¿Biblia física o Biblia en el teléfono? | Josué Barrios

¿Biblia física o Biblia en el teléfono?
Josué Barrios

Hace poco me preguntaron en una entrevista cuál es mi opinión en el debate de si es mejor leer la Biblia en física o leerla más bien en el teléfono. Es una pregunta tan común cuando hablamos de la vida cristiana en la era digital, que me gustaría compartir mi respuesta en este artículo, esperando ser útil.

La Biblia en el teléfono: un regalo
Para empezar, es una bendición increíble que en nuestros teléfonos podamos acceder al instante a cientos de versiones de la Biblia en decenas de idiomas. Esta es una evidencia de cómo Dios obra por medio de Su iglesia para que Su Palabra llegue hasta lo último de la tierra. En nuestros países ya alcanzados por el evangelio, y con cierta historia de influencia cristiana, nadie puede decir que la Biblia es inaccesible o que hay escasez de traducciones. ¿Estamos agradeciendo a Dios por eso?

Más aún, hay cosas que podemos hacer con la Biblia en el teléfono que no podemos hacer —al menos no fácilmente— con la Biblia en físico. Podemos buscar palabras con facilidad, consultar comentarios bíblicos confiables, escuchar los capítulos en vez de leerlos, usar etiquetas para recordar o guardar versículos sobre temas relacionados.

También podemos ir con rapidez al griego o el hebreo para entender mejor una palabra, y consultar varias versiones al mismo tiempo mientras las comparamos, por mencionar tan solo algunas cosas que podemos hacer. Estas herramientas y opciones digitales son valiosas en el estudio de la Biblia. Acudo a ellas con frecuencia cuando preparo sermones, aunque prefiero hacerlo en mi laptop y no tanto en mi teléfono.

Todo esto para decir que vivimos en tiempos privilegiados. Sin duda, hay ciertas ventajas en la Biblia digital para ciertos tipos de lectura (investigación, estudios, traducciones, etc.). En nuestro amor por la Biblia física, no menospreciemos el regalo de la Biblia digital. No obstante, cuando se trata de mi lectura personal diaria —ese momento del día en que me acerco a la Palabra para escuchar a Dios y derramar mi corazón delante de Él — prefiero un millón de veces más la Biblia en físico. También la prefiero cuando se trata de llevar la Biblia a la iglesia.

¿Por qué prefiero la Biblia física?
No todo son ventajas cuando hablamos de la Biblia en el teléfono. Estas son mis razones para recomendar priorizar la Biblia física para la lectura diaria y personal, y también para el uso en la iglesia:

1) Retenemos mejor lo que leemos, y realizamos una lectura más inmersiva, cuando leemos en físico.

Leer la Biblia en el teléfono, tablet o laptop hace que sea más fácil leerla como leemos todo lo demás en una pantalla, en especial cuando navegamos en internet: «escaneando» en vez de profundizando y meditando. (Si lees inglés, te recomiendo el libro Reader, Come Home, de Maryanne Wolf, quien habla profundiza en este asunto). Me pregunto si esta es una de las razones principales por las que el cristianismo es muy superficial en gran parte de la iglesia de hoy.

2) Cuando leemos la Biblia en el teléfono, es más fácil distraernos.

Puede que recibamos notificaciones que desvíen nuestra atención a las tareas que tenemos por hacer, o a lo que otras personas están haciendo o diciendo. Es tentador cerrar la aplicación de la Biblia para abrir las redes sociales o ver si tenemos algo nuevo en WhatsApp.

Podemos incluso distraernos con notificaciones y anuncios publicitarios dentro de la misma aplicación que usemos para la lectura bíblica, consumiendo publicidad sobre un nuevo libro devocional o podcast cristiano, o lo que sea. Por supuesto, no todas las aplicaciones para leer la Biblia son así, pero muchas poseen esta característica.

3) Muchas aplicaciones populares para leer la Biblia se han convertido prácticamente en redes sociales.

En ellas podemos compartir nuestros versículos favoritos de la lectura diaria, nuestros comentarios al respecto, y darnos «me gusta» entre nosotros cuando llevamos buenas rachas de lecturas o nos gusta alguna reflexión que escribimos mientras leímos la Palabra.

¿Cuál es el problema aquí? Que de repente nuestra lectura de la Biblia se trata menos de lo que Dios dice en su Palabra, y más de escuchar o reflexionar en lo que nosotros decimos u opinamos sobre ella. Entonces somos tentados a profundizar menos en la Escritura, y más bien enfocarnos en tener algo para compartir, comparar nuestras lecturas con las de otras personas, distraernos con lo que otros dicen, o perseguir también golpes de dopamina como en las redes sociales.

En estas aplicaciones para leer la Biblia, es fácil olvidar que Jesús nos llama a que nuestra vida de oración sea primeramente en secreto. Es fácil caer en la trampa de compartir nuestras oraciones y pensamientos sobre la Biblia en público para ser alabados por las personas, al ser considerados más espirituales (Mt 6:1-8).

4) Leer la Biblia en el teléfono puede llevarnos a restarle valor a la Palabra.

Me refiero a que cuando leemos la Biblia en los mismos dispositivos en los que consumimos mucho contenido trivial o inferior en importancia (videos, memes, música, etc.), podemos llegar a ver la Biblia —de manera subconsciente— como más contenido de ese tipo. El medio es el mensaje, decía Marshall McLuhan.

Cuando se trata de la lectura de la Biblia, no podemos ignorar que leerla en el teléfono nos va a llevar a verla como vemos otras cosas en nuestros teléfonos, tal como explico con más detalle en mi libro Espiritual y conectado. En especial cuando reconocemos que en nuestros teléfonos y las redes sociales lo que se prioriza por lo general es el entretenimiento.

Por supuesto, esto no impedirá que la Palabra de Dios siga siendo la Palabra de Dios. Dios todavía puede usarla poderosamente. Además, alabo a Dios por algunas aplicaciones de lectura bíblica diseñadas de manera preciosa para transmitir hasta cierto punto la trascendencia y belleza de la Palabra. Pero de nuevo, no podemos ignorar los efectos en nuestros corazones de trivializar sutilmente la Biblia debido al medio en que la leemos .

5) Por último, leer la Biblia física hace más evidente a otros que estamos leyendo la Biblia.

Esto es importante en la iglesia local. Si leo la Biblia en mi teléfono, otras personas (o incluso mi hijo) pueden suponer que estoy en Instagram o WhatsApp. El predicador, al ver a las personas viendo con atención las pantallas de sus dispositivos, no puede tener certeza de que sus oyentes en verdad están siguiendo el sermón.

En contraste, cuando llevamos la Biblia en físico a la iglesia, podemos comunicar mejor que queremos escuchar a Dios. De una manera sutil, podemos ser de aliento para nuestros hermanos y para el predicador, animándonos a leer la Palabra con mayor atención y entrega.

Recomendación final
Así que si vas a leer la Biblia en el teléfono en vez de leerla en física, mi consejo es que tengas estas cosas en cuenta y seas cuidadoso de cómo lo hagas.

Escoge con sabiduría cuál aplicación usarás (recomiendo Bible Study, de OliveTree) y con quienes tendrás contacto en ella si tiene funciones sociales. Escoge un círculo de contactos que sea cercano, a quienes conozcas en persona. Ten cuidado de buscar la aprobación de los demás o presumir tu espiritualidad al compartir lo que reflexionas o lees en la Palabra. Minimiza las distracciones que puedas tener en la aplicación o tu dispositivo. En especial, busca leer la Biblia por encima de las reflexiones devocionales escritas por alguien más, por más útiles que puedan ser.

Pero sobre todo, prioriza la lectura en físico de la Palabra en tu vida devocional para tu crecimiento espiritua l. De hecho, recomiendo mucho leerla antes de usar tu teléfono en las mañanas. Por supuesto, siempre será mejor leer la Biblia en digital que no leer la Biblia en absoluto. Pero ¿por qué conformarnos con la Biblia digital para la lectura personal cuando podemos leer la Biblia en físico y tener lecturas más atentas que nos cambien de maneras más profundas?

Artículo fuente: https://josuebarrios.com/biblia-fisica-telefono/

LA FE QUE SALVA | R.C. Sproul

Todos Somos teólogos – LA FE QUE SALVA

R.C. Sproul

La fe es central para el cristianismo. En repetidas ocasiones el Nuevo Testamento llama a la gente a creer en el Señor Jesucristo. Hay un conjunto definido de creencias, el cual es parte de nuestra actividad religiosa. En el tiempo de la Reforma, el debate tenía que ver con la naturaleza de la fe que salva. ¿Qué es la fe que salva? A mucha gente, la idea de justificación solo por la fe le sugiere un antinomianismo sutilmente velado que sostiene que la gente puede vivir como guste y quiera mientras que crean en las doctrinas correctas. Sin embargo, Santiago escribió en su epístola: «Hermanos míos, si alguno dice que tiene fe y no tiene obras, ¿de qué sirve? ¿Puede acaso su fe salvarle?… Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma» (2:14, 17). Lutero decía que la clase de fe que justifica es fides viva, una «fe viva», una que inevitable, necesaria e inmediatamente otorga el fruto de justicia. La justificación es solo por la fe, pero no por una fe que está sola. Una fe sin algún resultado de justicia no es fe verdadera.
Para la Iglesia Católica Romana, la fe más las obras da como resultado la justificación. Para el antinomianismo, fe menos obras da como resultado la justificación. Para los reformadores protestantes, fe es igual a justificación más obras. En otras palabras, las obras son el fruto necesario de la verdadera fe. Las obras no cuentan para la declaración de Dios de que somos justos ante sus ojos; no son parte del fundamento para la decisión de Dios de declararnos justos.

