¿Quién soy yo?

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

Por Burk Parsons

¿Quién soy yo?

En la adaptación musical de la obra clásica de Victor Hugo, Los Miserables, el protagonista Jean Valjean llega a un punto de crisis en su vida en que se siente abrumado por su culpa al haber sido convicto como un criminal y delincuente. En una escena notablemente emocional, Valjean hace una pregunta penetrante: «¿Quién soy yo?». Al considerar su pasado, su presente y su futuro, lucha con la realidad de su culpa y su merecida condenación ante Dios y los hombres. Se ve forzado a cuestionar su identidad e integridad y a enfrentarse con la inocencia de un hombre que fue acusado falsamente porque ha sido erróneamente identificado como Valjean. Aunque Valjean ha logrado evitar ser reconocido como reo al cambiar de nombre e identidad, tiene que afrontar la verdad de quién es realmente: un convicto cuyo número de prisión es 24601.

Muchos lectores de Los Miserables no conocen el significado de ese número. Los estudiosos literarios argumentan que Víctor Hugo le asignó ese número a Valjean como una forma de identificarse con su protagonista, ya que representaba la fecha en que Víctor Hugo creía que había sido concebido: el 24 de junio de 1801 (24/6/01). Víctor Hugo se estaba identificando con Valjean como un pecador, no solo desde el momento en que pecó por primera vez, sino desde el día de su concepción. Bien pudiera ser que Víctor Hugo haya tenido en mente lo que David confesó: «He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre» (Sal 51:5).

La mayoría de las personas en el mundo no saben por qué están aquí, quiénes son en realidad, de dónde provienen ni hacia dónde van. Además, tienen una opinión totalmente incorrecta de sí mismas, pues creen que son fundamentalmente buenas, que nacieron buenas y que están de camino a un lugar bueno. No entienden que son pecadores culpables, concebidos en pecado, nacidos con una naturaleza pecaminosa, que viven bajo la ira de Dios y esperan la justa condenación de Dios. Toda la humanidad se encuentra por naturaleza en un estado de pecado, y todas las personas necesitan desesperadamente escuchar las buenas nuevas de Jesucristo para que, por la obra regeneradora del Espíritu Santo, puedan ser justificadas ante Dios por la fe sola y salvadas eternamente por medio de Cristo. Solo por la obra del Espíritu en nosotros a través del evangelio de Cristo, Dios nos muestra quiénes somos realmente, de modo que cuando somos movidos por el Espíritu a preguntar: «¿Quién soy yo?», podemos declarar humilde y valientemente: «Fui concebido en pecado, nací pecador, mereciendo la condenación, pero he nacido de nuevo por el Espíritu, he sido unido a Jesucristo y estoy destinado a la gloria. Eso es quien soy: mi identidad, por la gracia de Dios, está en Cristo».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

No necesitamos superhombres

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

No necesitamos superhombres

Por Howard Q. Davis Jr.

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

En el capítulo dos de Instruments in the Redeemer’s Hands [Instrumentos en las manos del Redentor], Paul David Tripp cuenta una historia de un miembro de la iglesia que llamó al pastor para que ayudara a un hombre. El comentario de Tripp para el miembro fue: «¿No es asombroso el amor de Dios? A Dios le importa este hombre y pone a uno de Sus hijos en su camino. Tú le importas a Dios y Él te ha dado la oportunidad de ser un instrumento en Sus manos». ¡Aquellos de nosotros que no somos pastores somos propensos a querer que el pastor lo haga todo! Esperamos que él esté a cargo de todo, desde mover las mesas para la reunión de damas hasta ser el director ejecutivo. Ese, definitivamente, no es el rol del pastor. La otra cara de la moneda es que en muchas iglesias el pastor quiere ser y es el director, pero eso tampoco es un modelo bíblico y, en última instancia, acarreará serios problemas para el ministerio.

