Lo que Satanás puede y no puede hacer | Peter Masters

Lo que Satanás puede y no puede hacer

By Dr Peter Masters

Con el Calvario ante Él, el Señor pronunció estas notables palabras – “Ahora es el juicio de este mundo: ahora el príncipe de este mundo será echado fuera”. Se refería a su inminente sufrimiento en la cruz del Calvario, que llevaría a cabo de inmediato para la salvación de su pueblo y el juicio de Satanás. Desde el momento del Calvario Satanás sería frenado en su poder, un enemigo derrotado, todavía capaz de obrar mucha maldad hasta el día final, pero severamente limitado.

Pero, ¿cómo fue exactamente expulsado Satanás por la muerte de Cristo? Sabemos que la muerte de Cristo salvó a un gran número de personas de la muerte eterna, y al hacerlo, salvó a la raza humana de extinguirse. Desde la Caída del hombre en el jardín del Edén ni una sola persona viviría una vida perfecta, ni nada que se le pareciera. Por lo tanto, toda la raza humana estaría condenada, dejando a Satanás triunfante y victorioso. Al tentar a Adán y Eva habría frustrado totalmente el propósito de Dios al crear la raza humana, y Dios parecía haber fracasado en su designio. Satanás podría alardear a través del tiempo como el asesino y conquistador de la raza humana, y, en cierto sentido, el conquistador de su Creador.

Pero Cristo vino como representante de Su pueblo, y de todas las maneras concebibles obedeció a Su Padre, incluso hasta la muerte de cruz. Y a través de esa obediencia perfecta que culminó en el Calvario, Su pueblo (y por lo tanto la raza  humana) fue salvado de la condenación. Por Su justicia y expiación, una raza humana constante fue comprada, para que una tierra glorificada pudiera ser atestada por personas rescatadas. La raza humana ya no sería un concepto fallido, y el diseño de Dios sería restaurado y redimido.

El aparente triunfo de Satanás fue aplastado, dejándolo susceptible de juicio y freno. Ya no podría alejar a la gente de la Verdad.

El freno del poder de Satanás después del Calvario se revela claramente en el Nuevo Testamento. El Salvador habló, por ejemplo, de cómo “por el dedo de Dios ” expulsó a los demonios, para señalar que el reino había llegado (Lucas 11.20). Este era un lenguaje de juicio, que se refería a una limitación del poder satánico que operaba desde ese momento.

Los propios demonios sabían que Cristo pondría fin a su libertad, y esto se ve en sus gritos angustiados cuando el Señor los expulsó. La posesión era común en tiempos de Cristo, pero Su ministerio marcó el fin de la libertad demoníaca para ocupar las almas humanas a voluntad. Somos conscientes de que hoy en día todavía hay algunos informes de posesión demoníaca al estilo del Nuevo Testamento, pero solo cuando las personas han invitado voluntariamente (y enérgicamente) a los demonios a sus vidas mediante una profunda participación en prácticas ocultas. (Ignoramos las afirmaciones no auténticas de posesión demoníaca hechas dentro del movimiento carismático). Satanás a través de sus demonios ya no puede entrar sin invitación en las almas humanas para poseerlas desde la obra de Cristo, siendo éste un aspecto de la “expulsión” de Satanás.

Otra de las limitaciones de Satanás es que no se le permite revelarse o mostrarse, viéndose obligado a trabajar totalmente en secreto y con sigilo. Es un enemigo despiadado de todas las almas humanas, pero la no aparición es una contención significativa de su poder. Aprendemos en 2 Tesalonicenses 2 que Satanás debe contentarse con una persona designada, el hombre de pecado, que aparecerá en su nombre al final de los tiempos, solo para ser inmediatamente destruido por el resplandor de la venida de Cristo.

Satanás es ahora un vagabundo espiritual, poderoso, sí, con una vasta hueste de ángeles caídos a sus órdenes, pero debe tentarnos desde “fuera”, y asegurarse de tener nuestra cooperación para todo lo que quiere que hagamos. Ciertamente es el príncipe de este mundo, pero un príncipe sin palacio ni derechos, un príncipe desposeído y condenado.

Esta limitación de Satanás también se menciona en el libro del Apocalipsis, capítulos 12 y 20, el último de los cuales nos dice que Satanás sería atado durante la era cristiana para que no pudiera engañar más a las naciones manteniéndolas en una oscuridad espiritual total. Todas las naciones serían penetradas por el Evangelio de Cristo.

Leemos en Efesios 4.8 que en el Calvario Cristo llevó cautiva la cautividad, atando a una multitud de cautivos: el diablo y sus demonios. En Colosenses 2.15 se nos dice que Cristo “despojó a los principados y a las potestades”, exhibiéndolos públicamente y triunfando sobre ellos. En otras palabras, les quitó poderes y los contuvo, términos usados para describir el freno o limitación del diablo y sus huestes. Sin embargo, repetimos que sigue siendo hasta el último día un enemigo peligroso y maligno de las almas, y por esta razón necesitamos saber todo lo que podamos sobre sus poderes y limitaciones.

Poderes de los ángeles

Sabemos mucho de Satanás por el hecho de que es un ángel, aunque caído. Como tal, fue creado sin cuerpo ni aspecto físico, pues los ángeles no tienen cuerpo, a menos que Dios los revista de una apariencia temporal para enviarlos como mensajeros o testigos al mundo, como en el caso de los ángeles que se sentaron en la tumba de Cristo. Es evidente que los ángeles tienen una apariencia en el Cielo, pero normalmente no son visibles a los ojos humanos en la Tierra.

Los ángeles son inmortales solo por el permiso y el poder sustentadores de Dios. Leemos en las Escrituras que tienen misteriosas diferencias de “rango”, por lo que hay ángeles superiores. Aunque son espíritus, actúan en dimensiones de tiempo y espacio, pues no son infinitos ni están fuera del tiempo, como Dios.

Es evidente que los ángeles tienen una inteligencia poderosa, y aunque llegará el día en que los creyentes, como personas glorificadas en el Cielo, serán mayores que los ángeles, mientras estemos en la Tierra no tenemos sus poderes mentales. Ellos ‘sobresalen en fuerza’, dice la Escritura, lo que los coloca por encima de las personas en la Tierra en capacidad.

Los ángeles tienen un gran conocimiento, pero éste tiene un límite. Así, por ejemplo, se nos dice en Efesios 3.10 que contemplan maravillados desde el Cielo la conversión y santificación de los hombres en la Tierra, maravillándose de cada caso y aprendiendo acerca de la “multiforme sabiduría de Dios”. La era del Evangelio ha sido una inmensa educación para los ángeles más elevados.

Esto demuestra también que los ángeles no pueden adivinar el futuro, aparte de conocer la Palabra de Dios, como también nosotros podemos conocerla. Cuando las profecías del Antiguo Testamento comenzaron a cumplirse con la venida de Cristo, observaron con asombro estos acontecimientos, cosas que “anhelan mirar los algeles” (1 Pedro 1.12). En esto no se parecen a Dios, cuyo conocimiento es infinito, y que conoce continuamente todas las cosas que suceden a lo largo de la historia eterna.

Está claro que los ángeles tienen poder para comunicarse entre sí. No pueden crear nada ni matar a nadie a voluntad, aunque a veces pueden ser designados por Dios como Sus agentes para poner fin a la vida. Incluso Satanás se muestra buscando el permiso expreso de Dios para infligir enfermedades y quitar la vida en el libro de Job. Los ángeles no pueden hacer estas cosas por sí mismos. Los ángeles no pueden cambiar las sustancias terrenales, alterando un elemento en otro, ni pueden alterar o anular las leyes de la naturaleza, excepto bajo la dirección de Dios. Están sujetos a estas limitaciones. De esto se deduce que los ángeles no pueden hacer milagros a menos que Dios les dé poder para ello.

Como ángeles caídos, Satanás y sus huestes demoníacas comparten todas estas limitaciones. Y aquí hay otra limitación, común tanto a los ángeles buenos como a los malos, y que es de gran importancia para nosotros en nuestra batalla contra el diablo. Los ángeles no pueden escudriñar nuestros corazones ni leer nuestros pensamientos. No pueden entrar en lo más recóndito de nuestros pensamientos. Un viejo adagio cristiano dice: “Los demonios pueden hablar al alma, pero no escudriñar el corazón”. Más adelante hablaremos de la incapacidad de Satanás para leer los pensamientos.

Todas estas limitaciones quedan claras en la Biblia, que atribuye solo a Dios inteligencia y conocimientos infinitos, poder para crear y poner fin a la vida, obrar milagros y escudriñar los corazones. Estas cosas son exclusivas de Él. De hecho, el diablo y sus demonios son más limitados que los ángeles buenos, porque Dios nunca nombraría o delegaría en ellos su propio poder de hacer maravillas. Se nos enseña en 2 Tesalonicenses 2.9, que cuando el hombre de pecado sea revelado, quien operará bajo el gobierno de Satanás, sus milagros y maravillas serán ‘maravillas mentirosas’, o engaños, falsedad. Satanás y sus demonios no pueden realizar verdaderos milagros.

Satanás, no hace falta decirlo, es totalmente malvado. Se le describe como un espíritu inmundo y el jefe de la vasta hueste de espíritus inmundos y caídos. Sin embargo, después de el Calvario, no puede determinar irresistiblemente las acciones de los seres humanos, anulando su libertad y responsabilidad, a menos que se hayan sometido totalmente a él y hayan cooperado con él en oposición a Dios, de modo que estén “cautivos a la voluntad de El” (2 Timoteo 2.26). E incluso tales personas no están más allá de la redención.

Satanás no puede obligarnos a hacer nada. No puede dictarnos de tal manera que estemos obligados a cumplir sus órdenes, sino que debe obrar mediante el engaño y la persuasión. Por lo tanto, es erróneo decir: “Satanás me obligó a hacerlo”. Puede instarnos, sugerirnos cosas, presionarnos y mentirnos sobre el resultado, pero no puede obligarnos a hacer nada. Nunca debemos atribuir a Satanás poderes que pertenecen exclusivamente a Dios Todopoderoso; y aunque debemos ser muy conscientes de su poder, nunca debemos temerle como si fuera invencible.

Los propósitos de Satanás

En el Nuevo Testamento, Satanás recibe varios nombres que arrojan luz sobre su forma de actuar y sus objetivos. Satanás significa adversario, y también se le llama acusador de los hermanos, enemigo de las almas de los hombres y diablo, que significa calumniador. Se le llama Abadón y Apolión, nombres que significan destructor de almas, y se le describe como dragón, indicando su gran ferocidad, y también como serpiente, expresando su astucia y sutileza.

Se le denomina padre de la mentira, indicando el método que siempre ha empleado, y también asesino de almas, príncipe de los demonios y príncipe de este mundo que guía las mentes de los incrédulos abiertas al ateísmo y dispuestas a mostrar hostilidad a Dios. Se le llama el tentador, y un ángel de luz que hace que el mal parezca bueno, y sugiere la justificación de acciones egoístas, codiciosas y otras acciones equivocadas.

Satanás fue expulsado del Cielo por desafiar a Dios, y le odia con todo su ser, oponiéndose y frustrando Sus planes si puede, y alejando a las almas de Él. Satanás es intensamente celoso de los seres humanos y también los odia. Actúa para tentar a pecar tanto a los perdidos como a los salvos, esforzándose especialmente por llevar al pueblo de Dios al error y al fracaso. Si Satanás puede entrar en las iglesias, insertando falsas enseñanzas y hundiendo a los creyentes en el pecado, ¡cómo triunfa! Por lo tanto, busca constantemente desacreditar a la iglesia y al Evangelio a los ojos del mundo, y también frustrar y obstaculizar la obra del Evangelio tentando a los creyentes a la mundanalidad, la pereza y la indiferencia ante la difícil situación de las almas perdidas.

Satanás está siempre trabajando para erosionar la fe de los creyentes y echar a perder su seguridad, paz y alegría. Lo hace mediante un proceso de desgaste, haciendo que los creyentes cedan poco a poco a las dudas y tentaciones, hasta que ha obtenido la victoria sobre ellos. También inspira a los falsos profetas y a los obreros del mal, poniendo en sus mentes ideas que no son bíblicas, y triunfando allí donde no justifican todas las cosas por la Palabra.

Él controla a las personas que se oponen al Evangelio, cegando sus mentes y, a través de ellas, moldeando la sociedad. Cuando vemos el mundo de hoy, gobernado por un humanismo secular agresivo y vengativo, con la inmoralidad legalizada y fomentada, y leyes aprobadas para castigar a los que se oponen a estas cosas, vemos la mano orquestadora de Satanás. ¡Cuán similar es el “guion” que justifica estas cosas en todas partes del mundo! Satanás es “el príncipe de la potestad del aire”.

Contra los cristianos utiliza estrategias y trampas astutas, llamadas “asechanzas del diablo” y “lazo del diablo”. Esto último significa que sorprenderá a los creyentes con tentaciones repentinas, si es capaz de hacerlo.

Hay tres fuentes de tentación, pues el diablo no es el único tentador. Según la Escritura, el mundo nos atrae con hábitos, prácticas y galas pecaminosas. Luego nos tienta nuestro propio corazón: nuestros apetitos y deseos pecaminosos siempre deseosos de hacer o poseer cosas. Y luego nos tienta el diablo, que también aprovecha y amplifica las dos primeras formas de tentación.

Las limitaciones de Satanás

¿Cómo vencer al diablo? Dice Santiago: “Someteos, pues, a Dios. Resistid al diablo, y huirá de vosotros “. Es asombroso que este ser poderoso y maligno huya de los creyentes débiles. Es poderoso e invisible para nosotros; nos tentará y sugerirá cosas malas constantemente, y está armado con una astucia inimaginable. Sin embargo, si sabemos cómo resistirle, huirá de nosotros. Antes de esbozar el modo de resistirle, podemos animarnos comparando sus poderes con sus limitaciones.

Satanás puede acusarnos, pero no condenarnos. A veces nos recordará nuestros pecados, y nos hará caer muy bajo para que casi perdamos nuestra seguridad, pero entonces corremos a Dios confiando solo en la gracia, y Él nos fortalece. Satanás ciertamente puede acusar, pero no puede condenar al que está en Cristo, porque él no tiene poder ni voz en cómo el Señor ve a Su pueblo.

Puede tentarnos a pecar, como hemos dicho, pero no puede hacernos pecar. Puede incitarnos y presionarnos, pero nunca obligarnos. Puede quitarnos el gozo y la paz dándonos pensamientos perturbadores, pero no puede quitarnos la salvación, ni poseernos jamás. Los maestros carismáticos dicen que el diablo puede poseer, u oprimir a un creyente, pero ambos vervos en su uso significan virtualmente la misma cosa, y ambos son equivocados. Satanás puede molestarnos, pero nunca poseernos, porque el principio de 2 Corintios 6.15 y otras escrituras nos enseñan que Cristo y Satanás no pueden coexistir en un alma.

Satanás puede hacerse pasar por un ángel de luz, y citar las Escrituras en nuestro oído, como intentó hacer incluso con el Señor en Su tentación. Pero no puede resistir que sustituyamos el pensamiento citando una promesa de las Escrituras.

