¿Qué es el orgullo?

Por Daniel Puerto

“Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5).

El 3 de junio de 1741, Jonathan Edwards escribió una carta a Deborah Hatheway. Ella era una joven de 18 años recién convertida al evangelio que le pidió a Edwards consejo espiritual. El pastor de Northhampton, le envió una carta con “instrucciones sobre cómo conducirte en tu carrera cristiana”. De los 17 consejos que Edwards listó, el número 8 dice:

Recuerda que el orgullo es la peor víbora que hay en el corazón, el mayor perturbador de la paz del alma y de la dulce comunión con Cristo: fue el primer pecado cometido, y yace en lo más bajo de los cimientos de todo el edificio de Satanás, y es desarraigado con la mayor dificultad, y es el más oculto, secreto y engañoso de todos los deseos, y a menudo se arrastra sigilosamente en medio de la religión, incluso, a veces, bajo el disfraz de la misma humildad.[1]

Con toda seguridad, Edwards tomó este concepto de la Biblia misma. El escritor del Salmo 19 sabía que el orgullo es un pecado engañoso, destructivo y difícil de matar. Él clamó a Dios rogándole: “Guarda también a Tu siervo de pecados de soberbia; que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro, y seré absuelto de gran transgresión” (Salmos 19:13).

El pecado del orgullo es tan ofensivo delante de Dios que con toda claridad afirma que lo odia (Proverbios 6:16-17; 8:13; Amós 6:8). Dios abate y humilla a los soberbios (Isaías 2:12; Daniel 4:37; 5:20). La Biblia no deja lugar a dudas o especulación en cuanto a la opinión de Dios acerca del orgullo, la soberbia, la arrogancia, la jactancia: “Los ojos altivos y el corazón arrogante… son pecado” (Proverbios 21:4).

Una definición
Pero ¿qué es el orgullo? Generalmente, en las Escrituras se encuentran diez palabras hebreas y dos griegas que se refieren al orgullo (o sus sinónimos). Estos términos describen a personas elevadas o exaltadas en actitud.[2] La palabra hebrea ge’a, traducida “orgullo” en Proverbios 8:13 (NBLA), viene de una raíz que significa “elevarse”.[3] La palabra juperéfanos, traducida “soberbios” en Lucas 1:51, significa “mostrarse sobre los demás”. Esta palabra está compuesta por dos términos: juper, que significa “encima”, “sobre”, y fainesthai, que significa “mostrarse”.[4] Juan Calvino dice que esta palabra se refiere a “los que están levantados, por así decirlo, en lo alto, [y] miran hacia abajo a los que están, por así decirlo, debajo de ellos con desprecio”.[5]

Pero el orgullo tiene también otra dimensión. No solamente describe la actitud de una persona hacia otra, sino también la actitud de una persona hacia Dios. El orgulloso piensa que es independiente de Dios, que no lo necesita, incluso se cree mayor que Él. En Daniel 5:20-21, el profeta expresa cómo el corazón de Nabucodonosor “se enalteció y su espíritu se endureció en su arrogancia”. ¿Cómo humilló Dios a este rey? Él “fue depuesto de su trono real y su gloria le fue quitada. Fue echado de entre los hombres, su corazón se hizo semejante al de las bestias y con los asnos monteses tuvo su morada. Se le dio a comer hierba como al ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo, hasta que reconoció que el Dios Altísimo domina sobre el reino de los hombres y que pone sobre él a quien le place” (énfasis añadido). Nabucodonosor creyó que era independiente de Dios, incluso superior a Él. Por eso fue humillado.

Podemos, entonces, definir el orgullo como la actitud pecaminosa del corazón humano de independencia de Dios y superioridad hacia los demás. El orgullo es pensar más alto acerca de ti mismo, percibirte arriba, independiente de Dios y por sobre otras personas.

Algunos ejemplos bíblicos
Esa actitud de independencia de Dios y superioridad hacia otros ha sido la característica del ser humano a lo largo de la historia. En las Escrituras vemos muchos ejemplos de orgullo. Aquí algunos:

Adán y Eva fueron tentados por Satanás con estas palabras: “el día que de él coman [del árbol que Dios les había prohibido], se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios” (Génesis 3:5). Ellos comieron del fruto porque creyeron que serían “como Dios”, y ¿quién necesita a Dios cuando puedes ser como Él?

