Ideología de Género _ Una Respuesta Bíblica

Ideología de Género

Una Respuesta Bíblica

Sugel Michelén

 

El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/

Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano  Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI)  para América Latina.

El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.

Ideología de género

Ideología de género

Pastor Otto Sánchez

 

Rolando Otoniel (Otto) Sánchez Pérez, nació el 24 de febrero del año 1966 en la ciudad de Santo Domingo. Viene de un hogar cristiano y conoció la gracia de Jesucristo en su adolescencia. Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama desde el año 1992. Sus primeros estudios universitarios fueron en el área de Publicidad. Realizó estudios ministeriales en el Seminario Teológico Bautista Dominicano. Tiene una Maestría en Teología del Southern Baptist School for Theological Studies y candidato al Phd, por la misma casa académica. El pastor Otto está dirigiendo el STBD (Seminario Teológico Bautista Dominicano) desde enero del 2008. Está casado con Susana Almanzar y tienen dos niñas, Elizabeth Marie y Alicia.

La Injusticia de la Justicia Social

La Injusticia de la Justicia Social

El pecado dominante de los evangélicos pragmáticos y preocupados por el estilo siempre ha sido que, sin pudor, toman prestadas las modas y temas de conversación del mundo incrédulo. Los evangélicos de hoy evidentemente no creen que la sabiduría del mundo es insensatez para con Dios (1 Corintios 3:19). Prácticamente cualquier teoría, ideología o diversión que capture la fantasía de la cultura secular popular será adoptada, ligeramente adaptada, quizás disfrazada con un lenguaje que suene espiritual, defendida con textos de prueba engañosos y ofrecida como un asunto que es de vital importancia que los evangélicos acepten -si es que no quieren volverse completamente irrelevantes.

Así fue precisamente como los evangélicos a mitad del siglo XX se obsesionaron durante muchas décadas con el pensamiento positivo, la autoestima y la “psicología cristiana”. Después de eso, fue el uso del marketing y las estrategias promocionales. A principios del siglo XXI fue el postmodernismo, reempaquetado y que agresivamente se promocionó a sí mismo como el movimiento de la Iglesia Emergente.

Hoy, la teoría critica de la raza, el feminismo, la teoría interseccional, el apoyo al movimiento LGBT, las políticas inmigratorias progresivas, los derechos de los animales y otras causas políticas de izquierda, están todas activamente compitiendo por la aceptación evangélica bajo la rúbrica de la “justicia social”.

Por supuesto, no todos los lideres evangélicos que actualmente están hablando de la justicia social, apoyan el espectro completo de las causas radicales. La mayoría de ellos (al menos, por el momento) no lo hacen. Pero están usando la misma retórica y razonamiento de victimismo y opresión que está siendo usado incansablemente por los secularistas quienes están agresivamente abogando por todo tipo de estilos de vida e ideologías pervertidas. Cualquier persona que afirme la condición de víctima puede fácil y efectivamente aprovecharse de la súplica por “justicia social” tanto como para ganar apoyo, como para silenciar la oposición.

Sin lugar a dudas, a medida que la retórica de la justicia social ha ganado popularidad entre los evangélicos, casi todas las causas que son estimadas como políticamente correctas en el mundo secular están sostenidamente ganando impulso entre los evangélicos. Sería una necedad pretender que el movimiento de justicia social no representa ninguna amenaza en absoluto a la convicción evangélica.

Los evangélicos, rara vez definen de forma explícita a qué se refieren ellos por “justicia social,” posiblemente debido a que, si daban una definición precisa de dónde vino ese término y lo que significa en la academia secular, perderían mucho apoyo evangélico.  Un sinnúmero de críticos ha señalado que la retórica de la “justicia social” está profundamente arraigada en el Marxismo Gramsciano. Por muchas décadas, la “justicia social” ha sido empleada como una simplificación política por radicales de izquierda, como una forma de exigir la distribución de la riqueza, ventajas, privilegios y beneficios – incluido el socialismo Marxista puro.

La retórica ha sido efectiva, y hoy en día el típico guerrero de la justicia social está convencido de que la igualdad de oportunidades y la igualdad de trato bajo la ley no son lo suficientemente justos; no habremos alcanzado la verdadera justicia social hasta que tengamos igualdad de resultados, estatus y riqueza. Es por eso que escuchamos tanto acerca de las comparaciones de ingresos, cuotas raciales y otras estadísticas sugiriendo, por ejemplo, que la opresión sistemática de la oligarquía masculina es probada contundentemente por la escasez de mujeres que persiguen una carrera en el campo de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.

Marxistas, socialistas, anarquistas y otros radicales usan esos argumentos a propósito, para fomentar resentimiento, lucha de clases, disputas étnicas, tensión entre los sexos y otros conflictos entre varios grupos de personas, porque para reestructurar la sociedad de acuerdo con sus ideologías, primero deben romper las normas sociales existentes.

Todo eso es verdad, y la conexión entre el marxismo y la retórica de la justicia social postmoderna, seguramente es un punto válido e importante. Pero es aún más vital que nosotros, como cristianos, empleemos la luz de la Escritura para escudriñar y evaluar las ideas promovidas actualmente en el nombre de la justicia social.

No existe la justicia excepto la justicia de Dios.

La Biblia tiene mucho que decir acerca de la justicia. En la Versión Estándar Inglesa de la Biblia, la palabra es usada más de 130 veces. Nunca está precedida por un adjetivo, excepto en Ezequiel 18:8, que habla de “verdadera justicia”. Está ocasionalmente acompañada con pronombres posesivos. Dios mismo habla dos veces de “mi justicia” en la Escritura. Dos veces en oraciones dirigidas a Dios, leemos la expresión “tu justicia”.

