Liderar con convicción

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Siervos fieles
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

Cuando un líder entra en una habitación, más vale que entre con él la pasión por la verdad. El liderazgo auténtico no surge del vacío. El liderazgo que más importa es el que tiene convicciones, profundas convicciones. Esta cualidad del liderazgo surge de las creencias más profundas que dan forma a lo que somos y establecen nuestras creencias sobre todo lo demás. Las convicciones no son solo creencias; es decir, no son aquellas creencias que simplemente sostenemos. Por el contrario, las convicciones nos sostienen a nosotros. No sabríamos quiénes somos si no fuera por estas creencias fundamentales, estas convicciones, y sin ellas no sabríamos cómo liderar.

Los líderes cristianos reconocen que la convicción es esencial para nuestra fe y nuestro discipulado. Nuestra experiencia cristiana comienza con la creencia. El versículo más conocido del Nuevo Testamento, Juan 3:16, nos dice que Dios envió a Jesucristo, su único Hijo, «para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna». Cuando Pablo y Silas le dijeron a su aterrorizado carcelero cómo podía ser salvo, lo expresaron con una poderosa e inconfundible sencillez: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y toda tu casa» (Hch 16:31).

El mandato a creer es fundamental en la Biblia. El cristianismo se basa en ciertas verdades no negociables, y esas verdades, una vez conocidas, se traducen en creencias. Las creencias que anclan nuestra fe son aquellas con las que estamos más apasionada y personalmente comprometidos, y estas son nuestras convicciones. No creemos en la creencia, como tampoco tenemos fe en la fe. Creemos en el evangelio y tenemos fe en Cristo. Nuestras creencias tienen sustancia y nuestra fe tiene un objeto.

En pocas palabras, una convicción es una creencia de la que estamos plenamente convencidos. No me refiero a que simplemente creamos que un determinado conjunto de afirmaciones sea cierto, sino que estamos convencidos de que estas verdades son esenciales y cambian la vida. Vivimos de estas verdades y estamos dispuestos a morir por ellas.

Pensemos en Pedro y Juan, los dos apóstoles que, pocos días después de la muerte y resurrección de Cristo, tuvieron el valor de enfrentarse al Sanedrín y desafiar su orden de no predicar acerca de Jesús en público. Dijeron a las autoridades que los arrestaban que simplemente no podían dejar de contar lo que habían «visto y oído» (Hch 4:20). Esas mismas convicciones son las que no permiten a los líderes cristianos callar hoy, incluso ante las amenazas y la oposición.

Justino Mártir, uno de los líderes de la Iglesia primitiva, también sirve como retrato del liderazgo conviccional. Mientras conducía a los miembros de su propia congregación a la ejecución a manos de las autoridades romanas, Justino animó a su gente con estas palabras: «Recordad que pueden matarnos, pero no pueden hacernos daño».

Ese es el auténtico liderazgo en su forma más clara: el liderazgo que lleva a la gente a la muerte, sabiendo que Cristo los vindicará y les dará el regalo de la vida eterna. Afortunadamente, la mayoría de nosotros nunca tendrá que experimentar ese tipo de desafío en el liderazgo.

Sin embargo, las convicciones siguen siendo las mismas y también la función de esos compromisos en la vida y el pensamiento del líder. Sabemos que estas cosas son tan ciertas que estamos dispuestos a arriesgarnos por ellas, a vivir por ellas, a liderar por ellas y, si es necesario, a morir por ellas.

El liderazgo que realmente importa se trata de convicción. El líder se ocupa, con razón, de todo, desde la estrategia y la visión hasta la creación de equipos, la motivación y la delegación. Pero en el centro del corazón y la mente del verdadero líder se encuentran las convicciones que impulsan y determinan todo lo demás.

Muchos de mis modelos de liderazgo por convicción más alentadores e instructivos los encuentro en la historia. A lo largo de mi vida, me he inspirado en el ejemplo de Martín Lutero, el gran reformador del siglo XVI, que estaba tan convencido de la autoridad de la Biblia que estuvo dispuesto a presentarse ante el intimidante tribunal de autoridades religiosas que lo juzgó, e incluso a enfrentarse al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, declarando: «Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa, que Dios me ayude».

