Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Proverbios 3:5
INTRODUCCIÓN: Salomón, personaje considerado, aun por la crítica histórico-literaria más radical, como un pensador agudo y de profunda sapiencia en lo relacionado con la naturaleza humana, ha dicho en frases inmortales: «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia» (Pr. 3:5). Sin duda alguna vivimos en un mundo donde impera la más absoluta desconfianza. Hay ocasiones en que la misma está sobradamente justificada. Pues son tantos los engañadores, los charlatanes, que es necesario estar alerta y quizás un poco desconfiados de todo lo que nos dicen. Sin embargo, la historia—la gran maestra de la vida—nos enseña que los hombres que triunfan son los confiados y no los desconfiados. Observando a través de los principios emanados de la experiencia cotidiana y aun de la Palabra de Dios, vemos que en materia de «confianza o fe», hay tres aspectos o facetas distintas.
La confianza en uno mismo: esto es, la confianza en nuestras propias capacidades: en nuestras propias fuerzas, en nuestro valor personal. Sin duda alguna que el ser humano que afronte cualquier tipo de problemas y destierre de su mente la idea de que él es capaz de salir airoso en ciertas circunstancias más o menos convencionales o naturales, estará irremediablemente condenado al fracaso. Hay un refrán o adagio que reza: «El triunfo es de los osados». Pues bien, y ¿qué es la osadía, sino la confianza en uno mismo elevada a un grado sumo? Sin duda alguna que elemento de mucha importancia y relieve en la obtención del éxito humano es la confianza en uno mismo.
La confianza en los demás: los grandes señores del éxito han sido hombres y mujeres que, además de confiar en sí mismos, han confiado en los demás (ej.: un general victorioso es un general que puso su confianza en su propia capacidad de estratega y en el valor y coraje de sus soldados; un industrial que tiene éxito es un industrial que además de confiar en su pericia y conocimiento, confía en la capacidad, destreza y habilidad de sus obreros). a) Piedra angular en la formación ideológica de un dirigente es la confianza depositada por él en aquellos que lo rodean y que le han servido de sostén y pedestal. Su éxito como jefe estará en proporción directa con su confianza y fe en aquellos que lo rodean. b) Ésa es la gran lección de la historia humana. en la raíz de toda empresa noble y honrada que se ha visto coronada por el éxito, ha habido una semilla de fe y confianza de uno para todos y todos para uno que ha florecido y fructificado. Ahora bien, si importante para el éxito en toda empresa humana es la confianza en uno mismo y en los demás, no es menos cierto que tanto en estos menesteres como en los problemas relacionados con la naturaleza inherente al ser humano, depende fundamentalmente de que depositemos nuestra confianza en Dios para que seamos recompensados con el éxito. Aunque muchos crean lo contrario, es absolutamente cierto que en los problemas del alma y del espíritu fallan de manera ridícula los dos aspectos primarios del tema en cuestión. La capacidad del hombre está limitada intrínsecamente a lo exterior, corpóreo y material; pero el hombre se encuentra incapacitado para resolver por sí mismo los graves y apremiantes problemas de su malparada naturaleza espiritual. Y es aquí, precisamente, a donde queríamos llegar. Únicamente cuando el hombre, sobreponiéndose a sus propios fracasos, se levanta y va y deposita a los pies del Trono de la Gracia su confianza en el Autor y Sustentador de la vid, estará en vías de ser restaurado y de vislumbrar en el futuro, el disfrute a plenitud de los grandes valores espirituales y éticos de que Dios le hizo depositario, desde el mismo instante en que alentó vida en su nariz.
Confianza en Dios: he ahí la fórmula capaz de erradicar los males, cada vez mayores, de una humanidad descreída y desorientada … a) Confianza, seguridad y fe en que Dios escuchará nuestra oración, si implorantes y humillados acudimos ante él. Certeza de que el sacrificio de Jesucristo hace veinte centurias en el madero del Calvario, es perfectamente capaz de salvarnos, precisamente porque «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». b) Confianza en que Dios cumplirá sus promesas de redención para la raza de Adán, sí sólo miramos al Cristo de la cruz. c) Confianza en que Dios ha edificado su iglesia sobre la Roca inconmovible de los siglos, Cristo Jesús y en que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. d) Confianza en que Dios nos habrá de librar lo mismo del horno de fuego que del foso de los leones. e) Confianza en que Dios es Amor, y por lo tanto capaz de tener compasión por nosotros y ser propicio a nuestro pecado. CONCLUSIÓN: «Fíate de Jehová en todo tu corazón», ha dicho Salomón. Y Jehová te ungirá con el óleo santo de la paz y la vida eterna.
Vila, S. (2001). 1000 bosquejos para predicadores (pp. 744-745). Editorial CLIE.
Los retrasos pueden ser agonizantes, pero Dios tiene una visión panorámica de todo, y su tiempo es perfecto. En este práctico mensaje, el Dr. Stanley nos habla de seis cosas que necesitamos para recibir lo mejor de Dios en cada situación.
Conocer los principios bíblicos es esencial para caminar en los pasos de Dios como Él desea.
Uno de los principios más importantes es obedecer al Señor y dejar todas las consecuencias en sus manos. Y junto a este, también hay otro igual de transcendental, el cual nos enseña a esperar por el tiempo del Señor. Obedecer a Dios no solo implica hacer su voluntad, sino también obrar en su tiempo y de la manera que nos indique hacerlo.
Para mantenernos en el centro de la voluntad perfecta de Dios, debemos evitar adelantarnos a su tiempo.
Aunque no siempre es fácil esperar en el Señor, no fallaremos si con paciencia le dejamos guiarnos de acuerdo a su tiempo. Si nos adelantamos, caeremos en problemas; pero si confiamos en su dirección, nos guiará hacia su voluntad y hará más de lo que esperábamos.
Antes de tomar una decisión rápida y avanzar, en vez de esperar en el tiempo de Dios, prestemos atención a las palabras del Salmo 27.14: “Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová”.
El tiempo de Dios no solo es bueno, sino perfecto.
Es Omnisciente y conoce cada aspecto del pasado, del presente y del futuro. El Señor ve cada área de nuestra vida; conoce todas nuestras necesidades y deseos. Comprende lo que es mejor para nosotros. Su plan divino para nuestra vida siempre es perfecto y cumple su buena voluntad.
En cambio, casi siempre estamos apurados para obtener lo que deseamos. Como poseemos un conocimiento limitado, debemos orar y esperar a que el Señor nos muestre el camino a seguir. Pero, en nuestra prisa por avanzar, casi siempre tomamos decisiones sin pedirle a Dios que nos muestre su tiempo perfecto para ese aspecto de nuestra existencia.
Sin embargo, el Señor ha provisto todo lo que necesitamos para obedecerlo. Al salvarnos, su Espíritu vino a morar a nuestra vida para siempre. Una de las responsabilidades del Espíritu Santo es guiarnos de acuerdo a la voluntad y a la Palabra de Dios. Nos advierte acerca de los caminos equivocados y nos exhorta para que hagamos lo correcto, pues no tenemos la capacidad para tomar decisiones sabias por nosotros mismos.
Cuando Dios dice que debemos esperar, eso es exactamente lo que desea que hagamos.
Así que debemos aprender a escucharlo y a seguir su dirección, en vez de tomar nuestras propias decisiones. Si nos acostumbramos a escucharlo en todo momento, estaremos listos para oírle cuando necesitemos ser guiados en situaciones difíciles. El Señor promete en su Palabra que contestará nuestras oraciones y dirigirá nuestro andar; aunque a veces debemos esperar a que nos muestre el camino. Aunque quizás deseamos una respuesta inmediata, Dios, por su amor y omnisciencia, conoce lo que es mejor para nosotros hoy y en el futuro, pues su perspectiva es eterna.
¿Cuáles son los requisitos para esperar en Dios?
• Fe. Si comprendemos quien es Dios, confiaremos en Él, pues sabe más que nosotros y su tiempo es siempre perfecto. No nos priva de nada, sino que hace lo que es mejor para nuestra vida, de acuerdo a su conocimiento y sabiduría. Nos invita a pedir, a buscar y a llamar en oración, y promete respondernos de acuerdo a su divino propósito y a su tiempo perfecto (Mt 7.7).
Por tanto, no debemos pensar que, si su respuesta no llega de manera inmediata, significa que no nos dará lo que le hemos pedido. Por el contrario, tenemos que recordar el poder, la sabiduría, el amor y el conocimiento de Dios, confiar en que tiene el control de toda situación y que nos dará lo que es bueno. Si su provisión no llega inmediatamente, es porque no la necesitamos, o porque no es bueno para nosotros, o no es el tiempo adecuado para recibirla.
• Paciencia. El Salmo 37.7 enseña: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres…”. Tener que esperar puede causar ansiedad e impaciencia, pues cuando lo hacemos pareciera que Dios no hiciera nada. Sin embargo, debemos recordar que nos ama y ofrece dirección, provisión, ayuda y fortaleza durante el tiempo de espera.
Cuando David fue ungido como rey de Israel siendo aún adolescente, no sabía que tendría que esperar más de doce años antes de que esa promesa se hiciera realidad. Lo que parecía como un tiempo perdido era parte del plan perfecto que Dios tenía con su vida. El Señor no estaba perjudicando a David con ese retraso, lo estaba ayudando.
• Valentía. Cuando una oferta u oportunidad parece buena, se requiere de gran valor para esperar en Dios, pues quizás tendremos que rechazarla. Aunque los demás no comprendan nuestra decisión y nos insten a proseguir, si esto no está de acuerdo al tiempo y a la voluntad del Señor, no debemos tomar la decisión equivocada. No podemos entender las dificultades que tendremos que enfrentar si avanzamos en desobediencia, en vez de esperar con paciencia y valor hasta que Dios nos muestre el camino a seguir.
