Mata el orgullo antes de que te destruya

Mata el orgullo antes de que te destruya
Por Lucas Aleman

Desde el principio, el orgullo presenta batalla contra Dios constantemente y se propaga entre nosotros con mucha facilidad. Se nutre de casi cualquier cosa con tal de no sucumbir ante la búsqueda de la humildad que Dios demanda de todos nosotros. Este pecado es único. La mayoría de los pecados nos alejan de Dios, pero el orgullo es un ataque directo aDios porque busca destronarlo con el fin de entronizarse a sí mismo cueste lo que cueste.
Por esta razón Dios «reprende a los soberbios» (Sal. 119:21) y no tolera nunca a los que son «altivos de corazón» (Pr. 16:5). Siempre los «resiste» (Stg. 4:6; 1 P. 5:5) y, de hecho, se burla de ellos (Pr. 3:34) como lo hizo con Faraón en el libro de Éxodo. Dios ya había mandado siete plagas cuando le hizo a Faraón una de las preguntas más particulares de todo el Antiguo Testamento por medio de Moisés y Aarón: «¿Hasta cuándo no querrás humillarte delante de mí?» (Éx. 10:3). Las siete «señales» anteriores deberían haber sido suficientes para dejar ir al pueblo de Dios (Éx. 10:2). Sin embargo, Faraón «se obstinó en pecar» (Éx. 9:34) y «se endureció» aún más (Éx. 9:35; cp. Éx. 8:15, 32).

El orgullo de Faraón
Esta no era la primera vez que un Faraón se enaltecía en su corazón. Anteriormente ya se había levantado «sobre Egipto» un «nuevo rey» que se caracterizaba por su orgullo porque «no conocía a José» (Éx. 1:8; cp. Gn. 47:11–27). Había no solo rechazado cualquier acuerdo previo con José sino que también había concebido con astucia un plan que tenía como primer objetivo debilitar a «los hijos de Israel» para así engrandecer su reino (Éx. 1:9–11). «Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían» (Éx. 1:12). En otras palabras, Dios hizo fracasar la política opresora de Faraón de manera poderosa. No había otra forma de explicar esto más que Dios estaba con su pueblo (cp. Éx. 33:15–17).

Varios años antes, Dios le había prometido a Abraham «una nación grande» (Gn. 12:2). A pesar de que al principio solo«setenta» entraron a Egipto (Éx. 1:5), providencialmente «los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra» (Éx. 1:7; cp. Gn. 1:28). Pero Faraón se aferró a su orgullo e hizo «servir a los hijos de Israel con [mayor] dureza» (Éx. 1:13). Enseguida manifestó dicha actitud al imitar a su padre el diablo —quien «ha sido homicida desde el principio» (Jn. 8:44)— e intentó limitar el crecimiento del pueblo de Dios. Mandó a matar a todos los descendientes varones por medio de «las parteras de las hebreas» a quien les ordenó: «Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva» (Éx. 1:16). Sin embargo, las parteras «temieron a Dios» y «preservaron la vida a los niños» (Éx. 1:17). Irónicamente, el resultado fue que «el pueblo se multiplicó y se fortaleció en gran manera» (Éx. 1:20).

Faraón no podía con Dios ni con su pueblo, pero esto no significaba que iba a rendirse. Hizo pasar un decreto en todo Egipto que decía: «Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida» (Éx. 1:22). «Por la altivez de su rostro», Faraón no buscó a Dios «en ninguno de sus pensamientos» (Sal. 10:4) pero aún así —en otra demostración de ironía— uno los hijos de Israel terminó en su propia casa (Éx. 2:1–10). Todos sus esfuerzos fueron superados por Dios quien desde «los cielos» se estaba burlando al compás de su soberanía absoluta que lo determina todo (Sal. 2:4), incluso el lugar de donde vendría el libertador de su pueblo. Pasaron los años y ese «rey de Egipto» murió (Éx. 2:23).

Con todo, la situación de «los hijos de Israel» no cambió y todavía «gemían a causa de la servidumbre» (Éx. 2:23). De hecho, se levantó otro Faraón mucho más orgulloso que el anterior, pero Dios no se olvidó del «pacto con Abraham, Isaac y Jacob» (Éx. 2:24) y «reconoció» la condición de su pueblo (Éx. 2:25).

Dios odia el orgullo
Es por eso que cuando Dios se le apareció a Moisés «en una llama de fuego en medio de una zarza» (Éx. 3:2) se identificóa sí mismo como el «Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob» (Éx. 3:6). No solo era el mismo Dios de sus antepasados, sino que aún se acordaba de todas sus promesas (Gn. 12:2–3; 17:3–8; 26:2–5; 23–24; 28:12–15). Moisés inmediatamente se humilló ante su presencia (Éx. 3:5; cp. Nm. 12:3) y «cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios» (Éx. 3:6) cuyo nombre es «YO SOY EL QUE SOY» (Éx. 3:14). Su nombre le dio a entender a Moisés que Dios no tiene principio ni fin. Vive en un permanente presente por la eternidad y su naturaleza, en efecto, no cambia (Éx. 3:15). No puede ser manipulado ni forzado a nada porque Dios es hoy quien ha sido ayer y quien será mañana. Lo que aborreció en el paraíso (Gn. 3:1–24), lo sigue abominando porque su carácter es inmutable (Mal. 3:6; Stg. 1:17).

En este caso, más específicamente, su actitud hacia el orgullo ha permanecido intacta, aún desde antes que Adán y Eva pecaran (Gn. 1:31). El diablo fue quien primeramente «se enalteció» en su corazón (Ez. 18:17) y dijo: «Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Is. 14:13–14). Muchos ángeles le siguieron y, como resultado, Dios «los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día» (Jud. 6). No hay duda alguna, entonces, de que Dios odia el orgullo en base a su naturaleza.

La oportunidad desperdiciada de Faraón
Irónicamente, el orgullo de Faraón también seguía intacto (Éx. 7:14–9:35). Siete plagas no le fueron suficiente para reconocer «que no hay otro como [Dios] en toda la tierra» (Éx. 9:14). Pero ciertamente esto no podía permanecer así para siempre. No hay lugar para el altivo delante de Dios (Sal. 5:5). Eventualmente «todo soberbio» será «abatido» por Dios (Is. 2:12) que por sí mismo juró: «[A] mí se doblará toda rodilla» (Is. 45:23; cp. Fil. 2:10–11). De igual modo, Faraón «no quedar[ía] impune» (Pr. 16:5). Su «quebrantamiento» estaba por caer en cualquier momento (Pr. 18:12) y es, precisamente por eso, que Dios le pregunta: «¿Hasta cuándo?» (Éx. 10:3).

¡Esta era la mejor oportunidad que Faraón tenía de arrepentirse! Hasta sus propios «siervos» se dieron cuenta de la destrucción que había sobrevenido sobre Egipto a causa de su orgullo obstinado (Éx. 10:7). Pero Faraón no dejó ir a todos los hijos de Israel (Éx. 10:11). Por lo tanto, Dios envió tres plagas más sobre el pueblo de Egipto (Éx. 10:12–12:30) hasta que fueron humillados (Éx. 12:31–36).

¿Qué hay de tu orgullo?
El orgullo es tan desagradable para Dios que ocupa el primer lugar de lo que parece ser una versión veterotestamentariade los siete pecados capitales (Pr. 6:16–19). En su esencia, es incompatible con lo que Dios es, fue y siempre será (Lev. 19:2; 20:26; 21:8). Aunque todavía no hemos visto a Dios «tal como él es» (1 Jn. 3:2), sí se ha revelado lo suficiente en Éxodo como para que seamos más humildes de lo que verdaderamente somos. Reconozcamos, pues, nuestra soberbia. Este es el primer paso para adquirir la humildad que Dios demanda de todos nosotros.