Aquí estoy. Esas palabras son un manifiesto del liderazgo por convicción. Pero Lutero no solo estuvo dispuesto a ponerse en pie; estuvo dispuesto a liderar a la Iglesia en un proceso de reforma valiente.

Cuando era adolescente, vi la película El hombre de los dos reinos, basada en la obra de Robert Bolt. La historia trata de los últimos años de Sir Thomas More y su juicio por traición. El ex canciller de Inglaterra se ganó la furia del rey Enrique VIII por negarse a prestar el juramento de supremacía, que declaraba al rey como gobernador supremo de la Iglesia. Más tarde supe que el propio More había perseguido a los luteranos y a William Tyndale, el gran traductor de la Biblia al inglés. La versión de Bolt sobre Thomas More no contaba toda la verdad, pero desde la primera vez que vi esa película hasta ahora, me sigue inspirando el ejemplo que dio More al ir al cadalso por ser fiel a sus convicciones. Frente a la multitud reunida para presenciar su ejecución, declaró: «El rey me ha ordenado ser breve, y como soy obediente servidor del rey, breve seré. Muero como buen siervo de su majestad, pero primero está Dios».

Ese es el tipo de convicción que hace la diferencia. Lamentablemente, demasiados líderes de hoy parecen tener poca idea de lo que creen, o parecen estar impulsados por una convicción poco clara y discernible. ¿Cuántos de los líderes actuales son conocidos por las convicciones por las que están dispuestos a morir, o incluso a vivir?

A los líderes se les puede dividir entre aquellos que simplemente ocupan un cargo o posición y aquellos que tienen grandes convicciones. La vida es demasiado corta para prestar atención a los líderes que defienden poco o nada, a los que buscan el siguiente programa, que siguen la última moda de liderazgo, que prueban una idea tras otra, pero que no están impulsados por convicciones profundas.

Quiero ser un líder que importe, liderar de forma que marque la diferencia precisamente porque esas convicciones importan. Si lo piensas, casi todos los líderes que hoy son recordados como hitos en la historia fueron líderes cuyas convicciones sobre la vida, la libertad, la verdad y la dignidad humana cambiaron la historia.

Ese es el único liderazgo que importa. Los líderes con convicciones impulsan a la acción precisamente porque están impulsados por convicciones profundas, y su pasión por estas convicciones se transfieren a sus seguidores, que se unen en una acción concertada para hacer lo que saben que es correcto. Y saben que es lo correcto porque saben lo que es verdadero.

¿Cómo podría un líder cristiano estar satisfecho con algo menos que esto? Los cargos, los oficios y los títulos se desvanecen más rápido que la neblina.

Una vez llevé a mi hijo, Christopher, de viaje a Nueva York. En varios lugares, nos encontramos con estatuas y monumentos de hombres que fueron, en algún momento, famosos o poderosos. La mayoría ha desaparecido de la memoria de todos, y sus imágenes se mezclan ahora con el paisaje neoyorquino, por el que pasan millones de personas sin siquiera notarlas.

La mayoría de los estadounidenses consideran que el presidente de los Estados Unidos ocupa el más alto cargo de liderazgo secular que existe. Pero ¿cuántos estadounidenses pueden nombrar siquiera veinte o treinta de los cuarenta y cinco hombres que han ocupado ese cargo? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien mencionar a Chester A. Arthur o a William Henry Harrison?

Sí recordamos a aquellos que fueron conocidos por sus convicciones y por el valor que esas convicciones produjeron. Este mismo principio puede extenderse a todos los cargos y posiciones de liderazgo imaginables. Sin convicción, nada importa realmente, y nada de importancia se transmite.

Creo que el liderazgo consiste en poner en práctica las creencias correctas y saber, sobre la base de las convicciones, cuáles son esas creencias y acciones correctas. Demasiado de lo que pasa por liderazgo hoy en día es mera gestión. Se puede gestionar sin convicciones, pero no se puede liderar de verdad.

