Viernes 21 Octubre Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas. Salmo 63:1 El Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas. 2 Timoteo 4:17 Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu. Salmo 34:18 Cada día, a cada hora Augusto Glardon fue misionero en la India hace más de un siglo; tuvo que sufrir pruebas muy duras: terribles fiebres causadas por las enfermedades tropicales, angustia debida a la presencia de fieras salvajes en el curso de sus giras de evangelización… y más tarde, la muerte de su pequeño hijo de cinco años. En un cántico titulado “Tengo sed de tu presencia”, expresó a Dios su impotencia y su dolor, pero también su fe en ese Dios cercano a nuestra condición humana:
Tengo sed de tu presencia, Divino Jefe de mi fe. En mi debilidad inmensa ¿Qué haría yo sin ti? Cada día, a cada hora, ¡Oh, tengo necesidad de ti, Ven, Jesús, y vive Siempre más cerca de mí. Durante los días tormentosos De oscuridad, de terror Cuando decae mi ánimo, ¿Qué haría yo sin ti? ¡Oh Jesús, tu presencia, Es la vida y la paz, La paz en el sufrimiento Y la vida por siempre. Deuteronomio 15 – Juan 9 – Salmo 119:9-16 – Proverbios 25:25-26
En enero de 2012, Jefferson Bethke, un joven de 22 años de edad, de Seattle, publicó un video en YouTube titulado “Por qué odio a la religión, pero amo a Jesús.”1 Rápidamente hizo estallar Internet, llamando la atención de The Washington Post, CNN, CBS, y muchos otros medios de comunicación – a partir de esa semana, ha sido visto más de 28 millones de veces.
¿Por qué toda esta atención? Esto refleja que hoy en día, la espiritualidad es muy popular, pero la religión, no tanto. Cuando pensamos en la religión, pensamos en reglas, dogmas, sacerdotes, instituciones. Queremos a Jesús, pero no todas las restricciones que vienen con él. Para algunos, cuando el tema de la “iglesia” aparece, sus ojos dan vuelta y les deja un mal sabor en la boca.
¿Por qué? Para algunos, la Iglesia ha perdido su camino y ha hecho la vista gorda en la comunidad y el mundo en que vivimos y se ha vuelto irrelevante; el barco se hunde, es hora de bajarse. Para otros, el problema reside no tanto en la institución, sino en su gente. La Iglesia es un lugar lleno de hipócritas, de gente que se cree perfecta, de gente de mente cerrada y enjuiciadora. La Iglesia es aburrida: la gente se aferra a tradiciones que les hacen sentir bien y empujar a otros a través de la culpabilidad legalista.
¿Qué tan importante es la iglesia? ¿No es de Jesús que se trata todo esto de todos modos? ¿Por qué no acabamos de deshacernos de todo el equipaje y volver a pensar cómo hacemos las cosas?, ¿verdad? Además, ¿no era Jesús el que dijo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”2?
Suena correcto decir, “No me gusta la religión, pero amo a Jesús.” No es de extrañar que el video se hiciera viral como lo hizo. Pero ¿es verdad? ¿Es la experiencia de alguien la que nos hace sentir que la iglesia es irrelevante y una pérdida de tiempo? ¿Pueden los cristianos estar bien con Dios, y desestimar la Iglesia?
Para responder a estas preguntas, tenemos que pensar cuidadosamente acerca de lo que la Biblia dice acerca de la iglesia; pensar en la teología de la iglesia. Lo que vamos a encontrar es que lejos de ser opcional, la iglesia es fundamental en el plan de Dios. Lejos de ser algo que está reservado para los estudiosos en torres de marfil, la teología de los asuntos de la iglesia es para ti y para mí, porque Dios ha hablado.
Entonces, ¿hacia dónde nos vamos a dirigir en las próximas 6 semanas? Comenzaremos hoy mirando a la pregunta fundamental: ¿Qué es una iglesia? Si no sabemos lo que estamos construyendo, vamos a hacer un lío; las definiciones son importantes. A partir de ahí vamos a construir definiciones al examinar la membresía de la iglesia (Semana 2), la disciplina (Semana 3), y las ordenanzas (Semana 4).
Si estos asuntos son importantes para una iglesia saludable, entonces tiene sentido que existan personas que les importen esos temas, por lo que en la semana 5 miraremos el gobierno de la iglesia y los roles que tanto la congregación y los líderes de la iglesia tienen.
Por último, vamos a hablar de lo que la iglesia debe hacer cuando se reúne (Semana 6). En todas estas cosas no estamos tan preocupados por lo que el último libro con la última idea que trae; queremos saber la opinión de Dios; para ver lo que dice acerca de la iglesia y cómo debemos organizar nuestras vidas junto. Empecemos…
¿Qué es una iglesia?
Imagine que tomará un vuelo esta próxima semana. Podría ser por el trabajo, para visitar a la familia, o para unas vacaciones. Cualquiera que sea la razón, el avión despega, llega a su altitud de crucero y la luz del cinturón de seguridad se apaga – usted es libre de moverse por la cabina. ¿Qué pasa si usted descubre en ese momento que el piloto está sentado junto a usted y frenéticamente pasa las páginas del manual del avión tratando de averiguar cómo aterrizar una vez que llegue al destino? Puede que aprenda todo lo que necesita en el viaje, pero nunca ha intentado un aterrizaje anteriormente.
A veces estamos tan ansiosos por empezar a trabajar en una actividad que nos emociona, que nos saltamos los detalles que aparecen en el camino; detalles como las definiciones. Sin embargo, las definiciones son importantes. Al igual que estoy seguro de que el deseo del piloto era conocer el plan de cómo se hace un aterrizaje antes de que él se fuera con usted en el asiento del lado, es importante para nosotros considerar la definición de la iglesia antes de despegar.
Así que ¿por dónde empezamos?
La palabra “iglesia” aparece más de 100 veces en el NT3, por lo que puede ser un buen lugar para comenzar y para descartar lo que no es una iglesia.
Una iglesia no es un edificio. Podemos caminar por un edificio y decir: “Esa es una bonita iglesia”, pero esa no es la idea del NT. El edificio podría quemarse de la noche a la mañana y todavía sería una Iglesia. Es por eso que en Romanos 16, Pablo puede saludar a la iglesia que se reunía en la casa de Priscila y de Aquila (Romanos 16: 3-5.) El edificio (la casa) no era la iglesia, sino las personas que se habían reunido. La palabra griega “iglesia” en el NT es “ekklesia” que significa reunión o una asamblea. La iglesia es fundamentalmente un conjunto de personas. Ahora, si se forma un grupo aleatorio de amigos cristianos que se juntan para ver un partido de fútbol, ¿hace que sean una iglesia? No. La iglesia es una asamblea. La iglesia no es simplemente un grupo aleatorio de cristianos4; es mucho más. Existe una Iglesia Universal – que es una manera de hablar respecto de todos los verdaderos cristianos de todos los tiempos y de todos los lugares. No podemos ver quienes son en realidad de la iglesia ahora, pero Dios si puede y un día la iglesia universal se juntará5 en un solo lugar – de toda lengua, tribu y nación que juntos adorarán a Dios.
