El estado de gloria

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por Sinclair B. Ferguson

El estado de gloria

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

ace ya mucho tiempo, mientras entrenaba en un campo de práctica de golf, un hombre un tanto mayor que yo me ofreció su moderno palo vanguardista de última tecnología, que tenía una gran cabeza. «Prueba este, hijo», me dijo. Y me insistió. Dejé a un lado mi viejo palo de cabeza de madera (lo había comprado usado por £5) y probé su versión ultramoderna de cabeza de metal. La bola salió disparada y aún se mantenía en el aire cuando pasó sobre mis intentos anteriores. De pronto, el golf pareció más fácil, y mi golpe, mucho más poderoso.

No podía creerlo. Tampoco podía costear mi propio palo de última tecnología. Sin embargo, pensé que así es como debe ser la resurrección del cuerpo en el estado de gloria. Ya no será más débil, sino poderoso; la obediencia ya no será una batalla contra el mundo, la carne y el diablo, sino algo natural, al ritmo afable y alegre de un mundo libre del pecado. Si puedo disfrutar de esta nueva tecnología en un palo de golf, qué maravilloso será vivir en el pleno resplandor de la presencia de Dios.

Aunque era escocés, no existe ningún registro de que Thomas Boston (1676-1732), el autor del libro Human Nature in Its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], haya jugado golf. No obstante, tuvo razones más importantes para reflexionar en la vida libre de pecado y enfermedades, y en la felicidad perfecta que traerá el estado de gloria. Durante los años en que Boston trabajó en los sermones y luego en el manuscrito que se convirtió en dicho libro, su amada esposa Catherine padeció una enfermedad invalidante y angustiosa, y la muerte infantil entró en su hogar. Por eso, la expectativa de la gloria por venir fue una realidad que lo sostuvo en medio de las pruebas y a la vez una motivación para vivir por su Señor Jesús a la luz de esa esperanza.

El conocimiento del estado de gloria no hará menos por nosotros. Pero, ¿qué podemos decir al respecto? Las Escrituras tienen mucho que decir sobre el estado de gloria. Algunas de sus enseñanzas pueden resumirse, quizá apropiadamente, bajo siete encabezados.

PROMETIDO POR LA PALABRA DE DIOS

Piensa en esto: no sabríamos nada del estado de gloria si no fuera por la Palabra de Dios y Sus promesas. Dios no necesitaba decirnos nada; después de todo, pudo haberse guardado todo como una sorpresa futura.

No obstante, nuestro Padre celestial es demasiado bondadoso como para negarles a Sus hijos la esperanza en un mundo de desesperación o la luz en un mundo de tinieblas. En Su gracia, nos ha dicho mucho, aunque no todo (no podríamos entender todo), sobre el mundo futuro. Entonces, «según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia» (2 Pe 3:13). Pedro nos dice que este conocimiento debería tener un impacto transformador en nuestras vidas (v. 17).

Pero ¿qué es exactamente lo que se promete?

El punto de los contrastes entre este mundo y el siguiente es simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

EN CONTRASTE CON LA VIDA PRESENTE

Una de las formas en que aprendemos es contrastando lo que ya sabemos con lo que aún necesitamos descubrir. La Escritura emplea este método en referencia a la resurrección. Nuestros cuerpos son como semillas que se siembran en la tierra. Perecen, pero luego emergen como flores gloriosas.

Nosotros también morimos y somos «sembrados» en el suelo. Pareciera que en los momentos finales de la vida está escrita la palabra «fin». Como observó el filósofo Thomas Hobbes, la vida puede ser «repugnante, brutal y corta». Por naturaleza estamos «sin esperanza», y cuando se acerca la muerte que todo lo conquista, la evidencia parece confirmar esa realidad. Sin embargo, señala Pablo, así como la semilla que cae en el suelo se desintegra y «muere» solo para «resucitar» otra vez como una hermosa flor, lo mismo ocurre con nuestros cuerpos:

Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual… Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (1 Co 15:42-4453).

Piensa en eso: tendremos un cuerpo imperecedero, glorioso, poderoso, espiritual e inmortal.

Pero eso no es todo, Pablo también contrasta la vida que termina en la muerte con la muerte que termina en la vida. Aquí experimentamos aflicción; allí, gloria. Aquí todo es temporal; allí todo es eterno. Lo que aquí parece pesado allí parecerá «ligero» y lo que hay allí parecerá un «peso». Aquí este mundo parece sustancial y lo que «no se ve» parece insustancial, pero allí la realidad será precisamente lo opuesto.

¿Cuál es el punto de estos contrastes? Simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

LA CONSUMACIÓN DE LOS PROPÓSITOS YA HA COMENZADO

Aun así, también existe continuidad entre el «ahora» y el «todavía no», pues con la resurrección de Cristo el futuro ya ha comenzado en nuestra historia. Él es «primicias de los que durmieron» (1 Co 15:20). Su resurrección garantiza la nuestra, así como las primicias garantizan la cosecha final.

