Esteban, lleno de fe y poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Hechos 6:8
Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él… Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Hechos 7:57, 59
Esteban fue capaz de realizar “grandes prodigios y señales” para ayudar a otros. ¿Por qué no pudo hacer lo mismo para liberarse de ser apedreado hasta morir? ¿Por qué no hizo como Elías, que hizo descender fuego del cielo sobre sus enemigos? ¿Por qué Dios permitió que lo mataran en la “cúspide” de su fidelidad en la tierra? ¿Por qué no llevarse a un cristiano que estuviese “lleno de sí mismo” en lugar de uno que estaba “lleno del Espíritu Santo”?
La respuesta a todas estas preguntas la hallamos en los propósitos soberanos de Dios. A Dios no le falta poder para salvar a los suyos cuando él lo desea. Véase, por ejemplo, a Sadrac, Mesac y Abed Nego en el horno de fuego, a Daniel en el foso de los leones o a Pedro en la prisión de Herodes. Por otro lado, tampoco podemos cuestionar la fe y el compromiso de Esteban. La primera vez que el libro de los Hechos habla de él, lo describe como un “varón lleno de fe y del Espíritu Santo”. Murió orando por los hombres violentos que lo apedrearon hasta que él perdió la vida.
De hecho, la verdad es que Dios no necesita nuestra aprobación ni comprensión para llevar a cabo sus propósitos en nuestras vidas. Sus operaciones para con los suyos no es principalmente nuestro bienestar corporal o nuestra supervivencia, sino para que su gloria se manifieste en ellos. Este es el motivo por el que Pablo pudo sanar a muchas personas durante sus viajes misioneros, pero no pudo liberarse de su aguijón en la carne. Si somos conscientes de ello, entonces podremos confirmar en nuestras vidas las palabras de 2 Samuel 22:31-33: “En cuanto a Dios, perfecto es su camino, y acrisolada la palabra de Jehová. Escudo es a todos los que en él esperan. Porque ¿quién es Dios, sino solo Jehová? ¿Y qué roca hay fuera de nuestro Dios? Dios es el que me ciñe de fuerza, y quien despeja mi camino”.
Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Eclesiastés 1:2-3
El Eclesiastés, uno de los tres libros escritos por el rey Salomón, es un libro muy especial. Contiene algunas afirmaciones que parecen extrañas a primera vista. Y cabe preguntarse qué beneficio puede obtener el cristiano de este libro.
Al leer el Eclesiastés, hay que tener en cuenta el punto de vista que adopta el escritor al observar la vida. Una expresión clave en este libro es “debajo del sol”, la cual aparece 29 veces. El escritor observa las cosas tal y como están “debajo del sol”, es decir, ante los ojos del hombre. A partir de esto, saca conclusiones desde el punto de vista del hombre natural, quien no posee ninguna revelación de parte de Dios acerca de las cosas que no se pueden ver “debajo del sol”. En consecuencia, estas conclusiones no son correctas cuando se consideran a la luz de la revelación de Dios en el Nuevo Testamento. Citemos solo dos ejemplos para demostrarlo:
1. “Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece” (Ec. 1:4). Ahora bien, sabemos gracias a 2 Pedro 3:10 (y otros pasajes) que la tierra no permanecerá para siempre. Pero así es como le parece al hombre natural: una generación sigue a la otra y la tierra sigue ahí. Es lo mismo que dicen los burladores de los últimos días (2 P. 3:3-4).
2. “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros… ni tiene más el hombre que la bestia” (Ec. 3:19). A la luz del Nuevo Testamento, debemos decir que hay una diferencia fundamental entre el hombre y la bestia: ¡el hombre tiene un alma viviente! “El Predicador” concluye que todo termina de la misma manera: con la muerte, pues “debajo del sol” no se sabe lo que viene después de la muerte.
Si tenemos en cuenta el punto de vista del Predicador, entenderemos mejor el Eclesiastés.
No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Mateo 5:17
Cristo vino a cumplir la ley Debido a que el Señor Jesús trajo un mensaje que es diferente a la ley de Moisés, hay quienes piensan que él vino para anular la ley. Pero esto no es así. De hecho, la ley tenía un mensaje que era esencial que los hombres aprendieran. Romanos 3:19-20 lo deja muy en claro: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.” Solo Israel estuvo realmente bajo la ley; sin embargo, el mensaje de la ley era tal, que exponía la culpabilidad de toda la humanidad, tanto de gentiles como judíos. El Señor no dejó esto de lado. La ley se convirtió en nuestro “ayo” o tutor para llevarnos a Dios (Gá. 3:24).
Vino para cumplir la ley. Esto no significa que vino a guardar la ley, sino a cumplir las exigencias que la ley tenía en contra la humanidad. La ley exigía el castigo y la muerte para todos los que no la cumplían. Por lo tanto, si el Señor Jesús iba a cumplir la ley, él mismo debía sufrir y morir para llevar a cabo esta gran obra de recibir el castigo que la ley exigía.
Y lo hizo en perfección. No solo murió en la cruz, sino que “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). Esto nada tiene que ver con lo que sufrió de parte de sus crueles enemigos, no fue el sufrimiento que le infligieron sus crueles enemigos. Este padecimiento hace referencia a las tres horas de intensas tinieblas, cuando sufrió la insoportable agonía del juicio de Dios.
Cristo cumplió perfectamente la ley y satisfizo todas sus exigencias en favor de la multitud de pecadores redimidos, quienes lo alabarán durante la eternidad. Después de terminar esa gran obra, él resucitó y fue exaltado por encima de todos los cielos.
Este mes os será principio de los meses; para vosotros será este el primero en los meses del año. Éxodo 12:2
¿Hacer buenos propósitos o confiar en el Señor? El primer día del año nuevo es un momento en el que a muchas personas les gusta tomar resoluciones de principio de año. Otros, como Jonathan Edwards, toman resoluciones en cualquier momento del año. Edwards fue una de las principales figuras del «Gran Despertar» en América del Norte durante el siglo 18. En su juventud elaboró una lista de setenta resoluciones. La primera resolución de su lista era: «Tomo la resolución de que voy a hacer todo aquello que piense que sea más para la gloria de Dios, y mi propio bien, beneficio y placer». Sin embargo, su tercera resolución decía: «Resuelvo que si alguna vez caigo o me vuelvo perezoso de tal manera que falle para no mantener estas resoluciones, me arrepentiré de todo lo que pueda recordar, cuando recupere mi sensatez». Evidentemente, sabía que existía una alta probabilidad de fallar en el cumplimiento de sus resoluciones.
Al comenzar un nuevo año, en lugar de tomar una resolución, sería mucho mejor dirigir nuestra vista hacia Cristo. En él no hay fracasos y todos los nuevos comienzos le pertenecen. Vemos un indicio de esto en la primera pascua en Egipto: “Este mes os será principio de los meses” (Éx. 12:2). Esa noche, el sacrificio de un cordero por casa dio paso a un nuevo comienzo para los israelitas. Estarían protegidos del juicio y comenzarían su viaje a una nueva tierra, la tierra prometida. Fue realmente un nuevo comienzo y el inicio como un nuevo pueblo. Todas sus necesidades serían satisfechas a lo largo de su viaje. Pero todo comenzó con la sangre derramada de un cordero.