Hay veces que en el NT se usa la palabra “iglesia” en un sentido universal. Por ejemplo, cuando Pablo escribe en Efesios 1 donde dice que Jesús es la cabeza de la Iglesia (Ef. 1: 22-23), no se refiere simplemente a la iglesia en Éfeso, quiere decir, la Iglesia universal. Pero la mayoría de las referencias de la iglesia en el NT tienen a la iglesia local en mente: la iglesia en Éfeso, Corinto, Colosas, en el Ponto, Galacia, Capadocia.
Así que la iglesia no es un edificio, es una asamblea… pero es mucho más que solo una asamblea. Entonces, ¿cómo aclaramos lo que es una iglesia local entonces? Una definición útil que servirá como punto de partida para nosotros es la siguiente:
“Una iglesia local es un grupo de cristianos que se reúnen regularmente en el nombre de Cristo para afirmar y supervisarse unos a otros respecto a su pertenencia en Jesucristo y su reino por medio de la predicación del Evangelio y de las ordenanzas del mismo6“
Ahora, vamos a desempaquetar esta definición con mayor detalle en las próximas semanas, pero quiero destacar un aspecto de ella: “Jesucristo y su reino” ¿Qué tiene que ver el reino de Dios con la iglesia local? ¡Bastante! El Reino de Dios es un tema importante en el NT, en particular en los Evangelios. Ahora, cuando se lee sobre el reino de Dios, una manera de pensar en ello es la siguiente: el pueblo de Dios, en el lugar de Dios, bajo el gobierno de Dios.
El pueblo de Dios, en el lugar de Dios, bajo el gobierno de Dios está en el corazón de la definición de la iglesia. ¿Por qué? Debido a que es otra manera de hablar acerca de la adoración, y amigos, la iglesia existe para el culto. Entonces, ¿cómo adoramos a Dios juntos en una iglesia local?
La iglesia muestra la imagen de Dios
Para responder a esto, voy a caminar a través de la historia de la Escritura para mostrar la forma en que reflejamos la imagen de Dios. Esa es nuestra palabra clave: imagen.
Creación En primer lugar, la creación. Génesis 1. Dios crea las plantas y los animales “cada uno según su especie.” Cada manzana sigue el modelo de otra manzana; cada cebra según la cebra anterior. Pero luego, en el versículo 26, leemos esto: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.” “Nosotros tenemos el modelo de Dios. Nosotros representamos de manera única a Dios.
Caída Paso 2: la caída y Génesis 3. Las personas deciden no representar el gobierno de Dios. Buscaron representar a su propia agenda. Ahora somos culpables (porque hemos quebrantado la ley de Dios), y también somos corruptos. El espejo está doblado, se podría decir, por lo que una falsa imagen de Dios es retratada.
Israel Paso 3, Israel. Dios, en su misericordia, tenía un plan para salvar y utilizar a un grupo de personas para lograr su propósito original para la creación: mostrar su gloria. En Éxodo 4, incluso se llama a esta nación su “hijo7. ”
¿Por qué un hijo? Debido a que los hijos se parecen a sus padres. Ellos reflejan a sus padres.
Los Diez Mandamientos que le da a este hijo están relacionados con la imagen del hijo de su Padre. No tendrás otros dioses delante de mí. No harás una imagen de Dios. Ustedes deberán actuar de una manera que refleje Mi carácter.
Y si este hijo, Israel, adora a otras imágenes y falla en mostrar la imagen de Dios, el será expulsado de la tierra. Lo cual, como es sabido, es exactamente lo que sucedió.
Cristo Paso 4. Cristo. En Mateo 3, Jesús es bautizado. Y, ¿qué dice El Padre desde el cielo? “Tú eres mi Hijo, a quien amo; en ti me complazco”.
Ahora, por fin, tenemos el Hijo perfecto que satisface perfectamente a su Padre. Quién perfectamente refleja a su padre. “El que me ha visto, ha visto al Padre” (Juan 14: 9).
De tal palo tal astilla.
Así que no es extraño que los autores del Nuevo Testamento lo llamen la “imagen del Dios invisible” (Col. 1:15) y “la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1: 3). Aquí está un hombre que ahora refleja perfectamente a Dios para todos nosotros.
Iglesia Piense en Romanos 8:29. “Para aquellos que de antemano conoció, también los predestinó para ser hechos conforme a la imagen de su Hijo.” O 1 Corintios 15:49: “Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del hombre celestial.”
Nuestro trabajo como cristianos es mostrar el carácter, semejanza e imagen y la gloria del Hijo y del Padre en el cielo.
El padre es un pacificador, por lo que, iglesia, seamos pacificadores. El Padre ama a sus enemigos, por lo que, iglesia, amemos a nuestros enemigos. El Padre y yo somos uno, por lo que, iglesia, seamos uno. De tal Padre, tal Hijo, y tales sus hijos.
Gloria 1 Juan 3: 2, “Pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.” Un día Dios va a rehacer la creación, en los cielos nuevos y la tierra nueva. La ciudad donde habita Dios con el hombre, descenderá del cielo, y entonces seremos espejos perfectos que reflejen su imagen.
Aquí está el resumen de la historia:
Dios creó a la humanidad para mostrar la excelencia de quién es. Adán y Eva no lo hicieron. Tampoco lo hizo el pueblo de Israel. Pero Jesús lo hizo. Jesús vino a revelar a Dios, y Jesús vino a salvar. Ahora la iglesia está llamada a reflejar el carácter y la gloria de Dios a todo el universo. Está llamada a declarar en palabra y acción su gran sabiduría y obra de salvación. ¿Cómo adoramos? ¿Cómo podemos responder a Su excelencia? Tenemos la imagen de él. Reflejemos su gloria.
Volvamos brevemente a nuestra definición:
“Una iglesia local es un grupo de cristianos que se reúnen regularmente en el nombre de Cristo para afirmar y supervisarse unos a otros respecto a su pertenencia en Jesucristo y su reino por medio de la predicación del Evangelio y de las ordenanzas del mismo8“
Si usted lee a través del NT, verá una serie de imágenes que se utilizan para describir a la iglesia local. Podríamos argumentar que también son parte de la definición de la iglesia – por ejemplo, la iglesia se describe como:
Un cuerpo (1 Corintios 12: 12-27) Una familia (1 Timoteo 5: 1-2) Un rebaño de ovejas (1 Pedro 5: 2) Una casa (1 Pedro 2: 5) Un sacerdocio (1 Pedro 2: 9) Este es el punto: una iglesia local vive junto con la estructura y el propósito establecido en la definición (reunirse para supervisar la membresía o pertenencia unos a otros en Jesucristo), están preparados para vivir juntos en una forma tal que esas imágenes (cuerpo, familia, rebaño) se conviertan en una realidad. En otras palabras, la iglesia refleja cada vez más diferentes aspectos de la imagen de Dios.
Dos implicancias.
Permítanme mostrar dos lecciones a partir de lo anterior para saber cómo y qué debemos pensar acerca de la iglesia.
Implicancia 1: La iglesia local es el punto focal del gran plan de Dios para mostrar su gloria a las naciones.
