Martes 6 Junio Yo te he conocido por tu nombre. Éxodo 33:12 Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo. Hechos 16:31 Un editorialista amante de las frases provocadoras escribió: «El Evangelio no se lee en la tercera persona del plural, sino en la segunda del singular». ¿Qué quiso decir con esto?
El Evangelio no es un relato histórico ni una doctrina religiosa, sino una noticia prodigiosa que Dios anuncia a todos. Habla al hombre a nivel personal. Se dirige a él de forma directa. ¿Qué atención presto a este mensaje divino? Cuando Dios me habla de su amor, ¿me siento incluido? ¿Puedo afirmar, como el apóstol Pablo, que el “Hijo de Dios” (una persona tan grande) “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (una persona tan insignificante)? (Gálatas 2:20). Por mí, como si yo estuviera solo entre millones de mis contemporáneos. Por mí, cuya historia conoce, una historia que está lejos de ser siempre brillante. Por mí, que he cerrado mis oídos a su voz durante tanto tiempo…
Sí, abramos nuestros oídos, y sobre todo nuestro corazón. Sintámonos interpelados. Leamos los versículos más asombrosos de la Escritura, por ejemplo, Juan 3:16, e introduzcamos nuestro nombre: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que ( … …) en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Dejemos que la Palabra de Dios actúe, experimentando que ella es viva y penetrante como una espada. ¡Dejémonos atravesar por ella! “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia” (Hebreos 4:12-13).
Nota del editor: Esta publicación es la primera parte de la serie Las Buenas Nuevas, publicada por la Tabletalk Magazine.
En cierto sentido, toda la Biblia es el evangelio. Al leerla desde Génesis hasta Apocalipsis, vemos la vasta extensión del maravilloso mensaje de Dios para la humanidad.
Pero muchos leen toda la Biblia y su comprensión del evangelio difiere ampliamente, no están claros, o simplemente están equivocados. Algunos hablan del evangelio en términos del favor de Dios derramando prosperidad financiera. Otros describen una utopía política en el nombre de Cristo. Y otros hacen hincapié en seguir a Cristo, proclamar Su reino o buscar la santidad. Algunos de estos temas son bíblicos, pero ninguno de ellos es el evangelio.
Afortunadamente, encontramos pasajes bíblicos que nos dicen, explícita y claramente, qué es el evangelio. Por ejemplo, el apóstol Pablo explica lo que es “de primera importancia” dentro del mensaje bíblico:
Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual también recibisteis, en el cual también estáis firmes, por el cual también sois salvos, si retenéis la palabra que os prediqué, a no ser que hayáis creído en vano. Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras (1 Cor 15:1-4). Pablo les recuerda a los creyentes de Corinto el mensaje del evangelio y su relevancia integral para ellos. Ellos lo recibieron; ellos están cimentados en él; ellos están siendo salvados por él. Estos beneficios, sagrados y poderosos, fluyen en su vida diaria mientras se aferran a la Palabra del evangelio que Pablo les dio. Los corintios no merecen tal bendición, pero el evangelio anuncia la gracia de Dios en Cristo para los que no la merecen. El único fracaso catastrófico de los corintios sería la incredulidad. Con tantas cosas buenas que decir sobre el evangelio, no es de extrañar que Pablo lo califique como “de primera importancia” en sus prioridades.
¿Qué es, entonces, el evangelio? Primeramente, el evangelio es la buena noticia de Dios: que “Cristo murió por nuestros pecados”. La Biblia dice que Dios creó a Adán sin pecado, apto para gobernar sobre una creación buena (Gen 1). Entonces, Adán se separó de Dios y arrastró a toda la humanidad con él a la culpa, la miseria y la ruina eterna (capítulo 3). Pero Dios, en Su gran amor por nosotros, unos rebeldes ahora totalmente indignos de Él, envió un mejor Adán, que vivió la vida perfecta que nunca hemos vivido y murió la muerte criminal que no queremos morir. “Cristo murió por nuestros pecados” en el sentido de que, en la cruz, Él expió los crímenes que hemos cometido contra Dios, nuestro Rey. Jesucristo, muriendo como nuestro sustituto, absorbió en Sí mismo toda la ira de Dios contra la verdadera culpa moral de Su pueblo. No dejó deuda sin pagar. Él mismo dijo: “Consumado es” (Jn 19:30). Y siempre diremos: “¡El Cordero que fue inmolado es digno!” (Ap 5:12).
