Domingo 9 Octubre En una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende… Óyeme tú a mí; calla, y te enseñaré sabiduría. Job 33:14, 33 El objetivo de Dios En el siglo 17, en el ejército de Cromwell, jefe militar de Inglaterra, el reglamento exigía que cada soldado llevara consigo un ejemplar de la Biblia. Un joven delincuente se había enrolado en esa tropa con la esperanza de obtener un botín. Como todos sus compañeros, tuvo que llevar una Biblia con él. Después de una jornada de rudas batallas, queriendo tomar pan de su mochila, puso la mano sobre el libro y descubrió un misterioso hueco redondo en la cubierta. Observó bien y notó que una bala había atravesado una parte del volumen, pero se había detenido en la página de Eclesiastés 11. Con asombro leyó estas palabras: “Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia… pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (v. 9).
¡Dios le hablaba! Fue consciente de que había rozado la muerte. Sin ese libro, probablemente estaría muerto y habría entrado en la eternidad sin estar preparado para encontrar a Dios. En ese mismo instante creyó en Jesús el Salvador y, desde entonces, lo siguió fielmente hasta el fin de su larga vida. Él solía decir: “Debo la vida a mi Biblia, la vida del cuerpo que ella preservó en el campo de batalla, y la vida de mi alma, que hallé en Jesucristo”.
Dios habla a los hombres de mil maneras: por medio de un accidente, un fracaso, una liberación, una decepción, o quizá por el relato que usted acaba de leer… El objetivo de Dios es alcanzar la conciencia y el corazón de sus criaturas. “Hijo mío, está atento a mis palabras; inclina tu oído a mis razones. No se aparten de tus ojos; guárdalas en medio de tu corazón; Porque son vida a los que las hallan, y medicina a todo su cuerpo” (Proverbios 4:20-22).
Sábado 8 Octubre Elías… deseando morirse, dijo… oh Señor, quítame la vida… los hijos de Israel han dejado tu pacto… y solo yo he quedado… Le dijo el Señor… Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal. 1 Reyes 19:2, 4, 14-15, 18 Quiero morir (2) – Elías Leer 1 Reyes 19 Elías, el profeta de Dios, acababa de enfrentarse a centenares de falsos profetas, demostrando de manera espectacular que Dios era el único y verdadero Dios (1 Reyes 18). Entonces Jezabel, la reina idólatra, lo amenazó de muerte, y Elías huyó para salvar su vida. Caminó durante un día y luego se sentó debajo de un enebro. Pensando que estaba solo en medio de un pueblo desobediente a Dios, se desanimó. Decepcionado de los otros y de sí mismo, dijo: “Basta ya… quítame la vida”. Pero Dios tenía otro plan para su siervo. ¡Elías no moriría miserablemente debajo de ese arbusto! ¡Un carro y caballos de fuego lo llevarían pronto al cielo sin que pasara por la muerte! (2 Reyes 2:11).
Un ángel lo despertó y lo alimentó hasta que llegó a Horeb, “el monte de Dios”. Allí Dios le habló con una voz “apacible” y delicada que le llegó directamente al corazón. Y supo que estaba muy lejos de ser el único fiel.
La experiencia de Elías también puede ser la de un cristiano. Después de una victoria espiritual ganada con la ayuda de Dios, la fe se relaja. Y bajo la presión de las circunstancias, en lugar de contar con el Señor, uno se ensimisma. Se cree el único… Escuchemos entonces atentamente la voz llena de gracia del Señor. Entendamos que no estamos solos en el combate (1 Pedro 5:9). Y recordemos que el Señor puede venir de un momento a otro para llevarnos con él al cielo, sin que pasemos por la muerte, como lo hizo con Elías (1 Tesalonicenses 4:17).
(continuará el próximo sábado) Deuteronomio 3 – Juan 3:1-21 – Salmo 113 – Proverbios 24:28-29
La moralidad por sí sola no es una solución; condena tanto como la inmoralidad. La moralidad no puede convertir el corazón de piedra en carne, no puede romper las cadenas del pecado, ni puede reconciliarnos con Dios. En ese sentido, la moralidad por sí sola es tan vacía para salvar como cualquier religión satánica.