• Determinación. Como la influencia de otros tiene un efecto poderoso en nuestra vida, se requiere de fortaleza para esperar en el Señor. Aunque la situación parezca buena, si el Espíritu Santo nos advierte, debemos cambiar de parecer para obedecerlo y no dejarnos guiar por los consejos de otras personas.
• Fortaleza. Si nos sentimos tentados a adelantarnos a Dios, debemos recordar que el Todopoderoso es la fuente de nuestra fuerza y quien provee el poder que necesitamos para esperar con paciencia. Además, es Dios quien puede cambiar los deseos de nuestro corazón para alinearlos con su voluntad y darnos pasión para obedecerlo.
• Perseverancia. Si el Señor nos llama a esperar, necesitamos perseverar para mantenernos firmes cuando otros den sus opiniones y ofrezcan sugerencias sobre lo que debemos hacer.
Aunque el mundo está lleno de ofrecimientos tentadores y muchos se apresuran para decirnos cómo debemos vivir, solo hay un Ser superior al que debemos escuchar, y es el Señor. Nuestra responsabilidad es obedecer y dejar las consecuencias en sus manos. Andar en la voluntad de Dios es la mejor decisión que podemos tomar. Aunque no recibiremos todo lo que anhelamos de acuerdo con nuestros planes, no nos perderemos las bendiciones del Señor, las cuales sí concuerdan con el tiempo y la voluntad de Dios. Por tanto, en todo momento debemos buscar la sabiduría de Dios en oración, mientras esperamos por su dirección y observamos cómo obra en nuestra vida.
REFLEXIÓN
¿Desea hacer la voluntad de Dios por encima de todo, aunque eso signifique que no le dará lo que desea, ni lo hará en el tiempo que esperaba recibirlo? De no ser así, ¿qué le impide confiar en el Señor?
¿Qué peticiones espera que Dios le conteste? ¿Cuáles de los atributos del Señor le asegura que obra a su favor cada día?
También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Lucas 15:11–13
Si recordamos que una parábola es la presentación de una verdad espiritual utilizando el recurso de una terrenal, ¿qué quiso el Señor comunicar con la petición de este hijo y su conducta posterior? Sin duda alguna quiso representar a los publicanos y pecadores que los fariseos menospreciaron tanto en sus días. En su apreciación personal, los fariseos eran justos en sí mismos, merecedores de toda bendición divina. La rigurosidad con que se conducían en todos los aspectos externos de la religión les elevaba muy por encima de los demás mortales. Y Cristo, ante la realidad de que nadie entrará al reino de Dios con el ego inflado, en muchas ocasiones razonó y usó de misericordia para llevarles a entender el verdadero estado de sus corazones. Fue precisamente ante las murmuraciones de los escribas y fariseos que nuestro Señor ofreció las parábolas que se encuentran en Lucas 15. “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Éste a los pecadores recibe, y con ellos come” (vv. 1–2), es “amigo de publicanos y pecadores” (Lucas 7:34). En su mentalidad, si Jesús era un profeta santo de Dios, no debía entrar en contacto con los pecadores. Así pensó Simón el fariseo: “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora” (v. 39). Y al razonar así, estos religiosos estaban confundiendo la misión misma que el Mesías había venido a realizar. En su contacto con ellos en otras ocasiones, Jesús aseveró este punto muy diáfanamente. En Lucas 5 nos encontramos con el llamamiento de Leví, publicano o cobrador de impuestos, gente odiada por el pueblo por tener la reputación de traicionar la nación quitando el dinero de sus conciudadanos para darlo al imperio romano. Como una muestra de gratitud al Señor, Leví le preparó un banquete, invitando también a muchos de sus compañeros publicanos. Esto fue otro motivo para la murmuración. Los fariseos no se podían explicar cómo Jesús, clamando ser el Mesías enviado de Dios, comía y bebía con publicanos y pecadores. Fue en esa ocasión cuando Cristo dijo aquellas palabras tan conocidas hoy: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:31–32). La misión de Cristo es salvar pecadores, sanar las almas enfermas con el cáncer del pecado. Por ello, cuando un hombre o una mujer se considera una persona tan justa y buena a los ojos de Dios como para no tener que experimentar un sentido de la culpa y odiosidad del pecado, nos encontramos frente a alguien que se rehúsa a ser sanado por Jesús, aun y cuando con urgencia necesita de la medicina que sólo Dios puede brindarle. El hombre tiene un grave problema con el pecado, y sólo Dios puede ayudarle. Los fariseos no veían esta necesidad, y por tanto, habían despreciado el único remedio para la sanidad de sus corazones. En el capítulo 19 de su Evangelio, Lucas vuelve a narrar el contacto de Jesús con un publicano. En este caso, con uno de los jefes de los publicanos: Zaqueo. El Señor entró en casa de Zaqueo, levantando inmediatamente la queja de sus opositores. “Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador” (v. 7). Ciertamente era un hombre pecador. Él mismo confesó el pecado de hurto, arrepintiéndose y haciendo restitución por ello. Pero así llegó la salvación a su casa. “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (v. 10). De esto se trata la parábola del hijo pródigo. Es la historia de un pecador que se arrepiente de sus pecados y es perdonado por su padre. Sabiamente, el Señor presenta el caso de un gran pecador, para así exaltar todavía más el abundante perdón de Dios para los que reconocen su condición y recurren al Salvador por medio de la fe. Pero los que no se consideran perdidos, nunca serán hallados; los que no se ven a sí mismos como muertos delante de Dios, jamás serán vivificados en su presencia. Cristo trata primero con la oveja perdida (Lucas 15:1–7). Luego con la moneda perdida (vv. 8–10). Y finalmente con el hijo perdido (vv. 11–32). ¿Cuál es el punto entonces? Que el hombre está perdido en sus pecados y necesita de la salvación de Dios; que cuando éste se arrepiente, es alcanzado por la misericordia perdonadora del Señor, lo cual es causa y motivo de gran gozo y celebración en el reino de los cielos. Lo primero que observamos en el contenido de esta parábola es una manifestación de los anhelos y deseos del hijo menor. Casi podemos sentir las palpitaciones del corazón de este joven. Sus principales anhelos quedan al descubierto; abrió su corazón, y lo que brotó puso en evidencia las más bajas inclinaciones de su alma. “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34). Antes de proseguir, debemos decir algunas palabras con respecto a los personajes de nuestro relato. El padre de la parábola es Dios. Obviamente, con esto Jesús no tiene la intención de afirmar que Dios es el Padre espiritual de todos los hombres. En otros lugares da a entender claramente lo contrario (Juan 8:44). Lo que Cristo está más bien argumentando es que Dios es Señor y Soberano sobre todos en virtud de Su identidad como Creador, que tiene autoridad sobre todos por cuanto es el Dador y Sustentador de la vida de cada una de Sus criaturas. “Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch. 17:25), y por esta razón tiene autoridad para mandar a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan (v. 30). Al final de la historia, aunque la opinión de los hombres aquí en la tierra haya sido diferente, cada uno dará cuenta a Aquel que es soberano sobre todos (v. 31). El padre bueno de la parábola es Dios, porque cuida y protege su creación como ningún padre jamás lo ha hecho ni lo hará. Las normas de Su hogar son las mejores: perfectas. Ha provisto al mundo de todos los recursos necesarios para toda la humanidad en todas las épocas conforme a Su misericordia y bondad. “Hace salir su sol sobre malos y buenos… hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45). ¿Quién no quisiera tener a Dios como Padre? Sí, hay alguien que prefiere no tenerle dirigiendo sus asuntos: el pecador. Y esto nos lleva a nuestro segundo personaje: el hijo menor. Por lo que hemos explicado anteriormente acerca del contexto de esta parábola, vemos a los publicanos y pecadores representados en él. El hijo mayor no es mencionado sino hasta el final de la narración, segmento que consideraremos en los capítulos finales de nuestro estudio. Por ahora, podemos simplemente afirmar que el papel que representa este personaje es el de los escribas y fariseos, pecadores igual que los demás, pero con un alto sentido de justicia personal. No se nos dice mucho acerca del hogar de esta familia. Pero no sería ir muy lejos pensar que las condiciones en las cuales creció el pródigo fueron las mejores. Hay fuertes elementos emotivos en la parábola. Todo padre se puede identificar muy fácilmente con el dolor que el padre del hijo pródigo debió experimentar. A medida que avancemos en nuestro estudio veremos surgir cada uno de estos elementos. He aquí el caso de un padre con un hogar modelo, ordenado bajo principios justos y poniendo a disposición de sus hijos aquellas cosas que más le convenían. Pero nada de esto impidió la trágica decisión tomada por su hijo. Otra información ausente en el texto es una descripción del tipo de vida que el hijo había tenido hasta ese momento. No parece ser el caso que éste haya sido delincuente o borracho; ni siquiera podemos afirmar que haya sido desobediente. Esto es un punto más a favor de pensar que este personaje no sólo representa a pecadores criminales, sino a todo tipo de pecadores. Todos estamos representados en él. No importa si usted creció en un hogar cristiano o si vivió perdidamente por largos años, está representado por él. Todo pecador está representado aquí con sus anhelos e inclinaciones. ¿Por qué es importante esta última declaración? Porque a menos que usted se identifique como uno de los perdidos que Cristo vino a salvar, no irá en la actitud del pródigo a encontrar el remedio para su