Amable | Tim Challies

El carácter del cristiano: amable
Por: Tim Challies

Estamos explorando los diferentes rasgos de carácter de los ancianos, que son en realidad un llamado de Dios para todos los cristianos. Si bien se supone que los ancianos deben ejemplificar estos rasgos, todos los cristianos deberían exhibirlos.

Quisiera que consideremos juntos si estamos mostrando estos rasgos, y de esta manera aprender cómo podemos orar para tenerlos en una mayor medida. Hoy vamos a ver lo que significa para un anciano —y para cada cristiano— ser amable.

Pablo escribe a Timoteo que el anciano debe ser “no pendenciero, sino amable” (1 Timoteo 3:2-3). De manera similar, le dice a Tito que el anciano no debe ser “pendenciero” (Tito 1:7). La característica positiva aquí es la amabilidad y se opone a dos características negativas como el ser pendenciero o violento. El anciano (y, por lo tanto, cada cristiano maduro) busca la amabilidad y huye de la violencia y de la argumentación trivial.

Ser amable es ser tierno, humilde y sensible; conocer qué postura y respuesta se adecua para cada ocasión. Indica amabilidad y el deseo de extender misericordia a otros, y un deseo de someterse tanto a la voluntad de Dios como a las preferencias de otras personas. Tal amabilidad será expresada primero en el hogar y sólo después de esto subsecuentemente en la iglesia. Es un rasgo poco común, pero uno que conocemos y amamos cuando lo vemos y lo experimentamos.

Alexander Strauch resalta que perseguir la amabilidad es imitar a Jesús. El escribe, “Jesús nos dice quién es como persona: es manso y humilde. Sin embargo, demasiados líderes religiosos no son mansos ni humildes. Ellos son controladores y orgullosos. Utilizan a la gente para satisfacer sus crecientes egos. Pero Jesús es refrescantemente diferente. Él realmente ama a la gente, sirviendo desinteresadamente y dando Su vida por ellos. Él espera que sus seguidores -especialmente los ancianos que dirigen a Su pueblo- sean humildes y mansos como Él”. De manera similar, John Piper escribe: “Esta [amabilidad] es lo opuesto de ser belicoso o beligerante. No debe ser áspero o mezquino. Debe estar inclinado a la ternura y recurrir a la dureza sólo cuando las circunstancias recomiendan esta forma de amor. Sus palabras no deben ser ácidas o divisivas, sino útiles y alentadoras “.

El anciano, entonces, debe ser amable, capaz de controlar su temperamento y su respuesta a los demás cuando es atacado, calumniado y cuando se encuentra en situaciones tensas o difíciles. Está marcado en todo momento por la paciencia, la ternura y un espíritu dulce. Negativamente, no debe perder el control ni física ni verbalmente. No debe responder a otros con fuerza física o amenazas de violencia. Cuando se trata de sus palabras, no debe pelear ni altercar ni ser uno que ama discutir. Incluso cuando es empujado y exasperado no arremete con sus palabras, no aplastará una caña magullada ni apagará un pábilo humeante.

Estoy seguro de que ustedes se dan cuenta de que Dios llama a todos los cristianos -no sólo a los ancianos- a ser amables. Los ancianos deben servir como ejemplos de mansedumbre, pero cada uno de nosotros debe mostrar este rasgo si queremos imitar a nuestro Salvador. Hay muchos textos a los que podemos recurrir, entre ellos este que nos dice que la mansedumbre es un fruto necesario del Espíritu: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio” (Gálatas 5: 22-23). Poco después Pablo dice: “Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre” (Gálatas 6: 1).

El exhorta a los cristianos de Éfeso a caminar de una manera digna de la vocación a la que han sido llamados y dice que esto implica vivir “con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos con otros en amor, deseosos de mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz “(Efesios 4: 1-3). Al hablar de la congregación bajo el cuidado de Tito dice: “Recuérdales que estén sujetos a los gobernantes, a las autoridades; que sean obedientes, que estén preparados para toda buena obra; que no injurien a nadie, que no sean contenciosos, sino amables, mostrando toda consideración para con todos los hombres.”(Tito 3: 1-2). La evidencia es clara: debemos ser amables para que podamos servir como una muestra de quien se ocupa tan amablemente con nosotros.

Auto-evaluación
Así que, ¿qué de ti? ¿Tu vida refleja la mansedumbre y humildad de la amabilidad? Te animo a hacerte en oración preguntas como estas:

Cuando alguien te hace daño, ¿eres propenso a atacar con ira? Si es así, ¿se expresa ese enojo físicamente, verbalmente o ambos?
¿Están las personas temerosas de enfrentar el pecado en tu vida porque temen tu ira o tus palabras cortantes? ¿Te temen tu esposa y tus hijos?
¿Tus amigos y familiares dirían que eres amable? ¿Dirían que los tratas con ternura?
¿Te gusta jugar al abogado del diablo? ¿Te gusta un buen argumento? ¿Qué indicaría tu presencia en los medios sociales?
Puntos de oración
El Dios de paz está ansioso por darte la paz de Dios (Filipenses 4: 7, 9). Por lo tanto, te animo a orar de esta manera:

Ruego que me hagas más parecido a Cristo para que yo sea manso como él es manso. Ruego que yo pueda considerar regularmente todas las formas en que Tú has sido tan paciente y amable conmigo.
Ruego que me ayudes a tragar mi orgullo, confesar mis pecados a los demás, y restaurar las relaciones tensas que tengo.
Ruego que me des la gracia de ser paciente y tranquilo cuando otros me atacan y me malinterpretan. Ayúdame a responder con mansedumbre incluso en las circunstancias más difíciles.
Oro que yo sea lento para comenzar una discusión o para entrar en la de algún otro.


Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter. Publicado originalmente en Challies.com. Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio.

Hospitalario | Tim Challies

El carácter del cristiano: Hospitalario
Por: Tim Challies

Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter Cristiano, publicada originalmente en Timchallies.com

Hoy continuamos con nuestra serie sobre el carácter del cristiano. Estamos explorando los diferentes rasgos de carácter de los ancianos que son en realidad un llamado de Dios para todos los creyentes. Si bien se supone que los ancianos deben ejemplificar estos rasgos, todos los cristianos deberían exhibirlos. Quisiera que consideremos juntos si es que estamos mostrando estos rasgos y de esta manera aprender cómo podemos orar para tenerlos en una mayor medida. Hoy vamos a mirar lo que implica para un anciano —y para cada cristiano— ser hospitalario. Veremos por qué razón Dios eleva este rasgo a un lugar de tanta importancia.

Pablo le dice a Timoteo, “Un obispo debe ser… hospitalario” (1 Timoteo 3:2) y hace eco de esto en su carta a Tito (Tito 1:8). La palabra griega “hospitalario” (philoxenon) indica un amor por los extraños. En días cuando no existían hoteles de buena calidad y accesibles como en la actualidad, se esperaba que los cristianos extendieran hospitalidad a otros viajeros creyentes o predicadores itinerantes. Ellos los alimentarían y les proveerían un lugar limpio para dormir, a fin de que no fueran a pensiones sucias, peligrosas y desagradables. Por supuesto la palabra tiene más extensiones que incluyen otras formas de hospitalidad. Pero primordialmente, indica una disposición a invitar a otros dentro de tu hogar para una estadía ya sea breve o extensa.

¿Por qué hacer énfasis en este rasgo particular? Alexander Strauch lo explica de esta manera: “La hospitalidad es una expresión concreta de amor cristiano y vida familiar. Es una virtud bíblica importante… Darse uno mismo al cuidado del pueblo de Dios significa compartir la vida del hogar con otros. Un hogar abierto es señal de un corazón abierto y de un espíritu amoroso, sacrificial y servicial. La falta de hospitalidad es una señal segura de un cristianismo egoísta, sin vida y sin amor”. La hospitalidad es una manifestación abierta y tangible del carácter piadoso.

Un hogar abierto muestra el amor cristiano, pero también lo hace posible. La hospitalidad crea oportunidades para relaciones, discipulado y evangelismo. Crea un contexto natural para ver un modelo de matrimonio, paternidad y una amplia serie de virtudes cristianas. Si bien debemos enseñar a otros lo que la Biblia dice, también debemos demostrar lo que dice, y esto lo hacemos al invitar personas a nuestros hogares y a nuestras vidas.