Puede oírnos y vernos, pero no leer nuestros pensamientos. Por su profundo conocimiento de la naturaleza y el comportamiento humanos, y por observarnos de cerca, es capaz de discernir o adivinar muchas de nuestras reacciones ante la tentación, y de interactuar aparentemente con nosotros, pero no puede ver nuestros corazones. Si le hablamos (y no deberíamos hacerlo), ya sea de palabra o de pensamiento, nos “oirá”, y algunos de nuestros pensamientos pueden ser muy “fuertes” y obvios para él, como el odio a alguien, y un gran orgullo, pero de la manera ordinaria no puede leer nuestras mentes. Si el temperamento de una persona está subiendo, o si está mirando las cosas con lujuria, el diablo es muy astuto, y leerá las señales y sabrá lo que está pasando. Pero nunca pienses que puede entrar en la mente y leer nuestros pensamientos desde dentro. Muchos cristianos profundamente introspectivos y de mente seria han sido dolorosamente atormentados por la idea de que el diablo tiene un telescopio justo en sus pensamientos. 

Puede introducir pensamientos en nuestra cabeza desde el exterior, pero no puede hacer que se queden, a menos que se lo permitamos albergando esos pensamientos. Satanás puede provocar rupturas entre esposos y esposas y entre amigos, y no estamos pensando aquí en faltas graves como el adulterio, sino en asuntos cotidianos.

Él puede disparar en la mente pensamientos hostiles, y por esto romper temporalmente las relaciones, pero no puede hacer nada para impedir la reconciliación piadosa en respuesta a la oración. Puede llevarnos a la cuneta si se lo permitimos, pero solo si se lo permitimos, porque no puede obligarnos a una caída desastrosa.

Satanás nos vigila, por medio de su hueste de demonios asignados para seguirnos y notar cada omisión del deber espiritual, cada oración descuidada, cada lectura perdida de la Palabra de Dios, cada ignorar un sermón, cada demora en llevar a cabo una buena obra, y cada acto de mundanalidad o de conducta no comprometida. Bajo escrutinio estarán las cosas que miramos y en las que nos ocupamos, y por estas cosas el tentador determinará nuestra vulnerabilidad a la tentación, y planificará el próximo asalto contra nosotros.

Cada día Satanás, por medio de sus demonios, obstaculizará nuestro trabajo espiritual poniendo distracciones en nuestro camino. Cuando comenzamos a orar, nuestra atención puede ser atraída por cualquier número de asuntos, interesantes, preocupantes o seductores, para desviarnos del trono de la gracia. Pero, una vez más, no puede tener éxito a menos que se lo permitamos.

Resistir al diablo

“Resistid al diablo, y huirá de vosotros”, dice Santiago. Cuando el diablo obstaculiza nuestras oraciones, o inunda nuestras mentes con beneficios mundanos, o con ideas deprimentes, o con pensamientos negativos sobre otras personas o nuestra iglesia, entonces debemos resistirle activamente. El negativismo crítico debe ser siempre rechazado enérgicamente. Cuando él llena nuestros pensamientos con ensoñaciones de deseo, o con un amor por la facilidad, estas escenas de autoindulgencia deben ser resistidas y expulsadas. Debemos cambiar nuestro pensamiento, pidiendo ayuda a Dios.

Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que el diablo huirá? ¿Es débil? Al contrario, es muy poderoso. ¿Es cobarde? Claro que no; no nos tiene miedo. ¿Es que yo soy fuerte y puedo vencerle? No, desde luego que no. Entonces, ¿por qué huirá si me resisto a él? ¿Es porque no tiene resistencia y solo puede molestarme durante unos minutos? No, él y sus hordas tienen tenacidad para resistir hasta el último día.

Huirá de nosotros porque si nos sometemos a Dios, y oramos pidiendo ayuda, y realmente deseamos hacer lo correcto, entonces Cristo lo alejará. Si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros? Basta una mirada del poderoso Salvador del mundo, y Satanás se acobardará y se irá. Si dependemos de Cristo, Él lo alejará. Para los creyentes probados y azotados por la tormenta, las palabras de Isaac Watts describen perfectamente el acto decisivo de Cristo al rechazar al maligno:

Pero el infierno volará ante Tu reprensión,
Y Satanás esconderá la cabeza;
Conoce los terrores de Tu mirada,
Y oye Tu voz con pavor.

Es el Salvador Quien lo derrotó en el Calvario, y Quien lo ha sometido a juicio, remitido al día final. Por medio de Cristo, que ha expulsado al príncipe de este mundo, podemos resistir la tentación, estar a salvo y ver cómo Satanás huye de nosotros. Es poderoso, odioso y astuto, pero también está atado, limitado y sometido a Cristo, ya sea ahora o cuando regrese el Salvador.

De nuevo, las palabras de Watts son perfectas para animarnos en los mares de la tentación:

Aunque todas las huestes de la muerte,
Y poderes del infierno desconocidos,
Pongan sus más espantosas formas
De furor y malicia,
Estaré a salvo; pues Cristo despliega
Superior poder y gracia guardiana.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” Mateo 5:5

LA TERCERA BIENAVENTURANZA
“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” (Mateo 5:5)

A.W.Pink

Han existido grandes diferencias de opinión en cuanto al significado exacto de la palabra manso. Algunos consideran que su significado es paciencia, un espíritu de resignación; otros que es desinterés, un espíritu de abnegación; otros que es benignidad, un espíritu que no toma venganza, que soporta las aflicciones con tranquilidad. Sin duda hay cierto grado de verdad en cada una de estas definiciones. Sin embargo, al escritor le parece que difícilmente profundizan lo suficiente porque no toman en cuenta el orden de esta tercera bienaventuranza. En lo personal, definiremos mansedumbre como humildad. “Bienaventurados los mansos,” es decir, los humildes, los sencillos. Veamos si otros pasajes aclaran esto.
La primera vez que la palabra manso aparece en la Escritura es en Números 12:3. Aquí el Espíritu de Dios ha señalado un contraste con lo que está registrado en los versículos anteriores. Ahí leemos que Miriam y Aarón hablan contra Moisés: “¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?”. Tal lenguaje traicionó el orgullo y la altanería de sus corazones, su propia búsqueda y deseo del honor. Como la antítesis de esto leemos: “Y aquel varón Moisés era muy manso”. Esto quiere decir que estaba motivado por un espíritu totalmente contrario al espíritu de su hermano y de su hermana.
Moisés era humilde, sencillo y abnegado. Esto se registra en Hebreos 11:24–26 para nuestra admiración e instrucción. Moisés le dio la espalda a los honores mundanales y a las riquezas terrenales, escogió a propósito la vida de un peregrino por encima de la de un cortesano. Eligió el desierto sobre el palacio. La humildad de Moisés se ve otra vez cuando Jehová se le apareció por primera vez en Madián y lo comisionó para que sacara a su pueblo de Egipto. “¿Quién soy yo,” dijo, “para que vaya [yo] a Faraón, y [yo] saque de Egipto a los hijos de Israel?” (Éxodo 3:11). ¡Qué sencillez comunican estas palabras! Sí, Moisés era muy manso.
Otros textos de la Escritura confirman, y parece que necesitan, la definición que se sugirió antes: “Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera” (Salmos 25:9). ¿Qué puede significar esto sino que Dios promete aconsejar e instruir a los humildes y de corazón sencillo? “He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna” (Mateo 21:5). Aquí está encarnada la humildad y la sencillez. “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1). ¿No está claro que esto significa que se necesita un espíritu de humildad en aquel a quien Dios va a usar para restaurar a un hermano que se ha descarriado? Tenemos que aprender de Cristo, que fue “manso y humilde de corazón”. El último término explica el primero. Notemos que otra vez están unidos en Efesios 4:2, donde el orden es “humildad y mansedumbre”. Aquí el orden está, a propósito, al revés que en Mateo 11:29. Esto nos demuestra que son sinónimos.
Después de haber buscado establecer que la mansedumbre, en las Escrituras, quiere decir humildad y sencillez, observemos ahora cómo esto queda confirmado por el contexto y después esforcémonos por determinar la manera en que tal mansedumbre encuentra su expresión. Constantemente se debe tener en cuenta que en estas bienaventuranzas nuestro Señor está describiendo el orden del proceso de la obra de gracia de Dios de la manera en que empíricamente se lleva a cabo en el alma. Primero, hay pobreza de espíritu: un sentimiento de insuficiencia e insignificancia. Después, hay llanto por mi condición perdida y aflicción por lo terrible de mis pecados contra Dios. Después de esto, en el orden de la experiencia espiritual, se encuentra la humildad del alma.
Aquel en quien el Espíritu de Dios ha obrado, al producir un sentimiento de insignificancia y de necesidad es ahora convertido en polvo delante de Dios. Hablando como alguien a quien Dios usó en el ministerio del evangelio, el apóstol Pablo dijo: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4, 5). Las armas que los apóstoles usaron fueron las verdades de la Escritura que escudriñan, condenan y humillan. Estas, cuando el Espíritu las aplicó de manera efectiva, fueron poderosas para la destrucción de fortalezas, es decir, de los poderosos prejuicios y defensas farisaicas dentro de los cuales los hombres pecadores se refugiaron. Los resultados son los mismos el día de hoy: imaginaciones o razonamientos orgullosos –la enemistad de la mente carnal y la oposición de la mente recién regenerada en relación a la salvación son ahora llevadas cautivas a la obediencia a Cristo.
Por naturaleza, todos los pecadores son farisaicos porque desean ser justificados por las obras de la Ley. Por naturaleza, todos heredamos de nuestros primeros padres la tendencia de confeccionarnos una cubierta para esconder nuestra vergüenza. Por naturaleza, todos los miembros de la raza humana caminan por el camino de Caín, que buscó encontrar la aceptación de Dios sobre la base de una ofrenda producida por su propio trabajo. En una palabra, deseamos obtener una posición delante de Dios sobre la base del mérito personal; queremos comprar la salvación con nuestras buenas obras; estamos ansiosos por ganar el cielo debido a nuestras propias acciones. El camino de la salvación de Dios es demasiado humillante como para agradar a la mente carnal, porque quita todo motivo para jactarse. Por lo tanto, es inaceptable al corazón orgulloso de los no regenerados.
El hombre quiere participar en su salvación. Que se le diga que Dios no va a recibir nada de él, que la salvación es solo un asunto de la misericordia divina, que la vida eterna es solo para los que vienen con las manos vacías a recibirla solamente como una cuestión de caridad, es ofensivo al religioso farisaico. Pero no es así para el que es pobre en espíritu y que llora por su estado vil y miserable. La palabra misericordia es música a sus oídos. La vida eterna como el regalo gratuito de Dios va bien con su condición afligida por la pobreza. ¡La gracia –el favor soberano de Dios a los que se merecen el infierno– es justo lo que siente que debe tener! Tal persona ya no tiene ningún pensamiento de justificarse a sí mismo a sus propios ojos; todas sus objeciones altaneras contra la benevolencia de Dios son ahora silenciadas. Está contento de reconocerse como un mendigo e inclinarse en el polvo delante de Dios. Una vez, como Naamán, se rebeló contra los términos humillantes que el siervo de Dios le anunció; pero ahora, como Naamán al final, está contento de bajarse de su carruaje de orgullo y tomar su lugar en el polvo delante del Señor.
Cuando Naamán se inclinó ante la humilde palabra del siervo de Dios fue curado de su lepra. De la misma manera, cuando el pecador reconoce su insignificancia, se le muestra el favor divino. Esa persona recibe la bendición divina: “Bienaventurados los mansos”. Hablando de forma anticipada por medio de Isaías, el Salvador dijo, “El Espíritu de Jehová… me ungió… [y] me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos” (Isaías 61:1). Y una vez más está escrito, “Porque Jehová tiene contentamiento en su pueblo; hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmos 149:4).
Mientras que la aplicación principal de la tercera bienaventuranza es la humildad del alma que se inclina ante el camino de la salvación de Dios, no se debe limitar a eso. La mansedumbre también es un aspecto intrínseco del “fruto del Espíritu” que se forja en el cristiano y se produce por medio de él (Gálatas 5:22, 23). Es esa cualidad del espíritu que se encuentra en quien ha sido instruido en la benignidad por la disciplina y el sufrimiento y que ha sido llevado a la dulce resignación de la voluntad de Dios. Cuando se pone en práctica, esa gracia en el creyente lo hace soportar con paciencia los insultos y los agravios, hace que esté listo para que el menos eminente de los santos lo instruya y amoneste, lo lleva a estimar a los demás como superiores a él mismo (Filipenses 2:3) y lo enseña a atribuir todo lo que es bueno en él a la gracia soberana de Dios.
Por otro lado, la verdadera mansedumbre no es una debilidad. Una prueba impactante de esto se da en Hechos 16:35–37. Los apóstoles han sido injustamente golpeados y echados en la cárcel. Al día siguiente, los magistrados dieron órdenes para que fueran liberados, pero Pablo les dijo a sus oficiales: “Vengan ellos mismos a sacarnos”. La mansedumbre que Dios da se puede mantener firme por los derechos que Dios da. Cuando uno de los oficiales golpeó a nuestro Señor, él contestó: “Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?” (Juan 18:23).
El espíritu de mansedumbre fue perfectamente ejemplificado por el Señor Jesucristo que fue “manso y humilde de corazón”. En su pueblo este bendito espíritu fluctúa, muchas veces eclipsado por los levantamientos de la carne. De Moisés se dijo, “Porque hicieron rebelar a su espíritu, y habló precipitadamente con sus labios” (Salmos 106:33). Ezequiel dice de él mismo: “Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí” (Ezequiel 3:14). De Jonás, después de su milagrosa liberación, leemos: “Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó” (Jonás 4:1). Incluso el humilde Bernabé se separó de Pablo con un estado de ánimo amargado (Hechos 15:37–39). ¡Qué advertencias son estas! ¡Cuánto tenemos que aprender de Cristo!
“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”. Nuestro Señor se estaba refiriendo a Salmos 37:11 y lo estaba aplicando. Parece que la promesa tiene tanto un significado literal como espiritual: “Pero los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz”. Los mansos son los que más disfrutan las cosas buenas de la vida presente. Liberados de un espíritu codicioso y aprehensivo, están contentos con las cosas que tienen. “Mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos pecadores” (Salmos 37:16). El contentamiento de la mente es uno de los frutos de la mansedumbre del espíritu. Los orgullosos y descontentos no “heredarán la tierra”, aunque puedan poseer muchas hectáreas aquí. El cristiano humilde tiene mucho más contentamiento con una cabaña que el malvado con un palacio. “Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación” (Proverbios 15:16).
“Los mansos recibirán la tierra por heredad”. Como hemos dicho, esta tercera bienaventuranza es una referencia a Salmos 37:11. Muy probablemente el Señor Jesús estaba usando el lenguaje del Antiguo Testamento para expresar una verdad del Nuevo Pacto. La carne y sangre de Juan 6:50–58 y el agua de Juan 3:5 tienen, para los regenerados, un significado espiritual; lo mismo pasa aquí con la palabra tierra o terreno. Tanto en hebreo como en griego, los términos principales que se traducen con nuestras palabras tierra y terreno se pueden traducir ya sea literal o espiritualmente, dependiendo del contexto.
Sus palabras, entendidas literalmente, son, “ellos recibirán el terreno por heredad”, por ejemplo: Canaán, “la tierra prometida”. Él habla de las bendiciones de la nueva economía en el lenguaje de la profecía del Antiguo Testamento. Israel según la carne (el pueblo externo de Dios bajo la antigua economía) era una figura de Israel según el espíritu (el pueblo espiritual de Dios bajo la nueva economía) y Canaán, la herencia [terrenal] del primero es el tipo de ese conjunto de bendiciones celestiales y espirituales que forman la herencia del último. “Heredar la tierra” es disfrutar las bendiciones características del pueblo de Dios bajo la nueva economía; es volverse herederos del mundo, herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17). Es ser “[bendecidos] con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3), gozar esa paz y descanso verdaderos de los cuales Israel en Canaán era una figura.
(Dr. John Brown)
Sin duda también hace referencia al hecho de que los mansos, al fin de cuentas, van a heredar la “tierra nueva, [en la cual] mora la justicia” (2 Pedro 3:13).