Jesús se enfrentó a las personas más religiosas y externamente morales en su mundo, en particular a los sacerdotes, escribas y expertos en la ley del Antiguo Testamento. Él declaró: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mr. 2:17). Y en Mateo 23 pronunció sus acusaciones más fuertes contra el orden religioso de la época: el partido de los fariseos. Estos eran los hombres más piadosos de la nación, que guardaban meticulosamente la ley de Dios y seguían fielmente la tradición rabínica.
Jesús les advierte: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!” (v. 13). La palabra “ay es el equivalente a decir “malditos son”. Jesús está pronunciando condenación y juicio sobre ellos, y repite la misma frase una y otra vez en los versículos que siguen; los llama “guías ciegos” en el versículo 16, ya que llevaban a Israel por mal camino a través de su moral vacía y piadosa.
Ni cambio social ni moralismo fueron alguna vez el mensaje de los profetas del Antiguo Testamento. Nunca fueron el mensaje del Mesías ni de los escritores del Nuevo Testamento. Ese nunca ha sido en absoluto el mensaje de Dios para el mundo. Es más, Isaías nos asegura que “todas nuestras justicias [son] como trapo de inmundicia” (Is. 64-6). La moralidad del ser humano en su máxima expresión no es más que trapos inmundos y contaminados.
Además, en Romanos 3:10-12 se nos advierte: “No hay justo, ni aun uno… No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Por tanto, cualquier justicia imaginaria que el hombre tenga, cualquier moralidad superficial que exhiba, solo es una farsa. No hay nadie justo, no importa con qué tipo de apariencia piadosa nos presentemos.
Las personas pueden cambiar sus vidas. Pueden tener un momento de crisis y decidir alejarse de la inmoralidad o la adicción y empezar una nueva vida. Hasta cierto punto, pueden limpiar sus acciones simplemente mediante la aplicación del esfuerzo humano y una gran determinación. Si suficientes individuos hacen eso, puede haber una ligera mejoría moral en la sociedad humana. Pero reformar la conducta no tiene nada que ver con la relación entre las personas y Dios; carece de medios para sacarlas de la esclavitud del pecado y llevarlas al reino de Cristo. Lo mejor que la moralidad puede hacer es convertir a la gente en otro grupo de fariseos condenados. La moralidad no puede salvar a nadie de la culpa ni alimentar la autentica piedad. Los fariseos y las prostitutas comparten el mismo infierno.
La presión a favor de la moralidad cultural o incluso la justicia social es una distracción peligrosa de la obra de la iglesia. Desperdicia inmensas cantidades de recursos valiosos, incluso tiempo, dinero y energía. Efesios 5:16-17 insta a los creyentes a “[aprovechar] bien el tiempo, porque los dias son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor”. Y la voluntad del Señor no es una cultura gobernada por equidad social ni por fariseísmo institucionalizado.
La palabra evangélico se deriva de la expresión griega para “evangelio”. Originalmente se aplicaba a cristianos que entendían que el evangelio es el núcleo y la misma esencia de la doctrina cristiana, y por tanto debe protegerse a toda costa. Sin embargo, la palabra evangélico está hoy pintada con tantos colores sociales y políticos que se ha convertido en un término político rechazado por la mayor parte de la sociedad e incluso por los cristianos más practicantes.
(Adaptado de El Llamado de Cristo a Reformar la Iglesia )
Viernes 7 Octubre Del Señor nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar. Daniel 9:9 El espíritu de perdón 2 de abril de 2015. La universidad de Garissa, en Kenia, fue víctima de un ataque perpetrado por el grupo terrorista Shebabs, en el cual 148 personas cristianas perdieron la vida. Ciku Muriuki, una presentadora radial, dirigió el siguiente mensaje a los asesinos:
“Ustedes se han atribuido la muerte de 148 estudiantes. Tengo tristeza por todas esas familias privadas de sus seres queridos, pero no estoy triste por los desaparecidos. Supongo que ustedes escogieron deliberadamente este tiempo de Pascua, cuando Cristo dio su vida por todos nosotros, incluidos ustedes. Tal vez a ustedes no les importe…
Ese día, una multitud enfurecida insultó a Cristo y lo ridiculizó, pidiendo su muerte. Soldados romanos lo abofetearon, lo golpearon, le pusieron una corona de espinas en su cabeza y lo clavaron cruelmente en una cruz. No obstante, ellos habían visto sus milagros y escuchado sus enseñanzas. ¿Por qué tanta crueldad? Jesús miró a sus asesinos y dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Los hombres son responsables de haberlo matado, pero fue él quien voluntariamente dio su vida por nosotros, que pecamos deliberadamente o por ignorancia.
Fue también por ustedes que Cristo murió; por ustedes quienes mataron a mis hermanos y hermanas cristianos… Jesús murió, pero resucitó. Y lo mismo sucederá con los estudiantes cristianos que ustedes masacraron. Ellos resucitarán, porque la vida eterna es prometida a los que creen el él… Cristo murió en la cruz por ustedes también, para salvarlos, si ustedes se arrepienten”.
¿Te aburres cuando oras? Prueba orar la Biblia Josué Barrios
Pocas cosas han sido tan edificantes para mí como la práctica de orar la Biblia.
Este método ha sido de mucha utilidad para incontables cristianos a lo largo de la historia; Dios puede usarlo para llevarte a profundizar en tu vida de oración.
Por eso disfruté bastante leer Orando la Biblia, de Donald Whitney, hace algunos años atrás. Ha sido uno de los libros que más impacto práctico han tenido en mi día a día. Estas son algunas cosas que este libro breve y muy útil nos enseña:
1) La presencia del Espíritu Santo fomenta la oración. Debemos empezar por lo más importante: ningún método será útil para alguien sin el Espíritu Santo. Whitney nos recuerda eso, hablando sobre Romanos 8:15 y Gálatas 4:6.
Cuando alguien nace de nuevo, el Espíritu Santo le da a esa persona nuevos deseos orientados hacia el Padre, una nueva orientación celestial en donde clama: «¡Abba, Padre!». En otras palabras, todos aquellos en quienes habita el Espíritu Santo desean orar. El Espíritu santo hace que todos los hijos de Dios crean que Dios es su Padre y los llena con un deseo permanente de hablar con Él (loc. 140).
Como creyentes, necesitamos recordar la asombrosa realidad de que el Espíritu no está simplemente con nosotros. Él mora en nosotros conduciéndonos a vivir dependientes de Dios (Ro 8.9).
2) El problema en nuestras oraciones puede ser nuestro método. ¿Por qué a veces divagamos tanto al orar y luchamos contra el aburrimiento mientras hablamos con el Señor del universo?
Whitney nos explica que una de las principales causas de este problema es nuestra tendencia a presentar nuestras peticiones ante Dios usando las mismas palabras una y otra vez.
El problema no es que oremos por las mismas cosas de siempre, sino que usemos las mismas palabras cada vez que oramos por las cosas de siempre. Parece que casi todas las personas empiezan a orar así tarde o temprano y eso se vuelve aburrido; y cuando la oración es aburrida, no sentimos ganas de orar. Cuando no sentimos ganas de orar, es difícil orar, al menos de manera enfocada y concentrada (loc. 126).
El autor argumenta que, si tenemos el Espíritu Santo y aún así nos cuesta disfrutar nuestras vidas de oración, el problema entonces no somos nosotros. El problema es nuestro método.
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3) Es posible tener una vida de oración significativa. Debido a nuestras frustraciones, podríamos llegar a pensar que una vida de oración significativa solo está al alcance de algunos cristianos privilegiados o algo así. Eso es algo que Whitney refuta rotundamente:
El Señor tiene a Su pueblo alrededor de todo el mundo y entre ellos hay creyentes de cada tipo de descripción demográfica. A pesar de ello, por Su Espíritu, Él les da a todos ellos el deseo de orar. ¿Se lo daría a todos si la oración significativa fuera solo para algunos?… A pesar de Su amor por Su pueblo, un amor demostrado a través de la encarnación y crucifixión de Su Hijo, un amor que se hizo evidente al proveer el Espíritu Santo, la Biblia y la Iglesia, ¿idearía Dios, entonces, un medio de comunicación ente Él y Sus hijos que la mayoría encontraría frustrante, aburrido y monótono? (loc. 268)
¡La respuesta a esa pregunta es un firme no! Todo creyente puede tener una vida de oración satisfactoria, deleitándose en Dios cada día.
4) El método de orar la Biblia es realmente simple. La solución a la rutina aburrida de decir siempre las mismas cosas acerca de siempre lo mismo es muy sencilla: «Cuando ores, ora a través de un pasaje de las Escrituras, de manera particular a través de un salmo» (loc. 281).
Cada pensamiento que entra en tu mente mientras estás leyendo un pasaje de la Escritura —aun si tal pensamiento no tiene que ver con el texto que está delante de ti en ese momento— es algo que puedes llevar delante de Dios (loc. 340).
Whitney nos explica que orar la Biblia no es precisamente interpretarla, sino más bien usar el lenguaje del texto para hablar con nuestro Padre sobre lo que viene a nuestra mente. De esta manera ampliamos el vocabulario que usamos al orar y divagamos menos, pues estamos siendo guiados por el text, en lugar de simplemente hablar y hablar sin dirección alguna.
5) Los Salmos son el mejor lugar desde el cual orar la Biblia. Aunque podemos orar a lo largo de toda la Biblia, Whitney nos muestra que los Salmos son especiales para esta actividad.
El Señor nos dio los Salmos para que le diéramos los Salmos de vuelta a Él. Ningún otro libro de la Biblia fue inspirado con ese propósito expreso (loc. 464).
Así como muchos cristianos han podido encontrar en los Salmos cómo adorar y clamar al Señor, nosotros también podemos hacerlo. Dios inspiró un salmo para cada anhelo de nuestros corazones y cada circunstancia en nuestro caminar.
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Si tenemos todo un libro en la Biblia lleno de alabanzas y oraciones para meditar en ellas y ponerlas en nuestras bocas, ¿por qué no orar más a menudo la Palabra?
Una versión de este artículo apareció primero en Coalición por el Evangelio.
Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
Como pastor, a menudo aconsejo a personas con adicciones. Tras servir en el ámbito de la iglesia local durante más de veinte años, encuentro que ministrar a los adictos y sus familias es una de las cosas más difíciles, complicadas y tristes que hago. Cada semana, predico la Palabra de Dios a personas que nunca han sido adictas y que tal vez nunca lleguen a serlo, personas que fueron adictas, a los propios adictos y a futuros adictos. Hay algunos adictos que saben que son adictos, otros que están buscando ayuda para su adicción, y otros que no saben que son adictos o no quieren admitirlo. Algunos piensan que nunca se convertirán en adictos porque no tienen una «personalidad adictiva». Otros piensan que nunca se convertirán en adictos porque sus padres no eran adictos. Y algunos temen convertirse en adictos porque piensan que tienen una personalidad adictiva o porque muchos en su historia familiar fueron adictos. Sea cual sea el caso, todos nosotros nos hemos visto afectados de alguna manera por adictos o por adicciones.
Las estadísticas revelan que la prevalencia de las adicciones está creciendo rápidamente en todo el mundo, incluso entre niños que, sin saberlo, se están convirtiendo en adictos a los medicamentos conductuales y psicotrópicos. Estamos más familiarizados con las adicciones a las sustancias ilegales, los medicamentos, el juego y la pornografía. Sin embargo, estamos menos familiarizados con las adicciones al sexo, a las pantallas (videojuegos, televisión, teléfonos inteligentes, etc.) y a las autolesiones. Además, hay muchas personas que luchan con adicciones que muchos de nosotros erróneamente consideramos como «inofensivas», como comer en exceso, comprar, hacer ejercicio, trabajar, las redes sociales y las adicciones a Internet. Ya sean públicas o privadas, grandes o pequeñas, externas o internas, las adicciones son reales y, en última instancia, son asuntos del corazón en las vidas de los portadores de la imagen de Dios.
Todas las adicciones tienen consecuencias y deben ser tomadas en serio. No debemos subestimar la importancia de las adicciones en nuestras vidas o en las de los demás. Es más, no debemos convertir las adicciones en algo insignificante y limitarnos a ridiculizar y amenazar a los adictos, dejándolos a su suerte y abandonándolos en sus adicciones. Si ignoramos una adicción, las consecuencias pueden ser devastadoras. Debemos ser compasivos y valientes cuando nos acercamos unos a otros. Debemos orar, confesar, confrontar, admitir, intervenir, hacernos amigos y amar. Como familia de Dios, no debemos rendirnos con los que luchan contra las adicciones, ya que dependemos de la obra transformadora y renovadora del Espíritu Santo a través del evangelio de Jesucristo, quien ha vencido al mundo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Burk Parsons El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.
Jueves 6 Octubre Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos. Hechos 17:30-31 ¿Hago lo que quiero? “Hago lo que quiero cuando quiero”. Esta inscripción en una tumba describe, sin duda, la personalidad del difunto. Revela un carácter voluntario e independiente, que no se somete a otra autoridad diferente a la suya, y que quiere realizar todos sus deseos. Pero también nos muestra que la voluntad del hombre tiene sus límites. Un día la vida se detendrá, y entonces nuestra suerte eterna dependerá solo de la actitud que hayamos tenido respecto a la voluntad de Dios.
La Biblia nos recuerda que Dios ahora manda a todos los hombres, en todo lugar, que se arrepientan. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31). Es el único medio de salvación propuesto por Dios. No hay otro, y debemos aceptarlo si queremos escapar al juicio y vivir felices en la eternidad. Los que sean condenados lo serán porque no quisieron creer. Jesús dijo a los que contendían con él: “No queréis venir a mí para que tengáis vida”, la vida eterna (Juan 5:40). La voluntad personal del hombre es un obstáculo para la fe. Necesitamos aprender la sumisión que toda criatura debe a su creador.
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).
“El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:17).
El libro de Amós trata del Dios soberano de la creación y del pacto que anuncia su juicio sobre el Israel desobediente. Sin embargo, también proclama la esperanza de un reino futuro para el pueblo de Dios. En cierto sentido, esto podría describir la mayoría de los libros proféticos del Antiguo Testamento. Pero Amós no desperdicia la oportunidad y destaca estas características de varias maneras especiales.
El versículo inicial de Amós establece el contexto histórico dentro del cual se debe leer el libro. Amós 1:1 identifica al profeta Amós como un pastor de una ciudad en el Reino del Sur (cp. Am 7:13-14). A este profeta de Judea se le da un mensaje «acerca de Israel» (sobre el reino dividido, ver 1 R 12:1-20).
Los dos reyes mencionados en el título, Uzías rey de Judá y Jeroboam (II) rey de Israel, anclan el ministerio de Amós en el siglo VIII a. C. Aparte del versículo inicial, la única información biográfica adicional conocida sobre el profeta Amós se encuentra en Amós 7:10-15, donde niega ser un profeta profesional (es decir, no se ganaba la vida prediciendo el futuro). Antes de que Dios lo llamara como profeta, con toda probabilidad, Amós era un pastor y granjero pudiente (Am 7:14).
Los versículos iniciales de este libro hacen mucho más que brindar información general sobre la persona y la época de Amós. Estos versículos alertan a los lectores sobre la realidad fundamental de que todo lo que sigue es revelación divina («Palabras de Amós… de lo que vio» Am 1:1).
De manera principal, el libro de Amós se trata del Dios trino de nuestra Biblia de dos Testamentos
Si bien Amós fue el mensajero, el mensaje era algo que recibió de Dios, quien ruge desde Sión (Am 1:2). En otras palabras, esta profecía de la Escritura no fue producida por la voluntad de hombre, sino que Amós habló de parte de Dios siendo inspirado por el Espíritu Santo (2 P 1:21). De manera principal, el libro de Amós trata del Dios trino de nuestra Biblia de dos Testamentos.
Dios de la creación Amós enfatiza dos aspectos de Dios que son esenciales para el libro. Primero, dice que Dios es creador. Tres declaraciones en forma de himnos a lo largo del libro iluminan esta caracterización (Am 4:13; 5:8-9; 9:5-6). Estos himnos en conjunto proclaman la majestad y la soberanía de Dios sobre toda la creación. Él es quien forma las montañas (Am 4:13) y ordena los ritmos del movimiento planetario y el ciclo hidrológico (Am 5:8). Los lugares más altos de la tierra están debajo de sus pies (Am 4:13). En resumen, todas las cosas fueron creadas por Él y para Él (cp. Ro 11:36; 1 Co 8:6; Col 1:16).
Esto da una perspectiva muy necesaria para los lectores. El libro de Amós está repleto de explotaciones groseras de poder (cp. Am 2:7; 4:1; 5:11; 8:4, 6). En un mundo donde los poderosos oprimen a los débiles y los débiles oprimen a los más débiles, es importante recordar dónde reside el verdadero poder. El Dios Soberano sobre toda la creación pone en perspectiva todo el albedrío humano. De manera significativa, en Amós, el Dios que ejerce todo el poder también demuestra bondad hacia los débiles.
Dios del pacto Un segundo aspecto de Dios que es esencial para el mensaje de Amós es que Dios es el Dios del pacto. En Amós 3:1-2, Dios observa su singular relación de pacto con Israel. En lugar de que este estado de pacto asegurara una prosperidad inquebrantable, trajo consigo una mayor responsabilidad. De acuerdo con la ley, Israel debía vivir de una manera que anunciara la grandeza y la cercanía de Dios (cp. Dt 4:5-7), así como también ser un medio de bendición para el mundo (Éx 19:5-6).
Sin embargo, en lugar de representar a Dios, el pueblo de Dios se parecía más a sus vecinos malvados (Am 1:3–2:12). En el libro de Amós, se muestra que Dios es fiel al pacto al anunciar sus términos y juicios en lo que se refiere al trato de los pueblos entre sí de manera particular. Este último punto es significativo por la forma en que Amós presenta el tema teológico central en el libro.
En Amós, el Dios que ejerce todo el poder también demuestra bondad hacia los débiles
El pecado de idolatría está en el centro de la infidelidad de los israelitas en el Antiguo Testamento, en especial en los profetas (cp. Jr 1:16; Ez 8:10; Is 2:8; 42:8; Os 3:1; Mi 1:7; Zac 10:2). Sin embargo, en Amós rara vez se mencionan otros dioses (p. ej., Am 5:26; 8:14). Más bien, lo que está en juego es la dimensión horizontal de la vida de pacto del pueblo.
En lugar de cuidar a los pobres, los que tenían poder se enriquecieron a expensas de los indigentes (Am 2:6; 8:5-6). Esto estaba en marcado contraste con el carácter de Dios mostrado en el éxodo. Él cuidó del pueblo cuando estaba débil, venciendo a sus enemigos, estableciéndolos en la tierra y levantando líderes (Am 2:9-10). Considerando la bondad de Dios, el llamado al pueblo era hacer con los demás lo que Dios había hecho con ellos. De hecho, la historia tenía sus ojos puestos en Israel. Pero donde la justicia y la rectitud deberían haber corrido como agua (Am 5:24), la crueldad y la injusticia inundaron la tierra.
Sin embargo, la gente no era menos activa en la vida religiosa (Am 4:4-5). De hecho, afirmaron que Yahvé estaba con ellos (Am 5:14). Pero su trato mutuo dejó en claro que servían a otro dios por completo. Un dios que permite la piedad junto con la injusticia no es el Dios de la Biblia. Las Escrituras aclaran que nunca podemos separar lo que decimos creer de la forma en que vivimos (cp. Stg 2:18). La mala teología produce malos frutos y los malos frutos evidencian mala teología.
Para Israel, el juicio fue la única respuesta de un Dios fiel hacia su pueblo infiel al pacto. Esto vendría a través de un futuro exilio de la tierra (Am 3:11; 7:11, 17; cp. Lv 26:33). Dios anuncia que en este juicio «ha llegado el fin para Mi pueblo» (8:2).
Esperanza para las naciones El tono predominante del libro de Amós es de juicio. De hecho, hay solo unos pocos atisbos de esperanza en el libro (Am 5:4-6, 14-15). Si bien los lectores pueden encontrar esto desconcertante, es un recordatorio importante de que el pecado, tanto vertical como horizontal, no es un asunto menor para el Dios de la creación y del pacto. Aunque el juicio es primordial, el final de Amós deja claro que hay esperanza más allá del juicio (Am 9:11-15).
Considerando la bondad de Dios, el llamado al pueblo era hacer con los demás lo que Dios había hecho con ellos
Después de un juicio de zarandeo (Am 9:9-10), Dios anuncia que «en aquel día levantaré el tabernáculo caído de David» (Am 9:11). Esta declaración puede indicar no solo que no está a la vista una entidad puramente política, sino que también puede desencadenar la anticipación de un nuevo éxodo (cp. Lv 23:42-43) en línea con el pacto davídico (2 S 7).
Uno de los propósitos de esta restauración «“es que tomen posesión del remanente de Edom y de todas las naciones donde se invoca Mi nombre”, declara el Señor, que hace esto» (Am 9:12). El hecho de que Edom y las naciones sean llamadas por el nombre de YHWH creo que indica que aquí están unidos al pueblo de Dios.
Este pasaje se cita en Hechos 15 como apoyo para la inclusión de los gentiles en la iglesia cristiana. De acuerdo con la promesa abrahámica, todas las naciones de la tierra son bendecidas por medio de Cristo, el verdadero Israel (Gn 12:3; Gá 3:8). Aunque solo en forma de semilla, el libro de Amós señala el propósito redentor de Dios visto en toda la Escritura. De principio a fin, el Dios trino de la creación y del pacto se muestra fiel en el juicio y la salvación por la fama de su nombre.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición. Andrew M. King (PhD, Seminario Teológico Bautista del Sur) sirve como profesor asistente de estudios bíblicos en el seminario Midwestern Baptist Theological Seminary y como decano asistente en Spurgeon College. Es autor de Social Identity and the Book of Amos (Identidad social y el libro de Amós), entre otros libros. Vive en la ciudad de Kansas con su esposa y cuatro hijos y es miembro de la iglesia Emmaus Church.
Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo
avegar entre la Escila (las rocas) del antinomianismo, por un lado, y la Caribdis (los lugares difíciles) del legalismo, por otro, es una responsabilidad constante en la vida cristiana. Esta dificultad se ve agravada por el hecho de que la mayoría de nosotros nos sentimos más atraídos por las rocas de un lado que por las del otro. Tal vez reaccionemos a la forma en que fuimos criados, o a una predicación desequilibrada que en su día tuvo lugar en nuestras iglesias, o a una fase anterior de nuestro propio camino cristiano en la que nos desviamos hacia la autocomplacencia o la autosuficiencia. Y aunque nunca debemos desentendernos de la lucha por mantener el rumbo y evitar los peligrosos arrecifes que siempre acechan bajo la superficie, también debemos recordar que hay otras personas que también están haciendo el viaje, y nuestras reacciones al verlas trazar un rumbo inseguro pueden estar condicionadas tanto por nuestra propia historia de giros equivocados como por sus errores actuales.
Los que venimos de un trasfondo fundamentalista y hemos llegado a conocer a Cristo podemos encontrarnos en medio de una reacción al legalismo. Las exigencias excesivamente restrictivas añadían cargas innecesarias al yugo ligero y fácil de Cristo. Pero en algún momento, en la bondadosa providencia de Dios, redescubrimos las riquezas de la gracia soberana. Comprendimos que, habiendo sido justificados gratuitamente, al margen de nuestras obras, estamos revestidos de la justicia de Cristo, total e inamoviblemente perdonados, aceptados y amados. Hemos llegado a aferrarnos con gratitud a la maravillosa verdad de nuestra adopción. En Cristo, nosotros, que antes éramos enemigos de Dios, ahora somos Sus hijos, herederos Suyos y coherederos con Cristo.
El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él (Ro 8:16-17).
La vergüenza que sentíamos antes, cuando no estábamos a la altura de las exigencias legalistas que se nos imponían, se ha desvanecido a medida que nos apropiamos de nuevo de nuestra libertad como hijos del Rey. Ahora sabemos que no es necesario que intentemos ganarnos un lugar en la casa de Dios por nuestros propios esfuerzos, ya que hemos sido adoptados para siempre en Su familia.
Pero aun habiendo redescubierto las alegrías de estas preciosas verdades del evangelio, seguimos estando en peligro. Afortunadamente, el primer peligro es bien conocido, y aunque es pernicioso, la mayoría de nosotros estamos en guardia contra él. Es el peligro de la reacción exagerada. Sabemos que no debemos escuchar en las fuertes garantías de la rica gracia de Dios una negación de las exigencias igualmente fuertes de la santa ley de Dios. Sabemos que por las obras de la ley nadie será justificado (Gá 2:16), pero no estamos fuera de la ley de Dios, sino que vivimos bajo la ley de Cristo (1 Co 9:21). La ley, despojada de su poder condenatorio, se ha convertido en nuestra amiga. Siguiendo con la metáfora marinera, para el cristiano la ley se convierte en el piloto de un barco, que dirige la nave a través de aguas traicioneras y traza un rumbo seguro.
Sin embargo, al segundo peligro lo pasamos por alto fácilmente. Trazar un rumbo seguro para nosotros mismos es una cosa, pero la paciencia con los compañeros cristianos que pueden desviarse de ese rumbo es otra muy distinta. Como legalistas en recuperación, tenemos que reconocer lo rápido que puede fallar nuestra paciencia con los demás cuando todavía no pueden ver las rocas del legalismo que se avecinan y de las que siempre nos alejamos con tanto cuidado. Nos preguntamos cómo pueden estar tan ciegos como para pasar por alto las rocas afiladas de la justicia propia y los arrecifes ocultos de la vergüenza. Nos alegramos de no cometer sus errores. ¡Qué ingenuos son esos que no pueden ver el camino de la verdadera libertad del evangelio!
Pero el legalismo adopta diversas formas, y una de las más sutiles queda expuesta en nuestra jactancia farisaica de que, a diferencia de nuestros pobres hermanos legalistas, nosotros sabemos más. Y así, mientras nos felicitamos por nuestra sabiduría al alejarnos con seguridad de los peligros de la excesiva estrechez y de las gravosas restricciones impuestas por el hombre, encallamos en las mismas rocas de las que creímos haber escapado. J. Gresham Machen, reflexionando sobre la parábola de Jesús del fariseo y el publicano (Lc 18:11), señaló en una ocasión este peligro en su libro What Is Faith? [¿Qué es la fe?].
Sin duda creemos que podemos evitar el error del fariseo. Decimos que Dios no fue propicio a él, porque fue despectivo con el publicano; debemos ser tiernos con el publicano, como Jesús nos enseñó a ser, y entonces Dios será propicio a nosotros. Seguro que es una buena idea; está bien que seamos tiernos con el publicano. Pero ¿cuál es nuestra actitud hacia el fariseo? Por desgracia, lo despreciamos de forma verdaderamente farisaica. Subimos al templo a orar; nos ponemos de pie y oramos así con nosotros mismos: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, orgulloso de mi propia justicia, poco caritativo con los publicanos, ni aun como este fariseo».
Si esperamos salvar a otros de las rocas, de nada nos servirá que encallemos nosotros mismos. La práctica de la paciencia es la mejor defensa para no convertirnos en legalistas respecto al legalismo y en fariseos respecto a los fariseos.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. David Strain El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].
Miércoles 5 Octubre En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. 1 Juan 4:18-19 Amor o temor – Si estamos seguros de ser perdonados y aceptados por Dios, ¿no corremos el riesgo de vivir como nos place, sin tenerlo en cuenta?
– ¡No! Tomemos un ejemplo: algunos hijos se comportan correctamente porque sus padres son severos. Saben que si no se comportan bien, serán castigados. Su actitud es dictada, ante todo, por el miedo y no por una convicción personal. Sucede más o menos lo mismo con las religiones. El miedo a las consecuencias que podría tener su mal comportamiento motiva a los hombres a vivir una vida decente.
En contraste, la relación verdadera de un cristiano con Dios es parecida a la relación entre dos esposos. El amor y la confianza impregnan sus acciones y sus comportamientos. Así, las buenas obras y el deseo de vivir de una manera que agrade a Dios emanan de una relación viva y segura con él, y de la acción del Espíritu Santo en el corazón. Por agradecimiento a Dios, quien ha perdonado nuestros pecados, tratamos de vivir de una manera que lo honre.
Las buenas obras son el resultado de la salvación y no una condición para obtenerla. El evangelio no menosprecia las buenas obras; al contrario, les da su justo lugar. No son un medio de “ablandar” a Dios para obtener de él un juicio más favorable, sino la expresión del amor que nos une a él. ¡El amor a Jesucristo y el miedo no tienen nada en común!
“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (Hebreos 12:28).