Pues Dios no ve como el hombre ve, Como dice John MacArthur en The Master´s Plan for the Church [El plan del Señor para la Iglesia]: «Es comprensible que los ancianos no puedan darse el lujo de consumir su tiempo y energía con los detalles administrativos, las relaciones públicas, los asuntos financieros menores y otras cuestiones del funcionamiento diario de la iglesia. Tienen que dedicarse sobre todo a la oración y al ministerio de la Palabra y a elegir a otros para que manejen esos otros asuntos». El modelo bíblico de un pastorado es el de un trabajo en equipo. En cada lugar del Nuevo Testamento donde se usa el término presbuteros (es decir, «anciano») está en plural, excepto cuando el escritor se refiere solamente a sí mismo. En ninguna parte del Nuevo Testamento se hace referencia a una congregación de un solo pastor. La iglesia en Jerusalén incluía apóstoles y ancianos (Hch 11; 15); la iglesia en Antioquía tenía profetas y maestros (Hch 13:1). Asimismo, las iglesias en Creta, Filipos y Éfeso tenían ancianos, también llamados «obispos».

Don Clements en Biblical Church Government [El gobierno de la iglesia bíblica] escribe que «en cada una de las primeras iglesias del Nuevo Testamento, había claramente una pluralidad de ancianos en el liderazgo. En otras palabras, la iglesia no era gobernada por la decisión de una persona. Más bien, debía ser gobernada por grupos de ancianos que trabajaban juntos. Este es uno de los puntos más importantes en la forma bíblica de gobernar la iglesia, pero es un punto frecuentemente malinterpretado, practicado incorrectamente y difamado en las iglesias de hoy en día». Hay varios problemas con el modelo de un solo líder. Todos somos pecadores y, sin la participación de otro, uno puede convertirse en un «dictador religioso». La gran cantidad de tareas en la iglesia es demasiado grande para que un hombre las maneje física, mental y emocionalmente. Al tratar de hacerlas todas, como dice Clements, «el líder más fuerte, si se queda solo, se consumirá rápidamente». La Escritura nos manda a que examinemos cada palabra que procede del púlpito; si solo hay uno que toma las decisiones, no habrá mucho examen de lo que él diga. Muchas denominaciones se han ido por el camino de la apostasía por no practicar tal examen, y creo que es particularmente cierto en esta era de creerlo todo fácilmente y creencias pluralistas. Lo mismo sucedió en días de Jeremías (ver Jer 5:30-316:13-14).

La idea de múltiples ancianos no es una novedad para la Iglesia del Nuevo Testamento. La vemos operando a través del Antiguo Testamento. Dios, hablándole a Moisés desde la zarza ardiente, le ordena: «Reúne a los ancianos» (Ex 3:16b). Es poco probable que esto se refiera solamente a los hombres de mayor edad, pero esta es la primera vez que se usa este término en la Escritura. Sin embargo, en numerosos pasajes en Deuteronomio podemos ver que a los «ancianos» se les asignan responsabilidades específicas (19:12; 21:19-20; 22:15-18; 25:7-9; 31:9-13). Para la época de Cristo, los ancianos eran una institución en las sinagogas judías.

La función de los ancianos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es llevar a cabo la «supervisión» de la Iglesia. Las tareas de los ancianos, según lo establecido en la Escritura, incluyen predicar, enseñar, velar por la doctrina, ejercer disciplina, visitar a los enfermos, orar, alimentar al rebaño y velar por la congregación.

Pablo en su carta a los filipenses describe dos grupos de oficiales en la iglesia: obispos (supervisores o ancianos) y diáconos (Flp 1:1). El propósito especial del diácono se encuentra en Hechos 6:1-7: ellos ayudan a los ancianos a ministrar a los pobres y a las viudas (ministerio de misericordia) para que los ancianos puedan dedicarse al ministerio de la oración y la Palabra. Como su nombre lo indica en el griego, la función principal de los diáconos es la del servicio. Ellos realizan sus deberes bajo la supervisión de los ancianos. Como Brian Habig y Les Newsom señalan en su excelente obra The Enduring Community [La comunidad duradera], «la Palabra tenía que ser predicada para que las vidas fueran cambiadas y los corazones fueran convertidos. Tan fundamental fue esta actividad para la vida de la Iglesia que nada que los distrajera de esta práctica sería permitido… Los discípulos estaban tan comprometidos con estas actividades primarias que instituyeron un oficio completamente dedicado a las necesidades temporales o físicas de la Iglesia».

