DIOS CASTIGARÁ A LOS MALOS Y BENDECIRÁ A LOS JUSTOS, Malaquías 3:13–4:3

DIOS CASTIGARÁ A LOS MALOS Y BENDECIRÁ A LOS JUSTOS

Malaquías 3:13–4:3

Esta sección se une a la anterior para confirmar la radical necedad y distanciamiento del pueblo hacia Dios. No había terminado Dios de decir “probadme…” (v. 3:10b) , cuando el pueblo declara: “Está demás servir a Dios… ¿Qué provecho sacamos de guardar su ley…?” (v. 13). El pueblo rechaza a Dios porque las bendiciones de Dios no coinciden con su concepto egoísta y materialista de bendición. (¡Qué difícil le resulta al ser humano aprender a apreciar las cosas desde la perspectiva de Dios!; ver Mat. 6:33).
El pueblo ha descubierto que la fidelidad a Dios, basada en la instrucción divina y no en sus deseos humanos, no pagaba nada valioso. La base utilitaria de la fe y la religión de muchos choca con el sistema de valores de Dios.
Pero la serie de disputas proféticas no termina con una nota pesimista y amargada. En medio de una comunidad marcada por el materialismo, la desesperanza, el abandono de la fe y el cinismo, había un “remanente”, un “resto fiel” (3:16–18); es el grupo a quien Malaquías llama “los que temen a Jehovah”. A ellos Dios reconoce como su verdadero pueblo, “su especial tesoro” (comp. Éxo. 19:6; Deut. 7:6; 14:2; 26:18; Sal. 135:4). Ellos permanecen firmes en el Señor (Mal. 3:16; comp. Sal. 1) y llevan la marca de la justicia y el servicio (Mal. 3:18; comp. Mat. 25:31–46).
Con el tema de el día se muestra la clara diferencia entre los justos y los malvados. Para los primeros ese día será de perdón (3:17) y de salvación plena (4:2); para los segundos, ese será un día de castigo y destrucción (4:1, 3).
Con el tema del “día de Jehovah” el profeta Malaquías se une a la tradición de sus antecesores (Amós 5:18; Isa. 2:12; 13:6; 49:8; Jer. 30:7; Eze. 30:3; Joel 1:15; 2:11, 31) y, parafraseando, lo define así: “El reconocimiento de la presencia de Jehovah en su constante actividad de juicio y salvación” (vv. 1, 2). Y más específicamente: “El gran día en que Jehovah salvará de una vez por todas a su pueblo” (v. 3).

Semillero homilético
¿De qué lado estás?
Malaquías 3:13–4:3
Introducción: La Biblia, sobre todo en las partes conocidas como “literatura sapiencial”, constantemente divide a la humanidad en dos clases: los sabios y los necios, los buenos y los malvados, los justos y los injustos. Este pasaje de Malaquías plantea también la conducta de esos dos grupos (3:13–15 y 3:16–18).
I. ¿Quiénes son los necios?

  1. Los que desestiman a Dios.
  2. Los que prefieren a los arrogantes e impíos.
    II. ¿Quiénes son los sabios?
  3. Son los prudentes y obedientes.
  4. Los que sirven a Dios y lo respetan.
    III. El destino de cada uno.
  5. El malvado será quemado como la paja.
  6. El bueno será considerado como “especial tesoro”, será prosperado.
    Conclusión: Qué bien refleja este pasaje al Salmo 1. Este pasaje refleja refleja muy bien a Mateo 25:31–46. El Dr. Albert Schweitzer, médico, músico y teólogo, desafió al mundo entero en su discurso de aceptación del premio Nobel de la Paz en 1952: “La humanidad entera tiene que enfrentarse a la realidad de que el ser humano se ha convertido en un Superman, pero este superhombre con poderes “superhumanos” no ha logrado alcanzar el nivel de la razón sobrehumana. Lo más triste es que a medida que su poder aumenta, este superhombre cada día se hace más miserable. Debe sacudir nuestra consciencia el hecho de que a la vez que nos hacemos más superhombres nos volvemos más inhumanos”.

Connerly, R., Gómez C., A., Light, G., Martı́nez, J. F., Martı́nez, M., Morales, E., Moreno, P., Rodrı́guez, S., Ruiz, J., Samol, J. A., Sánchez, E., Sewell, D., Tiuc Sian, R., Welmaker, B., Wilson, R., Wyatt, J. C., Wyatt, R., & Editorial Mundo Hispano (El Paso, T. . with Bryan, J., Byrd, H., & Caruachı́n, C., Carroll R. y M. Daniel. (2003). Comentario bı́blico mundo hispano Oseas–Malaquı́as (1. ed., pp. 392-393). Editorial Mundo Hispano.

Biblia y Homosexualidad | Cristianismo Primitivo

Biblia y Homosexualidad
LO QUE LA PALABRA DE DIOS -LA BIBLIA- DICE SOBRE LA HOMOSEXUALIDAD

«La apariencia de sus rostros testifica contra ellos; porque como Sodoma publican su pecado, no lo disimulan. ¡Ay del alma de ellos! porque amontonaron mal para sí»
(Isaías 3:9)

El propósito de este breve estudio no es «machacar» a los homsexuales, sino exponer lo que la Biblia declara sobre la Homosexualidad, y hacerlo sin rodeos. Dios ama a las personas y quiere que éstas sean salvas y libres, pero me siento en la responsabilidad de responder como cristiano ante las demandas del lobby gay, que en este tiempo están rebasando los límites de lo aceptable:

El Gobierno socialista español fue uno de los primeros en legalizar estas uniones equiparándolas al matrimonio con derecho a adopción de niños (de hecho las llama «matrimonio» cuando el origen etimológico del término es la expresión «matri-monium», es decir, el derecho que adquiere la mujer que lo contrae para poder ser madre dentro de la legalidad.)