condición. Veamos cuáles eran los grandes anhelos del hijo menor, y así podremos observar nuestro propio retrato en él. Al realizar una radiografía de su corazón, nuestro personaje revela dos objetos principales de deseo: Independencia Con las palabras: “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde”, este joven estaba procurando experimentar una independencia plena de la influencia paterna. Era como si le estuviera diciendo: “Padre, yo sé que hasta ahora me has querido dar lo mejor. Sé que tienes una forma de ver las cosas, una manera de pensar. Pero ha llegado el momento para separarme de ti, para no encontrarme más bajo tu sombra. Puedes tener planes conmigo, pero otros son los que yo tengo para mí mismo. Hay cosas que quiero conocer y disfrutar, que me serían imposible de experimentar estando bajo tu techo. Dame mis bienes, porque de ahora en adelante voy a manejar mis cosas a mi manera y por mi propia cuenta.” Sus palabras nos revelan una gran insatisfacción con su padre y con la casa de su padre. Empezó a observar que las cosas no siempre eran como él quería. Poco a poco fue surgiendo el deseo de una mal llamada libertad. No era libertad de un padre tirano; quería estar libre de la influencia del testimonio y del ejemplo paterno. Quería independencia espiritual para tomar su propio camino hacia el mundo. ¿No le parece haber leído algo similar en otro lugar de las Escrituras? Eva fue tentada por el diablo precisamente en el terreno de la independencia moral. La serpiente cuestionó la moral de Dios y Su autoridad para legislar sobre la vida del hombre. Incitó a la mujer a actuar por iniciativa propia, independientemente de aquello en lo que había sido instruida previamente. Esa búsqueda de libertad de nuestros primeros padres ha sido la causa de todos los males y pecados de la humanidad. Nuestro Creador sabe lo que más conviene a Sus criaturas. Pero en su soberbia, el hombre siempre ha querido intentar una mejor opción, un camino más corto hacia la felicidad. ¿Resultado? La ruina y maldición del pecador; y con el pródigo no iba a ser diferente. Pero no podemos olvidarnos de lo siguiente: la parábola está hablando de todo pecador. El hombre sin Cristo anhela la independencia de Dios. Es importante observar que no es necesario ser un ateo para ser incrédulo. Con tan sólo dejar de tomarle en cuenta es suficiente (Rom. 1:28). Al igual que un padre de familia tiene reglas en su hogar que garanticen el buen orden y la paz doméstica, Dios también tiene sus reglas. Pero el hombre no quiere someterse al gobierno de su Creador; no quiere verse atado a tener que continuar siendo obediente a los principios y valores de su Hacedor. Él nos presenta un camino; el pecador prefiere tomar otra ruta hacia la felicidad. “Cada cual se apartó por su camino” (Isaías 53:6). Placer El segundo elemento que encontramos en el corazón del pecador, tal como la narración de esta parábola evidencia, es el placer. Todo pecador es hedonista de corazón, aunque las manifestaciones sean tan variadas como los gustos de cada quién. El disfrute de la vida se ha convertido en la pasión de la humanidad. Billones de dólares son destinados al único fin de promover la diversión. El razonamiento del hombre es el siguiente: “La vida es breve, y hay que gozarla”; aunque para lograr sus propósitos pisotee la voluntad de Dios revelada en Su Palabra. En esencia, la humanidad del siglo I no es diferente a la de nuestra generación. “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos” parece ser una expresión extraída de los debates modernos. Pero no es otra cosa que una declaración del hedonismo que el Apóstol Pablo confrontó (1 Cor. 15:32). Un ‘buen’ momento, una buena risa, un buen descanso, parece ser el sentido de la vida. Pero todo esto no es más que la posposición de un pensamiento serio sobre la eternidad y el propósito y significado de la vida. Salomón fue alguien que cayó en esta trampa. “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno… Y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Ecl. 2:10, 11). Su perspectiva de la vida cambió; el placer no suplió las grandes necesidades de su alma. “Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón” (7:2, 3). Quizá para usted sea un sueño poder entregarse a todos los placeres que se le antoje a su corazón. ¡Pero Salomón lo hizo! Si veía algo que le gustaba, podía asumirse que ya era suyo. Ciertamente alguien pensaría que en eso radica la verdadera felicidad: en hacer lo que se quiere cuando se desee. El caso de Salomón nos demuestra lo contrario… ¡y la parábola del hijo pródigo lo confirma todavía más! Este joven era el prototipo de un pecador que quiere ver sus sueños hechos realidad. El freno moral es la calamidad de la criatura que se rebela contra su Hacedor. Disfrutar de la vida ya no era el vivir en plena comunión con su padre, sino el poder dilapidar el dinero en lo que a su entender producía la máxima satisfacción. Por esto ha sido llamado “pródigo”; quiere quemar el dinero y las oportunidades de la vida en un instante. “No me hables de placer para el futuro; lo quiero ahora.” Pasó lo mismo con Esaú, quien estuvo dispuesto a cambiar su primogenitura por un plato de lentejas (Gén. 25:29–34). El guiso, en el momento, significó mucho más que las bendiciones relacionadas a sus derechos como primer hijo. En el instante pensó que había hecho el trato de su vida. Pero pasado el tiempo lamentó su decisión. “Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (Heb. 12: 17). El hijo de nuestra parábola estaba haciendo exactamente lo mismo. El placer pasajero y temporal vino a ser el todo en la vida, borrando de su vista lo verdaderamente importante. Se fue tras espejismos e ilusiones con una firme pero triste resolución. “Se fue lejos a una provincia apartada” (Luc. 15:13). Quería estar lejos, lejos, bien lejos de su padre; como el pecador, que prefiere alejarse de Dios para así poder entregarse a la vanidad de su corazón. ¡Ay de aquellos que le piden a Dios que se vaya de sus vidas! Porque en ocasiones el Señor hace exactamente lo que le piden. “Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos… Y Jesús, entrando en la barca, se volvió” (Luc. 8:37). ¿Puede haber una situación más triste para el pecador? El padre de la parábola no le impidió a su hijo que realizara el acto más descabellado de toda su vida. Su corazón debía estar destrozado; pero le dejó ir. Y así, “desperdició sus bienes viviendo perdidamente” (v. 13b).
Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 1-10). Salvador Gómez Dickson.
A Su imagen y semejanza Devocional 2/10 Serie: “Génesis: Los comienzos de la Gracia” Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”— Génesis 1:26–27
Estas palabras coronan el relato de la creación. Después de llenar los cielos y la tierra de vida, Dios hace algo único: forma al hombre y a la mujer a Su imagen. No somos fruto del azar, sino el reflejo intencional de un Dios personal, santo y lleno de amor. Ser creados “a Su imagen” significa que fuimos hechos para reflejar Su carácter, Su bondad y Su gloria en todo lo que hacemos.
En 2018, durante los incendios forestales en California, un fotógrafo captó una escena conmovedora: un bombero, cubierto de ceniza, sostenía entre sus brazos a un pequeño venado que había rescatado del fuego. Aquel gesto de compasión se volvió símbolo de esperanza en medio del desastre. Y es que esa capacidad de cuidar, de sentir misericordia y actuar con amor, es parte de la imagen de Dios impresa en cada ser humano. Aun en medio del caos, cuando la creación gime bajo el peso del pecado, Dios sigue revelando destellos de Su imagen en actos de bondad y gracia (Romanos 8:22).
Ser creados a imagen de Dios significa que fuimos hechos para reflejar quién es Él. Amamos porque Él nos amó primero — “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1 Juan 4:19). Perdonamos porque Él nos perdonó — “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32). Y servimos porque Cristo vino a servir — “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Marcos 10:45).
El pecado no destruyó por completo esa imagen divina, pero la distorsionó. Desde la caída, el hombre busca identidad en lo creado en vez de en el Creador. Pero Cristo, “la imagen del Dios invisible” — Colosenses 1:15 — vino para restaurar esa semejanza perdida. Y por medio de Su Espíritu, somos transformados cada día “de gloria en gloria” — 2 Corintios 3:18 — hasta reflejar Su carácter plenamente.Tu valor no depende de lo que haces, ni de lo que tienes, sino de quién te hizo. El mundo mide la dignidad por logros o apariencias, pero la Palabra de Dios enseña que toda vida tiene valor porque lleva Su imagen.Tratar a otros con respeto, amar sin condiciones y cuidar de la creación es honrar al Creador que nos formó. Y si estás en Cristo, esa imagen está siendo renovada cada día por Su gracia y Su Espíritu Santo (Efesios 4:24).
El ser humano fue creado para reflejar la gloria de su Creador. Fuimos formados para mostrar Su amor, redimidos para anunciar Su gracia y transformados para vivir conforme a Su verdad. Tu existencia tiene sentido solo cuando tu vida apunta a Él. Fuiste creado para reflejar a Cristo.
Señor, gracias porque me creaste a Tu imagen y semejanza. Aunque el pecado ha manchado lo que soy, en Cristo me haces nuevo. Restaura en mí Tu reflejo, y que mi vida muestre Tu amor y Tu gracia. Porque en tiempo favorable me escuchaste, y en el día de la salvación me socorriste. ¡He aquí ahora el tiempo más favorable! ¡He aquí ahora es el día de salvación!», lo ruego en el nombre de Jesús, Amén.
«Recuerda que una mente renovada y un corazón firme en Cristo pueden transformar cualquier vida.» AEA Somos el Ministerio Alimentemos El Alma. Que la gracia y la paz de Cristo estén con todos ustedes hoy y siempre.
