Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.
Leslie Basham: Nancy Leigh DeMoss ha estado meditando en la oración de Jesús en Getsemaní, y hay un punto en el cual las palabras no son suficientes.
Nancy Leigh DeMoss: No podemos comprender la profundidad de los horrores que Cristo enfrentó en el Huerto de los Olivos, en Getsemaní, mientras contemplaba la cruz.
Leslie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh Demos en la voz de Patricia de Saladín
Nancy: Hasta aquí en esta serie sobre El Cristo incomparable, hemos estado escudriñando la persona de Cristo. Hemos hablado de Su encarnación, Su nacimiento y Sus primeros años. Hemos visto Su humanidad y Su divinidad—el hecho de que Él es hombre y es Dios. Hemos visto Su bautismo, Su tentación, Su transfiguración. Hemos considerado Su inocencia y Su espíritu de oración. Hemos visto Su humildad y Su serenidad, y estamos asombradas.
Nuestros corazones están diciendo: «¡Señor, Tú eres verdaderamente incomparable!» Creo que en muchos de nuestros corazones, Dios nos ha estado dando una nueva visión de lo maravilloso que es Cristo. Pero quiero sugerir que no es suficiente solo ser sorprendidas con Cristo, el saber que Él es incomparable.El diablo sabe que Jesús es incomparable. Tenemos que hacernos la pregunta: «¿Cuál es el propósito de todo esto—el propósito de Su venida a la tierra; que Él sea Dios y hombre, su oración, su ser sin pecado, Su humildad, Su serenidad? ¿Para qué fue todo esto? ¿De qué se trató todo esto? »
Así que en los próximos días, a medida que continuamos en esta serie y nos preparamos para la Semana Santa y el Domingo de Resurrección, queremos ver la obra de Cristo a favor nuestro, que fue posible por ser quien Él era y a causa de Su vida sin pecado.
Hoy queremos ir con Cristo al Huerto de Getsemaní, donde vamos a ver lo que Oswald Sanders llama en su libro “la angustia del alma” de Cristo, “El Cristo incomparable”.
Cuando llegamos a Getsemaní, en cierto sentido estamos paradas en tierra santa, sentimos como si estuviéramos adentrándonos a una escena increíblemente íntima—sintiendo que tal vez no deberíamos estar ahí para esta visión profundamente personal de Cristo en un momento de debilidad y de intensa angustia y de tentación.
Me encontré a mí misma resistente a entrar a través de mi propia meditación, y mucho menos para enseñarla a los demás, porque no hay manera de hacerle justicia a esta escena. Estamos hablando de misterios aquí que es imposible que comprendamos totalmente. Pero el hecho es que este pasaje se registra en la Escritura, creo que eso significa que la intención de Dios para nosotros es que seamos testigos de esta escena y meditemos sobre ella, recordando que era una parte muy importante de la pasión de Cristo.
Ahora, vamos a dar un paso atrás y a contextualizar el entorno y el escenario donde se encuentra el Jardín de Getsemaní. Recuerda que Jesús acababa de comer la última cena con Sus discípulos. Cuando se fueron recuerdas, ¿qué hicieron? Ellos cantaron un himno—ya hablamos sobre eso.
Jesús sabía que dentro de poco tiempo iba a ser traicionado, arrestado, juzgado y crucificado, por lo que tomó los tres discípulos más cercanos a Él, a Pedro, a Santiago y a Juan— caminó con ellos desde el aposento alto, atravesando el valle de Cedrón, hasta el Monte de los Olivos, que es más o menos una milla de largo de cadenas de colinas justo al este de Jerusalén. El monte está por encima del templo, es muy boscoso, con un montón de olivos.
Es posible que quieras ir a Google y hacer una búsqueda sobre el Monte de los Olivos. Encontrarás algunas fotos que te darán una representación real y visual del tipo de paisaje que había allí, todos estos olivos retorcidos en esa área.
En la parte inferior de la ladera del Monte de los Olivos se encuentra el Huerto de Getsemaní. Esa palabra viene de una palabra hebrea que significa «prensa de aceite». Como veremos, se le puso ese nombre de manera apropiada, ya que aquella noche en medio de los olivos, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios fue «oprimido» más allá de todo lo que podemos imaginar.
Ahora, el mundo antiguo tenía una gran cantidad de usos para el aceite de oliva. Se utilizaba para cocinar, para conservación, para el cuidado de la piel, los cosméticos, para la curación. Las lámparas se encendían con mechas sumergidas en aceite de oliva. El aceite de oliva se utilizaba para la unción. Había un montón de propósitos para el aceite de oliva.
Es interesante leer sobre cómo las aceitunas se procesaban para producir ese aceite. Creo que ese proceso es una metáfora o una imagen de lo que Cristo sufrió en ese huerto.
Primero se golpeaban los olivos para que las aceitunas cayeran al suelo. Luego las aceitunas se recogían y se colocaban en un recipiente redondo de piedra; luego se trituraban o se pulverizaban haciendo rodar una gran piedra de molino sobre la cuenca. Cada célula de la aceituna contiene una pequeña gota de aceite de oliva, y cuando la piel de las aceitunas se rasgaba bajo el peso de la piedra, el aceite de cada célula era liberado. Curiosamente, a medida que las aceitunas se trituraban, un líquido rojizo brillante comenzaba a fluir fuera de la fruta.
Vi una foto de esto en Internet, y me trajo a la mente ese versículo en Lucas 22 que nos dice que cuando Jesús agonizó en oración ferviente, “su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (v. 44).
Un escritor ha dicho: «Su corazón fue aplastado como en un lagar, y esto forzó a salir un sudor de sangre de todas Sus venas».
Bueno, pero se requiere todavía una mayor presión para producir aceite de oliva, por lo que finalmente la pulpa de la aceituna se tritura hasta formar una pasta. Y esa pasta era untada sobre las esteras apiladas unas encima de la otra debajo de una gran piedra. Esa piedra fue llamada «Getsemaní», la prensa de aceite. Bajo el peso y la presión de esa piedra enorme, se sacaba más líquido fuera de la pasta, y entonces el aceite se separa de la pasta.
¡Qué imagen tenemos en todo esto, de lo que Cristo padeció en el huerto de esa “prensa de aceite”en Getsemaní!
En los relatos de los evangelios, hay palabras fuertes que se usan para describir la intensa presión por la que Jesús pasó, en esa «prensa de aceite» de Getsemaní. Escucha algunos de estos versículos y escucha la intensidad de estas palabras:
Mateo capítulo 26 nos dice: en el versículo 36
“Entonces Jesús llegó con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, [la prensa de aceite] y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí mientras yo voy allá y oro. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse (esa es una palabra que significa «triste, hasta tener dolor interior) y a angustiarse.” (v. 37)
En el idioma original significa «estar en angustia de la mente, sentirse lleno de tristeza. Uno puede sentir el peso de la piedra que descendía sobre Él, apretándolo, presionándolo.
El pasaje paralelo en Marcos capítulo 14 el versículo 33 dice:
“Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a afligirse y a angustiarse mucho”.
Esa es una palabra diferente a la utilizada en Mateo. Esta significa «asombrarse por completo, estar aterrorizado”. Él comenzó a entristecerse y a angustiarse mucho.
Ahora, de vuelta a Mateo capítulo 26 dice:
Entonces Él les dijo: » Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras. (vv. 38-39).
Ahora, tomando en cuenta la versión de Lucas, en el capítulo 22 dice: «Entonces se le apareció un ángel del cielo, fortaleciéndole» (v. 43).
Ahora, veo eso, y yo pensaría, si no supiera el siguiente versículo: «¡Ah! ¡La presión le será quitada! Él ha sido fortalecido por un ángel. Pero, el versículo siguiente en Lucas 22, dice:
“Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra”.
El ángel lo fortaleció no para liberarlo de la presión, sino para darle la gracia y la resistencia para orar con más fervor en agonía.
La palabra griega es agonía—así como suena en español. Es una palabra que significa «un combate, un concurso, con un énfasis en el dolor y en el trabajo que implica el conflicto». Esa palabra agonía—Él estaba en una agonía—se usa para referirse a la emoción temblorosa y a la ansiedad producida por el miedo o la tensión antes de un combate, antes de una lucha o de una pelea.
Él sabe que irá a ese combate contra el infierno para la salvación de nuestras almas, y Él está en esta gran agonía, temblor y ansiedad frente al dolor y al trabajo que implica ese conflicto. Está bajo la piedra, apretado en esa prensa de aceite.
Hebreos capítulo 5 nos dice que: «Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte» (v. 7). Seguro haciendo referencia a Getsemaní, y tal vez a otras oraciones, pero sin duda se refiere a las oraciones de Getsemaní. Gran clamor.
