En el horno con él

Lunes 24 Julio
No temas… Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo… Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.
Isaías 43:1-2
El Señor… es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas.
Salmo 93:4
En el horno con él
El rey caldeo Nabucodonosor mandó construir una enorme estatua de oro y ordenó que “al oír el son de la bocina, de la flauta… y de todo instrumento de música”, todos se postraran y adoraran “la estatua de oro… Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” (Daniel 3:5-6, 15).

A pesar de las amenazas de ese cruel rey, algunos de los jóvenes deportados no obedecieron. No se inclinaron ante el ídolo que el poderoso monarca erigió. El rey les repitió la orden de postrarse ante la estatua, pero la respuesta de los tres cautivos hebreos fue magnífica: “No es necesario que te respondamos sobre este asunto… Nuestro Dios… puede librarnos del horno… y de tu mano, oh rey, nos librará”. Entonces el rey, enfurecido, hizo calentar el horno al máximo; allí fueron arrojados los tres valientes testigos, pero Dios no permitió que el fuego los tocara. Y más extraordinario todavía: un misterioso ser celestial vino a hacerles compañía en medio de las llamas.

Por supuesto, Dios podría haber evitado que sus siervos fueran arrojados al fuego, pero experimentar su presencia en la prueba era mejor que haber sido librados de ella. El Señor puede evitar que pasemos por una enfermedad, un problema, un accidente… No siempre lo hace, pero cumple su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:20). Todos los días, tanto los que consideramos malos como los buenos.

1 Crónicas 6:1-48 – Lucas 9:21-43 – Salmo 88:1-7 – Proverbios 20:2-3

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Dios siempre responde

Domingo 23 Julio
También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar.
Lucas 18:1
Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones.
1 Pedro 3:12
Dios siempre responde
Una noche varios cristianos se reunieron para orar. Algunos de los presentes estaban cansados y luchaban para no dormirse. De repente un anciano se levantó y tomó la palabra:

«Amigos, hoy me gustaría compartir con ustedes un gran tema de gozo. Hace sesenta y cinco años estaba arrodillado junto a la cama de mi madre, quien me dijo: Eres el único de la familia que conoce al Señor Jesús. Te recomiendo a tu padre y a tus hermanos. Ora por ellos todos los días hasta que sean salvos. Pues bien, esta mañana recibí una carta de Robert, el único hermano que me queda. Así comienza la carta: Mi querido hermano, tengo la mejor noticia para ti, finalmente he aceptado a Jesús como mi Salvador».

Esta historia cambió el ambiente de la reunión. Todos se animaron al constatar, una vez más, que orar a Dios no es en vano. La carta continuaba expresando una inmensa gratitud por este hermano que, durante sesenta y cinco años, había orado con perseverancia para que él, Robert, se volviera al Señor Jesús. Y esa noche la victoria de nuestro Dios Salvador renovó el fervor de cada uno para agradecerle y alabarle.

Aunque a veces, según su sabiduría, Dios espera mucho tiempo para respondernos, él no olvida nuestras oraciones. A veces oramos durante años por uno de los nuestros, sin ver ningún cambio. Como este anciano, recordemos que nuestro Dios es fiel, y perseveremos. Dios siempre escucha nuestras oraciones y las responderá a su debido tiempo.

1 Crónicas 5 – Lucas 9:1-20 – Salmo 87 – Proverbios 20:1

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La elección equivocada

Sábado 22 Julio
Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas.
Deuteronomio 30:19
La elección equivocada
Leer Mateo 19:16-24; Marcos 10:17-23
Un joven rico, talentoso y además religioso, vino a interrogar a Jesús. Estos privilegios no eran suficiente para él, pues una pregunta lo atormentaba. Quizá Jesús de Nazaret, el profeta del que había oído hablar, podría ayudarle a resolverla. Entonces le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16).

¿Buscaba certezas sobre la vida futura? ¿Qué condiciones exige Dios? ¿Se trataba más bien de una toma de conciencia? ¿Alguna vez tendría que rendir cuentas al Dios creador, de quien dependía para el uso de sus bienes y su vida?

Jesús lo miró con amor y no dudó en responderle. Sabía cuál era su verdadero problema y le puso el dedo en la llaga, pidiéndole que vendiese todo lo que tenía y lo diese a los pobres.

Este joven se fue triste, sin respuesta, porque era esclavo de las riquezas. En realidad, no era él quien las poseía, sino que eran las riquezas las que lo poseían. En efecto, no es posible servir a dos señores, a Dios y a las riquezas (Mateo 6:24). Este joven no tenía ninguna fuerza para invertir su escala de valores, a menos que reconociese el amor de Jesús y la verdad de su mensaje. Sus muchas posesiones se apoderaron de su corazón sin que él se diese cuenta, y lo que Jesús le pedía debía hacerle tomar conciencia de ello. Este encuentro, ¿produciría en él un resultado positivo?

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3:15).

“Si puse en el oro mi esperanza… esto también sería maldad juzgada; porque habría negado al Dios soberano” (Job 31:24, 28).

1 Crónicas 4 – Lucas 8:26-56 – Salmo 86:14-17 – Proverbios 19:28-29

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El significado de la masculinidad | PHILLIP HOLMES

El significado de la masculinidad | PHILLIP HOLMES

Una de las cosas que más me gusta hacer mientras limpio la cocina o hago otras tareas de la casa es llamar a mi mamá. Se ha convertido en un patrón, tanto que cuando llamo, ella me dice en broma: «Debes estar limpiando la cocina».