Segundo, el evangelio dice: “Él fue sepultado”. Esto hace énfasis en que los sufrimientos y la muerte de Jesús fueron completamente reales, extremos y definitivos. La Biblia dice: “Y fueron y aseguraron el sepulcro; y además de poner la guardia, sellaron la piedra” (Mt 27:66). Después de matarlo, Sus enemigos se aseguraron de que todos supieran que Jesús estaba más muerto que una piedra. No solo la muerte de nuestro Señor fue tan definitiva como la muerte puede ser, sino que también fue humillante: “Se dispuso con los impíos Su sepultura” (Is 53:9). En Su asombroso amor, Jesús se identificó por completo con pecadores enfermos como nosotros, sin omitir nada.
Tercero, el evangelio dice: “Él fue resucitado al tercer día”. Hace años, escuché a S. Lewis Johnson decirlo de esta manera: “La resurrección es el ‘¡Amén!’ de Dios al ‘¡Consumado es!’ de Cristo. Jesús fue “resucitado para nuestra justificación” (Rom 4:25). Su obra en la cruz logró expiar nuestros pecados, de manera obvia. Además, por Su resurrección, Cristo “fue declarado Hijo de Dios con poder”, es decir, nuestro Mesías triunfante que reinará para siempre (Rom. 1: 4). Solo el Cristo resucitado puede decirnos: “No temas, Yo soy el primero y el último, y el que vive, y estuve muerto; y he aquí, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Ap 1:17-18). Aquel que vive conquistó la muerte y ahora está preparando un lugar para nosotros: un cielo nuevo y una tierra nueva, donde todo Su pueblo vivirá gozosamente con Él para siempre.
Este es el evangelio de la inmensa gracia de Dios hacia pecadores como nosotros. Cualquier otra cosa que se pudiese decir, solamente nos diría más sobre la poderosa obra de Jesucristo. Permanezcamos firmes en la Palabra que se nos predicó. Si creemos en este evangelio, no creeremos en vano.
Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine. Ray Ortlund El Dr. Ortlund es pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tenn., presidente de Renewal Ministries, y autor de varios libros, incluyendo When God Comes to Church.
Lunes 5 Junio El Hijo del Hombre (Jesús) vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Lucas 19:10 Bajo los escombros Durante un terremoto en Armenia (Asia), una escuela se derrumbó como un castillo de naipes. Parecía que no había sobrevivientes. Sin embargo, un hombre comenzó a buscar en las ruinas. Era el padre de un niño enterrado bajo los escombros. Con frecuencia había prometido a su hijo: «Siempre estaré a tu lado cuando me necesites, pase lo que pase».
No escuchó a otros padres que le decían que sus esfuerzos serían inútiles, sino que siguió buscando. ¡Era más fuerte que él, amaba tanto a su hijo que no podía abandonarlo! Después de más de 36 horas de búsqueda, cuando acababa de remover con gran dificultad un enorme bloque de cemento, oyó varias voces. Entonces llamó a su hijo, y la respuesta llegó de inmediato: «¡Papá, soy yo! ¡Ayúdanos!». Poco después logró rescatar a su hijo y a otros trece niños totalmente agotados, que estaban en un hueco, milagrosamente protegidos bajo los escombros. ¡Qué alegría, estos niños se salvaron!
Esta historia nos hace pensar en el amor de Dios por nosotros los seres humanos. Dios está cerca de nosotros y quiere salvarnos. Por supuesto, no estamos enterrados bajo las ruinas, sino bajo el inmenso peso de nuestros pecados, los cuales nos separan de Dios y nos cierran el camino al cielo. Su Hijo Jesucristo vino a nosotros como nuestro Redentor. Murió por nosotros en la cruz; todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados y la vida eterna.