No podemos suponer que «la soberbia y la arrogancia» buscarán «el temor de Jehová» (Pr. 8:13) en nuestra vida. El orgullo nunca confiesa ni tampoco se arrepiente de pecado. Ahora bien, si ni siquiera estamos dispuestos a hacer esto es porque todavía tenemos un «más alto concepto de [nosotros] que el que [debemos] tener» (Ro. 12:3). No podemos hacer nada antes de este paso.

Al mismo tiempo, procuremos la humildad con todas nuestras fuerzas porque solamente allí abunda la gracia de Dios (Stg. 4:6; 1 P. 5:5). Dios no tolera los «ojos altaneros» ni el «corazón vanidoso» (Sal. 101:5). Nunca lo ha hecho y, ciertamente, tampoco lo hará «cuando él se manifieste» (1 Jn. 3:2). Se burló de Faraón y «no perdonó a los ángeles» (2 P. 2:4) que buscaron destronarlo (Jud. 6), ¿qué nos hace pensar que tratará con nuestro orgullo de manera diferente? Ante sus ojos, hay «más esperanza [para el] necio» que para el soberbio (Pr. 26:12). «Revist[ámonos] de humildad» «bajo la poderosa mano de Dios» antes de que sea demasiado tarde (1 P. 5:5–6).

Lucas Aleman
Lucas Alemán (M.Div., Th.M., Ph.D. Candidate) es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California, y el editor general y uno de los autores de «La hermenéutica de Cristo» así como uno de los contribuidores de «En ti confiaré». Lucas es oriundo de Argentina. En 2016, comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz
Por Trillia Newbell

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Nuestra ofensa más pequeña merece toda la ira de Dios. Eso es difícil de escuchar si olvidamos que Dios no solo ha cubierto nuestro pecado en Cristo, sino que también nos permite acercarnos a Él continuamente para recibir esa gracia una vez más. También sabemos que Dios es santo, separado en Su perfección, gloria y majestad. Somos pecadores que pecamos todos los días. Nuestro pecado debería afligirnos, pero no condenarnos, porque servimos a un Dios que es bueno y bondadoso, pero que también es santo y justo. Entonces, ¿qué debemos hacer con este enigma de nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios que está tan cerca de nosotros? Arrepentirnos y recibir la asombrosa gracia de Dios.

¿Es Dios una especie de cuco?
Ahí está de nuevo. Esa tenebrosa sombra acechando en el armario. Parece tan impredecible. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué podría pasar? ¿Saltará y me atrapará?

Esos eran mis aterradores pensamientos de niña. Me acurrucaba con miedo en mi cama, esperando que el cuco saltara del armario y me atrapara. Cuando me convertí en cristiana, me di cuenta de que gran parte de la forma en que me relacionaba con Dios era con ese miedo infantil al cuco. Sentía que no tenía mucho control sobre mi vida, pero en lugar de darme cuenta de que estaba en manos de un Padre bueno y amoroso, lo veía como un tirano. Pensaba que Él tenía todo el control, pero que el único amor que mostró fue en la cruz (que por supuesto hubiera sido suficiente). Realmente creía que Dios era como el cuco que rondaba por mi armario, esperando el momento adecuado para castigarme o causarme algún daño.

Qué triste. Si solo conocemos a Dios como el gobernante soberano del mundo podríamos cometer el mismo error que yo cometí cuando era una joven cristiana. No fue hasta que comprendí el gran amor de Dios que comencé a ver Sus caminos como buenos y amables. Sí, incluso las cosas difíciles de nuestra vida provienen de la mano amorosa de Dios (1 P 1:3-9; He 12:3-17). Podemos descansar en el conocimiento de que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y que Sus caminos no son nuestros caminos, y que sin embargo Él tiene cuidado de los hombres (Sal 8:4; Is 55:8).

Lo vemos en Isaías 55, que comienza con un llamado urgente a que vengamos a beber: «Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno» (v. 1). Dios se complace en satisfacer nuestras necesidades (espirituales y de otro tipo). Tenemos un Padre que nos invita al trono de la gracia para recibir ayuda en nuestros momentos de necesidad (He 4:16). Y aunque de joven no comprendía del todo el significado de la cruz, ahora entiendo que Dios mostró Su máximo amor por nosotros mediante el sacrificio de Su Hijo a nuestro favor. ¿Existe un amor más grande que ese?

Dios no es el cuco. Es el Dios soberano, amoroso y asombroso que vino a redimir a un pueblo para Sí mismo. Él es bueno y nos ama todo el tiempo. Así que, como respuesta a nuestro conocimiento de Su carácter amoroso, nos disciplinamos para arrepentirnos diariamente del pecado por el que Cristo ya ha muerto.

Camina en la luz
Uno de los muchos efectos secundarios que he experimentado al envejecer es la incapacidad de ver la carretera al conducir de noche. Todo brilla. Si llueve, es como si alguien me iluminara los ojos con una luz brillante. Como adulta responsable que soy, todavía no he ido al oftalmólogo. Así que conduzco en la oscuridad, ciega como un murciélago.

Afortunadamente, no tenemos que hacer esto como cristianos. Hemos visto la luz. El evangelio ha iluminado las tinieblas. Y esta luz no desorienta; es un don de la gracia que nos purifica y nos guía.

Pero tal vez has estado caminando como si estuvieras todavía en la oscuridad. Dios te llama a caminar en la luz. Caminar en la luz significa caminar en la bondad y la gracia de Dios, viviendo una vida que refleje al Salvador y caminando de una manera digna del evangelio. El arrepentimiento es una de las formas más claras de caminar en esta luz. El apóstol Juan nos dice: «Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad» (1 Jn 1:6). Caminar en las tinieblas es caminar con el conocimiento del pecado e ignorarlo, o caminar como si estuviéramos completamente sin pecado, sin arrepentirnos nunca (1 Jn 1:8). La gracia de Dios nos permite no solo reconocer que seguimos luchando con el pecado, sino también volvernos de nuestro pecado.

Vemos claramente que nuestro caminar en la luz no es perfecto, ni siquiera está cerca de serlo. Nunca alcanzaremos la perfección en esta tierra. Por eso el arrepentimiento es un regalo tan hermoso de nuestro Dios. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9). Oh, qué gracia. Confesamos nuestros pecados a Dios —reconociendo nuestra gran necesidad de que Él nos convierta de nuestro pecado— y ¿qué hace Él? Hace lo que ya ha hecho: derrama la gracia que necesitamos para cambiar. Su ira estuvo reservada para Jesús. No recibimos castigo o ira por nuestros pecados; recibimos gracia. Hay, por supuesto, consecuencias por el pecado, pero aún así, nuestra posición ante Dios no cambia.

Dios es soberano y lo gobierna todo. Es santo, pero gracias a Jesús podemos acercarnos a Él. Corre, no camines, al trono de la gracia. No camines como un ciego mientras puedes caminar en la luz que está disponible para ti. Camina en la luz. Confiesa tu pecado y recibe la gracia. No hay condenación para ti.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Trillia Newbell
Trillia J. Newbell es conferencista y autora de Fear and Faith [Temor y Fe], United [Unidos], Enjoy [Disfruta] y su libro infantil más reciente God’s Very Good Idea [La gran idea de Dios].

¿Debería asistir a una boda homosexual?

Por Kevin DeYoung 

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

¿Por qué podría un cristiano negarse a asistir, atender o participar en una ceremonia de matrimonio entre personas del mismo sexo? Para hacer las cosas más simples, asumamos que este es un debate entre cristianos tradicionales que creen —como siempre ha creído la iglesia y como sigue creyendo la mayor parte de la iglesia mundial— que el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo es pecaminoso y que el matrimonio es una unión conyugal y de pacto entre un hombre y una mujer.

