El amor de Cristo (2)

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Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.
Efesios 3:17, 19

El amor de Cristo (2)
Hemos visto que en Romanos 8 aprendemos que nada podrá separarnos del “amor de Cristo”.

Esta frase también se utiliza en la Epístola a los Efesios, la cual nos presenta el propósito y los consejos de Dios, no solo con respecto a nuestra salvación, sino también en relación con su propia gloria y la satisfacción de su propio corazón. Allí somos vistos como habiendo sido sacados del ’cementerio espiritual’, en el que estábamos “muertos en delitos y pecados”, y vivificados, resucitados con Cristo, y ya sentados en él en los lugares celestiales, solamente a la espera de estar sentados con él cuando venga a por los suyos. La expresión “el amor de Cristo” se encuentra en la oración del apóstol que cierra la primera parte de la Epístola. Esta oración muestra lo que es necesario si queremos poner en práctica la enseñanza de esta carta.

En primer lugar, el apóstol enfatiza que Cristo debe habitar en nuestros corazones por la fe. Como alguien ha dicho, podemos estar seguros de que habitamos en su amor. Pero ¿qué es lo que llena nuestro corazón, aquello en lo que estamos ocupados día tras día? El corazón es nuestro centro de control, así que, si Cristo está habitando allí, todo estará bajo su influencia y control.

En segundo lugar, el apóstol quiere que conozcamos “el amor de Cristo”. La palabra “conocer” en el idioma original (griego) significa: conocer por experiencia. No es un simple conocimiento intelectual de su amor. Se trata de un aprendizaje diario y constante de ese amor. Se lleva a cabo a medida que aprendemos de él a través de su Palabra, y mientras caminamos con él a través de todos los altibajos de nuestras vidas, y experimentamos sus cuidados diarios. ¡Que podamos aprender cada día más acerca de su amor!

Kevin Quartell
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El amor de Cristo (1) | Romanos 8:31, 35

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¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?
Romanos 8:31, 35

El amor de Cristo (1)
Tres veces en el Nuevo Testamento hallamos la expresión: “El amor de Cristo”. Primero consideraremos esta expresión tal como aparece en Romanos 8.

La Epístola a los Romanos nos presenta el evangelio de Dios acerca de su Hijo (Ro. 1:1, 3). Es la buena noticia de Dios para un mundo pecador que se ha alejado de él. Desde el principio de la Epístola hasta el versículo 11 del capítulo 5, vemos cómo Dios se ha ocupado de nuestros pecados -los pensamientos, las palabras y las obras pecaminosas que hemos cometido. Luego, desde el capítulo 5:12 al 8:39, vemos cómo Dios ha tratado con el pecado, la raíz maligna en nuestro ser que produce los pecados.

¡Qué nota triunfal, pues, nos presenta el cierre del capítulo 8! Si Dios está a nuestro favor, ¿quién puede estar en nuestra contra? ¿Quién puede acusar a quienes Dios ha justificado en virtud de la obra de su Hijo? Cristo murió, pero también resucitó, y ahora está a la diestra de Dios, y desde allí intercede por nosotros (v. 34). Quizás alguien puede preguntarse: ¿Qué puede separarnos del amor de Cristo? La respuesta es clara: nada. Nuestros pecados no pueden separarnos de su amor, porque él ha muerto por ellos. Las circunstancias actuales, por muy difíciles que sean, no pueden separarnos de su amor. De hecho, cuando experimentamos su ayuda y apoyo en momentos de dificultad, llegamos a conocer su amor y su fiel cuidado por nosotros.

Independientemente de la prueba -perder un trabajo, la salud, un ser querido; o incluso enfrentar la misma muerte- nada podrá separarnos del amor de Cristo. “Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1).

Kevin Quartell
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El Eclesiastés y el cristiano (1)

El Eclesiastés y el cristiano (1)

Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Eclesiastés 1:2-3

Escucha el devocional: https://podcasts.captivate.fm/…/44ac5929…/03-01-2024.mp3

El Eclesiastés, uno de los tres libros escritos por el rey Salomón, es un libro muy especial. Contiene algunas afirmaciones que parecen extrañas a primera vista. Y cabe preguntarse qué beneficio puede obtener el cristiano de este libro.

Al leer el Eclesiastés, hay que tener en cuenta el punto de vista que adopta el escritor al observar la vida. Una expresión clave en este libro es “debajo del sol”, la cual aparece 29 veces. El escritor observa las cosas tal y como están “debajo del sol”, es decir, ante los ojos del hombre. A partir de esto, saca conclusiones desde el punto de vista del hombre natural, quien no posee ninguna revelación de parte de Dios acerca de las cosas que no se pueden ver “debajo del sol”. En consecuencia, estas conclusiones no son correctas cuando se consideran a la luz de la revelación de Dios en el Nuevo Testamento. Citemos solo dos ejemplos para demostrarlo:

1. “Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece” (Ec. 1:4). Ahora bien, sabemos gracias a 2 Pedro 3:10 (y otros pasajes) que la tierra no permanecerá para siempre. Pero así es como le parece al hombre natural: una generación sigue a la otra y la tierra sigue ahí. Es lo mismo que dicen los burladores de los últimos días (2 P. 3:3-4).

2. “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros… ni tiene más el hombre que la bestia” (Ec. 3:19). A la luz del Nuevo Testamento, debemos decir que hay una diferencia fundamental entre el hombre y la bestia: ¡el hombre tiene un alma viviente! “El Predicador” concluye que todo termina de la misma manera: con la muerte, pues “debajo del sol” no se sabe lo que viene después de la muerte.

Si tenemos en cuenta el punto de vista del Predicador, entenderemos mejor el Eclesiastés.

Michael Vogelsang

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¿Hacer buenos propósitos o confiar en el Señor?

Este mes os será principio de los meses; para vosotros será este el primero en los meses del año.
Éxodo 12:2

¿Hacer buenos propósitos o confiar en el Señor?
El primer día del año nuevo es un momento en el que a muchas personas les gusta tomar resoluciones de principio de año. Otros, como Jonathan Edwards, toman resoluciones en cualquier momento del año. Edwards fue una de las principales figuras del «Gran Despertar» en América del Norte durante el siglo 18. En su juventud elaboró una lista de setenta resoluciones. La primera resolución de su lista era: «Tomo la resolución de que voy a hacer todo aquello que piense que sea más para la gloria de Dios, y mi propio bien, beneficio y placer». Sin embargo, su tercera resolución decía: «Resuelvo que si alguna vez caigo o me vuelvo perezoso de tal manera que falle para no mantener estas resoluciones, me arrepentiré de todo lo que pueda recordar, cuando recupere mi sensatez». Evidentemente, sabía que existía una alta probabilidad de fallar en el cumplimiento de sus resoluciones.

Al comenzar un nuevo año, en lugar de tomar una resolución, sería mucho mejor dirigir nuestra vista hacia Cristo. En él no hay fracasos y todos los nuevos comienzos le pertenecen. Vemos un indicio de esto en la primera pascua en Egipto: “Este mes os será principio de los meses” (Éx. 12:2). Esa noche, el sacrificio de un cordero por casa dio paso a un nuevo comienzo para los israelitas. Estarían protegidos del juicio y comenzarían su viaje a una nueva tierra, la tierra prometida. Fue realmente un nuevo comienzo y el inicio como un nuevo pueblo. Todas sus necesidades serían satisfechas a lo largo de su viaje. Pero todo comenzó con la sangre derramada de un cordero.