“Pacientemente esperé al Señor, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos” (Salmo 40:1-2).
Domingo 4 Junio No imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios. 3 Juan 11 El baluarte de la conciencia En junio de 2017, al presidir las ceremonias del aniversario de la masacre de los aldeanos de Oradour-sur-Glane en 1944, el presidente francés declaró: «El único baluarte contra la locura asesina es nuestra conciencia».
Esta facultad nos permite discernir entre el bien y el mal. El hombre la adquirió cuando decidió desobedecer a Dios y escuchar a Satanás: “El día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:5). Al dejarse seducir, el hombre se convirtió en una criatura responsable de sus actos, capaz de distinguir entre el bien y el mal. Sin embargo, ¡cuántos actos de maldad, robos y crímenes se cometen en el mundo! Aunque se supone que conocemos el bien, tenemos la tendencia a hacer el mal. Nuestra conciencia se siente incómoda con el mal, y en esto es un freno, pero ella no nos da la fuerza para evitar hacer lo malo.
Nuestra desobediencia a Dios corrompió nuestro ser interior. Debemos confesar esto ante él. Si creemos en Jesucristo, en su muerte en la cruz, y lo aceptamos como nuestro Salvador, recibimos una nueva vida capaz de discernir lo que es bueno, lo que agrada a Dios. “Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré” (Hebreos 8:10).
Por otra parte, el Espíritu de Dios da fuerza a esta nueva vida: “Que (el Padre) os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16). Entonces el creyente puede evitar el mal y hacer el bien con la ayuda divina.
“Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Romanos 12:9).
El propósito de nuestra salvación no es nuestra salvación en sí misma. El propósito de nuestra salvación es la gloria de Dios. “Por amor Mío, por amor Mío, lo haré” —dice Dios a través del profeta Isaías acerca de Su plan de salvación— “Mi gloria, pues, no la daré a otro” (Is 48:11). Y dice exactamente lo mismo a través del profeta Ezequiel. Hablando de la promesa del nuevo pacto, Dios declara: “No es por ustedes, casa de Israel, que voy a actuar, sino por Mi santo nombre, que han profanado entre las naciones adonde fueron” (Ez 36:22).
Esa es la razón por la que Dios ha obrado a través de Su Hijo. Efesios 2 nos muestra la obra divina de salvación corporativa e individual. Pero es en Efesios 1 donde se nos muestra el motivo: “para alabanza de Su gloria” (Ef 1:6, 12, 14). Y Efesios 3 nos enseña que no solo nuestra salvación individual da gloria a Dios, sino también nuestra salvación como pueblo. El propósito de Dios es que “la infinita sabiduría de Dios puede ser dada a conocer ahora por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Ef 3:10). Este es el “propósito eterno” de Dios (Ef 3:11).
Este nuevo hombre, la iglesia local, no se parece a nada que el mundo haya podido conocer. Su unidad no está basada en la etnicidad, ni en la cultura, ni en el estatus social, sino en una persona —Jesucristo—, Aquel que es la revelación de la sabiduría de Dios (1Co 1:22-30; Col 2:2-3). Y ahora, en Cristo, la iglesia se convierte en la revelación de la sabiduría de Dios para un mundo que nos observa.
Nosotros solos no podemos revelar la sabiduría del Dios que ha reconciliado a las personas consigo mismo, y a los unos con los otros. Necesitamos a la iglesia local, allí donde los que una vez fueron enemigos practican el amor y el perdón entre ellos, aun cuando pueden encontrar muchas razones para no hacerlo.
Así pues, cuando malentendemos el propósito de nuestra salvación, nos metemos en problemas. Si pensamos que Jesús nos salvó para hacernos felices, para que alcancemos nuestras metas, o para que seamos económicamente prósperos, tendremos la tentación de abandonar a Jesús si estas cosas no se materializan rápidamente en nuestras vidas. En vez de pensar que la salvación gira alrededor de la gloria de Dios, daremos por sentado que la vida cristiana gira alrededor nuestro, de nuestros dones, de nuestro llamado y de la manera en la que podemos realizar nuestros sueños. Y esto hace que la iglesia local se convierta en el escenario para mostrar nuestro potencial, en la plataforma para enseñar nuestros dones y en el auditorio para exhibir nuestra vanidad.