Pero ya no se trata de que esta o aquella «iglesia» protestante nombre como obispos a homosexuales declarados y practicantes, o a que algún cura católico romano «salga del armario» como dicen ellos….

…algunos homosexuales ya no se conforman con tratar de hacer que aceptemos como natural su conducta sexual, ellos quieren más: Aunque suene a ciencia ficción quieren que se legalice la pederastia con una asociación que ellos llaman «Asociación para el amor entre hombre y niño» -en inglés las siglas son NAMBLA- (busque el término en internet). Les han recibido hasta en la ONU (Dicen que por error y entre otras asociaciones homosexuales, pero en todo caso les recibieron).

Desde hace décadas ciertos grupos homosexuales como NAMBLA han pedido la legalización de la pederastia.

Lo que nos parecía imposible, hoy comienza a ser una realidad.

Ellos -de esta asociación- incluso tienen como una página WEB donde reclaman este derecho -por si alguien no me cree: ver su web en http://www.nambla.org/ (No hay fotos obscenas, copie el enlace en su navegador para ver dicha web). La foto de la derecha es la de estos criminales de NAMLA en el día del orgullo gay en una ciudad de USA con una pancarta reclamando el derecho a mantener relaciones sexuales con niños.

Lo que hace unos años nos parecía impensable: la promoción de la pedofilia; es ya una realidad en los días del orgullo «gay» en ciudades como Madrid.

En la moderna Suecia o en el Reino Unido recientemente se han encarcelado (por breves periodos de tiempo, por el momento) a pastores protestantes por decir en público lo que la Biblia dice sobre la homosexualidad.

Leyes se proponen y aprueban para la corrupción de menores: pedofilia, cambio de sexo sin consentimiento de los padres, etc.

¿CUÁL FUE EL EL PECADO DE SODOMA?

«Mas los hombres de Sodoma eran malos y pecadores contra Yahveh en gran manera.» (Génesis 13:13)

«Aún no se habían acostado cuando los hombres de la ciudad de Sodoma rodearon la casa. Todo el pueblo sin excepción, tanto jóvenes como ancianos, estaba allí presente. Llamaron a Lot y le dijeron: ¿Dónde están los hombres que vinieron a pasar la noche en tu casa? ¡Échalos afuera! ¡Queremos acostarnos con ellos! Lot salió a la puerta y, cerrándola detrás de sí, les dijo: Por favor, amigos míos, no cometan tal perversidad» (Génesis 19:4-7)

«Porque de la vid de Sodoma es la vid de ellos, y de los campos de Gomorra; las uvas de ellos son uvas ponzoñosas, Racimos muy amargos tienen. Veneno de serpientes es su vino, y ponzoña cruel de áspides.» (Deuteronomio 32:32-33)

LA ACEPTACIÓN DE LA HOMOSEXUALIDAD: SIGNO DE LA DECADENCIA MORAL DE UNA SOCIEDAD
«He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso. Y se llenaron de soberbia, e hicieron abominación delante de mí, y cuando lo vi las quité» (Ezequiel 16:49-50).

La corrupción de menores es un delito tipificado en la legislación de varios países. Esta conducta antijurídica e imputable, es infraccional del Derecho penal.

Se entiende por corrupción de menores, la manipulación o abuso de incapaces por parte del autor del delito, quien hace participar a la víctima de forma prematura u obscena, en actividades de naturaleza sexual que perjudican el desarrollo de su personalidad.

En la actualidad, el artículo 183 bis del Código Penal dispone que «el que, con fines sexuales, determine a un menor de dieciséis años a participar en un comportamiento de naturaleza sexual, o le haga presenciar actos de carácter sexual, aunque el autor no participe en ellos, será castigado con una pena de prisión de seis meses a dos años». El citado precepto establece agravación de la pena –de uno a tres años- cuando se hubiera hecho presenciar al menor abusos sexuales.

LOS SEGUIDORES DE DIOS NO DEBEN ACEPTAR LAS DEMANDAS HOMOSEXUALES
Nos referimos a no aceptar como seguidores de Jesús, esta práctica como algo «natural» o una «alternativa». Debemos sin embargo tratar con respeto a las personas homosexuales y no insultarlas, menospreciarlas ni burlarnos de ellos.

Otra cosa es nuestra perspectiva de sus prácticas sexuales: Tolerancia cero.

«Y respondió Abram al rey de Sodoma: He alzado mi mano a Yahveh Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta una correa de calzado, nada tomaré de todo lo que es tuyo, para que no digas: Yo enriquecí a Abram» (Génesis 14:22)

Los delitos relacionados con la pederastia se sancionan con una pena de tres meses a un año de prisión (…) A diferencia de lo que ocurre con el racismo o el terrorismo, en España no está tipificado el delito de la apología de la pedofilia.

LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO DE SODOMA: PRÓXIMO JUICIO DE DIOS
Antes del juicio de Dios (que siempre llega, tarde o temprano), Éste da la oportunidad de que nos arrepintamos: tanto del pecado de la homosexualidad o de cualquier otro en el que hayamos caído. Para eso Jesús murió en la cruz: para salvar también a los afeminados y a los homosexuales. ¡Ay de nosotros si despreciamos una salvación tan grande!

