Sábado 15 Julio Cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. Mateo 10:19-20 Si vuelves, será un milagro de Dios Mensajes de cristianos perseguidos Después de varios juicios, un día fui citado a la oficina del secretario del condado, un hombre malvado. Mi mujer me dijo:
– ¡Será un milagro de Dios si vuelves sano y salvo! El secretario me hizo esperar una hora en el pasillo y luego me mandó seguir. Oré una vez más: Señor, entra primero. ¡Tengo miedo de ir sin ti! El funcionario me dijo:
– Podría haberte enviado ya a la cárcel por lo que has hecho, pero quería verte primero. Fuiste a Cluj, y predicaste sin autorización.
Yo sabía a qué se refería. En efecto, había predicado a los estudiantes de la universidad de Cluj. Los había animado a permanecer fieles, a ser valientes, porque los habían amenazado con expulsarlos de la universidad si seguían creyendo en Dios.
Le respondí a mi interlocutor que era mi deber predicar la Palabra de Dios, por lo que empezó a amenazarme. Extrañamente, cuanto más me amenazaba, la paz de Dios me llenaba más. Estaba sentado y tranquilo, regocijándome por la oportunidad de recibir amenazas debido a mi fe en Jesucristo. De repente, mi interlocutor notó que no podía asustarme:
– ¿No tienes miedo?, preguntó. Después de haber animado a los estudiantes a ser valientes, ¿qué podía decir? Entonces añadió:
– ¿Tienes algo más que decir? Le respondí que Dios también lo amaba. De repente lo vi hacerse muy pequeño detrás de su escritorio, y me pidió que orara por su alma.
Nicolae Gheorgbita (Rumanía) Miqueas 5-6 – Lucas 5:1-16 – Salmo 84:1-4 – Proverbios 19:15-16
Uno de los conceptos dominantes en la cultura occidental durante los últimos doscientos años, como vimos en los capítulos anteriores, es que vivimos en un universo cerrado y mecanicista. Según la teoría, todo funciona conforme a leyes naturales fijas, y que no hay posibilidad de intrusión desde el exterior. Por lo tanto, el universo es como una máquina que funciona por sus propios mecanismos internos. Sin embargo, incluso aquellos que introdujeron este concepto ya a comienzos del siglo XVII todavía planteaban la idea de que Dios construyó la máquina en un principio. Como pensadores y científicos inteligentes que eran, no podían deshacerse de la necesidad de un Creador. Ellos reconocían que no habría mundo para que ellos observaran si no hubiese una causa última de todas las cosas. Aun cuando se cuestionaba y desafiaba la idea de un Gobernador involucrado y providencial de los asuntos diarios, todavía se asumía tácitamente que tenía que haber un Creador por encima del orden creado. En el concepto clásico, la providencia de Dios estaba muy estrechamente ligada a su rol como creador del universo. Nadie creía que Dios simplemente creó el universo y luego le volvió la espalda y perdió contacto con él, o que él volvió a sentarse en su trono del cielo y meramente observó el universo trabajar por su propio mecanismo interno, rehusando involucrarse personalmente en sus asuntos. La noción cristiana clásica más bien era que Dios es tanto la causa primaria del universo como también la causa primaria de todo lo que acontece en el universo. Uno de los principios fundacionales de la teología cristiana es que nada en este mundo posee poder causal intrínseco. Nada tiene poder alguno salvo el poder que se le confiere —se le presta, por así decirlo— o se ejecuta a través de ello, que en última instancia es el poder de Dios. Es por eso que los teólogos y filósofos históricamente han hecho una distinción crucial entre causalidad primaria y causalidad secundaria. Dios es la fuente de la causalidad primaria. En otras palabras, él es la causa primera. Él es el Autor de todo lo que hay, y sigue siendo la causa primaria de los acontecimientos humanos y de los sucesos naturales. Sin embargo, su causalidad primaria no excluye las causas secundarias. Sí, cuando cae la lluvia, el pasto se moja, no porque Dios moje directa e inmediatamente el pasto, sino porque la lluvia aplica humedad al pasto. Pero la lluvia no podría caer si no fuera por el poder causal de Dios que está por encima de cada actividad causal secundaria. El hombre moderno, sin embargo, se apresura a decir: “El pasto está mojado porque llovió”, y no sigue buscando una causa superior y última. La gente del siglo XXI al parecer piensa que podemos arreglárnoslas perfectamente con las causas secundarias sin pensar en la causa primaria. El concepto básico aquí es que lo que Dios crea, él lo sustenta. Por lo tanto, una de las subdivisiones importantes de la doctrina de la providencia es el concepto de sustento divino. En palabras simples, esta es la clásica idea cristiana de que Dios no es el gran Relojero que fabrica el reloj, le da cuerda, y luego sale de escena. En lugar de eso, él preserva y sostiene aquello que crea. Esto efectivamente lo vemos al comienzo mismo de la Biblia. Génesis 1:1 dice: “Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra”. La palabra hebrea traducida como “creó” es una forma del verbo bārā, que significa “crear”, “hacer”. Esta palabra entraña la idea de sostener. Me gusta ilustrar esta idea aludiendo a la diferencia en música entre una nota en staccato y una nota sostenida. Una nota en staccato es breve y cortante: “La la la la la”. Una nota sostenida se mantiene: “Laaaa”. Asimismo, la palabra bārā nos dice que Dios no simplemente trajo el mundo a existencia en un momento. El término indica que él continúa creándolo, por así decirlo. Él lo sostiene, lo cuida, y lo sustenta. EL AUTOR DEL SER Uno de los conceptos teológicos de la más profunda importancia es que Dios es el Autor del ser. Nosotros no podríamos existir sin un ser supremo, porque no tenemos el poder de ser por nosotros mismos. Si algún ateo pensara seria y lógicamente acerca del