LA ILUMINACIÓN DEL ESPÍRITU

EL CONSOLADOR
La persona y obra del Espíritu Santo

Sugel Michelén

La Conferencia Expositores existe para fortalecer a la iglesia local a través de la capacitación de sus líderes. Hemos diseñado una conferencia anual que se realiza en Los Ángeles, California en el campus de Grace Community Church.

Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios y El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.

«El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?…»(Sal. 27:).

Esperar es una virtud que muchas veces no es cultivada en el tiempo que vivimos. Vivimos en el tiempo de la comida rápida, de acceder a información en segundos, y de poder ir a otros continentes en pocas horas. En este momento que estamos enfrentado, la humani- dad ha sido llamada a esperar. Providencialmente el mundo se ha detenido y todos nuestros planes, metas y sueños se han detenido instantáneamente. En estos momentos somos llamados a poner en práctica nuestras creencias, a verdaderamente tener una absoluta confianza en Dios y aprender a esperar en Él, porque sabemos que Él es bueno.

Hay diferentes opiniones de cuándo escribió este salmo David. Lo que es claro en el mismo es que David muestra la respuesta piadosa de una persona que conf ía en Dios en momentos de dificultad. Este salmo nos debe ayudar tanto a prepararnos para el tiempo difícil, como para sostenernos en el tiempo difícil, ya que comparte ver- dades sobre quién es Dios y que su cercanía es nuestro sostén en tiempos devastadores.
David comienza alabando a Dios por su obra redentora:
El SEÑOR es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?
El SEÑOR es el baluarte de mi vida: ¿quién podrá amedrentarme? (v. 1).
En estos momentos es importante que recordemos que Dios nos ha salvado. Nos ha salvado del pecado, de sus consecuencias y he- mos sido librados de la mayor demostración de Su ira. Básicamente sí, Dios nos ha salvado, y no tememos porque al que debemos de temer está de nuestra parte. Esta verdad debe ser suficiente para nosotros, calmar nuestras almas para dar paz y traer consuelo; Aquel que debemos temer es Aquel que nos salva.
Y eso lleva al creyente a desear la cercanía de Dios. Ya no tenemos que temer al que debemos temer, pero algo más increíble es que podemos acercarnos a Él. No es que solamente me libre de Él, sino que con un corazón lleno de fe podemos pedirle Su cercanía:
Una sola cosa le pido al Señor,
y es lo único que persigo:
habitar en la casa del Señor
todos los días de mi vida,
para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo.
Porque en el día de la aflicción
él me resguardará en su morada;
al amparo de su tabernáculo me protegerá,
y me pondrá en alto, sobre una roca (vv. 4-5).
El comienzo del versículo 4 siempre me sorprende, David pudo pedir muchas cosas y pidió una sola: estar en la casa del Señor. Él sabe que el lugar de protección es estando en la cercanía de Dios. En medio de este tiempo de espera, los animo a cultivar intimidad con Dios, sin olvidar que el templo del Señor se manifiesta en su expresión máxima en la tierra cuando todos juntos nos reunimos presencialmente como Iglesia.
En este tiempo de angustia clamamos y pedimos a Dios que nos permita prontamente estar como Iglesia juntos, porque donde está Su pueblo ahí Dios habita.
Al final, el salmista termina reconociendo que sin la cercanía de Dios no hubiera podido continuar:

Pero de una cosa estoy seguro: he de ver la bondad del SEÑOR en esta tierra de los vivientes. Pon tu esperanza en el SEÑOR; ten valor, cobra ánimo;
¡pon tu esperanza en el SEÑOR! (vv. 13-14).
Por eso esperamos, en este tiempo donde estamos aislados, donde parece que el enemigo se está adelantando, esperamos en el momento que estemos junto al pueblo de Dios con Aquel que nos salvó. Solo esperamos por medio de Jesús, porque sin Cristo en lugar de salvación y esperanza, tendríamos juicio y desanimo.

El éxito mundano

Serie: El éxito

El éxito mundano
Por Nate Shurden

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El éxito

Claro, esto no es lo que se esperaría de alguien que fue escogido como el “estudiante con mayor probabilidad de éxito” en la escuela secundaria». Quise discrepar, pero no pude. Nunca había visto así a mi amigo, quien siempre fue tan seguro de sí mismo. Pero una relación rota, muy poco después de haber perdido su trabajo, puede lograr eso. Ya no tenía al mundo asido por la cola, y lo sabía. Ni siquiera podía disimularlo. Desanimado y desilusionado por una serie de expectativas no cumplidas, empezó a preguntarse en voz alta: «¿Qué significa realmente tener éxito en la vida?».

Aunque no lo sintiera así, en ese momento mi amigo estaba en un lugar mejor de lo que él podía imaginarse. Porque bajo la superficie de su vida destrozada, Dios estaba eliminando sus falsas suposiciones sobre el éxito mundano, y con el tiempo Él sustituiría esas suposiciones por creencias bíblicas fuertes y seguras sobre la naturaleza del verdadero éxito.

En el transcurso de un par de reuniones, expliqué que, si Adán y Eva hubieran asistido a la escuela secundaria, también habrían ganado el premio a «los de mayor probabilidad de éxito». Formados por la mano de Dios, sin carecer de nada, completamente equipados con la capacidad para fructificar, multiplicarse y llenar la tierra (Gn 1:26-28), estos dos estaban preparados para el éxito. Un dúo dinámico destinado a la grandeza.

Pero a medida que se desarrolla la historia, aprendemos que no se puede juzgar al éxito por su portada, pues un potencial de éxito no es una promesa de éxito. En Génesis 3, Adán y Eva cayeron bajo la influencia de una definición diferente de éxito, que no procedía de Dios, sino del maligno. Según la serpiente, el éxito verdadero se encuentra, no en ser a la imagen de Dios, sino en ser igual a Dios (v. 5).

Tras la caída de Adán y Eva, el diseño de Dios para el trabajo, los logros y el éxito se volvió patas arriba. El hombre sustituyó a Dios como objeto del éxito. El orgullo sustituyó a la humildad como impulso para el éxito. La autopromoción sustituyó al sacrificio como el método para el éxito. Y la cima sustituyó a la verdadera bendición como métrica para medir el éxito.