Pensemos, por un momento, cómo Pablo construye el libro de Efesios. Comienza, en capítulo 1, con una hermosa descripción de nuestra salvación por gracia solamente, para la sola gloria de Cristo. El capítulo 2 comienza con el evangelio que nos salvó. Y a continuación, a medio camino en el capítulo 2, Pablo lanza el punto de aplicación principal del Evangelio: que judíos y gentiles son uno en Cristo. Dos grupos que por razones étnicas, teológicas, sociales y políticas estaban enemistados están ahora unidos. De hecho, Pablo usa los dos enlaces más comprometidos que conocemos – el vínculo de la familia y de la etnicidad – para describir la iglesia unida. Somos la nueva familia de Dios. Somos la nueva humanidad de Dios.
Personas que no tienen nada en común, pero en Cristo viven juntas como si tuviesen todo en común. ¿Cuál es el propósito de Dios en todo esto? Efesios 3:10,
“… para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales.”
No deje pasar esto. ¿Cómo se va a dar a conocer Dios a un mundo que observa su multiforme sabiduría? A través de la iglesia. Es la obra sobrenatural de Dios en nosotros, no sólo individualmente, sino colectivamente como un cuerpo, como la iglesia, que se convierte en esta plataforma. Lejos de opcional, la iglesia es fundamental en el plan de Dios.
Implicancia 2: La iglesia local debe ser distinta del mundo.
Los propósitos de Dios para la iglesia se llevan a cabo cuando los creyentes son diferentes del mundo. Esto no sólo significa diferentes tipos de personas de diferentes orígenes que aprenden a vivir y se aman. También significa diferente en el sentido de la santidad. En 1 Pedro 1 leemos: “…como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.9” Las iglesias son sólo para los pecadores. Si no eres un pecador, no eres bienvenido en la iglesia. Y sin embargo, las iglesias son sólo para los pecadores arrepentidos. Si la iglesia no es diferente del mundo, ¿Qué tiene de buena? No me importa cuál sea el mensaje que predica; una iglesia que se parece que el mundo sólo difama a ese mensaje.
Preguntas de discusión
1) Si la iglesia está llamada a reflejar a Dios, ¿Qué debería reflejar la iglesia acerca de Dios? ¿Cuáles son las cosas que una iglesia puede mejorar para tratar de reflejar a Dios de esa manera?
2) Sobre la base de lo que hemos hablado esta mañana, ¿Por qué una iglesia decidiría no usar múlti-sitios o multi-servicio?
La mortificación de las adicciones Por Jeremy Pierre
Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
Como diácono, estaba a cargo de los terrenos de nuestra iglesia y las malas hierbas eran mis peores enemigos. Las malas hierbas son las matonas del mundo de las plantas domésticas. Roban los preciosos recursos necesarios para el crecimiento de la hierba y las flores y no se disculpan por ello. Así que deben morir. Un jardinero acepta este deber y diseña su plan. Pero no todas las malas hierbas son iguales y no todas morirán con los mismos esfuerzos. Algunas son lo suficientemente pequeñas como para arrancarlas con las manos. Algunas requieren una herramienta manual. Otras requieren implementos aun más pesados, como palas, machetes e incluso ojivas nucleares.
Había una mala hierba en particular en el terreno de la iglesia que se burlaba de mí. Era como un árbol, se extendía muy por encima de mi cabeza, creciendo desde un sistema de raíces bien establecido, entretejida en los cimientos mismos del edificio de la iglesia. Cada temporada, tomaba un hacha, una pala e incluso veneno. Nada la mataba. Cada vez que yo reducía el crecimiento visible, volvía a crecer. El problema principal era que su sistema de raíces se había integrado en los cimientos del edificio. Y esa es una gran ilustración de cómo las adicciones se distinguen de los pecados habituales y normales de la vida.
La muerte única de una adicción Al considerar cómo una persona puede matar las adicciones en su vida, los diferentes niveles de esfuerzo que se requieren para estos tipos diferentes de malas hierbas sirven como una buena ilustración. Como mis colegas escritores ya han establecido en esta serie de artículos de Tabletalk, las adicciones siempre involucran cierta idolatría del corazón que, cuando se persigue de manera repetida, condiciona el alma y el cuerpo de tal modo que la libertad de la persona se tuerce, se inclina hacia un objeto particular y, lo que es peor, se inclina lejos de Dios. Cuando esto sucede, el tipo de pecado más arraigado se apodera de las motivaciones de una persona. Las adicciones no son como un montón de pequeñas malas hierbas al aire libre, sino más bien como una mala hierba integrada en los cimientos de un edificio. Las adicciones enhebran sus raíces por medio de las expectativas y los deseos del alma, así como de los impulsos y anhelos del cuerpo.
De manera que, cuando hablamos de matar las adicciones, debemos tener cuidado con lo que queremos decir. Lo que no quiero decir es que matar las adicciones es como arrancar una pequeña mala hierba, con raíz y todo, para que deje de ser una amenaza. Lo que sí quiero decir es que matar las adicciones es como ir a la guerra contra la espesa enredadera de raíces que ha penetrado hasta los cimientos. Se trata de reducir de manera constante cualquier signo de crecimiento para que, al no tener hojas brotando que capten la energía solar, las raíces debiliten su sujeción estructural a los cimientos.
Como aquella mala hierba, las adicciones no mueren con una acción decisiva puntual. Mueren durante un largo período de tiempo. Por supuesto, debemos reconocer que Dios puede liberar a alguien de manera definitiva de la atracción de una adicción particular con un acto milagroso, y a veces lo hace. Pero ¿por qué se requiere generalmente un proceso complicado a lo largo del tiempo en lugar de una simple acción en un momento dado? La respuesta es teológica.
Dios nos diseñó para conformarnos, en cuerpo y alma, a aquello que perseguimos. Cuando perseguimos una y otra vez un objeto particular como reemplazo de Dios, condicionamos nuestros cuerpos y almas a la forma de eso que perseguimos. En términos físicos, el comportamiento adictivo opera en nuestro hardware neurobiológico, nuestras dependencias químicas y nuestros antojos corporales. Las estructuras de nuestros cuerpos se vuelven dependientes de sustancias que normalmente no se necesitan para mantener la vida. En términos del alma, el comportamiento adictivo se moldea a sí mismo en nuestra concepción del gozo, la satisfacción y el asombro; nos vemos comprometidos a encontrar esos valores inmateriales en las cosas materiales. Adoramos las cosas creadas en lugar del Creador; nos comprometemos a encontrar el valor de Dios en un objeto particular que no es Dios (Ro 1:21-25).
Un cuerpo y un alma condicionados por tales búsquedas socava la libertad de elección personal. Eso no quiere decir que un adicto sea menos culpable por su comportamiento, ni que su comportamiento sea menos voluntario. Todo es voluntario, pero de una manera extendida en lugar de una forma puntual. Lo que quiero decir es que deberíamos pensar en las adicciones como voluntarias, como una amplia serie de elecciones en lugar de una elección singular en un determinado viernes por la noche.
Muerte por medio de una búsqueda Si pensamos de esta manera en la naturaleza voluntaria de las adicciones, crearemos un plan de acción más realista y efectivo contra ellas. En lugar de tratar las adicciones como algo de lo que una persona puede decidir deshacerse en un solo momento viniendo a Jesús, debemos pensar en el tratamiento de las adicciones como una serie de nuevas opciones que se acumulan en una nueva búsqueda. Entonces, matar las adicciones significa ayudar a alguien que está luchando a pensar en su responsabilidad con una fuerza verbal específica hacia ella: no decirle «tienes que matar esta adicción», sino más bien «tienes que estar matando esta adicción». Es una práctica, no una simple acción. Es una nueva búsqueda que mata a una vieja.