concepto de ser durante cinco minutos, ese sería el fin del ateísmo. Es un hecho ineludible que nadie en este mundo tiene el poder de ser dentro de sí mismo, y no obstante aquí estamos. Por lo tanto, en algún lugar debe haber alguien que sí tiene el poder de ser en sí mismo. Si tal ser no existe, científicamente sería del todo imposible que algo existiera. Si no hay un ser supremo, no podría haber ningún ser de ninguna especie. Si hay algo, debe haber algo que tenga el poder de ser; de lo contrario, nada sería. Es así de simple. Cuando el apóstol Pablo se dirigió a los filósofos en el Areópago de Atenas, mencionó que había visto muchos altares en la ciudad, incluido uno “al dios no conocido” (Hechos 17:23a). Entonces él usó ese hecho como una entrada para hablarles la verdad bíblica: “Pues al Dios que ustedes adoran sin conocerlo, es el Dios que yo les anuncio. El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay… da vida y aliento a todos y a todo… porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (vv. 23b–28a). Pablo dijo que todo lo que Dios crea es completamente dependiente del poder de Dios, no solo para su origen sino para la continuidad de su existencia. A veces me impaciento con algunas de las licencias poéticas que se toman los autores de himnos. Un himno famoso incluye este verso: “¡Maravilloso amor! ¿Cómo puede ser que tú, mi Dios, murieras por mí?”. Es cierto, Dios murió en la cruz, por decirlo de alguna manera. El Dios-hombre, aquel que era Dios encarnado, murió por su pueblo. Pero la naturaleza divina no pereció en el Calvario. ¿Qué le sucedería al universo si Dios muriera? Si Dios dejara de existir, el universo perecería con él, porque Dios no solo lo ha creado todo, sino que lo sustenta todo. Nosotros dependemos de él, no solo para nuestro origen, sino también para nuestra continua existencia. Puesto que no tenemos el poder de ser en nosotros mismos, no duraríamos ni un segundo sin su poder sustentador. Eso es parte de la providencia de Dios. Esta idea de que Dios sustenta el mundo —el mundo que él hizo y observa en los mínimos detalles— nos lleva al corazón del concepto de providencia, que es la enseñanza de que Dios gobierna su creación. Esta enseñanza tiene muchos aspectos, pero quiero enfocarme en tres de ellos en lo que resta de este capítulo: las verdades de que el gobierno de Dios sobre todas las cosas es permanente, soberano, y absoluto. UN GOBIERNO PERMANENTE Cada cierta cantidad de años, tenemos un cambio de gobierno en nuestro país cuando una nueva administración presidencial toma el mando. La Constitución limita el número de años que un presidente puede servir como jefe ejecutivo de la nación. Por lo tanto, según estándares humanos, los gobiernos van y vienen. Cada vez que un presidente entra en ejercicio, los medios informativos hablan del “periodo de luna de miel”, el tiempo cuando se mira al nuevo líder con favor, se lo recibe cálidamente, y todo lo demás. Pero a medida que cada vez más personas se molestan o decepcionan de sus políticas, su popularidad decae. Pronto escuchamos a algunos críticos opinando que necesitamos sacar al “vago” de su cargo. En otros países, tal disconformidad ocasionalmente ha conducido a la revolución armada, lo que ha acabado en el violento derrocamiento de presidentes o primeros ministros. Sea como fuere, ningún gobernador terrenal retiene el poder para siempre. Dios, sin embargo, está sentado como el Gobernador supremo del cielo y la tierra. También él debe tolerar a personas desencantadas con su gobierno, que objetan sus políticas, y resisten su autoridad. Pero aunque la existencia misma de Dios puede ser negada, su autoridad puede ser resistida, y sus leyes desobedecidas, su gobierno providencial jamás puede ser derrocado. El Salmo 2 nos da una vívida imagen del reino seguro de Dios. El salmista escribe: ¿Por qué se sublevan las naciones, y en vano conspiran los pueblos? Los reyes de la tierra se rebelan; los gobernantes se confabulan contra el Señor y contra su ungido. Y dicen: ‘¡Hagamos pedazos sus cadenas! ¡Librémonos de su yugo!’ ” (vv. 1–3, NVI). La imagen aquí es la de una cumbre de los poderosos gobernadores de este mundo. Ellos se reúnen para formar una coalición, una especie de eje militar, para planificar el derrocamiento de la autoridad divina. Es como si estuvieran planeando disparar sus misiles nucleares hacia el trono de Dios con el fin de volarlo del cielo. El objetivo de ellos es ser libre de la autoridad divina, arrojar las “cadenas” y el “yugo” con los que Dios los sujeta. Pero la conspiración no solo es contra “el Señor”, sino que también es contra “su ungido”. Aquí la palabra hebrea es māšîah, de donde proviene nuestra palabra castellana “Mesías”. Dios el Padre ha exaltado a su Hijo como cabeza de todas las cosas, con el derecho a gobernar a los gobernadores de este mundo. Aquellos que han sido investidos de autoridad terrenal se han reunido en un consejo para planificar cómo liberar al universo de la autoridad de Dios y de su Hijo. ¿Cuál es la reacción de Dios a esta conspiración terrenal? El salmista dice: “El rey de los cielos se ríe; el Señor se burla de ellos” (v. 4). Los reyes de la tierra se ponen en contra de Dios. Se conciertan con pactos y tratados solemnes, y se animan unos a otros a no vacilar sobre su decisión de destronar al Rey del universo. Pero cuando Dios mira todos estos poderes congregados, no tiembla de temor. Él se ríe, pero no con risa de diversión. El salmista describe la risa de Dios como risa de burla. Es la risa que expresa un poderoso rey cuando menosprecia a sus enemigos. Pero Dios no meramente se ríe: “En su enojo los reprende, en su furor los intimida y dice: ‘He establecido a mi rey sobre Sión, mi santo monte’ ” (vv. 5–6, NVI). Dios reprenderá a las naciones