Por eso, cada vez que experimentamos un pequeño éxito, estalla en nuestro interior una guerra de gloria. En lugar del gozo santo por un trabajo bien hecho, por un logro hecho para la gloria de Dios, explotamos ese logro como una oportunidad para hacernos de un nombre. Ponemos el foco de atención en nosotros mismos en lugar de ponerlo en Dios, porque nuestra naturaleza está inclinada hacia la idolatría en lugar de la verdadera adoración a Dios.

Al decir esto, no pretendo sugerir que el éxito mundano sea inherentemente pecaminoso. Muchos de los hombres de Dios en la Biblia gozaron del éxito y el reconocimiento mundano. José era la mano derecha de Faraón en Egipto y fue usado para salvar a Israel durante la hambruna. Ester fue la reina del rey persa Asuero, y Dios la usó para salvar a Su pueblo del malvado complot de Amán. Daniel era consejero del rey Nabucodonosor y fue usado para representar la gloria de Dios ante una nación extranjera. Estos son solo tres ejemplos de entre docenas que podríamos elegir, pero el punto queda bien establecido: Dios participa activamente en la consecución del éxito mundano —el poder, la riqueza y la posición— de Su pueblo, y en el aprovechamiento de ese éxito para Sus propios fines buenos y piadosos.

Pero del mismo modo en que el éxito mundano no es intrínsecamente pecaminoso, tampoco es intrínsecamente bueno (al menos ya no lo es). El éxito mundano puede ser un medio para el bien, pero también puede ser aprovechado para el mal. Ya sea el engaño de las riquezas y las posesiones (Mr 4:19), la falsa esperanza del pedigrí y los dones (1 Co 1:26-31), o la idolatría del poder y la posición (Mr 10:35-45), las Escrituras nos advierten repetidamente contra la trampa del éxito mundano. La Biblia sabe que el éxito tiene una forma de remoldearnos según las prioridades y prácticas del mundo.

Adam Smith, el economista del siglo XVIII, conocía esta tendencia del éxito. Es famoso su argumento de que la mejor manera de construir una economía próspera es «dirigiéndonos no a su humanidad, sino a su amor propio». Comprendió que la motivación de las personas caídas por el logro y el éxito suele surgir, no de un corazón que se inclina hacia el amor a Dios y al prójimo, sino de un corazón volcado hacia el amor a sí mismo.

Ahora bien, todo esto plantea una pregunta: ¿Cuál es la verdadera naturaleza del éxito?

Tal como yo lo veo, hay dos maneras de equivocarse. Por un lado, dado que el éxito no es intrínsecamente bueno ni malo, y que llega tanto a los piadosos como a los impíos, sería insensato situar la naturaleza del éxito únicamente en factores externos. Por otra parte, puesto que el éxito incluye necesariamente un fruto manifiesto, resulta igualmente ingenuo limitar el éxito a solo factores internos o del corazón. Por el contrario, debemos reunir estos dos factores y seguir la enseñanza bíblica sobre la fidelidad y el dar frutos. ¿A qué me refiero?

A veces, vivir de acuerdo con las enseñanzas de la Biblia dará lugar a un éxito mundano. Jonathan Edwards señaló en su libro The Nature of True Virtue [La naturaleza de la virtud verdadera] que Dios ha hecho al mundo de tal manera que vivir rectamente suele reportar dividendos mundanos. Es la persona íntegra la que a menudo consigue el ascenso. Es el trabajador dedicado en quien se puede confiar y quien consigue el aumento. Como les ocurrió a José, Ester y Daniel, el éxito mundano suele ser el subproducto de una vida recta.

Sin embargo, otras veces, vivir con rectitud puede costarte el éxito mundano. Cuando defiendes la verdad, a veces no te dejarán ascender o no conseguirás un aumento. Cuando elijas valientemente denunciar la injusticia o la corrupción, es casi seguro que te despreciarán, y puede que, a veces, pierdas uno o dos peldaños en la escalera, o incluso algo peor. Pero esto es de esperar. De nuevo, podemos recurrir a José, Ester y Daniel. Estos santos no solo experimentaron el éxito mundano debido a su fidelidad, sino que también experimentaron la pérdida del éxito mundano debido a su fidelidad. Podríamos decir que, en algunos casos, recibir el éxito mundano fue el fruto de la fidelidad y, en otros casos, perder el éxito mundano fue el precio de la fidelidad.

Afortunadamente, el éxito mundano no tenía un gran control sobre sus corazones. Ellos estaban tan comprometidos con la fidelidad, que podían recibir o soltar el éxito mundano porque no era su objetivo. El éxito mundano no tenía sus corazones. La verdad es que no muchos de nosotros podemos poseer el éxito mundano sin que el éxito mundano nos posea a nosotros. Resulta que se necesita una gran madurez espiritual para ser exitoso. Debemos suplicar al Señor que nunca nos permita tener más éxito mundano del que puede soportar nuestra madurez espiritual. «Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?» (Mr 8:36).

Comprometámonos a recibir y conservar el éxito mundano solo si ese éxito se produce y se conserva por medio de la obediencia fiel a la Palabra de Dios. Ese fue el compromiso de Josué. Mientras preparaba a Israel para entrar a la tierra prometida, no se centró en las estrategias militares ni en el armamento físico. En cambio, llamó al pueblo a conocer y hacer todo lo que exigía el libro de la ley, «Porque entonces… tendrás éxito» (Jos 1:8).

Las palabras de Josué se parecen mucho a las de Jesús cuando dice: «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4:34). La fidelidad a Su Padre, no la aclamación y los elogios de los hombres, era el corazón y la misión de Jesús. Pero digamos la verdad. En muchos sentidos, este compromiso hizo que Jesús no fuera muy impresionante a los ojos del mundo.