¿Cómo así? Debido a nuestra unión con Cristo, como notó Agustín, nuestro Señor se considera a Sí mismo incompleto sin nosotros. Entonces, cuando Él resucitó de los muertos, nosotros resucitamos en Él; cuando fuimos unidos al Salvador resucitado mediante la fe, fuimos ligados al Resucitado de manera tal que es imposible que no volvamos a resucitar un día. De hecho, tan indestructible es esta unión que el día «cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria» (Col 3:4).

En un cierto sentido, ya nos ha sido dada «vida juntamente con Cristo… y con Él nos resucitó» (Ef 2:5-6). La vida del futuro ya ha echado raíces en nosotros. Aunque aún residimos en un mundo moribundo, ya hemos muerto (al pecado) y hemos sido resucitados a novedad de vida (Rom 6:1-4). Ya no estamos bajo el dominio del pecado, de su culpa ni del poder de Satanás. La libertad de la gracia ya es nuestra, aunque todavía no gozamos de la plena «libertad de la gloria» (8:21). Sin embargo, estamos seguros de que Dios le dará los retoques finales a la buena obra que comenzó en nosotros (Flp 1:6). El mundo por venir nos parecerá asombrosamente nuevo, pero algo de él nos parecerá vagamente familiar.

El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

SECUELAS DEL JUICIO FINAL

«Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio» (Heb 9:27). No todas las cosas se resuelven en esta vida: los impíos prosperan a menudo, los rectos con frecuencia incluso sufren martirio. No solo es cierto (como comenta Hamlet, el personaje de Shakespeare) que «el tiempo está fuera de quicio»: el mundo entero está fuera de quicio.

La justicia final no prevalece en este mundo. Pero en el día que dará paso al estado de gloria, todos los males se rectificarán. Todas las personas serán evaluadas: «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo» (2 Co 5:10).

El «todos» que Pablo usa aquí significa «todos». Como escribiera el joven Robert Murray M’Cheyne (cuando estaba cerca de experimentar por sí mismo esa realidad): «Mientras caminaba por los campos, me vino el pensamiento, casi con poder apabullante, de que cada miembro de mi rebaño pronto estará en el cielo o en el infierno».

En aquel día, se verá la justicia perfecta de Dios, pues todos serán juzgados «conforme a sus obras» e incluso los secretos serán juzgados «mediante Cristo Jesús» (Rom 2:616). El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

No habrá excusas. Si estamos sin Cristo y sin el vestido de bodas que Él nos da para cubrirnos en Su justicia, seremos excomulgados a las tinieblas de afuera de las que nuestro Señor dio repetidas advertencias a lo largo de Su ministerio (Mt 8:1222:1325:30). Luego de amar más las tinieblas que la luz (Jn 3:19), luego de rebelarse contra Dios y de haber insistido en decir: «Hágase mi voluntad así en la tierra como en el cielo», los incrédulos oirán las palabras más terribles del universo ―«Hágase Tu voluntad»― y las tinieblas «de afuera» serán su destino.

Pero ¿y qué del creyente? ¿Cómo es posible que el hecho de que seamos juzgados «conforme a nuestras obras» derive en el estado de gloria? Es posible porque el Señor siempre juzga a los justificados conforme a su «obra de fe, [su] trabajo de amor y la firmeza de [su] esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 1:3). Al que ha sido fiel en lo poco no solo se le dará «más», sino «mucho». El siervo que produjo cinco minas (un poco más de un año de salario) a partir de una fue puesto sobre cinco ciudades. El juicio de su señor fue en proporción a la fidelidad del siervo (cinco por cinco), pero la recompensa desproporcionada vino de la abundante gracia de su señor (Lc 19:18-19).

Lo mismo ocurrirá en el estado de gloria. Lo que ahora está oculto será revelado. De seguro habrá sorpresas.

En este mundo, a veces nos encontramos con viejos amigos a los que no hemos visto en décadas, y mentalmente tenemos que estirar sus arrugas o volver a ponerles pelo en la cabeza para poder reconocerlos. Sin embargo, en ese mundo, bien puede ser que las primeras palabras que nos digamos sean: «¡Vaya, así es como en verdad eras!» (ver 1 Jn 3:1-2). La verdad oculta de lo que Dios nos ha hecho por fin será visible para todos. Este juicio de nuestras obras también será en conformidad a la gracia de Cristo, en quien hemos sido justificados y santificados.

LA REGENERACIÓN DE TODAS LAS COSAS

En la actualidad, no vemos que todo esté puesto bajo los pies de Jesús (Heb 2:5-9), pero cuando Él vuelva, subyugará todo lo que es malo y consumará lo que inauguró en Su resurrección. Esta es Su obra como el segundo hombre y el postrer Adán, el Verdadero Hortelano (Gn 1:28).

No toda la tierra era un huerto; Adán, Eva y su posteridad tenían que convertirla en uno. A lo mejor María no estaba tan equivocada «pensando que era el hortelano» (Jn 20:15).

De esta manera, Cristo llevará a cabo la renovación de este mundo caído en lo que Él llamó la palingenesis de todas las cosas (Mt 19:28, la única ocurrencia de la palabra «regeneración» en los evangelios). No es de sorprender que la Nueva Jerusalén esté inmersa en el nuevo huerto del Edén (Ap 22:1-5) y que las puertas que permiten el ingreso a ella nunca se cierren de día y que no haya noche allí.