¿Cuál es el punto? No hay diferentes tipos de justicia. Solo existe la justicia verdadera, definida por Dios mismo y siempre de acuerdo con Su carácter.

Es un hecho que la Biblia pone un enorme énfasis en los aspectos caritativos de la justicia -buena voluntad hacia todos; compasión por el desamparado; asistencia para el huérfano y la viuda; amor por los extranjeros; y cuidado por los pobres, especialmente proveer a la gente necesitada con las necesidades de la vida (Deuteronomio 10:18; Salmos 140:12; Ezequiel 22:29).

Pero la justicia bíblica no es un asunto unilateral, que muestra parcialidad hacia el pobre o el privado de derechos en un esfuerzo por igualar las escalas de privilegio. De hecho, la Escritura expresamente condena esa mentalidad como injusta (Éxodo 23:3; Levítico 19:15).

La justicia en la Escritura está a menudo vinculada con las palabras equidad y justiciaEquidadexpresa trato igualitario para todos bajo la ley. Justicia significa eso que es consistente con las demandas de la ley de Dios, incluido el castigo de los malvados (Jeremías 5:26-29); obediencia a las autoridades gubernamentales (Romanos 13:1-7); penalidades que se ajustan al crimen y son aplicadas sin parcialidad (Levíticos 24:17-22); y una firme ética de trabajo, impuesto por el principio de que gente sin discapacidad que se rehúsa a trabajar no se debe beneficiar de la caridad pública (1 Tesalonicenses 4:11; 2 Tesalonicenses 3:10).

Esos aspectos de verdadera justicia están visiblemente ausentes del reciente diálogo evangélico que promociona la “justicia social”. En su lugar, lo que escuchamos es un eco de la misma retórica acusatoria y slogans políticos gritados por guerreros seculares de la justicia social. Ese hecho, debería despertar el instinto Bereano en cada cristiano.

Ampliando el Evangelio

Aún más preocupantes son las declaraciones que han hecho ciertos líderes del pensamiento evangélico que afirman que cualquiera que no defienda la justicia social está predicando un evangelio limitado. Algunos dicen que los que rechazan la ideología de justicia social de ellos no tienen ningún Evangelio en absoluto. Anthony Bradley, Presidente de Estudios Religiosos y Teológicos del King’s College, recientemente publicó este comentario en línea:

Aquí está el problema (y esto va a ser duro): desde la perspectiva de una iglesia negra, los evangélicos nunca han tenido el evangelio. Jamás. Lea el libro Doctrina y Raza. Aquí está entonces la pregunta real: ¿Cuándo aceptarán los evangélicos el Evangelio por primera vez?

Aquellos que dicen tales cosas, típicamente se molestan cuando los críticos comparan sus opiniones con las de Walter Rauschenbusch y el evangelio social. Pero el argumento y la mayor parte de la retórica son idénticas. Rauschenbusch fue un teólogo liberal de principios del siglo XXI y el autor de un libro llamado Una Teología para el Evangelio Social. Él enseñó que los cristianos necesitaban arrepentirse, no solamente de sus transgresiones personales, sino también de sus “pecados sociales”. Como la mayoría de los defensores de la justicia social evangélica de hoy, Rauschenbusch insistió (al principio) que él no tenía intenciones de deshacerse de ninguna verdad vital del Evangelio; él solo quería ampliar el foco del Evangelio para que también abarcara los males sociales, así como también el tema del pecado individual y la redención. Pero pronto Rauschenbusch estaba diciendo cosas como estas:

Los males públicos impregnan de tal manera la vida social de la humanidad en todos los tiempos y en todos los lugares que nadie puede compartir la vida común de nuestra raza sin caer bajo los efectos de esos pecados colectivos. Él va pecar al consentirlos o va a sufrir al resistirlos. Jesús en ningún sentido real cargó los pecados de algún británico de la antigüedad que golpeó a su esposa en el año 56 A. C., o de algún montañista en Tennessee que se emborrachó en el año 1917, pero en un sentido muy real cargó el peso de los pecados públicos de la sociedad organizada y estos a su vez están casualmente conectados con todos los pecados privados.[1]

Varias de las denominaciones protestantes convencionales más grandes de Estados Unidos adquirieron ansiosamente las ideas de Rauschenbusch. Todas las que lo hicieron, rápidamente flotaron cada vez más lejos a la deriva, hacia el liberalismo, hasta que abandonaron cualquier compromiso que pudieron haber tenido con la autoridad de la Escritura. Para ese entonces, hacía tiempo que habían perdido por completo el Evangelio.

¿Por qué? Porque aquellos que permiten que la cultura, una ideología política o cualquier otra fuente extra bíblica defina para ellos la justicia, muy pronto encontrarán que la Escritura se opone a ellos. Si ellos están determinados a retener su idea pervertida de la justicia, ellos por lo tanto deberán oponerse a la Escritura.

Además, cada intento de ampliar el alcance del Evangelio, a la larga dejará al Evangelio tan fuera de foco que su mensaje real se perderá.

El mensaje de la justicia social desvía la atención de Cristo y la cruz. Hace volver nuestros corazones y mentes de las cosas de arriba a las cosas de este mundo. Oculta la promesa de perdón para pecadores sin esperanza, al decirles a las personas que son víctimas desafortunadas de las malas acciones de otras personas.

Por lo tanto, fomenta las obras de la carne en lugar de cultivar el fruto del Espíritu.

No nos provoquemos los unos a los otros, ni nos envidiemos los unos a los otros

Los cristianos son las últimas personas que deberían ofenderse, resentirse, envidiar o ser inclementes. El amor “no guarda rencor” (1 Corintios 13:5). La marca de un cristiano es volver la otra mejilla, amar a nuestros enemigos, orar por aquellos que nos maltratan. Cristo es el ejemplo cuyos pasos debemos seguir: “Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente;” (1 Pedro 2:23).