Con este comentario aclaratorio, podemos abordar la cuestión directamente: ¿Por qué un cristiano se sentiría obligado por su conciencia a no asistir o participar en una boda gay? Lo que nos lleva a esta conclusión no es el fanatismo, ni el miedo, ni porque no sepamos que Jesús pasó tiempo con los pecadores. Es por nuestro deseo de ser obedientes a Cristo y por la naturaleza del evento de la boda en sí.

Una ceremonia de boda, en la tradición cristiana, es ante todo un servicio de adoración. Así que si la unión que se celebra en el servicio no puede ser aprobada bíblicamente como un acto de adoración, creemos que el servicio da crédito a una mentira. No podemos, con buena conciencia, participar en un servicio de adoración falsa. Entiendo que no suena muy bien, pero la conclusión se desprende de la premisa, es decir, que el «matrimonio» que se celebra no es en realidad un matrimonio y que no debe celebrarse.

Además, desde hace tiempo se entiende que los presentes en una ceremonia matrimonial no son simples observadores casuales, sino que son testigos que otorgan su aprobación y apoyo a los votos que se van a realizar. Por eso el lenguaje tradicional habla de reunirse «ante Dios y ante esta congregación». Por eso, en uno de los servicios matrimoniales modelo de la Iglesia presbiteriana de América, todavía el ministro dice:

Si alguien puede mostrar una causa justa por la que no puedan casarse legalmente, que lo declare ahora o que calle para siempre.

De forma muy explícita, la boda no es una fiesta para los amigos y la familia. No es una mera formalidad ceremonial. Es un acontecimiento divino en el que los reunidos celebran y honran la «solemnidad del matrimonio».

Por eso —por mucho que quiera tender puentes con una amiga lesbiana o asegurar a un familiar gay que me importa y que quiero relacionarme con él— no asistiría a una ceremonia de boda del mismo sexo. No puedo ayudar con mi pastel, con mis flores o con mi presencia a solemnizar lo que no es sagrado.

Al adoptar esta postura, a menudo he escuchado en respuesta cosas como estas:

Pero Jesús se juntó con los pecadores. No le preocupaba ser contaminado por el mundo. No quería alejar a la gente del amor de Dios. Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Él nos diría: «Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos».

Bien, pensemos en estas objeciones. Me refiero a pensar con unas cuantas frases y no solo con eslóganes y vagos sentimentalismos.

Jesús se juntó con los pecadores. Es cierto, más o menos (depende de lo que se entienda por «juntarse»). Pero Jesús creía que el matrimonio era entre un hombre y una mujer (Mt 19:3-9). El ejemplo de Cristo en los evangelios nos enseña que no debemos tener miedo de pasar tiempo con los pecadores. Si una pareja gay de la casa de al lado te invita a cenar, no la rechaces.

No le preocupaba ser contaminado por el mundo. Esa no es la preocupación aquí. No se trata de piojos o gérmenes del pecado. Nosotros mismos tenemos muchos de ellos.

No quería alejar a la gente del amor de Dios. Pero Jesús lo hizo todo el tiempo. Actuó de maneras antagónicas, que pudo hacerlas involuntariamente, pero más a menudo las hizo deliberadamente (Mt 7:6, 13-27; 11:20-24; 13:10-17; 19:16-30). Jesús apartaba a la gente todo el tiempo. Esto no es excusa para que seamos irreflexivos y poco amables. Pero debería poner fin a la noción no bíblica que dice que si alguien se siente herido por tus palabras o no amado por tus acciones, ipso facto fuiste poco amoroso de manera ridícula y pecaminosa.

Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Amén. Sigamos predicando a Cristo y prediquemos como Él lo hizo, llamando a todas las personas a «arrepentirse y creer en el evangelio» (Mr 1:15).

Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos. Este es, por supuesto, un principio verdadero y hermoso sobre cómo los cristianos, cuando son injuriados, no deben injuriar a su vez. Pero difícilmente puede significar que hagamos todo lo que la gente exige sin importar nuestros derechos (Hch 4:18-20; 16:35-40; 22:22-29) y sin importar lo que es correcto a los ojos de Dios.

Una boda no es una invitación a una cena o una fiesta de graduación o de jubilación. Incluso en un entorno completamente laico, sigue existiendo la sensación —y a veces las invitaciones de boda lo dicen— de que nuestra presencia en el evento honraría a la pareja y su matrimonio. Sería difícil, si no imposible, asistir a una boda (por no hablar de hacer el catering o el centro de mesa) sin que tu presencia comunique la celebración y el apoyo a lo que está ocurriendo. Y, por muy doloroso que sea para nosotros y para los que amamos, celebrar y apoyar las uniones homosexuales no es algo que Dios o Su Palabra nos permitan hacer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Kevin DeYoung
El Rev. Kevin DeYoung es pastor de Christ Covenant Church en Matthews, N.C., y maestro asistente de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, N.C. Es autor de numerosos libros, incluyendo Taking God at His Word [Confía en Su Palabra] y Just Do Something [Haz algo].

CULPA

EL EFECTO DE LA REVELACIÓN GENERAL

“Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó.”

Romanos 1:19

Las Escrituras dan por sentado, y la experiencia lo confirma, que los seres humanos tienen inclinación natural por alguna forma de religión, y con todo, no adoran a su Creador, cuya revelación general de sí mismo lo da a conocer de manera universal. Ni el ateísmo teórico, ni el monoteísmo moral son naturales en nadie: el ateísmo es siempre una reacción contra una creencia preexistente en Dios o en dioses, y el monoteísmo natural sólo ha venido a aparecer a raíz de la revelación especial.

Las Escrituras explican este estado de cosas, diciéndonos que el egoísmo pecaminoso y la aversión a lo que nuestro Creador proclama sobre sí mismo conducen a la humanidad a la idolatría, la cual significa la transferencia de nuestra adoración y homenaje a algún poder u objeto diferente al Dios Creador (Isaías 44:9–20; Romanos 1:21–23; Colosenses 3:5). De esta forma, los humanos apóstatas “detienen con injusticia la verdad” y cambian “la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Romanos 1:18, 23). Sofocan y mitigan tanto como pueden la conciencia que les da la revelación general de que hay un Juez-Creador trascendente, y adhieren su indestructible sensación de que existe lo divino a objetos indignos de ello. Esto conduce a su vez a una drástica decadencia moral, con su consiguiente angustia, como primera manifestación de la ira de Dios contra la apostasía del ser humano (Romanos 1:18, 24–32).

Hoy en día, la gente idolatra en el occidente, y de hecho adora una serie de objetos seculares, como la empresa, la familia, el fútbol, y sentimientos placenteros de diversas clases. La decadencia moral sigue siendo la consecuencia, tal como lo era cuando los paganos adoraban ídolos físicamente reales en los tiempos bíblicos.

Los seres humanos no pueden suprimir por entero su sensación de que hay un Dios, ni la de su juicio presente y futuro; Dios mismo no está dispuesto a permitírselo. Siempre queda algún sentido de lo que es correcto o incorrecto, y de que somos responsables ante un Juez divino que es santo. En nuestro mundo caído, todos aquéllos cuya mente no se halla deteriorada de alguna forma, tienen una conciencia que en algunos puntos los guía, y que de vez en cuando los condena, diciéndoles lo que deberían sufrir por las maldades que han cometido (Romanos 2:14 ss.), y cuando la conciencia habla en esos términos, constituye en verdad la voz de Dios.