Todo esto vendrá como resultado de una limpieza apocalíptica (1 Pe 3:10). Por ese día, cuando la verdadera identidad de los hijos de Dios será revelada en plenitud, toda la creación gime como mujer de parto. De hecho (como escribe J. B. Phillips al captar brillantemente un matiz del griego de Pablo): «Toda la creación está de puntillas para ver la maravillosa imagen de los hijos de Dios siendo lo que son» (Rom 8:19). Qué gran día será ese.

CRISTO EN EL CENTRO

En el estado de gloria, veremos a nuestro Salvador. «Ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido» (1 Co 13:12). ¡Una reunión cara a cara con el Señor Jesús! ¡Verlo como Él es! ¡Ser semejantes a Él (1 Jn 3:2)! ¡Transformados al nivel final de gloria (2 Co 3:18)!

Sin embargo, precisamente porque estaremos libres del pecado, no nos veremos consumidos por un interés en nuestra propia santificación perfecta. Tampoco reaccionaremos admirándonos los unos a los otros. No. Solo tendremos ojos para Uno: el León de la tribu de Judá, el Cordero inmolado pero ahora resucitado y puesto en Su posición legítima en el centro del trono de Dios (Ap 5:1-14).

Recuerdo que, cuando era adolescente, una noche soñé que moría y era recibido «al otro lado» por amigos que se acercaban para darme la bienvenida con los brazos abiertos. Vi que los apartaba a empujones y oí salir estas palabras de mis labios: «¡Déjenme ir a Jesús! ¡Déjenme ver a Jesús!». Ese es nuestro destino, pues en verdad:

La novia, su vestido
Allí no mirará,
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

DIOS SERÁ TODO EN TODOS

En un pasaje notable, Pablo nos pasea por el «orden» divino de los «días» (1 Co 15:23) de la inauguración de este estado de gracia (vv. 20-28):

  • El día de la resurrección de Cristo, cuando todo comenzó (vv. 22-23a).
  • El día de nuestra resurrección, cuando se inaugurará su consumación (v. 23b).
  • El día de la destrucción, cuando los enemigos de Cristo y de nosotros serán vencidos (vv. 24-25).
  • El día de la victoria, cuando incluso el último enemigo, la muerte, será destruido (vv. 26-27).
  • El día de la consumación, cuando Dios será todo en todos (vv. 24, 28).

Ese día de la consumación, el segundo hombre llevará a una creación restaurada y a un pueblo redimido y resucitado a la presencia de Su Padre. Allí, como el postrer Adán, le presentará ese mundo, perfeccionado como resultado de Su obediencia hasta la muerte y de Su resurrección a novedad de vida. La obra que el Padre planificó y el Hijo realizó en nuestro lugar por el Espíritu estará completa.

Pablo aquí no está pensando en una subordinación dentro de la Trinidad eterna, sino en la sumisión legítima hecha por nosotros y con nosotros por parte de Su Hijo como Mediador, como nuestro representante, en nuestra carne y sangre humanas. Entonces, quizá, las palabras que pronunció en la cruz del Calvario ―«¡Consumado es!»― volverán a oírse.

¿Qué descendiente de la primera pareja que ha experimentado el estado de naturaleza, que ha probado la amargura del estado de pecado y que ahora ha sido introducido al estado de gracia no anhela el día cuando se dé paso al estado de gloria? Es que entonces la oración que nuestro Salvador hizo por nosotros será respondida a cabalidad: «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo» (Jn 17:24).

Robert M’Cheyne tenía razón. Será solo

Cuando el mundo pase ya,
Cuando el sol no brille más,
Con Jesús en gloria estemos
Y nuestra vida observemos,
Mi Señor, recién allí
Pesaré mi deuda a Ti.

«Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20).


Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

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El estado de naturaleza

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por William VanDoodewaard

El estado de naturaleza

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

a vida en el Edén era maravillosa. Nuestros primeros padres experimentaron la vitalidad completa en lo mejor de una creación prístina y hermosa. Era un mundo sin sufrimiento ni muerte. Todo era muy bueno, y, en el centro de todo, Adán y Eva disfrutaban de una comunión perfecta con Dios y entre ellos en su estado de inocencia.

Luego del gozo del matrimonio de Adán y Eva en Génesis 2, la serpiente, que «era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho» (Gn 3:1), apareció en el Edén. Sabemos por otros pasajes de la Escritura que Dios, quien es soberano sobre todo en santidad perfecta, no es ni puede ser el autor del mal (Dt 32:4Job 34:10Is 6:3). Génesis no revela la razón por la que Dios permitió a Satanás rebelarse, calumniar y engañar, ni tampoco está revelado plenamente por qué Dios se propuso que el hombre pudiera pecar contra Él. Pero, como en el caso del libro de Job, sí se nos revela lo que necesitamos saber. Los eventos de Génesis 3 son acordes al consejo de la santa voluntad de Dios, y, en última instancia, sirven para revelar Su gloria y cooperan para el bien de Su pueblo.

