Al final de este artículo viene un link para escuchar el cántico al cual se hace referencia: «La Iglesia de Ayer» usando la música del cántico gospel «Old fashioned meeting» compuesto por Herbert Buffum en 1922.
OH CUAN BELLO EL RECUERDO DE LA IGLESIA DE AYER, CÓMO EL PUEBLO CRISTIANO ADORABA AL SEÑOR, SENCILLEZ, REVERENCIA PERO GRAN FERVOR, AL ENTRAR EN LA CASA DE ORACIÓN Y LOOR
Las iglesias evangélicas experimentaron cambios muy notorios a partir de la segunda mitad del siglo 20. Pero el hecho de que ya en 1922 un compositor de cánticos gospel escribiera un canto cuyo tema fuera “la manera antigua de las reuniones evangélicas”, demuestra que los cambios en las iglesias no parecen haber sido bruscos, sino que década tras década las iglesias fueron cediendo ante las sugerencias del mundo.
El estilo de adoración y la actitud en la Iglesia es algo que se fue descuidando paulatinamente hasta llegar al punto en que hoy muy pocos entienden que la Iglesia debería ser primeramente una “Casa de Oración”. Por eso hay tantos que se extrañan y se incomodan si se les pide puntualidad, reverencia y decoro en un culto.
Y ¡QUÉ HIMNOS CANTABAN, EN LA IGLESIA DE AYER! Y ELEVABAN PLEGARIAS REVERENTES A DIOS; PECADORES CONVICTOS SE RENDÍAN ALLÍ, EL MUNDO ABANDONANDO, PARA A CRISTO SEGUIR
Muchos evangélicos ignoran qué es un himno y nunca han visto un Himnario en sus iglesias. Esto prueba la desconexión histórica que sufre el evangelicalismo. Muchas iglesias sólo conocen los cantos compuestos en los últimos 20 años o 40 como máximo, y la himnodia y el Salterio de siglos pasados son completamente desconocidos o considerados anticuados.
¿Y las plegarias? – Se le enseña a las personas en muchos lugares a exigirle a Dios y declarar y decretar, pero las rogativas y la verdadera oración están ausentes. El culto de oración no está dentro de los programas de muchas iglesias.
Un incrédulo puede visitar una iglesia y sentirse cómodo al escuchar música pop muy similar a la que está de moda. La gente puede unirse a las iglesias sin asumir ningún compromiso, no tienen que dejar nada. Por eso, hay tantos que han «cambiado de iglesia», pero sus corazones nunca han cambiado y siguen tan mundanos como siempre.
YO FUI UNO DE AQUELLOS, QUE EN LA IGLESIA DE AYER, ESCUCHÉ EL EVANGELIO Y SENTÍ SU PODER; CRISTO FUE PREDICADO Y SU GRAN REDENCIÓN, HUBO GRACIA ABUNDANTE, RECIBÍ SALVACIÓN.
Muchos evangélicos modernos no pueden dar un testimonio de conversión y cayeron en la trampa en que habían caído tanto los católicos romanos como los de “Iglesias Estatales”, pensando que por haber nacido en un “hogar cristiano”, ellos automáticamente son cristianos. Los Metodistas del siglo 18 espantaron a muchos respetables clérigos de la Iglesia Anglicana cuando les decían que eran pecadores y que tenían que nacer de nuevo, y por eso, los expulsaron de sus iglesias. Pero ¡Oh tristeza», muchas iglesias Metodistas de hoy no permitirían a los hermanos Wesley predicar en sus iglesias, así como muchos Bautistas de hoy no soportarían la predicación de John Bunyan y muchos Presbiterianos de hoy no sufrirían la predicación de John Knox en sus iglesias. Lo mismo pudiera decirse de cada denominación evangélica y sus antiguos líderes.
MUCHOS YA SE ADAPTARON A LA MODERNIDAD SIN PENSAR SE RINDIERON ANTE LA VANIDAD Y DEJARON LA BIBLIA Y SU CENTRALIDAD POR ENTRETENIMIENTO Y MUNDANALIDAD
Las diferentes denominaciones evangélicas se fueron rindiendo ante la presión del modernismo. La llamada “guerra por los estilos de adoración” que se libró en los años 1980´s, en la cual ciertos sectores conservadores trataron de defender un estilo sobrio, se perdió ante los promotores de la llamada “Música Cristiana Contemporánea”. Aclaro que esta afirmación de que la guerra se perdió se basa en los números, porque quedan pocas iglesias cuyo estilo de adoración se mantiene conservador o tradicional.
El problema es que este no era un asunto de “estilos de música” solamente, era un asunto de enfoque. ¡Los cultos dejaron de estar centrados en la Biblia!
En la tradición evangélica la Biblia había sido el centro de todo, por eso les llamaron «el pueblo del libro». Se cantaba la Palabra de Dios expresada en himnos y cánticos espirituales, se leía la Palabra de Dios de manera sistemática, se enseñaba la Palabra de Dios y se predicaba la Palabra de Dios. El evangélico conocía su Biblia. Hoy en día hay evangélicos que no pueden recitar los libros de la Biblia y se asombrarían si el predicador menciona un profeta llamado Habacuc o una epístola dirigida a Filemón. Pero eso sí, tienen todos los artefactos necesarios para un sonido espectacular y una plataforma llena de instrumentos para la banda que se encarga de entretenerlos al punto que el culto es básicamente música, música y más música. La actividad que se realiza en ciertas iglesias se parece más a un espectáculo y a un concierto de rock que a un culto en una Casa de Oración.
EL SEÑOR NUNCA CAMBIA, SU PALABRA ES FIEL, A LAS SENDAS ANTIGUAS HOY DEBEMOS VOLVER; ESTRATEGIAS HUMANAS HAY QUE RECHAZAR LA LEY Y EL EVANGELIO DEBEMOS PREDICAR
El Dios que se ha revelado a sí mismo en la Biblia se nos muestra claramente como un Dios Santo. Santo más allá de nuestra comprensión y tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la adoración se presenta como un acto solemne y espiritual. No es algo carnal. El incrédulo que visita una iglesia bíblica, debería muy pronto percibir que él carece de la actitud de los adoradores y que esto no es algo sentimental o emocional solamente. No es que los sentimientos y las emociones no estén involucrados, pero no es una manipulación de sentimientos o emociones la que lleva a estos adoradores a exaltar a Cristo.
Algunos evangélicos parece que todavía desean ganar almas para Cristo, pero le dan a los mundanos lo que los mundanos quieren en vez de darles lo que ellos necesitan.
Lo que los pecadores necesitan es arrepentirse de sus pecados y creer en el Evangelio, pero ¿cómo se va a arrepentir el pecador si no conoce la Ley de Dios que le muestra la condenación que merece? ¿Cómo apreciará el Evangelio del bendito Salvador si no se ha sentido perdido y condenado?
Coro:
ERA UN CULTO SENCILLO, EN LA IGLESIA DE AYER, DONDE SE PERCIBÍA LA PRESENCIA DE DIOS EL ESPÍRITU SANTO EN CADA SERMÓN, EXALTABA A CRISTO, REVELANDO SU AMOR
Así era el culto bíblico, sin artificios humanos. No se necesita la pompa y superstición de la Iglesia medieval, lo que se necesita es percibir la presencia de Dios que Él prometió a los que se reúnen en el nombre de Cristo. Tristemente ciertos evangélicos “sienten” o “no sienten” la presencia de Dios y es una percepción subjetiva emocional. De eso no se trata.
El poder transformador del Espíritu Santo no tiene que ver con excesos emocionalistas que tienen un efecto temporal pasajero. El Espíritu Santo actúa por la Palabra predicada para que todo el que creen experimente el amor salvador de Jesucristo.
Los escritos de los primeros siglos de la era cristiana muestran que el culto cristiano, es decir, la adoración a Cristo era un evento solemne pero sencillo. Los Reformadores del siglo 16 siempre defendieron sus liturgias que procuraban asemejar a la de la iglesia primitiva.
Oremos por un derramamiento del Espíritu Santo para que en las iglesias se restaure una adoración bíblica y la proclamación de la Palabra de Dios y la fiel administración de las ordenanzas sagradas (sacramentos) cumplan su propósito. Veremos entonces genuinas conversiones de pecadores rindiéndose a Cristo al ser testigos de Su poder trasnformador.
Justino Mártir que vivió en el segundo siglo escribió:
EN «EL DÍA QUE SE LLAMA «DEL SOL»» SE REÚNEN TODOS LOS CRISTIANOS DEL CAMPO Y DE LA CIUDAD, Y SE LEEN EN PÚBLICO LOS «RECUERDOS DE LOS APÓSTOLES», O LOS ESCRITOS DE LOS PROFETAS. EL QUE PRESIDE LA ASAMBLEA HACE UNA EXHORTACIÓN PARA QUE EL PUEBLO IMITE LOS EJEMPLOS QUE SE HAN LEÍDO. LOS PRESENTES ELEVAN ORACIONES SUPLICANDO LA GRACIA PARA PERMANECER FIELES AL MENSAJE EVANGÉLICO. TRAS LAS ORACIONES, SE DAN MUTUAMENTE EL SALUDO DE LA PAZ. LUEGO «EL QUE PRESIDE A LOS HERMANOS» RECIBE DE LA ASAMBLEA PAN Y UN VASO DE VINO MEZCLADO CON AGUA, TRIBUTA ALABANZAS AL PADRE, AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO, Y PRONUNCIA «UNA LARGA ACCIÓN DE GRACIAS». EL PUEBLO RESPONDE «AMÉN». LOS DIÁCONOS DAN A CADA UNO DE LOS ASISTENTES UNA PARTE DEL PAN Y DEL VINO MEZCLADO CON AGUA.
Martes 15 Agosto Por Jehová son ordenados los pasos del hombre. Salmo 37:23 Conocer y hacer la voluntad de Dios Quizá se diga que no podemos atenernos a hallar un texto de la Biblia para guiarnos en cuanto a nuestras acciones o en los miles de pequeños detalles de la vida diaria. Tal vez no; pero en la Escritura hay ciertos grandes principios que, si son debidamente aplicados, nos proporcionarán guía divina, aun cuando no podamos encontrar un texto aplicable a cada caso particular. Además, tenemos la más completa seguridad de que nuestro Dios puede guiar y guía a sus hijos en todas las cosas. “Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera” (Sal. 25:9). “Sobre ti fijaré mis ojos” (Sal. 32:8). Él puede darnos a conocer sus pensamientos sobre tal o cual acto particular o sobre nuestra conducta. Si no fuera así, ¿dónde estaríamos?
Gracias a Dios no es así. En cualquier caso, él puede darnos, de manera perfecta, la certeza de que hacemos su voluntad; y sin esa certidumbre jamás deberíamos dar un paso. Si estamos indecisos, permanezcamos quietos y esperemos. Muchas veces nos sucede que nos atormentamos y nos impacientamos con empresas que Dios en ningún modo nos ha encomendado. En cierta ocasión dijo uno a su amigo: “Estoy completamente desorientado en cuanto al camino que he de tomar”. “Pues no tomes ninguno” fue la sabia respuesta.