¿Cómo matamos una búsqueda con otra? Es útil pensar en una búsqueda como una serie de tareas. Son tareas, no pasos. Decir pasos implicaría una secuencia estricta. Pero hablamos más bien de las acciones regulares que una persona necesita tomar para mortificar las adicciones.
Encuentra las raíces en los cimientos y reconoce su fuerza. En otras palabras, sé honesto con Dios, contigo mismo y con los demás acerca de cuán arraigados se han vuelto los deseos por el objeto en particular.
Los deseos tienen un componente físico y otro espiritual, y se abren paso de manera profunda en las estructuras del cuerpo y el alma. Si bien se ha de reconocer las dificultades externas únicas que pueden haber provocado la búsqueda adictiva, no obstante, un adicto debe reconocer su debilidad física y espiritual. La dependencia física de una sustancia a menudo requiere desintoxicación mediante asistencia médica como parte del tratamiento inicial. El cuerpo ha sido condicionado para necesitar la sustancia y los antojos que experimenta una persona se basan en la estructura misma de su cuerpo. Un adicto debe reconocer que el deseo es en parte una consecuencia fisiológica del comportamiento pasado y, por lo tanto, no es una guía confiable para el comportamiento presente. Cuando siente algo como si fuera una «necesidad», no es porque en verdad lo sea, sino porque ha condicionado su cuerpo para pensar que lo es.
Pero los deseos no son solo físicos, también son espirituales. Compiten con los deseos de lo que Dios dice que es bueno y, por lo tanto, no son neutrales. No solo quieren el objeto en sí, sino algo más profundo de lo que el objeto promete proporcionar: satisfacción duradera, escape del dolor, paz estable. Un adicto debe ver el valor más profundo que promete el objeto superficial, luego arrepentirse de sus oscuras lealtades y reconocer su impotencia para cambiarlas.
Reconocer la idolatría y la impotencia traerán dolor y miedo. El dolor y el miedo son en verdad respuestas adecuadas a la realidad de lo que está en juego: el corazón está inclinado a adorar un objeto que lo destruirá. ¿Te imaginas cómo se regocijaría la familia de un adicto al ver que el dolor y el miedo marcan su vida como un patrón de vigilancia en vez de que sean solo parte de su remordimiento? Tal sobriedad mental es una señal de vida (1 Ts 5:5-11).
Este es el evangelio para los adictos: debido a que Jesús provee toda la justicia que necesitan, pueden reconocer con seguridad ante Dios todas las cosas dolorosas y aterradoras sobre ellos mismos. Pueden tener en los cimientos raíces que otros no tienen, pero esa no es razón para alejarse de Dios. De hecho, la única salida de la adicción pasa por esta tarea dolorosa de reconocimiento. Deben desarrollar el hábito de describir estos deseos a Dios en oración. A medida que las personas expresan las particularidades de su necesidad de perdón y fortaleza, encontrarán las particularidades de la gracia para ayudarlos en tiempos de necesidad (He 4:14-16).
Recorta el crecimiento visible de las raíces. En otras palabras, sé vigilante, ante Dios y los demás, con las conductas que refuerzan las búsquedas adictivas. Tal vigilancia honesta sobre los deseos aumentará el estado de alerta sobre las conductas que refuerzan dichas búsquedas. No todas las conductas adictivas se relacionan de manera directa con la adquisición del objeto de la adicción en sí. Las conductas pueden ser tanto condicionantes como explícitas en su búsqueda del objeto. Por ejemplo, un alcohólico puede ir a un bar un jueves por la tarde, pero también puede condicionarse a sí mismo con otras conductas, como el exceso de trabajo. El alcohol se convierte en un falso refugio de escape.
Al igual que con los deseos, un adicto tiene que ser honesto con Dios acerca de sus conductas. No solo con la conducta de ceder, sino con las miles de pequeñas elecciones que lo llevan a ello. Parte de reconocer estos comportamientos ante Dios es reconocerlos ante el pueblo de Dios (He 3:12-13). Para poder permanecer alerta, un adicto necesitará personas que estén lo suficientemente presentes de manera regular en su vida para notar estos comportamientos. Esta es la parte más difícil del ministerio a las personas que luchan contra las adicciones: el nivel de supervisión es difícil de mantener, especialmente en situaciones en las que los círculos habituales de la persona socavan el cambio y refuerzan los viejos patrones. Ayudar a un adicto requiere una apreciación de los aspectos sociales de la adicción. Para tener éxito, un adicto debe colocarse en condiciones relacionales ideales en la medida de sus posibilidades.
Cultiva algo más que sea hermoso. En otras palabras, haz pequeños actos de obediencia que establezcan una búsqueda nueva que honre a Dios. En un mundo de luz solar y agua, el crecimiento se va a dar. La pregunta es, ¿qué tiene prominencia en los recursos limitados de tiempo, atención y energía de una persona? Un adicto necesita ayuda para establecer alguna búsqueda de reemplazo. Aquí tenemos que pensar de manera holística. No se trata solo de hacer que lea la Biblia y ore más, sino de ver cómo la búsqueda de Dios en esas cosas obliga a otras búsquedas en las ocupaciones regulares de la vida. Una persona que encuentra a Dios en privado es libre de disfrutar las cosas buenas de la tierra sin estar atado a ellas (1 Ti 4:4-5). Un adicto necesita volver a aprender que el deleite proviene de muchas fuentes distintas al objeto que lo ha capturado.
¿Sabes qué? Nunca maté esa estúpida mala hierba. Pero llegué al final de mi período diaconal sin que hiciera más daño en los cimientos y en el pasto que los rodeaba. ¿Cómo? Nunca dejé de matarla. Dios no promete la muerte instantánea de la adicción ni que será fácil de combatir. Lo q ue Él promete a los que confían solo en Él es que siempre tendrán la fuerza para mantenerse matándola. Y que al final, esta no ganará.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Jeremy Pierre El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de Consejería Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky., pastor en Clifton Baptist Church y coautor de The Pastor and Counseling [El pastor y la consejería].
Miércoles 19 Octubre Así que, si el Hijo (de Dios) os libertare, seréis verdaderamente libres. Juan 8:36 La libertad con que Cristo nos hizo libres. Gálatas 5:1 Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Romanos 6:22 ¿Qué libertad? Muchos hombres han arriesgado su vida, y a veces la han perdido, buscando la libertad. Hoy hay más libertad política en muchos países que hace un siglo. Pero, ¿es esta la verdadera libertad? ¿No estamos todos sometidos a múltiples influencias y, en consecuencia, esclavizados, prisioneros de muchas maneras, sin darnos cuenta?
Jesucristo nos mostró lo que es la verdadera libertad. Los evangelios nos revelan a un hombre perfecto: su prioridad no era agradar a los demás. Ninguna de sus palabras, ninguno de sus actos, fueron motivados por el miedo a los otros. Su amor a Dios y a los hombres era el único móvil de su vida. Incluso sus detractores le dijeron: “Sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios” (Mateo 22:16).
Jesús proclamó: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).