Este libro ha sido escrito para ayudar a las iglesias a entender correctamente la diferencia que la doctrina bíblica de la conversión hace en la enseñanza, el evangelismo, el discipulado, la membresía y cualquier otra faceta de la vida como iglesia local.
Pero todo cambia cuando entendemos que nuestra salvación gira en torno a la gloria de Dios. Entonces la vida cristiana deja de ser el lugar donde reivindico “mis derechos como creyente”, para convertirse en el lugar donde pongo mi vida al servicio de los demás. La iglesia deja de ser un escaparate donde exhibo mi llamado y mis dones, para convertirse en una comunidad donde reflejo la gracia de Dios. Lo más irónico de todo es que encontramos la “vida feliz y plena” cuando en vez de buscarla, buscamos a Dios y encontramos en Su gloria la plenitud para la cual fuimos creados.
No somos salvos siendo sinceros, ni teniendo sentimientos profundos, ni amando a Dios, ni haciendo buenas obras. Somos salvos por la obra de gracia de Dios en Cristo. Cuando la iglesia entiende esto y expresa dicha realidad, mostramos al mundo entero que la conversión cristiana no tiene nada que ver con cambiar de partido político o nuestra escala de valores. No es un simple cambio de opinión o mentalidad. La conversión cristiana significa ser rescatado. Ser rescatado de la muerte para pasar a la vida, de la ira para alcanzar perdón, de la esclavitud para obtener libertad. Y es un rescate obrado por Dios. Solo Él puede hacerlo.
El escritor de himnos Charles Wesley lo expresó de forma magnífica:
Mi alma, atada en la prisión, anhela redención y paz. De pronto vierte sobre mí la luz radiante de Su faz. Cayeron mis cadenas, ¡vi mi libertad y le seguí!.
La conversión es principalmente una acción de Dios y, en segundo lugar y con mucha diferencia, es una acción nuestra. Debemos ser salvos, y a través de Cristo lo somos. Pero la conversión también implica nuestra acción. Nos levantamos, caminamos y perseveramos. En el siguiente capítulo nos vamos a centrar en nuestra responsabilidad.
Este artículo sobre ¿Por qué y para qué nos quiere salvar Dios? fue adaptado de una porción del libro La conversión, publicado por Poiema Publicaciones.
Sábado 3 Junio En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad). Efesios 5:8-9 El fruto del Espíritu (6) La benignidad El quinto sabor del fruto del Espíritu es la benignidad. Esta virtud es muy parecida al siguiente sabor del fruto: la bondad. Es un estado de ánimo que lleva a realizar actos de bondad.
Ser benigno con alguien es, según la etimología de la palabra, desearle lo mejor, sin ideas preconcebidas. La benignidad es lo contrario a los celos o el resentimiento. Un pensamiento benévolo no tiene prejuicios, ni superioridad; es liberador, no encierra al otro. La benignidad también se manifiesta en la forma de hablar: una palabra recta y sincera, una palabra que anuncia el bien. La benignidad es visible en actos generosos y se une a la bondad.
Puede existir lo que se ha llamado «trampas de la benignidad», cuando esta se convierte en complacencia con el mal, en cobardía o, aún peor, en manipulación. La auténtica benignidad cristiana tiene cuidado de dejar a la otra persona su libertad. La reconoce en su diferencia, la acoge como amada por Dios, dando así testimonio de un Dios que vino para salvarnos, pero que no se impone.
La benignidad se pone en práctica mostrando interés por nuestro prójimo. Recordemos siempre que ella no es el resultado de nuestros esfuerzos, sino el fruto del Espíritu de Dios en nuestros corazones.
“El ojo misericordioso será bendito, porque dio de su pan al indigente” (Proverbios 22:9).
“Yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que carecía de ayudador… al corazón de la viuda yo daba alegría. Yo era ojos al ciego, y pies al cojo. A los menesterosos era padre” (Job 29:12-16).
(continuará el próximo sábado) 2 Reyes 4:25-44 – Romanos 10 – Salmo 67 – Proverbios 16:21-22
Los Verdaderos Pastores Conocen a sus Ovejas by Jeremiah Johnson
El otro día, mientras estaba sentado ante un semáforo en rojo, observé cómo un joven instalaba minuciosamente una pequeña cámara en un parque local. Ajustó el trípode varias veces, hasta conseguir el ángulo perfecto para grabar la acrobacia que estaba a punto de realizar. Esperó a que una pareja de ancianos saliera del encuadre antes de agacharse, colocando sus brazos entrelazados alrededor de su torso y lanzándose a dar una voltereta hacia atrás.
Sin embargo, algo salió mal. Él no completó el giro y se tambaleó toscamente al aterrizar. Cuando cambió el semáforo para seguir en marcha, él se preparó para otro intento.
Toda la escena fue muy breve, pero fue un recordatorio divertido de un punto que no tenemos en cuenta lo suficiente: Las redes sociales no son la vida real.
Tú No Eres Tu Avatar
Ojalá esto sea un alivio para usted. Nadie, por mucho que profese valorar las virtudes modernas de la autenticidad y la transparencia, va a mostrarle hasta el último detalle de sus vidas. Por muy perfectamente ordenados que estén los muebles y la decoración, siempre hay un montón de ropa sucia en algún lugar fuera de la vista. Como el acróbata aficionado que observé ese día, siempre hay tomas fallidas y secuencias que terminan en un archivo que nunca se publica.
Las vidas perfectas que usted ve en Internet no son reales. Están cuidadosamente seleccionadas y editadas para presentar la versión de la realidad que esas personas quieren que usted vea, y a menudo envidia.
Esa pareja que viaja a lugares lejanos y exóticos –ellos no muestran la falta de sueño que padecen ni lo demacrados que están cuando llegan a casa. Las personas que hornean postres elaborados y exquisitos no le enseñan todos los pasteles que no suben y todas las galletas que se queman. Los culturistas y los modelos fitness no publican sus selfies durante un ataque particularmente desagradable de gripe estomacal.
Usted hace lo mismo. Usted no publica todas las fotos de su pareja en la playa—sólo las mejores. Lo mismo ocurre con las fotos familiares, las historias que comparte sobre sus hijos y mascotas, y los comentarios públicos que hace sobre deportes, política y actualidad. Todo ha sido editado y seleccionado para maximizar la respuesta que recibirá de sus amigos y seguidores en Internet.
Incluso, si usted fuera más honesto públicamente sobre sus fracasos y errores que esas personas influyentes en línea, no hay manera de que un perfil de Facebook o una cuenta de Instagram pueda resumir la totalidad de lo que usted es y lo que usted cree. Sin duda, usted tiene pensamientos y opiniones que nunca compartiría con otras personas, porque algunas cosas simplemente no son aptas para ser publicadas, ni siquiera en Twitter.
Usted No Puede Pastorear las Ovejas que No Conoce
Todo esto se aplica a los promotores de la meta-iglesia, quienes con engaños prometen que pueden alimentar, guiar y discipular a un rebaño digital.
La tarea que Dios ha encomendado a sus pastores está claramente definida en las páginas de las Escrituras. Pablo encargó a los ancianos de Éfeso con estas palabras:
“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hechos 20:28-30).
Pero el trabajo de pastor es imposible para quien ni siquiera conoce a las ovejas. No es un trabajo que pueda hacerse a distancia, a intervalos intermitentes. La idea de un pastor que intenta proteger a sus ovejas de los lobos hambrientos a través de una llamada de FaceTime o una reunión por ZOOM es motivo de risa.
Pero como explica John MacArthur en un artículo titulado “More Than Just a Preacher“ (Más Que Un Simple Predicador), la vocación del pastor es mucho más que proteger a sus ovejas de amenazas externas.
