En la cárcel

Miércoles 18 Enero

Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

1 Timoteo 1:15

En la cárcel

Testimonio

«Debido a un tipo de demencia, y como había cometido varios actos muy violentos, fui llevado a un hospital psiquiátrico, y luego a la cárcel. Allí conocí a Randy, un prisionero cristiano, quien a menudo oraba y leía la Biblia. Siempre me burlaba de su fe, pero a pesar de ello nos hicimos amigos. Día tras día sus preguntas y las respuestas que daba a las mías empezaron a desestabilizarme. Antes creía que la resurrección de Jesús era una historia inventada para la gente ingenua… Pero poco a poco me dije que si alguien estaba dispuesto a morir por una causa, ¡esta debía ser realmente seria! Si los apóstoles estaban dispuestos a morir por Jesús, era porque verdaderamente lo habían visto vivo, resucitado.

Mis convicciones se desmoronaron una tras otra. De pensar que yo era un hombre mejor que los otros, pasé a creer que era el peor de todos. ¿Quién podía amarme y darme una nueva vida? Tal vez Jesús, de quien Randy me hablaba con frecuencia. Entonces me puse de rodillas y oré: “Dios, no sé si voy a creer en ti mañana, pero creo en ti ahora. Si quieres hacer un trabajo en mí, hazlo por favor”. Cuando me levanté de mi oración, por primera vez desde hacía años, no quería hacerle daño a nadie.

Yo, que era un hombre violento y blasfemo, obtuve misericordia; la gracia de nuestro Señor sobreabundó, para que sirva de ejemplo a los que creerán en él para vida eterna (1 Timoteo 1:16)».

David

1 Samuel 14:23-52 – Mateo 12:38-50 – Salmo 11 – Proverbios 3:27-31

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Vendré otra vez

Martes 17 Enero

(Jesús dijo:) En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

Juan 14:2-3

Vendré otra vez

Jesús dijo a sus discípulos: “Vendré otra vez”. Ellos amaban a su Maestro y estaban tristes y turbados porque sabían que Jesús los dejaría. Quizá recordaron esta promesa cuando vieron al Señor resucitado, y pensaron que ella se estaba cumpliendo. ¡Pero algunas semanas más tarde el Señor subió al cielo! Entonces, ¿dudaron, como lo hacemos nosotros tan a menudo?

Por medio del apóstol Pablo, Dios quiso confirmar esta promesa: “El Señor mismo… descenderá del cielo” (1 Tesalonicenses 4:16).

¿Qué efecto produce en nuestra vida esta promesa del regreso de Jesús? ¿Nos llena de alegría, como cuando esperamos a un amigo? ¿O más bien sentimos un poco de temor? Cuando Jesús vuelva, ¿me llevará con él? Jesús dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Si tenemos dudas, vayamos a Jesús. No nos echará fuera, pues lo prometió.

Entonces la esperanza de su regreso será como un faro en nuestra vida cotidiana. Aunque todo el mundo diga que el futuro es sombrío, el cristiano sabe que el regreso de Cristo tendrá lugar pronto, lo que alumbra este futuro para él.

También podemos preguntarnos: Cuando el Señor regrese, ¿cómo nos encontrará? ¿Ocupados en sus intereses o en los nuestros? ¿Con un corazón que arde por él, o que lo olvida? ¿Con sentimientos de rencor, o de perdón?

¡Preparémonos para su regreso! ¡Velemos y oremos!

1 Samuel 14:1-22 – Mateo 12:1-37 – Salmo 10:12-18 – Proverbios 3:21-26

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Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí – Daniel 9:26

Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí
Daniel 9:26

¡Bendito sea su nombre!, no hay causa de muerte en él. Ni pecado original ni pecado presente lo ha manchado y, por tanto, la muerte no tiene ningún derecho sobre él. Ningún hombre podría haberle quitado la vida con justicia, pues él no injurió a ningún hombre; y ningún hombre podía haberlo matado por la fuerza, si él no hubiese deseado entregarse para morir. Pero, he aquí que uno peca y otro sufre. La justicia se vio ultrajada por nosotros, pero halla en él su satisfacción.

Ni ríos de lágrimas, ni montañas de sacrificios, ni mares de sangre de bueyes, ni cerros de incienso hubiesen servido para la remisión de los pecados; pero Jesús fue muerto por nosotros y la causa de la ira desapareció enseguida, porque se había eliminado el pecado para siempre. Aquí hay sabiduría, mediante la cual la sustitución, seguro y rápido camino de expiación, se divisaba. Aquí hay condescendencia, que envía al Mesías —el Príncipe— para que se ciña una corona de espinas y muera en la cruz. Aquí hay amor, que lleva al Redentor a dar su vida por sus enemigos. Sin embargo, no basta con admirar el espectáculo del inocente que sangra por el culpable; tenemos que estar seguros de que también nos salvó a nosotros. El propósito particular de la muerte del Mesías era la salvación de su Iglesia. ¿Tenemos nosotros parte y suerte entre aquellos por quienes él dio su vida en rescate? ¿Fuimos curados por sus llagas? Será terrible si nos privamos de una porción de su sacrificio; en ese caso, sería mejor no haber nacido.