Pero aquí se nos presenta un punto moral de absoluta importancia: el estado de nuestra alma, el cual, estemos seguros, tiene muchísimo que ver con respecto a nuestra guía. El Señor encaminará a los “humildes” y enseñará su camino a los “mansos”. Nunca debemos olvidar esto. Si somos humildes y desconfiamos de nosotros mismos, si confiamos en nuestro Dios con sencillez de corazón, rectitud de pensamientos y honradez de propósitos, él nos guiará, sin duda alguna. Pero de nada servirá pedir consejo a Dios en un asunto acerca del cual tengamos ya tomada nuestra decisión.
Hace unas semanas terminé de leer un libro titulado Una guía segura al cielo escrito por el joven puritano Joseph Alleine (1634 – 1668). Una de las costumbres más bellas que tenemos en nuestra iglesia local es la de preguntarnos unos a otros qué libros espirituales estamos leyendo y cuáles son las enseñanzas aprendidas en el mismo. Hace unos días me escribió un hermano muy amado diciendo: “Diego ¿Qué has estado leyendo últimamente? Cuéntame lo que estás meditando.” En un contexto así es más fácil crear una cultura de lectura espiritual.
Por eso, amado lector, quiero extender esa práctica contigo, y compartirte sobre un capítulo específico de este precioso escrito: las características de los inconversos. Debes saber que el libro del escritor ingles es un ruego continuo a las almas para que se vuelvan a Cristo, a su vez es como una argumentación minuciosamente estructurada para convencer al lector sobre su necesidad de arrepentimiento. Si un incrédulo lee estas páginas quedará sin excusas para creer. Si un cristiano lo hace, quedará sin excusas para hablar.
¿Por qué escribir un artículo sobre esto?
Dejo que Alliene responda: “Poco fruto habrá mientras nos mantengamos en las alturas de las afirmaciones generales; la eficacia está en el cuerpo a cuerpo. A David no le despierta las insinuaciones alegóricas del profeta en la distancia. Natán se ve obligado a acercarse a él y decirle con franqueza: «Tú eres aquel hombre». […] Y debido a que se saben libres de esa hipocresía manifiesta que adopta la religión como una máscara para engañar a los demás, confían en su propia sinceridad y no sospechan de otra hipocresía mas cercana, en la que reside el mayor peligro y en virtud de la cual el hombre engaña su propia alma.”
El escritor quiere enseñarnos a ser específicos al denunciar el pecado y la hipocresía en nuestra evangelización. Y al cristiano profesante lo impele a realizar un minucioso examen de conciencia y corazón. ¡Ah, querido lector, no sea que mientras lees estas páginas estás engañado y la única prueba que tienes de tu conversión es tu convicción! Porque de ser así aún no has visto el reino de Dios.
Las señales externas del inconverso El puritano inglés elige dos textos para desenmascarar la hipocresía de aquellos que dicen ir al cielo mientras caminan por las calles del infierno. Según Alliene los apóstoles pasan sentencia de muerte sobre los siguientes hombres. Te ruego que prestes atención lector, no sea que tú te encuentres en la lista:
“¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.” (1 Cor. 6:9-10). “Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.” (Ap. 21:8)
Hay personas que, sin duda alguna, son inconversas. No importan cuánto lean, oren, alaben y diezmen a Dios. No importa que manejen la jerga cristiana o se vistan modestamente. No importa la posición que ocupan en la congregación, si dirigen, predican o participan del coro. Tiene las señales apostólicas de un inconverso impresa en sus frentes.
Los inmorales. Personas que desatan sus pasiones sexuales unas con otras fuera del matrimonio. La impureza sexual es la mancha más grande de nuestra generación. Si solo estuviese este punto en la lista ¿Cuántas personas del mundo evangélico de América Latina estarían calificadas como almas hipócritas que se engañan así mismas sobre la conversión? Los idólatras. Somos adoradores por esencia. Podemos adorar el sexo, el dinero, el poder, incluso la tecnología. Idolatría es pensar, disfrutar, amar, escoger y servir cualquier otra cosa que no sea Dios. El puritano dice: “para ellos las puertas del Reino le están cerradas.” Los borrachos. “No solo los que beben hasta perder el juicio, sino los que son fuertes para mezclar bebidas. El Señor llena Su boca de ayes contra estos, declarando que no heredarán el Reino”. Los mentirosos. Práctica común del hombre en todas las edades. Por cosas grandes y pequeñas. Pero Dios es veraz. Y por tanto declara que ellos tendrán su parte en el lago de fuego junto a su padre el diablo, el padre de las mentiras. Los blasfemos. Individuos que usan su lengua como espadas y desprenden veneno de su boca. Quienes hacen de las palabras golpes. Joseph dice: “el fin de estos, de no mediar un arrepentimiento profundo e inmediato, es la destrucción próxima, y una condenación segura e inevitable”. Los difamadores. ¡Ay del chismoso! ¡Ay del suelto de lenguas! ¡Ay del que se enreda en telarañas interminables tejidas por las redes sociales! Alliene dice: “los murmuradores gustan de calumnias a su vecino y ensuciar su reputación todo lo posible o apuñalarlo secretamente por la espalda”. Los ladrones, avaros y estafadores. Esto se puede aplicar a los ricos cuando oprimen a los pobres. O al hombre que engaña a su hermano en cuanto tiene la oportunidad de sacarle ventaja económica. El joven inglés suena muy descontento en este punto: “¡Escucha despilfarrador; escucha comerciante fraudulento, escucha tu sentencia! Dios te cerrará la puerta con toda certeza, y convertirá tus tesoros de injusticia en los tesoros de ira, y hará que tu plata y tu oro ilícitos te atormenten como metal candente sobre tu carne”. Los homosexuales. Este punto no es original del libro, pero debemos incluirlo. ¿A dónde hemos llegado qué hay personas que dicen ser cristianas mientras practican la relación sexual con individuos del mismo sexo? ¡Y hay supuestos ministros y consejeros que las reciben en las bancas de sus iglesias sin llamarlas al arrepentimiento! Sodoma y Gomorra fueron destruidas con fuego, y lo mismo le espera a esta generación de hombres y mujeres corrompidas por la revolución sexual a menos que se arrepientan y crean en Jesucristo para ser limpiados y sanados. Utilizar algo tan sagrado como el amor, la gracia y el perdón de pecados como excusa para dar rienda suelta a la práctica pasiva o activa del homosexualismo, ha sido uno de los engaños más perversos del hombre moderno. Los que frecuentan y aman malas compañías. Bajo este punto podemos interpretar que Alliene se refiere a los que consultan con hechiceros, o forman parte de un grupo de estafadores, o se asocian con asesinos. La mayoría de estos pecados necesitan un grupo de gente para llevarse a cabo a nivel mundial. Por ejemplo, si pensamos en el asesinato masivo causado por el aborto, sabemos que en ciertos casos participan un cuerpo médico, los padres de la mujer y la madre del feto. “Dios ha declarado que será el Destructor de todos ellos”. Los que viven descuidando a diario la adoración a Dios. Aquí puede que el puritano se refiera a los cobardes e incrédulos que abandonaron la fe por temor o vergüenza, quienes no perseveraron hasta el fin. “Quienes no escuchan la Palabra, ni oran a Dios, ni se preocupan por las almas de sus familiares”. Las señales internas del inconverso ¿Como vas amado lector? ¿Estás cómodo en nuestro viaje? Bien, déjame decirte que el puritano está empecinado con nosotros, y no tiene intenciones de dejar nuestras almas en paz. Luego de semejante descripción, el autor pasa a puntualizar una serie de señales internas del inconverso. Sé que es duro, pero necesitamos examinarnos de manera profunda para disipar todo tipo de engaño en lo tocante a la salvación. Sigue atento, porque quizás te escurriste de la primer lista ¿pero podrás hacerlo de la segunda con limpia conciencia?
La ignorancia. “Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento. Por cuanto tú has rechazado el conocimiento, yo también te rechazaré para que no seas mi sacerdote; como has olvidado la ley de tu Dios, yo también me olvidaré de tus hijos.” (Os. 4:6). “Cuántas pobres almas mata este pecado en la sombra mientras creen fervientemente en su buen corazón y en que se hallan rumbo al cielo.” La renuencia de seguir a Cristo. “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.” (Lc. 14:26). “Habrá quienes hagan muchas cosas, pero nunca llegan a entregarse por entero a Cristo, ni a someterse completamente a Él. Necesitan disfrutar de ese dulce pecado; no quieren sufrir prejuicio alguno; mantienen ciertas excepciones para su vida, su libertad o sus posesiones. El formalismo religioso. “El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano».” (Lc 18:11-12). “¡Qué temible situación cuando la religión de una persona solo sirve para endurecerla y engañar a su propia alma!” La prevalencia de motivos erróneos en el desempeño de los deberes santos. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, lo hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros.” (Mt. 23:15). “Cuando la principal motivación de un hombre en sus deberes religiosos es de orden carnal —como contentar su conciencia, alcanzar una gran reputación religiosa, hacer acto de ostentación ante los demás, demostrar sus propios dones y talentos, evitar el reproche de que es una persona profana, etc— es algo indicativo de un corazón en un estado erróneo. Confiar en su propia justicia. “Dicen: «Quédate donde estás, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú».” (Is. 65:5). “Este es un mal que destruye las almas. Cuando se confía en la justicia propia lo que se hace es rechazar la de Cristo.” La predominancia del amor al mundo. “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.” (1 Jn. 2:15). “Este es un síntoma inequívoco de un corazón sin santificar. Sí, este pecado tiene tal potencial de engaño que muchas veces, cuando todo el mundo percibe la mundanalidad y la codicia de una persona, ella misma es incapaz de verlas, sino que tiene tantas excusas y pretextos para sus inclinaciones mundanales que se ciega a sí misma en el autoengaño.” Persistencia en la malicia y la envidia contra quienes los agravian o injurian. “Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y vosotros sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.” (1 Jn. 3:15). ¡Ah, la falta de perdón! “Cuántos hay en apariencia religiosos, pero mantienen vivo el recuerdo de los agravios acumulando resentimientos, devolviendo mal por mal y deseando la desgracia a quienes los agravian.” Orgullo sin mortificar. “Ojos soberbios” (Pr. 6:17). Cuando se prioriza la aprobación del hombre, se busca la gloria personal, se espera el aplauso humano y queremos ser estimados sobre los demás, según Alliene, es seguro que la persona sigue en su pecado. La prevalencia del amor al placer. “Cuyo fin es perdición, cuyo dios es su apetito y cuya gloria está en su vergüenza, los cuales piensan solo en las cosas terrenales.” (Fil. 3:19). Aquí el puritano describe a las personas que conceden todo tipo de libertad a sus apetitos carnales. Alguien que no le niega placeres a su estómago, sus ojos, sus sentidos. La seguridad carnal. “Y curan a la ligera el quebranto de mi pueblo, diciendo: «Paz, paz», pero no hay paz.” (Jer. 6:14). ¡Cómo han sufrido las pobres almas en Latinoamérica cuando se instaló la práctica de la oración del pecador! “Solo recibe a Jesús en tu corazón, Él te ama, déjalo entrar y serás salvo.” Luego el pecador se vuelve sobre sus pecados como el chancho al barro, gira sobre sus maldades como la puerta sobre sus quiciales. Por eso dice el joven escritor: “son muchos los que dicen «paz y seguridad» cuando la destrucción repentina está a punto de sobrevenirles”. Es bueno, de tanto en tanto, hacer tronar el corazón del hombre religioso. Hace bien, en ocasiones, que el Señor de un azote de cuerdas en Su templo. Estoy seguro que pudiste captar la seriedad de la cuestión. Por lo tanto, concluyamos este artículo con una nota sobria para nuestras almas. Joseph Alliene nos advierte:
“Pecador, considera diligentemente si no te cuentas entre ninguno de estos, porque si ese es el caso, estás en hiel de amargura y presión de maldad; porque todos estos llevan las señales externas e internas de los inconversos, y son indudablemente hijos de la muerte. Y si es así, el Señor se apiade de nuestras pobres congregaciones. Qué pequeño remanente habrá una vez que estos pecadores hayan sido depurados.”