Gobernar junto a una pluralidad de ancianos no es solamente el modelo bíblico, sino que también le brinda mucha protección al pastor. Si el predicador actúa como un director ejecutivo, entonces cada decisión que él tome proveerá municiones a algún miembro disgustado de la congregación para que las use en su contra. Cuando los ancianos toman una decisión, es una decisión grupal, y por lo tanto, ¡no es solo del pastor!

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Howard Q. Davis Jr.

El juez retirado Howard Q. Davis Jr. es un anciano gobernante en la Primera Iglesia Presbiteriana en Indianola, Mississippi. También se desempeñó como moderador de la 33ª Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana en América.

El monje solitario

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

El monje solitario

Nicholas Needham

El siglo VII es una época olvidada para la mayoría de los protestantes. Sin embargo, vale la pena conocerla. El corazón creativo de su teología estaba en el Este: el Imperio bizantino, con su centro en Constantinopla. Aquí las controversias cristológicas del siglo V todavía estaban presentes. Como resultado de los concilios de Calcedonia (451) y el Segundo de Constantinopla (553), la iglesia del Este y el Imperio se dividieron amargamente entre dos grandes partidos. En un lado de la controversia estaban los calcedonios, leales al credo ortodoxo de Calcedonia, de que Cristo es una persona con dos naturalezas; y al otro lado estaban los monofisitas, numerosos en Egipto y Siria, que sostenían que el Cristo encarnado tiene una sola naturaleza (una especie de naturaleza divina-humana sintetizada).

El Imperio bizantino haría un último intento para eliminar la brecha entre los calcedonios y los monofisitas. La iniciativa vino del emperador Heraclio (610–641). Él tomó su postura teológica del patriarca Sergio I de Constantinopla, quien sugirió que los calcedonios y los monofisitas podrían unirse en torno a la fórmula de una «energía única» en Cristo. Cuando los teólogos hablaban de «energía» (en griego, energeia), se referían a la acción, actividad, trabajo u operación que revela la naturaleza distintiva de una cosa. 

¿Qué tenía esto que ver con la disputa entre calcedonios y monofisitas? La controversia se desarrolló en torno a cómo Cristo puede ser una persona si tiene dos naturalezas. Los calcedonios hacían distinción entre la naturaleza y la persona, argumentando que las dos naturalezas de Cristo habitan una en la otra sin confundirse entre ellas, unidas por la única persona divina de Cristo. Los monofisitas respondieron que si Cristo es una sola persona, esto requiere que Sus dos naturalezas se conviertan en una. Pero la energía fue un tercer factor en la ecuación, algo diferente a las ideas de naturaleza y persona. Si los calcedonios y los monofisitas pudieran estar de acuerdo en que Cristo tiene una sola energía, tal vez ambas partes podrían aceptar esto como la explicación de Su unidad.

Sergio I de Constantinopla argumentó que la energía pertenece a la persona y no a la naturaleza. Ya que los calcedonios y los monofisitas estaban de acuerdo en que Cristo era una persona, ellos (sugirió Sergio) podrían ver que Sus dos naturalezas estaban unidas en la única energía de Su persona. El emperador Heraclio defendió la fórmula de «energía única» de Sergio y tuvo cierto éxito. Sin embargo, la reunión se encontró con serios problemas en Palestina. Los monjes calcedonios, dirigidos por el brillante patriarca Sofronio I de Jerusalén, se opusieron fuertemente a la fórmula de energía única. Sofronio argumentó que la energía no pertenece a la persona (como dijo Sergio), sino a la naturaleza (como en el entendimiento tradicional). Por lo tanto, en Cristo hay dos energías distintas, humana y divina, que revelan las dos naturalezas distintas del Salvador.