Estas son dos palabras que cuando las pones juntas significan «gritos bulliciosos, y poderosos clamores fuertes». Él está clamando a Su Padre. La piedra es pesada, está presionado hacia abajo. El sudor cae como sangre. Está saliendo aceite debido a la gran presión. Y cada célula de su cuerpo va a ser triturada en la cruz. Él grita. Él está preocupado, está triste. Está muy angustiado. Es muy triste. Está en una agonía. Él clama a gritos.
Y ahora, puedes preguntarte: ¿Por qué Jesús experimentó tal angustia de Su alma al momento de Su muerte inminente, cuando leemos que otros mártires han ido a la muerte con serenidad y cantando?
Bueno, el hecho es que Jesús no fue un mártir, y los mártires que murieron cantando y en paz no sufrían por sus pecados o por el pecado de otros.Debido a la muerte de Cristo en la cruz, la culpa y el castigo por sus pecados habían sido eliminados. Así que en los momentos más oscuros de aquellos mártires, que dieron sus vidas por Cristo, a través del peor de su sufrimiento, Dios nunca les dio la espalda o los abandonó, como lo hizo con su propio Hijo.
Eso pone nuestros problemas, nuestras presiones y las situaciones en perspectiva, ¿no es así? Nunca vamos a luchar como Él lo hizo, ni en los momentos más oscuros.No podemos ni siquiera entender la profundidad de los horrores de lo que Cristo enfrentó en el huerto de Getsemaní, al contemplar la cruz.
Quiero leerles varias citas de un libro que se ha convertido en una bendición para mí. Lo estoy sosteniendo aquí. Se llama “El Salvador sufriente” de FW Krummacher. Krummacher vivió desde el 1796 hasta 1868, así que este es un libro antiguo. Tiene un lenguaje antiguo, pero es muy rico.
Simplemente te lleva a través de la semana de la pasión de Cristo. Cuando llegué al capítulo de Getsemaní, casi me dejó sin aliento. Fue tan potente y los conceptos realmente penetraron mi corazón. Quiero leerles varias citas de este libro escrito por Krummacher, “El Salvador sufriente”.
Krummacher habla de tres causas en las que se basó la agonía, la angustia de Jesús en Getsemaní —ingredientes de la copa que le dio a beber Su Padre celestial. Él dice que en primer lugar, y lo estoy citando:
Su agonía [la agonía de Jesús] fue causada, en primer lugar, por Su horror al pecado, por el asombro ante las abominaciones de nuestras malas acciones.. . . Su visión de ellos es muy diferente a la visión adoptada por el hombre en su estado de oscuridad. Ellos [es decir, nuestros pecados, nuestras malas acciones] se presentan a sí mismos ante Sus ojos santos en su deformidad desnuda, en su naturaleza indeciblemente abominable, y en su poder destructor del alma. [Él ve el pecado como lo que realmente es.]
En el pecado, dice Krummacher, Él [Jesús] ve apostasía desde el Todopoderoso, desafiando con rebelión la Majestad Eterna, y la revuelta de base en contra de la voluntad y la ley de Dios, registrando todos los frutos y resultados horribles del pecado, de la maldición, la muerte y la perdición sin fin.
¿Cómo era posible que el alma pura y santa de Jesús, a la vista de tales horrores, no iba a temblar y a estremecerse?. . . ¡Uno solo puede imaginar la santidad personificada [Cristo] colocado en medio de una piscina [de un pozo negro] de la corrupción del mundo!
En segundo lugar él dice que Jesús estaba experimentando la maldición del pecado en la cruz, Jesús asumiría la culpa y pagaría el castigo de todos los pecados que había cometido toda persona que hubiera vivido alguna vez o que viviría — la maldición del pecado.
Krummacher dice:
Él se siente como se sentiría un proscrito delante de Dios. Todo lo que implica estar separados de Dios, privados de Su favor, alejados de Su afecto, y ser un hijo de ira, lo siente tan profunda e internamente, como si Él mismo estuviera en esa situación. . . .En ese momento Su alma no está consciente de la presencia de la gracia de Dios, y solo conoce el dolor y la angustia del abandono.
Y, en efecto, el hecho de que Jesús fue a la cruz como el substituto, tomando el lugar de los pecadores, es la clave para entender el significado de lo que ocurrió en Getsemaní.
2da a los Corintios lo dice de esta manera: «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.»
En el libro “El Cristo incomparable” de Sanders que hemos estado siguiendo, Sanders dice: «Él tomó una copa de la ira sin misericordia, para que podamos tomar una copa de misericordia sin ira. La agonía no era el miedo a la muerte, sino el sentido profundo de la ira de Dios contra el pecado que Él iba a llevar. »
Así que lo vemos en angustia, por el horror del pecado que Él experimentó, en nuestro lugar, sufriendo la maldición del pecado. Luego, en tercer lugar, estaba el asalto del maligno y sus demonios que trataron de conducirlo a la desesperación, para que Él dudara del corazón de Su Padre hacia Él.Ellos trataron de disuadirlo para que no llevara a cabo la obra de la redención.
Escuché ayer un audio de un amigo pastor de nuestro ministerio que habló recientemente a nuestro personal en el tiempo de capilla. No pude estar allí, pero escuché ayer la grabación.
Hay un querido hermano que está ministrando a los creyentes y pastores perseguidos en el sureste de Asia. Él también tiene una profunda carga en relación al tráfico sexual de miles de jóvenes en Tailandia. Este pastor ha estado allí muchas veces y lo ha visto con sus propios ojos. Y en este mensaje dirigido al personal de nuestro ministerio él dijo:
En los Estados Unidos, nuestro pecado en cierta manera ha sido lavado, ha sido limpiado, pero he estado en lugares donde el pecado no es tan limpio” Luego habló de las calles de Tailandia. Niñas de 12 y 13 años embarazadas y pensando que eso es algo bueno en su religión porque lo están haciendo para servir a sus familias. Es simplemente indescriptible.
Cuando voy a esos lugares, le pido a Dios que me permita conocer el corazón de Cristo en esos lugares.
Y entonces lloró mientras compartía con nuestro personal acerca de cómo, a veces, en las calles de la India, en las calles de Tailandia, se sentía tan abrumado y con una mezcla del sentido de compasión, misericordia, y angustia parecida a la que siente Dios cuando mira esa escena.
Y él dijo: en ocasiones he sentido un dolor tan intenso que yo he dicho: «Dios tienes que retroceder porque mi cuerpo humano no puede soportar esto.»
Yo he pensado: «Eso debe ser solo un poco de la angustia que Cristo sintió en Getsemaní». Porque en Su humanidad, Jesús experimentó el peso, la intensidad total de lo que significaría morir por nuestros pecados, no solo los tuyos, sino el de ella, y el de él, y los míos—todos los pecados de toda persona que haya vivido en la historia de este mundo.
El contenido de la copa servida ante Él por Su Padre era tan horrible que Él deseaba ser librado de tener que beber esa copa, pero si evitar la copa, o salvarse de esa copa significaría frustrar la obra de redención, entonces, Él estaba dispuesto a beber hasta la última gota.
Tres veces hizo Su súplica al Padre. «Si es posible que la redención pueda llevarse a cabo sin que yo tenga que beber esta copa, entonces no me hagas beberla.» Una vez más, no es el miedo a la muerte, sino el horror del pecado y de la maldición del pecado.
Pues bien, el silencio del Padre le aseguró que no había otra manera para que el mundo fuera redimido, así que Él no le preguntó de nuevo, sino que se volvió a sus discípulos y les dijo: «¡Levantaos! ¡Vamos! Mirad, está cerca el que me entrega.» (Mateo 26:46).
Krummacher dice en su libro, “El Salvador sufriente”,
¡Qué petición tan trascendental es esta! [‘Levántate, vámonos.’] El campeón de Israel sale a atacar y a vencer, en nuestro lugar, la muerte, el infierno y al diablo. . . Vamos en adoración a doblar nuestras rodillas ante Él y acompañarlo con aleluyas.
Oh, las innumerables bendiciones eternas que son ahora nuestras, como resultado de la angustia del alma que Jesús sufrió en la prensa de aceite de Getsemaní.
Así que cuando sientas que estás siendo presionada más allá de tu capacidad de soportar, ve a Getsemaní y recuerda que Él fue presionado más allá de lo que cualquiera de nosotras va a tener que soportar.
Cuando llegue la tentación y te sientas que no puedes resistir al tentador, ve a Getsemaní y considera a Cristo que resistió la tentación para beneficio nuestro.
Cuando tu carne quiere resistirse a la cruz, ve a Getsemaní, y da gracias porque Jesús dijo: «SÍ,» a la voluntad de Dios y deja que Él te de gracia para negarte a ti misma, toma tu cruz y sigue a Cristo.