Después del diluvio, los hombres se unieron para construir una torre, la Torre de Babel. Ellos dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y hagámonos un nombre famoso, para que no seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierra” (Génesis 11:4). Si nosotros podemos hacernos nuestro propio reino, ¿quién necesita el señorío de Dios y vivir bajo Su gobierno?

Unos 600 años antes de Cristo vivió un rey que gobernó el imperio más grande de su tiempo, el imperio de Babilonia. Este rey se llenó de orgullo. Por eso Dios envió un mensaje acerca de él por medio del profeta Isaías. Esta profecía la encontramos en Isaías 14:12-15: “¡Cómo has caído del cielo, oh lucero de la mañana, hijo de la aurora! Has sido derribado por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Pero tú dijiste en tu corazón: ‘Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, y me sentaré en el monte de la asamblea, en el extremo norte. Subiré sobre las alturas de las nubes, me haré semejante al Altísimo’. Sin embargo, serás derribado al Seol, a lo más remoto del abismo”.[6]¿Quién necesita a Dios cuando tiene como meta ser semejante a Él? Juan Calvino, exponiendo sobre este pasaje, dice que “todos los que se atreven a atribuirse más de lo que Dios permite son culpables de exaltarse a sí mismos contra Dios, como si le declararan la guerra; porque donde hay orgullo, ahí también hay desprecio contra Dios”.[7]

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, encontramos a dos de los discípulos de Jesús haciendo una petición. Días antes de la crucifixión de Cristo, Jacobo y Juan se le acercaron para pedirle los puestos más altos, las posiciones de mayor poder y autoridad en Su reino. En Marcos 10:37 leemos cuál fue esa petición: “Concédenos que en Tu gloria nos sentemos uno a Tu derecha y el otro a Tu izquierda”. Ellos no querían estar debajo de nadie, no querían las posiciones más bajas. Ellos querían estar elevados por sobre todos, en las posiciones de mayor honor.

En la tercera carta de Juan leemos de un líder de una iglesia a quien le gustaba “ser el primero” (v. 9). Diótrefes —junto con Adán, Eva, los hombres de la Torre de Babel, el rey de Babilonia, Jacobo y Juan— llenan la descripción de orgullo: ellos tuvieron la actitud pecaminosa del corazón humano de independencia de Dios y superioridad hacia los demás. Ellos pensaron altas cosas acerca de sí mismos, se percibieron arriba, independientes de Dios y por sobre otras personas.

¿Qué de nuestro orgullo?
No podemos dejar de darnos por aludidos cuando hablamos del orgullo. ¿Acaso no nos hemos pensado superiores a otros e independientes de Dios? Si somos honestos, debemos responder con un rotundo: “Sí, por supuesto”. Podemos dar por hecho que nosotros hemos sido orgullosos y luchamos con ese pecado cada día. Seguimos en la misma tradición de Adán y Eva, Jacobo y Juan, el rey de Babilonia y Diótrefes.

Charles Spurgeon dijo que el orgullo “nació con nosotros y no morirá ni una hora antes que nosotros”.[8] El puritano Thomas Brooks escribió lo siguiente sobre este pecado tan propio de la naturaleza humana caída: “El primer mal que más acompaña a la juventud es el orgullo. Orgullo del corazón, orgullo por la vestimenta, orgullo por las posiciones (1 Timoteo 3:6). Los jóvenes son susceptibles de enorgullecerse por la salud, la fuerza, las amistades, las relaciones, la inteligencia, la riqueza y la sabiduría. [Es muy raro] encontrar a un joven humilde”.[9]

La pregunta no es, entonces: ¿soy yo orgulloso? Más bien, debemos preguntarnos: ¿en qué áreas de mi vida puedo detectar el orgullo y cómo está siendo expresado? No podemos hacer morir ese pecado que ofende tanto a Dios y nos pone en enemistad con nuestro prójimo si no lo reconocemos primero. Medita en las palabras de John Stott: “En cada etapa de nuestro desarrollo como cristianos y en cada esfera de nuestro discipulado cristiano, el orgullo es nuestro más grande enemigo y la humildad nuestro más grande amigo”.[10]

En las próximas semanas continuaremos considerando con más detalle el orgullo y la humildad, con aplicaciones específicas a los hombres cristianos. ¡Que Dios nos ayude a hacer morir cada día el pecado del orgullo en nosotros!

[1] Jonathan Edwards, Jonathan Edwards’ Resolutions and Advice to Young Converts [Las resoluciones de Jonathan Edwards y el consejo a nuevos creyentes], (versión Kindle sin datos de publicación), ubicación 132 de 164.