En una conversación reciente, le confesé que he estado luchando como esposo. Le expliqué que no había logrado comprender del todo cómo luce la verdadera masculinidad. Durante la mayor parte de mi vida, había asumido que si me ocupaba de mí mismo —trabajando, pagando mis facturas, comprando mi comida y encontrando un refugio adecuado— estaba cumpliendo con el llamado de Dios a la masculinidad.

El papel de liderazgo que Dios ha dado a los hombres no es una oportunidad para ser servido, sino un llamado a servir de forma sacrificial

A medida que crecía en mi comprensión de la masculinidad bíblica, descubrí que la verdadera masculinidad exigía más de mí. Como hombre soltero, no había puesto en práctica lo que sabía que requiere el matrimonio. En secreto, pensaba que el matrimonio me cambiaría milagrosamente y me haría un mejor hombre. No bebí de la fuente de la verdadera masculinidad como soltero, así que ahora estoy bebiendo a borbotones desde una gran manguera como nuevo esposo. Ahora estoy aprendiendo de la manera más difícil sobre el elevado y arduo llamado de la masculinidad.

La entrega y sacrificio de Jesús
La vida de Jesús encarnó la verdadera masculinidad. ¿Cómo no iba a hacerlo? Sin duda, podríamos enumerar una larga lista de características que Jesús encarnó y que lo convirtieron en un hombre verdadero. Sin embargo, dos rasgos dignos de mención son Su entrega y sacrificio.

Las enseñanzas de Jesús en los evangelios están empapadas de estos temas. Cuando le preguntaron: «Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?», Jesús responde:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas (Mt 22:36-40).

Además, Jesús no solo nos enseñó a amar al prójimo, sino a amar y orar por nuestros enemigos (Mt 5:44). Es más fácil sacrificarse y actuar desinteresadamente hacia aquellos que consideramos dignos de nuestro afecto, amor y recursos, pero la verdadera masculinidad se muestra cuando nos sacrificamos libre y desinteresadamente por los indignos.

Junto a sus enseñanzas, Jesús añadió un testimonio insuperable de Su entrega y sacrificio: la creciente humildad de Su vida, incluso hasta la muerte. A lo largo de Su ministerio, renunció desinteresadamente a Su tiempo, energía y recursos por el bien de los demás. Pablo escribe que Cristo «se despojó a Sí mismo» y asumió «forma de un siervo». Pablo nos exhorta a adoptar esta mentalidad: «Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús» (Fil 2:5-8). El estilo de vida de Cristo es un modelo no solo para los casados, sino también para la forma en que deben vivir los hombres (y mujeres) solteros.

La mejor muestra de la entrega y el sacrificio de Jesús fue cuando fue libremente a la cruz por el bien de Su novia, por obediencia a Su Padre y por el gozo puesto ante Él. Nuestro perfecto Salvador murió por una novia que, sin lugar a dudas, había demostrado que no era digna de tal sacrificio. Lo cual presenta un hermoso cuadro de cómo los esposos pecadores deben amar y apreciar a sus esposas.

Los hombres de verdad dan libremente
Muchos manifiestan una enorme desconexión entre lo que dicen y hacen. Sin embargo, como podemos ver, la vida de Jesús encarnó Su enseñanza de forma completa y perfecta. A diferencia de nosotros, Jesús comprendió mejor que nadie las implicaciones de Sus enseñanzas y nunca recortó las distancias por comodidad y conveniencia personal.

Aprendemos de Jesús que la verdadera masculinidad no consiste simplemente en mantener nuestras cosas limpias y ordenadas. La verdadera masculinidad significa ir más allá de nosotros mismos para amar a nuestro prójimo, el cual es cualquiera que conozcamos que tenga alguna necesidad. Los verdaderos hombres dan libremente su tiempo, sus recursos, su atención, su energía y su apoyo emocional a los que lo necesitan sin tener en cuenta lo que puedan recibir a cambio.

La verdadera masculinidad significa ir más allá de nosotros mismos para amar a nuestro prójimo

Para el hombre cristiano soltero, esto significa dar libremente de su tiempo y sus recursos mostrándose hospitalario, ofreciéndose como voluntario en la iglesia, atendiendo a los necesitados, visitando a los enfermos y ayudando a los ancianos. Tiene implicaciones aún para la administración de su dinero. ¿Podrías dar más a la causa de Cristo ya que tus gastos actuales son menores? ¿Cómo puedes honrar a tus padres en esta etapa? Podrías comprobar con más regularidad si tienen alguna necesidad que puedas satisfacer.

Para el hombre casado, su prójimo más cercano es su mujer y sus hijos. La masculinidad significa inclinarse en su matrimonio y en su familia. Significa proveer para ellos física, financiera, emocional y espiritualmente. Significa amar humildemente a su esposa, incluso en los momentos en que siente que ella es especialmente indigna de ese amor, y amar a sus hijos cuando parecen ser los que menos lo merecen. Los hombres de verdad honran a su padre y a su madre, y están deseosos de «recompensar a sus padres, porque esto es agradable delante de Dios» (1 Ti 5:4).

El gran llamado de la masculinidad
La primera vez que llamé a mi mamá mientras lavaba los platos, se sorprendió porque sabía que los actos así no eran naturales. Siempre he sido rápido para pensar en mí mismo y lento para pensar en los demás. Pero su reacción al verme limpiar la cocina, que fue divertida en el momento, me anima hoy. Me recuerda que, aunque el camino hacia la masculinidad ha sido lento y difícil, he crecido, aunque el crecimiento parezca insignificante. Su asombro me recuerda que Dios está obrando.