La oposición de Sofronio a la fórmula de energía única incitó a Heraclio a buscar el apoyo del papa Honorio I. Esto fue lo peor que pudo haber hecho. Honorio llevó el conflicto a aguas aún más tormentosas. Profesando estar descontento con toda la charla sobre energías, propuso la sugerencia explosiva de que Cristo tiene una sola voluntad en lugar de una sola energía. Honorio pensó que los calcedonios y los monofisitas podían encontrar puntos en común al confesar que las dos naturalezas del Salvador están unidas por su única voluntad divina, lo cual, por supuesto, significaba negar que Cristo tiene una voluntad humana. El emperador Heraclio aprovechó esta idea y, en el 638, emitió una declaración teológica oficial, la Ekthesis. Esta declaración prohibió toda mención adicional de energías, y decretó que Cristo tenía una sola voluntad divina. Esta iba a ser la nueva ortodoxia. Aquellos que apoyaron la Ekthesis fueron conocidos como mono theletes, término griego que significa «voluntad única».

La posición monotelista levantó poderosos enemigos entre los calcedonios ortodoxos. El más poderoso fue el monje griego Máximo el Confesor (580–662), quien sostuvo vehementemente que Cristo tiene dos voluntades, una humana junto a una divina. ¿Por qué le dio tanta importancia a este asunto? La respuesta reside en su preocupación por la doctrina de la salvación. La voluntad humana, señaló Máximo, es la fuente del pecado, la sede misma de nuestra corrupción que necesita ser rescatada y santificada. Por lo tanto, si ha de haber salvación para nuestras voluntades caídas, el Hijo de Dios debe tomar una voluntad humana para Él mismo en la encarnación. La única forma en que nuestras voluntades pueden llegar a ser santas es siendo conformadas a la voluntad humana perfectamente santa de Cristo, el Dios-hombre. Pero los monotelitas estaban diciendo que Cristo no tiene voluntad humana. ¿De dónde entonces, preguntó Máximo, proviene la santificación de nuestras voluntades pecaminosas? Es esencial para nuestra salvación que Dios el Hijo haya tomado una voluntad humana.

No era una buena señal para los monotelitas el haberse hecho un enemigo como Máximo. Él era un teólogo de gran eminencia, al nivel de Atanasio, los padres de Capadocia, Cirilo de Alejandría y Juan de Damasco como una de las mentes más destacadas de la Iglesia oriental.

Cuando murió Heraclio, su sucesor fue su nieto Constante II (641–68), un dictador cruel. El emperador Constante intentó apagar la controversia silenciando a todas las partes; su edicto de 648, Typos, prohibió a todos los ciudadanos bizantinos volver a mencionar voluntades y energías en Cristo, bajo pena de severo castigo. Para los ortodoxos, esta orden imperial significaba tolerar la herejía en la Iglesia, y algunos de ellos no estaban dispuestos a obedecerla.

Uno de ellos fue el nuevo papa, Martín I, quien ascendió al trono papal en julio del 649. Martín era un aliado cercano de Máximo e impresionó a todos con su radiante santidad y su profundo conocimiento. En octubre de ese año, Martín convocó un concilio romano que condenó el monotelismo y afirmó que Cristo tiene dos voluntades, una humana y una divina. Máximo estuvo presente y jugó un papel principal en este concilio. Luego, Martín envió copias de las decisiones del concilio a lo largo de Oriente y Occidente, junto con una carta circular advirtiendo a todos los cristianos fieles contra la peligrosa herejía de los monotelitas.

Ese desafío tan osado al emperador Constante selló el destino de Máximo y Martín. Las tropas bizantinas los capturaron en el 653, los llevaron a Constantinopla y los encarcelaron durante un largo período en condiciones horrendas que destrozaron la ya mala salud de Martín. Finalmente fueron juzgados por traición en el 655. Martín fue declarado culpable y condenado a muerte; sus ropas papales les fueron arrancadas; fue azotado y arrastrado a los calabozos. En un inesperado toque de misericordia, Constante suavizó la sentencia de Martín condenándolo al destierro. Agotado por su terrible encarcelamiento, el papa murió seis meses después: un mártir por su fe en la humanidad plena de Cristo.

