Consuelo para corazones atribulados – Juan 14:1-14
Sugel Michelén
Sugel Michelén
El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/
Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI) para América Latina. El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.
Mira nuestro video de Lee la Biblia sobre el libro de Ester, que analiza el diseño literario del libro y su flujo de pensamiento. En Ester, Dios providencialmente usa a dos israelitas exiliados para rescatar a su pueblo de una destrucción segura, sin hacer ninguna mención explícita sobre Dios o su actividad.
En 1170, Valdo era un comerciante muy rico y bien conocido en la ciudad de Lyon. Tenía una esposa, dos hijas y muchas propiedades. Pero algo sucedió: algunos dicen que presenció la muerte repentina de un amigo, otros dicen que escuchó una canción espiritual de un juglar itinerante. Lo cierto es que Valdo se sintió profundamente preocupado por su estado espiritual. Esto lo condujo a una crisis por saber cómo podría salvarse.
Su primera decisión fue empezar a leer la Biblia. Pero como solo existía la Vulgata Latina en ese momento y su conocimiento del latín era precario, contrató a dos eruditos para que la tradujeran a su idioma y así poder estudiar el texto sagrado él mismo.
Luego, buscó el consejo espiritual de un sacerdote, quien le enseñó la historia del joven rico en los Evangelios y citó a Jesús: “Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.” (Lucas 18:22).
Las palabras de Jesús en el evangelio traspasaron el corazón de Valdo. Al igual que el joven rico, Valdo se dio cuenta en ese instante de que había estado sirviendo al dinero, no a Dios. Pero a diferencia del joven rico que se alejó de Jesús, Valdo se arrepintió e hizo exactamente lo que Jesús dijo: entregó todo lo que tenía a los pobres.
Después de hacer las provisiones adecuadas para su esposa e hijas, Valdo decidió vivir una vida alejada de las riquezas e invirtió todo su dinero en la labor evangelística, viviendo en completa dependencia de Dios.
Valdo inmediatamente comenzó a predicar desde su Biblia en las calles de Lyon, especialmente a las personas pobres.
Muchos lo siguieron, y para el año 1175 un grupo considerable de hombres y mujeres se habían convertido en discípulos de Valdo. Ellos también renunciaron a sus posesiones y se dedicaron a predicar.
La gente comenzó a llamar a los seguidores de Valdo «los pobres de Lyon». Más tarde, a medida que el grupo se convirtió en un movimiento y se extendió por toda Francia y otras partes de Europa, se les conoció como «valdenses».
Cuanto más Valdo estudiaba las Escrituras, más se preocupaba por ciertas doctrinas, prácticas y estructuras del gobierno de la Iglesia de Roma, sin mencionar su riqueza, que se contraponía con la visión y la experiencia de lo que significaba ser cristiano para Valdo.
Pero Pedro Valdo no se quedó callado, sino que se pronunció valientemente contra estas cosas.
Sin embargo, este tipo de posiciones incomodaban a la Iglesia, así que Roma prohibió oficialmente la predicación laica, y Valdo y su grupo atrajeron imediatamente la oposición de los líderes de la iglesia.
El arzobispo de Lyon se sintió particularmente molesto por este movimiento de reforma autodidacta y sin educación y movió sus influencia para neutralizarlo. Pero en el año 1179, Valdo apeló directamente al Papa Alejandro III (1105-1181) y recibió su aprobación. El Papa le otorgó un voto de pobreza. Sin embargo, solo cinco años después, un nuevo papa, Lucio III (1097-1185), se puso del lado del arzobispo.
En 1183, Valdo y sus seguidores fueron excomulgados por violar la prohibición de la predicación y fueron expulsados de la ciudad. Fueron condenados formalmente en un consejo eclesiástico en el año 1184 junto con otros presuntos herejes, incluidos los cátaros, contra quien Valdo había predicado anteriormente.
Si la Iglesia de Roma no hubiese expulsado a Valdo, tal vez el movimiento se hubiera convertido en una comunidad religiosa más, de las decenas que existían ya dentro de la Iglesia.