Diego Louis Diego Louis, está casado con Sofia y tiene dos hijos. Luisiana y Simon. Vive en Buenos. Aires, Argentina y se congrega en la Unión de Centros Bíblicos en la localidad de Ezeiza.
Introducción El descontento es algo con lo que todos los luchamos de vez en cuando, y el descontento con la iglesia puede ser particularmente difícil. Levanta la mano si alguna vez has sido parte de una iglesia perfecta. Si lo hiciste, puedo garantizarte que estás equivocado, porque tú eras parte de esa iglesia. Las personas que más amamos son quienes más pueden lastimarnos. El grupo en el que colocamos nuestras expectativas más altas, —¡el cuerpo de Cristo!— es el que más puede decepcionarnos.
Me pregunto si puedes recordar la última vez que estuviste profundamente decepcionado por otro miembro de la iglesia. O piensa en la última vez que sentiste que una iglesia te desilusionó. Tal vez han pasado meses desde que te uniste a una iglesia, y aún te sientes como un extraño. O, quizá, la congregación pasó por alto una determinada prioridad que era muy importante para ti. Dificultades como estas pueden conducir muy fácilmente al descontento. Y la manera en la que respondemos al descontento puede ser un gran enemigo de nuestra unidad como iglesia. O puede ser una fuerza increíble para bien. En minutos, hablaremos más acerca de cómo surge el descontento. Pero al iniciar, me gustaría reflexionar sobre cómo el descontento puede ser tan dañino. ¿De qué manera nuestra respuesta al descontento puede dañar la unidad en la iglesia? Otra pregunta: ¿Cómo una buena respuesta al descontento puede fortalecer a la iglesia?
Como en toda adversidad, sabemos que Dios nos da la gracia para luchar contra el descontento, y su propósito es usarlo para su gloria y para nuestro bien. Así que, ¿cómo podemos promover la unidad cuando encontramos descontento en la iglesia? Esto es lo que estaremos considerando el día de hoy.
Antes de seguir avanzando, permíteme aclarar algo. La clase de hoy no abordará cómo deberíamos responder a un pecado evidente en la iglesia. Dios mediante, estudiaremos ese tema luego cuando hablemos de la disciplina en la iglesia. La clase de hoy tampoco abordará el descontento que proviene de no estar de acuerdo con el liderazgo. Cubriremos esa pregunta la próxima semana en nuestra clase acerca del liderazgo.
En cambio, piensa en el tema de hoy como una especie de réplica de la semana pasada, en la que examinamos cómo podemos crecer en la unidad juntos a través de nuestro amor mutuo. Hoy veremos cómo respondemos a los aspectos de nuestra iglesia que no son necesariamente pecaminosos, pero que pueden ser causa de infelicidad y, por ende, una fuente potencial de desunión y descontento. Y vale la pena señalar que el descontento no siempre es malo. Es posible que una iglesia te haya decepcionado porque no da aporta mucho para las misiones. Ese podría ser un descontento piadoso. Pero aún así podríamos responder de un modo que sea dañino para la iglesia.
Por tanto, comenzaremos examinando el efecto negativo que el descontento puede tener sobre la iglesia. A continuación, veremos algunas ideas de cómo deberíamos lidiar con el descontento de una forma que honre a Dios, y después consideraremos dos categorías específicas del descontento. En todo esto, mi oración es que todos estemos mejor capacitados para «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de paz» como se nos ordena en Efesios.
Así que primero, ¿de qué manera puede el descontento afectar la unidad de la iglesia?
El fruto amargo que proviene de una pobre respuesta al descontento Podríamos definir el descontento como el anhelo por algo mejor que la situación presente. Puede existir el descontento piadoso, sabemos con seguridad que este mundo está corrompido por el pecado y debería ser mejor; pero puede existir el descontento pecaminoso en el que nos rehusamos a confiar en la bondad de Dios y a ser agradecidos por su provisión en lugar de exigir más de lo que él ha ordenado. Además, incluso si nuestro descontento es piadoso, todavía podemos poner nuestra esperanza en las circunstancias y no en Dios para que éstas mejoren. Y el descontento, incluso cuando nace de deseos piados, puede producir frutos amargos si no respondemos como deberíamos. Así que veamos tres formas en las que el descontento, si no se maneja adecuadamente, puede perjudicar el testimonio de la iglesia:
A. El descontento puede provocar quejas y murmuración Pablo nos advierte en el libro de Filipenses: «Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo» (2:14-15). Hazlo todo sin quejarte o murmurar nunca, es lo que la Biblia dice. Parte de la forma en la que nuestro testimonio debería ser convincente ante el mundo que nos rodea es que no nos quejamos (cf. Santiago5:9). Cuando no abordamos correctamente el descontento y, como consecuencia, nos quejamos, dañamos una de las características que nos caracteriza como cristianos. Lesionamos el testimonio de la iglesia.
B. El descontento puede provocar discordia Cuando no somos felices sentimos la tentación de hablar al respecto. Sentimos la tentación de criticar. Buscamos apoyo intentando hacer que las personas vean las cosas desde nuestro punto de vista. Y sin importar la virtud de nuestra preocupación inicial, esta clase de comportamiento puede rápidamente causar divisiones y oposición dentro de la iglesia, algo que Pablo enlista junto a la idolatría, la hechicería y las enemistades cuando escribe acerca de los hechos de la naturaleza pecaminosa (cf. Gálatas 5:20). Debemos tener cuidado al abordar el descontento por la discordia que puede producir.
C. El descontento nos distrae de lo que realmente importa Como individuos y como iglesia, nuestro deber es «aprovechar bien el tiempo» (Efesios 5:16). Pero el descontento consume nuestro tiempo y nuestra atención. Debilita nuestra energía. Monopoliza el tiempo y la atención de nuestros hermanos y hermanas, de nuestros ancianos y de nuestro personal. Puede distraernos de lo que en realidad importa.
Estas son algunas de las consecuencias que el descontento puede producir en nuestra vida como iglesia. Pero recuerda que el descontento también puede fortalecer al cuerpo. Cuando respondemos de una manera que es piadosa, cuando nos sometemos unos a otros por amor a Cristo y hacemos el arduo trabajo de amar, podemos glorificar a Dios grandemente. Demostramos que nuestra unidad no descansa sobre un acuerdo perfecto o personalidades compatibles, sino sobre la mutua esperanza y satisfacción que tenemos en Cristo. Para ver eso en acción, pensemos en formas en las que podemos abordar el descontento de una manera que glorifique a Dios.
Cómo abordar el descontento en general ¿Cómo deberíamos abordar el descontento? Ofreceré cuatro sugerencias, pero esta no es una lista de cosas que hacer o una especie de fórmula. Como cualquier otra área de la vida cristiana, lo que necesitamos finalmente no es una lista de pasos de acción, sino entender cómo la gracia de Dios transforma la manera en la que respondemos al descontento. Queremos ser capaces de decir como Pablo: «He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación» (Filipenses 4:11). Aquí tienes cuatro formas de aplicar la buena noticia de la paciencia de Dios para con nosotros, para que a través de su Espíritu y fortaleza podamos ser pacientes unos con otros.
A. Ora por la misericordia de Dios Primero y principal, el evangelio nos dice que somos incapaces de hacer algo valioso en nuestras propias fuerzas, y eso incluye responder al descontento. Recuerda el Salmo 121: «Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra». Así que nuestra primera directriz es orar e invocar la misericordia de Dios. Es tonto pensar que somos lo suficientemente maduros para abordar el descontento nosotros solos. Cuando algo acerca de la iglesia o alguien en la iglesia te irrita, estás a punto de entrar en una batalla espiritual. Satanás quiere destruirnos con la amargura, el orgullo y la venganza. Podemos justificar ceder ante la tentación cuando sentimos que tenemos el derecho.
Por tanto, cuando te sientas descontento, ora. Necesitas orar. Estas librando una guerra que no puedes ganar por tu cuenta. Ora para que Dios te dé discernimiento y sabiduría a través de su Palabra. Ora para que identifique cualquier deseo pecaminoso que haya en tu corazón y lo reemplace. Ora para que encienda tu corazón con el amor de Cristo. Honraríamos más a Dios si intentáramos dejar de arreglar las cosas nosotros y pasáramos más tiempo suplicándole a Dios que nos arregle.
B. Examina tus deseos; confiesa y arrepiéntete de aquellos que son pecaminosos Segundo, examina tu corazón para entender los deseos que se encuentran en la raíz de tu descontento. ¿Dónde hay pecado que debemos confesar? ¿Dónde hay deseos que deberían ser satisfechos en Cristo, pero que estamos buscando satisfacer incorrectamente en la comodidad o en el respeto de los demás? Santiago escribe en el capítulo 4: «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis» (4:1-2a).
Santiago identifica la conexión entre el descontento y las circunstancias. A menudo nos sentimos descontentos porque hemos puesto nuestra esperanza en las circunstancias y no en Dios, pero las circunstancias cambian. Y Dios no cambia. Él es el mismo ayer, hoy y por siempre. ¿Hay una guerra o un pleito? Entonces hay deseos pecaminosos en tu corazón contra los que debes luchar.
Por ejemplo, quizá no eres feliz porque algunas personas son mejores amigos con un miembro específico de la iglesia de lo que tú eres. Entonces, ¿cuál es la raíz de ese descontento? ¿Es porque sientes que esa amistad sugiere un estatus especial que deseas? ¿Es porque estás celoso de una amistad que parece tan íntima? Pide a Dios que identifique el pecado en tu vida, y confiesa ese pecado. Piensa bien en la raíz del problema, en los deseos detrás de las emociones del descontento.
¿Estás poniendo tu esperanza en la aprobación de las personas y no en la aprobación de Cristo por ti? El evangelio declara que la aprobación de Dios de ti en Cristo es suficiente.
¿Estás frustrado porque parece que nadie en la iglesia entiende tus luchas y deseas ser escuchado? El evangelio declara que Dios te ve, te conoce, te perdona y te guía.
¿Estás descontento porque sientes que mereces un mejor trato del que recibes? Recuerda el llamado del evangelio a entregar tu vida, y tus derechos, por amor a Cristo.