Para los líderes cristianos, este enfoque en la convicción es aún más importante. No podemos liderar de una manera que sea fiel a Cristo y eficaz para el pueblo de Dios si no estamos profundamente comprometidos con la verdad cristiana. No podemos liderar fielmente si primero no creemos fielmente y si no estamos profundamente comprometidos con la verdad cristiana.

Al mismo tiempo, hay muchos cristianos que se sienten llamados a liderar y están apasionadamente comprometidos con las verdades correctas, pero simplemente no están seguros de hacia dónde ir. El punto de partida del liderazgo cristiano no es el líder, sino las verdades eternas que Dios nos ha revelado: las verdades que permiten que el mundo tenga sentido para nosotros, enmarcan nuestra comprensión y nos impulsan a la acción.

El apóstol Pablo animó a los tesalonicenses a saber que el evangelio había llegado a ellos, «no [solo] en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción » (1 Tes 1:5). Como líder cristiano, eso es lo que espero y ruego que sea cierto en mi caso, y en el tuyo también. Quiero liderar «con plena convicción».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Albert Mohler
El Dr. R. Albert Mohler Jr. es presidente y profesor Joseph Emerson Brown de teología cristiana en The Southern Baptist Theological Seminary [El Seminario Teológico Bautista del Sur] en Louisville, Ky. Es el anfitrión de The Briefing y autor de muchos libros, incluyendo We Cannot Be Silent.

El poder de la verdad divina

Viernes 17 Junio

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

Isaías 53:4-5

El poder de la verdad divina

Un taxista hablaba con un pasajero cristiano sobre el Mesías de Israel, cuya venida se anuncia en el Antiguo Testamento. El taxista creía que ese hecho todavía era futuro, pero el cristiano le explicó que el Mesías ya vino, que es Jesucristo, y le sugirió comparar los textos bíblicos de Daniel 9:26 (“después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario”) e Isaías 53.

Al llegar a su casa, el taxista leyó estos dos capítulos del Antiguo Testamento. Según estos textos, el Mesías debía morir antes de la destrucción de Jerusalén. La ciudad fue destruida en el año 70 después de Cristo; el Mesías vino, pues, antes de ese año. Esto despertó el interés del taxista. Compró un Nuevo Testamento y empezó a leerlo.

Este hombre había sufrido mucho durante la guerra, lo cual lo había endurecido a tal punto que no había llorado desde hacía años. Pero cuando terminó su lectura, estaba tan impresionado que se echó a llorar sin poder parar. Comprendió que Dios había amado tanto a su pueblo, Israel, que había permitido que su Hijo muriera por ellos y por todo el mundo. Comprendió el sentido del Evangelio, es decir, la buena nueva de salvación. Recibió con gozo a Jesús de Nazaret, el Mesías, como su Salvador y Señor.

Desde entonces, su tema favorito de conversación con sus pasajeros es la resurrección de Cristo, fundamento de nuestra esperanza eterna.

Levítico 26 – Efesios 5 – Salmo 71:19-24 – Proverbios 17:15-16

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

SEÑOR DE LA MISERICORDIA

S E Ñ O R D E L A M I S E R I C O R D I A
¡Oh señor!
Perdona todos mis pecados del día, de la semana, del año, todos los
pecados de mi vida, los pecados de mi juventud, de la madurez y de la
vejez, De omisiones y comisiones, del mal humor impertinencia e ira, de
vida y de vivir, de dureza de corazón, de incredulidad, de presunción, de
soberbia, de deslealtad a las almas de los hombres, de la falta de decisiones
valientes en la causa de Cristo, de celo sincero para su gloria, de deshonrar
Tu gran nombre, de decepción, de injusticia, de deslealtad en mis
relaciones, de impureza de pensamientos palabras y actos, de avaricia que
es idolatría, de recursos acumulados indebidamente, desperdiciados
frívolamente, no consagrados a Tu gloria, Tú que eres el gran dador;
Pecados en secreto y en el seno de la familia, En el estudio y el ocio, en
medio del bullicio de los hombres, en la meditación de Tu Palabra y en la
negligencia de ella, En la oración sin reverencia y frívolamente retenida,
En el tiempo desperdiciado, en ceder a las artimañas de Satanás, en abrir
mi corazón a sus tentaciones, En ser descuidado cuando sé que él está
cerca, En apagar el Espíritu Santo; pecados contra la luz y el
conocimiento, Contra la conciencia y de las restricciones de Tu Espíritu,
Contra la ley del amor eterno.
Perdona todos mis pecados, conocidos e ignorados, sensibles e insensibles,
Confesados e inconfesos, recordados u olvidados. ¡Oh Buen Señor,
escucha; y al escuchar, perdona!