No necesitamos buenas resoluciones. Necesitamos volver a mirar a Aquel que murió por nosotros. Las resoluciones se rompen con demasiada facilidad debido a la debilidad de nuestra carne. El “Predicador” nos advirtió: “Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas” (Ec. 5:5). Pero Cristo, que nos salvó con su sangre, también nos sostendrá y conducirá durante todos los días de nuestra vida.

Brian Reynolds
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Nuestro Dios puede hacer infinitamente más

Nuestro Dios puede hacer infinitamente más

A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo.
Hechos 23:11
El Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas.
2 Timoteo 4:17
Estos pasajes de la Escritura marcan el comienzo del cautiverio de Pablo en Jerusalén (Hch. 23) y el final de su cautiverio en Roma (2 Ti. 4). Creemos que este periodo fue aproximadamente de unos diez años, incluyendo un corto período de libertad, pero el Señor Jesús estuvo junto al apóstol desde el principio hasta el final, conforme a su promesa: “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5; Jos. 1:5).

El apóstol Pablo estaba ansioso por ir a Jerusalén. Más de una vez sus hermanos le habían aconsejado, por el Espíritu, que no fuera; pero él estaba dispuesto no solo a ser encarcelado allí, sino a morir por el nombre del Señor Jesús (Hch. 21:13). Solo una semana después de su llegada, él estuvo a punto de ser linchado por los judíos antes de que la guarnición romana acudiera en su ayuda y lo encadenara (Hch. 22:27-34). Algunos podrían pensar que él era responsable de esto y que debía ser culpado; pero el Señor no lo culpó, sino que lo animó.

Los motivos de Pablo eran puros. El Señor Jesús vio un fiel reflejo de su propio amor en el corazón de su siervo: “Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Ro. 9:2-3). Al igual que Moisés, con celo santo, él estaba dispuesto a sacrificarse en la conducción del pueblo a los pies del Señor (Ex. 32:32).

Pero eso no iba a pasar. Pablo, al igual que su Maestro, el Señor Jesús, había llorado por Jerusalén: “Como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste” (Mt. 23:37). Las puertas del templo se cerraron (Hch. 21:30) y Pablo no pudo continuar su testimonio en Jerusalén. Pero el Señor, en su gracia soberana, transformó todo en una bendición mucho más amplia. Pablo iba a testificar en Roma, anunciando allí el misterio de Cristo y la Iglesia a través de sus escritos. Sí, nuestro Dios “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20).

Simon Attwood
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Fe en acción

Sábado 9 Diciembre
Vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro… y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.
Marcos 2:3-4
Fe en acción
La conmovedora escena descrita en el capítulo 2 de Marcos ilustra de forma sorprendente el poder de la fe en relación con la obra del Señor. Si los cuatro hombres cuya conducta se describe en dicho capítulo, se hubiesen dejado influenciar por un dañoso fatalismo, hubiesen convenido en que no era necesario hacer nada; si el paralítico debía ser curado, lo sería sin ningún esfuerzo humano. ¡Ah! Fue muy conveniente para el enfermo y también para ellos que no obraran de acuerdo con aquel razonamiento falaz. ¡Véase lo que obró su hermosa fe! Reconfortó el corazón del Señor Jesús; llevó al enfermo al lugar de la curación, del perdón y de otras bendiciones; dio ocasión a que se desplegase el poder divino que llamó la atención de todos los presentes, y dio testimonio a la gran verdad de que Dios estaba en la tierra en la persona de Jesús de Nazaret.

Toda la Escritura proclama el hecho de que la incredulidad impide nuestra bendición, dificulta que seamos útiles, nos priva del honroso privilegio de ser instrumentos de Dios y de ver las operaciones de su poder y de su Espíritu en medio nuestro. Por otro lado, la fe atrae bendiciones y poder, no solo para nosotros mismos sino también para otros; y así glorifica y honra a Dios, dando lugar al despliegue del poder divino.

En una palabra, nada limitaría la bendición que podríamos gozar de parte de Dios, si nuestros corazones fuesen siempre gobernados por la fe sincera que cuenta siempre con él. “Conforme a vuestra fe os sea hecho” (Mt. 9:29). ¡Preciosas palabras! ¡Ojalá que ellas nos animen a aprovechar más abundantemente los inagotables recursos que tenemos en Dios! Se complace en que acudamos a él, ¡bendito sea para siempre su santo nombre!

C. H. Mackintosh
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Los Anhelos del Pecador | Salvador Gómez Dickson

Los Anhelos del Pecador
Salvador Gómez Dickson

También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
Lucas 15:11–13

Si recordamos que una parábola es la presentación de una verdad espiritual utilizando el recurso de una terrenal, ¿qué quiso el Señor comunicar con la petición de este hijo y su conducta posterior? Sin duda alguna quiso representar a los publicanos y pecadores que los fariseos menospreciaron tanto en sus días. En su apreciación personal, los fariseos eran justos en sí mismos, merecedores de toda bendición divina. La rigurosidad con que se conducían en todos los aspectos externos de la religión les elevaba muy por encima de los demás mortales. Y Cristo, ante la realidad de que nadie entrará al reino de Dios con el ego inflado, en muchas ocasiones razonó y usó de misericordia para llevarles a entender el verdadero estado de sus corazones.

Fue precisamente ante las murmuraciones de los escribas y fariseos que nuestro Señor ofreció las parábolas que se encuentran en Lucas 15. “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Éste a los pecadores recibe, y con ellos come” (vv. 1–2), es “amigo de publicanos y pecadores” (Lucas 7:34). En su mentalidad, si Jesús era un profeta santo de Dios, no debía entrar en contacto con los pecadores. Así pensó Simón el fariseo: “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora” (v. 39). Y al razonar así, estos religiosos estaban confundiendo la misión misma que el Mesías había venido a realizar.

En su contacto con ellos en otras ocasiones, Jesús aseveró este punto muy diáfanamente. En Lucas 5 nos encontramos con el llamamiento de Leví, publicano o cobrador de impuestos, gente odiada por el pueblo por tener la reputación de traicionar la nación quitando el dinero de sus conciudadanos para darlo al imperio romano. Como una muestra de gratitud al Señor, Leví le preparó un banquete, invitando también a muchos de sus compañeros publicanos. Esto fue otro motivo para la murmuración. Los fariseos no se podían explicar cómo Jesús, clamando ser el Mesías enviado de Dios, comía y bebía con publicanos y pecadores. Fue en esa ocasión cuando Cristo dijo aquellas palabras tan conocidas hoy: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:31–32).

La misión de Cristo es salvar pecadores, sanar las almas enfermas con el cáncer del pecado. Por ello, cuando un hombre o una mujer se considera una persona tan justa y buena a los ojos de Dios como para no tener que experimentar un sentido de la culpa y odiosidad del pecado, nos encontramos frente a alguien que se rehúsa a ser sanado por Jesús, aun y cuando con urgencia necesita de la medicina que sólo Dios puede brindarle. El hombre tiene un grave problema con el pecado, y sólo Dios puede ayudarle. Los fariseos no veían esta necesidad, y por tanto, habían despreciado el único remedio para la sanidad de sus corazones.