De hecho, si las instituciones concedieran un premio al de «menos probabilidad de éxito» (y me alegro mucho de que no lo hagan), casi con toda seguridad Jesús habría sido el favorito para el premio. Nació fuera del matrimonio, de una madre sin renombre (Lc 1-2), fue adoptado por un simple carpintero llamado José de Nazaret y todo el mundo sabía que de Nazaret no podía salir nada bueno (Jn 1:46). No tenía majestad externa ni aspecto hermoso que lo hiciera deseable (Isa 53:2) y ni siquiera tenía un lugar donde recostar la cabeza (Mt 8:20). Por si todo esto fuera poco, murió de la forma más vergonzosa que se pueda imaginar, como un criminal convicto por medio de la crucifixión (Jn 19).

Ahora bien, estoy bastante seguro de que estas cualidades no están en ningún plan a diez años para el éxito mundano. Pero ese es el punto. El éxito de Jesús no se mide según el criterio del mundo porque Jesús no es de este mundo. El éxito o el fracaso de Su vida no puede evaluarse según los estándares del mundo, porque la vida que vivió y el Reino que construye no son de este mundo. Pero al no ser de este mundo, Jesús es el perfecto Salvador para este mundo.

Piénsalo. Si Adán y Eva pusieron al mundo patas arriba cuando se aferraron a la igualdad con Dios, fue Jesús quien puso al mundo patas arriba cuando «no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse». Si Adán y Eva pusieron al mundo patas arriba al envanecerse de orgullo, fue Jesús quien enderezó al mundo cuando «se despojó a sí mismo tomando forma de siervo». Si Adán y Eva pusieron al mundo patas arriba al desobedecer el mandamiento de Dios, fue Jesús quien lo enderezó «haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2:6-8).

El hombre más exitoso que jamás haya existido parecía un fracaso a los ojos del mundo, pero a los ojos del Padre era un verdadero éxito, y el Padre «le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre» (v. 9).

La cruz es necedad para los gentiles y piedra de tropiezo para los judíos. Pero para los que son salvos, es la definición del verdadero éxito (1 Co 1:18, 22-24).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Nate Shurden
El reverendo Nate Shurden es pastor principal de Cornerstone Presbyterian Church y miembro adjunto de la facultad del New College Franklin en Franklin, Tennessee. Puedes seguirle en Twitter como @NateShurden.

El éxito

Serie: El éxito
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El éxito

Bien hecho. Gran trabajo. Así se hace. Cuando éramos niños, nos encantaba oír palabras de ánimo de nuestros padres, madres, abuelos, profesores y entrenadores. Recuerdo con cariño la sonrisa de aprobación de mi padre y el abrazo cariñoso de mi madre cuando hacía un buen trabajo. A decir verdad, como adultos seguimos deseando que nos digan que lo hemos hecho bien. Nos encanta que nos animen cuando hemos tenido éxito.

Dios nos ha dado un deseo inherente de tener éxito. Queremos ser hombres, mujeres, padres, abuelos, empleados, estudiantes y cristianos de éxito. Queremos tener éxito no solo porque nos sentimos bien al tenerlo, sino porque sabemos que es bueno alcanzarlo. Queremos tener éxito por nuestra propia seguridad y para poder mantenernos a nosotros mismos y a nuestras familias. Queremos que nuestras vidas importen, y queremos que nuestro trabajo importe. Queremos ser apreciados, respetados y amados. No queremos hacer lo mejor posible y fracasar, y no queremos tener éxito en las cosas equivocadas. Queremos hacer las cosas correctas y que nuestras vidas marquen la diferencia en lo que realmente importa.

Algunos dicen que el deseo de éxito es intrínsecamente malo. Otros creen que el éxito terrenal es lo único que importa. Ambos se equivocan. Dios nos dio el deseo de tener éxito, y al esforzarnos por alcanzar el éxito según lo define la Biblia, damos gloria a nuestro Creador. Sin embargo, el éxito bíblicamente definido no siempre se parece al éxito según el mundo. Dios nos llama a ser fieles, porque ese es el verdadero éxito. Ser fiel siempre significa ser fructífero y exitoso a los ojos de Dios. Pero no siempre significa ser exitoso a los ojos de los hombres. Dios nos llama a ser fieles dependiendo cada día del Espíritu Santo para que prospere nuestro camino y tengamos buen éxito para Su gloria, no para la nuestra (Jos 1:8; Sal 118:25). Y mientras esperamos el regreso de Jesucristo, quien es nuestra única esperanza de éxito verdadero y definitivo, esforcémonos por ser siempre fieles para que podamos oír a nuestro Salvador decir: «Bien, siervo bueno y fiel» (Mt 25:23a)..

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

EL FRUTO DEL ESPÍRITU | David Robles

EL CONSOLADOR
La persona y obra del Espíritu Santo

David Robles

La Conferencia Expositores existe para fortalecer a la iglesia local a través de la capacitación de sus líderes. Hemos diseñado una conferencia anual que se realiza en Los Ángeles, California en el campus de Grace Community Church.

David Robles se desempeña como pastor docente de la Iglesia Evangélica León y es presidente fundador y profesor del Seminario BEREA (España). Tiene un amplio ministerio de enseñanza y predicación por toda España y otros países de habla hispana. David se graduó del Seminario Bíblico Multnomah (Bible Certificate, 2001) y The Master´s Seminary (M.Div. 2004).

El mundo más nuevo y desafiante

El mundo más nuevo y desafiante
Por Andrew M. Davis

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Cuando la imaginación humana concibe el futuro, tiende a concebir sueños o pesadillas. Los sueños viven en el corazón de los idealistas, que suponen que el ingenio humano es suficiente para construir un mundo perfecto. Las pesadillas atormentan la mente de los realistas, que expresan sus temores en escenarios catastróficos que consideran ineludibles. Los cristianos, sin embargo, han sido llamados por Dios a una realidad futura infinitamente superior, a una esperanza mejor que cualquier sueño —los cielos nuevos y la tierra nueva— unida a una valentía que reconoce que el camino hacia ese mundo perfecto será sangriento y aterrador.