[2] Walter A. Elwell y Barry J. Beitzel, “Pride” [“Orgullo”], Baker Encyclopedia of the Bible [La encyclopedia bíblica Baker] (Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988), 1752.

[3] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de La Biblia (Miami: Editorial Unilit, 1999), 775.

[4] William Barclay, Palabras griegas del Nuevo Testamento: Su uso y significado (El Paso, TX: Casa Bautista de Publicaciones, 1977), 103.

[5] John Calvin y John Owen, Commentary on the Epistle of Paul the Apostle to the Romans [Comentario sobre la epístola de Pablo el apóstol a los Romanos] (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 82.

[6] Algunos teólogos afirman que este pasaje es también una descripción de la rebelión y la caída de Satanás. Ver, por ejemplo, el capítulo 20 de la Teología sistemática de Wayne Grudem (Miami, Florida: Editorial Vida, 2007).

[7] John Calvin y William Pringle, Commentary on the Book of the Prophet Isaiah [Comentario sobre el libro del profeta Isaías] vol. 1 (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 445.

[8] En su sermón predicado el 4 de octubre de 1857, titulado “Fear Not” [“No teman”].https://www.spurgeongems.org/sermon/chs156.pdf, accesado el 14 de julio de 2020.

[9] Thomas Brooks, Manzanas de Oro, ed. David Vela, trad. Samuel Ortiz, vol. II (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2018).

[10] John Stott, “Pride, humility, and God” [“Orgullo, humildad y Dios”] en J. I. Packer y Loren Wilkinson, eds., Alive to God: Studies in Spirituality [Vivo para con Dios: estudios acerca de la espiritualidad] (Vancouver, BC: Regent College Publishing, 2000), 119.

Daniel Puerto
Daniel es pastor de la Iglesia Bautista Palabra de Vida en Tampa, Florida. Estudió en el Instituto Bíblico Rio Grande (Edinburg, Texas) y actualmente cursa una maestría en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Claudia y es padre de Emma y Loikan. Lo puedes seguir en Twitter

Cómo superar el legalismo

Por Sean Michael Lucas

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Jaime se crió en un entorno eclesiástico legalista. Profesó la fe desde niño y se le enseñó la gloriosa verdad del evangelio de que Jesucristo murió por los pecadores. Pero después de esa profesión de fe inicial, toda su experiencia cristiana se centró en el cumplimiento de normas. Se le enseñó que los cristianos debían cumplir normas, no solo mandatos bíblicos directos, sino también una serie de «principios» en el ámbito de las citas y las amistades, el consumo de alcohol, la cultura popular y otros aspectos similares. La principal preocupación era mantener a Jaime y a los jóvenes cristianos como él «sin mancha del mundo»; el resultado fue que el evangelio que él conoció quedó truncado en un conjunto de normas de comportamiento.

Cuando Jaime llegó a la universidad, ya estaba cansado de cumplir normas. No solo era agotador cumplirlas, sino que también lo apartaba de sus compañeros de piso y amigos, que no parecían estar sujetos a tales reglas. Y ellos parecían divertirse y ser felices. ¿No sería mejor, menos agotador, más satisfactorio, renunciar a las normas y simplemente disfrutar de la vida? Así, Jaime dejó de cumplir las normas; y al hacerlo, también se alejó de la iglesia. Al fin y al cabo, si el cristianismo consiste en cumplir normas y él ya no las cumplía, entonces ya no era cristiano. Y lo que es peor, el cristianismo ya no funcionaba para él.

Lamentablemente, la historia de Jaime no es inusual. De hecho, para muchos jóvenes criados en la iglesia, este es exactamente el camino que siguen. Es cierto que, tras abandonar su moralismo legalista y «vivir la vida loca», algunos de ellos llegan a ver que su comprensión del evangelio era anémica e incluso falsa. Sin embargo, la mayoría de ellos nunca vuelven a la iglesia y, por eso, nunca se dan la oportunidad de escuchar el cristianismo bíblico.

¿Cómo respondemos a esto? ¿Existe alguna esperanza para los que se han criado en círculos eclesiásticos legalistas, para esos que quizá están maltrechos y magullados, en conflicto y confundidos sobre el verdadero significado del evangelio?

Sí, hay esperanza. Y esa esperanza se encuentra al volver al evangelio de Jesús.