rebeldes y afirmará al Rey que ha puesto en Sión. Con frecuencia me asombra la diferencia entre el acento que encuentro en las páginas de las sagradas Escrituras y el que leo en las páginas de las revistas religiosas y escucho que se predica en los púlpitos de nuestras iglesias. Tenemos una imagen de Dios lleno de benevolencia. Lo vemos como un botones celestial al que podemos llamar cuando necesitamos servicio a la habitación, o como un Santa Claus cósmico que está presto a derramar regalos sobre nosotros. Él se complace en hacer cualquier cosa que le pidamos. Mientras tanto, él nos ruega amablemente que cambiemos nuestros caminos y vengamos a su Hijo, Jesús. Generalmente no escuchamos acerca de un Dios que ordena obediencia, que reafirma su autoridad sobre el universo e insiste en que nos inclinemos ante su Mesías ungido. No obstante, en la Escritura nunca vemos a Dios invitando a las personas a venir a Jesús. Él nos ordena que nos arrepintamos, y nos inculpa de traición a un nivel cósmico si decidimos no hacerlo. Una negativa a someterse a la autoridad de Cristo probablemente a nadie le causará problemas con la iglesia o el gobierno, pero ciertamente causará un problema con Dios. En el Discurso del Aposento Alto (Juan 13–17), Jesús les dijo a sus discípulos que él se iba, pero prometió enviarles otro Consolador (14:16), el Espíritu Santo. Él dijo: “Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (16:8). Cuando Jesús habló acerca de la venida del Espíritu Santo para convencer al mundo de pecado, él fue muy específico respecto al pecado en el que estaba pensando. Era el pecado de incredulidad. Él dijo que el Espíritu convencería “de pecado, por cuanto no creen en mí” (v. 9). Desde la perspectiva de Dios, la negativa a someterse al señorío de Cristo no simplemente se debe a una falta de convicción o de información. Dios lo considera como incredulidad, como la incapacidad de aceptar al Hijo de Dios por quien él es. Pablo hizo eco de esta idea en el Areópago cuando dijo: “Dios pasó por alto aquellos tiempos de tal ignorancia, pero ahora manda a todos, en todas partes, que se arrepientan” (Hechos 17:30, NVI). Dios había sido paciente, dijo Pablo, pero ahora mandó que todos se arrepintieran y creyeran en Cristo. Rara vez escuchamos esta idea en los libros o desde el púlpito, la idea de que es nuestro deber someternos a Cristo. Pero si bien quizá no la escuchemos, esta no es una opción respecto a Dios. En palabras simples, Dios impera sobre su universo, y su reinado no tendrá fin. UN GOBIERNO SOBERANO En nuestro país, vivimos en una democracia, así que nos cuesta entender la idea de soberanía. Nuestro contrato social declara que nadie puede gobernar aquí salvo con el consentimiento de los gobernados. Pero Dios no necesita nuestro consentimiento para gobernarnos. Él nos hizo, así que tiene un derecho intrínseco de gobernarnos. En la Edad Media, los monarcas de Europa intentaban fundamentar su autoridad en el llamado “derecho divino de reyes”. Ellos declaraban que tenían un derecho dado por Dios para gobernar a sus compatriotas. La verdad es que solo Dios tiene semejante derecho. En Inglaterra, el poder del monarca, que en otro tiempo fue muy grande, ahora es limitado. Inglaterra es una monarquía constitucional. La reina goza de toda la pompa y las galas de la realeza, pero el Parlamento y el primer ministro dirigen la nación, no el Palacio de Buckingham. La reina rige pero no gobierna. Por el contrario, el Rey bíblico reina y gobierna a la vez. Y lleva a cabo su reinado, no por referéndum, sino por su soberanía personal. UN GOBIERNO ABSOLUTO El gobierno de Dios es una monarquía absoluta. A él no se le impone ninguna restricción externa. Él no tiene que respetar un equilibrio de poderes con un Congreso o una Corte Suprema. Dios es el Presidente, el Parlamento, y la Corte Suprema, todo en uno, porque él está investido con la autoridad de un monarca absoluto. La historia del Antiguo Testamento es la historia del reino de Jehová sobre su pueblo. El motivo central del Nuevo Testamento es la realización sobre la tierra del reino de Dios en el Mesías, a quien Dios exalta a la mano derecha de autoridad y lo corona como el Rey de Reyes y Señor de señores. Él es el Gobernador último, aquel a quien debemos la lealtad última y la obediencia última. Una de las grandes ironías de la historia es que cuando Jesús, quien era el Rey cósmico, nació en Belén, el mundo era gobernado por un hombre llamado César Augusto. Estrictamente hablando, sin embargo, la palabra “augusto” solo es apropiada para Dios. Significa “de suprema dignidad o grandeza; majestuoso; venerable; eminente”. Dios es el cumplimiento superlativo de todos estos términos, porque Dios el Señor omnipotente reina.
Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.
Viernes 14 Julio Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Lucas 12:34 De la abundancia del corazón habla la boca. Mateo 12:34 Letargo espiritual Para muchos de nosotros, lo más importante en la vida está ligado a la salud, la familia, los bienes materiales, el dinero… En los tiempos de la Roma imperial, el pueblo pedía «pan y circo». Mientras tanto, los cristianos vivían con el temor constante de ser arrestados, y solo podían reunirse en la oscuridad de las catacumbas. Para ellos, lo más importante era permanecer unidos al Señor y no negarlo. Muchos estaban dispuestos, si era necesario, a enfrentarse a la muerte por fidelidad a Cristo.
Recordando los sufrimientos de esos mártires, estaremos de acuerdo en que nosotros estamos lejos de ese estado de piedad. Sin embargo, como esos creyentes del comienzo del cristianismo, tenemos una vida nueva, la que Dios nos ha dado a través de nuestro Señor. Entonces, ¿por qué esta diferencia entre los primeros cristianos y nosotros?