Desde que la humanidad fue expulsada del jardín del Edén, hemos anhelado volver, o al menos crear, un mundo perfecto de nuestra propia autoría. El orgullo humano impulsó la construcción de la torre de Babel, gracias a un avance tecnológico en los materiales de ingeniería: el descubrimiento de que la cerámica bien cocida era superior a la piedra tallada para construir estructuras elevadas. La evaluación que hace Dios del potencial humano es sorprendente: «Nada de lo que se propongan hacer les será ahora imposible» (Gn 11:6). Pero Dios interfirió confundiendo el lenguaje y frenando el proceso de ingeniería social.

Desde entonces, la historia ha sido un largo viaje del orgullo humano, el poder y la tecnología en busca de un mundo perfecto lejos de Dios. A principios del siglo XX, los sueños utópicos alcanzaron niveles de optimismo asombrosos. H.G. Wells, impávido ante la carnicería de la Primera Guerra Mundial, escribió Men Like Gods [Hombres como dioses] en 1923. Describe un universo utópico paralelo en el que el socialismo, la ciencia y la educación han erradicado todos los males. En 1932, Aldous Huxley respondió con una parodia pesimista titulada Brave New World [Un mundo feliz]. En ella, ofrecía una visión aterradora de un mundo en el que la tecnología y el nihilismo hedonista creaban una existencia de placer sin sentido. Su mundo feliz era una pesadilla.

Hoy en día, los cristianos se enfrentan a un mundo que cambia a un ritmo vertiginoso. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 provocaron la implosión instantánea de dos de los edificios más altos del mundo. El último trimestre de 2008 vio la erradicación casi instantánea de años de inversiones en pensiones en un desplome de la bolsa. Mientras tanto, los laboratorios del mundo siguen produciendo tanto maravillas tecnológicas como pesadillas éticas: dispositivos inalámbricos de Internet y extraños experimentos genéticos de laboratorio. Los cristianos contemplan un futuro muy incierto, impulsado por fuerzas difíciles de entender y más difíciles de predecir. ¿Cómo deben los cristianos contemplar el futuro?

El punto de partida para nosotros es la revelación en la Escritura del poder soberano de Dios en la orquestación de un plan para un mundo futuro de gloria indescriptible. Aunque la humanidad puede hacer maravillas tecnológicas que se elevan desde las llanuras de Babel, Dios tuvo que descender una gran distancia desde Su trono celestial para inspeccionar su obra. Dios gobierna, Su poder es infinito y sigue empeñado en interferir en la historia de la humanidad, frenar el mal y llevar a cabo Su plan.

¿Y cuán glorioso es ese plan? Los corazones humanos nunca lo habrían elaborado y ni siquiera pueden concebirlo adecuadamente, pero Dios nos lo ha revelado por Su Espíritu (1 Co 2:9-10). Ese plan es para el mundo más nuevo y desafiante posible. Será el mundo más desafiante posible porque se basará en la valentía incomparable de Jesucristo al beber la copa de la ira de Dios por sus habitantes. Y en ese nuevo mundo no entrarán más que los valientes, porque los cobardes serán eliminados (Ap 21:8), y solo se concederá el derecho a entrar a los que venzan al mundo por la fe. No se requerirá valentía para vivir allí, pero será un mundo que se alcanzará mediante los mayores actos de valentía de la historia. El libro del Apocalipsis deja claro que es un camino de tribulación, incluso de martirio sangriento, el que conduce al mundo perfecto, y la disposición de los santos a considerar que sus sufrimientos no son dignos de comparación con la gloria que se revelará en ellos trae la mayor gloria a Dios.

También será el mundo más nuevo posible, porque Dios dice: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21:5), por eso se les llama cielos nuevos y tierra nueva. Será un mundo nuevo para explorar, un mundo en el que no habrá más muerte, luto, llanto y dolor, porque el viejo orden de cosas habrá pasado. La adoración será nueva, ya que los habitantes del lugar cantarán un cántico nuevo que no se puede enseñar en la tierra (14:3). Su morada será nueva —la nueva Jerusalén— y brillará con vistas y tecnologías actualmente inimaginables. Su visión de las glorias de Dios se renovará constantemente, pues los redimidos nunca se cansarán de contemplar Su rostro.

Los cristianos deben saturar sus corazones con estas promesas mientras se ciñen de valentía para el camino que tienen por delante. Es un camino lleno de cambios, pero esos cambios son ordenados y gestionados por la sabiduría soberana de Dios. La imaginación incrédula mira hacia adentro para estudiar la ingenuidad o la maldad del ser humano, y luego mira hacia adelante a los sueños utópicos o a las pesadillas distópicas. El corazón cristiano mira hacia arriba, hacia el Dios de la Biblia, y luego mira hacia adelante con valentía frente al viaje terrenal que aún queda y con esperanza en el mundo nuevo que viene.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Andrew M. Davis
El Dr. Andrew M. Davis es pastor de la First Baptist Church en Durham, Carolina del Norte, y profesor adjunto de teología histórica en Southeastern Baptist Theological Seminary.

¿Demasiado bueno para ser verdad?

¿Demasiado bueno para ser verdad?

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Por Robert B Strimple

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Fui bautizado en 1935 y luego me criaron en una de las mayores denominaciones protestantes «principales». Pero a los doce años estaba tan decepcionado con los pastores que nos habían asignado, todos predicando el antiguo liberalismo tan popular en aquellos años, que les pregunté a mis padres si podía transferirme a la Iglesia presbiteriana ortodoxa local. Fui con su bendición, y el Señor me bendijo pronto con una fe bíblica cada vez más profunda.

A medida que examinamos la escena estadounidense actual, las iglesias principales, en lugar de volver definitivamente a la fe bíblica y abrazar el evangelio, simplemente han probado una sugerencia tras otra de «cómo atraer nuevos miembros» y posteriormente han visto cómo su membresía se reduce cada año. Y lo que es aun más triste para mí, el término «evangelicalismo» parece haber perdido todo significado. Las nuevas iglesias «emergentes» continúan llamándose evangélicas, pero para mi asombro han adoptado una teología de «relevancia cultural» que comparte mucho en común con el antiguo liberalismo de hace un siglo.