En el capítulo 19 de su Evangelio, Lucas vuelve a narrar el contacto de Jesús con un publicano. En este caso, con uno de los jefes de los publicanos: Zaqueo. El Señor entró en casa de Zaqueo, levantando inmediatamente la queja de sus opositores. “Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador” (v. 7). Ciertamente era un hombre pecador. Él mismo confesó el pecado de hurto, arrepintiéndose y haciendo restitución por ello. Pero así llegó la salvación a su casa. “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (v. 10).

De esto se trata la parábola del hijo pródigo. Es la historia de un pecador que se arrepiente de sus pecados y es perdonado por su padre. Sabiamente, el Señor presenta el caso de un gran pecador, para así exaltar todavía más el abundante perdón de Dios para los que reconocen su condición y recurren al Salvador por medio de la fe. Pero los que no se consideran perdidos, nunca serán hallados; los que no se ven a sí mismos como muertos delante de Dios, jamás serán vivificados en su presencia.

Cristo trata primero con la oveja perdida (Lucas 15:1–7). Luego con la moneda perdida (vv. 8–10). Y finalmente con el hijo perdido (vv. 11–32). ¿Cuál es el punto entonces? Que el hombre está perdido en sus pecados y necesita de la salvación de Dios; que cuando éste se arrepiente, es alcanzado por la misericordia perdonadora del Señor, lo cual es causa y motivo de gran gozo y celebración en el reino de los cielos.

Lo primero que observamos en el contenido de esta parábola es una manifestación de los anhelos y deseos del hijo menor. Casi podemos sentir las palpitaciones del corazón de este joven. Sus principales anhelos quedan al descubierto; abrió su corazón, y lo que brotó puso en evidencia las más bajas inclinaciones de su alma. “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34).
Antes de proseguir, debemos decir algunas palabras con respecto a los personajes de nuestro relato. El padre de la parábola es Dios. Obviamente, con esto Jesús no tiene la intención de afirmar que Dios es el Padre espiritual de todos los hombres. En otros lugares da a entender claramente lo contrario (Juan 8:44). Lo que Cristo está más bien argumentando es que Dios es Señor y Soberano sobre todos en virtud de Su identidad como Creador, que tiene autoridad sobre todos por cuanto es el Dador y Sustentador de la vida de cada una de Sus criaturas. “Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch. 17:25), y por esta razón tiene autoridad para mandar a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan (v. 30). Al final de la historia, aunque la opinión de los hombres aquí en la tierra haya sido diferente, cada uno dará cuenta a Aquel que es soberano sobre todos (v. 31).

El padre bueno de la parábola es Dios, porque cuida y protege su creación como ningún padre jamás lo ha hecho ni lo hará. Las normas de Su hogar son las mejores: perfectas. Ha provisto al mundo de todos los recursos necesarios para toda la humanidad en todas las épocas conforme a Su misericordia y bondad. “Hace salir su sol sobre malos y buenos… hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45). ¿Quién no quisiera tener a Dios como Padre?
Sí, hay alguien que prefiere no tenerle dirigiendo sus asuntos: el pecador. Y esto nos lleva a nuestro segundo personaje: el hijo menor. Por lo que hemos explicado anteriormente acerca del contexto de esta parábola, vemos a los publicanos y pecadores representados en él.

El hijo mayor no es mencionado sino hasta el final de la narración, segmento que consideraremos en los capítulos finales de nuestro estudio. Por ahora, podemos simplemente afirmar que el papel que representa este personaje es el de los escribas y fariseos, pecadores igual que los demás, pero con un alto sentido de justicia personal.

No se nos dice mucho acerca del hogar de esta familia. Pero no sería ir muy lejos pensar que las condiciones en las cuales creció el pródigo fueron las mejores. Hay fuertes elementos emotivos en la parábola. Todo padre se puede identificar muy fácilmente con el dolor que el padre del hijo pródigo debió experimentar. A medida que avancemos en nuestro estudio veremos surgir cada uno de estos elementos. He aquí el caso de un padre con un hogar modelo, ordenado bajo principios justos y poniendo a disposición de sus hijos aquellas cosas que más le convenían. Pero nada de esto impidió la trágica decisión tomada por su hijo.
Otra información ausente en el texto es una descripción del tipo de vida que el hijo había tenido hasta ese momento. No parece ser el caso que éste haya sido delincuente o borracho; ni siquiera podemos afirmar que haya sido desobediente. Esto es un punto más a favor de pensar que este personaje no sólo representa a pecadores criminales, sino a todo tipo de pecadores. Todos estamos representados en él. No importa si usted creció en un hogar cristiano o si vivió perdidamente por largos años, está representado por él. Todo pecador está representado aquí con sus anhelos e inclinaciones.

¿Por qué es importante esta última declaración? Porque a menos que usted se identifique como uno de los perdidos que Cristo vino a salvar, no irá en la actitud del pródigo a encontrar el remedio para su condición. Veamos cuáles eran los grandes anhelos del hijo menor, y así podremos observar nuestro propio retrato en él.

Al realizar una radiografía de su corazón, nuestro personaje revela dos objetos principales de deseo:

Independencia
Con las palabras: “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde”, este joven estaba procurando experimentar una independencia plena de la influencia paterna. Era como si le estuviera diciendo: “Padre, yo sé que hasta ahora me has querido dar lo mejor. Sé que tienes una forma de ver las cosas, una manera de pensar. Pero ha llegado el momento para separarme de ti, para no encontrarme más bajo tu sombra. Puedes tener planes conmigo, pero otros son los que yo tengo para mí mismo. Hay cosas que quiero conocer y disfrutar, que me serían imposible de experimentar estando bajo tu techo. Dame mis bienes, porque de ahora en adelante voy a manejar mis cosas a mi manera y por mi propia cuenta.”

Sus palabras nos revelan una gran insatisfacción con su padre y con la casa de su padre. Empezó a observar que las cosas no siempre eran como él quería. Poco a poco fue surgiendo el deseo de una mal llamada libertad. No era libertad de un padre tirano; quería estar libre de la influencia del testimonio y del ejemplo paterno. Quería independencia espiritual para tomar su propio camino hacia el mundo. ¿No le parece haber leído algo similar en otro lugar de las Escrituras?

Eva fue tentada por el diablo precisamente en el terreno de la independencia moral. La serpiente cuestionó la moral de Dios y Su autoridad para legislar sobre la vida del hombre. Incitó a la mujer a actuar por iniciativa propia, independientemente de aquello en lo que había sido instruida previamente. Esa búsqueda de libertad de nuestros primeros padres ha sido la causa de todos los males y pecados de la humanidad. Nuestro Creador sabe lo que más conviene a Sus criaturas. Pero en su soberbia, el hombre siempre ha querido intentar una mejor opción, un camino más corto hacia la felicidad. ¿Resultado? La ruina y maldición del pecador; y con el pródigo no iba a ser diferente.

Pero no podemos olvidarnos de lo siguiente: la parábola está hablando de todo pecador. El hombre sin Cristo anhela la independencia de Dios. Es importante observar que no es necesario ser un ateo para ser incrédulo. Con tan sólo dejar de tomarle en cuenta es suficiente (Rom. 1:28).

