Viernes 21 Octubre Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas. Salmo 63:1 El Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas. 2 Timoteo 4:17 Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu. Salmo 34:18 Cada día, a cada hora Augusto Glardon fue misionero en la India hace más de un siglo; tuvo que sufrir pruebas muy duras: terribles fiebres causadas por las enfermedades tropicales, angustia debida a la presencia de fieras salvajes en el curso de sus giras de evangelización… y más tarde, la muerte de su pequeño hijo de cinco años. En un cántico titulado “Tengo sed de tu presencia”, expresó a Dios su impotencia y su dolor, pero también su fe en ese Dios cercano a nuestra condición humana:
Tengo sed de tu presencia, Divino Jefe de mi fe. En mi debilidad inmensa ¿Qué haría yo sin ti? Cada día, a cada hora, ¡Oh, tengo necesidad de ti, Ven, Jesús, y vive Siempre más cerca de mí. Durante los días tormentosos De oscuridad, de terror Cuando decae mi ánimo, ¿Qué haría yo sin ti? ¡Oh Jesús, tu presencia, Es la vida y la paz, La paz en el sufrimiento Y la vida por siempre. Deuteronomio 15 – Juan 9 – Salmo 119:9-16 – Proverbios 25:25-26
La mortificación de las adicciones Por Jeremy Pierre
Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
Como diácono, estaba a cargo de los terrenos de nuestra iglesia y las malas hierbas eran mis peores enemigos. Las malas hierbas son las matonas del mundo de las plantas domésticas. Roban los preciosos recursos necesarios para el crecimiento de la hierba y las flores y no se disculpan por ello. Así que deben morir. Un jardinero acepta este deber y diseña su plan. Pero no todas las malas hierbas son iguales y no todas morirán con los mismos esfuerzos. Algunas son lo suficientemente pequeñas como para arrancarlas con las manos. Algunas requieren una herramienta manual. Otras requieren implementos aun más pesados, como palas, machetes e incluso ojivas nucleares.
Había una mala hierba en particular en el terreno de la iglesia que se burlaba de mí. Era como un árbol, se extendía muy por encima de mi cabeza, creciendo desde un sistema de raíces bien establecido, entretejida en los cimientos mismos del edificio de la iglesia. Cada temporada, tomaba un hacha, una pala e incluso veneno. Nada la mataba. Cada vez que yo reducía el crecimiento visible, volvía a crecer. El problema principal era que su sistema de raíces se había integrado en los cimientos del edificio. Y esa es una gran ilustración de cómo las adicciones se distinguen de los pecados habituales y normales de la vida.
La muerte única de una adicción Al considerar cómo una persona puede matar las adicciones en su vida, los diferentes niveles de esfuerzo que se requieren para estos tipos diferentes de malas hierbas sirven como una buena ilustración. Como mis colegas escritores ya han establecido en esta serie de artículos de Tabletalk, las adicciones siempre involucran cierta idolatría del corazón que, cuando se persigue de manera repetida, condiciona el alma y el cuerpo de tal modo que la libertad de la persona se tuerce, se inclina hacia un objeto particular y, lo que es peor, se inclina lejos de Dios. Cuando esto sucede, el tipo de pecado más arraigado se apodera de las motivaciones de una persona. Las adicciones no son como un montón de pequeñas malas hierbas al aire libre, sino más bien como una mala hierba integrada en los cimientos de un edificio. Las adicciones enhebran sus raíces por medio de las expectativas y los deseos del alma, así como de los impulsos y anhelos del cuerpo.
De manera que, cuando hablamos de matar las adicciones, debemos tener cuidado con lo que queremos decir. Lo que no quiero decir es que matar las adicciones es como arrancar una pequeña mala hierba, con raíz y todo, para que deje de ser una amenaza. Lo que sí quiero decir es que matar las adicciones es como ir a la guerra contra la espesa enredadera de raíces que ha penetrado hasta los cimientos. Se trata de reducir de manera constante cualquier signo de crecimiento para que, al no tener hojas brotando que capten la energía solar, las raíces debiliten su sujeción estructural a los cimientos.
Como aquella mala hierba, las adicciones no mueren con una acción decisiva puntual. Mueren durante un largo período de tiempo. Por supuesto, debemos reconocer que Dios puede liberar a alguien de manera definitiva de la atracción de una adicción particular con un acto milagroso, y a veces lo hace. Pero ¿por qué se requiere generalmente un proceso complicado a lo largo del tiempo en lugar de una simple acción en un momento dado? La respuesta es teológica.
Dios nos diseñó para conformarnos, en cuerpo y alma, a aquello que perseguimos. Cuando perseguimos una y otra vez un objeto particular como reemplazo de Dios, condicionamos nuestros cuerpos y almas a la forma de eso que perseguimos. En términos físicos, el comportamiento adictivo opera en nuestro hardware neurobiológico, nuestras dependencias químicas y nuestros antojos corporales. Las estructuras de nuestros cuerpos se vuelven dependientes de sustancias que normalmente no se necesitan para mantener la vida. En términos del alma, el comportamiento adictivo se moldea a sí mismo en nuestra concepción del gozo, la satisfacción y el asombro; nos vemos comprometidos a encontrar esos valores inmateriales en las cosas materiales. Adoramos las cosas creadas en lugar del Creador; nos comprometemos a encontrar el valor de Dios en un objeto particular que no es Dios (Ro 1:21-25).
Un cuerpo y un alma condicionados por tales búsquedas socava la libertad de elección personal. Eso no quiere decir que un adicto sea menos culpable por su comportamiento, ni que su comportamiento sea menos voluntario. Todo es voluntario, pero de una manera extendida en lugar de una forma puntual. Lo que quiero decir es que deberíamos pensar en las adicciones como voluntarias, como una amplia serie de elecciones en lugar de una elección singular en un determinado viernes por la noche.
Muerte por medio de una búsqueda Si pensamos de esta manera en la naturaleza voluntaria de las adicciones, crearemos un plan de acción más realista y efectivo contra ellas. En lugar de tratar las adicciones como algo de lo que una persona puede decidir deshacerse en un solo momento viniendo a Jesús, debemos pensar en el tratamiento de las adicciones como una serie de nuevas opciones que se acumulan en una nueva búsqueda. Entonces, matar las adicciones significa ayudar a alguien que está luchando a pensar en su responsabilidad con una fuerza verbal específica hacia ella: no decirle «tienes que matar esta adicción», sino más bien «tienes que estar matando esta adicción». Es una práctica, no una simple acción. Es una nueva búsqueda que mata a una vieja.
