Mira tu enfermedad a la luz del evangelio | Gabriela de Morales

Las personas que me conocen o me han visto hablar saben que la mitad de mi cara está paralizada. Esto se debe a la parálisis de Bell. Llevo algunos años con ella y ahora estoy mejor. No estoy totalmente curada, pero estoy en un punto en el que no mejorará y (Dios mediante) no empeorará.

Esta parálisis hace que las tareas cotidianas sean más difíciles para mí: cerrar mi ojo derecho, comer, beber, hablar, sonreír, etc. Aun así, la peor parte de mi enfermedad fue el aspecto espiritual y las personas que me dijeron que Dios (o el karma) me estaba castigando. Esto desafió la forma en que veía la salud y la enfermedad.

Si te pregunto cuál es tu opinión sobre la enfermedad o la salud, ¿cómo responderías? Cualquier profesional de la salud sabe que la salud no es exactamente lo contrario a la enfermedad. Es más complejo que eso. La Organización Mundial de la Salud afirma que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no simplemente la ausencia de enfermedades o debilidad”.

Deberíamos querer estar sanos y luchar por el bienestar en todas estas áreas de nuestras vidas. Pero la salud tiene que ser más que eso. Como personas cambiadas por el evangelio, debemos considerar otro aspecto: la esfera espiritual.

Recordar el evangelio
El evangelio cambia la forma en que vemos la enfermedad, y se demuestra cuando nos hacemos preguntas como: ¿por qué Dios me permitiría estar enfermo? ¿Por qué Dios permitiría que mi hijo se enfermara?

Nuestro Señor gobierna y conoce toda la historia. Es decir, a Dios no le sorprende nuestra enfermedad.

Cuando estás enfermo, o alguien a tu alrededor lo está, debemos recordar que Dios ideó su plan de salvación antes de la creación y sabe su final. Nuestro Señor gobierna y conoce toda la historia. Es decir, a Dios no le sorprende nuestra enfermedad. No le sorprende el resultado de tus últimos exámenes de laboratorios, lo que encontró el cirujano, o el hecho de que el tratamiento no funcionó.

Solo cuando comprendemos la profundidad evangelio y cómo Dios logró nuestra redención para su gloria, podemos ver cómo Él puede usar nuestra salud o enfermedad, incluso la enfermedad final —la muerte— para alabanza de su Nombre. Vemos varios ejemplos de esto en las Escrituras (por ej.: Jn. 9, 11).

La verdad del evangelio no disminuye el valor de los pensamientos y las emociones que experimentamos durante la enfermedad. Sin embargo, el evangelio nos permite ver la gloria de Dios como algo mucho más valioso para nosotros que nuestra propia salud, ya que esta gloria es el propósito y fin de todas las cosas (Ro. 11:36).

Nuestra naturaleza humana caída rechaza esto con facilidad. Lo sé por experiencia. Mientras luchaba con mi parálisis, fue difícil para mí entender por qué Dios la permitió. Fue una lucha emocional mientras lidiaba con la vanidad y el miedo al hombre. Fue una lucha física debido a los inconvenientes y el dolor que causó. Fue una lucha espiritual mientras batallaba con ira, depresión, y vergüenza.

Pero cuando me recordaron el evangelio una y otra vez, no me quedó duda de que esta parálisis era lo mejor para mí porque, en última instancia, era lo que más le daba gloria a Dios y era algo que Él usaría para hacerme más como Jesús (Ro. 8:28-29). Fue una demostración de Dios cuidando mi corazón en una situación que mi carne clasificó como mala. Mi parálisis glorificó a Dios porque Él la usó para llevarme a atesorarlo más profundamente.

Un lugar para la medicina
Esto no significa que no haya buscado formas de mejorar mi salud. ¡Lo intenté todo!

Al creer en el evangelio, también acepto las otras verdades que la Biblia nos cuenta sobre el Dios que nos salvó. Por ejemplo, que Dios es el Creador. Al ser portadores de su imagen, podemos ver cómo la medicina es una expresión de la creatividad e inteligencia que Dios nos da. Así como podemos alegrarnos y darle gloria a Dios por diferentes tipos de tecnología, podemos hacer lo mismo con los tratamientos médicos.

Algunos dirían que buscar tratamiento y medicina puede verse como una falta de fe en la soberanía de Dios y, por lo tanto, es pecaminoso. Sin embargo, ¿analizamos nuestros corazones cuando buscamos tratamientos? El uso de la medicina en sí no es pecaminoso, pero la forma en que nos relacionamos con ella puede serlo. ¿Buscamos tratamiento porque es en lo que hemos puesto nuestra mayor esperanza? ¿O buscamos tratamiento porque creemos que es algo que Dios puede usar para su gloria?

