Una de las descripciones potencialmente confusas del Apocalipsis es la referencia a los “siete Espíritus” o “siete Espíritus de Dios,” que se mencionan cuatro veces (1:4; 3:1; 4:5; 5:6). ¿Significa esto que hay siete Espíritus Santos?
Hay dos puntos de vista ortodoxos principales sobre la identidad de los siete Espíritus. Primero, algunos creen que esto se refiere a siete seres angélicos que están ante el trono de Dios en el cielo. Este punto de vista es posible porque los ángeles a veces son llamados espíritus. El problema con este punto de vista es que Apocalipsis 1:4 dice: «Gracia a vosotros y paz, de parte del que es y del que era y del que ha de venir, y de los siete Espíritus que están delante de su trono». Los ángeles no pueden ser la fuente de esta bendición que viene de Dios mismo. Sean quienes sean los siete Espíritus de Dios, deben ser iguales a Dios.
Por esta razón, es mejor interpretar «los siete Espíritus» como una referencia al Espíritu Santo. Pero esto plantea otra pregunta obvia: ¿Por qué referirse al Espíritu Santo de esta manera? Es interesante que el Espíritu Santo se mencione cuatro veces de esta manera, pero a menudo se le llama sólo Espíritu (1:10; 4:2; 17:3; 21:10). Las frases «siete Espíritus» y «siete Espíritus de Dios» son utilizadas por Juan «sólo cuando la perspectiva es la del cielo». [50] Esta es la forma celestial que tiene Juan de referirse al Espíritu Santo. Pero, de nuevo, ¿por qué este título en particular?
Algunos creen que el Espíritu Santo se describe así porque opera en las siete iglesias (Apocalipsis 1:11). Es posible, pero los siete Espíritus de Dios son enviados a todo el mundo en Apocalipsis 5:6, no sólo a las siete iglesias, por lo que este punto de vista parece inadecuado para explicar todos los usos de este título. La mejor interpretación es tomar esto como una referencia a dos pasajes del Antiguo Testamento. El primero es Isaías 11:2-5:
Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura..
Algunos se oponen a utilizar Isaías 11:2-5 porque sólo se enumeran seis actividades del Espíritu, no siete. Sin embargo, la Septuaginta, que es la primera traducción griega del Antiguo Testamento, añade una séptima virtud -la divinidad- a las seis. [51] El siete es el número de la terminación o la perfección, por lo que la mención de los siete Espíritus puede entenderse como una referencia al carácter y el ministerio del Espíritu en su plenitud.
La segunda alusión del Antiguo Testamento es a Zacarías 4:2-6:
Y me dijo: ¿Qué ves? Y respondí: He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus siete lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; Y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda. Proseguí y hablé, diciendo a aquel ángel que hablaba conmigo: ¿Qué es esto, señor mío? Y el ángel que hablaba conmigo respondió y me dijo: ¿No sabes qué es esto? Y dije: No, señor mío. Entonces respondió y me habló diciendo: Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.
Juan parece mezclar maravillosamente estos dos pasajes como método simbólico para referirse al único Espíritu Santo. [52]
El cesasionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. La mayoría de los cesasionistas creen que, mientras que Dios puede y aún realiza milagros hoy en día, el Espíritu Santo ya no utiliza a individuos para llevar a cabo señales milagrosas.
Los registros bíblicos muestran que los milagros se produjeron durante determinados períodos específicos con el propósito de autentificar un nuevo mensaje de Dios. A Moisés se le concedió realizar milagros para autentificar su ministerio ante el faraón (Éxodo 4:1-8). Elías realizó milagros para autentificar su ministerio ante Acáb (1 Reyes 17:1;18:24). Los apóstoles realizaron milagros para autentificar su ministerio ante Israel (Hechos 4:10, 16).
El ministerio de Jesús también fue marcado por milagros, a los que el apóstol Juan llama “señales” (Juan 2:11). Lo que Juan quería decir es que los milagros eran la prueba de la autenticidad del mensaje de Jesús.
Después de la resurrección de Jesús, mientras la Iglesia se establecía y el Nuevo Testamento estaba siendo escrito, los apóstoles lo demostraban con “señales” tales como las lenguas y el poder para sanar. “Así que las lenguas son una señal, no para los que creen, sino para los incrédulos.” (1 Corintios 14:22, un verso que dice claramente que el don nunca fue para edificar a la iglesia).
El apóstol Pablo predijo que el don de lenguas acabaría (1 Corintios 13:8). Aquí exponemos seis pruebas de que ya han cesado:
1) Los apóstoles, a través de quienes vinieron las lenguas, fueron únicos en la historia de la iglesia. Una vez que su ministerio fue concluido, la necesidad de señales que lo autentificaran dejó de existir.
2) Los dones de milagros (o señales) solo son mencionados en las primeras epístolas, tales como 1 Corintios. Los libros posteriores, tales como Efesios y Romanos, contienen pasajes detallados sobre los dones del Espíritu, pero los dones de milagros ya no son mencionados, aunque Romanos menciona el don de la profecía. La palabra griega traducida como “profecía” significa “declarar” y no necesariamente incluye la predicción del futuro.
3) El don de lenguas era una señal para el Israel incrédulo de que la salvación de Dios ahora estaba disponible para otras naciones. Ver 1 Corintios 14:21-22 e Isaías 28:11-12.
4) El don de lenguas era inferior al de la profecía (predicar). Predicar la Palabra de Dios edifica a los creyentes, mientras que las lenguas no lo hacen. Se les dice a los creyentes que procuren profetizar más que hablar en lenguas (1 Corintios 14:1-3).
5) La historia indica que las lenguas cesaron. Las lenguas ya no son mencionadas en absoluto por los Padres Post-apostólicos. Otros escritores tales como Justino Mártir, Orígenes, Crisóstomo y Agustín, consideraron que las lenguas fueron algo que sucedió solo en los primeros días de la Iglesia.
6) Observaciones actuales confirman que el milagro de las lenguas ha cesado. Si el don estuviera aún vigente, no habría necesidad de que los misioneros asistieran a escuelas de idiomas. Los misioneros podrían viajar a cualquier país y hablar cualquier lenguaje fluidamente, así como los apóstoles fueron capaces de hacerlo en Hechos 2. Respecto al don de sanidad, vemos en las Escrituras que la sanidad estaba asociada con el ministerio de Jesús y los apóstoles (Lucas 9:1-2). Y vemos que al finalizar de la era apostólica, la sanidad, al igual que las lenguas se volvieron menos frecuentes. El apóstol Pablo, quien resucitó a Eútico (Hechos 20:9-12), no sanó a Epafrodito (Filipenses 2:25-27), ni a Trófimo (2 Timoteo 4:20), ni a Timoteo (1 Timoteo 5:23), ni aún a sí mismo (2 Corintios 12:7-9). Las causas del “fracaso en sanar” de Pablo son: 1) el don nunca tuvo como propósito sanar a todo cristiano, sino el autentificar el apostolado (2 Corintios 2:12; Hebreos 2:4); y 2) la autoridad de los apóstoles ya había sido probada suficientemente, no habiendo ya más necesidad de milagros posteriores.
Las razones arriba expuestas son la evidencia para el cesasionismo. De acuerdo a 1 Corintios 13:13-14, haríamos bien en “seguir el amor,” el mejor de todos los dones. Si debiéramos desear dones, hemos de desear declarar la Palabra de Dios, para que todos sean edificados.
Por favor, tengan en cuenta que, como ministerio, GotQuestions.org no está de acuerdo con el continuismo. El siguiente artículo está escrito por alguien que está de acuerdo con el continuismo. Pensamos que valdría la pena tener un artículo que presente el continuismo de forma positiva, ya que es bueno que nuestros puntos de vista sean cuestionados, motivándonos a seguir buscando en las Escrituras para asegurarnos de que nuestras creencias son bíblicamente sólidas.
El continuismo es la creencia de que todos los dones espirituales, incluyendo las sanidades, las lenguas y los milagros, todavía operan hoy en día, al igual que en los días de la iglesia primitiva. Un continuista cree que los dones espirituales han «continuado» sin cesar desde el día de Pentecostés y que la iglesia de hoy tiene acceso a todos los dones espirituales mencionados en la Biblia.
Cuando el Espíritu Santo vino como Jesús había prometido (Hechos 1:8; 2:1-4), Él llenó a los creyentes y les dio dones sobrenaturales que les permitieron servir a Dios con poder y eficacia. Estos dones espirituales se enumeran en Romanos 12:6-8, Efesios 4:11, y 1 Corintios 12:7-11, 28, y el continuismo dice que todos los dones continúan hasta el día de hoy. Estos dones varían de una persona a otra de acuerdo a lo que el Espíritu considere necesario (1 Pedro 4:10). Primera de Corintios 12:4-6 dice: «Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo». Los continuistas afirman que no hay evidencia en las escrituras de que alguno de estos dones espirituales ya no esté operando.
El punto de vista opuesto se llama cesacionismo, que enseña que algunos de los dones «cesaron» y ya no están operando hoy en día. El asunto en el cesacionismo no es si todavía hay dones presentes, sino cuáles. Los cesacionistas señalan versículos como 1 Corintios 13:10 y al hecho de que los dones milagrosos parecen estar estrechamente ligados al ministerio de los apóstoles y a la verificación de la revelación de Dios (Hechos 2:22; 14:3; 2 Corintios 12:12) como prueba de que los dones milagrosos del Espíritu han cesado.