Lengua de sabios

Jueves 16 Junio
El Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado.
Isaías 50:4
Lengua de sabios
Sin duda no calificaríamos de “sabio” a alguien que sabe animar, sostener y consolar a los demás. Más bien reservaríamos esta expresión para los hombres muy capacitados de este mundo y para los que tienen el don de enseñar la doctrina o la profecía bíblicas. Sin embargo, en el versículo del día, el Espíritu Santo quiere mostrarnos que hay que tener una delicadeza especial, una sabiduría particular, para levantar “las manos caídas y las rodillas paralizadas” (Hebreos 12:12).

El ejemplo de los tres hombres que visitaron a Job para animarlo es instructivo: llegaron con sus ideas preconcebidas y comentarios bien pensados, pero no lograron tranquilizarlo. Sin embargo, eran sus amigos (Job 2:11), pero Job terminó diciéndoles: “Consoladores molestos sois todos vosotros” (Job 16:2).

Aprenderemos a tener lengua de sabios, no en los libros, sino siguiendo el ejemplo que el Señor Jesús nos dejó en los evangelios. ¡Con qué amor, tacto y ternura animó a sus discípulos debilitados y temerosos! Oremos para que el Señor nos dé esas mismas actitudes del corazón.

Dios desea que sus hijos se ayuden unos a otros. Él es el Padre de misericordias y el Dios de toda consolación, “el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Corintios 1:4).

“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” (Proverbios 17:17).

Levítico 25:29-55 – Efesios 4:17-32 – Salmo 71:12-18 – Proverbios 17:13-14

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¡No soy pobre, sino rico!

Miércoles 15 Junio
Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.
2 Corintios 8:9
La bendición del Señor es la que enriquece.
Proverbios 10:22
¡No soy pobre, sino rico!
Un capellán de prisión cuenta lo siguiente:

“A principios del siglo 20, en un momento de crisis demencial causada por ingerir alcohol, Ernest mató a su compañero de fábrica, quien además era su mejor amigo. Un pastor lo visitó en la cárcel y le dio un Nuevo Testamento, pero Ernest no le dio ninguna importancia. Su mujer, que era cristiana, le aconsejó leerlo para “encontrar en él el perdón y la paz”. Por la gracia de Dios, la luz resplandeció en él. Como estaba condenado a muerte, solo tenía la perspectiva de ser ahorcado. Sin embargo, parecía tan sereno que sus guardias se sorprendieron. Su pena de muerte fue cambiada en cadena perpetua, y fue trasladado a la colonia penal de la Guyana francesa.

Allí los guardianes dieron testimonio de su buena conducta y de la ayuda que prodigaba a su alrededor. Sus compañeros lo envidiaban porque se le veía muy feliz. Todo el mundo sabía que leía la Biblia todos los días; él no perdía ninguna ocasión para evangelizar y enseñar a sus compañeros de prisión.

 – Ese preso me hace bien incluso a mí, decía el capellán, quien un día lo trató con compasión diciéndole “¡pobre Ernest!”.

Ernest respondió: -No diga “pobre, sino rico”, señor capellán. Soy rico desde que entregué mi corazón a Dios. Si saliendo de la cárcel tuviese que perder a Dios, preferiría quedarme en la cárcel… El capellán declaró más tarde: -Raramente asistí a semejante triunfo del Evangelio”.