Cuando tu corazón se duela al ver los horrores del pecado y en los estragos que ves que está sembrando a tu alrededor (y a veces dentro de ti), ve a Getsemaní y adora al Salvador que bebió la copa de la ira de Dios sobre el pecado, para que tú nunca tengas que probar la maldición del pecado.
Cuando te preguntes si puedes seguir soportando la presión del dolor y la batalla, ve a Getsemaní, y deja que la victoria de Cristo te dé el valor para ser fiel en la batalla— en todo el camino hacia la meta.
Amén.
Leslie: Este mensaje es parte de la serie, El Cristo incomparable. Para escuchar la serie completa, visita www.AvivaNuestrosCorazones.com.
¿Nancy?
Nancy: ¿Te imaginas vivir en un país donde no está permitido mencionar el nombre de Jesús, reunirse con otros creyentes, o andar con una Biblia? Bueno, una mujer que está en esa situación exactamente nos contactó. Ella escribió:
Estaba desanimada y vacía, pero Dios es bueno. Él me mostró Su misericordia a través de Aviva Nuestros Corazones.
Gracias al Internet, pude oír la Palabra de Dios y obtener el estímulo diario a través de este ministerio. Agradeció a Aviva Nuestros Corazones tanto que ella trató de convertirse en una patrocinadora del ministerio, proporcionando apoyo financiero y de oración cada mes, pero su donación fue bloqueada. Para ella no es posible donar por las restricciones que tiene su país.
Ahora déjame preguntarte, ¿Hay algo que te impida a ti donar? Cuando le das a Aviva Nuestros Corazones, estás ayudando a levantar algo de la carga a las mujeres que quieren donar, pero no pueden. Para algunas, las finanzas son demasiado apretadas. Otros, tal vez, no son capaces de donar por regulaciones gubernamentales. Pero si tú puedes donar, tu donación nos ayudará a transmitir la Palabra de Dios en los lugares donde rara vez se han escuchado estos mensajes.
Leslie: ¿Cuál fue el mayor aborto involuntario de la justicia en la historia del mundo? Es probable que hayas leído sobre este incidente. Nancy te ayudará a explorar sobre esto profundamente mañana en Aviva Nuestros Corazones.
Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.
Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.
1F. W. Krummacher. El Salvador sufriente, p. 102.
Getsemani, Cettina Marraffa, Easter Melodies ℗ 2010 Ill Millennio; Oh Que Inmenso Amor / Ven Amigo a Jesús, Steve Green, Toma la Cruz ℗ 1991 Sparrow Records.
Usado con permiso del Ministerio Aviva Nuestros Corazones
Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)
David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.
“Pensemos con el Dr. Ravi Zacharias” es una producción de RZIM y es un excelente recurso para los cristianos que anhelan entender la fe y testificar con inteligencia.
Un sermón predicado la noche del Martes 4 de Septiembre, 1855
Charles Haddon Spurgeon
al aire libre en King Edward’s Road, Hackney.
«Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.» — Mateo 8:11, 12.
En nuestra tierra es permitido hablar claro, y su gente está siempre anuente a prestar un oído atento a cualquiera que le pueda decir algo digno de atención. Por eso tengo la certeza que dispondremos de un auditorio atento, pues no hay ninguna razón para suponer otra cosa. Este campo, como están conscientes todos ustedes, es de propiedad privada. Y yo quisiera sugerir a quienes salen a predicar al aire libre, que es mucho mejor ir a un campo o a un terreno desprovisto de edificios, que bloquear caminos e interrumpir negocios; y es todavía mucho mejor estar en un lugar que tenga protección, para poder prevenir de inmediato cualquier disturbio.
Esta tarde pretendo animarlos para que busquen el camino al cielo. Tendré que expresar también algunas cosas severas relativas al fin de los hombres que se pierden en el abismo del infierno. Sobre estos dos temas voy a predicar, con la ayuda de Dios. Pero les suplico, por amor de sus almas, que disciernan entre lo que es correcto y lo que no lo es; comprueben si lo que yo les digo es la verdad de Dios. Si no lo es, rechácenlo totalmente y arrójenlo lejos; pero si en verdad lo es y lo desprecian, será bajo su propio riesgo; pues como tendrán que responder ante Dios, el grandioso Juez de cielos y tierra, no les irá bien si desprecian las palabras de este siervo y de Su Escritura.
Mi texto consta de dos partes. La primera es muy agradable para mí, y me proporciona gran placer; la segunda es terrible en extremo; pero puesto que ambas son verdades, ambas deben ser predicadas. La primera parte de mi texto es, «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» La frase que yo llamo la parte negra, oscura y amenazadora es esta: «Mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.»
I. Tomemos la primera parte. Aquí hay una PROMESA SUMAMENTE GLORIOSA. Voy a leerla de nuevo: «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» Me gusta mucho este texto, porque me descubre lo que es el cielo, y me presenta un hermoso cuadro de él. Dice que es un lugar donde voy a sentarme con Abraham, e Isaac y Jacob. Oh, qué pensamiento tan dulce es ese para el trabajador. A menudo se limpia el tibio sudor de su frente, y se pregunta si hay una tierra donde no tendrá que afanarse más. Muy raramente come un mendrugo de pan que no esté humedecido con el sudor de su rostro. A menudo viene a casa agotado y se deja caer en un sillón, tal vez demasiado cansado para poder dormir. Se pregunta: «¡Oh!, ¿no hay una tierra donde yo pueda descansar? ¿No hay algún lugar donde pueda quedarme quieto? Sí, tú que eres hijo del trabajo arduo y agotador,
«Hay una tierra feliz
Lejos, lejos, muy lejos,
donde ese trabajo arduo y agotador es desconocido. Más allá del firmamento azul, hay una hermosa ciudad luminosa, cuyos muros son de jaspe, y cuya luz brilla más que el sol. Allí «los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas.» Allí están los espíritus inmortales que no necesitan limpiarse el sudor de su frente, pues «no siembran, ni siegan,» ni están sometidos a un trabajo arduo y agotador.
«Allí en un monte verde y florido
Sus cansadas almas se sentarán:
Y con gozos arrobadores harán
Un recuento de las fatigas de sus pies.»
Para mi mente, una de las mejores visiones del cielo es que es una tierra de reposo; especialmente para el trabajador. Quienes no tienen que trabajar duro, piensan que amarán el cielo como un lugar de servicio. Eso es muy cierto. Pero para el trabajador, para el hombre que labora arduamente con su cerebro o con sus manos, siempre será un dulce pensamiento que haya una tierra donde vamos a descansar.
Pronto, esta voz no será forzada ya más: pronto, estos pulmones no tendrán que ejercitarse nunca más allá de su poder; pronto, este cerebro no será atormentado por el pensamiento; pero me sentaré a la mesa del banquete de Dios; sí, estaré reclinado en el pecho de Abraham, y estaré tranquilo para siempre. ¡Oh!, hijos e hijas de Adán que están cansados, no tendrán que empujar el arado en un ingrato suelo en el cielo, no tendrán que levantarse para desempeñar arduas labores antes que salga el sol, y trabajar todavía cuando el sol se ha ido a descansar desde hace un buen rato; sino que estarán tranquilos, estarán quietos, descansarán, pues todos son ricos en el cielo, todos son felices allá, todos están en paz. Trabajo arduo, problemas, fatigas, esfuerzos, son palabras que no se pueden deletrear en el cielo; no existen tales cosas allá, pues siempre reposan.
Y noten con qué buena compañía comparten. Ellos «se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob.» Algunas personas piensan que no conoceremos a nadie en el cielo. Pero nuestro texto declara aquí que nos «sentaremos con Abraham e Isaac y Jacob.» Entonces tengo la certeza que estaremos conscientes que ellos son Abraham e Isaac y Jacob. He escuchado la historia de una buena mujer que le preguntó a su marido, cuando estaba a punto de morir: «querido mío, ¿crees que me conocerás cuando tú y yo lleguemos al cielo?» «¿Que si te conoceré?», respondió él, «vamos, siempre te he conocido mientras has estado aquí, y ¿piensas que voy a ser más insensato cuando llegue al cielo?» Pienso que fue una excelente respuesta.
Si nos hemos conocido aquí en la tierra, nos reconoceremos allá. Yo tengo queridos amigos que han partido hacia allá, y siempre es un pensamiento dulce para mí que, cuando ponga mi pie, como espero hacerlo, en el umbral del cielo, vendrán mis hermanas y hermanos y me tomarán de la mano, diciendo: «sí, amadísimo, ya estás aquí.» Parientes queridos que han sido separados, se encontrarán otra vez en el cielo. Alguno de ustedes ha perdido una madre que se ha ido al cielo; y si tú sigues la huella de Jesús, te encontrarás con ella allá.
