¿Usted qué opina?

Viernes 3 Marzo

(Jesús preguntó a sus discípulos:) Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Mateo 16:15-16

Sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo.

Juan 4:42

¿Usted qué opina?

Cuando estuvo exiliado en la isla de Santa Elena, Napoleón recibió desde Francia una Biblia decorada con las armas imperiales. Como no tenía nada que hacer, se puso a leerla y se interesó especialmente en la persona y la obra de Jesucristo. Parece que la comparación de la vida santa de Jesucristo con su propia carrera lo impresionó profundamente.

Un día, mientras paseaba, preguntó a su asistente militar, quien caminaba a su lado:

–Montholon, ¿qué piensa de Cristo?

–Sir, disculpe, no tengo ninguna opinión con respecto a él.

El emperador continuó su camino y respondió él mismo su pregunta:

–Alejandro, César, Carlomagno y yo fundamos imperios, pero ¿sobre qué basamos nuestro poder? Sobre la guerra, la fuerza. En cambio, Jesucristo fundó su imperio sobre el amor.

Solo Dios sabe si el ilustre prisionero aceptó a Jesús como su Salvador y obtuvo el perdón de sus pecados. El relato de sus últimos días no revela nada al respecto.

¿Decimos como el marqués de Montholon: no tengo ninguna opinión con respecto a Cristo? ¿O pensamos que el perdón que nos ofrece es menos necesario para nosotros que para el emperador destronado? Pero la Biblia dice: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Solo creyendo personalmente en el Hijo de Dios, quien fue crucificado y luego resucitó, podemos ser salvos. ¡Aún hoy él nos ofrece su gracia! Por la fe, ¡recibamos del Salvador la vida eterna!

2 Samuel 22:31-51 – Hechos 11 – Salmo 29:1-6 – Proverbios 10:27-28

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Ni yo te condeno

Miércoles 1 Marzo
Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Juan 8:11-12

Ni yo te condeno

Leer Juan 8:1-11

Jesús estaba en el templo de Jerusalén y enseñaba a la multitud. Los escribas y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en medio y dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”.

Jesús no respondió nada, sino que se agachó y empezó a escribir en el suelo. Esta posición de humildad caracterizó su vida entre los hombres. Los acusadores insistieron. Entonces Jesús se levantó y dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Luego se agachó nuevamente y continuó escribiendo. ¡Los acusadores fueron confrontados con sus propias conciencias! Habían interrogado a Jesús, y ahora ellos mismos eran interpelados. Querían la ley para esta mujer, y esta misma ley valía también para ellos. Entonces se retiraron uno a uno… reducidos al silencio. ¡Ellos, que señalaban con el dedo el pecado de la mujer, debieron reconocer su verdadero estado moral!

Jesús quedó solo con la mujer. El pasaje precisa que ella permanecía ahí en medio. Fue la única que no huyó y escuchó lo que Jesús dijo aún: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. En Jesús estaba “la verdad”, que manifiesta el pecado del hombre, y “la gracia” que lo quita delante de Dios y libera al culpable. Esta mujer pudo ser liberada de su pecado porque escuchó y creyó lo que Jesús le dijo. Cada uno de nosotros puede recibir esta palabra de Jesús y experimentar la fuerza y todo el bien que ella hace, si la acepta plenamente.

2 Samuel 21 – Hechos 10:1-24 – Salmo 28:1-5 – Proverbios 10:24-25

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Amar a alguien no significa aprobar sus actos

Martes 28 Febrero
(Jesús dijo:) Amad a vuestros enemigos… y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos.
Mateo 5:44-45
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.
Romanos 5:5

Amar a alguien no significa aprobar sus actos

Mensajes de cristianos perseguidos

“Amar a sus enemigos… no es una misión fácil. Tenemos la tendencia a no amar a los que nos hacen daño, y pensamos que la mejor cosa que podamos hacer es ignorarlos. Pero Dios nos pide algo diferente. Quiere que hagamos bien a los que nos odian, que oremos por los que nos persiguen. Esto parece absolutamente imposible. Si oramos por alguien, eso no significa que aprobemos sus actos. Desaprobamos su conducta, pero esa persona necesita a Dios. Por eso tenemos que orar por ella y mostrarle en qué consiste el amor del Señor.

Jesús nos pide que amemos a nuestros enemigos. Por nosotros mismos, jamás podremos hallar el deseo ni la fuerza para amar a un enemigo. ¡Es contrario a nuestra naturaleza!

Entonces, ¿quiénes pueden hacer esto en el mundo? Los que ya no pertenecen a este mundo, sino al reino de Dios. En Cristo, quien nos perdonó primero, y solo en él, podemos encontrar la fuerza para llevar a cabo estos actos inhabituales, como dar un abrazo a un enemigo, amar a los que nos odian, orar por los que nos persiguen y bendecir a los que nos maldicen.

Y así, a través de nosotros, Dios puede alcanzar esos corazones endurecidos, de tal forma que podrán descubrir el perdón de Cristo y recibir la vida eterna.”