Pink, A. W. (2014). Las bienaventuranzas (J. Terranova & G. Powell, Eds.; C. Canales, Trad.). Editorial Tesoro Bíblico.

¿Cómo debe un cristiano relacionarse con la cultura? | Iván Capote

¿Cómo debe un cristiano relacionarse con la cultura?

Como cristianos creo que debemos tener bien claro lo que significa cada uno de los puntos a tratar, con esto me refiero a los siguientes, el Aborto, la eutanasia, el matrimonio igualitario, la cuestión de la inmoralidad sexual, cada uno de ellos nos llevan a pensar mucho más allá de lo que realmente cada gobierno o cada generación ha estado viviendo, no es menos cierto y es una realidad que cada generación ha tenido su propio concepto de cada uno de ellos, como también así las iglesias han tenido que defender sus posturas bíblicas de acuerdo a la cosmovisión contraria que han venido desarrollando cada generación en ese entonces, que quiero decir con esto y a que me estoy refriendo, lo que digo es que, debemos hoy como antes pero con más profundidad atender bien como se están desarrollando los sistemas contrarios a Dios y su palabra, en verdad digo esto ya que desde hace muchos años hemos visto por medio de estudios y en la misma historia sociológica como ha venido paulatinamente un aumento en cuanto a la aprobación de estas cosas, lo que simplemente antes era impensable que la sociedad lo aceptara, hoy con tanta liberalidad y simpleza es aceptado por la mayoría, aun y es triste decirlo, hay iglesias de muchas doctrinas pero que su nombre es iglesia, que han aceptado muchas de estas aberraciones y abominaciones, esto aunque lo queramos o no, si influye en la cosmovisión que las personas puedan tener del mismo evangelio y de lo que es y cómo se debe desarrollar una iglesia, en muchos casos he leído y visto como muchos comparan una iglesia que acepta a las personas tal cual como son, a una que no acepta las personas por su identidad de género, o sea, personas del mismo sexo que contraen un matrimonio, aun pastores de diferentes doctrinas que creen que el aborto es permitido ya que Dios no quiere que sus hijos sufran si él bebe viene con algún problema, que más decir de la eutanasia, que muchos lideres e iglesias creen que para no seguir sufriendo es necesario quitarles la vida a las personas, creo que todo esto si afecta a la sociedad aunque no practiquemos la misma doctrina y aunque estemos conscientes que es Dios quien otorga salvación y convence de justicia de juicio y de pecado a las personas, pero son humanos que piensan y evalúan ciertos estándares y los comparan con otras iglesias, por lo tanto, a mi parecer y en cuanto a lo que he leído, tenemos un reto muy gigantesco, afectar a la sociedad en estos momentos requiere de mucha convicción bíblica, ya que la situación actual es muy diferente a la hace más o menos 100 o 200 años atrás, así que, se debe potenciar y enseñar en la iglesias que los tiempos de ahora son 100% diferentes a los tiempos anteriores, un ejemplo de esta realidad lo encontramos en:

Eclesiastés 7:10 (RVR60)

10 nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría.

Por lo tanto, creo que determinará mucho la relación que tengamos con la palabra y la forma en la que la vivimos para poder determinar la manera en la que nos relacionemos con los puntos indicados, de manera que, la cosmovisión que tengamos de la Biblia en cuanto a estos temas determinará la visión que tengamos del aborto, la sexualidad, la bioética entre otros más.

Para poder tener una relación que afecte a la sociedad por medio del evangelio, las iglesias deben enseñar a sus congregados que los estándares para medir a la sociedad no son los que ellos propongan o impongan con leyes, sino los que se describen en las sagradas escrituras.

Pst. Iván Capote

PARADOJAS, MISTERIOS, Y CONTRADICCIONES | R.C. Sproul

PARADOJAS, MISTERIOS, Y CONTRADICCIONES

R.C. Sproul

Diversos movimientos dentro de nuestra cultura contemporánea, tales como la “New Age”, las religiones orientales, y la filosofía irracional, han ejercido su influencia y conducido a una crisis de entendimiento. Ha surgido una nueva forma de misticismo que le otorga al absurdo el sello de la verdad religiosa. A nuestro entender, la máxima del budismo zen, “Dioses una mano aplaudiendo”, constituye una clara ilustración de este concepto. Decir que Dios es una mano aplaudiendo suena como algo profundo. La mente conciente se confunde porque va a contramano de los patrones normales de pensamiento. Suena “profundo” e intrigante hasta que la analizamos cuidadosamente y descubrimos que en el fondo solo se trata de una afirmación carente de sentido. La irracionalidad es un tipo de caos mental. Descansa sobre una confusión contrapuesta con el Autor de toda verdad que no es un autor de confusión.

El cristianismo bíblico es vulnerable a dichas cadenas de irracionalidad exaltada debido a su cándido reconocimiento de que existen muchas paradojas y misterios en la Biblia. Como las diferencias que marcan los límites entre las paradojas, los misterios y las contradicciones son débiles pero cruciales, es importante que aprendamos a distinguir cuáles son estas diferencias. Cuando buscamos sondear las profundidades de Dios nos confundimos con mucha rapidez. Ningún mortal puede comprender a Dios exhaustivamente.

La Biblia nos revela cosas sobre Dios, cosas que aunque somos incapaces de comprenderlas completamente sabemos que son verdades. No tenemos ningún punto de referencia humano, por ejemplo, para entender a un ser que es tres en persona y uno en esencia (la Trinidad), o a un ser que es una persona con dos naturalezas distintas, la humana y la divina (la persona de Cristo). Estas verdades, tan ciertas como puedan serlo, son demasiado “elevadas” para ser alcanzadas por nosotros. Nos enfrentamos con problemas similares en el mundo natural. Sabemos que la gravedad existe, pero aunque no la entendemos, no por ello intentamos definirla en términos irracionales o contradictorios.

Casi todos estamos de acuerdo que el movimiento forma parte integral de la realidad, sin embargo, la esencia del movimiento en sí mismo ha dejado perplejos a los filósofos y a los científicos por milenios. La realidad tiene mucho de misteriosa y mucho que no podemos entender. Pero esto no se convierte en nuestra garantía para dar un salto al absurdo. Tanto en la religión como en la ciencia, la irracionalidad es fatal. En realidad, es mortal para cualquier verdad. El filósofo cristiano Gordon H. Clark en cierta ocasión definió un paradoja como “un calambre entre las orejas”. El propósito de su definición era señalar que lo que muchas veces se denomina una paradoja no es nada más que un razonamiento descuidado. Clark, sin embargo, reconoció con claridad la función y el papel legítimo de las paradojas. La palabra paradoja proviene de la raíz griega que significa “parecer o aparecer”. Las paradojas nos resultan difíciles porque a primera vista “parecen” ser contradictorias, pero si las examinamos con mayor detalle podemos encontrarles la solución. Por ejemplo, Jesús dijo que “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Superficialmente, esto parece ser una afirmación del mismo tenor que la que dice que “Dios es una mano aplaudiendo”. Parece contener en sí una contradicción. Lo que Jesús intentó decir, sin embargo, fue que si alguien pierde su vida en un sentido, la encontrará en otro sentido. Como la pérdida y el hallazgo están en dos sentidos distintos, no hay ninguna contradicción. Yo soy al mismo tiempo un padre y un hijo pero, obviamente, no en la misma relación. Debido a que la palabra paradoja ha sido muy frecuentemente entendida como sinónimo de contradicción, en algunos diccionarios ingleses ha sido ingresada como una segunda acepción al término contradicción. Una contradicción es una afirmación que viola la clásica ley de no contradicción.

La ley de no contradicción afirma que no es posible que A sea A y no-A [al mismo tiempo y en el mismo sentido. En otras palabras, algo no puede ser lo que es y no ser lo que es, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Se trata de la ley más importante de todas las leyes de lógica. Nadie es capaz de entender una contradicción porque una contradicción es inherentemente no inteligible. Ni siquiera Dios puede comprender las contradicciones. Pero sin duda que las puede reconocer por lo que en realidad son -meras falsedades. La palabra contradicción proviene del latín “hablar en contra”. También se las conoce como una antinomia, que significa “contra la ley”. Si Dios hablara por medio de contradicciones carecería intelectualmente de leyes, tendría un doble discurso. Es un tremendo insulto y una blasfemia incluso el sugerir que el Autor de la verdad pudiera hablar con contradicciones. La contradicción es la herramienta de aquel que miente —el padre de las mentiras que desprecia la verdad. Existe una relación entre los misterios y las contradicciones que fácilmente nos conduce a confundirlas entre sí. No podemos entender los misterios.

No podemos entender las contradicciones. El punto de contacto entre los dos conceptos es su carácter de no inteligible. Los misterios no nos resultan claros ahora porque carecemos de la información o de la perspectiva para comprenderlos. La Biblia nos promete que, una vez en el cielo, estos misterios que ahora no podemos comprender serán explicados. Las explicaciones solucionarán los misterios del presente. Sin embargo, no hay ninguna explicación posible, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda solucionar una contradicción.

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 7-9). Editorial Unilit.

La Predicación Expositiva | Mark Dever

UNA IGLESIA SALUDABLE: NUEVE CARACTERÍSTICAS
Conociendo el Estado de Salud de su Iglesia
Mark Dever

La Predicación Expositiva

Así es como empecé mi sermón un domingo de enero por la mañana:
Así que, ¿cómo les va? ¿Durmieron lo suficiente anoche? ¿Tuvieron problemas para encontrar un buen lugar para estacionarse esta mañana? ¿Les dio alguien la bienvenida al llegar a la iglesia? ¿Tiene el edificio una apariencia agradable? ¿Se ve limpio? Me pregunto si el nombre de la iglesia les hizo más difícil decidirse a venir. ¿Ó quizá fue nuestro nombre una de las razónes por las que decidieron venir hoy?
Y cuando entraron, ¿fue nuestra gente educada y amigable? ¿Tuvieron problemas para llevar a los niños a sus respectivas clases? ¿Y qué piensan acerca del cristal emplomado? Se que desde aqui lo veo mejor que la mayoria de ustedes, pero es bonito, ¿no? Tal vez ustedes creen que es un poco anticuado.
¿Estan cómodas las bancas de la iglesia? ¿Pueden ver bien todo lo que pasa aqui al frente? ¿De veras? ¿Pueden oir todo bien? ¿Tienen frio o calor? ¿Estan cómodos?
¿Y qué piensan del programa? ¿Estan de acuerdo que tiene buena presentacion? ¿Es claro, simple, y directo? No esta demasiado complicado… ¿verdad? Tal vez es un poco formal. ¿Leyeron todos los anuncios que estan en el programa? ¿Y vieron todas las actividades que están anunciadas en la tarjeta de al lado? Hay muchas, ¿no? Probablemente más de las que han leído hasta ahora. Por supuesto, leer es fácil, pero creo que las letras son un poco pequeñas, ¿no es así? Y no tiene muchos dibujitos. Quiero decir que el programa está lleno casi con puras letras. Eso probablemente dice mucho acerca de nuestra iglesia, ¿no lo creen? Tal vez ustedes piensan que somos la clase de iglesia donde una imagen vale mas que mil palabras, ¿no es cierto?
¿Y qué me dicen de las personas que están a su alrededor? ¿Son la clase de gente que les gusta ver en la iglesia? Si, ya se que ahora están demasiado nerviosos para ver a su alrededor, pero ustedes saben bien quienes son. ¿Qué piensan? ¿Son de la edad adecuada? ¿Son de la misma ciudad que usted? ¿Y que les parece su clase social? En pocas palabras, ¿son como ustedes?
¿Y Qué piensan del servicio hasta ahora? Quiero decir, ¿les fue difícil cambiar entre los dos himnarios? Ustedes saben que la mayor parte de las iglesias utilizan solamente uno y aqui tenemos dos; unas veces tienen que usar el verde y otras veces el beige. ¿Les parece que la persona dirigiendo el culto esta bien preparada e informada, pero a la vez no es un sabelotodo? Me refiero a que, ¿es muy capaz, pero no es arrogante? No hubo muchos anuncios en el servicio, ¿o sí? Yo no creo que sea ese el caso en esta mañana. Y las oraciones, ¿le han tocado el corazon y la mente?
En estos dias, no es muy comun leer tanto la Palabra de Dios en la iglesia, ¿estan de acuerdo?
Permitanme hablerles acerca de la música. Como lo podran notar, estamos tratando de hacer que las cosas funcionen- contemporánea o tradicional, clásica o moderna, litúrgica o informal. Es probable que hay gente que solia asistir a esta iglesia, pero que esta esta mañana están visitando otras iglesias porque les gusta otro tipo de musica. Y saben, probablemente hay algunas personas aquí, que decidieron venir hoy porque les gusta el tipo de musica que se toca en esta iglesia.
¿Y les gusta ofrendar? ¿Pueden creer que en la actualidad se tomen ofrendas del público con todo y visitantes? Esa es la clase de cosas que se dice en los seminarios que nunca se debe hacer. ¿Cómo se sentieron con todo esto? ¿Les hizo sentir que la iglesia está llena de un montón de gente saca-dinero, a quienes lo único que les importa es sacarle lo mas que se pueda?
¿Qué están haciendo aquí? Ya sea que hayan venido a esta iglesia por 50 años o que este sea su primer domingo, ¿por qué vinieron hoy?
Ya se imaginan lo que sigue. Quizás ya haya empezado: ¡El sermón! Algunas personas lo aguantan para obtener algo bueno, quizá cantar un poco mas, ó asistir a una junta, o tal vez hablar con alguien después del servicio.
El predicador tiene un trabajo muy difícil, ¿no lo creen? El tiene que ser alguien que los entienda, alguien a quien le puedan hablar con confianza, o alguien con quien ustedes se pueden sentir comodos. Pero también necesita parecer santo; aunque no demasiado. Tambien necesita estar bien informado, pero no ser un sabelotodo. Y necesita tener confianza, sin ser confianzudo. Ademas, necesita ser compasivo, pero no sentir lastima. ¿Y sus sermónes? Bueno, su sermónes necesitan ser suficientemente buenos, practicos, entretenidos, cautivadores y de preferencia lo mas cortos posible.
Hay mucho que considerar cuando se está evaluando a la iglesia, ¿no es así? ¿Alguna vez se han puesto a pensar en esto? Hay tantas cosas que pensar. En esta epoca muchos se cambian de residencia, asi que nos serviria el aprender como evaluar las iglesias. Sucede todo el tiempo. Tenemos que preguntarnos a nosotros mismos que es lo que hace realmente una buena iglesia.
En mi biblioteca personal tengo montones y montones de libros relacionados con esta pregunta, ¿qué es lo que hace realmente una buena iglesia? Se sorprenderian de ver que tan ampliamente varian las respuestas, estas van desde promover el ser amistosos hasta a la planificacion financiera, desde que tan bonitos estan los baños hasta como se ve la fachada de la iglesia, sigue la música que debe ser vibrante para que llame la atencion a los visitantes, Luego le toca al estacionamiento que debe ser grande, y de ahí se siguen los programas infatiles. Estas respuestas a lo que hace una buena iglesia tambien incluyen el tener la escuela dominical bien organizada por edades e intereses, el tener el software adecuado para las computadoras, que la publicidad se entienda con claridad y que sea facil de reconocer por personas de la misma fe y orden. Ustedes encontrarán toda clase de libros que hablan de estas cosas y las consideran la clave de una buena iglesia.
Entonces, ¿qué piensan? ¿Qué es lo que hace a una iglesia sana? Ustedes necesitan saberlo. Si usted es un visitante buscando alguna iglesia donde asister regularmente y con la que se pueda comprometer, necesitará considerar esta pregunta. Aún si ya es miembro aquí, tambien necesita considerarla. Podriá cambiarse de residencia algun dia, ¿cierto? Y aún si nunca se va a vivir a otra ciudad, necesita saber que constituye una iglesia saludable. Si va a quedarse en una iglesia para participar de su crecimiento y edificación, ¿necesita saber lo que quieres edificar? ¿Cómo quiere que luzca? ¿Cuál es la meta para usted? ¿Cuál debería ser su fundamento?
Responda a estas preguntas muy cuidadosamente. Como dije anteriormente, encontrará expertos que le dirán toda clase de respuestas, desde un lenguaje libre de terminos religiósos, hasta lo facil que debe ser cumplir los requisitos para ser miembros de la iglesia.
Entonces, ¿qué piensan? ¿Son realmente los medios del crecimiento y la salud de la iglesia: las guarderías seguras para los ninos, los baños deslumbrantes, la música emocionante y las congregaciones llenas de gente de la misma clase social, edad, y con los mismos intereses? ¿Es esto realmente lo que hace una buena iglesia?
Y así empecé la serie de sermones que llego a convertirse en este libro: “Las 9 caracteristicas de una iglesia saludable.” El propósito de este libro es preguntar y contestar lo siguiente: ¿Qué es lo que realmente caracteriza a una iglesia muy buena?
En esta serie de estudios sugiero nueve caracteristicas que distinguen a una iglesia saludable. Las pueden encontrar en el índice. Estas nueve caracteristicas ciertamente no son los únicos atributos de una iglesia saludable. No estoy sugiriendo eso, ni por un momento. Ni son necesariamente las cosas más importantes que podrían ser dichas acerca de la iglesia. Por ejemplo, a pesar de que la Santa Cena y el bautismo son aspectos esenciales de la iglesia bíblica, y son ordenados por Cristo mismo, me refiero a ellos muy brevemente. Les recuerdo que este libro no es una eclesiología completa. Solamente trata de enfocarse en ciertos aspectos cruciales de la vida de una iglesia saludable, que raramente se han desarrollado en las iglesias de hoy en dia. A pesar de que a menudo pueden ser malinterpretados, el bautismo y la cena del Señor no han desaparecido de la mayoría de la iglesias; pero muchos de los atributos que consideraré en estas páginas si han desaparecido de muchas iglesias.
Por supuesto, no existe una iglesia perfecta y ciertamente no quiero sugerir que cualquier iglesia que yo he pastoreado o pastorearé, sea o sera una iglesia perfecta. Pero eso no significa que nuestras iglesias no puedan ser más saludables. Mi objetivo es impulsar tal salud.