Realmente Valdo nunca tuvo la intención de separarse de Roma, y mantuvo numerosas doctrinas católicas tradicionales. Pero después de la excomunión, y continuando más allá de la muerte de Valdo, hacia el año 1205, las convicciones separatistas de los valdenses aumentaron y se solidificaron.
Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.
Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.
Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.
Nota del editor: Este es el tercero de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.
Los detalles e implicaciones del pacto de Dios con Abraham son de gran alcance. Tres promesas aunque distintas, pero relacionadas, están en el corazón de esta entrega del pacto de gracia: una simiente, una tierra y una bendición universal. Cada una de ellas halla su significado final en el Señor Jesucristo. No es sorprendente que Jesús declarara que Abraham se regocijó al ver Su día (Jn 8:56).
La promesa de una descendencia o simiente es el punto central de la promesa de Dios a Abraham, tal como lo fue en la promesa hecha a Adán y Eva y como sería hecha, años más tarde, a David. La promesa de una simiente justa es el hilo que conecta cada promesa pactual. Es cierto que identificar la simiente puede ser complicado porque a veces se refiere a varias personas y a veces a una sola. Primero, la simiente de Abraham fue física. Dios prometió que Abraham sería padre de muchas naciones (Gn 17:5). Hubo naciones que surgieron de su descendencia con Agar y Cetura, pero la simiente de la promesa fue Isaac, el hijo de Sara. De Isaac vino Jacob y luego la nación de Israel. El desarrollo de esta simiente física fue esencial para la venida de Cristo, porque Él estaba en el linaje de Abraham. Fue de Israel que Cristo vino “según la carne” (Rom 9:4-5). Tenía que haber una simiente física si iba a haber un Cristo de Dios. Por lo que Israel, la simiente física y particular de Abraham, fue el medio para el cumplimiento mesiánico de la promesa de Dios.
El linaje de Abraham fue escogido para la identidad física del Mesías, pero todas las naciones de la tierra se benefician del Mesías.
Segundo, la simiente fue y es espiritual. Que Dios prometa una simiente más numerosa que las estrellas del cielo o la arena del mar va más allá de los descendientes físicos de Abraham. Jesús dejó claro que era posible ser descendiente físico de Abraham sin ser descendiente espiritual (Jn 8:39). De manera similar, Pablo dijo que no todo Israel es Israel (Rom 9:6-8). Los verdaderos hijos de Abraham son aquellos que tienen fe (Gál 3:7). La nacionalidad es irrelevante: pertenecer a Cristo es ser la verdadera descendencia de Abraham y herederos de la promesa (Gal 3:29).
En tercer lugar, y lo más importante, la simiente final o ideal es Cristo mismo. Aunque la palabra traducida como “descendencia” o “simiente” puede referirse tanto a varias personas como a un individuo, la forma es gramaticalmente singular. Pablo se enfoca en esa gramática cuando da su interpretación inspirada y mesiánica de la promesa abrahámica: “No dice: y a las descendencias, como refiriéndose a muchas, sino más bien a una: y a tu descendencia, es decir, Cristo” (Gal 3:16). Por una buena razón, el Nuevo Testamento comienza identificando a Jesús como el hijo de David y como el hijo de Abraham (Mt 1:1).
La promesa de la tierra fue también un componente clave en la promesa abrahámica Que es tanto físico como espiritual. La tierra se refería a un territorio geográfico real. Sin embargo, la tierra transmitió un mensaje espiritual más allá de la geografía y las fronteras. Fue un símbolo o un ejemplo perfecto del deleite del descanso en la presencia de Dios y en comunión con Él. Es este sentido simbólico el que apunta a Jesús como el dador del descanso espiritual que nos reconcilia con Dios (Mt 11:28; Col 1:22). Así como hubo un “Jesús” del Antiguo Testamento (Josué) para lograr el descanso físico en la tierra (Heb 4), así está el Jesús ideal que guía a Su pueblo de todas las edades y lugares al descanso prometido. Incluso el “polvo” de la tierra prometida apuntaba a la perspectiva del descanso espiritual posible solamente a través de la simiente ideal de Abraham. El lenguaje de nuestro texto de que la simiente “poseerá la puerta de sus enemigos” simplemente significa que las defensas de los enemigos no pueden oponerse al avance de la simiente. En el lenguaje del Nuevo Testamento, Cristo dijo que Él edificará Su iglesia y que ni siquiera las puertas del infierno podrán prevalecer contra el avance de la simiente.