En cierto sentido, la humanidad caída es ignorante con respecto a Dios, puesto que aquello que la gente quiere creer, y de hecho cree, acerca de los destinatarios de su adoración, falsifica y distorsiona la revelación de Dios, de la cual no pueden escapar. No obstante, en otro sentido, todos los seres humanos siguen estando conscientes de que hay un Dios, y se sienten culpables, además de tener incómodos indicios de que se aproxima un juicio que ellos no quisieran que se produjera. Sólo el Evangelio de Cristo puede poner paz en este perturbador aspecto de la situación del ser humano

 Packer, J. I. (1998). Teologı́a concisa: Una guı́a a las creencias del Cristianismo histórico (pp. 23–24). Miami, FL: Editorial Unilit.

 

La Verdad Acerca Del Pecador

“Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros.» – Romanos 5:7-8

«Así es como el Apóstol demuestra su caso. Él apunta hacia arriba, primero que todo, desde el hombre justo hasta el bueno. Y entonces, cuando termina apunta hacia abajo. ¿Dónde estamos nosotros? Ciertamente no entre los ‘buenos’. ¿Y entre los justos? Ni siquiera entre los justos. Pues bien, ¿qué somos entonces? ¡Pecadores! No hay, en lo absoluto, nada digno de ser amado en nosotros. Dios muestra Su amor y prueba Su amor para con nosotros en que Cristo murió por nosotros no porque fuésemos dignos de ser amados, deseables y buenos. Entonces, no obstante no hayamos sido dignos de ser amados, y deseables, ¿hemos sido correctos bajo algún estándar? ¿hemos permanecido en la ley? ¡De ninguna manera! No hemos sido justos. La verdad acerca de nosotros es que éramos pecadores y un pecador es exactamente lo opuesto a un hombre bueno y justo. Un pecador es un transgresor. Un pecador es un hombre que ha perdido su calificación, que se ha quedado corto. No hay absolutamente nada de justicia en él. El mismo término sugiere depravación moral, no excelencia moral sino fracaso moral. No solamente no hemos guardado la Ley, sino que somos culpables de transgredir la Ley, de quebrantarla. Eso es lo que un pecador realmente es. Estos son los términos usados en la Biblia para describirlo. En otras palabras, el pecador no es tan sólo un hombre culpable de depravación moral y transgresiones, de acciones erradas e iniquidades, y debido a esto, culpable a los ojos de Dios; el pecador es reprehensible delante de la Ley y es merecedor del desagrado divino y de la ira de Dios. 

«Esa es la verdad acerca del pecador. Es alguien que ha burlado deliberadamente la Ley de Dios, es alguien que no está interesado en Dios, que no le agrada Dios, es alguien que odia a Dios. Y debido a eso, dicho pecador opone su voluntad a la voluntad de Dios. Él dice, ‘¿con que he aquí dijo Dios, no? Muy bien, pues yo haré todo lo contrario. ¿Este es un mandamiento? Pues yo lo quebrantaré. Él me dice que no desee algo, pero yo lo deseo y voy a obtenerlo.’ El pecador, por lo tanto, ha ofendido deliberadamente a Dios, se ha rebelado en contra de él, lo ha atacado, ha burlado Su Ley, ha desechado su voz, ha seguido su propio camino según su propia voluntad, y se ha hecho culpable ante los ojos de Dios.

«Ése es el tipo de persona por la cual Cristo murió. ‘No a los justos- sino a pecadores vino Jesús a llamar’. No a hombres buenos y dignos de ser amados, ¡sino a los viles y aborrecibles!»

«…Sólo cuando dimensionamos esto somos capaces de seguir el argumento del Apóstol. Y el argumento es este. Dios demuestra Su amor para con nosotros en que, mientras éramos así, cuando merecíamos la ira de Dios en Su justicia, y merecíamos su castigo y perdición y el destierro de Su mirada, Dios realmente envió a Su Hijo a morir por nosotros. Si eso no prueba el amor de Dios hacia nosotros, nada podrá ni nada lo hará. Las personas que más han apreciado el amor Dios han sido las que más se han dado cuenta de su propia pecaminosidad.»

Martyn Lloyd Jones (Romanos, Cap.5, pág.121-123)

Traducido por José de La Fuente

AUTOR DEL ARTÍCULO

MARTYN LLOYD JONES

Dr. David Martyn Lloyd-Jones nació el 20 December 1899 en Gales y fue ministro en Westminster Chapel de Londres. También fue un reconocido doctor en medicina que llegó a trabajar en la familia real de inglaterra. Él tuvo una tremenda influencia en el ala reformada de la iglesia evangélica del siglo 20 con un gran énfasis en el evangelio. Lloyd-Jones describió el don de predicar como «lógica ardiente.» Su entrenamiento en medicina preparó o le dió un corte lógico a sus sermones. Toda su lógica estaba basada en su formacón como médico, por esta razón encontraba tremendamente atrantivo el evangelio y las escrituras. Después de una vida llena de trabajo, murió tranquilamente mientras dormía en Ealing Londres el 1 Marzo de 1981.

EL FIN DE LA FAMILIA

John MacArthur es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.

En el año 1969, después de graduarse en el Talbot Theological Seminary, John llegó a Grace Community Church. El énfasis de su ministerio en el púlpito es el estudio diligente y la exposición versículo a versículo de la Biblia, con especial atención dedicada al antecedente histórico y gramatical detrás de cada pasaje. Bajo el liderazgo de John, los dos servicios matutinos de adoración de Grace Community Church colman el auditorio cuya capacidad es de 3500 personas. Varios miles de miembros participan cada semana en docenas de grupos de hermandad y programas de entrenamiento, la mayoría de ellos conducidos por líderes laicos; y cada uno de ellos, dedicado a equipar a los miembros para el ministerio a nivel local, nacional e internacional.

En el año 1985, John fue nombrado presidente de The Master’s College (anteriormente, Los Angeles Baptist College, y ahora, The Master’s University), una Universidad cristiana de cuatro años, acreditada en humanidades, en Santa Clarita, California. En el año 1986, John fundó The Master’s Seminary, una escuela de posgrado dedicada a la formación de hombres para que desempeñen roles pastorales y trabajo misionero a tiempo completo.

John también es el Presidente y profesor destacado de Grace to You. Fundada en el año 1969, Grace to You es la organización sin fines de lucro responsable de desarrollar, producir y distribuir los libros de John, los recursos de audio y los programas de Grace to You de radio y televisión. El programa de radio de “Grace to You” se emite más de 1000 veces diariamente a lo largo del mundo de habla inglesa, alcanzando a los centros de mayor población con la verdad bíblica. También se transmite casi 1000 veces al día en español, llegando a 23 países a lo largo de Europa y Latinoamérica. El programa de televisión de “Grace to You” se transmite semanalmente en DirecTV en los Estados Unidos y está disponible de manera gratuita por medio de Internet en todo el mundo. Todos los 3000 sermones de John, que abarcan más de cuatro décadas de ministerio, están disponibles de manera gratuita en ese sitio web.

Desde que completó su primer libro que fue un éxito en ventas, El Evangelio según Jesucristo, en el año 1988, John ha escrito cerca de 400 libros y guías de estudio, incluyendo Fuego Extraño, Avergonzados del Evangelio, El Asesinato de Jesús, El Hijo Pródigo, Doce Hombres Inconcebibles, Verdad en Guerra, El Jesús que no Puedes Ignorar, Esclavo, Una Vida Perfecta y la serie de Comentarios MacArthur del Nuevo Testamento. Los títulos de John han sido traducidos a más de dos docenas de idiomas. La Biblia de estudio MacArthur, el recurso que es la piedra angular de su ministerio, está disponible en el idioma inglés (NKJ, NAS y ESV), español, ruso, alemán, francés, portugués, italiano, árabe y chino.