La verdadera masculinidad es un llamado difícil e incómodo, ya sea que estés soltero o casado. El papel de liderazgo que Dios ha dado a los hombres no es una oportunidad para ser servido, sino un llamado a servir de forma sacrificial. En un mundo que ofrece gratificación inmediata —en términos financieros, emocionales y sexuales— la masculinidad cristiana puede parecer poco atractiva e incluso sin sentido por momentos. ¿Por qué vivir de forma desinteresada y sacrificada cuando puedo hacer lo contrario y disfrutar de un placer instantáneo? Cuando la sociedad nos dice que el liderazgo equivale a un privilegio, ¿por qué aferrarse a la visión bíblica del liderazgo como sacrificio?

Los verdaderos hombres se niegan a sí mismos los placeres carnales para tener un verdadero gozo en Jesús

Los verdaderos hombres se niegan a sí mismos los placeres carnales para tener un verdadero gozo en Jesús. Ya sea que estés casado o soltero, si no estás sirviendo a tu prójimo de manera desinteresada y sacrificial, no estás caminando plenamente en la masculinidad bíblica. Los niños dicen: «Soy responsable de mí mismo». Los hombres dicen: «Soy responsable por mi prójimo». Los niños son obligados a dar, pero los hombres dan libremente porque se les ha dado libremente. Los niños esperan que su esposa o su madre laven los platos, pero los hombres se apresuran a tomar la esponja y el jabón. En última instancia, la masculinidad significa servir a los demás tanto o más que a uno mismo.

Aunque las recompensas temporales no siempre son inmediatas, las eternas valen la pena. Dios Padre demuestra que sí recompensará a los obedientes y fieles, como lo hizo con Su desinteresado y sacrificado Hijo:

Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Fil 2:9-11).

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
Phillip Holmes es el vicepresidente de comunicaciones institucionales del Reformed Theological Seminary [Seminario Teológico Reformado] y propietario de Highest Good, una agencia de marketing y estrategia digital. Él y su esposa Jasmine tienen dos hijos, Walter Wynn y Ezra Langston. Son miembros de la iglesia Redeemer de Jackson, Mississippi.

¿Vivo o muerto?

Viernes 21 Julio
Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo.
Efesios 2:4-5
¿Vivo o muerto?
¿Puede una persona estar oficialmente viva, si las autoridades la han declarado muerta? Esta pregunta se ha escuchado hace algunos años en los medios de comunicación.

Un hombre, reportado como desaparecido, fue declarado muerto después de veinte años. En el momento de su desaparición estaba desempleado, enfermo y en bancarrota. Veinticinco años después reapareció con buena salud física y financiera. Quería que se anulara la decisión que, según la ley, lo había declarado muerto. Pero esto solo era posible tres años después de la declaración judicial…

En cuanto a la vida espiritual (nuestra relación con nuestro Dios creador), por el contrario, es absolutamente posible volver a la vida en todo momento; no hay fecha límite. Dios declara que todos los hombres están espiritualmente “muertos” mientras quieran vivir sin Él. El pecado trajo consigo la muerte de nuestros cuerpos, y también produjo el mal en nuestros corazones y en nuestra conducta.

Siendo culpables ante Dios, ¿estamos sin esperanza? No. Dios aborrece el pecado, pero ama a su criatura. Envió a su Hijo Jesús para que sufriera el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Él da la vida eterna a quienes aceptan a Jesucristo como su Salvador personal. Así los “muertos” cobran vida para Dios. El Señor lo había anunciado a los que buscaban entender quién era él. ¡Para comprenderlo es “necesario nacer de nuevo”! Este nuevo nacimiento es una gracia que resulta del amor infinito de Dios por nosotros. No tenemos ningún mérito para recibirlo, por eso lo agradecemos a Dios de todo corazón.

1 Crónicas 3 – Lucas 8:1-25 – Salmo 86:7-13 – Proverbios 19:26-27

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¿Qué dice la Biblia sobre los 144 mil de Apocalipsis | NATHAN DÍAZ

¿Qué dice la Biblia sobre los 144 mil de Apocalipsis?
NATHAN DÍAZ

Nota del editor:
Este es un fragmento adaptado del libro Escatología práctica: Cómo vivir los últimos tiempos hoy (Poiema Publicaciones, 2023).

El grupo de personas más misterioso y controversial de todo Apocalipsis sin duda son los 144 mil mencionados por el apóstol Juan. Por lo tanto, dedicaré espacio y tiempo a analizar este grupo descrito en Apocalipsis 7 y 14. Leamos primero los pasajes:

Después de esto, vi a cuatro ángeles de pie en los cuatro extremos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra, para que no soplara viento alguno, ni sobre la tierra ni sobre el mar ni sobre ningún árbol. También vi a otro ángel que subía de donde sale el sol y que tenía el sello del Dios vivo. Y gritó a gran voz a los cuatro ángeles a quienes se les había concedido hacer daño a la tierra y al mar: «No hagan daño, ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que hayamos puesto un sello en la frente a los siervos de nuestro Dios». Oí el número de los que fueron sellados: 144000 sellados de todas las tribus de los Israelitas. De la tribu de Judá fueron sellados 12000; de la tribu de Rubén, 12000; de la tribu de Gad, 12000; de la tribu de Aser, 12000; de la tribu de Neftalí, 12000; de la tribu de Manasés, 12000; de la tribu de Simeón, 12000; de la tribu de Leví, 12000; de la tribu de Isacar, 12000; de la tribu de Zabulón, 12000; de la tribu de José, 12000 y de la tribu de Benjamín fueron sellados 12000 (7:1-8).