Luego de haber caído de la gloria angelical en su propia rebelión, Satanás entabló una conversación con Eva en el Edén. Usando el engaño y la calumnia, tentó a Eva a que probara el fruto del único árbol que Dios había prohibido: «¿Conque Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”?… Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal» (Gn 3:14-5).

Eva interiorizó la tentación externa de Satanás, dando espacio en su corazón y en su mente a la narrativa de la serpiente, pasando de la atracción al deseo de actuar. Y a pesar de esto, el pecado de Eva no fue el más importante: Adán estaba allí a su lado (v. 6). El apóstol Pablo nos dice que «el pecado entró en el mundo por un hombre» (Rom 5:12). Dios había creado primero a Adán y le ordenó personalmente que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:17). Adán era el esposo y la cabeza federal de Eva; él representaba a Eva y a todos los hijos que ellos tendrían delante de Dios. Si bien Eva también estaba consciente de la prohibición de Dios respecto a comer del árbol, Adán sabía en todo momento que las palabras de Satanás eran mentira. Él no fue engañado (1 Tim 2:14), aunque Eva sí lo fue. Adán sabía que ella estaba siendo engañada, pero permaneció en silencio. En lugar de reprender y rechazar la tentación externa, tanto Adán como Eva eligieron libremente interiorizarla y aprobarla. Este fue el comienzo de su pecado, que precedió al acto de tomar el fruto y comerlo: «Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer… y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6). El deseo pecaminoso dio a luz al acto pecaminoso cuando Adán y Eva fueron «llevados y seducidos» por sus propios deseos (Stg 1:14).

Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él. 

Cuando Adán y Eva pecaron, ocurrió un cambio masivo. Dios los había creado con «conocimiento, justicia y verdadera santidad, según su propia imagen. Ellos tenían la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder para cumplirla… sin embargo, con la posibilidad de transgredirla, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad» (Confesión de Fe de Westminster 4.2). Tenían la capacidad tanto de no pecar como de pecar (posse non peccare et posse peccare). Pero ahora sucedió aquello de lo que Dios les había advertido amorosamente: «En el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:17). Adán y Eva comenzarían a morir físicamente, encontrándose ahora expuestos a la enfermedad, los accidentes y a la muerte inevitable. Sin embargo, también murieron espiritualmente, cayendo a un estado de ser incapaces de no pecar (non posse non peccare). El pecado, la culpa y la incapacidad de no pecar se convirtieron en realidades determinantes de su estado de existencia. La Confesión de Fe de Westminster lo expresa de esta manera: «Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo» (6:2). En ese momento, pasaron de la maravillosa luz y comunión con Dios a la muerte espiritual, las tinieblas y la separación de Él.

El cambio de Adán y Eva fue dramático. La ley de Dios escrita en sus corazones ya no era su gozo y sabiduría, sino su condenación. Luego de comer del fruto, los marcó de inmediato un sentido de vergüenza, culpa, y exposición, tanto entre ellos como ante Dios. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Gn 3:7). Su instinto inmediato como pecadores fue tratar de cubrir su vergüenza con hojas de higuera, escondiéndose entre los árboles del jardín en un intento inútil de evitar la presencia de Dios. Tenían miedo de Él, así que buscaron la oscuridad en lugar de la luz. Cuando fueron llamados a rendir cuentas, tanto Adán como Eva rehusaron responder honestamente las preguntas del Señor. «Con injusticia [restringieron] la verdad… Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido» (Rom 1:1821). Adán culpó a Eva; Eva culpó a la serpiente. Su integridad anterior en conocimiento, justicia y santidad desapareció. Aunque la imagen de Dios permaneció en ellos, ahora estaba distorsionada y desfigurada por el pecado.

La vida de Adán y Eva en el jardín antes de la caída existía en el contexto del pacto de vida (también conocido como pacto de obras) realizado con ellos. Los teólogos consideran que dicho pacto fue establecido en la creación de Adán y Eva a la imagen de Dios y fue expresado tanto de forma positiva en la bendición y el llamado a ser fructíferos, multiplicarse y ejercer dominio (Gn 1:28-30) como en la provisión de todo árbol del jardín para sustento junto con la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2:16-17). La Escritura deja claro que este pacto de vida fue realizado específicamente con Adán como el representante federal de toda la humanidad. Pablo habla de esto en Romanos 5, donde describe a Adán como el hombre por medio del cual el pecado, con la consecuencia de la muerte, entró al mundo «a todos los hombres» (Rom 5:12). Primera a los Corintios 15 hace eco de esto al comparar al primer hombre, «Adán [en quien] todos mueren», con Cristo (1 Co 15:2245-49).