En el año 2015, completó la serie Comentarios MacArthur del Nuevo Testamento. En sus 23 volúmenes, John lo lleva detalle por detalle, versículo a versículo, a lo largo de todo el Nuevo Testamento.

John y su esposa, Patricia, viven en el sur de California y tienen cuatro hijos casados: Matt, Marcy, Mark y Melinda. Ellos también disfrutan de la alegre compañía de sus 15 nietos.

Ideología de género: Tergiversación y verdad

Ideología de género: Tergiversación y verdad
CATHERINE SCHERALDI

Hasta hace unas décadas, las palabras sexo y género podían usarse de manera indistinta sin ningún problema. Hoy, sin embargo, las cosas son muy distintas. Mientras que el sexo se define como las características biológicas que hacen de un individuo varón o hembra, el género como tal (masculino o femenino) se denomina una construcción social y no biológica.

Según nuestra sociedad, la biología no tiene nada que ver con la identidad de género. Pero las cosas no son así tan sencillas.

La ciencia
Para entender cómo se determina el sexo de una persona, es importante regresar a la genética y la embriología. En el núcleo de cada célula hay genes con diferentes combinaciones de ADN (ácido desoxirribonucleico), las unidades hereditarias que determinan no solamente las características físicas de la persona, sino también el funcionamiento de cada órgano.

Las diferentes combinaciones en el ADN determinan las características de los seres humanos: el color de pelo, el tono de piel, o cualquier otra característica que marca la individualidad de cada persona. En los humanos, hay 23 pares de cromosomas (46 en total); 22 pares se conocen como autosomas y aparecen iguales en el sexo masculino y femenino. Además existe un último par, con los que llamamos “cromosomas sexuales”. Aquí existe una diferencia: las personas femeninas tienen dos cromosomas X (XX) y las personas masculinas tienen un cromosoma X y otro Y (XY).

El sexo es determinado por el tipo de gen que el feto reciba de sus padres. El hijo o hija recibe un cromosoma sexual de cada progenitor. La madre siempre donará un cromosoma X y el padre en ocasiones dona un cromosoma X y otras veces dona un cromosoma Y.

Aunque el sexo es determinado en el momento de la concepción, en el estado fetal el desarrollo de ambos sexos es idéntico hasta la sexta semana. Si el feto es masculino, entrará en juego una proteína conocida como proteína SRY, la cual se produce a partir de un gen en el cromosoma Y. Esta proteína ocasiona la formación de los órganos masculinos. Si la proteína SRY está ausente, se desarrollarán los órganos femeninos. Así, la composición genética (lo que llamamos el genotipo) es lo que determina cómo el individuo luce y funciona (lo que llamamos el fenotipo).

La caída
Cuando una persona dice sentirse más como el sexo opuesto al que su fenotipo demuestra, entonces se habla de disforia de género. Esa persona profesa sentimientos como si estuviera en el cuerpo del sexo equivocado, condición que ha sido denominada como transexualidad. El término disforia de género también se utiliza para hablar de personas que sienten que su género no es exclusivo (masculino o femenino) sino que dice ser “bigénero” e identificarse con ambos. También existen aquellos que se denominan “agénero”, porque sienten una ausencia de género o porque se consideran de un tercer género totalmente separado de los otros dos.

El pensamiento popular ahora es que lo que determina el género en el individuo no es su genética, sino lo que cada persona “siente”.

Dot Brauer, psicóloga clínica y directora del Centro de LGBTQA en la universidad de Vermont, define la identificación del género como “lo que se siente bien para la persona”. Ella dice que “en su generación toda la información fue dada desde una perspectiva limitada y con lenguaje limitado impartido en la clase de salud y aquello que fue aprobado por la junta de educación”, sugiriendo que ellos tenían una mente estrecha. Se dice que el género existe en una gama, afirmando que hay muchas diferentes expresiones entre los dos géneros. Lisa Fields, de WebMD, escribe que ser transgénero “se trata de lo que una persona siente en su interior”. El Dr. Michael L. Hendricks, un psicólogo clínico en Washington que trabaja con pacientes durante su transición (personas cambiando de lo que su biología ha determinado hacia lo que sienten), dice que no hay un patrón, sino que varía con cada paciente. Ahora es claro por qué Facebook tiene 71 diferentes géneros para que elijas en tu perfil.

La cosmovisión ha cambiado, y por lo tanto ha cambiado el lenguaje. Ya no es “género biológico”, como siempre se ha dicho, sino “género asignado”. Con esto se quiere señalar que el género fue asignado al nacer por el personal médico, sin saber si realmente ese será el género con el cual el niño o niña decidiría identificarse.

Como hemos visto, la biología, la embriología, y la genética demuestran que solamente hay dos sexos. Esta noción de que el género es independiente del sexo biológico es precisamente denominada una ideología porque no está basada en la ciencia. Aunque la disforia de género todavía es considerada como una anormalidad en la psiquiatría, eso parece estar por cambiar.

En el siglo XVIII, el mundo pasó por la revolución científica, donde la verdad se buscaba a través del método científico. Para que algo fuera aceptado como verdad tenía que ser probado a través de la experimentación y la corroboración de los resultados iniciales. Esto es efectivo cuando la información es medible, pero en otras áreas es impreciso.

Una de las áreas donde el método científico no tiene valor es precisamente en el área de las emociones. Muchas afirmaciones en el ámbito filosófico, moral, y psicológico fueron aceptadas como postulados científicos cuando en realidad el método científico no puede ser aplicado a ninguna de ellas.

A medida que la sociedad cambió, el hombre se volvió más egocéntrico e individualista, llegando a pensar que lo que establece la verdad para cada individuo es su propia opinión. En el mejor de los casos, el hombre de hoy piensa que si él no tiene la razón, la mayoría sí la tendrá. Esto es el fruto del corazón engañoso del hombre que lo lleva a creer que él siempre tiene la razón (Proverbios 21:2).

En nuestros días, la mayoría ha llegado a pensar que la autorealización es lo que trae la felicidad; esto es tierra fértil para la aceptación de algo como la ideología de género. Si la felicidad es un derecho y la verdad es relativa, entonces la tolerancia a cualquier ideología será el resultado natural, con el consecuente rechazo de cualquier verdad absoluta.

El evangelio
Es importante entender que con la caída del hombre en Génesis 3, todos los aspectos del ser humano fueron afectados. Esto incluye el desarrollo físico, la facultad mental, las emociones, y la dimensión espiritual. Dios nos creó para que hubiera armonía en todos los aspectos; sin embargo, con la entrada del pecado, esta armonía se perdió.

Los sentimientos y emociones de cada persona son reales y pueden ser bastante fuertes, aunque no necesariamente correspondan a la verdad de su biología. A pesar de esto, si permitimos que la verdad sea definida por los sentimientos y el individualismo, en vez de por aquello que corresponde a la realidad, entonces terminaremos en la posición que estamos hoy, donde nadie conoce lo que es verdad.

Si las personas con disforia de género son estimuladas a abrazar lo que es una patología, lo única que logramos con esto es empeorar su disfuncionalidad. Un 32-50% de las personas transgénero cometen un intento de suicidio aun en lugares como Suiza, donde esta ideología es aceptada. El cristiano siempre debe desear lo mejor para la otra persona. Para estas personas eso implicaría ayudarles a abrazar el diseño del creador. Esto seria amarles verdaderamente.

Con la caída del hombre todos los aspectos del ser humano fueron afectados. Esto incluye el desarrollo físico, la facultad mental, las emociones, y la dimensión espiritual.