Miré que el Cordero estaba de pie sobre el Monte Sion, y con Él 144000 que tenían el nombre del Cordero y el nombre de Su Padre escrito en la frente. Oí una voz del cielo, como el estruendo de muchas aguas y como el sonido de un gran trueno. La voz que oí era como el sonido de arpistas tocando sus arpas. Y cantaban un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Nadie podía aprender el cántico, sino los 144000 que habían sido rescatados de la tierra. Estos son los que no se han contaminado con mujeres, pues son castos. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que va. Estos han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero. En su boca no fue hallado engaño; están sin mancha (14:1-5).

¿Por qué 144 mil? ¿Por qué es omitida la tribu de Dan en la lista? ¿Son solo hombres solteros? ¿Tienen el nombre del Cordero y del Padre escrito en la frente? ¿Son personas que nunca han pecado? Sería imposible contestar todas estas preguntas con una explicación racional si quisiéramos forzar una interpretación literal del texto. Las respuestas realmente son bastante fáciles si profundizamos más sobre el origen de estos símbolos. Tratemos con cada una de las preguntas que surgen de aquí a continuación.

El significado del enigmático número de 144 mil
A lo largo de la Biblia encontramos que el número doce es usado para representar la elección de un pueblo especial y apartado para Dios. En el Antiguo Testamento, vemos a las doce tribus de Israel; en el Nuevo Testamento, a los doce apóstoles (incluso Judas tuvo que ser reemplazado para completar este número, como narra Hechos 1:24-26). Por tanto, no debe sorprendernos que cuando llegamos a un libro simbólico como Apocalipsis, el pueblo escogido de Dios se describa varias veces con múltiplos del número doce. Los veinticuatro ancianos representan a la iglesia triunfante. La nueva Jerusalén representa a la iglesia en perfecta comunión con Dios, tiene a los doce apóstoles y a las doce tribus de Israel junto con medidas que también resultan en doce mil estadios y 144 codos (ver Ap 21:9-27, la única vez que se repiten estos números en el libro). Es decir, en el libro de Apocalipsis encontramos que los múltiplos de doce se usan para representar al pueblo escogido de Dios de todos los tiempos. Por otro lado, el número 1000 tiene la idea de un número grande y completo (cp. Ap 6:11, el número completo de escogidos establecido por Dios). Sobre este número, José Grau comenta:

Para expresar el concepto de aquello que está completo en grado sumo y último, el hombre primitivo —que no podía expresar dicho concepto en su limitado idioma— elevaba el número 10 al cubo, es decir, 10 por 10 por 10, y así tenía el número 1000.1

Por lo tanto, el simbolismo de 12 por 12 por 1000 es muy importante en cuanto al número completo del pueblo de Dios. Así pues, 144 mil representa el grupo de santos que pueden sostenerse en pie en el día de la ira del Cordero (Ap 6:17).

Razones por las que se enlistan 12 mil de cada tribu
Cuando entendemos los paralelos que existen en el Antiguo Testamento, vemos que cuando las tribus eran enlistadas con números, era porque estaban siendo consideradas como un ejército para la batalla y para la conquista (Nm 1:23). La iglesia de Cristo representa esta realidad: somos el ejército de Dios. La única razón por la que se necesita un ejército es porque hay un enemigo, y ese es justamente el contraste de Apocalipsis: el pueblo de Dios contra los enemigos de Dios.

Sobre la identidad étnica que se resalta en Apocalipsis 7, aunque se mencionan específicamente a las doce tribus de Israel, tenemos que poner atención a las diferencias y similitudes que existen con las otras listas de tribus en la Biblia. Primero, veamos cómo las diferencias son importantes e intencionales. Este es el único lugar donde aparece en primer lugar la tribu de Judá. Tal pista nos apunta a la diferencia principal que existe con otros lugares donde aparecen las doce tribus, pues su principal identidad radica en el representante máximo, en el León de la tribu de Judá: Jesucristo (ver Ap 5:5).

La exclusión de Dan por ser una tribu idólatra (Jue 18; 1 R 12:29-30) representa la pureza y la fidelidad de la iglesia (en la tradición judía, se consideraba que el anticristo vendría de Dan). Esto nos apunta a las siguentes características: se dice por eso que son vírgenes (Ap 14:4); se incluye a Leví, que no heredaría tierra, pero que representaría el rol sacerdotal (Ap 1:6; 5:10; 7:15); y se expone la preeminencia que reciben las tribus provenientes de las concubinas Bilha y Zilpa (Manasés, Neftalí, Gad y Aser), las cuales normalmente se enlistaban al final, que representan la inclusión de los gentiles. Al considerar lo que Apocalipsis enseña respecto a la iglesia como la esposa de Cristo, un ejercicio útil es recordar los significados de los nombres de las tribus de Israel y las razones por las que se les dieron esos nombres (Gn 29:31 – 30:23; 35:16-18). Si usamos el significado del nombre en lugar del nombre, estas serían las doce tribus:

Ahora alabaré al Señor; el Señor ha mirado mi aflicción; ¡qué afortunado!; feliz soy, con luchas de Dios he contendido y he vencido; Dios me hizo olvidar todo mi trabajo; porque el Señor oyó que era menospreciado, me ha dado este hijo; ahora esta vez se unirá mi marido conmigo; el Señor me ha dado mi recompensa; Dios me ha dado un buen regalo; ahora morará conmigo mi marido; añádame el Señor el hijo de Su diestra.

¿No es maravillosa y relevante esta realidad y a la vez una esperanza para la iglesia de todos los tiempos? No estoy apelando a ningún código oculto dentro del libro, sino más bien a un entendimiento más profundo de las alusiones al Antiguo Testamento que existen en Apocalipsis.