Esa es la directriz número 2, examina tus deseos y arrepiéntete.
C. Ve a los demás creyentes como Dios los ve a ellos Tercero, debemos esforzarnos por ver a la iglesia y a todos como Dios lo hace. Eso significa que deberíamos ver a los demás a través del lente del amor, no de la decepción o de la desconfianza.
De nuevo, el evangelio es crucial aquí. Nos recuerda que en Cristo, Dios ha derramado sus riquezas del perdón sobre nosotros a pesar de nuestro pecado. A medida que crecemos en el entendimiento de la profundidad de su gracia y nuestros corazones se llenan de gratitud, podemos comenzar a ver a los demás como Dios los ve a ellos, como santos amados a quienes él ha lavado, limpiado y renovado. No son nuestros enemigos, sino nuestros queridos hermanos y hermanas. Sí, es posible que ellos puedan malinterpretarnos, defraudarnos, frustrarnos y decepcionarnos. Pero por el sacrificio de Cristo, Dios no se rinde ni se aparta de ellos, y nosotros tampoco deberíamos hacerlo.
¿Cómo podemos ver a otros no desde una perspectiva egoísta y descontenta, sino desde el ventajoso punto de Dios? Aquí tienes algunas ideas:
– Primero, ora por los demás y ámales en formas concretas. Cuando eres infeliz con alguien en la iglesia, ora por esa persona. Ora para que Dios prospere su deseo por él. Ora para que Dios te ayude a entender el valor que ellos portan como sus hijos.
Y expresa esa preocupación en otras formas de servicio. Envíales un correo electrónico alentador o provee para una necesidad física. Escoger amar a alguien a un nivel extremadamente práctico puede ser una de las mejores maneras de suavizar nuestros corazones en medio del descontento.
Ahora bien, podrías estar pensando: Pero si mi corazón dice cosas negativas en el interior mientras digo cosas estimulantes en el exterior, ¿eso no es hipocresía? No lo creo. Disciplinarte para trabajar por el bien de los demás, incluso cuando tus sentimientos se inclinan en otra dirección, es parte de lo que significa perseverar en amor como vimos la semana pasada, y Dios puede usar esa acción para suavizar nuestros corazones, para ganar ese afecto que hace falta.
– Segundo, considera lo valiosas que son las demás personas para Dios. En Filipenses 2:3, Pablo dice: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo». ¿Por qué deberías considerar a los demás miembros de la iglesia como «superiores» a ti? ¿Es porque son más capaces o más piadosos? No. Es porque son posesión de Dios; él los ha comprado con su sangre. Son preciosos a los ojos de Dios. Gran parte del descontento egoísta inicia porque hemos elevado nuestro valor e importancia por encima de los que nos rodean.
Así, por ejemplo, digamos que soy impaciente con alguien porque esa persona nunca se ofrece a hacer algo en la iglesia. Y mi actitud es: ¿¡Cómo se atreve a creer que su tiempo es más valioso que el mío!? ¿Acaso no puede ver lo ocupado que estoy, pero sigo sirviendo? Haría bien en reenfocar mi preocupación lejos del valor de mi tiempo y hacia el valor de ese cristiano. Dios dio su vida por él. Así es como haré que mis pensamientos pasen del contentamiento al amor. Todavía puedo hablar con esa persona acerca de cómo servir en la iglesia es algo bueno, por su propio bien y por el bien del cuerpo, pero Dios mediante, mi motivación será el amor.
D. Habla… en amor. La manera en la que compartes los detalles de tu descontento con otros afecta si ese descontento crece o mengua. Así que, ¿qué deberías hablar y cómo deberías hacerlo? Permíteme darte algunas sugerencias.
– Es un buena entrenamiento estudiar estas cosas que hemos hablado hasta ahora (la oración, examinar nuestros deseos, ver a los demás como Dios los ve, etc.), antes de hablar con alguien acerca de tu área de infelicidad. ¿Quieres confesar tu pecado o colaborar para animar a la iglesia? Si tu conversación no cae en alguna de esas categorías, entonces podrías estar en peligro de caer en la categoría de las quejas y las murmuraciones.
– Cuando pienses que es bueno hablar con alguien, habla constructivamente acerca de cómo pueden ambos servir mejor a la iglesia. Es probable que si simplemente usas una conversación para desahogarte o para afirmar tu descontento, el mismo se propague. La tentación de pecar en la ira puede ser bastante fuerte, y algo de lo que debemos protegernos.
– Reconoce tu responsabilidad como miembro de la iglesia. Hablaremos más acerca de esto en dos semanas (si Dios quiere), pero basta con decir que Jesús en Mateo 18 presenta pasos muy claros para lidiar con el pecado en la iglesia, y el primer paso es confrontar a la persona que sospechas de haber pecado. Con muy pocas excepciones, si conversas con alguien más acerca de ese pecado, entonces estás actuando como un chismoso y un calumniador. Algunas veces las personas se me acercan preocupadas por lo que alguien más está haciendo y esperan que yo, como miembro del personal, solucione el problema. Salvo muy pocas excepciones, mi consejo para la persona que se queja, es hablar con la persona ofensora directamente. Así es como deben funcionar las cosas en la iglesia.
– Ten cuidado de cómo hablas acerca del tema en público. Algunas cosas en la iglesias son inciertas y carecen de importancia; otras son importantes, pero inciertas, allí es donde necesitas a los ancianos; si algo es importante y claro a la vez, como la divinidad de Cristo, la autoridad de la Escritura, etc., entonces hablarlo públicamente, como en una reunión de miembros, incluso contra los pastores, es potencialmente algo bueno. Por supuesto, quieres recibir consejo al respecto acerca del tema con antelación, tanto de los ancianos como de los líderes que respetas fuera de esta iglesia. Pero si no entra dentro de la categoría de importante y claro de la Escritura, no deberías hablar en público en contra del liderazgo de los ancianos, en cambio, debes revisar tus pensamientos con los ancianos en privado.
Así que nuevamente, cuatro directrices para abordar el descontento: Ora. Entiende tus deseos y arrepiéntete de lo que es pecado. Ve a los demás como Dios los ve a ellos. Y habla en amor.
Áreas específicas de descontento en la iglesia En lo que resta de nuestro tiempo, me gustaría ser aun más práctico al discutir cómo debemos abordar tres situaciones comunes en la iglesia que causan descontento.
A. La iglesia no atiende mis necesidades Un área específica de descontento que a menudo podemos sentir es que la iglesia no atiende nuestras necesidades. Sin importar lo común que esto pueda ser, necesitamos reconocerlo por lo que es: una exigencia egoísta para que la iglesia nos sirva. Pero hemos hablado extensivamente en este seminario acerca del propósito de la iglesia. No es rodearnos finalmente de relaciones sociales en las que encontramos realización; su propósito supremo es glorificar a Dios al mostrar su poder en una comunidad diversa de creyentes unidos y llenos de amor. Así que para luchar contra esta forma de descontento, debemos aprender que nosotros no somos lo más importante. Dios lo es.
Y tenemos que aprender cuál es la fuente del gozo verdadero. A diferencia de cómo el mundo piensa, el gozo en la vida cristiana no proviene de ser un consumidor de las bendiciones, sino de ser un dador de las bendiciones. El propósito de la iglesia no es atender nuestras necesidades. La iglesia es un organismo vivo en el que nos damos para satisfacer las necesidades de los demás y edificarles en Cristo. ¿Seremos bendecidos por quienes nos aman, sirven y enseñan? Sí. ¿Habrá ocasiones en las que estemos tan débiles que no podamos servir a los demás y dependamos del amor de otros? Sí. Pero nuestra postura normal hacia el cuerpo es buscar el gozo supremo al entregar nuestras vidas por el gozo de otros.
B. La iglesia ha decepcionado mis expectativas de la comunión y el crecimiento Segundo, podríamos desear servir en la iglesia desinteresadamente y, sin embargo, aún así sentir una decepción persistente por cómo están algunas cosas dentro de ella: la falta de comunión o la sensación de que no perteneces; o la falta de crecimiento. Quizá has sido miembro de la iglesia por algunos meses, y te cuesta hacer buenos amigos. Tal vez quieres servir, pero nadie parece reconocerlo, o no puedes servir de la manera en que te sientes mejor dotado. A lo mejor te frustra la cultura de citas que hay en la iglesia. ¿Cómo podemos lidiar con esta clase de descontento?
Siguiendo el patrón que establecimos anteriormente, debemos abordar situaciones como esta en oración. Deberíamos examinar nuestros corazones y determinar si estos sentimientos emanan de deseos egoístas y pecaminosos. Deberíamos hacer las preguntas difíciles: ¿Hay cosas que deba hacer de manera diferente para experimentar una mejor comunión en la iglesia o para aprovechar las oportunidades para crecer? Deberíamos preguntarnos eso y deberíamos preguntarle a quienes conocemos y confiamos, para recibir sus consejos y opiniones. Y luego deberíamos procurar los pasos de acción apropiados. Esto podría implicar hablar con un pastor para ver qué opina acerca de lo que deberías hacer. Si te cuesta hacer relaciones, puedo decir que probablemente haya muchas otras personas que se sientan de la misma forma, te animaría a tomar la iniciativa para acercarte a ellos; sé un amigo para ellos. Dios puede satisfacer tus buenos deseos, pero a veces lo hace de una manera distinta a la que nosotros habíamos planeado. Prepárate para que Dios responda tus oraciones de forma sorprendente.
Permíteme agregar algo más acerca de este tema. Gran parte de lo que esta batalla implica es entrenar nuestras mentes para entender los muchos beneficios y las bendiciones que Dios, en su misericordia, nos ha dado en la iglesia. Mark explicó esto hace unos años cuando dio este increíble ejemplo de cómo recibimos bendición tras bendición, y lo damos por sentado, haciéndolo a un lado y buscando más. Y todo ese tiempo, mientras clamamos por algo más, hay una pila enorme de bendiciones alzándose sobre nosotros que ignoramos. Ora para que Dios nos entrene para ver todas las bendiciones que nos ha dado en la iglesia; y eso afectará nuestro corazón y nuestra actitud en aéreas de descontento.
Habiendo dicho eso, puede que llegue el tiempo en el que encuentres que una iglesia en particular, a pesar de su fundamento en la Palabra de Dios, no es un lugar en el que estés creciendo espiritualmente. ¿Qué deberías hacer? Habla con quienes te rodean luego de haber orado y confesado cualquier pecado. Habla con los ancianos, busca su sabiduría y consejería. Lo último que deberías hacer es decidir por tu cuenta si necesitas una iglesia diferente, solo para descubrir que los mismos problemas aparecen en tu nueva iglesia. Cuando hables con alguien, recuerda ser cuidadoso con la manera en la que hablas acerca de tu descontento, no permitas que se convierta en una causa de discordia dentro de todo el cuerpo de Cristo.