PECADORES COTIDIANOS, EVANGELIO COTIDIANO
Al volver al evangelio, lo que debemos confesar es que nunca pasamos de la puerta del evangelio. Porque somos pecadores cotidianos, necesitamos un evangelio de todos los días.

Mientras vivamos, estaremos luchando con el pecado remanente. Sí, para aquellos que hemos confiado en Jesús, ha ocurrido algo decisivo. Hemos sido unidos a Cristo. Nos hemos despojado del viejo hombre y nos hemos revestido del nuevo. Por la fe, hemos sido bautizados en Cristo.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación (2 Co 5:17-19).

Pero, aunque somos nuevas criaturas en Cristo, también tenemos patrones aprendidos, deseos caprichosos y hábitos insensatos que permanecen. Además, a medida que aprendemos más sobre el Dios santo que nos ha amado con un amor inquebrantable, vemos los laberintos de nuestro corazón, los subterfugios que practicamos y la naturaleza de cabeza de hidra del pecado.

El arma que Dios nos ha dado para combatir el pecado remanente en nuestros corazones y cuerpos es el evangelio. Así traemos nuestros corazones de vuelta a quién y de quién somos en Jesucristo: estamos unidos a Jesús, somos aquellos a los que Él ha declarado justos y santos. Además, Él ha concedido al Espíritu Santo que entrene nuestras mentes y corazones para decir sí a la justicia y no a la injusticia. En el poder del Espíritu, damos muerte a los delitos de la carne y vivimos para las prácticas virtuosas de la santidad.

Debido a que pecamos todos los días y a que somos pecadores hasta el día de nuestra muerte, necesitamos el evangelio todos los días. A medida que meditamos en lo que Cristo ha hecho por nosotros a través de Su vida, muerte, sepultura, resurrección y ascensión, y a medida que vemos cada vez con más claridad cómo toda la Escritura trata de la obra de Cristo, nos formamos como una clase diferente de personas. El propio evangelio nos moldea cada día en mujeres y hombres nuevos.

EL PROGRESO DEL PEREGRINO
Esta transformación por el evangelio implica que el cristianismo no consiste en cumplir normas. Sin duda, un cristiano obedece la Palabra de Dios, pero el camino hacia la obediencia no consiste en centrarse en el cumplimiento de normas, en volar correctamente y en hacerlo mejor. El núcleo de lo que hace Jesús en el Sermón del monte, en Mateo 5, es destruir la idea de que la justicia consiste en la obediencia externa a la ley. Cuando dice: «Porque les digo a ustedes que si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt 5:20), nos dice que el camino hacia la justicia no es la mera obediencia externa. En cambio, el camino hacia una vida justa es la transformación interior del Espíritu a medida que progresamos en la vida del evangelio. Cuando utilizamos los medios de la gracia —incluyendo el culto corporativo centrado en la Palabra, los sacramentos, la oración y el compañerismo, así como la adoración privada—, Dios se encuentra con nosotros, introduce el evangelio en nuestros corazones, confronta nuestros patrones de pensamiento, palabras y actos pecaminosos, y nos hace nuevos.

Pero este tipo de transformación por el evangelio lleva tiempo. Progresamos en ella a medida que somos formados y moldeados por la obra del Espíritu. A medida que avanzamos y nos adentramos, vemos más pecados, nos enfrentamos a más engaños, creemos más en el evangelio y recibimos más consuelo divino. Aprendemos por experiencia y ganamos sabiduría y perspicacia a medida que pasamos de la insensatez a la reverencia y al amor al Señor.

Y esto es lo que ocurre: cuando vivimos al ritmo del Espíritu, en realidad vivimos de forma que «guardamos las reglas». Los que den el fruto de amor del Espíritu serán los que guarden las dos tablas de los Diez Mandamientos. Los que tengan gozo conocerán la fuerza para decir no al pecado y sí a la justicia. Los que lleven la paz serán íntegros y sanos, no inquietos ni ansiosos. Y así sucesivamente. Cumplimos normas, pero no centrándonos en ellas como meras obras que hay que hacer, sino centrando nuestro corazón en Jesús, en quién es Él, en lo que ha hecho y en lo que está haciendo en nosotros por medio del Espíritu para hacernos cumplir la ley.

CARÁCTER Y VOCACIÓN
En otras palabras, el evangelio de la gracia de Dios transforma nuestro carácter. Empezamos a vivir en la realidad de la nueva creación que es nuestra porque estamos unidos a Jesucristo. La imagen de Dios comienza a restaurarse en nosotros a medida que el Espíritu obra en nosotros la santidad, la justicia y el conocimiento genuino de Dios. Nos convertimos en las personas que Dios siempre quiso que fuéramos.