La mayoría de las iglesias evangélicas, por supuesto, todavía pretenden aferrarse al evangelio bíblico. Pero en lugar de predicar ese evangelio con gozo en toda su riqueza y en el poder del Espíritu Santo, demasiados asumen que sus oyentes ya aceptan ese evangelio y predican sermones sobre asuntos más «prácticos», como ser mejores cónyuges, padres, administradores del dinero, etc. La triste ironía es que sin una base firme en los fundamentos de nuestra fe cristiana, los oyentes de tales sermones no están logrando ni siquiera esos objetivos prácticos.

Hermanos y hermanas en Cristo, si nuestras iglesias han de ser verdaderamente gozosas y glorificar a Dios, creciendo tanto en fe como en número, el evangelio no debe ser asumido, debe ser predicado y creído (ver Ro 10:13-15). Ustedes, las ovejas por las cuales murió el Pastor, deben insistir a través de sus oficiales electos que el evangelio no sea asumido sino predicado en sus iglesias

Todos hemos visto las encuestas aterradoras. La más reciente que vi decía que los que profesaron ser cristianos eran el setenta y cinco por ciento de los llegaron a la edad adulta en la década de 1950 (esta es mi generación), el treinta y cinco por ciento de la siguiente generación (la de mis hijos) y, según proyecta este estudio en curso, será solo el quince por ciento de la generación que ahora está llegando a la edad adulta (la de mis nietos). Este estudio concluyó: «Los jóvenes de dieciocho años criados en la iglesia están rechazando su fe a un ritmo alarmante». ¿Cómo van a ser alcanzados y retenidos? Se les debe predicar el evangelio en el poder del Espíritu.

¿Por qué los llamados sermones de temas «prácticos» han reemplazado al evangelio? Permítanme sugerir lo siguiente: Marshall McLuhan, gurú canadiense de las comunicaciones de la década de 1960, el de la famosa frase de «el medio es el mensaje», declaró que «el problema de la iglesia es que el evangelio es una buena noticia en un mundo en el que las malas noticias son noticias». Pero el mensaje de la Biblia no solo es una buena noticia, ¡es una buena noticia milagrosa, que va más allá de nuestra imaginación! Y seamos realistas, esas noticias son más difíciles de creer que las noticias ordinarias y cotidianas sobre cómo mejorar las relaciones con el prójimo. Sí, el evangelio puede parecer demasiado bueno para creerlo. Pero debemos creer, porque la Palabra de Dios es verdadera y muchas evidencias lo atestiguan (He 2:3-4).

Los invito a leer de nuevo la maravillosa narración de Juan 11:17-45. La pregunta que nuestro Señor le dirigió a Marta, nos la dirige ahora a nosotros por medio de Su Espíritu: «¿Crees esto?» (v. 26). Que el Espíritu nos capacite a cada uno de nosotros para responder como lo hizo Marta: «Sí, Señor; yo he creído».

¿Qué tan perspicaz es la respuesta de Marta? Jesús ha hecho una afirmación impensable, impensable en labios de cualquiera, a menos que sea Dios mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25). Luego le pregunta: «¿Crees esto?». Y Marta responde: «Sí, Señor; yo he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene…». Marta vio correctamente la resurrección como el gran acto venidero de salvación de Dios. Ella sabía que la resurrección tendría lugar «en el día final» (v. 24). Pero ahora cae sobre ella la verdad adicional de que aquí ante ella está quien es Él mismo el gran acto final de salvación de Dios, ¡y Él ya ha venido! Aquí está el que prometió venir al mundo y marcar el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva era. La resurrección, el don de la vida: esta es la obra del Mesías. «Sí, Señor, creo que la vida está disponible ahora mismo, en ti», es lo que dice Marta en realidad, porque «tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene al mundo».

Pero tenemos más que el testimonio autoritativo de Jesús con respecto a Su poder de dar vida. También tenemos la señal autoritativa que Él obró. Jesús gritó: «¡Lázaro, sal fuera!», y el que había muerto en verdad salió (vv. 43-44). Jesús ejerció el poder de la resurrección. Y así Él se manifestó, tanto en obras como en palabras, como el Salvador verdadero y final, el Cristo, el Hijo de Dios.

Albert Camus, el novelista francés, ateo y existencialista, tan popular entre los estudiantes universitarios en mi época, hace que su héroe en La peste diga en un momento: «Salvación es una palabra demasiado grande para mí. No apunto tan alto». ¡Pero no es demasiado alto o maravilloso para Jesús! Las buenas noticias de la vida de la resurrección eterna en Jesús no son demasiado buenas para ser verdad. Nuestro Señor mismo dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert B Strimple
El Dr. Robert B. Strimple es presidente emérito y profesor emérito de Teología sistemática en el Westminster California. Es autor de The Modern Search for the Real Jesus [La búsqueda moderna del verdadero Jesús].

Comprometer la verdad y la práctica

Comprometer la verdad y la práctica
Por Walter J Chantry

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Justo antes de que Jesús fuera llevado al cielo, dijo a Sus discípulos: «recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). Dar testimonio de quién es Jesús y de lo que enseñó debía ser transcultural. A medida que Sus discípulos se enfrentaban a nuevos cambios sociales y culturales, se esperaba que se aferraran a la verdad y a la justicia para ser luces brillantes de Su reino en todo el mundo.

Hoy en día se están produciendo cambios rápidos en el mundo en el que debemos llevar a cabo la gran comisión. El mundo sigue marcado por hombres «amadores de sí mismos», «avaros» o «amadores de los placeres en vez de amadores de Dios» (2 Ti 3). Estas tendencias de la naturaleza humana caída descubren constantemente nuevas formas de manifestarse en cada sociedad de la tierra. Sigue habiendo una necesidad crítica de que los testigos de Jesús sean contraculturales allí donde abunda el pecado.