PREDICACIÓN EXPOSITIVA
La primera señal de una iglesia saludable es la predicación expositiva. No es solamente la primera señal, es la más importante de ellas, porque si la comprenden bien, todas las otras la seguirán. Esta es la señal crucial. Si quiere leer solamente un capítulo de este libro, ha elegido el correcto. Este es el que debería leer primero, antes que los demás. Esto le ayudará a comprender que los pastores están para entregarse a sí mismos y lo que las congregaciones van a exigir de ellos. Mi papel principal y el papel principal de cualquier pastor es la predicación expositiva.
Esta caracteristica es tan importante que, si no la entiende bien y comprende bien las ocho caracteristicas siguientes, en cierta forma, las habra entendido por casualidad. Pueden estar desechadas o distorsionadas, porque no habran nacido de la Palabra y no van a ser ni controladas ni reformadas continuamente por Ésta. Pero si usted le da la prioridad a la Palabra dada por Dios, entonces tendrá establecido el aspecto más importante de la vida de la iglesia y un crecimiento saludable estára virtualmente asegurado, porque Dios ha decidido actuar, por Su Espíritu, a través de Su Palabra.
Así que, ¿qué es esta cosa tan importante llamada “Predicación Expositiva”? Habitualmente, se habla de ella en contraste con la predicación temática. Un sermón temático es como este capítulo, se elige un tema y se habla acerca de este, en cambio, un sermon expositivo es tomar un texto especifico de la Biblia (ese es el tema; por ejemplo, 1 Tim. 2) y predicarlo. El sermón temático empieza con un asunto en particular acerca del cual el predicador quiere hablar. El tema podría ser la oración, ó la justicia, ó la paternidad, ó la santidad, ó aún la predicación expositiva. Habiendo establecido el tema, el predicador reúne varios textos de varias partes de la Biblia y los combina con historias ilustrativas y anécdotas. El material se combina y entreteje alrededor de este tema. El sermón temático no se forma alrededor de un texto de las Escrituras, sino alrededor de un tema o idea escogidos con anterioridad.
Un sermón temático puede ser expositivo. Usted podría decidir predicar de un tema y simplemente elegir un pasaje de las escrituras que toque precisamente este tema de interés. O podría predicar con un número de textos que estén orientados hacia ese mismo tema. Pero aún así es un sermón temático, porque el predicador sabe que quiere decir y va a la Biblia para encontrar respaldo a sus ideas, que ya han sido establecidas en su mente. Por ejemplo, cuando he predicado una parte de este libro como sermón, se casi todo lo que quiero decir antes de ir a la Biblia. Cuando predico expositivamente, la mayoria de veces este no es el caso. Al preparar mi sermón expositivo, a menudo quedo un poco sorprendido por las cosas que encuentro en el pasaje mientras lo estudio. Generalmente, no elijo los temas de mis sermones expositivos teniendo en mente que la iglesia necesita escuchar esto o aquello. Más bien, asumo que la Biblia se aplica a todas las areas de nuestras vidas. Tambien confío en que Dios puede conducirme a algunos libros o capitulos en particular. Pero muy a menudo, cuando estoy trabajando en un texto, leyéndolo en mis tiempos de descanso (la semana anterior a mi predicación), estudiandolo seriamente el viernes, se que habrá cosas que encontraré que para nada esperaba encontrar. Algunas veces estaré sorprendido por el mensaje que el texto parace comunicar y por lo tanto por lo que debe ser el punto central de mi predicacion.
La predicación expositiva no es simplemente producir un comentario verbal acerca de algún pasaje de las Escrituras. Más bien la predicación expositiva es aquella predicación que toma como tema de un sermón, el mensaje de un texto espefico de las Escrituras. Eso es todo. El predicador abre la Palabra de Dios y la desenvuelve para la gente de Dios. Esto no es lo que estoy haciendo en este capítulo, pero es lo que normalmente intento hacer cuando me paro en el púlpito los domingos.
La predicación expositiva es predicar como un servicio hacia la Palabra. Asume una creencia en la autoridad de las Escrituras y que la Biblia es realmente la Palabra de Dios; pero es mucho más que eso. Un compromiso a la predicación expositiva es un compromiso a escuchar la Palabra de Dios; no simplemente a afirmar que es la Palabra de Dios, sino realmente someterse usted mismo a su autoridad. A los profetas del Antiguo Testamento y a los apóstoles del Nuevo Testamento les fue dada, no una comisión personal de ir y hablar, sino un mensaje especifico que tenia que ser entregado. Al igual que los profetas y apostoles, los predicadores cristianos de hoy tienen autoridad para hablar en nombre de Dios, solamente mientras ellos hablen Su mensaje y revelen Sus palabras. Tan emotivos como algunos predicadores pueden ser, ellos no tienen órdenes de simplemente ir y predicar. Han sido ordenados específicamente para ir a predicar la Palabra. Eso es lo que se les ha ordenado a los predicadores.
Muchos pastores, felizmente aceptan la Palabra de Dios y profesan creer que no hay contradicciones ni errores en la Biblia; y aún así no practican regularmente la predicación expositiva. Estoy convencido de que ellos nunca predicarán más de lo que sabian cuando empezaron sus ministerios. Un predicador puede tomar una parte de las escrituras y usarla para exhortar a la congregación acerca de un tema que es importante, pero realmente no usando el pasaje con el propósito especifico por el cual fue dado. Puede tomar su Biblia en este momento, cerrar sus ojos, abrirla en cierto lugar, poner su dedo en un verso, abrir sus ojos y leer ese verso y usted obtendrá una gran bendición de este para su alma, pero no necesariamente aprenderá lo que Dios se ha propuesto decir a través de ese pasaje. Lo que dicen acerca de las bienes raíces es verdad al comprender la Biblia: los tres factores más importantes son ubicación, ubicación, y ubicación. Usted entiende un texto de las Escrituras en donde está. Lo comprende en el contexto en el cual fue inspirado.
Un predicador debería tener su mente renovada más y más por las Escrituras. No debería utilizar las Escrituras como una excusa para lo que él ya sabe que quiere decir. Cuando eso sucede, cuando alguien regularmente predica en una forma que no es expositiva, los sermones tienden a ser solamente sobre temas que le interesan al predicador. El resultado es que el predicador y la congregación solamente escuchan en las escrituras lo que ellos ya pensaban cuando empezaron a estudiar el texto. No hay nada nuevo que esté siendo agregado a su comprensión. No están siendo retados por la Biblia continuamente.
Al estar comprometidos para predicar un pasaje de las Escrituras en su contexto, expositivamente tomando como tema de la predicacion el mensaje espeficico del texto, deberíamos escuchar aquellas cosas que Dios nos quiere decir, cosas que no intentábamos escuchar cuando empezamos la preparacion de la predicacion. Dios algunas veces nos sorprende. Y desde su arrepentimiento y conversión, hasta las últimas cosas que el Espíritu Santo le ha estado enseñándo, ¿no es esto lo que significa ser cristiano? ¿No encuentra que a la vez que usted empieza a descubrir la verdad acerca de su corazón y la verdad acerca de las Escrituras, Dios le reta una y otra vez y le dice algunas cosas en las que nunca habría pensado hace un año? Encargar el bienestar espiritual de la iglesia a alguien que no muestra un compromiso para escuchar y enseñar la Palabra de Dios, es obstaculizar el crecimiento de la misma, en esencia esto solo permite que la iglesia crezca, a lo mucho, al nivel espiritual del pastor. La iglesia lentamente será conformada a la imagen del pastor más que a la imagen de Dios. Y lo que queremos, lo que deseamos ardientemente como cristianos, son las palabras de Dios. Queremos escuchar y conocer en nuestras almas qué es lo que Él ha dicho.

Dever, M. (2008). Una Iglesia Saludable: Nueve Características (M. González, Trad.; Primera Edición, pp. 27-35). Publicaciones Faro de Gracia.

¿Hasta cuándo, Señor? | Sinclair Ferguson

¿Hasta cuándo, Señor?
Sinclair Ferguson

1 ¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?
¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?
2 ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma,
Con tristezas en mi corazón cada día?
¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?
3 Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío;
Alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte;
4 Para que no diga mi enemigo: Lo vencí.
Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara.
5 Mas yo en tu misericordia he confiado;
Mi corazón se alegrará en tu salvación.
6 Cantaré a Jehová, Porque me ha hecho bien.
Salmo 13
En el verano de 1851, un equipo de búsqueda encontró el cuerpo sin vida del misionero inglés Allen Gardiner, escondido en la barca en la que se había refugiado durante sus últimos días. Él y sus compañeros habían naufragado en la Tierra del Fuego. Al final, lo que les quedaba de provisiones se les acabó; la muerte llegó, de manera lenta pero inevitable, a cada uno de ellos.
Conocemos algunos de los pensamientos de Allen Gardiner durante aquellos días por medio de unas cartas que había dejado para su familia, y de cosas que había escrito en su diario personal, que se encontró junto a su cadáver. En una de las últimas fases, estaba desesperado por beber agua; la angustia nacida de aquella sed, escribió, era “casi insoportable”. Lejos de su hogar y de sus seres queridos, murió solo, aislado, debilitado, físicamente quebrantado. ¡No precisamente nuestra idea del final de una “vida cristiana victoriosa”!
Debió de ser bajo circunstancias parecidas como se escribió el Salmo 13. Se trata de una conmovedora lamentación. Pertenece al mundo de los montes y la niebla y el obsesionante sonido de la gaita llevado por el aire en el melancólico silencio. Con tales cánticos, los quebrantados de corazón derraman el alma, y a veces sus quejas, ante Dios.
Tinieblas y penumbra rodean a David. Su visión está nublada. Se encuentra en un túnel. Esto lo podría soportar si tan sólo pudiera ver luz. Pero no ve ninguna. Tiene los ojos entenebrecidos (v. 3). No puede ver ni hacia dónde va, ni hacia dónde le lleva la vida. Él es lo que Isaías describe como “el que anda en tinieblas y carece de luz”, que ha de aprender a confiar “en el nombre de Jehová” y apoyarse “en su Dios” (Is. 50:10).