Aunque Dios puede usar mucho a los médicos (y esto es algo importante para mí, pues soy médico), nosotros estamos limitados de una manera en que Dios no lo está (ver Ec. 8, 1 R. 17). No debemos confiar únicamente en la comprensión o habilidad humana. Cuando abordamos el tratamiento y la medicina a través del lente del evangelio, reconocemos que no podemos depositar toda nuestra esperanza en ellos.

Ten tu esperanza en Jesús
La realidad es que algunos de nosotros no seremos sanados de las cosas que nos aquejan en esta vida. He tenido parálisis facial durante años y no recuperaré el uso de la parte afectada en este lado de la eternidad. Otros padecen enfermedades que no les permiten tener hijos. Otros tienen enfermedades incapacitantes que no les permiten vivir mucho tiempo, o los restringen a una silla de ruedas. Todo esto parece una lista sombría de ejemplos, pero aquí podemos ver más de la hermosura del evangelio.

Debido al evangelio, la sanidad suprema vendrá para aquellos que confían en el Señor Jesucristo.

Sabemos que, debido al evangelio, la sanidad suprema vendrá para aquellos que confían en el Señor Jesucristo. Dios le reveló a Juan un tiempo en el que eventualmente no habrá más dolor, lágrimas, o muerte (Jn. 11, Ap. 21). En esto radica nuestra esperanza. No en nuestra propia salud. No en medicamentos o cirugías que nos liberen del dolor. Está en lo que Dios prometió: el bienestar completo de quienes profesan su Nombre y confían en Él.

Mientras cuidamos nuestra salud y la de nuestros seres queridos, mantengamos nuestros ojos en el evangelio mientras consideramos lo que realmente significa “estar bien”. A medida que el evangelio nos ayuda a reconocer que los médicos y la atención que brindan no son la solución definitiva, nos recuerda que Dios sí es la solución definitiva.

Si el tema recurrente de nuestras vidas es vivir para la gloria de Dios, podemos reconocer que Dios puede sanar milagrosamente a los pacientes, usar profesionales de la salud para sanar, o permitir una enfermedad porque está trabajando para hacernos más como su Hijo de maneras que no entendemos por ahora.

Esto es lo que debemos recordar en medio de la enfermedad: sin importar el caso, nuestra carne y nuestros corazones fallarán, pero Dios es nuestra fuerza y ​​porción para siempre (Sal. 73:26). Y tenemos acceso a Él, nuestra fuerza, por el evangelio. ¡Aleluya!

Gabriela de Morales es bióloga, médico y consejera genética. Sirve a las mujeres de Iglesia Reforma y escribe para Mitos Rotos.

Simón Pedro (4) – Su confusión

Lunes 4 Septiembre
Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que decía.
Lucas 9:33
Simón Pedro (4) – Su confusión
Simón Pedro fue llamado “bienaventurado” por el Señor Jesús debido a su confesión: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16-17). A pesar de esta bendición, la franqueza de Simón, a menudo descontrolada, su falta de conocerse a sí mismo y su ignorancia de los planes de Dios, lo llevarían a cometer varios errores muy serios.

Poco después de su confesión de fe, Simón reprendió fuertemente al Señor Jesús por haber anunciado que sería rechazado y condenado a muerte (Mt. 16:21-23). Ante esta situación, Cristo lo reprendió y le dijo claramente que en esta ocasión era portavoz de Satanás. Y Jesús añadió: “Me eres piedra de tropiezo” (NBLA). De un momento a otro, Pedro pasó de ser una piedra bienaventurada a una piedra de tropiezo. Este fue el preludio de las cosas que vendrían en su vida.