Escuchemos al apóstol Pablo, quien fue perseguido por causa de su Señor, recordar lo que animaba su vida cristiana: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). ¿Mi vida da testimonio de que he «muerto» y vivo con Cristo? ¿Es esto lo más importante para mí, y lo que es evidente para los que me rodean y no tienen esperanza? “Es ya hora de levantarnos del sueño” (Romanos 13:11), para brillar “como luminares en el mundo” (Filipenses 2:15).
“Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3).
Un día, mientras miraba un programa de noticias, apareció un comercial sobre una serie de libros acerca de los problemas de la vida en el pasado. Una de las imágenes del comercial mostraba a un soldado confederado de la Guerra Civil acostado en una camilla siendo atendido por una enfermera y un médico de combate. Entonces el narrador me informó que leer este libro me ayudaría a entender cómo era estar enfermo a mediados del siglo XIX. Eso atrajo mi atención, porque muchas personas del siglo XXI están tan fuertemente atadas a este tiempo que rara vez piensan en cómo vivía la gente su vida diaria en las épocas y generaciones pasadas. Esta es un área en la que me siento desacorde con mis contemporáneos. Yo pienso en la vida de las generaciones previas muy a menudo, porque tengo el hábito de leer libros que fueron escritos por personas que vivieron, en muchos casos, mucho antes del siglo XXI. Me gusta especialmente leer a los autores de los siglos XVI, XVII y XVIII. En los escritos de estos autores continuamente observo un agudo sentido de la presencia de Dios. Estos hombres tenían un sentido de una providencia que lo abarcaba todo. Vemos un indicador de este sentido de que todo en la vida está bajo la dirección del gobierno del Dios todopoderoso en el hecho de que una de las primeras ciudades en lo que ahora es Estados Unidos de América fue Providencia, Rhode Island (fundada en 1636). Asimismo, la correspondencia personal de hombres de los siglos pasados, tales como Benjamin Franklin y John Adams, está marcada por la palabra “providencia”. La gente hablaba de una “Providencia benévola” o de una “Providencia airada”, pero a menudo había un sentido de que Dios estaba directamente involucrado en la vida diaria de las personas. La situación es inmensamente distinta en nuestro propio tiempo. Mi difunto amigo James Montgomery Boice solía contar una divertida historia que ilustraba adecuadamente la mentalidad actual respecto a Dios y su involucramiento en el mundo. Había un montañista que resbaló en una saliente y estaba a punto de caer en picada cientos de metros a su muerte, pero cuando comenzó a caer, se agarró de una rama de un escuálido arbolito que crecía desde una grieta en la cara del precipicio. Mientras colgaba de la rama, las raíces del escuálido árbol empezaron a soltarse, y el montañista enfrentaba una muerte segura. En ese momento, gritó hacia el cielo: “¿Hay alguien allá arriba que pueda ayudarme?”. En respuesta, oyó una profunda voz barítona desde el cielo que decía: “Sí, aquí estoy, y te ayudaré. Suelta la rama y confía en mí”. El hombre miró al cielo y luego miró abajo al abismo. Finalmente, alzó la voz otra vez y dijo: “¿Hay alguien más allá arriba que pueda ayudarme?”. Me gusta esa historia porque creo que tipifica la mentalidad cultural de nuestro tiempo. Primero, el montañista pregunta: “¿Hay alguien allá arriba?”. La mayoría de las personas del siglo XVIII asumía que había Alguien allá arriba. En sus mentes no cabía mucha duda de que un Creador todopoderoso gobernaba los asuntos del universo. Pero nosotros vivimos en un periodo de escepticismo sin precedentes acerca de la existencia misma de Dios. Es cierto que las encuestas regularmente nos dicen que entre el noventa y cinco y noventa y ocho por ciento de las personas en Estados Unidos creen en algún tipo de dios o poder superior. Yo supongo que eso puede explicarse en parte por el impacto de la tradición; cuesta abandonar las ideas que la gente ha valorado por generaciones, y en nuestra cultura todavía se confiere cierto estigma social al ateísmo desenfrenado. Además, yo creo que no podemos evadir la lógica de asumir que tiene que haber cierta especie de causa fundacional y última para este mundo tal como lo experimentamos. Pero por lo general, cuando presionamos a las personas y comenzamos a hablarles sobre su idea de un “poder superior” o un “ser supremo”, resulta ser un concepto que es más un “esto” que un “él”, una especie de energía o una fuerza indefinida. Es por eso que el montañista preguntó: “¿Hay alguien allá arriba?”. En ese momento crítico, reconoció su necesidad de un ser personal que estuviera a cargo del universo. Hay otro aspecto de la anécdota que me parece significativo. Cuando estaba a punto de caer a su muerte, el montañista no preguntó simplemente “¿hay alguien allá arriba?”. Él especificó: “¿Hay alguien allá arriba que pueda ayudarme?”. Esa es la pregunta del hombre moderno. Quiere saber si hay alguien fuera de la esfera de la vida diaria que sea capaz de asistirlo. Pero yo creo que el montañista estaba haciendo una pregunta aún más fundamental. Él quería saber no solo si había alguien que pudiera ayudarlo, sino si había alguien que quisiera ayudarlo. Esta es la pregunta primordial en la mente del hombre y la mujer modernos. En otras palabras, ellos no solo quieren saber si existe la providencia, sino si ella es fría e insensible, o bondadosa y compasiva. Por lo tanto, la pregunta por la providencia que quiero considerar en este breve libro no es meramente si hay alguien ahí, sino si ese alguien puede y quiere hacer cualquier cosa en este mundo en que vivimos.
Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.