Las ovejas carecen de instinto de supervivencia. Son tan humildes y mansas que, si se las maltrata, fácilmente se les aplasta el espíritu, y pueden simplemente rendirse y morir. El pastor debe conocer el temperamento individual de sus ovejas y tener cuidado de no infligirles un estrés excesivo. En consecuencia, un pastor fiel ajusta su consejo a la necesidad de la persona a la que ministra. Debe: “Amonestar a los ociosos, alentar a los de poco ánimo, sostener a los débiles, y ser paciente para con todos” (1 Tesalonicenses 5:14).
Una vez más, eso simplemente no puede suceder si todo lo que el pastor sabe acerca de un miembro de su congregación es lo que publican en las redes sociales. Y en muchos de estos llamados rebaños digitales, es probable que ni siquiera lo sepan. Los miembros de la meta-iglesia a menudo no son más que un nombre de usuario y un avatar. Eso podría significar una simulación de dibujos animados de la persona real, pero ¿cómo podría alguien más en la meta-iglesia saber si incluso esos vagos detalles corresponden con la realidad?
Francamente, el metaverso no trata de simular la realidad—sino de evitarla. Demasiado de lo que ocurre en las redes sociales y en las interacciones basadas en la web tiene que ver con el escapismo. Para algunos, se trata de construir una fachada para parecer más simpáticos, atractivos e interesantes de lo que son en la vida real. Para otros, se trata de dar rienda suelta a los aspectos de su personalidad que no encajan en el mundo real, diciendo y haciendo cosas que nunca harían en persona o delante de amigos y familiares. El relativo anonimato y oscuridad de la web no es una ayuda para cuidar y discipular al pueblo de Dios. Al contrario, es una barrera casi impenetrable para las funciones bíblicas de la iglesia y el trabajo de un pastor piadoso.
Además, también impide que las ovejas lleguen a conocerlo de verdad. Como explica John, las ovejas no pueden seguir a un líder que no pueden observar.
Pedro desafió a sus compañeros ancianos a “apacentar el rebaño de Dios entre vosotros” ejerciendo “cuidado sobre esta” (1 Pedro 5:2). Dios les confió la autoridad y la responsabilidad de guiar al rebaño. Los pastores son responsables de cómo lideran, y el rebaño de cómo sigue (Hebreos 13:17).
Además de enseñar, el pastor ejerce el cuidado del rebaño por medio del ejemplo de su vida. Ser pastor implica estar entre las ovejas. No se trata tanto de un liderazgo desde arriba como de un liderazgo desde adentro. Un pastor eficaz no pastorea a sus ovejas desde la retaguardia, sino que las guía desde el frente. Ellas le ven e imitan sus acciones.
El valor más importante del liderazgo espiritual es el poder que tiene una vida ejemplar. Primera de Timoteo 4:16 instruye a un líder de la iglesia a: “Tener cuidado de sí mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”.
Las ovejas no ganan nada con un pastor al que sólo ven de vez en cuando, e incluso entonces, sólo desde una gran distancia y a través de varias barreras. Bíblicamente hablando, eso no es un pastor. Nadie dotado y llamado al cuidado del rebaño de Dios sería tan displicente y descuidado en el desempeño de tan elevadas obligaciones.
Viernes 2 Junio (Un malhechor crucificado al lado de Jesús le dijo:) Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. Lucas 23:42-43
Jesús permaneció en la cruz Leer Lucas 23:39-43
El evangelio según Lucas afirma que uno de los dos malhechores crucificados con Jesús lo injurió diciéndole: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Quería salvarse de las consecuencias de sus malas acciones mediante una intervención milagrosa, sin juzgar el motivo de su desgracia, es decir, su rebelión contra Dios. Lo mismo sucede con la humanidad, quiere ser librada de las consecuencias del pecado, sin juzgar su corazón, sin un verdadero arrepentimiento.