¿Cómo matamos una búsqueda con otra? Es útil pensar en una búsqueda como una serie de tareas. Son tareas, no pasos. Decir pasos implicaría una secuencia estricta. Pero hablamos más bien de las acciones regulares que una persona necesita tomar para mortificar las adicciones.
Encuentra las raíces en los cimientos y reconoce su fuerza. En otras palabras, sé honesto con Dios, contigo mismo y con los demás acerca de cuán arraigados se han vuelto los deseos por el objeto en particular.
Los deseos tienen un componente físico y otro espiritual, y se abren paso de manera profunda en las estructuras del cuerpo y el alma. Si bien se ha de reconocer las dificultades externas únicas que pueden haber provocado la búsqueda adictiva, no obstante, un adicto debe reconocer su debilidad física y espiritual. La dependencia física de una sustancia a menudo requiere desintoxicación mediante asistencia médica como parte del tratamiento inicial. El cuerpo ha sido condicionado para necesitar la sustancia y los antojos que experimenta una persona se basan en la estructura misma de su cuerpo. Un adicto debe reconocer que el deseo es en parte una consecuencia fisiológica del comportamiento pasado y, por lo tanto, no es una guía confiable para el comportamiento presente. Cuando siente algo como si fuera una «necesidad», no es porque en verdad lo sea, sino porque ha condicionado su cuerpo para pensar que lo es.
Pero los deseos no son solo físicos, también son espirituales. Compiten con los deseos de lo que Dios dice que es bueno y, por lo tanto, no son neutrales. No solo quieren el objeto en sí, sino algo más profundo de lo que el objeto promete proporcionar: satisfacción duradera, escape del dolor, paz estable. Un adicto debe ver el valor más profundo que promete el objeto superficial, luego arrepentirse de sus oscuras lealtades y reconocer su impotencia para cambiarlas.
Reconocer la idolatría y la impotencia traerán dolor y miedo. El dolor y el miedo son en verdad respuestas adecuadas a la realidad de lo que está en juego: el corazón está inclinado a adorar un objeto que lo destruirá. ¿Te imaginas cómo se regocijaría la familia de un adicto al ver que el dolor y el miedo marcan su vida como un patrón de vigilancia en vez de que sean solo parte de su remordimiento? Tal sobriedad mental es una señal de vida (1 Ts 5:5-11).
Este es el evangelio para los adictos: debido a que Jesús provee toda la justicia que necesitan, pueden reconocer con seguridad ante Dios todas las cosas dolorosas y aterradoras sobre ellos mismos. Pueden tener en los cimientos raíces que otros no tienen, pero esa no es razón para alejarse de Dios. De hecho, la única salida de la adicción pasa por esta tarea dolorosa de reconocimiento. Deben desarrollar el hábito de describir estos deseos a Dios en oración. A medida que las personas expresan las particularidades de su necesidad de perdón y fortaleza, encontrarán las particularidades de la gracia para ayudarlos en tiempos de necesidad (He 4:14-16).
Recorta el crecimiento visible de las raíces. En otras palabras, sé vigilante, ante Dios y los demás, con las conductas que refuerzan las búsquedas adictivas. Tal vigilancia honesta sobre los deseos aumentará el estado de alerta sobre las conductas que refuerzan dichas búsquedas. No todas las conductas adictivas se relacionan de manera directa con la adquisición del objeto de la adicción en sí. Las conductas pueden ser tanto condicionantes como explícitas en su búsqueda del objeto. Por ejemplo, un alcohólico puede ir a un bar un jueves por la tarde, pero también puede condicionarse a sí mismo con otras conductas, como el exceso de trabajo. El alcohol se convierte en un falso refugio de escape.
Al igual que con los deseos, un adicto tiene que ser honesto con Dios acerca de sus conductas. No solo con la conducta de ceder, sino con las miles de pequeñas elecciones que lo llevan a ello. Parte de reconocer estos comportamientos ante Dios es reconocerlos ante el pueblo de Dios (He 3:12-13). Para poder permanecer alerta, un adicto necesitará personas que estén lo suficientemente presentes de manera regular en su vida para notar estos comportamientos. Esta es la parte más difícil del ministerio a las personas que luchan contra las adicciones: el nivel de supervisión es difícil de mantener, especialmente en situaciones en las que los círculos habituales de la persona socavan el cambio y refuerzan los viejos patrones. Ayudar a un adicto requiere una apreciación de los aspectos sociales de la adicción. Para tener éxito, un adicto debe colocarse en condiciones relacionales ideales en la medida de sus posibilidades.
Cultiva algo más que sea hermoso. En otras palabras, haz pequeños actos de obediencia que establezcan una búsqueda nueva que honre a Dios. En un mundo de luz solar y agua, el crecimiento se va a dar. La pregunta es, ¿qué tiene prominencia en los recursos limitados de tiempo, atención y energía de una persona? Un adicto necesita ayuda para establecer alguna búsqueda de reemplazo. Aquí tenemos que pensar de manera holística. No se trata solo de hacer que lea la Biblia y ore más, sino de ver cómo la búsqueda de Dios en esas cosas obliga a otras búsquedas en las ocupaciones regulares de la vida. Una persona que encuentra a Dios en privado es libre de disfrutar las cosas buenas de la tierra sin estar atado a ellas (1 Ti 4:4-5). Un adicto necesita volver a aprender que el deleite proviene de muchas fuentes distintas al objeto que lo ha capturado.
¿Sabes qué? Nunca maté esa estúpida mala hierba. Pero llegué al final de mi período diaconal sin que hiciera más daño en los cimientos y en el pasto que los rodeaba. ¿Cómo? Nunca dejé de matarla. Dios no promete la muerte instantánea de la adicción ni que será fácil de combatir. Lo q ue Él promete a los que confían solo en Él es que siempre tendrán la fuerza para mantenerse matándola. Y que al final, esta no ganará.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Jeremy Pierre El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de Consejería Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky., pastor en Clifton Baptist Church y coautor de The Pastor and Counseling [El pastor y la consejería].