LAMENTACIÓN
En los cánticos de lamentación en el Antiguo Testamento, predominan dos preguntas.
La primera es: “¿Por qué?” ¿Por qué me ha pasado esto? ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?
La segunda es la pregunta que se repite una y otra vez en este salmo: “¿Hasta cuándo?” David hace esta pregunta cuatro veces en los dos primeros versículos del Salmo 13. Está al borde de la desesperación. No ve ningún futuro. Siente que no puede soportarlo por más tiempo. Ya está al límite. Cuatro veces, con cuatro preguntas diferentes, clama a Dios: “¿Hasta cuándo?”
A primera vista, las preguntas parecen ser expresiones de amargo desafío. Y más es así por cuanto llega a escribirlas. Nosotros, los cristianos modernos, ¡tendríamos un poco más cuidado al expresarnos! Sólo el tener pensamientos así sería lo suficientemente malo; ¡expresarlos por escrito sería hasta peligroso! Pero David ya con esto nos está enseñando una lección importante. Estaba diciendo en términos muy concretos cuál era su dificultad. Y sus preguntas son al mismo tiempo el diagnóstico de su problema. Para cuando tenía escritos dos versículos, ya había dicho claramente cuál era ese problema suyo. En casos así, el diagnóstico es la mitad del remedio.
El desánimo tiene algunos elementos siniestros. Es omnipresente; afecta a todo en nuestras vidas. Y sin embargo, es a la vez un sentimiento general difícil de definir que parece disuadirnos de examinar sus raíces demasiado profundamente, no sea que la experiencia nos resulte demasiado dolorosa. Se trata de una aflicción espiritual que tiene su propio sistema de inmunidad. David, al comenzar a expresarse por escrito, ya había empezado a vencer al desánimo, identificando sus causas y enfrentándose con él cara a cara:
¿Se habrá olvidado Dios de mí para siempre?
¿Estará Dios escondiéndome su rostro?
¿Por qué lucho con mis pensamientos y tengo tristeza en mi
corazón todos los días?
¿Por qué sigue triunfando mi enemigo sobre mí?
En un sentido, éstas no son cuatro preguntas diferentes, sino más bien cuatro facetas de una misma gran pregunta: ¿Por qué será que siento que Dios me ha abandonado?
¿Pero ves lo importante que es hacer estas preguntas, y aun expresarlas por escrito? Ahora David tiene algo con lo cual trabajar. Antes no estaba haciendo más que luchar al azar en la oscuridad.
¿Cuáles eran sus problemas?
El primero era éste: ¿Por qué será que Dios parece haberse olvidado de mí?
A veces hablamos de lo que es disfrutar de la sensación de la presencia de Dios en nuestras vidas. Es una de las grandes bendiciones de la experiencia cristiana. Dios está con nosotros y cada día somos conscientes de que está cerca.
La experiencia de David era todo lo contrario. Ya no tenía más esa sensación de la presencia de Dios, sino una deprimente sensación de la ausencia de Dios. Le parecía como si Dios se hubiera olvidado de él.
Nos olvidamos de alguien cuando nuestro verdadero interés está en otra parte. La persona de quien nos hemos olvidado ha perdido su anterior significado para nosotros. Cuando somos nosotros las personas olvidadas, tendemos a sentirnos rechazados, pasados de largo, humillados. Se nos ha hecho sentirnos pequeños e insignificantes. Y esto nubla la manera como nos miramos y afecta a todo lo que hacemos. Es deprimente.
Sin embargo, sentirte olvidado por Dios es devastador, sobre todo si crees, como creía David, que has sido hecho a su imagen para disfrutar de su presencia.
Esto lo expresa David en su clamor a continuación: “¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?”
Olvidarse puede ser sin querer: tal vez un simple despiste. Pero esconderse es otra cosa; es un acto deliberado de evitar a alguien. El Dios a quien David miraba como Aquel de cuya vida y ser él era el mismo reflejo como de un espejo, parecía haberse apartado de él. El Señor estaba escondiéndole el rostro. David sentía que se amenazaba su misma existencia. ¿Cómo podría la vida tener significado alguno si Dios estaba apartando su rostro?
Y había algo aún peor: cuando Dios esconde su rostro, no sabemos qué está mirando, ni qué está planeando.
Éste era el problema de David: había perdido del todo el sentido de lo que Dios estaba haciendo. No podía ver la sonrisa en su cara ni vislumbrar siquiera su infalible propósito de gracia. No tenía pistas en su experiencia que le pudieran animar o ayudarle a pensar: “¡Ahora puedo vislumbrar lo que el plan de Dios tiene que ser!”
Peor aún que esto, David no podía ver luz al final del túnel. Ni siquiera sabía si había un final del túnel. Dios se había olvidado de él y se había escondido de él: ¡a pesar de que había advertido a su pueblo que nunca le hiciera eso a Él! Hasta más tarde se iba a revelar como un Dios que no puede olvidarse de su pueblo:
¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz,
para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?
Aunque olvide ella,
yo nunca me olvidaré de ti.
He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida
(Is. 49:15, 16).
David subraya hasta dónde se le habían hundido los ánimos. “¿Me olvidarás para siempre?”
Si la respuesta a la pregunta: “¿Hasta cuándo, Señor?” fuese “brevemente”, o “hasta que pase esto o aquello” a lo mejor podríamos soportarlo. El saber que los días de oscuridad van a llegar a su fin nos da suficiente luz como para ayudarnos a seguir adelante. Pero la oscuridad de David parecía continuar para siempre.
Nuestras experiencias más dolorosas son así: tristezas, cargas, decepciones que tendremos que llevar con nosotros durante el resto de nuestras vidas. Son irreversibles.
Por ejemplo, cuando muere alguien a quien amamos profundamente, entendemos lo que dio a entender David cuando dijo que tenía tristezas en su corazón “cada día” (v. 2). Al apartarse de nosotros aquel misericordioso olvido que es el sueño, tal vez a mitad de la noche, o cuando poco a poco nos vamos despertando por la mañana temprano, nos preguntamos qué es esa sensación de melancolía, difícil de definir, carcomiendo nuestro espíritu por dentro. Y entonces nos acordamos: otro día sin él. Ahora todos los días son días sin ella. Y nos sobrecoge el dolor que parece no tener horizonte. ¿Lo podremos soportar?
Los dolores menos agudos también nos hacen experimentar algo de esto: ambiciones frustradas; la pérdida de un trabajo; un romance roto; una situación difícil que no puede resolverse. Cada día, la tristeza llena nuestros corazones y deja su sombra sobre todo lo que hacemos. ¿Será así para siempre? Nosotros también nos hacemos la pregunta de David; no tenemos más confianza de la que tenía él para poder seguir adelante. No es de extrañar que David se pregunte: “¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma…?” (v. 2).
En el lenguaje del Antiguo Testamento, “los consejos” son una actividad de la mente, mientras que “el alma” es donde están asentadas las emociones. Así que, “los consejos” y “el alma” en realidad no van juntos de manera natural. No pensamos con los sentimientos, sino con la mente. Por eso, la mayoría de las traducciones modifican las palabras de David con el fin de procurar que la afirmación quede más coherente: “¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón?” (NVI).
No obstante, tal vez la incoherencia misma de estas palabras sea significativa. La mente y las emociones a menudo se confunden cuando nos encontramos sobrecogidos por la angustia y desorientados. Esto es parte de nuestro problema: pensamos con nuestros sentimientos o, para ser más preciso, dejamos que nuestros sentimientos piensen por nosotros.
Reconocemos esto en otras experiencias de prueba, especialmente en relación con la tentación.
La tentación apela a los sentidos, a las emociones, a los deseos. Algo nos atrae, e incita nuestro deseo de hacerlo, o de tenerlo. Y antes de que sepamos dónde estamos, nuestros sentimientos están diciéndoles a nuestras mentes qué pensar. Fue así con Eva en el huerto de Edén (Gn. 3:6), y con David cuando fue atraído hacia el pecado con Betsabé (2 S. 11:2).
La tristeza, las pruebas, las decepciones pueden obrar todas ellas de la misma manera, confundiendo nuestra manera de pensar y sobrecogiéndonos. Esto, parece ser, era lo que David experimentaba. Era incapaz de pensar en una manera de salir de su oscuro túnel. Sus pensamientos estaban confusos por razón de sus sentimientos.
David se sentía derrotado: “¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?” (v. 2). Ya no era cuestión de resistir; se trataba de cuánto tiempo duraría la derrota. Sentía como si ya no le quedara recurso alguno. Se acercaba la desesperación total.
No sabemos quién o qué era el “enemigo” de David. Los eruditos han hecho varias sugerencias. Pero aquí, al igual que en otros sitios, David no especifica.
Algunos han pensado que David estaba pensando en algún individuo, o algún grupo, como es el caso después en el versículo 4; otros han pensado que el enemigo aquí probablemente es la muerte (cf. v. 3) y que el salmo fue compuesto en el transcurso de alguna enfermedad casi fatal. Agustín de Hipona pensaba que “el enemigo” era espiritual y que se refería al diablo o a “los hábitos sensuales de la vida”. Es cierto que para algunos de nosotros, son éstos, más que otros problemas, los que nos producen desesperación. Nos sentimos vencidos por el pecado, tal vez por algún pecado en particular, y sentimos demasiado poco eso de que Cristo “quebranta el poder del pecado ya borrado, y pone en libertad a los presos” (Charles Wesley).
David no especificó. A lo mejor quiso que otros vieran que las lecciones que él aprendía a través de su experiencia eran de aplicación a otros cuyo “enemigo” era diferente del suyo.
Luz en el túnel
Éstas son palabras oscuras. Pero ya hemos notado algo que David mismo no ha notado. En el acto mismo de lamentar que Dios le haya abandonado, está al comienzo de un importante avance espiritual.
Para empezar, ¡ha llegado a hablarle, cara a cara, al Dios a quien acusa de haberse olvidado de él y de esconderse de él!
Además, identifica específicamente sus dificultades. Mientras que admite que está pensando con sus sentimientos, el hecho de que lo reconozca indica que ya está funcionando una mente bíblica.
Hay mucho que aprender de esto. Es cierto que es más fácil reconocer este proceso en otros que en nosotros mismos. Pero es vital que reconozcamos lo que está pasando aquí. Cuando empezamos a hablarle a Dios acerca del hecho de que nos ha abandonado, ya no estamos en nuestro punto más bajo; ha empezado a subir la marea; estamos de nuevo en un camino ascendente.
Existen analogías de esto en el área de la salud física. El saber que estás enfermo es, hablando en términos generales, estar más cerca de un remedio que el estar enfermo sin saberlo. Además, un paciente que nos parece a nosotros estar gravemente enfermo puede ser que, de hecho, esté camino de recuperarse.
Recuerdo hablar con un cirujano que había operado a mi madre. Ella había tenido una trombosis en los Estados Unidos y poco después la llevaron en avión a su Escocia natal (también la mía). Pero dentro de pocos días la llevaron corriendo al hospital donde le tuvieron que practicar una operación quirúrgica para salvarle la vida de una enfermedad que antes no se le había diagnosticado.
Tal era la condición física de mi madre después de la trombosis que los cirujanos no estaban seguros si aguantaría la operación; sin embargo, sin operarla, moriría seguro.
Algún tiempo después, uno de los cirujanos habló conmigo. Comentó el estado de mi madre sin decir nada claro, pero luego dijo: “Desde luego que en su estado general no sabemos si podrá durar siete u ocho…” Yo acababa de verla; pensé que la última palabra de la frase podría ser “días”. A mí me parecía enferma sin posibilidades de recuperarse. Se me hundió el corazón.
El cirujano terminó la frase: “…siete u ocho años.” Me quedé sobrecogido tanto de gozo como de asombro; ¡viviría! A mis ojos, faltos de formación y de experiencia médicas, su estado parecía fatal, pero de hecho ya estaba camino de recuperarse.
Lo mismo era cierto para David. A los ojos de cualquiera que no tuviera una preparación, su estado parecía fatal; de hecho él mismo pensaba así. Pero el caso era que ya estaba en vías de recuperación. El decirle a Dios que te ha abandonado, el saber que has estado pensando con las emociones: éstas son señales de vida, no de muerte; de esperanza y no de desesperación. ¡Si hasta estás hablándole a Dios mismo acerca de ello como si supieras que a Él le importa!

PETICIÓN
¿Cuál fue la respuesta a la sensación que tenía David de que Dios le había abandonado? Hay tres frases imperativas que nos dicen que él sabía cuál era la respuesta: Mira, Respóndeme, Alumbra mis ojos (v. 3).
Había sentido que Dios se había olvidado; ahora ruega que Dios le mire. Sin ser oído, pide una respuesta; en la oscuridad, aún cree que Dios le puede dar luz.
La exhortación de David a Dios es más significativa de lo que pueda parecer a primera vista. Parece estar reflexionando conscientemente sobre la maravillosa bendición que Aarón y sus hijos habían de pronunciar sobre el pueblo:
Jehová te bendiga, y te guarde;
Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia;
Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz
(Núm. 6:24–26, énfasis añadido).
De hecho, lo que David está haciendo es pedirle a Dios que dé las bendiciones que ha prometido; le está rogando que sea fiel a su propia palabra, que haga lo que ha dicho.
Aun si nosotros no somos más que observadores de la experiencia de David, y no la compartimos, ésta es una lección importante: aprender las promesas de Dios anticipadamente. Cuando llega el tiempo de crisis o de oscuridad, es tarde para empezar entonces a aprenderlas. Almacena la Palabra de Dios, como la ardilla almacena nueces para el invierno; porque llegará sin falta el invierno de la vida, cuando necesites que las promesas de Dios te sirvan de ancla para el alma.
¿Sientes que Dios está muy lejos de ti, y echas en falta la sensación de su presencia en tu vida? Sé un poco de tu experiencia. Aquí tienes un ancla que yo a menudo he utilizado: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Stgo. 4:8). Es una promesa; Él no dejará de cumplirla. No podrá resistir la insistencia de sus hijos: “Padre, lo prometiste.”
¿Ves lo que David estaba haciendo? Estaba pensando en las promesas de Dios con su mente, en vez de concentrarse en sus propios sentimientos respecto a su situación.
Por fin se estaba agarrando a algo fuera de sí mismo. Antes, toda su atención había estado fijada en la angustia dentro de su corazón; estaba mirando la tormenta. La tormenta aún seguía alrededor de él, pero ahora estaba asido al ancla de la promesa de Dios y estaba seguro. Quizá nada de susituación hubiera cambiado; pero ahora estaba empezando a saber que la promesa de bendición por parte de Dios le guardaría en medio de la tormenta.
Esto lo expresa también de otra manera: “Alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte” (v. 3). Aquí está pidiendo más que simplemente la preservación de su vida. Está reconociendo que, aunque haya estado rodeado de dificultades y aunque le asedie la debilidad, su mayor necesidad no es que estas cosas sean quitadas de él. Puede ser, después de todo, que le sean un medio de bendición.
No, lo que le importa más bien a David es tener una visión clara y una comprensión segura de los caminos del Señor con sus hijos. Está pidiendo en oración iluminación divina para que aprenda a ver sus circunstancias no con los ojos de la carne, sino con la visión que da la fe.
Un notable ejemplo de esto se encuentra en la experiencia que tuvo el apóstol Pablo de estar en la cárcel. Desde cualquier punto de vista, aquello parecía algo desastroso para la extensión del Reino de Dios. Muchos de sus amigos se desanimaron por causa de ello: “Si esto es lo que le ocurre al gran evangelista, ¿qué esperanza hay para los demás?” Pero el Señor le dio a Pablo luz a sus ojos, hasta que brillaron de asombro y de deleite ante lo que Dios estaba haciendo:
Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio, de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el Pretorio, y a todos los demás. Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor (Fil. 1:12–14).
Sus circunstancias no habían cambiado; aún estaba en la cárcel. Pero su situación entera se había iluminado. Ahora, en vez de ver sus circunstancias como una barrera a su servicio, las veía como la esfera ordenada por Dios para ese servicio. ¡Su encarcelamiento había de servir de instrumento de evangelización! ¿Cómo, si no, se podía llevar el Evangelio a los de la guardia del Pretorio? Éstos nunca hubieran ido a oír predicar al Apóstol; ¡ahora, como guardianes suyos, no podían evitar el tener que escucharle!
Es esto lo que pide en oración David también: “Señor, si no puedo disfrutar de una perspectiva divina en cuanto a mi situación, estoy como muerto: ¡Alumbra mis ojos!”
Luego David añade otra preocupación suya en su oración aquí. Si el Señor no le ayuda, entonces su enemigo dirá: “Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara” (v. 4). “Resbalar”, aquí, conlleva la idea de ser sacudido hasta los cimientos y derrumbarse.
En la mayoría de los salmos de lamentación hay alguna referencia a los enemigos del escritor, aunque, como hemos visto, rara vez se les identifica específicamente. Nunca se les menciona por un mero deseo vengativo personal. Son los enemigos del rey puesto por Dios. Es el Reino que Dios va edificando el que ellos están atacando, y son los propósitos de Dios a los que se están oponiendo.
Lo mismo es cierto aquí en el Salmo 13. David es consciente de que lo que está en juego en su propia vida es el honor del Reino de Dios. Vive en un mundo en el que muchos se regocijarían al ver el nombre de Dios deshonrado por la humillación de uno de su pueblo. De ahí que le ruegue a Dios que se dé a conocer.