«Entonces Yahveh le dijo: Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo» (Génesis 18:20)

«Luego le advirtieron a Lot: ¿Tienes otros familiares aquí? Saca de esta ciudad a tus yernos, hijos, hijas, y a todos los que te pertenezcan, porque vamos a destruirla. El clamor contra esta gente ha llegado hasta el Señor, y ya resulta insoportable. Por eso nos ha enviado a destruirla» (Génesis 19: 12-13)

«Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste» (Lucas 17:28-29)

LO QUE DICE LA LEY DE DIOS
«No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es una abominación» (Levítico 18:22)

Comentario: Si se lee este pasaje de Levítico en su contexto se verá que se incluye la homosexualidad entre pecados abominables para Dios como el incesto, el bestialismo -relaciones con animales- etc. Es pues falso que la Biblia sea neutral respecto a la práctica homosexual.

«Cualquiera que practique alguna de estas abominaciones será eliminado de su pueblo» (Levítico 18:29)

Comentario: Con «eliminado de su pueblo» debemos entender que la práctica homosexual es incompatible con el ser cristiano. No podemos aceptar como miembro en la iglesia a alguien que siga practicando sin remordimientos, repulsa y arrepentimiento, la práctica homosexual.

EL JUICIO DE LA LEY DE DIOS SOBRE ESTE PECADO
«Y miró hacia Sodoma y Gomorra, y hacia toda la tierra de aquella llanura miró; y he aquí que el humo subía de la tierra como el humo de un horno» (Génesis 19:28)

«Si alguien se acuesta con otro hombre como quien se acuesta con una mujer, comete un acto abominable y los dos serán condenados a muerte, de la cual ellos mismos serán responsables» (Levítico 20:13)

Comentario: No es el Dios de la Vida quien condena a muerte (al infierno eterno) al homosexual, es su propio pecado el que le condena y que le hace responsable y reo de muerte ante la Ley del Dios Santo.

El Dios de la Vida quiere que el homosexual como cualquier otro pecador (Todos lo somos) se arrepienta de su pecado, vaya a Jesús (no a una religión) y viva.

«La apariencia de sus rostros testifica contra ellos; porque como Sodoma publican su pecado, no lo disimulan. ¡Ay del alma de ellos! porque amontonaron mal para sí» (Isaías 3:9)

Comentario: ¿No es esto lo que pasa hoy en día con el pecado de la homosexualidad y el lesbianismo? Publican desvergonzadamente y sin disimulo a los 4 vientos su pecado para convencer a esta decadente y cauterizada moralmente sociedad de que les acepte.

No doble sus rodillas ante esta avalancha mediática.

«Porque se aumentó la iniquidad de la hija de mi pueblo más que el pecado de Sodoma, que fue destruida en un momento, sin que acamparan contra ella compañías» (Lamentaciones 4:6)

EL TRAVESTISMO ES ABOMINACIÓN ANTE DIOS:
«No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Yahvé tu Dios cualquiera que esto hace» (Deuteronomio 22:5)

EL LESBIANISMO ES UNA PASIÓN CONTRA LA NATURALEZA Y VERGONZOSA
«Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza» (Romanos 1:26)

LA HOMOSEXUALIDAD RECIBE EN SI MISMA CASTIGO
Comentario: Creo que no debemos pensar, como algunos energúmenos creen, que el castigo particular de Dios contra este pecado sea el SIDA u otra enfermedad similar que afecta a tantos inocentes (en ese caso todos deberíamos estar afectados por una enfermedad, porque todos somos pecadores ante Dios los unos lavados por la sangre de Cristo y los otros no-).

Estas enfermedades que se han propagado en un principio por causa de prácticas sexuales contra-naturaleza no son comparables con el venidero juicio de Dios cuando estemos ante Su Santo Trono para ser juzgados.

Personalmente, en tiempos peores para esta enfermedad y afortunadamente pasados gracias a los avances médicos, he visitado en hospitales a homosexuales afectados de SIDA a los que sus amigos «Gays» habían abandonado. ¡Que triste entonces ver que las falsas luces de éste mundo que perece se habían convertido en sombras, y las risas en lágrimas! Los homosexuales en lo profundo de sus corazones sufren por su pecado más de lo que podemos imaginar.

«y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío» (Romanos 1:27)

LA HOMOSEXUALIDAD O EL SER AFEMINADO EXCLUYE DEL REINO DE DIOS
Comentario: La Biblia tacha a la homosexualidad como depravada hasta el extremo porque niega la imagen de Dios a la que el hombre ha sido creado. Niega el plan de Dios para la sociedad por medio de la institución de la familia (fundada por Dios aún antes que la iglesia). Creo que es por esto y no otra cosa que es un pecado especialmente desagradable a Sus santos ojos.

«¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1ª Corintios 6:9-11)

LA HOMOSEXUALIDAD ES ENEMIGA DEL EVANGELIO
Comentario: Ya es el tiempo en que en algunos países europeos, los homosexuales que reclaman para si mismos tolerancia y que no la tienen para los que pensamos que sus prácticas no son «normales» y sí contra-natura, están promoviendo leyes que envían a la cárcel a los pocos mártires (confesores de la Palabra de Dios) modernos que denuncian y hablan claramente de este pecado.

«Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito» (1ª Timoteo 1:8-11)

LA HOMOSEXUALIDAD ES CASTIGADA CON DESTRUCCIÓN
«condenó por destrucción a las ciudades de Sodoma y de Gomorra, reduciéndolas a ceniza y poniéndolas de ejemplo a los que habían de vivir impíamente» (2ª Pedro 2:6)

LA HOMOSEXUALIDAD ES CASTIGADA CON FUEGO ETERNO
«como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno» (Judas 1:7)

HAY LIBERACIÓN Y PERDÓN DEL PECADO DE LA HOMOSEXUALIDAD
«¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis (…) ni los afeminados, ni los que se echan con varones (…) heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1ª Corintios 6:9-11)

Se hace necesario decir aquí, en justicia, que de los alrededor de 80 países del mundo donde la homosexualidad está penada, ninguno de ellos es «cristiano». En 8 de ellos está penada con la muerte (todos ellos musulmanes), en otros 8 se les puede condenar a cadena perpetua, y en el resto es ilegal y está penada con penas más o menos duras. El cristiano no aprueba el pecado homosexual, pero debe entender que el homosexual está necesitado como cualquier otro hombre pecador, de la liberación de su pecado que solo Jesús puede dar.

SI ERES HOMOSEXUAL -¡Y HAS LLEGADO HASTA AQUÍ!- DEBES SABER QUE…
No eres más o menos pecador que el autor de esta Web. La única diferencia entre el mejor cristiano y el peor de los pecadores la hace Jesús de Nazaret. Tu pecado, y el mío, sea cual sea, no es sino una manifestación del pecado que hay en el corazón de todos nosotros.

El ser «más o menos bueno» o ser un homosexual practicante o un hombre que va a la iglesia cada domingo intentando cumplir los mandamientos de la Ley de Dios no nos libra:

«Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho trasgresor de la ley.» (Santiago 2:10,11).

Cuando incumplimos o transgredimos uno solo de estos mandamientos (en tu caso al ser homosexual y en el del que escribe esto pecados vergonzosos de otra índole) nos hacemos culpables ante toda la Ley de Dios, (por ejemplo: como el que cumple todas y cada una de las leyes de un país salvo una: robar bancos) y merecedores del castigo que Él en Su Santidad ha decretado para el pecado:

«Porque la paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23)

Hay un lugar terriblemente real destinado a los que mueren en sus pecados, sean homosexuales o «cristianos» de nombre:

«Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga» (Marcos 9:43-48)

Ahora bien, hubo Uno: Jesús, que cumplió perfectamente la Ley:

«Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino Uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.» (Hebreos 4:14-16).

Ese es Jesús, el Buen Jesús. Él pagó en la cruz el precio que merecían tus y mis pecados, por eso Él es el Salvador:

«El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4:25)

Por eso dice la Biblia:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Juan 3:16-18).

Jesús murió por culpa nuestra. Dios no nos perdona de cualquier modo o porque le apetezca: nos perdona porque ya castigó nuestros pecados en Su Hijo, que tomó el pecado también de los homosexuales en la cruz. Ahora si te arrepientes (cambias de vida) y te vuelves a Él te digo que hay esperanza para ti, Dios te puede dar limpieza, pureza y una nueva vida, porque Dios dice en Su Palabra:

«Venid luego, dice El Señor, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.» (Isaías 1:18)

A ti, que no sabes de qué están hechos sus próximos 5 minutos de vida, que estás desesperado, que buscas verdadera libertad, te toca decidir ahora dónde quiere pasar una eternidad. Solo tienes que arrepentirte de tus pecados y entregarle tu vida entera a Jesucristo. Así de sencillo: entregarle tú tu vida llena de miserias a Jesús y a cambio Él Te dará una nueva vida -Su Vida- de perdón y plenitud.

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga» (Mateo 11: 28-30)

Si esto te ha hecho reflexionar te aconsejo que busques una buena iglesia genuinamente cristiana -no de la religión tradicional y «popular» ni uno de esos grupos «locos» que hay por ahí- y pidas poder hablar con el responsable (te recomiendo una iglesia bautista y si es reformada mejor). En el improbable caso de que no te hicieran caso o te tratasen mal, no te desanimes: sigue buscando y mira a Jesús, no a los hombres. Si no sabes si cerca de ti hay una escríbeme y trataré de ayudarte. (Para contactar hágalo a la dirección de correo: autorcristianismoprimitivo@gmail.com)

Quizás mañana sea tarde…

Artículo Fuente: https://www.cristianismo-primitivo.org/otros-estudios/biblia-y-homosexualidad

La mancha del pecado | Jeremiah Johnson 

La mancha del pecado

Jeremiah Johnson 

En el relato del apóstol Juan sobre el Señor levantando milagrosamente a Lázaro de entre los muertos, hay una breve declaración que nunca deja de hacer sonreír a los niños de la iglesia. Siempre atenta a las cuestiones prácticas y al decoro, cuando Marta, la hermana de Lázaro, advirtió con premura a Cristo: “Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que murió” (Jn. 11:39 NBLA).