Constantin Caraman (Rumanía), encarcelado tres veces
2 Samuel 20 – Hechos 9:23-43 – Salmo 27:9-14 – Proverbios 10:22-23

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Dios está por mí

Lunes 27 Febrero
Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
Romanos 8:31-32

Dios está por mí

Como Dios es amor, me ama tal como soy, y se ocupa de mí con ternura y fidelidad.

Como es soberano, su amor y su bondad hacia mí se ejercen continuamente, siempre y en todo lugar.

Como Dios es sabio, sabe mejor que yo lo que necesito.

Como Dios es luz, ilumina los lugares sombríos de mi vida para ponerlos en armonía con lo que él es.

Como Dios es omnisciente (lo sabe todo), sabe en dónde estoy con respecto a él. Conoce mis necesidades interiores, mis preocupaciones, mis tristezas, mucho antes de que yo las sienta.

Como es omnipotente (todopoderoso), me protege en toda situación. Puede liberarme de las tentaciones, vengan de donde vengan, y darme la victoria.

Como Dios es omnipresente (está en todo lugar a la vez), está justo donde yo estoy en este momento, para decirme: «Ánimo, aquí estoy, comprendo las heridas que la vida te inflige… ¡Yo puedo darte la calma, la paz y el gozo! ¡Sí, estoy muy cerca de ti, a tu lado!».

Como Dios es misericordioso, da sin exigir nada a cambio, pero se goza al verme apreciar las bendiciones que me brinda.

“Fíate del Señor de todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propia prudencia.
Reconócelo en todos tus caminos,
Y él enderezará tus veredas”.
Proverbios 3:5-6
2 Samuel 19:24-43 – Hechos 9:1-22 – Salmo 27:5-8 – Proverbios 10:20-21

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Jesús – su fidelidad

Domingo 26 Febrero
Ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí.
Romanos 15:3
El testigo verdadero libra las almas; mas el engañoso hablará mentiras.
Proverbios 14:25

Jesús – su fidelidad (8)

Jesús estaba lleno de bondad y, a la vez, de una fidelidad perfecta a Dios. No halagaba a nadie, no huía cuando era necesario hablar severamente o hacer un reproche. Nunca atenuaba la verdad para adaptarla a la moda reinante o para evitar reacciones fuertes. Su pensamiento no iba más allá de su palabra (Salmo 17:3). Lo que decía y hacía estaba en perfecta armonía.

La fidelidad de Jesús reflejaba su amor a Dios y al hombre. Jesús no trataba de agradar a los demás o de ser popular, pues solo le importaba la aprobación de su Padre:

– Cuando vio el comercio que se realizaba en el templo, la casa de su Padre, volcó las mesas de los vendedores. Lleno de celo, consideró el honor a Dios más importante que todo lo demás (Marcos 11:15-17).

– Denunció enérgicamente la hipocresía y la mentira de los jefes religiosos, y por ello lo criticaron (Mateo 23).

– Cuando Pedro quiso convencerlo para que no fuese a la cruz, le respondió severamente, pues su muerte era indispensable para la gloria de Dios y para la salvación de los hombres (Mateo 16:21-23).

– Cuando hizo reproches a sus discípulos, lo hizo para estimular su débil fe y para enseñarles que siempre podían contar con él.

Por último, los hombres crucificaron a ese fiel testigo que les molestaba, pero Dios lo resucitó y lo glorificó.

(fin el próximo domingo)
2 Samuel 19:1-23 – Hechos 8:26-40 – Salmo 27:1-4 – Proverbios 10:19

