Ni una iota

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Ni una iota

Por Rick Gamble

Nota del editor: Este es el quinto artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Mientras estuvo en la tierra, nuestro Señor aseveró que Él y el Padre son uno (Jn 10:30). Por otro lado, Él preguntó: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios» (Mr 10:18). Poner esas dos declaraciones juntas no es muy fácil. Sin embargo, la Biblia no deja solo esa pregunta por resolver. Jesús podía decirle al «desconocido» y curioso pecador escondido en un árbol que almorzaría con él y al mismo tiempo afirmar que «de aquel día o de aquella hora nadie sabe, sino solo el Padre» (Mr 13:32).

Hay una tensión inherente en estos y otros pasajes bíblicos. Para expresar la tensión de manera precisa, el gran problema relacionado con el ministerio terrenal de Jesús es este: el Divino que convirtió el agua en vino, que levantó a Su amigo Lázaro de la tumba, que caminó sobre el agua y ordenó a Su amigo Pedro que hiciera lo mismo, también podía morir una muerte sangrienta y vergonzosa en la cruz.

Verdaderamente Jesús es el Dios-hombre, pero la relación entre ambos no es tan fácil de entender. La resurrección no hizo la situación más simple. Después de conquistar la muerte, María pudo adorarlo y aferrarse a Sus pies. Su cuerpo nuevo todavía tenía las marcas de los clavos que Tomás pudo ver y tocar. Jesús pudo cocinar pescado de desayuno para Sus deprimidos discípulos pescadores. Pero también pudo caminar a través de puertas cerradas y, tras hablar con algunos discípulos, pudo desaparecer repentinamente. Al final de Su tiempo en la tierra, después de ser visto por muchos (Él no fue una aparición), ascendió corporalmente al cielo y ahora está sentado a la diestra del Padre.

Estos y otros pasajes de las Escrituras le enseñaron a la Iglesia primitiva, y nos enseñan hoy, a exclamar: «¡Jesús es Dios!». Nuestras voces se unen con los cristianos de hace dos mil años y se alegran de que tengamos un gran Sumo Sacerdote que «conoce» nuestras debilidades porque es verdaderamente hombre. Confesamos con ellos que Jesús de Nazaret, un hombre nacido de María, también es «Señor».

Aunque cantamos la misma canción de alabanza, nuestro mundo es diferente al de los seguidores de Cristo de los primeros cuatro siglos. No tenemos que adorar en las catacumbas y, al menos aquí en los Estados Unidos de América, los funcionarios del gobierno no nos quieren matar por nuestra profesión de fe. Afortunadamente, el mundo de la persecución cristiana del siglo IV dio un frenazo cuando el emperador Constantino rescindió los decretos anticristianos anteriores y elevó el cristianismo a ser la fe oficial del Imperio. De repente, la Iglesia tuvo tiempo libre para reflexionar sobre estas verdades bíblicas difíciles y aparentemente contradictorias.

Viendo nuestra tarea desde otra dirección, preguntamos: ¿Cómo ha entendido la Iglesia la enseñanza de Pablo que nos dice que Jesús tomó «la forma de siervo» (Flp 2:7) y la enseñanza del discípulo amado que nos recuerda que «vimos Su gloria»? (Jn 1:14). Reconociendo que Jesucristo es el Dios-hombre, la Iglesia tuvo que determinar cómo era posible que lo divino y lo humano se unieran. Esas preguntas fueron resueltas en el siglo IV, desde la época del Concilio de Nicea (325) hasta el Concilio de Constantinopla (381).

El llamado a una reunión en Nicea

Como suele ser el caso en la Iglesia, surgió una controversia por estos temas difíciles. Figuras particulares se asociaron con diferentes posiciones teológicas. Por un lado estaba el teólogo llamado Arrio. Para él, ciertos temas de la Escritura eran muy importantes. Por ejemplo, en las sinagogas judías se memorizaba y se repetía una frase hebrea particular, llamada el «Shemá»: «Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es» (Dt 6:4). ¡Esta es una enseñanza buena y verdadera! Sin embargo, si el Señor es «Uno», ¿cómo encaja Jesús en la ecuación? La respuesta para Arrio era simple. En la encarnación, Jesús de Nazaret «se convirtió» en el Dios-hombre. Una vez más, a primera vista, esta frase también es correcta. Jesús se convirtió en el Dios-hombre hace dos mil años cuando nació de la virgen.

Sin embargo, oculto detrás de esta frase correcta, había un bote de basura desbordante de ideas equivocadas. Cualquier cristiano ortodoxo de hoy puede afirmar que Jesús «se convirtió» en el Dios-hombre en aquel pequeño pueblo de Belén, pero también afirmamos que la segunda persona de la Trinidad existió en completa deidad antes de ese tiempo. Esta preexistencia de Cristo era el problema para Arrio. No la creía y dijo: «hubo un tiempo en que Él no era [el eterno Hijo de Dios]».

En este punto del debate, el héroe de la ortodoxia, Atanasio, legítimamente lanzó un grito de alarma. Para exponer el asunto de manera clara y concisa: los seguidores de Arrio habían negado la plena deidad eterna del Hijo y del Espíritu Santo con el Padre. Esto es herejía.

No obstante, la posición de Arrio era fácil de entender. Supuestamente ayudaba a «aclarar» los problemas bíblicos. Era una posición atractiva, ¡pero era incorrecta! El debate entre Atanasio y los seguidores de Arrio retumbó como un trueno por todo el Imperio. Para resolver la controversia, el emperador Constantino convocó una reunión gigante de la Iglesia.

En medio de mucho debate, los teólogos que se reunieron en el año 325 en el Concilio de Nicea establecieron la eterna divinidad preexistente de Cristo. Sus formulaciones excluyeron al arrianismo de la Iglesia. Se declaró que Jesús era «de una sustancia» con el Padre. La palabra griega para «de una, o la misma, sustancia» es homoousios. Consiste en dos palabras unidas. La mayoría sabe que la palabra «homo» significa «mismo», mientras que «ousia» significa «sustancia».

Después del 325

Con este primer gran concilio, se habían establecido las bases para la paz en la Iglesia. Se había tomado una buena postura teológica y la controversia sobre la naturaleza de Cristo debió haber llegado a su fin. ¡Pero aquí estamos hablando de teólogos! Mientras que el arrianismo fue condenado oficialmente y Atanasio había ganado teológica y políticamente, no todos estaban convencidos de la posición ortodoxa.

La lucha después del 325 no fue sobre hombres, sino sobre palabras. La controversia fue entre aquellos que se aferraron a homoousios y los que proclamaron una nueva palabra: homoiousios. Si estás leyendo esto por primera vez, es posible que ni siquiera hayas notado la diferencia. Hay una «i» insertada en la segunda palabra.

¿Es tan importante una pequeña «i»? Si evalúo el trabajo sobresaliente de un estudiante y pretendo darle una calificación de «A», pero olvido una pequeña línea, habrá una gran diferencia en el significado. Esa «A» se convertiría en una «F» en los registros de la clase. ¡Los estudiantes de teología deben preocuparse mucho por una pequeña línea! También deben preocuparse por una pequeña «i». Mientras homoousios significa de la «misma sustancia», homoiousios significa que Jesús es de una «sustancia similar».

Sin embargo, cuando estamos hablando de la misma «sustancia» o «esencia» de algo, o es completamente de esa sustancia o no lo es. Por ejemplo, una «manzana» puede ser «similar» a otra «manzana». Podrían haber diferencias de color o sabor, pero ambas serían «manzanas». Hay espacio para algunas diferencias en los detalles: más dulce o menos dulce, roja o verde. ¡Pero una «manzana» no puede saber como un sándwich de jamón ni parecerse a un elefante y seguir siendo una «manzana»! Debe tener todas las cualidades que hacen que una manzana sea una manzana. Tiene que ser «manzana» en su sustancia, o es otra cosa.

Después de un debate considerable, los teólogos se pusieron de acuerdo. Cuando se trata de la sustancia de la divinidad o la humanidad, no hay un «casi» divino ni un «parcialmente» humano. Dios tiene que ser completamente Dios y un hombre tiene que ser un hombre. Homoiousios (con la «i», sustancia «similar») fue rechazada por todos y la mayoría renunció a su posición de que Jesús podría ser «similar» a Dios en sustancia, confirmando así la ortodoxia.

Pero aún había algunos alborotadores que no estaban convencidos. Ellos no doblarían sus rodillas ante la noción de una encarnación completa del Hijo de Dios eternamente divino. Fueron más allá y dijeron que Jesús era «diferente» al Padre en Su sustancia.

Esta era una posición extrema y ​​por tanto todos entendieron que tenía que ser rechazada. Incluso los instigadores homoiousios se pusieron al lado de sus antiguos oponentes (homoousios) para luchar contra el nuevo enemigo: «diferente». Para terminar la controversia, otro concilio fue convocado, esta vez para reunirse en la ciudad de Constantinopla en el año 381. Allí fue reafirmado el credo completo, el que llamamos el «Credo de Nicea», que también es apropiadamente llamado «Credo Niceno-Constantinopolitano».

Sabiamente, el Credo de Calcedonia (451) no intenta explicar exhaustivamente el misterio de cómo Cristo puede ser completamente Dios y hombre. Sí establece que podemos reflexionar teológicamente entre dos límites, que Su naturaleza divina debe ser total y que Su naturaleza humana debe ser completa. También advierte contra una relación falsa entre las dos naturalezas.

Hay dos naturalezas en la sola y única persona de Cristo. Aun así, Él tenía una autoconciencia indivisa. El Credo de Calcedonia afirmó que incluso después de la encarnación, y durante toda la eternidad, la distinción entre las dos naturalezas continúa. Si bien son distintas, sin confusión ni conversión, no obstante, tampoco tienen separación ni división. En cuanto a la voluntad de Cristo, la voluntad divina sigue siendo divina y la voluntad humana sigue siendo humana. En Cristo, el Dios-hombre, los dos tienen una vida común y se interpenetran entre sí. Esto también es similar a la relación entre las tres personas de la Trinidad.

Una nota final en relación con la gloriosa doctrina de la persona de Jesucristo: estaríamos empobrecidos si no fuera por las arduas labores de los teólogos del siglo IV.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rick Gamble
Rick Gamble

El Dr. Rick Gamble es profesor de teología sistemática en el Reformed Presbyterian Theological Seminary y es pastor principal de la College Hill Reformed Presbyterian Church en Beaver Falls, Penn. También es autor de numerosos artículos sobre la vida y el pensamiento de Juan Calvino.

Una era crucial

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Una era crucial

Por John D. Hannah

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Fue un siglo extraordinario. Lo que inició como la «Era de los mártires» bajo Diocleciano, culminó con el surgimiento del cristianismo como religión del Imperio. El futuro de la Iglesia pasó rápidamente del ámbito de lo marginado y perseguido a lo victorioso, de no tener estatus legal a ser la hegemonía religiosa. Y así comienzan catorce siglos de dominio de la fe cristiana en el mundo occidental

El triunfo del cristianismo

Como creía que el Imperio estaba en decadencia, Diocleciano se dispuso reformar el Estado. La historia ha demostrado que, a menudo, los dictadores vienen disfrazados de libertadores, apelando a las necesidades de las masas; y este fue el caso aquí. Diocleciano creó una monarquía absoluta engrandeciendo al senado y declarándose a sí mismo como monarca semidivino. Sus talentos organizacionales resultaron ser beneficiosos a medida que el Imperio era asegurado y se extendía geográficamente. Sin embargo, en el año 303 desató una brutal persecución contra los cristianos por no ofrecer sacrificios a los dioses. Los persiguió quemando iglesias y destruyendo libros cristianos. Esto alcanzó al clero en el 305, lo que trajo encarcelamiento, tortura y muerte.