Pero, ¿de qué libertad se trata? Para los que han creído en Jesucristo, la libertad es poder hacer lo que agrada a Aquel a quien aman. Fueron librados “de la potestad de las tinieblas” (Colosenses 1:13), del poder del pecado. Ya no son, como en otro tiempo, “esclavos de concupiscencias y deleites diversos” (Tito 3:3). Ahora les es dada la fuerza para agradar a su Señor, pero, ¿cómo? Pidiéndola por medio de la oración, leyendo la Biblia y siendo conscientes de su debilidad.
“Yo dije al Señor: Tú eres mi Señor; ningún bien tengo fuera de ti” (Salmos 16:2).
En salmos 16 David toma refugio en el Señor. Tomar refugio incluye la oración de David para que Dios lo guarde. En otras palabras, la oración “protégeme” (Salmos 16:1) es en sí misma un refugio en Dios. Pero David no sólo le pide a Dios que lo guarde. También habla y declara la verdad a Dios. Él se regocija en Jehová, su refugio (Salmos 16:2).
La última frase del verso 2 está llena de profundas verdades teológicas y combustible para la adoración. Entonces, ¿Qué quiere decir David cuando dice “ningún bien tengo fuera de tí?
Dios es la fuente de toda bondad
Cada cosa buena viene del Dios que es Bueno. Dios es el hacedor y sustentador de todos las cosas creadas. Por eso, en Génesis 1, Él crea y luego evalúa su obra: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gn 1:31).
Anselmo de Canterbury (1033-1109), el brillante teólogo medieval, vio en esta verdad evidencia convincente de la existencia de Dios. Él veía que todos estaban de acuerdo en que hay una gran variedad de bienes en el mundo. Hay bienes físicos, bienes intelectuales, bienes relacionales. Esto es un hecho básico de la realidad. Y a partir de este hecho, Anselmo pregunta, “¿Qué hace a los bienes buenos?”, y concluye que las cosas buenas no son buenas por sí solas. En su lugar, debe haber un bien mayor que haga todas las otras cosas buenas también.
En otras palabras, Anselmo razonó que debe haber un bien supremo que es la fuente de todas las otras bendiciones. Al hacerlo, él seguía los pasos de David en Salmos 16. David confiesa que hay un Bien Supremo que hace a todas las otras cosas buenas. Y Jehová es este bien supremo. O, como David dijo en otro pasaje, Dios es mi “supremo gozo”, literalmente, el gozo de los gozos (Salmos 43:4). David sabe que su refugio es el gozo fundacional sobre el cual todo gozo es construído.
La bondad de Dios es única
Todos los bienes creados son finitos, temporales y cambiantes. Pero Dios es infinito, eterno, e inmutable. El apóstol Santiago celebra esta realidad: “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación” (Stg 1:17).
Los bienes creados hacen sombra. No importa cuán buenos sean, no son bienes infinitos. Son limitados y desaparecen. Pero Dios no tiene sombra, y Él no cambia. Su bondad no tiene límite. La suya es una bondad absoluta y esencial.
Dios es la bondad misma
Las perfecciones de Dios no son sólamente cualidades que Él casualmente tiene. Son esenciales en Él. Son nuestras descripciones humanas de Su ser, Su esencia, Su naturaleza, lo que lo caracteriza. Ésto es lo que significa que Dios sea santo. Sus atributos son completamente perfectos y distintos de los atributos derivados y dependientes de Sus criaturas.
Llamamos a un hombre “justo” porque cumple con el estándar de justicia. Llamamos a un hombre sabio porque se conforma al camino de la sabiduría. Pero Dios es el estándar. Él es el camino. Él no es solamente justo; Él es la justicia misma. Él no es solamente sabio; Él es la sabiduría misma. Él no es solamente fuerte; Él es la fuerza misma. Él no es solamente bueno; Él es la bondad misma. O, nuevamente, el Señor no es solamente justo, sabio, fuerte y bueno. Él es el Justo, Sabio, Fuerte y Bueno.
Esto significa que Dios sea Dios, que Dios sea Jehová, Yo Soy Quién Yo Soy. Por eso Jesús puede decir “Nadie es bueno, sino solo uno, Dios” (Mr 10:18). Él es la fuente de toda bondad, el orígen de todo placer y gozo. Él es infinito, eterno, inmutable, incansable, autosuficiente y suficiente, sin límite ni disminución.
Dios no necesita de mi bondad
Porque Dios es la fuente de toda bondad, mi bondad no lo beneficia de ninguna manera. Él está sobre toda necesidad y mejora. Como Pablo dice, “no mora en templos hechos por manos de hombres, ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch 17:24-25).
En este salmo, David revela el hecho de que él no tiene nada para ofrecer a Dios sino su pobreza, su debilidad, su necesidad. Él no tiene don que darle a Dios para devolverle. El Señor es suficiente, y lo es porque Él es suficiente y puede serlo para mi. Esto es porque no tiene necesidad, y puede satisfacer las mías. Lo es porque Él es la Bondad Suprema en la que me puedo refugiar.
Las gotas y el océano
Finalmente, no perdamos el hecho de que estas grandes verdades teológicas son profundamente personales para David. David no solamente confiesa que Jehová es el Señor; él dice “Tú eres mi Señor”. Qué maravillas están implicadas en ese pequeño pronombre posesivo. La fuente eterna e infinita de la bondad, de alguna forma, me pertenece. En Su suficiencia infinita, Él se condesciende y me permite llamarlo “mío”. Mi Señor, mi Maestro, mi Rey.
Y esto significa que Dios no es solamente la mayor y suprema Bondad. Él es mi Bondad. Y que Él sea mi mayor bondad debe ser mi mayor placer. Mi bienestar y felicidad se encuentran en Él, y sólo en Él. Jonathan Edwards (1703–1758) expresó esta gloriosa verdad tan bien como nadie más en su sermón La verdadera vida del Cristiano: Una travesía hacia el cielo:
“Dios es el bien mayor de la criatura sensata. Su disfrute es nuestra felicidad, y es la única felicidad con la que nuestras almas pueden estar satisfechas. Ir al cielo, completamente disfrutar de Dios, es infinitamente mejor que las mejores comodidades que pueda haber aquí: mejor que padres y madres, esposos, esposas, o niños, o que la compañía de cualquiera de nuestros amigos terrenales. Estas no son sino sombras; pero Dios es la sustancia. Son rayos de luz dispersos; pero Dios es el sol. Son pequeñas corrientes; pero Dios es la fuente. Son gotas; pero Dios es el océano”. (Las Obras de Jonathan Edwards, 17:437-38).
Lo que la Biblia dice sobre las adicciones Por L. Michael Morales
Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
«Señor, dame castidad y continencia», oraba una vez el joven Agustín, «pero todavía no». De hecho, el que llegaría a ser obispo de Hipona y uno de los teólogos más grandes de la historia de la iglesia describió su vida temprana como encadenada por los placeres mortales de la carne. En sus Confesiones, Agustín relata cómo el Espíritu Santo aplicó poderosamente la Palabra de Dios a su corazón, convirtiéndolo a través de un pasaje de Romanos 13:
Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias. Antes bien, vístanse del Señor Jesucristo, y no piensen en proveer para las lujurias de la carne (vv. 13-14).
Confiando humildemente en la gracia capacitadora de Dios, Agustín aprendería una nueva oración: «Señor, concédeme lo que ordenas y ordena lo que deseas».
