar rodear a más personas para nuestras iglesias mediante una minimización descarada, o tal vez casi la erradicación, de las influencias restrictivas de la doctrina. Lo que los pastores solían hacer (debido a que se les enseñó pobremente tal vez), ahora lo hacen por intención, todo para el crecimiento de la iglesia.

El problema es que funciona.

Por ejemplo, acabo de visitar a un amigo con respecto a una gran iglesia en nuestra área que ha crecido excepcionalmente bien. El pastor principal de esta iglesia es un hombre inteligente que tiene algunas creencias distintas que afirma personalmente. Puedo hablar con él sobre la doctrina cuando estoy solo. Él lee y conoce la Biblia. Pero, en su liderazgo y predicación, él tiene toda la intención de no ir más allá de los asuntos más elementales, y parece no estar preocupado de que su pueblo difiera en las principales doctrinas, algunas de las cuales son más significativas. Fuera de expresiones del evangelio y algunos «cómo hacer», no hay mucho de qué hablar en su predicación. Él ha creado una estación de parto, pero no mucho más.

La doctrina es estrecha. Y no nos gusta esa palabra «estrecha». Donde encontrarás a una persona que se siente atraída por la sana doctrina, encontrarás cientos que quieren permitir que todo tipo de creencias sean toleradas. He estado en tales iglesias donde se escucharon las grandes herejías como si fuera perfectamente permisible mantener tales puntos de vista como «su opinión». Y no estoy hablando de la opinión del invitado, sino de la opinión del miembro.

Esto también sucede en el campo de la misión. Preparándome para una misión a Mozambique pronto, he estado leyendo los informes de un buen médico misionero que ha intentado plantar iglesias. Debido a que se preocupa por la doctrina, hay algunos dolores reales en la construcción de una iglesia. Él sabe que debido a la naturaleza comunitaria de la gente, una iglesia aparentemente grande podría construirse fácilmente. Mientras que él puede encontrar solo un puñado de creyentes en la mayoría de las iglesias en su área, puede haber diez veces más que simplemente asisten, creyéndose cristianos solo porque es su costumbre ser carpinteros. Si él evitara la doctrina a favor del evangelismo superficial, construiría una gran iglesia no regenerada. ¿Eso es útil para el reino? Él no lo cree así. Pero él es la excepción.

Pocos Piensan En Esto

En toda esta aceptación del desorden doctrinal y el miasma de creencias, encuentro que muchos han desatendido totalmente un principio que debería ser obvio para cualquier lector de la Biblia. Quiero decir esto: los apóstoles comenzaron iglesias con la intención de cultivarlas lo más sólidamente posible por medio de un constante y meticuloso interés en la doctrina. Los datos bíblicos están abrumadoramente en línea con esta conclusión.

Los apóstoles vieron a la iglesia como «la columna y baluarte de la verdad» (1 Tim.3:15). Y entonces, prestar atención a la doctrina era primordial para ellos. Estoy seguro de que todo el futuro de la obra estaba en mente cuando Pablo y los otros apóstoles enfatizaron una gran variedad de doctrinas críticas. Mientras que diríamos: «Por lo menos tenemos un testigo en la ciudad de algún tipo, predicando a Cristo», los apóstoles dirían: «Debido a que esta iglesia es testigo en la ciudad, y otras iglesias vendrán de esta o emularán su creencias y prácticas, debemos ser aún más precisos.» Hay un mundo de diferencia entre las dos escuelas de pensamiento.

Y estas doctrinas debían ser «enseñadas» y «predicadas». En otras palabras, no era la prerrogativa de esos ancianos que fueron designados por los apóstoles para minimizar la importancia de la precisión doctrinal. Del mismo modo, no creo que podamos ser como Jesús o ser como los apóstoles en nuestro liderazgo sin enfatizar lo que ellos enfatizaron. De hecho, es absurdo pensar lo contrario. No creo que Pablo escuchara con mucha simpatía nuestra explicación de por qué hemos minimizado la doctrina por el bien del crecimiento de la iglesia.

Todos nosotros somos conscientes de la necesidad de evitar ser doctrinarios, es decir, de enseñar doctrina de una manera estéril y pedante, sin aplicación y «calor» devocional. Miren a Jesús y Pablo como ejemplos perfectos de cómo enseñar la doctrina correctamente. Si enseñamos las Escrituras fiel y exactamente como se dijo, enseñamos automáticamente buena doctrina. Tenemos que ser muy astutos para evitarlo. Pero muchos lo descartan, ya sea seleccionando y abordando pasajes que solo son conductuales, o evitando la Escritura del todo, o al ser un desviador, como un pastor que predica el manejo del tiempo basado en el clamor de Jesús, “Consumado es.”