Constantino intentó unir a la Iglesia y al Estado; la Iglesia fue concebida como una institución de utilidad pública. Se hicieron reparaciones por la destrucción de la propiedad cristiana durante las persecuciones; al clero le fueron dadas concesiones tributarias y autoridad judicial para decidir en litigios privados. El culto al emperador cesó, los dioses desaparecieron de las monedas y a los funcionarios públicos les fue prohibido presidir ritos paganos. Constantino destruyó templos paganos, recompensó a las ciudades que suprimieron la adoración pagana y prohibió los juegos de gladiadores. Se adoptó un calendario cristiano con el domingo como día santo.

La explicación del cristianismo
En la nueva era del dominio de la Iglesia por medio del apoyo del Estado, surgieron obispos poderosos. Muchos de los avances organizacionales de Diocleciano, como la división del Imperio en doce diócesis, fueron incorporados a la Iglesia, añadiendo complejidad y eficiencia a su estructura de gobierno. En este siglo surgieron obispos poderosos tales como Ambrosio de Milán (340-97), quien fue conocido por sus habilidades retóricas que tuvieron gran influencia en Agustín, en la música de la Iglesia y en el ideal monástico. Ambrosio también condenó la persecución de paganos cometida por Teodosio I en Tesalónica (390) y lo excomulgó. Jerónimo fue un gran erudito bíblico y monje (fundó un monasterio en Belén). Es mayormente conocido por su traducción de la Biblia desde las lenguas originales, bajo la dirección de Dámaso, obispo de Roma; la Vulgata Latina, la Biblia de la Edad Media. Juan Crisóstomo (345-407), que fue una vez patriarca de Constantinopla, fue un predicador elocuente y un reformador moral; ha sido llamado el expositor cristiano más grande de su época. Eusebio (c. 263-340), obispo de Cesarea, aunque manchado por su posición moderadamente arriana, fue un erudito y clérigo. Su Historia eclesiástica, la fuente principal de nuestro conocimiento de la Iglesia en los primeros siglos, le ha hecho merecedor del título de «Historiador de la Iglesia». Cirilo de Jerusalén (c. 315-86) fue un destacado pastor, escritor y catequista.

Uno de los mayores beneficios del nuevo protagonismo de la Iglesia en el Imperio fue que los asuntos teológicos podían ser discutidos con una base más extensa que en siglos anteriores. De hecho, los emperadores jugaron un rol para resolver asuntos que amenazaban la tranquilidad del Imperio. Los obispos a lo largo del Imperio podían reunirse a discutir y formular respuestas a preguntas complejas. Los académicos hablan de la «era ecuménica», un período de varias reuniones mundiales de obispos para desenredar problemas y redactar credos. Como resultado, los clérigos ayudaron a definir la fe ortodoxa. Ellos no inventaron la fe, sino que pudieron explicarla de manera que fuera recibida por todas las iglesias.

Una vez que la paz llegó a las iglesias, el emperador se interesó profundamente en el bienestar del cristianismo; los asuntos religiosos se convirtieron en preocupaciones para el Estado. El tema que dominó el siglo, la deidad de Jesucristo, se encuentra en el corazón de la fe cristiana. Los clérigos se habían empeñado por un tiempo en explicar la relación del Padre con el Hijo. ¿Cómo podría la Iglesia proclamar de manera creíble que Jesucristo es Dios y, al mismo tiempo, declarar que «Dios, el Señor uno es» (Dt 6:4)? Al extender la deidad al Salvador, el monoteísmo parecía estar bajo amenaza.

Cuando en el siglo IV cierto presbítero buscó explicar la relación del Padre con el Hijo, negando su igualdad absoluta, el escenario quedó preparado para una resolución. Arrio de Alejandría (c. 250-336) se enfrentó a su obispo. Fue condenado en un concilio local en el año 321, pero su visión dividió a los obispos y amenazó la armonía del mundo de Constantino. En consecuencia, Constantino convocó al primer concilio ecuménico, o mundial, de obispos de la Iglesia en Nicea (una residencia de verano cerca de la, aún por terminar, nueva capital Constantinopla). El emperador favoreció la posición de Atanasio (c. 296-373), reciente sucesor de Alejandro. Esto ayudó a determinar las conclusiones del concilio. Arrio negó la igualdad del Padre con el Hijo para evitar el modalismo (la posición que él pensaba que Atanasio sostenía); Atanasio negó la desigualdad entre el Padre y el Hijo (posición que él acusaba a Arrio de defender). Más de trescientos obispos se reunieron y condenaron las enseñanzas de Arrio. Atanasio y Constantino, entre otros, sintieron que la frase «de una sustancia con el Padre» expresaba la coigualdad del Padre y del Hijo.

En parte, las continuas tensiones fueron el resultado de diferencias lingüísticas. El occidente latino hacía una distinción entre los términos «persona» y «sustancia». Se podía hablar, tal como lo hizo Tertuliano el siglo anterior, de dos personas y una sustancia. El oriente griego veía ambos términos como sinónimos y acusaba al occidente de apoyar el modalismo. El apoyo aumentó para la visión adopcionista de Arrio (una visión que afirmaba la deidad del Salvador a costa de Su eternidad).

La obra monumental de los tres obispos de Capadocia (Basilio de Cesarea [c. 330-97]; Gregorio de Nacianzo [c. 329-89]; y Gregorio de Nisa [c. 330-95]), al desenredar la confusión lingüística, abrió el camino a un segundo concilio ecuménico. Convocado por Teodosio I en Constantinopla (381), este concilio afirmó y amplió el Credo Niceno. Se distinguieron los términos «sustancia» y «personas». El primero, se refiere a los atributos de Dios que son igualmente compartidos por el Padre y por el Hijo; el segundo, se refiere a funciones que destacan las distinciones no en tipo sino en función. Las distinciones dentro de la Deidad se relacionan con la redención de la creación.

Un corolario a la discusión de la relación entre el Padre y el Hijo fue la comprensión del Espíritu Santo. La pregunta que dominaba la insistencia de Atanasio en que Jesús es Dios era: «¿Cómo podría un ser inferior a la divinidad absoluta proveernos de la redención divina, la vida de Dios para el alma?». La pregunta concerniente al Espíritu Santo era: «¿Cómo podría un ser inferior a Dios traernos la santidad de Dios?». En Constantinopla, la Iglesia pudo articular la doctrina de la tri-unidad de Dios. Hablar de la Trinidad apropiadamente es hablar de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios Espíritu Santo, el gran tres en uno. La doctrina de la Santísima Trinidad continuó sin ser cuestionada en las iglesias cristianas por más de un milenio. Este fue el mayor logro de la Iglesia del siglo IV. Los obispos no inventaron la doctrina de la igualdad del Padre y del Hijo, sino que nos dieron una explicación importante de lo que la Iglesia siempre confesó. Dios es uno y Jesucristo es Dios.

El concilio también abordó un tema que se resolvería en el siglo V en el Concilio de Calcedonia (451). En Nicea y en Constantinopla, la Iglesia luchó por explicar la relación preencarnada del Hijo con el Padre. Un tema relacionado con eso fue el siguiente: ¿Cuál es la relación entre la deidad y la humanidad de Cristo cuando Cristo se encarnó? La lucha por explicar estas cosas comenzó aquí, pero la explicación final llegaría más tarde.

Apolinar (c. 310-90), obispo de Laodicea, afirmó que Cristo fue siempre completamente Dios, pero estuvo dispuesto a denigrar Su humanidad para preservar la unicidad de Cristo. Él argumentaba que Cristo no poseía una mente o un alma humana; sino que en su ausencia, moraba la deidad. Cristo era verdaderamente Dios pero no verdaderamente hombre. Su visión acerca de Cristo fue condenada, pues se entendió que podía ser tan destructiva como la de Arrio.

Intemporalidad y cambio
¿Qué podemos aprender del siglo IV como ciudadanos del siglo XXI? Para los santos que soportaron las aterradoras purgas de Diocleciano, es importante estar consciente de que Dios es soberano tanto en los momentos más oscuros como en los momentos más agradables. Él está obrando Su gran e inalterable plan incluso cuando no podemos ver qué cosas buenas podrían salir de una tragedia. ¿Quién hubiera imaginado que la ira de Diocleciano era el último respiro del paganismo y que la Iglesia estaba siendo preparada para una era completamente nueva? Es bueno saber que las apariencias pueden no ser la realidad.

Sin embargo, hay un factor constante en el siglo IV que provee continuidad para todos los cristianos. El común denominador es la pasión de la Iglesia por definir y defender las doctrinas de los apóstoles. Cuando las persecuciones terminaron y la Iglesia se encontró en un ambiente favorable, se propuso inmediatamente a explicar las maravillas de su proclamación: la deidad absoluta de Jesucristo, la belleza del Salvador encarnado. ¿Por qué? En el corazón de la fe cristiana están las buenas nuevas de redención del pecado por medio de Uno que tomaría el lugar del pecador, cargando su culpa y satisfaciendo la deuda de la justa y eterna ira de Dios. Solo Dios podía hacer esto; el gran Juez de la humanidad fue juzgado por nosotros. Sin embargo, solamente un ser humano debía estar en lugar de los humanos; y a la vez tenía que ser perfecto. ¿Quién podía hacer eso? Aquel que es Dios y, al mismo tiempo, un hombre perfecto, el Señor Jesucristo.

Lo que debe estar en el centro o ser la preocupación de la Iglesia es siempre Cristo y Sus misericordias. Somos deudores de hombres y mujeres, clérigos y laicos, de este maravilloso siglo por modelar eso para nosotros. Nuestra oración es que Él se convierta en la preocupación central de la Iglesia en el siglo XXI.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John D. Hannah

El Dr. John D. Hannah es profesor y presidente del departamento de teología histórica del Seminario Teológico de Dallas, Texas.

El discipulado en la iglesia local

9Marcas

Serie: Discipulado

Clase 5

El discipulado en la iglesia local

Introducción

Durante las últimas cuatro semanas hemos reflexionado mucho acerca del tema del discipulado. Hemos hecho la pregunta «¿qué es el discipulado?» y hemos concluido consiste en relacionarse deliberada e intencionalmente con otro cristiano con el fin de hacerle un bien espiritual. Hemos preguntado «¿por qué participar en el discipulado?» y concluimos que es algo crítico para el bien de los demás, para nuestro gozo y para la gloria de Dios. Consideramos varias «barreras y excusas del discipulado» y prescindimos de ellas basado en el razonamiento lógico y la enseñanza de la Escritura. Finalmente, consideramos el objetivo y la meta de nuestras relaciones de discipulado y concluimos que el mayor objetivo de esta maravillosa obra es motivar a nuestro amigo a crecer en santidad, según lo evidenciado por una mayor obediencia a la voluntad revelada de Dios.

Hay una pregunta más que debemos responder antes de ir a asuntos específicos y prácticos que ocuparán el resto de esta clase. Nuestras últimas preguntas generales son: «¿qué lugar es mejor para establecer relaciones de discipulado?» y «¿cómo comenzamos?» Hoy hablaremos del razonamiento práctico, pero basado más que todo en el modelo de la Escritura de que el lugar principal para las relaciones de discipulado debe ser la iglesia local dondequiera que seamos miembros.

Ahora, primeramente quiero establecer que con esto NO estamos diciendo que es un error tener relaciones intencionales espiritualmente motivadoras con personas que no son de tu iglesia local. Eso no es lo que estamos diciendo. Y no estamos diciendo que está mal iniciar ese tipo de relaciones con un amigo de la escuela o el trabajo.

Lo que estoy diciendo es que el mejor lugar para tener relaciones de discipulado es en tu iglesia local. Eso parece ser una idea muy sencilla, pero aclaremos lo que quiero decir con ello. Lo que NO estoy diciendo es que todo discipulado debe tener lugar en el local de la iglesia, o que solo los líderes reconocidos de la iglesia local deben discipular, NI TAMPOCO pretendo decir que está mal invertir en personas que no son miembros de tu iglesia, como son los amigos cristianos del trabajo o la escuela.

Lo que ESTAMOS diciendo es que es bíblicamente sabio que la mayoría de nosotros tenga la mayor parte de nuestras relaciones de discipulado en el contexto de la iglesia local. Debemos tener una relación de discipulado con alguien que también es miembro de la misma iglesia, donde comparten la misma enseñanza y la misma comunidad cristiana.

¿Por qué discipular en el contexto de la iglesia local?

Comencemos con diez razones por las que debemos discipular en nuestra iglesia local, y luego presentaremos algunas ideas sobre cómo puede ser hecho esto. Esta lista no es exhaustiva ni tampoco se encuentra en orden de importancia.

Hacer que tu iglesia sea la plataforma primaria para las relaciones de discipulado individuales tiene sentido y es una implicación necesaria de la enseñanza general de la Escritura con relación a la iglesia.

¿Por qué discipular en tu iglesia local?

Razón #1: porque Dios ha llamado a la iglesia a ser pura.

Considera el discipulado en tu iglesia local porque Dios ha llamado a la iglesia a ser pura. Leemos en Tito 2:14 que parte de la razón por la que Jesús vino al mundo fue para llamar y crear un pueblo puro para sí mismo conocido como la iglesia.

Pablo escribe: Tito 2:11-14 Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. (RVR60)

Es en parte a través de las relaciones de discipulado que ayudamos a los demás cristianos a crecer en conocimiento y en santidad personal. Esta es una gran parte de lo que Jesús vino a hacer al mundo. Cuando trabajamos en relaciones de motivación especialmente entre aquellos que están en la iglesia, fomentamos el testimonio corporativo de la iglesia como cuerpo.

Este debe ser nuestro deseo para nuestra propia iglesia local, que sea un ejemplo radiante de la santidad y el poder transformador de Dios en la vida de su pueblo.

Razón #2: porque no tienes todos los dones espirituales. (Ver 1 Co. 12)

Debemos considerar el valor de la iglesia estableciendo el discipulado como una manera de equilibrar nuestra propia debilidad y falta de ciertos dones. Ser una fuente de motivación espiritual para los demás es mandatorio para la vida cristiana, pero tenemos áreas de debilidad y ceguera espiritual que también pueden limitar nuestra utilidad en el discipulado. Cuando nuestras relaciones de discipulado son establecidas en la comunidad de una iglesia local, hay otros en la mezcla relacional que ayudan a equilibrar la diferencia.

¿Dudas sobre participar en relaciones de discipulado porque eres tímido? ¿Estás dudando sobre participar en relaciones deliberadas de discipulado porque sientes que te falta capacidad y sabiduría para la tarea?

Bueno, tengo buenas nuevas: Dios sabe que no eres suficiente para esta gran tarea. En su bondad Dios nos la ha dado a nosotros la iglesia, y la iglesia es suficiente para la obra que pretende darle. Cuando discipulas en una relación de experiencia de iglesia compartida estas reconociendo que no tienes toda la sabiduría y exhortación que tu amigo necesita, pero te das cuenta de que a la iglesia como un cuerpo le es dada toda cosa buena que es necesaria para la tarea de evangelismo y discipulado. Dios no ha prometido darte todos los dones necesarios para exhortar y edificar a otros. Esa es una promesa que Él le ha hecho a toda la iglesia. No tienes todo lo que tu amigo necesita-por tanto tu amigo necesita una iglesia.

Tercero, debemos darnos cuenta de que en el contexto de relaciones de discipulado la iglesia provee una mejor y mayor rendición de cuentas que solo la de nuestro amigo. En la iglesia encontramos una red de relaciones con personas que nos conocen de una manera diferente y que ven nuestra relación con una perspectiva o preocupaciones diferentes. Esta red de relaciones significativas forma una «red de protección» espiritual que ayudará a tu amigo en los momentos difíciles más que solamente en tu relación.

Entiende que en parte la iglesia existe con el único propósito de aumentar la rendición de cuentas. La iglesia está formada no solo por el amor de Cristo sino también por su autoridad correctiva. Mateo 18 es Jesús dirigiendo a la iglesia sobre cómo actuar con alguien que no se arrepiente de su pecado.

Debemos darnos cuenta con toda humildad que un grupo de personas de una comunidad puede conocer a una persona mucho mejor de lo que puedes hacerlo a solas. Si te reúnes con un amigo del trabajo una vez a la semana para un café y discipular, hay limitaciones importantes en la manera que puedes conocer la vida de esa persona, pero en el contexto de una comunidad de iglesia hay por lo menos una mejor oportunidad de que la mezcla de relaciones provea una profundidad y textura de visión que produzca una mejor rendición de cuentas y protección.

Razón #4: porque tienes una cantidad de tiempo limitada. (Ver Efesios 5:16 y 1 Corintios 7:29)

Cuarto, todos somos desafiados por el hecho de que la vida es corta y nuestro tiempo es precioso. Para muchos de ustedes espero que sientan una gran presión tratando de equilibrar las demandas de su trabajo, parejas, hijos, familiares, ministerios de iglesia, evangelismo de vecindario y el deseo de tener relaciones de discipulado significativas. Piensa en algunas de las maneras en que el ministerio de la iglesia puede expandir tu ministerio de discipulado. Por ejemplo, hablamos acerca del uso previo de los momentos de enseñanza regular de la iglesia como el contenido de tus relaciones de discipulado—esto puede ser una manera de maximizar tu tiempo y ser fructífero en la vida de los demás en tu iglesia. Por tanto, considera reunirte con alguien de esta iglesia y hacer que el sermón del domingo en la mañana, o la conversación del domingo en la noche, o la clase del seminario de fundamento sea el contenido de tu relación de discipulado. Pueden hablar juntos sobre aplicación—como el sermón, la conversación o la lección aplican para sus vidas. No necesitan planificar y preparar un estudio bíblico ustedes mismos, en lugar de eso porque no permitir que la enseñanza pública de esta iglesia ayude a crecer y darle forma a ese hermano o hermana en Cristo aun cuando tu tiempo es muy limitado.

Razón #5: porque Dios es glorificado cuando el cuerpo crece unido. (Ro. 14:191 Co. 14:3-512)

Quinto, el cristianismo individualista es una contradicción. No fuiste hecho para vivir la vida cristiana solo. Si sientes que estas creciendo en madurez como cristiano mientras ignoras a los que están a tu alrededor, te desafío en lo que se refiere a la madurez que tienes. ¿En qué punto estas madurando si el cuerpo de Cristo no está reflejando su carácter con mayor claridad? Dios busca que nosotros le glorifiquemos primeramente a través de nuestra vida juntos como iglesia, por tanto debemos esforzarnos en crecer juntos en Él.

Independientemente de que te guste o no, cuando vives en el contexto de la comunidad tu vida está llamada a estar conectada con los demás. Mi hijo – amo verlo crecer. ¿No sería extraño si solo sus pies crecieran, pero su espalda y cuerpo permanecieran del mismo tamaño? Él se vería desproporcionado. El cuerpo de Cristo está llamado a crecer juntos. Mientras creces esto es recibido por los demás, quienes también crecen. Dios espera que nosotros maduremos juntos como comunidad, creciendo juntos hacia un mayor parecido a Cristo.[PAUSA PARA PREGUNTAS]

Razón #6: porque edificar la iglesia es para lo que fuiste dotado.

Sexto, debemos darnos cuenta de que este tipo de iglesia fundamentada en el discipulado está cerca del enfoque de lo que el Espíritu Santo buscaba cuando se te otorgaron los dones espirituales. Tus dones están destinados a bendecir el reino de Dios, si, pero especialmente a bendecir y edificar la iglesia local.

Pablo escribe acerca de esto en 1 Corintios 12:4-7 donde dice: Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. (RVR60)

De la misma manera, en 1 Corintios 14:12 Pablo nos dice: Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia. (RVR60)

Existen muchos debates entre los evangélicos acerca de como exactamente pensar sobre estos dones espirituales. En la mayoría de los debates el propósito de estos dones es muchas veces pasado por alto. Los dones espirituales no son para tu satisfacción personal sino para la edificación de la iglesia.

Razón #7: porque discipular es una manera fundamental de mostrar amor por Cristo y por su iglesia.

Siete, si estás buscando una forma de mostrar amor por la iglesia de Dios, si estás agradecido por la manera en que Dios ha usado esta iglesia para impactar tu vida, entonces no puedo pensar en algo mejor que establecer hacer un bien intencional a otro miembro de tu iglesia local.

Tal y como consideramos anteriormente en este curso, Juan 15:12-15 nos dice como Jesús nos amó al entregar su vida y revelarnos la verdad del Padre. Podemos mostrar nuestro amor a aquellos que Dios a puesto en nuestra iglesia haciendo lo mismo. Puedes mostrar amor por este cuerpo local estableciendo hacer un bien intencional a otros miembros al motivarles y guiarles hacia una consideración más profunda y personal de la Palabra de Dios.

De la misma manera considera 1 Juan 4:19-21 Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano. (RVR60)

Demostramos nuestro amor por Dios cuando amamos a los demás. Juan nos dice «quien ama a Dios debe amar a su hermano.» Lo segundo es una implicación necesaria de lo primero. Asimismo, Juan dice que si amas a Dios y odias a tu hermano, eres un mentiroso. Este lenguaje fuerte expresa que el amor por Cristo y por su pueblo está interrelacionado y no se separa fácilmente. Tu discipulado en la iglesia local es un manera de demostrar a los demás que realmente amas a Dios.

Razón #8: porque el discipulado fundamentado en la iglesia parece ser la hipótesis de todo el Nuevo Testamento.

Ocho, cuando observamos a lo largo del Nuevo Testamento vemos cristianos reunidos en la iglesia con el propósito de la edificación mutua.

Considera Hebreos 10:23-15 Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca. (RVR60)

Nota: cuando el autor nos dice que consideremos como podemos motivarnos unos a otros al amor y las buenas obras, su próximo pensamiento es que no debemos dejar de congregarnos como algunos tienen la costumbre de hacer.