¿Solamente los ancianos son llamados a compartir sus vidas y sus recursos abriendo sus hogares? No, es un llamado para todos los cristianos. Si bien la ley en el Antiguo Testamento coloca un gran énfasis en el cuidado y la protección del peregrino, este cuidado por los extranjeros es aún más explícito en el Nuevo Testamento. Pedro le escribe a todos los cristianos cuando dice “Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones” (1 Pedro 4:9) y Pablo le dice a toda la congregación en Roma que ellos deben estar “practicando la hospitalidad” (Romanos 12:13). El autor de Hebreos dice, “No se olviden de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2). Pablo instruyó a Timoteo para que la iglesia extendiera su benevolencia a una viuda “si ha mostrado hospitalidad” (1 Timoteo 5:9-10). Jesús enseñó que seremos juzgados sobre la base de nuestra hospitalidad, puesto que cuando amamos y recibimos a otros, en realidad lo estamos amando y recibiendo a Él (Mateo 25:35-40).

Strauch concluye diciendo que “difícilmente exista algo más característico del amor cristiano que la hospitalidad. Por medio del ministerio de la hospitalidad compartimos las cosas que más valoramos: familia, hogar, recursos financieros, comida, privacidad y tiempo. En otras palabras, compartimos nuestras vidas”.

Auto-evaluación
¿Qué acerca de ti? ¿Dirían otros que tu eres hospitalario? Reflexiona en las siguientes preguntas y al responderlas sé honesto contigo mismo y con Dios:

¿Cuántas personas de tu iglesia has invitado a tu hogar para una comida? ¿Cuándo fue la última vez que alguien se quedó un noche en tu hogar?
¿Se acercan otros a ti cuando necesitan ayuda o das la impresión de que no quieres que te molesten?
¿Tiene tu familia la intención de recibir a otros en tu hogar, incluso si son diferentes a ti o si te hacen sentir incómodo o perturbado?
¿Por qué temes recibir a otros en tu vida y en tu hogar? ¿Qué promesas te ha dado Dios a las cuales te puedes aferrar para tener esperanza, paz y seguridad?
Puntos de oración
Toma aliento en la verdad de que el Dios del débil y marginado te recibe a ti y ora a Él de esta manera para obtener su ayuda:

Oro para que me llenes con tu Espíritu de manera que mi vida pueda llevar fruto en obras de amor para otros.
Oro para no aferrarme a todas las cosas que me das y para recordar que mi hogar, mi comida, mi tiempo y todo lo demás te pertenecen a ti. Ayúdame a ser un administrador fiel de todas estas cosas.
Oro para que me des el denuedo para recibir a otros como tu me has recibido a mí.
Oro para que la motivación de mi corazón sea que, a través de amar a otros, yo mismo pueda expresar mi amor por Cristo. Por favor, dame gran gozo y libertad en ser hospitalario.
En el próximo artículo consideraremos lo que implica para los ancianos y para todos los cristianos no ser pendenciero, sino amable.

Publicado originalmente en Challies.com | Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia
Por John Currie

 Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

«¿Por qué no sufren mejor la injusticia?». La pregunta de Pablo en 1 Corintios 6:7 difícilmente pudo ser más contracultural y contraintuitiva para un corintio. Corinto estaba contagiada con la pasión por el estatus, el éxito y el honor personal. La capacidad de alcanzar estas aspiraciones mediante la ambición, el posicionamiento y la imagen se consideraba sabiduría. Los cristianos de Corinto seguían profundamente influenciados —podríamos decir que infectados— por esta sabiduría cultural, y su seducción por ella había dado lugar a divisiones en el liderazgo, la tolerancia de hechos escandalosos de inmoralidad y, ahora, al litigio de conflictos ante los tribunales de los incrédulos. Su padre espiritual estaba tan escandalizado por esta conducta (y la condición subyacente del corazón que revelaba) que, aunque antes no había querido avergonzarlos por su mal comportamiento (1 Co 4:14), ahora los avergüenza (6:5) con ocho preguntas inquisitivas en solo siete versículos (vv. 1-7). Al apóstol le resultaba chocante y vergonzosa la realidad de los cristianos que llevaban a otros cristianos ante los tribunales civiles para resolver sus diferencias personales.

Él estaba escandalizado por dos razones. Primero, la conducta de los corintios traicionaba su testimonio de lo que Cristo, al inaugurar Su reino en Su iglesia, ha hecho (vv. 2-3); y segundo, contradecía la sabiduría que Cristo da y ha dado a Su iglesia (v. 5). Su inmadurez e incompetencia, evidenciadas en el hecho de litigios civiles entre creyentes, deshonraban a Aquel a quien decían conocer como sabiduría, justicia, santificación y redención de Dios (1:30).

El remedio de Pablo para este escándalo fue aplicar la sabiduría del evangelio de la cruz de Cristo a sus conflictos. El apóstol modeló esto al venir a ellos no a la manera de los grandes hombres de la cultura, sino en debilidad cruciforme (1:17). Su aceptación de la locura de la cruz le había hecho estar dispuesto a ser despreciado y a sufrir las calumnias con espíritu de reconciliación y humildad (4:9-13), y como les dirá posteriormente, incluso renunció a sus derechos entre ellos por el evangelio (9:3-18). En toda esta «necedad», el apóstol no hacía más que imitar el patrón del Cristo que les predicaba (1:18-25). Así que su pregunta inquisitiva a los que decían creer en su mensaje de la cruz y ser salvos por ello y, sin embargo, estaban litigando por la vindicación y la victoria personal de unos con otros, era: «¿Por qué no tomar la cruz?», «¿Por qué no sufrir más bien el mal?» (6:7).

No es que Pablo tratara de impedir que los cristianos buscaran la resolución de los conflictos presentes (y muy reales) que pudieran tener unos con otros. Sin embargo, debían poder usar la sabiduría que Dios ha dado en y a la iglesia para hacerlo (v. 5). Cristo mismo dio a los creyentes un proceso de apelación unos a otros con la esperanza de «ganar» al otro cuando se ha producido una ofensa. Ese proceso implica la ayuda de otros creyentes e incluso, en casos de dureza de corazón, puede implicar la acción judicial de los tribunales de la iglesia (Mt 18:15-20). Pablo tampoco prohíbe apelar a la autoridad civil ordenada por Dios (Ro 13:1-7) en casos de actividad delictiva (de hecho, ignorar y ser negligente en tales casos causa mucho daño a las víctimas del delito y al nombre de Cristo). Pero cuando los cristianos han llegado al punto de buscar el castigo por conflictos personales ante los incrédulos, algo está profunda y terriblemente mal en nuestros corazones y en nuestra iglesia.

Los cristianos de Corinto necesitaban una corrección cruciforme de la inclinación de sus corazones en sus conflictos unos con otros en su época. Tal vez nosotros también la necesitemos. Las preguntas de Pablo en 1 Corintios 6 nos impulsan a imitar a nuestro Salvador, una imitación que no manifiesta la sabiduría autopreservadora de esta época, sino la sabiduría abnegada de Aquel que se entregó por nuestros pecados y que, por Su Espíritu, vive ahora en nosotros para formarnos a Su semejanza (Gá 2:20).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

John Currie
El Dr. John Currie es coordinador del departamento y profesor de teología pastoral en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y ministro de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

Conflictos públicos en la iglesia

Por Eric Landry 

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

¿Imaginas el malestar que sintió la gente en Antioquía cuando Pablo confrontó a Pedro, según se describe en Gálatas 2? Probablemente recuerdas la historia: hombres de Jerusalén habían venido a la iglesia en Antioquía. Su visita creó una división. En lugar de que judíos y gentiles adoraran juntos y tuvieran comunión libremente, algunos de los judíos (incluso Pedro y Bernabé) se apartaron de los gentiles. Pablo dijo a los gálatas que había confrontado a Pedro «delante de todos» (v. 14). ¿Fue durante una comida o inmediatamente después de una oración? ¿Atrapó Pablo a Pedro en el patio o lo denunció en medio de un sermón?

Aunque no sabemos las respuestas a estas preguntas, puedes preguntarte si fue un error que Pablo confrontara a Pedro de esta manera. ¿No debió haber seguido los pasos indicados en Mateo 18? No, Gálatas 2 y pasajes como Hechos 5 y Filipenses 4 demuestran que hay momentos en los que una confrontación pública del pecado y el error es necesaria para la salud y el bienestar de la iglesia.