No necesitamos buenas resoluciones. Necesitamos volver a mirar a Aquel que murió por nosotros. Las resoluciones se rompen con demasiada facilidad debido a la debilidad de nuestra carne. El “Predicador” nos advirtió: “Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas” (Ec. 5:5). Pero Cristo, que nos salvó con su sangre, también nos sostendrá y conducirá durante todos los días de nuestra vida.
Es muy alentador observar cómo se conduce este temeroso varón de Dios. Después de estar con su alma angustiada ante Dios por la iniquidad del pueblo de Dios (Hab. 1:2), sube a su puesto de guardia para oír la respuesta de Dios (Hab. 2:1). Luego, tras escuchar lo que el Señor dijo, Habacuc ora una vez más, y finalmente camina por las alturas con gozo en su corazón y alabanza en sus labios (Hab. 3:19).
Estamos viviendo tiempos difíciles, días que bien podemos denominar como “los últimos días”. La Iglesia ha fracasado en su responsabilidad de dar testimonio de Cristo, y el juicio debe comenzar por la Casa de Dios (1 P. 4:17). El mundo ha fracasado en su responsabilidad de gobernar, llenándose de violencia y corrupción. Los juicios del día del Señor se acercan para este mundo, pero incluso en estos días debe cosechar con dolor lo que ha sembrado injustamente. En días como estos, en el que “el fin de todas las cosas se acerca”, es ciertamente apropiado que aprendamos las lecciones que aprendió Habacuc, y así ser sobrios y velar en la oración (1 P. 4:7).
Junto con este antiguo profeta, en todas las penas que podamos enfrentar, ya sea entre el pueblo de Dios o en el mundo que nos rodea, tenemos un recurso infalible: “El Señor está en su santo templo” (Hab. 2:20 NBLA). “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). Al igual que Habacuc, nosotros podemos derramar nuestras preocupaciones ante Dios; podemos verlo actuar; podemos poner todas nuestras necesidades ante él en la oración. Incluso podemos ser conducidos en espíritu a “alturas”, por encima de todas las tormentas, para gozarnos en el Señor, en el Dios de nuestra salvación.
Que podamos inclinarnos con el rostro en tierra en señal de confesión, en el debido momento; que nos paremos sobre “la fortaleza” (Hab. 2:1) para conocer la mente del Señor; y que nos arrodillemos en oración y alabemos en las alturas.
¿Se juntará contigo el trono de iniquidades que hace agravio bajo forma de ley? Salmo 94:20 El mal va en aumento En este salmo, el Espíritu Santo describe proféticamente el momento en que el “misterio de la iniquidad” habrá alcanzado su punto álgido y en el que el “hombre de pecado” se haya sentado en el trono del templo de Dios (véase 2 Ts. 2:3-8). El anticristo perseguirá al remanente piadoso en Israel, pero estos fieles esperarán la intervención del Señor (vv. 4-9, 21-23). Los creyentes de este salmo hacen una pregunta sorprendente: “¿Se juntará contigo (con Dios) el trono de iniquidades?” Claramente no, los días del anticristo están contados y el Señor vendrá al rescate de su pueblo, entonces juzgará el “trono de iniquidades”.
Después de su liberación, “el juicio será vuelto a la justicia” (v. 15). Esto significa que llegará el momento en que la justicia ya no estará corrompida. El juicio realizado al Señor Jesús, que lo llevó a la crucifixión, dejó de manifiesto que el juicio y la justicia están separados. Pilato sabía que lo correcto hubiera sido liberar a Cristo, ¡pero lo condenó a muerte! Pilato separó así el juicio de la justicia. Lo mismo ocurre hoy en día, cuando lo políticamente correcto, y lo que es conveniente, deja de lado lo que es moralmente correcto y transparente. Y, sin embargo, Dios es soberano, como escribió un poeta: “La verdad por siempre en el estrado, el error por siempre en el trono; no obstante, ese estrado balancea el futuro, y detrás de la oscura incertidumbre, Dios está entre las sombras, cuidando de los suyos”.
Hay otro elemento sorprendente en la confesión del remanente en Israel: ellos dicen que el trono de iniquidades “hace agravio bajo forma de ley”. Esto significa que las autoridades civiles aprobarán leyes inicuas y harán que la maldad esté legalmente permitida. ¡La persecución de los judíos justos se aprobará legalmente (v. 21)! Muchos gobiernos están legalizando la iniquidad, por ejemplo, cambiando el fundamento mismo del matrimonio (que es una institución divina), permitiendo que la perversión moral sea una ley nacional. Nuestro recurso no es político sino espiritual, pues nosotros también esperamos el del juicio de Dios sobre este mundo para que la justicia sea establecida.
Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos… Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.
Así es como Emanuel vino a esta tierra. Nació sin intervención humana, pero también privado de las comodidades de los hogares humanos: fue “acostado en un pesebre” (Lc. 2:12). Había que constatar solemnemente dos hechos: (1) los hombres no podían traer a la existencia a este gran Redentor, que es el único que puede traer descanso a los hombres y dar gloria a Dios; y (2) no lo iban a recibir cuando viniera.
Sí, pero el Hijo de la virgen, acostado en un pesebre, era “Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Aquel Niño era “Dios… manifestado en carne… visto de los ángeles” (1 Ti. 3:16). Y de los labios de Dios surgió el mandato: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He. 1:6).
Sí, los ángeles lo adoraron, pero los hombres permanecieron indiferentes. Solo unos pocos, como aquellos sabios del lejano Oriente y los humildes pastores de las colinas circundantes, fueron tocados por este gran acontecimiento. Cegada por la incredulidad, la multitud no pudo reconocer la “señal” que Dios había dado (véase Is. 7:14); para ellos, Emanuel no era más que el “hijo del carpintero” (Mt. 13:55), y se creían tan buenos o incluso mejores que él. “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:10-11).
Dios vio con qué desprecio era tratado su Hijo unigénito, y por eso, desde su trono eterno, pronunció estas palabras: “Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones” (Sal. 2:7-8). Pero cuando estuvo en este mundo, Jesús no pidió el trono universal, ni el poder para doblegar a los rebeldes con una vara de hierro (Sal. 2:9). En lugar de eso, él anduvo entre los hombres, lleno de gracia y de verdad. Emanuel había venido a reconciliar al mundo con Dios.
En algunas denominaciones el escoger el ministerio es una decisión racional que se basa en varias consideraciones de parte del candidato. Pero en muchas otras denominaciones hay un énfasis fuerte en el hecho de que el ser ministro requiere una convicción firme de que uno ha sido llamado por Dios. Este llamamiento se exige para evitar frustraciones que se puedan presentar en dicho llamado e inciden profundamente como factores de permanencia. Insistimos en que cada ministro tenga una convicción semejante a la experiencia de Pablo y Bernabé, cuando el Espíritu Santo dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch. 13:2).