Que Dios bendijera a Abraham, e hiciera su simiente una bendición para el mundo entero, enfoca la atención de la promesa directamente en Cristo. Lo único acerca de los descendientes de Abraham que puede ser interpretado de alguna manera como una bendición para todo el mundo es Jesús, la simiente final de la promesa. Pablo dio una interpretación inspirada de esta bendición abrahámica cuando dijo que Cristo se convirtió en maldición al colgar del madero a fin de que “en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles” (Gál 3:13-14). Esto resalta un tema mesiánico clave a lo largo del Antiguo Testamento: la promesa del Mesías nunca fue una promesa exclusivamente judía. La única pretensión que la simiente física de Abraham tuvo sobre Cristo fue que Él vino al mundo físicamente a través de ellos (Rom 9:4-5). El linaje de Abraham fue escogido para la identidad física del Mesías, pero todas las naciones de la tierra se benefician del Mesías. El pacto con Abraham nos da una mejor compresión sobre la identidad de la Simiente prometida mientras que al mismo tiempo mantiene el carácter inclusivo del propósito de gracia de Dios para “todas las familias de la tierra” (Gn 12:1-3).
El Dr. Michael P.V. Barrett es vicepresidente de asuntos académicos, decano académico y profesor de Antiguo Testamento en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan. Es autor de varios libros, incluyendo Beginning with Moses: A Guide to Finding Christ in the Old Testament [Empezando con Moisés: Una guía para encontrar a Cristo en el Antiguo Testamento]..
Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)
David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.
Nota del editor: Este es el segundo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido
La maldición sobre la serpiente en Génesis 3:14-15 prepara el escenario para el curso posterior de la historia redentora. Las alusiones obvias del Nuevo Testamento a este pasaje ocurren en lugares como Lucas 10:19, Romanos 16:20 y Apocalipsis 12:17. Sin embargo, a partir de este punto en el libro de Génesis, el tema de la “enemistad entre las descendencia/simientes” caracteriza la narrativa bíblica. Este pasaje se cumple finalmente en Jesucristo, la consumada “simiente de la mujer” que aplasta la cabeza de la serpiente. En los tres discursos de maldición dados en Génesis 3:14-19, se bosqueja la trama de la historia.
La intensidad de estos discursos se puede rastrear de la siguiente manera. En su punto máximo, una maldición le es dada directamente a la serpiente: “Maldita serás” (v. 14). Con Adán, hay una leve mitigación: la tierra es maldita por causa de él, pero él no es maldecido directamente como lo fue la serpiente (v. 17). Finalmente, con Eva, la palabra maldición ni siquiera es usada.
La maldición de la serpiente culmina en el versículo 15: “Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente ; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar”. Eva no murió el mismo día que comió del árbol (ver 2:17); ella vivió lo suficiente como para tener hijos. El dolor en el parto fue multiplicado, pero el parto ocurrió de todos modos (3:16). Adán nombró a Eva apropiadamente: “El hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes” (v. 20). A través de Eva vendría la vida.
Qué consuelo saber que en Cristo Dios nos ha reconciliado Consigo mismo.