Jueves 13 Julio ¿Qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Hechos 2:37-38 El bautismo (2) Leer Hechos 2:22-39 Las personas a las que el apóstol Pedro invitó a bautizarse habían pedido a los soldados romanos que clavaran a Jesús en una cruz. Se turbaron cuando se dieron cuenta de lo que habían hecho. Entonces Pedro les dijo: “Arrepentíos”, es decir, reconozcan su pecado, renuncien a él, y “bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados”.
Sin embargo, esto no significa que el perdón se nos conceda a través del bautismo. De hecho, varios versículos del Nuevo Testamento dejan claro que la salvación se obtiene mediante la fe en el Señor Jesús (Juan 1:12; 3:16; Hechos 16:31; Romanos 10:9).
En estos versículos vemos claramente que esta certeza es la base de la fe cristiana. Nuestros pecados no solo son perdonados, sino también lavados (Hechos 22:16). Creamos siempre que Dios nos ha perdonado y limpiado mediante la muerte de Jesús en la cruz. Confiemos en que Dios es un Dios de gracia.
En Hechos capítulo 2, los que se bautizaron mostraron, con este hecho, que se separaban públicamente de los que habían crucificado a Jesús, y que a partir de ese momento estaban de su lado.
Esto es verdad también actualmente: al ser bautizados, nos ponemos públicamente bajo la autoridad de Jesús, nuestro Salvador y Señor.
El bautismo bíblico es la señal de nuestra muerte con Cristo (Romanos 6:3-4), de nuestra resurrección con él (Colosenses 2:12-13).
(continuará el próximo jueves) Miqueas 1-2 – Lucas 4:1-15 – Salmo 83:1-8 – Proverbios 19:11-12
Imagina una iglesia en una ciudad importante, repleta de nuevos creyentes y con varios pastores en medio de ellos. Resulta que esta congregación tuvo un pastor “plantador”. Ese que llegó a arar el terreno y poner la semilla. El que llegó nuevo a la ciudad y presentó el evangelio y preparó a los primeros líderes. Pero resulta que con el tiempo llegaron otros líderes. Uno en específico, vino de otra congregación, mostrando sabiduría y poder. El pastor plantador ya se ha ido: está en otro lugar, plantando iglesias. Por supuesto, muchos lo extrañan. “Ay, las cosas eran diferentes antes”, dicen. Pero este otro impactante líder también tiene sus seguidores. “Por fin esta iglesia es lo que tiene que ser”.
Una división como esta debe causar muchos problemas dentro de la iglesia, ¿cierto? Quizás tú mismo has estado en una situación similar.
Ahora, no tenemos que imaginarnos una iglesia como esa: la tenemos en la Biblia.
“Así que yo, hermanos, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Les di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podían recibirlo. En verdad, ni aun ahora pueden, porque todavía son carnales. Pues habiendo celos y discusiones entre ustedes, ¿no son carnales y andan como hombres del mundo? Porque cuando uno dice: “Yo soy de Pablo,” y otro: “Yo soy de Apolos,” ¿no son como hombres del mundo?”, 1 Corintios 3:1-4
El contexto de la división La iglesia en Corinto tenía problemas serios. Uno de los problemas que se repite constantemente en la carta es este: la división. Pablo fundó la iglesia en Corinto poco después de su visita a Atenas (Hch. 18:1-17), y estuvo entre ellos no menos de un año y seis meses (Hch. 18:11). Aparentemente, Priscilla y Aquila estuvieron con él por algún tiempo en esta plantación (Hch. 18:3-5). Esta misma pareja es aquella que se encuentra con e instruye a Apolos un poco más adelante en Éfeso (Hch. 18:26), quien tenía una presencia imponente en la iglesia, por su elocuencia y su habilidad del manejo del Texto. Es la iglesia en Éfeso –en la cual estaban Priscilla y Aquila– quienes motivan a Apolos a que fuera a Corinto (Hch. 18:27-19:1. Corinto era la capital de la provincia de Acaya). Éste predicador estuvo entre los corintios por algún tiempo después de Pablo, enseñando y alentando a la congregación, y sin duda algunos lo prefirieron a él antes que al apóstol Pablo. Otros evidentemente se quedaron con el recuerdo de Pablo y preferían al apóstol que a este predicador.
Problemas entre ovejas Desde aquí podemos ver que entre Pablo y Apolos no había división. Pablo plantó la iglesia, compañeros de ministerio de Pablo instruyeron a Apolos, y Apolos fortaleció a la iglesia en Corinto. Lo que es más, en la misma Carta a los Corintios (1 Co. 16:12) vemos que Pablo y Apolos mantenían una constante relación. La Biblia no presenta ningún tipo de problemas entre estos líderes. El problema era entre las ovejas.
Sin duda, en algún momento todos hemos pasado por una situación similar, donde preferimos la manera de un líder hacer las cosas por encima de la del otro. Pero en Corinto no era algo esporádico: ellos tenían divisiones reales y profundas. Pareciera ser que no era solo un asunto de preferencias, era ya de jactancias (1 Co.3:21-23). Que los que habían conocido a Cristo por Pedro o por Pablo o por Apolos pensaban que su fidelidad a estos hombres los hacía de alguna manera superior a los demás. Quizás algunos admiraban y se gloriaban en que Pedro era uno de los 12 apóstoles y era un hombre de acción; quizás otros se mofaban en el conocimiento y los milagros de Pablo; quizás los otros pretendían de que su maestro Apolos era como pocos en su elocuencia. Y otros se consideraban mucho mejor que los demás, pues su Maestro Cristo era como ningún otro. (Es muy posible que estos últimos, “los de Cristo” se jactaran en que no tenían que hacer caso a ningún hombre porque ellos eran siervos solo de Cristo). Debía ser bastante incómodo pastorear esta iglesia.