Al igual que un padre de familia tiene reglas en su hogar que garanticen el buen orden y la paz doméstica, Dios también tiene sus reglas. Pero el hombre no quiere someterse al gobierno de su Creador; no quiere verse atado a tener que continuar siendo obediente a los principios y valores de su Hacedor. Él nos presenta un camino; el pecador prefiere tomar otra ruta hacia la felicidad. “Cada cual se apartó por su camino” (Isaías 53:6).

Placer
El segundo elemento que encontramos en el corazón del pecador, tal como la narración de esta parábola evidencia, es el placer. Todo pecador es hedonista de corazón, aunque las manifestaciones sean tan variadas como los gustos de cada quién. El disfrute de la vida se ha convertido en la pasión de la humanidad. Billones de dólares son destinados al único fin de promover la diversión. El razonamiento del hombre es el siguiente: “La vida es breve, y hay que gozarla”; aunque para lograr sus propósitos pisotee la voluntad de Dios revelada en Su Palabra.

En esencia, la humanidad del siglo I no es diferente a la de nuestra generación. “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos” parece ser una expresión extraída de los debates modernos. Pero no es otra cosa que una declaración del hedonismo que el Apóstol Pablo confrontó (1 Cor. 15:32). Un ‘buen’ momento, una buena risa, un buen descanso, parece ser el sentido de la vida.

Pero todo esto no es más que la posposición de un pensamiento serio sobre la eternidad y el propósito y significado de la vida. Salomón fue alguien que cayó en esta trampa. “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno… Y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Ecl. 2:10, 11). Su perspectiva de la vida cambió; el placer no suplió las grandes necesidades de su alma. “Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón” (7:2, 3).

Quizá para usted sea un sueño poder entregarse a todos los placeres que se le antoje a su corazón. ¡Pero Salomón lo hizo! Si veía algo que le gustaba, podía asumirse que ya era suyo. Ciertamente alguien pensaría que en eso radica la verdadera felicidad: en hacer lo que se quiere cuando se desee. El caso de Salomón nos demuestra lo contrario… ¡y la parábola del hijo pródigo lo confirma todavía más!

Este joven era el prototipo de un pecador que quiere ver sus sueños hechos realidad. El freno moral es la calamidad de la criatura que se rebela contra su Hacedor. Disfrutar de la vida ya no era el vivir en plena comunión con su padre, sino el poder dilapidar el dinero en lo que a su entender producía la máxima satisfacción. Por esto ha sido llamado “pródigo”; quiere quemar el dinero y las oportunidades de la vida en un instante. “No me hables de placer para el futuro; lo quiero ahora.”

Pasó lo mismo con Esaú, quien estuvo dispuesto a cambiar su primogenitura por un plato de lentejas (Gén. 25:29–34). El guiso, en el momento, significó mucho más que las bendiciones relacionadas a sus derechos como primer hijo. En el instante pensó que había hecho el trato de su vida. Pero pasado el tiempo lamentó su decisión. “Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (Heb. 12: 17).

El hijo de nuestra parábola estaba haciendo exactamente lo mismo. El placer pasajero y temporal vino a ser el todo en la vida, borrando de su vista lo verdaderamente importante. Se fue tras espejismos e ilusiones con una firme pero triste resolución. “Se fue lejos a una provincia apartada” (Luc. 15:13). Quería estar lejos, lejos, bien lejos de su padre; como el pecador, que prefiere alejarse de Dios para así poder entregarse a la vanidad de su corazón. ¡Ay de aquellos que le piden a Dios que se vaya de sus vidas! Porque en ocasiones el Señor hace exactamente lo que le piden. “Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos… Y Jesús, entrando en la barca, se volvió” (Luc. 8:37). ¿Puede haber una situación más triste para el pecador?

El padre de la parábola no le impidió a su hijo que realizara el acto más descabellado de toda su vida. Su corazón debía estar destrozado; pero le dejó ir. Y así, “desperdició sus bienes viviendo perdidamente” (v. 13b).

Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 1-10). Salvador Gómez Dickson.

La desprotestantización de las iglesias cristianas | J.C. Ryle

La desprotestantización en la iglesia

J.C. Ryle

El principal punto que quiero fijar en las mentes de todos es el siguiente: que la idolatría se ha manifestado decididamente en la Iglesia visible de Cristo y en ninguna parte de forma tan clara como en la Iglesia de Roma.
IV. Y ahora, en último lugar, permítaseme mostrar la abolición definitiva de toda idolatría. ¿Qué acabará con ella?
Considero que el alma del hombre que no anhela el momento en que no exista ya la idolatría carece de salud. Difícilmente puede estar reconciliado con Dios el corazón que piensa en los millones que están hundidos en el paganismo o que honran al falso profeta Mahoma u ofrecen oraciones diarias a la virgen María y no clama: “O, mi Dios, ¿cuándo llegará el fin de todas estas cosas? ¿Durante cuánto tiempo, oh Señor, durante cuánto tiempo?”.

Aquí, como en otras cuestiones, la palabra cierta de la profecía viene en nuestra ayuda. Un día llegará el fin de toda idolatría. Su condenación está señalada. Su destrucción es segura. Ya sea en los templos paganos o en las supuestas Iglesias cristianas, la idolatría será destruida en la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. Entonces se cumplirá plenamente la profecía de Isaías: “Quitará totalmente los ídolos” (Isaías 2:18). Entonces se cumplirán las palabras de Miqueas (5:13): “Haré destruir tus esculturas y tus imágenes de en medio de ti, y nunca más te inclinarás a la obra de tus manos”. Entonces se cumplirá la profecía de Sofonías (2:11): “Terrible será Jehová contra ellos, porque destruirá a todos los dioses de la tierra, y desde sus lugares se inclinarán a él todas las tierras de las naciones”. Entonces se cumplirá la profecía de Zacarías (13:2): “En aquel día, dice Jehová de los ejércitos, quitaré de la tierra los nombres de las imágenes, y nunca más serán recordados”. En una palabra, se cumplirá plenamente el Salmo 97: “Jehová reina; regocíjese la tierra, alégrense las muchas costas. Nubes y oscuridad alrededor de él; justicia y juicio son el fundamento de su trono. Fuego irá delante de él, y abrasará a sus enemigos alrededor. Sus relámpagos alumbraron el mundo; la tierra vio y se estremeció. Los montes se derritieron como cera delante de Jehová, delante del Señor de toda la tierra. Los cielos anunciaron su justicia, y todos los pueblos vieron su gloria. Avergüéncense todos los que sirven a las imágenes de talla, los que se glorían en los ídolos. Póstrense a él todos los dioses”.

La Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo es esa bendita esperanza que debiera consolar a los hijos de Dios bajo la actual dispensación. Es la estrella polar que debe guiar nuestro viaje. Es el punto en el que todas nuestras expectativas debieran concentrarse: “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (Hebreos 10:37). Nuestro David ya no vivirá en Adulam, seguido por unos pocos menospreciados y rechazados por la mayoría. Manifestará su gran poder, reinará y hará que toda rodilla se doble ante Él.