ELEMENTOS ESENCIALES DE LA FE QUE SALVA

¿Cuáles son los elementos constituyentes de la fe que salva? Los reformadores protestantes reconocían que la fe bíblica tiene tres aspectos esenciales: notitia, assensus y fiducia.
Notitia se refiere al contenido de la fe, las cosas que creemos. Se trata de ciertas cosas que hay que creer sobre Cristo: él es el Hijo de Dios, es nuestro Salvador, ha provisto la expiación, etc.
Assensus es la convicción de que el contenido de nuestra fe es verdadero. Alguien puede saber sobre la fe cristiana pero creer que no es verdad. Podemos tener algunas dudas mezcladas con nuestra fe, pero tiene que haber un cierto nivel de afirmación y convicción intelectual si vamos a ser salvos. Antes de que alguien pueda realmente confiar en Jesucristo, tiene que creer que Cristo en realidad es el Salvador, que es efectivamente todo lo que él dijo sobre sí mismo. La fe genuina dice que el contenido, la notitia, es verdad.
Fiducia se refiere a la confianza personal. Saber y creer el contenido de la fe cristiana no es suficiente, porque incluso los demonios pueden hacer eso (Santiago 2:19). La fe es efectiva sola­ mente cuando uno confía solo en Cristo para su salvación. Una cosa es dar consentimiento intelectual a una proposición pero otra muy diferente es colocar en esa idea nuestra confianza personal. Podemos decir que creemos en la justificación por la fe, y aun así seguir pensando que vamos a ganarnos el cielo por nuestros logros, por nuestras obras, por nuestra lucha. Es fácil meter en la cabeza la doctrina de la justificación por la fe, pero es difícil meter en la sangre y en la vida la confianza solo en Cristo para nuestra salvación.
Existe otro elemento para fiducia además de la confianza, y es el afecto. Una persona no regenerada nunca vendrá a Jesús porque no quiere a Jesús. En su mente y en su corazón esa persona está fundamentalmente en enemistad con las cosas de Dios. En tanto que una persona es hostil a Cristo no tiene afecto por él. Satanás es un ejemplo de esto. Satanás conoce la verdad, pero la odia. Está totalmente opuesto a adorar a Dios porque no tiene amor por Dios. Por naturaleza todos somos así. Estamos muertos en nuestro pecado. Caminamos según los poderes de este mundo y satisfacemos los deseos de la carne. Hasta que el Espíritu Santo nos cambia, tenemos corazones de piedra. Un corazón no regenerado no tiene afecto por Cristo; no tiene vida y no tiene amor. El Espíritu Santo cambia la disposición de nuestro corazón para que veamos la dulzura de Cristo y lo abracemos. Nadie ama a Cristo de manera perfecta, pero no podemos amarlo ni siquiera un poco a menos que el Espíritu Santo nos cambie el corazón de piedra y lo haga un corazón de carne.

FRUTOS DE LA CONVERSIÓN

Los teólogos tradicionalmente han reconocido varios elementos que acompañan a la fe salvadora. Se los llama «frutos de la conversión». Vamos a revisar algunos de ellos.

Arrepentimiento

Cuando el Espíritu Santo trae a alguien a la fe, esa persona experimenta una conversión. Su vida da un giro de 180 grados. Esta media vuelta se llama «arrepentimiento», y es un fruto inmediato de la fe genuina. Algunos incluyen al arrepentimiento como parte de la fe genuina. Sin embargo, la Biblia distingue entre arrepentirse y creer. No podemos tener afecto por Cristo hasta que reconozcamos que somos pecadores y que necesitamos desesperadamente la obra que él realizó a nuestro favor. El arrepentimiento incluye el odio al pecado, que viene con el nuevo afecto que Dios nos otorga.

No me gusta cuando algunos pastores dicen: «Ven a Jesús y todos tus problemas se resolverán». Mi vida no era complicada antes de llegar a Cristo; las complicaciones comenzaron al conocer a Cristo. Antes de ser cristiano yo iba por una vía de un solo sentido. Hoy todavía enfrento tentaciones de este mundo, pero Dios ha plantado en mi corazón afecto y confianza en Cristo. En otras palabras, nos arrepentimos porque odiamos nuestro pecado. Sí, una parte de nosotros todavía ama al pecado, pero el arrepentimiento verdadero conlleva una tristeza piadosa por haber ofendido a Dios y una decisión firme de deshacerse del pecado. El arrepentimiento no significa la victoria total sobre el pecado. Si la victoria total fuera un requisito nadie podría ser salvo. El arrepentimiento es alejarse del pecado, es una perspectiva diferente del pecado. La palabra griega que se traduce «arrepentimiento» es metanoia, que significa literalmente «cambio de mente». Antes de Cristo racionalizábamos nuestro pecado, pero ahora nos damos cuenta de que el pecado es algo malo; ahora tenemos una opinión diferente acerca del mismo.

Adopción

Cuando Dios nos declara justos en Jesucristo nos adopta en su familia. Su único Hijo verdadero es Cristo, pero Cristo se convierte en nuestro hermano mayor por medio de la adopción. Nadie nace dentro de la familia de Dios. Por naturaleza somos hijos de ira, no hijos de Dios; por lo tanto, Dios no es nuestro Padre por naturaleza. Podemos tener a Dios por Padre solo si nos adopta, y Dios nos adoptará solo por medio de la obra de su Hijo. Pero cuando depositamos nuestra fe y confianza en Cristo, Dios no solo nos declara justos sino que también nos declara sus hijos e hijas por adopción.

Paz

Pablo escribe a los Romanos: «Justificados, pues, por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…» (5:1). El primer fruto de la justificación es la paz con Dios. Éramos enemigos, pero la guerra ya terminó. Dios declara un tratado de paz con todo aquel que pone su fe en Cristo. Cuando Dios hace esto, no entramos en un tiempo de tregua inestable en el que al momento de nuestra primera falla Dios comience a blandir la espada. Esta paz es una paz inquebrantable y eterna, porque ha sido ganada por la perfecta justicia de Cristo.

Acceso a Dios

Pablo también escribe: . .por medio de quien [Cristo] también hemos obtenido acceso por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (Romanos 5:2). Otro fruto es el acceso a Dios. Dios no permite la entrada a sus enemigos para tener con ellos amistad íntima, pero una vez que hemos sido reconciliados con Dios por medio de Cristo tenemos acceso a su presencia y nos gozamos en la gloria de su Ser.

R.C.Sproul (2015). Todos Somos Teólogos; ( pp. 247-251). EDITORIAL MUNDO HISPANO.

«Añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento.» | 2 pedro 1:5 | J. Calvino

«Añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento.»

Juan Calvino

2 PEDRO 1:5–9

5 Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento;
6 al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad,
7 a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor.
8 Pues estas virtudes, al estar en vosotros y al abundar, no os dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
9 Porque el que carece de estas virtudes es ciego o corto de vista, habiendo olvidado la purificación de sus pecados pasados.

5–7. Y además de esto. Siendo que apagar nuestra corrupción es una tarea ardua y de inmensa labor, nos pide que nos esforcemos en toda forma posible por lograrlo. Insinúa que no debe darse lugar alguno a la pereza en este asunto y que hemos de obedecer el llamado de Dios, no lenta ni descuidadamente, sino que es necesaria la presteza; como si hubiese dicho, “Esfuércense de toda manera posible, y que sus esfuerzos sean manifiestos a todos.” Pues esto es lo que significa el participio que usa.

Añadid a vuestra fe, virtud, o, proveed a vuestra fe de virtud. Muestra con qué propósito debían esforzarse los fieles, esto es, para tener una fe adornada con buenos principios morales, sabiduría, paciencia y amor. Entonces da a entender que la fe no ha de estar desnuda o vacía, sino que estos son sus compañeros inseparables. Proveer a la fe, es añadir a la fe. Sin embargo, aquí no hay matices con respecto al significado, aunque sí los hay con respecto a las palabras; pues el amor no sigue a la paciencia, ni tampoco procede de ella. Por lo tanto el pasaje ha de explicarse de manera sencilla, “Esforzaos para que esa virtud, prudencia, temperancia y todo lo que le sigue, sean añadidos a vuestra fe”.

Creo que virtud significa una vida honesta y correcta; pues no es ἐνεργεια, energía o coraje, sino ἀρετὴ, virtud, bondad moral. Conocimiento es lo que se necesita para actuar con prudencia; pues después de haber mencionado un término general, menciona algunos de los atributos principales de un cristiano. Fraternidad, φιλαδελφία, es afecto mutuo entre los hijos de Dios. Amor es más amplio, pues abraza a toda la humanidad.
Cabe preguntarse aquí, sin embargo, si Pedro, al asignarnos el trabajo de proveer o añadir virtud, ensalzó así la fuerza y el poder del libre albedrío. Aquellos que buscan establecer libre albedrío en el hombre, de hecho conceden a Dios el primer lugar, esto es, que él empieza a actuar u obrar en nosotros; pero imaginan que nosotros al mismo tiempo cooperamos, y que así queda en nuestras manos que el mover de Dios no resulte vacío e ineficaz. Pero la doctrina eterna de las Escrituras se opone a esta noción delirante: pues llanamente da testimonio de que los sentimientos correctos son formados en nosotros por Dios, y que por él son hechos efectivos. También da testimonio de que todo nuestro progreso y perseverancia son de parte de Dios. Además, expresamente declara que la sabiduría, el amor, la paciencia, son dones de Dios y del Espíritu. Por lo tanto, cuando el apóstol nos pide estas cosas, no quiere decir que estén dentro de nuestras capacidades, sino que sólo nos muestra lo que debemos tener, y lo que se debe hacer. Y con respecto a los piadosos, cuando son conscientes de su propia debilidad, se ven deficientes en su deber, y no les queda más que acudir a Dios por ayuda y socorro.