Algunos experimentan el llamado al ministerio por medio de un deseo profundo de servir al Señor; otros resisten el llamado por mucho tiempo y después se rinden a la presión que viene de Dios. Yo recuerdo muy bien que cuando era joven en los primeros años de la vida cristiana me impresionaba mucho la consagración de mi pastor a Dios y a su iglesia. Yo pasaba mucho tiempo imaginándome cómo sería ser un líder espiritual. Con el tiempo llegué a desear ser un cristiano consagrado totalmente a la predicación del evangelio. Sentía que este deseo era el llamado de Dios. Pero cuando llegué a la universidad comencé a escuchar los testimonios de los jóvenes, muchos de los cuales eran veteranos de la Segunda Guerra Mundial y otros adultos casados con hijos, que testificaban de su sentido de llamado, al cual habían resistido por mucho tiempo. Parecía que uno tenía que luchar en contra del llamado de Dios por mucho tiempo para estar seguro de él. Comencé a dudar de ese llamado; y estas dudas produjeron una ansiedad que afectaba mi vida devocional; hasta que decidí ir y hablar con uno de mis profesores sobre mi problema. El profesor era un sabio con muchos años en el ministerio. Me aseguró que muchos experimentaban el llamado por medio del deseo de servir al Señor, y que no era necesario resistir ese llamado. Me relató el caso de Isaías, que se ofreció para responder al llamado de Dios a llevar el mensaje de Dios a su pueblo. Esto me dio la tranquilidad que buscaba, y seguí adelante en mi preparación para servir al Señor.
Los componentes del llamado de Dios El doctor Jorge Gaspar Landero declara: “El pastor es un hombre de Dios por llamamiento divino. Se ha dedicado a estudiar y predicar la Palabra de Dios. Vive para su iglesia y sufre por ella.” (“Ofrenda al Pastor”, El Pastor Evangélico, junio de 1959, p. 137). El doctor A. T. Bequer recalca esta misma verdad: “Es imposible realizar la función de pastor de una iglesia si no hemos sentido el llamamiento de lo Alto, porque la misión del pastor tiene múltiples facetas:…” (El Pastor Evangélico, junio de 1959, p. 115). En el curso de la historia Dios llama a cada uno para ser su vocero en el mundo donde uno está viviendo o para llevar las Buenas Nuevas a otros sectores del mundo. El llamado de Dios puede llegar a uno en la forma de una voz audible, como en el caso de muchos de los personajes bíblicos. O puede venir en forma de una convicción interna que persiste a través de un tiempo extenso. Puede ser por medio de una consideración de las necesidades del mundo de hoy. No es posible establecer criterios para que Dios llame en cierta forma, porque Dios es soberano y no podemos dictarle a él cómo ha de llamar a otro. Pero cada uno tiene que escuchar la voz de Dios, según su propia comprensión de ella, y responderle con convicción. Cada persona debe tener una convicción de que Dios le ha llamado. El doctor H. C. Brown, profesor de homilética por muchos años en un seminario, dijo: “El pastor que tiene paz en su alma en relación con su llamamiento, sabe que es un hecho bíblico e histórico. Sabe que Dios lo ha llamado.” (“¿Por Qué los Ministros no Abandonan su Trabajo?” El Pastor Evangélico, junio de 1966, p. 116). Cada cual debe tener adentro esa llama ardiente de la que habla Pablo cuando dijo: “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16). Esto quiere decir que hay un elemento divino en el llamado para predicar el evangelio.
Los elementos inconscientes en el llamado José María Martínez declara: “La persona que se cree llamada por Dios para servirle debe examinar con la mayor objetividad posible los motivos que le impelen al ministerio.” (José María Martínez. Ministros de Jesucristo, Tomo I. Barcelona: Editorial Clie, 1977, p. 31). Algunas personas se ofenden si uno menciona la posibilidad de que hay elementos y motivaciones inconscientes que entran en juego en el llamado para predicar. La sicología nos enseña que hay motivaciones conscientes e inconscientes en nuestro comportamiento. Podemos estar conscientes de parte de nuestra motivación, que puede ser un sentido de gran necesidad espiritual de entre un grupo, o un interés especial en cierta clase de trabajo o con cierto grupo de personas. La motivación puede brotar de una ambición de viajar a sectores distintos. Pero juntamente con estos factores conscientes habrá muchos otros de los cuales no nos damos cuenta. Por ejemplo, algunas personas se dan cuenta, después de un tiempo en el ministerio, cuando han tenido mucha oportunidad de reflexionar sobre su motivación y han recibido ayuda de otras personas más sabias que ellas, que su llamado al ministerio responde a una necesidad inconsciente de ser aceptadas por otras personas. Descubren que en el ministerio cristiano hay una mayor oportunidad de experimentar esta aceptación. Otros descubren que están en el ministerio porque esta vocación les ofrece la oportunidad de ser estrellas o actores. Otros predican para expiar una culpa que tienen por algún pecado que han cometido en el pasado. Otros lo hacen por una compulsión que sienten de parte de uno de los padres o familiares. Algunos predican por el poder que tienen sobre otras personas, siendo personajes de autoridad por su prestigio en el ministerio. Hay personas que luego de reflexionar sobre su pasado descubren que entraron en el ministerio para agradar a uno o los dos de sus padres. La influencia de los valores de los padres, lo que Freud llamó el “super yo”, ejerce una fuerza bastante poderosa sobre cada uno de nosotros. Uno de los problemas más comunes de los seres humanos es el del sentido de aislamiento, el sentirse solos. Cuando uno está en las actividades de la iglesia, con todo el movimiento de los programas, piensa que sería imposible sentirse solo. Por eso, muchos son atraídos al ministerio, porque piensan que van a solucionar este problema. Pero después de estar en el ministerio, descubren que el sentido de aislamiento es uno de los problemas más grandes de los ministros y otros líderes religiosos. Descubren que por la naturaleza de sus responsabilidades muchos ministros llevan una máscara que pone distancia entre ellos y la congregación y entre los sentimientos de todos. Edward Bratcher, en su libro, The Walk-on-Water Syndrome, sugiere que uno de los grandes problemas de los ministros es su necesidad de aparentar ser capaces de solucionar todos los problemas, de hacer milagros, de ser los mejores oradores que existen y de ser personas infalibles en su doctrina y omnipotentes en su capacidad. Lo más terrible es que a veces el ministro no está consciente de esa necesidad que siente. Estas expectativas crean actitudes nocivas para la salud emocional del ministro. Entre esas actitudes se encuentran: (1) Sentimientos de debilidad y poca estima propias. (2) Sentimientos de ser inadecuados para responder a las demandas de todo el mundo. (3) La necesidad de llevar una máscara profesional, como un camuflaje para sus emociones verdaderas y relaciones interpersonales muy débiles (págs. 26–34). La lista puede extenderse para incluir muchas otras posibilidades. El énfasis que estamos haciendo es que nos conviene a cada uno de nosotros pasar un tiempo tratando de analizar nuestra motivación inconsciente. ¿Qué debemos hacer si descubrimos que hay motivaciones no tan altruistas como habíamos pensado? ¿Debemos abandonar el ministerio? En ninguna manera. El gran predicador y traductor de la Biblia, doctor J. B. Phillips, dice que debemos hacer todo lo posible para pulir nuestros motivos y hacerlos menos egoístas. (Vera Phillips y Edwin Robertson, J. B. Phillips: The Wounded Healer, págs. 17, 18). En esta manera podremos llegar a servir con mayor dedicación y menos presión. Cuanto más podamos sacar del inconsciente los motivos, y apoderarnos de ellos en forma consciente, haciendo que las áreas de nuestra vida que anteriormente eran infructuosas lleguen a ser útiles, tanto más efectivos seremos en el ministerio.