Odio, envidia, disensión, celos, arrebatos de ira, disputas, disensiones, parcialidad, hostilidad, divisiones, amargura, orgullo, egoísmo, malos sentimientos, espíritu de venganza y todas las actitudes similares de resentimiento son las autodestructivas obras de la carne. Los frutos beneficiosos que el Espíritu produce son exactamente las actitudes opuestas: amor, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio.” Cierta versión de la Biblia traduce 1 Corintios 13:5 así: “[El amor] no guarda registro de los errores.”

Tales cualidades, francamente, son escasas en la retórica de aquellos que abogan por la justicia social.

Hacer justicia (por ej., justicia bíblica, no el sustituto secular) junto con misericordia amorosa y caminar en humildad con Dios son virtudes esenciales. Esos son los principales deberes prácticos que le incumben a cada creyente (Miqueas 6:8). Quejarnos constantemente de que somos víctimas de la injusticia, mientras que juzgamos a otras personas culpables de pecados que ni siquiera podemos ver, es antitético del Espíritu de Cristo.

Como cristianos, cultivemos el fruto del Espíritu, las cualidades nombradas en las bienaventuranzas, las virtudes trazadas en 2 Pedro 1:5-7 y las características del amor enlistadas en 1 Corintios 13. Cualquier noción de equidad moral que omite o minimiza esas cualidades justas no tienen derecho para nada a ser llamada “justicia”.

[1] Walter Rauschenbusch, A Theology for the Social Gospel (New York: MacMillan, 1917), 247 (cursiva agregada).

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Negligencia de los padres

 

John MacArthur

Usted no puede salvar a sus hijos. Usted puede criarlos en el temor y amonestación del Señor, cuidarlos de las influencias pecaminosas y tentaciones del mundo, y envolverlos con el compañerismo de aquellos que conocen y aman a Dios. Pero al final, como vimos la última vez, su arrepentimiento y fe no puede ser heredada o manufacturada – la salvación es obra de Dios, no suya. Como padre, su influencia llega solo hasta un cierto punto.

 

El tipo de influencia equivocada

 

Habiendo dicho esto, quiero resaltar que a veces – debería decir, con frecuencia– los padres son parcialmente responsables por la rebelión de los hijos descarriados. Y ha sido mi observación a través de los años, que los padres son generalmente más culpables por los hijos descarriados que la sociedad, compañeros, o cualquier otra influencia a la que los padres tienden a culpar. Ocasionalmente encuentro padres que han violado casi todos los principios bíblicos de la crianza, quienes, de todas maneras, vienen al pastor buscando algún tipo de absolución de la responsabilidad por la rebeldía de los hijos. Ellos quieren una garantía verbal de que de ninguna manera ellos son los culpables, sino que alguien más lo es.

 

Aun así, Dios mismo le ha dado la responsabilidad de criar a los hijos, a los padres – no a los maestros de escuela, compañeros, empleados de guardería, u otras personas fuera de la familia – y por lo tanto está mal que los padres intenten descargar la responsabilidad o culpar a otro cuando las cosas salen mal.

 

Los padres deben comprometerse suficientemente en la vida de sus hijos, para asegurarse que ninguna otra influencia haya tomado precedente. Para los padres que se quejan que las fallas de sus hijos son culpa de los amigos de estos, mi respuesta inevitable es que al fin de cuentas los culpables son los padres, porque ellos fueron los que permitieron que los compañeros tengan más participación en la vida de sus hijos, que la que ellos mismos tienen.

 

Culpa y rendición de cuentas

 

Sin dudas que muchos padres, cínicamente no van a estar de acuerdo con esto, insistiendo en que no es realista el día de hoy, esperar que los padres influencien a sus hijos más que los compañeros, la cultura, televisión, maestros de escuela, y todos los otros factores que compiten por un interés controlador en la vida típica de un niño.

 

Aun así, un momento de reflexión revelará porque los padres en nuestra cultura tienen menos influencia en sus hijos de lo que los compañeros de grupo tienen: la mayoría de los padres, simplemente han abdicado su rol paterno. Han entregado sus hijos a los compañeros de estos. Han invertido menos tiempo en enseñarle a sus hijos, que la cantidad de tiempo que les han permitido a sus hijos mirar televisión. Han permitido mucha – sino toda – la instrucción espiritual, moral y ética de sus hijos, provenir de la televisión, películas, música, y otros niños. Aun en los mejores casos, los padres se apoyan demasiado en los maestros de escuela, maestros de Escuela Dominical, y líderes de jóvenes – todos fuera de la esfera de la familia. Los padres deben darse cuenta que el carácter no es innato a través de la genética, ni recogido por la ósmosis. A los niños se les enseña a ser lo que llegan a ser. Si se han convertido en otra cosa de lo que los padres esperaban, usualmente, es porque ellos simplemente han aprendido de esos que estaban ahí, para enseñarles en la ausencia de sus padres.

 

En otras palabras, los padres, no los niños – y tampoco los grupos de compañeros – son finalmente los culpables por la influencia cada vez menor de los padres en nuestra cultura. Siempre que las influencias externas moldean el carácter de un niño más que los padres, los padres han fracasado en su deber. Es tan simple como eso.

 

Los padres cristianos de hoy, desesperadamente necesitan adueñarse de este principio simple. Delante del trono de Dios, seremos tenidos como responsables, si hemos entregado a nuestros hijos a otras influencias que moldean su carácter en maneras impías. Dios ha puesto en nuestras manos la responsabilidad de criar a nuestros hijos en el temor y amonestación del Señor, y vamos a rendir cuentas a Dios de nuestra mayordomía de este gran regalo. Si otros tienen más influencia en nuestros niños que nosotros, somos culpables, no excusables, por esos motivos.