Como ya hemos visto en esta serie, la resurrección de Lázaro es una descripción vívida de la obra de salvación de Dios en la vida del creyente. Y aún en su estado resucitado, Lázaro —todavía envuelto en sus ropas sucias de la tumba— tiene una clara similitud con la nueva vida del creyente en Cristo. Como John MacArthur explica:

La historia de Lázaro ofrece una ilustración particularmente gráfica de nuestra situación como creyentes. Hemos sido creados para que andemos en vida nueva (Ro. 6:4). “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Ro. 7:22). Sin embargo, no podemos hacer lo que deseamos (Gá. 5:17). “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Ro. 7:18). Somos prisioneros de las consecuencias inherentes a la mismísima caída de la que hemos sido redimidos (Ro. 7:22). Es como si todavía estuviéramos atados con la ropa con que nos enterraron…

Existe, sin embargo, una diferencia importante entre nuestra situación y la resurrección de Lázaro. Él se despojó de su vendaje de momia, de inmediato. Era simplemente una mortaja de lino. Afortunadamente, la corrupción de la muerte, caracterizada por el terrible hedor que temía Marta, no siguió a Lázaro desde la tumba.

Nuestra situación, sin embargo, no se puede resolver tan rápido. No es solo una mortaja de lino lo que nos ata, sino un cadáver hecho y derecho: Pablo lo llama “el cuerpo de muerte” (Ro. 7:24). Es el principio del pecado carnal el que cubre nuestra gloriosa vida a lo largo de nuestra peregrinación terrenal. Confunde nuestra atmósfera espiritual, rodeándonos del fétido olor del pecado. Ya no puede dominarnos como un tirano despiadado, pero nos afligirá con la tentación, el tormento y el dolor hasta que finalmente seamos glorificados. [1].

A pesar que hemos sido transformados a través de la obra redentora de Cristo, todavía llevamos las manchas de nuestro pasado pecaminoso. La última vez, consideramos cómo el Señor, mediante la obra santificadora del Espíritu Santo, disminuye el efecto y la influencia de nuestro pasado pecaminoso.

Pero no todos los creyentes profesos se someten voluntariamente a la obra perfeccionadora de la santificación. De hecho, muchos rechazan la situación por completo, adoptando una actitud arrogante hacia sus pecados y evitando cualquier amonestación o condenación a causa de éste.

En generaciones pasadas, defender esa posición usualmente significaba invocar la idea de cristianos “carnales”. Basado en una malinterpretación de la amonestación de Pablo en 1 Corintios 2 y 3, muchos cristianos han sido llevados a creer que hay dos clases de cristianos: carnales y espirituales. Los cristianos espirituales manifiestan la evidencia de su estatus a través de su piedad: una vida recta y una fe madura. Por otra parte, los cristianos carnales hacen profesiones de fe, pero permanecen sumidos en el pecado y la corrupción del mundo.

Hoy en día, una idea similar está creciendo rápidamente en popularidad. Cuando se trata de lidiar con pecados permanentes en la vida de un creyente, la solución de moda es no predicar arrepentimiento y disciplina, sino enfocarse exclusivamente en la gracia de Dios. En lugar de lidiar bíblicamente con su pecado —“Cortando en pedazos a Agag”— ellos argumentan que la salvación nos libera de cualquier expectativa de obediencia a la ley de Dios, y que la gracia de Dios disuelve la culpa y apacigua la convicción de pecado en la vida del creyente. Ellos argumentan que no es la culpa de nuestro pecado, sino el esforzarse por la justicia que lleva a tantos creyentes a la frustración y desesperación espiritual. De hecho, ellos tratan de avergonzar a otros creyentes para que dejen de perseguir la santidad, al erróneamente etiquetarla como obras de justicia, es decir, obras hechas para ganar el favor de Dios.

En su libro, Una conciencia decadente, John MacArthur advierte en contra de tergiversar la gracia de Dios en una excusa.

La gracia de Dios no implica que la santidad sea opcional. Siempre ha habido personas que abusan de la gracia de Dios y suponen que tienen licencia para pecar. Parafraseando esa filosofía, Pablo escribe: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” (Ro. 6:1). Si la gracia abunda más donde el pecado es peor (Ro. 5:20–21), entonces, ¿no magnifica, nuestro pecado, la gracia de Dios? ¿Deberíamos continuar en pecado para que la gracia de Dios pueda ser magnificada?

¡Que no sea así nunca! Responde Pablo de manera enfática. La noción de que cualquiera usaría tal argumento para entregarse al pecado era claramente ofensiva para Pablo. “En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Ro. 6:2)[2].

Lamentablemente, esta corrupción de la gracia de Dios no está restringida a los límites de la iglesia. Proviene de algunos de los más populares oradores y autores en el movimiento evangélico de hoy. Y es una amenaza para el crecimiento espiritual y la piedad de los innumerables hombres y mujeres atrapados en su engaño.

La próxima vez, veremos más de cerca cómo están malinterpretando y distorsionando la Palabra de Dios, y la amenaza que sus enseñanzas representan para sus seguidores.

Artículo del Blog Gracias a Vosotros: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B210609

Las cuatro revelaciones dadas a Pablo (2) | Efesios 3:3

Las cuatro revelaciones dadas a Pablo (2)

El misterio

Por revelación me fue declarado el misterio. Efesios 3:3

Audio:https://podcasts.captivate.fm/…/30be7099…/14-03-2024.mp3

El apóstol Pablo recibió una revelación a la que él llama “el misterio” o “el misterio de Cristo” (v. 4), y más adelante, en esta misma epístola, Pablo dice que este misterio trata acerca de “Cristo y de la Iglesia” (Ef. 5:32). Este misterio también le fue revelado al resto de los apóstoles del Nuevo Testamento (v. 5), sin embargo, Pablo recibió esta revelación de una forma muy particular, pues él fue el encargado de administrarlo y comunicarlo a los creyentes (vv. 8-9).