La salud del ministro El ministro tiene el deber hacia sí mismo, hacia Dios y hacia su familia de mantenerse en el mejor estado de salud posible. Cuando uno pierde su salud, sea física, emocional o espiritual, su eficacia en el ministerio mengua. Por eso, una parte de la ética personal abarca el mantenernos en buenas condiciones físicas, intelectuales, emocionales y espirituales.
La salud emocional Después de unos pocos años en el ministerio, el pastor puede descubrir que está sufriendo del estrés que viene acumulando por tantas responsabilidades y demandas de la obra. Por un lado, hay personas que esperan que el pastor sea un buen orador, y que predique sermones creativos para estimular a los más educados en la congregación. Hay otros que hacen reclamos porque el aspecto administrativo de la iglesia no está de acuerdo con las normas administrativas de las organizaciones seculares más avanzadas del momento. Otros critican al pastor porque no visita a los miembros de la iglesia con suficiente regularidad. Otros dicen que el pastor no es asequible cuando necesitan un consejero espiritual. Además de todo esto, la familia constantemente reclama el hecho de que dedica casi todo su tiempo a los miembros, y nunca dedica tiempo para la esposa y los hijos. Todo esto, después de un tiempo, crea una crisis emocional para el pastor. El ministro tiene el deber de mantenerse con la máxima salud emocional. El servicio a Dios demanda mucho del ministro en su vida emocional. Constantemente está ministrando a personas en crisis con experiencias que son conmovedoras. Esto requiere del ministro un equilibrio emocional para poder funcionar en circunstancias de tanta presión. En el curso de un día puede participar en un servicio fúnebre, visitar en el hospital a personas alegres por el nacimiento de un hijo y a otros que están encarándose con la muerte, y terminar el día con una boda de jóvenes miembros de la iglesia. Tiene que tener la capacidad de identificarse emocionalmente con cada persona y grupo, de acuerdo con las circunstancias que estén viviendo, sin perturbarse tanto por las tristezas y tragedias de algunos que llegue a perder su propio equilibrio. Esto requiere estabilidad emocional. Esta estabilidad emocional se puede ver cuando el ministro tiene dominio propio tal como lo recomienda Pablo a Timoteo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1:7). Algunos de los mayores problemas de ministros en el campo de su salud mental tienen que ver con el resentimiento, la inmadurez, el sentido de inferioridad, las dudas, el sentido de culpa, y la soberbia, según Wayne C. Clark, en su libro, The minister Looks at Himself (Philadelphia: The Judson Press, 1957). Clark dedica un capítulo de su libro a tratar cada uno de estos problemas, con la esperanza de poder ayudar a los ministros a vivir sin las emociones que son destructivas y con las emociones positivas que hacen nuestra vida más feliz y nuestro ministerio más fructífero. Si el ministro puede concentrar sus energías en mostrar el fruto del Espíritu Santo, del que habla Pablo en Gálatas 5:22, 23: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”, entonces todas estas cualidades le ayudarán para mantenerse en buenas condiciones emocionales. Si el ministro abunda en estas cualidades, va a poder combatir el sentido de inseguridad, el complejo de culpabilidad y la necesidad de atacar a todos los demás para asegurarse de su poder en la iglesia. Esto tiene que ver con la ética personal del ministro porque muchos pastores se sacrifican en el ministerio, o sacrifican a su esposa y/o los hijos, pensando que lo hacen por consagración cuando en verdad lo hacen para cubrir su inseguridad u otros problemas en la esfera de la salud emocional. A veces un pastor llega a encontrarse en una gran dificultad en el ministerio con su iglesia. Llega al extremo de decidir que tiene que ganar en una controversia en la iglesia. No se da cuenta de que el mayor problema es su inseguridad que se manifiesta en su actitud de dictador. Si pudiera alejarse un poco emocionalmente de las circunstancias, estaría en condiciones de reconocer que en verdad no tiene que ganar en esta controversia. La falta de salud emocional se ve en los pastores que sienten una compulsión de trabajar largas horas los siete días de la semana. Según su punto de vista, la obra así lo requiere. Pero no se dan cuenta de que su compulsión se debe a factores inconcientes. Después de estar unos dos o tres años en un lugar, sienten el deseo de pasar a otra congregación. Siempre esperan que sea a una responsabilidad mayor. Tienen una compulsión de escalar montañas. Al llegar a la cima de una montaña, inmediatamente ven otra montaña más alta en la distancia, y comienzan la lucha para llegar a la cima de ésa. Pasan su carrera luchando en esta forma, y nunca pueden sentarse y descansar, y sentir que lo que han hecho es suficiente. Tienen que hacer más para agradar a Dios. La ética personal para el ministro abarca la capacidad de bendecirse a sí mismo, reconocer que es aceptado por Dios y por los demás, y a la vez dar bendición a todos los demás. Este concepto ha sido comunicado bien en el libro de Tomas Harris, Yo Estoy Bien; Tú Estás Bien. Harris menciona que muchas personas, por alguna dificultad en la niñez, sienten que no están bien. Pueden condenar a los demás también, o pueden sentir que todos los demás sí están bien. La meta para cada persona es sentirse bien y sentir que los demás también están bien. Esta actitud manifiesta mejor salud mental, y a la vez ayuda a uno a trabajar bien con los demás. Wayne E. Oates, profesor por muchos años en el campo del cuidado pastoral y autor del libro The Struggle to be Free, menciona la lucha que ha tenido para liberarse de los sentimientos de inferioridad y del sentido de aislamiento, que abarcan el área de la salud emocional del ministro (Philadelphia: Westminster Press, 1983, págs. 29–47 y 65–90).