Cuando Pedro, Jacobo y Juan estuvieron en “el monte santo”, tuvieron el privilegio de ver una visión de la gloria de Cristo en el Milenio. Pero Pedro comprendió su significado mucho tiempo después (véase 2 P. 1:18). Su primera reacción fue lanzar un comentario desafortunado y confuso. Sugirió construir tres tiendas, una para el Señor, otra para Moisés y otra para Elías. Poner Cristo al mismo nivel que Moisés y Elías es un grave error, a pesar de que Pedro le dio el primer lugar al Señor, mencionándolo primero: “Una para ti, una para Moisés, y una para Elías”. Pedro estaba tan impresionado de estar en presencia de hombres tan estimados como Moisés y Elías que asoció al Señor con ellos. El que antes había dicho: “Tú eres el Hijo de Dios viviente” ahora puso al Señor Jesús al mismo nivel que estos hombres tan honorables, pero falibles. El Padre no puede soportar esto e interrumpió a Pedro mientras este aún hablaba. Una nube llegó y cubrió a los discípulos y se oyó una voz: “Este es mi Hijo amado; a él oíd” (v. 35). ¡Con qué frecuencia hablamos imprudentemente! ¡Y cuán grave es cuando empaña la gloria de nuestro Señor Jesús!

Brian Reynolds
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La fuente del gozo

Domingo 3 Septiembre
Nos gozaremos y alegraremos en ti; nos acordaremos de tus amores más que del vino.
Cantar de los Cantares 1:4
La fuente del gozo
El frescor de una nueva fe puede traer una alegría tan viva que nos eleva por encima de nuestras circunstancias. Después de ser llevados al Señor Jesús y encontrar en él esa dulce seguridad del perdón y la perfecta aceptación, todo a nuestro alrededor parece estar vivo y lleno de alabanzas a Dios

Sin embargo, por muy desbordante y real que sea esta alegría, no siempre permanece tan profunda y entusiasta como en nuestra conversión. Su fervor pronto se desvanece y nos preguntamos qué ha pasado. ¿Por qué no conservamos ese inmenso gozo que era tan valioso para nosotros y que deseábamos profundamente no perder jamás?

La respuesta se halla en el bello versículo de hoy. El gozo es un elemento profundamente importante en la vida cristiana, pero no puede sostenerse por sí mismo. Si hacemos del gozo nuestro objetivo, lo perderemos. El gozo no puede alimentar nuestras almas. Solamente puede ser el resultado de algo más importante. “Nos gozaremos y alegraremos en ti”. El Hijo del Dios, que murió y resucitó por nosotros, es el único Objeto que puede llenar verdaderamente nuestro corazón de gozo profundo y perdurable. Debemos alimentarnos de él y del alimento sólido de su Palabra. Entonces podremos decir como Jeremías: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jer. 15:16).

El versículo de hoy dice: “Nos acordaremos de tus amores más que del vino”. El vino simboliza el gozo, aquello que trae emoción. Es mucho más importante recordar el amor del Señor Jesús que el gozo de nuestras propias experiencias. Su gozo, su amor y él mismo permanecen igual, mientras que nuestro gozo viene y va. No puede permanecer constante.

Hagamos del amor del Señor, de su Palabra y de su Persona, los objetos de nuestra meditación. Entonces tendremos un gozo puro y precioso.

L. M. Grant
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Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

Sábado 2 Septiembre
Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Lucas 23:34
Perdonar
Mientras que muchas personas han batallado para salvar a un amigo, nuestro Señor, antes de su muerte, utilizó su último aliento para interceder por sus enemigos. En el punto más álgido de su sufrimiento en manos de hombres ingratos, él hizo la petición del versículo de hoy. Cuando Pedro preguntó: “¿Cuántas veces perdonaré… ?” Jesús respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt. 18:21-22).

En algunas personas, el hecho de no tomarse a pecho los insultos se debe más bien a un temperamento frío e indiferente: poseen una insensibilidad estoica tanto a la bondad como a la maldad. No fue así con Jesús. Su naturaleza santa lo hacía profundamente sensible a la ingratitud y a los insultos, fueran fruto del odio o de la traición. Muchas personas están más dispuestas a perdonar a un enemigo abierto y desenmascarado que a perdonar y olvidar cuando se trata de la infidelidad y la insensibilidad de un amigo, o de un amor no correspondido. ¡El Señor no fue así!

Fíjense en cómo actuó Jesús con sus propios discípulos, quienes lo abandonaron cuando más los necesitaba. Lo primero que hizo después de resucitar fue disipar sus temores y les aseguró su amor eterno. Se encontró con ellos para bendición (Jn. 20:20-21), y cuando ascendió, los dejó con una bendición (Lc. 24:50). Al igual que el Señor, no debemos considerar a nadie como nuestro enemigo, ni actuar con amarga recriminación.

Interpretemos los fallos de los demás de la mejor manera posible y no hagamos insinuaciones o comentarios injuriosos. Considerémonos a nosotros mismos, no sea que también seamos tentados (Gá. 6:1). Cuando albergamos conscientemente un espíritu implacable, consideremos donde estaríamos si el Señor se hubiese comportado de esa forma con nosotros. Recordemos: “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:13).