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La iglesia antigua

La iglesia antigua

Desde los inicios del cristianismo hasta que Constantino les puso fin a las persecuciones (Edicto de Milán, año 313). Fue un período formativo que marcó pauta para toda la historia de la iglesia, pues hasta el día de hoy seguimos viviendo bajo el influjo de algunas de las decisiones que se tomaron entonces.
El cristianismo surgió en un mundo que tenía ya sus propias religiones, sus culturas y sus estructuras políticas y sociales.
Para entender la historia del cristianismo, hay que saber algo acerca de ese trasfondo en el que la nueva fe se abrió camino y fue estructurando su vida y sus doctrinas.
El trasfondo más inmediato de la naciente iglesia fue el judaísmo —primero el judaísmo de Palestina, y luego el que existía fuera de la Tierra Santa.
El judaísmo de Palestina no era ya el que conocemos a través de los libros del Antiguo Testamento. Más de trescientos años antes de Cristo, Alejandro Magno (o Alejandro el Grande) había creado un vasto imperio que se extendía desde Grecia hasta Egipto y hasta las fronteras de la India, y que por tanto incluía toda la Palestina. Una de las consecuencias de esas conquistas fue el «helenismo», nombre que se le da a la tendencia de combinar la cultura griega que Alejandro había traído con las antiguas culturas de cada una de las tierras conquistadas.
A la muerte de Alejandro, algunos de su sucesores quedaron como dueños de Siria y Palestina. Contra ellos se rebelaron los judíos bajo la dirección de los Macabeos, y lograron un breve período de independencia, hasta que los romanos conquistaron el país en el año 63 a.C. Por tanto, cuando Jesús nació Palestina era parte del Imperio Romano.
Este judaísmo de Palestina no era todo igual, sino que había en él diferentes partidos y posturas religiosas. Entre ellos se destacan los zelotes, los fariseos, los saduceos y los esenios. Estos grupos diferían en cuanto al modo en que se debía servir a Dios, y también en sus posturas frente al Imperio Romano. Pero todos concordaban en que hay un solo Dios, que ese Dios requiere cierta conducta de su pueblo, y que algún día ese Dios cumplirá sus promesas a ese pueblo.
Fuera de Palestina, el judaísmo contaba con fuertes contingentes en Egipto, Asia Menor, Roma y hasta los territorios de la antigua Babilonia. Esto es la llamada «Dispersión» o «Diáspora». El judaísmo de la Diáspora daba señales del impacto de las culturas circundantes. En el Imperio Romano, esto se manifestaba en el uso de la lengua griega —la lengua más generalizada en el mundo helenista— por encima del hebreo o del arameo —la lengua más usada en la parte de la Diáspora que se extendía hacia Babilonia. Fue por eso que en la Diáspora —en Egipto— el Antiguo Testamento se tradujo al griego. Esa traducción se llama la «Septuaginta», y fue la Biblia que los cristianos de habla griega usaron por mucho tiempo. También en Egipto vivió el judío helenista Filón de Alejandría, que trató de combinar la filosofía griega con el judaísmo, y fue por tanto precursor de los muchos teólogos cristianos que trataron de hacer lo mismo con el cristianismo.
Empero desde bien temprano la iglesia comenzó a abrirse camino más allá de los límites del judaísmo, hasta tal punto que pronto se volvió una iglesia mayormente de gentiles. Para entender ese proceso, hay que saber algo del ambiente político y cultural de la época.
En lo político, toda la cuenca del Mediterráneo era parte del Imperio Romano, que le había dado unidad a la región. En cierto modo, esa unidad política facilitó la expansión del cristianismo. Pero esa unidad se basaba también en el sincretismo, en que florecía toda clase de religión y de mezcla de religiones, y que fue una de las peores amenazas al cristianismo. Y esa unidad política se basaba también en el culto al emperador, que fue una de las causas de la persecución contra los cristianos.
En el campo de la filosofía, predominaban las ideas de Platón y de su maestro Sócrates, que hablaban de la inmortalidad del alma y de un mundo invisible y puramente racional, más perfecto y permanente que este mundo de «apariencias».
Además, el estoicismo, doctrina filosófica que proponía altos valores morales, había alcanzado gran auge.
Dentro de ese marco, la nueva fe se fue abriendo camino, pero al mismo tiempo se fue definiendo a sí misma.
Aparte los libros del Nuevo Testamento, los escritos cristianos más antiguos que se conservan son los de los llamados «Padres apostólicos». Es a través de estas cartas, sermones y tratados que sabemos algo acerca de la vida y enseñanzas de los cristianos de la época.
La primera y más importante tarea del cristianismo fue definir su propia naturaleza ante el judaísmo del cual surgió. Como se ve en el Nuevo Testamento, buena parte del contexto en que tuvo lugar esa definición fue la misión a los gentiles.
Esta es una historia que conocemos principalmente por el Nuevo Testamento. Allí vemos, especialmente en las cartas de Pablo y en el libro de Hechos, el reflejo de las difíciles decisiones que la iglesia tuvo que hacer en sus primeras décadas. ¿Sería el cristianismo una nueva secta dentro del judaísmo? ¿Se abriría a los gentiles? ¿Cuánto del judaísmo tendrían que aceptar los gentiles conversos? Tales fueron las preguntas que dominaron la vida de la iglesia en sus primeras décadas.
Pronto el cristianismo tuvo sus primeros conflictos con el estado…. Esos conflictos con el estado produjeron mártires y «apologistas». Los primeros sellaron su testimonio con su sangre.
En el libro de Hechos, cuando se persigue a los cristianos, quienes lo hacen son generalmente los jefes religiosos entre los judíos. Lo que es más, en varias ocasiones las autoridades del Imperio intervienen para detener un motín, y salvan así de dificultades a los cristianos.
Pronto, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar, y fue el Imperio el que empezó a perseguir a los cristianos. En el siglo primero, las peores persecuciones tuvieron lugar bajo Nerón (emperador del 54 al 68) y Domiciano (81–96). Aunque cruentas, parece que estas persecuciones fueron relativamente locales.