 

Su trabajo a tiempo completo

 

Dios ha hecho de la crianza una responsabilidad de tiempo completo. No hay un periodo de relajo, para nuestras obligaciones de padres. Este principio fue aun construido dentro de la ley en Sinaí. Dios precedió sus instrucciones a los israelitas con esta solemne demanda:

 

Y estas palabras que to te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. (Deuteronomio 6:6-7)

 

Esa es la propia definición de Dios de la tarea de los padres. Significa que la crianza es una asignación de tiempo completo en cada sentido de la expresión. Ninguna fase de la vida está excluida. No hay tiempo libre para el padre que quiere ser fiel a este llamamiento.

 

Algunos padres piensan que pueden compartimentar la vida de su hijo, asignar una cantidad de horas por semana para usar en la crianza, y luego cumplir las obligaciones como padres al asegurarse que las horas que ellos ponen en esa tarea son “tiempo de calidad”. Esa filosofía entera es contraria al espíritu de Deuteronomio 6:7, y es una manera segura de garantizar que las influencias del exterior tendrán más influencia que los padres en formar el carácter de su hijo.

 

Negligencia de los padres

 

La historia del Israel del Antiguo Testamento es un objeto de lección acerca de los peligros de descuidar este principio vital. Israel falló miserablemente en lo que tuvo que ver con su deber de enseñarle a sus hijos acerca de la justicia de Dios. Considere este versículo revelador acerca de la generación de Israelitas quienes primeramente entraron en la Tierra Prometida. Y note que esta era apenas una generación después de que Dios les había dado la ley en el monte de Sinaí:

 

Y el pueblo había servido a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que Él había hecho por Israel…Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que Él había hecho por Israel. (Jueces 2:7, 10)

 

En otras palabras, esa generación entera de Israelitas falló en su responsabilidad. Ellos descuidaron el enseñarles a sus hijos acerca de las cosas que Dios había hecho por Israel. Y como consecuencia, la próxima generación se alejó en masa del Señor:

 

Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los Baales. Dejaron a Jehová el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores, a los cuales adoraron; y provocaron a ira a Jehová. Y dejaron a Jehová y adoraron a Baal y a Astarot.

 

Los hijos se volvieron a los dioses malvados de los Cananitas. Su medio ambiente los influenció más que los padres, debido a que los padres abdicaron su rol paternal. El resultado fue idolatría, caos, y destrucción. “Cada uno hacía lo que bien le parecía” (21:25).

 

El mismo modelo fue repetido una y otra vez a través de la historia de Israel. Cada vez que una generación de padres descuidó el plantar las semillas que proveerían árboles de sombra para las siguientes generaciones, los hijos sufrieron la hambruna espiritual que inevitablemente siguió.

 

La misma cosa todavía está pasando hasta el día de hoy. En este momento, las perspectivas para la próxima generación son tan sombrías como siempre lo han sido. Y no va a haber un cambio, a no ser que esta generación de padres vuelva al trabajo de tiempo completo de plantar árboles de sombra espiritual.

 

La paternidad correcta y las prioridades personales

 

Para muchos padres, el primer paso hacia volver al camino debe ser un compromiso fresco hacia las cosas de Dios, por ellos mismos. Si nuestras propias prioridades en la vida están torcidas, no hay esperanza de enseñarles a nuestros niños lo que necesitan aprender.

 

Padres, hagan un inventario en sus propios corazones. ¿Tiene usted sed de Dios, como el ciervo brama por las corrientes de las aguas? O ¿está su vida enviándole a sus hijos un mensaje de hipocresía e indiferencia espiritual? ¿Es su compromiso con Cristo lo que usted espera ver en las vidas de sus hijos? ¿Es su obediencia a Su Palabra el mismo tipo de sumisión que usted espera ver en sus propios hijos?

 

Estas son preguntas cruciales que cada padre debe enfrentar, si realmente queremos ser padres exitosos y buenos modelos de conducta para nuestros hijos. Que los padres sean abandonados en su propia vida espiritual, es equivalente a talar todos los árboles de sombra para la próxima generación en su familia.

 

Padres cristianos – aliéntense. Tienen una responsabilidad delante de Dios de usar su influencia con sus hijos para Su gloria y el bien de ellos. Pero el peso de la eternidad de ellos no está en sus hombros – recuerden que ellos no han nacido moralmente neutros. Dios va a usar cualquier medio que Él elija para atraer a Su pueblo a Si Mismo. Ore para que Él lo use en las vidas de sus hijos, y confíe que Él es fiel aun a través de sus fracasos.

 

(Adaptado de Cómo ser padres cristianos exitosos.)

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Dios aborrece el orgullo

Dios aborrece el orgullo

¿Hay alguna cualidad más engañosa? ¿Hay algún otro defecto más fácil de ver en los demás, pero más difícil de ver en nosotros mismos? Despreciamos su presencia en otros, pero defendemos su presencia en nosotros. Es el horrible defecto del orgullo, uno de una serie de rasgos hacia los cuales Dios tiene una repugnancia especial.

Dios aborrece el orgullo

“Seis cosas hay que el Señor odia, y siete son abominación para El”. Así lo dice el viejo y sabio Salomón. Y encabezando la lista de estos siete pecados capitales están los “ojos soberbios” (Proverbios 6:16-17). Los ojos soberbios son las ventanas de un hombre arrogante hacia el mundo. Desde lo alto de su propia superioridad, los usa para mirar a otros. Desde su pedestal, creado por él mismo, cree que puede ver con mayor claridad que su Creador.