  1. Pues estas virtudes, al estar en vosotros. Entonces, dice, demostraréis por fin que realmente conocéis a Cristo, si sois dotados de virtud, temperancia y los otros atributos. Pues el conocimiento de Cristo es algo eficaz y una raíz viva que produce fruto. Pues al decir que estas cosas no los dejarán ociosos ni estériles, muestra que todo aquel que se jacta de tener conocimiento de Cristo sin amor, paciencia ni dones similares, se gloría en vano y falsamente, como dice Pablo en Ef. 4:20, “Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera, si en verdad lo oísteis y habéis sido enseñados en Él, conforme a la verdad que hay en Jesús, que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo hombre”, etc. Pues quiere decir que a aquellos que poseen a Cristo sin una vida nueva, no se les ha enseñado su doctrina correctamente.
    Pero no quiere que a los fieles solo se les enseñe paciencia, piedad, temperancia, amor; sino que pide que se haga un progreso continuo en estos atributos, y con razón, pues todavía estamos muy lejos de la meta. Por lo tanto, hemos siempre de avanzar, para que los dones de Dios crezcan continuamente en nosotros.
  2. Porque el que carece de estas virtudes. Ahora expresa más claramente que aquellos que profesan tener una fe desnuda se hallan completamente faltos de verdadero conocimiento. Dice luego que ellos se extravían como ciegos en tinieblas, pues no ven el camino correcto que se nos muestra por la luz del evangelio. También lo confirma al añadir esta razón, que los tales han olvidado que por medio del beneficio de Cristo han sido limpios de pecado, y que este es el principio de nuestra cristiandad. Entonces, aquellos que no se esfuerzan por una vida pura y santa, no entienden ni siquiera los primeros rudimentos de la fe.
    Pero Pedro da esto por sentado, que quienes siguieran revolcándose en la suciedad de la carne habían olvidado su propia purgación. Pues la sangre de Cristo no se nos ha convertido en un baño que pueda ser contaminado por nuestra suciedad. Por lo tanto, los llama pecados pasados, con lo que quiere decir, que nuestra vida debe ser de otra forma, pues hemos sido limpios de nuestros pecados; no que alguien pueda ser purificado de todo pecado mientras viva en este mundo, ni que la limpieza que obtenemos por medio de Cristo consista solo de perdón, sino que hemos de distinguirnos de los no creyentes, ya que Dios nos ha apartado para sí mismo. Entonces, aunque pecamos a diario, y Dios nos perdona a diario, y la sangre de Cristo nos limpia de nuestros pecados, aún así el pecado no debe gobernar en nosotros, sino que la santificación del Espíritu ha de prevalecer en nosotros; pues esto nos enseña Pablo en 1 Cor. 6:11, “Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados,” etc.

Calvino, J. (2011). 2da Pedro: Comentario de la Segunda Epístola de Pedro (D. J. L. Vargas, Trad.; pp. 19-23). CLIR.

Lockman Foundation. (1998). Santa Biblia: la Biblia de las Américas: con referencias y notas (electronic ed., 2 P 1:5–9). Editorial Fundación, Casa Editorial para La Fundación Bíblica Lockman.

El poder del ejemplo | Mark Dever

El poder del ejemplo

Mark Dever

«El ejemplo no es lo primero en la vida, es lo único». A través de esta frase, el famoso médico misionero y autor, Albert Schweitzer, declaró claramente la importancia y el poder del ejemplo. ¿Cuántos de nosotros que leímos esto, hemos sido influenciados por la vida poderosa de algún pastor, anciano u otro cristiano que vimos al principio de nuestras vidas? Si menciono «un pastor fiel», ¿qué imagen aparece en tu mente? Si menciono «un cristiano fiel», ¿en quién piensas?

La declaración de Schweitzer, por supuesto, es una exageración. Muchas otras cosas están involucradas en una vida fiel, pero ellas mismas se combinan en el ejemplo que alguien establece.

«Mentoreo» y «formación» pueden sonar como conceptos nuevos, pero no lo son. Parece que, de la manera en que Dios nos creó, esto ha estado en su mente. Hizo a los humanos a su imagen. Debemos seguir su ejemplo e imitar su carácter. En la encarnación de Cristo, Dios vino en la carne de manera que pudiéramos entenderlo y relacionarnos con él, y, como dijo Pedro, «dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas» (I Pedro 2:21). )

Podemos también participar en este ministerio de establecimiento y seguimiento de ejemplos. Dios ha creado humanos para nacer y madurar en compañía de otros humanos en la familia. No somos autogenerados, ni instantáneamente aparecemos como personas maduras. Dios planeó que los padres amorosos fueran parte de la forma en que los humanos crecerían.

Esta es también la forma en que Dios tuvo la intención de darse a conocer en este mundo caído. En el Antiguo Testamento Dios llamó a Abraham y a sus descendientes a ser un pueblo santo, especial y distinto en el mundo. Debían ser especiales para que el mundo tuviera una imagen de una sociedad que reflejara el carácter de Dios, que encarna sus preocupaciones y valores. Cuando Dios le dijo a su pueblo en Levítico 19 que debían «ser santos porque yo, el Señor su Dios, soy santo», no estaba hablando meramente a un individuo, a Moisés, Aarón o Josué.

Él ciertamente les estaba hablando, nosotros vemos en Lv. 19: 1 que Dios instruyó específicamente a Moisés para que dijera esto a toda la asamblea de Israel. Las leyes que luego les dio tenían mucho que ver con las relaciones, la equidad, la justicia y las interacciones sociales. Demuestra que a medida que estas personas se preocupan por los demás —los perdidos y los menos importantes, por los extranjeros y los jóvenes—, mostrarían algo del carácter de su justo y misericordioso Creador.

El fracaso de Israel en este ministerio de modelar a otros es uno de los principales cargos de Dios contra la nación en el Antiguo Testamento. Entonces en Ezequiel 5, el papel de Israel se convierte en instruir a las naciones con un ejemplo negativo. El Señor le dice a Israel: «Esta es Jerusalén; la puse en medio de las naciones y de las tierras alrededor de ella…Y te convertiré en soledad y en oprobio entre las naciones que están alrededor de ti, a los ojos de todo transeúnte.

Y serás oprobio y escarnio y escarmiento y espanto a las naciones que están alrededor de ti, cuando yo haga en ti juicios con furor e indignación, y en reprensiones de ira. Yo Jehová he hablado» (5: 5, 14-15). Una y otra vez en Ezequiel, Dios dice que él hace lo que hace con la nación de Israel por amor de su propio nombre, es decir, que la verdad acerca de él sea conocida entre los pueblos del mundo.

Este testimonio corporativo de sí mismo es lo que Dios también ha querido a través de la iglesia en el Nuevo Testamento. En Juan 13, Jesús dijo que el mundo debía saber que somos sus discípulos por el amor de Cristo que tenemos el uno por el otro. Pablo escribió a la iglesia de Efeso: « Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz»(Efesios 5: 8).

En nuestras vidas como cristianos, individualmente, y el efecto multiplicado en nuestras vidas juntos como iglesias, sostenemos la luz de la esperanza de Dios en este mundo oscuro y desesperado. Por nuestras vidas como cristianos, nos enseñamos unos a otros y al mundo que nos rodea acerca de Dios. Si nos amamos, mostramos algo de lo que es amar a Dios. Y, por otro lado, «Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (I Juan 4:20). En nuestra santidad, mostramos la santidad de Dios. Estamos llamados a dar a las personas la esperanza de que haya otra forma de vivir, que las vidas de frustración egoísta de nuestras naturalezas caídas y el mundo que nos rodea conspiran para alentarnos a seguir.

Amigos pastores y ancianos, ¿qué enseñan nuestras iglesias al mundo que mirar sobre Dios? ¿Les estamos enseñando que Dios está limitado a nuestra humanidad? ¿Les estamos enseñando que él tolera el pecado y la infidelidad, vidas ensimismadas de mezquindad y discordias? ¿Cuán en serio hemos llevado a nuestra gente a tomar la gran tarea y el privilegio que tenemos de ser la vitrina pública, el escaparate, el anuncio de, la página web del carácter de Dios para su Creación?

Qué gran privilegio nos ha dado y qué poco lo consideramos. Pensamos que si conseguimos más personas en nuestra iglesia, eso de alguna manera niega nuestra responsabilidad a aquellos que ya están nombrados como miembros. Pero, ¿qué testimonio está proporcionando cada uno de ellos en este momento? ¿Cuántos de sus malos testigos hay que esforzarse por superar para que las personas vean el buen testimonio que Dios está proporcionando a través de aquellos que se han convertido verdaderamente y lo están demostrando?

El ejercicio completo de la disciplina de la iglesia no se trata finalmente de vindicación o venganza. Esos son asuntos para Dios, no perdonamos a pecadores como nosotros (Deuteronomio 32:35, Romanos 12:19). Pero tenemos la preocupación de presentar un buen testimonio a otros de cómo es Dios. Debemos ser ejemplares en nuestras vidas y conducta. ¿Ha notado que en sus epístolas pastorales, Pablo parece particularmente preocupado por la reputación que un anciano tendría con los que están fuera de la iglesia? Si bien puede haber una serie de razones para esto, uno debe ser sin duda el papel representativo del anciano de la iglesia para el mundo.