Ahora bien, ¿qué pistas encontramos en Apocalipsis sobre la identidad de los que Dios considera como verdaderos judíos? En las cartas a las siete iglesias de Apocalipsis 2 – 3, encontramos dos iglesias sin reprensión: Esmirma y Filadelfia. A ambas se les aclara que hay personas judías étnicamente hablando, pero no a los ojos de Dios:

Yo conozco tu tribulación y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que son sinagoga de Satanás (Ap 2:9).

Por tanto, yo entregaré a aquellos de la sinagoga de Satanás que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vengan y se postren a tus pies, y sepan que yo te he amado (Ap 3:9).

Por tanto, vemos que Apocalipsis está retomando los términos «judíos» e «Israel» para ampliar su significado, así como sucede en muchos lugares del Nuevo Testamento (Gá 2:6-9; 3:29; 4:28; 6:15-16; Ro 4:11-17; 9:6-8; Ef 2:11-22). Si los reyes, los sacerdotes, el cordero, el templo y Jerusalén toman un significado mucho más amplio y glorioso en Apocalipsis que en el Antiguo Testamento, ¿por qué pensaríamos que los «judíos» no? También los enemigos del pueblo de Dios son representados como naciones étnicas del Antiguo Testamento, pero en Apocalipsis tienen un sentido más amplio (p. ej., Sodoma, Egipto o Babilonia). Este cumplimiento más amplio se afirma cuando vemos todos los paralelos que existen entre la iglesia redimida y los 144 mil.

Adquiere el libro.

1 José Grau, Las profecías de Daniel (Barcelona, España: Ediciones Evangélicas Europeas, 1977) p. 190.
​Nathan Díaz es pastor de enseñanza en la Iglesia Evangélica Cuajimalpa en la ciudad de México y productor del programa de radio “Clasificación A”, que se transmite en diversas emisoras a lo largo del mundo hispano. Estudió Biblia y teología en el Instituto Bíblico Moody de Chicago. Él y su esposa Cristin tienen tres hijos, Ian, Cael y Evan.

El bautismo (3): Identificados con Jesús en su muerte

Jueves 20 Julio
¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
Romanos 6:3-4
El bautismo (3): Identificados con Jesús en su muerte
En el capítulo 6 de su carta a los Romanos, el apóstol Pablo da esta enseñanza sobre el bautismo cristiano, en respuesta a la pregunta: “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”. Su respuesta es contundente: “En ninguna manera”. Y la sustenta en cuatro puntos:

– Es incompatible con el hecho de que estamos identificados con Cristo (Romanos 6:1-11).

– Pecar ya no es inevitable, pues el poder del pecado ha sido vencido por la gracia (v. 12-14).

– No debemos tolerar el pecado en nuestras vidas, porque se convertirá en nuestro amo (v. 15-19).

– Practicar el pecado lleva a la muerte (v. 20-23).

Así, el bautismo es la señal de que hemos sido identificados con Jesús en su muerte, para que podamos vivir una vida nueva. Como cristianos, hemos muerto a nuestra antigua manera de vida egocéntrica, a nuestras mentiras y codicias de todo tipo… Todo ello fue sepultado con Cristo. Esto es lo que Dios declara, y ahora somos exhortados a vivir esta nueva condición: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús” (Romanos 6:11). Sí, ahora somos invitados a considerarnos de una manera nueva

(continuará el próximo jueves)
1 Crónicas 2 – Lucas 7:24-50 – Salmo 86:1-6 – Proverbios 19:24-25

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¿Qué decir de la libertad humana? | R.C.Sproul

¿Qué decir de la libertad humana?

R.C.Sproul

En un capítulo anterior, consideramos brevemente la provocativa primera línea del capítulo “Del decreto eterno de Dios” de la Confesión de Westminster, que dice: “Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordeno libre e inalterablemente todo lo que sucede. Sin embargo, lo hizo de tal manera, que Dios ni es autor del pecado, ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias, sino más bien las establece”. Los teólogos que participaron en la redacción de esa declaración doctrinal tuvieron la precaución de decir que aunque creemos en un Dios que gobierna todas las cosas y ordena todo lo que sucede, él no ejerce su gobierno soberano y providencial de una forma que destruya lo que llamamos libertad humana o volición humana. Más bien las decisiones humanas y las acciones humanas son parte del plan providencial general de las cosas, y Dios lleva a cabo su voluntad mediante las decisiones libres de agentes morales. El hecho de que nuestras decisiones libres concuerden con este plan global de ningún modo aminora la realidad de esa libertad.
Con todo, la pregunta sobre cómo se corresponden nuestras decisiones libres con la soberana providencia de Dios es una de las preguntas más terriblemente difíciles con las que luchamos en teología. Hace años, entré en una discusión con un profesor de la Universidad Carnegie Mellon. En ese entonces, él enseñaba en el departamento de física, y era en cierto modo hostil hacia la teología, a la que consideraba más o menos como una seudo-ciencia. Él dijo: “En el centro mismo de su sistema de creencias hay cosas que son simplemente indefinibles”. Cuando le pedí que diera algunos ejemplos, dijo: “Dios. ¿Qué es más básico para la teología que Dios? Y no obstante, cualquier cosa que se pueda decir sobre Dios a fin de cuentas es imprecisa”. Yo le respondí: “Nuestra primera doctrina sobre Dios es lo que llamamos ‘la inabarcabilidad de Dios’, que ningún concepto puede describirlo en forma exhaustiva. Pero eso no significa que las afirmaciones que hacemos acerca de él sean totalmente inadecuadas. Seguramente tú podrás entender nuestra lucha en la ciencia de la teología, porque en física ustedes tienen que enfrentar el mismo problema”. Él negó que los físicos tuvieran un problema de ese tipo, y me pidió que me explicara. Yo le dije: “¿Qué es la energía? ¿Qué tan básica es la energía para la física moderna?”. Él dijo: “Yo puedo responder esa pregunta: la energía es la capacidad de hacer un trabajo”. Yo le dije: “No, no te estoy preguntando qué puede hacer la energía. Estoy preguntando qué es”. Él dijo: “Bueno, energía es MC2”. Le respondí: “No, no quiero su equivalencia matemática. Quiero su estructura ontológica”. Finalmente suspiró y dijo: “Ahora te estoy entendiendo”.
Es una tendencia humana pensar que podemos resolver un misterio metafísico poniéndole un nombre o dándole una definición. No existe nadie, al menos nadie de quien tenga conocimiento, que comprenda la gravedad. Asimismo, no conozco a ningún científico que ya haya respondido la más antigua y desconcertante pregunta filosófica y científica: “¿Qué es el movimiento?” Ponerle una etiqueta a algo o asignarle un término técnico no lo explica en su totalidad.