J. R. MacDuff
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Complacer a Dios

Viernes 1 Septiembre
Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto.
1 Corintios 10:5
Complacer a Dios
Toda alma regenerada tiene la capacidad y el deseo de agradar a Dios. Por el contrario, “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:8), y “sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6).

Enoc fue uno de los creyentes del Antiguo Testamento que agradó a Dios al mantenerse alejado de la contaminación y la impiedad de la cultura en la que vivía (He. 11:5). Entonces, antes del diluvio, Dios lo sacó de este mundo sin que pasara por la muerte. Enoc es una bella imagen de la esperanza cristiana de ser librados de la ira venidera. Sin embargo, Dios no se agradó en varios de los hijos de Israel. Ellos se caracterizaban por la codicia, la idolatría y la fornicación; además tentaron al Señor y murmuraron. Como resultado, Dios los derribó en el desierto, y esto fue escrito para nuestra admonición, para que evitemos cometer los mismos errores.

Buscar agradar a Dios tiene un efecto positivo en nuestra vida de oración. El apóstol Juan escribió: “Cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn. 3:22). Solo un Hombre, el Señor Jesús, pudo decir: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). Por lo tanto, él es el ejemplo perfecto que debemos seguir. Aunque no siempre podamos complacer a Dios a causa de la carne miserable en nosotros, debemos recordar que (1) nuestra liberación se ha cumplido en Cristo; y que (2) tenemos, a través del Espíritu que mora en nosotros, el poder para someternos a Dios (Ro. 8:13).

Finalmente, tomemos en serio esta exhortación: “Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más” (1 Ts. 4:1).

Richard A. Barnett
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Debes ser débil para ser santificado | Caleb Clark

Debes ser débil para ser santificado

Caleb Clark

«No sé qué hacer», le dije a mi esposa. «No estoy leyendo la Biblia. No estoy dedicando tiempo a la oración. Me siento un fracaso». Mi esposa me escuchó atentamente. Me puso la mano en la espalda, me miró a los ojos y me dijo amablemente: «Caleb, tienes que ir a orar». Ni siquiera se me había ocurrido la idea de acercarme a Dios en mi debilidad.

Cuando los cristianos hablan de «vencer el pecado» o de crecer en su fe, el tono predominante suele ser el de esforzarse con esfuerzo humano. Una persona puede decir «Yo necesito ser más disciplinado» o «Yo necesito trabajar más duro. Yo necesito fortalecer mis músculos espirituales, crear nuevos hábitos y mantenerme en ellos».

Esto no es del todo erróneo. Pero la Biblia nos dice que la santificación no es principalmente un acto de la voluntad. Por el contrario, se basa en reconocer nuestra debilidad y depender cada vez más del poder del Espíritu para transformar nuestras vidas.

Esfuérzate por depender
En su carta a los Filipenses, Pablo escribe: «Así que, amados míos, tal como siempre han obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención» (Fil 2:12-13, énfasis añadido).

La santificación se basa en reconocer nuestra debilidad y depender cada vez más del poder del Espíritu para transformar nuestras vidas

Pablo exhorta claramente al cristiano a esforzarse. Esto se relaciona con otros mandatos que da a los cristianos: andar por el Espíritu (Gá 5:16), despojarse de las obras de la carne (Ro 8:13-14) y proseguir hacia la meta final (Fil 3:14). El esfuerzo prescrito aquí es lo que solemos asociar con la santificación, y con razón. Esforzarse por la santidad es completamente bíblico.

Pero lo que a menudo se deja fuera de la conversación son las cláusulas calificativas en torno a la exhortación de Pablo a «esforzarnos». Primero escribe que debemos participar en el proceso de santificación con «temor y temblor». No son palabras que tendamos a asociar con el progreso en la carrera cristiana. Temor y temblor son términos que denotan la debilidad y la dependencia humanas ante Dios (cp. 1 Co 2:3).

¿Por qué el apóstol hace referencia a la debilidad? Porque está convencido de que la santificación consiste en aceptar nuestros límites y depender del Espíritu. Al fin y al cabo, Dios es quien santifica. Esa es la segunda cláusula calificativa: «Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer» (v. 13). Nos esforzamos en nuestra salvación con temor y humildad, sabiendo que no somos lo suficientemente fuertes, pero Dios sí lo es.