En otro caso, me parece que veo a alguien que viene a recibirte a la puerta del paraíso; y aunque los lazos de afecto natural pueden haberse olvidado en cierta medida (se me puede permitir usar una figura) cuán bendecida sería ella cuando se volviera hacia Dios, y le dijera: «Aquí estoy yo, y los hijos que me has dado.» Reconoceremos a nuestros amigos: esposo, tú conocerás a tu esposa. Madre, conocerás a tus amados hijitos; tú observabas sus figuras cuando yacían jadeantes, quedándose sin aliento. Tú recuerdas cómo te abalanzaste sobre sus tumbas al momento de ser echada la fría tierra sobre ellos, y se dijo: «La tierra a la tierra, el polvo al polvo, las cenizas a las cenizas.» Pero tú volverás a oír esas amadas voces de nuevo; tú escucharás esas dulces voces una vez más; tú todavía sabrás que las personas que amaste, han sido amadas por Dios. ¿Acaso no sería un cielo lúgubre para nuestra habitación, uno donde no pudiéramos conocer a nadie ni nadie nos reconociera? No me interesaría ir a un cielo así.
Yo creo que el cielo es la comunión de los santos, y que nos conoceremos unos a otros allí. A menudo he pensado que me dará mucho gusto ver a Isaías; y, tan pronto como llegue al cielo, creo que voy a preguntar por él, porque él habló más acerca de Jesús que todos los demás profetas. Estoy seguro que voy a querer encontrar a George Whitfield, quien continuamente predicó a la gente, y se desgastó con un celo más que seráfico. ¡Oh, sí!, tendremos una compañía elegida en el cielo, cuando lleguemos. No habrá distinción entre cultos e incultos, clero y laicado, sino que caminaremos libremente entre todos; sentiremos que somos hermanos; nos sentaremos «con Abraham e Isaac y Jacob.»
He escuchado acerca de una dama que recibió la visita de un ministro en su lecho de muerte, y le dijo: «quiero hacerle una pregunta, ahora que estoy a punto de morir.» «Bien,» preguntó el ministro, «¿cuál es?» «¡Oh!», respondió ella muy afectada, «quiero saber si hay dos lugares en el cielo, pues yo no podría soportar que Betsy, la cocinera, estuviera en el cielo junto conmigo. Es tan poco refinada.» El ministro dio la vuelta y respondió: «oh, no se preocupe por eso, señora. No hay temor de eso; mientras no se despoje de su orgullo maldito, usted no entrará nunca al cielo.» Todos nosotros debemos despojarnos de nuestro orgullo. Debemos humillarnos y estar sobre una base de igualdad ante los ojos de Dios, y ver en cada hombre un hermano, antes de poder esperar ser recibidos en la gloria.
Bendecimos a Dios, y le damos gracias porque no preparará mesas separadas para unos y para otros. El judío y el gentil se sentarán juntos. El grande y el pequeño se alimentarán de los mismos pastos, y nos «sentaremos con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»
Pero mi texto tiene todavía una dulzura más profunda, pues afirma que «vendrán muchos y se sentarán.» Algunos fanáticos de mente estrecha piensan que el cielo será un lugar muy pequeño, donde habrá muy poca gente que asistió a su capilla o a su iglesia. Yo confieso que no tengo ningún deseo de un cielo pequeño, y me da mucho gusto leer en las Escrituras que en la casa de mi Padre hay muchas mansiones. Cuán a menudo escucho que la gente dice: «¡Ah!, estrecha es la puerta y angosto el camino, y pocos son los que la hallan. Habrá pocas personas en el cielo; la mayoría se perderá.» Amigo mío, yo no estoy de acuerdo contigo. ¿Acaso crees tú que Cristo permitirá que el diablo le gane? ¿Que permitirá que el diablo tenga más personas en el infierno de las que Él tenga en el cielo? No, eso es imposible. Pues entonces Satanás se reiría de Cristo. Habrá más personas en el cielo de las que habrá entre los que se pierden. Dios dice: «He aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero;» pero Él nunca dice que habrá una multitud que nadie puede contar que se perderá. Habrá huestes incontables que llegarán al cielo. ¡Qué buenas noticias para ti y para mí! Pues si hay tantos que serán salvados, ¿por qué no habría de ser salvo yo? ¿Por qué no dice también, aquel hombre que está allá en medio de la multitud: «no podría ser yo uno entre esa multitud?» Y ¿no podría esa pobre mujer que está allá cobrar valor y decir: «Bueno, si sólo se salvara media docena de personas, yo temería no estar entre esas; pero, puesto que vendrán muchos, por qué no habría de ser salva yo? ¡Anímate, tú que estás desconsolado! ¡Alégrate, hijo del dolor y de la aflicción, todavía hay esperanza para ti!
Yo no puedo creer que alguien esté más allá del alcance de la gracia de Dios. Habrá unos cuantos que han cometido ese pecado que es para muerte y Dios los ha abandonado; pero la vasta mayoría de la humanidad está todavía dentro del alcance de la misericordia soberana: «Y vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán en el reino de los cielos.»
Miren otra vez mi texto, y ustedes verán de dónde vienen estas personas. Ellos «vendrán del oriente y del occidente.» Los judíos decían que todos ellos vendrían de Palestina, cada uno de ellos, cada hombre, cada mujer y cada niño; que no habría nadie en el cielo que no fuera judío. Y los fariseos pensaban que si todos ellos no eran fariseos, no podrían ser salvos. Pero Jesucristo dijo que vendrán muchos del oriente y del occidente. Habrá una multitud de aquella tierra muy lejana, China, pues Dios está haciendo una obra grandiosa allí, y nosotros esperamos que el Evangelio será victorioso en esa tierra. Habrá una multitud de esta tierra occidental de Inglaterra; y también del país occidental que está más allá del mar, de América; y del sur, de Australia; y del norte, de Canadá, Siberia y Rusia. Desde los confines de la tierra vendrán muchos que se sentarán en el reino de Dios.
Pero yo creo que este texto no debe entenderse tanto en sentido geográfico, como en sentido espiritual. Cuando dice que «vendrán muchos del oriente y del occidente,» yo pienso que no se refiere particularmente a las naciones, sino a diferentes tipos de personas. Ahora, «el oriente y el occidente» quiere decir aquellos que se encuentran más lejos de la religión; sin embargo, muchos de ellos serán salvados y llegarán al cielo. Hay una clase de personas que será considerada siempre como desahuciada. A menudo he escuchado, ya sea de un hombre o de una mujer, un comentario acerca de esas personas, «él no puede ser salvado: es demasiado disipado. ¿Para qué es bueno él? Pídele que vaya a un lugar de adoración: estaba borracho la noche del sábado. ¿De qué serviría razonar con él? No hay esperanza para él. Es un tipo endurecido. Mira lo que ha hecho durante todos estos años. ¿De qué servirá hablarle?
Ahora, escuchen esto, ustedes que piensan que sus compañeros son peores que ustedes; que condenan a otros cuando ustedes son tan culpables como ellos: Jesucristo dice: «vendrán muchos del oriente y del occidente.» Habrá muchos en el cielo que una vez fueron borrachos. Yo creo que, en medio de esa muchedumbre comprada con sangre, habrá muchos que se tambalearon entrando y saliendo de una taberna durante la mitad de sus vidas. Pero por el poder de la gracia divina ellos fueron capaces de arrojar la copa de licor contra el suelo. Ellos renunciaron al desenfreno de la intoxicación (huyeron de ella) y sirvieron a Dios. ¡Sí! Habrá muchos en el cielo que fueron borrachos en la tierra.
Habrá también muchas prostitutas: algunas de las más disipadas serán encontradas allí. Ustedes recuerdan la historia de Whitfield que dijo una vez que habrá personas en el cielo que fueron «desechadas por el diablo;» algunos que el diablo difícilmente pensaría que son lo suficientemente buenos para él, pero que Cristo salvará. Lady Huntingdon le sugirió una vez con delicadeza que ese lenguaje no era decoroso. Pero justo en ese momento se escuchó el timbre y Whitfield bajó las escaleras y se dirigió a la puerta. Después subió y dijo: «señora, ¿qué cree que me acaba de decir una pobre mujer? Ella era una triste perdida y me dijo: ‘Oh, señor Whitfield, cuando usted estaba predicando nos dijo que Cristo recibiría los desechos del diablo y yo soy uno de ellos.'» Y ese fue el instrumento de su salvación.