¡No sean carnales! Este pasaje de 1 Corintios es uno que de diversas formas hoy es malinterpretado. De seguro lo has visto: dices que te gusta algún maestro o que sigues alguna enseñanza, y casi de inmediato alguien dice “¡Cuánta carnalidad! Yo no sigo a hombres, ¡yo soy de Cristo!”. O tal vez presentas con gracia y verdad lo que enseña la Palabra sobre algún falso maestro y la persona te responde “¡Yo sé muy bien a quién sigo. Yo soy de los de Fulano! Tu porque eres de los de Mengano te crees eso”. También lo oyes como “dices eso porque eres de los calvinistas. Yo soy cristiano, no arminiano ni reformado ni nada de eso”.
Esta mentalidad pasa por alto que la fiebre no está en las sábanas. Pocos hombres han influido tanto en mi vida espiritual como Miguel Núñez. Yo amo la retórica de C.S. Lewis. Respeto profundamente el testimonio del pastor MacArthur. Soy miembro gozoso de la iglesia que pastorea C.J. Mahaney. Y de más está decir que siento una profunda deuda y gratitud hacia el pensamiento de Juan Calvino. Tú de seguro tendrás tus propios nombres que poner ahí. Eso no nos hace carnales, tanto como tampoco serían carnales los corintos (1 Co. 11:1), los filipenses (Fil. 3:17), ni los tesalonicenses (1 Tes. 1:6). Ellos eran seguidores de Pablo, y al serlo, estaban siendo obedientes al Señor.
El problema de la división no es que nos guste lo que alguien tenga que decir. Es que encontremos nuestra identidad en ese alguien. Es que, al menos en la práctica, consideremos lo que diga esa persona como de igual peso a lo que enseña la Biblia. Es que nuestra gloria sea el ser seguidor de esa persona. Que nuestra jactancia sea haber sido enseñados por algún hombre. Esto lleva entonces a que haya “celos y discusiones entre (n)osotros”, porque cada uno representa a un “partido”. Esto es lo normal en el mundo, pero en la iglesia, todos somos de Cristo (1 Co. 3:23), y Pablo y Apolos y Priscila y Aquila y Núñez y MacArthur y Mahaney y Calvino son nuestros (1 Co. 3:22).
En contra de las divisiones Podemos tener nuestras preferencias. Sin duda tendremos predicadores favoritos. Y en nuestra misma iglesia, tendremos pastores que apreciamos y admiramos más que otros. Simplemente, esa es la vida debajo del sol.
Pero que la palabra o la preferencia de ninguno de esos pastores se comparen a la Palabra del gran Pastor. Que entre nosotros no haya ni rastros de “celos y discusiones”. En la iglesia, procuremos unidad. Lo demás es carnalidad e inmadurez.
“¿Qué es, pues, Apolos? ¿Y qué es Pablo? Servidores mediante los cuales ustedes han creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento”, 1 Corintios 3:5-6.
Jairo Namnún sirve como pastor plantador de la Iglesia Piedra Angular en República Dominicana, y tiene estudios en el Southern Baptist Theological Seminary (MATS, M.Div). Está casado con Patricia y tienen tres hijos. Puedes encontrarlo en Twitter.
Miércoles 12 Julio Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. 1 Timoteo 1:15 Dios está presente, y perdona Una antigua ministra francesa escribió: «Dios es una necesidad para el hombre, es el recuerdo constante de que no somos todopoderosos, es el recuerdo del imperativo moral de amar al prójimo, de acogerlo, de acudir en su ayuda… Jesús es el misterio de Dios hecho hombre. Es el perdón en la cruz, con aquella maravillosa promesa hecha al ladrón arrepentido, crucificado a su lado: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Jesús solo pronunció la palabra de perdón, no la de condenación; y cuando el hombre pide este perdón, el Señor siempre responde a su petición… Sé que Jesús está vivo a la diestra del Padre, y millones de cristianos lo saben, su Palabra es viva para todos».
Aunque usted no sea una persona famosa, este testimonio también puede ser el suyo. Pero, ¿cómo es posible que el Dios infinito dejara de ser un misterio para seres tan limitados como nosotros? ¡Porque Jesús nos lo revela! Él nos muestra el camino hacia el perdón de Dios; y concede el perdón al que reconoce que ha despreciado las leyes de Dios y que necesita una sanación interior. ¡De hecho, en esto consiste el arrepentimiento! Por medio de él tendremos acceso a una verdadera esperanza, la de una vida con Dios, que comienza desde ahora, a través de la lectura de su Palabra, un libro vivo que nos transforma y comunica la vida.
Por medio de la Biblia, Jesús nos dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto… El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:6-7, 9)
Daniel 12 – Lucas 3 – Salmo 82 – Proverbios 19:9-10
Martes 11 Julio El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Juan 3:18 ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Romanos 6:1-2 No te condeno Leer Juan 8:1-11 Los escribas y fariseos, líderes religiosos de la época de Jesús, le trajeron una mujer sorprendida en adulterio. El pecado de esa mujer realmente no era un problema para ellos, pero decidieron aprovechar la ocasión para tentar a Jesús. “En la ley”, dijeron, “nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”. La trampa era sutil. Jesús debía escoger entre la ley, la cual respetaba, y la gracia que él mismo había traído. Al principio no respondió nada. Este silencio exasperó a los hombres que ya saboreaban su triunfo. Pero Jesús les lanzó una flecha que alcanzó su conciencia: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Es como si les hubiera dicho: «El pecado de esta mujer es inexcusable y merece una condena justa. ¿Y ustedes? ¿No son culpables también?». Entonces los acusadores, confundidos, se retiraron.
La mujer se quedó sola con Jesús, aliviada sin duda al ver desaparecer a los que la condenaban. Tal vez estaba preocupada ante Aquel que, siendo sin pecado, era el único que tenía derecho a condenarla. Pero oyó esta palabra, que solo el Hijo de Dios podía pronunciar: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.