Hasta entonces no disfrutamos perfectamente de nuestra redención, como dice Pablo a los efesios: “Fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). Hasta entonces, nuestra salvación no está completa, como dice Pedro: “Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5). Hasta entonces, nuestro conocimiento sigue siendo defectuoso, como dice Pablo a los corintios: “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido” (1 Corintios 13:12). En resumen, lo mejor está por venir.

Pero, en el día del regreso de nuestro Señor, todo deseo recibirá su plena satisfacción. Ya no estaremos abatidos y exhaustos por este sentimiento de constante fracaso, de debilidad y decepción. En su presencia, y no en otro lugar, hallaremos que hay plenitud de gozo; y cuando despertemos a su semejanza seremos satisfechos, si no lo fuimos antes (cf. Salmo 16:11; 17:15). Ahora hay muchas abominaciones en la Iglesia visible ante las que solo podemos gemir y clamar como el fiel en tiempos de Ezequiel (cf. Ezequiel 9:4). No podemos eliminarlas. El trigo y la cizaña crecen juntos hasta que llega la cosecha. Pero se acerca un día en que el Señor Jesús purificará una vez más su Templo y echará todo lo que lo ensucia. Hará esa obra de la que los actos de Ezequías y Josías fueron un pálido tipo hace mucho tiempo. Echará las imágenes y purgará la idolatría en todas sus manifestaciones.

¿Quién anhela ahora la conversión del mundo pagano? No la verás en su plenitud hasta la aparición del Señor. Entonces, y no hasta entonces, se cumplirá ese texto tan frecuentemente mal aplicado: “Aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que le hicieron para que adorase” (Isaías 2:20).

¿Quién anhela ahora la redención de Israel? No la verás en su perfección hasta que el Redentor venga a Sion. La idolatría en la Iglesia profesante de Cristo ha sido una de las más poderosas piedras de tropiezo en el camino de los judíos. Cuando comience a caer, empezará a retirarse el velo sobre el corazón de Israel (cf. Salmo 102:16).

¿Quién anhela ahora la caída del Anticristo y la purificación de la Iglesia de Roma? Creo que no sucederá hasta la culminación de esta dispensación. Ese vasto sistema de idolatría quizá sea consumido y matado con el Espíritu de la boca del Señor, pero jamás será destruido salvo por el resplandor de su Venida (cf. 2 Tesalonicenses 2:8).

¿Quién anhela una Iglesia perfecta, una Iglesia en la que no haya la más mínima mancha de idolatría? Debes esperar el regreso del Señor. Entonces, y no hasta entonces, veremos una Iglesia perfecta, una Iglesia sin mancha ni arruga ni cosa semejante (cf. Efesios 5:27), una Iglesia en la que todos los miembros estarán regenerados y todos serán hijos de Dios.
Si esto es así, los hombres no deben sorprenderse de que les instemos a estudiar la profecía y les ordenemos, por encima de todo, asirse firmemente de la gloriosa doctrina de la Segunda Venida de Cristo y de su Reino. Esta es la “antorcha que alumbra en lugar oscuro” a la que haremos bien en prestar atención. Dejemos que otros se entreguen a su fantasía, si así lo desean, con la idea de una imaginaria “Iglesia del futuro”. Dejemos que los hijos de este mundo sueñen con alguna clase de “hombre venidero” que lo entienda todo y lo arregle todo. Solamente están cultivando una amarga decepción. Se darán cuenta de que sus visiones son infundadas y vacías como un sueño. Es a estos a los que bien pueden aplicarse las palabras del Profeta: “He aquí que todos vosotros encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados” (Isaías 50:11).

Pero deja que tus ojos miren hacia el día de la Segunda Venida de Cristo. Ese es el único día en el que se rectificará todo abuso y se purgará toda corrupción y fuente de tristeza. Aguardando ese día, trabajemos y sirvamos a nuestra generación; no estando ociosos como si no se pudiera hacer nada para refrenar el mal, pero no descorazonados porque no vemos todas las cosas puestas aún bajo nuestro Señor. Después de todo, la noche está avanzada y se acerca el día. Te exhorto a esperar en el Señor.

Si esto es así, los hombres no deben sorprenderse de que les advirtamos que se cuiden de cualquier inclinación hacia la Iglesia de Roma. Sin duda, cuando la idea de Dios con respecto a la idolatría se nos revela tan claramente en su Palabra, parece el colmo del capricho unirse a una Iglesia tan impregnada de idolatría como la Iglesia de Roma. Entrar en comunión con ella cuando Dios dice: “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” (Apocalipsis 18:4), buscarla cuando el Señor nos advierte de que la abandonemos, convertirnos en sus súbditos cuando la voz del Señor clama: “Escapa por tu vida, huye de la ira venidera”. Todo esto es ciertamente ceguera mental, una ceguera como la de aquel que, a pesar de haber sido advertido, se embarca en un barco que está naufragando; una ceguera que sería casi increíble si nuestros propios ojos no vieran ejemplos de ello continuamente.

Todos debemos estar en guardia. No debemos dar nada por supuesto. No debemos suponer apresuradamente que somos demasiado sabios para que se nos engañe y decir como Hazael: “¿Qué es tu siervo, este perro, para que haga tan grandes cosas?”. Aquellos que predican deben clamar en voz alta y no callar, no permitir que ninguna falsa amabilidad les silencie con respecto a las herejías de la época. Aquellos que escuchan deben tener los lomos ceñidos con la Verdad y sus mentes llenas de claras ideas proféticas en relación con el fin al que llegarán todos los adoradores de ídolos. Intentemos todos comprender que el fin del mundo se avecina y que la abolición de la idolatría se acerca. ¿Es momento de aproximarse a Roma? ¿No es más bien tiempo de alejarse y mantenerse al margen para no vernos envueltos en su caída? ¿Es momento de mitigar y paliar las múltiples corrupciones de Roma y negarnos a ver la realidad de sus pecados? Sin duda más bien debiéramos ser doblemente celosos de cualquier tendencia a romanizar la religión, doblemente cuidadosos de evitar la connivencia con cualquier traición contra Cristo nuestro Señor y doblemente dispuestos a protestar contra la adoración antiescrituraria de cualquier tipo. Repito una vez más, pues, que debemos recordar que la destrucción de la idolatría es cierta y, por tanto, cuidarnos de la Iglesia de Roma.

El asunto que estoy tratando es de una importancia profunda y trascendente y exige la seria atención de todos los clérigos protestantes. No sirve de nada negar que una gran parte del clero y de la congregación de la Iglesia de Inglaterra está haciendo todo lo posible para unir la Iglesia de Inglaterra con la idólatra Iglesia de Roma. La publicación de ese monstruoso libro llamado Eirenicon, del Dr. Pusey, y la formación de una “sociedad para promover la unidad en la cristiandad” son una clara prueba de lo que estoy diciendo. “Que corra el que leyere en ella” (Hab. 2:2).