Al describir su experiencia en términos de esclavitud y liberación, Agustín estaba evaluando su vida a través del lente y la cosmovisión de las Escrituras, sus pensamientos expresados de una manera profundamente bíblica, proporcionándonos una entrada útil al tema en cuestión. Aunque la palabra adicción puede parecer un término adecuado para describir cualquier tipo de comportamiento compulsivo y habitual, independientemente de sus efectos negativos, este término no aparece en la Biblia, la cual habla más bien del principio dominante del pecado, la esclavitud subyacente y la causa fundamental de muchas de nuestras propensiones desviadas. El lugar para comenzar nuestra consideración bíblica de las adicciones, entonces, es con el problema mucho más profundo de la caída de la humanidad y la consecuente esclavitud al pecado.
El Todopoderoso creó a los seres humanos a Su imagen y semejanza para que disfrutaran de la comunión con Él en el día de reposo y para que gobernaran como señores de la creación en Su nombre. Esta libertad y dignidad, sin embargo, fueron despreciadas y arruinadas en la rebelión. Aunque la serpiente había prometido igualdad con Dios por comer el fruto prohibido, el resultado amargo de la transgresión de Adán fue la corrupción revolucionaria de su naturaleza: el humano gobernador de la creación se corrompió moralmente al caer bajo el dominio del pecado. Esta condición de pecado y miseria no se limitó a la primera pareja humana. La doctrina bíblica del pecado original, formalizada como ortodoxa a través de los esfuerzos del propio Agustín, enseña que toda la humanidad que desciende de Adán por generación ordinaria nace con una naturaleza corrupta, manchada por el principio del pecado. Una doctrina similar, denominada «depravación total» por los teólogos reformados, explica que cada parte de los seres humanos —nuestras mentes, nuestras voluntades, nuestras emociones, incluso nuestra carne— está impregnada del poder del pecado. No es que las personas sean tan malas en la práctica como podrían serlo, sino que cada parte de nuestra naturaleza está manchada y contaminada por el pecado. Debido a que esta esclavitud está forjada por los lazos de nuestras propias voluntades y deseos profundos, somos impotentes para liberarnos. Inclinados hacia el pecado, seguimos naturalmente las pasiones degradantes, ahondando cada vez más en el fango de la vergüenza y la depravación (Ro 1:21-32). Peor aún, la Biblia explica que la esclavitud de la humanidad al pecado es la marca de que estamos bajo el dominio del maligno, Satanás, y de que vivimos según sus designios y estamos destinados al juicio eterno (Ef 2:1-3). Solo en el contexto de esta cruda realidad —que la humanidad está espiritualmente muerta, esclavizada al pecado, bajo el dominio del maligno y encaminada hacia el más espantoso juicio— se puede tener una discusión significativa sobre las adicciones de una persona. Claramente, nuestra necesidad no es primero un plan para mantener a raya ciertas propensiones; más bien, necesitamos ser liberados de la esclavitud y recreados según una nueva humanidad.
Cuán desesperantemente oscura sería esta situación si la Palabra de Dios no hubiera revelado también el amor infinito, eterno e inmutable del Padre quien, siendo rico en misericordia, ha logrado nuestra liberación por medio de Su Hijo (Jn 3:16; Ef 2:4-6; 1 Jn 3:8). Jesús llevó cautiva la cautividad para liberar a Su pueblo; el Espíritu Santo aplica la obra de Cristo a nuestros corazones y nos crea de nuevo, al darnos nacimiento y libertad celestiales. En su primera carta a la iglesia de Corinto, Pablo enumera muchas clases de pecadores —desde fornicadores, adúlteros y homosexuales hasta ladrones y borrachos— y luego declara: «Y esto eran algunos de ustedes» (6:11). ¿Cómo se rompieron estos lazos titánicos? El mismo versículo explica que estos, que antes estaban tan atados a los pecados hasta el punto de ser definidos por ellos, ahora habían sido lavados, apartados y hechos justos en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de Dios.
Sin embargo, ser liberado de la esclavitud del pecado no es el final de la historia. La conversión inaugura nuestra batalla espiritual contra los deseos pecaminosos, y la Biblia enseña mucho sobre nuestra necesidad de participar diariamente en esta guerra, así como sobre la naturaleza de las armas de nuestra guerra. Para empezar, se advierte con urgencia a los cristianos de la posibilidad real de someterse de nuevo a la esclavitud. Aunque realmente hay un consuelo maravilloso en la declaración de Pablo en 1 Corintios 6:11, su objetivo general en ese contexto es advertir a los santos sobre la posibilidad de volver a someterse al dominio incluso de las prácticas lícitas: «yo no me dejaré dominar por ninguna», escribe (6:12). Del mismo modo, Pablo advierte a la iglesia de Roma de la esclavitud que espera a los que, suponiendo que la gracia hace menos peligrosos los deseos corruptos, se someten en obediencia al pecado (Ro 6:16). Para que no nos engañemos, estas advertencias están reforzadas en las Escrituras por la afirmación franca de que —independientemente de la profesión de fe de cada uno— los que de hecho son fornicarios, sodomitas, borrachos, mentirosos, etc., no heredarán en modo alguno el reino de Dios (1 Co 6:9-10; Gá 5:19-21; Ef 5:5-7; Ap 21:8, 27). Por lo tanto, los cristianos deben mantenerse firmes en la libertad de Cristo para no volver a ser enredados con un yugo de esclavitud (Gá 5:1). A medida que una generación en Occidente olvida que los cristianos constituyen la «iglesia militante» en medio de una guerra hostil y que nuestros enemigos —el mundo, la carne y el diablo— se afanan por nuestra destrucción, no deben sorprendernos nuestras fatalidades espirituales.
Ante esta perspectiva sobria, la Palabra de Dios nos llama a huir de nuestras lujurias naturales, que pueden encadenarnos de nuevo, y a esforzarnos por progresar en la santificación. La Biblia suele utilizar lo que muchos consideran imágenes bautismales para describir nuestro papel en la santificación: se nos instruye para que nos despojemos de las obras de la carne, que son como muchos harapos de nuestra vieja naturaleza adámica, y nos revistamos de Cristo Jesús, de Su carácter justo y de Su obediencia (Gá 3:27; Ef 4:22-24). El aspecto de «despojarse» se relaciona con la mortificación deliberada y disciplinada del pecado, que requiere tanto un esfuerzo vigoroso como un sacrificio; Pablo, por ejemplo, relata cómo golpeó su propio cuerpo para someterlo (1 Co 9:27). Hemos de dar muerte sin piedad a las obras del cuerpo, sin hacer ninguna provisión para la carne, y esto ha de hacerse —de hecho, solo puede hacerse— por el Espíritu Santo (Ro 8:13). El Espíritu nos aplica la propia muerte de Cristo al pecado, permitiéndonos morir cada vez más profundamente con Él y en Él para vivir cada vez más profundamente con Él y en Él para Dios. Como soldados disciplinados que se visten con toda la armadura de Dios, debemos permanecer en la lucha (Ef 6:10-18), recordando la advertencia de Jesús de que deben aplicarse medidas prácticas (bastante severas en Mt 5:27-30, incluso como lecciones objetivas) para mortificar los hábitos pecaminosos.