No hay superhéroes espirituales
Al esforzarnos en Cristo para participar en nuestra santificación, nos hacemos «más débiles» en el sentido mundano. Perdemos nuestro sentido de autonomía e independencia; incluso perdemos la noción de que podemos obedecer a Dios con nuestras propias fuerzas. Pero ganamos mayor fe, una gloriosa dependencia del Espíritu, y esa es la fuerza verdadera.

Dios transmite esta verdad a Pablo cuando le dice: «Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad». El apóstol responde con alegría: «Con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades» (2 Co 12:9). El crecimiento en Cristo no convierte a Pablo en un superhéroe espiritual que logra todo lo que se propone. Más bien, su santificación es un proceso mediante el cual aprende a ser «débil en Él» para que el poder de Cristo se magnifique (13:4).

No podemos presumir de nuestro nivel de madurez espiritual, porque todo es obra de la gracia

¿Qué pasaría si la iglesia de hoy comprendiera firmemente la realidad de que hay que ser débil para ser santificado? En primer lugar, nuestro orgullo espiritual sería aplastado al saber que caminamos por el estrecho sendero de la santificación cada día solo a través de la abundante gracia de Dios. No podemos presumir de nuestro nivel de madurez espiritual, porque todo es obra de la gracia. En segundo lugar, nuestra fe abundaría.

La debilidad como invitación
Nuestros fracasos y debilidades a menudo nos impiden acercarnos con valentía al trono de la gracia. Cuando fallamos en leer nuestras biblias, pasar tiempo en oración, o desarrollar disciplinas espirituales, la culpa puede ser difícil de disipar. Los fracasos se responden con el mensaje mental de «¡Solo hazlo mejor!». Pero esta respuesta comprensible va en contra de la obra santificadora del Espíritu, porque pone el poder del cambio en manos humanas.

Si, por el contrario, vemos nuestras debilidades y fracasos como invitaciones a confiar en Dios, seremos libres para afrontarlos con una fe creciente, sabiendo que Dios actúa incluso cuando somos pecadores y débiles. No es como si no pudiera tocar lo peor de nosotros. Se complace en hacerlo, demostrando que Su fuerza es perfecta incluso en nuestra debilidad.

Cristiano, debes ser débil para ser santificado.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
Caleb Clark es el pastor de One Church en Huntington Beach, California, donde él y su esposa, Faith, residen. También es estudiante en el Seminario Teológico Talbot.

Después de la cautividad en Babilonia (25) Tristes noticias

Jueves 31 Agosto
Los príncipes vinieron a mí, diciendo: El pueblo de Israel y los sacerdotes y levitas no se han separado de los pueblos de las tierras… han tomado de las hijas de ellos para sí y para sus hijos, y el linaje santo ha sido mezclado con los pueblos de las tierras… Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, y arranqué pelo de mi cabeza y de mi barba, y me senté angustiado en extremo.
Esdras 9:1-3
Después de la cautividad en Babilonia (25) Tristes noticias
Esdras y los que lo acompañaban solo llevaban unos días en Jerusalén cuando recibieron una triste noticia: muchos israelitas, incluso sacerdotes y levitas, se habían casado con personas paganas de los pueblos que los rodeaban. Sus líderes y gobernantes fueron los primeros en hacerlo. Su reacción fue inmediata: ayunó, rasgó su ropa y se arrancó el pelo y la barba, y se sentó desesperado hasta el sacrificio de la tarde. Quienes temían ante la Palabra de Dios se unieron a él en su angustia.

En el momento del sacrificio de la tarde -la hora en que nuestro Señor Jesús, varios años más adelante, murió en la cruz por nuestros pecados- Esdras se puso de rodillas y comenzó a orar con vergüenza y humillación, llorando y confesando este gran pecado: habían desobedecido al Señor al casarse con mujeres paganas. Al orar, se identificó con las personas que habían pecado. Orando con toda humildad, reconoció que Dios es justo. Dijo varias veces “nosotros” en su oración, pero nunca dijo “ellos”. Muchos hombres, mujeres y niños se unieron a él durante su oración, y todos lloraron amargamente.

Nuestra tendencia natural, cuando el pecado sale a la luz, es culpar a los que han pecado, haciéndonos quedar bien por efecto de comparación. Sin embargo, ante Dios, no solo somos personas individuales, sino también parte del grupo al que pertenecemos, ya sea una asamblea, una comunidad o una nación. Que Dios nos ayude a ocupar nuestro lugar en la humillación ante él. Esdras no se dio por vencido ni regresó a Babilonia para asociarse con mejores personas. Él, junto con quienes lo acompañaban, necesitaban no solo confesar, sino también abandonar su pecado para hallar misericordia (Pr. 28:13).