Pero Jesús no vino para efectuar una liberación física e inmediata de estos dos ladrones. Él vino con un propósito mucho más grande: morir en la cruz para pagar nuestra deuda con Dios, para sufrir la condena en nuestro lugar, para quitar el pecado del mundo, para borrar los pecados de todos los que le piden perdón y creen en él. Así lo entendió el segundo malhechor: reconoció su culpa, y al mismo tiempo reconoció la inocencia de Jesús. Por ello recibió la maravillosa certeza de una salvación total: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. ¡Qué fe en este hombre, y qué consuelo para Jesús en esos momentos de intenso dolor!
Al recordar las perversas y odiosas provocaciones hechas contra Jesús, admiramos la perfecta paciencia de nuestro Señor, que podría haber movilizado a todos los ángeles del cielo para librarle de sus enemigos. Pero sabemos que si permaneció en la cruz, fue por amor a los que quería salvar.
La piedad (pietas) es uno de los temas principales de la teología de Juan Calvino. Su teología es, como dice John T. McNeill, «su piedad descrita en profundidad». Él estaba decidido a confinar la teología dentro de los límites de la piedad. Para Calvino, la teología trata en primer lugar sobre conocimiento —el conocimiento de Dios y de nosotros mismos— pero no hay verdadero conocimiento donde no hay verdadera piedad.
Para Calvino, pietas designa la actitud correcta del hombre hacia Dios, que incluye el verdadero conocimiento, la adoración sincera, la fe salvadora, el temor filial, la sumisión en la oración y el amor reverencial. Conocer quién y qué es Dios (teología) conduce a actitudes correctas hacia Él y a hacer lo que Él quiere (piedad). Calvino escribe: «Llamo “piedad” a la reverencia unida al amor a Dios que induce el conocimiento de Sus beneficios». Este amor y reverencia a Dios es un complemento necesario para cualquier conocimiento de Él y abarca toda la vida. Calvino dice: «Toda la vida de los cristianos debe ser una especie de práctica de la piedad».
El objetivo de la piedad, así como de toda la vida cristiana, es la gloria de Dios: la gloria que brilla en los atributos de Dios, en la estructura del mundo y en la muerte y resurrección de Jesucristo. Para toda persona piadosa en verdad, el glorificar a Dios está por encima de su redención personal. El hombre piadoso, según Calvino, confiesa: «Somos de Dios: vivamos, pues, por Él y muramos por Él. Somos de Dios: dejemos que Su sabiduría y Su voluntad rijan, por tanto, todas nuestras acciones. Somos de Dios: dejemos que todas las partes de nuestra vida se esfuercen en consecuencia hacia Él como nuestro único objetivo legítimo».
Pero ¿cómo glorificamos a Dios? Como escribe Calvino: «Dios nos ha prescrito un modo en el que será glorificado por nosotros, a saber, la piedad, que consiste en la obediencia a Su Palabra. El que sobrepasa estos límites no va a honrar a Dios, sino a deshonrarlo». La obediencia implica una entrega total a Dios mismo, a Su Palabra y a Su voluntad.
Para Calvino, la piedad es integral y tiene dimensiones teológicas, eclesiológicas y prácticas. Desde el punto de vista teológico, la piedad solo puede realizarse a través de la unión y comunión con Cristo y la participación en Él, ya que fuera de Cristo incluso la persona más religiosa solo vive para sí misma. Solo en Cristo pueden los piadosos vivir como servidores voluntarios de su Señor, soldados fieles de su Comandante e hijos obedientes de su Padre.
La comunión con Cristo siempre es el resultado de la fe obrada por el Espíritu, que une al creyente con Cristo por medio de la Palabra, permitiéndole recibir a Cristo tal y como está revestido en el evangelio y ofrecido en gracia por el Padre. Por la fe, los creyentes poseen a Cristo y crecen en Él. Reciben de Cristo por la fe la «doble gracia» de la justificación y la santificación, que juntas ofrecen la limpieza de la pureza imputada y real.
Desde el punto de vista eclesiológico, para Calvino, la piedad es nutrida en la iglesia por la Palabra predicada, los santos sacramentos y el canto de los salmos. Los creyentes cultivan la piedad por el Espíritu a través del ministerio de la enseñanza de la iglesia, progresando desde la infancia espiritual hasta la adolescencia y la plena madurez en Cristo.