Mientras el Nuevo Testamento nos habla de la posición de Adán como cabeza pactual, cuando leemos Génesis 1 – 3 con esto en mente, nos damos cuenta que ya era evidente. El Señor le ordena a Adán las disposiciones y la prohibición del pacto de vida antes de la creación de Eva. Cuando Adán y Eva caen en pecado, Adán es el primero en ser llamado a rendir cuentas. Él es quien, como cabeza del pacto, recibe las palabras que promulgan la maldición pactual de la muerte: «Comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (3.19). Como Adán era el primer padre de toda la humanidad y también su cabeza pactual, la consecuencia de su pecado tuvo un alcance universal: «Toda la raza humana descendiente de Adán por generación ordinaria, pecó y cayó en él en su primera transgresión» (Catecismo Menor de Westminster, 16). Es por esto que todos desde Adán, excepto nuestro Señor Jesucristo, han sido concebidos y han nacido en pecado (Sal 51.5). Es por esto que «no hay justo, ni aun uno» (Rom 3:10). Pecamos en Adán: su pecado como nuestra cabeza federal nos es imputado. Como sus descendientes, nacemos en el consecuente estado caído de la naturaleza. 

Pero el alcance de las consecuencias va más allá de la humanidad universalmente caída. John Murray observa:

El pecado se origina en el espíritu y reside en el espíritu… pero afecta drásticamente lo físico y lo no espiritual. Sus relaciones son cósmicas. «Maldita será la tierra por tu causa… espinos y abrojos… la creación fue sometida a vanidad… la creación entera a una gime».

El desorden, el sufrimiento y la muerte se introdujeron en el tejido de todo el cosmos bajo el peso de la maldición.

Cuando entendemos estas realidades, comenzamos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Por qué el sufrimiento y la muerte afligen a la creación? ¿Por qué deseamos las cosas que deseamos? ¿Por qué las personas que nos rodean hacen lo que hacen de la manera en que lo hacen? Es porque estamos caídos en Adán en el estado de naturaleza, separados de la vida y la comunión con Dios, y bajo Su maldición. Es porque, libremente y apartados de la gracia, solo queremos «cambiar la verdad de Dios por la mentira» y adorar y servir «a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos» (Rom 1:25). Estos efectos del pecado en la raza humana se describen con los términos teológicos de depravación total e incapacidad total. A menos que sean traídos por Dios al estado de gracia, todos los seres humanos son «por nacimiento hijos de ira, incapaces de ningún bien salvífico, e inclinados al mal, muertos en pecados y esclavos del pecado… y no quieren ni pueden volver a Dios… sin la gracia del Espíritu Santo, que es quien regenera» (Cánones de Dort 3/4.3).

Esto no significa que Adán, Eva y toda su posteridad sean inmediata o constantemente tan malvados como podrían serlo. Génesis narra mucho pecado y miseria, pero queda claro que algunos en el estado de naturaleza son más malvados que otros (ver Gn 4:23-24) y que ha habido momentos en los que la maldad aumentó y fue «mucha en la tierra» (6:5) en mayor medida que en otros tiempos. Los creyentes muestran el pecado remanente al mismo tiempo que los incrédulos muestran la gracia común. Tanto Faraón como Abimelec hicieron un bien externo al reprender a Abraham por su engaño (Gn 12:1820:9-10). Los Cánones de Dort señalan de manera útil que «después de la caída aún queda en el hombre alguna luz de la naturaleza, mediante la cual conserva algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales, de la distinción entre lo lícito y lo ilícito, y también muestra alguna práctica hacia la virtud y la disciplina externa» (3/4.4). Aunque sigue estando distorsionada, la imagen de Dios en el hombre no está perdida completamente en el estado de naturaleza, debido a Su gracia común o restrictiva. Por eso, disfrutamos de la compañía de los buenos vecinos que no son cristianos, pero comparten sus herramientas de jardinería o nos ayudan después de una tormenta, aunque viven desafiando a Dios. No obstante, sus «buenas obras» no son verdaderas buenas obras que se conforman al estándar de Dios para lo que es bueno porque no son hechas en obediencia a Dios, para Su gloria ni son fruto de la fe en Cristo.

Hoy en día, las realidades del estado de naturaleza que nos son reveladas en la Escritura están siendo cuestionadas en varios frentes. Uno de ellos se encuentra en nuestro contexto evangélico contemporáneo, donde hay esfuerzos continuos por rechazar la historicidad de Adán y Eva como los primeros padres de toda la humanidad. Hay una creciente variedad de intentos de leer los primeros capítulos de Génesis usando nuevos métodos hermenéuticos. Aunque el impulso parece ser el deseo de armonizar el Génesis con la teoría de la evolución, las pérdidas bíblicas y teológicas son significativas. Algunos revisionistas tratan de argumentar que los primeros capítulos de Génesis no importan siempre y cuando haya existido un «Adán» en algún momento de la historia evolutiva que haya funcionado como cabeza federal de la humanidad contemporánea, futura y posiblemente incluso anterior. Si bien podemos estar agradecidos de que conserven vestigios de un Adán histórico, este planteamiento trae consigo la pregunta del lugar que tiene el hecho de que Adán haya actuado como cabeza pactual en su relación con todos sus descendientes por generación ordinaria. Si abandonamos eso, también estamos abandonando el fundamento bíblico y teológico de la generación extraordinaria y única de Jesús, la Simiente de la mujer, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María como el segundo Adán.