Eugene P. Vedder, Jr.
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El dominio propio y tu ira pecaminosa | Aaron Halbert

El dominio propio y tu ira pecaminosa

Por Aaron Halbert

Cuando me pidieron que escribiera sobre el dominio propio y la ira, mi respuesta inmediata fue: «¡Soy la última persona que debería escribir sobre este tema!». No dije esto porque no tenga problemas en esta área, sino porque, en el momento en que me preguntaron, estaba lidiando con cosas que revelaban ira dentro de mi propio corazón. Simplemente había tantas situaciones que estaban alimentando este pecado en mí. Para comenzar, a mi familia le habían pedido que se mudara inesperadamente y lo encontré injusto. Luego, mi esposa enfermó durante más tiempo del esperado y tuve que hacerme cargo del cuidado de los niños, labor en la cual, mis frustraciones, irritabilidad e ira pasaron a primer plano y asomaron su fea cabeza. Además, la mudanza a la nueva casa significó más tiempo en el tráfico y, a menudo, me encuentro frustrado y molesto con otras personas —con mi ira hirviendo al máximo— por sus habilidades de conducción o la falta de ellas. Entonces, escribo estas cosas como un compañero pecador que constantemente está tratando de hacer morir estos pecados.

Diferenciando entre la ira justa y la ira pecaminosa
Muchas veces, cuando surge el tema de la ira, queremos pasar inmediatamente a la idea de la ira justa y al hecho de que las Escrituras nos dicen que debemos o podemos estar enojados, pero no pecar (Ef. 4:26). Debido a este pasaje, concluimos que nuestra ira es justa o tratamos de excusarnos o justificar nuestra ira. Buscamos justificarla diciendo que otros han actuado de maneras que han provocado nuestra justa ira.

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Necesitamos comprender rápidamente, que la ira justa es la que viene porque vemos que se quebranta la ley de Dios. Así que, podemos fácilmente reflexionar y darnos cuenta de que, lo más probable, es que nuestra ira generalmente no proviene de algo que podríamos llamar justo y, muchas veces, no es algo que controlamos bien.

Pero ¿qué es la ira?
Creo que podemos reconocer fácilmente que la ira no es amor porque el amor es paciente y amable. Pero ¿qué es la ira? La ira es el descontento con los demás, y con las cosas o situaciones a las que reaccionamos con palabras, emociones, actitudes o acciones pecaminosas; y mientras nos comportamos de este modo, estamos dirigiendo este diluvio de maldad hacia el que se cree que está causando nuestro problema. Pero si queremos (y debemos) ser honestos, reconoceremos que, ante todo, y sin excusa alguna, la ira es pecado.

Dominio propio ante la ira
A lo largo de las Escrituras se nos dice que debemos tener dominio propio y hemos visto, poco a poco, cómo aplicarlo a varios aspectos de la vida, todo en dependencia del Espíritu Santo. Nuestra ira es otra área, otro pecado que debe ser dominado. Como todos habrán experimentado, la ira suele tomar control. No le gusta contenerse. No quiere tener riendas que lo sujeten. Entonces, tener dominio propio nos ayudará a controlar nuestra ira, irritabilidad y frustración. Para esta titánica labor, la clave es la forma en que pensamos acerca de nuestra ira y el dominio propio. Cuando Pablo escribe acerca de los líderes de la iglesia, dice que deben se sobrios y poseer dominio propio (Tit. 2:2). Pedro también habla de tener una mente sobria y dominio propio (1 P. 5:8-10). A menudo parece haber una conexión con el dominio propio y la forma en que pensamos. Y nuestros pensamientos deben ser, principalmente, nutridos y saturados por las Escrituras.

Por lo tanto, una de las primeras cosas de las que debemos darnos cuenta sobre el dominio propio y nuestra ira es que nuestro enojo nos ha hecho pensar incorrectamente acerca de Dios. Cuando nos enojamos, principalmente afirmamos que lo que Dios ha hecho está mal. Regularmente se encuentra que la ira es olvidar la gracia de Dios en nuestras propias vidas y la bondad con la que Dios nos ha tratado. Mencioné anteriormente nuestra mudanza inesperada. En ese acontecimiento, en el centro de mi ira estaba la sensación de que me habían tratado injustamente y estaba olvidando la bondad de Dios para con nosotros en su sabia providencia. Aunque quería justificar mi ira sobre la base de lo que alguien más había hecho, en verdad, en ese momento me faltó el control de mí mismo, porque me había olvidado de que nuestro Dios realmente no me trataba como se merecen mis pecados.