El aspecto de «revestirse» se relaciona con el entrenamiento en la piedad, el reemplazo intencional de los hábitos corruptos por un comportamiento que honre a Dios. A menudo, el caminar positivamente en las buenas obras es socavado por un enfoque obsesivo en nuestras compulsiones pecaminosas; sin embargo, el intento de negar los hábitos carnales aparte de cultivar las virtudes cristianas como su reemplazo está condenado al fracaso. No obstante, el deseo de Dios de obtener frutos de nuestros beneficios del evangelio es apremiante y serio (Lc 13:6-9; Jn 15:5-8). Una vez más, no hay que ignorar las medidas prácticas: levantarse temprano y trabajar duro en nuestras vocaciones por el reino de Cristo es un antídoto seguro contra una multitud de pecados perniciosos, mientras que la falta de laboriosidad engendra impiedad (1 Ti 5:9-14).
Por último, la Biblia enseña que las armas de nuestra guerra son los mismos medios que Dios ha ordenado para nuestro crecimiento espiritual, todos los cuales fluyen dentro y fuera de la comunión con Dios en la adoración corporativa. La superación de las adicciones pecaminosas implica aprender principalmente a deleitarse en el Señor en Su día de reposo: disfrutar de Su presencia mientras nos deleitamos con la proclamación de Su Palabra, nos alimentamos con Sus sacramentos, nos consolamos con Su renovado perdón de nuestros pecados confesados, derramamos nuestros corazones hacia Él en la oración, participamos en una comunión piadosa y recibimos gustosamente Su bendición —Su presencia, poder y protección— para los días venideros. Al comprender nuestra dependencia absoluta del poder del Espíritu, quien resucitará nuestros cuerpos como nuevas creaciones, y al entender cómo Él otorga la gracia solo a través de estos canales, no nos apresuraremos a descartar por ser demasiado espirituales preguntas pastorales como: «¿Has orado por esto pidiendo “líbranos del mal”, con ayuno?». Más bien, comenzaremos humildemente a aprender las tácticas de nuestra guerra.
Volviendo al punto de la comunión con Dios, aquí debemos tener cuidado de no separar a Cristo de Sus beneficios. Nuestra necesidad verdadera siempre es mirar a Cristo mismo, nuestro Mediador todo suficiente, en la gloria de Su triple oficio: nuestro Profeta que nos revela la Divinidad; nuestro Sumo Sacerdote que siempre vive para interceder por nosotros; y nuestro Rey conquistador que somete a nuestros enemigos internos y externos. La provisión abundante de Dios en Él —todas las bendiciones espirituales— (Ef 1:3) es mucho mayor que nuestras debilidades. Al mirar a Cristo con fe, aprendamos con Agustín que Dios realmente concede lo que ordena.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. L. Michael Morales El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?
Martes 18 Octubre Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas. Salmo 62:10 Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto… porque raíz de todos los males es el amor al dinero. 1 Timoteo 6:7-8, 10 El amor al dinero Cuando el amor al dinero llena el corazón de un hombre, este nunca está satisfecho. El dinero no da la verdadera paz. No puede hacerlo, es un poder mentiroso. Parece dar seguridad, pero no cumple sus promesas.
Además, el dinero hace estragos en el corazón del hombre; gana su confianza, a menudo incluso lo pervierte y toma en él el lugar de Dios. La acumulación egoísta de bienes materiales no puede dar la tranquilidad de espíritu, ni la paz, ni el gozo. El dinero no preserva de la enfermedad y, frente a la muerte, no da ninguna solución.
La Palabra nos dice cómo vencer esa tendencia a amar el dinero: poniendo nuestra confianza en Dios, y no en el dinero, que es perecedero. Al vivir de una manera que agrade a Dios y dando generosamente, nos hacemos un tesoro para el más allá. Actuando así haremos, de cierta manera, una inversión en el banco del cielo (1 Timoteo 6:17-19).
El bienestar y el dinero solo son malos si ellos gobiernan nuestra vida. Los podemos recibir con agradecimiento de parte de Dios, quien permite que no nos falte nada. Pero no olvidemos que Dios sigue siendo el verdadero propietario de nuestros bienes. Pidámosle que nos ayude a utilizar como él quiere todo lo que nos da. El cristiano debería preguntarse: ¿Puedo agradecer sinceramente a Dios por lo que poseo y por el uso que hago de esos bienes?
¿QUÉ SIGNIFICA SER CRISTIANO? ADOPTADOS, PRIMOGÉNITOS Y HEREDEROS POR Sinclair Ferguson
En el primer capítulo de Efesios, Pablo proporciona la perspectiva más amplia posible de lo que significa ser cristiano. Él rastrea los orígenes de nuestra salvación hasta la elección de Dios en la eternidad pasada (Efesios 1:4) y mira hacia adelante a su consumación en las glorias de la eternidad venidera (Efesios 1:10).
La abrumadora naturaleza de esta visión a veces nos hace perder de vista una particular característica de la enseñanza paulina que para él tiene enorme importancia: su exposición está saturada del lenguaje de la familia. El Padre nos elige (v. 3) para ser adoptados como sus hijos (v. 5). Él nos ha dado su Espíritu como la garantía de nuestra herencia (v. 14). Él ora al Padre de la gloria (v. 17) que nuestros ojos puedan ser abiertos para apreciar su gloriosa herencia en los santos (v. 18).
La salvación significa ser incorporado en los privilegios de la vida en una nueva familia. Si uno es un hijo adoptivo de Dios, es heredero de Dios y coheredero con Cristo (Romanos 8:17). Es una persona rica.
EL HEREDERO Convertirse en heredero significa recibir el derecho a poseer riquezas que primero posee otro. La idea tiene especial significado en la enseñanza bíblica. El Padre es el Creador y Señor de todo. Pero en su generoso amor, la riqueza del universo iba a ser la herencia de Adán en cuanto imagen e hijo de Dios (Génesis 1:26; Lucas 3:38). Cuando Adán no era más que un “niño”, Dios le dio parte de su herencia, el Jardín del Edén, para que se hiciera responsable de él y lo disfrutara. Pero Adán intentó robar lo que no era suyo; a consecuencia de ello, perdió toda su herencia por su pecado. A la manera de Esaú, Adán y Eva vendieron el Edén “por un plato de lentejas” y se les prohibió la entrada al jardín que había sido las primicias de su herencia.
Pero el Padre había determinado que la herencia debía ser restaurada. En efecto, él ya había trazado un plan para su restauración. Él adelantó un atisbo al respecto: la Simiente de Eva rompería la cabeza de la serpiente cuyas tentaciones habían llevado a la catástrofe (Génesis 3:15). También a Abraham se le dio a conocer el plan posteriormente. En su simiente, todas las naciones heredarían bendición en lugar de maldición (Génesis 12:3).
Un bosquejo de la estrategia se hizo lentamente visible por medio de revelación divina: la Simiente de la mujer, un descendiente de Abraham, un hijo de David, un Profeta, Sacerdote y Rey mesiánico, y un Siervo Sufriente —un Hombre que también era el Hijo de Dios— cumpliría todas las promesas de Dios. Sería un segundo Hombre que haría un nuevo comienzo. Él también sería el último Adán. Él haría todo lo que Adán no había logrado cumplir a fin de entrar en una plena herencia. Pero perdería su propia vida a fin de soportar el castigo divino por el pecado adámico. A diferencia de Adán, sería el manso y heredaría la tierra. En él se restauraría el derecho a la herencia. Él sería designado “heredero de todo” (Hebreos 1:2).