La salud física Estrechamente vinculada con la salud emocional del ministro está la salud física. El ministro, como todo ser humano, necesita una cantidad normal de sueño por la noche para descansar adecuadamente. Necesita alimentos sanos para mantener el equilibrio físico. Necesita ejercicio físico todos los días. El horario y las actividades en que participa el ministro no dan suficiente tiempo para el ejercicio físico. Los ministros, por la naturaleza de su trabajo, pasan mucho tiempo sentados en su despacho preparando sermones, estudios bíblicos y programas para la iglesia. Por eso, necesitan programar actividades todos los días que le brinden la oportunidad de caminar o realizar otras formas de ejercicio. Uno de los problemas de la mayoría de los ministros que pasan de los treinta y cinco años es el aumento de peso. Esto se debe a la falta de ejercicio y demasiada comida. Uno de los pecados más comunes entre los ministros es la glotonería. Los miembros de la iglesia siempre nos invitan a comer. Ellos sacrifican su comida de toda la semana para servir algo suntuoso al ministro. Si aceptamos su invitación en varias ocasiones en la semana, pronto vamos a tener un problema de obesidad. El ministro necesita un programa constante de ejercicio físico. Si camina mucho en su visitación a los miembros, esto le beneficiará. Si no camina mucho, debe apartar un tiempo todos los días para realizar ejercicios. Los médicos nos dicen que necesitamos ejercicio para acelerar el latido del corazón en una forma sostenida durante veinte minutos todos los días. No es necesario someternos a un programa forzado que nos deje agotados físicamente; simplemente un ejercicio suave y una vigilancia de la cantidad de alimentos que ingerimos nos ayudarán para mantenernos en buenas condiciones físicas. El ministro necesita someterse a un examen físico cada dos años antes de los cincuenta años de edad y cada año después de cumplir los cincuenta años. Este examen médico nos dará la oportunidad de corregir cualquier mal en las etapas iniciales, antes de que el problema sea crítico. El ministro necesita tomar medidas para aliviar el estrés en su vida. En los últimos años mucho se ha escrito sobre este tema. Un buen libro, escrito en inglés, especialmente para ministros, se titula: Burnout in Ministry, por Brooks R. Faulkner. Las demandas del ministerio son tales que el ministro puede experimentar mucho estrés antes de darse cuenta. El tener un modo de relajarse y el practicarlo en forma regular le ayudarán. Cada persona tendrá una capacidad distinta para soportar las presiones de su trabajo, y cada uno tendrá su forma especial de relajarse. No es necesario dictar a cada persona lo que tiene que evitar ni lo que tiene que hacer para relajarse. El ministro necesita un tiempo y una forma de recreación que pueda ayudarle a sentirse “recreado”. Para algunos esto puede significar viajes a lugares aislados para experimentar la soledad; para otros pueden ser oportunidades para tener compañerismo con amigos íntimos. Es bueno si el ministro puede separar un día para estar con la familia y participar en actividades del gusto de ellos. El ministro necesita tomar vacaciones cada año. Las iglesias deben animar a su pastor a que tome vacaciones, salga de la comunidad y disfrute de un descanso. Durante esta ocasión puede dedicar tiempo a la lectura, al planeamiento de su programa de predicación y a aprovechar la oportunidad de visitar otras iglesias para observar sus programas. Esto le beneficiará a él y a su iglesia y el pastor y su familia regresarán renovados para trabajar con más energías. Wayne Oates habla de la necesidad de librarse de aceptar todas las invitaciones que recibe para predicar, enseñar, dictar conferencias y participar en reuniones que comprometan al ministro hasta el punto de quedar completamente agotado (The Struggle to be Free, págs. 129–143). La necesidad de alimentar el “yo”, la necesidad de ser reconocido como persona importante, y a veces la necesidad económica presionan al ministro para aceptar invitaciones extras que posteriormente minan sus energías y hasta su salud. Numerosos son los ministros que se despiertan a los cuarenta y cinco años de edad, para descubrir que han logrado la fama pero han perdido el amor y respeto de sus hijos y su esposa.
La salud intelectual El ministerio requiere que el pastor alimente intelectualmente a su congregación en su mensaje formal dos o tres veces en la semana. Para poder hacer bien esto, el pastor necesita pasar de tres a cuatro horas cada día en la preparación intelectual. Muchas personas dejan de asistir a la iglesia porque no reciben suficiente estímulo intelectual para hacerles querer seguir asistiendo. El ministro debe estudiar durante toda la vida. Debe tener un programa variado de lectura, y utilizar lo que lee en ilustraciones para sus sermones. Así la gente sabrá que van a recibir estímulo intelectual cuando van a la casa de Dios para adorar. La congregación no espera que el pastor esté completamente informado como especialista en todos los campos; eso es imposible. Pero ella lo respetará más si se da cuenta por medio de sus sermones que está informado en términos generales de lo que está pasando en el mundo. Su predicación reflejará si está estudiando, o si depende de ideas viejas de épocas pasadas que todos ya habrán escuchado muchas veces. Esto es muy importante, pues el ministro debe tener ideas permanentemente frescas. El auditorio por lo general contiene personas que con frecuencia van a escuchar algo nuevo, como le ocurrió a Pablo. “Qué querrá decir este palabrero”, decían los epicúreos y estoicos (Hch. 17:18), pues esperaban que se les dijera algo nuevo. No es posible legislar en cuanto al mejor lugar para estudiar, ni qué horario es el mejor para todos. Cada persona tendrá que determinar eso, según las circunstancias locales y su propio reloj interno. Algunos prefieren estudiar en las horas de la mañana, porque pueden concentrarse mejor. Otros prefieren hacerlo en las horas de la noche, cuando todos los demás están dormidos, porque así no experimentan interrupciones. Algunos prefieren estudiar en casa porque hay menos estorbo que en el templo. Otros prefieren ir al templo para estudiar, porque los ruidos de la casa y las interrupciones de los niños no les dejan concentrarse en lo que están estudiando. No hay una sola situación que sea ideal para todos. Cada persona puede encontrar la hora y el lugar más convenientes y con menos interrupciones. Lo indiscutible es que el pastor tiene que dedicar tiempo a la preparación de sus sermones y estudios bíblicos. La gente tiene mucha sed del mensaje de Dios, y agradecerán a la persona que se disciplina para predicar y enseñar ese mensaje. El ministro tiene que cultivar su actualización en su doctrina, teología y filosofía. El apóstol Pablo encargó rigurosamente a su discípulo Timoteo sobre este aspecto: “Ocúpate en la lectura, la exhortación, y la enseñanza” (1 Ti. 4:12). Debe buscar oportunidades para participar en programas de actualización en el seminario del país donde está trabajando. Casi todos los seminarios ofrecen cursos que los pastores pueden aprovechar cada año. Otras instituciones locales, como institutos y universidades, ofrecen cursos seculares que pueden ayudar mucho al ministro para avanzar en sus conocimientos intelectuales. Podría matricularse en un curso en la universidad local, para mantenerse al día en varios campos. Puede aprovechar las bibliotecas locales para usar sus libros y así ahorrar la inversión de su propio dinero. Si puede leer un libro por mes de los nuevos que están saliendo de las casas publicadoras, esto le ayudaría a mantenerse al tanto de lo que pasa en el mundo.
La salud espiritual Es paradójico que la persona que inspira a tantos a cultivar una vida devocional activa a veces queda faltante en este aspecto de su propia vida. Algunas encuestas hechas en seminarios indican que el separar un tiempo todos los días para leer la Biblia y comunicarse con Dios para el beneficio personal del ministro es una necesidad grande entre todos. A veces los ministros pensamos que, puesto que pasamos todo nuestro tiempo en comunicación con Dios, en oración intercesora por las necesidades de otros, en la preparación de mensajes para predicar y en el ministerio a la grey, no es necesario tener un tiempo especial para comunicarnos con Dios. Pero esto es un error en nuestra lógica. El ministro que separa un tiempo cada día para meditar sobre la Palabra de Dios en su propio beneficio, podrá ministrar con mayor eficacia y autoridad espiritual. La mayoría de predicadores famosos recomiendan mucho la oración como parte de la clave del éxito. La predicación sin oración da como resultado congregaciones muertas. Cada enseñanza, cada sermón, si llega a dar en el blanco, es el resultado de la vida espiritual del ministro. Una de las razones por las que algunos ministros abandonan el ministerio y otros sienten una presión agotadora es la falta de una salud espiritual dinámica. Podemos ver un ejemplo de salud espiritual en la vida del Señor Jesús, cuando continuamente se alejaba para orar: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad… Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró”. (Lc. 22:39, 40). En los últimos años hemos observado que los seminarios están despertando a la necesidad de enseñar a los jóvenes seminaristas las maneras de cultivar una vida devocional activa, puesto que varios de ellos han contratado a profesores para esta área y tienen cursos con crédito que tienen que ver con el estudio devocional de la Biblia y la oración. James D. Crane, quien durante muchos años fue un líder espiritual en México y otras partes del mundo, ha escrito un libro sobre la oración para ayudar a los ministros en este campo. Martin Thornton, clérigo de la Iglesia Anglicana, ha escrito Spiritual Direction, un libro que trata de explicar cómo los líderes deben de guiar a otros en su desarrollo espiritual (London: SPCK, 1985). ¿Qué puede hacer el ministro ya graduado del seminario para ayudarse a sí mismo en este sentido? Además del estudio de la Biblia para su crecimiento personal, y la comunión con Dios por medio de la oración, cada uno puede buscar otras maneras de enriquecer su propia vida espiritual. Algunos han descubierto que la lectura de sermones de predicadores muy respetados alimentan su vida espiritual. Otros escuchan a otros predicadores por radio y televisión para recibir estímulo espiritual. Otros son inspirados por medio de la música sagrada. Cada uno tiene que descubrir lo que da resultados en su propio caso.