Aunque la pregunta es solemne, nos alienta saber que se puede contestar claramente y sin error: para todos los que creen en él, Jesús es un Salvador actual y sobre los tales se esparció toda la sangre de la reconciliación. Que cuantos confían en los méritos de la muerte del Mesías se sientan gozosos al recordarlo, y hagan que una santa gratitud los guíe a consagrarse por entero a su causa.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 24). Editorial Peregrino.

La hija del militar

Lunes 16 Enero
A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, los cuales… son engendrados… de Dios.
Juan 1:12-13
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.
1 Juan 3:1

La hija del militar
El siguiente suceso me llamó la atención:

«Una niña irrumpió en medio de una ceremonia militar para encontrar a su padre».

Luego un video mostraba una fila de militares firmes y bien ordenados, cada uno con su uniforme, mientras del otro lado de la plaza, una niña se escapaba de un grupo, corría hacia los militares y se metía entre un par de piernas idénticas al resto. Eran las de su padre, quien se inclinó, tomó a su hija en sus brazos, le dio tiernamente un beso y luego la paró a su lado. La niña, satisfecha, regresó a su lugar bajo la mirada de los enternecidos espectadores. Y la ceremonia oficial continuó…

El gesto simple y natural de esta niña nos toca el corazón. Ella sintió una necesidad urgente de correr hacia su padre, a pesar de lo inapropiado, y nadie trató de impedírselo… Esto ilustra maravillosamente la expresión de la Biblia: “Hijitos… habéis conocido al Padre” (1 Juan 2:13). Solo uno de esos militares era el padre de la niña, y ella lo reconoció entre todos, sin dudar.

Todo creyente tiene el privilegio de conocer a Dios como a un Padre. Sin embargo, no conviene actuar con familiaridades, sino que debemos acercarnos con reverencia, como al Dios Altísimo. Este respeto hacia Dios no quita nada a la dulzura y a la intimidad de la relación.

“Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:15-16).

1 Samuel 13 – Mateo 11 – Salmo 10:1-11 – Proverbios 3:19-20

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Mas yo oraba – Salmo 109:4

Las lenguas mentirosas estaban ocupadas en manchar la reputación de David; pero él no se defendió, sino que remitió la causa al Tribunal Supremo y suplicó delante del gran Rey. La oración es el medio más seguro para responder a las palabras de odio. El Salmista no oró fríamente, sino con fervor: puso en ello toda su alma y todo su corazón, como lo hizo Jacob cuando luchó con el ángel. Así, y solo así, tendremos buen éxito ante el trono de la gracia. Al igual que una sombra no tiene virtud alguna porque no hay en ella sustancia de ninguna clase, tampoco la súplica en que no está presente el corazón, luchando ardientemente y demostrando un vehemente deseo, resulta en modo alguno eficaz, pues le falta aquello que le da poder. «La oración ferviente —dice un antiguo teólogo— es como un cañón emplazado frente a las puertas del Cielo, que las hace abrir enseguida». La falta común en muchos de nosotros es la propensión a distraernos. Nuestros pensamientos vagan de aquí para allá y avanzamos poco hacia nuestro deseado fin.

¡Qué malo es esto! Nos perjudica y, lo que es peor, insulta a nuestro Dios. ¿Qué pensaríamos de un peticionario que, mientras está en audiencia con un príncipe, jugase con una pluma o se pusiera a cazar moscas? La constancia y la perseverancia se hallan implícitas en la expresión de nuestro texto. David no clamó solo una vez para caer después en el silencio, sino que continuó orando hasta que llegó la bendición. La oración no debe ser una ocupación ocasional, sino una labor cotidiana: un hábito y una vocación. Como los artistas se consagran a sus modelos, y los poetas a sus estudios clásicos, así nosotros debemos dedicarnos a la oración. Hemos de sumergirnos en la plegaria y orar sin cesar.

Señor, enséñanos a orar de tal manera que podamos prevalecer más y más en nuestras súplicas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, pp. 23-24). Editorial Peregrino.

Jesús – su santidad (2)

Domingo 15 Enero

Jesús el Hijo de Dios… fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

Hebreos 4:14-15

Fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.