En la Palabra, un misterio es algo que estaba oculto en el pasado, pero que ahora ha sido revelado. En pocas palabras, el misterio al que se refiere Pablo es que los creyentes, ya sea de entre los judíos como entre los gentiles, ahora forman parte de un solo Cuerpo; ahora forman parte de un “solo y nuevo hombre”, algo que no existía antes de la muerte y resurrección del Señor Jesús (Ef. 2:14-16). Por el Espíritu, la Iglesia está unida estrechamente a la Cabeza en el cielo, que es Cristo. De esta forma, la Iglesia es la “plenitud” de Cristo (Ef. 1:22). Pablo dice que este misterio no fue dado a conocer a los hijos de los hombres en épocas pasadas. Los santos del Antiguo Testamento no supieron nada acerca de este misterio. Una asamblea, conformada tanto por judíos como por gentiles, en un solo Cuerpo y vinculada a un Cristo ascendido, era algo que nadie se imaginó en los tiempos del Antiguo Testamento (vv. 5, 9). Ni Isaías, ni Jeremías, ni ninguno de los profetas insinuaron siquiera tal cosa.

Estas verdades tienen implicaciones prácticas para nosotros como creyentes. Si somos el Cuerpo de Cristo en el mundo, entonces no debemos ser una entidad política, ¡de ninguna manera! Si la Iglesia hubiera entendido su lugar adecuado en los propósitos de Dios, entonces se habrían evitado muchos errores. ¿Caminamos de tal manera que reflejamos este vínculo con nuestra Cabeza resucitada en el cielo? Además, si pudiéramos ver que no somos simplemente un conjunto de personas salvadas individualmente, sino un organismo vivo que depende de su Cabeza glorificada en el cielo, ¡cuán diferente sería nuestra perspectiva!

Brian Reynolds

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Restauración (2) | Salmo 23:3-4, 6

Restauración (2)

Audio:https://podcasts.captivate.fm/…/2bf1e15f…/08-01-2024.mp3

Él restaura mi alma; me guía por senderos de justicia por amor de su nombre. Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento… Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días. Salmo 23:3-4, 6

La mayoría de los sindicatos, al negociar los nuevos contratos, tratan de incorporar muchos beneficios adicionales al paquete salarial. Entre ellos se encuentran la seguridad laboral, seguros de salud, vacaciones, prestaciones por enfermedad, pensiones de jubilación y seguros de vida. Todo esto parece apropiado e incluso necesario para la vida actual. Sin embargo, todo esto puede desaparecer en un instante. Nada es seguro en este mundo.

Sin embargo, las ovejas que siguen al Pastor tienen asegurada la presencia del Señor, y junto con ello reciben todos los beneficios adicionales que necesitan. Seguir al Señor es el único camino correcto, aunque me lleve por el valle de la sombra de muerte. Pero el salmista dice: “No temeré mal alguno”. ¿Por qué puede decir esto con tanta confianza? Porque el Pastor está con él, y no hay nada que temer. En los tres primeros versículos, el salmista habla del Pastor. Luego le habla directamente a él. Así de cerca está de su presencia.

Con el cayado, el Pastor atrapa a las ovejas para cuidarlas; con su vara aleja a los enemigos. Hay muchos enemigos al acecho para dispersar a las ovejas y devorarlas, pero el Señor es nuestra seguridad y fortaleza, nuestro consuelo y nuestra guía. Nada puede inquietar al creyente que camina en dulce comunión con el Pastor. Podemos mirar hacia atrás y contar innumerables muestras de su bondad y misericordia que nos han acompañado día tras día. ¿Y cuál es la esperanza que tenemos por delante? Estar con él. Después de haber disfrutado de su compañía aquí, ¡qué bello será morar con él eternamente, y no entristecer nunca más su corazón!

Jacob Redekop

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Arrepiéntete o perecerás | A.W. Pink

ARREPIÉNTETE O PERECERÁS

A.W. Pink

(1886-1952)
“Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

Estas fueron las palabras del Hijo de Dios encarnado. Nunca han sido canceladas, ni lo serán mientras exista este mundo. El arrepentimiento es absolutamente necesario si el pecador ha de hacer paz con Dios (Isa. 27:5), porque arrepentirse es echar a tierra las armas de rebelión contra Él. El arrepentimiento no salva, sin embargo ningún pecador jamás fue ni será salvado sin el mismo. Sólo Cristo salva, pero un corazón no arrepentido no lo puede recibir.

Un pecador no puede creer verdaderamente hasta que se arrepiente. Esto es visto claramente en las palabras de Cristo respecto a su precursor: “Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; y los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle” (Mateo 21:32). Es evidente también en su llamado autoritario, (claro y fuerte como eran las órdenes que se pregonaban a son de trompeta), que hizo en Marcos 1:15: “Arrepentíos y creed en el evangelio.” Es por esto que el apóstol Pablo testificaba “acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21). No te equivoques en este punto, estimado lector; Dios “ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30).