“Yo dije al Señor: Tú eres mi Señor; ningún bien tengo fuera de ti” (Salmos 16:2).
En salmos 16 David toma refugio en el Señor. Tomar refugio incluye la oración de David para que Dios lo guarde. En otras palabras, la oración “protégeme” (Salmos 16:1) es en sí misma un refugio en Dios. Pero David no sólo le pide a Dios que lo guarde. También habla y declara la verdad a Dios. Él se regocija en Jehová, su refugio (Salmos 16:2).
La última frase del verso 2 está llena de profundas verdades teológicas y combustible para la adoración. Entonces, ¿Qué quiere decir David cuando dice “ningún bien tengo fuera de tí?
Dios es la fuente de toda bondad
Cada cosa buena viene del Dios que es Bueno. Dios es el hacedor y sustentador de todos las cosas creadas. Por eso, en Génesis 1, Él crea y luego evalúa su obra: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gn 1:31).
Anselmo de Canterbury (1033-1109), el brillante teólogo medieval, vio en esta verdad evidencia convincente de la existencia de Dios. Él veía que todos estaban de acuerdo en que hay una gran variedad de bienes en el mundo. Hay bienes físicos, bienes intelectuales, bienes relacionales. Esto es un hecho básico de la realidad. Y a partir de este hecho, Anselmo pregunta, “¿Qué hace a los bienes buenos?”, y concluye que las cosas buenas no son buenas por sí solas. En su lugar, debe haber un bien mayor que haga todas las otras cosas buenas también.
En otras palabras, Anselmo razonó que debe haber un bien supremo que es la fuente de todas las otras bendiciones. Al hacerlo, él seguía los pasos de David en Salmos 16. David confiesa que hay un Bien Supremo que hace a todas las otras cosas buenas. Y Jehová es este bien supremo. O, como David dijo en otro pasaje, Dios es mi “supremo gozo”, literalmente, el gozo de los gozos (Salmos 43:4). David sabe que su refugio es el gozo fundacional sobre el cual todo gozo es construído.
La bondad de Dios es única
Todos los bienes creados son finitos, temporales y cambiantes. Pero Dios es infinito, eterno, e inmutable. El apóstol Santiago celebra esta realidad: “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación” (Stg 1:17).
Los bienes creados hacen sombra. No importa cuán buenos sean, no son bienes infinitos. Son limitados y desaparecen. Pero Dios no tiene sombra, y Él no cambia. Su bondad no tiene límite. La suya es una bondad absoluta y esencial.
Dios es la bondad misma
Las perfecciones de Dios no son sólamente cualidades que Él casualmente tiene. Son esenciales en Él. Son nuestras descripciones humanas de Su ser, Su esencia, Su naturaleza, lo que lo caracteriza. Ésto es lo que significa que Dios sea santo. Sus atributos son completamente perfectos y distintos de los atributos derivados y dependientes de Sus criaturas.
Llamamos a un hombre “justo” porque cumple con el estándar de justicia. Llamamos a un hombre sabio porque se conforma al camino de la sabiduría. Pero Dios es el estándar. Él es el camino. Él no es solamente justo; Él es la justicia misma. Él no es solamente sabio; Él es la sabiduría misma. Él no es solamente fuerte; Él es la fuerza misma. Él no es solamente bueno; Él es la bondad misma. O, nuevamente, el Señor no es solamente justo, sabio, fuerte y bueno. Él es el Justo, Sabio, Fuerte y Bueno.
Esto significa que Dios sea Dios, que Dios sea Jehová, Yo Soy Quién Yo Soy. Por eso Jesús puede decir “Nadie es bueno, sino solo uno, Dios” (Mr 10:18). Él es la fuente de toda bondad, el orígen de todo placer y gozo. Él es infinito, eterno, inmutable, incansable, autosuficiente y suficiente, sin límite ni disminución.
Dios no necesita de mi bondad
Porque Dios es la fuente de toda bondad, mi bondad no lo beneficia de ninguna manera. Él está sobre toda necesidad y mejora. Como Pablo dice, “no mora en templos hechos por manos de hombres, ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch 17:24-25).
En este salmo, David revela el hecho de que él no tiene nada para ofrecer a Dios sino su pobreza, su debilidad, su necesidad. Él no tiene don que darle a Dios para devolverle. El Señor es suficiente, y lo es porque Él es suficiente y puede serlo para mi. Esto es porque no tiene necesidad, y puede satisfacer las mías. Lo es porque Él es la Bondad Suprema en la que me puedo refugiar.
Las gotas y el océano
Finalmente, no perdamos el hecho de que estas grandes verdades teológicas son profundamente personales para David. David no solamente confiesa que Jehová es el Señor; él dice “Tú eres mi Señor”. Qué maravillas están implicadas en ese pequeño pronombre posesivo. La fuente eterna e infinita de la bondad, de alguna forma, me pertenece. En Su suficiencia infinita, Él se condesciende y me permite llamarlo “mío”. Mi Señor, mi Maestro, mi Rey.
Y esto significa que Dios no es solamente la mayor y suprema Bondad. Él es mi Bondad. Y que Él sea mi mayor bondad debe ser mi mayor placer. Mi bienestar y felicidad se encuentran en Él, y sólo en Él. Jonathan Edwards (1703–1758) expresó esta gloriosa verdad tan bien como nadie más en su sermón La verdadera vida del Cristiano: Una travesía hacia el cielo:
“Dios es el bien mayor de la criatura sensata. Su disfrute es nuestra felicidad, y es la única felicidad con la que nuestras almas pueden estar satisfechas. Ir al cielo, completamente disfrutar de Dios, es infinitamente mejor que las mejores comodidades que pueda haber aquí: mejor que padres y madres, esposos, esposas, o niños, o que la compañía de cualquiera de nuestros amigos terrenales. Estas no son sino sombras; pero Dios es la sustancia. Son rayos de luz dispersos; pero Dios es el sol. Son pequeñas corrientes; pero Dios es la fuente. Son gotas; pero Dios es el océano”. (Las Obras de Jonathan Edwards, 17:437-38).