Una ética de compromiso Los ministros, u obispos de una iglesia, no sólo han de ser capaces de dirigir la iglesia, sino que también deben ser hombres de carácter elevado, con cualidades que indiquen un auténtico desafío a seguir a Cristo.
Una ética irreprensible En los requisitos para los obispos (pastores) que Pablo nos da en 1 Timoteo 3 aparece la palabra “irreprensible”. Esta palabra, sumada a los demás requisitos que Pablo menciona, presenta las normas éticas más altas para el ministro en su vida personal tanto como en su vida pública. Esto abarca el hecho de que el ministro debe tener templanza para controlar sus propios deseos carnales. Compromete el testimonio de la iglesia cristiana cuando el ministro es víctima de los vicios del alchohol, tabaco, drogas, o cualquier otro producto o deseo que es perjudicial para su cuerpo. El pueblo, cristiano o inconverso, no tiene mucha paciencia con el ministro que es descubierto en uno de estos vicios. La ética personal incluye el hecho de que el ministro debe controlar sus impulsos sexuales. Los ministros evangélicos acostumbran casarse y tener su propio hogar, porque esto se considera normal. En el matrimonio se da la oportunidad de expresar el amor genuino, incluyendo el sexo. Esto es bendecido por Dios y es una manera de canalizar los impulsos en forma sana. Sin embargo, con frecuencia se escuchan las noticias trágicas de que algún pastor ha fracasado por una relación extramarital. Esto trae desgracia a Dios, al ministerio como vocación divina, a los demás ministros y a la comunidad cristiana en general. Por eso, cada ministro debe ejercer un control constante de sus impulsos y no permitir encontrarse en una situación donde la tentación puede apoderarse de él. Hay muchas prácticas que parecen inocentes y que la gente dice que son aceptables para el ministro, pero que pueden ser el primer paso hacia un desliz moral que trae consecuencias funestas. Por ejemplo, el ofrecer el pastor llevar a una dama en su auto o en su moto, puede aparecer como gesto de cortesía, pero algunos que han fracasado dan testimonio del hecho de que su problema comenzó con ese gesto de cortesía tan inocente. La relación de consejero y aconsejada entre el pastor y una dama en su iglesia puede solucionar problemas serios para la dama y su familia. Pero los dos deben de tomar todas las pecauciones para evitar malentendidos y chismes de entre las personas de afuera. El ministro no debe ir a la casa de una señora si sabe que su esposo no está en casa, a menos que su esposa pueda acompañarle. Es recomendable tener a otras personas en el edificio de la iglesia si el pastor acustumbra aconsejar en el templo. Debe mantener abierta la puerta de su oficina si no hay ventana, para evitar la posibilidad de una situación con repercusiones negativas. El testimonio de personas que han vivido experiencias tristes basta para que tomemos en serio estas medidas de prevención, pues ni aun el apóstol Pablo escapó al comentario de sus enemigos que le asediaban permanentemente y tuvo que hacer una defensa de su ministerio, ya que se le imputaban cargos que atentaban contra él mismo (1 Co. 9:3, 5). De la misma manera, el ministro de hoy debe tener sumo cuidado en cada uno de sus actos. 2.3.2 Una ética económica El ministro no tendrá éxito en el ministerio si está motivado fuertemente por el dinero y las cosas materiales. Con raras excepciones, los ministros pasarán su vida en servicio a la humanidad y al Señor sin mucha recompensa material. Se ha dicho en multitud de veces que la mayor recompensa es la satisfacción espiritual que uno tiene al saber que ha ayudado a otros. Cada ministro tiene que recordar las palabras de Jesús: “De cierto os digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna” (Lc. 18:29, 30). La situación económica de la mayoría de los pastores es uno de los nervios más sensibles. La gran mayoría viven constantemente preocupados por necesidades de la familia que no pueden cubrir con el sueldo que reciben. Cada mes trae más días que dinero para comprar la comida, la ropa, las medicinas y las demás necesidades de la familia de los pastores. Las iglesias deben tomar más interés en aumentar el sueldo del pastor cada año. Algunas encuestas hechas en varios países indican que en muchos casos los pastores reciben menos que el sueldo mínimo legal. Esto no debe ser así. También las encuestas indican que los ministros reciben un sueldo muy por debajo del de otros profesionales con la misma cantidad de preparación que se requiere de un pastor graduado de un seminario. La Biblia dice: “Digno es el obrero de su salario” (Mt. 10:10; 1 Ti. 5:18). Es lamentable cuando el ministro y su familia tienen que pasar experiencias dolorosas por carecer del sueldo suficiente porque la iglesia no reconoce su necesidad. La mayoría de los ministros tienen más preparación formal que el gran procentaje de los miembros, pero su sueldo refleja el nivel de vida de los miembros más pobres o por debajo de la escala del promedio de los miembros. Los miembros de las iglesias deben estudiar bien el sueldo de sus pastores, sus capacidades y su beneficio para la obra del Señor. Al hacerlo, seguramente van a sentir la necesidad de aumentarles el sueldo.
Conclusión El ministro es un siervo del Señor, que ha dedicado su vida a una misión que es básicamente espiritual en su naturaleza. El pasará su vida esforzándose por ayudar a las personas a relacionarse con Dios en una forma aceptable. Para poder hacerlo, tiene que tener una autoimagen sana, y encontrar alegría en el llamado que Dios le ha dado. No tendrá mucha eficacia si ejerce su ministerio con resentimiento por no estar ganando el dinero que otros profesionales ganan, o si no tiene las mismas comodidades que otras personas tienen con la misma preparación académica y experiencia. El ministro necesita respetarse a sí mismo, lo cual incluye el cuidado de su propio cuerpo, y la protección de su salud. Necesita recordar que su grado de eficacia en la obra será proporcional a su capacidad de mantenerse en buena salud. El ministro luchará para mantenerse alerta intelectualmente, para poder alimentar a los feligreses. Esto tendrá un efecto positivo sobre sí mismo tanto como sobre los miembros en la iglesia. La gente se acercará a escuchar al pastor que tiene un mensaje de Dios, basado en la Palabra de Dios y que responde a las necesidades de las personas en el mundo contemporáneo.
Sin falsificar la Palabra “Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2 Corintios 2:17).