En el siglo II la persecución se fue haciendo más general, aunque en términos generales se siguió la política de Trajano (98–117), de castigar a los cristianos si alguien los delataba, pero no emplear los recursos del estado para buscarlos. Por ello, la persecución fue esporádica, y dependía en mucho de circunstancias locales. Entre los mártires del siglo II se cuentan Ignacio de Antioquía, de quien tenemos siete cartas, Policarpo de Esmirna, de cuyo martirio se conserva un relato bastante fidedigno, y los mártires de Lión y Viena, en la Galia.
En el siglo III, aunque con largos intervalos de relativa tranquilidad, la persecución fue arreciando. El emperador Septimio Severo (193–211) siguió una política sincretista, y decretó la pena de muerte a quien se convirtiera a religiones exclusivistas como el judaísmo o el cristianismo. Bajo él sufrieron el martirio Perpetua y Felicidad. Decio (249–251) ordenó que todos sacrificaran ante los dioses, y que se expidieran certificados al respecto. Los cristianos que se negaran a ello debían ser tratados como criminales. Valeriano (253–260) siguió una política semejante.
Empero la peor persecución vino bajo Diocleciano (284–305) y sus sucesores inmediatos. Primero se expulsó a los cristianos de las legiones romanas. Luego se ordenó la destrucción de sus edificios y libros sagrados. Por último la persecución se hizo general, y se comenzó a practicar contra los cristianos toda clase de torturas y suplicios.
A la muerte de Diocleciano, algunos de sus sucesores continuaron la misma política, hasta que dos de ellos, Constantino (306–337) y Licinio (307–323) le pusieron fin a la persecución mediante el llamado «Edicto de Milán» (año 313).
Fue dentro de ese contexto que la nueva fe tuvo que determinar su relación con la cultura que le rodeaba, así como con las instituciones políticas y sociales que eran expresión y apoyo de esa cultura. Los apologistas trataron de defender la fe cristiana frente a las acusaciones de que era objeto. (Y algunos, como Justino, fueron primero apologistas y a la postre mártires.) Fue en ese intento de defender la fe que se produjeron algunas de las primeras obras teológicas del cristianismo.
En cierta medida, las persecuciones se basaban en una serie de rumores y opiniones que circulaban en torno a los cristianos. De ellos se decía, por ejemplo, que practicaban varias formas de inmoralidad. Y se decía también que su doctrina carecía de sentido, y que era propia de gente que no pensaba.
En respuesta a esto, los apologistas escribieron una serie de obras con el doble propósito de desmentir los falsos rumores en cuanto a las prácticas cristianas, y de mostrar que el cristianismo no era una sinrazón. Luego, la tarea principal que los apologistas se impusieron fue aclarar la relación entre la fe cristiana y la antigua cultura grecorromana.
Algunos de los apologistas adoptaron hacia esa cultura una actitud francamente hostil. Su defensa del cristianismo consistía principalmente en mostrar que la cultura supuestamente superior del mundo grecorromano no lo era en realidad. El principal apologista que tomó esta postura fue Taciano.
Otros adoptaron la postura contraria. En lugar de atacar la cultura pagana, sostuvieron que esa cultura tenía ciertos valores, pero que esos valores le venían del cristianismo, o al menos del judaísmo. Así, un argumento común fue que, puesto que Moisés fue antes de Platón, todo lo bueno que Platón dijo lo aprendió de Moisés.
Pero el argumento más poderoso, y el que a la postre hizo fuerte impacto en la teología cristiana, fue el de Justino con respecto al «Logos» o Verbo de Dios. Justino fue el más grande de los apologistas del siglo II, y a la postre selló su propia fe con su sangre —por lo que se le conoce como «Justino Mártir». Según él, como dice el Evangelio de Juan, el Verbo o Logos de Dios alumbra a todos lo que vienen al mundo —inclusive los que vinieron antes de la encarnación del Verbo en Jesús. Por tanto, toda luz que cualquier persona tenga o haya tenido la recibe del mismo Verbo que los cristianos conocen en Jesucristo. De ese modo, Justino podía aceptar cualquier cosa de valor que encontrara en la cultura y filosofía paganas, y añadirla a su entendimiento de la fe. A través de los siglos, esta doctrina del Logos como fuente de toda verdad, doquiera ésta se encuentre, ha hecho fuerte impacto en la teología cristiana, y en el modo en que algunos cristianos se han relacionado con la cultura circundante.
Pero había además otros retos a la fe: lo que la mayoría de los cristianos llamó «herejías» —es decir, doctrinas que hacían peligrar el centro mismo del mensaje cristiano.
El crecimiento de la iglesia trajo a su seno personas con toda clase de trasfondo religioso, y esto a su vez dio lugar a diversas interpretaciones del cristianismo. Aunque en la iglesia había existido siempre cierta diversidad teológica, pronto se vio que algunas de esas interpretaciones tergiversaban la fe de tal modo que parecían amenazar el centro mismo del mensaje cristiano. A esas doctrinas se les dio el nombre de «herejías».
La principal de esas herejías fue el gnosticismo. Este era todo un conglomerado de ideas y escuelas que diferían en muchos puntos, pero que tenían otros elementos comunes. Entre esos elementos comunes se contaban: Primero, una actitud negativa hacia el mundo material, de modo que la «salvación» consistía en escapar de la materia. Segundo, la idea de que esa salvación se lograba mediante un conocimiento o «gaosis» especial, mediante el cual el creyente podía escapar de este mundo y ascender al espiritual. Es por razón de esa «gnosis» que se le llama «gnosticismo».