Como en cualquier doctrina, existen extremos en ambos lados. Algunos cesacionistas creen que todos los dones espirituales desaparecieron con la finalización de la era apostólica. Otros cesacionistas menos extremos sostienen que sólo los «dones de señales» — sanidades, milagros y lenguas — se han terminado. Por el lado de los continuistas extremos, hay quienes enseñan que las lenguas siempre deben seguir a la salvación o a la llenura del Espíritu Santo. También puede haber un énfasis erróneo en los dones y no en la persona de Jesucristo. Algunos incluso afirman que cada creyente puede estar equipado con cualquier don de milagro si tiene suficiente fe. Sin embargo, este concepto se refuta claramente en 1 Corintios 12:11, donde se dice que el Espíritu «reparte a cada uno en particular como él quiere». Pablo trató este mismo tema en la iglesia de Corinto: «¿hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas?» (1 Corintios 12:29-30). La respuesta a estas preguntas es «no».
Los continuistas creen que la instrucción bíblica sobre los dones espirituales es tan relevante hoy como cuando fue escrita. Sostienen que no hay razón bíblica para creer lo contrario y que los cesacionistas son los que tienen la responsabilidad de demostrarlo. Los creyentes de ambas posturas pueden acordar estar en desacuerdo, aunque ambas perspectivas deben tener en cuenta la oración de Jesús en Juan 17:22-23: «La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado». Independientemente de que sean continuistas o cesacionistas, todos los creyentes nacidos de nuevo son parte del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27). Cuando permitimos que cualquier tema no fundamental cause división y disensión, no estamos prestando atención a algo importante para nuestro Señor.
Anexo sobre los argumentos cesacionistas comunes y las respuestas de los continuistas
Los cristianos que sostienen que no hay fundamentos bíblicos para el cesacionismo, a veces son llamados «continuistas». Estos creyentes consideran que su posición es bíblicamente consistente y que el cesacionismo no tiene fundamento bíblico. Los siguientes son algunos de los argumentos comunes del cesacionismo y las respuestas continuistas:
Escritura
Los cesacionistas frecuentemente citan 1 Corintios 13:8-10 para apoyar la idea de que algunos dones cesaron cuando llegó «lo perfecto». Algunos creen que «lo perfecto» se refiere a la finalización de la Biblia. Esta posición sostiene que una vez que la Biblia fue completada ya no había necesidad de obras milagrosas del Espíritu Santo por parte de los creyentes. Sin embargo, el versículo 12 aclara la definición de ese «perfecto»: «Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido». Como no podemos ver la Biblia cara a cara, ni tampoco puede «conocernos», los continuistas consideran este pasaje como una referencia a la segunda venida de Jesús. En ese momento no habrá necesidad de los dones del Espíritu Santo, incluyendo el don del conocimiento (versículo 8), ya que estaremos en la presencia física de Jesús mismo.
Otro versículo que se cita a menudo es 2 Corintios 12:12. Los cesacionistas sostienen que los dones de milagros como las lenguas, la sanidad, la profecía y los milagros, fueron reservados para que los apóstoles validaran su autoridad. Sin embargo, la Biblia incluye relatos de personas que no eran apóstoles en la iglesia primitiva y que realizaron milagros y sanidades, como Esteban (Hechos 6:8) y Felipe (Hechos 8:6-7). Los dones de lenguas y la profecía se extendieron entre todos los que estaban llenos del Espíritu Santo (Hechos 10:46; 19:6; 1 Corintios 14:5, 39; Gálatas 3:5). Pablo incluyó estos dones milagrosos cuando se dirigió a la iglesia de Corinto (1 Corintios 12:4-11, 28). El continuismo argumenta que si las lenguas, la sanidad y los milagros estaban limitados a los apóstoles, estos dones no habrían sido incluidos en las instrucciones de Pablo al cuerpo de la iglesia muchos años después de Pentecostés. Pablo declaró, «Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis» (1 Corintios 14:5). De esto podemos deducir que Pablo no consideró esos dones sólo para los apóstoles. Las extraordinarias manifestaciones de poder que demostraron los apóstoles (Hechos 15:12) quizá se debieron al hecho de que Jesús mismo había dado a los doce este poder por ser Sus únicos mensajeros (Lucas 9:1). Sus capacidades milagrosas no estaban necesariamente relacionadas con los dones espirituales otorgados a todos los creyentes llenos del Espíritu.
Terminología El término «dones de señales» a menudo se utiliza para indicar que Dios dio ciertas habilidades a los apóstoles como «señales» para validar su apostolado. Algunos teólogos han cuestionado esta expresión, afirmando que, aunque la Biblia habla de señales de un verdadero apóstol, esto no indica que ciertos dones espirituales sean una señal que apunte al apostolado. Los continuistas creen que cuando el Nuevo Testamento se refiere a «señales», indica que las habilidades sobrenaturales son dadas por Dios a quien Él elige para cumplir Su propósito (Éxodo 7:3; Romanos 15:18-19; Hebreos 2:4; 1 Corintios 12:11). El término «dones de señales» nunca se usa como una categoría separada que pertenezca a los dones del Espíritu Santo.
La profecía es otro término que ha generado desacuerdos. Los cesacionistas citan ejemplos de algunos continuistas que han comparado sus revelaciones personales con las Escrituras. Sin embargo, la mayoría de los continuistas están de acuerdo con los cesacionistas en que ninguna otra revelación dada a los seres humanos nunca estará a la altura del canon completo de las Escrituras. Sin embargo, los continuistas no ven nada en la Escritura que indique que el Dios relacional que nos ha dado la Escritura ya no se comunica con Su pueblo. El don de la profecía puede incluir el hablar la verdad de la Palabra de Dios, pero también puede incluir la revelación sobrenatural que Dios da a Sus siervos para impactar a otros de una manera profunda. El apóstol Pablo animó a la iglesia, diciendo: «procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis» (1 Corintios 14:1).3.
Lenguas El tema de hablar en lenguas ha sido una causa de malentendidos para muchos cristianos. Su abuso y mal uso en algunos círculos ha alimentado aún más la convicción de los cesacionistas de que este don no está ni activo ni es necesario. Algunos incluso atribuyen este fenómeno a la actividad demoníaca o a la histeria emocional. También sostienen que, si las lenguas siguieran siendo un don legítimo, todo misionero recibiría este don y evitaría años de estudio de idiomas.
Como respuesta, los continuistas están de acuerdo en que parte de lo que se dice que es inspirado por el Espíritu no es más que sensacionalismo alimentado por las emociones. Satanás y los seres humanos caídos siempre han falsificado las obras milagrosas de Dios y todavía lo hacen (Éxodo 7:10-11; Hechos 8:9, 11; Apocalipsis 13:14). Sin embargo, la presencia de lo falso no niega lo auténtico. En Hechos 16:16, Pablo y Silas fueron importunados por una muchacha poseída por un demonio con el don de la profecía. El hecho de que su habilidad sobrenatural fuera de Satanás y no de Dios no hizo que Pablo llegara a la conclusión de que todos los dones proféticos eran del diablo (1 Corintios 14:1). En Mateo 7:21-23, Jesús predijo que muchos afirmarían conocerlo porque hacían milagros en Su nombre. Que hubiese impostores no implicaba que todos los que hacían milagros fuesen falsos.
Los continuistas sugieren que parte de la confusión sobre este tema es que puede haber dos tipos de «lenguas» mencionadas en Hechos y en las cartas a los Corintios. El don que vino el día de Pentecostés permitió a los apóstoles hablar en las lenguas de los presentes. Esto permitió que el evangelio se extendiera rápidamente por toda la región (Hechos 2:6-8). Sin embargo, en 1 Corintios 14, Pablo parece estar hablando de un propósito diferente para las lenguas. Todo el capítulo catorce es una instrucción para la iglesia acerca de los propósitos y el uso de este don, el cual puede ser para adorar a Dios (1 Corintios 14:2, 14-16, 28).
El apoyo bíblico para esta postura se encuentra en Hechos 10:45-46 cuando Cornelio recibió el Espíritu Santo. Él comenzó a alabar a Dios en lenguas, aunque no había nadie presente que necesitara escuchar el evangelio en otros idiomas. Otro ejemplo se encuentra en Hechos 19:6-7. Doce hombres de Éfeso recibieron el Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas, aunque no había nadie presente que necesitaba oírlo. La iglesia de Corinto incluía regularmente lenguas en sus servicios de adoración, sin que hubiera indicios de que siempre estuvieran presentes aquellos que necesitaban escuchar un mensaje en su idioma.
En 1 Corintios 14:28, Pablo continúa su instrucción sobre el uso de las lenguas en la adoración congregacional: «Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios». Esto parece indicar que las lenguas también pueden ser un medio para orar «en el espíritu», lo cual da otra perspectiva a pasajes como 1 Corintios 14:14-15 y 28, Romanos 8:26, Efesios 6:18 y Judas 1:20. Pablo nunca reprendió a los corintios por usar este don (1 Corintios 14:39) sino sólo por usarlo mal y generar caos (versículos 23 y 39). Al final del capítulo catorce, Pablo les instruye a no «prohibir el hablar en lenguas». sino que todo debe hacerse de manera adecuada y ordenada» (1 Corintios 14:39-40).
Historia de la Iglesia El cesacionismo afirma el apoyo histórico, declarando que no hay indicios de que los dones de milagros continuaron después de la muerte de los apóstoles. Sin embargo, los continuistas sostienen que el registro de la iglesia no está de acuerdo. Citan los siguientes ejemplos:
Justino Mártir (100-165 d.C.), historiador de la iglesia primitiva, declaró que «los dones proféticos permanecen con nosotros hasta el presente». Ahora es posible ver entre nosotros mujeres y hombres que poseen dones del Espíritu de Dios».