Pablo confrontó a Pedro pública e inmediatamente cuando fue testigo de pecado público. Al apartarse de los gentiles, Pedro había actuado de una manera que negaba el evangelio. Pablo no dudó en condenar a Pedro públicamente porque el pecado fue público. Este mismo principio se demuestra en Hechos 5, donde Pedro confronta a Ananías y Safira por mentir al Espíritu Santo al no declarar que se habían quedado con una parte de las ganancias del terreno que habían vendido para dar a la iglesia. Su pecado fue público, y por lo tanto, la condena del pecado fue pública. El mismo principio se ve en Filipenses 4:2, donde Pablo «ruega» a Evodia y Síntique «que vivan en armonía en el Señor». Aunque no sabemos qué fracturó la relación de estas dos hermanas, su desacuerdo fue público y, por tanto, la confrontación de Pablo del pecado —aunque menos enérgica que la que aparece en Gálatas 2 o Hechos 5— también es pública. El principio que se expone en cada uno de estos pasajes es que la confrontación pública del pecado y el error es necesaria para corregir el pecado y el error público.

Otro principio que podemos derivar de estos textos es que la confrontación pública del pecado y el error se hace en el contexto de la iglesia local. Por desgracia, vivimos en una época de «Pablos» autoproclamados que vagan por la Internet en busca de «Pedros» a quienes denunciar. Podemos sentirnos tentados a recurrir a Gálatas 2 para justificar que tomemos los tridentes electrónicos a fin de perseguir a los villanos teológicos. Sin embargo, el principio de Gálatas 2, Hechos 5 y Filipenses 4 es que tal confrontación pertenece al contexto de la iglesia local, donde se experimenta el pecado y el error y donde al pecador puede perdírsele que rinda cuentas.

Un tercer principio está implícito en estos pasajes. No hay muchos ejemplos de este tipo de confrontación pública del pecado y el error públicos, pero los que tenemos abordan graves amenazas para la iglesia. La conducta de Pedro no era conforme al evangelio. El pecado de Ananías y Safira amenazaba la existencia misma de la iglesia, como el pecado de Acán después de que Israel cruzara a la tierra prometida (Jos 7). La fractura entre Evodia y Síntique amenazaba la unidad de esa iglesia. El hecho de que haya pocos ejemplos de este tipo de reprensión pública nos indica que no todos los errores —ni siquiera todos los errores públicos— deben ser confrontados públicamente. Pero cuando un pecado o error público amenaza la existencia misma de la iglesia, o incluso el evangelio mismo, puede ser necesaria una reprensión pública.

En 1553, estalló una disputa en Ginebra sobre quién tenía la autoridad para excomulgar. El gobierno de la ciudad quería que Philibert Berthelier fuera readmitido para tomar la Cena del Señor. Berthelier, opositor a Juan Calvino y abogado del hereje Miguel Serveto, había sido excomulgado por rebelión. El día en que debía celebrarse la Cena del Señor, Berthelier y sus amigos abarrotaron la iglesia de St. Pierre y se sentaron en primera fila. Sin embargo, Calvino se negó a servir la comunión a los «aborrecedores de los misterios sagrados». Dijo: «Pueden aplastar estas manos; pueden cortar estos brazos; pueden quitarme la vida; mi sangre es de ustedes, pueden derramarla; pero nunca me obligarán a dar cosas sagradas a los profanos, ni a deshonrar la mesa de mi Dios». Tal audacia es necesaria ante el pecado y el error público. Que Dios dé a Sus ministros el valor de tomar tales medidas para proteger la pureza y la paz de la iglesia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Eric Landry
El reverendo Eric Landry es pastor de la Redeemer Presbyterian Church (Austin, Texas) y editor ejecutivo del Modern Reformation.

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz
Por Trillia Newbell

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Nuestra ofensa más pequeña merece toda la ira de Dios. Eso es difícil de escuchar si olvidamos que Dios no solo ha cubierto nuestro pecado en Cristo, sino que también nos permite acercarnos a Él continuamente para recibir esa gracia una vez más. También sabemos que Dios es santo, separado en Su perfección, gloria y majestad. Somos pecadores que pecamos todos los días. Nuestro pecado debería afligirnos, pero no condenarnos, porque servimos a un Dios que es bueno y bondadoso, pero que también es santo y justo. Entonces, ¿qué debemos hacer con este enigma de nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios que está tan cerca de nosotros? Arrepentirnos y recibir la asombrosa gracia de Dios.

¿Es Dios una especie de cuco?
Ahí está de nuevo. Esa tenebrosa sombra acechando en el armario. Parece tan impredecible. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué podría pasar? ¿Saltará y me atrapará?

Esos eran mis aterradores pensamientos de niña. Me acurrucaba con miedo en mi cama, esperando que el cuco saltara del armario y me atrapara. Cuando me convertí en cristiana, me di cuenta de que gran parte de la forma en que me relacionaba con Dios era con ese miedo infantil al cuco. Sentía que no tenía mucho control sobre mi vida, pero en lugar de darme cuenta de que estaba en manos de un Padre bueno y amoroso, lo veía como un tirano. Pensaba que Él tenía todo el control, pero que el único amor que mostró fue en la cruz (que por supuesto hubiera sido suficiente). Realmente creía que Dios era como el cuco que rondaba por mi armario, esperando el momento adecuado para castigarme o causarme algún daño.

Qué triste. Si solo conocemos a Dios como el gobernante soberano del mundo podríamos cometer el mismo error que yo cometí cuando era una joven cristiana. No fue hasta que comprendí el gran amor de Dios que comencé a ver Sus caminos como buenos y amables. Sí, incluso las cosas difíciles de nuestra vida provienen de la mano amorosa de Dios (1 P 1:3-9; He 12:3-17). Podemos descansar en el conocimiento de que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y que Sus caminos no son nuestros caminos, y que sin embargo Él tiene cuidado de los hombres (Sal 8:4; Is 55:8).

Lo vemos en Isaías 55, que comienza con un llamado urgente a que vengamos a beber: «Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno» (v. 1). Dios se complace en satisfacer nuestras necesidades (espirituales y de otro tipo). Tenemos un Padre que nos invita al trono de la gracia para recibir ayuda en nuestros momentos de necesidad (He 4:16). Y aunque de joven no comprendía del todo el significado de la cruz, ahora entiendo que Dios mostró Su máximo amor por nosotros mediante el sacrificio de Su Hijo a nuestro favor. ¿Existe un amor más grande que ese?

Dios no es el cuco. Es el Dios soberano, amoroso y asombroso que vino a redimir a un pueblo para Sí mismo. Él es bueno y nos ama todo el tiempo. Así que, como respuesta a nuestro conocimiento de Su carácter amoroso, nos disciplinamos para arrepentirnos diariamente del pecado por el que Cristo ya ha muerto.

Camina en la luz
Uno de los muchos efectos secundarios que he experimentado al envejecer es la incapacidad de ver la carretera al conducir de noche. Todo brilla. Si llueve, es como si alguien me iluminara los ojos con una luz brillante. Como adulta responsable que soy, todavía no he ido al oftalmólogo. Así que conduzco en la oscuridad, ciega como un murciélago.

Afortunadamente, no tenemos que hacer esto como cristianos. Hemos visto la luz. El evangelio ha iluminado las tinieblas. Y esta luz no desorienta; es un don de la gracia que nos purifica y nos guía.

Pero tal vez has estado caminando como si estuvieras todavía en la oscuridad. Dios te llama a caminar en la luz. Caminar en la luz significa caminar en la bondad y la gracia de Dios, viviendo una vida que refleje al Salvador y caminando de una manera digna del evangelio. El arrepentimiento es una de las formas más claras de caminar en esta luz. El apóstol Juan nos dice: «Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad» (1 Jn 1:6). Caminar en las tinieblas es caminar con el conocimiento del pecado e ignorarlo, o caminar como si estuviéramos completamente sin pecado, sin arrepentirnos nunca (1 Jn 1:8). La gracia de Dios nos permite no solo reconocer que seguimos luchando con el pecado, sino también volvernos de nuestro pecado.

Vemos claramente que nuestro caminar en la luz no es perfecto, ni siquiera está cerca de serlo. Nunca alcanzaremos la perfección en esta tierra. Por eso el arrepentimiento es un regalo tan hermoso de nuestro Dios. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9). Oh, qué gracia. Confesamos nuestros pecados a Dios —reconociendo nuestra gran necesidad de que Él nos convierta de nuestro pecado— y ¿qué hace Él? Hace lo que ya ha hecho: derrama la gracia que necesitamos para cambiar. Su ira estuvo reservada para Jesús. No recibimos castigo o ira por nuestros pecados; recibimos gracia. Hay, por supuesto, consecuencias por el pecado, pero aún así, nuestra posición ante Dios no cambia.