1 Pedro 1:18-19

Jesús – su santidad (2)

Al nacer en la tierra, Jesús se hizo “semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). Exteriormente no había nada que lo diferenciase de los demás, pero entre él y ellos había una diferencia esencial, y la Palabra de Dios la subraya cuidadosamente. A diferencia de todos los descendientes de Adán, Jesús no tenía pecado:

– “Cristo… no hizo pecado” (1 Pedro 2:21-22). La conducta de Jesús fue perfecta; siempre obedeció a Dios, y nunca hizo ningún mal (Lucas 23:41). Cerró la boca a sus opositores, preguntándoles: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46).

– “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21).

Jesús era santo y puro, sin pecado; no obstante, cuando tomó nuestro pecado sobre él, para sufrir el juicio en nuestro lugar, el Dios santo lo castigó y lo abandonó. ¡Era necesario que Dios castigara severamente el pecado!

– “No hay pecado en él” (1 Juan 3:5).

Todos somos pecadores por naturaleza; en cambio, el pecado no halló ningún lugar, ningún eco, en la persona santa de Jesús.

¡Sí, Jesús fue perfecto en todos los sentidos! Era el cordero para el sacrificio del cual ya hablaba Abraham (Génesis 22:8), ese “cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:19-20), y reconocido por Juan el Bautista, quien da un testimonio claro de él: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

(continuará el próximo domingo)

1 Samuel 12 – Mateo 10:26-42 – Salmo 9:15-20 – Proverbios 3:16-18

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Jesús – su santidad (2)

Domingo 15 Enero
Jesús el Hijo de Dios… fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Hebreos 4:14-15
Fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.
1 Pedro 1:18-19

Jesús – su santidad (2)
Al nacer en la tierra, Jesús se hizo “semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). Exteriormente no había nada que lo diferenciase de los demás, pero entre él y ellos había una diferencia esencial, y la Palabra de Dios la subraya cuidadosamente. A diferencia de todos los descendientes de Adán, Jesús no tenía pecado:

– “Cristo… no hizo pecado” (1 Pedro 2:21-22). La conducta de Jesús fue perfecta; siempre obedeció a Dios, y nunca hizo ningún mal (Lucas 23:41). Cerró la boca a sus opositores, preguntándoles: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46).

– “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21).

Jesús era santo y puro, sin pecado; no obstante, cuando tomó nuestro pecado sobre él, para sufrir el juicio en nuestro lugar, el Dios santo lo castigó y lo abandonó. ¡Era necesario que Dios castigara severamente el pecado!

– “No hay pecado en él” (1 Juan 3:5).

Todos somos pecadores por naturaleza; en cambio, el pecado no halló ningún lugar, ningún eco, en la persona santa de Jesús.

¡Sí, Jesús fue perfecto en todos los sentidos! Era el cordero para el sacrificio del cual ya hablaba Abraham (Génesis 22:8), ese “cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:19-20), y reconocido por Juan el Bautista, quien da un testimonio claro de él: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

(continuará el próximo domingo)
1 Samuel 12 – Mateo 10:26-42 – Salmo 9:15-20 – Proverbios 3:16-18

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Y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! – Mateo 14:30

Los siervos del Señor, cuando se están hundiendo, recurren a la oración. Pedro olvidó orar al emprender su atrevido viaje, pero una vez que empezó a hundirse el peligro le hizo clamar; y, aunque su clamor se produjo tarde, no fue demasiado tarde.

En las horas de dolores físicos y de angustia mental, nos sentimos llevados a la oración de un modo natural, como las olas llevan al náufrago a la orilla. La zorra corre a su cueva para protegerse; el pájaro vuela al bosque para refugiarse y, de la misma forma, el creyente probado se apresura a ir al propiciatorio para hallar seguridad. La oración es el gran puerto de refugio celestial: miles de naves sacudidas por las tormentas hallaron allí su refugio. Así que, cuando se acerque alguna tormenta, será prudente que nos dirijamos a ese puerto a toda vela.

Las oraciones cortas son suficientemente largas. La petición que Pedro formuló constó solo de dos palabras, pero fueron suficientes para su propósito. Lo deseable no es la extensión, sino el poder. Un sentido claro de nuestra necesidad puede enseñarnos a ser breves. Si nuestras oraciones tuviesen menos plumas de la cola —que indican jactancia— y más de las alas, serían mucho mejores. La verbosidad es a la oración lo que el tamo al trigo. Las cosas preciosas se colocan en espacios reducidos, y cuanto hay de verdadera oración en una larga plegaria, podría expresarse en una petición tan corta como la de Pedro.
Nuestras necesidades son las oportunidades de Dios. En cuanto un vivo sentimiento de peligro arranca de nosotros un clamor angustioso, el oído de Jesús oye en el acto (pues en él, el oído y el corazón son una misma cosa) y su mano no se tarda. Nosotros apelamos al Maestro en el último instante, pero su diligente mano compensa nuestra tardanza con una acción instantánea y efectiva. ¿Estamos a punto de ser arrastrados por las turbulentas aguas de la aflicción? Levantemos nuestras almas al Salvador y descansemos seguros de que él no permitirá que perezcamos.