La existencia de un movimiento como este no sorprenderá a quien ha seguido de cerca la historia de la Iglesia de Inglaterra en los últimos cuarenta años. Las tendencias del Movimiento de Oxford y del ritualismo se han dirigido constantemente hacia Roma. Cientos de hombres y mujeres han abandonado limpia y sinceramente nuestras filas y se han convertido en abiertos papistas. Pero muchos cientos se han quedado y son aún clérigos nominales en nuestro seno. El pomposo ceremonial semicatólico romano que se ha introducido en muchas iglesias ha preparado las mentes de los hombres para los cambios. Una forma extravagantemente teatral e idólatra de celebrar la Cena del Señor ha allanado el camino para la transustanciación. Ha estado en marcha durante mucho tiempo un exitoso proceso de desprotestantización. La pobre antigua Iglesia de Inglaterra se encuentra en un plano inclinado. Su misma existencia como Iglesia protestante se encuentra en peligro.
Sostengo que este movimiento romanista debe resistirse firmemente. A pesar del rango, la erudición y la devoción de algunos de sus defensores, lo considero un movimiento sumamente pernicioso, destructor de almas y contrario a la Escritura. Decir que la reunión con Roma sería un insulto para nuestros reformadores martirizados es ser muy suaves: ¡sería un pecado y una ofensa contra Dios! Antes de que se reúna con la idólatra Iglesia de Roma preferiría ver mi amada Iglesia perecer y destruirse en pedazos. ¡Mejor morir que volver a ser papista!.

Sin duda, la Unidad abstracta es algo excelente: pero la Unidad sin Verdad es inútil. La Paz y la Uniformidad son bellas y valiosas: pero la Paz sin el Evangelio —la Paz basada en un episcopado común y no en una fe común— carece de valor y no merece ese apelativo. Cuando Roma haya revocado los decretos de Trento y sus adiciones al Credo, cuando Roma se haya retractado de sus doctrinas falsas y antiescriturarias, cuando Roma haya renunciado formalmente a la adoración de imágenes, la adoración a María y la transustanciación; entonces, y no hasta entonces, será hora de hablar de reunirnos con ella. Hasta entonces hay un abismo sobre el que no se puede tender un puente sinceramente. Hasta entonces, llamo a todos los clérigos a resistir hasta la muerte esta idea de reunirse con Roma. Hasta entonces, nuestro lema debe ser: “¡No a la paz con Roma! ¡No a la comunión con los idólatras!”. Bien dice el admirable obispo Jewell en su Apología: “No rechazamos la paz y la concordia con los hombres; ¡pero no mantendremos un estado de guerra con Dios para estar en paz con los hombres!”. ¡Este testimonio es cierto! ¡Mejor le iría a la Iglesia de Inglaterra si todos sus obispos hubieran sido como Jewell!
Escribo estas cosas con pena. Pero las circunstancias de la época hacen que sea absolutamente necesario pronunciarse. Independientemente del lugar del horizonte al que mire, veo serios motivos para la alarma. No temo en absoluto por la verdadera Iglesia de Cristo. Pero por la Iglesia de Inglaterra establecida y por todas las iglesias protestantes de Inglaterra, ciertamente tengo serios temores. La marea de acontecimientos parece ir en contra del protestantismo y a favor de Roma. Parece como si Dios tuviera una controversia con nosotros como nación y estuviera a punto de castigarnos por nuestros pecados.

No soy profeta. No sé hacia dónde nos dirigimos. Pero, al paso que van las cosas, creo que es bastante factible que, dentro de pocos años, la Iglesia de Inglaterra se una a la Iglesia de Roma. Quizá la corona de Inglaterra descanse una vez más sobre la cabeza de un papista. Quizá se repudie formalmente el protestantismo. Quizá un obispo católico romano presida una vez más el Palacio de Lambethy. Quizá se diga misa una vez más en las abadías de Westminster y de S. Pablo. ¡Y el resultado será que todos los cristianos lectores de la Biblia deberán abandonar la Iglesia de Inglaterra o bien aprobar la adoración de ídolos y convertirse en idólatras! ¡Dios nos conceda que jamás lleguemos a semejante estado de cosas! Pero, a este paso, me parece bastante posible.
Y ahora solo me queda concluir lo que he estado diciendo mencionando algunas salvaguardas para las almas de todos los que lean este capítulo. Vivimos en una época en que la Iglesia de Roma camina entre nosotros con fuerzas renovadas y jactándose de que pronto recuperará el terreno perdido. Se nos están presentando constantemente falsas doctrinas de las formas más sutiles y especiosas. No se puede considerar irrazonable que ofrezca algunas salvaguardas prácticas contra la idolatría. Qué es, de dónde proviene, dónde está, qué acabará con ella; todo eso ya lo hemos visto. Permítaseme señalar cómo podemos estar a salvo de ella y me abstendré de decir más.

1) Armémonos, pues, por un lado, con un profundo conocimiento de la Palabra de Dios. Leamos nuestras biblias más diligentemente que nunca y familiaricémonos con cada parte de ellas. Que la Palabra habite en nosotros abundantemente. Cuidémonos de cualquier cosa que nos haga dedicar menos tiempo y menos empeño a la lectura atenta de sus sagradas páginas. La Biblia es la espada del Espíritu; jamás la dejemos a un lado. La Biblia es la verdadera antorcha en momentos de oscuridad; cuidémonos de no viajar sin su luz. Si conociéramos la historia secreta de las numerosas secesiones en nuestra Iglesia a favor de Roma, que deploramos, tengo fuertes sospechas de que, en casi todos los casos, uno de los pasos más importantes en la cuesta abajo se hallaría en el abandono de la Biblia, en una mayor atención a las formas, los sacramentos, los cultos diarios, el cristianismo primitivo, etcétera, y una menor atención a la Palabra escrita de Dios. La Biblia es la calzada real. Una vez que la abandonamos por un camino secundario —por hermoso, antiguo y frecuentado que este parezca—, no debemos sorprendernos si acabamos adorando imágenes y reliquias y yendo al confesionario con regularidad.

2) Armémonos, en segundo lugar, con un celo piadoso por la más mínima parte del Evangelio. Cuidémonos de sancionar el más somero intento de sustraerle una jota o una tilde o de eclipsar alguna parte por medio de la exaltación de cuestiones religiosas secundarias. Parecía una nimiedad que Pedro se abstuviera de comer con los gentiles; sin embargo, Pablo les dice a los gálatas: “Le resistí cara a cara, porque era de condenar” (Gálatas 2:11). No tengamos en poco cualquier cosa concerniente a nuestras almas. Seamos muy meticulosos al decidir a quién escuchamos, adónde vamos, qué hacemos, así como en todas las cuestiones relativas a nuestra adoración personal; y no nos preocupe la acusación de ser aprensivos y excesivamente escrupulosos. Vivimos en tiempos en los que en los pequeños actos están implícitos grandes principios, y cuestiones religiosas que hace cincuenta años se consideraban absolutamente inocuas, ahora ya no lo son debido a las circunstancias. Evitemos jugar con cualquier tendencia hacia Roma. Es de necios jugar con fuego. Creo que muchos de los que se han pervertido y apartado comenzaron pensando que no podía ser muy dañino atribuir un poco más de importancia a las cosas externas. Pero, una vez que empezaron a bajar por la pendiente, fueron de una cosa a otra. Provocaron a Dios, ¡y Él les abandonó a su suerte! Fueron entregados a un gran engaño y se les dejó creer una mentira (2 Tesalonicenses 2:11). Tentaron al diablo, ¡y este vino a ellos! Comenzaron con nimiedades, como muchos las llaman neciamente, y han acabado en una manifiesta idolatría.