LA DOCTRINA DE LA CONCURRENCIA
He abordado este complicado punto porque tenemos una palabra para la relación entre la soberana providencia divina y la libertad humana, pero aunque creo que es una palabra útil, es meramente descriptiva; no explica cómo armonizan las acciones humanas con la providencia divina. La palabra es concurrencia. La concurrencia se refiere a las acciones de dos o más partes que ocurren al mismo tiempo. Una serie de acciones ocurre con otra serie, y sucede que estas se entrelazan o convergen en la historia. Por lo tanto, la doctrina cristiana de la relación entre la soberanía de Dios y los actos volitivos humanos se llama la doctrina de la concurrencia. Como puedes ver, la palabra “concurrencia” simplemente designa este proceso, pero no lo explica.
Yo creo que una de las mejores ilustraciones de la concurrencia se encuentra en el Antiguo Testamento en el libro de Job. Este libro es presentado como una especie de drama, y la escena de apertura acontece en el cielo. Satanás entró en escena después de recorrer toda la tierra, sondeando el desempeño de hombres supuestamente devotos de Dios. Dios le preguntó a Satanás: “¿Y no has pensado en mi siervo Job? ¿Acaso has visto alguien con una conducta tan intachable como él? ¡No le hace ningún mal a nadie, y es temeroso de Dios!” (1:8). Desde luego, Satanás era escéptico. Él le dijo a Dios: “¿Y acaso Job teme a Dios sin recibir nada a cambio? ¿Acaso no lo proteges, a él y a su familia, y a todo lo que tiene? Tú bendices todo lo que hace, y aumentas sus riquezas en esta tierra.” (vv. 9b–10). Las preguntas de Satanás implicaban que Job era fiel y leal a su Creador solo por causa de lo que recibía de Dios. Así que Satanás desafió a Dios: “Pero pon tu mano sobre todo lo que tiene, y verás cómo blasfema contra ti, y en tu propia cara” (v. 11). Así que Dios le dio permiso a Satanás para que atacara todas las posesiones de Job y, más tarde, la salud de Job.
¿Cómo llevó a cabo Satanás su ataque contra Job? Se nos relata que, entre otros sucesos, los caldeos se llevaron los camellos de Job (v. 17). Así que en este robo había tres agentes involucrados: los caldeos, Satanás, y Dios. Consideremos a estos tres agentes uno por uno.
Algunos estudiosos, enfocándose en la maliciosa intención de Satanás, concluyen que los caldeos eran hombres justos que respetaban a Job, pero fuerzas demoniacas bajo el control de Satanás los indujeron a robar lo camellos de Job. Ellos no habían pensado en robarle a Job hasta que Satanás puso la idea en sus mentes. Pero la Escritura nunca afirma algo así. La verdad es que los caldeos fueron ladrones de camellos desde el principio. Tenían una ira envidiosa, avarienta y celosa contra Job, y lo único que los había mantenido alejados del corral de Job durante años era la el cerco protector que Dios había puesto alrededor de Job. Sin embargo, cuando se presentó la oportunidad, estuvieron más que felices de llevarse los camellos de Job.
A Satanás no le interesaba ver a los caldeos llevarse algunos camellos gratis. Su objetivo en este drama era obligar a Job a maldecir a Dios. Él estaba actuando con malicia y malevolencia para derrocar la autoridad y la majestad de Dios. Él esperaba que el robo de los camellos de Job por parte de los caldeos fuera un paso hacia ese objetivo. Así que había concordancia de propósito entre los caldeos y Satanás.
Sin embargo, había un pleno desacuerdo entre los propósitos de los caldeos y Satanás y el propósito de Dios. Sobre la base de lo que hemos aprendido hasta aquí acerca de la providencia, podemos concluir con seguridad que Dios ordenó que los camellos de Job fueran robados. Ese era el plan providencial de Dios. Pero el propósito de Dios era vindicar a Job de la injusta acusación de Satanás, así como de vindicar su propia santidad.
¿Era un propósito legítimo que Dios vindicara a Job? ¿Era un propósito legítimo que Dios vindicara su propia santidad? No estoy diciendo que el fin justifique los medios, pero los propósitos y designios de Dios tienen que ser considerados en nuestra evaluación de este drama. Dios no pecó contra Job. La justicia no exigía que Dios impidiera que alguna vez Job perdiera sus camellos. Recordemos que Job era un pecador. Él no tenía un derecho eterno a esos camellos. Cualquier camello que Job poseyera era un don de la gracia de Dios, y él tenía todo el derecho bajo el cielo a quitar o alejar esa gracia para sus propios propósitos santos. Por lo tanto, en este drama, Dios actuó justamente, pero Satanás y los caldeos hicieron lo malo. Un suceso, tres agentes, tres propósitos distintos.