Recuperación
¿Ves lo que ha ocurrido? Ha comenzado la recuperación de David. Vuelve a leer las referencias personales en los dos primeros versículos: me… [tú]; [tú]… mí; [yo]… mi; mi; mi… mí. David ha llegado a obsesionarse (aunque sea comprensible) consigo mismo y con sus propios pensamientos y sentimientos.
Sin embargo, ahora ha habido un cambio. Está en juego el Reino: el Reino de Dios. David le habla a Dios en voz alta para que éste le libre del enemigo y defienda su propia gloria divina. Empieza a ver luz al final del túnel y a perder esa sensación de estar absorto en sí mismo. ¡Lejos de acusar a Dios de olvidarse de él, ahora está suplicándole a Dios que se acuerde de su propio Reino!
No nos debería extrañar que esta transición se efectuara en el contexto de la oración. ¿Has llegado a estar tan desanimado alguna vez que hayas tenido que arrastrarte fuera de la cama para ir a tener un tiempo de oración en la iglesia, o después de un día agotador hacer un gran esfuerzo para ir a la reunión semanal de oración, o aun para tener ese tiempo devocional a solas con el Señor? Luego, al emprender el trabajo de la oración, te has encontrado, sin ninguna decisión consciente por parte tuya, absorto en las necesidades de la Iglesia, la obra del Reino, y la gloria de Dios. Viniste muy cansado, y desanimado; te fuiste sintiéndote estimulado y lleno de gozo. Dios estuvo contigo, y lo supiste.
Pues algo así ocurrió en la vida de David. Cuando leemos los versículos 5 y 6, encontramos a David como otro hombre:
Mas yo en tu misericordia he confiado;
Mi corazón se alegrará en tu salvación.
Cantaré a Jehová,
Porque me ha hecho bien.
David ha empezado a ver por sí mismo lo que ya ha estado claro para nosotros como observadores: que en el mismo proceso de articular su experiencia de la oscuridad, ha estado dando elocuente expresión a su fe viva.
Como prueba de ello, a lo largo del salmo se ha dirigido a Dios utilizando el gran nombre del pacto de éste: Jehová. Se trata del nombre Yahveh, que Dios le reveló a Moisés en lazarza ardiente (Éx. 3:13–15).
Este nombre es significativo. Es el nombre divino del pacto. Eso se lo subrayó a Moisés cuando le recordó que era el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Es también el nombre cuyo significado se manifestó con claridad en los acontecimientos del Éxodo: Dios es un Dios clemente y poderoso, un Dios que redime, provee y guía; es un Dios que vence cualquier oposición a su propósitos.
Justo el Dios al que David necesitaba, ¡lo tenía! Sin embargo, tan desanimado estaba que tardó en darse cuenta de lo que siempre había sido verdad. Hasta clama a Él de la manera más íntima: “oh Jehová [el nombre del pacto] Dios mío.” Pero es sólo al ir terminando el salmo cuando empieza a apreciar plenamente lo que esto significa. Al hacerlo, sale como un hombre transformado. Palabras tales como estar angustiado (NVI) y tristezas luego dan lugar a otros verbos tales como confiar, alegrarse y cantar.
¿De qué se había acordado ahora David que antes había estado en peligro de olvidar? Menciona tres cosas:

  1. La misericordia (o, gran amor, NVI) del Señor lleva a David a “confiar” en Él, fiarse de Él y descansar en Él. La palabra que se utiliza aquí es una de las más hermosas del Antiguo Testamento. Significa el amor del pacto, el amor al que Dios se compromete voluntariamente. Es lo que George Adam Smith, un erudito del Antiguo Testamento escocés de una generación anterior, solía llamar “amor leal”, o “amor de lealtad”.
    Dios es fiel. Es el que nunca falla. Descansad en Él; confiad en Él.
  2. La salvación del Señor hace que el corazón de David “se alegre”. Por muy grandes que sean sus dificultades, posee algo aún más grande que ellas; y por mucho tiempo que puedan durar, su salvación durará aún más.
    Pablo expresa esto cuando escribe que, habiendo sido justificados,
    nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia;
    y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza (Ro. 5:2b–4 LBLA).
    Aquí, el apóstol traza dos líneas que conducen a la gloria de Dios:
    Por el hecho de que Dios ha prometido salvar a aquellos que confían en Él, aprendemos a regocijarnos en nuestra esperanza de compartir su gloria. Pero, de un modo paralelo, nuestros sufrimientos crean el contexto de la fe que persevera y del carácter espiritual genuino; y ese carácter asimismo produce la esperanza de la gloria de Dios.
    El saber que ya hemos sido perdonados nos hace regocijarnos; y la certeza de la salvación futura nos hace regocijarnos más aún. E hizo lo mismo para David.
  3. La bondad del Señor le hace “cantar”. A esto debemos volver. Es una característica eminente de los salmos. Al pueblo de Dios le cuesta creer que Él es bueno, a la luz de lo que parece ser tanta evidencia en contra. Pero al llegar David a penetrar las nubes del pesimismo y casi de la desesperación que han estado suspendidas encima de su cabeza, respira el aire puro de la bondad del Señor. Ahora ve que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28).
    Allen Gardiner, con cuyo nombre comenzó este capítulo, hizo lo mismo. Pese a las terribles condiciones en las que murió, parece haber experimentado un sentimiento nuevo y más profundo de la bondad de Dios. Se puso a escribir pasajes de su amada Biblia. Uno de estos pasajes era el Salmo 34:10:
    Los leoncillos necesitan, y tienen hambre;
    pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien (énfasis añadido).
    En su debilidad pudo escribir una última anotación en su diario, con escritura muy débil. Fue ésta: “Estoy sobrecogido por un sentimiento de la bondad de Dios.”
    También lo estuvo David.
    Antes de dejar este breve salmo, o aun cualquier salmo, hay algo de lo cual debemos acordarnos. Jesucristo debió de aprender de memoria este salmo y cantarlo, y debió de hacerlo suyo.
    No es difícil ver lo aplicable que el Salmo 13 le sería a Jesús durante los días de su ministerio. Él supo lo que era que la vida diera la impresión de que Dios se había olvidado de Él; Él tuvo motivos de sobra para pedirle a su Padre que le protegiera de sus enemigos. Él confió en el amor constante de su Padre. Él experimentó la liberación y la salvación de Dios, tanto de los enemigos como de la muerte. Cuántas veces se acostaría por la noche pensando: “Padre, tú me has hecho bien.”
    Jesús ha estado donde nosotros estamos. Él sabe, entiende; Él también lo ha sentido, y te puede ayudar. Así que, pon en práctica lo que Isaías te anima a hacer cuando dice:
    El que anda en tinieblas y carece de luz,
    confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios (Is. 50:10).

Ferguson, S. B. (2000). ¿Abandonado por Dios? (A. J. Birch, Trad.; Primera edición, pp. 18-32). Editorial Peregrino.

LA REVELACIÓN DIVINA | R.C. Sproul

LA REVELACIÓN DIVINA

R.C. Sproul

Todo lo que conocemos sobre el cristianismo nos ha sido revelado por Dios. Revelar significa “quitar el velo”. Implica el retirar la cubierta de algo que estaba oculto. Cuando mi hijo estaba creciendo, desarrollamos una tradición anual para festejar su cumpleaños. En lugar de seguir el procedimiento normal de repartir los regalos, lo hacíamos mediante una modalidad que era nuestra versión casera del programa televisivo de entretenimientos “Hagamos un trato”. Escondía sus regalos en lugares secretos tales como un cajón, o debajo del sillón, o detrás de una silla. Luego le daba opciones: “Puedes tener lo que está en el cajón del escritorio o lo que está en mi bolsillo”. El juego alcanzaba su clímax cuando llegábamos al “gran trato del día”. Colocaba en fila a tres sillas que cubría con una manta. Cada manta ocultaba un regalo. Una de las sillas tenía un pequeño regalo, la segunda silla tenía su regalo más grande, y la tercer silla tenía una muleta que había utilizado cuando se fracturó la pierna a los siete años. ¡Por tres años consecutivos mi hijo eligió la silla que tenía la muleta! (Siempre terminaba permitiéndole canjear la muleta por el verdadero regalo.) Al cuarto año, él estaba resuelto a no elegir la silla con la muleta debajo de la manta. Esta vez oculté su regalo grande junto con la muleta y dejé que la punta de la muleta asomara por debajo de la manta. Al ver la punta de la muleta, evitó elegir esa silla.

¡Nuevamente lo había atrapado! La diversión del juego consistía en adivinar dónde estaba escondido el tesoro. Pero se trataba únicamente de adivinar, de pura especulación. El descubrimiento del tesoro verdadero no podía concretarse hasta tanto la manta no hubiera sido retirada y el regalo quedara al descubierto. Lo mismo sucede con nuestro conocimiento de Dios. La especulación ociosa sobre Dios es tarea para un tonto. Si deseamos conocerle en verdad, debemos confiar en lo que Él nos dice sobre sí mismo. La Biblia nos indica que Dios se revela a sí mismo de diversas maneras. Despliega su gloria en la naturaleza y por medio de la naturaleza. En los tiempos antiguos se reveló por medio de sueños y de visiones. La marca de su providencia está demostrada en las páginas de la historia. Se revela a sí mismo en las Escrituras inspiradas. Y podemos ver el zenit de su revelación en Jesucristo que se hizo hombre —lo que los teólogos denominan “la Encarnación”. El autor de la epístola a los Hebreos escribe: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (Hebreos 1:1–2). Si bien la Biblia habla de las “muchas maneras” en que Dios se ha revelado a sí mismo, debemos distinguir entre dos tipos principales de revelación —la general y la especial. La revelación general se llama “general” por dos razones: (1) es general en cuanto a su contenido, y (2) ha sido revelada a un público en general. El contenido general La revelación general nos provee del conocimiento de que Dios existe. “Los cielos declaran la gloria de Dios”, nos dice el salmista. La gloria de Dios la vemos desplegada en la obra de sus manos. Este despliegue es tan claro y manifiesto que ninguna criatura puede dejar de apreciarlo. Nos revela la deidad y el poder eterno de Dios (Romanos 1:18–23). La revelación en la naturaleza no nos brinda una revelación completa de Dios. No nos brinda la información sobre Dios el Redentor que encontramos en la Biblia. Pero el Dios revelado en la naturaleza es el mismo Dios revelado en las Escrituras. El público en general No todas las personas en el mundo han leído la Biblia o escuchado la proclamación del evangelio. Pero la luz de la naturaleza brilla sobre cada uno en cualquier lugar y en cualquier tiempo. La revelación general de Dios tiene lugar todos los días. Él nunca se queda sin ningún testigo. El mundo visible es como un espejo que refleja la gloria de su Hacedor. El mundo es el escenario de Dios. Él es el actor principal que aparece al principio y en el centro. No puede caer ningún telón que oscurezca su presencia. De una simple mirada a la creación podemos saber que la naturaleza no es su propia madre. No hay nada de “madre” en la Madre Naturaleza. La naturaleza en sí misma no tiene ningún poder para producir ningún tipo de vida. En sí misma, la naturaleza es estéril. El poder para producir la vida reside en el Autor de la naturaleza —Dios. El sustituir la naturaleza como la fuente de vida es confundir a la criatura con el Creador. Cualquier forma de adoración de la naturaleza es un acto de idolatría y como tal le resulta detestable a Dios. Debido a la fuerza de la revelación general, todos los seres humanos saben que Dios existe. El ateísmo consiste en la negación lisa y llana de algo que se sabe ser cierto. Por eso es que la Biblia dice: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1). Cuando las Escrituras tratan de este modo al ateo, llamándolo “necio”, le están haciendo un juicio moral. Ser un necio en términos bíblicos no es ser de pocas luces o ser poco inteligente; es ser inmoral. Así como el temor de Dios es el principio de la sabiduría, la negación de Dios es el colmo de la necedad. El agnóstico, asimismo, niega la fuerza de la revelación general. El agnóstico es menos estridente que el ateo; no niega de manera tajante la existencia de Dios. Sin embargo, el agnóstico declara que no hay evidencia suficiente para decidirse por una cosa u otra con respecto a la existencia de Dios. Prefiere dejar su juicio en suspenso, dejar la cuestión sobre la existencia de Dios con un signo de interrogación. Sin embargo, a la luz de la claridad de la revelación general, la postura que asume el agnóstico no es menos detestable para Dios que la del ateo militante. Pero para todo aquel cuya mente y corazón estén abiertos, la gloria de Dios es maravillosa de contemplar -desde los billones de universos en los cielos hasta las partículas subatómicas que componen la más pequeña de las moléculas. ¡Qué Dios increíble es este a quien servimos!

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 3-5). Editorial Unilit.

¿Salvo de qué? | R.C.Sproul

¿Salvo de qué?

R.C.Sproul

En cierta ocasión un hombre joven en Filadelfia me detuvo y me preguntó: “¿Sois salvo?” Mi respuesta fue: “¿Salvo de qué?” Mi respuesta lo tomó por sorpresa. Obviamente no había pensado mucho sobre la pregunta que le estaba formulando a la gente. De lo que no me había salvado era de las personas que me detienen en la calle para acribillarme con la pregunta: “¿Sois salvo?”