Desde el surgimiento del deseo de Adán de ser como Dios y su subsiguiente caída, la cosmovisión secular tiene como su meta desplazar el control desde Dios hacia el hombre; quiere esconder la imagen de Dios, impuesta en Su diseño. El hombre desea ser su propio dios, para tener el derecho de decidir lo que quiere hacer y cómo hacerlo.

Sin embargo, 1 Crónicas 29:11-12 nos recuerda que solamente Dios está en control y Job 42:2 nos enseña que no hay nada que puede frustrar Sus planes. Los hombres están “entenebrecidos en su entendimiento” (Efesios 4:18) y su corazón es “engañoso” (Jeremías 17:9). Esto explica el porqué personas inteligentes y educadas no ven lo obvio y hasta ignoran las leyes de Dios que ellos mismos han descubierto a través de la ciencia para creer una mentira (Juan 3:19).

Dios ha hecho dos sexos que muestran la imagen de Dios, hombre y mujer, cada uno con características y virtudes diferentes. Y cuando ellos se unen en armonía, complementándose el uno al otro, la gloria y sabiduría de Dios es desplegada a través de las relaciones de forma única. La majestad y sabiduría del Señor es evidente en toda la creación del mundo, pero lo que mejor debe demostrar su gloria sobre todo lo demás es la corona de su creación: el hombre y la mujer. Ellos fueron los únicos que fueron creados a Su imagen y semejanza (Génesis 1:26-27).

Cuando borramos las diferencias entre los sexos, distorsionamos la imagen de Dios y, por lo tanto, la escondemos. Satanás puede mantener el mundo ciego (2 Corintios 4:4) llevándolo todo el tiempo a cambiar la verdad por la mentira (Romanos 1:25). Esto produce lo que Pablo dijo a Timoteo, “Pero los hombres malos e impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados” (2 Timoteo 3:13). Con todo, el próximo versículo nos recuerda lo que debemos hacer: “Sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido”.

Dios ha hecho dos sexos que muestran la imagen de Dios, cada uno con características y virtudes diferentes. Y cuando ellos se unen en armonía, la gloria y sabiduría de Dios es desplegada.

Nosotros somos embajadores de Cristo para predicar el evangelio, y vivir Su diseño es otra forma de expresar que creemos Su verdad. Así glorificamos su nombre y afirmamos que existe un único y verdadero Dios, creador de todo lo visible e invisible. De esta manera el mundo queda sin excusas (Romanos 1:20).


​Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer de la Iglesia Bautista Internacional. Conduce el programa Mujer para la gloria de Dios, en Radio Eternidad. Puedes seguirla en Twitter.

¿Cómo ha afectado la Caída del hombre a la humanidad?

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12). Los efectos de la caída son numerosos y de gran alcance. El pecado ha afectado cada aspecto de nuestro ser. Ha afectado nuestras vidas en la tierra y nuestro destino eterno.

Uno de los efectos inmediatos de la caída fue que la humanidad se separó de Dios. En el jardín de Edén, Adán y Eva tuvieron comunión perfecta y compañerismo con Dios. Cuando se rebelaron contra Él, esa comunión se rompió. Ellos se dieron cuenta de su pecado y se avergonzaron ante Él. Se escondieron de Él (Génesis 3:8-10), y el hombre ha estado escondiéndose de Dios desde entonces. Sólo a través de Cristo se puede restaurar esa comunión, porque en Él somos hechos justos y sin pecado a los ojos de Dios como Adán y Eva fueron antes de pecar. «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El» (2 Corintios 5:21, LBLA).

A causa de la caída, la muerte se convirtió en una realidad, y toda la creación estaba sujeta a ella. Todos los hombres mueren, todos los animales mueren, toda la vida vegetal muere. «…toda la creación gime a una» (Romanos 8:22), esperando el tiempo cuando Cristo volverá para liberarla de los efectos de la muerte. Por causa del pecado, la muerte es una realidad ineludible, y nadie es inmune. «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23). Peor aún, no sólo nos morimos, sino que si morimos sin Cristo, experimentamos la muerte eterna.

Otro efecto de la caída es que los seres humanos han perdido de vista el propósito para el cual fueron creados. El último y más alto propósito del hombre en la vida es glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre (Romanos 11:36; 1 Corintios 6:20; 1 Corintios 10:31; Salmo 86:9). Por lo tanto, el amor a Dios es la base de toda moralidad y bondad. Lo opuesto es la elección de uno mismo como supremo. El egoísmo es la esencia de la caída, y lo que sigue es todos los otros delitos contra Dios. En todas sus formas, el pecado es un giro hacia uno mismo, que se confirma en cómo vivimos nuestras vidas. Llamamos la atención a nosotros mismos y a nuestras buenas cualidades y logros. Minimizamos nuestros defectos. Buscamos favores especiales y oportunidades en la vida, queriendo una ventaja extra que nadie más tiene. Nos enfocamos en nuestros propios deseos y necesidades, mientras que ignoramos los de los demás. En definitiva, nos situamos en el trono de nuestras vidas, usurpando el papel de Dios.

Cuando Adán eligió rebelarse contra su Creador, perdió su inocencia, incurrió en la pena de muerte física y espiritual, y su mente fue oscurecida por el pecado, al igual que las mentes de sus herederos. El apóstol Pablo dijo de los paganos, «Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada» (Romanos 1:28). Les dijo a los Corintios que «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4:4). Jesús dijo: «Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Juan 12:46). Pablo recordó a los Efesios: «ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor» (Efesios 5:8, NVI). El propósito de la salvación es «[abrir] sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios» (Hechos 26:18).

La caída produjo en los seres humanos un estado de depravación. Pablo habló de aquellos «teniendo cauterizada la conciencia» (1 Timoteo 4:2) y de aquellos cuyas mentes se obscurecen espiritualmente como resultado de rechazar la verdad (Romanos 1:21). En este estado, el hombre es totalmente incapaz de hacer o elegir lo que es aceptable a Dios, aparte de la gracia divina. «La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo» (Romanos 8:7, NVI).

Sin la regeneración sobrenatural del Espíritu Santo, todos los hombres permanecerían en su estado caído. Pero en Su gracia, misericordia y bondad amorosa, Dios envió a Su Hijo a morir en la Cruz y tomar el castigo por nuestro pecado, reconciliándonos con Dios, haciendo posible la vida eterna con Él. Lo que se perdió en la caída se reclama en la Cruz.

¿Por qué debemos crucificar el orgullo?

¿Por qué debemos crucificar el orgullo?
Por Emely Green

No hace mucho tiempo atrás, tuve una conversación muy interesante con una bella cristiana de Nigeria quien recientemente se había mudado a Escocia. Estuvimos un tiempo compartiendo experiencias y contrastando las diferencias entre la Iglesia del Reino Unido y la de África. Ella describió cómo los africanos oraban con mayor “urgencia y dependencia’’. Ella dijo, que aunque haya muchos falsos maestros y enseñanzas erróneas, mucha gente tiene una cierta creencia y respeto hacia Dios. Desde que vino a Escocia, se ha escandalizado por la falta de consideración de Dios en nuestro país y cuántos de sus compañeros de trabajo siguen viviendo sus vidas sin ni siquiera pensar en Dios en su día a día.

A medida que fuimos compartiendo por qué la condición espiritual es tan distinta en el mundo occidental en comparación con los países denominados del “tercer mundo”, llegamos a la conclusión de que, generalmente, las personas en la cultura occidental realmente piensan que no “necesitan’’ a Dios. Ella dijo que muchos corren hacia Dios debido a la “desesperación y necesidad, mientras que en nuestro país privilegiado la necesidad’’ parece ser mucho menor. Por lo general, las personas continúan haciendo sus vidas como les parezca: “muchas gracias, pero no”.