Lo que la Biblia dice sobre las adicciones Por L. Michael Morales
Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
«Señor, dame castidad y continencia», oraba una vez el joven Agustín, «pero todavía no». De hecho, el que llegaría a ser obispo de Hipona y uno de los teólogos más grandes de la historia de la iglesia describió su vida temprana como encadenada por los placeres mortales de la carne. En sus Confesiones, Agustín relata cómo el Espíritu Santo aplicó poderosamente la Palabra de Dios a su corazón, convirtiéndolo a través de un pasaje de Romanos 13:
Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias. Antes bien, vístanse del Señor Jesucristo, y no piensen en proveer para las lujurias de la carne (vv. 13-14).
Confiando humildemente en la gracia capacitadora de Dios, Agustín aprendería una nueva oración: «Señor, concédeme lo que ordenas y ordena lo que deseas».
Al describir su experiencia en términos de esclavitud y liberación, Agustín estaba evaluando su vida a través del lente y la cosmovisión de las Escrituras, sus pensamientos expresados de una manera profundamente bíblica, proporcionándonos una entrada útil al tema en cuestión. Aunque la palabra adicción puede parecer un término adecuado para describir cualquier tipo de comportamiento compulsivo y habitual, independientemente de sus efectos negativos, este término no aparece en la Biblia, la cual habla más bien del principio dominante del pecado, la esclavitud subyacente y la causa fundamental de muchas de nuestras propensiones desviadas. El lugar para comenzar nuestra consideración bíblica de las adicciones, entonces, es con el problema mucho más profundo de la caída de la humanidad y la consecuente esclavitud al pecado.
El Todopoderoso creó a los seres humanos a Su imagen y semejanza para que disfrutaran de la comunión con Él en el día de reposo y para que gobernaran como señores de la creación en Su nombre. Esta libertad y dignidad, sin embargo, fueron despreciadas y arruinadas en la rebelión. Aunque la serpiente había prometido igualdad con Dios por comer el fruto prohibido, el resultado amargo de la transgresión de Adán fue la corrupción revolucionaria de su naturaleza: el humano gobernador de la creación se corrompió moralmente al caer bajo el dominio del pecado. Esta condición de pecado y miseria no se limitó a la primera pareja humana. La doctrina bíblica del pecado original, formalizada como ortodoxa a través de los esfuerzos del propio Agustín, enseña que toda la humanidad que desciende de Adán por generación ordinaria nace con una naturaleza corrupta, manchada por el principio del pecado. Una doctrina similar, denominada «depravación total» por los teólogos reformados, explica que cada parte de los seres humanos —nuestras mentes, nuestras voluntades, nuestras emociones, incluso nuestra carne— está impregnada del poder del pecado. No es que las personas sean tan malas en la práctica como podrían serlo, sino que cada parte de nuestra naturaleza está manchada y contaminada por el pecado. Debido a que esta esclavitud está forjada por los lazos de nuestras propias voluntades y deseos profundos, somos impotentes para liberarnos. Inclinados hacia el pecado, seguimos naturalmente las pasiones degradantes, ahondando cada vez más en el fango de la vergüenza y la depravación (Ro 1:21-32). Peor aún, la Biblia explica que la esclavitud de la humanidad al pecado es la marca de que estamos bajo el dominio del maligno, Satanás, y de que vivimos según sus designios y estamos destinados al juicio eterno (Ef 2:1-3). Solo en el contexto de esta cruda realidad —que la humanidad está espiritualmente muerta, esclavizada al pecado, bajo el dominio del maligno y encaminada hacia el más espantoso juicio— se puede tener una discusión significativa sobre las adicciones de una persona. Claramente, nuestra necesidad no es primero un plan para mantener a raya ciertas propensiones; más bien, necesitamos ser liberados de la esclavitud y recreados según una nueva humanidad.
Cuán desesperantemente oscura sería esta situación si la Palabra de Dios no hubiera revelado también el amor infinito, eterno e inmutable del Padre quien, siendo rico en misericordia, ha logrado nuestra liberación por medio de Su Hijo (Jn 3:16; Ef 2:4-6; 1 Jn 3:8). Jesús llevó cautiva la cautividad para liberar a Su pueblo; el Espíritu Santo aplica la obra de Cristo a nuestros corazones y nos crea de nuevo, al darnos nacimiento y libertad celestiales. En su primera carta a la iglesia de Corinto, Pablo enumera muchas clases de pecadores —desde fornicadores, adúlteros y homosexuales hasta ladrones y borrachos— y luego declara: «Y esto eran algunos de ustedes» (6:11). ¿Cómo se rompieron estos lazos titánicos? El mismo versículo explica que estos, que antes estaban tan atados a los pecados hasta el punto de ser definidos por ellos, ahora habían sido lavados, apartados y hechos justos en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de Dios.
Sin embargo, ser liberado de la esclavitud del pecado no es el final de la historia. La conversión inaugura nuestra batalla espiritual contra los deseos pecaminosos, y la Biblia enseña mucho sobre nuestra necesidad de participar diariamente en esta guerra, así como sobre la naturaleza de las armas de nuestra guerra. Para empezar, se advierte con urgencia a los cristianos de la posibilidad real de someterse de nuevo a la esclavitud. Aunque realmente hay un consuelo maravilloso en la declaración de Pablo en 1 Corintios 6:11, su objetivo general en ese contexto es advertir a los santos sobre la posibilidad de volver a someterse al dominio incluso de las prácticas lícitas: «yo no me dejaré dominar por ninguna», escribe (6:12). Del mismo modo, Pablo advierte a la iglesia de Roma de la esclavitud que espera a los que, suponiendo que la gracia hace menos peligrosos los deseos corruptos, se someten en obediencia al pecado (Ro 6:16). Para que no nos engañemos, estas advertencias están reforzadas en las Escrituras por la afirmación franca de que —independientemente de la profesión de fe de cada uno— los que de hecho son fornicarios, sodomitas, borrachos, mentirosos, etc., no heredarán en modo alguno el reino de Dios (1 Co 6:9-10; Gá 5:19-21; Ef 5:5-7; Ap 21:8, 27). Por lo tanto, los cristianos deben mantenerse firmes en la libertad de Cristo para no volver a ser enredados con un yugo de esclavitud (Gá 5:1). A medida que una generación en Occidente olvida que los cristianos constituyen la «iglesia militante» en medio de una guerra hostil y que nuestros enemigos —el mundo, la carne y el diablo— se afanan por nuestra destrucción, no deben sorprendernos nuestras fatalidades espirituales.