Al exigirnos el arrepentimiento, Dios reclama sus derechos justos sobre nosotros. Él es infinitamente digno de amor y honor supremo, y de obediencia universal. Maliciosamente se lo hemos negado. Nos requiere tanto un reconocimiento del mismo, como un cambio al respecto. Es necesario confesar y acabar con nuestro desapego para Él y nuestra rebelión contra Él. Así que, el arrepentimiento es darnos cuenta sinceramente de haber fracasado espantosamente, a través de toda la vida, en darle a Dios su puesto legítimo en nuestro corazón y vida cotidiana.

La justicia de la demanda de Dios para mi arrrepentimiento es evidente si consideramos la naturaleza infame del pecado. El pecado es una renuncia de Aquél que me formó. Es negarle su derecho de gobernarme. Es mi determinación de agradarme a mi mismo, y por lo tanto es rebeldía contra el Todopoderoso. El pecado es anarquía espiritual, y menosprecio total por la autoridad de Dios. Es decir en mi corazón: “No me importa lo que Dios requiere; voy a hacer todo a mi manera. No me importan cuales sean sus derechos en mi vida; voy a ser mi propio señor.” Lector, ¿te das cuenta que has vivido así?

El arrepentimiento verdadero surge cuando, por la obra del Espíritu Santo en el corazón, nos damos cuenta sinceramente de que el pecado es sobremanera pecaminoso, y de lo terrible que es ignorar las demandas y desafiar la autoridad de Aquél que nos formó. Por lo tanto, consiste en un odio y horror santo por el pecado, y en una tristeza profunda por él. Además, consiste en la confesión honesta de él delante de Dios, y en un abandono sincero y completo del mismo. Dios no nos perdona hasta que esto se realiza. “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). En el verdadero arrepentimiento el corazón se vuelve a Dios y confiesa: “He ido en pos de un mundo vano que no puede satisfacer las necesidades de mi alma. Te abandoné a tí, la Fuente de Aguas de vida, yendo tras cisternas rotas que no retienen agua. Ahora reconozco y lamento mi necedad.” Y además, dice: “He sido un sujeto desleal y rebelde, pero ya no lo seré más. Ahora deseo y me propongo servirte y obedecerte con todas mis fuerzas, como mi único Señor. Dependo de tí como mi Porción presente y eterna.”


Lector, profese ser cristiano o no, la opción es: arrepentirte o perecer. Para cada uno de nosotros, seamos miembros de alguna iglesia o no, no hay otra alternativa más que volverme o quemarme. Tienes que apartarte de caminar conforme a tu propia voluntad y gusto, y volverte a Dios con el corazón quebrantado, buscando su misericordia en Cristo. Tienes que volverte con el corazón plenamente decidido a agradarle y servirle a Él. De lo contrario, serás atormentado día y noche por los siglos de los siglos en el lago de fuego. ¿Cuál de los dos será? ¡Oh! arrodíllate ahora mismo y ruégale a Dios que te dé el espíritu de verdadero arrepentimiento.

Aquellos cuyo corazón esté endurecido por el pecado descubrirán, a su pesar, que “la ira del Cordero” existe (Apocalipsis 6:16). | RYLE J.C.

Mateo 18:1–14. Lo primero que se nos enseña en estos versículos es la necesidad de la conversión, y de que esta se manifieste por una humildad como la de un niño. Los discípulos fueron a nuestro Señor con la pregunta: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”.

Hablaron como hombres cuyo entendimiento estuviera solo a medias, y llenos de expectativas carnales. Recibieron una respuesta calculada para despertarlos de su fantasía, una respuesta que contiene una verdad fundamental del cristianismo: “Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (LBLA).

Dejemos que estas palabras penetren muy profundamente en nuestros corazones. Sin conversión, no hay salvación. Todos necesitamos un cambio radical de nuestra naturaleza: tal y como es, no tiene ni fe en Dios, ni temor a Él, ni amor por Él. “Nos es necesario nacer de nuevo” (cf. Juan 3:7). Tal y como somos, estamos absolutamente incapacitados para habitar en la presencia de Dios. El Cielo está cerrado para nosotros a menos que nos “convirtamos”. Y esto es así para todos los grupos, clases y rangos de la Humanidad: todos nacen en pecado y son hijos de ira, y todos ellos, sin excepción, necesitan nacer de nuevo y ser hechos criaturas nuevas. Tiene que hacérsenos entrega de un corazón nuevo, y tiene que ponerse en nuestro interior un espíritu nuevo; las cosas viejas tienen que pasar, y todas han de ser hechas nuevas. Es bueno haber sido bautizado y haber entrado a formar parte de la Iglesia cristiana, y hacer uso de los medios de gracia cristiana, pero, con todo, ¿“nos hemos convertido”?

¿Queremos saber si nos hemos convertido de veras? ¿Queremos saber cuál es el método con el que debemos ponernos a prueba? El indicio más seguro de una conversión auténtica es la humildad. Si de verdad hemos recibido el Espíritu Santo, se verá en que nuestra actitud es mansa y parecida a la de un niño. Como los niños, tendremos una opinión humilde respecto a nuestra sabiduría y nuestras fuerzas, y dependeremos mucho de nuestro Padre en los cielos. Como los niños, no buscaremos grandes cosas en este mundo, sino que teniendo sustento y abrigo, y el amor de un Padre, estaremos contentos con eso. ¡Es, ciertamente, una prueba que llega hasta lo más hondo de nuestros corazones! Pone al descubierto la irrealidad de muchas presuntas conversiones. Es fácil convertirse de un partido político a otro, de una secta a otra, de tener una opinión a tener otra distinta, pero tales “conversiones” no salvan el alma de nadie. Lo que todos necesitamos es una conversión del orgullo a la humildad, de tener un alto concepto de nosotros mismos a tener uno más bajo, de la presunción a la modestia, de pensar como el fariseo a pensar como el publicano. Es una conversión de ese tipo la que tenemos que experimentar, si deseamos ser salvos. Esas son las conversiones que proceden del Espíritu Santo.
La siguiente cosa que se nos enseña en estos versículos es el grave pecado de poner obstáculos en el camino de los creyentes. Las palabras del Señor Jesús respecto a este punto son particularmente solemnes: “¡Ay del mundo por los tropiezos! […] ¡Ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!”.