Dios es soberano y lo gobierna todo. Es santo, pero gracias a Jesús podemos acercarnos a Él. Corre, no camines, al trono de la gracia. No camines como un ciego mientras puedes caminar en la luz que está disponible para ti. Camina en la luz. Confiesa tu pecado y recibe la gracia. No hay condenación para ti.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Trillia Newbell
Trillia J. Newbell es conferencista y autora de Fear and Faith [Temor y Fe], United [Unidos], Enjoy [Disfruta] y su libro infantil más reciente God’s Very Good Idea [La gran idea de Dios].

¿Debería asistir a una boda homosexual?

Por Kevin DeYoung 

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

¿Por qué podría un cristiano negarse a asistir, atender o participar en una ceremonia de matrimonio entre personas del mismo sexo? Para hacer las cosas más simples, asumamos que este es un debate entre cristianos tradicionales que creen —como siempre ha creído la iglesia y como sigue creyendo la mayor parte de la iglesia mundial— que el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo es pecaminoso y que el matrimonio es una unión conyugal y de pacto entre un hombre y una mujer.

Con este comentario aclaratorio, podemos abordar la cuestión directamente: ¿Por qué un cristiano se sentiría obligado por su conciencia a no asistir o participar en una boda gay? Lo que nos lleva a esta conclusión no es el fanatismo, ni el miedo, ni porque no sepamos que Jesús pasó tiempo con los pecadores. Es por nuestro deseo de ser obedientes a Cristo y por la naturaleza del evento de la boda en sí.

Una ceremonia de boda, en la tradición cristiana, es ante todo un servicio de adoración. Así que si la unión que se celebra en el servicio no puede ser aprobada bíblicamente como un acto de adoración, creemos que el servicio da crédito a una mentira. No podemos, con buena conciencia, participar en un servicio de adoración falsa. Entiendo que no suena muy bien, pero la conclusión se desprende de la premisa, es decir, que el «matrimonio» que se celebra no es en realidad un matrimonio y que no debe celebrarse.

Además, desde hace tiempo se entiende que los presentes en una ceremonia matrimonial no son simples observadores casuales, sino que son testigos que otorgan su aprobación y apoyo a los votos que se van a realizar. Por eso el lenguaje tradicional habla de reunirse «ante Dios y ante esta congregación». Por eso, en uno de los servicios matrimoniales modelo de la Iglesia presbiteriana de América, todavía el ministro dice:

Si alguien puede mostrar una causa justa por la que no puedan casarse legalmente, que lo declare ahora o que calle para siempre.

De forma muy explícita, la boda no es una fiesta para los amigos y la familia. No es una mera formalidad ceremonial. Es un acontecimiento divino en el que los reunidos celebran y honran la «solemnidad del matrimonio».

Por eso —por mucho que quiera tender puentes con una amiga lesbiana o asegurar a un familiar gay que me importa y que quiero relacionarme con él— no asistiría a una ceremonia de boda del mismo sexo. No puedo ayudar con mi pastel, con mis flores o con mi presencia a solemnizar lo que no es sagrado.

Al adoptar esta postura, a menudo he escuchado en respuesta cosas como estas:

Pero Jesús se juntó con los pecadores. No le preocupaba ser contaminado por el mundo. No quería alejar a la gente del amor de Dios. Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Él nos diría: «Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos».

Bien, pensemos en estas objeciones. Me refiero a pensar con unas cuantas frases y no solo con eslóganes y vagos sentimentalismos.

Jesús se juntó con los pecadores. Es cierto, más o menos (depende de lo que se entienda por «juntarse»). Pero Jesús creía que el matrimonio era entre un hombre y una mujer (Mt 19:3-9). El ejemplo de Cristo en los evangelios nos enseña que no debemos tener miedo de pasar tiempo con los pecadores. Si una pareja gay de la casa de al lado te invita a cenar, no la rechaces.

No le preocupaba ser contaminado por el mundo. Esa no es la preocupación aquí. No se trata de piojos o gérmenes del pecado. Nosotros mismos tenemos muchos de ellos.

No quería alejar a la gente del amor de Dios. Pero Jesús lo hizo todo el tiempo. Actuó de maneras antagónicas, que pudo hacerlas involuntariamente, pero más a menudo las hizo deliberadamente (Mt 7:6, 13-27; 11:20-24; 13:10-17; 19:16-30). Jesús apartaba a la gente todo el tiempo. Esto no es excusa para que seamos irreflexivos y poco amables. Pero debería poner fin a la noción no bíblica que dice que si alguien se siente herido por tus palabras o no amado por tus acciones, ipso facto fuiste poco amoroso de manera ridícula y pecaminosa.

Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Amén. Sigamos predicando a Cristo y prediquemos como Él lo hizo, llamando a todas las personas a «arrepentirse y creer en el evangelio» (Mr 1:15).

Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos. Este es, por supuesto, un principio verdadero y hermoso sobre cómo los cristianos, cuando son injuriados, no deben injuriar a su vez. Pero difícilmente puede significar que hagamos todo lo que la gente exige sin importar nuestros derechos (Hch 4:18-20; 16:35-40; 22:22-29) y sin importar lo que es correcto a los ojos de Dios.

Una boda no es una invitación a una cena o una fiesta de graduación o de jubilación. Incluso en un entorno completamente laico, sigue existiendo la sensación —y a veces las invitaciones de boda lo dicen— de que nuestra presencia en el evento honraría a la pareja y su matrimonio. Sería difícil, si no imposible, asistir a una boda (por no hablar de hacer el catering o el centro de mesa) sin que tu presencia comunique la celebración y el apoyo a lo que está ocurriendo. Y, por muy doloroso que sea para nosotros y para los que amamos, celebrar y apoyar las uniones homosexuales no es algo que Dios o Su Palabra nos permitan hacer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Kevin DeYoung
El Rev. Kevin DeYoung es pastor de Christ Covenant Church en Matthews, N.C., y maestro asistente de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, N.C. Es autor de numerosos libros, incluyendo Taking God at His Word [Confía en Su Palabra] y Just Do Something [Haz algo].

Lo que depara el futuro

Lo que depara el futuro

Por Denny Burk

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

El presidente Obama tuvo razón cuando dijo que la decisión de la Corte Suprema sobre el matrimonio gay cayó como un rayo. La decisión en el caso Obergefell vs. Hodges, que legalizó el matrimonio gay en todo el país, es realmente un punto de inflexión en nuestra vida nacional. Aunque la mayoría de los estadounidenses apoya ahora el matrimonio gay, muchos de nosotros consideramos esta decisión como una tragedia moral y judicial.

Desde el punto de vista jurídico, representa que cinco jueces no elegidos imponen a la nación una nueva definición del matrimonio. La sentencia no se basa en principios jurídicos sólidos, sino en las opiniones de cinco abogados que se adjudican el derecho a promulgar una política social. La Corte Suprema no tiene derecho a redefinir el matrimonio para los cincuenta estados, pero eso es exactamente lo que hizo.

Desde un punto de vista moral, la decisión es una completa subversión de lo bueno, lo correcto y lo verdadero con respecto al matrimonio. El matrimonio es la unión de pacto entre un hombre y una mujer para toda la vida. Su conexión con la procreación y los hijos nos ha sido revelada en la naturaleza, por la razón y por el sentido común. Además, la Biblia revela que el matrimonio es un símbolo del evangelio, del amor y del pacto de Cristo por Su iglesia (Ef 5:31-32).

La decisión del tribunal intenta poner todo eso patas arriba. Como resultado, se opone a la razón y al sentido común. Lo que es más importante, va en contra de los propósitos de Aquel que, para empezar, creó el matrimonio (Gn 2:24-25).

Una nueva realidad
Aunque me decepciona esta decisión, aún confío en que los cristianos seguirán dando testimonio de la verdad sobre el matrimonio, aunque la ley de nuestro país se ponga ahora en nuestra contra. Sin embargo, muchos cristianos se preguntan cómo avanzar en esta nueva realidad.

Soy pastor y esta pregunta es exactamente la que he escuchado de la gente de mi iglesia. Nuestros miembros, en general, no tienen preguntas sobre la enseñanza de la Biblia sobre la homosexualidad y el matrimonio. Eso lo entienden. Tampoco tienen dudas sobre su obligación de amar al prójimo, buscar su bien y estar en paz con todos (Mr 12:29-31; Lc 6:33; Ro 12:18). También entienden todo eso.