No todos los gnósticos eran cristianos. Pero entre los cristianos el gnosticismo amenazaba la fe en varios puntos fundamentales: negaba la creación, que dice que este mundo es la buena obra de Dios; negaba la encarnación, que dice que Dios mismo se hizo carne física (esta doctrina, que Jesús no tenía cuerpo verdadero como el nuestro, es lo que se llama «docetismo»); y negaba la resurrección final, que dice que en la vida eterna tendremos cuerpos.
La otra «herejía» que le presentó un grave reto al cristianismo fue la doctrina de Marción. Al igual que los gnósticos, Marción negaba que un Dios bueno pudiera haber hecho este mundo material. Por ello decía que el Dios del Antiguo Testamento no era el Padre de Jesús, sino un ser inferior. Decía además que mientras Jehová es vengativo y cruel, el verdadero y supremo Dios es amante y perdonador. A diferencia de los gnósticos, que no fundaron iglesias, Marción fundó una iglesia marcionita. Además, puesto que rechazaba el Antiguo Testamento, hizo una lista de libros que él consideraba inspirados. Aunque difería mucho de nuestro Nuevo Testamento actual, ésta fue la primera lista de libros del Nuevo Testamento.
Fue principalmente en respuesta a esas herejías que surgieron el canon (o lista de libros) del Nuevo Testamento, el credo llamado «de los apóstoles», y la doctrina de la sucesión apostólica.
Aunque desde antes la iglesia había utilizado los evangelios y las cartas de Pablo, lo que le llevó definitivamente a insistir en que ciertos libros cristianos eran Escritura y otros no, fue el reto de las herejías. Frente a los herejes que proponían sus propias escrituras, o sus propias listas de libros, la iglesia empezó a determinar cuáles libros eran parte de las Escrituras cristianas, y cuáles no.
Al mismo tiempo y por las mismas causas, apareció en Roma el llamado «símbolo romano». Este era una confesión de fe que después evolucionó hasta formar lo que hoy llamamos «Credo de los Apóstoles». Está claro que el propósito de ese credo es rechazar las doctrinas de los gnósticos y de Marción.
Por último, la iglesia respondió señalando a las líneas ininterrumpidas de líderes en las principales iglesias —líneas que se remontaban hasta los apóstoles mismos. Este es el origen de la «sucesión apostólica», cuyo sentido original no era exactamente el mismo que se le dio después.
Todos estos elementos produjeron una iglesia más organizada, y con doctrinas y prácticas más definidas. Esto es lo que algunos historiadores llaman «la iglesia católica antigua».
Tras los apologistas vinieron los primeros grandes maestros de la fe —personas tales como Ireneo, Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes y Cipriano. Estos escribieron obras cuyo impacto se deja ver todavía.
Ireneo, Tertuliano y Clemente vivieron hacia fines del siglo II y principios del III.
Ireneo era oriundo de Esmirna, en Asia Menor, pero la mayor parte de su vida la pasó en Lión, en lo que hoy es Francia. Era pastor, y consideraba que su tarea como teólogo consistía en fortalecer a su grey, sobre todo contra las herejías. Su teología no pretende ser original, sino que trata de afírmar lo que él aprendió de sus maestros. Precisamente por eso hay hoy un nuevo interés en él, pues sus escritos nos ayudan a conocer la más antigua teología cristiana.
Tertuliano vivió en Cartago, en el norte de Africa. Sus inclinaciones eran principalmente legales. Escribió en defensa de la fe contra los paganos, y también contra varias herejías. Fue quien primero empleó la fórmula «una substancia, tres personas» para referirse a la Trinidad, y también quien primero habló de la encarnación en términos de «una persona, dos substancias».
Clemente de Alejandría siguió las líneas trazadas por Justino, buscando conexiones entre la fe y la filosofía griega. En esto le siguió Orígenes, a principios del siglo III. Orígenes fue un escritor prolífico, dado a las especulaciones filosóficas. Aunque después de su muerte muchas de sus doctrinas más extremas fueron rechazadas y condenadas por la iglesia, por largo tiempo la inmensa mayoría de los teólogos de habla griega fueron de un modo u otro sus seguidores.
Cipriano era obispo de Cartago (donde antes había vivido Tertuliano) cuando estalló la persecución de Decio (año 249). Cipriano huyó y se escondió, con el propósito de poder continuar dirigiendo la vida de la iglesia desde su escondite. Cuando pasó la persecución algunos le echaron en cara el haber huido. Después murió como mártir en otra persecución (258). Por todo esto, la principal cuestión que Cipriano discutió fue la de los «caídos», es decir, quienes habían abandonado la fe en tiempos de persecución y después deseaban volver al seno de la iglesia. Además, en parte por otras razones, tuvo conflictos con el obispo de Roma. En la discusión que surgió de todo esto, Cipriano expuso sus ideas sobre la naturaleza y el gobierno de la iglesia.
Por la misma época también se discutía en Roma la cuestión de la restauración de los caídos. La figura más importante en esa discusión fue Novaciano, quien también escribió sobre la Trinidad.
Por último, es importante señalar que, a pesar de la escasez de documentos, es posible saber algo acerca de la vida y el culto cristiano durante estos primeros años.
Durante todo este período el acto central del culto cristiano era la comunión. Esta era gozosa, pues era una celebración de la resurrección y un anticipo del retorno de Jesús. Por eso, para celebrar la resurrección, era que el culto se celebraba el domingo, día de la resurrección del Señor. Además, como anticipo del gran banquete celestial, la comunión era originalmente toda una cena. Después, por diversas razones, se limitó al pan y al vino. Además, pronto surgió la costumbre de celebrar el culto junto a las tumbas de los mártires y otros cristianos fallecidos, en lugares tales como las catacumbas de Roma.
Parece que al principio diversas iglesias tuvieron distintas formas de gobierno, y que los títulos de «presbítero» y «obispo» eran semejantes. Pero ya a fines del siglo II se había establecido el sistema de tres niveles de ministros: diáconos, presbíteros y obispos. Además, había ministerios específicos para las mujeres, especialmente dentro del monaquismo.