3) Armémonos, por último, con ideas claras y sanas acerca de nuestro Señor Jesucristo y de la salvación que es en Él. Él es la “imagen del Dios invisible”, la “imagen misma de su sustancia” y la verdadera protección contra toda idolatría cuando se le conoce verdaderamente. Edifiquémonos profundamente en el fuerte fundamento de la obra que completó en la Cruz. Tengamos claro que Jesucristo ha hecho todo lo necesario a fin de presentarnos sin mancha ante el trono de Dios y que una fe sencilla por nuestra parte como la de un niño es lo único que hace falta para que participemos de la obra de Cristo. No dudemos que teniendo esta fe estamos completamente justificados a los ojos de Dios; nunca estaremos más justificados aunque vivamos tantos años como Matusalén y hagamos las obras del apóstol Pablo; y no podemos añadir nada a esa justificación completa por medio de actos, palabras, ayunos, oraciones, limosnas, cumplimiento de las ordenanzas o cualquier otra cosa por nuestra parte.
¡Por encima de todo, mantengamos una comunión continua con la persona del Señor Jesús! Moremos en Él diariamente, alimentémonos de Él diariamente, mirémosle diariamente, apoyémonos en Él diariamente, vivamos dependiendo de Él diariamente y tomemos de su plenitud diariamente. Comprendamos esto y la idea de otros mediadores, otros consoladores y otros intercesores parecerá completamente absurda. “¿Qué falta hace?”, responderemos: “Tengo a Cristo y en Él lo tengo todo. ¿Qué tengo yo que ver con los ídolos? Tengo a Jesús en mi corazón, a Jesús en la Biblia, a Jesús en el Cielo, ¡y no quiero nada más!”.
Una vez que permitimos al Señor Jesucristo ocupar el lugar correcto en nuestros corazones, todas las demás cosas en nuestra religión se ajustarán al lugar adecuado. La Iglesia, los ministros, los sacramentos, las ordenanzas, todo descenderá y ocupará un segundo lugar.
A menos que Cristo se siente como Sacerdote y Rey en el trono de nuestro corazón, ese pequeño reino interior estará en perpetua confusión. Pero solo con que le permitas ser el “todo en todo” ahí, todo irá bien. Ante Él caerá todo ídolo, todo Dagón. Conocer a Cristo correctamente, creer en Cristo verdaderamente, amar a Cristo de corazón es la verdadera protección contra el ritualismo, el catolicismo romano y toda forma de idolatría.

Ryle, J. C. (2003). Advertencias a las iglesias (D. C. Williams, Trad.; Primera edición, pp. 147-157). Editorial Peregrino.

La Verdad Acerca Del Pecador | Martyn Lloyd Jones

La Verdad Acerca Del Pecador
Por: Martyn Lloyd Jones

Escritura: Romanos 5:7-8

“Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros.» – Romanos 5:7-8

«Así es como el Apóstol demuestra su caso. Él apunta hacia arriba, primero que todo, desde el hombre justo hasta el bueno. Y entonces, cuando termina apunta hacia abajo. ¿Dónde estamos nosotros? Ciertamente no entre los ‘buenos’. ¿Y entre los justos? Ni siquiera entre los justos. Pues bien, ¿qué somos entonces? ¡Pecadores! No hay, en lo absoluto, nada digno de ser amado en nosotros. Dios muestra Su amor y prueba Su amor para con nosotros en que Cristo murió por nosotros no porque fuésemos dignos de ser amados, deseables y buenos. Entonces, no obstante no hayamos sido dignos de ser amados, y deseables, ¿hemos sido correctos bajo algún estándar? ¿hemos permanecido en la ley? ¡De ninguna manera! No hemos sido justos. La verdad acerca de nosotros es que éramos pecadores y un pecador es exactamente lo opuesto a un hombre bueno y justo. Un pecador es un transgresor. Un pecador es un hombre que ha perdido su calificación, que se ha quedado corto. No hay absolutamente nada de justicia en él. El mismo término sugiere depravación moral, no excelencia moral sino fracaso moral. No solamente no hemos guardado la Ley, sino que somos culpables de transgredir la Ley, de quebrantarla. Eso es lo que un pecador realmente es. Estos son los términos usados en la Biblia para describirlo. En otras palabras, el pecador no es tan sólo un hombre culpable de depravación moral y transgresiones, de acciones erradas e iniquidades, y debido a esto, culpable a los ojos de Dios; el pecador es reprehensible delante de la Ley y es merecedor del desagrado divino y de la ira de Dios.

«Esa es la verdad acerca del pecador. Es alguien que ha burlado deliberadamente la Ley de Dios, es alguien que no está interesado en Dios, que no le agrada Dios, es alguien que odia a Dios. Y debido a eso, dicho pecador opone su voluntad a la voluntad de Dios. Él dice, ‘¿con que he aquí dijo Dios, no? Muy bien, pues yo haré todo lo contrario. ¿Este es un mandamiento? Pues yo lo quebrantaré. Él me dice que no desee algo, pero yo lo deseo y voy a obtenerlo.’ El pecador, por lo tanto, ha ofendido deliberadamente a Dios, se ha rebelado en contra de él, lo ha atacado, ha burlado Su Ley, ha desechado su voz, ha seguido su propio camino según su propia voluntad, y se ha hecho culpable ante los ojos de Dios.

«Ése es el tipo de persona por la cual Cristo murió. ‘No a los justos- sino a pecadores vino Jesús a llamar’. No a hombres buenos y dignos de ser amados, ¡sino a los viles y aborrecibles!»

«…Sólo cuando dimensionamos esto somos capaces de seguir el argumento del Apóstol. Y el argumento es este. Dios demuestra Su amor para con nosotros en que, mientras éramos así, cuando merecíamos la ira de Dios en Su justicia, y merecíamos su castigo y perdición y el destierro de Su mirada, Dios realmente envió a Su Hijo a morir por nosotros. Si eso no prueba el amor de Dios hacia nosotros, nada podrá ni nada lo hará. Las personas que más han apreciado el amor Dios han sido las que más se han dado cuenta de su propia pecaminosidad.»

Martyn Lloyd Jones (Romanos, Cap.5, pág.121-123)

Traducido por José de La Fuente


MARTYN LLOYD JONES
Dr. David Martyn Lloyd-Jones nació el 20 December 1899 en Gales y fue ministro en Westminster Chapel de Londres. También fue un reconocido doctor en medicina que llegó a trabajar en la familia real de inglaterra. Él tuvo una tremenda influencia en el ala reformada de la iglesia evangélica del siglo 20 con un gran énfasis en el evangelio. Lloyd-Jones describió el don de predicar como «lógica ardiente.» Su entrenamiento en medicina preparó o le dió un corte lógico a sus sermones. Toda su lógica estaba basada en su formacón como médico, por esta razón encontraba tremendamente atrantivo el evangelio y las escrituras. Después de una vida llena de trabajo, murió tranquilamente mientras dormía en Ealing Londres el 1 Marzo de 1981.

La teología de Arminio en lo tocante al libre albedrío y la predestinación | Sugel Michelén

Arminio rechazó enfáticamente el pelagianismo en lo tocante a las consecuencias del pecado de Adán en su descendencia. Hablando acerca del hombre en su estado caído, Arminio declara que su libre albedrío en lo que respecta al verdadero Dios, no sólo se encuentra “herido, mutilado, enfermizo, debilitado; sino que también ha sido hecho cautivo, destruido y perdido”; de tal manera que el libre albedrío humano es totalmente inútil “a menos que sea asistido por la gracia”.