Levítico 25:1-28 – Efesios 4:1-16 – Salmo 71:7-11 – Proverbios 17:11-12

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

73 – Para perdonar, la otra persona no tiene que pedirme perdón

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 73

Para perdonar, la otra persona no tiene que pedirme perdón

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Sufrimiento Con Propósito

Sufrimiento Con Propósito

Por Jacob Elwart

Podemos soportar los peores tipos de dolor cuando hay un propósito significativo. Un cadete puede soportar trabajos extenuantes y agotamiento siempre que sepa que su sufrimiento está diseñado para prepararlo para una futura batalla. Una madre puede soportar fuertes dolores de parto si sabe que el resultado será el nacimiento de su ansiado hijo. Si se le quita el propósito significativo, el sufrimiento se vuelve casi imposible.

No podemos evitar el sufrimiento en esta vida. Es inevitable. Sin embargo, como cristianos podemos soportar e incluso abrazar el sufrimiento cuando estamos seguros de que Dios está haciendo algo bueno. Y en nuestro sufrimiento, Dios siempre está haciendo algo bueno. Las Escrituras dan al menos 11 razones por las que Dios permite el sufrimiento.

1. Para mostrar la gloria de Dios a un mundo que mira

Pablo vio el sufrimiento de su encarcelamiento como un propósito, ya que le dio la oportunidad de compartir el evangelio con toda la guardia pretoriana (Fil 1:12-13). Además, su sufrimiento sirvió como motivación para que los creyentes compartieran el evangelio sin miedo (Fil 1:14).

2. Para revelar la calidad de nuestra fe

Pedro habla de las pruebas como un fuego refinador que muestra la calidad del oro (1 Pe 1:6-9). Las pruebas están destinadas a revelar la sustancia de lo que hay en nosotros.

3. Para fortalecer nuestra fe

Santiago 1:2 dice que debemos considerar una bendición de Dios cuando caemos en diversas pruebas porque sabemos que logran algo, «sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Sant 1,3-4).

4. Para darnos un corazón sabio

El sufrimiento nos ayuda a apreciar nuestro tiempo en la tierra. Aporta perspectiva. Powlison en su libro, God’s Grace in your Suffering, sugiere que el sufrimiento es un anticipo de nuestra próxima muerte (102-105). Todos moriremos si Cristo se demora. Pero no tenemos que temer la muerte porque Cristo ha vencido el aguijón de la muerte, 1 Cor 15:55.

5. Para quitarnos nuestra independencia y hacernos depender más de Dios y ser más interdependientes de la iglesia local

Pablo recibió la espina en la carne para evitar que se exaltara a sí mismo, para eliminar su orgullo (2 Cor 12:7). El sufrimiento tiene una manera de quitar todas las muletas que usamos para sostenernos. Y cuando nos quitan todas esas muletas, nos queda depender únicamente del único que puede librarnos: Dios. El sufrimiento también aumenta nuestra interdependencia en el cuerpo de Cristo. La vida cristiana nunca fue concebida para ser vivida en solitario. Dios nos diseñó para vivir en una comunidad de creyentes donde nos ayudamos mutuamente a llegar a Dios.

6. Conocer el consuelo de Dios

El Dios de toda consolación nos consuela en todas nuestras pruebas, 2 Cor 1:3-4.

7. Para enseñarnos a consolar a otros

Uno de los propósitos de que Dios nos consuele en nuestros sufrimientos es para que podamos consolar a otros en sus pruebas con el consuelo que nosotros mismos recibimos de Dios, 2 Cor 1:4.

8. Para aumentar nuestro deseo de estar con Dios

¿Te has sentado alguna vez con un cristiano que ha sido lisiado por el sufrimiento y que está al borde de la muerte? No quieren ser sanados. No quieren volver a ser jóvenes. Quieren ser liberados del sufrimiento en última instancia. Quieren estar con Jesús. Quieren vivir para siempre. Martin Lloyd-Jones, en su lecho de muerte, escribió a su esposa: «No ores por mi sanidad. No me retengas de la gloria». Estaba listo para encontrarse con su Salvador.

9. Cumplir la promesa de Jesús de que sufriríamos

Jesús dijo que «si a mí me persiguieron, a vosotros también os perseguirán» (Juan 15:20).