C. No me agradan algunos miembros de la iglesia Otra causa de descontento es simplemente la antipatía hacia otros miembros de la iglesia. Tal vez se trata de un problema de envidia o enemistad: resientes las bendiciones que Dios ha derramado sobre alguien más. O quizá sea un sentimiento básico de incomodidad porque alguien se comporta de una manera totalmente diferente a la que estás acostumbrado. A lo mejor alguien trabaja para una organización o partido político que detestas. ¿Cómo luchas con el descontento en áreas como esta?
Una vez más, sigamos el patrón que hemos establecido. Ora para que Dios cambie tu corazón. Confiesa todo pecado y busca su perdón. Reconoce que el deseo de no amar es pecado, no es algo que podamos tildar a un lado como simple incompatibilidad. Aprende a orar por las personas que te desagradan, para que Dios las bendiga y les ayude a crecer. Considera que estos individuos, aunque hoy están rotos e imperfectos, están siendo transformados a la semejanza de Cristo con una gloria cada vez más grande. Amar a quienes consideras personas desagradables no es fácil, pero como miembros de una iglesia, es extremadamente importante, porque es a través de este tipo de relaciones que Dios se glorifica más.
Conclusión En la raíz del descontento yace la idea de que las cosas serían mejor si cierta persona o cierta situación simplemente cambiara. Pero esa es la razón por la que precisamente debemos poner nuestra esperanza en Dios y no en nuestras circunstancias. Así que, alabado sea Dios porque no tenemos que aferrarnos a las esperanzas débiles y temporales de este mundo. Él se ha entregado a sí mismo como nuestro ancla. Él es soberano sobre nuestras circunstancias. Él seguía siendo soberano cuando Noé estaba siendo burlado, cuando José estaba en la fosa, cuando Israel se encontraba bajo esclavitud, cuando David estaba siendo perseguido, cuando Cristo estaba en la cruz. Su bondad siempre prevalece. Y en él podemos encontrar la alegría del contentamiento verdadero.
Lunes 14 Agosto Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Lucas 5:8 Simón Pedro (2) – Su consagración El Señor Jesús había llamado a sus discípulos a dejar las redes y seguirlo (Mr. 1:16-20). Pero ahora había llegado el momento de dejar definitiva e irrevocablemente su oficio de pescadores para seguir a Cristo. Sin embargo, antes de eso, debía haber una obra de consagración más profunda en sus corazones -especialmente en Simón Pedro, quien era su líder natural.
El Señor Jesús había utilizado la barca de Pedro como púlpito, y luego le dijo que llevara la barca a aguas más profundas y que echaran las redes (v. 4). La queja de Simón ante esta orden es comprensible. Habían trabajado toda la noche, cuando los peces están más cerca de la superficie, y no habían pescado nada. ¿Por qué, entonces, iban a esperar capturar algo en el calor del día, cuando los peces estaban en el fondo? Además, Simón y sus compañeros estaban cansados y hambrientos; solo querían ir a casa y dormir. ¿Qué puede saber el Maestro acerca de este oficio? Sin embargo, él obedeció la petición del Señor. Sus redes se llenaron instantáneamente, ¡e incluso se rompían!
Esta enorme pesca fue una revelación para Simón Pedro. Se dio cuenta que Cristo tenía poder sobre la creación. Quizás le vino a la mente las palabras del Salmo 8: “Todo lo pusiste debajo de sus pies… los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar” (vv. 6-8). Jesús, que podía ver en el fondo del lago, también podía sondear las profundidades del corazón contaminado de Pedro. Consciente de que estaba en presencia de una Persona divina, Pedro se dio cuenta de su indignidad, al igual que el profeta Isaías que, teniendo una experiencia similar, exclamó: “Soy hombre de labios inmundos” (Is. 6:5 NBLA); o como Job que, ante la revelación del poder del Señor en la creación, solo pudo balbucear: “He aquí yo soy vil” (Job 42:6). Lo que estos tres hombres tienen en común es que vieron la gloria de Cristo. Así como Isaías estaba dispuesto a dar testimonio, y Job a orar por sus amigos, ¡Simón Pedro estaba ahora dispuesto a dejar sus redes y seguir a Jesús!
Domingo 13 Agosto Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Juan 20:19-20 La resurrección de Cristo nos da la paz ¿Cómo sabemos que todos nuestros pecados han sido expiados y que la obra de Cristo satisface las más altas exigencias de la infinita justicia de Dios? Lo sabemos porque Dios resucitó de entre los muertos a aquel que murió por nuestros pecados. Aunque fue crucificado en debilidad, Cristo resucitó por la gloria del Padre. Nuestros pecados están ligados a la cruz de Cristo, nuestra justificación está ligada a su resurrección (Ro. 4:25). La justicia de Dios exigía que nuestros pecados fueran plenamente condenados; Dios le infligió este juicio a Cristo en nuestro lugar, y él sufrió lo que nosotros merecíamos. Por este motivo, Jesús exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Pero cuando el Señor hubo acabado la obra, Dios lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a la diestra de su trono en el cielo. Y ahora Dios nos dice: “¡Paz a vosotros por Jesucristo!”
Unamos las palabras del Señor: “¿por qué me has desamparado?” – “Consumado es” – “Paz a vosotros”. Vemos cómo nos presentan el Evangelio. Jesucristo fue desamparado porque tomó nuestro lugar; soportó la ira de Dios, y así acabó la obra, ¡Él mismo la consumó! Es por eso que, en la plenitud de los resultados de esa obra, dice: ¡“Paz a vosotros”! Sí, nuestro Señor se levantó de la tumba y proclamó con sus propios labios la buena nueva de la paz a sus discípulos afligidos.
Habiendo triunfado en el combate, se pone en medio de ellos y les proclama cuál es el fruto de su aflicción y muerte: LA PAZ. Todas las ondas y las olas del juicio habían pasado sobre él, entonces la espada volvió a su vaina. Y cuando salió victorioso de la tumba, él anunció la “paz”, la cual quedó establecida en el poder de la resurrección y asegurada para la eternidad. Y después de anunciar la paz, Jesús mostró las evidencias divinas de ella: sus manos y su costado.
¿Por Qué Ir a la Iglesia? Escrito por Peter Goeman, profesor del Seminario Teológico Shepherds.
Publicado originalmente bajo el título «Why Go to Church?«
Asistir a la iglesia ha sido una larga tradición para muchas personas. Sin embargo, en los últimos años ha habido una disminución en la asistencia a la iglesia en muchas partes del mundo. Con el auge del secularismo y la disponibilidad de formas alternativas de entretenimiento y comunidad, muchas personas cuestionan la relevancia y la necesidad de ir a la iglesia. Todo eso tiene sentido entre la población “cristiana” en general, pero incluso los verdaderos cristianos se han hecho la pregunta válida: ¿por qué vamos a la iglesia?
La idea de ir a la iglesia se ha vuelto más cuestionada, en parte, debido a toda la situación de COVID. Las iglesias dejaron las reuniones en persona y transmitieron sus servicios en vivo. La gente comenzó a preguntarse si ir a la iglesia tenía algún beneficio o no. ¿Ver una transmisión en vivo no calificaría técnicamente como ir a la iglesia? Escribí un artículo en 2020 que explicaba que el compañerismo de la iglesia es esencial en una era tecnológica. Aquí simplemente quiero explorar la teología real acerca de por qué los cristianos deberían ir a la iglesia. Si alguien me hiciera la simple pregunta, «¿Por qué ir a la iglesia?» así les respondería.
Ir a la iglesia es un mandamiento En muchos casos, esto es lo único que importa. En Hebreos 10:24–25, se nos ordena en términos inequívocos: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”
En otras palabras, a los cristianos se les ordena que no dejen de reunirse. No creo que sea posible argumentar que esto puede suceder virtualmente. Los autores bíblicos reconocen regularmente la importancia de la interacción cara a cara. Juan parece indicar que hay algo especial en el acto de reunirse cuando escribe: “Yo tenía muchas cosas que escribirte, pero no quiero escribírtelas con tinta y pluma, porque espero verte en breve, y hablaremos cara a cara.” (3 Juan 13–14). Somos criaturas sociales, e incluso los no cristianos entienden que no se puede reemplazar la interacción cara a cara.
Ir a la iglesia nos ayuda a obedecer otros mandamientos Este punto está íntimamente relacionado con el anterior. La razón por la que Dios ordena a los creyentes que no descuiden el congregarse es porque hay ciertos mandamientos que no podemos obedecer fuera de la congregación. Por ejemplo, aunque a la gente no le gusta pensar en esto, ¿cómo vamos a confrontarnos unos a otros por el pecado y, si es necesario, sacar a los hermanos o hermanas desobedientes de la comunión?
Mateo 18:15–18 ordena claramente a los miembros de la iglesia que se interesen activamente en la santidad y la santificación de los hermanos y hermanas y, si es necesario, que los reprendan con amor. Aunque la disciplina de la iglesia es el pilar olvidado de la iglesia, es esencial para una iglesia saludable. Venimos a la iglesia para ser estimulados a las buenas obras y también para ser desafiados a vivir una vida santa (ver. 1 Pedro 1:15). Aquellos que no estén interesados en vivir una vida santa deben ser expulsados de la asamblea (algo que no es posible si hacer clic en un enlace de transmisión en vivo es todo lo que se requiere para ser parte de una iglesia).
Hay muchos otros ejemplos de mandatos que solo se pueden realizar en asamblea, pero quizás la cena del Señor podría ser un ejemplo final. Pablo dice: “Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros” (1 Cor 11:33). La suposición de Pablo es que los creyentes se reunirán (es decir, se reunirán para comer y beber juntos). Esto es solo algo que se puede hacer reuniéndonos como iglesia. De hecho, es obligatorio.
Ir a la iglesia es para los ángeles Esta es mi parte favorita de la respuesta. Por lo general, cuando las personas preguntan por qué vamos a la iglesia, no esperan esto. Sin embargo, esto es parte de la respuesta de Pablo a los creyentes de Éfeso. Cuando Pablo explica su papel como emisario de Cristo a los gentiles, señala que el propósito de su proclamación es “para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Ef. 3:10). En otras palabras, el diseño de Dios de la iglesia muestra la sabiduría de Dios a los “principados y potestades en los lugares celestiales” que observan. ¿Quiénes son los “principados y potestades” que residen en los lugares celestiales? El uso de estos términos en Efesios 1:21 y 6:12 indica que estamos hablando de seres espirituales (es decir, ángeles).
Podría ser que Pablo esté apuntando específicamente a los ángeles caídos aquí, pero creo que él está usando este término genérico a propósito. Pablo está diciendo que la sabiduría de Dios se manifiesta en la forma en que la iglesia existe. Eso es lo que todo el reino celestial observa (ángeles buenos y ángeles malos). ¿De qué manera se manifiesta Su sabiduría?
Bueno, piénselo. Cuando la iglesia se reúne, múltiples etnias se juntan. Hay personas con distintos colores de piel, trasfondos, culturas, etc. ¡La iglesia es una tremenda mezcla de personas! El punto, por supuesto, es que algunas de estas personas y etnias tendrían/deberían odiarse entre sí. Y, sin embargo, están unidos por un hilo común: la unión compartida en la muerte y resurrección de Cristo. Se unen y demuestran que el evangelio es una solución mundial, no una solución parcial.
