Las Doctrinas de la Gracia: Controversia y objeciones
Sugel Michelén
El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/
Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI) para América Latina. El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.
Mira nuestro video de Lee la Biblia sobre el libro de Eclesiastés, que analiza el diseño literario del libro y su flujo de pensamiento. Este libro nos obliga a enfrentar la muerte y el azar y los desafíos que estas le plantean a una manera ingenua de creer en la bondad de Dios.
El pre-reformador QUEMADO por oponerse a la inmoralidad de la iglesia
Hus nació de padres campesinos en el sur de la actual República Checa. Para escapar de la pobreza, Huss se preparó para el sacerdocio.
Obtuvo una licenciatura, una maestría y finalmente un doctorado. Fue ordenado en 1401 y se convirtió en predicador de la Capilla de Belén de Praga, la iglesia más popular en una de las ciudades más grandes de Europa.
Hus pasó gran parte de su tiempo sirviendo en la academia como decano de la facultad de filosófica en Praga.
Hus vivió en una época en que la inmoralidad infectó el sacerdocio de la Iglesia católica. Pronto comenzó a predicar «sermones violentos» contra la corrupción del clero hasta que lo denunciaron al arzobispo y le prohibieron predicar. Mientras Huss leía las Escrituras y observaba a los papas de su época abusar de su poder, concluyó que la autoridad papal no era la máxima.
Jan Hus argumentó firmemente contra las indulgencias, abogó por que tanto el pan como el vino se sirvieran en la comunión, y predicó en el idioma de las personas en oposición al latín con el que se predicaba entonces.
Mientras tanto, la situación se complicó con la política europea, que vio a dos papas compitiendo para gobernar a toda la cristiandad.
Un consejo de la iglesia fue convocado en Pisa en 1409 para resolver el asunto. El consejo derrocó a ambos papas y eligió a Alejandro V (1339-1410) como el pontífice legítimo. Alejandro pronto fue «persuadido», es decir, sobornado, para aliarse con las autoridades de la iglesia Bohemia contra Huss. Huss tenía prohibido predicar, pero solo en papel, con el apoyo de los bohemios locales, Huss continuó predicando y ministrando en la Capilla de Belén.
Cuando el sucesor del papa Alejandro V autorizó la venta de indulgencias para recaudar fondos para su cruzada contra uno de sus rivales, Huss se enojó y se volvió aún más inflexible.
El Papa actuaba por mero interés propio, y Huss ya no podía justificar la autoridad moral del Papa. Se apoyó aún más en la Biblia, que proclamó como la autoridad final para la iglesia. Hus argumentó además que el pueblo checo estaba siendo explotado por las indulgencias del papa. Sus opiniones fueron consideradas como un ataque contra el rey de Bohemia, quien obtuvo una parte de los beneficios del dinero recaudado con la venta de indulgencias.
Con eso Hus perdió el apoyo de su rey. Su excomunión, que había sido abandonada tácitamente, ahora fue revivida, y se impuso un interdicto a la ciudad de Praga, mediante el cual ningún ciudadano podía recibir la Comunión ni ser sepultado en los terrenos de la iglesia mientras Huss continuara su ministerio. Para salvar a la ciudad, Huss se retiró al campo hacia fines de 1412, donde pasó los siguientes dos años en una actividad literaria intensa, escribiendo varios tratados.
En noviembre de 1414, el Concilio de Constanza se reunió, y el emperador instó a Hus a venir y dar cuenta de su doctrina. Debido a que se le prometió seguridad y a la importancia del consejo, que prometía reformas importantes a la iglesia, Huss decidió asistir. Sin embargo, cuando llegó, fue arrestado de inmediato y permaneció encarcelado durante seis meses.
En lugar de una audiencia, a Hus finalmente se lo llevaron ante las autoridades encadenado y se le pidió simplemente que se retractara de sus opiniones.
En julio de 1415, lo desnudaron, lo adornaron con un sombrero de burro pintado con demonios y etiquetado como «archi-hereje», todo mientras oraba por sus enemigos.
Luego lo llevaron junto a una pila en llamas de sus libros y lo encadenaron a una estaca. En respuesta a estar encadenado.
Sus verdugos recogieron sus cenizas y las arrojaron a un lago para que no quedara nada de sus restos, pero algunos checos recolectaron trozos de tierra del suelo donde Hus había muerto y los llevaron de regreso a Bohemia como monumento conmemorativo.
Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.
Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.
Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.
Nota del editor: Este es el capítulo 12 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.
La duración de las oraciones es un tema interesante, pero es más interesante que relevante. Me imagino que muchas personas han luchado con la duración de sus oraciones y han llegado a pensar: “¿Oré lo suficiente?” y “¿Estuvo Dios complacido con la cantidad de tiempo que pasé orando esta mañana?”. Estas preguntas son el producto de un enfoque metodológico pietista u orientado a las obras de la vida cristiana. Combina el pietismo con nuestro celo por la idea de que “mientras más grande, mejor”, y los cristianos terminan pensando cuantitativamente en vez de pensar cualitativamente acerca de la oración. Comenzamos a pensar más en nosotros mismos que en el Dios trino a quien oramos.
En la Biblia abundan los ejemplos de oraciones cortas.
¿Nos ofrece la Biblia ayuda para la disciplina de la oración? Claro que sí. Pero en ninguna parte la Biblia dice: “Orarás en intervalos de ______”. Encontramos a diversos personajes bíblicos orando a todas horas del día, pero poco se especifica sobre la duración. David oró en la noche (Sal 42:8), como también lo hizo nuestro Salvador (Mr 14:32). Nuestro Señor Jesús también oró temprano en la mañana (Mr 1:35). Las oraciones de Pablo parecen ser esporádicas, elevadas cuando era impulsado a alabar y cuando las necesidades se hacían evidentes.
No obstante, es instructivo notar la longitud de las oraciones registradas en las Escrituras. Comencemos con la oración modelo de nuestro Señor (Mt 6:8-13); ahí encontramos brevedad. Aun si fuera un “esquema de oración” para ser rellenado, yo te recordaría que nuestro Señor introdujo estos pocos versículos con las siguientes palabras: “Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido” (Mt 6:7). Aquí Él enfatiza la calidad por encima de la cantidad (repetición). En la Biblia abundan los ejemplos de oraciones cortas. Moisés clamó al Señor por misericordia en un momento crucial, y su oración ocupa cuatro versículos (Dt 9:26-29). Elías oró para defender el honor de Dios en dos versículos (1 Re 18:36-37). La oración más crítica de Nehemías tomó siete versículos enormes (Neh 1:5-11). Todas las oraciones registradas de Pablo son cortas (por ejemplo, Flp 1:9-11; Col 1:9-12). Incluso la oración de nuestro Señor como Sumo Sacerdote registrada en Juan 17 es corta. Léela en voz alta en algún momento y cronométralo, probablemente toma unos tres minutos.
Sí, a veces nos encontramos pasando un tiempo extendido en oración, pero la duración no es lo más importante. La clave está en orar la Biblia. Una guía útil para esto se encuentra en el Catecismo Menor de Westminster 98-107. Usemos las palabras de Dios y “[oremos] sin cesar” (1 Tes 5:17). Es decir, siempre que veamos algo digno de alabanza en la vida cotidiana, alabemos a Dios. Siempre que recordemos algo digno de agradecimiento durante el día, démosle gracias. Tan pronto veamos a un pecador, pidamos a Dios por éste. Siempre que seamos tentados, clamemos a Él. Esas oraciones serán cortas pero eficaces si oramos con fe (Mt 21:22). Aquí va una mejor respuesta a la pregunta “¿Por cuánto tiempo debo orar?”: hasta que mueras.
El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.
Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)
David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.
Nota del editor: Este es el décimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.
Durante unos pocos meses gloriosos al final del 2011, casi nunca me quejé. Había tenido que pasar por varios meses de tratamiento por un cáncer poco común y me acababan de declarar libre de cáncer. No sabía cuántos días saludables tendría con mi familia joven antes de que el cáncer regresara, y estaba determinada a sacarle la mayor cantidad de gozo posible a cada día.
Para ponerlo de forma llana, dejé de quejarme al darme cuenta de que, estadísticamente hablando, debí haber estado muerta. Se me había concedido el don de la vida, y mi gratitud se desbordaba.
Pero no me tomó mucho tiempo olvidar lo que se me había concedido. Caí nuevamente en mis viejos hábitos de murmuración, tal como los israelitas que se maravillaron del poder de Dios en el mar Rojo pero no confiaron en que Él les proveería agua potable (Éx 14-15). Aunque yo había experimentado la fidelidad del Señor a través de las aguas profundas del sufrimiento, olvidaba Su bondad en los charcos más pequeños de mi día, tales como un clima sombrío o una fila lenta en la cafetería.
La gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración.
Al enfrentarnos a las frustraciones y los inconvenientes menores de la vida diaria, tenemos que tomar una decisión: agradecer o murmurar. A medida que nos esforzamos por agradecer, necesitamos reconocer la pecaminosidad de nuestra murmuración, examinar las actitudes del corazón que yacen detrás de ella y descubrir su remedio en el Evangelio.
El pecado de la murmuración
Podríamos irritarnos ante la idea de que nuestra queja es pecaminosa. Pero en Filipenses 2:14, Pablo nos amonesta: “Haced todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones”. En contraste, nos exhorta a “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). En Números 14, Dios describe a los israelitas quejosos como una “congregación malvada” y les niega la entrada a la tierra prometida (vv. 26-30). La Escritura muestra claramente que Dios ve nuestra murmuración respecto a nuestras circunstancias como quejas pecaminosas contra Él.
La murmuración y la gratitud no pueden coexistir. Cuando decidimos murmurar, pecamos contra Dios. Cuando decidimos ser agradecidos, obedecemos a Dios y le glorificamos a medida que brillamos como luces ante el mundo que nos rodea (Flp 2:15).
La raíz de la murmuración
Algunas veces nuestras quejas surgen de un deseo de justicia o de un compromiso con el bienestar de otros. En Hechos 6, la Iglesia trajo de manera apropiada una queja a favor de las viudas que no estaban siendo atendidas. Cuando experimentamos o somos testigos de actos de injusticia o de abuso, necesitamos llevar esas quejas a las autoridades apropiadas.
Pero la mayoría de nuestras quejas están enraizadas en nuestro propio pecado más que en nuestra propia preocupación por otros. Nuestras murmuraciones centradas en nosotros mismos provienen de la ingratitud, el orgullo y la incredulidad. En nuestra ingratitud, fallamos en darle gracias a Dios por todas Sus buenas dádivas. Nos enfocamos en lo que nos hace falta en vez de regocijarnos en lo que Dios ha provisto. En nuestro orgullo, pensamos que sabemos lo que es mejor para nosotros. En vez de confiar en los planes de Dios, queremos las cosas a nuestra manera. En nuestra incredulidad, no confiamos en que Dios nos dará lo que necesitamos. Le decimos a Dios: “Lo que has hecho no está bien. Lo que nos has dado no es suficiente”. Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para arrancar esta maleza de nuestros corazones murmuradores, y en cambio crecer en gratitud, humildad y dependencia del Señor.
El remedio para la murmuración
El remedio para nuestras quejas es recordar el Evangelio. En esos días sin quejas del 2011, era profundamente consciente de que había sido librada de la enfermedad y de la muerte, y de cómo se me había concedido la salud y la vida. Ver la bondad y la fidelidad de Dios era fácil.
Pero algunas veces, nuestras desafiantes circunstancias opacan las buenas dádivas de Dios. Nos cuesta dar gracias cuando abundan las razones para la murmuración. En esos días, necesitamos cultivar la gratitud del Evangelio. Cuando consideramos lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, tenemos razones interminables para intercambiar nuestras protestas por alabanza.
Hermanos y hermanas en Cristo, ustedes han sido rescatados de la muerte y se les ha dado una vida nueva. Cristo “nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales” (Ef 1:3). Todas las circunstancias de sus vidas son ordenadas por nuestro Padre bueno, fiel y sabio. Cuando enfrenten luchas terrenales, pueden regocijarse en sus riquezas eternas en Cristo.
Ya sea que estemos frustrados a causa de un compañero de trabajo que no coopera o por niños que no obedecen; ya sea que nuestro día sea interrumpido por un pequeño inconveniente o por una gran decepción, esta verdad permanece: la gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración. Cuando hacemos todas las cosas sin quejarnos, le damos gloria a Aquel que nos da un sinfín de razones para alabarle.
Marissa Henley es autora de Loving Your Friend through Cancer: Moving beyond «I’m Sorry» to Meaningful Support [Amando a tu amigo en medio de su cáncer: Yendo más allá de “Lo Siento” para dar un apoyo significativo].
El Dr. Adrián Rogers es un predicador, evangelista y maestro de Biblia. Presenta las Buenas Nuevas de Jesucristo con firme convicción a través de su ministerio de radio y televisión, EL AMOR QUE VALE.