¿Cómo buscar dominio propio ante la ira?
Entonces, las formas más obvias de asegurarme de que tengo dominio propio y una mente sobria son la dependencia constante de la Palabra de Dios para informar mi pensamiento. La forma en que tengo la victoria sobre mi ira y otros pecados que son hermanos de esta, es teniendo mi mente constantemente transformada por la Palabra de Dios. Pablo dice en Romanos 12:2 que debemos ser transformados «mediante la renovación de [nuestra] mente». También les dice a los Efesios que deben ser «renovados en el espíritu de su mente» (Ef. 4:23)..

Si queremos matar nuestra tendencia a gritarles a los niños, dejar que las opiniones de otras personas nos molesten, enojarnos con esos corredores de la fórmula 1 en nuestras calles, hablar mal de otros, tener resentimiento hacia los demás y toda una serie de otros pecados, entonces debemos tener constantemente nuestras mentes transformadas por la Palabra de Dios. Nunca podrás luchar contra la ira si constantemente piensas de manera incorrecta al respecto.

¿Cómo pensamos incorrectamente acerca de nuestra ira? Debemos dejar la tendencia de querer decir que la mayor parte de nuestra ira se debe a lo que otros han hecho, para eso, es útil recordar que nadie nunca causa nuestra ira, sino que proviene de nuestro interior. Debemos dejar de culpar a otros. Las personas pueden darnos la oportunidad de responder con ira, pero nuestra ira no es su culpa.

Por lo tanto, lo que eso debe producir en mí es una rápida y veloz respuesta a mi ira. Debo reconocer mi enojo y confesarlo regularmente cuando sé que estoy fallando en tener dominio propio y ser sobrio con mi enojo. Cuando tengo esa respuesta insistente de decirle a alguien lo que pienso, criticar a otros por cómo han hecho algo, o frustrarme con las personas en mi vida por no estar a la altura de mis expectativas, debo ir a Cristo y confesarlo. La forma de tener dominio propio es reconocer la existencia del pecado y sacarlo a la luz en lugar de ocultarlo o encubrirlo. Es ser rápido para ir a aquellos con los que me he enfadado, pedir perdón y confesar mis malas acciones. Esto es lo que hace una persona de mente sobria y con dominio propio. Ve la profundidad de su depravación y la confiesa abiertamente, arrepintiéndose y luego se esfuerza por una nueva obediencia en Cristo. Parece que el recaudador de impuestos en Lucas 18 se inclinó clamando a Dios por misericordia porque su pecado lo deshizo. Eso debe pasar en nuestro corazón al pensar en la maldad remanente en nuestras almas. ¡Cuando pensamos sobriamente acerca de nuestro pecado, nos ayuda a ser honestos para que podamos tener más dominio propio!

Conclusión
Finalmente, en un nivel práctico, quisiera cerrar dando algunos consejos como experto en la ira. Usa el tiempo entre tus temporadas de ira para establecer formas de luchar contra ella. Nota que tu enojo tiene consecuencias y comienza a utilizar los momentos en que no estás enojado para tratar el enojo por lo que es: un ataque moral a la ley de Dios. Busca formas de ver señales de cuándo la ira tiende a alejar lo mejor de ti. Memoriza y estudia las Escrituras que renuevan tu mente para ver las profundidades de tu pecado. Ora regularmente para que Cristo te dé ojos para ver cómo tu ira te hace perder el dominio propio. Pide a otras personas cercanas a ti que te ayuden a ver las formas en que permites que la ira se apodere de tu vida.

Sugiero estas cosas porque la ira le da al diablo un punto de apoyo, entonces, sin duda, querrás asegurarte de que tratas con la ira apropiadamente. En otras palabras, debes darle la muerte legítima que merece junto con cualquier otro pecado del que debes huir mientras corres hacia Cristo. En definitiva, querido santo, ahí es donde encontrarás descanso. Tu ira y falta de dominio propio nunca producirán paz. ¡Oh, pero correr a un Salvador que voluntariamente murió por ti, te otorgará paz y la capacidad de hacer morir este pecado de ira al otorgarte dominio propio que solo proviene de su Espíritu a través de la obra de la Palabra renovando tu mente! ¡Alabado sea Jesús por eso!