A dónde el orgullo nos guía
A medida que fui palpando esta idea, me di cuenta que esta no es una cuestión que solo involucre a los incrédulos. Fui desafiado a ver cuántas veces yo vivo con esta actitud. Cuando olvido el evangelio, olvido mi desesperación. En lo externo, cuando la vida va bien, puedo continuar los demás días, en mi propia fuerza, olvidándome de mi necesidad del Señor.

El orgullo no sólo puede guiar a una falta de dependencia, peor aún, puede llevarnos no solamente a no reconocer que sin Dios no soy nada, sino a creer la mentira de que lo que tengo, yo lo he construido. Mis amistades, mi ministerio, mi hogar, mis talentos (mi familia, mi carrera, y la lista continúa). Sin que me dé cuenta, el orgullo ya tomó un nuevo nivel en mí, y de repente, mi jactancia se ve reflejada en mis conversaciones, motivos de oración o posteos en las redes sociales. Estoy seguro que todos saben a qué me refiero. Más allá de que nos sintamos bien o mal con nosotros mismos, la mayoría pasa demasiado tiempo pensando en sí mismo. No importa cuánto tratemos de suprimir nuestro orgullo, a menudo vuelve a aparecer para asomar su fea cabeza.

El lugar del orgullo

John Piper me pegó duro con esta frase:

“Toda auto-exaltación es una re-crucifixión de Cristo porque Él murió para matar el orgullo”.

Jesús murió para matar el orgullo. Piensa en esto.

¿Torgullo ha sido crucificado en la cruz? El mío ciertamente no siempre. Es más, diría que mientras más tiempo llevamos siendo cristianos, pareciera que más orgullo suele crecer en nosotros. A medida que maduramos en nuestra fe, la gente empieza a buscarnos para consejo, sabiduría y oración. Aprendemos más sobre la Biblia y cuando menos lo pensamos, nos sentimos orgullosos de poder responder esas preguntas difíciles en los estudios bíblicos y oramos mostrando una teología sólida y fuerte, en pos de un gran “¡amén!”. Nos piden que compartamos nuestros testimonios, hablar en conferencias y escribir artículos —y en todo ese tiempo nuestro ego pudo haber ido creciendo poco a poco. ¿Quién no quiere ser querido y apreciado por otros? ¿Quién no quiere sentirse necesitado y tener algunas perlas de sabiduría para ofrecer a otros? El orgullo no se encuentra únicamente en los inconversos que desprecian a Dios. No, lo peor de todo, es que el orgullo puede estar presente en nosotros, los seguidores de Jesús.

Sin embargo, Piper dice que Jesús murió para matar el orgullo. Por lo tanto, el lugar correcto del orgullo en la vida del cristiano es la tumba. ¿Cómo podemos, entonces, tener libertad del orgullo en nuestras vidas? ¿Podemos tener victoria? ¿Hay esperanza?

¡Pues, aunque no tenga todas las respuestas, sí sé que hay esperanza! Si estamos en Cristo, el Espíritu Santo es nuestra Esperanza y Ayudador. Él es el que puede humillar nuestros corazones orgullosos. Si quieres crecer en humildad hoy, empieza en estos dos lugares:

Conoce tu pecado
En los primeros tres capítulos de la Biblia nos encontramos con que la humanidad tiene un serio problema del pecado. Uno que no es liviano para el Dios del universo, este mismo pecado expulsó a Adán y Eva fuera del jardín y los separó de la presencia de Dios. Los próximos 1,186 capítulos de la Biblia son una gran historia de nuestras huidas pecaminosas y el amor redentor de Dios.

Es fácil cuando hablamos o pensamos en el pecado, atribuírselo a los “inmorales” que nos rodean. “Esas personas que están en oscuridad, necesitan ayuda”. Sin embargo, curiosa y generalmente, a lo largo de los Evangelios, es la moralidad lo que aleja a las personas de Jesús; y no la inmoralidad. El orgullo es el asesino. Señalamos con el dedo, juzgamos a los demás, nos ponemos en pedestales, sin reconocer que, momento tras momento, nuestro orgullo y la llamada “moralidad”, nos está alejando de nuestro Salvador.

Cristiano, ¿Reconoces tu vil, pecaminosa y orgullosa condición delante del Dios Santo hoy? ¿Puedes específicamente identificar y responsabilizarte de tu pecado, de forma concreta y vulnerable?

Robert Murray McCheyne insta a que: ‘’Aprendas tanto como puedas de tu propio corazón, y cuando hayas conocido lo suficiente, lo que has visto es solo un par de metros que conduce a un pozo insondable’’.

El primer paso hacia la humildad es la desesperación. Necesitamos conocer nuestro pecado. No para que caigamos en autocompasión, sino para que corramos al médico. En nuestra ceguera, pediremos tener visión. En nuestra arrogancia, clamaremos por limpieza. En nuestra muerte, suplicaremos por vida.

Conoce a tu Salvador
En el intento de “crucificar el orgullo” existe el peligro de quedar atrapados en un complejo de culpa interna y autocompasiva que nos deja en un pozo de desesperación. Si bien debemos desesperarnos de nuestra condición ante Dios, también debemos avanzar desde allí. Si no superamos la desesperación, practicamos el “orgullo invertido”: soy tan pecador, nunca lo hago bien, soy desagradable. Fíjate aquí, el enfoque todavía está en uno mismo, por lo tanto, el orgullo todavía está en juego. Imagínate ir al médico y hablar durante tanto tiempo sobre la gravedad de tus síntomas que no deja lugar para que el médico diagnostique el problema y prescriba una cura. Incluso cuando trata de intervenir, no lo escuchas, y sigues hablando sobre tu problema. Esto sería una cita sin sentido y totalmente frustrante para el médico que quiere ayudar.

En nuestro intento de crucificar el orgullo, ¿con qué frecuencia pensamos que la humildad equivale a pensar que somos unos perdedores y centrarnos en sentirnos mal con nosotros mismos? C. S. Lewis lo expresa de manera simple: “La humildad no es pensar menos sobre ti mismo, es pensar menos en ti mismo”.

Mychene dice: “Por una mirada a ti mismo, da diez miradas a Cristo”.

Deja de sentir lástima por ti mismo y de perderte en tu propia desesperación interior. Reconoce tu pecado, desperate, luego mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo y de nuevo, ¡mira a Cristo!

“Él te redimió. Él no te dejará. Él te ha salvado. Él te mantendrá. Él te guiará. Camina a tu lado. Él te llevará sano y salvo a casa” (Mira de nuevo, 20schemes Music).

Mientras escribo este blog, he estado reflexionando sobre el ejemplo de la humillación del rey Nabucodonosor en Daniel 4. Nabucodonosor habla por experiencia y nos advierte a cada uno de nosotros: “Él [Dios] puede humillar a los que caminan con soberbia [Orgullo]” (Daniel 4:37b).

Amigos, la realidad es que si no nos humillamos ante el Señor, Él ciertamente nos humillará. Y no será agradable. Es mucho mejor humillarnos a nosotros mismos que experimentar la humillación del Señor.

¿Cómo crucificamos el orgullo, cómo nos humillamos ante Dios? En primer lugar, conocer nuestro pecado y desesperarnos por nuestro orgullo. Luego “levantamos los ojos al cielo” (Daniel 4:34) y nos volvemos a nuestra única esperanza y ayuda, nuestro Salvador Jesucristo, pidiéndole que haga lo que no podemos hacer solos…

‘’Destruye en mí todo pensamiento altivo, rompe el orgullo en pedazos y dispersarlo a los vientos, aniquila cada pizca que se aferra a mi propia justicia… Abre en mí un manantial de lágrimas penitenciales, rómpeme, entonces me vendarás. Es lo que cree la humildad’’ (El Valle de la Visión).