¿Alguna vez alguien nos impedirá que prediquemos a los más bajo de lo bajo? A mí se me ha acusado de reunir a toda la plebe de Londres a mi alrededor. ¡Dios bendiga a la plebe! ¡Dios salve a la plebe! Luego yo digo: supongamos que ellos son «¡la chusma!» ¿Quién podría necesitar el Evangelio más que ellos? ¿Quiénes requieren que Cristo sea predicado más que a ellos? Tenemos a muchos que predican a las damas y a los caballeros, pero necesitamos que alguien le predique a la chusma en estos días degenerados.
¡Oh!, aquí hay consuelo para mí, pues muchos elementos de la plebe vendrán del oriente y del occidente. ¡Oh!, ¿qué pensarían si vieran la diferencia que hay entre algunos que están en el cielo y otros que estarán allá? Podría encontrarse alguien allí cuyo cabello cuelga enfrente de sus ojos, sus greñas están enmarañadas, se ve horrible, sus ojos congestionados se ven saltones, sonríe casi como un idiota, ha bebido hasta consumir su cerebro de tal forma que la vida parece haber partido en lo concerniente al sentido y al ser; sin embargo yo te diría: «ese hombre es susceptible de salvación», y en unos pocos años yo podría decir: «mira hacia allá;» ¿ves aquella estrella brillante? ¿Descubres aquel hombre con una corona de oro fino sobre su cabeza? ¿Adviertes aquel ser cubierto con vestiduras de zafiro y ropajes de luz? Ese es aquel mismo hombre que se sentaba allí como un pobre ser descarriado, casi idiotizado; sin embargo, ¡la gracia soberana y la misericordia lo han salvado!
No hay nadie excepto esos que he mencionado antes, que han cometido el pecado imperdonable, que esté más allá de la misericordia de Dios. Tráiganme a los peores hombres, y aun así yo les predicaría el Evangelio; tráiganme a los más viles, y yo les predicaría, porque recuerdo que el Señor dijo: «Vé por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa.» «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»
Hay una palabra más que debo resaltar antes de terminar con esta dulce porción: esa es la palabra: van a venir (vendrán). ¡Oh, yo amo los «yo haré» y por consiguiente los «ellos harán,» de Dios! No hay nada comparable a esas expresiones. Si el hombre dice: «se hará,» ¿qué hay con ello? «Yo voy a» dice un hombre, pero nunca lo cumple; «yo haré,» dice, pero quebranta su promesa. Pero no ocurre lo mismo con los «Yo haré» de Dios. Si Él dice «será,» así será; cuando Él dice «sucederá,» así será. Ahora Él ha dicho aquí, «muchos vendrán, muchos van a venir.» El diablo dice, «no vendrán;» pero «ellos vendrán.» Sus pecados dicen: «ustedes no pueden venir;» Dios dice: «ustedes van a venir.» Ustedes mismos dicen: «no vendremos;» Dios dice: «ustedes van a venir.» ¡Sí!, hay algunas personas aquí que se están riendo de la salvación, que se burlan de Cristo y ridiculizan el Evangelio; pero yo les digo que inclusive algunos de ustedes vendrán. «¡Cómo!, responden, «¿puede Dios conducirme a ser cristiano?» Les digo que sí, pues allí radica el poder del Evangelio. No les pide su consentimiento; lo obtiene. Él no dice, ¿quieres recibirlo?, pero hace que ustedes quieran en el día del poder de Dios. No en contra de su voluntad, pero hace que ustedes quieran. Les muestra su valor, y luego ustedes se enamoran de él, y corren directamente tras él y lo obtienen.
Mucha gente ha dicho: «no aceptamos nada que tenga que ver con la religión,» y sin embargo, ha sido convertida. He oído la historia de un hombre que una vez asistió a una capilla para escuchar los himnos, y tan pronto como el ministro comenzó a predicar, se tapó los oídos con sus dedos, para no oír. Pero pronto, un pequeño insecto se posó en su cara, por lo que se vio obligado a apartar el dedo con que se tapaba el oído, para ahuyentarlo. En ese preciso instante el ministro dijo: «El que tiene oídos para oír, oiga.» El hombre oyó; y Dios se encontró con él en ese instante para la conversión de su alma. Salió convertido en un hombre nuevo, con un carácter cambiado. Él, que había venido para reírse, se retiró para orar; quien vino para burlarse, salió para doblar su rodilla en penitencia: el que vino para pasar una hora en el ocio, regresó a casa para pasar una hora en devoción con su Dios. El pecador se volvió un santo; el libertino se convirtió en un penitente. Quién sabe si no habrá alguien así aquí, esta noche. El Evangelio no necesita su consentimiento, lo obtiene. Quita la enemistad de su corazón. Ustedes dicen: «no quiero ser salvado;» Cristo dice que serán salvados. Él hace que tu voluntad dé un giro completo, y en consecuencia tú clamas: «¡Señor, sálvame, que perezco!» Ah, entonces el cielo exclama: «Yo sabía que haría que dijeras eso;» y entonces, Él se regocija por tu causa, porque ha cambiado tu voluntad y te ha conducido a querer en el día de Su poder.
Si Jesucristo subiera a esta plataforma esta tarde, ¿qué haría con Él mucha gente? «¡Oh!», dirá alguien, «lo haríamos un Rey.» No lo creo. Lo crucificarían de nuevo si tuvieran la oportunidad. Si Él viniera y dijera: «Aquí estoy, yo los amo, ¿quieren que Yo los salve?» Nadie de ustedes daría su consentimiento si fueran dejados a su voluntad. Si Él los mirara con esos ojos ante cuyo poder el león se habría encogido; si Él hablara con esa voz que derramó cataratas de elocuencia como un arroyo de néctar vertido desde los acantilados, ni una sola persona vendría para ser Su discípulo; no, se requiere el poder del Espíritu para hacer que los hombres vengan a Jesucristo. Él mismo dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» ¡Ah!, necesitamos eso; y aquí lo tenemos.
¡Ellos vendrán! ¡Ellos vendrán! Ustedes podrán reírse, podrán despreciarnos; pero Jesucristo no morirá en vano. Si algunos de ustedes lo rechazan, habrá otros que no lo rechazarán. Si hay algunos que no son salvados, otros lo serán. Cristo verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Algunos creen que Cristo murió pero que algunas de las personas por quienes murió, se perderán. Yo no podría entender nunca esa doctrina. Si Jesús, mi garantía, llevó mis dolores y cargó con mis aflicciones, yo me considero tan seguro como los ángeles en el cielo. Dios no puede pedir el pago dos veces. Si Cristo pagó mi deuda, ¿tendré que pagarla yo otra vez? No.
«Libre del pecado camino en libertad,
La sangre del Salvador es mi completa absolución;
Estoy contento a Sus amados pies,
Soy un pecador salvado, y homenaje Le rindo.»
¡Vendrán! ¡Vendrán! Y nada en el cielo, ni en la tierra, ni en el infierno, puede impedir que vengan.
Y ahora, tú que eres el primero de los pecadores, escucha un momento mientras te llamo para que vengas a Jesús. Hay una persona aquí esta noche, que se considera la peor alma que haya vivido jamás. Hay alguien que se dice a sí mismo, «¡yo estoy seguro que no merezco ser llamado para venir a Cristo!» ¡Alma! ¡Yo te llamo! Tú que eres el más miserable perdido, esta noche, por la autoridad que Dios me ha dado, te exhorto a que vengas a mi Salvador.
Hace algún tiempo, cuando fui a la Corte de un condado, para ver lo que hacían, oí que llamaban a alguien por su nombre, e inmediatamente el hombre respondió: «¡Abran paso! ¡Abran paso! ¡Me están llamando!» Y se acercó con prontitud. Ahora, esta tarde, yo llamo al primero de los pecadores, y le pido que diga: «¡Abran paso! ¡Apártense, dudas! ¡Apártense, temores! ¡Apártense, pecados! ¡Cristo me llama! ¡Y si Cristo me llama, eso es suficiente!»
«Yo me acercaré a Sus pies llenos de gracia,
Cuyo cetro ofrece misericordia;
¡Tal vez Él me ordenará que Lo toque!
Y entonces el suplicante vivirá.»»Yo podría perecer si voy;
Pero estoy resuelto a intentar;
Pues si me quedo lejos, yo sé
Que debo morir para siempre.»»Pero si muero con la misericordia buscada,
Habiendo probado al Rey,
Eso sería morir (¡deleitable pensamiento!)
Como un pecador nunca murió.»