Esto, entonces, también es lo que debe ser la iglesia como un todo. Es por eso que Pablo estaba tan enojado en I Corintios 5. ¿Y has notado exactamente a quién Pablo le levanta la voz? Él no regañó al hombre que estaba en el enlace sexual pecaminoso; ¡más bien él reprendió tajantemente a la iglesia que toleraría tal pecado entre sus miembros! Sabemos la triste verdad de que algunos de nosotros demostraremos estar perdidos en el pecado, aunque hayamos hecho una buena profesión de fe al principio. Confiamos en que al menos algunos vivirán para arrepentirse y regresar, pero no esperamos que la iglesia corporativamente incumpla su responsabilidad de representar bien a Dios defendiendo la santidad y contra el pecado. Fue este el tema — muy parecido al pecado de Israel idólatra en el Antiguo Testamento —, que fue el foco de la aguda reprimenda de Pablo a la iglesia de Corinto.

Amigos, ¿qué diría el apóstol Pablo de su iglesia y la mía? ¿Cuánta falta de asistencia toleramos en nombre del amor? ¿Cuántas relaciones adúlteras o divorcios no bíblicos permitimos pasar desacreditados en nuestras iglesias, pero que gritan al mundo, diciendo «no somos diferentes de lo que son ustedes»? ¿Cuántas personas divisivas permitimos desgarrar a la iglesia por pequeños problemas, o cuántos evangelios falsos permitimos que se les enseñe?

Queridos hermanos, si leen esto como pastor, anciano, líder, maestro o compañero de una iglesia, piensen en la gran responsabilidad que tenemos. Considera cómo podemos dar un mejor testimonio de Dios: ¿es ignorando el pecado en nuestro medio, o trabajando para restaurar amorosamente a los que están atrapados en el pecado, como Pablo instruye en Gálatas 6:1? ¿Qué refleja mejor al Dios que adoramos? ¿La misericordia de Dios alguna vez oscureció su santidad en su palabra? ¿Qué tal en su iglesia? ¿Cuál es nuestra mayordomía en este asunto?

Presta atención al ejemplo que estableces para el mundo que te rodea. Dios tiene un gran plan para su pueblo y para su mundo; él nos llama a mostrar eso por nuestras palabras y nuestras vidas. ¿Estás haciendo eso? que Dios nos ayude a cada uno de nosotros a serle fiel en este gran llamado.

Enlace artículo original: https://es.9marks.org/articulo/el-poder-del-ejemplo/

LA NECESIDAD DE DISCERNIMIENTO | DAVID F. BURT

LA NECESIDAD DE DISCERNIMIENTO
1 TESALONICENSES 5:21–22
Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal.

EXAMINADLO TODO (v. 21a)

Sin embargo, el mandato de no menospreciar las profecías no significa que no debamos examinarlas con discernimiento espiritual. Como norma, no debemos rechazar ninguna palabra antes de examinarla; pero, también por norma, debemos pasar toda palabra por la criba de las Escrituras y por lo que ya sabemos acerca del carácter y la revelación de Dios. No apagar el Espíritu no significa que tengamos que aceptar las intervenciones de cualquiera que venga diciendo que es portavoz del Espíritu. Al abandonar nuestras actitudes de desprecio, no debemos caer en el otro extremo y aceptar indiscriminadamente todo lo que nos dicen. La credulidad es tan peligrosa como la soberbia espiritual; la ingenuidad tan peligrosa como el escepticismo. Por tanto, Pablo nos advierte del peligro de descuidar nuestras facultades críticas. Nos dice: antes bien, examinadlo todo; es decir, ponedlo todo a prueba con cuidado.
Hay cosas que, superficialmente, parecen buenas. Hay manifestaciones que supuestamente provienen de Dios. Tales cosas no deben ser aceptadas sólo por sus apariencias, porque la credulidad no forma parte de la sencillez cristiana. Todo debe ser puesto a prueba.
Es cuestión de equilibrio. Ninguna predicación, enseñanza o exhortación debe ser tratada de antemano con desprecio. Pero toda predicación, enseñanza y exhortación, así como toda palabra profética, debe ser examinada, probada o sopesada. Dios nos ha dado una mente y una capacidad de discernimiento que debemos emplear siempre. Pero, a la vez, debemos tener cuidado, porque es fácil estar tan ocupados en nuestro análisis crítico de lo que escuchamos, que nunca lleguemos a prestarle la debida atención personal ni a aplicarlo a nuestras vidas. Así llegamos a practicar otra forma de desprecio. Debemos cultivar el hábito de escuchar todo mensaje que pretenda venir de parte de Dios con reverencia, con temor y con la buena disposición a someternos a sus directrices; pero también estando alerta, con vigilancia y con examen cuidadoso, no sea que se nos vayan infiltrando enseñanzas que no provienen de Dios.
Pablo no nos dice aquí con qué herramientas debemos llevar a cabo el examen. Pero en otros lugares sí. Podemos resumirlas de la manera siguiente:

  1. Las Escrituras
    El Espíritu Santo nunca inspira ninguna profecía que no concuerde con las Escrituras. El verdadero profeta no dirá nada que se oponga a lo que Dios ya ha revelado. Por lo tanto, necesitamos ser como los bereanos y escudriñar las Escrituras para ver si estas cosas son así (Hechos 17:11; cf. Isaías 8:20). Toda palabra humana debe ser cotejada con la palabra de Dios. Ésta es nuestra herramienta principal en este examen, la que decide en última instancia qué es bueno y qué no lo es.
  2. La persona de Jesucristo
    Todo profeta verdadero será ortodoxo en sus enseñanzas acerca de cómo es Dios y quién es Jesucristo:
    Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto conocéis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en la carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios (1 Juan 4:1–3; cf. 2 Juan 9–10; 1 Corintios 12:3; Deuteronomio 13:1–5).
  3. El evangelio
    Pablo mismo asevera que cualquiera que no proclame el evangelio de la gracia de Cristo —es decir, las buenas nuevas de la remisión de nuestros pecados en virtud del sacrificio expiatorio de Cristo, y del don gratuito de la nueva vida por el Espíritu Santo— debe ser tratado como anatema (Gálatas 1:6–9). El tal no puede ser tenido por un profeta autorizado.
  4. El carácter del profeta
    Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:15–20). El maestro fiel debe ser identificado por la coherencia y la santidad de su vida.
  5. La naturaleza edificante del mensaje
    Todo lo que procede del Espíritu Santo edifica, purifica y contribuye a que los oyentes sean más como Cristo. Todo lo que perturba a la iglesia, causa divisiones o provoca rivalidades es del maligno.
  6. El amor
    Todo auténtico ministerio cristiano se lleva a cabo en un espíritu de amor fraternal. El que no ama, practica en vano los dones espirituales (1 Corintios 13). El que profetiza o predica sin amar, pone en duda la autenticidad de su llamamiento.
  7. El discernimiento espiritual
    Algunas personas han sido especialmente dotadas por el Señor para saber reconocer de qué espíritu es un profeta. El discernimiento de espíritus es uno de los dones que el Espíritu Santo reparte (1 Corintios 12:10). La iglesia hará bien en reconocer a los que tienen este don y seguir su consejo. De hecho, el discernimiento espiritual es una carencia importante en muchas congregaciones de hoy.

RETENED LO BUENO (v. 21b)

Una vez que hemos hecho el necesario examen, debemos aplicar a nuestras vidas todo lo que sea bueno. Al probar las monedas, debemos identificar las que son genuinas y emplearlas. El apóstol viene a decir: «Una vez que hayáis puesto a prueba lo que el profeta (o el predicador) diga, separad la escoria del metal y quedaos con lo bueno». Cuando el trigo y la cizaña han sido separados, quedaos con el trigo.
Esto último, por cierto, es el error de otras congregaciones de hoy. Ejercen mucho discernimiento, pero luego no aplican a sus propias vidas lo bueno que han discernido. Asisten como juez y jurado a las predicaciones. Lo examinan todo con lupa. Emiten opiniones críticas más o menos perspicaces. Pero, incluso cuando el sermón merece su aprobación entusiasta, se olvidan de la necesidad de ponerlo por obra. No se aferran a lo bueno. Así, el mensaje les resbala y vuelven a casa igual que salieron.
El verbo empleado —retened— es fuerte y activo. No se trata de escuchar la palabra con pasividad. Debemos «aferrarnos» a ella, «asir» sus implicaciones y abrazarlas. No satisfacemos nuestras obligaciones hacia lo bueno dándole nuestra aprobación crítica, sino agarrándolo con fuerza, determinados a no soltarlo nunca.
Aquí, pues, hay dos posibles peligros. El primero consiste en aceptar todo lo que nos llega desde el pulpito sin discernimiento espiritual y así tragarnos ideas erróneas. El segundo consiste en ser tan críticos que dejamos de aplicar a nuestras propias vidas la buena enseñanza.

ABSTENEOS DE TODA FORMA DE MAL (v. 22)

La contrapartida de aferrarnos a lo bueno es repudiar lo malo. Y esto es lo que Pablo procede ahora a decirnos. Pasa del mandamiento positivo al negativo. Nos dice: absteneos de toda forma de mal.
No es fácil dilucidar el énfasis que el apóstol tenía en mente en este contexto. ¿Quiere decir que, al examinar toda profecía que pretende ser palabra de Dios, debemos aferrarnos a lo bueno, a lo que es realmente de Dios, y repudiar toda enseñanza que no viene de él? ¿O quiere decir que, al adquirir elementos de juicio a través de las profecías recibidas, debemos aferrarnos a las buenas obras y abstenernos de las malas? Es decir, ¿se refiere a la mala profecía o a la mala vivencia? ¿Debemos rechazar a los falsos profetas y sus doctrinas erróneas, o las malas prácticas en nuestras propias vidas?
Nuevamente, la exhortación no podría ser más generalizada. Por tanto, quizás hagamos bien en darle el significado más amplio posible y tomar en consideración todas estas posibilidades. En realidad, no es cuestión de elegir entre abstenernos de las falsas profecías y abstenernos de las malas costumbres, porque éstas y aquéllas suelen ir juntas: la falsa doctrina conduce a malas obras (ver, por ejemplo, 2 Pedro 2:1–3). Debe haber una separación total y absoluta entre el creyente y la maldad. Éste debe vivir de tal manera que su vida sea un continuo alejamiento de los valores malos del presente siglo.
En todo caso, somos llamados a alejarnos radicalmente de toda forma de mal. Esta palabra puede referirse al aspecto visible de algo (pero nunca a su mera apariencia) o a las distintas variedades que puede tomar. La maldad toma muchas formas y se nos presenta de muchas maneras, pero debemos renunciar a todas ellas. Nuestra reacción debe ser evitar el mal en cualquier lugar donde aparezca. Debemos repudiarlo en nuestra manera de pensar, de hablar y de conducirnos.