10. Para exponer nuestro pecado

A veces Dios trae pruebas a nuestras vidas para exponer nuestro pecado. Jueces 2:22-3:4 muestra el ciclo de incredulidad que tenía Israel. Se alejaban de Dios. Dios traería problemas. Ellos clamaban a Él por ayuda. Él los libraría. Dios usó la dificultad ordinaria para aumentar la conciencia de un pueblo que había cerrado sus oídos a Su Palabra. Los estaba despertando a la fealdad de su pecado (cf. Hag 1:6; 1 Cor 11:30).

11. Para disciplinarnos

A veces Dios permite que suframos para apartarnos de las cosas que Él sabe que nos hacen daño (Heb 12:5-10). El Padre amoroso quiere que participemos de su santidad, y por eso utiliza el sufrimiento como una forma de corregirnos y llevarnos de nuevo al camino de la rectitud.

Las Escrituras dan múltiples razones por las que los cristianos sufren. Y en medio de cualquier prueba, puede que no sepamos la o las razones por las que Dios nos permite sufrir. Pero debemos confiar en que Dios está orquestando soberanamente todos los eventos de nuestras vidas para sus buenos propósitos. Y si confiamos en el gobierno soberano de Dios y en su buen plan, podemos estar seguros de que nuestro sufrimiento no carece de sentido. Dios lo utiliza para engrandecer su gloria en nuestras vidas y en las de los demás, y nos hace más parecidos a Cristo (Romanos 8:28-29). En nuestro sufrimiento, no tenemos que desesperar como si no hubiera esperanza. Podemos aceptar con confianza e incluso abrazar el sufrimiento como una forma amorosa de Dios de cumplir sus propósitos.

17 – La Última Canción

Sabiduría para el Corazón

Serie: Vida de David (1 y 2 Samuel)

ESTUDIO DE LA VIDA DEL REY DAVID

17 – La Última Canción

Stephen Davey

Sabiduría para el Corazón comenzó en 2007 como una extensión del ministerio de enseñanza de Stephen Davey a su congregación, la Iglesia Bautista Colonial, ubicada en Carolina del Norte, EEUU. Desde entonces, el ministerio ha crecido, y hoy por hoy es un ministerio internacional, transmitido a través de todo el mundo vía radio e internet en seis idiomas: Inglés, Español, Portugués, Árabe, Chino Mandarín, y Swahili.

Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin.

Por la gracia de Dios esperamos proveer contenido bíblico y confiable en más idiomas y alcanzar al mundo con el mensaje de la Palabra de Dios.

Sufre en esperanza

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sufre en esperanza
Por C.N. Willborn

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Amenudo les digo a los hijos de nuestra iglesia ―desde los más pequeños hasta los estudiantes universitarios― que ellos piensan que van a vivir para siempre, pero siempre añado: «¡No es así!». De hecho, les digo, van a morir, e incluso puede que sufran físicamente antes de morir. Es un hecho que sufrirán emocionalmente. Todos sufrimos de alguna manera en algún momento de nuestras vidas. Es posible que suframos dificultades físicas, carencia de bienes físicos o angustia emocional, y a veces eso es a causa de nuestra fe. Nuestro Señor dijo: «En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). La tribulación incluye sufrimiento.

Vi a mi madre piadosa sufrir de muchas maneras, a menudo en el plano emocional, mientras criaba a tres hijos que no siempre anduvieron en los caminos del Señor. La vi sufrir la muerte de mi maravilloso padre, que fue su esposo durante cincuenta y ocho años. Finalmente, la vi sufrir la pérdida de su salud y movilidad, y, a la postre, sufrir los dolores del cáncer. A pesar de todo, el lema que ella me repetía era sencillo: «Hijo, yo confío en el Señor». Esa no era una frase santurrona. Era la voz de la fe. Era real y la ayudó a vivir una vida ejemplar, con una determinación paciente, una disposición dulce y un anhelo por su Salvador, en medio de todo su sufrimiento, que nos impactaba a todos. Ella vivía con la esperanza del cielo y de Cristo, y era real. Todos sus hijos, nietos y bisnietos recordaremos durante toda la vida la disposición confiada de Nana en todos los momentos difíciles. Ella vivió con la esperanza bienaventurada de su Señor y Salvador Jesucristo (Tit 2:13).