Un segundo cuestionamiento de la comprensión bíblica del pecado dice relación con la doctrina del pecado sostenida por los evangélicos en las discusiones sobre la sexualidad humana. Algunos han adoptado una visión terapéutica del pecado o incluso articulan una doctrina católico romana de la concupiscencia. Según el catolicismo romano, la inclinación a pecar, o la «concupiscencia», no puede dañar a quienes luchan con ella y no es una ofensa para Dios a menos que sea puesta en acción. La visión terapéutica del pecado es muy similar. Ninguna de las dos concuerda con el testimonio de Génesis y de toda la Escritura: el pecado no solo incluye las acciones sino también las atracciones y los deseos pecaminosos que pueden producir el fruto de la acción pecaminosa. Aquí hay un peligro espiritual y teológico importante. Dar lugar al pecado en las atracciones y los deseos de los cristianos es, sin duda, una negación de la doctrina bíblica de la santificación y, en consecuencia, tendrá también repercusiones en la visión que se tiene de la persona y la obra de Cristo. En Gálatas, el apóstol Pablo, proclamando la palabra del Cristo ascendido, nos dice que «[el deseo] del Espíritu es contra la carne» (Gal 5:17). Los deseos que «llevan y seducen» no son neutrales, sino que son «terrenales, naturales y diabólicos» (Stg 1:143:15).  

Aunque ninguno de nosotros se regocija grandemente cuando le recuerdan las realidades de nuestra condición caída en Adán, entenderla como el Señor nos la revela en Su gracia es esencial para recibir Su evangelio. Es esencial para recibir la plenitud de Su revelación en la persona y obra de Cristo. Es para nuestro bien. Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él.  «Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino… Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (Sal 119:105111).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

William VanDoodewaard
William VanDoodewaard

El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .


Tesis #9 – Hablar de algo negativo NO aumenta el riesgo de que suceda

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 9

 Hablar de algo negativo NO aumenta el riesgo de que suceda

95 Tesis para la Iglesia Evangélica de Hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

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Stephen Davey

Sabiduría para el Corazón

Texto: 1 Samuel 16:1-13 En un mundo que se deja impresionar por las apariencias, Dios escoge a una persona un tanto inusual para que sea el rey de su pueblo escogido. Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin. Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.

Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra página https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/

Sabiduría para el Corazón comenzó en 2007 como una extensión del ministerio de enseñanza de Stephen Davey a su congregación, la Iglesia Bautista Colonial, ubicada en Carolina del Norte, EEUU. Desde entonces, el ministerio ha crecido, y hoy por hoy es un ministerio internacional, transmitido a través de todo el mundo via radio e internet en seis idiomas: Inglés, Español, Portugués, Árabe, Chino Mandarín, y Swahili.

Por la gracia de Dios esperamos proveer contenido bíblico y confiable en más idiomas y alcanzar al mundo con el mensaje de la Palabra de Dios.

Vivir en el mundo venidero

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

Vivir en el mundo venidero

Por Mark E. Ross

Nota del editor: Este es el séptimo y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

La visión inicial del libro de Apocalipsis coincide con la última. En la primera, Juan oye una fuerte voz que le ordena escribir lo que ve, y contempla al Señor Jesús resucitado y glorioso, de pie en medio de Sus iglesias (1:10-20). La visión final es el descenso de la ciudad santa, la Nueva Jerusalén, «que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo». De nuevo, Juan oye una fuerte voz: «He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos» (21:1-3). También aquí el enfoque está en la presencia del Señor con su Iglesia. Esta es la consumación no solo de este libro, sino de toda la Biblia: Emanuel, «Dios con nosotros».

El capítulo inicial del Apocalipsis no es solo una visión del Señor. También es una visión del Día del Señor (1:10). Este es el primer uso conocido de este término en referencia al primer día de la semana. Aunque este término solo aparece aquí en el Nuevo Testamento, los primeros padres de la Iglesia no dejan lugar a dudas de que se trata de una referencia al día que llamamos domingo, el cual observaban como conmemoración de la resurrección del Señor. En otras partes del Nuevo Testamento, el día se llama por su nombre judío, traducido literalmente como «el primero del día de reposo» (Mt 28:1Mr 16:2Lc 24:1Jn 20:119Hch 20:71 Co 16:2). Las traducciones en español suelen utilizar «semana» en la frase, pero detrás de ella se encuentra la palabra griega sabbaton, que simplemente traduce la palabra hebrea para «día de reposo» (shabbat). El significado de esto aparecerá más adelante.

Muy pronto en la historia de la Iglesia, el primer día de la semana se convirtió en el día en que los cristianos se reunían para el culto. Esta práctica posiblemente comenzó el día de la resurrección de Jesús, ya que fue entonces cuando nuestro Señor resucitado se reunió por primera vez con sus discípulos y «se puso en medio de ellos» (Lc 24:36 ss.). El Evangelio de Juan también informa que «vino y se puso en medio de ellos», haciendo especial hincapié en la identificación del día: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana» (20:19). El siguiente encuentro fechado del Señor con sus discípulos fue «ocho días después», cuando Jesús de nuevo «vino y se puso en medio de ellos» (v. 26). Esto fue el domingo siguiente, según el cómputo judío (ver «el tercer día»; Lc 24:72146). En Hechos 20:7, Lucas informa que la iglesia en Troas se reunía «el primer día de la semana» para partir el pan. Su redacción sugiere que esta era una práctica habitual. Pablo había llegado allí siete días antes, y aunque se apresuraba a llegar a Jerusalén para el día de Pentecostés (v. 16), se quedó en Troas siete días, aparentemente para estar allí «el primer día de la semana, cuando [se] reunían para partir el pan» (v. 7).