Nota editorial: Esta artículo pertenece a una serie de 21 artículos relacionados con los mitos acerca de los temas más relevantes de la teología y la vida cristiana. Puedes leerla en este enlace. Esta serie fue publicada originalmente en inglés porCrossway. A continuación 5 mitos sobre la atención a enfermos terminales:
Mito #1: No hay razón para hablar de la atención a enfermos terminales hasta que surge la necesidad. ¿Quién quiere hablar de la muerte? Pocas cosas detienen tanto una conversación como el tema de la muerte. Es la consecuencia vulgar de la caída, la paga del pecado digna de nuestro desprecio (Ro. 6:23). Nadie siente placer al hablar de ella. Sin embargo, la administración de las vidas que Dios nos ha dado es importante incluso hasta el final (1 Cor. 6:19-20), y con mucha frecuencia, la muerte inminente nos priva de dar una opinión cuando más necesitamos hablar. Una enfermedad grave altera la conciencia. La asistencia respiratoria por medio de un respirador requiere que se coloque un tubo de silicona en nuestras cuerdas vocales, y para tolerar ese tubo, necesitamos sedantes que nos prohíben comunicarnos. Dadas estas dificultades cuando nos golpea la tragedia, somos pocos los que podemos articular nuestras prioridades, mucho menos tomar en cuenta la voluntad de Dios en oración. Si posponemos hablar sobre la atención a enfermos terminales “hasta que surja la necesidad”, corremos el riesgo de sufrir excesivamente y no hablar del tema. Nuestro silencio con respecto a la atención a enfermos terminales también puede amontonar una carga aplastante en nuestros seres amados. Si los doctores no pueden comunicarnos las decisiones médicas, se acercarán a quienes sean más allegados, y muchos de ellos no se sienten preparados para cumplir ese papel. Los seres queridos padecen altas tasas de depresión, ansiedad, duelos complicados e incluso, estrés postraumático hasta un año después del fallecimiento de un familiar en una unidad de cuidados intensivos. Las conversaciones acerca de los enfermos terminales son incómodas y difíciles. Pero en esta era de tecnología médica compleja son esenciales, con ramificaciones que van más allá de nosotros mismos.
Mito #2: La Biblia nos manda a prolongar la vida a toda costa El Señor nos confía la vida y nos pide que la valoremos. Él nos creó a Su imagen con el fin de administrar Su creación y para servirle (Gén. 1:26; 2:19-20), y la Biblia claramente nos enseña a atesorar la vida y a esforzarnos por glorificarle en todo (Éx. 20:13; 1 Co. 10:31; Rom. 14:8). La santidad de la vida mortal ordena que, cuando se lucha con una gama de opciones médicas, debemos considerar los tratamientos que sostengan la vida que sirvan para curar. Sin embargo, la santidad de la vida no rechaza la certeza de la muerte (Rom. 5:12, 6:23). Pese a que la Biblia nos guía a buscar tratamientos que ofrezcan esperanza de recuperación, no nos impone aceptar intervenciones que prolonguen la muerte o que inflijan sufrimiento sin beneficio alguno. “Hacer todo lo posible” por salvar una vida puede ser lo correcto. Pero cuando se hace sin discernimiento, este enfoque puede imponer un sufrimiento innecesario cuando la oración compasiva es más importante. Finalmente, si nos cegamos a nuestra propia mortalidad, rechazamos la resurrección. Pasamos por alto que nuestros tiempos están en Sus manos (Sal. 31:15; 90:3) y desechamos el poder de Su gracia en nuestras vidas, la verdad de que Dios obra en todas las cosas —incluso, la muerte— para el bien de quienes le aman (Jn. 11; Ro. 8:28).
Mito #3: Dios debe sanarme si oro con el fervor suficiente Dios sí sana y puede hacerlo. En mi experiencia como médico, Él usó la recuperación improbable de un paciente para atraerme hacia Él. Durante Su ministerio, Jesús realizó sanidades milagrosas que glorificaron al Padre y profundizaron la fe (Mt. 4:23; Lc. 4:40). La Biblia nos alienta a orar con sinceridad (Lc. 18:1-8; Fil. 4:4-6), y si el Espíritu nos mueve a orar por la sanidad, sea de nosotros mismos o de nuestro prójimo, debemos hacerlo con fervor. No obstante, mientras oramos, debemos atender a una diferencia importante; aunque Dios puede sanarnos, jamás debemos presuponer que debe hacerlo. La muerte nos alcanza a todos. Cuando Cristo regrese, ninguna enfermedad manchará la creación de Dios (Apoc. 21:4), pero mientras tanto, esperamos y gemimos mientras nuestros cuerpos se marchitan. Podemos percibir la sanidad como nuestro mayor bien, pero la sabiduría de Dios sobrepasa aun el más impresionante de los alcances de nuestro entendimiento (Is. 55:8). Dios puede hacer milagros. Las montañas se derriten ante Él, y le puso límites al mar (Sal. 97:5, Job 38:8-11). Y pese a que los milagros pudieran cumplir nuestro anhelo más desesperado, es posible que éste no esté alineado con Su perfecta y divina voluntad. En el huerto de Getsemaní, mientras la agonía del mundo caía sobre Él, Jesús oró para tener una salida, pero también terminó Su oración con: “No mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26:39). Al igual que los discípulos de Cristo, busquemos acercarnos a nuestro Padre con la misma confianza y humildad.
Mito #4: Está mal quitarle la asistencia respiratoria a un ser querido Dios nos llama a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a ministrar al afligido (Mt. 22:39; Jn. 13:34; 1 Jn. 3:16-17). De la misma manera que Dios nos amó, debemos extendernos empatía y misericordia unos a otros (Lc. 6:36; 1 Ped. 3:8; 1 Jn. 4:7; Ef. 5:1-2). La misericordia no justifica la eutanasia activa ni el suicidio asistido por un médico, los cuales son medidas con un objetivo singular de terminar con la vida. Sin embargo, sí nos guía a alejarnos de las intervenciones agresivas y dolorosas si tales medidas son inútiles o si el tormento que imponen supera cualquier beneficio. En muchos casos al final de la vida, la tecnología induce el sufrimiento, sin ofrecer esperanza de recuperación. Pese a que nuestro objetivo es preservar la vida que Dios nos ha dado, las Escrituras no nos obligan a perseguir tenazmente medidas si éstas causan agonía sin esperanza de sanidad. Si las medidas agresivas sólo servirán para prolongar la muerte, el cambio de enfoque, como el de alejar al ser querido de la sanidad y darle algo de alivio, puede reflejar la compasión cristiana. Cuando un ser querido no logra recuperarse de una enfermedad grave y terminal, quitarle el respirador puede reducir el dolor y el malestar, mientras la enfermedad se lo lleva a casa para estar con el Señor. Por pesadas que puedan ser estas situaciones en nuestros corazones, si se las considera en oración y discernimiento, pueden cumplir nuestro llamado a amarnos unos a otros (Jn. 13:34–35).
Mito #5: No hay esperanza junto al lecho del que muere Aun cuando nos atrapa una enfermedad mortal, aun cuando distorsiona nuestras vidas hasta dejarlas irreconocibles, nuestra identidad en Cristo —amados, redimidos, hechos nuevos— permanece. Como cristianos, descansamos en la seguridad de una esperanza viva que persiste aún en nuestros últimos momentos sobre la tierra: “Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo” (1 Ped. 1:3, Sal. 23:4). Nos regocijamos que, por medio de la resurrección de Cristo, “la muerte ha sido sorbida en victoria» (1 Cor. 15:54–55). Más grande es el amor de Dios por nosotros, tan asombrosamente perfecto es Su sacrificio, que nada podrá separarnos de Él. Como lo escribió Pablo: “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom. 8:38–39). Este mundo roto no es el fin. Cristo ha vencido el pecado, y como tal, nuestra muerte transitoria se marchita ante la certeza de una vida renovada. Descansamos seguros en la promesa de Cristo: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn. 11:25–26). El amor de Dios por nosotros en Cristo Jesús sobrepasa todo entendimiento, y ningún respirador, monitor o enfermedad temible podrán arrancarnos de Su mano.
Kathryn Butler es una cirujana de trauma y cuidados críticos convertida en escritora y madre de familia. Es autora de «Glimmers of Grace»: A Doctor’s Reflections on Faith, Suffering, and the Goodness of God. Ella y su familia viven al norte de Boston.
Pilar tiene 22 años y asiste a la iglesia desde hace cuatro. Llegó a la comunidad por invitación de una amiga. En ese entonces, Pilar estaba muy desanimada porque acababa de terminar la relación con su enamorado, por lo que aceptó la invitación. Una de las cosas que más le gustó de la iglesia fue que, desde el primer momento, la gente era muy cariñosa con ella: siempre la invitaban a las reuniones y la llamaban para saber cómo estaba. Además, en la iglesia conoció a sus mejores amigos y amigas. La iglesia siempre ha sido para ella un lugar muy bonito y seguro.
Sin embargo, desde hace un tiempo Pilar siente que las cosas empezaron a cambiar. Desde su bautizo, que fue hace un año, Pilar ha ido involucrándose más y más en la iglesia: asumió el liderazgo de un grupo de adolescentes con quienes estudia la Biblia cada sábado y, los domingos por la mañana, dicta un curso de “introducción a la Biblia” para las personas que recién asisten a la congregación. También, como líder juvenil, debe participar de las reuniones de coordinación que dirige el pastor de jóvenes de la iglesia, en las que con otros líderes oran, comparten y establecen la programación de las actividades. Igualmente, Pilar sirve en la cafetería de la iglesia, atendiendo o limpiando. Todo esto siempre lo ha hecho con mucha pasión y con la convicción de que de esa manera está sirviendo al Señor. No obstante, sus padres, que no van a la iglesia, están algo preocupados porque sus notas en la universidad han empezado a bajar. Además, están algo disgustados porque pasan poco tiempo con ella y les incomoda mucho cuando ella está ausente en las reuniones familiares.