Su pregunta es cómo vivir lo que Jesús les ha llamado a ser cuando la gente los trate con hostilidad. Hace poco hablé con un miembro de la iglesia cuyo jefe es gay. Aproximadamente la mitad de sus compañeros de trabajo también lo son. Son sus amigos y tiene amor por ellos. Ella quiere mantener una relación con ellos y espera seguir formando parte de sus vidas. Pero le preocupa que sus creencias cristianas sobre el matrimonio y la sexualidad los alejen una vez que las conozcan. Lo último que tiene en mente es librar una guerra cultural o ganar un debate con ellos. Solo quiere un espacio para ser su amiga, aunque al final no estén de acuerdo con estas cuestiones fundamentales.

Podría contar otras historias de hermanos y hermanas en Cristo que no solo están preocupados por mantener las relaciones con sus amigos del trabajo, sino que también les preocupa enfrentarse al suicidio profesional si sus opiniones cristianas se dan a conocer entre sus colegas. Una vez más, no quieren entrar en una guerra cultural con nadie. Pero tampoco quieren enfrentarse a la pérdida de sus trabajos o a una reprimenda en su expediente de recursos humanos cuando no se presenten a la fiesta de la oficina para su compañero de trabajo que acaba de casarse con su pareja del mismo sexo. Están tratando de averiguar cómo ser fieles a Jesús, amigos fieles y empleados fieles cuando estas obligaciones parecen estar en tensión.

Ese es el reto que veo entre nuestros miembros. Lo que se preguntan es si su fe cristiana será tolerada en el espacio público. Y no me refiero a ningún deseo por su parte de hacer un proselitismo agresivo y odioso. Se preguntan si existirá un auténtico pluralismo en el país post-Obergefell, o si los puntos de vista cristianos sobre la sexualidad y el matrimonio están siendo excluidos de nuestra vida nacional.

Estoy muy agradecido por estos queridos hermanos y hermanas en mi iglesia. Ninguno de ellos ha expresado ningún pensamiento de abandonar las enseñanzas de Jesús debido a estas dificultades. Van a caminar con Cristo sin importar el costo. Alabo a Dios por eso. Pero aun así estoy preocupado por ellos y estoy orando por ellos. Son víctimas silenciosas en la primera línea de una guerra cultural en la que no quieren estar. Solo quieren seguir a Jesús en paz. A medida que las implicaciones de Obergefell llegan a sus vidas, oro para que puedan hacer precisamente eso (1 Ti 2:2).

La creciente oposición
Los cristianos están empezando a darse cuenta de que su lugar en la vida estadounidense está siendo juzgado en el tribunal de la opinión pública. No está nada claro si esto acabará bien para la iglesia cristiana.

A principios de este año, vimos cómo los gobernadores de Indiana y Arkansas abandonaban en sus estados las Leyes de Restauración de la Libertad Religiosa (RFRA por sus siglas en inglés). Fue un momento clave en nuestra vida nacional que puso de manifiesto el profundo cambio de actitud de Estados Unidos respecto a la homosexualidad, el desfase de los evangélicos con la nueva ortodoxia sexual y la voluntad de muchos estadounidenses de castigar a los evangélicos por sus creencias transgresoras.

Hemos visto a dos gobernadores republicanos dar marcha atrás con respecto a las RFRA estatales sobre las cuales hace tan solo diez años no había controversia alguna. Hemos visto a los medios de comunicación nacionales desestimar con sarcasmo nuestra primera libertad en la Carta de Derechos, usando comillas al mencionar la «llamada» libertad religiosa. Vimos cómo un político tras otro no quería o no podía presentar un argumento coherente a favor de la libertad religiosa. Y vimos a innumerables comentaristas denigrar la libertad religiosa como un eufemismo para el fanatismo y la discriminación. El columnista del New York Times, Frank Bruni, escribió que a los cristianos se les debería «obligar a quitar la homosexualidad de su lista de pecados». No es de extrañar que Nicholas Kristof haya dicho que «los evangélicos constituyen uno de los pocos grupos de los que es seguro burlarse abiertamente».

La libertad religiosa ha recibido una paliza épica en la vida estadounidense y parece que apenas estamos empezando. El foco del ataque parece estar en los evangélicos. Los evangélicos están empezando a sentir un desprecio abierto por parte de burladores refinados, que encuentran que nuestra antigua fe es estrafalaria y discordante con el país posterior a la revolución sexual. Ya no existe una «mayoría silenciosa» a la que los cristianos puedan apelar en busca de ayuda. Los evangélicos somos una auténtica minoría cuando se trata de nuestro compromiso con las enseñanzas de Jesús sobre la sexualidad. No es solo que a la gente no le gusten nuestros puntos de vista. Es que no le gustamos a la gente por ellos. De hecho, una encuesta reciente ha revelado que hay más personas que ven con buenos ojos a los homosexuales que las que ven con buenos ojos a los evangélicos.

¿Retirada o compromiso?
Sin duda, los cristianos evangélicos se enfrentan a una nueva realidad en la América post-Obergefell y se preguntan cómo avanzar. Oyen a algunos líderes aconsejar la retirada y la desvinculación de la cultura. Oyen a otros líderes decir que tenemos que participar en la guerra cultural con el tipo de política que marcó la antigua Mayoría Moral de la década de 1980.

Ninguna de las dos opciones muestra realmente lo que Jesús nos enseñó sobre nuestra relación continua con el mundo. Juan 17 recoge las palabras de la oración de Jesús justo antes de ser entregado para ser crucificado. Su oración se centró no solo en los once discípulos que quedaban, sino también en todos aquellos que creerían en Él por el testimonio de Sus discípulos. En resumen, Jesús oraba por nosotros.

Entre otras cosas, Jesús oró para que estuviéramos en el mundo, pero no fuéramos del mundo, por el bien del mundo.

Jesús oró: «No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno… Como Tú me enviaste al mundo, Yo también los he enviado al mundo» (vv. 15, 18). Esto significa que la desvinculación del mundo no es una opción para los cristianos. Él nos ha enviado al mundo sabiendo muy bien que nos enfrentaremos a la oposición: «En el mundo tienen tribulación, pero confíen, Yo he vencido al mundo» (16:33).
Pero estar en el mundo no significa ser del mundo. En el Evangelio de Juan, «mundo» no es una palabra genérica para el planeta tierra. Es un término técnico que denota a la humanidad en su caída y rebelión contra Dios (ver también 1 Jn 2:15-17). Así que cuando Jesús nos envía al mundo, sabe que nos envía a un reino de rebelión activa contra los propósitos de Su Padre. Pero Su expectativa es que nuestra presencia en el mundo sea una influencia «santificadora». ¿Por qué? Porque nuestra lealtad a Jesús y a Su Palabra nos «santifica» en medio de la podredumbre (Jn 17:16-17). Y ese es el punto.
Estamos en el mundo, pero no somos del mundo por el bien del mundo. Jesús dice que envía a Sus discípulos santificados al mundo para que «el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste como me has amado a Mí» (v. 23). En última instancia, nuestra santificación en el mundo tiene una misión: mostrar al mundo —en su caída y rebeldía— que Dios envió a Su Hijo a morir por los pecadores.
Sí, nos enfrentamos a una nueva realidad después de Obergefell. Pero sabemos cómo avanzar en esta nueva realidad porque Jesús ya nos ha dado nuestras órdenes de marcha. Él nos ha mostrado que la oposición del mundo es la norma, no la excepción, y sabemos que al final venceremos porque Jesús ha vencido (16:33).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Denny Burk
El Dr. Denny Burk es profesor de estudios bíblicos en el Boyce College y pastor asociado de Kenwood Baptist Church en Louisville, Kentucky. Es autor de What Is the Meaning of Sex? [¿Cuál es el significado del sexo?] y coautor de Transforming Homosexuality [Transformar la homosexualidad]. Puedes seguirlo en Twitter @DennyBurk.

El ministerio a los abusados y a los abusadores

Por Sean Michael Lucas 

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Es un escenario de pesadilla para todos los implicados: un hombre llama a su pastor llorando y le pide una reunión urgente. Treinta minutos más tarde, está en el despacho del pastor, confesando que su mujer le ha sorprendido tocando sexualmente a su hija de trece años. Parece estar muy afligido, hasta que el pastor le insta a llamar a la línea de atención al menor y autodenunciarse. Entonces, el abusador comienza a evadir: «¿No destruirá eso a mi familia? ¿No me costará el trabajo? ¿No destruirá mi reputación?». El hombre se niega y se va de la oficina. Dos semanas después, toda su familia se muda fuera del estado a un lugar no declarado.