Ante esta perspectiva sobria, la Palabra de Dios nos llama a huir de nuestras lujurias naturales, que pueden encadenarnos de nuevo, y a esforzarnos por progresar en la santificación. La Biblia suele utilizar lo que muchos consideran imágenes bautismales para describir nuestro papel en la santificación: se nos instruye para que nos despojemos de las obras de la carne, que son como muchos harapos de nuestra vieja naturaleza adámica, y nos revistamos de Cristo Jesús, de Su carácter justo y de Su obediencia (Gá 3:27; Ef 4:22-24). El aspecto de «despojarse» se relaciona con la mortificación deliberada y disciplinada del pecado, que requiere tanto un esfuerzo vigoroso como un sacrificio; Pablo, por ejemplo, relata cómo golpeó su propio cuerpo para someterlo (1 Co 9:27). Hemos de dar muerte sin piedad a las obras del cuerpo, sin hacer ninguna provisión para la carne, y esto ha de hacerse —de hecho, solo puede hacerse— por el Espíritu Santo (Ro 8:13). El Espíritu nos aplica la propia muerte de Cristo al pecado, permitiéndonos morir cada vez más profundamente con Él y en Él para vivir cada vez más profundamente con Él y en Él para Dios. Como soldados disciplinados que se visten con toda la armadura de Dios, debemos permanecer en la lucha (Ef 6:10-18), recordando la advertencia de Jesús de que deben aplicarse medidas prácticas (bastante severas en Mt 5:27-30, incluso como lecciones objetivas) para mortificar los hábitos pecaminosos.
El aspecto de «revestirse» se relaciona con el entrenamiento en la piedad, el reemplazo intencional de los hábitos corruptos por un comportamiento que honre a Dios. A menudo, el caminar positivamente en las buenas obras es socavado por un enfoque obsesivo en nuestras compulsiones pecaminosas; sin embargo, el intento de negar los hábitos carnales aparte de cultivar las virtudes cristianas como su reemplazo está condenado al fracaso. No obstante, el deseo de Dios de obtener frutos de nuestros beneficios del evangelio es apremiante y serio (Lc 13:6-9; Jn 15:5-8). Una vez más, no hay que ignorar las medidas prácticas: levantarse temprano y trabajar duro en nuestras vocaciones por el reino de Cristo es un antídoto seguro contra una multitud de pecados perniciosos, mientras que la falta de laboriosidad engendra impiedad (1 Ti 5:9-14).
Por último, la Biblia enseña que las armas de nuestra guerra son los mismos medios que Dios ha ordenado para nuestro crecimiento espiritual, todos los cuales fluyen dentro y fuera de la comunión con Dios en la adoración corporativa. La superación de las adicciones pecaminosas implica aprender principalmente a deleitarse en el Señor en Su día de reposo: disfrutar de Su presencia mientras nos deleitamos con la proclamación de Su Palabra, nos alimentamos con Sus sacramentos, nos consolamos con Su renovado perdón de nuestros pecados confesados, derramamos nuestros corazones hacia Él en la oración, participamos en una comunión piadosa y recibimos gustosamente Su bendición —Su presencia, poder y protección— para los días venideros. Al comprender nuestra dependencia absoluta del poder del Espíritu, quien resucitará nuestros cuerpos como nuevas creaciones, y al entender cómo Él otorga la gracia solo a través de estos canales, no nos apresuraremos a descartar por ser demasiado espirituales preguntas pastorales como: «¿Has orado por esto pidiendo “líbranos del mal”, con ayuno?». Más bien, comenzaremos humildemente a aprender las tácticas de nuestra guerra.
Volviendo al punto de la comunión con Dios, aquí debemos tener cuidado de no separar a Cristo de Sus beneficios. Nuestra necesidad verdadera siempre es mirar a Cristo mismo, nuestro Mediador todo suficiente, en la gloria de Su triple oficio: nuestro Profeta que nos revela la Divinidad; nuestro Sumo Sacerdote que siempre vive para interceder por nosotros; y nuestro Rey conquistador que somete a nuestros enemigos internos y externos. La provisión abundante de Dios en Él —todas las bendiciones espirituales— (Ef 1:3) es mucho mayor que nuestras debilidades. Al mirar a Cristo con fe, aprendamos con Agustín que Dios realmente concede lo que ordena.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. L. Michael Morales El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?
Martes 18 Octubre Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas. Salmo 62:10 Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto… porque raíz de todos los males es el amor al dinero. 1 Timoteo 6:7-8, 10 El amor al dinero Cuando el amor al dinero llena el corazón de un hombre, este nunca está satisfecho. El dinero no da la verdadera paz. No puede hacerlo, es un poder mentiroso. Parece dar seguridad, pero no cumple sus promesas.
Además, el dinero hace estragos en el corazón del hombre; gana su confianza, a menudo incluso lo pervierte y toma en él el lugar de Dios. La acumulación egoísta de bienes materiales no puede dar la tranquilidad de espíritu, ni la paz, ni el gozo. El dinero no preserva de la enfermedad y, frente a la muerte, no da ninguna solución.
La Palabra nos dice cómo vencer esa tendencia a amar el dinero: poniendo nuestra confianza en Dios, y no en el dinero, que es perecedero. Al vivir de una manera que agrade a Dios y dando generosamente, nos hacemos un tesoro para el más allá. Actuando así haremos, de cierta manera, una inversión en el banco del cielo (1 Timoteo 6:17-19).
El bienestar y el dinero solo son malos si ellos gobiernan nuestra vida. Los podemos recibir con agradecimiento de parte de Dios, quien permite que no nos falte nada. Pero no olvidemos que Dios sigue siendo el verdadero propietario de nuestros bienes. Pidámosle que nos ayude a utilizar como él quiere todo lo que nos da. El cristiano debería preguntarse: ¿Puedo agradecer sinceramente a Dios por lo que poseo y por el uso que hago de esos bienes?