El significado de esta referencia podría pasar fácilmente desapercibido para los lectores en español. Estamos tan acostumbrados a la organización del tiempo por semanas, que podríamos asumir que siempre ha sido así. Y lo era entre los judíos, pero no lo era entre los gentiles. El Nuevo Testamento ni siquiera tiene una palabra griega para ello, sino que utiliza la palabra judía para «día de reposo», con el día que le sigue llamado «el primero del día de reposo». La semana planetaria que conocemos se convirtió más tarde en estándar en todo el Imperio romano. Así, en Hechos 20:7, como también en las instrucciones de Pablo a las iglesias de Galacia y Corinto mencionadas en 1 Corintios 16:2, debemos recordar que todas estas iglesias estaban en territorio gentil, donde la «semana» no era una medida de tiempo estándar. Sin embargo, el apóstol de los gentiles evidentemente organizó estas iglesias de acuerdo con un ciclo de siete días, con énfasis en «el primero del día de reposo» en lugar del séptimo día que se llamaba «día de reposo». Aunque en 1 Corintios 16:2 no se menciona que la iglesia se reuniera en este día, sería muy extraño que Pablo especificara este día para apartar ofrendas para la iglesia de Jerusalén; a menos que en su vida en común como cristianos hubiera algo que señalara a este día en lugar de otro para tal demostración de «la comunión de los santos». No es que se les pagara semanalmente el «primero del día de reposo», pues el calendario semanal aún no se había generalizado.

Pablo ciertamente no sería de los que imponen una ceremonia puramente judía a las iglesias gentiles, por lo que el ciclo de siete días debe haber tenido una autoridad más duradera que las otras fiestas instituidas en el Sinaí (Lv 23). De hecho, Pablo reprocha a los gálatas por observar «los días, los meses, las estaciones y los años» (Gal 4:10) que, junto con la circuncisión, eran ceremonias judías que les habían impuesto los falsos maestros (5:2-6; ver Hch 15:1). Sin duda, una imposición similar está detrás de la advertencia de Pablo a los colosenses de no dejar que nadie los juzgue «con respecto a comida o bebida, o en cuanto a días de fiesta, o luna nueva, o día de reposo» (Col 2:16). Sin embargo, junto con estos fuertes rechazos de las ceremonias judías, Pablo instruye a los gálatas y a los corintios a «apartar algo y guardarlo» el «primer día de la semana» (1 Co 16:2). Claramente, algo más grande que Moisés estaba aquí. El día de reposo semanal de los judíos no era una ceremonia instituida por primera vez en el Sinaí. Era una ordenanza de Dios en la creación dada al principio del mundo para todas las personas (Gn 2:1-3). Nuestro Señor lo indicó cuando dijo: «El día de reposo se hizo para el hombre» (Mr 2:27). No era solo para el judío.

El día de reposo se perdió para el mundo en algún momento después de la caída, pero fue recuperado para Israel en el momento del éxodo (Ex 16) e incorporado en el pacto que Dios hizo con ellos en el Sinaí (20:8-11). De hecho, se convirtió en la señal de ese pacto, que debía ser observada a lo largo de sus generaciones, como un pacto para siempre (31:12-17). Se convirtió en un día de «santa convocación» (Lv 23:1-3) con sacrificios especiales designados para su celebración (Nm 28:1-10). Siempre en memoria de la creación de los cielos y la tierra por parte de Dios (Ex 20:8-1131:17Lv 24:8), Moisés también lo convirtió en un memorial de la redención de Israel de Egipto (Dt 5:12-15). El «reposo» era la idea principal conectada con su observancia, pero este reposo no consistía simplemente en dejar de trabajar. También era una convocatoria sagrada en la casa de Yahvé, el símbolo y el foco de Su presencia viva entre ellos, tanto en el tabernáculo (Ex 25:8) como en su sucesor, el templo (2 Cr 6:18). El día de reposo también apuntaba hacia adelante, al descanso eterno que llegaría en la consumación (Heb 3:7-4:10).

El Salmo 92 es «cántico para el día de reposo» y celebra la gran bendición que este día le ofrece al pueblo de Dios. Sus versos iniciales hablan de la bondad y la alegría de adorar en Su presencia (vv. 1-4), y sus versos finales hablan del florecimiento que llega a los que están así plantados en la casa y los atrios de nuestro Dios (vv. 12-15). El punto culminante de este canto tan equilibrado es el versículo 8: «Mas tú, oh SEÑOR, excelso eres eternamente». Es el único verso de una línea en el salmo, y se encuentra en el centro del mismo. Por encima y por debajo de este verso fundamental se ensayan el derrocamiento de los impíos (vv. 5-7) y la exaltación de los justos (vv. 9-11). El descanso y el culto del día de reposo ofrecen así un oasis para el pueblo de Dios, cansado y cargado, que vive en un mundo en el que los malvados a menudo prosperan y los justos a menudo sufren. El culto del día de reposo elimina la ilusión creada por este mundo caído y nos muestra que Dios está en lo alto para siempre, y por tanto el verdadero resultado de todas las cosas será tal y como Él ha prometido: el descanso eterno llegará al pueblo de Dios. El día de reposo anticipa así al reino consumado, trayendo al tiempo las bendiciones de la eternidad y bajando a la tierra las alegrías del cielo.