Entonces se llevó a cabo un juicio contra Máximo. Él había encabezado la oposición al monotelismo. Constante estaba decidido a hacer un espectáculo público de él. Día tras día, los jueces lanzaron acusaciones de traición y herejía contra el anciano monje, que ahora tenía 74 años. Sin embargo, Máximo no se inmutaba, rechazando todos los cargos de traición y negando firmemente que un emperador tuviera derecho a interferir en asuntos teológicos. Tal conducta era el Estado imponiendo sus manos impías en la independencia de la Iglesia. Constante no estaba impresionado; Máximo fue golpeado y desterrado a la pequeña ciudad de Bizia en Tracia.

Desde Bizia, Máximo continuó hablando y escribiendo contra el monotelismo; así que en el 662, un enfurecido Constante lo sometió a un nuevo juicio. Los jueces presionaron a Máximo con el argumento de que todos los demás miembros de la Iglesia oriental se habían sometido al Typos. ¿Cómo se atrevía él, un monje solitario, a desafiar la voz de la Iglesia? ¿Solo Máximo tenía la razón y todos los demás estaban equivocados? ¿Creía que solo él era salvo? La respuesta de Máximo resuena a través de los siglos: «Dios conceda que yo no condene a nadie, ni diga que solo yo soy salvo. Pero prefiero morir antes que violar mi conciencia abandonando lo que creo acerca de Dios».

Esta vez, el castigo de Máximo fue más severo: le arrancaron la lengua y le cortaron la mano derecha para que no pudiera hablar ni escribir. Luego fue desterrado a la costa sureste del Mar Negro, donde murió unos meses después. Fue por su firme confesión de fe en medio de estas crueldades que la Iglesia más tarde llamó a Máximo «el Confesor».

Constante fue asesinado en el 668. Su hijo Constantino IV (668–85) resultó ser un tipo de emperador muy diferente a su padre. Actuando en armonía con el papa de su tiempo, Agatón, quien fue un fiel discípulo de Martín y Máximo, Constantino convocó al sexto de los concilios ecuménicos en noviembre del 680, el Tercer Concilio de Constantinopla. El concilio fue un triunfo total para los enemigos del monotelismo, vindicando la creencia en la humanidad plena de Cristo por la cual Máximo y Martín habían sufrido. El concilio también nombró y condenó a quienes habían enseñado la doctrina de la energía única y la voluntad única, especialmente al patriarca Sergio de Constantinopla y al papa Honorio, llamándolos instrumentos de Satanás, herejes y blasfemos. Esta condena de un papa herético por parte de un concilio ecuménico fue más adelante una de las armas favoritas de los protestantes en su conflicto con el papado y sus afirmaciones de infalibilidad.

El Tercer Concilio de Constantinopla puso fin a los siglos de controversia sobre la relación entre la humanidad y la divinidad en Cristo. También fue el último de los concilios ecuménicos en recibir el reconocimiento de las tres ramas de la Iglesia profesante: católica romana, ortodoxa oriental y protestante.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

Un cristianismo consistente

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Serie: La ética cristiana

Un cristianismo consistente
Por Jim E. Kim

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

on frecuencia, en la Biblia se trata el tema de la hipocresía pero rara vez se menciona de manera diplomática. Originalmente designaba a un actor actuando con una máscara pero luego la palabra adquirió la connotación negativa de una inconsistencia entre lo que uno cree y cómo actúa. Esta inconsistencia se puede entender de dos maneras. Algunas inconsistencias son pretensiones de justicia propia, actuando como si uno fuera justo y virtuoso de manera exterior, mientras se carece de convicción interior. Hay muchos ejemplos de esto en los Evangelios. Jesús criticó deliberadamente a muchos que estaban más interesados ​​en la alabanza pública por sus actos religiosos de orar, ayunar y dar limosna (Mt 6:2516), aquellos que condenaban los pecados de otros mientras ignoraban los suyos propios (7:5) y aquellos que adoraban de labios y externamente pero sin sinceridad (15:8-9). Jesús llamó la atención sobre la hipocresía de muchos líderes religiosos de Su tiempo comparándolos con vasos y platos que están limpios por fuera mientras permanecen sucios en su interior, y con «sepulcros blanqueados», como algo hermoso por fuera que cubre la muerte por dentro (23:25-28). Esta inconsistencia —pretensión espiritual externa o falsa espiritualidad— es la descripción más común de hipocresía.