No es cosa banal hablar a una congregación de almas inmortales acerca de las cosas de Dios. Pero la responsabilidad más importante de todas es hablar a un grupo de ministros como el que veo ante mí en estos momentos. Atraviesa mi mente la terrible sensación de que una sola palabra equivocada que arraigue en algún corazón y fructifique en el futuro desde algún púlpito puede ocasionar daños cuyo alcance desconocemos. Pero hay ocasiones en que la verdadera humildad se ve no tanto en las confesiones de nuestra debilidad en alta voz como al olvidarnos de nosotros por completo. Deseo olvidar mi ego en esta ocasión al dirigir mi atención a esta porción de la Escritura. Si no digo mucho acerca de mi sentimiento personal de insuficiencia, hazme el favor de creer que no es porque no lo tenga.
La expresión griega que se traduce como “falsificando” deriva de una palabra cuya etimología no halla consenso entre los lexicógrafos. Se refiere o bien a un comerciante que no lleva su negocio con honradez o a un vinatero que adultera el vino que pone a la venta. Tyndale la traduce como: “No somos de aquellos que mutilan y modifican la Palabra de Dios”. En la versión Rhemish leemos: “No somos como muchos, que adulteran la Palabra de Dios”. En la Versión Autorizada inglesa, al margen, leemos: “No somos como muchos, que utilizan con engaño la Palabra de Dios”.
En la construcción de la frase, el Espíritu Santo inspiró a S. Pablo para que declarara la verdad de forma negativa y positiva. Este tipo de construcción añade claridad al sentido de las palabras y las hace inequívocas, además de intensificar y fortalecer la aseveración que contienen. Se dan casos de construcciones similares en otros tres pasajes extraordinarios de la Escritura, dos en referencia a la cuestión del bautismo y uno con respecto a la cuestión del nuevo nacimiento (cf. Juan 1:13; 1 Pedro 1:23; 1 Pedro 3:21). Se hallará, pues, que el texto contiene lecciones tanto positivas como negativas para la instrucción de los ministros de Cristo. Unas cosas debemos evitarlas. Otras cosas debemos seguirlas.
La primera de las lecciones negativas es una clara advertencia contra la falsificación o la utilización engañosa de la Palabra de Dios. El Apóstol dice que “muchos” lo hacen, señalando que aun en su época había algunos que no trataban la verdad de Dios con honradez y fidelidad. Aquí tenemos una respuesta contundente para aquellos que afirman que la Iglesia primitiva era de una pureza sin adulterar. El misterio de la iniquidad había comenzado ya a obrar. La lección que se nos enseña es que debemos cuidarnos de cualquier aseveración falsa de esa Palabra de Dios que se nos ha encargado predicar. No debemos añadirle nada. Tampoco debemos quitar nada. Ahora bien, ¿cuándo se puede decir de nosotros que falsificamos la Palabra de Dios en la actualidad? ¿Cuáles son las rocas y bancos de arena que debemos esquivar si no queremos formar parte de los “muchos” que manipulan engañosamente la verdad de Dios? Pueden ser de utilidad unas cuantas indicaciones en cuanto a esto.
Falsificamos la Palabra de Dios de la forma más peligrosa cuando arrojamos cualquier sombra de duda sobre la inspiración plenaria de una parte de la Santa Escritura. Eso no es corromper meramente el vaso, sino toda la fuente. Eso no es meramente corromper el cubo del agua viva que declaramos presentar a nuestro pueblo, sino envenenar todo el pozo. Una vez equivocados en este punto, está en peligro toda la esencia de nuestra religión. Es una fisura en el fundamento. Es un gusano en la raíz de nuestra teología. Una vez que permitimos que ese gusano ataque la raíz, no debe sorprendernos que las ramas, las hojas y el fruto empiecen a decaer poco a poco. Soy muy consciente de que toda la cuestión de la inspiración está rodeada de dificultades. Lo único que quiero decir es que, en mi humilde opinión, a pesar de ciertas dificultades que no podemos resolver por ahora, la única postura segura y sostenible que podemos adoptar es esta: que cada capítulo, cada versículo y cada palabra de la Biblia han sido “[inspirados] por Dios”. Jamás debiéramos abandonar ningún principio teológico, como tampoco lo hacemos con los principios científicos, a causa de las aparentes dificultades que no podemos eliminar en la actualidad.
Permítaseme mencionar una analogía de este importante axioma. Aquellos que están familiarizados con la astronomía saben que antes del descubrimiento de Neptuno había dificultades que preocupaban mucho a la mayoría de los astrónomos científicos con respecto a ciertas aberraciones del planeta Urano. Esas aberraciones confundían las mentes de los astrónomos y algunos de ellos indicaron que quizá podrían demostrar que el sistema newtoniano no era cierto. Pero, por aquella época, un conocido astrónomo francés llamado Leverrier leyó ante la Academia de la Ciencia un artículo en el que establecía el gran axioma de que no convenía a un científico renunciar a un principio a causa de las dificultades que no podían explicarse. Decía en concreto: “No podemos explicar las aberraciones de Urano por ahora; pero estamos seguros de que tarde o temprano se demostrará que el sistema newtoniano es correcto. Quizá se descubra algo un día que demuestre que estas aberraciones son explicables a la vez que el sistema newtoniano sigue siendo cierto y permanece inalterado”. Unos años después, los angustiados ojos de los astrónomos descubrieron el último gran planeta: Neptuno. Se demostró que este planeta era la verdadera causa de todas las aberraciones de Urano, y lo que el astrónomo francés había establecido como un principio científico se verificó como algo sabio y cierto. La aplicación de la anécdota es obvia. Tengamos cuidado de no renunciar a ningún principio teológico básico. No renunciemos al gran principio de la inspiración plenaria debido a las dificultades que se planteen. Quizá llegue el día en que estas se resuelvan. Mientras tanto, podemos estar seguros de que las dificultades a las que se enfrenta cualquier otra teoría son diez veces mayores que aquellas a la que se enfrenta la nuestra.
En segundo lugar, falsificamos la Palabra de Dios cuando planteamos afirmaciones doctrinales equivocadas. Esto lo hacemos al añadir a la Biblia las opiniones de la Iglesia o de los Padres como si tuvieran la misma autoridad. Lo hacemos cuando sustraemos cosas de la Biblia a fin de complacer a los hombres o cuando, por un sentimiento de falsa liberalidad, evitamos cualquier afirmación que suene radical, dura o estrecha. Lo hacemos al intentar suavizar cualquier cosa que se enseñe con respecto al castigo eterno o a la realidad del Infierno. Lo hacemos cuando proponemos doctrinas de forma desproporcionada. Todos tenemos doctrinas favoritas y nuestras mentes están constituidas de tal forma que es difícil ver una verdad claramente sin olvidar que existen otras verdades igualmente importantes. No debemos olvidar la exhortación de Pablo a ministrar “conforme a la medida de la fe”. Lo hacemos cuando exhibimos un deseo excesivo de encubrir, defender y matizar doctrinas como la justificación por la fe sin las obras de la Ley por miedo a las acusaciones de antinomianismo; o cuando huimos de afirmaciones acerca de la santidad por miedo a que se nos considere legalistas. No lo hacemos menos cuando eludimos utilizar el lenguaje bíblico al mencionar las doctrinas. Tendemos a relegar expresiones como “nuevo nacimiento”, “elección”, “adopción”, “conversión”, “seguridad” y a utilizar circunloquios, como si nos avergonzáramos del lenguaje claro de la Biblia. No puedo extenderme en estas afirmaciones por falta de tiempo. Me doy por satisfecho con mencionarlas y dejarlas para tu reflexión personal.