Después, Salomón pone su mirada no en los ojos sino en el corazón. “Abominación al Señor es todo el que es altivo de corazón; ciertamente no quedará sin castigo” (Proverbios 16:5). En lugar de albergar pensamientos de amor hacia los demás, el hombre orgulloso alberga juicio y amargura. En lugar de expresar bondad y compasión, expresa desprecio. Está convencido de su superioridad en cuanto a logros, intelecto, moralidad, o espiritualidad. Está obsesionado consigo mismo.

El orgullo es, en primer lugar, una actitud de independencia de Dios. En la Escritura es también sinónimo de burla, arrogancia, insensatez, maldad, y crueldad. Se opone directamente a la disposición humilde, temerosa de Dios, sumisa, modesta, confiada, y llena de fe, que es agradable a Dios. “El temor del Señor es aborrecer el mal. El orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca perversa, yo aborrezco”, dice Dios (Proverbios 8:13). Y no es de extrañar. ¿Cómo podría ser de otra manera?

¿Por qué Dios aborrece el orgullo?

El orgullo aparece primero en la lista de los siete pecados capitales porque Salomón está analizando el cuerpo desde la cabeza hasta los pies, pero también porque ningún otro rasgo es más abominable que este. Ningún defecto se opone más a Dios que este. Dios odia el orgullo porque es una manifestación de la más profunda depravación, la raíz de todas las formas de pecado. C.S. Lewis dice: “De acuerdo con los maestros cristianos, el principal defecto y el mayor mal, es el orgullo. La fornicación, la ira, la avaricia, las borracheras y todo eso, son meras picaduras de pulga en comparación con él; fue por orgullo que el diablo se convirtió en el diablo. El orgullo conduce a todos los demás defectos, es el completo estado de la mente en contra de Dios”.

El orgullo es un estado mental, o más esencialmente, una condición del corazón en la que una persona ha suplantado el gobierno de Dios sobre su vida con el gobierno de su propia voluntad. En lugar de depender enteramente de Dios, como era el designio de Dios, un corazón orgulloso ahora se ve a sí mismo para decidir lo que es bueno y malo. Este fue exactamente el error de Adán y Eva cuando decidieron desobedecer a Dios para ser como Dios.

El juicio de Dios sobre el orgullo

Debido a que el orgullo es en primer lugar un acto de traición cósmica, un acto de rebelión contra Dios, debe ser castigado. De hecho, la Biblia a menudo describe a Dios ejerciendo castigo sobre los soberbios. En Isaías, Dios promete castigar al arrogante gobernante asirio: “Y sucederá que cuando el Señor haya terminado toda su obra en el Monte Sion y en Jerusalén, dirá: ‘Castigaré el fruto del corazón orgulloso del rey de Asiria y la ostentación de su arrogancia’” (Isaías 10:12). El rey Nabucodonosor de Babilonia puso su mirada altiva sobre sus logros y sufrió las devastadoras consecuencias. “¿No es ésta la gran Babilonia que yo he edificado como residencia real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?”. Inmediatamente fue reducido a un estado animal hasta que se humilló lo suficiente (Daniel 4:30).

Hablando con la mente de Dios, el rey David dijo: “Destruiré al que en secreto calumnia a su prójimo; No toleraré al de ojos altaneros y de corazón arrogante” (Salmo 101:5). En el Salmo 10 declara que el orgullo es ateísmo práctico: “El impío, en la arrogancia de su rostro, no busca a Dios. Todo su pensamiento es: ‘No hay Dios’” (Salmo 10:4). Santiago declara que Dios actúa con un favor especial hacia los que son humildes, pero con feroz juicio contra los que son orgullosos. “Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). La persona orgullosa enfrenta la furia de la ira justa de Dios.

Esperanza para el orgulloso

Sin embargo, aunque el orgullo es el pecado principal, también puede ser perdonado. Puede ser perdonado por el humilde Salvador, “el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló El mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8). Dios se humilló a sí mismo haciéndose hombre, sufriendo la indignidad de la muerte, llevando el pecado de la humanidad. El humilde se sustituyó a sí mismo por los soberbios.

Cristo se humilló a sí mismo, por eso pudo ser justamente exaltado. “Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11). Se humilló para que nosotros también pudiéramos ser exaltados. Pero nuestra exaltación requiere primero humildad. Llegar alto requiere ir hacia abajo primero. “Humíllense en la presencia del Señor”, dice Santiago, “y El los exaltará” (Santiago 4:10).

La esperanza de la orgullosa humanidad es la fe humilde en el humilde Salvador. Confiese su orgullo, reciba su perdón y viva para su gloria.Versículos Clave

Si desea profundizar en su estudio personal, aquí hay algunos versículos clave sobre el odio de Dios hacia el orgullo.

Dios aborrece los ojos altivos (Proverbios 6:16-17).

Dios odia una mirada orgullosa (Proverbios 6:16-17).

Dios aborrece al altivo de corazón (Proverbios 16:58:13).

El orgullo es ateísmo práctico (Salmo 10:4).

Cristo es ejemplo de humildad (Filipenses 2:6-11).

Dios humilla a los que se exaltan a sí mismos (Isaías 10:12Daniel 4:20).

Dios exalta a los humildes (Santiago 4:10).

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN CHALLIES. TRADUCIDO POR SAM ORTIZ.

Cómo no ser un mal padre cristiano

Jairo Namnún

Cómo no ser un mal padre cristiano

Ningún padre es perfecto. Aun los mejores tienen ciertos pesares acerca de cosas que hubieran hecho mejor. Y todo hijo cristiano debe entender eso. Ellos ciertamente se equivocaron, pero con toda probabilidad nos amaron y nos aman y tratan de hacer lo mejor que pueden para instruirnos. 