¿Qué significa para ti ser un cristiano?
Solo en Cristo
Sinclair Ferguson
Con mente de teólogo y corazón de pastor, el doctor Ferguson ayuda a los creyentes a alcanzar un mejor entendimiento de su Salvador y Señor, y luego les muestra cómo deben vivir la fe cristiana día a día. Estos cincuenta breves capítulos de Solo en Cristo son un paquete lleno de carbones de verdades bíblicas que avivarán la llama del amor cristiano por el Salvador.
Con toda certeza, el heredero vino. Obedeció al Padre y resistió la tentación donde Adán había cedido. Por su obediencia se ganó el derecho a poseer la totalidad de la herencia. Ahora todo le pertenece a Cristo. Él es “el primogénito de toda la creación” (Colosenses 1:15); toda autoridad en el cielo y en la tierra es suya, incluyendo el poder sobre el pecado, la muerte, y Satanás (Mateo 28:18); en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento, porque en él está la plenitud de Dios (Colosenses 2:3; 1:19).
Este Hijo y Heredero oyó a su Padre decir: “Pídeme, y como herencia te entregaré las naciones” (Salmo 2:8 NVI). Pero el Hijo respondió, “Padre, déjame compartir mi herencia con los pobres y desheredados. Adóptalos en tu familia como tus hijos también; dales mi Espíritu [ver Hechos 2:33; Romanos 8:15]; permíteles usar mi nombre [ver Juan 16:24]”.
El Padre oyó la oración del Hijo; él nos hizo sus hijos.
Escuchemos, entonces, el razonamiento de Pablo: entonces, si somos hijos, somos herederos (Romanos 8:17).
NUESTRA HERENCIA Según la Ley, como sabía Pablo, el primogénito recibía una doble herencia, mientras los demás recibían una sola porción (Deuteronomio 21:17; cf. 2 Reyes 2:9). Pero ni el Padre ni el Hijo se obligan a los límites de la Ley. Pablo declara: “[Todos somos] herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17).
¿Logras ver la implicación? Todo lo que le pertenece al último Adán es para nosotros. Como se deleitaban en decir los primeros padres de la iglesia, Cristo tomó lo que era nuestro para que pudiéramos recibir lo que era suyo. Todo lo suyo es nuestro: “Todo es de ustedes:… el mundo, la vida, la muerte, lo presente o lo por venir, todo es de ustedes, y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Corintios 3:21-23).
Cuando yo era niño en Escocia, ocasionalmente leía confusas noticias en el diario local, como la siguiente:
Podría Angus MacDonald por favor contactar a McKay, Campbell, y Ross (Abogados) en Calle Bannockburn, donde se enterará de algo para su beneficio.
Entonces yo no percibía a qué se referían esas crípticas palabras, “algo para su beneficio”. Angus, quienquiera que fuese, era un beneficiario del testamento de alguien, y él aún no lo sabía. Angus de pronto se había vuelto rico.
¿Pero qué tal si Angus no veía ni respondía al aviso? Entonces su pobreza continuaba. Si Angus no reclamaba su derecho a su herencia, él no disfrutaría de sus riquezas.
¡No cometamos tal error! Si eres cristiano, entonces eres rico en Cristo; disfruta y comparte tus riquezas.
Este artículo sobre ¿Qué significa ser cristiano? fue adaptado de una porción del libro Solo en Cristo, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
Una de las virtudes cardinales de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI es la tolerancia, sobre todo en el terreno de la religión. El hombre moderno se jacta de ser abierto, pluralista; dice aceptar el derecho que tiene cada cual de construir su propio sistema de verdad y de valores. Lo único que la sociedad parece no tolerar es la falta de tolerancia. Cualquiera que defienda su posición con convicción y firmeza se arriesga a ser considerado como un estrecho de mente y un recalcitrante.
El Diccionario de la Real Academia define “tolerancia” como “respeto o consideración hacia las opiniones de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras”. Y ciertamente es una virtud mostrar ese rasgo de carácter en la generalidad de los casos.
Pero ¿qué ocurre cuando una persona está obviamente equivocada? ¿Debemos tolerar su error? ¿Qué debe hacer un maestro en el aula cuando el niño responde que 2 más 2 son 5, debe “tolerar” su respuesta? ¿O qué debe hacer un médico con un paciente que insiste en seguir adelante con un tratamiento que él mismo se impuso y que puede poner en riesgo su salud? ¿Acaso no sería una muestra de amor de parte del médico mostrarle al paciente que está cometiendo un grave error?
El error y el engaño deben ser combatidos con firmeza, sobre todo cuando ponen en peligro la vida de una persona o, lo que es aun peor, el destino eterno de su alma. No es la sinceridad de una creencia lo que cuenta. Si un hombre toma un veneno por error, creyendo sinceramente que era otra cosa, su sinceridad no eliminará los efectos nocivos del veneno.
El pluralismo es un atentado contra la verdad absoluta y es filosóficamente insostenible porque Dios tiene una sola forma de pensar. Si una religión es verdadera aquellas que postulan dogmas contrarios no pueden serlo también. Si Cristo era quien decía ser, el Hijo de Dios encarnado que murió en una cruz para salvar pecadores, entonces no existe otro Salvador ni otro medio de salvación; todas las otras religiones fuera del cristianismo deben ser falsas necesariamente.
“Y en ningún otro hay salvación – dice en Hechos 4:12; porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. El cristianismo no es pluralista. Cristo mismo dijo de Sí: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mi” (Juan 14:6). Y Pablo escribió en 1Timoteo 2:5 que “hay un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo Hombre”. Se puede ser pluralista o se puede ser cristiano, pero no se puede ser pluralista y cristiano al mismo tiempo; eso es tan incongruente como un triángulo cuadrado o un rectángulo equilátero. Pluralismo no es sinónimo de tener una mente abierta, sino más bien de padecer una profunda confusión mental.
Viernes 14 Octubre Viendo el denuedo de Pedro y de Juan… les reconocían que habían estado con Jesús. Hechos 4:13 Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. 1 Pedro 2:21 Ser cristiano Usted dice ser cristiano. ¿Qué significa esto para usted? Ser cristiano es seguir a Jesús y sus enseñanzas, dirá usted, con razón. Pero para esto primero es necesario creer en él y aceptarlo como Salvador personal. La Biblia dice: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31).
Y si somos creyentes, si por la fe hemos ido a Cristo confesando nuestros pecados, debemos seguirle e imitarlo. Él nos dejó un modelo de pensamiento, de actitud, de vida, que podemos reproducir. El comportamiento de un cristiano debe evidenciar que él pertenece a “Cristo”, como su nombre lo indica. “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas” (Lucas 6:43-44). Los que nos observan, ¿pueden reconocer que conocemos a Jesús por la fe y le seguimos?
Busquemos las virtudes que el Señor Jesús nos enseñó: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). Estas virtudes nos son comunicadas por el Espíritu de Dios que habita en cada creyente. ¿Anhelamos seguir este programa?
Mi Salvador, yo quisiera ser Como un eco de tu voz, Para proclamar, oh, dulce Maestro, El misterio de tu cruz. Deuteronomio 8 – Juan 6:1-21 – Salmo 117 – Proverbios 25:11