¿Qué debe hacer el pastor? Con demasiada frecuencia, el pastor no hace nada, a pesar de que en muchos estados existen leyes de denuncia de abusos sexuales que obligan al clero a denunciar dichos abusos, incluso cuando se alega el privilegio de pastor-penitente. Así también, los líderes de la iglesia no hacen nada, alegando que la familia ha huido a otro estado, fuera del alcance de su antigua congregación. El resultado es que un abusador sexual se sale con la suya en su pecado y crimen, y seguirá perpetrando ese pecado hasta que finalmente sea atrapado por las autoridades.

Piensa en la niña implicada: ¿qué le dice la iglesia en este caso? Piensa en la esposa y en los demás hijos; en el hombre mismo y en su alma inmortal; en la nueva comunidad a la que ha trasladado a su familia. ¿Qué dice la iglesia a estas partes? Piensa en la iglesia y en el evangelio: ¿qué está diciendo la iglesia sobre ellos?

Cada vez que la iglesia no se enfrenta al pecado, y especialmente a los pecados sexuales perturbadores, estamos diciendo algo muy claro: nos amamos a nosotros mismos, a nuestra comodidad, a nuestra reputación, más que a Dios, al evangelio y a los demás. Eso es lo que ocurre cuando no enfrentamos el mal.

Por supuesto, hay otras innumerables situaciones en las que nuestras iglesias y nuestros líderes no enfrentan el mal:

Cuando el esposo que es el apoyo económico más importante deja a su esposa por otra mujer y la iglesia no lo disciplina, dejando que «renuncie» a su membresía;
Cuando el cardiólogo amenaza a su mujer con un arma, después afirma que «solo estaba bromeando» y no sufre ninguna consecuencia;
Cuando la madre de mediana de edad de tres hijos decide dejar a su marido, su casa y su iglesia simplemente porque no es feliz y nadie se pone en contacto con ella.
En cada una de estas maneras y en innumerables otras, cuando la iglesia no persigue a los individuos con una disciplina formativa y correctiva con gracia y con amor, hacemos daño espiritual y realmente traicionamos el evangelio.

Entonces, ¿qué hacemos al respecto? ¿Cómo pueden nuestras iglesias brillar como luminares en medio de situaciones ciertamente difíciles, complejas y desordenadas? ¿Cómo pasamos de ser personas que no enfrentan el mal y aman su propia comodidad a ser personas que aman a Cristo y a Su pueblo sin importar el costo para nosotros?

Planifica por adelantado
Las iglesias a menudo fracasan a la hora de hacer lo correcto —tanto eclesiástica como civilmente— porque no han pensado de antemano cómo proceder en situaciones concretas. No podemos esperar a que se desarrolle un escenario de pesadilla. Si lo hacemos, seguro que lo trataremos de forma inadecuada. En lugar de eso, necesitamos tener por adelantado procesos claros y escritos que seguir.

Para las iglesias presbiterianas, hay un sentido en el que eso ya nos ha sido determinado. En la Iglesia Presbiteriana en América, por ejemplo, tenemos el Libro de orden de la iglesia de nuestra denominación, que establece un proceso disciplinario. Para las iglesias independientes, que no tienen reglas denominacionales de disciplina, es necesario que haya un proceso claro y escrito de disciplina eclesiástica. Independientemente del contexto denominacional, como líderes de la iglesia debemos estar decididos a seguir el proceso sin importar quién esté involucrado (Mt 18:15-20; 1 Ti 5:21).

Sin embargo, tenemos que admitir que podríamos necesitar otros protocolos para ayudar a guiar las respuestas a situaciones específicas. Por ejemplo, cuando se sospecha o se admite un abuso de menores, los líderes de la iglesia deben tener y seguir directrices específicas para informar a las autoridades civiles correspondientes. Para desarrollar tales protocolos, será necesario trabajar con un abogado local para asegurarse de que la iglesia cumple con las leyes estatales de denuncia aplicables. Disponer de un protocolo escrito de este tipo elimina las conjeturas de una denuncia. En muchos estados, el requisito es que los líderes de la iglesia informen del asunto tan pronto como se descubra, y luego permitan a las autoridades competentes investigar y determinar si se ha cometido un delito. Colaborar con el Estado en estos asuntos es apropiado y bíblico (Ro 13:1-7).

Sé firme pero manso
El apóstol Pablo nos insta a restaurar a los pecadores con espíritu de mansedumbre (Gá 6:1). Esa mansedumbre no es opuesta a la firmeza y la determinación; más bien, surge del reconocimiento de que nosotros también somos pecadores. Este reconocimiento debería eliminar nuestra jactancia farisaica o nuestra ira arrogante. Sin duda, en el caso de pecados como el abuso de menores, existe una justa ira por el pecado y sus efectos a largo plazo. Aún así, es la bondad de Dios la que lleva al arrepentimiento (Ro 2:4). Incluso cuando tratamos con suavidad y firmeza a los autores, buscamos su arrepentimiento y su restauración final.

Sin embargo, a menudo no mostramos una compasión similar hacia las víctimas. Las iglesias suelen aparecer en las noticias por no tratar con compasión a las mujeres que se divorcian de sus maridos que han sido descubiertos viendo pornografía infantil o por mirar hacia otro lado cuando se descubren patrones de abuso infantil. Otras iglesias, que se niegan a defender a las mujeres que sufren abusos físicos por parte de sus maridos o a los niños que sufren abusos sexuales por parte de sus padres, pasan desapercibidas. ¿Dónde está la compasión por estas víctimas? Como iglesias debemos estar decididos a demostrar compasión a los que han sido objeto de pecado, estando decididos a hacer con ellos lo que deseamos que otros hagan con nosotros (Mt 7:12).

Lidera y aplica el evangelio
Tanto el perpetrador como la víctima del pecado necesitan lo mismo: el evangelio de Jesús. Los que cometen pecados sexuales —ya sea inmoralidad sexual, adulterio o incluso abuso sexual— necesitan escuchar el evangelio. El punto de la disciplina es confrontar al pecador con los reclamos de Cristo, llamar al arrepentimiento, pero también buscar nuevos patrones de obediencia que solo pueden venir cuando el pecador corre diariamente a Cristo.

A menudo, quienes cometen pecados desordenados y atroces creen que sus pecados son demasiado grandes para ser perdonados. Necesitan que se les recuerde que «no hay pecado tan grande que pueda traer condenación sobre aquellos que se arrepienten verdaderamente» (Confesión de Fe de Westminster 15.4). Tal arrepentimiento genuino se produce «al comprender la misericordia de Dios en Cristo para con los arrepentidos» (CFW 15.2). ¿Cuán grande es la misericordia de Dios en Cristo? Tan grande que envió a Su Hijo único para morir por los pecadores, y esa muerte es suficiente para cubrir todos nuestros pecados, incluso los más atroces.

Las víctimas también necesitan el evangelio de Jesús: que Jesús es un Salvador que no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha que humea (Mt 12:20); que se identifica con los heridos y quebrantados y pone en libertad a los oprimidos por el pecado (Lc 4:17- 21); y que también preguntó «¿Por qué?» cuando el dolor y el abandono de Dios fueron abrumadores (Mt 27:46).

Pero las víctimas del pecado también necesitan saber que Jesús hace algo más que identificarse con nosotros en nuestras heridas. Él realmente ha hecho algo al respecto. A través de Su resurrección, Él es capaz de traer nueva vida y nueva esperanza en el presente así como en el futuro. Hay poder en Él para que sigan adelante a través del dolor que conocen. Además, el evangelio nos proporciona la base para el perdón, al saber que nosotros también hemos cometido pecados atroces contra Dios (Ef 4:32).

Prepárate para un largo camino
En realidad esto es lo más difícil de todo. Como líderes del ministerio, nos gusta creer que cuando intervenimos, llevamos a cabo un proceso disciplinario, y vinculamos todo esto con el evangelio, ya hemos «arreglado» la situación. Pero esto no funciona así. Especialmente en las situaciones en las que hay una traición importante —como en una relación adúltera de larga duración, un divorcio o un abuso sexual— pueden ser necesarios meses o años de aplicación del evangelio para ver la sanidad y la esperanza.

Estas situaciones a menudo implican apoyo financiero (si el perpetrador arrepentido pierde su trabajo o si hay un divorcio), consejería o terapia a largo plazo (que puede o no estar cubierta por un seguro), o reuniones regulares y prolongadas de rendición de cuentas. Estas cosas cuestan tiempo, esfuerzo y energía emocional a los pastores y líderes del ministerio.