Si eres un padre cristiano, con toda seguridad ya has experimentando tu necesidad de la gracia de Dios para perdonar tus faltas para con tus hijos. En su gracia, Dios no solamente nos perdona, sino que nos capacita para poder cumplir sus mandamientos. Uno de esos mandamientos lo encontramos en Efesios 6:4, donde el Señor nos dice “Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor”.

Recientemente los hermanos de 9Marks publicaron los siguientes consejos de cómo provocar a nuestros hijos a la ira. Por asuntos de claridad, aquí los traduzco y adapto hacia lo que sí debemos hacer: es decir, cómo no provocar a nuestros hijos a la ira.

10 cosas a tomar en cuenta para no provocar tu hijo a la ira

  1. No disciplines a tu hijo cuando estás molesto
  2. No regañes a tu hijo en público. No lo ridiculices ni te burles de él.
  3. No avergüences a tu hijo delante de sus amigos. No le llames por sobrenombres ofensivos. 
  4. Sé consistente con las reglas, sin dobles estándares que confunden a los hijos.
  5. No prediques un evangelio de autodisciplina. Predica el evangelio de la gracia.
  6. Admite tus errores y pídeles perdón.
  7. No inspecciones cada detallito de tus hijos. No levanten un estándar que sea imposible de cumplir. 
  8. No actúes como juez en una discusión entre tus hijos hasta haber escuchado ambas partes. 
  9. No compares a tu hijo con los demás. 
  10. No le prometas cosas que luego no vayas a poder cumplir. 

Esto de ser padres es un asunto de toda la vida, y por la gracia de Dios cada día es una nueva oportunidad para crecer en la imagen de nuestro Padre amoroso. Muchas gracias a 9Marks por ese recordatorio, y oro que pueda serte de edificación como lo fue para mí.

Jairo sirve como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio y está encargado de idear y supervisar el contenido del ministerio.Es director del grupo de universitarios en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana, y tiene una Maestría en estudios teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Patricia. Puedes encontrarlo en Twitter.

Estoy en un noviazgo y mi novio no es creyente, ¿qué hago?

Jairo Namnún

Estoy en un noviazgo y mi novio no es creyente, ¿qué hago?

La pregunta que tenemos por delante es una cada vez más común en nuestros días. De hecho, ni siquiera es tan nueva porque de una manera u otra vemos situaciones similares en el Antiguo Testamento. El asunto es este: a veces una persona empieza un noviazgo y tiempo después conoce al Señor; ahora su alma se siente inquieta por que se da cuenta que su novio o su novia todavía no conoce al Señor y ya los intereses y los gustos de cada uno han variado bastante. O a veces un creyente inicia una relación de noviazgo con un inconverso y el Espíritu Santo le va inquietando y le hace saber que esto no está bien. Pero, ¿por qué? ¿Cuál es el problema?

Definitivamente el Señor nos muestra, como mencioné antes en el Antiguo Testamento, los grandes peligros que sucedieron en Israel al asociarse a las naciones paganas. Pero también de manera específica tenemos en el Nuevo Testamento el mandato del Apóstol en 2 Corintios 6: no se unan en yugo desigual con los incrédulos porque no hay asociación entre luz y tinieblas. Entonces el asunto es este: estos pasajes no están hablando de noviazgo porque bíblicamente tenemos el noviazgo como un periodo de amistad con el propósito del matrimonio. Es un tiempo en el cual estamos alistándonos y conociéndonos para poder casarnos. Los pasajes hablan más específicamente sobre el matrimonio. Sin embargo, si el noviazgo es el periodo en el cual estamos buscando casarnos y el yugo desigual está prohibido en la Palabra, definitivamente el noviazgo con un inconverso no es una decisión sabia y particularmente no es una decisión sana.

¿Entonces qué hacemos? Te recomendaría de manera particular que hables con tus pastores o líderes. Habla con aquellos que conocen al Señor y te conocen a ti, y debes buscar la forma de separarte de esa relación de noviazgo. La razón es que en la Palabra, en la práctica, y en la Iglesia no hay noviazgos misioneros. Tú inicias una relación de noviazgo y luego esperas a ver si el Señor salva esa persona. No hay sabiduría en eso. Más bien la sabiduría está en decir: “Te amo, te aprecio, a mi me encantaría poder vivir una vida contigo a través del santo matrimonio pero ahora mismo nuestras prioridades son muy diferentes. Ahora mismo no estamos en el lugar que debemos estar. Ahora mismo siendo totalmente honestos mi mayor pasión es el Señor. Mi mayor amor está por conocer al Señor, por servir a la Iglesia y en este momento tú no estás ahí”. Le dices: “Hay pocas cosas que yo desearía más que tú conozcas a ese Señor que yo he conocido, y de hecho, tú tienes total libertad de hacerlo”. Puedes ir con el tiempo presentándole el evangelio pero alejándote a la vez, y limitando ese noviazgo lo más pronto posible. La razón última es esta: la Palabra de proverbios nos enseña una y otra vez el peligro de asociarnos con aquellos que no conocen al Señor. El Salmo 1 nos muestra el gran peligro de asociarnos con el inconverso, con aquellos que son escarnecedores.

Un noviazgo es una relación donde hay mucho corazón a flor de piel, donde hay mucho deseo de estar con el otro, de conocer al otro, y de amar al otro. Si esa persona no está conociendo y amando al Señor, esa persona te va alejar del Señor. Así que no solamente hay una franca desobediencia si te casas con un inconverso, sino que hay falta de sabiduría al mantener una relación de noviazgo con un inconverso. Por tanto, una vez más acércate a alguien que conozca al Señor y te conozca a ti y pídele un consejo sabio. Pero desde aquí te puedo decir por amor al Señor y por amor a tu alma, aléjate de esa relación y ora por la salvación de esa pareja.