Según Arminio, debido al oscurecimiento del entendimiento y la perversidad del corazón, el hombre ha quedado en un estado de impotencia moral. “La voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea… libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios.”

Más aún, para manifestar su completo acuerdo con Agustín, Arminio comenta lo siguiente acerca del texto de Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”: “Después de haber meditado diligentemente en cada una de las palabras de este pasaje, Agustín comenta de esta forma: ‘Cristo no dice, Sin mi sólo pueden hacer poco; tampoco dice, Sin mí no podréis hacer ningún trabajo arduo, ni tampoco Sin mí haríais las cosas con dificultad: Sino que dice, Sin mí nada podéis hacer’”.

En cuanto a esto, Arminio parece estar de acuerdo con Agustín, Lutero y Calvino. De hecho, Arminio tenía en muy alta estima los comentarios de Calvino y su Institución de la Religión Cristiana (él recomendaba a sus estudiantes hacer un amplio uso de los comentarios de Calvino).

El punto controversial radica en el hecho de que Arminio enseñaba que, aunque la gracia de Dios es necesaria para la salvación, no asegura la salvación de nadie; en otras palabras, la gracia es una condición necesaria, pero no suficiente.

Arminio declara: “Toda persona no regenerada posee una voluntad libre, y la capacidad de resistir al Espíritu Santo, de rechazar la gracia de Dios que le es ofrecida, de menospreciar el consejo de Dios contra sí mismos, de rehusar aceptar el Evangelio de la gracia, y de no abrirle a aquel que toca la puerta de su corazón”.

De modo que si el pecador no responde al llamado, la culpa es enteramente suya (en eso todos estamos de acuerdo); pero ¿qué si acepta? En otras palabras ¿quién es, a final de cuentas, el que tiene la decisión de la salvación en sus manos? Por implicación, según Arminio la salvación depende, en última instancia, de la decisión humana y no de la soberanía de Dios. La gracia de Dios es una condición necesaria para la salvación, pero no es una condición suficiente.

Arminio intenta aclarar su posición teológica a aquellos que le adversan con esta ilustración: Imaginemos a un hombre rico que ayuda con sus bienes a un pordiosero para que éste pueda mantener a su familia. ¿Dejaría de ser un regalo de pura gracia por el hecho de que el mendigo tenga que extender su mano para recibir lo que se le ofrece? ¿Pudiéramos decir con propiedad que la limosna depende parcialmente de la liberalidad del donante, y parcialmente de la libertad del receptor, por el hecho de que este último tiene que extender su mano para recibir el beneficio? Si no es así, cuanto menos podemos decirlo del don de la fe.

El problema de este símil es que presupone una necesidad que el mendigo tiene conscientemente y la cual él desea suplir; mientras que en el caso del pecador, éste no desea, sino que rechaza con todas sus fuerzas, el don que se le ofrece gratuitamente en Cristo. Al igual que en el caso del mendigo, el pecador tiene que extender sus manos hacia Dios para recibir el don; pero, según el Calvinismo, éste sólo podrá hacerlo si Dios cambia la disposición de su corazón.

En cuanto a la predestinación, tanto uno como los otros afirmaban que la predestinación para salvación era una enseñanza bíblica; pero, mientras el calvinismo afirma que los elegidos ejercen fe porque fueron predestinados por Dios desde antes de la fundación por el puro afecto de Su voluntad (como enseña claramente Pablo en Ef. 1:3-6), Arminio enseñaba más bien que Dios predestinó a todos aquellos que Él sabía de antemano que iban a creer. Así que el foco del debate no era si había predestinación o no, sino más bien en cuál era la base de dicha predestinación.

A pesar de eso, en 1603 Arminio fue llamado a asumir la cátedra de teología en la Universidad de Leyden, donde sus doctrinas opuestas al calvinismo fueron más conocidas aún. Esto trajo como consecuencia un enfrentamiento con los calvinistas, de manera particular con otro profesor de la facultad, Francisco Gomaro. Este debate fue subiendo de tono, a tal punto que tuvo ramificaciones políticas.

Luego de la muerte de Arminio, en 1609, sus puntos de vista fueron sistematizados por su pupilo y sucesor en Leyden, Simón Episcopio. Al ser acusados de herejía, en 1610 los seguidores de Arminio presentaron a los Estados de Holanda un Memorial de Protesta (Remonstrance en inglés, por lo que fueron llamados “remonstrantes”), en el que planteaban su posición, incluyendo en la segunda parte los cinco puntos de su propia doctrina.

Estos artículos fueron firmados por 46 ministros remonstrantes. Los calvinistas, por su parte, emitieron una contra protesta. Pero, como no llegaban a un acuerdo, finalmente se decidió resolver la disputa mediante un Sínodo al que fueron invitados casi todas las iglesias nacionales reformadas.

Éste fue celebrado en Dordrecht desde el 13 de Noviembre de 1618 hasta el 9 de mayo de 1619. Estuvieron presentes 84 miembros y 18 comisionados seculares del Palatinado, Hesse, Nassau, Frieslandia Oriental, Bremen, Emden, Inglaterra, Escocia, Ginebra y Suiza alemana.

Los Cánones del Sínodo de Dort condenaron la posición arminiana, a la vez que presentaron cinco puntos contrarios, que han sido conocidos como los cinco puntos del Calvinismo.

Por un lado declaran que el hecho de que “sólo algunos de entre los miembros de la raza humana pecadora alcancen la fe, debe atribuirse al Consejo eterno de Dios. Dios eligió en Cristo un número definido de seres humanos para la salvación, en tanto que, en su justicia, dejó a los demás entregados a la perdición.”

En cuanto a la eficacia de la muerte de Cristo, afirman que ésta “es suficiente para expiar los pecados de todo el mundo.” Sin embargo, su obra de expiación está limitada en el hecho de que Dios tenía la intención de que fuese eficaz solamente para quienes “fueron elegidos desde la eternidad para salvación.”

También afirman la total depravación de la raza humana, así como la gracia irresistible de Dios. “Finalmente, los Cánones enseñan que Dios preserva a los elegidos de tal modo que no caen de su gracia. En esto también se atribuye la gloria Dios; permanecemos en la gracia, no por el poder de nuestra voluntad, sino porque, por su gracia, Dios ‘inicia, preserva, continúa y perfecciona su obra en nosotros’.”

Repetidas veces los calvinistas del Sínodo acusaron a los remonstrantes de enseñar las doctrinas de Pelagio, a pesar de que tanto Arminio como sus seguidores se empeñaron en condenar el pelagianismo. Estrictamente hablando los arminianos podían ser catalogados de ser semipelagianos; pero es probable que los teólogos del Sínodo hayan tenido en mente la conexión que existe entre ambas posturas.

No obstante, el arminianismo no murió allí. Sus doctrinas fueron asimiladas por los bautistas generales en Inglaterra, los menonitas holandeses y, un poco más tarde, por el metodismo wesleyano (aunque este último se aleja aún más de la doctrina reformada de la salvación). Hoy día es la doctrina de la mayoría de las iglesias en América.

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