González, J. L. (1995). Bosquejo de historia de la iglesia: González, Justo L. (pp. 24-37). Asociación para la Educación Teológica Hispana.

Es duro contender con Dios | Charles Spurgeon

25 de febrero
«Pero Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR y descendiendo a Jope…».
Jonás 1:3

En lugar de ir a Nínive para predicar la Palabra, como Dios le había mandado, Jonás no sintió gusto por la obra y se fue a Jope para huir de ella. Hay ocasiones en que los siervos de Dios evaden el deber. No obstante, ¿cuál es la consecuencia? ¿Qué perdió Jonás con su conducta? Perdió la presencia y el goce consolador del amor de Dios. Cuando servimos al Señor Jesús, como los creyentes debemos hacerlo, nuestro Dios está con nosotros; y aunque tengamos al mundo entero en nuestra contra, ¿qué nos importa? Sin embargo, si retrocedemos y buscamos nuestras propias conveniencias, nos hallamos sin piloto en el mar.

Entonces podemos lamentar largamente y gemir diciendo: «¡Oh Dios mío!, ¿adónde te has ido?; ¿cómo puedo yo ser tan necio para apartarme de tu servicio y, de este modo, perder todo el radiante esplendor de tu rostro? Este es un precio demasiado elevado: permíteme volver a serte fiel para que pueda regocijarme en tu presencia». En segundo lugar, Jonás renunció a toda su tranquilidad. El pecado destruye pronto el bienestar del creyente: es un árbol venenoso cuyas hojas destilan gotas mortíferas que matan la vida hecha de gozo y paz. Jonás perdió todo aquello de que hubiera podido recibir aliento en cualquier otra situación. No le era posible, por ejemplo, demandar la promesa de la protección divina, porque no andaba en los caminos del Señor. No podía decir: «Señor, hallo dificultades en el cumplimiento de mi deber, ayúdame». Jonás estaba cosechando lo que había sembrado.

Cristiano, no imites a Jonás, a no ser que desees que todas las ondas y las olas pasen sobre tu cabeza. Descubrirás que, al fin y al cabo, es más duro rehuir la obra y la voluntad de Dios que hacerlas. Jonás perdió el tiempo, ya que finalmente tuvo que ir a Nínive. Es duro contender con Dios: rindámonos a él enseguida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 64). Editorial Peregrino.

Una sorprendente oración

Sábado 25 Febrero
Dos cosas te he demandado… Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario. No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es el Señor? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios.
Proverbios 30:7-9

Una sorprendente oración

¿Quién pone en duda que la vida en la tierra es más fácil para los ricos y los que tienen salud que para los pobres y los que están enfermos? Sin embargo, el libro de los Proverbios nos muestra la oración de Agur, la cual contrasta con este principio. Él se presenta con estas palabras: “Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, ni tengo entendimiento de hombre” (Proverbios 30:2-3). Pero pide a Dios que le dé, mientras viva en la tierra, dos cosas que para él son de gran importancia.

– En primer lugar, no pide buena salud, sino: “Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí”. Desea que Dios lo guarde del mal, porque desconfía de sí mismo. Y este hombre, que se siente ignorante y sin entendimiento, comprendió que “el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia” (Job 28:28).

– En segundo lugar, no pide riquezas, sino: “No me des pobreza ni riquezas”. Teme que la pobreza lo lleve a maldecir a Dios, y que la riqueza lo lleve a olvidarlo…

El mundo que nos rodea nos confirma que Agur tenía razón. Muchos pobres hacen a Dios responsable de su estado, y muchos ricos viven sin él… Por medio de su oración, Agur muestra que posee valores más seguros que los que rigen la vida de nuestras sociedades. Tiene a Dios como referencia y considera todo desde este ángulo. Esto hace a este hombre admirablemente sabio e inteligente, su alma goza de buena salud y es “rico para con Dios” (Lucas 12:21).