A partir de este momento, Génesis presenta dos líneas de simientes librando una guerra santa. Cuando Eva dio a luz a Caín, su confianza en la promesa de Dios era fuerte: “He adquirido varón con la ayuda del Señor” (4:1). Y sin embargo, este hombre, Caín, era en realidad del maligno (1 Jn 3:12) y mató a su justo hermano Abel. Caín demostró ser de la línea de la serpiente, que inicialmente parecía ganar ventaja. El juicio de Dios sobre Caín aludió a las maldiciones en Génesis 3: “Ahora pues, maldito eres de la tierra” (4:11). Caín fue como su padre biológico Adán, al ser maldito de la tierra, pero también fue como su padre espiritual, el diablo, en el sentido de que él mismo recibió la maldición: “Maldito eres de la tierra” (v. 11, énfasis agregado).
Lo que vemos a continuación es el contraste entre lo que podríamos llamar dos “patriarcas” de simientes diferentes. Caín fue la cabeza de la línea de la serpiente, y Set de la línea de la promesa.
Caín procedió a construir un imperio malvado. Aunque Adán y Eva fueron enviados al este del Edén, Caín voluntariamente se alejó aún más al este de la presencia de Dios. Construyó una ciudad, tuvo un hijo, Enoc, y nombró a la ciudad (literalmente “la llamó”) en su honor. (Nota que la próxima vez que leamos de alguien construyendo una ciudad, es otra ciudad serpentina en el este, Babel [Gn 11]). A pesar de los logros culturales de la línea de Caín (4:18-24), vemos que esta culmina en el nacimiento de Lamec, la séptima generación. Dios prometió vengarse siete veces en Génesis 4:15 de cualquiera que matara a Caín, pero Lamec actuó como si fuera más grande que Dios, capaz de imponer una venganza setenta veces. ¿Había la simiente serpentina de Caín planteado un verdadero desafío a la promesa de Dios?
En Génesis 4:25, leemos de la línea de la promesa. Eva dio a luz un reemplazo del justo Abel, Set. Con el hijo de Set, hay un interés continuo en los nombres de las personas: “A Set le nació también un hijo y le puso por nombre Enós. Por ese tiempo comenzaron los hombres a invocar el nombre del Señor” (v. 26). La línea de Set culmina en el nacimiento de un mejor Enoc que el Enoc cainita. Este Enoc era la séptima generación de Set, pero era lo opuesto a la séptima generación cainita, Lamec. Cuando Lamec se jactó de ser más grande que Dios, Enoc caminó con Dios (5:22) y no probó la muerte (v. 24; Heb 11:5). Luego vino un Lamec mejor y diferente, un setita que engendró un hijo, Noé (Gn 5:28-29). Sobre el nacimiento de Noé, Lamec dijo: “Este nos dará descanso de nuestra labor y del trabajo de nuestras manos, por causa de la tierra que el Señor ha maldecido”. Noé era un tipo de Cristo, siendo un hombre justo entre un pueblo adúltero. Su línea fue salvada, pero la línea de la serpiente pereció en su mayoría.
Sin embargo, el diluvio, no fue el golpe final de la cabeza de la serpiente. El hijo de Noé, Cam, continuaría con la línea de la serpiente. No obstante, vendría el día en que llegaría la simiente prometida, Cristo mismo (Gál 3:16). Esta simiente le daría el golpe definitivo a la serpiente. En la nueva creación, no quedará ningún Cam para liderar una nueva resistencia. Génesis 3:14-15 contiene la línea de la historia redentora de toda la Biblia, prometiendo que aunque la guerra santa se librará entre las dos líneas, Dios proveerá salvación, completa y final, en la obra de Cristo. Qué consuelo saber que en Cristo Dios nos ha reconciliado Consigo mismo.
El reverendo R. Andrew Compton es profesor asistente de estudios del Antiguo Testamento y director del programa de maestría en estudios teológicos en el Mid-America Reformed Seminary y pastor asociado de la Redeemer United Reformed Church en Dyer, Indiana.
El Dr. Adrián Rogers es un predicador, evangelista y maestro de Biblia. Presenta las Buenas Nuevas de Jesucristo con firme convicción a través de su ministerio de radio y televisión, EL AMOR QUE VALE.