¡Ven y prueba a mi Salvador! ¡Ven y prueba a mi Salvador! Si te echa afuera después que Lo hayas buscado, divulga en el abismo que Cristo no quiso escucharte. Pero nunca te será permitido hacer eso. Sería una deshonra para la misericordia del pacto, que Dios eche afuera a un pecador penitente; y nunca ocurrirá eso mientras esté escrito «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»
II. En la segunda parte, mi texto es desgarrador. Yo predico con gran deleite acerca de la primera parte; pero aquí hay una triste tarea para mi alma, porque encontramos palabras tenebrosas. Sin embargo, como les he dicho, lo que está escrito en la Biblia debe ser predicado, ya sea tenebroso o alegre. Hay algunos ministros que nunca mencionan nada acerca del infierno. Escuché de un ministro que una vez dijo a su congregación: «Si ustedes no aman al Señor Jesucristo, serán enviados a ese lugar cuyo nombre no es cortés mencionar.» A ese ministro no se le debió permitir que predicara de nuevo, si era incapaz de usar palabras claras. Ahora, si yo veo que aquella casa se está incendiando, ¿creen ustedes que me quedaría inmóvil diciendo: «me parece que allá se está desarrollando una operación de combustión»? «No; yo gritaría: «¡Fuego! ¡Fuego!» y entonces todo mundo entendería lo que estoy diciendo.
Así, si la Biblia dice: «Los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera,» ¿debo pararme aquí y presentar las cosas favorablemente? Dios no lo quiera. Debemos decir la verdad, tal como está escrita. Es una verdad terrible, pues dice: «¡los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera!» Ahora, ¿quiénes son esos hijos? Les diré. «Los hijos del reino» son esas personas que se hacen notar por sus muestras externas de piedad, pero que no tienen sus características interiores. Personas que ustedes verán marchando hacia la capilla, tan religiosamente como es posible, con sus Biblias y sus himnarios, o yendo hacia la iglesia, tan devota y modestamente como pueden, mostrándose tan sombríos y serios como bedeles parroquiales, imaginándose que están seguros de ser salvos, aunque su corazón no esté allí, nada sino sólo sus cuerpos. Estas son las personas que son «los hijos del reino.» No tienen gracia, ni vida, ni a Cristo, y serán echados a las tinieblas de afuera.
Además, estas personas son hijos de padres y madres piadosos. No hay nada que conmueva tanto el corazón de un hombre, fíjense bien, como hablar acerca de su madre. He oído la historia de un marinero blasfemo, que nadie podía controlar, ni siquiera la policía, que por donde pasaba creaba disturbios. Una vez, él asistió a un lugar de adoración, y nadie podía mantenerlo quieto; pero un caballero se le acercó y le dijo: «Juan, tú tuviste una madre una vez.» Con eso, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Él dijo: «¡Ja!» Bendito seas, amigo, es cierto que la tuve; y yo llevé sus cabellos grises con dolor a la tumba, y soy un descarado al estar aquí esta noche.» Luego se sentó, muy sereno y sumiso por la simple mención de su madre.
¡Ah!, y hay algunos de ustedes, «hijos del reino» que pueden recordar a sus madres. Tu madre te sentó en sus rodillas y te enseñó muy temprano a orar: tu padre te instruyó en los caminos de la piedad. Y sin embargo, tú estás aquí esta noche sin gracia en tu corazón: sin la esperanza del cielo. Estás descendiendo hacia el infierno tan rápido como tus pies te lo permiten. Hay algunos de ustedes que han quebrantado el corazón de su pobre madre. ¡Oh!, si pudiera decirles lo que ella ha sufrido por ustedes mientras han estado entregándose al pecado durante la noche. ¿Se dan cuenta de cuál será su culpa, «hijos del reino,» después que las oraciones y las lágrimas de una madre piadosa han caído sobre ustedes? No puedo concebir que nadie entre al infierno con una peor gracia que el hombre que va allá con las gotas de lágrimas de su madre sobre su cabeza, y con las oraciones de su padre siguiendo sus talones.
Algunos de ustedes soportarán inevitablemente esta condenación; algunos jóvenes y mujeres se despertarán un día y se encontrarán en las tinieblas de afuera, mientras sus padres estarán arriba en el cielo, mirándolos hacia abajo con ojos de reproche, como queriendo decir: «¡Cómo!, ¿después de todo lo que hicimos por ti, todo lo que te dijimos, has llegado a esto?» «¡Hijos del reino!» No crean que una madre piadosa pueda salvarlos. No piensen que porque su padre fue un miembro de tal y tal iglesia, su piedad los salvará. Puedo suponer a alguien parado a la puerta del cielo rogando, «¡déjenme entrar! ¡Déjenme entrar!» «¿Por qué?» «Porque mi madre está allí adentro.» Tu madre no tuvo nada que ver contigo. Si fue santa, fue santa para ella; si fue perversa, fue perversa para ella. «Pero mi abuelo oró por mí.» Eso no te sirve de nada. ¿Oraste tú por ti mismo? «No; no oré.» Entonces las oraciones del abuelo y las oraciones de la abuela, y las oraciones del padre y de la madre, pueden amontonarse unas sobre otras hasta que alcancen las estrellas, pero nunca podrán formar una escalera que tú puedas usar para subir al cielo. Debes buscar a Dios por ti mismo; o más bien, Dios debe buscarte. Debes tener una experiencia vital de piedad en tu corazón, pues de lo contrario estás perdido, aunque todos tus amigos estén en el cielo.
Una piadosa madre soñó un sueño terrible y se lo contó a sus hijos. Ella pensó que el día del juicio había llegado. Los grandes libros fueron abiertos. Todos ellos estaban ante Dios. Y Jesucristo dijo: «Separen la paja del trigo; pongan los cabritos a la izquierda, y las ovejas a la derecha.» La madre soñó que ella y sus hijos estaban de pie justo en el centro de la gran asamblea. Y el ángel vino, y dijo: «tengo que llevarme a la madre: ella es una oveja: ella debe ir a la derecha. Los hijos son cabritos: ellos deben ir a la izquierda.» Ella soñó que al retirarse, sus hijos la agarraban, y le decían: «Madre, ¿acaso podemos separarnos? ¿Acaso debemos estar separados?» Entonces ella los abrazó mientras les decía: «Hijos míos, si fuera posible, los llevaría conmigo.» Pero en un instante el ángel la tocó: sus mejillas estaban secas, y ahora, sobreponiéndose al afecto natural, siendo transformada en un ser supernatural y sublime, rendida a la voluntad de Dios, dijo: «hijos míos, yo les enseñé bien, yo los eduqué, y ustedes abandonaron los caminos de Dios, y ahora todo lo que tengo que decir es Amén a su condenación.» Entonces, en ese momento, ellos fueron arrebatados lejos, y ella los vio en tormento perpetuo, mientras ascendía al cielo.
Joven, ¿qué pensarás tú, cuando venga el último día, y escuches que Cristo dice: «¡Apártate de mí, maldito!»? Y habrá una voz justo detrás de Él, diciendo, Amén. Y mientras investigas de dónde procede esa voz, descubrirás que fue la voz de tu mamá. O también, jovencita, cuando seas echada a las tinieblas de afuera, ¿qué pensarás al oír una voz diciendo, Amén? Y cuando mires, allí está sentado tu papá, y sus labios todavía se agitan con la solemne maldición. «¡Ah!, hijos del reino,» los réprobos penitentes entrarán en el cielo, muchos de ellos; publicanos y pecadores llegarán allá; borrachos arrepentidos y blasfemos serán salvos; pero muchos de «los hijos del reino» serán echados a las tinieblas de afuera.
¡Oh!, pensar que tú que has sido educado tan bien, te pierdas, mientras que muchas de las peores personas serán salvadas. Será el infierno del infierno para ti cuando eleves tu mirada y veas allí al «pobre Juan,» el borracho, reclinado en el pecho de Abraham, mientras tú que has tenido una madre piadosa eres echado al infierno, ¡simplemente porque no creíste en el Señor Jesucristo; apartaste de ti Su Evangelio, y viviste y moriste sin él! ¡Ese será el peor aguijón de todos, verse ustedes mismo echados a las tinieblas de afuera, cuando el primero de los pecadores encuentra la salvación!
Ahora, escúchenme un momentito (no los detendré por largo tiempo), mientras asumo la triste tarea de decirles qué es lo que sucederá a estos «hijos del reino.» Jesucristo dice que ellos «serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.»