En tercer lugar, falsificamos la Palabra de Dios cuando la aplicamos de forma equivocada. Lo hacemos al no discriminar entre clases en nuestras congregaciones, cuando nos dirigimos a todos como poseedores de la gracia en razón de su bautismo o su pertenencia a la iglesia y no trazamos una línea entre los que tienen el Espíritu y los que no. ¿No somos propensos a relegar los llamamientos claros a los inconversos? Cuando tenemos a 800 ó 2000 personas ante nuestro púlpito y sabemos que una gran proporción de ellas son inconversas, ¿no tendemos a decir “si hay alguno que no conozca las cosas necesarias para su paz eterna…”, cuando más bien debiéramos decir “si hay alguno que no tenga la gracia de Dios en él…”? ¿Y no corremos el peligro de manejar defectuosamente la Palabra en nuestras exhortaciones prácticas al no dejar claro lo que dice la Biblia a las diversas clases que forman parte de nuestra congregación? Hablamos claramente a los pobres; ¿pero hablamos también claramente a los ricos? ¿Hablamos claramente al dirigirnos a las clases altas? Este es un punto respecto al cual me temo que necesitamos examinar nuestras conciencias.
Pasemos ahora a las lecciones positivas que contiene el texto: “Sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Bastará con unas cuantas palabras respecto a cada apartado. Deberíamos tener el propósito de hablar “con sinceridad” —sinceridad de propósito, de corazón y de motivaciones—; de hablar como quienes están profundamente convencidos de la verdad de lo que dicen, como quienes tienen fuertes sentimientos y un amor tierno hacia aquellos a quienes nos dirigimos. Deberíamos tener el propósito de hablar “como de parte de Dios”. Deberíamos intentar sentirnos como hombres a los que se ha encargado hablar en nombre de Dios y en su lugar. En nuestro pavor a caer en el romanismo, con demasiada frecuencia olvidamos el lenguaje del Apóstol: “Honro mi ministerio”. Olvidamos cuán grande es la responsabilidad del ministro del Nuevo Pacto y lo terrible que es el pecado de aquellos que, cuando un verdadero ministro de Cristo se dirige a ellos, se niegan a recibir su mensaje y endurecen sus corazones contra Él..
Deberíamos tener el propósito de hablar “delante de Dios”. No debemos preguntarnos a nosotros mismos qué habrá pensado la gente de mí, sino cómo me habrá visto Dios. Latimer recibió en cierta ocasión el llamamiento a predicar ante Enrique VIII y comenzó su sermón de la siguiente forma. (Lo cito de memoria, no pretendo tener una precisión literal): “¡Latimer! ¡Latimer! ¿Recuerdas que estás hablando ante el excelso y poderoso rey Enrique VIII; ante aquel que tiene poder para enviarte a prisión, ante aquel que puede ordenar que te decapiten si así le place? ¿Tendrás cuidado de no decir nada que ofenda a sus regios oídos?”. Entonces, tras una pausa, prosiguió: “¡Latimer! ¡Latimer! ¿No recuerdas que estás hablando ante el Rey de reyes y Señor de señores, ante Aquel al que deberá presentarse Enrique VIII; ante Aquel al que tú mismo tendrás que rendir cuentas un día? ¡Latimer! ¡Latimer! Sé fiel al Señor y declara toda la Palabra de Dios”. ¡Oh!, que este sea el espíritu con que nos retiremos siempre de nuestros púlpitos: no preocupándonos de si los hombres quedan satisfechos o descontentos, no preocupándonos de si los hombres dicen que hemos sido elocuentes o débiles; sino con el testimonio de nuestra conciencia de que hemos hablado como delante de Dios.
Por último, deberíamos tener el propósito de hablar “en Cristo”. El significado de esta frase no está claro. Grotius dice lo siguiente: “Debemos hablar en su nombre, como embajadores”. Pero Grotius tiene poca autoridad. Beza dice: “Debemos hablar acerca de Cristo, con respecto a Cristo”. Esto es buena doctrina, pero difícilmente el significado de las palabras. Otros dicen: debemos hablar como unidos a Cristo, como aquellos que han recibido la misericordia de Cristo y cuyo único derecho a dirigirse a los demás procede de Cristo. Otros dicen: debemos hablar como a través de Cristo, con la fortaleza de Cristo. Quizá este sea el mejor sentido. La expresión en el griego corresponde exactamente a la de Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. No importa el significado que atribuyamos a estas palabras, hay una cosa clara: debemos hablar en Cristo, como quienes han recibido misericordia, como quienes no desean exaltarse a sí mismos sino al Salvador y como quienes no se preocupan por lo que puedan decir los hombres con tal que Cristo sea magnificado en sus ministerios. En resumen, todos deberíamos preguntarnos: ¿Manejamos alguna vez engañosamente la Palabra de Dios? ¿Comprendemos lo que es hablar como de parte de Dios, delante de Dios y en Cristo? Permítaseme plantear ante todos una pregunta escrutadora. ¿Hay algún texto en la Palabra de Dios que rehuimos exponer? ¿Hay alguna afirmación en la Biblia de la que evitamos hablar a nuestra congregación no porque no la entendamos, sino porque contradice alguna idea que nos gusta con respecto a lo que es la Verdad? Si es así, preguntemos a nuestras conciencias si estamos manejando la Palabra de Dios engañosamente.
¿Hay algo en la Biblia que releguemos por temor a sonar duros y a ofender a parte de nuestra audiencia? ¿Hay alguna afirmación, ya sea doctrinal o práctica, que mutilemos o desmembremos? Si es así, ¿estamos tratando con honradez la Palabra de Dios? Oremos para ser guardados de falsificar la Palabra de Dios. Que ni el temor al hombre ni su favor nos induzcan a relegar, evitar, cambiar, mutilar o matizar texto alguno de la Biblia. Sin duda, cuando hablamos como embajadores de Dios, debemos hacerlo con santo denuedo. No tenemos motivo alguno para avergonzarnos de cualquier afirmación que hagamos desde nuestros púlpitos siempre que sea conforme a la Escritura. A menudo he pensado que uno de los grandes secretos del maravilloso honor que Dios ha puesto sobre un hombre que no se encuentra en nuestra denominación (me refiero al Sr. Spurgeon) es la extraordinaria valentía y confianza con que habla desde el púlpito a las personas de sus pecados y de sus almas. No se puede decir que lo haga por miedo a alguien o por complacer a alguien. Parece dar lo que le corresponde a cada clase de oyente: al rico y al pobre, al de clase elevada y al de clase baja, al noble y al campesino, al erudito y al analfabeto. Trata a cada uno con claridad, según la Palabra de Dios. Creo que esa misma valentía tiene mucho que ver con el éxito que a Dios le ha complacido dar a su ministerio. No nos avergoncemos de aprender una lección de él en este aspecto. Vayamos y hagamos lo mismo.
Ryle, J. C. (2003). Advertencias a las iglesias (D. C. Williams, Trad.; Primera edición, pp. 28-35). Editorial Peregrino.