Hace dos años, los médicos nos dijeron que nuestro hijo de diecinueve años tenía «un bulto en el cerebro». El «bulto» resultó ser un absceso del tamaño de un huevo de pavo. En seguida, le realizaron tres cirugías en una sola semana. Un mes después, se le realizó una cuarta cirugía debido a un problema con los medicamentos. La noche del diagnóstico inicial, tuve esa «charla» con nuestro hijo. Le pregunté si entendía lo serio que era esto. «Sí», me dijo. «Sé que debes estar asustado, porque yo sí que lo estoy», le respondí. Él me dijo: «Papá, hemos confiado en el Señor en todo lo demás. Podemos confiar en Él ahora». Yo lloré y dije: «Amén». Luego me dijo: «Estaré bien pase lo que pase, papá». No te diré que mi fe y la de la familia fue lo suficientemente fuerte como para mover montañas esa noche o en los meses siguientes. Estaba débil. Muchas veces oré: «Señor, aumenta mi fe», y Él lo hizo. A veces un poquito, a veces un poco más. Esperamos en el Señor y Él fue todo lo que necesitábamos. Oh, por cierto, el Señor mantuvo a nuestro hijo con nosotros; acaba de graduarse de la universidad y ahora va a entrar a la escuela de posgrados. Sin embargo, aunque no hubiera librado a nuestro hijo… alabado sea el Señor por la esperanza que tenemos en un Dios soberano.

Para mis lectores jóvenes: mi madre tenía ochenta y cinco años. Era de esperar que sufriera y muriera. Sin embargo, mi hijo tenía diecinueve años, y en verdad sufrió (y todavía tiene que tomar medicamentos con efectos secundarios). Fácilmente podría haber muerto. Pero el punto es este: siempre puedes enfrentar el sufrimiento ―a esos matones de la escuela, esas críticas de moda de tus «amigos», esas disputas relacionales con tus mejores amigos, el cáncer, los abscesos cerebrales― con tu mejor Amigo a tu lado. Eso siempre y cuando tu mejor amigo sea Cristo Jesús. «Pero hay amigo más unido que un hermano» (Pr 18:24), y Jesús afirma ser ese amigo: «Os he llamado amigos» (Jn 15:15). Él es nuestra esperanza.

Mi madre tenía esa esperanza porque conocía al Salvador, Jesucristo. Su fe estaba basada solo en Él. Mi hijo tuvo esa esperanza en medio de sus sufrimientos porque conoce al Salvador, Jesucristo. Ambos conocían la Biblia y la promesa de la esperanza que tenemos en el Señor Jesucristo. Los dos asistían fielmente a los cultos de adoración y se empapaban de los medios de gracia: la palabra, la oración y los sacramentos. Amaban y disfrutaban la comunión de los santos que se encuentra en Su Iglesia. La esperanza ―no un «yo pienso», sino la esperanza genuina― no surge de la nada. Se cultiva y se vive solamente por la fe en Cristo. Prepárense bien, amigos jóvenes, para los sufrimientos que les esperan, de modo que puedan glorificar a Dios con sus vidas esperanzadas, incluso en los tiempos difíciles.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
C.N. Willborn
El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.

2-LA SOBERANÍA DE DIOS | SERIE INFANTIL

Ministerio Infantil ICEF

Serie Infantil: Los Atributos de Dios

2-LA SOBERANÍA DE DIOS

Mis Primeros Pasos en la fe

Basado en la confesión de Fe de Westminster

En algunos versículos de la Biblia utilizamos diferentes versiones, ya que tratamos que el lenguaje a usar sea entendible para los niños. Guión y Adaptación por ICEF.

Narración: Elena Pacheco Edición: Elena Pacheco

Facebook ICEF: https://www.facebook.com/icefamiliar/

Facebook Perfume de Adoración: https://www.facebook.com/perfumedeado...

Canal Perfume de Adoración: https://www.youtube.com/channel/UCS_I...