El Nuevo Testamento no suprime este medio de gracia señalado, sino que lo traslada a un nuevo día. Mientras que Pablo suprime con autoridad el deber del culto del séptimo día (Rom 14:1-6Gal 4:8-11Col 2:16-23), al mismo tiempo organiza a las iglesias en torno al «primero del día de reposo» (Hch 20:71 Co 16:2), que en la época del Apocalipsis de Juan se conocía como el Día del Señor. Al igual que el día de reposo que lo precedió en el Antiguo Testamento, es el día por encima de todos los días en que el pueblo de Dios del Nuevo Testamento se reúne en santa convocación, escuchando la lectura y exposición de la Palabra de Dios y partiendo el pan unos con otros (Hch 20:7). Es el día por encima de todos los días en que el Señor está presente con Su pueblo, de pie en medio de ellos, coronado sobre sus alabanzas (Sal 22:3), mientras cantan salmos, himnos y cánticos espirituales (Ef 5:19Col 3:16) y le ofrecen sus oraciones (1 Tim 2:1).

John Eliot (1604-90) fue un pastor puritano americano y misionero entre los nativos americanos. Eliot era un guardián diligente del Día del Señor como el día de reposo cristiano. En un sermón que escuchó Cotton Mather y del que tomó en notas, Eliot predicó que aquellos que eran celosos y guardaban el Día del Señor pasarían así una séptima parte de su vida terrenal en el cielo. Mientras vivieran en la tierra, no serían extraños al cielo, y cuando murieran el cielo no sería un lugar extraño para ellos. No, de hecho, porque habrán estado allí mil veces antes.

El apóstol Juan estaba en el Espíritu en el Día del Señor cuando vio al Señor de pie en medio de sus iglesias, de nuevo hablando palabras de esperanza y seguridad. El Señor Jesús todavía se revela a Sus iglesias cuando se reúnen para adorarle en espíritu y en verdad. El Día del Señor ha sido designado especialmente para este propósito y es rico en bendiciones. Como observó el puritano David Clarkson: «De modo que la presencia de Dios, que disfrutada en privado no es más que un arroyo, en público se convierte en un río que alegra la ciudad de Dios».


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Mark E. Ross
Mark E. Ross

El Dr. Mark E. Ross es profesor de teología sistemática en el Erskine Theological Seminary en Columbia, S.C. Es autor de Let’s Study Matthew.

10 –  «La unción del Espíritu»

IGLESIA BAUTISTA CASTELLANA

Serie: Hablando del Espíritu Santo

10 –  «La unción del Espíritu»

Edgardo Piesco

Bienvenido a Iglesia Bautista Castellana. Mi nombre es Edgardo Piesco, actual pastor de la Iglesia Bautista Castellana y me siento muy honrado con su visita.

En cuanto a nuestra identidad, somos la primera iglesia evangélica establecida en Canadá contando con, 50 años de vida en el servicio a nuestra comunidad hispano-parlante. Nuestra congregación está constituida por inmigrantes provenientes de toda Latinoamérica. Oficiamos servicios en español y otros especiales en inglés para los jóvenes que dominan éste, como primera lengua. Nuestro objetivo primordial es hacer conocer el evangelio a nuestra comunidad en una actitud seria y de respeto por la dignidad humana.

Esta congregación se ha mantenido en una tradición de trabajo honesto, íntegro y procurando asistir a la sociedad. Nuestro enfoque es estrictamente bíblico; la predicación, expositiva; el objetivo de dicha predicación y enseñanza es que el pueblo conozca la Palabra de Dios sin especulaciones y/o manipulación de la misma, para la salvación del alma. Nuestra congregación promueve un ambiente familiar, proveyendo un equipo ministerial de ayudantes y colaboradores debidamente equipados para hacer placentera su visita a nuestros servicios.

Esperamos que disfrute su tiempo en nuestro medio, y que tengamos pronto el gran privilegio de gozarnos con su visita y cordial compañía. Hasta entonces, que la gracia y la paz de Dios y Su Hijo Jesucristo sea con usted y todos los suyos.

Afectuosamente,
Pastor Edgardo Piesco

49 – Una vida impulsada por el evangelio | Romanos 15:22-29

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Serie: Romanos

49 – Una vida impulsada por el evangelio | Romanos 15:22-29

Ps. Sugel Michelén

El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/

Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI) para América Latina. El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.

http://www.ibsj.org

39. Miguel Nuñez ¿Cuál es el Estados Unidos que la administración de Obama dejó?

No es tan simple como parece

39. Miguel Nuñez ¿Cuál es el Estados Unidos que la administración de Obama dejó?

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

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