Primero, observen, ellos serán echados. No dice que van a ir; pero cuando lleguen a las puertas del cielo serán echados. Tan pronto como el hipócrita arribe a las puertas del cielo, la Justicia dirá: «¡Allí viene! ¡Allí viene! Él menospreció las oraciones de un padre, y se burló de las lágrimas de una madre. Él ha forzado su camino de descenso contra todas las ventajas que la misericordia le ha provisto. Y ahora allí viene. Gabriel, agarra a ese hombre.» Entonces el ángel, atándote de pies y manos, te sostiene un instante sobre las fauces del abismo. Te ordena que mires hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo. No existe fondo: y tú oyes que se elevan desde el abismo unas palabras: «tétricos gemidos, quejidos profundos, y alaridos de espíritus torturados.» Tú te estremeces, tus huesos se derriten como cera, y tu médula se sacude dentro de ti. ¿Dónde está ahora tu poder? Y ¿dónde tu jactancia y tus fanfarronadas? Das un alarido y lloras, y pides misericordia; pero el ángel, con su tremendo puño, te sostiene firme, y luego te arroja al abismo, con el grito: «¡Lejos, lejos!» Y tú caes al hoyo que no tiene fondo, y te deslizas para siempre hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, sin encontrar nunca un lugar de descanso para la planta de tus pies. Serás echado afuera.
Y ¿dónde serás echado? Debes ser echado «a las tinieblas de afuera;» serás colocado en el lugar donde no habrá esperanza. Pues, por «luz,» en la Escritura, nosotros entendemos «esperanza;» y tú serás echado «a las tinieblas de afuera,» donde no hay luz: no hay esperanza. ¿Hay algún hombre aquí que no tenga esperanza? No puedo imaginar a una persona así. Tal vez, alguno de ustedes diga: «Tengo una deuda de treinta libras esterlinas, y pronto seré vendido; pero tengo la esperanza de obtener un préstamo, y así podré escapar de mi dificultad.»
Otro dice: «Mi negocio está en la ruina, pero las cosas todavía pueden cambiar: tengo la esperanza.» Otro dice: «Yo estoy sumido en la angustia, pero espero que Dios me provea.» Otro dice: «yo debo cincuenta libras esterlinas; lo siento; pero voy a poner mis fuertes manos a trabajar, y voy a hacer un gran esfuerzo para salir del problema.» Alguien piensa que su amigo está muriéndose; pero tiene la esperanza que tal vez la fiebre dé un giro: espera que pueda vivir. Pero en el infierno no hay esperanza. Ni siquiera tienen la esperanza de morir: la esperanza de ser aniquilados. ¡Ellos están perdidos para siempre, para siempre, para siempre! En cada cadena del infierno está escrito: «para siempre.» En los fuegos, allá, sobresalen las palabras: «para siempre.» Encima de sus cabezas, ellos leen: «para siempre.» Sus ojos están amargados y sus corazones están adoloridos por el pensamiento que es para siempre. ¡Oh!, si yo pudiera decirles esta noche que el infierno va a desaparecer quemado un día, y que los que estaban perdidos podrán ser salvos, habría un jubileo en el infierno motivado por el simple pensamiento de eso. Pero no puede ser: es «para siempre» que «son echados a las tinieblas de afuera.»
Pero yo quisiera terminar con esto tan pronto como pueda, pues ¿quién puede soportar hablar de esta manera a sus compañeros? ¿Qué es lo que están haciendo los perdidos? Están «llorando y crujiendo sus dientes.» ¿Crujes tú ahora los dientes? No lo harías a menos que sintieras dolor y estuvieras en agonía. Bien, en el infierno siempre hay un crujir de dientes. Y ¿sabes por qué? Hay uno que cruje sus dientes a su compañero, y murmura: «yo fui conducido al infierno por ti; tú me condujiste al extravío, tú me enseñaste a beber por primera vez.» Y otro cruje también sus dientes y le responde: «Y qué si lo hice, tú me hiciste más malo de lo que yo hubiera sido.»
Hay un niño que mira a su madre y le dice: «Madre, tú me entrenaste en el vicio.» Y la madre cruje sus dientes otra vez al niño, y le responde: «no siento piedad por ti, pues tú me sobrepasaste en el vicio y me condujiste a lo profundo del pecado.» Los padres crujen sus dientes a sus hijos, y los hijos a sus padres. Y me parece que si hay algunos que tendrán que crujir sus dientes más que otros, serán los seductores, cuando vean a quienes desviaron de los caminos de virtud, y los oigan decir: «¡Ah!, nos da gusto que tú estés en el infierno con nosotros, te lo mereces, pues tú nos condujiste aquí.»
¿Tiene alguno de ustedes sobre su conciencia el día de hoy, el hecho que ha conducido a otros al abismo? Oh, que la gracia soberana te perdone. «Yo anduve errante como oveja extraviada,» dice David. Ahora, una oveja extraviada nunca se extravía sola si pertenece al rebaño. Recientemente leí acerca de una oveja que saltó sobre la baranda de un puente, y cada una de las ovejas de ese rebaño la siguió. Así, si un hombre se extravía, conduce a otros al extravío con él. Algunos de ustedes tendrán que dar cuentas por los pecados de otros cuando lleguen al infierno, así como por los pecados propios. ¡Oh, qué «lloro y crujir de dientes» habrá en ese abismo!
Ahora cierro el libro negro. ¿Quién quiere decir algo más sobre él? Les he advertido solemnemente. ¡Les he hablado de la ira venidera! La tarde se oscurece, y el sol se está poniendo. ¡Ah!, y las tardes se oscurecen para algunos de ustedes. Veo aquí a hombres con cabellos grises. ¿Acaso son sus cabellos grises una corona de gloria o la gorra de un insensato? ¿Están ustedes en el propio borde del cielo, o están tambaleándose a la orilla de su tumba, y hundiéndose hacia la perdición?
Permítanme advertirles, hombres de cabellos grises; su atardecer se aproxima. Oh, pobre hombre de cabellos grises que vacilas, ¿darás tu último paso al abismo? Deja que un pequeño niño se ponga frente a ti y te suplique que reconsideres. Allí está tu cayado: no tiene ningún trozo de tierra sobre el cual descansar; y ahora, antes que te mueras, recapacita esta noche; deja que se levanten precipitadamente setenta años de pecado; deja que los fantasmas de tus olvidadas transgresiones marchen enfrente de tus ojos. ¿Qué harás con setenta años desperdiciados por los cuales tienes que responder, con setenta años de crimen que vas a traer ante Dios? Que Dios te dé esta tarde gracia para que te arrepientas y para que pongas tu confianza en Jesús.
Y ustedes hombres de edad mediana, no estén tan seguros: la tarde cae para ustedes también; pueden morir pronto. Hace unos cuantos días, fui levantado temprano de mi cama por una petición para que me apresurara a visitar un moribundo. Yo fui a toda velocidad para ver a la pobre criatura; pero cuando llegué a la casa, él ya había muerto: era un cadáver. Mientras estaba en la habitación pensé: «¡Ah!, ese hombre no tenía la menor idea que moriría tan pronto.» Allí estaban su esposa y sus hijos y sus amigos: no pensaron que se iba a morir, pues era sano, robusto y vigoroso sólo unos cuantos días antes.
Ninguno de ustedes tiene un arrendamiento de su vida. Si lo tienen, ¿dónde está? Vayan y vean si lo tienen escondido en los baúles de su hogar. ¡No!, ustedes pueden morir mañana. Por tanto, permítanme advertirles por la misericordia de Dios; déjenme hablarles como les podría hablar un hermano; pues yo los amo, y ustedes saben que así es, y yo quisiera que se grabaran esto en sus corazones. ¡Oh, estar entre las muchas personas que serán aceptadas en Cristo: qué bendición será esa! Y Dios ha dicho que todo aquél que invoque Su nombre será salvo: no echa a nadie que venga a Él por medio de Cristo.
Y ahora, jóvenes y jovencitas, una palabra para ustedes. Tal vez piensen que la religión no es para ustedes. «Seamos felices,» se dicen: «estemos alegres y llenos de gozo.» ¿Por cuánto tiempo, jovencito, por cuánto tiempo? «Hasta que cumpla veintiún años.» ¿Estás seguro que alcanzarás esa edad? Déjame decirte una cosa. Si en efecto vives hasta esa edad, pero no tienes un corazón para Dios, no lo tendrás tampoco en esa fecha. Si los hombres son dejados a sí mismos, no se vuelven mejores. Sucede con ellos lo mismo que con un jardín: si lo abandonas y permites que crezcan hierbas malas, no esperes encontrarlo en mejor estado en seis meses: estará peor. ¡Ah!, los hombres hablan como si pudieran arrepentirse cuando quieran. Es obra de Dios darnos el arrepentimiento. Algunos inclusive llegan a decir: «voy a volverme a Dios tal y tal día.» ¡Ah!, si sintieras de manera correcta dirías: «debo correr a Dios, y pedirle que me dé el arrepentimiento ahora, para que no muera antes de haber encontrado a Jesucristo mi Salvador.»