Olvidamos que las doctrinas difíciles de las que hablamos se encuentran en las Cartas a las Iglesias. Estas fueron epístolas que contenían las mismas verdades de las que nos negamos a hablar en nuestras iglesias. ¿Ve la incongruencia? ¿Es realmente correcto pensar que no deberíamos hablar sobre esas doctrinas que fueron el elemento básico de las primeras iglesias? Sé que soy demasiado obvio, pero ¿no hemos pasado por alto este hecho? Y muchos de esos pasajes difíciles que tenemos mucho miedo de enseñar fueron escritos en iglesias nacientes. Pablo pensó que era crítico presentar toda la verdad a estas personas (Hechos 20:27). Él no se «intimidó» de hacer esto. Pero nosotros si.

Lo que estoy diciendo es que no tenemos el lujo de evitar estas cosas porque queremos hacer crecer una iglesia más grande. ¿Cuál es el efecto de un nuevo comienzo de iglesia en Nueva Guinea si crece por imprecisión doctrinal? Ciertamente puedes imaginar que generaciones de iglesias después de eso compartirán una vaguedad similar sobre creencias y prácticas y dejarán tal vez miles (y tal vez millones, es decir, algunas denominaciones erróneas ejemplifican esto) enseñando error, o al menos abierto a creencias divergentes que serán dañinas a los creyentes y el éxito del movimiento. No es sólo una doctrina errónea lo que hará esto, sino también la vacuidad de la doctrina. Seguramente se puede ver que el error en los movimientos cristianos es algo que se enseña y se propaga una iglesia a la vez, un líder a la vez, pero que tiene un efecto de impregnación a largo plazo. Esto es así no solo en una situación de plantación de iglesias vírgenes, sino también donde hay numerosas iglesias. Somos irresponsables para dejar la precisión doctrinal fuera de la ecuación en el comienzo de nuestra iglesia y el crecimiento de la iglesia. La negligencia (a menudo negligencia planificada) es destructiva.

Negligencia En El Cumplimiento Del Deber

Se supone que los ancianos, de todas las personas, deben preocuparse por la doctrina. En nuestros días, esta es una suposición que no está encontrando mucho apoyo, pero debe ser así. Si esto no es así, entonces se debe elegir un equipo de ancianos completamente nuevo. Es parte de la descripción del trabajo. Pablo dice que un anciano debe estar “reteniendo la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que sea capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen.” (Tito 1:9).

Cuando los ancianos se reúnen, es parte de su responsabilidad trabajar en lo que creen. Por ejemplo, ¿cuál es la opinión de los ancianos sobre el divorcio y las segundas nupcias?. ¿Cuál es su punto de vista sobre la ley? ¿O elección? ¿O la naturaleza del hombre? ¿Cuál es su creencia en la Creación? ¿O sobre la pluralidad de ancianos? ¿O con respecto a los dones espirituales? ¿O sobre la naturaleza de la expiación? ¿O sobre el papel de las mujeres? Si los ancianos no saben en qué creen, ¿cómo pueden cumplir el requisito de Tito 1:9 mencionado anteriormente?

Dado que los ancianos (también llamados supervisores y pastores) deben preocuparse por la doctrina, les conviene hacer que las reuniones de sus ancianos sean más que simples reuniones de negocios sobre las cosas más mundanas o simplemente reuniones de visión sobre nuevas ideas. Sé que debemos hacer algo de eso. Las iglesias sin visión son iglesias moribundas, por supuesto. Pero los pastores deben trabajar duro para perfeccionar lo que creen. Deben dar meses de estudio y discusión en varias posiciones doctrinales para que se familiaricen con ellas y estén listos para enseñarlas. Después de pensar en una doctrina, deben reunirse con los hombres y luego con toda la iglesia para transmitir y enseñar lo que han aprendido.

Una vez que llegan concienzudamente a lo que creen acerca de las doctrinas cardinales, estarán dispuestos a pagar un precio por ellas. Después de todo, es Dios hablando estas doctrinas a ellos.

A medida que las personas aprenden que un anciano tiene opiniones claras sobre las cosas, será respetado como una persona que puede ayudar a comprender y orientar a las familias y los discípulos veteranos, así como a los niños y los nuevos creyentes.