¿Está permitido pecar “para que la gracia abunde? En ninguna manera”, dijo el apóstol Pablo. “En ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:4). Primero es necesario el perdón. Luego, conscientes de la gracia divina, podemos recibir fuerza y fidelidad para una conducta santa.
Daniel 11:21-45 – Lucas 2:21-52 – Salmo 81:11-16 – Proverbios 19:7-8
Lunes 10 Julio Jesús… alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él. Juan 7:37-39 Las tres comidas de Elías (2) Tercera comida (1 Reyes 19:5-7) “Un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come. Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y una vasija de agua; y comió y bebió, y volvió a dormirse. Y volviendo el ángel del Señor la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta”. Tras una gran hazaña pública, Elías se derrumbó y huyó ante la amenaza de muerte proferida por la reina. Pero Dios no lo desamparó. Durante este tiempo de profundo desánimo, Elías recibió una torta y agua de las propias manos de un ángel. Así Dios renovó sus fuerzas. Lo levantó, le dio instrucciones y le confió nuevas tareas.
Después de disfrutar tiempos de comunión a solas con Dios, tras un período en que desempeñamos un servicio en el mundo, también podemos experimentar momentos de desánimo, pero nuestro fiel Dios no nos abandona. Él nos da fuerza, nos levanta y nos reintegra a su servicio.
En estas tres comidas hay algo en común: el agua del arroyo, el agua en un vaso y el agua en una vasija. En la Biblia, el agua pura a menudo es una imagen del Espíritu Santo, como lo muestra el versículo de hoy. Necesitamos alimento: Jesucristo, su muerte, su resurrección, su persona, sus enseñanzas, sus milagros, sus gestos y obras nos alimentan. Pero también necesitamos el agua del Espíritu Santo que nos trasmite las riquezas de Cristo, refresca nuestros corazones y nos transforma para hacernos más semejantes a nuestro Salvador.
Daniel 11:1-20 – Lucas 2:1-20 – Salmo 81:1-10 – Proverbios 19:5-6
Características que fomentan la unidad en la iglesia Por Costi W. Hinn
Hay una vieja broma eclesiástica que dice algo así: “Una vez un hombre puso un perro y un gato en una jaula juntos como un experimento, para ver si se llevarían bien. Lo hicieron, así que puso un pájaro, un cerdo y una cabra. Ellos, luego de unos pequeños ajustes, también se llevaron bien. Luego, puso un bautista, un luterano, un presbiteriano y un pentecostal adentro. Luego de varios minutos, ¡No quedaba nada vivo!”.
Aunque es gracioso, es demasiado certero que cuando pones cristianos juntos habrá conflictos. Más allá de las diferencias denominacionales, en las congregaciones locales donde la mayoría de las personas están de acuerdo con los distintivos doctrinales, aún puede haber preferencias personales, opiniones y actitudes que rompen la unidad en lugar de preservarla. Todos podemos ser culpables de hacer una ley espiritual donde no hay una ley bíblica, o en un esfuerzo por tomarnos de nuestras libertades cristianas, podemos ser culpables de abusar de ellas. En todos los casos, la oportunidad de dividirse se presenta, y hasta se vende, como una piedad más profunda o una posición más alta con Dios, solo para dejarnos en las ruinas de la división.
La unidad es difícil de lograr en la fe cristiana, pero es importante para nosotros cumplir con nuestro llamado. Y es alcanzable, no importa las diferencias secundarias que podamos tener, siempre y cuando todos caminen en la familia de Dios de la forma en la que fueron llamados (Ef 4:1). Es más fácil decirlo que hacerlo, ¿pero eso no cambia nuestro objetivo, o sí?
Luego de establecer una base rica en el evangelio, en los primeros tres capítulos de Efesios, el apóstol Pablo comienza a decirle a la iglesia cómo debía vivir a la luz del hecho de que la gracia de Dios los había cambiado. El orgullo, las facciones y el interés propio dominaba en su antigua forma de pensar. Ahora, con el Espíritu Santo habiendo tomado lugar en sus corazones, debían vivir su fe en sumisión a Dios, no en sus propios impulsos carnales. Esta nueva forma de vivir conduciría a la unidad.
Basado en lo que Pablo escribe en Efesios 4:2-3, aquí hay cuatro características que alentarán el tipo de unidad que cada creyente (y pastor) desea en su iglesia local:
Humildad
Pablo dice que caminar de acuerdo con su llamado incluiría caminar “…con toda humildad…” (Ef 4:2a). Humildad significa “modesto o por debajo” y es una idea enteramente cristiana. Los griegos y romanos celebraban la confianza en uno mismo, la arrogancia y el orgullo. La humildad era rebajada a una debilidad. Algunos lingüistas incluso dicen que no había equivalente para la palabra “humildad” en el lenguaje griego, por lo que es probable que Pablo tuviera que inventar una, y así comenzara a esparcirse la idea de humildad cristiana. La humildad era modelada por Jesús mismo. En otra oportunidad, Pablo escribe:
“No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:3-8).
Jesús tenía la gloria del cielo, nunca tuvo forma humana, estaba por encima de todos nosotros, y era verdaderamente Dios. Él viene a la tierra y toma forma humana, sin dejar de ser Dios, sino rebajándose a sí mismo al convertirse en un hombre. Él entonces vela la totalidad de Su gloria, limitándose al punto de que, Él podría haber destruido a todos sus enemigos, tomado venganza en cada ocasión, vaporizado a todos los que se oponían a Él, y dejado registro peleando Su santa guerra justo allí y en ese momento como una deidad igual a Dios el padre. En su lugar, Él no ve Su igualdad con el Padre como algo a qué aferrarse, sino que se somete al padre voluntariamente para que Él pudiera redimir a los pecadores mediante una vergonzosa, brutal y humilde muerte en una cruz.
Por el ejemplo de Cristo, debemos pasar cada ambición, cada pelea o respuesta rápida, cada decisión, cada palabra y cada pensamiento por un filtro: ¿Se ve como mi Señor?