Y ahora, una palabra para concluir este mensaje. Les he hablado del cielo y del infierno, ¿cuál es el camino, entonces, para escapar del infierno y para ser encontrado en el cielo? No les voy a repetir mi viejo cuento esta noche. Yo recuerdo que cuando se los conté anteriormente, un buen amigo que se encontraba entre la multitud, me dijo: «Dinos algo que sea fresco, viejo amigo.» Ahora, realmente, cuando se predica diez veces a la semana, no siempre podemos decir cosas frescas. Han oído hablar de John Gough, y ustedes saben que él repite sus historias una y otra vez. Yo no tengo nada sino el viejo Evangelio. «El que creyere y fuere bautizado, será salvo.» Aquí no hay ninguna referencia a obras. No dice: «Aquel que sea un buen hombre será salvo.» Bien, ¿qué significa creer? Significa poner enteramente tu confianza en Jesús. El pobre Pedro una vez creyó, y Jesucristo le dijo: «Vamos, Pedro, camina hacia a mí sobre el agua.» Pedro fue, pisando las crestas de las olas, sin hundirse; pero cuando miró las olas, comenzó a temblar, y se hundió.
Ahora, pobre pecador, Cristo te dice: «Vamos; camina sobre tus pecados; ven a Mí;» y si lo haces, Él te dará poder. Si tú crees en Cristo, serás capaz de caminar sobre tus pecados: pisar sobre ellos, y vencerlos. Yo puedo recordar aquel tiempo cuando mis pecados me miraron por primera vez a mi cara. Yo me consideré el más execrable de todos los hombres. No había cometido grandes transgresiones visibles contra Dios; pero tenía presente que había sido educado y guiado muy bien, y por eso pensaba que mis pecados eran peores que los de otras personas. Clamé a Dios por misericordia, pero Él no me oyó, y yo no sabía lo que era ser salvo. Algunas veces estaba tan cansado del mundo que deseaba morir: pero entonces me acordaba que había un mundo peor después de este, y que no sería bueno apresurarme a presentarme ante mi Señor sin estar preparado. A veces, pensaba perversamente que Dios era un tirano sin corazón, porque no respondía mi oración; y luego, otras veces, pensaba: «yo merezco Su disgusto; si Él me envía al infierno, será justo.» Pero recuerdo la hora cuando entré a un lugar de adoración, y vi a un hombre alto y delgado subir al púlpito: nunca lo he vuelto a ver después de ese día, y probablemente nunca lo vea, hasta que nos encontremos en el cielo. Abrió la Biblia, y leyó, con una débil voz: «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.» ¡Ah!, pensé yo, yo soy uno de los términos de la tierra; y entonces, volteándose, y fijando su mirada en mí, como si me conociera, ese ministro dijo: «Mira, mira, mira.» Vamos, yo pensaba que había muchas cosas que yo debía hacer, pero descubrí que sólo tenía que mirar. Yo pensaba que tenía que tejerme un vestido: pero descubrí que si miraba, Cristo me daría un vestido.
Mira, pecador, eso es ser salvado. Mirad a Él, todos los términos de la tierra, y sed salvos. Esto es lo que los judíos hicieron, cuando Moisés sostuvo en alto la serpiente de bronce. Él dijo: «¡Miren!» y ellos miraron. Las serpientes andaban retorciéndose a su alrededor, y ellos llegaban a estar casi muertos; pero simplemente miraban, y en el instante en que miraban, las serpientes quedaban fulminadas, y ellos eran sanados. Mira a Jesús, pecador. «Nadie sino Jesús puede hacer bien a los pecadores desvalidos.» Hay un himno que cantamos a menudo, pero que no es muy correcto, que dice:
«Aventúrate en Él, aventúrate enteramente;
No dejes que ninguna otra confianza se entrometa.»
Ahora, no es una especulación confiar en Cristo, para nada. El que confía en Cristo está muy seguro. Yo recuerdo que cuando el querido John Hyatt se estaba muriendo, Matthew Wilks le dijo: «Y bien, John, ¿puedes confiar ahora tu alma en las manos de Jesucristo?» «Sí,» respondió él, «¡un millón! ¡Un millón!» Yo estoy seguro que cada cristiano que haya confiado en Cristo puede decir: «Amén» a eso. Confía en él; nunca te va a engañar. Mi bendito Señor nunca te echará afuera.
Debo terminar mi mensaje, y sólo me resta agradecerles su amabilidad. Nunca he visto a tantas personas reunidas, que estén tan tranquilas y tan quietas. Realmente pienso, después de todas las duras cosas que se han dicho, que los ingleses saben quién los ama, y que ellos estarán con el hombre que esté con ellos. Doy gracias a cada uno de ustedes, y sobre todas las cosas, les suplico, si hay razón o sentido en lo que he dicho, reflexionen sobre lo que son, y ¡que el bendito Espíritu les revele su verdadera situación! Que les muestre que están muertos, que están perdidos, arruinados. ¡Que les haga sentir qué cosa tan terrible sería hundirse en el infierno! ¡Que les señale el camino al cielo! Que los tome, como lo hizo el ángel en tiempos antiguos, y ponga su mano en ustedes, diciendo: «¡Escapa! ¡Escapa! ¡Escapa! Mira al monte; no mires tras de ti; no pares en toda esta llanura.» Y que todos nos reunamos al fin en el cielo; y allá seremos felices para siempre.
Un comentario de Spurgeon:«Este sermón ha sido regado con muchas oraciones de los fieles de Sion. El predicador no pretendía que fuera publicado, pero viendo ahora que lo han imprimido, no se disculpará por su composición defectuosa ni por su estilo difuso; en lugar de eso, el predicador suplica las oraciones de sus lectores, para que este débil sermón pueda exaltar el honor de Dios, por la salvación de muchas personas que lo lean. «La excelencia del poder es de Dios, y no del hombre.»
1/2 – La gracia de Dios en medio de las debilidades
Otto Sánchez
Rolando Otoniel (Otto) Sánchez Pérez, nació el 24 de febrero del año 1966 en la ciudad de Santo Domingo.
Viene de un hogar cristiano y conoció la gracia de Jesucristo en su adolescencia.
Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama desde el año 1992. Sus primeros estudios universitarios fueron en el área de Publicidad. Realizó estudios ministeriales en el Seminario Teológico Bautista Dominicano.
Tiene una Maestría en Teología del Southern Baptist School for Theological Studies y candidato al Phd, por la misma casa académica.
El pastor Otto está dirigiendo el STBD (Seminario Teológico Bautista Dominicano) desde enero del 2008. Está casado con Susana Almanzar y tienen dos niñas, Elizabeth Marie y Alicia.
Hace apenas una semana que concluimos el por su causa 2019 con la temática de Revolución Sexual, cuyo eje central es la ideología de género. Nosotros los cristianos en diferentes países hemos estado haciendo oposición a la imposición de una ideología que es completamente contraria al diseño de Dios.
Sin embargo, de esa misma manera el pueblo cristiano a nivel global, ha encontrado suficiente oposición de parte de gobiernos e instituciones educativas y de otra índole y la presión en ocasiones se siente tan fuerte que muchos de nosotros hemos podido sentir cierta intimidación al ver las condiciones sociales que probablemente estaremos heredando en los próximos años.
En el mensaje de cierre, yo estuve hablando de como el apóstol Pablo advirtió a Timoteo de que en los últimos días, la condición moral de los hombres sería desastrosa y que esa condición iría de mal en peor.
Justamente la reflexión sobre un texto como ese que aparece en la segunda carta de Pablo a Timoteo, capítulo tres, pudiera hacer temblar a cualquiera, pero cerramos concluyendo que nosotros confiaríamos en Dios…
17Aunque la higuera no eche brotes,
ni haya fruto en las viñas;
aunque falte el producto del olivo,
y los campos no produzcan alimento;
aunque falten las ovejas del aprisco,
y no haya vacas en los establos,
18 con todo yo me alegraré en el Señor,
me regocijaré en el Dios de mi salvación.
Menciono esto porque me parece que el texto de hoy le da continuación en cierta manera a la forma como terminamos en Por Su Causa, poniendo nuestra confianza en Dios, y por eso yo he titulado mi mensaje esta mañana: El Señor en defensa de Pablo.
Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría
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¿Cómo perseverar con la mirada en el Galardonador?
Josías Grauman
Josías es licenciado en idiomas bíblicos por The Master’s University y con Maestría en Divinidad por The Master’s Seminary. Sirvió durante cinco años como capellán del Hospital General de Los Angeles (California), y sirvió como misionero por dos años en la Ciudad de México. En la actualidad , está encomendado como anciano de la iglesia Grace Community Church donde sirviendo en el ministerio hispano. Josías y su esposa Cristal tienen tres hijos.
“Pensemos con el Dr. Ravi Zacharias” es una producción de RZIM y es un excelente recurso para los cristianos que anhelan entender la fe y testificar con inteligencia.