Frente a ello, Pilar le dijo a su pastor que preferiría dejar de acudir un tiempo a las reuniones de coordinación para poder estudiar. Al pastor sin embargo no le gusta la idea. Le dice a Pilar que el servicio es lo primero, que antes está Dios, después la familia y luego los estudios, y que debería encontrar la manera de subir sus notas sin dejar de servir al Señor.
Como líder, Pilar sabe que tiene que cumplir ciertas responsabilidades. Una de las cosas que más le ha costado fue modificar su forma de vestir. Y es que, según le han dicho sus líderes, como mujer no podía ser causa de pecado para sus hermanos, por lo que no podía vestir short ni falda corta ni jeans pegados al cuerpo para no ser de provocación. También Pilar cambió el color y el corte de su cabello para parecerse cada vez más a una discípula de Jesús. Esto empezó a llamar la atención de sus amigos y amigas de la universidad, quienes notaron que Pilar ya no los acompañaba a las salidas y reuniones. “Siempre te van a juzgar por elegir el camino del Señor, los verdaderos amigos están en la fe”, le dice Jimena, su líder espiritual.
Recientemente, la iglesia ha empezado a pedir ofrendas especiales para empezar a construir una nueva filial en un distrito muy cercano. Los pastores han anunciado que todos los líderes de la iglesia, como Pilar, deben dar una cuota obligatoria de 100 soles mensuales, además del diezmo. Pilar, sin embargo, tiene poco dinero para cumplir con las cuotas. Además, le empezó a molestar la forma en que el pastor pedía con vehemencia el dinero en medio de los cultos y ver que recientemente se había comprado un nuevo auto. Esto se lo comentó a su líder, quien, a su vez, se lo dijo al pastor de jóvenes sin que Pilar lo supiera. Grande fue la sorpresa de Pilar cuando al ir a dictar su clase el día domingo encuentra a otra persona en su lugar. Ella busca a su pastor para obtener una explicación y este le dice: “si no estás de acuerdo con lo que enseñamos en la iglesia sobre las ofrendas puedes olvidarte de la enseñanza y el liderazgo”.
Pilar está muy dolida porque no entiende por qué fue “disciplinada”. Para ella el servicio en la iglesia es su mundo. Sus mejores amigas, que también van a la iglesia, tratan de consolarla diciéndole: “Tal vez Dios permite que el pastor sea así contigo para mostrarte algo y ayudarte a cambiar”. Pilar, finalmente, asume lo ocurrido como una lección de Dios: “así aprenderé a cuidar mi lengua y no caer en murmuración”, piensa ella.
Grupos coercitivos: un problema social
Casos como el de Pilar no son aislados. Hoy por hoy es posible identificar a no pocos creyentes que guardan un profundo sentido de malestar respecto de la iglesia a la que pertenecen. Sin embargo, el problema va más allá de personas heridas por sus congregaciones. Algunas organizaciones religiosas llegan a operar de manera ilegal o antiética, para lo cual suelen valerse de la obediencia y fuerza de convicción de sus propios miembros para alcanzar sus objetivos. Así, por citar algunos ejemplos que han ocurrido en nuestro país, la fe y obediencia de muchos fieles ha sido utilizada para enriquecer al liderazgo de la iglesia local, para respaldar candidatos o partidos políticos, para encubrir abusos sexuales cometidos por los líderes, para tolerar sermones que denigran a la mujer e incluso para incitar a los creyentes a invadir propiedad ajena.
¿Qué hace que creyentes como Pilar toleren situaciones de opresión y autoritarismo?, ¿qué hace que muchos creyentes sean capaces de respaldar, activa o pasivamente, liderazgos o instituciones que cometen actos antisociales, inmorales o ilícitos? La respuesta está en el tipo de influencia que la “iglesia” tiene en la persona. La literatura especializada suele catalogar como “sectas” a este tipo de organizaciones religiosas. En esta guía nosotros preferimos hablar de “grupos coercitivos”.
¿Qué diferencia una iglesia de un “grupo coercitivo”?
Las iglesias no son solo comunidades que agrupan a los creyentes, sino que son también instituciones jurídicas y sociales: poseen algún tipo de personería jurídica (muchas son asociaciones, fundaciones, organismos no gubernamentales, etc.), tienen una visión y misión, poseen un estatuto, un líder, una doctrina, una determinada estructura organizacional, una liturgia o forma de culto y también establecen diversas prácticas institucionales como la forma de adoptar acuerdos, la elección de los líderes, la administración del dinero, la manera en que se ejerce el liderazgo, la forma en que se aplican sanciones, etc. Todos estos elementos son parte de una determinada cultura institucional que orientará las prácticas de los miembros del grupo.
Es importante darnos cuenta que la identidad de un individuo está en gran medida influenciada por el grupo social al que pertenece. Esto es sobre todo cierto en el caso de las iglesias. Ellas tienen un gran poder de influencia en las identidades de las personas que congregan en ellas: les presentan la fe como dimensión que le da sentido a la existencia y que probablemente nunca abandonarán; les enseñan a vivir esa fe, a comprender la Biblia y a actuar conforme a ella; la comunidad es para muchos creyentes un espacio de aceptación y de reconstrucción de su identidad, sobre todo si han vivido en contextos de exclusión y pobreza (Lecaros 2016); en la iglesia las personas aprenden una teología y una ética que les permite valorar la realidad, la sociedad y el trato con sus semejantes; la iglesia también enseña a sus miembros a relacionarse con las personas no creyentes o que piensan distinto en el contexto de una sociedad plural y democrática.
El problema es que a veces la influencia institucional en los miembros de una congregación puede ser destructiva. Ello ocurre cuando los procesos de inserción y aprendizaje de la fe, la interacción con los otros miembros, la forma en que se ejercita el liderazgo eclesial, entre otros, no respetan la libertad o autonomía de la persona. En lugar de ello, los individuos actúan a través de la coerción, esto es, reprimidos u obligados para actuar contra su voluntad o sin tomar decisiones de manera consciente. Esto es precisamente lo que ocurre en los grupos coercitivos.
Lo complejo del problema, sin embargo, es que la coerción es a veces tan sutil que la persona no se da cuenta de que está siendo obligada o presionada para actuar de determinada manera. Pongamos como ejemplo el caso de Pilar. Ella sabe que debe dedicarle más tiempo a su familia y a sus estudios, pero prefiere no hacerlo porque no quiere enfrentar la autoridad del pastor; también tiene una forma de vestir y de relacionarse con sus amigos de la universidad, pero decide cambiar no por una decisión personal, sino porque en su congregación eso se ve mal; de igual manera ella no tiene dinero para dar, pero debe hacerlo por temor a la sanción; finalmente, ella cuestiona la forma en que el pastor maneja los asuntos financieros en la iglesia, pero es sancionada por ello, por lo que probablemente no exprese su opinión libremente en el futuro. Aunque no lo parezca, la voluntad de Pilar ha sido constantemente coaccionada, no obstante, aunque parezca paradójico, ¡ella podría pensar que su decisión fue libre!
¿Cómo entonces distinguir las iglesias de los grupos coercitivos? Estos no se distinguen por el tipo de doctrina que enseñan, sino por la manera en que influencian en sus miembros[1]. Los grupos coercitivos son aquellos que en sus interacciones con sus miembros utilizan mecanismos de persuasión coercitiva[2]. La persuasión coercitiva, concepto que proviene de la psicología social, alude precisamente a aquel control, graduado e imperceptible que, por medio de creencias –entre ellas las religiosas-, logra influenciar en los individuos un comportamiento determinado. La persuasión coercitiva es utilizada sin el conocimiento o voluntad del que la recibe. Así, el líder puede llegar a crear nuevas “actitudes”, logrando que el miembro obedezca sus órdenes sin resistencia consciente alguna (RAVICS 2007). Los elementos de este concepto son la persuasión y la coerción, precisamente porque se trata de un uso combinado de ambos elementos, de modo que el individuo cree que está tomando decisiones de manera libre cuando no es así (Rodríguez 1992: 63).
Ejemplos de persuasión coercitiva
La literatura especializada en el tema indica que existen diversas técnicas de persuasión coercitiva, cuyo uso es frecuente en los grupos coercitivos de carácter religioso. Entre estas técnicas tenemos:
Sumisión a la autoridad.- Demasiado énfasis en la obediencia y en la subordinación a la autoridad dentro de una congregación corren el riesgo de anular la capacidad crítica delos creyentes y avalar cualquier tipo de decisión por parte de la autoridad, aún si esta es contraria a la fe, la ética o la ley. En las congregaciones cristianas esta técnica de persuasión coercitiva puede ser respaldada con versículos bíblicos que son descontextualizados para resaltar la figura del líder (p. Ejm.: “no toquéis a mis ungidos…” (Sal 105:15), “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas…” (Heb 13:17), etc.). No obstante, debemos recordar que . la iglesia se nutre con la participación de todos los creyentes (1 Co 3ss; 1 Co 14ss) y que la enseñanza de Jesús sobre la autoridad radicaba en el servicio y la entrega por los demás, no en privilegiar la opinión de unos por sobre otros (Mt 20:25-28).
Aislamiento.- En muchos casos los grupos coercitivos hacen que los creyentes se desvinculen de su mundo social. La persona así se distancia de las personas próximas como familiares y amigos. Ello puede acrecentar su vulnerabilidad y aumentar las posibilidades de hacer lo que el grupo o el líder digan. El aislamiento también puede justificarse con creencias religiosas como señalar que las personas de la iglesia son “la familia verdadera” o que no hay que hacer caso “a las personas del mundo”, etc.