Entonces, en un sentido muy real, debemos ir a la iglesia para “presumir” ante los ángeles. ¡Somos una parte crucial de la imagen de la redención para los ángeles que miran! “Mostramos” el hecho de que nuestro Dios es un Dios asombroso que ha salvado a personas de todas las lenguas y de todas las naciones. ¡Él no es solo un salvador, es el Salvador todopoderoso que es la única solución al pecado para el mundo entero! Y Su salvación es efectiva, cambiando la naturaleza misma de aquellos que lo abrazan como Salvador y Señor.
En resumen, ir a la iglesia no es solo una mera sugerencia sino un mandato bíblico que debemos obedecer como creyentes. Reunirnos como iglesia nos ayuda a practicar y obedecer otros mandamientos, como confrontarnos unos a otros con el pecado y vivir vidas santas. Además, ir a la iglesia no es solo para nuestro propio beneficio, sino también para los ángeles. Específicamente, cuando vamos a la iglesia (como se nos manda) mostramos la multiforme sabiduría de Dios a través de la unidad de Su pueblo conformado por personas de toda lengua y nación. Preguntar por qué vamos a la iglesia no es algo malo. De hecho, me encanta cuando la gente hace esa pregunta. Sin embargo, ¡necesitamos saber la respuesta! Y así es como creo que deberíamos responder a esta pregunta.
Este artículo ha sido traducido y adaptado con el consentimiento de su autor.
Sábado 12 Agosto [Dios] No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel. Números 23:21 La obra de Dios en y por nosotros Israel había actuado errónea e incrédulamente durante su viaje por el desierto, lo que llevó a Moisés a exclamar: “Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco” (Dt. 9:24). La evaluación que este hombre de Dios hizo de ellos, después de 40 años de experiencia, fue que eran un pueblo obstinado y rebelde; pero el veredicto que Dios expresa en el versículo de hoy, en el cual los justifica, es totalmente opuesto a la evaluación que Moisés realizó acerca de la condición moral del pueblo.
Al aplicar esto a nosotros mismos, es muy importante hacer una clara distinción entre dos cosas: (1) el juicio del Espíritu de Dios en nosotros, el cual pone al descubierto la condición moral en la que nos encontramos en la práctica, lo que a su vez se debe al mal que hay en nuestra carne; (2) y el testimonio del Espíritu en relación al veredicto de Dios sobre nosotros tal y como nos ve en Cristo. A menudo pensamos que el trabajo hecho en el alma por el Espíritu de Dios implica un justo juicio sobre ella, olvidando que la base sobre la que estamos ante Dios (el lugar sobre el que reposa la fe) es la obra que el Señor Jesús hizo a nuestro favor.
El Espíritu de Dios juzga el pecado en mí según su carácter, a la luz de la santidad de Dios; pero me dice que no soy juzgado por ello, porque Cristo sufrió el castigo por mí. No se trata de examinar el bien o el mal que encontramos en nosotros mismos; se trata completamente del valor de la obra de Cristo. O estamos bajo la plena condena de Dios; o, habiendo creído, somos hechos “aceptos en el Amado” (Ef. 1:6). Al final de un largo rumbo de fracasos por parte de los hijos de Israel, cuando su maldad quedó plenamente expuesta, Dios “no vio iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel”. No puede haber paz si el alma del creyente confunde el veredicto del Espíritu en su interior, respecto a su estado moral, con el juicio de Dios a través de la obra de Cristo a su favor.
Karl Marx se quejó una vez de que la filosofía «solo ha interpretado el mundo de diversas maneras; el punto es cambiarlo». ¿Qué hay de la teología? ¿Tiene un mejor historial efectuando cambios?
Hoy en día, algunos descartan alegremente la teología por considerar que hace tiempo que pasó su fecha de caducidad. Esta postura es corta de vista. La verdad es que los pastores-teólogos son dones del Cristo ascendido para la iglesia (Ef 4:8). Informados por la Palabra y fortalecidos por el Espíritu, Cristo usa a los pastores teólogos tanto para interpretar el mundo como para transformarlo. Como si fueran socorristas, se adentran en la crisis de nuestro mundo poscristiano y forman discípulos para atender sus necesidades más urgentes.
Desastre en potencia Ya no estamos en países cristianos. Las señales reveladoras de nuestro mundo poscristiano son la disminución de la influencia del cristianismo, el descenso de la asistencia a las iglesias, la disminución del respeto por la iglesia y la disminución de la influencia cristiana en los principales ingredientes de nuestra cultura: sus creencias, valores y prácticas. En nuestro mundo poscristiano, también se ha producido un cambio en la forma en que las personas entienden y reaccionan ante el término «cristiano».
Informados por la Palabra y fortalecidos por el Espíritu, Cristo usa a los pastores teólogos tanto para interpretar el mundo como para transformarlo
En algún momento del siglo XX, el mundo occidental se despertó, al igual que el ministro de la novela de John Updike In the Beauty of the Lilies [En la belleza de los lirios], para descubrir que había perdido la fe. La velocidad a la que el «post» ha afectado el entendimiento del cristianismo es sorprendente. ¿Qué acaba de pasar?
Ningún argumento o descubrimiento científico es responsable del fin de la era cristiana. La obra de Charles Taylor A Secular Age [Una era secular] sugiere que la revolución fue interior, en la forma en que la sociedad imagina el mundo y el lugar de la humanidad en él. Las razones son complejas, pero el resultado es palpable: habitamos un mundo en el que la existencia de Dios no se siente como algo obvio, intuitivamente correcto o plausible. El mundo se siente de este mundo.
Una de las muchas consecuencias de nuestra cultura poscristiana sobresale: la posalfabetización. Desde el principio, y más aún después de la Reforma y la imprenta, el cristianismo se ha centrado en la Palabra. En una cultura posalfabetizada, sin embargo, las personas se comunican a través de una variedad de plataformas multimedia; la palabra escrita ya no ocupa un lugar de honor. En una cultura saturada de TikTok, Instagram y YouTube, los periodos de atención deben ser de solo unos minutos (lo siento, predicadores de larga duración).
Una cosa es tener una visión elevada de las Escrituras, y otra muy distinta saber leer los diversos libros y géneros de la Biblia como parte de una historia canónica unificada
Si combinamos poscristiano y posalfabetizado, el resultado es el analfabetismo bíblico: la incapacidad de comprender la gramática, la historia o la lógica del cristianismo bíblico. Una cosa es tener una visión elevada de las Escrituras, y otra muy distinta saber leer los diversos libros y géneros de la Biblia como parte de una historia canónica unificada. En nuestra cultura poscristiana, incluso a los cristianos les cuesta saber cómo leer bien la Biblia o cómo navegar por los desacuerdos interpretativos.
Las personas siguen consumiendo noticias, pero el evangelio (las buenas noticias) es en gran medida ininteligible en un mundo poscristiano. La sobrecarga de información y las continuas noticias de última hora nos insensibilizan ante lo que realmente necesitamos saber: la verdadera noticia de última hora de que el reino de Dios está irrumpiendo en nuestro mundo a través del Espíritu de Jesucristo. No se puede concebir una noticia mejor.
El pastor-teólogo como socorrista Para un secularista, el mundo es materia en movimiento, sin sentido a menos que los humanos puedan hacer algo con él. Abundan las historias distópicas y se respira un desencanto general. Sin embargo, en lugar de dejarse llevar por el pánico, muchos se divierten hasta la muerte.
La situación actual es una catástrofe en la que los pastores-teólogos actúan como socorristas, personas preparadas y capaces de aparecer y ayudar en emergencias y crisis.
Cuando oímos «socorristas», tendemos a pensar en bomberos, paramédicos y personal de búsqueda y rescate. Sin embargo, los pastores-teólogos también están en las trincheras, enfrentándose a vidas quebrantadas, familias fracturadas, muerte y desesperación. Están en la primera línea de los debates sobre ética, espiritualidad y política.
Podría decirse que la crisis más importante a la que deben enfrentarse los pastores-teólogos es el analfabetismo bíblico en la iglesia. La iglesia es la sociedad de Jesús, y los pastores son los encargados de garantizar que la historia que gobierna el imaginario de la congregación es la historia de lo que el Padre está haciendo en el Hijo a través del Espíritu para reunir todas las cosas a Cristo (Ef 1:10) y renovar y reconciliar todas las cosas en Él (2 Co 5:17-19).
Los pastores-teólogos responden a las exigencias de la vida y al reto exegético de leer la Biblia sirviendo a Cristo: proclamando, enseñando y celebrando su nueva realidad de el «ya pero todavía no».
La iglesia local: Lugar para la alfabetización bíblica y el cristianismo de nuevo nacimiento No es momento para la desesperanza. No necesitamos reinventar la iglesia, sino redescubrirla, porque la iglesia es creación de Dios. No es momento de abandonar la teología, sino de profundizar en ella para llevar cautivo a Cristo todo pensamiento y todo imaginario social. La iglesia local es el lugar para cultivar la alfabetización bíblica, para aprender lo que todo cristiano necesita saber para representar a Cristo y Su reino.
No es momento de abandonar la teología, sino de profundizar en ella para someter a Cristo todo pensamiento y todo imaginario social
La iglesia local es la esperanza del mundo, pero solo si permanece en el dominio de la Palabra, al ser un lugar donde se cultivan hábitos de lectura y donde la Palabra que se lee se escucha y se practica. Los pastores-teólogos, quienes ministran la Palabra, son catalizadores de la alfabetización cristiana en parte ayudando a las personas a leerla como su principal narrativa de identidad.
Es en la iglesia local donde aprendemos la historia del Cristo cuyo nombre llevamos. Es en la vida en común de la iglesia donde el cristianismo se hace sentir socialmente plausible. El lugar de la iglesia local es en el mundo poscristiano, pero no es desde él donde el cristianismo debe nacer de nuevo.
El gobierno de Cristo se hace visible cuando llama, reúne y reconcilia la vanguardia de una nueva humanidad. ¿Puedes ver soplar al Espíritu?
Con disculpas a Marx, quien pensaba que había que superar el cristianismo, la verdad es que el mundo poscristiano nunca podrá ser más que precristiano, porque el mundo ya es y siempre será del Señor: «Del SEÑOR es la tierra y todo lo que hay en ella» (Sal 24:1).
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson. Kevin J. Vanhoozer es profesor de investigación de teología sistemática en la Trinity Evangelical Divinity School de Deerfield, Illinois. Es autor de varios libros sobre teología, hermenéutica y cultura.
Introducción Piensa en todos los lugares en los que las personas experimentan cualquier tipo de compañerismo y comunidad. La fiesta luego de un partido de fútbol… la barbería… una reunión familiar… la iglesia local. Hechos 2:42 dice que los primeros cristianos: «Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones». Eso nos lleva a la pregunta que quiero que discutamos al comenzar la clase: ¿En que se diferencia la comunión cristiana de las amistades y las relaciones del mundo?
Lo que realmente diferencia a la comunión cristiana del resto de las relaciones es el amor de Cristo.