La predicación de la Palabra es nuestro alimento espiritual y nuestra medicina para la salud espiritual, dice Calvino. Con la bendición del Espíritu, los ministros son médicos espirituales que aplican la Palabra a nuestras almas como los médicos terrenales aplican la medicina a nuestros cuerpos.
Calvino define los sacramentos como testimonios «de la gracia divina para con nosotros, confirmada por un signo exterior, con el testimonio mutuo de nuestra piedad hacia Él». Al ser la Palabra visible, son «ejercicios de piedad». Los sacramentos fortalecen nuestra fe, nos hacen agradecer la abundante gracia de Dios y nos ayudan a ofrecernos como sacrificios vivos a Dios.
Calvino consideraba los Salmos como el manual canónico de la piedad. Escribe: «No hay otro libro en el que se nos enseñe más perfectamente el modo correcto de alabar a Dios, o en el que se nos incite más poderosamente a realizar este ejercicio de piedad». Con la dirección del Espíritu, el cantar salmos afina los corazones de los creyentes para la gloria.
En la práctica, aunque Calvino consideraba a la iglesia como la cuna de la piedad, también hacía hincapié en la necesidad de la piedad personal. Para él, la piedad «es el principio, el medio y el fin de la vida cristiana». Esto implica numerosas dimensiones prácticas para la vida cristiana diaria, con un énfasis particular en la oración sincera, el arrepentimiento, la abnegación, el cargar la cruz y la obediencia.
Calvino se esforzó por vivir él mismo la vida de pietas. Habiendo probado la bondad y gracia de Dios en Jesucristo, persiguió la piedad al buscar conocer y hacer la voluntad de Dios cada día. Su teología y eclesiología se tradujeron en una piedad práctica, sincera y centrada en Cristo, una piedad que, en última instancia, afectó y transformó profundamente a la iglesia, a la comunidad y al mundo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Joel R. Beeke El Dr. Joel R. Beeke es presidente del Puritan Reformed Theological Seminary y pastor de Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan.
Miércoles 31 Mayo Así ha dicho el Señor: Vosotros me habéis dejado, y yo también os he dejado… Y los príncipes… y el rey se humillaron, y dijeron: Justo es el Señor. Y cuando el Señor vio que se habían humillado… (dijo): Se han humillado; no los destruiré; antes los salvaré en breve. 2 Crónicas 12:5-7 Salvados bajo las bombas Una vez más una joven estudiante alemana había oído el Evangelio, pero había permanecido indiferente. Ella quería vivir su vida y lo estaba haciendo, hasta el terrible día del gran bombardeo de Hamburgo, Alemania, durante la segunda guerra mundial. En pocas horas, en julio de 1943, la ciudad se convirtió en una hoguera.
En su huida halló refugio con otras personas en una iglesia de la aldea vecina. Esta pobre gente lo había perdido todo, lloraba y se lamentaba. Un cristiano fue a verlos, escuchó sus quejas y comprendió su angustia. Luego pidió silencio y dijo: «Queridos amigos, al pasar entre ustedes oí en medio de sus quejas, las cuales comprendo, una frase de la que quisiera hablarles. Alguien dijo: -Dios nos ha abandonado. Esto no es cierto. Ustedes se equivocan. ¡La verdad es que somos nosotros quienes hemos abandonado a Dios!».
Al contarnos este episodio, cincuenta años más tarde, la señora que lo vivió cuando era joven agregó: «Es todo lo que recuerdo de las palabras de ese cristiano. Pero esta frase fue como una flecha que alcanzó mi corazón. Por encima del estruendo de las bombas, la voz de Dios se dirigía a mí, quizá por última vez. Respondí a su llamado y nunca más me aparté de él».
“Yo cantaré de tu poder, y alabaré de mañana tu misericordia; porque has sido mi amparo y refugio en el día de mi angustia” (Salmo 59:16).
“En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio” (Salmo 62:7).