Control de información.- En muchos casos los miembros de grupos coercitivos no pueden acceder a la información social que proviene de medios de comunicación, textos académicos o literatura alternativa a la que se lee en la “iglesia”. Por lo general, estas informaciones son vedadas o resultan censuradas por el liderazgo. Las conductas usuales son la de prohibir literatura específica o contacto con otras fuentes informativas (como la prohibición de ir a eventos o seminarios que no sean de la iglesia, leer literatura no cristiana, etc.), la creación de materiales diseñados única y exclusivamente por la institución (generalmente redactados o avalados por el líder), la presentación de noticias o información parcial o tergiversada, reemplazar la enseñanza (que supone mostrar las distintas posturas sobre un tema) por el adoctrinamiento (que muestra la enseñanza del grupo coercitivo como “la” verdad) y el dar información según el nivel espiritual del miembro, reservando solo la información más compleja o peligrosa para quienes tienen mayor jerarquía en la congregación.
Estado de dependencia.- En la medida que la persona va integrándose más y más en el grupo coercitivo empieza a depender más de él. Así, la iglesia para esta persona se vuelve “su mundo” y en ella se deposita no solo la confianza y la fuente de su madurez espiritual, sino también su tiempo y su proyecto de vida. Lo que distingue al grupo coercitivo de una iglesia saludable es que el involucramiento de la persona es generado bajo sutiles presiones. Así, por ejemplo, su ascenso (o descenso) como líder, su prestigio dentro del grupo, está condicionado según su nivel de obediencia, de aportación económica, de respaldo a lo que el líder diga, entre otros. Más aún, los niveles de dependencia pueden llegar a ser económicos: cuando la persona empieza a trabajar para el grupo coercitivo y su sustento depende de su afiliación a este. El riesgo del estado de dependencia es evidente: la persona difícilmente puede decir que no al grupo o puede terminar avalando actos injustos o ilícitos sin si quiera saberlo o sin si quiera preguntárselo.
Control de las emociones.- En los grupos coercitivos el control de las emociones es frecuente para regular e influir en la conducta de los miembros. Miedo, culpa, ansiedad y sentimiento de pertenencia son las emociones más comunes que una cultura institucional coercitiva, lo que se da de manera sutil. A veces se manifiesta en amenazas que tienen que ver con la imposición de una “disciplina” o con retirar a las personas del liderazgo. Otras con desarrollar hábitos de sumisión (Escudero, Polo, López y Aguilar 2005: 111), como por ejemplo reconocer públicamente a las personas más fieles u obedientes a las órdenes o pensamiento del líder. Asimismo, la información que se conoce acerca de los pecados cometidos por el creyente puede ser instrumento para la manipulación en base al sentimiento de culpa. También, cualquier transgresión a la doctrina, ya sea de manera actuada o pensada, supone un sentimiento de culpa, que se da dentro de un sistema de premios o castigos. Así, “si un adepto detecta una transgresión en otro compañero se sentirá obligado a transmitirla a la autoridad, siempre pensando en el bien del compañero supuestamente desviado.”. De ahí que también a veces pueda presentarse el espionaje mutuo de comportamientos (Rodríguez 1992: 130).
Denigración del pensamiento crítico.- En los grupos coercitivos es una estrategia hacer sentir mal al miembro que piensa por sí mismo, sobre todo cuando ejerce la discrepancia. Quien discrepa en muchas ocasiones se siente mal porque su voz “rompe la armonía”, “va contra la unidad”, de modo que desarrolla un sentimiento de culpa, aversión o miedo a pensar por sí misma y tenderá a retirar lo dicho o a callarse para estar bien con el grupo. Asimismo, el razonamiento suele ser reemplazado por un lenguaje controlado, basado en las máximas del líder, clichés o palabras-talismán cargadas de connotaciones emocionales (“no hay iglesia perfecta”, “la verdad de Dios es sencilla”, etc.), lo que en muchos casos hace el diálogo imposible. El uso de versículos bíblicos descontextualizados puede ser también una táctica común para impedir el pensamiento autónomo: “el conocimiento envanece…” (1 Co 8:1), “la letra mata…” (2 Co 3:6), “el amor es más importante que el conocimiento”, etc.
NOTAS
[1] Estos “Se caracterizan por una organización piramidal, exigencia de una incondicional sumisión del adepto que llega a suponer anulación de la crítica interna, ejercicio de métodos de desestructuración de la personalidad, con grave destrucción de las bases afectivas del adepto, que suele arrastrar a la incomunicación con su medio natural y consigo mismo; y a los que no le son ajenos objetivos políticos y económicos enmascarados con ideologías espiritualistas.” (Goti 1991: 101).
[2] Quienes acuñaron por primera vez el término “persuasión coercitiva” fueron E. Schein, I. Scheiner y C. Barker (1961), que la adoptaron como título de su investigación psicosocial sobre las transformaciones acontecidas en los prisioneros de guerra estadounidenses tras ser capturados por los comunistas chinos en la guerra de Corea. (Rodríguez 1992: 60)
Nuestro enfoque en la adoración es, sin duda alguna, el problema más importante que confrontan las iglesias bíblicas de hoy en día, y aquí esta el porqué.
La adoración está realmente en crisis. Un nuevo estilo de alabanza se ha filtrado en la vida evangélica, sacudiendo hasta las mismas bases, conceptos y actitudes tradicionales. El estilo de adoración seguido a través de toda la historia de las iglesias que sí creen y obedecen la Biblia ha sido dejado al margen; y ¿por qué no?, preguntan algunos jóvenes. ¿Qué problema hay con las bandas de música contemporáneas? ¿Acaso no hay todo tipo de instrumentos, incluyendo los de percusión, en los Salmos? ¿Acaso no se bailaba en la adoración en los tiempos bíblicos? ¿Acaso Dios no es el mismo ayer, hoy y por los siglos? ¿Por qué tendríamos que estar atados a una cultura victoriana triste en nuestra alabanza a Dios?
El propósito de este artículo es contestar tales preguntas y también enfocarse en los cuatro grandes pilares de la adoración, que son principios que la Biblia enfatiza. ¿Tenemos en cuenta estos principios cuando consideramos detenidamente nuestro estilo de adoración?
Muchos cristianos hoy en día quedan estupefactos cuando se les muestra lo que realmente pasaba en el Antiguo Testamento y se sienten engañados acerca de las ideas superficiales que les han sido vendidas. Se vuelven muy serios y profundamente pensativos al escuchar las definiciones de adoración dadas por el Salvador y al ver todas las instrucciones prácticas de las epístolas.
Nuestro enfoque en la adoración es indudablemente la cuestión más importante a la que se enfrentan las iglesias bíblicas hoy en día y aquí está el porqué. Se pueden observar seis nuevas maneras de adoración, sumamente erróneas y que normalmente están todas mezcladas. Existe la adoración de placer personal que pone el placer del que adora en primer lugar en vez de la voluntad de Dios. Existe también la adoración con lenguaje del mundo que toma prestada la música actual de entretenimiento del mundo incluyendo sus ritmos, instrumentos, acciones y también sus presentaciones de la farándula, haciendo caso omiso a todas las advertencias que la Biblia hace con respecto a amar el mundo. Existe la adoración estética que imagina que orquestas, bandas y solos instrumentales son expresiones reales de adoración como si Dios fuera adorado a través de estas cosas, mientras que Cristo dijo: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. Existe también la adoración extática en la que la gente se lleva a sí misma a estados altamente emocionales y hasta semi-hipnóticos, mientras que las Escrituras dicen que siempre debemos orar y cantar con el entendimiento. Está también la adoración superficial que reduce los himnos a coros que transmiten una o dos ideas elementales porque no se desean temas espirituales. Existe la adoración informal en la que líderes casuales, bromistas y banales transforman las iglesias en salas de estar, privando así al Señor de dignidad, reverencia, grandeza y gloria.
Es como si las iglesias evangélicas hubieran contraído seis virus al mismo tiempo. ¿Cómo pueden sobrevivir las iglesias si su más grande ocupación está enferma? ¿Cómo puede el pueblo de Dios guardarse sin mancha del mundo, si el mundo se ha apoderado de la adoración? ¿Cómo podemos llamar almas perdidas fuera de este mundo, si somos iguales al mundo? La adoración es ciertamente el tema más importante del momento.
En este artículo me gustaría dirigirme con gran respeto a pastores, y oficiales de iglesia que puedan tender a adoptar algunos de los elementos de la nueva adoración. Hay numerosos obreros del Evangelio con gran dedicación que han llegado a sentir que deben dar una aceptación cuidadosa parcial a esta tendencia. Tal vez no les llame la atención a ellos personalmente, pero se les ha persuadido de que su reserva es meramente una cuestión de gusto y cultura. Según la sabiduría de hoy en día, para atraer gente a reuniones de jóvenes y a las iglesias tenemos que emplear canciones contemporáneas de adoración.
Otra sugerencia es que deberíamos introducir algo de la nueva adoración junto con la vieja y así preservar lo mejor de la adoración tradicional bíblica. El problema con esta propuesta es que la vieja y la nueva representan conceptos de adoración opuestos, tal y como estas páginas mostrarán. La nueva viola todos los principios bíblicos recuperados en la Reforma. Aún en la historia de la adoración nueva se ven señales de alarma y eso demuestra el abismo entre la vieja y la nueva.
Ahora es bien conocido el desarrollo de la nueva adoración y puede ser aquí esbozado en unos cuantos enunciados. Comenzó principalmente en California a finales de la década de 1960, cuando muchos hippies vinieron a Cristo y llegaron a ser conocidos como “la gente de Jesús”. Adoraban con exactamente el mismo estilo de música que habían conocido como hippies. Varios movimientos cristianos fueron formados para motivarles, entre ellos los “Calvary Chapels”. Su adoración consistía mayoritariamente en un coro de una línea que se repetía sin fin. Las letras eran simples, mucho más simples que la de los coritos tradicionales para niños y los temas eran elementales también. Casi no había confesión de pecado o doctrina alguna. Por más bien intencionado que haya podido ser, la nueva adoración no fue moldeada o influenciada por ningún modelo bíblico de adoración, ni por las prácticas generales de iglesias bíblicas de aquella época.