RETENED LO BUENO (v. 21b)

Una vez que hemos hecho el necesario examen, debemos aplicar a nuestras vidas todo lo que sea bueno. Al probar las monedas, debemos identificar las que son genuinas y emplearlas. El apóstol viene a decir: «Una vez que hayáis puesto a prueba lo que el profeta (o el predicador) diga, separad la escoria del metal y quedaos con lo bueno». Cuando el trigo y la cizaña han sido separados, quedaos con el trigo.
Esto último, por cierto, es el error de otras congregaciones de hoy. Ejercen mucho discernimiento, pero luego no aplican a sus propias vidas lo bueno que han discernido. Asisten como juez y jurado a las predicaciones. Lo examinan todo con lupa. Emiten opiniones críticas más o menos perspicaces. Pero, incluso cuando el sermón merece su aprobación entusiasta, se olvidan de la necesidad de ponerlo por obra. No se aferran a lo bueno. Así, el mensaje les resbala y vuelven a casa igual que salieron.
El verbo empleado —retened— es fuerte y activo. No se trata de escuchar la palabra con pasividad. Debemos «aferrarnos» a ella, «asir» sus implicaciones y abrazarlas. No satisfacemos nuestras obligaciones hacia lo bueno dándole nuestra aprobación crítica, sino agarrándolo con fuerza, determinados a no soltarlo nunca.
Aquí, pues, hay dos posibles peligros. El primero consiste en aceptar todo lo que nos llega desde el pulpito sin discernimiento espiritual y así tragarnos ideas erróneas. El segundo consiste en ser tan críticos que dejamos de aplicar a nuestras propias vidas la buena enseñanza.

ABSTENEOS DE TODA FORMA DE MAL (v. 22)

La contrapartida de aferrarnos a lo bueno es repudiar lo malo. Y esto es lo que Pablo procede ahora a decirnos. Pasa del mandamiento positivo al negativo. Nos dice: absteneos de toda forma de mal.
No es fácil dilucidar el énfasis que el apóstol tenía en mente en este contexto. ¿Quiere decir que, al examinar toda profecía que pretende ser palabra de Dios, debemos aferrarnos a lo bueno, a lo que es realmente de Dios, y repudiar toda enseñanza que no viene de él? ¿O quiere decir que, al adquirir elementos de juicio a través de las profecías recibidas, debemos aferrarnos a las buenas obras y abstenernos de las malas? Es decir, ¿se refiere a la mala profecía o a la mala vivencia? ¿Debemos rechazar a los falsos profetas y sus doctrinas erróneas, o las malas prácticas en nuestras propias vidas?
Nuevamente, la exhortación no podría ser más generalizada. Por tanto, quizás hagamos bien en darle el significado más amplio posible y tomar en consideración todas estas posibilidades. En realidad, no es cuestión de elegir entre abstenernos de las falsas profecías y abstenernos de las malas costumbres, porque éstas y aquéllas suelen ir juntas: la falsa doctrina conduce a malas obras (ver, por ejemplo, 2 Pedro 2:1–3). Debe haber una separación total y absoluta entre el creyente y la maldad. Éste debe vivir de tal manera que su vida sea un continuo alejamiento de los valores malos del presente siglo.
En todo caso, somos llamados a alejarnos radicalmente de toda forma de mal. Esta palabra puede referirse al aspecto visible de algo (pero nunca a su mera apariencia) o a las distintas variedades que puede tomar. La maldad toma muchas formas y se nos presenta de muchas maneras, pero debemos renunciar a todas ellas. Nuestra reacción debe ser evitar el mal en cualquier lugar donde aparezca. Debemos repudiarlo en nuestra manera de pensar, de hablar y de conducirnos.

NUESTRA PARTICIPACIÓN EN LA IGLESIA LOCAL

¿Cómo, pues, debemos participar en la iglesia local? Pablo ya nos ha dado un buen surtido de respuestas:

Con respeto, aprecio y afecto hacia los líderes (vs. 12–13), reconociendo su derecho a dirigir a la congregación y a amonestar a sus miembros.

Esforzándonos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (v. 13b; Efesios 4:3).

Atendiendo a los desordenados, desanimados y débiles según sus necesidades, para que éstas no provoquen malestar en la iglesia (v. 14).

Prescindiendo de toda forma de venganza y haciendo bien a todos (v. 15).

Con una actitud positiva caracterizada por el gozo, la oración y la gratitud (vs. 16–18).
Ahora el apóstol añade tres consideraciones más:

No poniéndole trabas al Espíritu Santo en su labor de santificar a la iglesia mediante los dones que reparte entre los miembros, sino disponiéndonos a recibir su palabra, venga a través de quién venga y sea del carácter que sea (vs. 19–20).

Con discernimiento, con inteligencia espiritual y con la necesaria discriminación, no sea que el maligno infiltre en la iglesia ideas y prácticas que entorpezcan la obra (v. 21a).

Con la determinación de aferrarnos siempre a lo bueno y apartarnos del mal (vs. 21b–22).

La lista es larga y sus implicaciones inmensas. Pero ¡ojalá pudiéramos participar en congregaciones que se esfuercen por vivirlas!

Burt, D. F. (2003). 1 Tesalonicenses 5:1-28: Viviendo como Hijos del Día (pp. 153-160). Publicaciones Andamio.

LA TEOLOGÍA BÍBLICA | NICK ROARK & ROBERT CLINE

NECESITAMOS LA TEOLOGÍA BÍBLICA
CÓMO ENCONTRAR EL MENSAJE CENTRAL DE LA HISTORIA

Cuando yo —Nick— estaba en la escuela primaria, uno de mis compañeros presentó un resumen de una historia escrita por C. S. Lewis que hablaba de cuatro niños, un león que era rey, una bruja blanca y una tierra mágica que estaba oculta y a la cual se accedía a través de un armario. ¡La historia me cautivó! Así pues, compré el libro Las crónicas de Narnia y lo leí con placer. Pero años más tarde, después de mi conversión a Cristo, me di cuenta de que había pasado por alto la obvia intención del autor de dirigir a sus lectores hacia Cristo.
Es posible leer una historia, encontrarla interesante y, aun así, perderte por completo su mensaje central. Por ejemplo, podrías poner una atención desmedida en el escenario o en los personajes secundarios. Podrías leer solamente párrafos aislados o saltar sin rumbo de un lugar a otro. Incluso podrías tratar de confeccionar la trama de la historia o su moraleja desde diversas secciones desconectadas. Pero si haces algo así, lo más probable es que malinterpretes la historia, la figura del héroe y los temas principales.
La Biblia es una historia divinamente inspirada y narra dicha gran historia —también llamada metanarrativa— a través de una colección de historias, canciones, poesía, dichos sapienciales, evangelios, cartas y literatura apocalíptica. En conjunto, estos estilos diversos cuentan la historia verídica de la obra redentora de Dios en el mundo. La Biblia contiene sesenta y seis libros escritos por diferentes autores. Dichos autores fueron inspirados por el Espíritu Santo, quien usó la personalidad y el contexto propio de cada uno de ellos para entregarnos el canon de las Escrituras, el cual contiene un único mensaje y tema principal.
Los creyentes reconocen la autoridad divina de las Escrituras e incluso leen y estudian diariamente la Biblia durante años. Y aun así, muchos siguen sin captar su mensaje principal. En Juan 5:39–40, Jesús se dirige a algunas personas en la misma situación y les dice: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí; y no queréis venir a Mí para que tengáis vida”.
Es posible honrar las Escrituras y aun así leerlas y usarlas incorrectamente al no ver el gran panorama que Dios ha diseñado. Afortunadamente, el Autor de la Biblia nos ha dejado un buen número de pistas que señalan claramente el tema central de su historia. Aquí tienes una pista formidable ofrecida por Jesucristo mismo:
Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de Mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de Mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto (Lc 24:44–49).
Jesús explica dos cosas en este pasaje. En primer lugar, hace la impactante afirmación de que todas y cada una de las partes del Antiguo Testamento —desde el Pentateuco hasta los Profetas y los Salmos— hablan de Su persona. En resumen, Jesús se identifica a Sí mismo como el Mesías prometido. En segundo lugar, dice que Sus discípulos serán testigos de estas cosas a todas las naciones; es decir, a todos los pueblos en todos los lugares.
Dicho de forma sencilla, ¡no entenderás la metanarrativa bíblica hasta que comprendas que todo en ella gira alrededor de Jesús! Desde Génesis hasta Apocalipsis, Jesucristo es el Héroe y el mensaje central de dicha historia. Y aún más, ¡no entenderás quién es Jesús a menos que comprendas cómo el gran panorama bíblico se centra en Él! Jesús es la clave de la interpretación bíblica, y esto significa que aquel que lea cuidadosamente la Biblia lo encontrará al principio de dicha historia, en el medio y al final.
Dios nos ha revelado en las Escrituras los propósitos del Rey, los planes del Rey y las promesas del Rey. A medida que estos temas se van desarrollando en la historia bíblica, debemos prestarles atención y leerlos tal y como Jesús dice que debemos hacerlo. La historia de Dios es una gran historia. En realidad, es la más grandiosa de todas y está centrada en Su plan de redención a través de la persona y obra de Jesucristo. Pero para interpretar la Biblia fielmente, necesitamos las herramientas adecuadas. La disciplina de la teología bíblica es una de dichas herramientas.