Viernes 14 Octubre Viendo el denuedo de Pedro y de Juan… les reconocían que habían estado con Jesús. Hechos 4:13 Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. 1 Pedro 2:21 Ser cristiano Usted dice ser cristiano. ¿Qué significa esto para usted? Ser cristiano es seguir a Jesús y sus enseñanzas, dirá usted, con razón. Pero para esto primero es necesario creer en él y aceptarlo como Salvador personal. La Biblia dice: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31).
Y si somos creyentes, si por la fe hemos ido a Cristo confesando nuestros pecados, debemos seguirle e imitarlo. Él nos dejó un modelo de pensamiento, de actitud, de vida, que podemos reproducir. El comportamiento de un cristiano debe evidenciar que él pertenece a “Cristo”, como su nombre lo indica. “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas” (Lucas 6:43-44). Los que nos observan, ¿pueden reconocer que conocemos a Jesús por la fe y le seguimos?
Busquemos las virtudes que el Señor Jesús nos enseñó: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). Estas virtudes nos son comunicadas por el Espíritu de Dios que habita en cada creyente. ¿Anhelamos seguir este programa?
Mi Salvador, yo quisiera ser Como un eco de tu voz, Para proclamar, oh, dulce Maestro, El misterio de tu cruz. Deuteronomio 8 – Juan 6:1-21 – Salmo 117 – Proverbios 25:11
Jueves 13 Octubre Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás. Salmo 50:15 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Romanos 5:1 Invoqué el nombre de Jesús Testimonio “En mi infancia, mi padre, no practicante, me presionaba a ir a la iglesia. Cuando llegué a cierta edad, no encontré allá ninguna respuesta satisfactoria a las preguntas importantes de mi vida. Entonces me volví a la filosofía. Luego, el consumo de droga suave durante años me condujo a un hospital siquiátrico.
En ese momento Dios comenzó a hablarme. Encontré al Señor en mi cama de hospital, cuando estaba en el fondo del abismo. Él me abrió los ojos y yo le abrí mi corazón entregándole toda mi vida para que viniera a morar en mí. Por primera vez en mi vida invoqué el nombre de Jesús pidiéndole que me ayudara.
Ese día experimenté por primera vez la autoridad y el poder que hay en el nombre del Señor Jesús. Él me liberó de la droga que me atormentaba, y me mostró el camino a seguir. Supe que había sido perdonado y salvado porque la carga de mi pecado, que pesaba tanto sobre mi conciencia, me fue quitada por el mismo Señor Jesús. Me sentí aliviado, feliz, libre; nadie podía quitarme este gozo, esta paz y esta felicidad que acababa de recibir a través de esta nueva vida. Seguidamente, el Señor me llamó con mi esposa a su servicio en un ministerio que cumplimos actualmente, felices de hacer su voluntad”. Léandre
“Muéstrame, oh Señor, tus caminos; enséñame tus sendas… porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día… De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad” (Salmo 25:4-7).
La humanidad de Jesús es igualmente importante como su deidad. Jesús nació como un ser humano mientras aún seguía siendo totalmente divino. El concepto de la humanidad de Jesús coexistiendo con su deidad es difícil de comprender para la mente limitada del hombre. No obstante, la naturaleza de Jesús, completamente hombre y completamente Dios, es un hecho bíblico. Hay quienes rechazan estas verdades bíblicas y declaran que Jesús era un hombre, pero no de Dios (Ebionismo). El docetismo opina que Jesús era Dios, pero no hombre. Ambos puntos de vista son falsos y antibíblicos.
Jesús tuvo que nacer como un ser humano por varias razones. Uno se detalla en Gálatas 4:4-5: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos». Sólo un hombre podría ser «nacido bajo la ley». Ningún animal o ser angelical está «bajo la ley». Sólo los seres humanos han nacido bajo la ley, y sólo un ser humano podría redimir a otros seres humanos nacidos bajo la misma ley. Nacido bajo la ley de Dios, todos los seres humanos son culpables de transgredir esa ley. Sólo un hombre perfecto — Jesucristo — perfectamente podría guardar la ley y cumplirla, y por lo tanto rescatarnos de esa culpa. Jesús obtuvo nuestra redención en la cruz, intercambiando nuestro pecado por su perfecta justicia (2 Corintios 5:21).
Otra razón por la que Jesús tuvo que ser plenamente humano, es porque Dios estableció la necesidad del derramamiento de sangre para la remisión de los pecados (Levítico 17:11; Hebreos 9:22). La sangre de los animales, aunque fueron aceptables de manera temporal, como un anuncio de la sangre del perfecto Dios-Hombre, era insuficiente para la remisión definitiva del pecado «porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados» (Hebreos 10:4). Jesucristo, el Cordero de Dios perfecto, sacrificó su vida humana y derramó su sangre humana para cubrir los pecados de todos los que llegarían a creer en Él. Si Él no hubiera sido hombre, esto hubiera sido imposible.
Además, la humanidad de Jesús le permite relacionarse con nosotros, de una manera que los ángeles o los animales no pueden. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Sólo un ser humano podría compadecerse de nuestras debilidades y tentaciones. En su humanidad, Jesús fue sometido a toda clase de pruebas que nosotros tenemos, y por lo tanto, Él es capaz de comprendernos y de ayudarnos. Él fue tentado, perseguido, pobre, despreciado, sufrió dolor físico y soportó los dolores de la muerte más cruel y prolongada. Sólo un ser humano podría experimentar estas cosas, y sólo un ser humano las podía entender completamente a través de la experiencia.
Por último, fue necesario para Jesús el venir en carne, porque creer esa verdad es un requisito para la salvación. Declarar que Jesucristo ha venido en carne es la marca de un espíritu que viene de Dios, mientras que el anticristo y todos los que lo siguen, niegan esta verdad (1 Juan 4:2-3). Jesús ha venido en carne; Él es capaz de compadecerse de nuestras humanas debilidades; su sangre humana fue derramada por nuestros pecados; y Él era ciento por ciento Dios y ciento por ciento hombre. Estas son las verdades bíblicas que no se puede negar.