Pero la hipocresía también puede referirse a una inconsistencia de otro tipo: pretender no tener convicciones internas cuando ejercitarlas es inconveniente o difícil. En Gálatas 2, Pablo relata una interacción importante que tuvo con Pedro y Bernabé (vv. 11-14). Cuando Pedro se unió a Pablo en Antioquía, inicialmente disfrutó de la compañía y hermandad de los cristianos gentiles sin vacilar ni dudar. Esto es totalmente consistente con la creciente comprensión de Pedro del mensaje del evangelio, que rompe las tradiciones y distinciones que separaban a los judíos de los gentiles (ver Hch 10-11). Sin embargo, cuando llegaron otros llamados «los de la circuncisión», que mantenían las distinciones tradicionales entre judíos y gentiles, Pedro «empezó a retraerse y apartarse» (Gal 2:12). ¿Por qué? Por su temor a los hombres. Cuando Bernabé y muchos otros judíos comenzaron a seguir a Pedro, Pablo se enfrentó a Pedro y lo reprendió por su hipocresía (v. 13). Pedro debió haberlo sabido. Aunque realmente creía en el poder del evangelio para derribar las barreras humanas, siguió las costumbres de los hombres por temor al juicio de ellos. Sus acciones externas eran incompatibles con sus convicciones internas.

Si somos honestos, luchamos contra ambas formas de inconsistencia. En la Iglesia, a menudo buscamos la aceptación y el reconocimiento de otros creyentes hablando, actuando y sirviendo en maneras que nos hagan parecer más fieles, más conocedores y más maduros de lo que realmente somos. Además, en nuestra vida diaria, con frecuencia buscamos la aceptación y el reconocimiento del mundo silenciando nuestras convicciones y ocultando nuestros compromisos en la forma en la que hablamos, actuamos y servimos. Nada de esto es aceptable.

Las Escrituras nos exhortan a ser cristianos consistentes, con una vida de fe informada y motivada por el evangelio. Claro, esto es más fácil decirlo que hacerlo. Tal vez la iglesia de Colosas nos instruya. Cuando Pablo escribió su carta a esa congregación, la iglesia de Colosas era pequeña y nueva, y muchos de sus creyentes estaban luchando para vivir su fe en un mundo confuso y hostil. Por todos lados había filosofías, sabidurías y religiones que animaban a estos creyentes a silenciar, mezclar y, en ocasiones, a abandonar su fe. A estos cristianos que luchaban para vivir su fe, ¿qué les dijo Pablo? Les recordó enfática y repetidamente a los colosenses que Cristo es supremo sobre todas las cosas y que todos los creyentes le pertenecen (Col 1:15-20). Como dice de manera muy bella el Catecismo de Heidelberg: «Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo» (pregunta y respuesta 1). Además, si le pertenecemos, entonces como creyentes debemos andar «como es digno del Señor» (Col 1:10; ver 2:6).

Pablo consideró la idea de vivir «como es digno del Señor» lo suficientemente importante como para repetirla en otros lugares con ligeras variaciones, ya que instó a los creyentes a vivir de una manera digna «del evangelio de Cristo» (Flp 1:27), «de la vocación con que habéis sido llamados» (Ef 4:1) y de «Dios» (1 Tes 2:12). Esta es una vida tan transformada por Cristo que ya no busca mayor identidad ni mejor estatus pretendiendo ser algo más que pecadores salvados por gracia. Esta es una vida tan conformada a Cristo que seguir la voluntad de Dios en Cristo ya no es un sacrificio, sino un gozo persistente, incluso cuando seguirlo fielmente implique persecución y sufrimiento. Esta es una vida tan centrada en Cristo que agradarle a Él es el primer y único propósito en la vida, de modo que ya no seamos tentados a agradar a otros pretendiendo ser más o menos de lo que realmente somos. Como dijo de modo provechoso Juan Calvino:

Por lo tanto, si se pregunta qué clase de vida es digna de Dios, tengamos siempre presente esta definición de Pablo: que es una vida tal que, dejando las opiniones de los hombres, y dejando, en suma, toda inclinación carnal, está regulada de manera que queda sujeta únicamente a Dios.