Esa visión va a alentar a la unidad.
Mansedumbre
Pablo luego dice “…y mansedumbre…” (Ef 4:2b). La mansedumbre es una palabra griega que tiene correlación con la palabra “paciencia”. Esto es, ser amables y considerados hacia otros, y es una cualidad muy importante porque, si no somos mansos, terminamos viviendo y relacionándonos con otros como una bola de demolición, destruyendo y rompiendo en lugar de construir. La mansedumbre en la vida de Cristo se veía como fuerza bajo control. Jesús poseía una columna de acero y un corazón suave. Para un cristiano, la paciencia no es debilidad, aún si el mundo mira a las personas pacientes como alfombras de piso pasivas que nunca hacen que algo ocurra. Cuando, en realidad, la persona mansa sí es un activista, pero lo es de forma sabia, con gracia y a la manera de Cristo. Los cristianos no se llevan todo por delante en busca de un resultado final. La mansedumbre es tan importante porque es útil al lidiar con el pecado, que es un asunto común en la iglesia, formada por seres humanos. Gálatas 6:1 nos recuerda, “si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.
Un cristiano no debería ser una espina que pincha, sino un bálsamo que cura, aún si la verdad apesta, la sanación y la pureza son los resultados. La mansedumbre está unida a la oferta de Cristo para los pecadores que buscan encontrar paz en cualquier lugar erróneo, y terminan cargados por el peso destructivo del pecado, cuando Él dice:
“Vengan a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas” (Mt 11:28-29).
¿Eres conocido por ser manso? ¿La gente del cuerpo de Cristo, quiere ir a ti para admitir sus debilidades, confesar sus pecados, buscar sabiduría y encontrar ánimo? ¿Deseamos retener la venganza cuando podríamos destruir a alguien? Solo porque podamos satisfacer nuestra alma con venganza, ¿lo hacemos? Siempre siento mi culpa por lo que una vez dijo Chuck Swindoll: “Podemos estar en lo correcto, pero no necesitamos ser irrespetuosos por eso”. Eso es mansedumbre. Piensa en un semental salvaje que ha sido domesticado, pero aún tiene espíritu, lucha y se esfuerza por correr. El semental es feroz y fuerte, pero, aun así, corre hacia donde su dueño lo dirige, y solo cuando su dueño lo dirige. Una iglesia mansa hace que el enemigo tiemble porque somos fuertes, y aun así, disciplinados y difícil de seducir por sus trampas y esquemas.
Paciencia
Efesios 4:2c también incluye “con paciencia”. Esta es la palabra griega makrothumia y es un “estado de continua tranquilidad al esperar un resultado”. Es lentitud para reaccionar, es aguantar, es ser de temperamento lento en circunstancias desafiantes. Este tipo de actitud es clave para la unidad en la iglesia porque causa que seamos menos reactivos hacia los demás. Es difícil ofender a una persona paciente. La paciencia a menudo está unida a la fe y confianza en el Señor. Es por eso por lo que muchos de los héroes de la fe fueron pacientes, aun cuando pasaban por desafíos, cuando recibían pecados, o cuando no tenían todo lo que querían en seguida
Noé construyó un arca durante 120 años mientras que todos se burlaban de él, y ni siquiera una gota de lluvia caía. José soportó décadas muy duras antes de gobernar Egipto. David fue ungido mucho antes de convertirse en rey, luego fue atacado por su predecesor Saúl. Dios fue paciente con nosotros; en lugar de darnos lo que merecemos como pecadores es paciente, lento para la ira, y nos adopta como Sus propios hijos amados. ¿Confiamos en el Señor cuando otros pecan contra nosotros? ¿Confiamos en Él en épocas de espera? ¿Estamos prontos para quejarnos por nuestras preferencias o consideramos lo que Dios pueda estar enseñando? Cuando Dios no sigue nuestra línea de tiempo, o cuando los demás no cumplen con nuestras expectativas, ¿demandamos exigentes que las cosas ocurran a nuestro tiempo o a nuestra forma? Los cristianos somos llamados a ser pacientes porque vamos a tener que soportar desafíos, Dios nos hará crecer mediante pruebas, y seremos maltratados, engañados, atacados o malentendidos a lo largo de nuestras vidas. La paciencia es clave para seguir a Cristo, y fomenta la unidad porque, en lugar de culpar a otros o atacar a otros en los momentos de espera, confiamos en el Señor, aceptando Sus tiempos.
Soportándonos en Amor
Finalmente, Pablo escribe, “…soportándose unos a otros en amor”. Soportarnos en amor no es pasar por alto la verdad, es continuar amando, sirviendo y cuidando de alguien que te molesta, que te desagrada o te decepciona con sus decisiones algunas veces. El amor es tan importante para la unidad porque cuando nuestros sentimientos nos llevan a decisiones arduas, o palabras duras, el amor nos mantiene arraigados.
Colosenses 3:14 dice: “Y sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo de la unidad”. El amor es el pegamento que mantiene al cuerpo unido. La humildad fluye del amor, la mansedumbre fluye del amor y el soportar a otros fluye del amor. No puedes tener ninguna de estas características si no tienes amor. Por eso Pablo oraba para que los efesios estuvieran “arraigados y cimentados en amor” (3:17) y para que conocieran el amor de Cristo y estuvieran llenos de Él.
Armados con estas características, los creyentes deben esforzarse “por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4:3). Esto significa que debemos ser fervientes y dispuestos en perseverar en la unidad que ya ha sido provista por medio de la cruz de Cristo.
Cuando los creyentes caminan de una forma digna al llamado con el que han sido llamados, la unidad siempre es el resultado porque Dios ha diseñado Su cuerpo para trabajar de esa manera.
Costi W. Hinn Costi W. Hinn es pastor ejecutivo de la iglesia Mission Bible en Tustin, California.