CONCURRENCIA EN LA HISTORIA DE JOSÉ
Mi ilustración favorita de la concurrencia es la historia de José, la cual encontramos en los últimos capítulos de Génesis. José era favorito de su padre, Jacob, quien le dio a José un manto de colores. Los hermanos de José lo odiaban por este trato favorecido (37:3–4). Un día, cuando José cayó en manos de sus hermanos, lejos de los ojos vigilantes de su padre, ellos llegaron tan lejos como para discutir su muerte, pero al final sencillamente lo vendieron a unos comerciantes que iban en caravana a Egipto (vv. 18–28). En Egipto, José fue vendido a Potifar, el capitán de la guardia del faraón. José sirvió bien a Potifar y se hizo mayordomo de su casa (39:1–4). Pero la esposa de Potifar realizó insinuaciones ilícitas a José, las que este rechazó. El infierno no conoce furia como la de una mujer despreciada, así que ella lo acusó de intento de violación, y José fue echado a la cárcel (vv. 7–8, 14–15, 20).
En la prisión, José conoció al copero y al panadero del faraón, quienes habían desagradado al rey (40:1). Mientras estaban en prisión, José interpretó sueños para el copero y el panadero, y ambos sueños se cumplieron (vv. 8–23). Algún tiempo después, cuando el copero había sido restaurado, le contó al faraón sobre la habilidad de José, y el faraón llamó a José para que le interpretara su propio sueño (41:12–36). El faraón estuvo tan agradecido que nombró a José como primer ministro de Egipto, con la tarea de prepararse para el hambre que el faraón había previsto en su sueño (vv. 37–45).
Cuando llegó el hambre sobre la tierra, también afectó a la tierra natal de José. La familia de Jacob moría de hambre, así que Jacob envió a algunos de sus hijos a Egipto a comprar algo del alimento excedente que el primer ministro había tenido la sabiduría de almacenar para el pueblo egipcio (42:1–2). Cuando los hijos fueron a Egipto, encontraron a José, pero aunque no lo reconocieron, él los reconoció a ellos (vv. 6–8). José ocultó su identidad por algún tiempo, pero finalmente reveló que él era su hermano perdido hacía tanto tiempo (45:3). Por invitación de José, Jacob trasladó a toda su familia a Egipto (46:5–7).
Años más tarde, después de la muerte de Jacob, los hermanos tuvieron miedo de que José se vengara de ellos por haberlo vendido como esclavo (50:15). Así que inventaron una historia, y dijeron que Jacob les había contado que quería que José los perdonara (vv. 16–17). No era necesario que ellos se preocuparan; José ya hacía tiempo que los había perdonado. Él les dijo: “No tengan miedo. ¿Acaso estoy en lugar de Dios? Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió todo para bien, para hacer lo que hoy vemos, que es darle vida a mucha gente” (vv. 19–20).
José no negó el pecado de sus hermanos. Él dijo: “Ustedes pensaron hacerme mal”. Él estaba diciendo que ellos habían actuado con mala intención al venderlo a los madianitas. Al igual que los caldeos, los hermanos de José eran culpables de pecado, un pecado que ellos personalmente habían querido cometer. Pero Dios está por encima de todas las decisiones humanas y actúa a través de la libertad humana para llevar a cabo sus propios objetivos providenciales. Eso es lo que José estaba diciendo: “Ustedes decidieron hacer algo pecaminoso, pero Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman y son llamados según su propósito. Yo estoy llamado según el propósito de Dios, y Dios ha causado un bien a través de esto”. ¿Cuál bien? En primer lugar, Dios envió a José a Egipto a hacer preparativos para el hambre y por consiguiente para salvar muchas vidas, incluidas las de su propia familia. En segundo lugar, Dios hizo que toda la familia de Jacob se mudara a Egipto, para que allí pudieran prosperar y multiplicarse, solo para ser esclavizados y posteriormente liberados por la poderosa mano de Dios en uno de los momentos clave de la historia de la redención. Y Dios llevó a cabo todo esto mediante la concurrencia de su propia voluntad justa y la voluntad pecaminosa de los hermanos de José.