(Jesús dijo:) Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador… Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
“En todo el mundo vegetal no existe ningún árbol que ilustre de manera más elocuente que la viña la relación del hombre con Dios. No hay ninguno cuyo fruto y jugo sean tan vivificantes y estimulantes. Pero tampoco existe ninguno que, al mismo tiempo, sea tan básicamente inútil, porque su madera no sirve para nada, sino para ser echada al fuego.
De todas las plantas, ninguna necesita ser podada tan despiadada e incesantemente como ella. Ninguna es tan dependiente de los cuidados del que la cultiva”. A. Murray
Comprendemos que Jesús haya tomado la imagen de la viña para enseñarnos una doble e importante lección. Él mismo se designa como la vid, el tronco de la viña; los creyentes son los sarmientos, dicho de otra manera, las ramas. Se entiende que la rama de un árbol solo está viva y puede producir fruto si está unida al tronco que la sostiene, y si la savia circula en ella.
“Permaneced en mí”, dice Jesús (la rama unida a la vid), “y yo en vosotros” (la savia circulando en la rama): es la primera condición para llevar fruto. “Porque separados de mí nada podéis hacer”, confirma el Señor a sus discípulos.
Segunda condición: someterse a una cuidadosa y competente poda por mano del viticultor, “el Padre”, para que llevemos más fruto. Llevar fruto, más fruto, es dejar que la vida de Jesús ocupe nuestros pensamientos, hacer su voluntad, hacer lo que le agrada.
Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
«Yo quiero»; así comienzan las adicciones. Luego, mediante pequeños pasos, el querer se convierte en necesidad. No existe una definición reconocida de adicción, pero la mayoría de las definiciones propuestas comparten un núcleo común. Las adicciones son búsquedas compulsivas de un objeto o estado mental deseado que, de manera general, no responde a las inevitables consecuencias dañinas de esas búsquedas compulsivas. La mayoría de las definiciones también incluyen cómo los comportamientos adictivos cambian los patrones cerebrales subyacentes.
Cada descenso a la adicción es único. Existen miles de maneras de caer en esta atadura. Sin embargo, hay observaciones generales que pueden ayudarnos a comprender y ayudar mejor a quienes tienen adicciones.
Los adictos suelen buscar una experiencia física alterada; cuanto más rápida e intensa, mejor. Por eso los estimulantes, la cocaína, los narcóticos, los opioides, los sedantes y el alcohol son populares. La comida, especialmente la «comida reconfortante», está en la lista, pero no tiene la eficiencia o intensidad de las sustancias ilícitas o con prescripción.
El sexo produce una de las experiencias sensoriales más potentes. Como tal, se ha perseguido a lo largo de la historia de la humanidad y ha provocado muchas tragedias, tanto para los adictos como para sus seres queridos. Dado que es fácilmente accesible en persona, de manera impresa y digital, todos los elementos sexuales son tentaciones importantes en la adicción.
Las redes sociales y los videojuegos son objetos de deseo más recientes, pero pueden consumir tanto que las escuelas primarias ya están patrocinando semanas en las que los niños renuncian de manera voluntaria al tiempo frente a la pantalla. Las redes sociales tienen poder a través de su promesa de conexión social y de estar en la moda en lugar de estar afuera. Los videojuegos ofrecen algo de poder social y la oportunidad de pasar tiempo en un universo alternativo. Tanto las redes sociales como los videojuegos aportan una estimulación neurológica al cerebro que supera lo que se puede experimentar en una conversación normal o en un buen libro.
Si bien el corazón humano desenfrenado siempre está clamando «quiero» y «quiero más», las adicciones son más prominentes en algunas culturas que en otras. Para maximizar nuestro potencial adictivo como seres humanos, una cultura debe incluir un énfasis en la libertad individual y en la indulgencia personal, y las sustancias adictivas más comunes deben estar disponibles de manera fácil. El tiempo de ocio es un añadido. En estos entornos, las adicciones florecerán y se multiplicarán.
Estas son observaciones generales que son bien conocidas y no dependen de una revelación especial. Existen otras observaciones que solo están disponibles a través del lente de la Escritura.
La percepción más esencial de la Escritura sobre las adicciones es que las adicciones tienen que ver con Dios. Las sustancias adictivas se convierten en «nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» (Sal 46:1). Aunque es común que las discusiones sobre las adicciones se vuelvan hacia la espiritualidad, tales discusiones generalmente no hablan sobre la confianza en el Dios único y verdadero, y no suelen reflejar el hecho de que las decisiones adictivas tienen que ver con Dios. Aunque la literatura popular sobre las adicciones identifica las correcciones, nunca identifica el arrepentimiento ante el Señor.
Que la naturaleza de la adicción apunta hacia lo divino se presenta claramente en el relato bíblico de la idolatría. Aquí encontrarás el deseo humano descarriado y mucho más.
En primer lugar, las circunstancias importan en la idolatría (adicción). La historia primigenia transcurre durante el éxodo de Egipto. El corazón humano es, para usar la imagen de Juan Calvino, una fábrica perpetua de ídolos que no necesita provocación para trabajar. Pero los tiempos de incertidumbre y angustia crean la temperatura ideal. En otras palabras, generalmente podemos identificar las pruebas y tentaciones que preceden a la idolatría flagrante. En el desierto, el pueblo tenía alimentos y agua limitados, la perspectiva de que todos morirían y un líder que estaba aislado en una montaña con Dios y no podía ser contactado. Tal escenario era propicio para que los israelitas cometieran idolatría.
La más común entre las pruebas y tentaciones identificadas en las adicciones modernas es que algunas personas están programadas para las adicciones, y que esa programación se complica aún más con la propia adicción. La Escritura no se opone a esta idea, especialmente cuando esa programación se toma como una causa contribuyente en lugar de algo irresistible. Pero, como es de esperar, la Escritura agrega más.
La Escritura añade al «mundo» como otra influencia sobre las adicciones. Esto incluye las formas en que la cultura, los amigos, los medios de comunicación, los profesores o los padres pueden contribuir a las adicciones. Considera, por ejemplo, aquellos que crecen en un barrio donde las personas más respetadas son traficantes de drogas. O considera la influencia de un hogar en el que la pornografía está disponible y es aceptable. Estas son tentaciones que son más de lo que la mayoría puede soportar. Sin embargo, la mayoría de las veces, el poder del mundo no nos agarra por el cuello. En cambio, ejerce su influencia a través de conversaciones casuales que sugieren que la buena vida se encuentra en seguir nuestros deseos.