Sin embargo, Dios, a través de Su Espíritu, no solo nos sostiene para amar de estas maneras, sino que también nos señala el objetivo final de todo ello: «A Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo» (Col 1:28). Ver a los pecadores rescatados, a las víctimas restauradas, y a ambos camino al cielo… ¿qué más puede desear un pastor o una iglesia?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Sean Michael Lucas
El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

El remedio del evangelio para la homosexualidad

Por John Freeman 

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

La Biblia revela que el sexo fue creado por Dios y que es bueno. Fue Su idea. Las primeras palabras registradas que Dios dirigió a la humanidad encapsulan las enseñanzas de la Biblia sobre el sexo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra» (Gn 1:28). Este mandato tan positivo demuestra que el sexo estaba destinado a glorificar a Dios, a cimentar el vínculo entre marido y mujer, a ser experimentado exclusivamente entre un hombre y una mujer en la relación matrimonial y a propagar la raza humana.

De este lado de la caída, el sexo y la sexualidad están distorsionados en mayor o menor grado. Sin embargo, hoy en día hay una controversia sobre la homosexualidad que hace estragos en los círculos evangélicos y, cada vez más, también en las iglesias reformadas. La homosexualidad no solo se presenta como algo bueno, sino que también como algo que se debe procurar con la bendición de Dios. Es alarmante que la aceptación del comportamiento homosexual entre los evangélicos profesantes esté aumentando. Escuchamos de algunas personas que el tipo de relaciones homosexuales que vemos hoy en día (amorosas y monógamas) no se abordan en las Escrituras. Aunque parece que esta tendencia va a continuar, estos puntos de vista revisionistas deben ser rechazados por los seguidores de Jesucristo.

La Palabra de Dios es firme en su visión negativa de la homosexualidad y el deseo sexual por el mismo sexo. La Biblia es la norma infalible por la que debemos ver la homosexualidad y entender el remedio del evangelio para ella. Desgraciadamente, la fiabilidad de la Biblia en este ámbito ha sido cuestionada por muchos de los que hoy afirman tener la fe cristiana. Los cristianos que ven las Escrituras como autoritativas e inspiradas no deben aceptar esta visión diluida de la Palabra de Dios. La Biblia revela la posición de Dios respecto a los problemas del corazón humano, siendo la homosexualidad uno de muchos.

¿Cómo deben pensar los cristianos acerca de la homosexualidad? Tenemos que entenderla de tres maneras. En primer lugar, las Escrituras siempre hablan de la homosexualidad en términos de una acción, algo hecho físicamente con otra persona, o de un patrón de pensamiento interno y activo de la mente y el corazón. La palabra griega más utilizada para describir la homosexualidad en el Nuevo Testamento es arsenokoitēs, que se refiere a un varón acostado con otro varón. Por lo tanto, siempre que se menciona, se define en términos de una actividad, un comportamiento o una persona que se involucra en ese comportamiento de corazón y cuerpo.

Segundo, la homosexualidad es considerada como pecado en todo lugar donde se menciona. Está prohibida y se ve expresamente como contraria a la voluntad de Dios. La Escritura lo afirma claramente en Génesis 19:4-9; Levítico 18:22; 20:13; 1 Timoteo 1:9-10; y Judas 7. Romanos 1:24-27 también describe la actividad de la pasión y la lujuria centrada en el corazón, así como el comportamiento. Se refiere tanto a hombres como a mujeres. El comportamiento se menciona en 1 Corintios 6:9-11, donde también aprendemos que fue el pasado de algunos cristianos de la Iglesia primitiva. Entre los que habían experimentado la salvación había antiguos practicantes de la homosexualidad.

Por lo tanto, el comportamiento homosexual del cuerpo y del corazón no solo se define como pecado, sino que también se describe como una consecuencia y efecto de la caída. Al referirse a la realidad del sexo que se ha desviado, Levítico 18:6-19 enumera más de una docena de formas de pecado sexual, incluyendo la homosexualidad y el sexo con animales. Una vez más, la gravedad del pecado sexual, en particular la homosexualidad, se declara con fuerza en Romanos 1:24-28 utilizando frases vívidas y sorprendentes como «la impureza en la lujuria de sus corazones», «pasiones degradantes» y tener una «mente depravada». Eso es además de los versos en Judas que hablan de quienes «convierten la gracia de Dios en libertinaje» y de la gente que «se corrompieron y siguieron carne extraña». Esta última designación está específicamente ligada a lo que sucedió en Sodoma y Gomorra.

Pero ¿realmente Dios tenía que transmitir que el mal uso del sexo en las formas mencionadas (y, por inferencia, los deseos que llevan a ese mal uso) está prohibido y se considera pecado? Sí, por supuesto. Nuestros deseos, especialmente los sexuales, nunca son neutrales. Ver el deseo del mismo sexo como neutral, especialmente cuando ese deseo cosifica a la otra persona sexualmente o la ve meramente como un objeto de pasión sexual, es malinterpretar la profundidad y complejidad del pecado. En la Escritura, el corazón se ve a menudo como el asiento de nuestros deseos. En Marcos 7:21, Jesús describe el corazón como el asiento de toda inmoralidad sexual y sensualidad. Estas propensiones se describen como cosas malas que provienen del interior. Él se refiere al deseo, ya sea que el objeto de ese deseo sea alguien del sexo opuesto o del mismo sexo. Santiago 1:14-15 nos dice que somos llevados y seducidos por nuestros deseos y que el deseo da a luz al pecado. El deseo no es una parte imparcial de nuestro ser, sino una parte muy activa.

Hay que reconocer que estos puntos de vista de la Escritura son ampliamente rechazados. Hay un factor predominante en el intento de legitimar bíblicamente la homosexualidad. En pocas palabras, en la cultura actual, nuestra sociología está interpretando, definiendo y determinando cada vez más nuestra teología. ¿Qué quiero decir con esto? Hubo un tiempo en el que los creyentes acudían habitualmente a la Biblia tanto para saber cómo pensar en las cuestiones de la vida como para encontrar soluciones a los dilemas a los que se enfrentaban, incluidas las cuestiones relacionadas con el sexo y la sexualidad. Ya no es así. Hoy en día, el impacto y la influencia de la red social de uno y la experiencia con los amigos y la familia han desplazado lo que la Biblia podría decir sobre este tema. Otro término para entender esta transferencia de autoridad y credibilidad de la Palabra de Dios a la experiencia personal es la acomodación cultural. Hoy en día, parece que mucha gente cree que las Escrituras deben someterse a nuestras experiencias o a las de otros.

También debemos señalar que la homosexualidad nunca se describe en la Escritura como una condición o estado del ser. Al contrario de la idea moderna de una «orientación» homosexual innata —un término que solo se ha utilizado con frecuencia en los últimos veinticinco años aproximadamente— este concepto no se encuentra en la Escritura. En la Biblia se asume que podemos inclinarnos u «orientarnos» hacia cualquier cosa a la que entreguemos continuamente nuestra mente y nuestro corazón. Si hacemos algo con el pensamiento o la acción suficientes veces y durante un período suficientemente largo, se arraigará en nosotros.

Sin embargo, hay que tener cuidado con el pensamiento simplista, especialmente cuando pensamos en nuestra responsabilidad, algo que muchos no creen tener cuando se trata de sus deseos o comportamientos sexuales. Somos el producto de complejas interacciones de muchos factores a lo largo de muchos años. ¿Por qué algunos son propensos a cualquier número de persuasiones psicosociales, como la ira, la depresión o la dependencia química? Aquí está la respuesta: no siempre elegimos nuestras luchas o tentaciones, pero somos responsables de lo que hacemos con ellas. Se desarrollan en nosotros a través de una complicada interacción de temperamento, influencias internas y externas, y nuestro propio ser hambriento, roto y pecador.

Cooperamos fácilmente y por naturaleza con estas influencias, de modo que los hábitos del corazón y del comportamiento se fortalecen y nos dominan. En cierto sentido, somos la suma de miles de pequeñas decisiones que hemos tomado. Hemos cooperado con el cultivo de nuestros deseos. Así que, a pesar de los factores externos que pueden haber estado en juego en el desarrollo de esas tentaciones que encontramos particularmente tentadoras, seguimos siendo responsables de llevar una vida piadosa, incluso en el área de la sexualidad.