Esto significa que ya sea en privado o en público, en la Iglesia o en el mundo, ante un amigo o enemigo, o en persona o en línea, vivimos consistentemente de una manera digna de alguien que es amado por Cristo, salvo por Cristo y que pertenece a Cristo.

Un cristianismo consistente es lo que la Palabra enseña y lo que el mundo necesita. Nuestras iglesias no necesitan cristianos con egos inflados sino creyentes que a diario entiendan que «es necesario que Él crezca, y que yo disminuya» (Jn 3:30). Nuestras comunidades y sociedades no necesitan cristianos que se desvanezcan en el trasfondo de la cultura y la vida actuales; en cambio, necesitan de aquellos que con fidelidad y consistencia en lo ordinario den testimonio de una vida y una realidad que no son de este mundo. Esto no es algo que podamos hacer por nosotros mismos, pero damos gracias «Porque Cristo, que nos ha redimido y liberado por Su sangre, también nos renueva a Su propia imagen por Su Espíritu Santo, para que así demos testimonio, a través de toda nuestra conducta, de nuestra gratitud a Dios por Sus bendiciones, y para que Él sea alabado por nosotros» (Catecismo de Heidelberg, 86).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jim E. Kim
Jim E. Kim

El Rev. Joel E. Kim es presidente de Westminster Seminary California. Es el co editor de Always Reformed [Siempre Reformado]

110 – La Pasión de Cristo y su significado

Entendiendo los Tiempos

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

110 – La Pasión de Cristo y su significado

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

Vendrán dificultades

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Serie:  La historia de la Iglesia | Siglo VII

Vendrán dificultades
Por Chris Larson

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VII

n la actualidad, los cristianos a menudo hablan de evangelizar la cultura, de transformarla y de encontrar maneras de comunicarse efectivamente con personas de otras culturas. Este mismo sentir lo vemos en la literatura inglesa del siglo VII. J. R. R. Tolkien fue tan A nosotros, los reformados, nos va bien; y quiero decir muy bien. Llámalo doctrinas de la gracia, o fe cristiana histórica o incluso la palabra que comienza con «C» (calvinismo), pero tienes que admitir que pecadores como nosotros hemos recibido algo realmente asombroso. La Biblia nos enseña que debemos aferrarnos a la apasionante verdad de que Dios es poderosamente soberano sobre todas las cosas. De hecho, un teólogo contemporáneo, muy conocido por los lectores de Tabletalk, se atrevió a afirmar que no existe ni siquiera una molécula suelta fuera del dominio de Dios. 

¿Y qué con respecto al sufrimiento? ¿Alguna vez te has preguntado cómo un ateo y un cristiano podrían diferir en su respuesta? Uno niega la existencia de cualquier Ser trascendente; el otro, la afirma. Difícilmente un artículo de 450 palabras sea el mejor lugar para resolver esto, pero consideremos brevemente a la celebridad del momento entre los ateos, el profesor de Oxford Richard Dawkins. Él, con mucha frialdad, sopesa las implicaciones metafísicas del sufrimiento, prefiriendo hacerse eco de la cosmovisión materialista de Darwin cuando afirma que el sufrimiento no es más que «una consecuencia inherente de la selección natural». Vaya, ¡qué conciso y conmovedor a la vez! Posteriormente, en sus escritos, el profesor Dawkins quiere que creamos en el futuro del potencial de la humanidad, invocando de manera inconsistente palabras tales como «esperanza» y «optimismo» al mismo tiempo que afirma como un hecho la ciega evolución mecanicista. Con el debido respeto a su asombroso intelecto y a sus logros profesionales, la cosmovisión del profesor Dawkins, fuertemente atada a la evolución, no es más que «un cuento contado por un idiota, con mucho ruido y furor, que no tiene ningún significado». Y en algún lugar, en medio de todo esto, escucho el eco del Salmo 2 y la risa burlona del Señor. 