Ireneo (125-200 d.C.) dijo: «También oímos a muchos hermanos en la iglesia que poseen dones proféticos y que a través del Espíritu hablan todo tipo de idiomas. . . . Incluso los muertos han resucitado y han permanecido entre nosotros durante muchos años».
Novato (210-280 d.C.) dijo, «Este es el [Espíritu Santo] que coloca profetas en la iglesia, instruye a los maestros, dirige las lenguas, da poderes y sanidades, hace obras maravillosas».
Agustín (354-430 d.C.) se cita con frecuencia como un padre de la iglesia primitiva que rechazó la idea del continuismo. Esto fue cierto desde el principio. Sin embargo, tiempo después, fue tan impactado por las sanidades y milagros que observó de primera mano, que escribió en La Ciudad de Dios, «Estoy tan urgido de terminar este trabajo, que no puedo registrar todos los milagros que veo».
Estudiosos de la Biblia más recientes como John Wesley, A. W. Tozer, R. A. Torrey y J. P. Moreland también estaban convencidos de que todos los dones del Espíritu siguen activos en el mundo hoy en día, y de hecho operan en algunos de esos dones.
Argumentos del silencio Los cesacionistas señalan que sólo las primeras cartas de Pablo contenían referencias a los dones de milagros. Las epístolas posteriores como la de Efesios no los mencionan. Su conclusión es que estos dones deben haber «desaparecido» después de que la iglesia se estableciera definitivamente. Sin embargo, los continuistas señalan que este es un argumento de silencio, lo cual es una falacia lógica. La falta de referencia a un tema no implica de ninguna manera que la instrucción anterior haya cambiado. Puede significar que los dones de milagros no estaban causando perturbaciones en Éfeso como en Corinto, y otros asuntos eran más importantes para que Pablo les prestara atención. Las listas de dones que se encuentran en Romanos 12:6-9, 1 Corintios 12:4-11 y 1 Pedro 4:10-11 no son idénticas y posiblemente la intención no era que fueran exhaustivas.
Los eruditos bíblicos predominan en ambos aspectos de este tema. El cesacionismo sostiene que la Palabra inspirada de Dios es todo lo que necesitamos para vivir como Cristo desea que vivamos. Los continuistas afirman que el Espíritu Santo que fue derramado en Hechos 2 aún continúa Su obra, con todos los dones sobrenaturales mencionados en la Escritura. David Martyn Lloyd-Jones, un teólogo del siglo XIX que a menudo se cita como un defensor del cesacionismo, dice esto: «Todo cristiano debe buscar siempre lo mejor y lo más sublime. Nunca debemos contentarnos con nada menos de lo que se describe como posible para el cristiano en el Nuevo Testamento». A esto, ambas partes añadirían, «Amén».
LA NECESIDAD DE DISCERNIMIENTO 1 TESALONICENSES 5:21–22 Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal.
EXAMINADLO TODO (v. 21a)
Sin embargo, el mandato de no menospreciar las profecías no significa que no debamos examinarlas con discernimiento espiritual. Como norma, no debemos rechazar ninguna palabra antes de examinarla; pero, también por norma, debemos pasar toda palabra por la criba de las Escrituras y por lo que ya sabemos acerca del carácter y la revelación de Dios. No apagar el Espíritu no significa que tengamos que aceptar las intervenciones de cualquiera que venga diciendo que es portavoz del Espíritu. Al abandonar nuestras actitudes de desprecio, no debemos caer en el otro extremo y aceptar indiscriminadamente todo lo que nos dicen. La credulidad es tan peligrosa como la soberbia espiritual; la ingenuidad tan peligrosa como el escepticismo. Por tanto, Pablo nos advierte del peligro de descuidar nuestras facultades críticas. Nos dice: antes bien, examinadlo todo; es decir, ponedlo todo a prueba con cuidado. Hay cosas que, superficialmente, parecen buenas. Hay manifestaciones que supuestamente provienen de Dios. Tales cosas no deben ser aceptadas sólo por sus apariencias, porque la credulidad no forma parte de la sencillez cristiana. Todo debe ser puesto a prueba. Es cuestión de equilibrio. Ninguna predicación, enseñanza o exhortación debe ser tratada de antemano con desprecio. Pero toda predicación, enseñanza y exhortación, así como toda palabra profética, debe ser examinada, probada o sopesada. Dios nos ha dado una mente y una capacidad de discernimiento que debemos emplear siempre. Pero, a la vez, debemos tener cuidado, porque es fácil estar tan ocupados en nuestro análisis crítico de lo que escuchamos, que nunca lleguemos a prestarle la debida atención personal ni a aplicarlo a nuestras vidas. Así llegamos a practicar otra forma de desprecio. Debemos cultivar el hábito de escuchar todo mensaje que pretenda venir de parte de Dios con reverencia, con temor y con la buena disposición a someternos a sus directrices; pero también estando alerta, con vigilancia y con examen cuidadoso, no sea que se nos vayan infiltrando enseñanzas que no provienen de Dios. Pablo no nos dice aquí con qué herramientas debemos llevar a cabo el examen. Pero en otros lugares sí. Podemos resumirlas de la manera siguiente:
Las Escrituras El Espíritu Santo nunca inspira ninguna profecía que no concuerde con las Escrituras. El verdadero profeta no dirá nada que se oponga a lo que Dios ya ha revelado. Por lo tanto, necesitamos ser como los bereanos y escudriñar las Escrituras para ver si estas cosas son así (Hechos 17:11; cf. Isaías 8:20). Toda palabra humana debe ser cotejada con la palabra de Dios. Ésta es nuestra herramienta principal en este examen, la que decide en última instancia qué es bueno y qué no lo es.
La persona de Jesucristo Todo profeta verdadero será ortodoxo en sus enseñanzas acerca de cómo es Dios y quién es Jesucristo: Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto conocéis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en la carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios (1 Juan 4:1–3; cf. 2 Juan 9–10; 1 Corintios 12:3; Deuteronomio 13:1–5).
El evangelio Pablo mismo asevera que cualquiera que no proclame el evangelio de la gracia de Cristo —es decir, las buenas nuevas de la remisión de nuestros pecados en virtud del sacrificio expiatorio de Cristo, y del don gratuito de la nueva vida por el Espíritu Santo— debe ser tratado como anatema (Gálatas 1:6–9). El tal no puede ser tenido por un profeta autorizado.
El carácter del profeta Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:15–20). El maestro fiel debe ser identificado por la coherencia y la santidad de su vida.
La naturaleza edificante del mensaje Todo lo que procede del Espíritu Santo edifica, purifica y contribuye a que los oyentes sean más como Cristo. Todo lo que perturba a la iglesia, causa divisiones o provoca rivalidades es del maligno.
El amor Todo auténtico ministerio cristiano se lleva a cabo en un espíritu de amor fraternal. El que no ama, practica en vano los dones espirituales (1 Corintios 13). El que profetiza o predica sin amar, pone en duda la autenticidad de su llamamiento.
El discernimiento espiritual Algunas personas han sido especialmente dotadas por el Señor para saber reconocer de qué espíritu es un profeta. El discernimiento de espíritus es uno de los dones que el Espíritu Santo reparte (1 Corintios 12:10). La iglesia hará bien en reconocer a los que tienen este don y seguir su consejo. De hecho, el discernimiento espiritual es una carencia importante en muchas congregaciones de hoy.
RETENED LO BUENO (v. 21b)
Una vez que hemos hecho el necesario examen, debemos aplicar a nuestras vidas todo lo que sea bueno. Al probar las monedas, debemos identificar las que son genuinas y emplearlas. El apóstol viene a decir: «Una vez que hayáis puesto a prueba lo que el profeta (o el predicador) diga, separad la escoria del metal y quedaos con lo bueno». Cuando el trigo y la cizaña han sido separados, quedaos con el trigo. Esto último, por cierto, es el error de otras congregaciones de hoy. Ejercen mucho discernimiento, pero luego no aplican a sus propias vidas lo bueno que han discernido. Asisten como juez y jurado a las predicaciones. Lo examinan todo con lupa. Emiten opiniones críticas más o menos perspicaces. Pero, incluso cuando el sermón merece su aprobación entusiasta, se olvidan de la necesidad de ponerlo por obra. No se aferran a lo bueno. Así, el mensaje les resbala y vuelven a casa igual que salieron. El verbo empleado —retened— es fuerte y activo. No se trata de escuchar la palabra con pasividad. Debemos «aferrarnos» a ella, «asir» sus implicaciones y abrazarlas. No satisfacemos nuestras obligaciones hacia lo bueno dándole nuestra aprobación crítica, sino agarrándolo con fuerza, determinados a no soltarlo nunca. Aquí, pues, hay dos posibles peligros. El primero consiste en aceptar todo lo que nos llega desde el pulpito sin discernimiento espiritual y así tragarnos ideas erróneas. El segundo consiste en ser tan críticos que dejamos de aplicar a nuestras propias vidas la buena enseñanza.
ABSTENEOS DE TODA FORMA DE MAL (v. 22)
La contrapartida de aferrarnos a lo bueno es repudiar lo malo. Y esto es lo que Pablo procede ahora a decirnos. Pasa del mandamiento positivo al negativo. Nos dice: absteneos de toda forma de mal. No es fácil dilucidar el énfasis que el apóstol tenía en mente en este contexto. ¿Quiere decir que, al examinar toda profecía que pretende ser palabra de Dios, debemos aferrarnos a lo bueno, a lo que es realmente de Dios, y repudiar toda enseñanza que no viene de él? ¿O quiere decir que, al adquirir elementos de juicio a través de las profecías recibidas, debemos aferrarnos a las buenas obras y abstenernos de las malas? Es decir, ¿se refiere a la mala profecía o a la mala vivencia? ¿Debemos rechazar a los falsos profetas y sus doctrinas erróneas, o las malas prácticas en nuestras propias vidas? Nuevamente, la exhortación no podría ser más generalizada. Por tanto, quizás hagamos bien en darle el significado más amplio posible y tomar en consideración todas estas posibilidades. En realidad, no es cuestión de elegir entre abstenernos de las falsas profecías y abstenernos de las malas costumbres, porque éstas y aquéllas suelen ir juntas: la falsa doctrina conduce a malas obras (ver, por ejemplo, 2 Pedro 2:1–3). Debe haber una separación total y absoluta entre el creyente y la maldad. Éste debe vivir de tal manera que su vida sea un continuo alejamiento de los valores malos del presente siglo. En todo caso, somos llamados a alejarnos radicalmente de toda forma de mal. Esta palabra puede referirse al aspecto visible de algo (pero nunca a su mera apariencia) o a las distintas variedades que puede tomar. La maldad toma muchas formas y se nos presenta de muchas maneras, pero debemos renunciar a todas ellas. Nuestra reacción debe ser evitar el mal en cualquier lugar donde aparezca. Debemos repudiarlo en nuestra manera de pensar, de hablar y de conducirnos.
RETENED LO BUENO (v. 21b)
Una vez que hemos hecho el necesario examen, debemos aplicar a nuestras vidas todo lo que sea bueno. Al probar las monedas, debemos identificar las que son genuinas y emplearlas. El apóstol viene a decir: «Una vez que hayáis puesto a prueba lo que el profeta (o el predicador) diga, separad la escoria del metal y quedaos con lo bueno». Cuando el trigo y la cizaña han sido separados, quedaos con el trigo. Esto último, por cierto, es el error de otras congregaciones de hoy. Ejercen mucho discernimiento, pero luego no aplican a sus propias vidas lo bueno que han discernido. Asisten como juez y jurado a las predicaciones. Lo examinan todo con lupa. Emiten opiniones críticas más o menos perspicaces. Pero, incluso cuando el sermón merece su aprobación entusiasta, se olvidan de la necesidad de ponerlo por obra. No se aferran a lo bueno. Así, el mensaje les resbala y vuelven a casa igual que salieron. El verbo empleado —retened— es fuerte y activo. No se trata de escuchar la palabra con pasividad. Debemos «aferrarnos» a ella, «asir» sus implicaciones y abrazarlas. No satisfacemos nuestras obligaciones hacia lo bueno dándole nuestra aprobación crítica, sino agarrándolo con fuerza, determinados a no soltarlo nunca. Aquí, pues, hay dos posibles peligros. El primero consiste en aceptar todo lo que nos llega desde el pulpito sin discernimiento espiritual y así tragarnos ideas erróneas. El segundo consiste en ser tan críticos que dejamos de aplicar a nuestras propias vidas la buena enseñanza.
ABSTENEOS DE TODA FORMA DE MAL (v. 22)
La contrapartida de aferrarnos a lo bueno es repudiar lo malo. Y esto es lo que Pablo procede ahora a decirnos. Pasa del mandamiento positivo al negativo. Nos dice: absteneos de toda forma de mal. No es fácil dilucidar el énfasis que el apóstol tenía en mente en este contexto. ¿Quiere decir que, al examinar toda profecía que pretende ser palabra de Dios, debemos aferrarnos a lo bueno, a lo que es realmente de Dios, y repudiar toda enseñanza que no viene de él? ¿O quiere decir que, al adquirir elementos de juicio a través de las profecías recibidas, debemos aferrarnos a las buenas obras y abstenernos de las malas? Es decir, ¿se refiere a la mala profecía o a la mala vivencia? ¿Debemos rechazar a los falsos profetas y sus doctrinas erróneas, o las malas prácticas en nuestras propias vidas? Nuevamente, la exhortación no podría ser más generalizada. Por tanto, quizás hagamos bien en darle el significado más amplio posible y tomar en consideración todas estas posibilidades. En realidad, no es cuestión de elegir entre abstenernos de las falsas profecías y abstenernos de las malas costumbres, porque éstas y aquéllas suelen ir juntas: la falsa doctrina conduce a malas obras (ver, por ejemplo, 2 Pedro 2:1–3). Debe haber una separación total y absoluta entre el creyente y la maldad. Éste debe vivir de tal manera que su vida sea un continuo alejamiento de los valores malos del presente siglo. En todo caso, somos llamados a alejarnos radicalmente de toda forma de mal. Esta palabra puede referirse al aspecto visible de algo (pero nunca a su mera apariencia) o a las distintas variedades que puede tomar. La maldad toma muchas formas y se nos presenta de muchas maneras, pero debemos renunciar a todas ellas. Nuestra reacción debe ser evitar el mal en cualquier lugar donde aparezca. Debemos repudiarlo en nuestra manera de pensar, de hablar y de conducirnos.
NUESTRA PARTICIPACIÓN EN LA IGLESIA LOCAL
¿Cómo, pues, debemos participar en la iglesia local? Pablo ya nos ha dado un buen surtido de respuestas:
Con respeto, aprecio y afecto hacia los líderes (vs. 12–13), reconociendo su derecho a dirigir a la congregación y a amonestar a sus miembros.
Esforzándonos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (v. 13b; Efesios 4:3).
Atendiendo a los desordenados, desanimados y débiles según sus necesidades, para que éstas no provoquen malestar en la iglesia (v. 14).
Prescindiendo de toda forma de venganza y haciendo bien a todos (v. 15).
Con una actitud positiva caracterizada por el gozo, la oración y la gratitud (vs. 16–18). Ahora el apóstol añade tres consideraciones más:
No poniéndole trabas al Espíritu Santo en su labor de santificar a la iglesia mediante los dones que reparte entre los miembros, sino disponiéndonos a recibir su palabra, venga a través de quién venga y sea del carácter que sea (vs. 19–20).
Con discernimiento, con inteligencia espiritual y con la necesaria discriminación, no sea que el maligno infiltre en la iglesia ideas y prácticas que entorpezcan la obra (v. 21a).
Con la determinación de aferrarnos siempre a lo bueno y apartarnos del mal (vs. 21b–22).
La lista es larga y sus implicaciones inmensas. Pero ¡ojalá pudiéramos participar en congregaciones que se esfuercen por vivirlas!
Burt, D. F. (2003). 1 Tesalonicenses 5:1-28: Viviendo como Hijos del Día (pp. 153-160). Publicaciones Andamio.
Cesacionismo – Probando que los dones carismáticos han cesado By Dr Peter Masters
¿Están realmente inspiradas por el Espíritu Santo las profecías carismáticas de hoy en día o los dones han cesado? ¿Verdaderamente hablan en lengua las personas? ¿Se puede probar el cesacionismo? Aquí analizaremos lo que la Palabra de Dios revela.
¿Enseña la Biblia de manera definitiva que los dones carismáticos han cesado? ¿Puede el cesacionismo (la opinión que sostiene que los dones de revelación y de señales han cesado) ser demostrado?
Algunos dicen que el cesacionismo (la cesación de los dones) no puede ser absolutamente demostrado basándose en la Palabra de Dios. Creemos, sin embargo, que la cesación de los dones de revelación y señales (que estaban presentes en los tiempos apostólicos) se enseña claramente en la Palabra de Dios, y de hecho tan claramente que opiniones contrarias al respecto solo han surgido de forma seria alrededor de los últimos cien años.
El término cesacionismo procede de las grandes confesiones de fe del siglo XVII, como la de Westminster y la Bautista. Ambas confesiones de fe usan la misma palabra. Al hablar de cómo Dios ha revelado su voluntad y ha permitido que quedase registrara en las Escrituras, las confesiones dicen: “… las Santas Escrituras [son] muy necesarias, habiendo cesado ya las maneras anteriores por las cuales Dios revelaba su voluntad a su pueblo”. La palabra “cesación” no viene de la Biblia, pero la doctrina sí.
No solo la revelación está completa y ha cesado, sino que también han cesado las señales que avalaban que la revelación está en progreso. He aquí un corto resumen de seis pruebas bíblicas que nos muestran que los dones de revelación han cesado (las visiones, las palabras de ciencia, las palabras de sabiduría y las profecías) al igual que los dones de señales (las sanaciones y el hablar en lenguas). Dios aún sana, por supuesto, pero en respuesta a la oración, y no a través de las manos de algún supuesto sanador.
El pasaje controversial de 1 Corintios 13:8-10 no será usado en este artículo para probar la cesación de estos dones. Solo nos referiremos a los pasajes que consideramos irrefutables.
No ocurren desde los tiempos de los apóstoles La primera prueba del cesacionismo (la terminación de los dones de revelación y de señales) es que las sanaciones y prodigios solo podían ser hechas por los apóstoles, y que estas eran señales especiales que les autentificaban como apóstoles. En 2 Corintios 12:12 Pablo dice:“Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros”.
Hubo algunas personas en la iglesia de Corintio que desafiaron la validez del apostolado de Pablo. Para defenderse, Pablo les pide que miren su don de sanación y de otras señales milagrosas que fueron hechas entre ellos, afirmando que solo los apóstoles podían ejecutar tales cosas.
El libro de Hechos afirma de manera específica que las sanaciones y otros prodigios eran exclusivos de los apóstoles, quienes obviamente ya no existen.
Un apóstol era alguien que había acompañado al Señor Jesucristo, que lo había visto después de su resurrección y quien había sido personalmente nombrado por Él. Como testigo especial de la resurrección, se le otorgó el poder de sanar. Él también era alguien a quien el Espíritu Santo le mostraría “toda la verdad” (Juan 14:26 y 16:13) y quien escribiría los escritos inspirados o los ratificaría. Los creyentes necesitaban saber quiénes eran los verdaderos apóstoles, para así respetar su autoridad especial y única. Ellos los reconocerían por sus sanaciones y otras señales. Las personas que no pertenecían al grupo de los apóstoles (el cual incluía dos ayudantes designados) no podían hacer estas señales. Si ellos las hubiesen podido hacer, entonces nadie habría podido tener la certeza de quiénes eran los verdaderos apóstoles.
En Hechos 2:43 y 5:12 se vuelve a dejar claro una vez más que los milagros eran realizados por “las manos de los apóstoles”. Esta eran señales exclusivas de los apóstoles. También, en Hebreos 2:3-4 los dones de sanación estaban firmemente vinculados a los apóstoles.
Pablo era un apóstol debido a que vio al Señor resucitado y a que fue directamente nombrado por Él. El hecho de que no recibió entrenamiento directo de parte de Cristo, fue compensado al recibir revelaciones únicas y especiales. Pablo aclara en 1 Corintios 15:8 que a él, “al último de todos, y como a un abortivo, me apareció”, indicando que él fue el único apóstol fuera del grupo original y que, por lo tanto, era el último. (Las personas que hoy en día dicen ser apóstoles no cumplen con los requisitos y sus afirmaciones son inapropiadas y erróneas).
Cuando algunas personas dicen que la cesación de los dones de los apóstoles no puede ser probada basándose en las Escrituras, se les olvida que el libro de Hechos afirma de manera específica que las sanaciones y otros prodigios eran exclusivos de los apóstoles, quienes obviamente ya no existen.
Cuando las iglesias habían crecido y se habían multiplicado, Pedro fue a Lida y luego a Jope, donde notablemente sanó a Eneas y levantó a Dorcas de entre los muertos. Comunidades enteras se quedaron asombradas porque ninguno de los otros creyentes en dichos lugares podía hacer tales cosas.
Cuando un joven se cayó de una ventana en Troas, solo había una persona allí que lo podía resucitar; ese era Pablo. La idea carismática de que numerosos cristianos realizaban sanaciones no se puede encontrar en el Nuevo Testamento. Se narra que solo los apóstoles sanaban, incluyendo a dos ayudantes o delegados apostólicos, Esteban y Felipe, y probablemente Bernabé.
La única ocasión en la cual alguien fuera del grupo mencionado anteriormente ejecutó una sanación fue cuando el Señor le ordenó a Ananías que sanase a Pablo. No hay ninguna otra sanación aparte de estas en la Iglesia primitiva. Las ideas pentecostales y carismáticas que argumentan que los cristianos constantemente y de manera indiscriminada llevaban a cabo sanaciones simplemente no se enseñan en la Biblia. De ahí que el registro infalible de las Escrituras muestre que el punto de vista carismático de la sanación es un error basado en un mito. El registro bíblico prueba que las sanaciones y obras poderosas estaban restringidas a un grupo de personas quienes ya, por supuesto, han dejado de existir.
El propósito temporal de las lenguas La segunda prueba de que el cesacionismo puede ser probado basándose en la Biblia (los dones de señales han cesado) hace referencia al don de hablar en lenguas. La Biblia declara que Dios dio el hablar en lenguas específicamente como una señal para los judíos, lo cual les señalaba que la era del Mesías había llegado.
En 1 Corintios 14:21-22 Pablo dice: “En la ley está escrito: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor. Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos”.
En otras palabras, el don de hablar en lenguas fue una prueba milagrosa, para los judíos que se resistían a creer en Cristo, de que una nueva era y orden en la Iglesia había llegado. El don no fue para el beneficio de los judíos que habían creído sino que fue una advertencia y una promesa para aquellos que no creían. No era una señal y advertencia para los gentiles sino para los judíos.
Pablo citó porciones de Isaías 28:11, un capítulo en el cual Isaías profetiza la venida de Cristo. Como una señal para los judíos, Isaías dice que aquellos de lengua tartamuda y de lengua extraña hablarían a los judíos. Los idiomas de los gentiles les retarían, algo sumamente humillante para el pueblo judío. Al mismo tiempo, era una señal de que la era Mesiánica traería a los gentiles dentro de la Iglesia, y que el Evangelio sería predicado en otros idiomas.
Esta sería una señal de la nueva era o época cuando Dios bajaría la bandera de la Iglesia judía y subiría la de la Iglesia judío-gentil de Jesucristo. Los judíos incrédulos que resistían a Cristo y se aferraban a los vestidos de Moisés tendrían la Palabra de Dios predicada a ellos en idiomas bárbaros o gentiles.
Todo esto se cumplió, comenzando en el día de Pentecostés. A los judíos se les llamó y advirtió debidamente, pero las lenguas no se mencionan fuera de los Hechos de los Apóstoles y de 1 Corintios 12:14, lo que muestra que habían logrado su propósito de advertir a los judíos de que la nueva era o época había llegado.
La anunciación de la era de la Iglesia se logró mientras los apóstoles vivieron, y la señal ha sido retirada. Lo que hoy se conoce como hablar en lenguas no es llevado a cabo en presencia de judíos incrédulos, y no tiene nada que ver con la señal bíblica del Nuevo Testamento. La señal de que la era de la Iglesia había llegado cumplió su propósito y ha sido sobrepasada por la realidad.
El evangelio ahora se predica prácticamente en todos los idiomas del mundo, y la señal de que esto sucedería hace mucho que desapareció. El propósito del hablar en lenguas (de acuerdo con las enseñanzas de Pablo) fue cumplido en los tiempos apostólicos, lo que prueba su cesación desde aquel entonces.
Las lenguas eran idiomas reales La tercera prueba del cesacionismo se suma a la segunda, y es esta: El don de hablar en idiomas reales fue dado en el día de Pentecostés (y por un breve periodo de tiempo después de eso), y nunca se ha visto desde entonces. Debería sernos obvio que los idiomas milagrosos del libro de Hechos y de 1 Corintios nunca han ocurrido desde aquellos días.
El hablar en lenguas de la actualidad no trata ningún idioma humano conocido sino que, por el contrario, se trata solo de repeticiones incoherentes y sin sentido. Nada milagroso sucede. En los tiempos del Nuevo Testamento, la persona que hablaba en lenguas recibía del Espíritu Santo la habilidad para hablar en un idioma real que no había aprendido antes, y personas que habían crecido con tal persona se quedaban maravilladas y sorprendidas al presenciar tal cosa. Los judíos estarían presentes (pues era una señal específica para ellos). En el día de Pentecostés muchos judíos que vivían en tierras extranjeras escuchaban cómo otros que no hablaban sus idiomas ahora lo hacían y dichos judíos corroboraban la veracidad de quienes hablaban. Después de Pentecostés, el Espíritu Santo daría el don milagroso del entendimiento a intérpretes, de forma que siempre se pudiese corroborar la autenticidad del idioma hablado. No se ha visto cosa similar desde los tiempos de la Biblia.
Quienes en la actualidad defienden el hablar en lenguas, siempre señalan 1 Corintios 13:1 donde Pablo, hablando hipotéticamente, dice que aun si el hablase lenguas angélicas, pero sin amor, no contaría para nada. Desesperados por encontrar un texto, los maestros carismáticos toman las palabras de Pablo como justificación para lenguas extáticas y no lingüísticas, pero es claro para cualquier persona que piense, que este es un uso terriblemente incorrecto del versículo.
Al describir idiomas reales, la Biblia, en efecto, nos advierte que estos dones han sido retirados. Estos simplemente no han ocurrido en ningún momento de la historia, en ninguna parte del mundo, desde los tiempos de los primeros días de la Iglesia. Lo que sucede hoy es que las personas (quienes pueden ser cristianos sinceros) en su deseo de hacer lo que sus líderes insisten es correcto, buscan “hablar” fuera de las normas del lenguaje. Sin embargo, ni hablan un idioma real ni entienden lo que están diciendo.
El cesacionismo es algo que se enseña claramente en las Escrituras en virtud de la descripción precisa que la Escritura hace acerca de los idiomas reales, la cual no se puede aplicar a nada de lo que ha sucedido desde entonces.[1]
Desde los tiempos de la Biblia hemos presenciado los gloriosos eventos de reformación, al igual que poderosos avivamientos cuando al Espíritu de Dios le ha placido obrar con poder excepcional. A pesar de esto, no se ha reportado o registrado ni siquiera un caso de alguien que clame tener la habilidad de hablar en un idioma real que nunca haya aprendido. Esta es una prueba certera de que el genuino don bíblico de lenguas ha cesado.
No existen instrucciones para el nombramiento de profetas La cuarta prueba de la cesación del don de la revelación y de señales es esta: en el Nuevo Testamento no existen instrucciones para el nombramiento de apóstoles, profetas, sanadores o de ningún otro oficio por el estilo. Esto es algo de tremenda importancia porque Dios ha establecido un patrón detallado para la Iglesia en el Nuevo Testamento. Es cierto que algunos cristianos no creen que la Biblia provea los planos o el modelo a seguir para la iglesia, pero la mayoría de personas quienes poseen creencias bíblicas bautistas sí lo creen.
El apóstol Pablo nos manda repetidamente a ser los más cuidadosos imitadores suyos en el sistema de gobierno de la iglesia y en conducta, y las epístolas pastorales establecen cómo deberíamos comportarnos y trabajar en la iglesia de Dios. Se nos es dado un modelo preciso para la iglesia en todo tiempo.
Desobedecemos el patrón perfecto de Dios si llevamos a cabo nombramientos en la iglesia que no han sido prescritos o mandados
Tenemos instrucciones que con sumo cuidado indican cómo seleccionar predicadores, ancianos y diáconos, pero no existen instrucciones para el nombramiento de apóstoles (porque estos oficios no habrían de perpetuarse) o de cómo reconocer o acreditar a un profeta (porque los dones de revelación cesaron cuando la Biblia fue completada). Tampoco existen instrucciones para el nombramiento de sanadores.
Este no es simplemente un argumento basado en la falta de instrucciones al respecto, sino una prueba firme de que estos oficios y funciones no habrían de continuar. Las instrucciones para todos los asuntos pertinentes a la organización de la iglesia han sido detalladas y están completas, y son suficientes y autoritativas para la iglesia hasta que Cristo venga de nuevo. Si llevamos a cabo nombramientos en la iglesia que no han sido prescritos o mandados, estamos desobedeciendo el patrón perfecto de Dios. Estamos desobedeciendo la Escritura.
¿Cómo se puede decir que no hay pruebas certeras en las Escrituras para probar que los dones han cesado, cuando el modelo para la iglesia no provee instrucciones para la continuación de portavoces inspirados hacedores de señales? Esta es una prueba contundente del cesacionismo, a menos que no creamos en la suficiencia de las Escrituras y no creamos que Dios ha provisto un modelo para su iglesia.
La revelación ha sido completada La quinta prueba del cesacionismo es que la Biblia claramente enseña que la revelación está ahora terminada. No puede haber nuevas revelaciones después del tiempo de los apóstoles. Ya hemos señalado que en Juan 14:26 y en Juan 16:13 el Señor Jesucristo les dice dos veces a sus discípulos que el Espíritu Santo, cuando venga, los guiará a toda verdad.
Los apóstoles serían los autores de los libros del Nuevo Testamento y quienes autentificarían los libros inspirados del Nuevo Testamento que no fuesen escritos por ellos. Toda la verdad sería revelada, y después de la era apostólica no habría más revelación de las Escrituras. La Palabra estaría finalizada.
¡Cuán gozosos estamos debido a esto! En qué estado estaríamos si personas pudieran surgir aquí y allá (como sucede en el mundo carismático) dándonos nuevas revelaciones. ¿Quién podría saber lo que es correcto y lo que es verdad? Pero la Escritura es el estándar de medida para todo, y ya está finalizada, y completa, y es perfecta, suficiente y confiable.
Judas pudo hablar acerca de la fe que “ha sido una vez dada a los santos”. Su epístola posiblemente fue escrita veinticinco años antes del último libro de la Biblia, pero lo suficientemente “tarde” para afirmar que todas las doctrinas principales e instrucciones para la iglesia habían sido reveladas. En esta etapa avanzada de la revelación, Judas habla de la fe que ha sido una vez dada, o mejor dicho, que de una vez por todas ha sido dada. Esta ha sido prácticamente finalizada; pronto (desde la perspectiva de Judas) no habrá más revelación.
Los versículos finales de la Biblia advierten que nada puede ser añadido o sustraído de las palabras del libro de Apocalipsis, pero esto ciertamente aplica a la Biblia entera, no solo al último libro. Lo sabemos porque esta advertencia refleja la advertencia dada por Moisés en el primer libro de la Biblia (los primeros cinco libros fueron originalmente uno), es decir, Deuteronomio 4:2: “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno” (Palabras que Moisés repitió en Deuteronomio 12:32).
La finalización de la revelación también se prueba por el hecho de que los apóstoles y los profetas son descritos como la etapa fundacional de la Iglesia.
En Efesios 2:20 la Iglesia es descrita como que está edificada “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas [es decir, los profetas del Nuevo Testamento] siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. Un fundamento es algo completo y estable, mientras que el edificio continúa siendo construido.
¿Qué hay acerca de la profecía de Joel, que Pedro cita en el día de Pentecostés, que decía que cuando el Espíritu fuese derramado, todos los creyentes, hombres, mujeres, viejos y jóvenes profetizarían? ¿No está implícito que esto continuaría literalmente hasta el regreso del Señor? No, porque la manera de entender esta profecía debe estar de acuerdo con la irrefutable enseñanza de la Biblia de que pronto la revelación sería completada, y entonces, habiendo ya sido completada, la revelación cesaría.
Es esta revelación completada (particularmente el Evangelio) la que será testigo a los creyentes de todas las épocas, hombres y mujeres, alrededor del mundo hasta el final. Los creyentes continuarán viendo visiones y soñando sueños en este sentido: ellos adoptarán, meditarán y proclamarán las infalibles “visiones y sueños” dados a ellos en la Biblia. No “profetizarían” en el sentido de recibir una nueva revelación. Ellos también soñarán sueños acerca de los planes y conquistas del Evangelio. En este sentido, la profecía de Joel está aún siendo cumplida.
Las extraordinarias manifestaciones como el hablar en lenguas claramente se habían desvanecido para el tiempo en el cual Pedro escribió sus dos epístolas, pues no sugiere en absoluto que esas señales de los primeros tiempos de la Iglesia continuaban aún ocurriendo.
Ya que la revelación fue completada en el tiempo de los apóstoles, podemos ver que la tarea de los apóstoles y profetas se acabó. Y si los dones de revelación han terminado, entonces han terminado también las señales que autentificaban a los autores inspirados. Recordemos lo que Pablo dijo en 2 Corintios 12:12: “Entre vosotros se operaron las señales de un verdadero apóstol […] por medio de señales, prodigios, y milagros” (LBLA).
¿Cómo puede decirse entonces que no hay pruebas bíblicas del cesacionismo cuando la Escritura afirma enfáticamente que la revelación ha sido completada, como un fundamento en el comienzo de la era de la Iglesia?
Las Escrituras testifican acerca del final de los dones La sexta prueba acerca del final del cesacionismo es esta: las Escrituras muestran que estos dones estaban en el proceso de ser retirados en ese tiempo específico. Pablo, por ejemplo, quien poseía poder apostólico para ejecutar señales y prodigios y obras poderosas, no pudo, en el transcurso del tiempo, sanar a Timoteo o a Trófimo o a Epafrodito.
Podemos ver también la retirada de los dones de sanación en el libro de Santiago (que según entendemos escribió Jacobo el medio hermano del Señor) capítulo 5, donde se dan instrucciones específicas acerca de orar por los enfermos, y de cómo los ancianos pondrían sus manos sobre los que estaban postrados en cama. Es obvio en este pasaje que no se tiene en mente a sanadores talentosos, sino solo a ancianos de la iglesia que oran.
La palabra unción es mencionada, pero el término griego que denotaba la unción religiosa no es usado aquí. El griego usa una palabra muy práctica que significa “frotar” con aceite, como a manera de alivio para las úlceras ocasionadas por estar postrado en cama. Lo que Jacobo en realidad afirma es algo como esto: “Cuidado con que tu mente sea tan celestial que no seas de uso terrenal, sino que presta alivio físico a aquellas personas que sufren”.
Podemos, y debemos, orar por la sanidad de quienes están enfermos, pero puede ser que la voluntad de Dios sea que un enfermo testifique de la gracia de Dios en su enfermedad
Lo que más importa es la oración. Es cierto que teniendo en cuenta las instrucciones de Jacobo, ningún “talentoso sanador” es traído a casa del enfermo para dar la “orden” de ser sanados o para darle al enfermo “un toque sanador”. La imposición de manos de los ancianos es un acto simbólico, que comunica el amor de la iglesia, su cuidado y responsabilidad.
El pasaje en Santiago contiene cuatro exhortaciones para orar y es una continuación de su enseñanza acerca de lo que debemos decir: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. Podemos, y debemos, orar por la sanidad de quienes están enfermos, pero puede ser que la voluntad de Dios sea que un enfermo testifique de la gracia de Dios en su enfermedad.
El punto principal para nosotros en este artículo es que nadie posee un poder especial para sanar en Santiago 5. La sanación es hecha por Dios en respuesta a oraciones. Se puede ver que la actitud continua de la iglesia es la de orar por sanación, recordando que algunos son llamados a vivir “como ejemplo de aflicción y de paciencia” (Santiago 5:10).
El hecho de que Jacobo no mencione los dones de sanación muestra de manera inequívoca que el don de sanación fue retirado bastante pronto durante el curso de la era apostólica.
¿Asumiría un lector neutral de la Biblia que los dones serían para todos los tiempos?
Se ha sugerido que si un nuevo convertido, sin experiencia alguna en lo que respecta a la vida como parte de una iglesia, fuese encerrado en una habitación solo con su Biblia, nunca se le ocurriría que los dones carismáticos hubiesen cesado. Lo contrario es cierto. Hay mucha gente (nosotros conocemos varios) que habiendo tenido otra otras religiones, han sido convertidos a Cristo a través de la lectura privada de las Escrituras, y subsecuentemente han encontrado una iglesia. A partir exclusivamente de la lectura de la Biblia no han recibido ningún tipo de expectativa acerca de los dones carismáticos. De manera más frecuente —y esto incrementa con el paso del tiempo— los creyentes abandonan las iglesias carismáticas habiendo entendido claramente que lo que ocurre allí no es lo que ellos leen en la Biblia.
Al leer de manera cuidadosa el libro de Hechos, descubren que solo el grupo apostólico sanaba y sienten que han sido engañados por la noción carismática y pentecostal de que numerosas personas lo hacían.
Algunos se preguntan cuál era el significado o propósito original del hablar en lenguas y cuando aprenden de Pablo que era una señal específica para los judíos, sienten una vez más que han sido engañados por sus maestros.
Igualmente, sienten que han sido instruidos de manera equivocada cuando llega a ser evidente para ellos que las “lenguas” fueron idiomas reales, algo infinitamente más milagroso que simples sonidos incomprensibles y desarticulados.
Entonces, tan pronto como los creyentes entienden la importancia del modelo bíblico para la iglesia, a veces la siguiente pregunta surge en sus mentes: “¿Dónde están las instrucciones en la Biblia para el nombramiento de apóstoles, profetas y sanadores hoy en día?”. Se dan cuenta de que no hay ninguna en absoluto y se vuelven aún más críticos de las falsas enseñanzas que han recibido.
Entonces la pregunta acerca de la autoridad y suficiencia de la Escritura irrumpe y piensan: “¿Acaso la revelación de la Palabra de Dios no ha sido finalizada? ¿Cómo pues, las profecías modernas pueden ser válidas e inspiradas?”. Es obvio para ellos que todas las profecías “autoritativas” que ellos han escuchado son simplemente un gran error y engaño.
Muchos creyentes pensantes entienden por ellos mismos que para las personas carismáticas, las Escrituras ocupan un segundo lugar después de la imaginación humana y las experiencias misteriosas.
Finalmente, cuanto más estudian la Palabra de Dios, más ven la evidencia de que las señales desaparecieron poco después de su espectacular inicio.
Nada de esto significa que el Señor no inste a su pueblo a recordar deberes o verdades, o a hacer ciertas cosas, o que no les advierta de peligros inminentes. Estas son intimaciones divinas, no revelaciones o dones.
En la historia de la Iglesia, se han registrado ocasiones en las que algunas personas han tenido intimación de parte de Dios acerca de situaciones o personas peligrosas, pero nunca fueron revelaciones de doctrinas. Encontramos tales ocasiones en tiempos de grave persecución. Por ejemplo, antes de la caída de la antigua Unión Soviética, hemos escuchado relatos fidedignos donde siervos clave de Dios fueron maravillosamente librados de arrestos porque el Señor había fijado en ellos una firme convicción de no ir a cierto lugar en particular. Se descubrió tiempo más tarde que la policía KGB había tendido una trampa para ellos. Sin embargo, a ninguno de los que recibió tal intimación se le otorgó un don constante, y menos aún una revelación autoritativa de verdad doctrinal. Dios puede hacer toda clase de cosas para librar y bendecir a su pueblo, pero esto no implica que los dones apostólicos o proféticos estén siendo otorgados a ninguna persona.
El daño que la enseñanza carismática ha causado
Muchos carismáticos han comenzado a notar la enorme diferencia entre la Biblia y lo que se les ha enseñado. Las personas con tales dudas a menudo se preocupan por el hecho de que un elevado número de católicos que dependen de María, que van a misa y practican las buenas obras para alcanzar la salvación también pueden hablar en lenguas y profetizar. Muchos católicos adoran exactamente de la misma manera en la que lo hacen los protestantes carismáticos.
Los carismáticos que comienzan a dudar también llegan a escuchar que en sectas no cristianas también se habla en lenguas. Usted no necesita ser un cristiano salvo para hablar en lenguas al estilo carismático, porque estas no son un verdadero don del Espíritu.
Hay muchos cristianos sinceros en el movimiento carismático, pero aseveramos que el intentar restablecer el don de señales y de revelación es un error con consecuencias extremadamente dañinas. Podemos ver el daño cuando vemos la aparición de inmensas secciones del movimiento en el que el Evangelio prácticamente ha desaparecido al ser enterrado bajo extravagancias no bíblicas.
En la actualidad existen grupos carismáticos grandes que niegan la sustitución penal de Cristo, e incluso algunos niegan la Trinidad. (Uno de los más famosos predicadores y escritores de carácter carismático niega la doctrina de la Trinidad).
La música de entretenimiento de estilo mundano domina las iglesias carismáticas, aun la música más extrema y de carácter totalmente impío. Las artimañas teatrales de la mayoría de los líderes carismáticos, que lo único que quieren es dinero, pueden ser vistas en cualquier momento en los canales religiosos de la televisión, y, al parecer, la herejía del “evangelio de la prosperidad” está en todas partes. Numerosos charlatanes y bribones han logrado cautivar a un gran número de seguidores llevando a cabo supuestas “sanaciones” en lugares alrededor del mundo. Aún más, técnicas de adivinación del teatro de variedades se presentan como prodigios espirituales en iglesias que una vez fueron respetables.
La poderosa corriente que constantemente aleja la “circunscripción” carismática más y más de la Biblia, es evidencia de un error serio y fundamental, es decir, la idea de que los dones de señales y de revelación son válidos para todo los tiempos. El experimentarlos implica un doble error: primeramente reducir los dones a algo no milagroso (por ejemplo, convertir idiomas reales en palabrerías de tipo no lingüístico) y, en segundo lugar, menoscabar las Escrituras, que ahora se tendrían que rendir ante experiencias imaginarias de sueños, visiones, “palabras del Señor” y revelaciones similares. También se hace daño a cristianos cuya fe es desviada de Cristo y su Palabra, a fenómenos y sensaciones. Sinceramente oramos para que Dios libre a quienes son sus verdaderos hijos del creciente daño causado por el descabellado error de abandonar las Escrituras. Es perfectamente posible probar que el cesacionismo es una verdad bíblica.
Referencia
[1] Las personas que falsamente hablan en lenguas hoy en día ni siquiera intentan seguir las reglas bíblicas para el ejercicio de tal don de aquellos días: que no más de dos o tres personas podían hablar al mismo tiempo en un servicio (1 Corintios 14:27).
¿Cuál es el Pecado Imperdonable? by Jeremiah Johnson
Una de las defensas que los carismáticos emplean con más frecuencia ante las críticas, es la persistente amenaza del “pecado imperdonable”. Ellos advierten a los críticos del grave peligro de blasfemar contra el Espíritu Santo, y defienden su propia falta de discernimiento como un intento por evitar cometer ellos mismos la ofensa mortal.
Pero, ¿es así como debemos entender la advertencia de Cristo sobre la “blasfemia contra el Espíritu [que] no será perdonada” (Mateo 12:31)? ¿Acaso condenó Cristo a todo aquel que cuestionara una supuesta obra del Espíritu Santo? ¿Prohibió Él el discernimiento cuando se trata de afirmaciones de señales y maravillas sobrenaturales? ¡Por supuesto que no!
En su libro Diferencias Doctrinales Entre Los Carismáticos y los no Carismáticos, John MacArthur explica cómo este malentendido del pecado imperdonable tiene profundas raíces en los círculos carismáticos.
¿Qué es el pecado contra el Espíritu Santo? Charles y Frances Hunter, un matrimonio que sirve en un ministerio muy bien conocido, han escrito varios libros y hablan constantemente a favor de la experiencia carismática.
Aunque los Hunter no son eruditos ni teólogos, se comunican fácilmente con la persona promedio y su influencia se siente ampliamente dondequiera que dan su interpretación de la Escritura. En la introducción a su libro Why Should “I” Speak in Tongues? (¿Por qué debería “yo” hablar en lenguas?), los Hunter comparan a cualquiera que cuestiona las lenguas u otros aspectos del movimiento carismático con los fariseos que criticaban a Jesús y le atribuyen su obra a Satanás[1]. Los Hunter también implican que los críticos del movimiento carismático pueden estar peligrosamente cercanos a cometer el pecado imperdonable de blasfemia contra el Espíritu Santo[2]. ¿Tienen razón los Hunter? ¿Acaso cuestionar la doctrina carismática equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo? Cuando alguien niega que las lenguas son para hoy, o que el bautismo del Espíritu es una experiencia posterior a la salvación, ¿ha cometido esa persona un pecado imperdonable?[3].
Innumerables líderes carismáticos como los Hunter han hecho acusaciones similares, incluyendo algunos que respondieron al libro Fuego Extraño de John MacArthur. En un artículo titulado “Dear Dr. MacArthur (Estimado Dr. MacArthur)”, R.T. Kendall escribió: “En primer lugar, si su libro habla del peligro de ofender al Espíritu Santo con una adoración falsificada, me temo que usted está en mayor peligro de ofender al Espíritu Santo al atribuir Su obra a Satanás”[4].
En su artículo “John MacArthur, Strange Fire and Blasphemy of the Spirit (Fuego Extraño y Blasfemia del Espíritu)”, Michael Brown niega haber hecho la acusación contra John MacArthur, antes de insinuarla de todos modos. Respondiendo a la afirmación del pastor John, de que el movimiento carismático “blasfema del Espíritu Santo; atribuye al Espíritu Santo incluso la obra de Satanás”, Brown escribe:
“Para que quede perfectamente claro, no estoy afirmando ni por un segundo que el pastor MacArthur esté blasfemando contra el Espíritu (¡Dios no lo quiera!), pero en el Nuevo Testamento, blasfemar contra el Espíritu es atribuir conscientemente las obras del Espíritu a Satanás (Marcos 3:23-30), y me preocupa mucho más negar el fuego verdadero que apagar cada aberrante hoguera carismática”[5].
La afirmación de Brown representa la actitud casi supersticiosa de muchos carismáticos cuando se trata de las supuestas obras del Espíritu, como si cualquier duda constituyera un pecado imperdonable. Pero esa mentalidad no puede ser la que Cristo pretendía, no cuando las Escrituras instruyen a los creyentes a: “Probar los espíritus para ver si son de Dios” (1 Juan 4:1), y a imitar a los nobles bereanos, que: “Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
Está claro que Dios quiere que su pueblo tenga discernimiento, especialmente cuando se trata de los que dicen hablar en su nombre. En cierto sentido, ese fue el punto de Cristo en su confrontación con los fariseos en Mateo 12:22-32.
El pasaje comienza con Jesús sanando a un hombre ciego y mudo que también estaba poseído por un demonio (Mateo 12:22). El versículo 23 nos dice: “Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será este aquel Hijo de David?”. La gente comprendió con razón que aquel poder milagroso sólo podía pertenecer al Mesías. Para disuadir a la multitud de esa idea que suponía una amenaza directa a su propia autoridad, los fariseos hicieron circular la acusación blasfema de que: “Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios” (Mateo 12:24).
John MacArthur explica la profundidad depravada de la afirmación de los fariseos:
“Beelzebú, el señor de las moscas, era una deidad filistea. Se creía que era el príncipe de los espíritus malignos, y su nombre se convirtió en otro nombre para Satanás; así que lo que los fariseos estaban diciendo era que Jesús echaba fuera demonios por el poder de Satanás”[6].
Aunque los fariseos no tuvieron el valor de hacer su acusación perversa delante del Señor, las Escrituras nos dicen que Él conocía sus pensamientos (Mateo 12:25). Él reprendió a los fariseos públicamente, exponiendo lo absurdo de su afirmación.
“Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino?” (Mateo 12:25-26).
En términos sencillos, Cristo mostró lo ridículo que sería que Satanás trabajara en contra de sí mismo. Él redujo la acusación a su absurda esencia, y reveló la necedad y perversión de los corazones de los fariseos. Como explica John MacArthur: “Los fariseos tenían tal odio por Cristo que su lógica estaba distorsionada. En lugar de ser racionales, estaban siendo absurdos”[7].
Se suponía que estos hombres eran los líderes espirituales de Israel, y estaban engañando intencionalmente a la gente acerca de demostraciones obvias e innegables del poder divino de Cristo.
Habiendo expuesto la verdadera naturaleza de la acusación engañosa de los fariseos y el odio que consumía sus corazones, Cristo procedió a condenar en los términos más severos posibles el rechazo de ellos a la obra del Espíritu a través de Él.
“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo12:31-32).
En su comentario sobre este pasaje, John MacArthur explica la naturaleza y el alcance de la condena de Cristo.
“Jesús declaró en primer lugar que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres. Aunque la blasfemia es una forma de pecado, en este pasaje y en su contexto las dos cosas se tratan de modo separado, con la blasfemia representando la más extrema forma de pecado. Pecado aquí representa toda la gama de pensamientos y acciones inmorales e impías, mientras que blasfemia representa consciente condena y rechazo a Dios. La blasfemia es irreverencia desafiante, el pecado especialmente terrible de hablar intencional y abiertamente mal contra el Dios santo, o difamarlo o escarnecerlo (Marcos 2:7). El castigo en el Antiguo Testamento para la blasfemia era la muerte por lapidación (Levítico 24:16). En los últimos días, la blasfemia será una característica sobresaliente de quienes se oponen a Dios de manera rebelde e insolente (Apocalipsis 13:5-6; 16:9; 17:3).
“Pero blasfemar o hablar contra el Espíritu Santo era algo más grave e irremediable. Esto no solo reflejaba duda, sino incredulidad resuelta: rechazar después de haber presenciado toda la evidencia necesaria para tener un entendimiento completo, incluso para considerar creer en Cristo. Esto era blasfemar contra Jesús en su deidad, contra el Espíritu Santo de Dios que lo habitaba y fortalecía de forma única. Reflejaba rechazo resuelto a Jesús como el Mesías, en contra de todas las pruebas y argumentos. Reflejaba ver la verdad encarnada y luego, a sabiendas, rechazar y condenar al Hijo de Dios. Demostraba un rechazo absoluto y permanente a creer, lo cual resultó en pérdida de oportunidad de alguna vez ser perdonado, ya sea en este siglo o en el venidero”[8].
Esa es una distinción importante, y muy diferente de la amenaza que los líderes del movimiento carismático utilizan para anular el discernimiento y sembrar la credulidad en sus congregaciones. Mediante la tergiversación de las palabras de Cristo, los carismáticos han asustado a sus seguidores para que nunca cuestionen sus afirmaciones ni contrasten sus enseñanzas con las Escrituras, engañándoles con la idea de que dudar de las afirmaciones sobrenaturales es un pecado imperdonable. Mientras tanto, siguen blasfemando contra el Espíritu Santo al atribuirle sus engaños y divagaciones incoherentes.
El pueblo de Dios no debe tolerar este abuso de Su Palabra. Tenemos que hablar en contra de cualquiera que falsamente utilice la amenaza de la condenación eterna para silenciar a sus críticos y suprimir el discernimiento de sus seguidores.
Hay diferentes maneras de saber que tenemos el sello de la morada del Espíritu en nosotros:
EL ESPÍRITU SANTO ME MINISTRA Cada vez me deleito más al estar y conversar con aquellos que tienen el Espíritu. Me deleito en el Día del Señor, en el tiempo de adoración y de oración. Amo escuchar la predicación de la Biblia con el Espíritu Santo enviado del cielo. Si una persona llamada por Dios está dirigiendo una reunión en la que se predicará la Palabra de Dios, me gustaría estar en esa reunión. Creo que la Biblia es inspirada por Dios. Oro por mí y por aquellos que amo (amigos, familia y conocidos). Anhelo que esas personas conozcan a Dios y que den sus vidas para glorificarlo y honrarlo. Me siento mal cuando peco; siento la necesidad de confesarle mi pecado a Dios. Quiero agradar a Dios en todo lo que hago, por lo que presento mi cuerpo a Él como sacrificio vivo. Esta es mi oración: “Que mi vida entera esté consagrada a Ti, Señor… Traigo a Ti mi vida para ser, Señor, Tuya por la eternidad”. Estos deleites son las marcas de mi sellado; son las consecuencias de la morada del Espíritu Santo en mi vida. No hay otra explicación para este comportamiento tan contrario a los apetitos mundanos; es consecuencia de que Dios ha estado obrando en mi vida.
EL FRUTO DEL ESPÍRITU ES EVIDENTE EN MI VIDA Gálatas 5:22-23 dice: “En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas”. Los componentes del fruto del Espíritu aún no son perfeccionados en mí. Mi anciana madre sufría de demencia. Vivía con nosotros y hacía la misma pregunta cada pocos minutos durante horas, noche tras noche. Debí haber sido más paciente y bondadoso con ella. Debí haber mostrado más dominio propio. Sin embargo, este fruto no está totalmente ausente en mí. Tengo el amor, el gozo y la paz divinos que Pablo enlistó, incluso en los tiempos de profunda angustia. Sería mucho más egoísta, desagradable y despiadado sin la obra del Espíritu Santo en mi vida.
CONOZCO LA BENDICIÓN DEL ESPÍRITU Fui llamado al ministerio en 1963 y por cuarenta años he predicado la Palabra de Dios. ¿Ha sido este un largo viaje de mi ego? No niego la posibilidad. Estar de pie frente a cientos de personas y predicar la Palabra de Dios semana tras semana podría satisfacer el ego de algunos. No obstante, he experimentado una y otra vez una ayuda más allá de mis fuerzas al preparar mis sermones y predicar de la Biblia. A través de los años muchos grandes hombres de esta congregación han sido llamados al ministerio. Creyentes de diferentes trasfondos y personalidades me dicen que mis sermones los ayudan. Eso solo es posible por medio de los dones de enseñanza, pastorado y liderazgo que el Espíritu Santo ha puesto en mí.
VEO LA DIRECCIÓN DEL ESPÍRITU EN MI VIDA Dios me ha guiado en las sendas de justicia. Esa ha sido la irresistible trayectoria de mi vida. He pecado todos los días y he tenido caídas importantes; Dios me ha levantado muchas veces. Todos los días he conocido el perdón. Nunca he vivido un día en que no haya sabido que Jesucristo es mi Salvador y que debo estar caminando más cerca de Él. El Espíritu me ha guiado a servir a los demás, a poner la otra mejilla a los insultos, a negarme y a adorar al Rey del cielo.
Por consiguiente sé que el Espíritu Santo está en mi vida puesto que Dios dice que el Espíritu está en la vida de todo el que cree en Su Hijo. Por medio de las marcas del Espíritu veo la confirmación de Dios, de que Sus promesas son verdad. Ese es el sello del Espíritu de Dios. ¿Has sido marcado en Cristo con este sello? ¿Es visible en tu vida el fruto del Espíritu? ¿Los demás reconocen estos dones en ti? ¿Estás siendo guiado por el Espíritu año tras año? ¿Eso, a su vez, guía a otros a Cristo?
Estas preguntas no se refieren a tu ortodoxia. Ni siquiera son acerca de tus sentimientos y emociones. Se refieren a tu espiritualidad. Esa palabra se ha vuelto muy común hoy en día. Los jóvenes afirman que en sus valores buscan la espiritualidad en vez del materialismo. Me pregunto si realmente es así. La espiritualidad que es agradable a Dios es el resultado de la obra del Espíritu en nuestras vidas. Lleva fruto santo por el camino angosto de servir a los demás en el nombre de Jesucristo. El Espíritu de Dios crea y sostiene la verdadera espiritualidad. ¿Has sido marcado en Cristo con el sello del Espíritu Santo?
Este artículo ¿Cómo sé si tengo el sello del Espíritu Santo? fue adaptado de una porción del libro El Espíritu Santo, publicado por Poiema Publicaciones.