2 Samuel 18 – Hechos 8:1-25 – Salmo 26:8-12 – Proverbios 10:17-18

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EL MENSAJE DE LOS SALMOS

EL MENSAJE DE LOS SALMOS

EMILIO ANTONIO NÚÑEZ

En lo que hemos recorrido del Antiguo Testamento, es evidente la universalidad del propósito salvífico de Dios. Pero nos queda por decir siquiera algo del testimonio misionológico de los Salmos. De éstos el Dr. Mervin Breneman ha dicho:

La misión de la iglesia no se basa solamente en algunos textos de prueba sino en la totalidad del mensaje bíblico de Génesis a Malaquías y de Mateo a Apocalipsis […] El libro de los Salmos es la sección del Antiguo Testamento que más se usa en las iglesias. Sin embargo, en los escritos sobre misionología cuesta encontrar un trabajo que indique el aporte de los Salmos a este tema. Lo que un pueblo cree se expresa en su canto. De ahí la importancia de los Salmos para la teología bíblica. Todas las grandes enseñanzas teológicas del Antiguo Testamento se encuentran en los Salmos.
Por razones de tiempo y espacio nos limitaremos a considerar el mensaje de algunos de los salmos que se destacan por su énfasis misionológico, y que a veces se les llama «Salmos misioneros». Por ejemplo, los Salmos 47, 67, 96–100, 117, 148. En la gran variedad de temas de los Salmos no podían faltar el de la soberanía del Señor sobre toda la creación, el del juicio divino sobre todos los pueblos de la tierra, y el de la voluntad salvífica de Dios en cuanto a todas las naciones. Le daremos especial atención a este último tema en nuestro acercamiento a los salmos.

Los Salmos mesiánicos y misioneros se hallan en profundo contraste con los salmos imprecatorios, en los cuales se le pide a Yahvé que castigue a los enemigos de su pueblo, Israel.
El Dr. Walter C. Kaiser nos hace notar que de los ciento cincuenta salmos incluídos en el Salterio, solamente tres de ellos pueden clasificarse como principalmente, o totalmente, imprecatorios, es decir, Salmos 35, 69, 109; y agrega que después de los salmos que se citan con más frecuencia en el Nuevo Testamento, o sea los salmos mesiánicos 2, 22, 110 y 118, vienen esos tres salmos imprecatorios en cuanto a las veces que se les cita en las páginas neotestamentarias.
Se dice que además de los Salmos 35, 69, y 109, solamente quince salmos tienen elementos imprecatorios.

El Diccionario de la Real Academia Española dice que «imprecar» significa: «proferir palabras con que se expresa el vivo deseo de que alguien sufra mal o daño». Los salmos imprecatorios plantean un serio problema ético, especialmente a los que creemos en la inspiración y autoridad divinas de las Sagradas Escrituras. Algunos autores han intentado solucionar el problema diciendo que los verbos hebreos no se usan en este contexto para expresar un deseo, sino sencillamente con referencia a lo que sufrirán en el futuro los enemigos de Dios y de su pueblo. Pero los entendidos en el idioma hebreo afirman que este intento de respuesta al problema no es admisible.
Otros sugieren que la ética del Antiguo Testamento no es tan elevada como la del Nuevo. Sin embargo, ellos pasan por alto textos como los de Levítico 19:18, 34 («Amarás a tu prójimo como a ti mismo», «Como a uno de vosotros trataréis al extranjero que habita entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo»); Proverbios 24:17–18, y 25:21–22. Pasan por alto que en Romanos 12:20 el apóstol Pablo está citando Proverbios 25:21–22 (RV 95). Tampoco es aceptable la idea de que el salmista está pensando solamente en enemigos espirituales, y no en enemigos de carne y hueso. Otros han sugerido que las imprecaciones en sí mismas no son producto de la inspiración divina; pero que en este caso la inspiración del sagrado texto solamente garantiza la fidelidad en el registro de lo que aquellos piadosos israelitas sentían y expresaban, llenos de justa indignación por la iniquidad de los enemigos del Señor y de su pueblo. En otras palabras, las imprecaciones no son revelación normativa para los lectores del contenido bíblico.

No cabe duda que los israelitas que oran en los salmos imprecatorios anhelan que resplandezca la justicia de Dios. Ellos tienen un «hasta cuándo» que espera respuesta de parte del Señor. A veces nos preguntamos cómo serían las oraciones de los judíos que sufrían la injusticia y crueldad de los campos de concentración en tiempos de la segunda guerra mundial. Es posible que unos derramarían su alma ante Dios pidiendo el perdón para sus verdugos, en tanto que otros clamarían por justicia, por el castigo inmediato para aquellos seres inhumanos. Quiérase o no la oración puede reflejar lo que está experimentando, en su situación vital, el que ora.