No somos lo suficientemente inteligentes como para inventar la doctrina de la soberanía de Dios y luego integrarla con la realidad del sufrimiento humano. ¿Puede nuestra doctrina lidiar tanto con el mal indescriptible como con frustraciones tan rutinarias como aplastarte el dedo del pie? Lo cierto es que Dios provee en Su Palabra una verdad rigurosa que puede resistir a las preguntas más difíciles de la humanidad. Y el mundo y la humanidad fueron creados buenos. El fruto prohibido fue comido en el jardín y nuestras lágrimas comenzaron. Y esas lágrimas continuarán hasta aquel día y aquel lugar donde ya no habrá más lloro y todo será bueno.

Las dificultades vendrán, y lidiar con ellas requiere que enfrentemos el hecho de que estas pruebas son enviadas por Dios. Él es bueno en lo que nos da, y Su intención es traernos el bien en aquellas cosas que nos da. Por lo tanto, enfrenta tu prueba con la seguridad de que el cristiano conoce y es conocido por un Padre que es absolutamente bueno y amoroso.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Chris Larson
Chris Larson

Chris es el presidente y jefe ejecutivo de Ligonier. Dirige todas las iniciativas de alcance y operaciones ministeriales con el fin de difundir la histórica fe cristiana a tantas personas como sea posible.

9 – Salvados – Efesios 2:8-10

Iglesia Evangélica León

Serie: Efesios

9 – Salvados – Efesios 2:8-10

David Robles

David Robles se desempeña como pastor docente de la Iglesia Evangélica León y es presidente fundador y profesor del Seminario BEREA (España). Tiene un amplio ministerio de enseñanza y predicación en toda España y otros países de habla hispana. David se graduó del Seminario Bíblico de Multnomah (Certificado Bíblico, 2001) y del Seminario de Maestría (M.Div. 2004).

8 – El andar y el fruto del Espíritu Santo

IGLESIA BAUTISTA CASTELLANA

Serie: Hablando del Espíritu Santo

8 – El andar y el fruto del Espíritu Santo

Edgardo Piesco

Bienvenido a Iglesia Bautista Castellana. Mi nombre es Edgardo Piesco, actual pastor de la Iglesia Bautista Castellana y me siento muy honrado con su visita.

En cuanto a nuestra identidad, somos la primera iglesia evangélica establecida en Canadá contando con, 50 años de vida en el servicio a nuestra comunidad hispano-parlante. Nuestra congregación está constituida por inmigrantes provenientes de toda Latinoamérica. Oficiamos servicios en español y otros especiales en inglés para los jóvenes que dominan éste, como primera lengua. Nuestro objetivo primordial es hacer conocer el evangelio a nuestra comunidad en una actitud seria y de respeto por la dignidad humana.

Esta congregación se ha mantenido en una tradición de trabajo honesto, íntegro y procurando asistir a la sociedad. Nuestro enfoque es estrictamente bíblico; la predicación, expositiva; el objetivo de dicha predicación y enseñanza es que el pueblo conozca la Palabra de Dios sin especulaciones y/o manipulación de la misma, para la salvación del alma. Nuestra congregación promueve un ambiente familiar, proveyendo un equipo ministerial de ayudantes y colaboradores debidamente equipados para hacer placentera su visita a nuestros servicios.

Esperamos que disfrute su tiempo en nuestro medio, y que tengamos pronto el gran privilegio de gozarnos con su visita y cordial compañía. Hasta entonces, que la gracia y la paz de Dios y Su Hijo Jesucristo sea con usted y todos los suyos.

Afectuosamente,
Pastor Edgardo Piesco

¡Quitad la piedra!

Iglesia Evangélica de la Gracia

¡Quitad la piedra!

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008

Cristo: ¡Señor de todo o Señor de nada!

Iglesia Bautista Internacional

Serie: Él es, el Cristo que predicamos

8 – Cristo: ¡Señor de todo o Señor de nada!

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría