No estoy seguro de si usted ha notado, como yo, lo difícil que es para los creyentes en televisión o ante el público decir el nombre Jesús. Incluso líderes evangélicos bien conocidos evitan ese nombre al hablarle a un público numeroso, y evitan mencionar “cruz”, “pecado”, “infierno” y otros términos fundamentales de la fe. Hablan mucho de la fe de una manera general y poco comprometedora, pero esquivan cualquier afirmación que les exija adoptar una posición.
En los días que siguieron al ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, muchos estadounidenses instintivamente buscaron valor y solaz en Cristo. Pero incluso en ese entonces, en un servicio en la Catedral Nacional de Washington, D.C, que se transmitió en vivo a todo el mundo, un ministro cristiano elevó una oración en el nombre de Jesús, pero “respetando a todas las religiones”. ¿A todas las religiones? ¿A los druidas? ¿A los que adoran a los gatos? ¿A las brujas? Un ministro cristiano de una iglesia cristiana no debe sentirse obligado a condicionar ni a pedir disculpas por orar al único Salvador verdadero.
Pablo dio una afirmación impresionante en Romanos 1:16-17:
“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”.
¿Por qué dijo Pablo: “No me avergüenzo del evangelio?” ¿Quién se va a avergonzar de noticias buenas como estas? Si alguien encuentra la cura para el SIDA, ¿lo abrumaría la vergüenza como para no proclamarla? Si alguien descubriera una cura para el cáncer, ¿sentiría tan terrible vergüenza como para no poder abrir la boca? ¿Por qué es tan difícil mencionar la cruz?
Aunque el mensaje de salvación que Pablo proclamaba era el mensaje más maravilloso e importante de la historia, el público y las autoridades lo habían tratado de manera humillante por predicarlo vez tras vez. Ya por aquel entonces en su ministerio, lo habían apresado en Filipos (Hechos 16:23-24), lo habían obligado a salir corriendo de Tesalónica (Hechos 17:10), lo habían hecho escabullirse de Berea (Hechos 17:14), se habían reído de él en Atenas (Hechos 17:32), lo habían tildado de loco en Corinto (1 Corintios 1:18, 23) y lo habían apedreado en Galacia (Hechos 14:19). Tenía muchas razones para avergonzarse, pero su entusiasmo por el evangelio no disminuía. Jamás, ni por un momento, consideró diluirlo para hacerlo más atractivo al público.
En algún momento u otro de nuestra vida como creyentes, todos hemos sentido vergüenza y hemos mantenido nuestra boca cerrada cuando debimos haberla abierto. O, llegada la oportunidad, nos hemos escondido detrás de algún mensaje inocuo tipo “Jesús te ama y quiere que seas feliz”. Si usted nunca se ha sentido avergonzado por proclamar el evangelio, probablemente nunca lo ha proclamado claramente, en su totalidad, tal como Jesús lo proclamó.
¿Por qué no puede el creyente ejecutivo de negocios testificar ante su junta administrativa? ¿Por qué el catedrático universitario creyente no puede pararse ante la facultad entera y proclamar el evangelio? Todos queremos que nos acepten, y sabemos, como Pablo lo descubrió tantas veces, que tenemos un mensaje que el mundo rechazará; y que mientras más nos aferremos a ese mensaje, más hostil se volverá el mundo. Así es como empezamos a sentir vergüenza. Pablo superó eso por la gracia de Dios y el poder del Espíritu, y dijo: “No me avergüenzo”. Es un ejemplo contundente para nosotros, porque sabemos el precio de la fidelidad a la verdad: el rechazo del público, la cárcel y, al final, la ejecución.
La naturaleza humana en realidad no ha cambiado gran cosa en toda la historia; la vergüenza y el honor eran asuntos muy serios en el mundo antiguo, tal como lo son hoy. Allá por el siglo IX antes de Cristo, el poeta épico Homero escribió: “El bien principal era que hablaran bien de uno, y el mal mayor, que hablaran mal de uno en la sociedad”. En el siglo I de nuestra era, el apóstol Pablo ministraba en una cultura sensible a la vergüenza, que buscaba el honor, y sin sentir vergüenza alguna, predicaba un mensaje ofensivo respecto de una persona a quien habían avergonzado en público. Era un mensaje muy hiriente. Era escandaloso. Era necio. Era insensato. Era anacrónico.
Sin embargo, como dice 1 Corintios 1:21, “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Era este escandaloso, hiriente, necio, ridículo, extraño, absurdo mensaje de la cruz el que Dios usaba para salvar a los que creen. Las autoridades romanas ejecutaron a su Hijo, el Señor del mundo, por un método reservado solo para las heces de la sociedad; sus seguidores tendrían que ser lo suficientemente fieles como para arriesgarse a sufrir el mismo fin vergonzoso.
Tal vez el mito dominante en la iglesia evangélica actual es que el éxito del cristianismo depende de lo popular que sea, y que el Reino de Dios y la gloria de Cristo de alguna manera avanzarán sobre la base del favor del público. Esta es una fantasía antigua. Recuerdo haber leído una cita del apologista Edward John Carnell en la biografía del predicador galés David Martyn Lloyd-Jones escrita por lan Murray. En sus años formativos en el Seminario Teológico Fuller, Carnell decía respecto del evangelicalismo: “Necesitamos prestigio desesperadamente”.
Los creyentes se han esforzado mucho por colocarse en posiciones de poder dentro de la cultura. Buscan influencia académica, política, económica, atlética, social, teatral y religiosa, y en toda otra forma posible, con la esperanza de lograr que los medios de comunicación masiva los tomen en cuenta. Pero cuando logran esa exposición, a veces mediante los medios de comunicación masiva, a veces en el ambiente de iglesias de mente bien abierta, presentan un evangelio reinventado y diseñado a la moda que sutilmente elimina la ofensa del evangelio, e invita a la gente al Reino por un sendero fácil. Descartan todas las cosas difíciles de creer en cuanto al sacrificio de uno mismo, a aborrecer a la familia y cosas por el estilo.
La ilusión es que podemos predicar nuestro mensaje más eficazmente desde las encumbradas perchas del poder e influencia culturales, y que una vez que hayamos captado la atención de todos, podemos conducir a más personas a Cristo si le quitamos al evangelio su aguijón y predicamos un mensaje que agrade al usuario. Pero para llegar a esas perchas encumbradas, algunas figuras públicas “cristianas” diluyen la verdad y la acomodan; luego, para mantenerse allí, ceden a la presión de perpetuar la enseñanza falsa para que su público siga siéndoles leal. Decir la verdad se convierte en una decisión profesional errónea.
Los pastores de las iglesias locales están entre los primeros en dejarse seducir para usar este evangelio de moda, diseñado para que encaje en el deseo del pecador y tergiversado astutamente para superar la resistencia del consumidor. Planifican las reuniones de la iglesia para que se vean, suenen, se sientan y huelan como el mundo, a fin de eliminar la resistencia del pecador y seducirle al Reino por un sendero fácil y familiar.
La idea es hacer que el cristianismo sea fácil de creer, pero la verdad simple, inmutable e inexorable es que el Evangelio es difícil de creer. Es más, si se deja sin ayuda al pecador, le es absolutamente imposible.
Esta es la filosofía de moda: “Si les gustamos, les gustará Jesús”. Esta estrategia funciona superficialmente, pero solo si comprometemos la verdad. No podemos simplemente criticar a los predicadores locales por reinventar el evangelio, porque no están actuando en forma distinta a los tele-evangelistas de renombre y otros evangélicos más ampliamente conocidos.
Para mantener sus cargos de poder e influencia tan pronto los han alcanzado, mantienen esta tenue alianza con el mundo en nombre del amor, el atractivo y la tolerancia, y para conservar contentos a los inconversos en la iglesia deben reemplazar la verdad con algo que aliente y que no ofenda. Como dijo cierto calvinista una vez: “A veces, no presentamos el evangelio lo suficientemente bien para que los que no son elegidos lo rechacen”.
Ahora bien, no quiero que se me malentienda. Estoy comprometido a proclamar el evangelio hasta donde me sea posible aquí y en todo el mundo. Prefiero que la justicia prevalezca sobre el pecado. Prefiero elevar a los justos y exponer el pecado tal y como es, en toda su capacidad destructora. Anhelo ver que la gloria de Dios se extienda hasta los confines de la tierra. Anhelo ver la luz divina inundando el reino de las tinieblas. Ningún hijo de Dios se contenta jamás con el pecado, la inmoralidad, la injusticia, el error y la incredulidad. El oprobio que cae sobre el Señor cae sobre mí, y el celo de su casa me consume, tal como a David y a Jesús.
Sin embargo, detesto las iglesias del mundo que se han convertido en refugio de herejes. Me disgusta una iglesia de la televisión que, en muchos casos, se ha convertido en cueva de ladrones. Me encantaría ver al Señor divino empuñando un látigo y azotando a la religión de nuestro tiempo. A veces, oro salmos que condenan a ciertas personas. Pero casi siempre, oro para que el Reino venga. La mayoría de las veces, oro que el evangelio penetre en el corazón de los perdidos. Comprendo por qué John Knox dijo: “Dame Escocia o me muero. ¿Para qué más podría yo vivir?” Comprendo por qué el misionero pionero Henry Martyn salió corriendo de un templo hindú exclamando: “No soporto vivir si deshonran a Jesús de esta manera”.
Fui a una entrevista radial en una emisora importante, en cierta ciudad grande, donde la animadora era una reconocida “consejera cristiana”. Ella tenía un programa diario de tres horas, aconsejando a los oyentes que llamaban para contarle toda clase de problemas, algunos muy serios. Pero por las preguntas que me hizo en el programa, me pareció que ella no había leído mucho en cuanto a la doctrina cristiana. Fuera del aire, durante los comerciales, me dijo:
“Usted usa la palabra ‘santificación’. ¿Qué quiere decir eso?”
Eso fue un indicio. Si ella no sabía lo que significaba la santificación, tenía tarea por hacer. Todavía estábamos fuera del aire, por lo que le pregunté:
“¿Cómo llegó usted a ser creyente? Nunca olvidaré su respuesta. Me dijo: “Fue fantástico. Un día, encontré el número de teléfono de Jesús, y desde entonces, hemos estado en contacto”.
“¿Qué?”, le pregunté, tratando de no parecer demasiado incrédulo. “¿Qué quiere decir?”
“¿Qué quiere decir con eso de ‘¿qué quiero decir?’”, me respondió bruscamente.
Ella no entendía que hasta su “testimonio” necesitaba una explicación. Luego, me preguntó:
“¿Cómo llegó usted a ser creyente?”
Entonces, empecé a hablarle brevemente del evangelio, pero me cortó y me dijo: “Eh, ¿qué pasó? No hay que andar entrando en todo eso, ¿verdad que no?”
Sí, claro que sí.
No le doy tregua a la forma como marcha el mundo. Me disgusta todo lo que deshonra al Señor. Estoy en contra de todo lo que Él está en contra y a favor de todo lo que Él respalda. Anhelo ver que se conduzca a las personas a la fe salvadora en Jesucristo. Detesto que los pecadores mueran sin esperanza. Me he consagrado a la proclamación del evangelio. No soy limitado en esto. Quiero ser parte del cumplimiento de la Gran Comisión. Quiero predicar el evangelio a toda criatura.
No es que no me interesen los perdidos del mundo, ni que haya hecho una tregua fácil con un mundo pecador que deshonra a mi Dios y a Cristo. Para mí la única pregunta es: ¿cómo hago mi parte? ¿Cuál es mi responsabilidad? Y desde luego, la respuesta no puede ser comprometer el mensaje. El mensaje no es mío; viene de Dios, y es por ese mensaje que Él salva.
No solo no puedo comprometer el mensaje, sino que tampoco puedo comprometer su costo. No puedo cambiar las condiciones. Sabemos que Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo” (véase Lucas 9:23). Jesús dijo que tenemos que llevar nuestra cruz hasta la misma muerte, si Él nos lo pidiera. No puedo evitar que ese evangelio ofenda a una sociedad llena de amor propio.
Y esto sé: la predicación de la verdad influye verdaderamente en el mundo y cambia realmente un alma a la vez. Eso sucede solo mediante el poder del Espíritu Santo que da vida, que envía luz y que transforma el alma, en perfecto cumplimiento del plan eterno de Dios. Su opinión o la mía no son parte de la ecuación.
El Reino no avanza mediante el ingenio humano. No avanza porque hayamos escalado a posiciones de poder e influencia en la cultura. No avanza de acuerdo a la popularidad en los medios de comunicación masivos o en las encuestas de opinión. No avanza como resultado de la preferencia del público.
El Reino de Dios avanza solo por el poder de Dios, a pesar de la hostilidad pública. Cuando proclamamos verdaderamente el mensaje salvador de Jesucristo en su totalidad, es franca y escandalosamente hiriente. Proclamamos un mensaje escandaloso. Desde la perspectiva del mundo, el mensaje de la cruz es vergonzoso. De hecho, es tan vergonzoso, tan antagónico y tan hiriente que incluso a los creyentes les cuesta proclamarlo, porque saben que producirá hostilidad y escarnio.
Muchas personas temen y se preocupan porque en la Biblia hay un pecado que se describe como “imperdonable”. Aunque el evangelio ofrece gratuitamente el perdón a todos los que se arrepienten de sus pecados, hay un límite colocado en el umbral de este crimen. El pecado imperdonable sobre el que advirtió Jesús se identifica con la blasfemia contra el Espíritu Santo. Jesús declaró que este pecado no puede ser perdonado ni en el presente ni en el futuro: Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero (Mateo 12:31–32). Ha habido varios intentos por identificar este crimen específico que es imperdonable. Se lo ha asignado a crímenes tan horrendos como el homicidio o el adulterio. Sin embargo, si bien estos dos crímenes son pecados horribles contra Dios, la Escritura deja muy en claro que pueden ser perdonados si la persona que los cometió se arrepiente. David, por ejemplo, era culpable de ambos, pero fue restaurado a la gracia. El pecado imperdonable con frecuencia suele ser identificado con la resistencia total y persistente a creer en Cristo. Como la muerte trae consigo el final de la oportunidad que una persona tiene para arrepentirse de su pecado y confiar en Cristo, la consecuencia de rehusarse a creer trae consigo el fin de la esperanza del perdón. Si bien la resistencia total y persistente a creer tiene estas consecuencias no explica de manera adecuada la advertencia de Jesús relacionada con la blasfemia contra el Espíritu Santo. La blasfemia es algo que se hace con los labios o con la pluma. Involucra palabras.
Aunque cualquier forma de blasfemia es un ataque grave al carácter de Dios, se la suele considerar perdonable. Cuando Jesús hace esta advertencia sobre el pecado imperdonable debemos considerarla en el contexto de sus acusadores que estaban afirmando que Él estaba en liga con Satanás. Su advertencia es seria y aterradora. No obstante, sobre la cruz, Jesús oró para que los que habían blasfemado contra Él fuesen perdonados por causa de su ignorancia. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Pero, sin embargo, si las personas han sido iluminadas por el Espíritu Santo hasta el grado de saber que Jesús es verdaderamente el Cristo, y luego lo acusan de ser satánico, han cometido un pecado que no tiene perdón. Los cristianos librados a sus propios recursos son capaces de cometer el pecado imperdonable, pero confiamos en que Dios en su gracia protectora guardará a sus escogidos de cometer dicho pecado. Cuando los cristianos fieles temen haber cometido dicho pecado, esta señal posiblemente ya nos esté indicando que no lo cometieron. Quienes cometan dicho pecado tendrán su corazón tan endurecido y se habrán abandonado tanto a su pecado que no sentirán ningún remordimiento.
Incluso en una cultura pagana y secular como la nuestra, las personas son reacias a blasfemar abiertamente contra Dios y contra Cristo. Aunque el nombre de Cristo es arrastrado por el barro cuando se echan temos y el evangelio es ridiculizado con chanzas y comentarios irreverentes, la gente evita relacionar a Jesús con Satanás. Si bien el ocultismo y el satanismo proveen un contexto de peligro inminente para cometer el pecado imperdonable, aunque la blasfemia radical ocurriera ahí, todavía podría ser perdonad porque habría sido cometida en ignorancia por aquellos que todavía no fueron iluminados por el Espíritu Santo. Resumen
La blasfemia contra el Espíritu Santo no debe ser equiparada al homicidio o el adulterio.
La blasfemia es un pecado contra Dios que involucra palabras.
La advertencia original de Cristo era en contra de atribuirle las obras de Dios el Espíritu Santo a Satanás.
Jesús oró pidiendo el perdón de los blasfemos que ignoraban su verdadera identidad.
Los cristianos nunca cometerán este pecado por la gracia protectora de Dios. Pasajes bíblicos para la reflexión Mateo 12:22–32 Lucas 23:34 1 Juan 5:16
Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 173-175). Editorial Unilit.
El cesasionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. La mayoría de los cesasionistas creen que, mientras que Dios puede y aún realiza milagros hoy en día, el Espíritu Santo ya no utiliza a individuos para llevar a cabo señales milagrosas.
Los registros bíblicos muestran que los milagros se produjeron durante determinados períodos específicos con el propósito de autentificar un nuevo mensaje de Dios. A Moisés se le concedió realizar milagros para autentificar su ministerio ante el faraón (Éxodo 4:1-8). Elías realizó milagros para autentificar su ministerio ante Acáb (1 Reyes 17:1;18:24). Los apóstoles realizaron milagros para autentificar su ministerio ante Israel (Hechos 4:10, 16).
El ministerio de Jesús también fue marcado por milagros, a los que el apóstol Juan llama “señales” (Juan 2:11). Lo que Juan quería decir es que los milagros eran la prueba de la autenticidad del mensaje de Jesús.
Después de la resurrección de Jesús, mientras la Iglesia se establecía y el Nuevo Testamento estaba siendo escrito, los apóstoles lo demostraban con “señales” tales como las lenguas y el poder para sanar. “Así que las lenguas son una señal, no para los que creen, sino para los incrédulos.” (1 Corintios 14:22, un verso que dice claramente que el don nunca fue para edificar a la iglesia).
El apóstol Pablo predijo que el don de lenguas acabaría (1 Corintios 13:8). Aquí exponemos seis pruebas de que ya han cesado:
1) Los apóstoles, a través de quienes vinieron las lenguas, fueron únicos en la historia de la iglesia. Una vez que su ministerio fue concluido, la necesidad de señales que lo autentificaran dejó de existir.
2) Los dones de milagros (o señales) solo son mencionados en las primeras epístolas, tales como 1 Corintios. Los libros posteriores, tales como Efesios y Romanos, contienen pasajes detallados sobre los dones del Espíritu, pero los dones de milagros ya no son mencionados, aunque Romanos menciona el don de la profecía. La palabra griega traducida como “profecía” significa “declarar” y no necesariamente incluye la predicción del futuro.
3) El don de lenguas era una señal para el Israel incrédulo de que la salvación de Dios ahora estaba disponible para otras naciones. Ver 1 Corintios 14:21-22 e Isaías 28:11-12.
4) El don de lenguas era inferior al de la profecía (predicar). Predicar la Palabra de Dios edifica a los creyentes, mientras que las lenguas no lo hacen. Se les dice a los creyentes que procuren profetizar más que hablar en lenguas (1 Corintios 14:1-3).
5) La historia indica que las lenguas cesaron. Las lenguas ya no son mencionadas en absoluto por los Padres Post-apostólicos. Otros escritores tales como Justino Mártir, Orígenes, Crisóstomo y Agustín, consideraron que las lenguas fueron algo que sucedió solo en los primeros días de la Iglesia.
6) Observaciones actuales confirman que el milagro de las lenguas ha cesado. Si el don estuviera aún vigente, no habría necesidad de que los misioneros asistieran a escuelas de idiomas. Los misioneros podrían viajar a cualquier país y hablar cualquier lenguaje fluidamente, así como los apóstoles fueron capaces de hacerlo en Hechos 2. Respecto al don de sanidad, vemos en las Escrituras que la sanidad estaba asociada con el ministerio de Jesús y los apóstoles (Lucas 9:1-2). Y vemos que al finalizar de la era apostólica, la sanidad, al igual que las lenguas se volvieron menos frecuentes. El apóstol Pablo, quien resucitó a Eútico (Hechos 20:9-12), no sanó a Epafrodito (Filipenses 2:25-27), ni a Trófimo (2 Timoteo 4:20), ni a Timoteo (1 Timoteo 5:23), ni aún a sí mismo (2 Corintios 12:7-9). Las causas del “fracaso en sanar” de Pablo son: 1) el don nunca tuvo como propósito sanar a todo cristiano, sino el autentificar el apostolado (2 Corintios 2:12; Hebreos 2:4); y 2) la autoridad de los apóstoles ya había sido probada suficientemente, no habiendo ya más necesidad de milagros posteriores.
Las razones arriba expuestas son la evidencia para el cesasionismo. De acuerdo a 1 Corintios 13:13-14, haríamos bien en “seguir el amor,” el mejor de todos los dones. Si debiéramos desear dones, hemos de desear declarar la Palabra de Dios, para que todos sean edificados.
Por favor, tengan en cuenta que, como ministerio, GotQuestions.org no está de acuerdo con el continuismo. El siguiente artículo está escrito por alguien que está de acuerdo con el continuismo. Pensamos que valdría la pena tener un artículo que presente el continuismo de forma positiva, ya que es bueno que nuestros puntos de vista sean cuestionados, motivándonos a seguir buscando en las Escrituras para asegurarnos de que nuestras creencias son bíblicamente sólidas.
El continuismo es la creencia de que todos los dones espirituales, incluyendo las sanidades, las lenguas y los milagros, todavía operan hoy en día, al igual que en los días de la iglesia primitiva. Un continuista cree que los dones espirituales han «continuado» sin cesar desde el día de Pentecostés y que la iglesia de hoy tiene acceso a todos los dones espirituales mencionados en la Biblia.
Cuando el Espíritu Santo vino como Jesús había prometido (Hechos 1:8; 2:1-4), Él llenó a los creyentes y les dio dones sobrenaturales que les permitieron servir a Dios con poder y eficacia. Estos dones espirituales se enumeran en Romanos 12:6-8, Efesios 4:11, y 1 Corintios 12:7-11, 28, y el continuismo dice que todos los dones continúan hasta el día de hoy. Estos dones varían de una persona a otra de acuerdo a lo que el Espíritu considere necesario (1 Pedro 4:10). Primera de Corintios 12:4-6 dice: «Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo». Los continuistas afirman que no hay evidencia en las escrituras de que alguno de estos dones espirituales ya no esté operando.
El punto de vista opuesto se llama cesacionismo, que enseña que algunos de los dones «cesaron» y ya no están operando hoy en día. El asunto en el cesacionismo no es si todavía hay dones presentes, sino cuáles. Los cesacionistas señalan versículos como 1 Corintios 13:10 y al hecho de que los dones milagrosos parecen estar estrechamente ligados al ministerio de los apóstoles y a la verificación de la revelación de Dios (Hechos 2:22; 14:3; 2 Corintios 12:12) como prueba de que los dones milagrosos del Espíritu han cesado.
Como en cualquier doctrina, existen extremos en ambos lados. Algunos cesacionistas creen que todos los dones espirituales desaparecieron con la finalización de la era apostólica. Otros cesacionistas menos extremos sostienen que sólo los «dones de señales» — sanidades, milagros y lenguas — se han terminado. Por el lado de los continuistas extremos, hay quienes enseñan que las lenguas siempre deben seguir a la salvación o a la llenura del Espíritu Santo. También puede haber un énfasis erróneo en los dones y no en la persona de Jesucristo. Algunos incluso afirman que cada creyente puede estar equipado con cualquier don de milagro si tiene suficiente fe. Sin embargo, este concepto se refuta claramente en 1 Corintios 12:11, donde se dice que el Espíritu «reparte a cada uno en particular como él quiere». Pablo trató este mismo tema en la iglesia de Corinto: «¿hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas?» (1 Corintios 12:29-30). La respuesta a estas preguntas es «no».
Los continuistas creen que la instrucción bíblica sobre los dones espirituales es tan relevante hoy como cuando fue escrita. Sostienen que no hay razón bíblica para creer lo contrario y que los cesacionistas son los que tienen la responsabilidad de demostrarlo. Los creyentes de ambas posturas pueden acordar estar en desacuerdo, aunque ambas perspectivas deben tener en cuenta la oración de Jesús en Juan 17:22-23: «La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado». Independientemente de que sean continuistas o cesacionistas, todos los creyentes nacidos de nuevo son parte del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27). Cuando permitimos que cualquier tema no fundamental cause división y disensión, no estamos prestando atención a algo importante para nuestro Señor.
Anexo sobre los argumentos cesacionistas comunes y las respuestas de los continuistas
Los cristianos que sostienen que no hay fundamentos bíblicos para el cesacionismo, a veces son llamados «continuistas». Estos creyentes consideran que su posición es bíblicamente consistente y que el cesacionismo no tiene fundamento bíblico. Los siguientes son algunos de los argumentos comunes del cesacionismo y las respuestas continuistas:
Escritura
Los cesacionistas frecuentemente citan 1 Corintios 13:8-10 para apoyar la idea de que algunos dones cesaron cuando llegó «lo perfecto». Algunos creen que «lo perfecto» se refiere a la finalización de la Biblia. Esta posición sostiene que una vez que la Biblia fue completada ya no había necesidad de obras milagrosas del Espíritu Santo por parte de los creyentes. Sin embargo, el versículo 12 aclara la definición de ese «perfecto»: «Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido». Como no podemos ver la Biblia cara a cara, ni tampoco puede «conocernos», los continuistas consideran este pasaje como una referencia a la segunda venida de Jesús. En ese momento no habrá necesidad de los dones del Espíritu Santo, incluyendo el don del conocimiento (versículo 8), ya que estaremos en la presencia física de Jesús mismo.
Otro versículo que se cita a menudo es 2 Corintios 12:12. Los cesacionistas sostienen que los dones de milagros como las lenguas, la sanidad, la profecía y los milagros, fueron reservados para que los apóstoles validaran su autoridad. Sin embargo, la Biblia incluye relatos de personas que no eran apóstoles en la iglesia primitiva y que realizaron milagros y sanidades, como Esteban (Hechos 6:8) y Felipe (Hechos 8:6-7). Los dones de lenguas y la profecía se extendieron entre todos los que estaban llenos del Espíritu Santo (Hechos 10:46; 19:6; 1 Corintios 14:5, 39; Gálatas 3:5). Pablo incluyó estos dones milagrosos cuando se dirigió a la iglesia de Corinto (1 Corintios 12:4-11, 28). El continuismo argumenta que si las lenguas, la sanidad y los milagros estaban limitados a los apóstoles, estos dones no habrían sido incluidos en las instrucciones de Pablo al cuerpo de la iglesia muchos años después de Pentecostés. Pablo declaró, «Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis» (1 Corintios 14:5). De esto podemos deducir que Pablo no consideró esos dones sólo para los apóstoles. Las extraordinarias manifestaciones de poder que demostraron los apóstoles (Hechos 15:12) quizá se debieron al hecho de que Jesús mismo había dado a los doce este poder por ser Sus únicos mensajeros (Lucas 9:1). Sus capacidades milagrosas no estaban necesariamente relacionadas con los dones espirituales otorgados a todos los creyentes llenos del Espíritu.
Terminología El término «dones de señales» a menudo se utiliza para indicar que Dios dio ciertas habilidades a los apóstoles como «señales» para validar su apostolado. Algunos teólogos han cuestionado esta expresión, afirmando que, aunque la Biblia habla de señales de un verdadero apóstol, esto no indica que ciertos dones espirituales sean una señal que apunte al apostolado. Los continuistas creen que cuando el Nuevo Testamento se refiere a «señales», indica que las habilidades sobrenaturales son dadas por Dios a quien Él elige para cumplir Su propósito (Éxodo 7:3; Romanos 15:18-19; Hebreos 2:4; 1 Corintios 12:11). El término «dones de señales» nunca se usa como una categoría separada que pertenezca a los dones del Espíritu Santo.
La profecía es otro término que ha generado desacuerdos. Los cesacionistas citan ejemplos de algunos continuistas que han comparado sus revelaciones personales con las Escrituras. Sin embargo, la mayoría de los continuistas están de acuerdo con los cesacionistas en que ninguna otra revelación dada a los seres humanos nunca estará a la altura del canon completo de las Escrituras. Sin embargo, los continuistas no ven nada en la Escritura que indique que el Dios relacional que nos ha dado la Escritura ya no se comunica con Su pueblo. El don de la profecía puede incluir el hablar la verdad de la Palabra de Dios, pero también puede incluir la revelación sobrenatural que Dios da a Sus siervos para impactar a otros de una manera profunda. El apóstol Pablo animó a la iglesia, diciendo: «procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis» (1 Corintios 14:1).3.
Lenguas El tema de hablar en lenguas ha sido una causa de malentendidos para muchos cristianos. Su abuso y mal uso en algunos círculos ha alimentado aún más la convicción de los cesacionistas de que este don no está ni activo ni es necesario. Algunos incluso atribuyen este fenómeno a la actividad demoníaca o a la histeria emocional. También sostienen que, si las lenguas siguieran siendo un don legítimo, todo misionero recibiría este don y evitaría años de estudio de idiomas.
Como respuesta, los continuistas están de acuerdo en que parte de lo que se dice que es inspirado por el Espíritu no es más que sensacionalismo alimentado por las emociones. Satanás y los seres humanos caídos siempre han falsificado las obras milagrosas de Dios y todavía lo hacen (Éxodo 7:10-11; Hechos 8:9, 11; Apocalipsis 13:14). Sin embargo, la presencia de lo falso no niega lo auténtico. En Hechos 16:16, Pablo y Silas fueron importunados por una muchacha poseída por un demonio con el don de la profecía. El hecho de que su habilidad sobrenatural fuera de Satanás y no de Dios no hizo que Pablo llegara a la conclusión de que todos los dones proféticos eran del diablo (1 Corintios 14:1). En Mateo 7:21-23, Jesús predijo que muchos afirmarían conocerlo porque hacían milagros en Su nombre. Que hubiese impostores no implicaba que todos los que hacían milagros fuesen falsos.
Los continuistas sugieren que parte de la confusión sobre este tema es que puede haber dos tipos de «lenguas» mencionadas en Hechos y en las cartas a los Corintios. El don que vino el día de Pentecostés permitió a los apóstoles hablar en las lenguas de los presentes. Esto permitió que el evangelio se extendiera rápidamente por toda la región (Hechos 2:6-8). Sin embargo, en 1 Corintios 14, Pablo parece estar hablando de un propósito diferente para las lenguas. Todo el capítulo catorce es una instrucción para la iglesia acerca de los propósitos y el uso de este don, el cual puede ser para adorar a Dios (1 Corintios 14:2, 14-16, 28).
El apoyo bíblico para esta postura se encuentra en Hechos 10:45-46 cuando Cornelio recibió el Espíritu Santo. Él comenzó a alabar a Dios en lenguas, aunque no había nadie presente que necesitara escuchar el evangelio en otros idiomas. Otro ejemplo se encuentra en Hechos 19:6-7. Doce hombres de Éfeso recibieron el Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas, aunque no había nadie presente que necesitaba oírlo. La iglesia de Corinto incluía regularmente lenguas en sus servicios de adoración, sin que hubiera indicios de que siempre estuvieran presentes aquellos que necesitaban escuchar un mensaje en su idioma.
En 1 Corintios 14:28, Pablo continúa su instrucción sobre el uso de las lenguas en la adoración congregacional: «Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios». Esto parece indicar que las lenguas también pueden ser un medio para orar «en el espíritu», lo cual da otra perspectiva a pasajes como 1 Corintios 14:14-15 y 28, Romanos 8:26, Efesios 6:18 y Judas 1:20. Pablo nunca reprendió a los corintios por usar este don (1 Corintios 14:39) sino sólo por usarlo mal y generar caos (versículos 23 y 39). Al final del capítulo catorce, Pablo les instruye a no «prohibir el hablar en lenguas». sino que todo debe hacerse de manera adecuada y ordenada» (1 Corintios 14:39-40).
Historia de la Iglesia El cesacionismo afirma el apoyo histórico, declarando que no hay indicios de que los dones de milagros continuaron después de la muerte de los apóstoles. Sin embargo, los continuistas sostienen que el registro de la iglesia no está de acuerdo. Citan los siguientes ejemplos:
Justino Mártir (100-165 d.C.), historiador de la iglesia primitiva, declaró que «los dones proféticos permanecen con nosotros hasta el presente». Ahora es posible ver entre nosotros mujeres y hombres que poseen dones del Espíritu de Dios».
Ireneo (125-200 d.C.) dijo: «También oímos a muchos hermanos en la iglesia que poseen dones proféticos y que a través del Espíritu hablan todo tipo de idiomas. . . . Incluso los muertos han resucitado y han permanecido entre nosotros durante muchos años».
Novato (210-280 d.C.) dijo, «Este es el [Espíritu Santo] que coloca profetas en la iglesia, instruye a los maestros, dirige las lenguas, da poderes y sanidades, hace obras maravillosas».
Agustín (354-430 d.C.) se cita con frecuencia como un padre de la iglesia primitiva que rechazó la idea del continuismo. Esto fue cierto desde el principio. Sin embargo, tiempo después, fue tan impactado por las sanidades y milagros que observó de primera mano, que escribió en La Ciudad de Dios, «Estoy tan urgido de terminar este trabajo, que no puedo registrar todos los milagros que veo».
Estudiosos de la Biblia más recientes como John Wesley, A. W. Tozer, R. A. Torrey y J. P. Moreland también estaban convencidos de que todos los dones del Espíritu siguen activos en el mundo hoy en día, y de hecho operan en algunos de esos dones.
Argumentos del silencio Los cesacionistas señalan que sólo las primeras cartas de Pablo contenían referencias a los dones de milagros. Las epístolas posteriores como la de Efesios no los mencionan. Su conclusión es que estos dones deben haber «desaparecido» después de que la iglesia se estableciera definitivamente. Sin embargo, los continuistas señalan que este es un argumento de silencio, lo cual es una falacia lógica. La falta de referencia a un tema no implica de ninguna manera que la instrucción anterior haya cambiado. Puede significar que los dones de milagros no estaban causando perturbaciones en Éfeso como en Corinto, y otros asuntos eran más importantes para que Pablo les prestara atención. Las listas de dones que se encuentran en Romanos 12:6-9, 1 Corintios 12:4-11 y 1 Pedro 4:10-11 no son idénticas y posiblemente la intención no era que fueran exhaustivas.
Los eruditos bíblicos predominan en ambos aspectos de este tema. El cesacionismo sostiene que la Palabra inspirada de Dios es todo lo que necesitamos para vivir como Cristo desea que vivamos. Los continuistas afirman que el Espíritu Santo que fue derramado en Hechos 2 aún continúa Su obra, con todos los dones sobrenaturales mencionados en la Escritura. David Martyn Lloyd-Jones, un teólogo del siglo XIX que a menudo se cita como un defensor del cesacionismo, dice esto: «Todo cristiano debe buscar siempre lo mejor y lo más sublime. Nunca debemos contentarnos con nada menos de lo que se describe como posible para el cristiano en el Nuevo Testamento». A esto, ambas partes añadirían, «Amén».
La fe es central para el cristianismo. En repetidas ocasiones el Nuevo Testamento llama a la gente a creer en el Señor Jesucristo. Hay un conjunto definido de creencias, el cual es parte de nuestra actividad religiosa. En el tiempo de la Reforma, el debate tenía que ver con la naturaleza de la fe que salva. ¿Qué es la fe que salva? A mucha gente, la idea de justificación solo por la fe le sugiere un antinomianismo sutilmente velado que sostiene que la gente puede vivir como guste y quiera mientras que crean en las doctrinas correctas. Sin embargo, Santiago escribió en su epístola: «Hermanos míos, si alguno dice que tiene fe y no tiene obras, ¿de qué sirve? ¿Puede acaso su fe salvarle?… Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma» (2:14, 17). Lutero decía que la clase de fe que justifica es fides viva, una «fe viva», una que inevitable, necesaria e inmediatamente otorga el fruto de justicia. La justificación es solo por la fe, pero no por una fe que está sola. Una fe sin algún resultado de justicia no es fe verdadera. Para la Iglesia Católica Romana, la fe más las obras da como resultado la justificación. Para el antinomianismo, fe menos obras da como resultado la justificación. Para los reformadores protestantes, fe es igual a justificación más obras. En otras palabras, las obras son el fruto necesario de la verdadera fe. Las obras no cuentan para la declaración de Dios de que somos justos ante sus ojos; no son parte del fundamento para la decisión de Dios de declararnos justos.
ELEMENTOS ESENCIALES DE LA FE QUE SALVA
¿Cuáles son los elementos constituyentes de la fe que salva? Los reformadores protestantes reconocían que la fe bíblica tiene tres aspectos esenciales: notitia, assensus y fiducia. Notitia se refiere al contenido de la fe, las cosas que creemos. Se trata de ciertas cosas que hay que creer sobre Cristo: él es el Hijo de Dios, es nuestro Salvador, ha provisto la expiación, etc. Assensus es la convicción de que el contenido de nuestra fe es verdadero. Alguien puede saber sobre la fe cristiana pero creer que no es verdad. Podemos tener algunas dudas mezcladas con nuestra fe, pero tiene que haber un cierto nivel de afirmación y convicción intelectual si vamos a ser salvos. Antes de que alguien pueda realmente confiar en Jesucristo, tiene que creer que Cristo en realidad es el Salvador, que es efectivamente todo lo que él dijo sobre sí mismo. La fe genuina dice que el contenido, la notitia, es verdad. Fiducia se refiere a la confianza personal. Saber y creer el contenido de la fe cristiana no es suficiente, porque incluso los demonios pueden hacer eso (Santiago 2:19). La fe es efectiva sola mente cuando uno confía solo en Cristo para su salvación. Una cosa es dar consentimiento intelectual a una proposición pero otra muy diferente es colocar en esa idea nuestra confianza personal. Podemos decir que creemos en la justificación por la fe, y aun así seguir pensando que vamos a ganarnos el cielo por nuestros logros, por nuestras obras, por nuestra lucha. Es fácil meter en la cabeza la doctrina de la justificación por la fe, pero es difícil meter en la sangre y en la vida la confianza solo en Cristo para nuestra salvación. Existe otro elemento para fiducia además de la confianza, y es el afecto. Una persona no regenerada nunca vendrá a Jesús porque no quiere a Jesús. En su mente y en su corazón esa persona está fundamentalmente en enemistad con las cosas de Dios. En tanto que una persona es hostil a Cristo no tiene afecto por él. Satanás es un ejemplo de esto. Satanás conoce la verdad, pero la odia. Está totalmente opuesto a adorar a Dios porque no tiene amor por Dios. Por naturaleza todos somos así. Estamos muertos en nuestro pecado. Caminamos según los poderes de este mundo y satisfacemos los deseos de la carne. Hasta que el Espíritu Santo nos cambia, tenemos corazones de piedra. Un corazón no regenerado no tiene afecto por Cristo; no tiene vida y no tiene amor. El Espíritu Santo cambia la disposición de nuestro corazón para que veamos la dulzura de Cristo y lo abracemos. Nadie ama a Cristo de manera perfecta, pero no podemos amarlo ni siquiera un poco a menos que el Espíritu Santo nos cambie el corazón de piedra y lo haga un corazón de carne.
FRUTOS DE LA CONVERSIÓN
Los teólogos tradicionalmente han reconocido varios elementos que acompañan a la fe salvadora. Se los llama «frutos de la conversión». Vamos a revisar algunos de ellos.
Arrepentimiento
Cuando el Espíritu Santo trae a alguien a la fe, esa persona experimenta una conversión. Su vida da un giro de 180 grados. Esta media vuelta se llama «arrepentimiento», y es un fruto inmediato de la fe genuina. Algunos incluyen al arrepentimiento como parte de la fe genuina. Sin embargo, la Biblia distingue entre arrepentirse y creer. No podemos tener afecto por Cristo hasta que reconozcamos que somos pecadores y que necesitamos desesperadamente la obra que él realizó a nuestro favor. El arrepentimiento incluye el odio al pecado, que viene con el nuevo afecto que Dios nos otorga.
No me gusta cuando algunos pastores dicen: «Ven a Jesús y todos tus problemas se resolverán». Mi vida no era complicada antes de llegar a Cristo; las complicaciones comenzaron al conocer a Cristo. Antes de ser cristiano yo iba por una vía de un solo sentido. Hoy todavía enfrento tentaciones de este mundo, pero Dios ha plantado en mi corazón afecto y confianza en Cristo. En otras palabras, nos arrepentimos porque odiamos nuestro pecado. Sí, una parte de nosotros todavía ama al pecado, pero el arrepentimiento verdadero conlleva una tristeza piadosa por haber ofendido a Dios y una decisión firme de deshacerse del pecado. El arrepentimiento no significa la victoria total sobre el pecado. Si la victoria total fuera un requisito nadie podría ser salvo. El arrepentimiento es alejarse del pecado, es una perspectiva diferente del pecado. La palabra griega que se traduce «arrepentimiento» es metanoia, que significa literalmente «cambio de mente». Antes de Cristo racionalizábamos nuestro pecado, pero ahora nos damos cuenta de que el pecado es algo malo; ahora tenemos una opinión diferente acerca del mismo.
Adopción
Cuando Dios nos declara justos en Jesucristo nos adopta en su familia. Su único Hijo verdadero es Cristo, pero Cristo se convierte en nuestro hermano mayor por medio de la adopción. Nadie nace dentro de la familia de Dios. Por naturaleza somos hijos de ira, no hijos de Dios; por lo tanto, Dios no es nuestro Padre por naturaleza. Podemos tener a Dios por Padre solo si nos adopta, y Dios nos adoptará solo por medio de la obra de su Hijo. Pero cuando depositamos nuestra fe y confianza en Cristo, Dios no solo nos declara justos sino que también nos declara sus hijos e hijas por adopción.
Paz
Pablo escribe a los Romanos: «Justificados, pues, por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…» (5:1). El primer fruto de la justificación es la paz con Dios. Éramos enemigos, pero la guerra ya terminó. Dios declara un tratado de paz con todo aquel que pone su fe en Cristo. Cuando Dios hace esto, no entramos en un tiempo de tregua inestable en el que al momento de nuestra primera falla Dios comience a blandir la espada. Esta paz es una paz inquebrantable y eterna, porque ha sido ganada por la perfecta justicia de Cristo.
Acceso a Dios
Pablo también escribe: . .por medio de quien [Cristo] también hemos obtenido acceso por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (Romanos 5:2). Otro fruto es el acceso a Dios. Dios no permite la entrada a sus enemigos para tener con ellos amistad íntima, pero una vez que hemos sido reconciliados con Dios por medio de Cristo tenemos acceso a su presencia y nos gozamos en la gloria de su Ser.
R.C.Sproul (2015). Todos Somos Teólogos; ( pp. 247-251). EDITORIAL MUNDO HISPANO.
NECESITAMOS LA TEOLOGÍA BÍBLICA CÓMO ENCONTRAR EL MENSAJE CENTRAL DE LA HISTORIA
Cuando yo —Nick— estaba en la escuela primaria, uno de mis compañeros presentó un resumen de una historia escrita por C. S. Lewis que hablaba de cuatro niños, un león que era rey, una bruja blanca y una tierra mágica que estaba oculta y a la cual se accedía a través de un armario. ¡La historia me cautivó! Así pues, compré el libro Las crónicas de Narnia y lo leí con placer. Pero años más tarde, después de mi conversión a Cristo, me di cuenta de que había pasado por alto la obvia intención del autor de dirigir a sus lectores hacia Cristo. Es posible leer una historia, encontrarla interesante y, aun así, perderte por completo su mensaje central. Por ejemplo, podrías poner una atención desmedida en el escenario o en los personajes secundarios. Podrías leer solamente párrafos aislados o saltar sin rumbo de un lugar a otro. Incluso podrías tratar de confeccionar la trama de la historia o su moraleja desde diversas secciones desconectadas. Pero si haces algo así, lo más probable es que malinterpretes la historia, la figura del héroe y los temas principales. La Biblia es una historia divinamente inspirada y narra dicha gran historia —también llamada metanarrativa— a través de una colección de historias, canciones, poesía, dichos sapienciales, evangelios, cartas y literatura apocalíptica. En conjunto, estos estilos diversos cuentan la historia verídica de la obra redentora de Dios en el mundo. La Biblia contiene sesenta y seis libros escritos por diferentes autores. Dichos autores fueron inspirados por el Espíritu Santo, quien usó la personalidad y el contexto propio de cada uno de ellos para entregarnos el canon de las Escrituras, el cual contiene un único mensaje y tema principal. Los creyentes reconocen la autoridad divina de las Escrituras e incluso leen y estudian diariamente la Biblia durante años. Y aun así, muchos siguen sin captar su mensaje principal. En Juan 5:39–40, Jesús se dirige a algunas personas en la misma situación y les dice: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí; y no queréis venir a Mí para que tengáis vida”. Es posible honrar las Escrituras y aun así leerlas y usarlas incorrectamente al no ver el gran panorama que Dios ha diseñado. Afortunadamente, el Autor de la Biblia nos ha dejado un buen número de pistas que señalan claramente el tema central de su historia. Aquí tienes una pista formidable ofrecida por Jesucristo mismo: Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de Mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de Mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto (Lc 24:44–49). Jesús explica dos cosas en este pasaje. En primer lugar, hace la impactante afirmación de que todas y cada una de las partes del Antiguo Testamento —desde el Pentateuco hasta los Profetas y los Salmos— hablan de Su persona. En resumen, Jesús se identifica a Sí mismo como el Mesías prometido. En segundo lugar, dice que Sus discípulos serán testigos de estas cosas a todas las naciones; es decir, a todos los pueblos en todos los lugares. Dicho de forma sencilla, ¡no entenderás la metanarrativa bíblica hasta que comprendas que todo en ella gira alrededor de Jesús! Desde Génesis hasta Apocalipsis, Jesucristo es el Héroe y el mensaje central de dicha historia. Y aún más, ¡no entenderás quién es Jesús a menos que comprendas cómo el gran panorama bíblico se centra en Él! Jesús es la clave de la interpretación bíblica, y esto significa que aquel que lea cuidadosamente la Biblia lo encontrará al principio de dicha historia, en el medio y al final. Dios nos ha revelado en las Escrituras los propósitos del Rey, los planes del Rey y las promesas del Rey. A medida que estos temas se van desarrollando en la historia bíblica, debemos prestarles atención y leerlos tal y como Jesús dice que debemos hacerlo. La historia de Dios es una gran historia. En realidad, es la más grandiosa de todas y está centrada en Su plan de redención a través de la persona y obra de Jesucristo. Pero para interpretar la Biblia fielmente, necesitamos las herramientas adecuadas. La disciplina de la teología bíblica es una de dichas herramientas.
La teología bíblica nos ayuda a captar el propósito principal de la Biblia Algunas personas tratan la Palabra de Dios como si fuera una colección de historias independientes, una selección de dichos sabios y consejería e, incluso, un libro de cocina universal con recetas para tener “una buena vida” esparcidas a lo largo de sus sesenta y seis libros. Pero este tipo de enfoque falla en revelar el propósito central de las Escrituras. El Dios trino explica en la Biblia quién es Él, cómo es Él y de qué manera obra en toda la historia a través de Su Espíritu Santo y Su Hijo, Jesucristo el Rey, y de qué manera debemos glorificarle en este mundo. La teología bíblica nos permite captar este propósito principal al considerar cada pasaje de las Escrituras a la luz de toda la Biblia de forma que podamos entender cómo cada parte de las Escrituras se relaciona con Jesús.
La teología bíblica nos ayuda a proteger a la iglesia y a guiarla Para interpretar las Escrituras correctamente debemos saber dónde encaja cada libro en la narrativa general de la Biblia. Y conocer dicha narrativa general nos ayudará a leer y comprender con exactitud cada evento, personaje o lección que se nos ha entregado como parte de la Palabra progresivamente revelada de Dios. Al entender la historia de las Escrituras en su conjunto, podemos definir quién es Jesús y qué es Su evangelio. Dios ha prometido rescatar a un pueblo de cada nación, tribu y lengua para Su propia gloria a través de su Hijo y por Su Espíritu Santo. Estas personas redimidas son miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. ¿Qué se supone que debe ser y hacer la Iglesia de Cristo? Jesús les dijo a aquellos que se habían arrepentido de sus pecados y confiado solo en Él —Sus discípulos— que las Escrituras declaran que se tiene que predicar “en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc 24:47). Por tanto, es necesario que la proclamación de Jesús sea el motor misional de la iglesia para discipular a las naciones. De esta manera, la teología bíblica protege a la iglesia del error letal de proclamar un evangelio falso y la guía a que la proclamación del verdadero evangelio sea el punto central de su misión de alcanzar al mundo, y que todo sea para alabanza de la gloria de Dios.
La teología bíblica nos ayuda en nuestros esfuerzos evangelísticos Compartir las buenas nuevas con aquellos que no están familiarizados con el cristianismo requiere mucho más que explicar “las cuatro leyes espirituales” o “la ruta de Romanos”1. Las personas necesitan entender en primer lugar que la doctrina cristiana implica la transformación total de nuestra mentalidad. Cuando evangelizamos, debemos empezar con Dios y la creación para entender qué es lo que salió mal. A partir de ahí, seremos capaces de comprender lo que Dios ha estado haciendo a lo largo de la historia, lo cual a su vez nos permitirá descubrir porqué envió a Jesús y porqué importa en la actualidad. Solo estaremos capacitados para entender lo que Dios está haciendo ahora mismo y lo que hará en el futuro cuando entendamos correctamente y en su contexto adecuado estos eventos del pasado.
La teología bíblica nos ayuda a leer, comprender y enseñar la Biblia como Jesús dijo que debemos hacerlo El propio Jesús dice en Lucas 24 que Él es la clave para interpretar las Escrituras. Así que, si no leemos las Escrituras de forma que nos guíen a Jesús, entonces no captaremos el mensaje central de la Biblia y, como resultado, enseñaremos a otros a cometer el mismo error.
CUANDO LAS IGLESIAS NO CAPTAN EL MENSAJE CENTRAL En conclusión, si no entendemos el mensaje central de la narrativa bíblica produciremos evangelios e iglesias falsas. Veamos algunos ejemplos de dicha clase de errores y cómo la teología bíblica nos ayuda a evitarlos.
La iglesia del “evangelio de la prosperidad” Permítenos presentarte a Jonathan. Este hermano lee su Biblia diariamente y ora a menudo, pero nunca ha leído un libro de las Escrituras por completo. Si miras su Biblia, notarás que Jonathan ha resaltado versículos en el Antiguo Testamento y subrayado páginas en el Nuevo. Su esposa —Rebeca— ha memorizado una impresionante selección de versículos bíblicos y se los está enseñando uno por uno a sus hijos. Jonathan, Rebeca y su joven familia son parte de una iglesia local en una ciudad africana (aunque podríamos estar hablando de cualquier ciudad en Asia, Europa o Estados Unidos). Cuando le pedí a Rebeca que me recitara uno de los versículos que había memorizado, ella recitó Marcos 11:24: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. Entonces ella dijo: “Eso es lo que hizo Abraham, y eso es lo que yo hago”. Yo —Robert— me quedé un poco preocupado y decidí contactar a uno de sus pastores. Cuando le pregunté cuál era el mensaje principal de la Biblia, él dijo: “Oh, eso es fácil. Dios envió a Jesús para dar la vida abundante de fe a todos los que creen. Dios nos da ahora esa vida llena de las riquezas y bendiciones ganadas por Jesús si tan solo tenemos fe. Nosotros podemos crear nuestras propias bendiciones cuando oramos como el padre Abraham oró”.
La iglesia del “evangelio patriótico” Mientras visitaba a algunos creyentes en otra ciudad, esta vez en Estados Unidos, yo —Robert— les pedí que me dijeran cuál es el mensaje de la Biblia. Su respuesta fue algo así: Bueno, Estados Unidos es una nación cristiana, la nación escogida de Dios al igual que lo es Israel, una ciudad asentada sobre un monte. Dios ha bendecido a esta nación, pero como dice en 2 Crónicas 7:14: “si se humillare Mi pueblo, sobre el cual Mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren Mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces Yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. Continuaron diciendo: En nuestra iglesia todo se centra en Dios y en nuestra patria. Se supone que esta es una nación cristiana, ¡pero ahora nos dicen que no podemos tener los diez mandamientos en las paredes de nuestras escuelas públicas! Si los estadounidenses se dedicaran a ser gente buena y honesta como Abraham, Moisés o David, entonces todos tendríamos prosperidad y disfrutaríamos de la seguridad y la paz que otorga la bendición de Dios.
La iglesia de “la lata de comida” Juan se acaba de trasladar a la ciudad y es parte de una red de iglesias dedicadas a servir a los pobres. Su trabajo principal es administrar el banco de comida. La iglesia de Juan desea obedecer el mandato bíblico de hacer justicia, amar misericordia y humillarse ante su Dios (Miq 6:8). Juan admite que el enfoque que su congregación pone en la enseñanza tiene mucho más que ver en actuar en base a lo que debemos hacer por Dios, que en el mensaje de lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo. Juan reflexiona que: “Deberíamos centrarnos en aliviar a los que sufren dondequiera que nos encontremos. Nuestra iglesia es conocida por alimentar “a uno de estos mis hermanos más pequeños”. ¿Qué puede tener eso de malo?”.
La iglesia que protege la inmoralidad Básicamente, la teología bíblica ayuda a los fieles discípulos de Cristo a reconocer y refutar las interpretaciones erróneas de las Escrituras que contradicen la narrativa general de la Biblia. Cristina es una joven estudiante universitaria que proviene de un hogar creyente. Se le ha enseñado la Biblia desde pequeña y conoce bien el panorama general de su historia. Incluso ha completado un año de estudios en el griego neotestamentario. Su cosmovisión es completamente cristiana, pero recientemente se quedó desconcertada al conocer a creyentes practicantes que eran abiertamente homosexuales y también muy amables, generosos y cariñosos. Y ella se pregunta: “¿Cómo puede la Biblia estar en contra de tales personas?”. Cristina ha leído artículos de estudiosos bíblicos que ponen en entredicho la traducción de los textos clave que se usan para explicar porqué la práctica homosexual es pecaminosa. Llegado a este punto, no puede evitar preguntarse: “Dado que no hay versículos bíblicos que prohíban explícitamente el matrimonio entre personas del mismo sexo, ¿qué pasa si dos mujeres se aman genuinamente?”.
CONCLUSIÓN Estos son tan solo algunos de los problemas con los que se pueden encontrar los creyentes y las iglesias locales, y la teología bíblica les ayudará a corregirlos. Pero existen más. A lo largo de este libro, veremos cómo la teología bíblica nos ayuda a entender correctamente la gran historia de la Biblia colocando al Rey Jesús en el principio, el centro y el final de la verídica y singular historia que encontramos en las Escrituras. Pero nos estamos adelantando demasiado. Comencemos por responder esta pregunta: ¿Qué es la teología bíblica?
Roark, N., & Cline, R. (2019). La teología bíblica: Cómo la iglesia enseña fielmente el evangelio (M. Dever & J. Leeman, Eds.; A. Molero & R. Molero, Trads.; pp. 15-24). Poiema Lectura Redimida.
No debemos limitar nuestro estudio del papel de la iglesia a una investigación sobre qué hace la iglesia, o sea, sus funciones. La actitud o disposición con la que la iglesia realiza sus funciones también es un asunto de extrema importancia. Como la iglesia es, en su continua existencia, el cuerpo de Cristo y lleva su nombre, debería estar caracterizada por los atributos que Cristo manifestó durante su encarnación física sobre la tierra. Dos de estos atributos son cruciales para que la iglesia funcione en este mundo que cambia de manera tan veloz en nuestros días: deseo de servir y adaptabilidad.
Deseo de servir Jesús estableció que su propósito al venir no era el de ser servido, sino el de servir (Mt. 20:28). Al encarnarse tomó para sí la forma de un siervo (Fil. 2:7). “Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (v. 8). La iglesia debe mostrar la misma disposición a servir. Ha sido puesta en el mundo para servir a su Señor y al mundo, no para ser exaltada y para que se satisfagan sus propias necesidades y deseos. Aunque la iglesia puede alcanzar un gran tamaño, riqueza y prestigio, ese no es su propósito. Jesús no se asoció con la gente por lo que pudieran hacer por él. Si lo hubiera hecho, nunca habría ido a casa de Zaqueo, ni habría entablado conversación con la mujer samaritana, tampoco habría permitido que la mujer pecadora le lavase los pies en la casa de Simón el fariseo. Estos serían actos que un moderno director de campaña o un relaciones públicas experto desaprobaría sin duda, porque no serían útiles para que Jesús ganase prestigio o una publicidad favorable. Pero a Jesús no le interesaba explotar a la gente. De la misma manera, la iglesia de hoy no determinará su actividad basándose en lo que la hará prosperar y crecer. Más bien, tratará de seguir el ejemplo de servicio del Señor. Estará dispuesta a ir a los indeseables y a los indefensos, esos que no harán nada a cambio por la iglesia. Un auténtico representante de la iglesia estará dispuesto a dar su vida, si es necesario, por su ministerio. La voluntad de servir significa que la iglesia no tratará de dominar a la sociedad para sus propósitos. La cuestión de la relación de la iglesia y el estado ha tenido una historia larga y compleja. Las Escrituras nos cuentan que el estado, como la iglesia, es una institución creada por Dios con un propósito específico (Ro. 13:1–7; 1 P. 2:13–17). Se han ideado y puesto en práctica muchos modelos de relaciones iglesia-estado. Algunos de estos modelos implicaban una alianza tan íntima entre ambos que el poder del estado casi obligaba a pertenecer a la iglesia y a participar en ciertas prácticas religiosas. Pero en tales casos la iglesia estaba actuando como un amo y no como un siervo. Se estaba persiguiendo el objetivo correcto, pero de la manera equivocada (como hubiera sucedido si Jesús hubiera sucumbido a la tentación de arrodillarse y adorar a Satanás a cambio de todos los reinos del mundo). Esto no quiere decir que la iglesia no deba recibir los beneficios que el estado proporciona para todos dentro de su ámbito, ni que la iglesia no deba dirigirse al estado para temas en los que haya que aprobar algún tipo de legislación. Pero no tiene que tratar de utilizar la fuerza política para forzar la consecución de fines espirituales.
Adaptabilidad La iglesia debe también ser versátil y flexible a la hora de ajustar su metodología y procedimientos en las situaciones cambiantes que se producen en el mundo en que se encuentra. Debe ir donde se encuentran las personas necesitadas, incluso si esto implica un cambio geográfico o cultural. No debe anclarse en las antiguas formas de trabajar. Como el mundo en el que está intentando ministrar cambia, la iglesia tendrá que adaptar su ministerio de forma acorde a ello, pero sin alterar su dirección básica. Cuando la iglesia se adapta, está emulando al Señor, que no dudó en venir a la tierra a redimir a la humanidad. Al hacerlo, adoptó las condiciones de la raza humana (Fil. 2:5–8). De la misma manera, el cuerpo de Cristo conservará el mensaje básico que le ha sido confiado, y continuará cumpliendo las funciones principales de su tarea, pero realizará todos los cambios legítimos necesarios para llevar a cabo los propósitos de su Señor. La iglesia estereotípica – una congregación rural dirigida por un ministro y compuesta por un grupo de familias nucleares que se reúnen a las once de la mañana los domingos en un pequeño edificio blanco con campanario – todavía existe en algunos lugares. Pero es la excepción. Las circunstancias ahora son muy diferentes en la mayor parte del mundo. Sin embargo, si la iglesia tiene un sentido de misión como el de su Señor, encontrarán la manera de llegar a la gente estén donde estén.
Erickson, M. J. (2008). Teología sistemática (J. Haley, Ed.; B. Fernández, Trad.; Segunda Edición, pp. 1072-1074). Editorial Clie.
Arminio rechazó enfáticamente el pelagianismo en lo tocante a las consecuencias del pecado de Adán en su descendencia. Hablando acerca del hombre en su estado caído, Arminio declara que su libre albedrío en lo que respecta al verdadero Dios, no sólo se encuentra “herido, mutilado, enfermizo, debilitado; sino que también ha sido hecho cautivo, destruido y perdido”; de tal manera que el libre albedrío humano es totalmente inútil “a menos que sea asistido por la gracia”.
Según Arminio, debido al oscurecimiento del entendimiento y la perversidad del corazón, el hombre ha quedado en un estado de impotencia moral. “La voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea… libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios.”
Más aún, para manifestar su completo acuerdo con Agustín, Arminio comenta lo siguiente acerca del texto de Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”: “Después de haber meditado diligentemente en cada una de las palabras de este pasaje, Agustín comenta de esta forma: ‘Cristo no dice, Sin mi sólo pueden hacer poco; tampoco dice, Sin mí no podréis hacer ningún trabajo arduo, ni tampoco Sin mí haríais las cosas con dificultad: Sino que dice, Sin mí nada podéis hacer’”.
En cuanto a esto, Arminio parece estar de acuerdo con Agustín, Lutero y Calvino. De hecho, Arminio tenía en muy alta estima los comentarios de Calvino y su Institución de la Religión Cristiana (él recomendaba a sus estudiantes hacer un amplio uso de los comentarios de Calvino).
El punto controversial radica en el hecho de que Arminio enseñaba que, aunque la gracia de Dios es necesaria para la salvación, no asegura la salvación de nadie; en otras palabras, la gracia es una condición necesaria, pero no suficiente.
Arminio declara: “Toda persona no regenerada posee una voluntad libre, y la capacidad de resistir al Espíritu Santo, de rechazar la gracia de Dios que le es ofrecida, de menospreciar el consejo de Dios contra sí mismos, de rehusar aceptar el Evangelio de la gracia, y de no abrirle a aquel que toca la puerta de su corazón”.
De modo que si el pecador no responde al llamado, la culpa es enteramente suya (en eso todos estamos de acuerdo); pero ¿qué si acepta? En otras palabras ¿quién es, a final de cuentas, el que tiene la decisión de la salvación en sus manos? Por implicación, según Arminio la salvación depende, en última instancia, de la decisión humana y no de la soberanía de Dios. La gracia de Dios es una condición necesaria para la salvación, pero no es una condición suficiente.
Arminio intenta aclarar su posición teológica a aquellos que le adversan con esta ilustración: Imaginemos a un hombre rico que ayuda con sus bienes a un pordiosero para que éste pueda mantener a su familia. ¿Dejaría de ser un regalo de pura gracia por el hecho de que el mendigo tenga que extender su mano para recibir lo que se le ofrece? ¿Pudiéramos decir con propiedad que la limosna depende parcialmente de la liberalidad del donante, y parcialmente de la libertad del receptor, por el hecho de que este último tiene que extender su mano para recibir el beneficio? Si no es así, cuanto menos podemos decirlo del don de la fe.
El problema de este símil es que presupone una necesidad que el mendigo tiene conscientemente y la cual él desea suplir; mientras que en el caso del pecador, éste no desea, sino que rechaza con todas sus fuerzas, el don que se le ofrece gratuitamente en Cristo. Al igual que en el caso del mendigo, el pecador tiene que extender sus manos hacia Dios para recibir el don; pero, según el Calvinismo, éste sólo podrá hacerlo si Dios cambia la disposición de su corazón.
En cuanto a la predestinación, tanto uno como los otros afirmaban que la predestinación para salvación era una enseñanza bíblica; pero, mientras el calvinismo afirma que los elegidos ejercen fe porque fueron predestinados por Dios desde antes de la fundación por el puro afecto de Su voluntad (como enseña claramente Pablo en Ef. 1:3-6), Arminio enseñaba más bien que Dios predestinó a todos aquellos que Él sabía de antemano que iban a creer. Así que el foco del debate no era si había predestinación o no, sino más bien en cuál era la base de dicha predestinación.
A pesar de eso, en 1603 Arminio fue llamado a asumir la cátedra de teología en la Universidad de Leyden, donde sus doctrinas opuestas al calvinismo fueron más conocidas aún. Esto trajo como consecuencia un enfrentamiento con los calvinistas, de manera particular con otro profesor de la facultad, Francisco Gomaro. Este debate fue subiendo de tono, a tal punto que tuvo ramificaciones políticas.
Luego de la muerte de Arminio, en 1609, sus puntos de vista fueron sistematizados por su pupilo y sucesor en Leyden, Simón Episcopio. Al ser acusados de herejía, en 1610 los seguidores de Arminio presentaron a los Estados de Holanda un Memorial de Protesta (Remonstrance en inglés, por lo que fueron llamados “remonstrantes”), en el que planteaban su posición, incluyendo en la segunda parte los cinco puntos de su propia doctrina.
Estos artículos fueron firmados por 46 ministros remonstrantes. Los calvinistas, por su parte, emitieron una contra protesta. Pero, como no llegaban a un acuerdo, finalmente se decidió resolver la disputa mediante un Sínodo al que fueron invitados casi todas las iglesias nacionales reformadas.
Éste fue celebrado en Dordrecht desde el 13 de Noviembre de 1618 hasta el 9 de mayo de 1619. Estuvieron presentes 84 miembros y 18 comisionados seculares del Palatinado, Hesse, Nassau, Frieslandia Oriental, Bremen, Emden, Inglaterra, Escocia, Ginebra y Suiza alemana.
Los Cánones del Sínodo de Dort condenaron la posición arminiana, a la vez que presentaron cinco puntos contrarios, que han sido conocidos como los cinco puntos del Calvinismo.
Por un lado declaran que el hecho de que “sólo algunos de entre los miembros de la raza humana pecadora alcancen la fe, debe atribuirse al Consejo eterno de Dios. Dios eligió en Cristo un número definido de seres humanos para la salvación, en tanto que, en su justicia, dejó a los demás entregados a la perdición.”
En cuanto a la eficacia de la muerte de Cristo, afirman que ésta “es suficiente para expiar los pecados de todo el mundo.” Sin embargo, su obra de expiación está limitada en el hecho de que Dios tenía la intención de que fuese eficaz solamente para quienes “fueron elegidos desde la eternidad para salvación.”
También afirman la total depravación de la raza humana, así como la gracia irresistible de Dios. “Finalmente, los Cánones enseñan que Dios preserva a los elegidos de tal modo que no caen de su gracia. En esto también se atribuye la gloria Dios; permanecemos en la gracia, no por el poder de nuestra voluntad, sino porque, por su gracia, Dios ‘inicia, preserva, continúa y perfecciona su obra en nosotros’.”
Repetidas veces los calvinistas del Sínodo acusaron a los remonstrantes de enseñar las doctrinas de Pelagio, a pesar de que tanto Arminio como sus seguidores se empeñaron en condenar el pelagianismo. Estrictamente hablando los arminianos podían ser catalogados de ser semipelagianos; pero es probable que los teólogos del Sínodo hayan tenido en mente la conexión que existe entre ambas posturas.
No obstante, el arminianismo no murió allí. Sus doctrinas fueron asimiladas por los bautistas generales en Inglaterra, los menonitas holandeses y, un poco más tarde, por el metodismo wesleyano (aunque este último se aleja aún más de la doctrina reformada de la salvación). Hoy día es la doctrina de la mayoría de las iglesias en América.
Introducción El tema central que recorre esta clase es la tensión que existe entre el gran propósito de Dios para la iglesia —que nosotros seamos la manifestación de su gloria en la tierra— y nuestro pecado. Gran parte de lo que hemos discutido ha sido cómo pueden los cristianos propensos al pecado glorificar a Dios por medio de su amor y unidad juntos. Pero hay veces en las que el pecado ataca a nuestra iglesia y quienes caen en él no se arrepienten. Esos son tiempos difíciles para la unidad de la iglesia.
Podríamos escoger ignorar el pecado, y amenazar el llamado distintivo de la iglesia de Cristo. Por otro lado, podríamos actuar con dureza como fariseos, destruyendo nuestra unidad. Afortunadamente, la Biblia ha arrojado la sabiduría que a nosotros nos falta en relación con este tema. Nos referimos al enfoque de la Biblia como la disciplina en la iglesia, una respuesta bíblica al pecado impenitente. Y, lejos de las percepciones de los juicios de brujas y de las cartas rojas, la disciplina es algo inherentemente positivo: se ordena en la Escritura por nuestro bien. Significa que cuidamos los unos de los otros al hablar la verdad en amor acerca de nuestro pecado. Significa que protegemos a la iglesia del pecado impenitente grave que no honra a Cristo. Trágicamente, el mundo a menudo puede burlarse del comportamiento de la iglesia. «¡Él es un líder en la iglesia, pero es peor que nosotros!». La disciplina es la herramienta normal de Dios para preservar la reputación de Cristo en su iglesia al aclarar que Cristo no aprueba tal pecado.
El modelo para la disciplina en la iglesia es la disciplina que nuestro amoroso Padre celestial ejerce al lidiar con nosotros. El libro de Hebreo nos dice: «Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo» (Hebreos 12:6). La meta de la disciplina es la justicia. «Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados» (Hebreos 12:11).
El día de hoy, consideraremos cómo la Biblia nos enseña a practicar la disciplina en la iglesia, y hacer esto bien fortalece la unidad en la congregación y protege la reputación de Cristo. También hablaremos acerca de cómo nosotros, como miembros, tenemos la responsabilidad de estar involucrados en el proceso de disciplina.
No obstante, antes de seguir avanzando, necesitamos algo de claridad en cuanto a ciertos conceptos.
Dos clases de disciplina En realidad existen dos tipos de disciplina: la disciplina formativa y la disciplina correctiva. Por lo general, cuando hablamos de «la disciplina en la iglesia» nos referimos a la segunda. Pero la primera es mucho más común.
Por tanto, veamos primero la «disciplina formativa». Consiste en guiar a las personas hacia la madurez en Cristo a través de la instrucción y la enseñanza positiva. Por ejemplo, cuando se predica la Palabra y somos confrontados, o cuando nos alentamos unos a otros, esa es la disciplina formativa (cf. Efesios 4:11-12; Hebreos 10:24-25; Colosenses 3:16). La disciplina formativa es importante porque Dios la usa para prevenir el pecado que necesitaría de la disciplina correctiva.
Por otro lado, la «disciplina correctiva» consiste en corregir el pecado en la vida de un creyente. Desde confrontarnos mutuamente hasta la excomulgación formal. Es donde tenemos que decir: «Hey, Tom, creo que estabas equivocado al decir eso». O incluso, finalmente, según la enseñanza de Jesús: «María, sé que dices ser cristiana, pero debemos tratarte como a un no cristiano, porque no dejas de mentir». Esa es la disciplina correctiva.
El propósito de la disciplina correctiva Hoy nos centraremos en la segunda de estas clases de disciplina, la disciplina correctiva. ¿Por qué la ejercemos? Principalmente porque la Biblia nos dice que lo hagamos. Pero también nos da algunas metas específicas al hacerlo.
Primero, el bien de la persona disciplinada. La disciplina es amorosa porque nos advierte y corrige nuestro pecado, y nos beneficiamos de eso. Y para la persona que vive en pecado impenitente, deja en claro que sus acciones no respaldan una profesión de fe en Cristo.
Segundo, el bien de los demás cristianos que ven la grave naturaleza del pecado y sus consecuencias.
Tercero, la salud de la iglesia como un todo. Da un alto al pecado que podría causar discordia y conflicto, o confusión para cristianos menos maduros acerca de lo que significa seguir a Jesús.
Cuarto, el testimonio corporativo de la iglesia. La disciplina en la iglesia protege nuestro testimonio corporativo ante un mundo que nos observa. Las personas se dan cuenta de que existe una comunidad de creyentes cuyas vidas son diferentes a las del mundo. Ellos pueden fácilmente desacreditar nuestro mensaje cuando nuestro comportamiento es igual al de la gente que nos rodea.
Todo en contribución a la meta principal de la disciplina en la iglesia: dar a conocer la excelencia de nuestro Redentor.
¿Cómo ejercemos la disciplina correctiva en la iglesia? Pasaremos el resto de nuestro tiempo hablando acerca de cómo podemos ejercer la disciplina correctiva en la iglesia por nuestro bien y para la gloria de Dios. Para ello, abordaremos las preguntas que verás en tu folleto.
A. ¿Qué pasa si alguien peca contra ti? Entonces, ¿qué haces si un creyente peca contra ti? ¿Cómo deberías reaccionar? ¿Le dices por qué estás enojado, y luego le das el trato de la indiferencia? Veamos qué dice Jesús.
Mateo 18:15-17:
«Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia.; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano».
Paso #1: Ve con el ofensor Primero deberíamos ir y hablar con quien que pecó contra nosotros (llamaré esa persona el ofensor). Si se niega a escuchar, debemos llevar con nosotros a una o dos personas más. Si continúa rehusándose, debemos comunicarlo a la iglesia, la cual debe expulsarlo si se niega a arrepentirse.
Considerando esto más detalladamente, hablemos acerca del primer paso. En la mayoría de los casos, esa primera conversación resolverá el problema. La persona se arrepentirá o te darás cuenta de que estabas equivocado. ¿Cómo podemos prepararnos para una conversación como esa?
Primero, ora por esa persona. Ora para que Dios le ayude a crecer espiritualmente; para que desee conocer más a Dios. Esto suavizará tu corazón hacia él o ella en preparación para su plática.
Segundo, asegúrate de tener una buena razón para ir al ofensor. Algunos pecados son objetivos. «¡Él me golpeó!». Otros no tanto. «¡Se ha comportado soberbiamente!». Podemos hablar con otro creyente acerca de cualquiera de estas categorías. Pero mientras menos objetivo sea un pecado, más necesitaremos estar listos para explicar nuestra preocupación, pero luego soltar el problema si la persona no está de acuerdo. No te apresures en decir: «¡Eres soberbio! Arrepiéntete o lo diré a la iglesia». En cambio, podrías intentar decir: «Hermano, considerando las palabras que estás escogiendo, realmente temo que estés hablando con soberbia. ¿Crees que eso podría ser cierto?».
Tercero, examina tu corazón para asegurarte de que tus motivos sean los correctos; asegúrate de no ir al ofensor enojado, con deseo de venganza, con aires de superioridad o alguna otra actitud pecaminosa (cf. Romanos 12:19). Asegúrate de que tu deseo sea la reconciliación de la relación por el bien del ofensor, por tu bien y para la gloria de Dios. Como dice Jesús, confiesa tu pecado. Y entonces podrás ver más claramente el pecado de tu hermano (Mateo 7:5).
Cuarto, ten mucho cuidado al hablar con otras personas acerca del pecado del ofensor. Aquí vemos que Jesús va a hablar con él. No con su mejor amigo, o con su esposa. Habla con él. Está bien pedir a otros que te aconsejen acerca de cómo tener esa conversación si tienes que hacerlo. Pero ten mucho cuidado y no permitas que la conversación se convierta en un chisme. Y recuerda que, incluso cuando necesites el consejo de otra persona, casi siempre puedes obtener su consejo sin mencionar el nombre del ofensor.
Finalmente, cuando hables con el ofensor, recuerda actuar y hablar con un espíritu de gentileza, humildad y amor. La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego.
Todas estas cosas harán que el paso de acercarse al ofensor sea más efectivo, y preserva y protege la unidad de la iglesia al evitar obstáculos tales como el orgullo y las habladurías.
Ahora, antes de pasar al siguiente paso en Mateo 18, permíteme establecer dos puntos extra acerca de este primer paso en Mateo.
Primero, podrías preguntarte: ¿Debo acudir a mi hermano por cada pequeña ofensa? Ciertamente no. El amor cubre multitud de pecados. Proverbios nos dice que pasar por alto una ofensa es algo glorioso y demuestra paciencia y tolerancia (cf. Proverbios 19:11). Así que, ¿cuándo deberías ir? Aquí tienes dos preguntas que debes hacerte.
a. ¿La ofensa ha causado la ruptura de su relación? ¿Piensas frecuentemente en ello? ¿Te hace sentir diferente hacia esa persona por más que un momento de pasada? ¿Es difícil para ti perdonar? Si la respuesta es sí a cualquiera de estas preguntas, entonces es probable que debas ir y hablar con el ofensor.
b. ¿Cuál es el peligro de este pecado para el ofensor? Recuerda lo que Santiago escribe: «sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados» (5:20). ¿El pecado del que estamos hablando pone en peligro la capacidad del ofensor de reflejar a Cristo al mundo que lo rodea? ¿Es una señal de problemas más graves, o podría causarlos?
El segundo punto que quiero señalar en respuesta a la pregunta: «¿Cuándo debería ir?», es que Jesús nos dice que comencemos una conversación, sea que nosotros seamos los ofensores o los ofendidos. Mateo 18 le dice a la persona perjudicada que debe procurar la reconciliación. Pero Mateo 5:23-24 dice que si crees que alguien resiente algo contra ti, es decir, si eres el ofensor, entonces también es tu obligación hablar. Mateo 5 incluso dice que si mientras intentas adorar a Dios, recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, debes detenerte, y buscar reconciliarte. ¡Jesús se preocupa mucho por tus relaciones en la iglesia! Esa es la razón por la que es fundamental que examinemos nuestras relaciones con los demás antes de llegar a la mesa del Señor. Cuando hay conflicto, tanto el ofensor como la persona que ha sido agraviada deben iniciar la reconciliación. Es casi como si nos tropezáramos unos con otros apresurándonos para reconciliarnos. ¡Qué gran ilustración!
Paso #2: Toma contigo a uno o dos hermanos De vuelta a Mateo 18. Si la persona ofensora no escucha, y es evidente que ha pecado, debemos llevar con nosotros a una o dos personas más. Esto con dos propósitos: En primer lugar, es más probable que el ofensor escuche a una tercera parte neutral que a la persona a quien ha ofendido. Esta otra persona también sirve para dar testimonio de lo que ocurrió en la reunión en caso de que la disciplina avance al próximo paso.
Permíteme ofrecer algunas sugerencias acerca de este proceso si alguna vez te encuentras en este escenario. Primero, antes de tomar este paso, considera cuán objetivo es el pecado. ¿Confrontas a la persona porque piensas que invierte mucho dinero o porque crees que actúa con altivez? Solo Dios conoce su corazón. Si se trata de un caso subjetivo como ese, es mejor que entregues el problema y ores al Espíritu Santo para que la confronte. Segundo, si avanzas, asegúrate de que la persona o personas que lleves contigo sean confiables y discretas, imparciales y de buen juicio. Y tercero, comunícale al ofensor lo que estás a punto de hacer. No inicies una conversación sin antes advertirle. Cuarto, ten cuidado de no intentar poner a los testigos de tu lado; los hechos hablan por sí solos.
Paso 3: Dilo a la iglesia Avanzando al paso #3, si el ofensor sigue negándose a escuchar, la iglesia debe intervenir. Y puede excomulgarlo si se rehúsa a arrepentirse. En Mateo 18, Jesús no específica si se debe hablar con los líderes de la iglesia antes de llevar el asunto a la iglesia. Pero ciertamente el paso inmediato parece apropiado y consistente con estas instrucciones. Al ver estos pasos en Mateo 18, podemos ver a Jesús tratando de involucrar el menor número de personas posible. Pero está dispuesto a hacer que las cosas se hagan públicas si eso es lo que hará que el ofensor despierte. En el estado final, incluso usa a quienes están fuera de la iglesia y al propio Satanás para propiciar providencialmente el arrepentimiento.
B. ¿Qué pasa si ves a un miembro pecar contra otro miembro? Mateo 18 nos brinda una guía acerca de qué hacer cuando alguien peca contra ti. ¿Pero qué pasa si observas que alguien peca contra otro miembro de la iglesia? ¿Qué deberías hacer?
La respuesta es: «depende». Gálatas 6:1 nos dice: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre». Y Lucas 17:3 dice: «Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale». Por otro lado, la Biblia también nos advierte que no debemos ser chismosos en busca de oportunidades para señalar las faltas de los demás1 . Todos nosotros somos pecadores, por lo que sería imposible y, honestamente, poco productivo enfocar la atención en cada uno de los pecados que observamos. Por tanto, ¿cómo sabemos cuando es un buen tiempo para abordar a un hermano o hermana por su pecado?
Permíteme ofrecer algunas directrices para tu juicio:
Primero: ¿El pecado deshonra a Dios? ¿Es lo suficientemente visible para que ultraje el nombre de Dios ante los no cristianos?
Segundo: ¿Representa una tentación para otros o establece un mal ejemplo para cristianos más jóvenes?
Tercero: ¿Podría causar discordia y desunión en la iglesia?
Cuarto: ¿Está lastimando gravemente al ofendido al dañar su relación con Dios o en otras formas?
Si una o más de estas respuestas son sí, entonces probablemente sería apropiado hablar con el ofensor acerca del pecado. Mientras menos cercano seas a la persona, más alta será la barrera para hablar con ella. Mientras mejor la conoces, y mientras más confías en su relación, más baja será la barrera.
C. ¿Qué pasa si alguien peca de forma escandalosa? Con los años, se han establecido muchas diferencias entre el caso de disciplina de 1 Corintios 5, en el que Pablo dice a la iglesia que excomulgue a un hombre por acostarse con la mujer de su padre, y Mateo 18, que acabamos de considerar. En 1 Corintios 5, Pablo no pregunta por el arrepentimiento del hombre; simplemente ordena a la iglesia que lo expulse de la comunión. Entonces, ¿qué ocurre aquí? ¿Existe algún tipo de disciplina «acelerada» que Jesús no describió?
Bueno, algo así. Lo que parece estar sucediendo en 1 Corintios 5, es que el pecado era tan atroz, por encima de lo que era aceptable en esa sociedad, que realmente no había nada que el hombre pudiera decir para convencer a la iglesia de su arrepentimiento. En general, seguimos el principio de «inocente hasta que se demuestre lo contrario». Permaneces en la iglesia hasta que, a través de los pasos de Mateo 18, se haga evidente que no estás arrepentido. Pero en ocasiones, la credibilidad de cualquier declaración de arrepentimiento es tan arriesgada que la iglesia debe moverse rápidamente para expulsarte fuera de su comunión. Por tu bien y por la reputación de Cristo, como vemos en 1 Corintios 5. Entonces, si por la gracia de Dios tu declaración de arrepentimiento se vuelve creíble otra vez, ese interdicto de excomulgación es removido.
D. ¿Cómo me relaciono con alguien que ha sido excomulgado? Muchas veces esto no será un problema porque la persona que ha sido excomulgada se muda fuera del área, o ya no se asocia con la iglesia o sus miembros. Pero ha habido varios ejemplos en los que nuestra iglesia votó para cancelar la membresía de una persona, y el individuo continúa asistiendo a los servicios de la iglesia luego de haber sido expulsado, lo que es maravilloso. Queremos que eso pase. Queremos que la persona escuche constantemente la Palabra de Dios y se convenza de su pecado. ¿Pero qué pasa si esa persona también empieza a aparecer en eventos sociales de la iglesia, como la cena después del servicio por la noche? ¿Qué debemos hacer?
En 1 Corintios 5:11, leemos que no debemos «juntarnos» con dicha persona. En Mateo 18:17, Jesús dice que debes tratar a la persona como lo harías con un gentil o publicano. ¿Cómo se ve esto en la práctica? Significa que deberías tratar a la persona como si fuera un no creyente. Pero no solo cualquier inconverso; un inconverso que trágicamente cree estar bien. Así que, deberíamos animarle a que asista a la iglesia como acabo de mencionar. Y debemos tratarle con amor y amabilidad cuando le veamos. Pero cuando lo hagamos, deberíamos preocuparnos por instarle a que se arrepienta. Nunca deberíamos actuar como si todo estuviera bien, como lo haríamos con otro cristiano o incluso con un no creyente que sabe que no es cristiano. Esa es la lógica de 1 Corintios 5:11: «con el tal ni aun comáis». Por supuesto, cuando la persona excomulgada es un familiar o un compañero de trabajo, otras obligaciones bíblicas que tenemos con la relación a menudo pueden tener prioridad.
E. ¿Qué pasa si un líder de la iglesia peca? Finalmente, el último tema que quiero abordar hoy es lo que la Escritura dice acerca del pecado entre los líderes de la iglesia. El pasaje guía para estas situaciones se encuentra en 1 Timoteo 5:19-20: «Contra un anciano no admitas acusación, sino con dos o tres testigos. A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman».
Pablo da una caución especial para proteger a los ancianos de falsos ataques: antes de que una acción disciplinaria sea admitida en contra de un anciano, debe haber dos o tres «testigos». La sabiduría de esto es clara: los líderes de la iglesia a menudo participan en situaciones que podrían dar origen a acusaciones especulativas en su contra.
Con este pasaje en mente, permíteme abordar dos situaciones que podrían surgir en la iglesia: Primero, ¿qué pasa si escuchas rumores de una acusación en contra de un anciano? Segundo, ¿qué ocurre si descubres que un anciano está en pecado?
Rumores de acusación ¿Qué sucede si alguien te dice que ha visto a un anciano pecar o piensa que lo ha hecho? ¿Cuál es tu responsabilidad? Primero y principal, asegurarte de no ser parte de un chisme o de una difamación. Dile que hable con el anciano al respecto. No contigo. Como lo harías en cualquier otra situación. Desanímale activamente a dejar de infamar a ese anciano en una conversación como esa.
Hay dos excepciones a esta regla: Si también has visto ese pecado en especifico y esta persona se te acerca en calidad de testigo conforme a lo establecido en 1 Timoteo 5:19, o si te pide que sirvas como testigo incluso cuando no has sido un testigo presencial. Hablaremos un poco más acerca de eso en breve.
Si ves a un anciano en pecado Segundo, ¿qué pasa si un anciano peca contra ti, o eres testigo de que un anciano peca? ¿Qué debes hacer? Sencillo, habla con él al respecto. Ten presente que la situación puede no ser lo que aparenta ser. Así que actúa con humildad, recuerda que la persona sirve como anciano porque, al menos en el pasado, la iglesia lo consideró irreprochable. Por lo que es sabio darle el beneficio de la duda. ¿Qué ocurre si no te sientes cómodo acercándote? Tal vez (aunque oro para que esto nunca suceda), ¿ha pecado contra ti de una manera intimidante o abusiva? Está bien acercarse a otro anciano o a otra persona en la iglesia con tu preocupación. Cuando tu intención es mantener el problema en silencio y discreción, e involucrar el menor número de personas posible, no estás violando 1 Timoteo 5:19.
Bien, digamos que discutiste el asunto con el anciano, quizá abriste la Biblia para mostrarle su pecado, pero no se arrepiente. ¿Ahora qué? Recuerda lo que dije anteriormente acerca de cuán objetivo es un pecado. Si se trata de un problema de orgullo, algo de lo que no puedes estar seguro, entonces desiste y ora. Sin embargo, si se trata de algo objetivamente verificable, como un asunto de malversación de fondos o una conducta sexual, por ejemplo, entonces debes proceder con 1 Timoteo 5:19. Digo «debes» porque la disciplina, incluso la disciplina de un anciano, no es opcional en la iglesia. Esta es tu responsabilidad ante Dios. ¿Cuál es el siguiente paso? Hablar con aquellos que sabes que han visto el pecado, y pedirles que confronten al anciano contigo y, si es necesario, informar el problema a otros ancianos. Ellos actuarán como los testigos que se necesitan en 1 Timoteo 5:19.
¿Qué pasa si no hay más testigos? ¿Qué se debe hacer? Toma por ejemplo, una situación hipotética en la que un anciano se acerca inapropiadamente a una mujer en la iglesia, y la mujer es la única testigo. En esas circunstancias, la mujer puede hablar con otro miembro maduro (más convenientemente un anciano) acerca de la situación. Y esto no contradeciría 1 Timoteo 5:19 porque su acusación no sería suficiente por sí sola para iniciar el proceso de disciplina formal que se presenta en ese pasaje. En este asunto, el lenguaje específico aquí es instructivo. Dice: «Contra un anciano no admitas acusación, sino con dos o tres testigos». En este caso, esta mujer no está acusando formalmente a un anciano ante la iglesia, o pidiendo que otros que acepten una acusación como cierta. Simplemente está pidiendo que alguien más le ayude a establecer si su afirmación es verdadera o no. La confesión de la mujer a otra persona llevaría a una mayor investigación por parte de esta última, y quizá de los ancianos. Pero eso en sí no desencadenaría la disciplina formal de la iglesia.
Para que comience la disciplina formal de la iglesia, la persona que ha sido agraviada debe traer a uno o dos individuos que estén dispuestos a actuar como co-acusadores junto con ella. Las personas que pueden cumplir con el rol de testigos en 1 Timoteo 5:19 incluso si no han sido testigos presenciales, debido a su meticulosa investigación, a su conocimiento del acusado, a su conocimiento del acusador, etc. Puedes imaginar que en un caso como este, por lo general, es mejor acercarse a otros ancianos primero porque es más probable que tengan información acerca de acusaciones previas contra este anciano. Por lo que están en una mejor posición para cumplir ese rol de testigo y co-acusador. Recuerda lo que Pablo dijo a los líderes de la iglesia inmediatamente seguido de estos versículos: «Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad». Palabras muy fuertes. Tus ancianos tienen la responsabilidad única ante Dios de no dejar pasar por alto el pecado en la congregación. Lo segundo que Pablo dijo en 1 Timoteo 5:19-20, es que el pecado cometido por el líder de una iglesia es algo muy grave. El mandato de Pablo de reprender públicamente a un anciano pecador significa que debe hacerse alguna declaración de la naturaleza de la ofensa a la iglesia. ¡Incluso si se arrepiente! Para resumir lo que sucede aquí: los ancianos son más vulnerables a las acusaciones. Por tanto, Pablo nos dice que debemos tener cuidado al determinar su culpabilidad. Pero el pecado por parte de un anciano puede ocasionar gran daño a la iglesia, así que incluso cuando hay arrepentimiento, se trata más públicamente.
Conclusión Entonces, ¿por qué es importante la disciplina en la iglesia? Porque la iglesia es importante. Y la iglesia solo importa cuando es diferente al mundo. Piensa en las palabras de Jesús en Mateo 5:13 «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo podría volver a ser salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres». La disciplina en la iglesia es la herramienta que Jesús nos dio en Mateo 18 cuando inauguró a la iglesia para mantenernos diferentes del mundo. Nos estimulamos unos a otros hacia el amor y las buenas obras. Protegemos el mensaje del evangelio para la siguiente generación. Pero cuando somos iguales al resto del mundo, todo esto se desvanece en la nada.
Por tanto, trabajemos juntos como iglesia para perseverar en la fe, usando esta herramienta de la disciplina cuando debamos para la gloria de Dios y la salvación de nuestro mundo.