¿Qué aconsejarían los puritanos sobre Netflix?

 

¿Qué aconsejarían los puritanos sobre Netflix?

A pesar de su reputación de aburridos, los puritanos no rechazaban todas las formas de entretenimiento. Simplemente buscaban participar en la recreación y entretenimiento de una manera que honrara a Dios. Y en los siglos XVI y XVII, eso significaba principalmente música, arte, deportes, y libros.

Para ser consciente de lo que leía y ayudar a otros a hacer lo mismo, el pastor puritano Richard Baxter se hacía cuatro preguntas para ayudarlo a guiar su lectura. Con unos cuantos ajustes, estas preguntas pueden ayudarnos a ser más exigentes acerca de las películas y los programas que decidimos ver.

1. ¿Es esta la mejor manera de pasar mi tiempo?

Esta es una excelente primera pregunta. ¿Hay algo más importante y productivo que debería estar haciendo? Si es así, suelta el control remoto y hazlo. El adulto promedio pasa 33 horas mirando el televisor cada semana. Sería difícil argumentar que esto va con Efesios 5:16, donde se nos dice que debemos “redimir el tiempo”.

¿Pero significa eso que nunca podemos sentarnos y relajarnos mientras vemos Netflix? Para nada. Sin embargo, debemos esforzarnos por hacer todo con propósito, incluso ver la televisión.

Puede haber un propósito valioso al relajarse y ver un buen programa o película. Una noche de cine con tu cónyuge o los niños puede ser muy divertido. Como cualquier buena historia, los programas y las películas pueden tener un mensaje profundo que te ayudará a considerar las cuestiones importantes de la vida.

Aun así, la primera pregunta que te debes hacer es si hay algo más importante que exige tu atención. Si has determinado que sentarte y ver algo es un buen uso de tu tiempo, hay tres preguntas más que te ayudarán a decidir qué mirar.

2. ¿Hay [programas y películas] mejores, que me edificarían más?

No dejes que la lista de los programas y películas más populares dicte cómo vas a dedicar tu tiempo. Que algo sea popular no significa que sea bueno.

No es una marca de madurez espiritual poder ver actos de asesinato, desnudez, u otros tipos de inmoralidad sin que te afecte la conciencia

No podemos pretender que aquello a lo que le prestamos atención no nos afecte. De la misma manera que debemos poner atención a lo que comemos para mantenernos en buena forma física, debemos considerar el entretenimiento que consumimos para mantenernos en forma espiritualmente.

No es una marca de madurez espiritual poder ver actos de asesinato, desnudez, situaciones sexuales, violencia gráfica, u otros tipos de inmoralidad sin que te afecte la conciencia. Como Tim Challies observó recientemente:

“No hace mucho tiempo, muchos cristianos pensaban que estaba mal ver cualquier película o programa de televisión. Ese era un fundamentalismo en su forma más legalista, y es bueno que lo hayamos corregido. Sin embargo, me temo que hayamos corregido en exceso, y ahora casi nada está más allá del límite. De hecho, hemos llegado a considerar como una virtud poder ver casi cualquier cosa”.

Esta es una triste —y creo que certera— acusación a las concesiones morales que los cristianos modernos han hecho con el entretenimiento. Pero no debería ser así. Como dijo John MacArthur: “No debemos entretenernos con los pecados por los cuales Cristo murió”.

No tienes que ver programas que glorifican las cosas que no glorifican a Dios.

Ten discernimiento sobre lo que eliges ver. Hay una cantidad casi infinita de programas y películas para elegir. No tienes que ver programas que glorifican las cosas que no glorifican a Dios.

3. ¿Me dirige este programa hacia la Biblia y a una vida santa?

Como cristianos, debemos gravitar hacia expresiones de arte, creatividad, e imaginación que nos dirigen hacia Dios, no lejos de Él.

¿Significa esto que solo deberíamos ver películas cristianas? Afortunadamente, no. Si bien podemos estar agradecidos de que se están produciendo más y más películas cristianas (muchas de las cuales son, de hecho, buenas), no tenemos que limitarnos a las películas que tienen una canción de Casting Crowns en su banda sonora.

Dicho esto, considera la cosmovisión a la que apela el programa que estás viendo. ¿Atrae el contenido la atención de aquellos cuyos corazones están inclinados hacia Dios, o apela principalmente a aquellos cuyos corazones están enfocados en las cosas de este mundo?

Si dudaras en decirle a un amigo cristiano que eres fanático de un determinado programa, o si dudaras en decirle a un amigo fanático que eres cristiano, necesitas pensar de nuevo tus opciones de entretenimiento.

4. ¿Esta [película o programa] aumenta mi amor por la Palabra de Dios, mata mi pecado, y me prepara para la vida venidera?

Recuerda que este mundo no es nuestro hogar. El hecho de que somos pecadores perdonados, comprados por Cristo, y de camino al cielo debería impactar cada aspecto de nuestras vidas.

Además, sabemos por las Escrituras que tenemos un adversario que está decidido a acabar con los soldados de Cristo. ¿Qué soldado pasaría tiempo haciendo cosas que debiliten su armadura?

Sé crítico con lo que eliges cuando decidas qué ver. ¿Te ayuda esta película a apreciar mejor las verdades expresadas en las Escrituras, o carece de elementos redentores? ¿Te anima este programa a apagar el pecado en tu vida, o te incita a ver qué tan cerca puedes llegar a la llama sin quemarte? ¿Te hace esta película desear el reino de Dios, o simplemente aumenta tu deseo por las cosas de la tierra?

Si bien podemos y debemos hacernos estas cuatro preguntas antes de leer un libro, como lo hacía Baxter, también deberíamos hacerlas antes de tomar el control remoto.