Ponemos “tropiezos” u obstáculos en el camino de las almas de los hombres siempre que hacemos algo que los aparta de Cristo, o que los desvía del camino de la salvación, o que les hace sentir repulsión por la verdadera religión. Puede que lo hagamos directamente, al perseguir, ridiculizar, rebatir o disuadir su voluntad de servir a Cristo; o puede que lo hagamos indirectamente, al vivir de una forma que no concuerda con nuestra profesión de fe, o al hacer con nuestra conducta que el cristianismo no sea atractivo ni agradable. Siempre que hagamos algo así, estaremos cometiendo, según se deduce claramente de las palabras de nuestro Señor, un pecado grave.

Hay algo realmente temible en la doctrina que aquí se expone; debería despertarnos el deseo de someternos a un exhaustivo examen de conciencia. No basta con desear hacer el bien en este mundo: ¿estamos completamente seguros de no estar haciendo algún daño? Quizá no persigamos abiertamente a quienes sirven a Cristo, ¿pero estamos perjudicando a alguien con nuestra actitud o nuestro ejemplo? Es horrible pensar en el daño que puede llegar a hacer una sola persona cuya vida no concuerde con su profesión religiosa. Tal persona le da un buen pretexto al infiel, le da al hombre mundano una excusa para mantenerse en su indecisión, pone freno a quienes andan buscando la salvación y causa desánimo a los santos. Es, en definitiva, un sermón vivo, pero un sermón del diablo. Solo cuando llegue el día final se revelará la tremenda perdición de almas que los “tropiezos” habrán producido en la Iglesia de Cristo. Una de las acusaciones que Natán presentó contra David fue esta: “Has dado ocasión de blasfemar a los enemigos del Señor” (2 Samuel 12:14 LBLA).

La siguiente cosa que se nos enseña en estos versículos es la realidad del castigo futuro, después de la muerte. Nuestro Señor utiliza dos expresiones muy duras al hablar de esto. Habla de “ser echado en el fuego eterno” y también de “ser echado en el infierno de fuego”.

El significado de esas palabras es claro, inconfundible. En el mundo venidero existe un lugar de indescriptible sufrimiento, al que serán enviados para siempre quienes hayan muerto sin haberse arrepentido y sin haber creído. En la Escritura se revela un “hervor de fuego” que antes o después devorará a todos los adversarios de Dios (Hebreos 10:27). La misma fiable Palabra que ofrece un Cielo para todos aquellos que se arrepientan y se conviertan declara con total claridad que habrá un Infierno para todos los impíos.

No nos dejemos engañar por nadie que nos venga con palabras vanas acerca de tan terrible cuestión. En estos últimos días se han levantado hombres que niegan la eternidad de ese castigo futuro, repitiendo el viejo argumento del diablo de que no moriremos (cf. Génesis 3:4). No cedamos ante sus razonamientos, por muy convincentes que suenen. Mantengámonos firmes en “las sendas antiguas”. El Dios de amor y de misericordia es también un Dios de justicia: Él, con toda certeza, “dará la paga”. El diluvio en tiempos de Noé y la destrucción de Sodoma por el fuego tenían por objeto mostrarnos lo que Dios hará un día. Ninguna otra boca ha hablado con tanta claridad acerca del Infierno como la de Cristo. Aquellos cuyo corazón esté endurecido por el pecado descubrirán, a su pesar, que “la ira del Cordero” existe (Apocalipsis 6:16).

Lo último que se nos enseña en estos versículos es el valor que Dios da aun al más pequeño y humilde de los creyentes. “No es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños”.
El propósito de estas palabras es alentar a todos los verdaderos cristianos, no solo a niños pequeños. El contexto en el que se encuentran —la parábola de las noventa y nueve ovejas y una que se descarrió— parece indicárnoslo sin dejar lugar a dudas. Su propósito es mostrarnos que nuestro Señor Jesús es un Pastor que cuida con mucho amor a cada una de las almas que se le han confiado. Él quiere tanto a la más joven, a la más débil y a la más enclenque de su rebaño como a la más fuerte; no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de su mano. Él las guiará con cuidado por el desierto de este mundo, y no las fatigará ni un solo día, para que no muera ninguna de ellas (cf. Génesis 33:13). Él las llevará en sus brazos al atravesar todas las dificultades, y las defenderá de todos sus enemigos. Aquello que dijo una vez se cumplirá literalmente: “De los que me diste, no perdí ninguno” (Juan 18:9).

Teniendo semejante Salvador, ¿quién temerá comenzar a esforzarse por ser un buen cristiano? Teniendo semejante Pastor, ¿quién, que haya comenzado a hacerlo, temerá perderse?

Ryle, J. C. (2001). Meditaciones sobre los Evangelios: Mateo (P. E. González, Trad.; pp. 243-248). Editorial Peregrino.