También debemos tener en cuenta que los escritores de los salmos imprecatorios sabían que el pecado contra el prójimo repercute en los cielos. El efecto es horizontal (del ser humano al ser humano) y vertical (del ser humano al Señor). David dijo: «Contra tí, contra tí solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos, para que seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio» (Sal 51:4, RV 95). En lo que toca a las ofensas que sufrían los israelitas de parte de los pueblos impíos, se aplica el principio de que Dios ha recibido también la ofensa y que su justicia tiene que ser vindicada. Aquellos israelitas piadosos no eran indiferentes a los intereses del Reino de Dios. Estaban llenos de celo por la santidad y la justicia del Señor, y por el cumplimiento del propósito divino en la historia. Israel, el pueblo del cual vendría el Cristo (el Mesías), tenía una parte muy importante en ese cumplimiento. Por lo tanto, los que perseguían a Israel se oponían también a la voluntad salvífica de Dios.

Los escritores de los salmos imprecatorios están dejando la venganza en manos del Señor. En Romanos 12:19 y Hebreos 10:30 se citan las palabras de Deuteronomio 32:35: «Mía es la venganza y la retribución». Cuando Jacobo y Juan le preguntaron a Jesús si debían pedir que descendiese fuego del cielo para consumir a unos samaritanos que no quisieron recibirlos, Él dijo: «Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas» (Lc 9:51–56).

Sin lugar a dudas, el ejemplo sublime de mansedumbre ante los enemigos lo tenemos en el Cristo crucificado. En aquellos momentos de dolor inenarrable Él oró a favor de los que habían decidido matarle, y dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23:34).
Por supuesto, cuando esté muy próximo el regreso del Señor Jesucristo a nuestro planeta, vendrá «aquel día», del cual «no hay otro semejante a él», según lo dicho por el profeta Jeremías. «Es un tiempo de angustia para Jacob (el pueblo de Israel), pero de ella será librado» (Jer 30:7). Será el tiempo de la gran tribulación, cuando se desatarán fuerzas demoníacas y humanas en contra de los que se nieguen a postrarse ante la bestia. Posiblemente del corazón de los piadosos surgirá el clamor por el fin de aquellos sufrimientos y por el castigo de los enemigos de Dios y de su pueblo. Aun en el cielo los mártires de la fe clamarán a gran voz preguntándole a Dios: «¿Hasta cuándo Señor, Santo y verdadero, vas a tardar en juzgar y vengar nuestra sangre de los que habitan sobre la tierra?» (Ap 6:10). El «hasta cuándo» de tiempos antiguotestamentarios resonará en la tierra y en los cielos.

Referirnos a los salmos imprecatorios ha sido inevitable en un capitulo como éste, dedicado a enfatizar la apertura de los salmos a la salvación de los pueblos no israelitas. El contraste entre los salmos imprecatorios y los salmos «misioneros» es abismal. A continuación haremos un esbozo misionológico de los Salmos 47, 67, y 96, sin pasar por alto algunas de las expresiones relacionadas con el tema de la misión en otros himnos del salterio.

Núñez, E. A. (1997). Hacia una misionología evangélica latinoamericana (pp. 240-245). COMIBAM Internacional – Dpto. de Publicaciones.

¿Los videojuegos o la verdadera vida?

Viernes 24 Febrero

Ciertamente como una sombra es el hombre; ciertamente en vano se afana.

Salmo 39:6

(Jesús dijo:) Yo he venido para que (mis ovejas) tengan vida, y para que la tengan en abundancia.

Juan 10:10

¿Los videojuegos o la verdadera vida?

A mi nieto le encantan los videojuegos, pero sabe que no debe dejar de lado su trabajo de la escuela para meterse durante horas en ese mundo virtual fascinante. Sin embargo, miles de jóvenes dejan que esos juegos absorban la mayor parte de su tiempo y así, desconectados de la realidad, entran en un universo fantástico, identificándose con héroes terroríficos de poderes extraordinarios. Las escenas violentas son frecuentes, y la misma muerte no es más que un incidente, seguido por otra «vida». ¡Cuidado! Detrás de lo que parece una simple diversión se esconde un peligro real. Muchos educadores estiman que la mayoría de esos juegos pueden ser nocivos y llevan a algunos a perder la noción misma de la realidad, que confunden con la ficción. Esto preocupa a muchos sociólogos, quienes no dudan en considerarla como una adicción peligrosa.

Amigos cristianos, ¡tengan cuidado! Todos sabemos que es más fácil abrir un juego en el ordenador o en el teléfono que dejarlo. ¡No perdamos nuestro tiempo! Dios nos invita a vivir una vida en abundancia, mucho más rica, fundada en una relación sólida con él por medio de la oración y la lectura de la Biblia, y que resplandece en el mundo real. Pensemos en los consejos del apóstol Pablo a Timoteo, su hijo espiritual: hagamos el bien, seamos ricos en buenas obras, atesorando un buen fundamento para el futuro, echando mano de la vida eterna (1 Timoteo 6:17-19).

2 Samuel 17 – Hechos 7:30-60 – Salmo 26:1-7 – Proverbios 10:15-16

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