Este artículo se publicó originalmente en 20schemes.

¿Qué dice la biblia acerca de la igualdad de género?

Por: Susi Bixby

“La Biblia habla contra la igualdad de género”.

“Dios es sexista porque les da más privilegios a los hombres”.

“Los cristianos oprimen y menosprecian a las mujeres y su Biblia les enseña a hacerlo”.

No dudo que hayas escuchado las acusaciones, y que hayas tenido dudas sobre este tema en tu propio corazón. Es un tema difícil, hecho más complicado por la retórica y terminología ambigua que a veces se usa.

¿Qué es la igualdad de género? Si buscas una definición, encontrarás algo parecido a esta de Wikipedia: La igualdad de género implica que hombres y mujeres deben recibir los mismos beneficios, las mismas sentencias y ser tratados con el mismo respeto. Aunque hay muchas diferentes maneras de entender este término, vamos a tomar esta definición como base. Entonces…

¿La Biblia enseña y apoya el trato equitativo y justo de las mujeres?

Quizá nos ayude contestar esta pregunta si vemos en qué áreas la Biblia no indica una diferencia entre los géneros.

Igualdad en origen y patrón. Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó (Gen. 1:27 NVI). Tanto el hombre como la mujer fueron creados igualmente a la imagen de Dios. No hay ninguna indicación en ningún pasaje de la Biblia que diga que uno lleve más o menos imagen de Dios que el otro.

Igualdad en naturaleza pecaminosa. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno (Rom. 3:10). Aunque Eva fue la que pecó primero, Dios le pidió cuentas a Adán. Ambos fueron considerados igualmente pecadores y separados de su comunión con Dios por su pecado. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino (Is. 53:6). Esto significa que igualmente daremos cuenta por nuestro pecado e igualmente somos incapaces de salvarnos a nosotros mismos.

Igualdad en valor y posición. Porque de tal manera amó Dios al mundo… (Jn. 3:16). El amor de Dios para con sus seres creados a su imagen es parejo para hombres y mujeres. No queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento (2 Pe. 3:9). Él desea salvar a todos por igual. Nos ofrece esa posición de “escogidos” tanto a mujeres como a hombres: Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros (Juan 15:16). El mundo dice que Dios no valora a las mujeres porque no les permite cierta posición, pero nuestra posición delante de Él no se basa en nuestro género.

Hay muchos puntos más de igualdad en la Biblia que podríamos destacar, pero estos tres son los más esenciales para nuestra identidad en Cristo. Podemos concluir que, en los aspectos más profundos de nuestra identidad como hijas de Dios, Dios nos trata completamente igual que a los hombres. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús (Gal. 3:28).

Entonces, ¿por qué las personas dicen que la Biblia está en contra de la igualdad de género? Lo dicen porque Dios sí hace diferencia entre mujeres y hombres. Son diferencias que muchas mujeres resisten al estudiar su Biblia. Son diferencias de roles. Probablemente conoces estas enseñanzas bíblicas así que solo las voy a explicar brevemente.

El rol de ayuda idónea en el hogar. No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea (Gen. 2:18). Dios diseñó a la mujer como la contraparte perfecta del hombre que creó primero. Dios también instruye a la mujer en el Nuevo Testamento que se someta a su esposo como la iglesia se somete a Cristo (Ef 5). En el diseño de Dios para la familia, el hombre es la cabeza del hogar, y la mujer se somete gozosamente a su liderazgo. El mundo iguala “ayuda” y “sumisión” a “inferioridad”. ¿Tú crees esto?

El rol de aprendiz sumisa en la iglesia. Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre (1 Tim. 2:12). Dios ha dejado muy claro en este, y otros, pasajes del Nuevo Testamento, que la autoridad y enseñanza principal en la iglesia se lleve a cabo por hombres. La mujer puede y debe enseñar a otras mujeres y niños (Tito 2), pero tener autoridad (en posición o enseñanza) sobre los hombres no le es permitido en el plan de Dios para su iglesia. Las mujeres deben modelar un espíritu afable y sumiso en todos los escenarios de su vida, pero la Biblia no prohibe que la mujer tenga autoridad sobre hombres en alguna empresa o en la política.

Es importante notar que Dios nunca indica inferioridad del género femenino como razón para esta diferencia de roles. Dios es un Dios de orden y creatividad. Lo demostró cuando creó a los animales, las plantas, incluso el sol, la luna y las estrellas. Vemos orden en muchas áreas de la vida. ¿El vicepresidente de una compañía es una persona de valor personal inferior al presidente? Función o posición de autoridad no indica grado de valor personal.

En las historias de la Biblia, y la historia del mundo, hay un sinfín de historias trágicas y tristes sobre el abuso y maltrato de hombres hacia mujeres. El pecado ha roto este mundo, y las mujeres hemos sufrido como objetos de ese pecado. Pero el pecado no cambia el diseño original de la creación de Dios.

Como joven y ahora como mujer de carácter fuerte e independiente, he tenido que luchar con este tema. He llegado a la conclusión que mi perspectiva depende de una sola gran pregunta:

¿Confías en tu Diseñador?
¿Realmente crees que Dios es sabio, bueno, y soberano? Si Él te creó y diseñó, ¿no sería Él mismo que mejor sabe cómo funcionas? ¿Has considerado que Dios estableció el orden de esposo-> esposa-> hijos en el hogar porque ama profundamente a las mujeres y quiere que desarrollen su identidad y diseño en el hogar sin obstáculos? Él no quiso cargar sobre nuestros hombros una responsabilidad que no nos diseñó para cargar. ¿Has pensado que, por amor a su iglesia, Él equipó y diseñó a los hombres para llevar a cabo la dirección y enseñanza de su rebaño?

Chicas sabias, quitémonos los lentes del mundo y pongámonos los lentes de Dios. ¡No escuchemos los gritos de mujeres que no entienden ni aceptan el dominio de Dios sobre sus vidas! Estudiemos los roles que Dios ha diseñado para su creación, y gocémonos en sus dones perfectos. Lee capítulo nueve de Chicas sabias en un mundo salvaje, y ¡deléitate en el privilegio que tienes de vivir el diseño perfecto de tu Creador!

Reto
Lee:
Chicas Sabias en un Mundo Salvaje: Capítulo 9: Roles; y Capítulo 10: Conducta Sexual (p. 129-162)
Génesis 2:18-25; Efesios 5
Memoriza:
Génesis 2:24 Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

Reflexiona:
¿Tienes un genuino deseo de entender los roles de género que la Biblia establece? ¿O te has dejado llevar por el mundo a tal grado que ya no quieres saber nada más?
¿Te deleitas en el hecho de que tu Diseñador te hizo mujer para un propósito especial? Comprométete hoy a dedicarte a glorificarle a Él con cada aspecto de tu feminidad.
¿Qué perspectiva tienes del sexo? ¿Te satisfaces con demasiada facilidad, aceptando la versión pervertida y deficiente del placer sexual que el mundo ofrece?
Ora:
Diseñador Perfecto, reconozco que las voces a mi alrededor han encontrado lugar en mi corazón y mente. Someto mi concepto de la feminidad y el sexo a tu Palabra, y te pido que me des una comprensión mayor de tu plan perfecto. ¡Te alabo como el Creador todo sabio!

True Woman 2022
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Sobre el autor
Susi Bixby
Tiene 21 años de casada con Mateo, y ama a sus tres regalos de Dios: Aaron, Ana y David. Deseando vivir el diseño de Dios para su vida, dedica la mayor parte de su energía a su familia. Es esposa … leer más …

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