Los cambios sociales en los Estados Unidos son tan rápidos que pocos son conscientes de las presiones radicales que sufren los cristianos y sus iglesias. En los últimos cincuenta años, incluso el sentido de pertenencia a una comunidad ha desaparecido en gran medida. El atractivo de las zonas rurales atrae a los cristianos a querer criar a sus familias en lugares donde se pueden construir casas bonitas cerca de campos y arroyos. Pero sus trabajos se encuentran en lugares que a veces están a horas de distancia de esos hogares. Al mismo tiempo, puede haber una «buena» iglesia a una hora o más de viaje en una dirección diferente a la del lugar de trabajo.

Dado que a menudo no se planifican de antemano las consecuencias, hay muchos menos creyentes que pueden asistir a los servicios de culto de la iglesia de forma regular. Hacerlo simplemente exigiría más horas de viaje que de reunión con los santos. Las iglesias cancelan las reuniones de oración porque hoy en día es poco práctico para la mayoría asistir. Así, en lugar de dos o tres sesiones en las que se enseña la Palabra de Dios, el número se reduce a una por semana. Esto ocurre en un momento en que necesitamos más predicación, no menos. Al mismo tiempo, los niños están siendo entrenados por la experiencia y el ejemplo de los padres de que ir a la iglesia durante más o menos una hora a la semana es normal.

Algunos complementan su dieta espiritual escuchando a su(s) predicador(es) favorito(s) en CD, iPod o en línea. Su intercambio de ideas con otros creyentes es frecuentemente en blogs o a través de otros contactos informáticos sin rostro. Estos hábitos están sustituyendo a veces el «congregarnos» (He 10:25) como manda la Escritura. Pero las transmisiones electrónicas no pueden duplicar la presencia del Espíritu Santo en una congregación de santos. Además, hay un descuido de aspectos importantes del cuidado pastoral y de las exhortaciones.

Este aislamiento y la falta de presencia en la propia comunidad no era habitual hace cincuenta años. Es más difícil ser testigos con una vida que transcurre en un hogar que es poco más que un dormitorio y una sala de ordenadores con, quizás, una sala de escuela unifamiliar, al tiempo que se pasan incontables horas en la autopista yendo de aquí para allá.

Otro cambio, del que muchos no son conscientes pero que nos presiona, es la variedad inmensa de enseñanzas dentro de los círculos evangélicos. Debido a que los cristianos enseñan varias doctrinas, a menudo se piensa que es de poca importancia el conjunto de doctrinas que creemos. Deseando la unidad entre el número cada vez menor de cristianos en nuestra nación, no deseamos discutir las enseñanzas conflictivas entre «nosotros». Es bastante satisfactorio engrosar nuestros números siendo muy inclusivos. Con esta actitud de tolerancia, las mismas doctrinas preciosas que hemos afirmado mantener han sido a menudo abandonadas.

El catolicismo romano ha afirmado durante mucho tiempo que sigue otras autoridades además de las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por el contrario, el protestantismo en los días de la Reforma plantó una bandera inscrita con «la Escritura sola». Es esencial para la naturaleza misma de nuestra herencia protestante que cada artículo de fe y conducta cristiana debe establecerse sobre la base de la enseñanza de la Escritura. 2 Timoteo 3:17 enseña que la Escritura hace al hombre de Dios «perfecto, equipado para toda buena obra». Esta piedra fundamental del pensamiento protestante fue proclamada valientemente por Martín Lutero en las famosas palabras: «Mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios». Sin embargo, hoy en día, aunque numerosos cristianos carismáticos sostienen fuentes de revelación distintas de la Biblia, y sin embargo se declaran protestantes o incluso protestantes reformados, muchos los aceptan como si «la Escritura sola» fuera un elemento no esencial de nuestra teología.

Otra teología, desarrollada siglos después de la Reforma, es el «dispensacionalismo». Durante sus enfrentamientos con Roma en el siglo XVI, los reformadores insistieron en que la salvación llega a los pecadores caídos solo por la fe en Cristo. Con el advenimiento del dispensacionalismo, algunos evangélicos empezaron a enseñar que en otras épocas de la historia se ofrecía una forma diferente de salvación, basada en las obras y no centrada en Cristo. Muchos hoy en día incluso enseñan que los judíos pueden ser salvos sin la fe en Cristo o sin el bautismo en Su iglesia, y que el camino de la salvación solo por la fe en Cristo es solo para los gentiles. Sin embargo, una vez más, hay acuerdo con aquellos que sostienen tales enseñanzas y se llaman a sí mismos reformados o protestantes a pesar de que estas enseñanzas son ajenas a la Reforma. ¿Es esta una cuestión menor que hay que dejar de lado para que podamos tener una mayor comunión y cooperación cristiana?

Empezamos a preguntarnos cuáles son los principios que definen la tradición reformada. ¿Cuáles son las cuestiones vitales de las que damos testimonio?

Las iglesias no solo están perdiendo su testimonio al adaptarse a las nuevas tendencias entre los «evangélicos». También se están transformando en conformidad con el mundo. Nada menos que el orden de la iglesia está siendo reestructurado para complacer la voz cada vez más insistente del feminismo. Pero el apóstol dijo: «Yo no permito que la mujer enseñe ni ejerza autoridad sobre el hombre» (1 Ti 2:12). Las grandes denominaciones «reformadas» están haciendo ahora a las mujeres «diáconos», como hicieron los liberales hace años. Cuando estos cambios han ocurrido dentro de las iglesias en el pasado, lo siguiente siempre ha sido la aceptación de las mujeres como ancianas.

Cuando las actitudes seculares tienen tanta importancia para la Iglesia reformada en Europa y Norteamérica, aquellos con actitudes positivas hacia la homosexualidad comienzan a presionar a la iglesia también. El patrón es primero callar sobre Génesis 19, Romanos 1 y 1 Corintios 6. Después de todo, todavía hay mucho de la Biblia para enseñar, así que ¿por qué no dejar de lado las notas que suenan allí? ¿Habrá quien dé un testimonio a los homosexuales para su verdadero bien? ¿O también habrá un acobardamiento ante la demanda de nuestra sociedad sobre este tema?