  1. La teología bíblica nos ayuda a captar el propósito principal de la Biblia
    Algunas personas tratan la Palabra de Dios como si fuera una colección de historias independientes, una selección de dichos sabios y consejería e, incluso, un libro de cocina universal con recetas para tener “una buena vida” esparcidas a lo largo de sus sesenta y seis libros. Pero este tipo de enfoque falla en revelar el propósito central de las Escrituras.
    El Dios trino explica en la Biblia quién es Él, cómo es Él y de qué manera obra en toda la historia a través de Su Espíritu Santo y Su Hijo, Jesucristo el Rey, y de qué manera debemos glorificarle en este mundo. La teología bíblica nos permite captar este propósito principal al considerar cada pasaje de las Escrituras a la luz de toda la Biblia de forma que podamos entender cómo cada parte de las Escrituras se relaciona con Jesús.
  2. La teología bíblica nos ayuda a proteger a la iglesia y a guiarla
    Para interpretar las Escrituras correctamente debemos saber dónde encaja cada libro en la narrativa general de la Biblia. Y conocer dicha narrativa general nos ayudará a leer y comprender con exactitud cada evento, personaje o lección que se nos ha entregado como parte de la Palabra progresivamente revelada de Dios. Al entender la historia de las Escrituras en su conjunto, podemos definir quién es Jesús y qué es Su evangelio.
    Dios ha prometido rescatar a un pueblo de cada nación, tribu y lengua para Su propia gloria a través de su Hijo y por Su Espíritu Santo. Estas personas redimidas son miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. ¿Qué se supone que debe ser y hacer la Iglesia de Cristo? Jesús les dijo a aquellos que se habían arrepentido de sus pecados y confiado solo en Él —Sus discípulos— que las Escrituras declaran que se tiene que predicar “en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc 24:47). Por tanto, es necesario que la proclamación de Jesús sea el motor misional de la iglesia para discipular a las naciones. De esta manera, la teología bíblica protege a la iglesia del error letal de proclamar un evangelio falso y la guía a que la proclamación del verdadero evangelio sea el punto central de su misión de alcanzar al mundo, y que todo sea para alabanza de la gloria de Dios.
  3. La teología bíblica nos ayuda en nuestros esfuerzos evangelísticos
    Compartir las buenas nuevas con aquellos que no están familiarizados con el cristianismo requiere mucho más que explicar “las cuatro leyes espirituales” o “la ruta de Romanos”1. Las personas necesitan entender en primer lugar que la doctrina cristiana implica la transformación total de nuestra mentalidad. Cuando evangelizamos, debemos empezar con Dios y la creación para entender qué es lo que salió mal. A partir de ahí, seremos capaces de comprender lo que Dios ha estado haciendo a lo largo de la historia, lo cual a su vez nos permitirá descubrir porqué envió a Jesús y porqué importa en la actualidad. Solo estaremos capacitados para entender lo que Dios está haciendo ahora mismo y lo que hará en el futuro cuando entendamos correctamente y en su contexto adecuado estos eventos del pasado.
  4. La teología bíblica nos ayuda a leer, comprender y enseñar la Biblia como Jesús dijo que debemos hacerlo
    El propio Jesús dice en Lucas 24 que Él es la clave para interpretar las Escrituras. Así que, si no leemos las Escrituras de forma que nos guíen a Jesús, entonces no captaremos el mensaje central de la Biblia y, como resultado, enseñaremos a otros a cometer el mismo error.

CUANDO LAS IGLESIAS NO CAPTAN EL MENSAJE CENTRAL
En conclusión, si no entendemos el mensaje central de la narrativa bíblica produciremos evangelios e iglesias falsas. Veamos algunos ejemplos de dicha clase de errores y cómo la teología bíblica nos ayuda a evitarlos.

La iglesia del “evangelio de la prosperidad”
Permítenos presentarte a Jonathan. Este hermano lee su Biblia diariamente y ora a menudo, pero nunca ha leído un libro de las Escrituras por completo. Si miras su Biblia, notarás que Jonathan ha resaltado versículos en el Antiguo Testamento y subrayado páginas en el Nuevo.
Su esposa —Rebeca— ha memorizado una impresionante selección de versículos bíblicos y se los está enseñando uno por uno a sus hijos. Jonathan, Rebeca y su joven familia son parte de una iglesia local en una ciudad africana (aunque podríamos estar hablando de cualquier ciudad en Asia, Europa o Estados Unidos). Cuando le pedí a Rebeca que me recitara uno de los versículos que había memorizado, ella recitó Marcos 11:24: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. Entonces ella dijo: “Eso es lo que hizo Abraham, y eso es lo que yo hago”.
Yo —Robert— me quedé un poco preocupado y decidí contactar a uno de sus pastores. Cuando le pregunté cuál era el mensaje principal de la Biblia, él dijo: “Oh, eso es fácil. Dios envió a Jesús para dar la vida abundante de fe a todos los que creen. Dios nos da ahora esa vida llena de las riquezas y bendiciones ganadas por Jesús si tan solo tenemos fe. Nosotros podemos crear nuestras propias bendiciones cuando oramos como el padre Abraham oró”.

La iglesia del “evangelio patriótico”
Mientras visitaba a algunos creyentes en otra ciudad, esta vez en Estados Unidos, yo —Robert— les pedí que me dijeran cuál es el mensaje de la Biblia. Su respuesta fue algo así:
Bueno, Estados Unidos es una nación cristiana, la nación escogida de Dios al igual que lo es Israel, una ciudad asentada sobre un monte. Dios ha bendecido a esta nación, pero como dice en 2 Crónicas 7:14: “si se humillare Mi pueblo, sobre el cual Mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren Mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces Yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.
Continuaron diciendo:
En nuestra iglesia todo se centra en Dios y en nuestra patria. Se supone que esta es una nación cristiana, ¡pero ahora nos dicen que no podemos tener los diez mandamientos en las paredes de nuestras escuelas públicas! Si los estadounidenses se dedicaran a ser gente buena y honesta como Abraham, Moisés o David, entonces todos tendríamos prosperidad y disfrutaríamos de la seguridad y la paz que otorga la bendición de Dios.

La iglesia de “la lata de comida”
Juan se acaba de trasladar a la ciudad y es parte de una red de iglesias dedicadas a servir a los pobres. Su trabajo principal es administrar el banco de comida. La iglesia de Juan desea obedecer el mandato bíblico de hacer justicia, amar misericordia y humillarse ante su Dios (Miq 6:8). Juan admite que el enfoque que su congregación pone en la enseñanza tiene mucho más que ver en actuar en base a lo que debemos hacer por Dios, que en el mensaje de lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo. Juan reflexiona que: “Deberíamos centrarnos en aliviar a los que sufren dondequiera que nos encontremos. Nuestra iglesia es conocida por alimentar “a uno de estos mis hermanos más pequeños”. ¿Qué puede tener eso de malo?”.

La iglesia que protege la inmoralidad
Básicamente, la teología bíblica ayuda a los fieles discípulos de Cristo a reconocer y refutar las interpretaciones erróneas de las Escrituras que contradicen la narrativa general de la Biblia. Cristina es una joven estudiante universitaria que proviene de un hogar creyente. Se le ha enseñado la Biblia desde pequeña y conoce bien el panorama general de su historia. Incluso ha completado un año de estudios en el griego neotestamentario. Su cosmovisión es completamente cristiana, pero recientemente se quedó desconcertada al conocer a creyentes practicantes que eran abiertamente homosexuales y también muy amables, generosos y cariñosos.
Y ella se pregunta: “¿Cómo puede la Biblia estar en contra de tales personas?”.
Cristina ha leído artículos de estudiosos bíblicos que ponen en entredicho la traducción de los textos clave que se usan para explicar porqué la práctica homosexual es pecaminosa. Llegado a este punto, no puede evitar preguntarse: “Dado que no hay versículos bíblicos que prohíban explícitamente el matrimonio entre personas del mismo sexo, ¿qué pasa si dos mujeres se aman genuinamente?”.

CONCLUSIÓN
Estos son tan solo algunos de los problemas con los que se pueden encontrar los creyentes y las iglesias locales, y la teología bíblica les ayudará a corregirlos. Pero existen más. A lo largo de este libro, veremos cómo la teología bíblica nos ayuda a entender correctamente la gran historia de la Biblia colocando al Rey Jesús en el principio, el centro y el final de la verídica y singular historia que encontramos en las Escrituras.
Pero nos estamos adelantando demasiado. Comencemos por responder esta pregunta: ¿Qué es la teología bíblica?

Roark, N., & Cline, R. (2019). La teología bíblica: Cómo la iglesia enseña fielmente el evangelio (M. Dever & J. Leeman, Eds.; A. Molero & R. Molero, Trads.; pp. 15-24). Poiema Lectura Redimida.

Este artículo pertenece al Ministerio 9Marcas: https://es.9marks.org/libros/teologia-biblica/

Hojas de Higuera | David Barceló

Hojas de Higuera | David Barceló

La meta para cada matrimonio debiera ser la de cultivar la unidad matrimonial, teniendo como referente la unidad perfecta que hubo entre Adán y Eva en el Edén. Cuando el hombre y la mujer fueron creados por Dios, ¿cómo debía de ser su comunicación, su amistad, su intimidad? Nos puede resultar un pensamiento demasiado elevado el tratar de imaginar la vida de Adán y Eva como matrimonio en su perfección. Antes de comer del fruto, ¿cómo eran las palabras del uno hacia el otro? ¿Cómo eran sus miradas, sus gestos, sus prioridades, su servicio, su respeto, su amor?