Cuando no podemos hacer nada, Jesús lo hace todo. Pongamos a nuestro lado su poderosa ayuda, y todo irá bien.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 22). Editorial Peregrino.

Luche para entrar

Sábado 14 Enero
(Jesús dijo:) Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán.
Lucas 13:24
Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo.
Juan 10:9

Luche para entrar
«Bip, bip, bip, bip…». Las señales sonoras y luminosas indican a los pasajeros de los transportes públicos que las puertas del bus se van a cerrar. Esto no impide que algunas personas que llegan tarde se lancen dentro, corriendo el riesgo de quedar atrapadas por las puertas que se cierran. ¿Por qué tantos viajeros corren ese riesgo, sabiendo que cada tres o cuatro minutos pasa un tren o un bus? Su empeño en querer entrar me hace pensar en esta frase de Jesús: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta”.

¿Por qué luchar? Porque no se trata de pasar con todo lo que poseemos. Al contrario, ¡para pasar esta puerta es necesario abandonar, renunciar y descargarse! Antiguamente, al caer la noche, en las ciudades se cerraba la puerta principal, por seguridad. Si alguien quería entrar, tenía que pasar por una puerta secundaria, una puerta estrecha ante la cual debía dejar todas sus valijas.

Sucede lo mismo para pasar por la puerta estrecha, la puerta que lleva a la vida eterna. Solo podemos entrar si dejamos nuestras pretensiones, la buena opinión que tenemos de nosotros, nuestro orgullo, nuestra codicia. Es preciso ir a la cruz donde Jesús dio su vida para salvarnos, a usted y a mí. Él nos abrió la puerta de la reconciliación con Dios. La puerta estrecha también es la puerta de la misericordia de Dios.

Esta puerta se cerrará un día. ¡Es necesario pasar por ella ahora mismo! ¡Debe ir a Jesús hoy!

1 Samuel 11 – Mateo 10:1-25 – Salmo 9:11-14 – Proverbios 3:13-15

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Hizo flotar el hierro – 2 Reyes 6:6

Hizo flotar el hierro – 2 Reyes 6:6

El hacha parecía estar irremediablemente perdida y, como era prestada, el prestigio de los hijos de los profetas se hallaba probablemente en peligro. Como consecuencia, el nombre de su Dios iba a quedar comprometido. Contra lo que se esperaba, el hierro subió de las profundidades del río y flotó, pues lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Conozco a un hombre en Cristo que hace solo unos años fue llamado a emprender una obra que estaba muy por encima de sus fuerzas. Parecía tan difícil que aun la simple idea de intentarla resultaba absurda. Sin embargo, se le llamó a ejecutarla y, al presentarse la ocasión, su fe se afirmo.

Dios premió la fe de ese hombre, le envió una ayuda inesperada y el hierro flotó. Otro, de la familia del Señor, estaba pasando por una grave apretura económica. Si hubiese podido vender cierta parte de sus bienes habría tenido con qué satisfacer todos sus compromisos, pero de la noche a la mañana se vio en un callejón sin salida y en vano fue en busca de sus amigos. No obstante, su fe lo guió hacia el inefable Ayudador y, ¡he aquí que la dificultad desapareció y el hierro flotó! Otro estaba preocupado por un triste caso de corrupción. Ya había apelado a la enseñanza, a la reprensión, a la exhortación, a la invitación y a la intercesión, pero… todo en vano. El viejo Adán era demasiado fuerte para el joven Melanchthon; el terco espíritu no quería ceder. Entonces luchó en oración y, al poco tiempo, le fue enviada del Cielo una bendita respuesta. El corazón duro se quebrantó y flotó el hierro. Querido lector, ¿qué es lo que te desespera? ¿Qué asunto grave tienes que resolver hoy? Tráelo aquí: el Dios de los profetas vive, y vive para ayudar a sus santos.

Él no permitirá que carezcas de bien alguno. ¡Pon tu fe en el Señor de los Ejércitos! Acércate a él invocando el nombre de Jesús y el hierro flotará. Dentro de poco verás el dedo de Dios obrando maravillas por su pueblo: «Conforme a tu fe te sea hecho». Y el hierro flotará una vez más.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 21). Editorial Peregrino.