No hay nada de malo en disfrutar del entretenimiento. Somos libres en Cristo para participar de ello. Pero recuerda lo que Pablo le dijo a los Corintios: “Ustedes dicen: ‘Se me permite hacer cualquier cosa’, pero no todo les conviene. Dicen: ‘Se me permite hacer cualquier cosa’, pero no todo trae beneficio” (1 Co. 10:23, NTV). Sí, tenemos libertad en Cristo para ver Netflix. Elijamos ver películas que sean útiles y nos levanten en lugar de que obstaculicen nuestro progreso y derriben nuestros esfuerzos por seguir a Cristo.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN FOR THE CHURCH. TRADUCIDO POR EQUIPO COALICIÓN.

Escuela para padres

Escuela para padres

Papá 24/7

Ps. Marcos Peña

 

Fue llamado a salvación en algún momento de su adolescencia pues su madre lo expuso desde pequeño a la Palabra de Dios. Siendo un adolescente le predicó el evangelio a otros jóvenes que posteriormente fundaron Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en 1978. Desde los inicios de nuestra Iglesia fue uno de sus jóvenes líderes, pasando algunos años de estudios teológicos formales entre el 1979 y 1980 en el Instituto Bíblico Quisqueyano. Fue elegido como diácono en febrero de 1987 y en abril del 2001 comenzó a formar parte del cuerpo de pastores de IBSJ. Ha dado clases del Antiguo Testamento en el Instituto Bíblico Logos.

Actualmente es responsable del grupo de jóvenes, imparte clases de Escuela Dominical y predica. El pastor Marcos Peña está casado con Carmen Julia Linares y es padre de tres hijas: Ika Marcel, Jennifer y Susan.

 

https://ibsj.org/

«¿Qué dice la Biblia acerca del chisme?»

«¿Qué dice la Biblia acerca del chisme?»

La palabra hebrea traducida como “chismoso” en el Antiguo Testamento es definida como alguien que revela secretos que suceden a su alrededor como un chismoso o traficante de chismorreos. Este es alguien que le saca secretos a la gente, acerca de ellos mismos y de sus familias, y luego va repitiéndolos de casa en casa, ocasionando gran perjuicio para aquellos cuyos secretos le fueron confiados, así como para aquellos a quienes se los cuenta, y también para sí mismo. El chisme se distingue de compartir información por su intención. El traficante de chismorreos tiene como su meta edificarse a sí mismo por medio de hacer ver mal a los demás y por exaltar su gran conocimiento de los demás.

En el libro de Romanos, Pablo revela la naturaleza pecaminosa y la anarquía de la raza humana, declarando cómo Dios derramó Su ira sobre aquellos que rechazaron Sus leyes. Por haberse alejado de la instrucción y la guía de Dios, Él los entregó a sus mentes reprobadas. “…llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.” (Romanos 1:29b-32). Podemos apreciar en este pasaje, que tan serio es el pecado del chisme y que caracteriza a aquellos que están bajo la ira de Dios.

Otro grupo que era y que es comúnmente conocido por consentir en este comportamiento pecaminoso son las viudas. Timoteo previene a las viudas en contra del entretenido hábito del chisme y de estar ociosas. “incurriendo así en condenación, por haber quebrantado su primera fe. Y también aprenden a ser ociosas, andando de casa en casa; y no solamente ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran.” (1 Timoteo 5:12-13). En razón de que las mujeres tienden a pasar mucho tiempo en las casas unas de otras, o trabajando muy estrechamente con otras mujeres, involucrándose en las vidas de mucha gente, ellas escuchan y observan una variedad de conversaciones o situaciones, las cuales tienen el potencial de llegar a distorsionarse, si lo que ellas ven no es mantenido en privado. Timoteo dice que las viudas caen en el hábito de andar de casa en casa, buscando algo para ocupar su ociosidad. Las manos ociosas son el taller del diablo, y Dios advierte contra permitir que ese pecado entre a nuestras vidas. “El que anda en chismes descubre el secreto. No te entremetas, pues, con el suelto de lengua.” (Proverbios 20:19).

Ciertamente no solo las mujeres son las únicas que son encontradas culpables de este pecado. Cualquiera puede involucrarse en el acto del chisme, simplemente con repetir algo que escuchó en confianza. El libro de Proverbios tiene una larga lista de versos que cubren los peligros del chisme y la potencial herida que resulta cuando no se toma el cuidado de pensar en los demás y en cómo pueden ellos reaccionar si es revelado algo que hayan querido mantener en privado. “El que carece de entendimiento menosprecia a su prójimo; mas el hombre prudente calla.” (Proverbios 11:12-13)

La Biblia nos dice que “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.” (Proverbios 16:28). Muchas amistades han sido arruinadas por un malentendido que comenzó con un chisme. Aquellos que se involucran en este comportamiento no hacen sino provocar dificultades y causar ira y amargura, sin mencionar las heridas entre amigos. Tristemente, algunas personas se benefician con esto y buscan oportunidades para destruir a otros. Y cuando tales personas son confrontadas, niegan las acusaciones y responden con excusas y racionalismos. En vez de admitir su error, culpan a alguien o a algo más, o intentan hacerlo sonar como si el pecado que cometieron no fuera tan malo. “La boca del necio es quebrantamiento para sí, y sus labios son lazos para su alma. Las palabras del chismoso son como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas.” (Proverbios 18:7-8).

“El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias.” (Proverbios 21:23) Así que debemos guardar nuestras lenguas y refrenarnos del acto pecaminoso del chisme. Si rendimos nuestros deseos naturales al Señor, Él nos ayudará a mantenernos rectos. Dios recompensa al justo y al recto, así que todos debemos luchar para permanecer como tales.

Usado con permiso del Ministerio Got Questions

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