Finalmente, necesitamos entender que Dios ofrece el perdón, un registro limpio y la restauración a través de Jesucristo para todos los pecadores arrepentidos, incluyendo aquellos que tienen una historia de comportamiento homosexual y otros pecados. Él no solo nos perdona como somos, propensos a hacer mal uso de Su don del sexo y de la sexualidad, sino que Su gracia en realidad nos enseña «que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente» (Tit 2:11-12). Esto no significa necesariamente que podamos fingir que no hemos abusado del sexo como parte de nuestra historia o que los deseos sexuales ilícitos no seguirán molestándonos o siendo una fuente de tentación, pero sí significa que la gracia de Dios nos da poder para vivir transformados como seguidores de Jesucristo. Él nos capacita para resistir la tentación y vivir para Su gloria.

Cristo es el mediador de esta gracia y capacita a los creyentes, pero la iglesia, el cuerpo de Cristo, también desempeña un papel crucial. Una vez escuché a un pastor decir: «El arrepentimiento es matar lo que me está matando sin matarme a mí mismo». No conozco a nadie que pueda hacer eso por sí solo. Aprender a caminar en obediencia y dar muerte a nuestro pecado y a nuestra naturaleza pecaminosa nunca es algo que se pueda intentar solo o aislado. El cambio bíblico es una actividad comunitaria. El llamado de la iglesia es ofrecer apoyo y ánimo a quienes experimentan atracción hacia el mismo sexo y otras tentaciones sexuales. Caminar con quienes son tentados de esta manera significa que los ayudamos a llevar las cargas de sus luchas y tentaciones, ofreciendo amistad y compañerismo, y ayudándoles a creer por primera vez o a volver a creer en el evangelio cada día. Eso es lo que Cristo hace por nosotros y lo que nosotros debemos hacer por los demás al enfrentarnos al pecado sexual. Al hacerlo, también se nos recordará que nosotros también somos perdonados por nuestras transgresiones.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Freeman
John Freeman es presidente de Harvest USA en Filadelfia, Pensilvania.

Lo que Dios ha unido

Por John P. Sartelle Sr.

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Eva estaba frente a Adán y él estaba frente a ella. Dios los había hecho el uno para el otro. Cuando se observaron mutuamente, se maravillaron. Ella vio que él era igual pero diferente. Él vio que ella era igual pero diferente. Sin embargo, en sus diferencias encajaban el uno con el otro. Sus diferencias en realidad realzaban su relación. Se deleitaron en el diseño del Creador para su unión corporal. A lo largo de su matrimonio descubrirían que había otras diferencias cruciales entre ellos. Había diferencias en sus procesos emocionales y mentales. Diariamente, Adán veía que Eva aportaba algo que él no. Del mismo modo, Eva veía que Adán aportaba algo que ella no. Así como las diferencias en sus cuerpos se correspondían, estas otras diferencias los hacían mejores como pareja.

Su unión física, mental, emocional y espiritual formaba una base única y sólida para su familia. Los niños florecieron al ser criados por la masculinidad y la feminidad únicas que se habían unido en sus padres. Ese era el plan de Dios. La familia sería la piedra angular de la civilización. Esa relación sagrada del matrimonio —una unión física, mental, emocional y espiritual entre un hombre y una mujer— sigue siendo la norma absoluta instituida por el Dios vivo para toda la civilización.

Cuando la humanidad pecó, toda la creación se vio profundamente afectada. Satanás y el pecado desgarraron esta relación básica entre marido y mujer que formaba el fundamento del hogar. El mal golpeó esta piedra angular de la civilización cuando Satanás trató de deformar y destruir la creación de Dios. Esto continúa hoy en día. Al tratar de liberarse de la belleza y los paradigmas que enriquecen la vida y que el Señor diseñó, nuestro mundo secular cita a su inicuo maestro: «¿Conque Dios les ha dicho…?». En su insidiosa rebelión, la cultura secular busca cambiar lo inmutable y redefinir no solo la institución del matrimonio, sino la misma masculinidad y feminidad de los individuos.

Cuando Israel trivializó esta relación de pacto facilitando la separación de un esposo o esposa, Jesús habló de la gravedad de su pecado. Los fariseos y los líderes religiosos de su tiempo habían tergiversado el Antiguo Testamento para proporcionar divorcios fáciles a cualquier hombre que quisiera salir de un matrimonio por cualquier razón. Quisiera parafrasear las palabras de Jesús en Mateo 5:27-32: «Por cierto, cuando ustedes intentan redefinir la ley y la utilizan para deshacerse de una esposa o de un marido a su conveniencia para poder casarse con alguien más atractivo para ustedes, eso no es más que adulterio puro y simple. Su esfuerzo por legalizarlo no lo convierte en algo moral». Jesús no estaba exponiendo un tratado completo sobre el matrimonio y el divorcio. Estaba hablando del adulterio: ese era Su tema. Los fariseos decían: «Nosotros nunca cometeríamos adulterio. Simplemente nos divorciamos de nuestras esposas y entonces somos libres de casarnos con mujeres más deseables». Y Jesús les decía: «Eso sigue siendo adulterio. Ustedes trataron de hacerlo parecer correcto a través de un divorcio formal, pero sigue siendo adulterio».

¿Entonces la unión conyugal nunca se puede anular? En ese mismo pasaje (v. 32) y en otras declaraciones del Nuevo Testamento, el divorcio se presenta como una opción cuando hay adulterio o abandono (1 Co 7:12-15). Podríamos discutir lo que constituye el adulterio o el abandono, pero no podemos discutir la verdad de que Dios permite el divorcio en tales circunstancias. Si Dios permite el divorcio en algunas circunstancias, tiene que significar que en esas circunstancias el divorcio no es un pecado. Dios no puede aprobar el pecado.

Dios mismo permite el divorcio a Su pueblo que vive en un mundo caído para que pueda escapar del abuso habitual de los esposos o esposas no arrepentidos que destruyen esa unión santa por medio del adulterio y el abandono de la relación. El divorcio bajo tales circunstancias también protege a los niños que están siendo seriamente dañados al asimilar el mal ejemplo de un padre o madre malvados. A veces, los cristianos y las iglesias han malinterpretado tanto esta cuestión que han puesto vidas en peligro, al aconsejar a las esposas que están siendo sistemáticamente golpeadas y abusadas que permanezcan en el matrimonio porque creen que el divorcio es inherentemente malo.

Muchas iglesias hacen que las personas que se divorcian por razones bíblicas se sientan como cristianos de segunda clase. Un hombre o una mujer me dirán después de haberse divorciado: «Sé que mi divorcio fue un pecado». Yo interrumpo y digo: «Pensé que tenías motivos bíblicos para divorciarte». La persona responde: «Lo hice, pero sigue siendo un pecado». ¿De dónde sacaron este pensamiento antibíblico? Lo obtuvieron de iglesias y ministros bien intencionados que no entienden que el divorcio puede ser una opción correcta y santa cuando las vidas están siendo arruinadas.

Al igual que el cónyuge de un esposo o esposa fallecido no está «atado» y es libre de volver a casarse, el cónyuge maltratado al que se le ha concedido un divorcio justo también es libre de volver a casarse. A veces hay un daño emocional extremo como resultado de años de abuso psicológico o físico. En esos casos, es aconsejable que el individuo agraviado se someta a un buen programa de consejería que promueva la sanidad y le permita construir y formar una relación matrimonial saludable en el futuro.

Todas estas cuestiones se han debatido a lo largo de los siglos, ya que la iglesia ha luchado con vivir en culturas decadentes. Se han hecho largas listas sobre lo que es permitido en el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias. En los Estados Unidos estamos viviendo en una sociedad libertina que se parece cada vez más a Corinto o a Sodoma y Gomorra. ¿Cómo debemos vivir entonces? ¿Cómo tomamos decisiones sobre el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias? Debemos volver a la verdad y a la belleza de la intención original de Dios cuando creó a Adán y a Eva el uno para el otro. Debemos volver a poner ante el mundo la maravilla de esa unión física, mental, emocional y espiritual que el Creador dio para que fuera una bendición inmutable e increíble para Su creación. Aunque todavía somos pecadores, como esposos y esposas viviendo en Su maravilloso paradigma para el matrimonio todavía tenemos el alto estándar de Su Palabra y el poder del Espíritu Santo transformándonos de adentro hacia afuera. Tales matrimonios serán sal y luz en esta cultura decadente y oscura. Tu hogar y matrimonio piadosos (donde el hombre como esposo y la mujer como esposa se convierten en una sola carne física, mental, emocional y espiritualmente) se convertirá en un faro que perfora la oscuridad y en una guía para las masas perdidas en el mar de orientaciones e identidades de género torcidas, encuentros sexuales sin sentido y pecaminosos, y matrimonios cuyo único objetivo es el ascenso materialista.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John P. Sartelle Sr.
John P. Sartelle Sr.

El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].