Prácticamente cada epístola del Nuevo Testamento fue escrita para iglesias locales específicas con el fin de motivar el crecimiento espiritual mutuo. 1 y 2 de Corintios fueron escritas a los cristianos de Corinto para  oponerse a las situaciones entre los miembros, para motivar la pureza sexual, para exhortarles a tener un orden en la adoración congregacional, y para aclarar la importancia de la resurrección de Cristo. Los gálatas ayudaron a los creyentes de Galacia a luchar contra el legalismo y la vida de fe. Las cartas pastorales fueron escritas a Timoteo y Tito para ayudarles a enseñar y motivar mejor a los creyentes en el contexto de las iglesias locales de Creta y Éfeso. Cada epístola establece que el discipulado y el crecimiento tienen lugar en el contexto de la iglesia local.

Razón #9: porque el discipulado fundamentado en la iglesia refleja unidad en medio de la adversidad. (Ver Ap. 5:9-10)

Nueve, el discipulado fundamentado en la iglesia refleja unidad en medio de la adversidad. En su libro titulado «The Disciple-Making Church» [La Iglesia que hace Discípulos], el autor Bill Hull establece que fácil formar un ministerio para-eclesiástico de discipulado de personas similares con intereses similares. En las entrevistas de membresía, muchas veces le digo a las personas que no solo se compartan con personas que son igual a ellos. En la iglesia vemos la gloria y el valor del evangelio reflejado cuando las personas que no son iguales se relacionan amándose con un amor que está enfocado en el evangelio. Fortalecemos nuestro testimonio cristiano cuando mostramos unidad en medio de nuestra diversidad.

Por tanto considera cuanto de tus amigos se parecen a ti—tienen más o menos la misma edad, los mismos intereses, el mismo estilo de vida, los mismos pasatiempos, la misma etapa de vida? ¿O has dejado eso para cultivar relaciones con personas muy diferentes a ti? Pienso que compartir con personas que son como tú es una señal de egoísmo; y aprender a amar a otros que no son como tu es un buen indicador de alguien que está creciendo a la imagen de Cristo.

Razón #10: porque la iglesia es más sana cuando tiene una «cultura de discipulado.» (Ver Dt. 11:18-21)

Finalmente, debemos retroceder y tomar una visión panorámica de como luce el discipulado en el contexto de una iglesia local. Ciertamente, esto puede tomar la forma de un programa pero eso no es lo que la Escritura busca. Parece ser que en el cuerpo de una iglesia local la naturaleza de las relaciones de discipulado es más orgánica, intencional pero no necesariamente estructurada, deliberada pero no definida claramente. El lenguaje de la Escritura no gira alrededor de la teoría de la organización o la administración sino del amor. El amor de Dios por nosotros y nuestro amor por los demás.

Eso es lo que los ancianos de esta iglesia desean motivar y puedes gozarte de ser parte de ello. De no ser un programa de discipulado sino una cultura de discipulado—una red amorosa de relaciones donde es normal que los miembros de CHBC determinen hacerse un bien espiritual unos a otros.

  1. Donde las personas no necesitan inscribirse para nada, o ser reclutados, o buscar un permiso antes de establecer una relación de discipulado de motivación mutua.
  2. Donde los miembros simplemente entienden que es bueno para ellos reunirse a almorzar o tomar un café para hablar acerca de cosas espirituales.
  3. Donde la motivación mutua es vista como un ministerio normal y básico en la iglesia.
  4. Donde la rendición de cuentas y la transparencia son estratégicas y un deleite como buenos dones de un Dios amoroso y sabio.
  5. Eso es lo que queremos motivar en CHBC y esperamos que Dios te ayude a ser parte de ello. Queremos que de manera instintiva defiendas y aumentes esa cultura a través de tu propia iniciativa amorosa de motivar espiritualmente a otros miembros de CHBC.

¿Cómo hacemos que esa cultura crezca? Cuando hacemos que los líderes la modelen. No creando barreras estructurales que la inhiban. Motivando a las personas a tomar una responsabilidad personal en ello. Enseñándolo desde el púlpito y en nuestros seminarios de fundamentos.

Cómo comenzar

Una vez que decidimos hacia dónde vamos a enfocar nuestro esfuerzo por construir relaciones de discipulado, necesitamos abordar la pregunta práctica de cómo comenzar. Algunos de ustedes han sido anteriormente parte de ministerios de discipulado que estaban muy bien estructurados, como un ministerio para-eclesiástico universitario. Puede que te identifiques con esta idea de utilizar la iglesia como una plataforma para el discipulado, pero encuentras más difícil la idea de cómo llevarlo a cabo. Para considerar esto podríamos dividir la discusión restante en tres partes sencillas—quien, cuando, que.

¿En quién invertirás tu tiempo? ¿Cuándo se reunirán? ¿Qué harás durante el tiempo de reunión? Hablaremos más profundamente de esto más tarde en el curso, pero hablemos brevemente de estos 3 elementos ahora.

Quién

¿En quién debes invertir tu tiempo? Existen varias consideraciones importantes que debes tomar en cuenta. ¿A quién conoces aquí en CHBC? ¿A quién piensas que estarías más dispuesto a motivar? ¿Cuáles son las mayores necesidades de la iglesia? Todas estas son buenas preguntas para hacer.

Gran parte del enfoque de esta lección es ayudarte a ver más del beneficio de invertir en la vida de otras personas aquí en tu iglesia local. Una de las mejores cosas que puedes hacer es simplemente trabajar deliberadamente en establecer relaciones con personas aquí en CHCB. Puedes pasearte alrededor del puesto de libros y buscar nuevos hermanos que aun no tengan personas con quien hablar el domingo en la mañana e iniciar una conversación. Puedes conocer las personas que están trabajando contigo en el ministerio o están en tu grupo pequeño.

Una de las ventajas de estar en una iglesia transicional es que constantemente tiene nuevos miembros que están dispuestos a conocer a otros. Si estás teniendo un tiempo difícil tratando de conocer a otros, entonces deja de tratar de «forzar» los encuentros sociales. Los nuevos miembros están más dispuestos a conocer a otros.

Puedes decirle al personal que estás interesado en reunirte con otra persona para exhortación mutua. Es probable que ellos tengan sugerencias y personas que puedes contactar.

En realidad no existe una respuesta a la pregunta quién. Solo necesitas decidir que quieres comenzar a reunirte para tener conversaciones espiritualmente motivadoras y hacerlo.

Cuándo

¿Cuándo debes reunirte con esta persona? Bueno, eso puede en gran medida ser parte de tu propia agenda. Ciertamente, debe ser lo suficientemente frecuente como para permitir una rendición de cuentas útil y significativa. Si solo ves a alguien cada 2 ó 3 meses, eso no permitirá el tipo de contacto con sus vidas que pueda ser más útil para su crecimiento espiritual. La mayoría de las personas encuentran útil reunirse por lo menos cada dos semanas, o como mínimo una vez al mes.

Qué

Para muchas personas es una de las preguntas más difíciles de responder para comenzar a bendecir a otros en una relación de discipulado. Como mencioné hace un momento, lo que queremos cultivar es una cultura y no un programa. Queremos modelar y motivar una cultura de vivir juntos con un enfoque en hacernos un bien espiritual unos a otros. Por tanto, lo que haces no es tan importante como el hecho básico de que se encuentre enfocado en la Biblia y sea espiritualmente edificante. Lee un libro. Discute un sermón. Oren juntos por el directorio de CHBC. No existe un programa específico o libro a seguir. Tienes muchas buenas opiniones, así que es tu responsabilidad escoger una.

Conclusión

Que bendición tan maravillosa es la iglesia local para nosotros. Vivir juntos como iglesia ofrece una oportunidad de ser fructífero en la vida de los demás. Aquí en Capitol Hill Baptist estás rodeado de cientos de otras personas que se han comprometido a buscar tu bienestar espiritual y permitir que otros los motive a ellos también. Cuando nos convertimos en miembros firmamos un pacto que dice que trabajaremos por el bienestar de los demás miembros.

Por tanto y en resumen, no estamos afirmando que otros lugares de discipulado son equivocados sino que no es la perspectiva que vemos en la Escritura. La manera principal que Dios parece habernos dado para ser fructíferos en el discipulado es a través de la red de relaciones de la iglesia local.

Aparte de nuestro amor por Cristo y su iglesia, este debe ser tu enfoque principal para el discipulado. Las personas con las que hemos pactado son un enfoque maravilloso para manifestar nuestro amor y preocupación por el discipulado.

Recuerda que la iglesia existe en parte para ayudarte a discipular, así que valórala como tal.

Cierro con 1 Tesalonicenses 5:9-11 Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él. Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis. (RVR60)

Por CHBC Capitol Hill Baptist Church (CHBC) es una iglesia bautista en Washington, D.C., Estados Unidos

El siglo IV: un tiempo trascendental

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El siglo IV: un tiempo trascendental

Por Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El siglo IV fue uno de los períodos más significativos durante los primeros mil quinientos años de la existencia de la Iglesia. En él ocurrieron una serie de eventos que marcaron la trayectoria de la Iglesia hacia el futuro.

El siglo comenzó con dos acontecimientos importantes.

PERSECUCIÓN

Los cristianos son llamados a vivir en paz con los demás en la sociedad (ver Rom 12:18). Pero a pesar del deseo de la Iglesia de contribuir a la sociedad y vivir en paz, la persecución continúa. Los emperadores o dictadores casi nunca comprenden el hecho de que los cristianos serán sus mejores ciudadanos. Trágicamente, los gobernantes suelen preferir el totalitarismo por encima de la gracia y sus efectos.

Cuando inició el siglo, Diocleciano (245-313) ya llevaba una década y media siendo emperador romano. Nacido en el anonimato, ascendió entre los rangos militares y fue declarado emperador en 284. Era un organizador y administrador extraordinariamente talentoso y, a su manera, un reformador del ahora inestable Imperio. Durante la mayor parte de su reinado, los cristianos disfrutaron de una paz relativa. Pero Diocleciano se convenció de que la única forma de fortalecer el Imperio romano era mediante un gobierno virtualmente totalitario. Esto a su vez requería un compromiso por parte de cada ciudadano a ver a su autoridad «divina» como sacratissimus Dominus noster (nuestro más sagrado Señor). Todo lo que se interpusiera en el camino de este gran plan era reprimido.

En el 303, la persecución estalló y las iglesias fueron destruidas. Al darse cuenta de que el cristianismo era una fe anclada en libros, Diocleciano también trató de destruir los libros de los cristianos, especialmente las Escrituras. Luego trató de destruir a los líderes de la Iglesia, y más adelante a los cristianos en general, si se negaban a inclinarse ante su decreto de que todos los ciudadanos del Imperio debían hacer sacrificios a los dioses de Roma. Por la gracia de Dios, muchos cristianos tuvieron el valor para permanecer firmes.

Diocleciano abdicó en el 305 y vivió los últimos años de su vida retirado en lo que ahora es Split, Croacia. Pero la persecución continuó.

Cuando leemos relatos de martirios, a veces es difícil distinguir la verdad de la exageración. En ocasiones, parecen exagerados. Pero tal vez la exageración surgió del deseo de establecer un contraste con otros cristianos que fueron intimidados, algunos de los cuales entregaron copias de las Escrituras que fueron quemadas. Esto hizo que la Iglesia tuviera otro problema: los cristianos fracasados, los traditores. ¿Qué pasaría si en tiempos posteriores de relativa calma quisieran regresar al redil?

Diocleciano se quitó la vida en el 313. Dos años antes, el Edicto de Nicomedia (311) había puesto fin a la persecución.

EL CULTO A LA SUAVIDAD

Los sufrimientos soportados por tantos cristianos resaltaron una segunda tendencia: una sensación creciente de calma y consuelo en aquellos que profesaban ser seguidores del Crucificado.

En la fe cristiana hay misterios y doctrinas que retan nuestras mentes. Pero a veces lo que más nos desafía no son las enseñanzas complejas, sino las más claras y sencillas. Confiamos en un Salvador crucificado que resucitó de entre los muertos, y le seguimos. En consecuencia, nuestras vidas estarán marcadas por la cruz. El camino a la vida es el camino de la muerte.

Puesto que nos alejamos instintivamente del sufrimiento, no debería sorprendernos que la misma reacción haya estado presente a principios del siglo IV.

La respuesta de unos cuantos al «amor sutil por suavizar las cosas» fue rechazar al mundo, abandonar la sociedad y vivir como ermitaños, distanciados del mundo y separados de los cristianos mundanos. Este movimiento ganó fuerza especialmente en Egipto, donde los hombres se mudaron al desierto para vivir vidas totalmente solitarias, anhelando contemplar las glorias de Dios y buscando Su presencia y poder para vencer la tentación. Sin embargo, muchos de ellos descubrieron que el desierto no está fuera del alcance del diablo.

ANTONIO

El más influyente de estos ermitaños fue Antonio (251-356), quien nació en Coma, Egipto. Mientras estaba en un servicio de su iglesia poco después de la muerte de sus padres, fue sobrecogido por las palabras de Jesús al joven rico cuando le dijo que vendiera todo y le siguiera. Tomando las palabras literalmente, se comprometió con un estilo de vida ascético en el desierto más o menos desde el 285 hasta el 305, donde formó a un grupo de monjes. Más adelante, regresó al desierto. Era ampliamente admirado, especialmente cuando Vida de Antonio (escrita por Atanasio) se hizo popular.

Paradójicamente, ambas influencias —la persecución y la vida monástica— tenían el potencial para destruir el testimonio de los cristianos. Si la oscuridad vence a la luz o la luz es eliminada del mundo, el mundo se oscurece. Si sacamos la sal del mundo, la decadencia moral y espiritual es inevitable. Así que las vidas de estos monjes del desierto, a pesar de su notable ascetismo, nos advierten que Cristo nos ha llamado a no abandonar el mundo, sino a vivir sacrificialmente en él.

Además de estos movimientos, debemos tomar nota de tres eventos importantes que tuvieron lugar durante el siglo IV.

CONSTANTINO

El primero fue que Constantino se convirtió en emperador. Según el autor cristiano del siglo IV llamado Lactancio, mientras Constantino luchaba por el control del Imperio romano, tuvo un sueño notable justo antes de la Batalla del Puente Milvio. Como resultado, luchó bajo el signo de la cruz, el cual se convirtió en el famoso monograma chi-rho (por las dos primeras letras de la palabra “Cristo” en griego). Cualquiera que sea la verdad, Constantino ganó la batalla y atribuyó su victoria al poder de Cristo. Inmediatamente comenzó a relajar las leyes penales contra los cristianos, y con el tiempo logró que el cristianismo fuera la religión oficial del gran Imperio romano.

Eran buenas noticias: el fin de la persecución. Pero también eran malas noticias. Era bueno en el sentido de que los cristianos ahora eran libres de adorar a Cristo sin obstáculos físicos. Pero era malo en el sentido de que, por primera vez, el cristianismo se había convertido en la religión del Estado. Los ciudadanos del Imperio romano ahora se verían a sí mismos como cristianos de facto. La distinción bíblica básica entre nacimiento natural y nacimiento espiritual se había perdido. Constantino hizo mucho para ayudar a la Iglesia. Pero este error fatal estorbó a la Iglesia a largo plazo al minimizar la diferencia entre un ciudadano de este mundo y un ciudadano del mundo venidero. La Iglesia en Occidente nunca ha sido la misma desde entonces.

NICEA

El segundo evento importante del siglo IV fue el Concilio de Nicea en el 325. Resolvió de manera oficial (pero no final) un amargo debate en la Iglesia sobre la identidad de Cristo.

Las semillas de este debate se pueden encontrar en la forma en que los primeros escritores cristianos respondieron la pregunta: ¿En qué sentido es Cristo completamente divino? El problema llegó a un punto crítico a través de la enseñanza de un presbítero (ministro) llamado Arrio, quien había argumentado que si el Hijo fue, como confesaba la Iglesia, «engendrado del Padre», entonces «hubo un tiempo en el que el Hijo no existió».

Frente a Arrio estaba la heroica figura de Atanasio. Este argumentó poderosamente que si el Hijo no es completamente Dios, entonces Él no puede reconciliarnos con Dios ya que Su muerte no tendría un poder infinito para salvarnos del pecado contra un Dios infinito y santo. Cristo solo puede reconciliarnos con Dios si es completamente divino. Además, Atanasio argumentó que si Cristo no es verdaderamente Dios (y, por implicación, lo mismo sería cierto acerca del Espíritu Santo), entonces los cristianos son bautizados en el nombre de un Dios y de dos de Sus criaturas. En otras palabras, el rito cristiano inaugural del bautismo en el único nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo requiere la plena deidad del Hijo para que tenga sentido.

Por su obstinada fidelidad, Atanasio (apodado «el enano negro» por su color y altura) fue exiliado en no menos de cinco ocasiones. Pero aun si el mundo entero hubiera estado en su contra, él estaba decidido a defender la deidad completa de su Salvador (de ahí la expresión Athanasius contra mundum, «Atanasio contra el mundo»). El concilio que convocó Constantino en Nicea en el 325 confirmó la convicción neotestamentaria de Atanasio sobre la deidad absoluta de nuestro Señor Jesucristo.

AGUSTÍN

Un tercer evento importante del siglo IV tuvo lugar en la vida de un individuo cuyos escritos lo han convertido en el pensador más influyente de la Iglesia desde los días de los apóstoles. El evento fue, por supuesto, la conversión de Agustín.

Aurelius Augustinus nació en el 354 en Tagaste, África del Norte (Annaba en la Argelia moderna), hijo de un padre pagano y una madre cristiana, Mónica (a cuyas oraciones Agustín luego atribuyó en parte su conversión). Las nuevas formas de pensar y las experiencias vanguardistas le fascinaban. A la edad de dieciocho años, tomó una concubina con la que vivió durante los siguientes quince años. Parecía haber intentado todo, incluyendo una nueva religión y hasta dietas extraordinarias (en un momento perteneció a una secta que creía que uno debía comer tantos melones como fuera posible).

No halló satisfacción. Al escribir sobre su experiencia en su obra más famosa, Confesiones, señala que por mucho que buscara lo que pensaba era la verdad, realmente estaba huyendo de ella y de la gracia de Dios en Jesucristo.

Años después, Agustín tomó un prestigioso trabajo como profesor de retórica en Milán, Italia. Comenzó a escuchar la predicación del gran Ambrosio, obispo de Milán. Un día, mientras estaba sentado en un jardín, escuchó a un niño en un jardín vecino gritar algunas palabras que pensó eran parte de un juego: tolle lege (toma y lee). Eso desencadenó algo en su mente. Tomó una copia del Nuevo Testamento que yacía sobre una mesa y la abrió en Romanos 13:14: «Antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne». Sintió que Dios le había hablado con la misma claridad con que había escuchado la voz del niño. Hizo exactamente lo que decía el texto. Confió en Cristo. Su antigua manera de vivir había llegado a su fin. Había hallado descanso en Dios, y en ese momento supo que había sido creado para descansar en Él. De ahí en adelante, fue un servidor devoto de Jesucristo. Su pensamiento y escritura determinaron de muchas maneras el curso de la historia de la teología cristiana, hasta los tiempos de la Reforma.

Una de las declaraciones más fascinantes de Confesiones es un comentario que hizo Agustín sobre Ambrosio. Estaba describiendo el momento de su vida en que llegó a Milán. ¿Qué fue lo que le impresionó del obispo? Él nos dice en su soliloquio de oración a Dios: «Empezó a agradarme, no como maestro de la verdad, porque al principio no tenía absolutamente ninguna confianza en Tu Iglesia, sino como un ser humano que fue amable conmigo… Sin embargo, gradualmente, aunque no me daba cuenta, me estaba acercando».

Justino Mártir conoció a Cristo por medio de un cristiano anciano mientras caminaba tranquilamente por la costa; Agustín llegó a la fe a través de la bondad de un obispo elocuente y de las oraciones de una madre. El nombre de Justino sigue vivo en la historia de la Iglesia, pero el anciano que le predicó a Cristo fue olvidado. Muchos cristianos están familiarizados con el nombre de Agustín. Pocos saben el nombre de su madre o el nombre de su ministro, Ambrosio.

Aquí hay un patrón y una lección. Al leer sobre las vidas de hombres y mujeres que han sido utilizados estratégicamente por Cristo para construir Su Reino, notamos que los nombres de aquellos que los condujeron a la fe en Jesucristo tienden a olvidarse o a perderse. Pero su importancia es incalculable. Dios se deleita en usar a personas corrientes y a los que han sido olvidados.

Esto es, sin duda, un gran estímulo para los que vivimos nuestras vidas cristianas en cierto anonimato. No esperamos encontrar nuestros nombres en ningún libro de historia de la Iglesia. Y, sin embargo, pudiera ser que alguien con quien seamos amables, porque amamos a Jesús, sea adoptado y usado extraordinariamente por Dios para construir la Iglesia de Jesucristo.

Cuando Jesús está construyendo Su Iglesia, la fidelidad es mucho más significativa que la fama.

Extracto adaptado de In the Year of Our Lord [En el año de nuestro Señor] por Sinclair B. Ferguson, © 2018, pp. 41-46.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Adiós a lo nuevo, bienvenido lo viejo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Adiós a lo nuevo, bienvenido lo viejo

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

e encantan las antigüedades. Me encantan los muebles viejos, los coches viejos y las casas viejas, pero sobre todo me encantan los libros viejos, los libros viejos y polvorientos. Y no sé tú, pero el polvo me hace estornudar. Recientemente, mi esposa y yo estábamos en una tienda de antigüedades, y encontré una edición  del libro  Un cuerpo de divinidad de Thomas Watson de 1833. El libro estaba escondido en la parte de atrás de la tienda, en la parte superior de una vieja estantería de madera de cerezo que contenía docenas de ejemplares de los libros condensados del Reader’s Digest de los años sesenta. Quienquiera que lo haya puesto sobre ese estante ciertamente desconocía el valor de la publicación de Watson. Y por el aspecto del polvo en la portada del libro, mi sospecha es que esta obra clásica había estado ahí por veinte años o más. Y por supuesto, inmediatamente después de abrir el viejo tomo, estornudé.

Afortunadamente, mi reacción a las cosas viejas y polvorientas es simplemente una espiración de aire temporal y desagradable que puede repetirse o no. Sin embargo, la reacción que mucha gente tiene ante las cosas viejas no es tan insignificante. Hoy en día, nuestra reacción a cualquier cosa que esté avanzada en edad es generalmente negativa. En el siglo XXI, todo es nuevo y mejorado. Adiós a lo viejo, bienvenido lo nuevo: sea lo que sea, si tiene siquiera la apariencia de ser viejo, es hora de algo más contemporáneo. Somos una sociedad que se deleita en lo último, y estamos tan consumidos por la emoción de lo que viene que hemos olvidado las cosas de nuestro pasado. Como resultado, hemos perdido nuestro camino. Y si nosotros, el pueblo de Dios, vamos a ser fieles administradores de nuestro pasado, si vamos a hacer alguna diferencia, entonces debemos recordarnos a nosotros mismos las duras lecciones que hemos aprendido de la historia. Debemos tomar y despolvar los credos históricos de la Iglesia que han resistido la prueba del tiempo. Debemos revivir nuestra gran herencia y volver a despertar a nuestras iglesias a considerar a los héroes de nuestra fe que se han enfrentado al mundo como guardianes de la fe cristiana.

A lo largo de la historia, el mundo ha intentado destruir la Iglesia. En cada siglo, tanto emperadores como herejes han tratado de cambiar las creencias históricas de la Iglesia, y cada vez han fracasado. La historia ha demostrado que el siglo IV fue una época de definiciones. Fue una época de héroes inmortales y confesiones inquebrantables. Y ahora, en el siglo XXI, nunca ha habido un tiempo más crucial para que el pueblo de Dios avive la fe de nuestros padres del siglo IV para que vivamos coram Deo, ante el rostro del Dios de la historia, el Anciano de Días.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Tradición y recuerdo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

Tradición y recuerdo

Por Robert Drake

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

a vida y el ministerio de Nicolás de Bari ocuparon el final del siglo III y los inicios del siglo IV. Él inspiró la amada tradición de Papá Noel (o Santa Claus), y aunque no vivió en el Polo Norte ni viajó en un trineo tirado por renos, ciertamente fue un paradigma de gracia, generosidad y caridad cristianas. Su gran amor y preocupación por los niños lo llevaron a una cruzada que finalmente resultó en estatutos imperiales de protección que se mantuvieron en Bizancio durante más de mil años.

Aunque poco se sabe de la infancia de Nicolás, probablemente nació de padres adinerados en Patara, Licia, una provincia romana de Asia Menor. Siendo un hombre muy joven, se le conoció por su piedad, buen juicio y caridad, y por eso fue elegido obispo de la destruida diócesis de Mira. Allí se hizo famoso por su santidad personal, su celo evangelístico y su compasión.

Las primeras historias bizantinas reportan que sufrió la cárcel e hizo una famosa profesión de fe durante la persecución de Diocleciano. Según se dice, estuvo presente en el Concilio de Nicea donde condenó explícitamente la herejía del arrianismo. Una historia cuenta que abofeteó al hereje Arrio por pronunciar sus infames abominaciones.

Pero fue su amor por los niños lo que le ganó su mayor renombre. Aunque mucho de lo que sabemos sobre su trabajo en favor de los pobres, los despreciados y los rechazados probablemente ha sido distorsionado por las leyendas y las tradiciones, es evidente que fue un defensor de los oprimidos, otorgándoles regalos como muestras de la gracia y la misericordia del evangelio.

Una leyenda cuenta cómo un ciudadano de Patara perdió su fortuna y no pudiendo levantar dotes para sus tres jóvenes hijas, decidió entregarlas a la prostitución. Al enterarse de esto, Nicolás tomó una pequeña bolsa de sus propias monedas de oro y la arrojó por la ventana de la casa del hombre en la víspera de la fiesta de la Natividad de Cristo. La hija mayor se casó con estas monedas como su dote. Él hizo el mismo servicio de gracia para las otras dos chicas en las dos noches siguientes. Las tres bolsas, representadas en un arte con el santo, se presume que fueron el origen del símbolo de las casas de empeño que tiene tres bolas o monedas de oro. Pero también fueron la inspiración para que los cristianos iniciaran la costumbre de dar regalos en cada uno de los doce días de Navidad.

En otra leyenda, Nicolás salvó a varios jóvenes de una muerte segura cuando los sacó de una tina profunda de salmuera de vinagre, otra vez, en la fiesta de la Natividad. Desde entonces, los cristianos recuerdan el día regalándose grandes pepinillos crujientes.

A través de los siglos, las tradiciones asociadas con Nicolás han mostrado ser un incentivo para alejarse de la trampa y la afrenta doble del materialismo y el ascetismo. En medio del cambio vertiginoso del mundo moderno, necesitamos esas tradiciones más que nunca. Las conexiones con el pasado son las únicas pistas seguras para el futuro. Por tanto, el ámbito de la tradición no es un asunto solo de los historiadores y los científicos sociales.

Una y otra vez esta tensión es evidente en las Escrituras. Dios llama a Su pueblo a recordar: Él los llama a recordar la esclavitud, la opresión y la liberación de Egipto; Él los llama a recordar el esplendor, la fuerza y ​​la devoción del reino davídico; Él los llama a recordar el valor, la rectitud y la santidad de los profetas; Él los llama a recordar las glorias de la creación, la devastación del diluvio, el juicio a las grandes apostasías, los eventos milagrosos del Éxodo, la angustia de la peregrinación en el desierto, el dolor del exilio babilónico, la responsabilidad de la restauración, la santidad del Día del Señor, la gracia de los mandamientos y la victoria definitiva de la cruz; Él los llama a recordar las vidas y el testimonio de todos aquellos que han ido antes en la fe —los antepasados, padres, patriarcas, profetas, apóstoles, predicadores, evangelistas, mártires y confesores— cada espíritu justo purificado en Cristo.

Estamos enamorados del progreso. Vivimos en un tiempo en el que las cosas brillantes y nuevas se aprecian mucho más que las viejas y anticuadas. Pero muchos de los hombres y mujeres más sabios de todos los tiempos han reconocido que la tradición es un fundamento sobre el cual debe construirse todo verdadero avance, que es, de hecho, el requisito previo para todo progreso genuino. Nunca debemos permitir que las conveniencias temporales superen las exigencias permanentes.

Los mercadólogos modernos y los intereses comerciales pueden muy bien abusar de tradiciones como las que giran en torno al personaje de Nicolás de Bari. Pero también pueden ser poderosos incentivos para recordar las cosas que más importan. Pueden ser los medios por los cuales la belleza, la bondad y la verdad prevalezcan en nuestros hogares, nuestras comunidades y nuestro país, tanto en el mes de agosto como en diciembre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant

George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.

El largo camino a casa

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

El largo camino a casa

Por Robert Drake

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Del 249 al 260 d. C., muchos cristianos negaron la fe para escapar de la persecución. Pero cuando las persecuciones cesaron, algunos de los infieles quisieron ser readmitidos en la Iglesia. Novaciano de Roma dijo que a nadie se le debería permitir regresar. Novato de Cartago dijo que a todos se les debería permitir volver. Cipriano de  Cartago dijo que solo aquellos que mostraban señales de verdadero arrepentimiento debían ser readmitidos.

Cuando nos preguntamos cómo deberíamos responder a los que han sido excomulgados por varias razones pero que quieren volver, podríamos usar el planteamiento «cipriano» de la restauración de la fe, luego de preguntarles qué piensan ellos que es la fe. Para Jesús, el paradigma de la fe era el mártir. Él dijo, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mat 16:24). Este era el único entendimiento de la fe que podía preparar a los primeros cristianos para enfrentar la muerte. Pero esa fe no estaba reservada solo para aquellos que perderían sus vidas sino que tenía la intención de caracterizar a cada creyente. Seguir a Jesús al tomar la cruz, o como escribió Pablo, para estimar «como pérdida todas las cosas» (Fil 3:8), era convertirse en un mártir en entrenamiento.

Podríamos usar la fe de los mártires que siguieron a Jesús como una guía para definir cuatro categorías comunes de personas de hoy en día que han sido excomulgados de la iglesia pero que quieren regresar.

1. Algunos negaron a Cristo y estaban involucrados en la inmoralidad. 

Esta es la peor situación pero la más fácil de manejar para la iglesia. La confesión debe reemplazar la negación; la moralidad debe reemplazar la inmoralidad. Una confesión renovada de fe puede ser instantánea, porque la persona ya ha confesado previamente a Cristo y sabe lo que ha de ser afirmado. Sin embargo, ya que la persona abandonó la fe, es necesario algún período de instrucción para discernir si la persona ahora asimila (o si en algún momento asimiló) que el paradigma de la fe es el mártir. 

Por supuesto, en la misericordiosa providencia de Dios, es probable que una persona que vuelve no tenga que morir físicamente por la causa de Cristo. Sin embargo tendrá que abandonar su inmoralidad, y el motivo del corazón para dicha auto-negación fluye de la auto-negación básica que toma la cruz. Se necesita tiempo para ver si el viejo patrón de conducta ha sido abandonado y para mantener en observación el nuevo patrón de seguir a Jesús.

2. Algunos negaron a Cristo pero no estaban involucrados en la inmoralidad.

Ya que no hay patrón inmoral a vencer, el período de restauración puede ser más rápido. 

3. Algunos estaban involucrados en la inmoralidad pero alegaban que nunca negaron a Cristo. 

En esta categoría encontraremos probablemente a algunos que insisten en que su pecado fue simplemente un asunto de debilidad. Se ven a sí mismos como el hermano-creyente en Lucas 17:4, quien peca repetidamente pero cuyo estatus como hermano arrepentido debería traer restauración inmediata. Si la iglesia se resiste y requiere tiempo, por lo general la persona considera la iglesia como inmisericorde.

No obstante, tal persona no comprende bien la diferencia entre lo que es relacionado a individuos y lo que es relacionado al tribunal de la iglesia. El arrepentimiento del ofensor en Lucas 17 es lo que evita que su pecado no llegue al tribunal de la iglesia. La situación es paralela al primer paso en Mateo 18, donde el arrepentimiento concluye el asunto. Si un pecado es traído ante el tribunal de la iglesia para un veredicto, el alegato del ofensor de ser un hermano viene a ser irrelevante. En ninguna parte en el proceso de Mateo 18 la fe profesada de la parte culpable se toma en consideración. Del mismo modo, en 1 Corintios 5, cuando Pablo pide la expulsión del hombre que vivía con su madrastra, el hombre estaba en la iglesia en ese momento y supuestamente todavía profesaba fe.

En nuestros días, la insistencia misma del pecador de que nunca abandonó la fe, viene a ser la razón por la cual el proceso de restauración tiene que tomarse tiempo. Tanto el tribunal de la iglesia como el ofensor necesitan saber cuál es esa fe que clama la negación del yo y el estimar todas las cosas como pérdida a fin de enfrentar la fosa de los leones del martirio, y aún así gratifica el yo con inmoralidad. 

4. Algunos alegaban que ni negaron a Cristo ni se involucraron en la inmoralidad. 

Estos alegan que el tribunal de la iglesia les malentendió y que la sanción contra ellos es una injusticia que debería ser revocada. Si esto significa que la iglesia no ha seguido Mateo 18, entonces es una situación terrible y los líderes responsables de la iglesia deben arrepentirse y reincorporar a la persona. Sin embargo, lo que a menudo sucede es que la persona acusada de negar a Cristo o de involucrarse en inmoralidad rehúsa participar en el proceso de Mateo 18. Un tiempo después, la persona podría decir que no entendió la importancia del proceso, que estaba demasiado enferma para comparecer, que estaba demasiado ocupada, que no era de fácil palabra, que quería poner la otra mejilla, que quería proteger a su acusador quien era realmente la parte culpable, o que estaba convencida de que su acusador había logrado prejuiciar a los líderes de la iglesia contra ella. Cada una de estas excusas suena razonable. Pero el verdadero asunto es que la persona falló en someterse al proceso que el Señor dio a Su Iglesia para procurar justicia. El Señor apoyó este proceso cuando dijo, «y si también [el acusado] rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos» (Mat 18:17). La razón de la expulsión no es solo la acusación original sino también la resistencia a escuchar la iglesia. Entonces, el asunto de la restauración viene a ser si hay evidencia de que la persona escuchará a la iglesia. En el lenguaje de los mártires, podríamos preguntar por qué una persona que dice haberse negado a sí misma y haber tomado su cruz no acató lo que Jesús ordenó.

Los líderes de la Iglesia antigua quizá se preguntaron cómo podían estar seguros de una persona hasta que vieran su reacción bajo la próxima persecución. La respuesta podría ser, en aquel entonces y ahora: «¿La ves negándose a sí misma por la causa de Cristo? Si es así, esa es la fe de los mártires. Démosle la bienvenida a casa».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Drake
Robert Drake

El reverendo Robert Drake es el pastor principal de la Friendship Presbyterian Church en Black Mountain, N.C.

Desenmascarando la herejía

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

Desenmascarando la herejía

Por John D. Hannah

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Nuestros predecesores se habrían ahorrado mucho tiempo, esfuerzo y dolor si Dios nos hubiera dado un glosario de términos cuando se reveló a nosotros a través de las Escrituras. La Biblia no es una teología sistemática, con todas las preguntas difíciles, que nosotros podríamos exigirle, claramente respondidas en oraciones completas formando un bosquejo perfecto. En ciertas maneras, no es un libro fácil de entender.

Hay varias razones para esto. Primero, en el libro que nos dio, Dios se describe como incomprensible, más allá de nuestro entendimiento. Si bien Dios verdaderamente se ha revelado a Su pueblo, Él no ha querido revelarse completamente. Segundo, y estrechamente relacionado con la idea anterior, si bien Dios en Su gracia ha condescendido a hablarnos en símbolos lingüísticos que podemos entender, el lenguaje finito no es capaz de captar con precisión la realidad infinita. En tercer lugar, las mentes de los redimidos están deterioradas por el pecado remanente que se adhiere a todas nuestras facultades y lo continuará haciendo hasta que recibamos nuestros cuerpos nuevos en la resurrección final. Cuarto, el diablo y su séquito batallan contra la verdad, aprovechando cada instancia posible para pervertir nuestras mentes, distorsionar nuestros afectos y desviar nuestras voluntades.

Aceptamos muchas cosas porque Dios se ha revelado a nosotros por Su Espíritu, dando testimonio de la viva Palabra de Dios, Cristo, a través de las páginas de la Biblia. Si bien es difícil para la mente humana comprender estas cosas, afirmamos que es irracional creer lo contrario. Entre las verdades que son difíciles para los que no han conocido al Salvador es la naturaleza trinitaria de la Deidad, la Trinidad. Sin embargo, esta visión es la base sobre la cual se levanta el cristianismo. Si Dios no es trino, Él no es el Redentor, ya que la Biblia es clara en que uno solo es salvo a través de la obra trina de Dios (el Padre redimiendo, el Hijo comprando y el Espíritu aplicando por medio de Su morada; Ef 1:3-14). La verdad de que Jesucristo es Dios (Jn 1:1) es parte integral del mensaje del evangelio.

Pero ¿cómo puede alguien con coherencia racional creer la verdad de Deuteronomio 6:4 («El SEÑOR uno es») y la verdad de que Dios es tres (Mt 28:192 Co 13:14)? ¿Cómo expresar la singularidad de Dios y al mismo tiempo afirmar la pluralidad de Dios, Su unidad y Su trinidad? O, para exponer el problema con el que luchó la Iglesia primitiva, ¿cómo puede alguien confesar que Dios es uno y, sin embargo, confesar que Jesucristo es Dios? No es una pregunta fácil. Y aun así, los padres de la Iglesia primitiva entendieron que era esencial el encontrar una respuesta. Ignacio de Antioquía, un discípulo de Juan el apóstol, se refirió a Cristo con palabras tales como «Dios encarnado», «nuestro Dios» y «Dios manifestado como hombre» (Ignacio de Antioquía, «Carta a los efesios», caps. 7:2 y 19:3). Y Tertuliano (c. 160-225) acuñó el término trinidad al hablar de la Deidad de esta manera: «Si bien yo siempre mantengo una única sustancia en tres (personas) coherentes e inseparables, sin embargo estoy  obligado a reconocer… que Aquel que ordena es diferente de Aquel que ejecuta» (Contra Práxeas, 12).

Tomó tres siglos de discusión, avivada por críticos fuera de la Iglesia (que usaron el aparente dilema para atacar su credibilidad) y por maestros dentro (que enseñaron el error mientras pretendían defender la verdad) hasta llevar a la Iglesia a los concilios de Nicea (325) y de Constantinopla (381). En esas reuniones, nuestros antepasados resolvieron el problema al eliminar formas erróneas de definir la relación entre el Padre y el Hijo y al declarar la verdad en un credo.

La aparición de dos intentos erróneos de explicar la diversidad y la unidad en la Deidad condujo las cosas a una resolución. Una de ellas fue la enseñanza llamada adopcionismo o monarquianismo dinámico (este último término, acuñado por Tertuliano, se refiere a la singularidad de Dios, que Dios es uno). Esta visión planteaba la solución subordinando el Hijo al Padre. Los defensores del modalismo, como Pablo de Samósata y, más tarde, los arrianos, los socinianos y figuras del actual movimiento liberal dentro de la cristiandad, argumentaron que Jesucristo no posee una igualdad absoluta con el Padre. Más bien, debido a las habilidades, la moral y las ideas únicas de Jesús, Dios escogió honrarlo con el título «Hijo de Dios» (una designación no ontológica).

La influencia del modalismo presentó un peligro igual o incluso mayor para la salud de las iglesias porque varios obispos de Roma (papas) lo adoptaron en el siglo III. En un intento por preservar la verdad de la unidad de Dios, varios eclesiásticos enseñaron que los nombres de Dios expresan múltiples manifestaciones de Dios. Dios es uno y se revela a Sí mismo, no en varias personas, sino que se metamorfosea en la apariencia de uno o de otro, ya sea como Padre, como Hijo o como el Espíritu Santo. Tertuliano resumió la visión de Práxeas, declarando: «Es imposible creer en un solo Dios a menos que se diga que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la mismísima persona» (Contra Práxeas, 2).

La persona cuyo nombre en la práctica se identificó con el modalismo fue Sabelio de Pentápolis. Gregorio Nazianceno, el obispo de Constantinopla del siglo IV, criticó a Sabelio diciendo: «Porque tampoco el Hijo es el Padre, porque el Padre es Uno, pero el Hijo es lo que el Padre es; tampoco el Espíritu es el Hijo porque Él es de Dios, porque solo hay un Hijo: el Unigénito; pero el Espíritu es lo que el Hijo es. Los tres son Uno con respecto a la Divinidad, y el Uno es tres respecto a Sus características» (Los cinco discursos teológicos, 5.9).

Mientras la posición adopcionista, que fue condenada en el Sínodo de Antioquía en el año 269 d. C., parecía preservar la unidad de la Divinidad denigrando la deidad de Cristo, la visión modalista exageró la unidad de la Divinidad, destruyendo el carácter distintivo de las personas en Ella.

La persecución romana del cristianismo terminó a principios del siglo IV. La defensa del cristianismo y la tranquilidad en el imperio se volvieron tan importantes que el emperador Constantino convocó al primer gran consejo en la historia de la Iglesia para resolver la controversia sobre la relación entre el Padre y el Hijo. De los obispos que se reunieron en Nicea, cerca de Constantinopla, tres partes se hicieron evidentes: los que temían el adopcionismo, los que temían el modalismo y una mayoría que no parecía haber comprendido la gravedad de los problemas.

El Credo Niceno del 325 no acabó con el acalorado conflicto. Atanasio sintió que era un golpe mortal para cualquier intento de subordinar el Hijo al Padre pero otros pensaron que permitía el error del modalismo. En consecuencia, la controversia continuó en la Iglesia durante décadas, hasta el Concilio de Constantinopla (381 d. C.). Allí, con las definiciones cuidadosamente elaboradas por los eclesiásticos, la relación de las tres personas divinas fue finalmente aclarada. Se estableció que la Divinidad era una en esencia, una comunidad compartida de características a las que llamamos los atributos de Dios. Además, tres personas distintas comparten este fondo de atributos comunes y lo comparten por igual. Por lo tanto, es apropiado hablar de la Deidad como compuesta por Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo.

Aun así, la explicación modalista de Jesucristo no se extinguió con el rechazo por parte de la Iglesia en el siglo IV. El «padre del liberalismo moderno», Friedrich Schleiermacher (1768-1834), explicó la Trinidad como una manifestación múltiple de la conciencia de Dios; él rechazó la noción de distintas personas en la Deidad. Incluso hoy en día, la Iglesia Pentecostal Unida niega la existencia de las tres personas en la Deidad.

En última instancia, los enfoques modalistas de la Trinidad de Dios convierten la Biblia en un caos. El uso de frases tales como «Hagamos» en la narrativa de la creación indica la pluralidad de número en la Divinidad. Además, en el bautismo de Cristo, Dios habla desde el cielo y dice: «Este es mi Hijo amado». No dijo: «Me estoy hablando a Mí mismo». El modalismo hace a Dios un esquizofrénico furioso. Sin embargo, una lectura cuidadosa de tales pasajes de la Biblia nos lleva a creer que hay distintas personas en la Deidad. Este entendimiento de las Escrituras es un precioso legado de nuestros padres de la Iglesia primitiva.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John D. Hannah
John D. Hannah

El Dr. John D. Hannah es profesor y presidente del departamento de teología histórica del Seminario Teológico de Dallas, Texas.

Vasos de barro

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

TENIÉNDOLO POR SUMO GOZO: LOS HECHOS DE CRISTO EN EL TERCER SIGLO

Vasos de barro

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

R.C. Sproul

Si existe un padre de la Iglesia cuyas ideas hayan sido rigurosamente distorsionadas y tergiversadas para que se ajusten a las agendas modernas y al revisionismo histórico, ese es Tertuliano, el apologista del siglo III.

Tertuliano, cuyo nombre completo era Quinto Septimio Florente Tertuliano, se ganó el título de «padre de la teología latina». Vivió principalmente en Cartago, en el norte de África, entre los años 160 y 200 d. C. Luego de convertirse durante su adultez, usó sus habilidades como abogado profesional para la defensa intelectual de la fe cristiana.

Hay dos frases que con frecuencia se le atribuyen a Tertuliano. La primera seguramente es genuina; con respecto a la segunda, hay muchas sospechas.

La primera frase es esta: «¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué relación hay entre la academia y la Iglesia?». Estas preguntas son retóricas y se asume que la respuesta a cada una de ellas es una enfática negación. Tertuliano sostenía enérgicamente la superioridad de la revelación apostólica frente a la filosofía especulativa. Era un fuerte crítico de los filósofos de Atenas —Platón, Aristóteles, y otros— pero no tan crítico hasta el punto de nunca apelar a ellos cuando podían servir a la causa de la defensa del cristianismo. Tertuliano estaba inmerso en un combate intelectual con los herejes de su tiempo, especialmente con los gnósticos, que a ratos intentaban suplantar la revelación bíblica con sus propias teorías místicas y especulativas, y en ocasiones intentaban atribuirles respaldo apostólico a sus posturas.

Tertuliano defendió tanto la autoridad de la Escritura como la autoridad de la Iglesia, parándose sobre los hombros de Ireneo.

El segundo enunciado es probablemente espurio, pero con frecuencia se le atribuye a Tertuliano. Es la frase: «Credo ad absurdum», que literalmente significa «creo porque es absurdo». La idea de que hay alguna clase de virtud en creer algo porque es absurdo es un credo bien recibido en una cultura posmoderna fuertemente influenciada por el irracionalismo existencial. Toda una escuela de teólogos «dialécticos» del siglo XX se glorió en lo irracional, siendo Karl Barth quien afirmó que uno no alcanza la madurez como cristiano hasta que está dispuesto a afirmar los dos polos de una contradicción. Su compatriota Emil Brunner insistió en que la contradicción es el distintivo de la verdad. Estos teólogos tenían tal aversión al racionalismo que terminaron sacrificando la racionalidad.

Este enfoque hacia la teología da luz al fideísmo, que no sólo distingue a la fe de la razón, sino que la separa de ella como la sola base de la verdad cristiana. Los fideístas tienden a ser escépticos con respecto al uso de la razón o la evidencia para defender las pretensiones de verdad del cristianismo. Según su postura, ser «racional» es hundirse en un modo de pensamiento greco-pagano subcristiano o anticristiano.

Incluso en la teología reformada moderna, vemos una tendencia hacia el irracionalismo, aun al punto de que algunos académicos «reformados» de hecho sostengan que el principio de no contradicción no tiene aplicación para la mente de Dios. Esta postura podría destruir toda la confianza en la Escritura porque todo lo que la Biblia enseña podría significar su antítesis en la mente de Dios. En Su mente, Jesús podría ser tanto el Cristo como el anticristo al mismo tiempo y en la misma relación.

Para pensadores como estos, que detestan la lógica, Tertuliano se erige como un héroe. Sin embargo, cuando examinamos los escritos de Tertuliano, especialmente sus Prescripciones contra todas las herejías [De Praescriptionibus Haereticorum], vemos que no estaba opuesto a la razón. La frase que se le atribuye fue, de hecho, una alusión a la idea bíblica de que lo que es verdadero puede ser considerado necio por los que tienen la mente oscurecida por el pecado. Tertuliano también apeló a la revelación natural como la base de ciertas verdades que fueron entendidas y defendidas por los filósofos paganos. Su crítica hacia el pensamiento gnóstico nos entrega ricas reflexiones que son de extrema necesidad en nuestro tiempo en que presenciamos el resurgimiento del neognosticismo, no solo en la cultura, sino también en la Iglesia.

Al igual que Tertuliano, Orígenes (186-255 d.C.) fue un apologista del siglo III. Su ministerio se desarrolló, en su mayoría, en Alejandría, que había sido un centro del judaísmo helenístico. El mayor centro intelectual de Egipto vio nacer a líderes como Clemente, que también trabajó como apologista.

Orígenes no fue muy diferente a la famosa niña de la leyenda que tenía un pequeño rizo justo en el medio de la frente. Al igual que esta damisela, Orígenes, cuando era bueno, era muy, muy bueno, pero cuando era malo, era horrendo. En Orígenes vemos la unión de fortalezas y debilidades que tendía a caracterizar a los primeros padres de la Iglesia. En la era subapostólica, la Iglesia carecía del poder titánico de los apóstoles originales. Tampoco gozaba del cúmulo de entendimiento que demoró siglos en desarrollarse y requirió de genios como Agustín para ser expresado.

Dentro de los logros de Orígenes estuvo su respuesta apologética al filósofo Celso (Contra Celso) y su defensa de la inspiración divina de la Biblia. Tristemente, en su defensa de la Biblia, Orígenes manifestó un entendimiento débil de la confiabilidad histórica de la Escritura. Para defender la Biblia, se precipitó a utilizar un método de interpretación alegórico, método que fue perjudicial para el entendimiento de la Escritura por parte de la Iglesia en los siglos subsiguientes.

Lo irónico del enfoque alegórico a la Escritura por parte de Orígenes queda en evidencia en su impulsivo acto de autocastración. Ya que tanto hombres como mujeres estaban asistiendo a sus clases, procuró guardarse de la tentación sexual. Interpretó las palabras de Jesús, «hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos» (Mt 19:12b), con una literalidad radical sin refugiarse en la alegorización de este texto. Esta acción le creó un problema de credibilidad, y pronto Orígenes fue atacado por el obispo Demetrio, que le hizo la vida miserable durante los años posteriores.

En cuanto a su doctrina, Orígenes adoptó una postura griega sobre la preexistencia del alma, enseñó el universalismo, planteó interrogantes con respecto a la naturaleza física del cuerpo con el que Cristo resucitó y sostuvo una posición deficiente sobre la Trinidad (debemos recordar que la Iglesia aún estaba en una profunda reflexión con respecto al tema de la Trinidad y todavía no había llegado a una postura firme sobre este asunto). Sin embargo, su obra sobre la oración ha llegado hasta nosotros como un tratado muy valorado, al igual que su enseñanza sobre el martirio. Orígenes expresó la esperanza de que su vida terminaría de la forma más virtuosa posible, sufriendo el martirio por causa de Cristo. Eso no ocurrió, ya que murió por causas naturales en el año 255 d. C. No obstante, el historiador eclesiástico Eusebio testifica que Orígenes padeció una profunda agonía durante la persecución de Decio, sufriendo el estiramiento de sus extremidades y siendo torturado y encerrado en un calabozo, donde fue encadenado.

El amor personal y la devoción de Orígenes por Cristo nos dan un destello de la piedad cristiana del siglo III.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Por qué debemos predicar la palabra

The Master’s Seminary

Por qué debemos predicar la palabra

John MacArthur

Para todo expositor bíblico que busca seguir los pasos de Pablo en el deseo de proclamar fielmente la Palabra de Dios, 2 Timoteo 4: 2 es tierra sagrada y territorio precioso. En este versículo el apóstol define el mandato primordial para todo predicador, no sólo para Timoteo, sino para todos los que vendrían después de él. El ministro del evangelio está llamado a «¡predica (r) la Palabra!»

Pablo, a punto de morir e inspirado por el Espíritu, escribió este texto para que sirviese como sus últimas palabras para Timoteo y por ende para la iglesia. Las palabras de este versículo se sitúan en el inicio del último capítulo de su última carta. Sólo e incansable, en un calabozo romano, sin siquiera un manto para mantenerse caliente (v. 13), Pablo escribe una última carta en el cual encomienda a Timoteo ya todo ministro después de él, a proclamar las Escrituras con convicción y valentía.

Pablo entendía lo que estaba en juego: la batuta sagrada de mayordomía del evangelio estaba siendo entregada a la siguiente generación. Por otro lado sabía que Timoteo, su hijo en la fe, era joven y propenso a la aprehensión y la timidez. Por esta razón él escribió una exhortación final a la fidelidad pastoral con un tono fuerte:

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos ya los muertos en su manifestación y en su reino,  que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Timoteo 4: 1-2).

El corazón de ese breve pasaje resume el ministerio bíblico de un ministro del evangelio: predicar la Palabra.

Ese mandamiento no era algo completamente nuevo, pues ya anteriormente Pablo había informado a Timoteo acerca de las calificaciones para el liderazgo espiritual. En 1 Timoteo 3: 2, Pablo le enseño que además de numerosos requisitos morales y espirituales, todo ministro y pastor debe tener la habilidad y capacidad de enseñar. Su función es ser un expositor de la Biblia, capaz de explicar claramente el texto bíblico y exhortar eficazmente a la congregación.

El llamado a predicar y enseñar la Palabra de Dios es tanto un privilegio sagrado como una responsabilidad sumamente seria la cual debe ser llevada a cabo en todo momento. El ministro llamado a predicar tiene la divina responsabilidad de pararse en el púlpito «a tiempo y fuera de tiempo» y llevar a cabo su misión sin importar si ella parezca aceptable o inaceptable, sabio o imprudente. El hombre de Dios que ha sido llamado a predicar debe de hacerlo son valentía el mensaje de Dios para el pueblo de Dios sin importar los vientos de doctrina o la opinión de las personas.

Ser fieles al llamado a proclamar la Palabra requiere predicar todo lo que en ella está escrito, no sólo aquellos aspectos positivos. Pablo manda a Timoteo a redargüir, reprender y exhortar a la iglesia, rechazando así la tentación de dejar a un lado las advertencias y correcciones de la Escritura. Sin embargo, su reprensión debería llevarse acabo con “toda paciencia y doctrina”, marcando la seriedad de su exhortación con compasión y ternura.

Mientras que su pastoreo debe ser descrito por mansedumbre y longanimidad, su predicación no debe ser marcada por la incertidumbre o ambigüedad. El ministro fiel proclama la verdad de la Palabra de Dios con la confianza y la seguridad que esta demanda, reconociendo que la autoridad en la predicación no proviene de una institución, la educación o la experiencia pastoral, sino de Dios mismo.

Siempre y cuando el sermón interprete claramente el texto bíblico, tal predicación carga con la autoridad del Autor mismo. El poder del púlpito está en la Palabra predicada correctamente, al mismo tiempo que el Espíritu usa la Biblia expuesta para perforar el corazón de las personas (Efesios 6:17; Hebreos 4:12). Consecuentemente, la tarea del pastor es alimentar fielmente el rebaño con la leche pura de la Palabra (1 Pedro 2: 1-3), confiando en que Dios aumentará el crecimiento.

En los versículos antes y después de 2 Timoteo 4: 2, Pablo proporcionó a Timoteo con la motivación necesaria para mantenerse firme y perseverar hasta el fin, dandole un mandamiento claro: predicar la Palabra, sabiendo que las almas están en juego. Pablo dio a Timoteo cinco razones de peso crucial con el fin de equiparlo para la tarea del pastoral y para perseverar en la fidelidad ministerio. Estas motivaciones, que se encuentra en 2 Timoteo 3: 1–4: 4, son tan aplicables hoy como lo eran cuando el apóstol les escribió hace casi dos milenios.

Durante la semana estaremos estudiando las cinco razones dadas por Pablo para predicar la Palabra.

John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotros son escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.