Hay un cambio constante dentro y alrededor de las iglesias. Se produjeron grandes cambios entre los años 1875-1930, cuando el liberalismo devoró grandes sectores de las iglesias que antes eran reformadas. Desde 1950 hasta el presente hubo un reavivamiento en la enseñanza de la Escritura sola, Cristo solo, la fe sola, la gracia sola y a Dios solo la gloria. ¿Seguirá siendo esta nuestra postura? Ya se han hecho concesiones.

¿Qué nos deparará el futuro? ¿Seremos testigos? ¿Cuánto de la persona, la obra y las enseñanzas de Jesús es vital para nosotros? ¿Y para nuestra iglesia?

«Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a Mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo, por eso el mundo los odia» (Jn 15:18-19). Y a veces también las iglesias desprecian nuestra postura.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Walter J Chantry
El reverendo Walter J. Chantry fue pastor de Grace Baptist Church en Carlisle, Pensilvania, durante treinta y nueve años. Más adelante fue editor de la revista The Banner of Truth [Estandarte de la verdad] durante casi siete años.

Dios en la tierra

Viernes 16 Septiembre

A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Juan 1:18

Dios… nos ha hablado por el Hijo… por quien asimismo hizo el universo.

Hebreos 1:2

Dios en la tierra

A veces oímos decir: “Muéstreme a Dios y creeré en él”. ¿Acaso nuestros pensamientos pueden limitarse a lo que vemos? Dios es espíritu; el ojo humano no puede verlo y su razón no puede comprenderlo. “Mayor es Dios que el hombre” (Job 33:12).

Pero Dios se dio a conocer. Él se reveló en sus obras, en la naturaleza que creó. Yo no necesito ver al relojero para estar seguro de que alguien fabricó mi reloj. Lo mismo sucede con todas las maravillas de la naturaleza, con el cuerpo humano: ellos son la manifestación de su Creador.

Pero Dios hizo más todavía: vino a la tierra en la persona de Jesús. La existencia de Jesucristo es tan cierta como la de Alejandro el Grande o la de Napoleón. Dios se dio a conocer por medio de su Hijo Jesús. Algunos solo quieren ver mitos en los evangelios, pero la autenticidad de los milagros y de los hechos narrados en los evangelios no puede ser puesta en duda: los hechos son relatados por cuatro testigos diferentes. Los evangelios hablan de las obras de poder y de amor que Jesús cumplió por su palabra… Nos presentan su vida pura y santa. Nos exponen sus enseñanzas, las cuales están caracterizadas por el amor, la paz, el perdón, y al mismo tiempo por la verdad y la justicia. Nos muestran que él juzgaba el mal, pero que recibía a todos los desdichados y perdonaba los pecados de los que creían y confiaban en él. Jesucristo fue la revelación del Dios justo y santo. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5:19).

Jeremías 48:28-47 – 2 Corintios 5 – Salmo 106:1-5 – Proverbios 23:15-16

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Cómo la cultura del consumismo impulsa el cambio

Cómo la cultura del consumismo impulsa el cambio
Por Carl R. Trueman

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

l debate sobre la cultura se ha convertido prácticamente en un shibolet [Jue 12:6] en el evangelismo contemporáneo, tanto en el de izquierda como en el de derecha. Si esto se trata de un imperativo bíblico o de una mera reacción cultural a una época en la que el fundamentalismo dominaba el terreno, eso es un tema de debate. De hecho, una de las cosas desconcertantes de los buitres de la cultura cristiana de moda es que, en general, cuando hablan de «cultura» suelen referirse a lo que podríamos llamar cultura popular, en particular las películas, la Internet y la música, la mayoría de las veces con una orientación juvenil. La «cultura» como las tradiciones, las instituciones y los mecanismos por los que una sociedad transmite una forma de vida a través de las generaciones no suele ser lo que se tiene en cuenta. No, hoy en día «cultura» significa cultura pop y, paradójicamente, eso reduce el concepto a una función del mercado. La música, las películas y otros elementos similares no son tanto un reflejo de la cultura en general según la segunda definición anterior, sino que representan lo que es y lo que no es comercializable en términos de gusto contemporáneo y, de hecho, no solo reflejan el gusto sino que también lo influyen.

Me gustaría sugerir que, si tenemos esto en cuenta al reflexionar sobre la cuestión de la cultura y la rapidez del cambio, tendremos que rechazar uno de los tópicos modernos más comunes: la idea de que la cultura moderna siempre está cambiando. Voy a sugerir que esto no es así. De hecho, la cultura no está siempre cambiando, ni rápido ni lento; más bien, el cambio rápido es la cultura moderna. Los fenómenos de la cultura moderna —las modas, la música, las celebridades— cambian constantemente, pero esto es una función de la base cultural subyacente: el consumismo. Para las sociedades que se basan en el consumo, el cambio es un componente esencial. La obsolescencia intencionada, la necesidad de los mercados de reinventar constantemente los productos, el apetito voraz de todos nosotros por lo nuevo y lo novedoso, son los elementos que impulsan la cultura del cambio rápido. Si no fuera así, todos tendríamos que comprar solo un televisor, un lavaplatos, un automóvil, tener un traje a la moda, etc. Sin embargo, nuestros lavaplatos se estropean cada cinco o diez años —para eso están diseñados— y aunque eso es un poco molesto, también nos permite sustituirlos por modelos que, francamente, no hacen el trabajo mejor que el modelo antiguo, pero que parecen mucho más apropiados para el mundo actual. Incluso los aspectos transnacionales de la cultura popular —la cultura juvenil y el deporte— están sujetos a la misma rapidez de cambio. Después de todo, ¿qué joven quiere llevar la moda del año pasado? Y muchos equipos deportivos parecen cambiar el diseño de sus camisetas con tanta frecuencia hoy en día que uno se siente afortunado si la camiseta que compró en la tienda de recuerdos al comienzo del partido sigue siendo el mismo diseño del equipo cuando suena el silbato final.