Ese estado de perfección es el que debemos anhelar aquí en la tierra. El matrimonio perfecto duró tan solo unos versículos en el Génesis, pero hoy día cada matrimonio cristiano debiera ser un matrimonio que camine hacia esa perfección con la ayuda de Dios y la guía del Espíritu Santo.

Si la unidad del Edén es nuestra meta, ¿qué sentido podría tener pues para un cristiano unirse a alguien que no tiene su fe? El creyente ha de vivir en verdadera y completa unidad con su cónyuge, y ambos en unidad con el Señor.

¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?”, Amos 3:3.

Si la unidad del Edén es nuestra meta, ¿qué sentido tiene vivir vidas paralelas? Hay muchos matrimonios que viven bajo el mismo techo, pero viven emocionalmente divorciados porque su tiempo, sus amistades, su dinero, sus decisiones, su vida en general lleva rumbos diferentes.

Si la unidad del Edén es nuestra meta, ¿qué sentido tiene culparse el uno al otro, ridiculizarse el uno al otro, airarse el uno contra el otro? Si los dos estamos en el mismo barco, si los dos tenemos un mismo destino, si los dos estamos en el mismo equipo… Acaso el jugador de tenis, jugando en parejas, se gira a su compañero y le grita “¡Ah, te han marcado un punto!”. Tal como expresa la palabra castellana, marido y mujer somos “consortes”, o sea, de una misma suerte. Estamos unidos para lo bueno y para lo malo. Las desavenencias no tienen sentido.

Pero esa unidad perfecta que el primer matrimonio disfrutaba en el Edén duró poco tiempo. Esa unidad se expresa en afirmaciones como esta de Génesis 2:25, en la cual vemos la aceptación, intimidad y unidad que había entre Adán y Eva.

Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.

Pero esa perfecta unidad matrimonial fue atacada por el diablo y destruida por el pecado. La serpiente entra en escena, les engaña, y comen del fruto prohibido. Satanás pretende destruir la Creación, invirtiendo el orden establecido por Dios. Dios es el Creador, Adán es su Mayordomo, Eva se sujeta a su marido como ayuda idónea, y los animales obedecen al hombre y a la mujer como parte de la Creación que deben sojuzgar. Sin embargo Satanás revierte el orden, y es una serpiente la que tienta a la mujer, la mujer invita a su marido a desobedecer, y Adán culpa a Dios de todo lo sucedido: “La mujer que TÚ me diste me dio a comer…”.

Adán y Eva comieron del fruto prohibido, y “fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”. ¡Y desde entonces usamos hojas de higuera! Para cubrir nuestra vergüenza. Para esconder nuestras faltas. Para disimular nuestras debilidades. Nuestras hojas de higuera hoy día son de marca y llevan botones y cremalleras, pero por mucho que las sofistiquemos están diciendo lo mismo: que tememos que nos vean como realmente somos.

La primera consecuencia del pecado es que el hombre y la mujer empezaron a cubrirse. En primer lugar se cubrían de Dios, porque querían ocultar su pecado cosiendo hojas de un árbol. Comprobamos una vez más cuán maravillosa es la gracia de Dios al ver que Dios mismo es quien finalmente les viste con una ropa permanente, una piel de un animal, símbolo y anticipo del sacrificio perfecto de Cristo que cubre nuestro pecado.

¡Pero Adán y Eva no solo pretendían cubrirse de Dios, sino que también se cubrían el uno del otro! Adán no quería que Eva viera su desnudez, y Eva no quería que Adán viera su desnudez. Sentían vergüenza ante el otro e intentan disimular su temor con un improvisado camuflaje.

El pecado en tu corazón es lo que te mueve a esconderte de Dios y a esconderte de tu consorte. Nos vestimos continuamente con “hojas de higuera” para que no se descubra la realidad de nuestra naturaleza: hojas de mentira, hojas de disimulos, hojas de medias verdades, hojas de hipocresía, hojas de orgullo… para esconder un corazón sucio de pecado. Es tu pecado –no el de tu esposo o esposa– el que destruye la unidad y la intimidad matrimonial. Los más grandes enemigos del matrimonio están dentro de casa, y están dentro de ti: tu orgullo, tu egoísmo, tu falta de perdón, tu ingratitud, tu impaciencia, tu ira, tus palabras ásperas, tu silencio…

“Ser una sola carne” supone ante todo luchar, no contra tu cónyuge, sino contra el pecado en tu corazón con todas tus fuerzas, para ser más santos. “Ser una sola carne” supone acercarse a Dios diariamente para confesar tus pecados, para ser cubiertos por la sangre de Cristo y por su manto de justicia, y acercarse cada día a tu esposa para seguir cultivando juntos la unidad matrimonial.

No pienses que la unión de un cristiano con otro cristiano tiene como resultado inmediato un “matrimonio cristiano”. Dos creyentes pudieran haberse unido en matrimonio y estar viviendo un “matrimonio mundano”. Un “matrimonio cristiano” es un nuevo reto que ambos deben asumir. El reto de caminar con Cristo juntos.

Como matrimonio, cada uno de nosotros necesitamos del Señor Jesucristo. Solo en Cristo podemos obtener el perdón de los pecados. Solo en Cristo podemos obtener la paz con Dios. Solo en Cristo se puede restablecer esa hermosa unidad matrimonial que se perdió en el Edén. Solo Cristo puede lograr el milagro de que dos pecadores egoístas, cubiertos de hojas de higuera, vuelvan a ser un matrimonio unido y santo que se ama, y que ama a Dios sobre todas las cosas.

Amén. Que el Señor te bendiga.

David Barceló es pastor de la Iglesia Evangélica de la Gracia en Barcelona, España, desde sus inicios en el año 2005. Conferencista en varias ciudades de España y Latinoamérica. Felizmente casado con su esposa Elisabet, son padres de cuatro hijos, Moises, Daniel, Elisabet y Abraham.

Artículo original: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/hojas-de-higuera/

Los proverbios de Salomón | Matthew Henry

Los proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel:
2 para aprender sabiduría e instrucción,
para discernir dichos profundos,
3 para recibir instrucción en sabia conducta,
justicia, juicio y equidad;
4 para dar a los simples prudencia,
y a los jóvenes conocimiento y discreción.
5 El sabio oirá y crecerá en conocimiento,
y el inteligente adquirirá habilidad,
6 para entender proverbio y metáfora,
las palabras de los sabios y sus enigmas.

  1. Quién escribió estos dichos sabios y sentenciosos (v. 1). Leemos que son «Proverbios de Salomón», cuyo nombre significa «pacífico». David cuya vida estuvo llena de fatigas y aflicciones, escribió un libro de devoción (Salmos), pues, como escribe Santiago (5:13): «¿está alguno entre vosotros afligido? Haga oración». Salomón, que llevó una vida pacífica, escribió un libro de instrucción, porque cuando las iglesias tenían paz eran edificadas (Hch. 9:31). En tiempo de paz debemos aprender, y enseñar a otros, lo que debemos practicar en tiempo de aflicción. Era hijo de David. Había sido bendecido con una buena educación, y se había orado por él (Sal. 72:1); efecto de ello era su sabiduría y sus buenos servicios. Fue rey de Israel única vez que se le llama así en los libros sapienciales (comp. con Ec. 1:1). Todo el mundo deseaba ir a ver a Salomón para oír su sabiduría (1 R. 10:24), la cual era mayor que la de todos los orientales (1 R. 4:30).
  2. Estos proverbios fueron escritos (vv. 2–4) para uso y beneficio de todos. Este libro nos ayudará: (A) Para formarnos nociones correctas de las cosas y tener ideas claras y distintas, a fin de que sepamos cómo hablar y actuar con prudencia. (B) Para distinguir entre la verdad y la falsedad, el bien y el mal. (C) Para ordenar rectamente nuestra conducta (v. 3). Este libro nos dará el conocimiento que puede disponernos para dar a cada uno lo suyo, a Dios lo que es de Dios, en todos los ejercicios de devoción, y a los hombres lo que a los hombres se debe.
  3. Son útiles para todos, pero están destinados especialmente: (A) A los simples (v. 4), es decir, a los que se dejan llevar fácilmente por las opiniones de otros y, por tanto, son presa de la indecisión. Con estos proverbios adquirirán la instrucción necesaria para ser sagaces y evitar pecados en los que la ignorancia juega gran papel. (B) A los jóvenes. La juventud abunda en vitalidad, pero también en juicios precipitados, faltos de la necesaria ponderación. (C) También los sabios aprenderán aquí, pues el verdadero sabio es el que sabe que no sabe nada como se debe saber (comp. con 1 Co. 8:2). Si estudian este libro, aumentarán su saber (v. 5) y adquirirán, si ya tienen alguna discreción, destreza; el vocablo hebreo indica experiencia en manejar el timón de un barco; en otras palabras: saber qué curso tomar en cada ocasión y circunstancia de la vida. (D) Todos ellos aprenderán (v. 6) a entender proverbios, etc., es decir, a interpretar los diferentes estilos y géneros literarios y las llamadas «figuras de dicción».

Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry (pp. 664-665). Editorial CLIE.