DIOS DISPUSO TODO PARA BIEN
Hay una vieja y sencilla historia que enseña una profunda lección: “Por falta de un clavo se perdió una herradura. Por falta de la herradura, se perdió un caballo. Por falta del caballo, se perdió el jinete. Por falta del jinete, se perdió un mensaje. Por falta del mensaje se perdió la batalla. Por falta de la batalla, se perdió el reino”. ¿Qué habría ocurrido en la historia del mundo si Jacob no le hubiese dado un manto de colores a José? Sin manto no hay celos. Sin celos, no hay una traidora venta de José a los comerciantes madianitas. Sin venta de José a los comerciantes madianitas, no hay descenso a Egipto. Sin descenso a Egipto, no hay encuentro con Potifar. Sin encuentro con Potifar, no hay problemas con su esposa. Sin problemas con su esposa, no hay encarcelamiento. Sin encarcelamiento, no hay interpretación de los sueños del faraón. Sin interpretación de los sueños del faraón, no hay ascenso al cargo de primer ministro. Sin ascenso al cargo de primer ministro, no hay reconciliación con sus hermanos. Sin reconciliación con sus hermanos, no hay migración del pueblo judío a Egipto. Sin migración a Egipto, no hay éxodo desde Egipto. Sin éxodo desde Egipto, no hay Moisés, ni ley, ni profetas —¡y no hay Cristo! ¿Crees que el suceso del manto fue un accidente en el plan de Dios? Dios dispuso todo para bien.
Jonathan Edwards predicó una vez un sermón titulado “God, the Author of All Good Volitions and Actions” (Dios, el autor de todas las voliciones y acciones buenas). Me encanta el título de ese sermón porque muestra lo distinto que era Edwards al cristiano promedio. Cada vez que tomamos decisiones buenas, nobles o virtuosas, nos gusta llevarnos todo el crédito. Por otra parte, si hacemos algo que no es tan bueno, algo malo, damos excusas y evadimos la culpa. No nos gusta quedarnos con el crédito por nuestras malas decisiones. A veces tratamos de culpar a Dios por ellas, tal como hizo Adán cuando dijo: “La mujer que me diste por compañera fue quien me dio del árbol, y yo comí” (Génesis 3:12). Él trató de culpar a Dios mismo por la caída. Esa es nuestra tendencia: llevarnos el crédito por lo bueno, echar la culpa a otro por lo malo. Pero Edward entendía que cualquier buena acción que hagamos, cualquier decisión justa que tomemos, solo ocurren porque Dios está obrando en nuestro interior.
Cuesta entender la relación entre la providencia de Dios y la libertad humana porque el hombre es verdaderamente libre en el sentido de que tiene la capacidad de tomar decisiones y elegir lo que quiera. Pero también Dios es verdaderamente libre. Es por esto que la Confesión de Fe de Westminster puede decir que Dios lo ordena todo “libremente” sin hacer “violencia al libre albedrío de sus criaturas”. Por supuesto, si lo he oído una vez, lo he oído mil veces: “La soberanía de Dios nunca puede limitar la libertad del hombre”. Esa es una expresión de ateísmo, porque si la soberanía de Dios está limitada un ápice por nuestra libertad, él no es soberano. ¿Qué tipo de concepto de Dios tenemos como para decir que las decisiones humanas inmovilizan a Dios? Si su libertad está limitada por nuestra libertad, nosotros somos soberanos, no Dios. No; nosotros somos libres, pero Dios es aún más libre. Esto significa que nuestra libertad jamás puede limitar la soberanía de Dios.

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

¿A dónde vas?

Miércoles 19 Julio
Sois esclavos de aquel a quien obedecéis.
Romanos 6:16
Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.
Juan 8:36
¿A dónde vas?
Un hombre intentaba llegar a su casa. Su andar tambaleante delataba su estado de embriaguez. Era un conocido residente del pueblo, pero fue incapaz de encontrar su casa. Profiriendo malas palabras, dijo a un transeúnte: «Me he perdido; ¿a dónde voy?».

Este transeúnte era un cristiano que lo conocía y le respondió solemnemente: «Vas a la destrucción, al infierno». Nuestro hombre lo miró fijamente durante un momento y luego suspiró: «¡Tienes razón!».

Lo llevaron a su casa y se acostó, pero no pudo conciliar el sueño. Esas terribles palabras daban vueltas en su cabeza: destrucción, infierno… Debió admitir que esto era cierto. Varias veces repitió: «Voy al infierno». Esta terrible perspectiva despertó su conciencia y lo llevó a confesar sus pecados a Dios y a aceptar su perdón. Se convirtió al Señor, y poco a poco se fue liberando de su adicción.

En efecto, la fe en el Señor Jesucristo trae la verdadera libertad. Jesucristo no solo libera de la culpa del pecado, sino también de su esclavitud. Dios transforma al que acepta a su Hijo como Salvador. Luego le da la capacidad de resistir al mal y a sus malas inclinaciones. Dios no quiere que nos quedemos diciendo: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Él quiere darnos la victoria sobre el pecado, y que digamos con gratitud: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:24-25).

Jesus dijo: “Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18).

1 Crónicas 1 – Lucas 7:1-23 – Salmo 85:8-13 – Proverbios 19:22-23

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Lo que sale de mi boca

Martes 18 Julio
El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad.
Proverbios 13:3
Pon guarda a mi boca, oh Señor; guarda la puerta de mis labios.
Salmo 141:3
Mas la lengua de los sabios es medicina.
Proverbios 12:18
Lo que sale de mi boca
Hace poco una amiga me habló de la actual obsesión por las dietas y el entusiasmo por la gastronomía. «Pero estos días, agregó, me preocupa más lo que sale de mi boca que lo que entra». La reflexión de mi amiga cristiana me recuerda las palabras de Jesús: “Lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre” (Mateo 15:18-20).

A menudo lo que decimos revela lo que pensamos: por eso debemos aprender a juzgar nuestros malos pensamientos. Lo que decimos también puede afectar a los demás: “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada” (Proverbios 12:18). Las palabras mentirosas, hipócritas y maliciosas hieren a los demás, y también a nosotros mismos, como si se tratase de una espada.

Pero si vigilamos nuestras palabras, juzgando nuestros motivos, producimos ese fruto del Espíritu Santo llamado benignidad. Pidamos a Dios que ponga un guarda en nuestra boca, y que nos ayude a vigilar la puerta de nuestros labios. De este modo, nuestras palabras pueden traer paz y no guerra. Para ello es necesario recibir cada día la luz de la vida dada por la lectura de la Biblia.

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29).

Nahum 3 – Lucas 6:20-49 – Salmo 85:1-7 – Proverbios 19:20-21

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