Nota del editor: Este es el capítulo 14 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.
A la mayoría de nosotros nos han pedido que oremos por algo. Recientemente, le dije a una amiga que oraría por su esposo, quien está sirviendo en el ejército en el extranjero, para que Dios le permita volver a casa a salvo. Al hacerlo, seguramente estaría repitiendo la misma oración de mi amiga. ¿Por qué molestarse? ¿No escuchó Dios las oraciones de mi amiga? ¿Por qué necesitaría Dios escuchar lo mismo de mi parte?
Quizás lo hacemos porque pensamos que si Dios escucha la misma oración de parte de dos personas, será más probable que la responda. Según ese razonamiento, sería tremendo si pudiéramos encontrar aún más personas para que oren. Pero sabemos que algo en este razonamiento suena mal, y es que insinúa que podemos conformar la voluntad de Dios a la nuestra, solo tenemos que conseguir suficientes personas para que oren. Sin embargo, sabemos que Dios no obra de esta manera. Su voluntad no cambia porque haya muchas personas orando. Dios hace lo que a Él le agrada, y nuestro llamado es conformarnos a Su voluntad, no viceversa (Sal 135:6; Mt 6:10).
Orar con otros agrada a Dios, le glorifica y es parte de lo que nos transforma a la imagen de Cristo.
Entonces, ¿por qué orar? Bueno, paradójicamente, la voluntad de Dios es que oremos los unos por los otros y en todo momento (Ef 6:18; 1 Tes 5:16-18; Stg 5:16). Vemos ejemplos de este tipo de oración en la vida de Jesús y en las vidas de los apóstoles (Jn 17; Col 1:9). Los mandatos son sencillos: ora, continúa orando y ora por los demás.
Debemos orar no solo porque es la voluntad de Dios, por supuesto, sino también porque Dios quiere dar a conocer Su nombre en nuestras vidas (Sal 46:10). Una de las maneras en que Él logra esto es a través de la oración. Por ejemplo, cuando la Iglesia en Hechos oró para que Pedro fuese liberado de la cárcel, él fue milagrosamente liberado por un ángel (Hch 12:1-17). ¿Había Dios determinado liberar a Pedro desde antes que orara Su pueblo? Sí. ¿Respondió Dios sus oraciones? Sí. ¿Fue su fe fortalecida, sus vidas bendecidas, y el nombre de Dios glorificado? Si. Nuestro Dios es soberano sobre todo y conoce nuestras peticiones incluso antes de que haya palabra en nuestra boca (Sal 139; Mt 6:8). Aun así, Dios decide responder las oraciones de Su pueblo. Es la manera en que Dios ha establecido el universo. Cuando Su pueblo ora, Él escucha. Dios responde a Su tiempo y a Su manera. Pedro ciertamente no esperaba a un ángel. Independientemente de lo que Dios decida hacer, confiamos en Él y le damos gloria.
Así que ¿es de ayuda compartir mis peticiones con otros? No, eso no ayuda a alterar la voluntad de Dios, pero sí, sí ayuda. Ayuda porque Dios decide escuchar y actuar según las oraciones de Su pueblo cuando ellos oran juntos según Su voluntad y en Su Espíritu. El Espíritu, claro está, intercede por nosotros, conociendo la voluntad de Dios a la perfección (Rom 8:27). Orar con otros agrada a Dios, le glorifica y es parte de lo que nos transforma a la imagen de Cristo. Después de todo, Jesús oró por Sí mismo y por otros. Nosotros debemos ir y hacer lo mismo.
7 – El sufrimiento como bendición de Dios 2da parte
Héctor Salcedo
Héctor Salcedo sirve como pastor ejecutivo de la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana, y dirige el ministerio a jóvenes adultos. Tiene una maestría en Estudios Bíblicos del Instituto Bíblico Moody en Chicago. Está casado con Chárbela El Hage, y tienen dos hijos, Elías y Daniel.