Era una forma de adoración hecha y concebida en la matriz de la meditación mística, en la cual cientos y miles de hippies se sentaban en las laderas de California con los ojos cerrados, balanceándose hasta llegar a un estado extático que hacía eco a sus previas experiencias con drogas. Los ex-hippies llevaron a su nueva lealtad cristiana la misma búsqueda por emociones sensoriales a las cuales estaban acostumbrados y lamentablemente, ninguno de sus mentores cristianos les enseñó ninguna cosa mejor.
Este nuevo enfoque de la adoración avanzó rápidamente fusionándose con otra nueva corriente de música “cristiana” escrita por aquellos que simplemente querían que la música de adoración fuera como la música secular de rock. En otras palabras, estos últimos querían “divertirse” en un sentido mundano. Necesitamos estar conscientes de que esta nueva adoración se extendió a partir de estas dos bases, es decir el misticismo hippie y el “cristianismo” mundano.
Y esto fue inmediatamente incorporado al movimiento carismático, de donde han venido la gran mayoría de las canciones de adoración nuevas. Tal información de su contexto debería llevarnos a tener gran precaución, pero los principios bíblicos de las siguientes páginas deberían ser el factor decisivo en la cuestión de aceptar o rechazar estas nuevas alternativas. Ciertamente no podemos mezclar conceptos opuestos.
Deje que Dios cambie su mentalidad Cuando se trata de la preocupación, sí —todo está en su cabeza. Pero hay algo que usted puede hacer al respecto.
Amy Simpson
Hubo un tiempo en el que casi no podía controlar mis emociones. Por haber crecido en un hogar afectado por la esquizofrenia de mi madre, aprendí a ocultar bien mis sentimientos —la única manera que conocía para manejarlos. Cuando sucedían cosas malas o recibía comentarios negativos, me desplomaba rápidamente en el desánimo, la depresión y la autocompasión. Era sorprendente la rapidez con que podía pasar de estar bien, a estar realmente mal.
Las cosas han cambiado. Yo he cambiado.
Un consejero cristiano me ayudó a entender el poder de mis “distorsiones cognitivas” —los mensajes falsos y negativos que habitualmente me enviaba a mí misma. Yo solía decirme: Eres una fracasada. Siempre lo arruinas todo. Eres una inútil. A veces, ni siquiera ponía estos mensajes en palabras; simplemente dirigía ese odio hacia mí misma. No me daba cuenta de que estaba maltratando mi propia alma. Y debido a que me enviaba estos mensajes tan a menudo, mi espíritu creía que eran ciertos.
Hoy, mi espíritu cree algo diferente. Empecé a decirme mensajes basados en la verdad bíblica. También comencé a leer más la Biblia, a asumir riesgos en la comunión cristiana y a acercarme a los demás para cultivar amistades sustentadoras. Puedo ver ahora que aquellos mensajes viejos eran falsos, y cuando vienen a mi mente, los reconozco y me digo a mí misma la verdad: Mi vida tiene propósito. Soy una hija de Dios. Mi Dios es mucho más capaz que yo, y Él me ama.
El temor y la ansiedad son capacidades normales, saludables y productivas dadas por Dios, pero no están destinadas a ser estados permanentes de nuestro ser. Este cambio en el diálogo que tengo conmigo misma afectó no solamente mi manera de pensar, ha transformado mi vida. Ahora soy menos propensa a deprimirme, estoy más tranquila y siento más amor por los demás. Y además, no me preocupo tanto, como solía hacerlo antes. Cuando empiezo a preocuparme recuerdo que Dios me ha transformado en una persona nueva al transformar mi vieja manera de pensar.
Romanos 1.2 es un versículo muy citado, pero muchas veces nos centramos solamente en no ser moldeados por el mundo, en vez de ser transformados por completo. No le hemos dado suficiente atención a esta transformación que se produce cuando hay una renovación de nuestra mente. No se trata simplemente de un cambio de alma o de corazón. Como dice la Nueva Traducción Viviente: “Dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar”.
La ciencia está apenas ahora logrando entender lo que dice la Biblia, la cual nos enseña lo que es posible en Jesucristo.
Nuestros cerebros cambiantes Mi historia es una de las muchas evidencias que demuestran la eficacia de la terapia cognoscitiva-conductual. De acuerdo con la Asociación Nacional de Terapeutas Cognoscitivos-Conductuales, “la terapia cognoscitiva-conductual se basa en la idea de que nuestras conductas y nuestros sentimientos son creados por pensamientos, no por factores externos, como las personas, las situaciones y los acontecimientos. El beneficio de esta verdad es que podemos cambiar nuestra manera de pensar y sentirnos mejor, aunque la situación no cambie”. En vez de vivir a merced de fuerzas externas, tenemos una opción. Y la manera más eficaz de modificar nuestras conductas y patrones emocionales habituales es dejar que Dios cambie nuestra forma de pensar.
Ilustración por Aubrey Longley-Cook
Además de las ciencias sociales, las ciencias físicas apoyan fuertemente cada vez más este concepto. La ciencia ha transformado nuestro entendimiento de la capacidad del cerebro de cambiar por medio de la neuroplasticidad, pues nuestro cerebro es moldeable mucho más allá de la infancia; lo que quiere decir que puede cambiar —y de hecho es así— toda nuestra vida.
“La plasticidad cerebral es un proceso físico”, afirma el Dr. Michael Merzenich, un reconocido neurocientífico y experto en el tema de la plasticidad cerebral. “La materia gris puede, en realidad, encogerse o volverse más gruesa, y las conexiones neuronales del sistema nervioso formarse y refinarse o (a la inversa) debilitarse y partirse. Los cambios en el cerebro físico se manifiestan como cambios en nuestras capacidades. A menudo, la gente piensa que la infancia y la juventud son los períodos de crecimiento del cerebro. . . pero la investigación reciente ha demostrado que, bajo circunstancias adecuadas, un cerebro de más edad también puede crecer”.
Gracias a la neuroplasticidad, cambiar nuestros pensamientos (así como nuestras conductas y experiencias) nos lleva a formar nuevas conexiones sinápticas, a fortalecer las ya existentes y a debilitar otras. Estas conexiones nuevas y modificadas dan como resultado cambios en nuestra conducta. En su libro Soft Wired [Moldeable], el Dr. Merzenich escribe: “Así como es posible desarrollar una habilidad (como silbar, hacer piruetas o identificar el canto de las aves), las rutas neurales responsables de la realización exitosa de esta nueva habilidad se vuelven más fuertes, rápidas, fiables y específicas —o más especializadas”.
Esto es tan cierto para la preocupación habitual como para cualquier otra cosa.
La preocupación es un problema Muchos de nosotros necesitamos esta clase de cambio. En una encuesta realizada en el 2010 por la Asociación Americana de Psicología, el 40% de las personas dijeron que, en el mes anterior, el estrés las había llevado a comer en exceso o a comer alimentos poco saludables. Casi un tercio de ellas dijeron que habían pasado por alto una comida por causa del estrés, y más del 25% dijeron que no habían podido dormir. Otra encuesta reveló que más del 60% de los trabajadores estadounidenses se preocupan por la posibilidad de perder sus empleos; dentro de este grupo, el 32% dijo que se preocupaban “mucho” por esto. Los padres comúnmente se preocupan por sus hijos, y las grandes preocupaciones comienzan cuando los niños son pequeños. La preocupación no es solo común en nuestra sociedad; también está entretejida en nuestra cultura —algo que esperan las personas responsables, un accesorio en boga cuya ausencia se ve como sospechosa.
Nuestro mundo ofrece abundantes razones para que nos afanemos. Pero los seguidores de Cristo somos llamados a vivir y a pensar de una manera diferente del angustiado mundo que nos rodea. A menudo confundimos la preocupación con otros dos estados de ánimo: el temor y la ansiedad. Los tres son utilizados a menudo de manera paralela, pero son diferentes. El temor y la ansiedad son capacidades normales, saludables y productivas dadas por Dios, pero no están destinadas a ser estados permanentes de nuestro ser.
El temor es una respuesta a una amenaza (real o imaginaria). La ansiedad suele aparecer en previsión de lo que sucederá o podría suceder.
A diferencia de la ansiedad normal, la preocupación no es una respuesta física involuntaria, sino un patrón de conducta que elegimos. Se origina dentro de nosotros. Es una decisión que tomamos que nos mantiene en la ansiedad diseñada para protegernos del peligro inmediato, no para sacarnos adelante en la vida cotidiana. Para algunos, permanecer en estado de ansiedad no es una opción. Es un trastorno que ocurre cuando el proceso biológico saludable y útil del cuerpo trabaja en exceso. El trastorno de la ansiedad es, en esencia, demasiado de algo bueno; le sucederá al 29% de nosotros en algún momento de nuestra vida. Es muy diferente a la participación voluntaria en la preocupación, y requiere tratamiento con medicinas, ayuda psicológica, o ambas.
Para quienes nos sentimos tentados a preocuparnos (¿y a quién no le sucede?), el mundo ofrece abundantes razones para que nos afanemos. Pero los seguidores de Cristo somos llamados a vivir y a pensar diferente al angustiado mundo que nos rodea. La preocupación voluntaria contradice directamente la orden de Dios en cuanto a la manera en que debe vivir su pueblo. Si no tenemos cuidado, esa preocupación puede llevarnos a tener una conducta pecaminosa. De ahí las palabras de Jesús: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” (Mt 6.34). Este mismo mensaje se encuentra a lo largo de toda la Biblia, afirmando un estilo de vida contracultural de fe y confianza, desde Génesis hasta Apocalipsis.