¿QUÉ ES EL MAL? | Norman Geisler

PREGUNTAS ACERCA DEL MAL

Norman Geisler

Tarde o temprano debo encarar este asunto con lenguaje sencillo: ¿qué razón tenemos —salvo nuestros propios deseos— para creer que Dios es —en cualquier forma concebible— «bueno»? ¿Acaso la evidencia prima facie no sugiere exactamente lo opuesto? ¿Qué tenemos para contrarrestar eso?
«Cristo es nuestro argumento. Pero, ¿y si Él se hubiera equivocado? Sus últimas palabras tienen un significado perfectamente claro. Descubrió que el Ser a quien llamaba Padre era terrible e infinitamente diferente de lo que supuso. La trampa, por tanto tiempo preparada —con tanto esmero— y tan sutil carnada, saltó por fin a la cruz. Triunfó el chiste cruel … Paso a paso fuimos «dirigidos camino arriba, hacia el jardín». Otra vez, cuando más bondadoso parecía, en realidad, preparaba la próxima tortura».
Esas palabras no provienen de un ateo o escéptico que trata de sacudir la fe en Dios que alguien pueda tener. Proceden de C.S. Lewis, uno de los más grandes defensores del cristianismo. Las escribió cuando aún estaba de duelo por la pérdida de su esposa, que murió de cáncer. Tal respuesta señala que, tarde o temprano, cada uno de nosotros debe tratar el problema del dolor, es decir, el problema del mal.
Si Dios no dijera que es bueno, el problema sería sencillo, pero lo es. Si no fuera omnipotente, tal como proponen los deístas finitos, no habría dificultad alguna. Si el mal no fuera real, podríamos eludir el problema. Pero no es así. Es muy real, especialmente pala quienes sufren dolor, y aunque no le demos una respuesta a cada situación individual, podemos hallar ciertos principios generales acerca del mal. Al menos podremos mostrar que la idea de un Dios bueno y poderoso no es irreconciliable con la existencia del mal.

¿QUÉ ES EL MAL?

¿Cuál es la naturaleza del mal? Hablamos de actos malos (asesinatos), de gente mala (Charles Manson), de libros malos (pornografía), de acontecimientos malos (huracanes), enfermedades malas (cáncer o ceguera) pero, ¿qué hace que todo eso sea malo? ¿Qué es el mal cuando lo vemos por sí mismo? Algunos han dicho que el mal es una sustancia que se adhiere a ciertos seres u objetos y los hace malos (como un virus que infecta un animal), o que es una fuerza contraria en el universo (como el lado oscuro de la película «La fuerza de Luke Skywalker»). Pero si Dios hizo todas las cosas, eso lo hace responsable del mal. El argumento parece ser como sigue:

  1. Dios es el autor de todo.
  2. El mal es algo.
  3. Por lo tanto, Dios es el autor del mal.

Agustín versus Maniqueo
Maniqueo fue un hereje dualista del siglo III de la era cristiana, proclamaba que el mundo fue hecho de materia no creada que era mala en sí misma. De ello deducía que toda existencia física era mala; solo las cosas espirituales podían ser buenas. Agustín escribió para demostrar que todo lo que Dios creó fue bueno y que el mal no es una sustancia.


«¿Qué es el mal?

Quizá usted replique: La corrupción. Innegablemente es una definición general del mal, porque implica oposición a la naturaleza, como también herir. Pero la corrupción no existe por sí misma, sino que aparece en un ente que se corrompe, de manera que no es una sustancia. Así que la cosa que se corrompe no es corrupción, no es mal, pues lo que es corrupto sufre pérdida de pureza e integridad. De modo que eso que no tiene pureza que perder no puede ser corrupto; y lo que tiene es necesariamente bueno ya que participa de la pureza. Repito, lo que se corrompe es descompuesto; y lo que es descompuesto sufre pérdida de orden; y el orden, es bueno. Ser corrupto no implica necesariamente ausencia de bien, pues la corrupción priva de lo bueno, lo que no ocurriría si hubiera ausencia de bien». [Sobre la moral de los maniqueos, 5.7.]
La primera cláusula es verdadera. Así que parece que debemos negar la realidad del mal para negar la conclusión (como hacen los panteístas). Podemos negar que el mal es una cosa o sustancia, sin decir que no es real. Es cierta carencia en las cosas. Cuando lo bueno que debería haber está ausente de algo, eso es malo. Después de todo, si no tengo una verruga en mi nariz, eso no es malo; porque, en primer lugar, no debe estar allí. Sin embargo, si a un hombre le falta la habilidad para ver, eso es malo. Asimismo, si una persona carece de la bondad y el respeto por la vida humana que debería tener, entonces puede asesinar. El mal es, en realidad, un parásito que no puede existir salvo como una grieta en algo que debiera ser sólido.
En algunos casos, el mal es explicable fácilmente, tal como sucede con las malas relaciones. Si escojo un buen revólver, le pongo una buena bala, lo apunto a mi buena cabeza, pongo mi buen dedo en el buen gatillo y le doy un buen apretón … resulta una mala relación. Las cosas involucradas en esta relación no son malas en sí mismas, pero la relación entre las cosas buenas carece definitivamente de algo. En este caso, la falta o carencia se da porque las cosas no se usan como deberían usarse. Los revólveres no se deben usar para matar indiscriminadamente, aunque son buenos para el esparcimiento. Mi cabeza no fue concebida para practicar tiro al blanco. De igual manera, nada malo hay en los vientos huracanados que se mueven circularmente, pero la mala relación surge cuando el ojo del huracán pasa por un lugar donde están estacionadas varias casas móviles. Las malas relaciones son malas porque la relación en sí carece de algo, de modo que nuestra definición del mal sigue viva. El mal es la falta de algo que debería haber en la relación entre las cosas buenas.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 69-72). Editorial Unilit.

LA INCOMPRENSIBILIDAD DE DIOS | R.C. Sproul

La naturaleza y los atributos de Dios

LA INCOMPRENSIBILIDAD DE DIOS

R.C. Sproul

Durante un seminario en los Estados Unidos, un estudiante le preguntó al teólogo suizo Karl Barth: “Dr. Barth, ¿cuál ha sido lo más profundo que usted ha aprendido en su estudio de la teología?” Barth pensó por un momento y luego contestó: “Cristo me ama, bien lo sé, en la Biblia dice así”. Los estudiantes se rieron de su respuesta tan simplista, pero su risa se tornó algo nerviosa cuando pronto advirtieron que Barth lo había dicho muy en serio.

Barth dio una respuesta sencilla a una pregunta muy profunda. Al hacerlo estaba llamando la atención a por lo menos dos nociones fundamentalmente importantes. (1) En la más sencilla de las verdades cristianas reside una profundidad que puede ocupar las mentes de las personas más brillantes durante toda su vida. (2) Que aun dentro de la sofisticación teológica más académica nunca nos podremos elevar más allá del entendimiento de un niño para comprender las profundidades misteriosas y las riquezas del carácter de Dios.

Juan Calvino utilizó otra analogía. Dijo que Dios nos habla como si estuviera balbuceando. De la misma manera que los padres les hablan a sus hijos recién nacidos imitando el balbuceo de los bebés, así Dios cuando desea comunicarse con los mortales debe condescenderse y hablarnos con balbuceos.

Ningún ser humano tiene la capacidad para entender a Dios exhaustivamente. Existe una barrera infranqueable que impide un entendimiento completo y exhaustivo de Dios. Somos seres finitos; Dios es un ser infinito. Y ahí radica el problema. ¿Cómo puede algo que es finito comprender a algo que es infinito? Los teólogos medioevales tenían una frase que se ha convertido en un axioma dominante en cualquier estudio de teología. “Lo finito no puede aprehender (o contener) a lo infinito.” No hay nada que resulte más obvio que esto, que un objeto infinito no puede ser introducido dentro de un espacio finito.

Este axioma contiene una de las doctrinas más importantes del cristianismo ortodoxo. Se trata de la doctrina de la incomprensibilidad de Dios. Este término puede no ser bien entendido. Puede sugerir que como lo finito no puede “aprehender” a lo infinito, entonces es imposible llegar a conocer nada sobre Dios. Si Dios está más allá del entendimiento humano, ¿no sugiere eso que toda discusión religiosa no es más que mero palabrerío teológico y que entonces, como mucho, solo nos queda un altar a un Dios desconocido?

Por supuesto que esto no es la intención. La incomprensibilidad de Dios no significa que no sabemos nada sobre Dios. En realidad significa que nuestro conocimiento será parcial y limitado, que nunca podremos alcanzar el conocimiento total y exhaustivo de Dios. El conocimiento que Dios nos da sobre sí mismo mediante la revelación es verdadero y útil. Podemos conocer a Dios en la medida que Él decida revelarse a sí mismo. Lo finito puede “aprehender” a lo infinito, pero lo finito no podrá nunca contener a lo infinito en sus manos. Siempre habrá algo más de Dios que lo que podamos aprehender.

La Biblia expresa esto mismo de esta manera: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre” (Deuteronomio 29:29). Martín Lutero hizo referencia a los dos aspectos de Dios —el secreto y el revelado. Una porción del conocimiento divino permanece oculta a nuestros ojos. Trabajamos a la luz de lo que Dios nos ha revelado.

Resumen

  1. Hasta las verdades cristianas más sencillas contienen un profundo significado.
  2. Independientemente de lo profundo que pueda ser nuestro conocimiento teológico, siempre habrá mucho sobre la naturaleza y el carácter de Dios que seguirá siendo un misterio para nosotros.
  3. Ningún ser humano puede tener un conocimiento exhaustivo sobre Dios.
  4. La doctrina de la incomprensibilidad de Dios no significa que no podemos llegar a conocer nada sobre Dios. Significa que nuestro conocimiento está restringido, limitado por nuestra humanidad.

Pasajes bíblicos para la reflexión
Job 38:1–41:34
Salmo 139:1–18
Isaías 55:8–9
Romanos 11:33–36
1 Corintios 2:6–16

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 33-35). Editorial Unilit.