En las primeras semanas de este seminario vimos cómo se crea la unidad en la iglesia a través de la institución de la nueva identidad que todos compartimos en Cristo en los diferentes aspectos de nuestra vida juntos, desde la membresía de la iglesia, hasta la predicación, la oración y la manera en la que gobernamos la iglesia. El día de hoy, estaremos conversando acerca de la comunión que existe dentro de la iglesia, específicamente, cómo los miembros de la iglesia se aman unos a otros en base al vínculo de la unidad que Dios ha formado en nosotros. ¿Cómo son las relaciones en una comunidad espiritual sobrenatural?
La próxima semana veremos el lado negativo: Cómo lidiar con el descontento en la iglesia cuando la comunión no marcha bien. Pero antes de llegar allí, queremos declarar positivamente cómo debe ser nuestra comunión para tener un testimonio convincente a un mundo que nos observa.
¿Qué caracteriza a las sanas relaciones en la iglesia? Así que consideremos primero la pregunta de cómo nosotros, como cristianos, debemos relacionarnos unos con otros. Específicamente: ¿Qué caracteriza a las sanas relaciones en la iglesia? La respuesta es simple y profunda a la vez: el amor. El amor de Cristo es lo que distingue a nuestra comunión de cualquier otra comunidad terrenal. Jesús dijo en Juan 13:34-35: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros».
¿Por qué es importante el amor? Porque Dios se glorifica cuando personas que tienen poco en común excepto Cristo, conviven en amor genuino. Esta es la razón por la que Pablo se emociona tanto en el capítulo 3 de Efesios, porque pueblos que anteriormente estaban en conflicto, como los judíos y los gentiles, ahora son una familia unida en la iglesia. Esta reconciliación sobrenatural hace que los ángeles en el cielo se postren en asombro.
Piensa en ello: ¿Por qué Dios muestra su gloria al mundo a través de nuestro amor en la iglesia? Porque nuestro amor modela, aunque sea solo un pálido reflejo, la unidad del amor en el Dios trino. Esto es exactamente por lo que Jesús ora al Padre en Juan 17:22-23: «La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado».
Nuestro amor mutuo, arraigado en nuestra comunidad en Cristo, es una imagen de la amorosa unidad de la Deidad.
Breve panorama del amor cristiano Por tanto, si el aspecto clave de la comunión cristiana es el amor, pasemos algo de tiempo reflexionando sobre lo que conlleva el amor. «Amor» es una palabra y un concepto tan común que tenemos que asegurarnos de que no se convierta en algo sin importancia. La sencilla definición de Jonathan Edwards es útil aquí. El amor es: «esa disposición o afecto por el cual uno es querido por otro». Como cristianos, nos amamos unos a otros porque Dios nos ama. Ser hijo de Dios implica amar lo que Dios ama. Y Dios ama a la iglesia, la ama tanto que la compró con su propia sangre. Así, el amor de Dios enseña que el amor no es simplemente una emoción o un sentimiento. El amor de Dios modela, entonces, que el amor no es meramente una emoción o un sentimiento, es una disposición hacia otro que se expresa en acciones concretas para lograr el bien supremo de esa persona.
Si eso es lo que es el amor, quiero que notemos algunas cosas. La primera es que, el amor cristiano es difícil. El amor nace en nuestros corazones, y nuestros corazones son el peor lugar de todos porque somos pecadores. ¿Por qué hay tantas exhortaciones en el Nuevo Testamento para que los cristianos se amen entre sí? ¡Porque necesitamos escuchar esto una y otra vez! En nuestra carne, preferimos una conversación fácil en lugar de una difícil. Preferimos relajarnos en vez de servir. Preferimos satisfacer nuestras necesidades que renunciar a nuestras preferencias. Y las personas a las que estamos llamados a amar también son pecadores. Nos decepcionan, dicen cosas incómodas e insensibles, rechazan nuestros consejos… lo que, por cierto, debería ayudarnos a apreciar más cuán paciente y misericordioso es Cristo con nosotros, porque nosotros hacemos lo mismo.
Lo segundo que quiero que observemos es que, si bien el amor cristiano puede ser difícil, podemos mostrar tal amor por la gracia de Dios. Amamos porque Dios nos amó primero (cf. 1 Juan 4:19). ¿Qué significa eso? ¿Se trata de un intercambio? Algo como por ejemplo: «¿Invitaré a esa persona a cenar porque ella me invitó la semana pasada?». No. Significa que nuestra capacidad de amor proviene del amor de Dios para con nosotros. Dios es la fuente y el modelo de nuestro amor. De nuevo, Edwards lo expresa maravillosamente bien: «Es a partir de los soplos del Espíritu [Santo] que surge el amor del cristiano, tanto hacia Dios como hacia los hombres. El Espíritu de Dios es un espíritu de amor. Y, por tanto, cuando el Espíritu de Dios entra en el alma, el amor entra. Dios es amor, y el que tiene a Dios viviendo en él por su Espíritu, tendrá al amor viviendo en él».
La manera más espectacular en la cual Dios nos ha mostrando su amor es entregándonos a su hijo unigénito para que no perezcamos, sino que tengamos vida eterna. Así, leemos en 1 Juan 3:16: «En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros, también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos».
En otras palabras, no podemos alcanzar la madurez para amar a los demás a no ser que nos esforcemos por alcanzar la madurez para comprender las dimensiones del amor de Dios. Mientras más apreciemos la magnitud del amor que Cristo nos has demostrado al morir por cada uno de nuestros pecados, más nuestras vidas estarán caracterizadas por el amor. ¿Quieres ser más amoroso? Jesús dijo: «Aquel a quien se le perdona poco, poco ama» (Lucas 7:47); cuando sabemos lo mucho que hemos sido perdonados, entonces nuestro amor fluye.
Y el tercer aspecto del amor cristiano es que, produce alegría. No solamente es difícil para los pecadores amar, es supremamente valioso. Amar a otros no solo les hace bien a ellos, nos da la clase de satisfacción para la que fuimos creados. El Salmo 133:1: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!». ¿Qué dice Juan en 2 Juan 12 cuando le escribe a una iglesia que conoce bien? «Tengo muchas cosas que escribiros, pero no he querido hacerlo por medio de papel y tinta, pues espero ir a vosotros y hablar cara a cara, para que nuestro gozo sea cumplido».
¿Cómo es la comunión amorosa? Manteniendo estos importantes principios en mente, quiero pasar el resto de la clase considerando cómo, en la práctica, podemos cumplir este mandamiento de amarnos unos a otros dentro de la iglesia. Cuando nuestra comunión se caracteriza por el amor de Cristo, ¿qué clase de comunión será? Identificaremos seis aspectos de la comunión amorosa.
6 aspectos de la comunión amorosa
(1) La comunión en la diversidad: El amor busca el entendimiento Como ya hemos discutido en este seminario, la comunión de la iglesia es única porque implica una diversa clasificación de personas todas unidas en torno a Cristo. ¿Qué significa esto para nuestras relaciones en la iglesia? Significa que el amor busca el entendimiento. El amor alcanza a quienes son distintos a ti, a quienes son «preciados» para ti a causa del evangelio, y busca entender sus anhelos y sueños, sus luchas y pecados, sus trasfondos y batallas. Busca la reconciliación donde ha habido desapego y busca una cálida amistad donde el mundo ha trazado líneas de separación.
Este es el motivo por el cual Santiago 2 es tan firme en señalar que no deberíamos mostrar favoritismo personal. Es la razón por la que Pablo dice en Romanos 12:16 que no debemos ser orgullosos, sino que debemos asociarnos con los humildes.
¿Puedes imaginar una iglesia así? Una comunidad en la que las personas se esfuerzan por hacer amistades reales e importantes con quienes tienen un trasfondo cultural diferente, con quienes no están en su mismo rango de edad, con quienes se encuentran en una etapa diferente de la vida, con quienes tienen una personalidad distinta… ¿Todo con Cristo en el centro? Hablamos extensivamente acerca de esto hace unas semanas, por lo que no repetiré lo que ya dijimos, pero quiero señalar algunas advertencias. Primero: ten cuidado con los estereotipos. A lo que me refiero es, no busques acercarte a alguien diferente a ti solo para marcar tu casilla personal de diversidad. No, procura acercarte a otros porque Cristo murió por ellos y porque quieres verlos crecer.
Y segundo, sé sensible al intentar acercarte para conocer a personas que son diferentes, reconociendo que tu manera de buscar entablar una amistad con ellos proviene de tu propia personalidad y cultura. Un buen consejo que recibí luego de la última clase acerca de este tema fue recordar que si pretendes hacerle a la gente una larga lista de preguntas para conocerlas, eso puede ser intimidante para algunas personas, si siempre comienzas preguntándole a alguien de dónde se mudó y en dónde estudió, eso hace suponer que la persona no es de aquí y que estudió, ¡pero esas cosas no siempre son ciertas para todos! Esto es solo algo a considerar.
Alabado sea Dios porque hay muchos ejemplos del amor que traspasa fronteras en nuestra iglesia. Pienso en Homere Whyte invitando a familias a cenar cuando era un universitario soltero; el grupo que se reunió recientemente para hablar acerca del libro Bloodlines (Genealogías) y la reconciliación racial; cómo Maxine Zopf siemore asiste a todas las despedidas de soltera de mujeres más jóvenes, podría seguir y seguir.
(2) La comunión en el servicio: El amor requiere sacrificio Segundo, nuestra comunión debería caracterizarse por un amor sacrificial. Somos una comunidad que se reúne no para ser servida, sino para servir. Escucha 1 Juan 4:10-11: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros».
Una forma de poder hacer esto en nuestra iglesia es llevando las cargas de otros, como dice Pablo que hagamos en Gálatas 6:2. Nuestro pacto congregacional declara que acordamos: «Llevar las cargas y los pesares de los demás». ¿Cómo? Esto significa estar al lado de alguien que atraviesa un tiempo difícil, espiritual, físico, el que sea y, literalmente, ayudarle a llevar su carga. Esto puede significar lidiar pacientemente con las luchas espirituales de alguien por un período de tiempo prolongado en una relación de discipulado. Es posible que signifique brindar recursos para ayudar a alguien que está en necesidad: alimentos, un préstamo, un aventón, entre otros. Puede significar renunciar a tus viernes por la noche para visitar a alguien que está enfermo. El servicio en la iglesia puede ciertamente implicar ofrecerse para ayudar en diferentes áreas: el cuidado de los niños, el sonido, el cuidado de los niños, la hospitalidad, el cuidado de los niños… Pero si eres la clase de persona que ama alistarse para «hacer cosas» en la iglesia, permíteme animarte a no ignorar el tipo de servicio que sucede principalmente en las relaciones personales que a menudo requieren más tiempo y pueden ser confusas.
Nuevamente, esto es, por la gracia de Dios, algo normal en nuestra iglesia; desde la máquina bien aceitada para proveer comidas para las familias que acaban de tener un bebé, o que están en enfrentando un tiempo de crisis hasta la forma en la que una multitud de miembros renunció a su servicio dominical para limpiar la propiedad de la señora Luisa y contribuir con su testimonio ante sus vecinos, hasta infinidad de otros ejemplos de amor como proveer a quienes están en necesidad con un lugar para alojarse, un empleo, un hombro para llorar toda la noche en el hospital.