La Escritura también incluye las dificultades de la vida como una provocación para las adicciones, y aquí nos acercamos especialmente a la historia del desierto. La vida es dura y está llena de conflictos. Casi cada momento es un recordatorio de que algo está torcido en nuestro mundo. En respuesta, buscamos alivio. Los únicos lugares posibles de refugio están en Dios mismo o en algo de Su creación. Los adictos se vuelven hacia la creación en lugar del Creador.
Cuando consideras estas dificultades en el cuidado de un adicto, a menudo descubres victimización, rechazo, vergüenza y muchas penas. En consecuencia, tus conversaciones pueden tratar más sobre el consuelo y el afecto de Dios por los desposeídos y menos sobre la relación con la sustancia adictiva.
Las adicciones, al menos en sus inicios, tienen sus razones. Son una forma de manejar la vida —a veces una vida muy difícil— con nuestras propias fuerzas. Los ayudadores sabios profundizan en los detalles de la historia de una persona que la llevaron a la adicción.
Segundo, la idolatría (adicción) tiene que ver con el deseo. El Antiguo Testamento se enfoca en la adoración real de ídolos, mientras que el Nuevo Testamento apunta a los deseos que subyacen a la idolatría. Resulta que somos gente de deseos, amores y antipatías. Nuestros deseos pueden ser buenos o idólatras, e incluso naturales. Por ejemplo, debemos desear o amar a Dios por encima de todo (Dt 6:5), ese es el mejor de los deseos. Somos propensos a desear lo que otros tienen, lo cual es un deseo codicioso o idólatra. Y al pueblo de Dios se le dijo que en la tierra prometida podían comer lo que quisieran (Dt 12:20), lo que es un deseo natural.
Los deseos idólatras comienzan de manera típica con una semilla de deseo que es natural y apropiada cuando se mantiene bajo control. Estos deseos pueden ser de finanzas adecuadas, salud, hijos obedientes, inclusión, placer, descanso y justicia. La idea clave de la Escritura es que estos deseos normales, e incluso buenos, tienden a crecer (Stg 1:15). A medida que se fortalecen, luchan contra nosotros como un gigante desatado que encuentra poca satisfacción (Ef 4:19; Stg 4:1). Cada vez que nuestros deseos se alejan de Dios, nuestros corazones se quedan con ganas de más.
Este cambio de enfoque, de los ídolos reales a los deseos subyacentes, nos lleva de forma inmediata a la red de la idolatría. Antes de considerar las idolatrías de las drogas, el sexo y el alcohol, que son las más llamativas, la Escritura nos recuerda los ídolos cotidianos que son las personas y el dinero. Vivimos buscando el respeto y la aprobación de los demás (Pr 29:25), y estamos obsesionados con los ingresos personales (Mt 6:24). Muchas de las idolatrías más flagrantes se basan en esos dos objetos de adoración.
Los ayudadores sabios saben que ellos mismos son propensos a los deseos idólatras y que, como los adictos, ellos también están bajo esta rica enseñanza sobre el deseo y su remedio.
En tercer lugar, la idolatría practicada (adicción) es esclavitud y tragedia. Con el tiempo, los idólatras adquieren las características del objeto amado. Como tales, los idólatras se vuelven cada vez más vacíos al imitar algo que no tiene vida; mienten porque aquello que persiguen les hace promesas que no puede cumplir (Is 44:20), y la vida se convierte en una tragedia (Pr 23:29-35). Lo que no está claro es la fuente del poder del objeto, ya que se trata simplemente de una piedra o un palo de madera. Sin embargo, detrás de ese palo hay un mundo de gobernantes y autoridades que están aliados con el diablo. Aparentemente, el diablo se complace en ser adorado por medio de un representante.
Por lo tanto, la adicción es una esclavitud voluntaria. Los adictos toman decisiones. Ellos tienen el control. Están comprometidos con su forma de administrar la vida. No obstante, también están esclavizados y fuera de control. Están dominados por el triunvirato del mundo, la carne y el diablo. Es por eso que los expertos en adicciones ya no esperan a que alguien toque fondo para intervenir, porque no hay fondo que aporte claridad o empodere a una persona descontrolada y esclavizada.
En cuarto lugar, la liberación de la idolatría (adicción) comenzó en el ministerio de Jesús y continúa a medida que confiamos en Él, descubrimos los muchos beneficios de la cruz y la resurrección, y recibimos el Espíritu de Jesús. Dios en el Edén comenzó a llamar a Su pueblo a salir de la idolatría. Esta obra se volvió inconfundible cuando Jesús fue al desierto por nosotros y confió en Su Padre a través de las pruebas y tentaciones más terribles. Luego, como el sustituto perfecto por Su obediencia activa y pasiva, llevó el castigo de la ley, ascendió para llevarnos al Padre y nos dio el Espíritu Santo de poder. Ahora, en Cristo somos capaces de luchar contra los antiguos amos en lugar de sucumbir a lo inevitable. La batalla parece avanzar en pequeños pasos, y podemos sentir la tentación de los dioses antiguos por más tiempo del que nos gustaría, pero con la comunión de la iglesia de Cristo, fijamos nuestros ojos en Jesús e insistimos en conocerlo hasta que podamos decir con el salmista: «fuera de Ti, nada deseo en la tierra» (Sal 73:25), y nuestros amigos sean bendecidos y puedan decir que nos hemos «[convertido] de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Ts 1:9).
El pueblo de Dios ha recibido las palabras de Dios. Estas palabras nos abren los ojos para que podamos ver cómo todavía forjamos ídolos de todo tipo, y estas palabras nos señalan a Jesús, a quien podemos anunciar unos a otros, con paciencia y bondad, y conocer al Dios que habla verdad y da vida abundante.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Ed Welch El Dr. Ed Welch es un miembro de la facultad en el Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). Ha sido consejero por más de treinta años y es autor de varios libros, entre ellos Addictions: A Banquet in the Grave [Las adicciones: Un banquete en la tumba].