Aaron Halbert, estadounidense, sirve en Tegucigalpa, Honduras, como uno de los pastores de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana. Disfruta largas conversaciones sobre la plantación de iglesias, todo lo relacionado con los Voluntarios de la Universidad de Tennessee, casi cualquier comida hondureña (excepto la sopa de mondongo) y los Tottenham Hotspur. Aaron está casado con Rachel y tienen 5 hijos, a quienes les encanta servir junto a sus padres a través de la hospitalidad y encontrar formas de establecer relaciones en la iglesia, en actividades de los niños y con los vecinos.

La visión de Isaías

Miércoles 30 Agosto
En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.
Isaías 6:1
La visión de Isaías
¡Qué efecto tuvo esta impresionante visión del Señor en el joven profeta! Vio al Señor en su majestad -sentado en un trono alto y sublime; en su santidad- los serafines exclamaban: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos”; y en su gloria: “toda la tierra está llena de su gloria”. No es de extrañar que el templo temblara y se llenara de humo.

Podemos suponer que Isaías también tembló. En el capítulo anterior había pronunciado seis ayes sobre aquellos en Israel que deshonraban a Dios con sus actitudes y acciones. Pero cuando vio al Señor, dijo: “¡Ay de mí!”. Ese siempre será el efecto de la presencia de Dios en los hombres. En este lugar santo, perdemos de vista los “labios inmundos” de los demás, porque descubrimos que nuestros propios labios son inmundos.

Pero el Señor tenía algo más en mente para Isaías. Un carbón encendido, tomado del altar por uno de los serafines, tocó sus labios, y el “ay” de su confesión da paso al “he aquí” de la purificación. Citemos las palabras del serafín: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (v. 7). Estas palabras ilustran maravillosamente el efecto purificador de la obra de Cristo en favor de aquellos que reconocen que lo necesitan. El apóstol Juan lo expresó así: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7).

Y finalmente, al “he aquí” de la purificación da paso al “anda” de la comisión. Habiendo sido purificado por el Dios cuya santidad había sido ultrajada, Isaías asumió con valentía el desafío que le presentó el Señor: “¿A quién enviaré?”, y respondió: “Heme aquí, envíame a mí”. Una comprensión de la santidad de Dios y de su obra purificadora nos capacita para proclamar el mensaje de Dios.

Grant W. Steidl
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Los días de Noé y nuestros días

Martes 29 Agosto
Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del hombre.
Lucas 17:26
Los días de Noé y nuestros días
La maldad se había propagado por todas partes en los días de Noé. La gente cometía actos malvados de forma continua y deliberada. La tierra estaba llena de violencia, hasta que finalmente Dios la declaró corrupta, llena de la putrefacta decadencia del pecado (Gn. 6:1-12). Sin embargo, Noé halló gracia a los ojos del Señor (v. 8). Es significativo que Noé y su familia fueran alcanzados por la gracia de Dios, lo cual está en línea con el principio inmutable de la Biblia de que nadie puede ganarse el favor de Dios por sus propias obras.

Al mismo tiempo, vemos que el temor del Señor había producido características piadosas en la vida de Noé (v. 9). En primer lugar, y ante todo, él era justo en la práctica. Se comportaba honorablemente con todos. No tenía favoritismos, tratando a algunos bondadosamente y a otros de forma áspera. Decidió hacer lo correcto en cada situación. En segundo lugar, Noé era perfecto, lo que en este contexto no significa sin pecado, sino recto, es decir, irreprochable en todos los aspectos de su vida. Además, Noé caminó con Dios, lo que sugiere que buscaba el camino de Dios en todo. Dondequiera que Dios iba, Noé quería seguirlo.

Esta conducta era tanto más visible cuando se contrastaba con el mundo pecaminoso en el que habitaba. En ese aspecto, Noé es un ejemplo para nosotros, los cristianos, que vivimos en un mundo que se precipita hacia otro día de juicio. No debemos desesperarnos cuando las tinieblas se espesan, y no debemos burlarnos de los pecadores que aún no han respondido al llamado de arrepentimiento. En lugar de eso, debemos manifestar el carácter de Cristo, como hizo Noé. El Espíritu de Dios nos fortalecerá para amar la justicia y vivir irreprochablemente, haciendo lo que es correcto y honorable. Entonces caminaremos con Dios en la senda de la piedad, en medio de nuestros vecinos y conocidos, entre quienes debemos resplandecer como luminares en el mundo (Fil. 2:15).

Stephen Campbell
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