La cuestión de ser salvo es la cuestión más importante de la Biblia. El tema de las Sagradas Escrituras es el tema de la salvación. En su concepción en el seno de María, Jesús es anunciado como el Salvador. El Salvador y la salvación van unidos. El papel del Salvador es salvar.

Pero volvemos a preguntarnos: ¿Salvarse de qué? El significado bíblico de la salvación es amplio y diverso. En su forma más sencilla el verbo salvar significa “ser rescatado de una situación peligrosa o amenazante”. Cuando Israel se escapó de la derrota de manos de sus enemigos en la batalla, se nos dice que fue salvado. Cuando una persona se recupera de una enfermedad que puso su vida en peligro de muerte, experimenta la salvación. Cuando se evita que una cosecha se pierda por una plaga o una sequía, el resultado es la salvación.

Utilizamos la palabra salvación de una manera similar. Decimos que a un boxeador lo “salvó la campana” si el asalto termina antes de que el árbitro acabe de contar. La salvación significa el haber sido rescatado de alguna calamidad. Sin embargo, la Biblia también utiliza la palabra salvación en un sentido específico para referirse a nuestra redención final del pecado y nuestra reconciliación con Dios. En este sentido, la salvación es la salvación de la mayor calamidad —el juicio de Dios. La salvación suprema ha sido lograda por Cristo que “nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:10).

La Biblia anuncia con total claridad que habrá un día de juicio en el que todos los seres humanos deberán rendir cuentas delante del tribunal de Dios. Para muchos este “día del Señor” será un día de oscuridad sin ninguna luz. Será el día en que Dios derrame su ira contra los malvados y los impenitentes. Será el holocausto final, la hora más oscura, la peor calamidad que haya ocurrido en la historia humana. Ser libre de la ira de Dios, que sin duda se derramará sobre el mundo, es la salvación suprema. Es la operación de rescate que Cristo como el Salvador realiza para su pueblo.

La Biblia utiliza la palabra salvación en pocos sentidos, pero en muchos tiempos verbales. El verbo salvar aparece prácticamente en todos los tiempos verbales griegos. En un sentido fuimos salvados (desde la fundación del mundo); fuimos siendo salvados (por la obra de Dios en la historia); estamos salvados (por estar en un estado de justificación); estamos siendo salvados (al ser santificados o ser hechos santos); y seremos salvados (cuando experimentemos la consumación de nuestra redención en el cielo). La Biblia nos habla de la salvación en términos del pasado, del presente y del futuro.

A veces, equiparamos la salvación presente con nuestra justificación, que es presente. Otras veces, consideramos a la justificación como un paso específico dentro del orden o plan de la salvación.

Por último, es importante señalar otro aspecto central del concepto bíblico de la salvación. La salvación es del Señor. La salvación no es un emprendimiento humano. Los seres humanos no se pueden salvar a sí mismos. La salvación es una obra divina; Dios es quien la logra y la aplica. La salvación es del Señor y proviene del Señor. Es el Señor el que nos libra de la ira del Señor.

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 181-182). Editorial Unilit.

Un recordatorio para los padres en el día de los padres | SUGEL MICHELÉN

Un recordatorio para los padres en el día de los padres

SUGEL MICHELÉN

No sé cuántos países celebran el día de los padres en la misma fecha que nosotros lo hacemos en RD (es decir, el último domingo de Julio). Pero sea cual sea la fecha de este evento en el calendario de cada país, no quise dejar pasar la oportunidad sin traer una nota de recordatorio para todos los que somos padres.

Tanto en Ef. 6:1-4 como en Col. 3:20-21, el apóstol Pablo escribe unas palabras sobre el deber de los hijos de obedecer a sus padres, y el deber de los padres de criar a sus hijos en el marco del evangelio. El pasaje de Efesios es el más extenso de los dos, así que voy a tomarlo como punto de partida:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.

Aunque en los versículos 1 y 4 aparece la palabra “padres” en nuestra versión RV60, en el original griego son dos palabras distintas. La del versículo 1 puede ser traducida como “progenitores”, e incluye tanto al padre como a la madre. Es por eso que Pablo se vale del quinto mandamiento del Decálogo para recordar a los hijos que debían honrar a su padre y a su madre. De manera que ambos padres tienen una responsabilidad en la crianza de sus hijos, y ambos poseen la misma autoridad sobre ellos.

Sin embargo, el término que Pablo usa en el vers. 21 es la palabra griega páteres que parece señalar de manera especial a los hombres, a los padres. Ellos son los que tienen la responsabilidad primaria de guiar a la familia, incluyendo a sus esposas en el papel de madres.

Contrario al pensamiento del mundo en ese sentido, Dios coloca sobre los hombres la responsabilidad del liderazgo de su familia. Por supuesto, nosotros sabemos que las madres juegan un papel vital en la crianza de los hijos. Generalmente ellas pasan más tiempo con ellos y ejercen una influencia determinante en sus vidas. Pero el hombre es responsable ante Dios de proveer a su esposa y a sus hijos la guía, el sostén y la protección que necesitan en un clima de amor y servicio.

Ser cabeza de la familia no es contemplado en la Biblia como una ventaja, sino como una gran responsabilidad. Nosotros tenemos un trabajo que debemos hacer de manera intencional, procurando el bien espiritual y físico de nuestra esposa y nuestros hijos. Dios nos ha llamado a hacer un trabajo, un trabajo que está muy por encima de nuestras capacidades naturales y que solo puede ser hecho en dependencia de Él. Él nos contrató, Él nos da los recursos que necesitamos cada momento para poder ser los padres que Él quiere que seamos, y Él nos pedirá cuentas algún día por esa mayordomía que nos fue confiada.

Lamentablemente, la influencia del mundo ha tenido un impacto profundo en la iglesia de Cristo en este asunto. En muchos hogares cristianos es la mujer y no el hombre la que va delante en la vida espiritual de la familia y la crianza de los hijos. Leí recientemente que un autor cristiano fue a proponerle a una casa publicadora un libro sobre la paternidad. ¿Saben lo que el encargado la respondió? Que los libros dirigidos a los padres no venden. “Nuestros estudios nos han mostrado que el 80% de los libros sobre crianza son comprados por las madres. Ellas los leen y se los pasan a sus maridos, que apenas los leen. Es difícil mercadear la paternidad a una audiencia femenina”.

Y el impacto que ese matriarcado está produciendo en las iglesias y en la sociedad es sencillamente devastador, sobre todo para el desarrollo de un verdadero liderazgo. La masculinidad es algo que se produce mayormente en un ambiente en el que las mujeres se comportan como mujeres y los hombres se comportan como hombres (lean bien: no como “machos”, sino como hombres).

De manera que tanto el padre como la madre tienen la responsabilidad de criar a los hijos en el temor de Dios, pero el padre es el principal responsable de ese deber.

Apreciamos todo comentario que pueda complementar este artículo para edificación de los lectores de este blog.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

La verdadera identidad de Jesús va a afectar la eternidad de cada uno de nosotros | Apóstol Juan

La verdadera identidad de Jesús va a afectar la eternidad de cada uno de nosotros

Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. 1 Juan: 1-4

CAPÍTULO 1

I. El autor sagrado expone primero el objetivo de su escrito (1:1–4);. II.Describe después las condiciones para una verdadera comunión con Dios: 1. Conformidad con una norma (vv. 5–7), y 2. Confesión de todo pecado conocido (vv. 8–10).

Versículos 1–4

Dicen estos versículos en la NVI: «Lo que existía desde el principio, lo que nosotros hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo han palpado nuestras manos—éste es nuestro mensaje acerca de la Palabra de la vida—. La vida se manifestó; nosotros hemos visto y damos testimonio de ella, y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y nos ha sido manifestada. Os anunciamos lo que hemos visto y oído, a fin de que también vosotros tengáis comunión (gr. koinonían, el conocido vocablo, ya desde Hch. 2:42. Sale cuatro veces en los siete primeros versículos del presente capítulo) con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para colmar nuestro gozo».

1. Aunque más breve que el gran prólogo del cuarto Evangelio, el parecido de estos versículos con aquél salta a la vista. Dice Rodríguez-Molero: «Entre los dos hay un indiscutible parentesco de fondo y de forma … Los dos, en efecto, evitan designar al Hijo de Dios por su nombre histórico … prefieren el de Verbo. Los dos arrancan del mismo punto de partida: “el principio”; en los dos ocupa la posición central el concepto del Logos, y en los dos las expresiones de Vida tienen importancia y énfasis similar. Pero más importante que esas semejanzas de estructura es la identidad del pensamiento central: la encarnación del Verbo».

2. La densidad de pensamiento es parecida al prólogo de Hebreos, aun cuando el autor de Hebreos vuela majestuosamente sin que la emoción empañe la perfección literaria de su retórico discurso, mientras que Juan parece tan embargado por la emoción que le causa el mensaje que va a comunicar, que resulta difícil seguirle (como a Pablo en Ef. 1:3–10) y hasta es preciso desenredar su «maraña gramatical», como la llama Dodd. Para ello, J. Stott sugiere atender primero al verbo principal: «anunciamos» (gr. apanguéllomen, presente de indicativo), que aparece en el versículo 3 y «muestra que el Prefacio está preocupado esencialmente acerca de la proclamación apostólica del Evangelio … El versículo 2 es un paréntesis explanatorio de la forma en que fue posible oír, ver y tocar lo que era en el principio … Este paréntesis interrumpe de tal manera el hilo del discurso, que el versículo 3 se abre con una cláusula que reasume, en una oración de relativo, «lo que hemos visto y oído», antes de llegar (en el original) al verbo principal anunciamos … El resto del versículo 3 y el versículo 4 describen los objetivos, el inmediato y el último, de la proclamación apostólica: a fin de que también vosotros tengáis comunión con nosotros, y para colmar nuestro gozo».

3. Después de esta labor de desbroce, que agradecemos a Stott, pasamos ya al comentario del versículo 1, donde notamos los siguientes detalles:

(A) «Lo que (pronombre relativo neutro) existía (no en el sentido de “surgir al ser”, sino de estar ya en el ser) desde el principio» es una frase que nos recuerda la, también primera, frase del Evangelio según Juan: «En el principio era (existía) el Verbo». Pero son muy de notar estas dos diferencias: (a) En el Evangelio, el sujeto de la oración es obviamente el Verbo (en masculino); en la epístola, lo que Juan está diciendo «acerca del (gr. perí) Verbo de la vida» (lit.), esto es, que se hizo visible, audible y palpable; en una palabra, que se manifestó en un cuerpo real; (b) En el Evangelio, dice del Verbo que «era EN el principio», es decir: cuando comenzó a existir el mundo (comp. con Gn. 1:1), el Verbo YA era, con lo que se indica de forma implícita su eternidad; en la epístola, dice: «Lo que era DESDE el principio». La expresión «desde el principio» sale nada menos que ocho veces en esta epístola (1:1; 2:7, 13, 14, 24—dos veces—; 3:8, 11) y dos en la 2 Juan (vv. 5 y 6) y necesita ser matizada de acuerdo con su contexto. Su sentido primordial aquí, según observa Dodd, es: «lo que siempre ha sido verdad acerca de la palabra de la vida …, el contenido original e inmutable del Evangelio, contra todas las novedosas formas de doctrina». Lo cual no impide ver también la eternidad del Verbo (v. 2, comp. con 2:13–14); se ve, en cierto modo, incluso la eternidad del Evangelio, como se le llama en Apocalipsis 14:6.

(B) Para poner de relieve la realidad corporal de la Encarnación, Juan, uno de los tres apóstoles que acompañaban a Jesús por todas partes y que tuvo el privilegio único de recostar su cabeza sobre el pecho del Maestro, usa otras tres oraciones de relativo, con desdoble de la última; nótese la gradación: «lo que hemos oído» (ya sería bastante para ser testigos de primera mano); «lo que hemos visto con nuestros ojos» (si al oído se añade la vista, la credibilidad del testigo aumenta); «lo que contemplamos» (aoristo; gr. etheasámetha, de la misma raíz que la palabra de donde se deriva «teatro»; esto es, no fue una visión rápida y pasajera, como quien se cruza casualmente con otra persona en la calle, etc., sino que fue una visión sostenida de alguien a quien se trata familiarmente y cada día; «lo que palparon (lit.) nuestras manos»; no hay alucinación que se resista al tacto, por lo que no caben más pruebas testificales que las que Juan exhibe aquí.

(C) Detengámonos aquí un momento a meditar, porque lo que Juan tenía firmemente asentado en su corazón y su memoria era nada menos que el recuerdo vivo (los dos primeros verbos están en pretérito perfecto) del privilegio que le cupo de ver, oír y tocar al Eterno. Dice M. Henry: «La vida, el verbo de vida, la vida eterna, como tal, no se podía ver ni palpar; pero la vida manifestada sí pudo hacerlo, y lo hizo: (a) A los oídos de ellos (vv. 1, 3). La vida tomó boca y lengua, para poder decir palabras de vida. La palabra divina quiso tener empleado el oído, y el oído debería estar dedicado a la palabra de vida. (b) A los ojos de ellos (vv. 1–3). El Verbo quiso hacerse visible, no sólo audible, de forma que lo pudiesen ver «nuestros ojos»—dice—, con todo el uso y ejercicio que podemos hacer de nuestros ojos … (c) A los sentidos internos de ellos, a los ojos de la mente, pues así podría quizás entenderse la siguiente cláusula: lo que contemplamos. La palabra no se aplica a lo que es objeto inmediato del ojo, sino a lo que coligieron racionalmente de lo que vieron. Los sentidos están para ser los informadores de la mente. (d) A las manos y al sentido del tacto de ellos: «Y nuestras manos palparon el Verbo de la vida». La invisible vida y el Verbo no menospreciaban el testimonio de los sentidos, pues el sentido es el medio que Dios ha designado para nuestra información». Por su parte, Rodríguez-Molero comenta: «Lo hemos oído, lo hemos visto, lo hemos tocado: ese poder inaudito de oír, ver, tocar al Altísimo; esa palpabilidad del Inabarcable, con todo lo que significa, se refleja en la iteración, el encarecimiento, la gradación de los verbos. Esa abundancia traduce el asombro que todavía siente el apóstol».

(D) Los comentaristas hacen notar que los dos aoristos («contemplamos … palparon») quizás dan a entender «ocasiones o momentos determinados en que sus ojos contemplaron y sus manos tocaron a Cristo. Tocar parece ser una alusión al episodio de santo Tomás (Jn. 20:27) o cuando el Señor les dice: “palpad” (Lc. 24:39), que emplea el mismo verbo» (Rodríguez-Molero). El verbo «palpar» es, en griego, pselaphán; ocurre en cuatro lugares del Nuevo Testamento: Lucas 24:39; Hechos 17:27; Hebreos 12:18 y aquí; según J. Stott, significa «buscar tentando a fin de encontrar, como hace un ciego o un hombre en la oscuridad». El verbo que tenemos aquí para contemplar ocurre 23 veces en el Nuevo Testamento, siendo las más notables las que hallamos en Juan 1:14, 34 y Hechos 1:11.

(E) Las últimas palabras (cinco en el original) del versículo 1: … acerca del Verbo (o de la Palabra) de la vida» requieren consideración especial.