La preocupación puede dañar nuestro cuerpo y nuestra mente. Puede causar dificultad para respirar; palpitaciones del corazón; dolor y daño en la espalda, el cuello y los hombros; tensión muscular; náuseas; dolores de cabeza; y otros problemas físicos. En su esclarecedor libro The God-Shaped Brain [El cerebro moldeado por Dios], el psiquiatra cristiano Timothy R. Jennings describe los efectos de la preocupación continua sobre nuestros cerebros. Cuando vivimos en un estado de temor, ansiedad y preocupación, nuestras neuronas no funcionan tan bien como debieran, y no se producen nuevas neuronas saludables en la misma cantidad.
Pero el daño no se limita a nuestro cuerpo. Daña también nuestras relaciones con otras personas. Al igual que todos los patrones pecaminosos, la preocupación crea una barrera en nuestra relación con Dios. Nos mantiene enfocados en nosotros mismos, en nuestros planes y en nuestros problemas. Nos mantiene con la mirada fija en el futuro, en lo que solo le pertenece a Dios, y aferrados a las personas y a las cosas que son exclusivas de Él. Es por eso que enfrentar la preocupación tiene que incluir la transformación espiritual. La preocupación voluntaria, al final, no puede ser vencida a base de pura fuerza de voluntad —su solución tiene sus raíces en quién es Dios.
Solución: La fe En su libro publicado en el 2009, How God Changes Our Brain [La manera en que Dios cambia nuestro cerebro], Andrew Newberg y Mark Robert Waldman utilizaron la neurociencia para afirmar este asombroso concepto: la fe en la actividad de Dios —y la actividad religiosa en sí— cambia físicamente nuestro cerebro. “La fe apacigua nuestra ansiedad y nuestros temores, y puede incluso mitigar la creencia en un Dios airado”, escriben. “Lo hermoso de la historia de Job es que le recuerda al angustiado creyente que Dios es, al final, compasivo. Y desde la perspectiva de la medicina y de la neurociencia, la compasión puede sanar el cuerpo y también el alma”.
Cambiar la preocupación significa cambiar lo que creemos acerca de Dios y acerca de nosotros mismos. El descubrimiento de la neuroplasticidad es una afirmación asombrosa de la convicción cristiana de permitir que Dios nos transforme mediante la renovación de nuestra mente. Esta convicción afirma también el poder del cambio cognoscitivo.
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” nos dice Proverbios 4.23. El Señor Jesús mismo habló de la verdadera fuente de nuestra conducta: “¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y es echado en la letrina? Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre” (Mt 15.17-20). De la misma forma, Pablo dijo a la iglesia en Roma: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro 8.5, 6).
Ninguna técnica terapéutica es capaz de transformarnos como lo hace el Espíritu Santo. Reconocer que se producen cambios neurológicos cuando hay un cambio en nuestra manera de pensar, no disminuye el misterio o el poder de la obra de Dios en nosotros. Pero sí tenemos una opción —podemos dar la bienvenida a esta obra de transformación, o rechazarla. Dios, en su gracia, nos da la libertad de creer.
Cambiar la preocupación significa cambiar lo que creemos acerca de Dios y acerca de nosotros mismos. Si no creemos que Dios es más grande y mejor que nosotros, tenemos todas las razones del mundo para preocuparnos. Pero si creemos que Él es todopoderoso, digno de confianza, justo y bueno, no tiene sentido malgastar nuestra vida viviendo preocupados, sino más bien creyendo y aceptando lo que sabemos que es verdad acerca de Dios, y de quienes somos, como hijos suyos.
por SYDNEY J. HARRIS Octubre de 1972 Estrictamente personal
La gente continúa diciendo «Necesitamos un líder», o «Necesitamos mejor dirección», pero eso no es, en realidad, lo que quieren decir. Lo que la mayoría busca no es realmente un líder, sino un Mesías. Quieren alguien que les dé la Palabra. Y la Palabra, para ellos, significa aquello que les agrada y apela a sus preferencias y prejuicios, de modo que puedan seguirla de todo corazón. Pero eso no es lo que un verdadero líder hace; un líder dice a las gentes verdades duras, les muestra un camino difícil a seguir, demanda sus más elevadas cualidades, nunca los más bajos instintos. Un verdadero líder no nos dice lo que queremos oír, sino lo que debemos oír. En verdad, ésa es la diferencia entre un verdadero y un falso Mesías. Un falso mesías —tal como Hitler, en nuestro tiempo— se acomoda e inflama los temores, odios, iras y resentimientos de su pueblo y les guía a la destrucción en lugar de la salvación o autorrealización. Un verdadero Mesías —como Jesús, aun tomado en un plano mundano— reprende a su pueblo, le muestra sus errores, hace que deseen ser mejores, no más fuertes o más ricos, y les pide que se sacrifiquen por el bien común y por el bien de sus propias almas. Nunca es seguido por muchos, comúnmente muerto por la mayoría, y venerado solamente cuando está muerto de seguro y no es necesario que se le tome seriamente. Lo que buscamos, me temo, no es ni un verdadero líder ni un verdadero Mesías, sino un falso mesías: un hombre que nos dé respuestas sobresimplificadas, que justifique nuestro modo de ser, que castigue a nuestros enemigos, que defienda nuestro egoísmo como modo de vida y nos haga sentir cómodos dentro de nuestros prejuicios y premisas. Buscamos la clase de dirección que reconcilie lo irreconciliable, moralice lo inmoral, racionalice lo irrazonable y prometa una sociedad donde podamos seguir siendo tan estrechos, envidiosos y miopes como nos gustaría ser sin sufrir las consecuencias. En resumen, estamos invocando la magia, estamos orando por la venida del Brujo. Pero no hay Brujo. Solamente hay falsos profetas y vienen lo mismo de la derecha que de la izquierda, del centro como de abajo. De dondequiera que venga, no importa en qué se diferencien, todos se distinguen por la misma señal: los que nos gustan nos hacen sentir mejor, en vez de peor. Queremos seguirles porque «nos entienden». Pero todos los verdaderos profetas, desde el Antiguo Testamento hasta Jesús, nos hacían sentir peor. Sabían y decían que el mal no estaba en nuestros enemigos, sino en nosotros mismos. Demandaban que nos despojásemos de lo viejo y nos hiciésemos hombres nuevos. Y eso es lo último que deseamos hacer. Lo que buscamos es un líder que nos muestre cómo ser los mismos viejos hombres y mujeres sólo más exitosamente, y su nombre antiguo es Satanás.
Sydney J. Harris (14 de septiembre de 1917 – 7 de diciembre de 1986) fue un periodista estadounidense para el Chicago Daily News y, más tarde, el Chicago Sun-Times . Escribió 11 libros y su columna del día de la semana, «Estrictamente personal», se distribuyó en aproximadamente 200 periódicos de los Estados Unidos y Canadá .
El final de la batalla cultural está escrito Josué Barrios
«Estamos en medio de una batalla cultural». Esto afirman muchas voces desde todo el espectro ideológico y político. Todo parece indicar que tienen razón, a medida que hay agendas que buscan avanzar en su propósito de redefinir la realidad moral de nuestros países.
En medio de esto, para los cristianos bíblicos es fácil pensar que el mundo cada día está peor y así preguntarnos qué será del futuro de la iglesia y de nuestros hijos. ¿Cómo podemos mantener la calma en momentos como este? Aquí una clave: necesitamos recordar que ya hemos estado antes en esta situación varias veces a lo largo de la historia, en las que personas con influencia llaman a lo malo «bueno» y a lo bueno «malo» y en la que los valores bíblicos eran sostenidos por una minoría.
Como ejemplo de esto, tenemos las cartas del Nuevo Testamento, que nos muestran cómo la depravación sexual era común en la sociedad en tiempos de la iglesia primitiva (ver por ejemplo Romanos 1). «No hay nada nuevo bajo el sol» (Ec 1:9).
Esto tiene muchas implicaciones para nosotros. Te invito a reflexionar en ellas por ti mismo, pero aquí tienes una en la que te animo a pensar: Dios prevaleció en aquel entonces y todavía prevalece ahora. En otras palabras, no tenemos por qué temer al futuro en un mundo con políticas que atentan contra la familia, y películas que promueven la homosexualidad frente a los niños, por dar un par de ejemplos de cosas que preocupan (con cierta razón) a los cristianos.
Estamos seguros en las manos de Dios. Él dio a la iglesia la sabiduría —mediante Su Palabra— para vivir con fidelidad en épocas de profunda confusión moral en el pasado. Él sigue dándonos sabiduría ahora si somos humildes para pedirla y caminar en Su voluntad. Por lo tanto, una pregunta para hacernos es si estamos escuchando a Dios en primer lugar o nos estamos dejando intimidar por la «batalla cultural» de nuestros días y las voces de quienes hacen demasiado ruido en nuestra sociedad.
La extinción de la iglesia y los valores cristianos ya ha sido predicha incontables veces, pero aquí estamos. Como dice la Biblia: «El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2:17). Esto significa que es el mundo presente —todo sistema de valores opuesto al orden bondadoso de Dios— lo que en verdad está en extinción, no el cuerpo de Cristo.
En otras palabras, ya tenemos los spoilers de cómo termina la batalla cultural en este mundo. El final ya está escrito. Así que, ¿por qué llenarnos de temor ante cualquier cosa aparte de nuestro Dios?