Todo este cambio es, como he insinuado anteriormente, una ilusión óptica. Puede parecer que el mundo está en un estado de flujo permanente mientras un interminable desfile de imágenes vertiginosas y caleidoscópicas pasa ante nuestros ojos, pero esto no es más que una ilusión óptica que alimenta el mito que a cada generación le gusta creer sobre sí misma: que este tiempo, aquí y ahora, es único y especial, y que las reglas de antaño ya no pueden aplicarse con credibilidad. En absoluto. Puede parecer que vivimos en un mundo de cambios y flujos, pero bajo todo ello hay una cultura constante que cambia poco, o nada, de año en año: la cultura del consumismo que crea el culto al cambio constante. Es con ese cimiento subyacente que la iglesia se debe enfrentar.

¿Cómo puede la iglesia hacer esto? Solo hay una manera de hacerlo: siendo contracultural. La iglesia, tanto a nivel local como a nivel de sus denominaciones, debe ser el agente de la contracultura. Las «guerras culturales», tan a menudo consideradas por la iglesia en términos de fenómenos culturales como la legislación política, los programas de televisión, etc., deben entenderse a un nivel mucho más profundo. La iglesia tiene que oponerse a la cultura en sus propios fundamentos. De hecho, en esto la iglesia no tiene opción, pues entre las consecuencias más desafortunadas de esta mentalidad consumista están las siguientes, ambas antitéticas a la ortodoxia: En primer lugar, en un mundo en el que nada parece ser sólido o seguro, cuando todo está en constante movimiento, o se disuelve, o se rompe, o se transforma en otra cosa, o incluso se transforma en lo opuesto, la propia noción de estabilidad deja de tener sentido o significado y, podríamos añadir, el propio concepto de significado deja de tener sentido. La conexión entre la forma en que el mundo es en términos de consumo material y la forma en que el mundo piensa en la verdad es compleja, pero hay una conexión muy definida. Cuando se considera que la estética del cambio constante forma parte de cómo es el mundo, inevitablemente llega a afectar a algo más que a la forma en que elegimos qué par de pantalones vamos a comprar; llega a conformar nuestra propia visión del mundo en su conjunto.

En segundo lugar, en un mundo impulsado por el consumismo, todo es un producto o una mercancía, y el juego se convierte en el de averiguar lo que el mercado tolerará y dar forma y orientar el producto según sea necesario. Aunque no se pueda asegurar que la ortodoxia no «venda» en tales circunstancias, sí se puede asegurar que no venderá durante mucho tiempo antes de que sea necesario cambiarla, empaquetarla de nuevo, hacerla más atractiva y ayudarla a competir con los nuevos productos que siempre llegan a las tiendas.

En resumen, el cristianismo, con su afirmación de que la verdad no cambia, de que el Jesús de Pablo es el Jesús de hoy, y de que Dios es el gran sujeto ante el que todos somos objetos… este cristianismo, por su propia existencia, protesta contra la cultura tanto a nivel fenoménico, donde el cambio, y no la estabilidad, es la verdad, como a nivel fundacional, donde la negociación entre el proveedor y el consumidor es la fuerza motriz constante, tanto si hablamos de ideas como de marcas de cafeteras.

Aquí es donde debemos tener cuidado. En su fascinante libro Nation of Rebels: Why Counterculture Became Consumer Culture [Nación de rebeldes: Por qué la contracultura se convirtió en cultura de consumo], Joseph Heath y Andrew Potter demuestran en términos aleccionadores cómo la contracultura de los años sesenta acabó no solo siendo absorbida por el consumismo, sino que incluso llegó a acaparar una parte importante de la cuota de mercado, con eslóganes como «No logo» convertidos en logotipos de diseño. La lección de ese libro es que el consumismo es una de las fuerzas culturales más poderosas jamás desatadas y su capacidad para convertir cualquier cosa en una mercancía, incluso lo que se le opone, es asombrosa. Lo que se convirtió en realidad para los hippies de los años sesenta es seguramente un peligro aun mayor para un evangelicalismo estadounidense que siempre ha estado más cerca del estilo de vida americano que las multitudes que se reunieron en Woodstock.

Por lo tanto, no es suficiente que la iglesia se limite a desafiar el cambio como cambio; tiene que pensar muy cuidadosamente en cómo se relaciona con los motores que impulsan esta cultura: la mercadotecnia comercial, la codicia, las concepciones mundanas del poder y el éxito, la necesidad de encontrar satisfacción en cosas distintas al evangelio. No es fácil ver cómo se puede hacer esto pero, tomando prestada una frase de la política contemporánea, tal vez tengamos que actuar localmente y planificar globalmente. La iglesia local es ciertamente la unidad más básica de la resistencia contracultural. Recitar el Credo de los Apóstoles cada domingo, por ejemplo, es una declaración clara a la iglesia y al mundo de que el cristianismo no se reinventa durante el servicio. La permanencia de los ministros en sus cargos durante más de dos años envía una señal de que el pastorado no es una carrera que hay que escalar a toda velocidad, al igual que (¿me atrevo a decirlo?) dar prioridad a la predicación del evangelio frente a la oferta de ideas vacías sobre las últimas superproducciones de Hollywood o las letras de Bono o las plataformas políticas de tal o cual político. Estos últimos son, en el mejor de los casos, síntomas superficiales de una cultura de consumo a la que hay que resistir, no copiar.

El rápido cambio de la cultura que nos rodea es una muestra del poder de los mercados de consumo para fabricar la verdad, rehacerla, volver a empaquetarla, cambiarla de nuevo y seguir vendiéndola a los clientes cuyo apetito parece indefinidamente maleable e insaciable. Sin embargo, como iglesia no debemos preocuparnos tanto por el hecho del cambio como por las fuerzas oscuras que subyacen a ese cambio. Como la punta de un iceberg, el cambio no es la verdadera amenaza, que en realidad se encuentra bajo la superficie. La iglesia debe comprender que no está llamada simplemente a resistir a una cultura del cambio que hace que todo sea negociable; debe resistir a la fuerza que impulsa estos cambios, y esa es el consumismo que, de forma preocupante, impulsa toda nuestra perspectiva económica y, por tanto, moldea nuestras vidas de una forma que muchos de nosotros desconocemos por completo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Carl R. Trueman
El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].