(a) Con estas palabras, Juan dice claramente que su mensaje, el que ahora está anunciando (v. 2b. Ése es el verbo principal, como ya llevamos dicho) se refiere al Verbo de la vida. Como puede verse en el contexto posterior del verbo anunciamos, este Verbo de la vida es lógica y gramaticalmente equivalente de la «vida eterna, que estaba con (griego, pros) el Padre», con lo que el parecido con Jn. 1:1b («y el Verbo estaba con—gr. pros: junto a, en relación con, etc.—Dios») es impresionante, hasta en la construcción preposicional.

(b) Pero el parecido se agranda si atendemos a Juan 1:4, donde leemos que «en Él (el Verbo) estaba la VIDA». Que Juan se refiere, tanto en el Evangelio como en la epístola, a la vida eterna, puede verse por Juan 3:15, 16, 36; 5:24; 6:27, 40, 47, 68; 10:28; 17:2; 1 Juan 1:2; 2:25; 5:11–13 y, probablemente, 20. Por otra parte, Jesús dice de sí mismo, no sólo que en sí tenía la vida, sino que Él es la Vida (Jn. 14:6), pues tiene la vida divina, eterna, no como en depósito, sino como en su propia fuente (v. 5:26—este es el sentido de «tener vida en sí mismo»).

(c) Como hace notar Rodríguez-Molero: «Las expresiones del cuarto evangelio que llaman a Jesús «Pan de vida», «Luz de vida», se completan con esta otra: Verbo de vida: El Verbo, que es la Vida». En efecto, ya he citado Juan 14:6 para mostrar que el Verbo ES la Vida. Por otra parte, el texto sagrado dice literalmente que Jesús es «el pan de la vida» (Jn. 6:35, 48) y «la luz de la vida» (Jn. 8:12), así como aquí dice literalmente «el Verbo de la vida». Esto último nos señala al Verbo como vida reveladora y vida revelada, manifestada en carne. Dice Rodríguez-Molero: «es el Verbo hecho carne como concreción viviente de la divina revelación».

(d) Permítaseme ahondar un poco más en este sagrado «triángulo» de apelativos. Si el Verbo de la vida nos indica la divina revelación de la vida, la luz de la vida (v. Jn. 1:4b) nos da a entender que la vida eterna comienza por una iluminación (comp. con Ef. 1:18) y pasa a ser un sustento: el pan de la vida. Precisamente en 1:5, Juan va a decir que Dios es Luz (comp. con Jn. 8:32), Santidad infinita en forma de pureza (trascendencia), y, en 4:8, 16, que Dios es Amor, Santidad infinita en forma de generosidad (inmanencia). Como luz, impone pavor (v. Is. 6:5); como amor, invita al banquete, se hace pan; ¿no es ése el sentido explícito de todo lo que dice Jesús en Juan 6:27–58? Dios, en Cristo, se hace «completamente comestible», según frase de P. Claudel (aunque él no la aplica a Dios), puesto que, al dársenos enteramente en su Hijo, nos ha dado todo lo que de sustento tiene la vida eterna, desde la salvación inicial gracias al sacrificio total en Cristo, hasta la consumación final gracias a la constante operación de su Espíritu. La comunión (gr. koinonía) con Dios y, en Dios, con los demás hijos de Dios (v. 5:1), de la que habla aquí Juan, mencionándola cuatro veces en los versículos 3–7, es comunión (koinonoí) de la naturaleza divina (2 P. 1:4). Así que apropiarse, por la fe, la vida divina, es comer espiritualmente a Dios (v. el comentario a Jn. 6:27–58, 63 —son espíritu y son VIDA—).

4. Y pasamos ya al versículo 2, que comienza, en el original, con un kai (y) que bien puede traducirse por un «pues» explicativo, al abrir un paréntesis en que el autor sagrado declara a qué vida se refiere, tras de haber dejado como suspendido en el aire de la emoción el vuelo de su pensamiento. Nos dice ahora que esa vida se manifestó (aoristo). Juan se cuenta entre los que, dice, «hemos visto (perfecto) y estamos testificando y os estamos anunciando (los dos verbos están en presente de indicativo) la vida, la (que es) eterna, la cual estaba junto al (gr. pros, la misma preposición de Jn. 1:1, 2) Padre, y se manifestó (el mismo verbo y en el mismo tiempo y persona que al comienzo del versículo) a nosotros» (lit.). Basta con echar una rápida mirada a Juan 1:1–4 para percatarse de que Juan está refiriéndose al Verbo de Dios, quien se manifestó en forma sensible al hacerse hombre y, en esa naturaleza humana, se dejó ver, oír y palpar de los apóstoles; en especial de Pedro, Santiago y Juan, que es quien escribe esto. La proclamación apostólica del mensaje del Evangelio supone que el heraldo es testigo de vista de lo que proclama y lo atestigua en la proclamación que hace. Nótese, por eso, la gradación de los verbos: «Hemos visto (el recuerdo está claro, vívido, en nuestra conciencia), damos testimonio y estamos anunciándoos. Estos dos verbos, dice Stott, «implican una autoridad, pero de diferente clase. Martureísthai indica la autoridad de la experiencia … Apanguéllein indica la autoridad de la comisión».

5. Tras del paréntesis explicativo del versículo 2, Juan reasume (v. 3) su pensamiento del versículo 1, y repite el pronombre relativo neutro hó y los dos primeros verbos (en perfecto también) del versículo 1, pero invierten el orden: «lo que hemos visto y hemos oído, (eso es lo que) os estamos anunciando también a vosotros» (lit.). Dice Stott: «La manifestación histórica de la Vida Eterna fue proclamada, no monopolizada. La revelación fue dada a los pocos para los muchos. Tenían que impartirla al mundo. La manifestación a nosotros (v. 2) viene a ser proclamación a vosotros (v. 3)». Lejos de guardarse celosamente para sí el grandioso mensaje que les había sido comunicado, está Juan sumamente afanoso por hacer participe de él a sus lectores. Tenía para ello, al menos, tres motivos: (A) Había sido comisionado por Jesús para ello (Mt. 28:19, 20); (B) Como es característico de Dios dar y darse (Jn. 3:16), también los que comparten la naturaleza divina (2 P. 1:4), han de ansiar dar y darse (v. por ej., 2 Co. 12:15); (C) La vida divina, la comunión con Dios, como todas las demás realidades espirituales, no menguan, sino que aumentan, con el número de los que las comparten.

6. En la triple repetición de verbos que vemos en los versículos 1–3, hay una doble variación: (A) de orden; (B) de selección; es decir, no todos los verbos se repiten en los tres versículos. Pero hay un verbo que se repite las tres veces: «hemos visto». Dice Rodríguez-Molero: «Una vez que se encarnó el Verbo y apareció entre los hombres, ya será siempre primero el sentido visual». Es interesante observar, a este respecto, que cuando el apóstol Pablo está declarando el núcleo del mensaje evangélico que él proclamaba en todas partes (1 Co. 15:1 y ss.), insiste de tal forma en esa condición de ser «testigo de vista» que repite cuatro veces en sendos versículos (5–8) el verbo griego óphthe: «fue visto … fue visto … fue visto … fue visto TAMBIÉN POR MÍ» (lit.). La visión del Resucitado llegó a ser la condición sine qua non para ser Apóstol (con mayúscula), incluso para Pablo que no perteneció al círculo cerrado de los Doce (v. Hch. 1:21, 22).

7. Pero, como dice muy bien Stott: «La proclamación no era un fin en sí misma; su objetivo, el inmediato y el último, es definido ahora». En efecto, después de la emocionada y repetida mención de lo que acaba de anunciar, el autor sagrado va a exponer el objetivo del mensaje que proclama (vv. 3b–4). Este objetivo es doble: (A) Uno inmediato, que puede conseguirse tan pronto como se reciba por fe el mensaje (v. 3b): «para que también vosotros tengáis comunión con (metá, en compañía de) nosotros …». (B) Otro, que es consecuencia eterna del primero: … para que vuestro (nuestro, según los MSS más importantes) gozo quede colmado» (lit.). Considerémoslos de cerca:

(A) Juan desea que la recepción del mensaje que proclama resulte en comunión de los lectores con él mismo y los demás que dan testimonio de primera mano de lo que era desde el principio, etc. Comenta aquí Rodríguez-Molero: «El apóstol les anuncia ese mensaje para que también vosotros … tengáis comunión con nosotros, para que los que no habéis visto, ni oído, ni tocado, tengáis también parte en el beneficio soberano que nos ha traído Jesucristo». Ésta es una comunión fraternal, «horizontal», en la que todos los hijos de Dios comparten la vida que Jesús nos ha traído.

(B) Por lo que lleva dicho en los versículos 1–3a, es obvio que la comunión que Juan está mencionando, no es meramente una comunión «horizontal» (con los proclamadores del mensaje), sino que, puesto que el mensaje es acerca de la vida eterna que estaba junto al Padre, esto es, el Verbo de vida manifestado en carne, la comunión ha de ser necesariamente (y primeramente, tanto lógica como cronológicamente) «vertical», esto es, con la «fuente» de esa vida divina que con los demás hermanos se comparte. Por eso, añade: «Y ciertamente nuestra comunión (como si dijese: la que ya tenemos) es con el Padre y con su Hijo Jesucristo». Es una frase, como dice Rodríguez-Molero, «pleonástica, que aclara el sentido o naturaleza de esa unión con los apóstoles». Las implicaciones doctrinales, y las aplicaciones prácticas, que surgen de esta triple dimensión de la comunión de vida divina: «vosotros … nosotros … con el Padre y con su Hijo Jesucristo» son, al menos, dos (y de suma importancia):

(a) El objetivo primario de la proclamación del Evangelio, según lo que Juan acaba de decir, «no es salvación, sino comunión. Con todo, propiamente entendido, éste es el significado de salvación en su sentido más amplio, incluida la reconciliación con Dios en Cristo (comunión … con el Padre y con su Hijo Jesucristo), santidad de vida (v. 6), e incorporación a la Iglesia (vosotros … con nosotros)» (Stott). Dice Rodríguez-Molero: «La comunión con Dios y la comunión con los cristianos son inseparables y correlativas». Este concepto lo aprendió Juan muy bien del Maestro (v. Jn. caps. 15 y 17) y lo expresa de varias maneras en esta epístola: El mandamiento de amar al hermano (2:7–11; 3:10–18, 23) se basa en la mutua inmanencia que el amor impone, de cada uno con respecto a Dios y, en consecuencia, de cada uno con respecto a su hermano (3:24; 4:7–13, 20, 21; 5:1–3).

(b) Esta comunión con los hermanos, centrada en Cristo como punto de reunión en que se vive la vida divina derivada del Padre como de su primera fuente, es lo que constituye la forma esencial, constitutiva, de la Iglesia. En otras palabras, no hay tal cosa como una «Iglesia invisible» a la que se pueda pertenecer en solitario, sin comunión visible (hasta sus últimas consecuencias (3:16–18) con personas visibles y tangibles. No cabe la piedad individualista, ni el acceso al Padre en solitario, ni la mística unión con Cristo al margen de los demás hermanos, ni el hilo directo con el Espíritu Santo sin extensión de la línea a los que comparten con nosotros la fe en el Hijo de Dios. Nuestra salvación tiene una dimensión esencialmente comunitaria. Dice Stott: «Esta comunión es lo que significa la vida eterna (Jn. 17:3). Como el Hijo, que es esa vida eterna, estaba (eternamente) con el Padre (v. 2), así es su propósito el que tengamos comunión con Ellos y cada uno con el otro (cf. Jn. 17:21, 22). “Comunión” es vocablo específicamente cristiano y denota la común participación en la gracia de Dios, en la salvación de Cristo y en la inhabitación del Espíritu que es el derecho de primogenitura espiritual de todos los creyentes cristianos. Es su común posesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo lo que les hace ser uno».

(c) No se puede pasar por alto aquí la falsa consecuencia que la Iglesia de Roma deduce de estos versículos, como si el énfasis de Juan se cargase sobre las personas («nosotros») de los apóstoles que proclaman el mensaje, en lugar de cargarse en la comunión que la coparticipación en la vida divina lleva a cabo en todos los creyentes: los que proclaman y los que escuchan y reciben. Citando de Beda, llamado el Venerable, monje benedictino inglés (672–735), tanto Salguero como Rodríguez-Molero dicen: «para poseer la comunión con las divinas Personas, hay que conservar la unión con los apóstoles y sus sucesores» (Rodríguez-Molero); «es decir, con la jerarquía y con toda la Iglesia», apostilla Salguero. No cabe mayor sofisma, ya que: Primero, los apóstoles (como testigos de primera mano) no pudieron tener sucesores; segundo, en su calidad de proclamadores del mensaje, lo que cuenta es el mensaje comunicado, no la persona que lo comunica; en otras palabras, la llamada «sucesión apostólica» no es una sucesión de personas, sino una sucesión del mensaje apostólico comunicado. Ése es el fundamento apostólico que Pablo menciona en Efesios 2:20, 21 (v. también Ap. 21:14). Esto es tan obvio, que hasta el profesor católico H. Kung, en su libro La Iglesia, lo admite.

(C) Del objetivo inmediato del mensaje de vida eterna (comunión), pasa el autor sagrado a consignar el objetivo de más largo alcance, y tiene interés en especificar que lo consigna por escrito. Dice a la letra el versículo 4, según el texto crítico mejor acreditado: «Y estas cosas (lo que precede y lo que sigue) os estamos escribiendo (ya que el verbo está en presente de indicativo) nosotros (enfáticamente explícito—), a fin de que nuestro gozo quede colmado (o completado; gr. héi pepleroméne—forma perifrástica del pretérito perfecto de subjuntivo medio-pasivo). Tres consideraciones principales se ofrecen, acerca de este versículo 4, al que esto escribe:

(a) Lo de «nosotros escribimos» se refiere al mismo autor sagrado en representación de los demás testigos de vista de «lo que era en el principio, etc.». Es muy probable que todos ellos hubiesen muerto ya cuando Juan escribe esto, pero no quiere disociarse del común testimonio apostólico.

(b) «Nuestro gozo» (según los mejores MSS) no significa aquí «el mío y el de los demás apóstoles», sino que, como dice Rodríguez-Molero, «san Juan quiere comunicar a sus lectores la alegría de la comunión divina, y esa alegría redunda primariamente en gozo personal suyo (cf. 2 Jn. 4; 3 Jn. 4; 1 Ts. 2:19; Fil. 2:2; 4:1; 2 Co. 2:3). Pero la alegría del evangelista incluye la alegría de los lectores. Lo contrario sería egoísmo. Es un gozo mutuo, que incluye el alborozo apostólico producido por los felices resultados de la predicación hablada o escrita, y el que sienten los que oyen su doctrina de amor y salvación».

(c) Más aún, el autor sagrado da a entender que si los lectores no compartiesen los mismos bienes que trajo al mundo la manifestación de Dios en carne, su gozo personal no sería completo.

Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry (pp. 1874-1877). Editorial CLIE.