(3) La comunión en la verdad: El amor conduce a la santidad Tercero, una iglesia cristiana es una comunidad que anda en la verdad. A diferencia de otras comunidades, nosotros debemos caracterizarnos por una transparencia inusual y una honestidad audaz al hablar la verdad de la Escritura entre nosotros. Y hacemos esto por un deseo de ver a otros crecer en santidad. Jesús le preguntó al Padre en Juan 17:17: «Santifícalos es decir, hazlos más santos y puros en tu verdad, tu palabra es verdad». Pablo le dijo a los colosenses: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros sabiduría» (Colosenses 3:16).
Pensemos en dos aspectos de esta comunión en la verdad. El primero es la transparencia: decir las verdades embarazosas acerca de ti. Santiago 5:16: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados». Esto no quiere decir que debes abrirte y confesar tus luchas más oscuras a todos los miembros de la iglesia, pero si no estamos abriéndonos con 1 o 2 personas, deberíamos preguntarnos por qué. ¿Tememos ser expuestos? ¿Ser reprendidos? ¿Tememos admitir que no tenemos todo bajo control? Considera que si escondemos nuestros pecados y faltas de quienes nos aman, les robamos la oportunidad de hacer un bien espiritual. Considera que si das ejemplo de transparencia, eso enseñará a otros lo que es humillarse, y les hará un bien espiritual.
El segundo aspecto es la proclamación: decir la verdad acerca de Dios y de su Palabra en todo tiempo, incluso cuando no es fácil que alguien la escuche. Pablo dice en Efesios 4:15: «Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo». Esto incluye las interacciones normales en la iglesia. Incluye la relaciones de discipulado en las que nos reunimos con alguien del mismo género para leer un libro o estudiar la Biblia juntos con el único propósito de ayudarles a crecer espiritualmente.
Esto implica ejercer una supervisión espiritual mutua. Así, leemos en Hebreos 3:13: «Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado». Cultiva la capacidad de exhortar en amor. La mayoría de nosotros nos alejamos de esto porque queremos evitar la confrontación, pero esto es algo amoroso. El pecado aspira engañar y nuestras mentes son propensas a divagar. Deberíamos cuidar especialmente a quienes parecen estar alejándose de la verdad. Levítico 19:17 enseña: «Razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado». Cuando leemos en Santiago 5:19: «Hermanos, si alguno de entre nosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados».
¿Conoces a amigos que, durante un tiempo, parecían estar particularmente activos en la iglesia y se han apartado, o incluso han dejado de asistir a la iglesia con regularidad? Te animaría a hacerles una llamada o a almorzar con ellos para ver cómo están y qué está sucediendo.
Por supuesto, no solo debemos hablar la verdad unos a otros cuando se trata de un asunto de pecado. Todo el libro de Proverbios demuestra el valor de amigos sabios que pueden abordar hábitos y patrones generales en nuestras vidas. Un amor genuino por los demás examinará estas áreas: ¿Aceptar ese trabajo le ocasionaría estrés a tu familia?; ¿Hacer ese viaje de negocios te pondrá en una posición de tentación?; ¿Están orientados tus hábitos de invertir tiempo y dinero completamente hacia lo que Dios valora?
Alabado sea Dios porque esta es una iglesia en la que hablamos unos a otros con la verdad. Me encanta escuchar a Michael Reeb citar la Escritura los miércoles en las noches de estudio. Amo toparme con Alex Schuh en una cafetería, ver que se está reuniendo con una mujer de la iglesia y que su Biblia está abierta. Me encanta ver cómo Jean Durso comunica regularmente palabras de estimulo y aliento cuando hablo con ella antes de la iglesia.
(4) La comunión en el perdón: El amor extiende misericordia Cuarto, nuestra comunión no solo se diferencia por nuestra disposición a decir la verdad, pero también por nuestra disposición a perdonar y reconciliarnos cuando la comunión se ha roto. Pablo dice en Colosenses 3:13: «Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros».
El perdón de Cristo es la base para el nuestro. Cuando alguien peca contra nosotros, ¿cuál es nuestro instinto? Bien sea, alejarnos llenos de amargura: «Ya no quiero tener nada que ver con ellos; o ¡me vengaré y los haré pagar!». Pero ninguna de estas dos posiciones debería tener lugar en la iglesia. Dios no se ha apartado de esa persona, la ha adoptado en su familia. Y Cristo ya ha absorbido la justa ira de Dios por el pecado de esa persona, ya no es necesaria la «venganza». Así, los aspectos relacionales y judiciales del perdón de Dios hacen posible nuestro perdón. Como alguien a quien Dios le ha perdonando mucho, ¿cómo podríamos dejar que el pecado que Dios ya ha resuelto se interponga entre nosotros y nuestros hermanos y hermanas en Cristo? Recuerda la parábola del siervo infiel cuya deuda de un millón de dólares fue cancelada, pero que luego se indignó cuando alguien más no le pudo pagar a él una miseria. Perdonar desde una postura de misericordia, significa rehusarnos a dejar que el pecado se interponga en el camino de una relación amorosa, y rehusarnos a guardar rencor por el pecado de alguien.
¿Cómo podemos cultivar esta postura de misericordia, sabiendo que personas en la iglesia pecarán contra nosotros? Por un lado, deberíamos creer que los demás tienen buenas intenciones en sus palabras y acciones en lugar de saltar a conclusiones en nuestras mentes, sospechando algún intento malicioso. Una buena regla de oro es nunca suponer las intenciones de alguien. Sabes, pues percibir los hechos. Pero no siempre puedes percibir las intenciones. La humildad brinda el beneficio de la duda.
Considera que como cristianos pertenecemos a Cristo en la eternidad unos con otros. Un día habitaremos juntos en perfecta comunión, sin pecado entre nosotros. Por tanto, cuando veamos a otras personas en la iglesia, deberíamos recordar que estaremos eternamente unidos en Cristo. Estás amando a alguien que está en su camino a la perfección de Cristo en el que no habrá nada desencantador o abrasivo en él. Eso debería darnos paciencia y perspectiva, esta persona no siempre será difícil de amar.
(5) La comunión en el sufrimiento: El amor produce comodidad Quinto, la comunión cristiana es única porque el sufrimiento destruye nuestra comunidad, nos une. Pablo dice en 2 Corintios 1, versículos 4-5:
«[Cristo] nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación».
Esto quiere decir que nuestras relaciones deben caracterizarse por una compasión y una amabilidad que son un reflejo de la compasión de nuestro Salvador. Jesús amó de esta manera, me encanta el relato en Marcos 1:40-41: «Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio».
Jesús no tuvo que tocar al leproso para sanarlo, sino que lo hizo para expresar compasión y para demostrar que él no puede contaminarse, sino que él limpia al sucio y al abatido.
Como la iglesia, nosotros somos el cuerpo de Cristo. Experimentamos lo que Jesús experimenta. Esto significa que sufriremos y significa que seremos consolados por su Espíritu. Los cristianos no fueron hechos para sufrir solos. Si estás sufriendo, una de las formas en las que Dios quiere consolarte es a través de la iglesia. Si conoces a alguien que está sufriendo, es probable que ahora no sea el tiempo para esa palabra de reprensión, sino para el toque compasivo semejante al de Cristo. Es el tiempo para la palabra suave, el abrazo, la oración, para sentarse con alguien y escuchar.
Ofrecer consuelo a alguien que sufre realmente no es la clase de cosas que puedes marcar de tu lista ni es algo en lo que puedes alistarte. Primero debes construir relaciones, y luego cuando lleguen las pruebas, debes estar listo para estar disponible. Cuando nos reunimos los domingos, miro alrededor y veo a muchos que están sufriendo, con dolor y enfermedad, con infertilidad, con corazones rotos y duelo, con desesperación, con crisis financieras… pero también veo a muchos que hacen de su habito ofrecer consuelo a través de la oración, de su presencia, de ayuda práctica o simplemente cantando un poco más fuerte para que las canciones de ánimo puedan rodear a quienes se sienten demasiado débiles para cantar.
(6) La comunión como un solo cuerpo: El amor considera el todo Finalmente, existe un sexto aspecto a considerar. Hemos hablado acerca de amar a los demás como miembros individuales de nuestra iglesia. Pero la Escritura nos llama a amar y a estar comprometidos con toda la congregación, no solo con un subconjunto. 1 Corintios 10 resalta la realidad de que tomar la Cena del Señor juntos como iglesia nos une como un solo cuerpo. ¿Pero cómo podemos ser fieles para amar a toda la congregación cuando simplemente no es factible conocer bien a todos los miembros de la iglesia? Cuatro sugerencias breves:
Primero, ora por el directorio de la iglesia, una página o dos cada día. Esa es una excelente forma de amar y servir a toda la congregación. Si no conoces las necesidades particulares de algunos miembros, entonces ora por ellos de manera general, usa algunas de las oraciones que vemos a Pablo orar en el Nuevo Testamento.
Segundo, podemos amar a toda la congregación al edificar a algunas personas a través del discipulado, la enseñanza, etc., para que a su vez ellos puedan tomar lo que han aprendido y ministrar a otros en la congregación. Por tanto, haz que sea una parte clave de tu discipulado, enseñarle a quienes discípulas cómo discipular a otros. Otro aspecto de esto es cuando sirves cuidando de los niños, amas a todas la congregación al permitir que muchos padres sean discipulados por la enseñanza de la Palabra. Gracias por hacer eso.
Tercero, una de las cosas más amorosas y prácticas que podemos hacer es dar nuestras ofrendas fiel y generosamente por el bien de toda la congregación.
Y cuarto, podemos comprometernos a asistir a las reuniones de miembros. Que no te engañen todos los folletos y las gráficas de presupuesto, estas reuniones no tratan únicamente de negocios. Aquí es donde mostramos amor a los miembros nuevos al afirmar su profesión de fe, y a los miembros que se van al aceptar sus dimisiones. Es donde supervisamos la misión y la salud de la iglesia, es decir, es donde mostramos amor por toda la congregación e interés por lo que hace el cuerpo.
Conclusión Al preparar esta clase, observé que los apuntes acerca de este material tenían los nombres de muchas personas que fueron grandes ejemplos de amor en esta iglesia. Pero las notas eran de hace algunos años, y muchas de esas personas ya no están. Dios ha hecho que salieran o las ha llamado a casa. Eso fue aleccionador para mí. Me recordó que, siempre y cuando Dios esté con nosotros en esta tierra, seguiremos amándonos hasta el último día. Nosotros en CHBC nos derramaremos en amor por más personas cada año incluso cuando cada año, algunos de nuestros hermanos y hermanas digan adiós. Ese es nuestro llamado lleno de gozo. Y aun en el último día, ¿qué permanecerá cuando este mundo con todo su brillo y glamur pase? El amor. Pablo dice que las profecías se acabarán y cesarán las lenguas y la ciencia, pero el amor nunca dejará de ser (cf. 1 Corintios 13:8). Jonathan Edwards dijo: «El cielo es un mundo de amor». Allí, nuestro amor por los demás será perfecto y completo porque fluirá eternamente de Aquel que es Amor.