Actúa Bíblicamente Ahora

Pablo hace mi premisa lúcida cuando dice que debemos “combatiendo unánimes por la fe del evangelio,” (Filipenses 1:27). Él entrena a los líderes con las palabras, “Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1), y “Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2). Él se preocupa: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina” (2 Timoteo 4:3).

Judas nos mostró la importancia de la doctrina cuando dijo que debemos “contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos.” (Judas 3). Pedro pensó que era necesario animarnos “para que recordéis las palabras dichas de antemano por los santos profetas, y el mandamiento del Señor y Salvador declarado por vuestros apóstoles.” (2 Pedro 3:1-2). Él nos advierte a “no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” (2 Pedro 3:17-18).

Juan se regocija al encontrar “algunos de sus hijos caminando en la verdad, así como hemos recibido el mandamiento del Padre de hacerlo,” pero advierte: “Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza tiene tanto al Padre como al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no trae esta enseñanza, no lo recibáis en casa, ni lo saludéis, pues el que lo saluda participa en sus malas obras.” (2 Jn 4:9-11).

Para nosotros aun si intentamos construir iglesias minimizando la doctrina es una filosofía tan alejada del propósito original de Cristo y Sus apóstoles que uno se preguntaría si estábamos en el mismo movimiento. Cuán cerca está esto de la predicción de Pablo cuando dijo que “se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” (2 Timoteo 4:3-4) Está demasiado cerca para mí.

Por lo tanto, le pido que reconsidere cómo usa su liderazgo. Hay mucho que hacer. Debemos ser amables y reconfortantes, orar y estar disponibles, ser transparentes y visionarios, pero como líderes no podemos descartar lo que Dios insiste. Si no fuera tan inequívoco, podríamos tener espacio para debatir la sabiduría de esto. Dado que esta verdad se repite ad infinitum en la Palabra, ¿qué puede decir alguien en contra de ella?

Por lo tanto, entréguese a la sana doctrina y enfatícela a partir de ahora. Si no puede hacer esto, renuncie.

Y, si usted no es un pastor sino un oyente, acuda a los responsables de dispensar la verdad con un llamado sincero para que le enseñen doctrina sin compromiso. Dígales que no puedes crecer sin eso.

LA SANTIDAD DE CRISTO | R.C.Sproul 6/6

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Serie: La Santidad de Dios

6-LA SANTIDAD DE CRISTO

R.C.Sproul

¿Qué efecto debería tener la santidad de Dios en la vida del creyente? La visión que Isaías tuvo de la santidad de Dios constituyó una profunda lección de humildad para él.

¿Es lo mismo para nosotros hoy? ¿Cómo puede una mayor comprensión de la infinita santidad de Dios crear en nuestros corazones una reverencia más profunda hacia Él? ¿Qué impacto debería tener la santidad de Dios en nuestra vida diaria?

Guía de estudio y transcripción disponibles: https://es.ligonier.org/videos/la-san…

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EL SIGNIFICADO DE LA SANTIDAD | R.C.Sproul 5/6

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Serie: La Santidad de Dios

5-EL SIGNIFICADO DE LA SANTIDAD

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¿Qué efecto debería tener la santidad de Dios en la vida del creyente? La visión que Isaías tuvo de la santidad de Dios constituyó una profunda lección de humildad para él.

¿Es lo mismo para nosotros hoy? ¿Cómo puede una mayor comprensión de la infinita santidad de Dios crear en nuestros corazones una reverencia más profunda hacia Él? ¿Qué impacto debería tener la santidad de Dios en nuestra vida diaria?

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2-La Salvación es de Dios

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Serie: Enseñanzas que transformaron el mundo

2-La Salvación es de Dios

Miguel Núñez

Miguel Núñez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

LA DEMENCIA DE LUTERO | R.C.Sproul 4/6

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Serie: La Santidad de Dios

4-LA DEMENCIA DE LUTERO

R.C.Sproul

La santidad es la característica de la naturaleza de Dios que está en el corazón mismo de Su ser.

Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. En este primer estudio veremos la importancia que Dios pone en Su santidad.

Guía de estudio y transcripción disponibles: https://es.ligonier.org/videos/la-san…

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SANTIDAD Y JUSTICIA | R.C.Sproul 3/6

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Serie: La Santidad de Dios

3-SANTIDAD Y JUSTICIA

R.C.Sproul

La santidad es la característica de la naturaleza de Dios que está en el corazón mismo de Su ser.

Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. En este primer estudio veremos la importancia que Dios pone en Su santidad.

Guía de estudio y transcripción disponibles: https://es.ligonier.org/videos/la-san…

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