Este tipo de formación del carácter no puede ocurrir cuando un cristiano individual solo estudia la Palabra de Dios u ora por su cuenta. Más bien, se produce a través de la comunidad llamada «iglesia», a medida que aprendemos a amar y a vivir entre personas dramáticamente diferentes a nosotros. Las nuevas formas de vivir que Pablo detalla en Efesios 4-5 y Colosenses 3 solo pueden darse en comunidad: desechamos la falsedad y aprendemos a decir la verdad, ¿por qué? «Porque somos miembros unos de otros» (Ef 4:25). No permitimos que la ira se arraigue en nuestros corazones, ¿por qué? Para no dar «oportunidad al diablo» de dividirnos unos de otros (v. 27). No dejamos que salga de nuestra boca ninguna palabra mala, ni amargura, ira, enojo o malicia, ¿por qué? «Para que imparta gracia a los que escuchan» (v. 29). ¿Te das cuenta? El carácter nuevo y renovado que el Espíritu obra en nosotros es para los demás. Y solo puede formarse y expresarse en comunidad con los demás.

A medida que somos moldeados por el evangelio, Dios nos llama a la vida de los demás y a Su mundo. Se nos dan dones para que los compartamos con los demás, habilidades dadas por el Espíritu que edifican a los demás en el evangelio. Estos son diferentes y necesarios para que nosotros y los demás seamos las personas que Dios quiere que seamos (Ro 12; 1 Co 12). De nuevo, esto significa que debemos formar parte de la comunidad llamada «iglesia», no para que podamos marcar como cumplida en nuestra lista de reglas la asistencia a la iglesia, sino para poder contribuir a la formación de los demás en el evangelio.

Pero Dios también nos llama a Su mundo como señales y agentes de la nueva creación. Cuando vivimos como esposos y esposas, madres y padres, padres e hijos, trabajadores en nuestras carreras y en el hogar, miembros y líderes de la iglesia, y en varios otros llamados, lo hacemos como señales de cómo será cuando todo sea como debe ser. Somos señales de la nueva creación y a la vez sus agentes. Y eso es así porque Jesús nos ha encargado que hagamos discípulos, que ayudemos a otros a aprender la fe y los caminos del evangelio, no para conseguir más observadores legalistas de las normas, sino para formar más señales y agentes de los nuevos cielos y la nueva tierra.

Este es un evangelio que es mucho mejor que simplemente «cumplir normas». Este es un evangelio que da una esperanza genuina al legalista en recuperación, porque este es el evangelio de Jesús, Aquel que está haciendo todas las cosas nuevas.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sean Michael Lucas
El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

Cómo se ocupa Dios de los suyos

Martes 4 Octubre
Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
Romanos 8:28
Cómo se ocupa Dios de los suyos (2)
“Le mostré todos los libros que había comprado para él. Le expliqué:

Llegué a Lima en la noche y no pude dormir. Le voy a decir por qué. Hace algunos meses Dios tocó el corazón de varias personas en mi país para ofrendar dinero para Su obra en Perú. También me movió a mí a hacer el viaje hasta aquí y a levantarme temprano en la mañana para ir a la librería. Fue así como me encontré con usted y pude comprarle varios libros que serán muy útiles para usted y los demás creyentes de su comunidad”.

Cristianos, ¿comprenden ustedes el amor de Dios? No me hablen de coincidencias, ¡eso sería blasfemia o locura! Durante meses, Dios preparó los corazones y las circunstancias de decenas de personas para que ese cristiano humilde no se devolviera con las manos vacías. Y si él amó de tal manera a ese joven, a mí también me ama tanto como a él, y ama de la misma manera a cada uno de sus hijos. ¡Oh, si pudiéramos comprender mejor a qué punto nuestro Dios es maravilloso!

Dios tiene reservadas cosas maravillosas para nosotros, “cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). ¿No confiaremos en él? Claro que sí, ¡con todo el corazón!

“El que camina en sabiduría será librado. El que da al pobre no tendrá pobreza; mas el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones” (Proverbios 28:26-27).

Amós 8-9 – Judas – Salmo 110 – Proverbios 24:19-20

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿QUÉ CLASE DE EVANGELIO ESTÁS ESCUCHANDO?

POR ANDY JOHNSON

ué quiero decir cuando uso la palabra “evangelio”? Con ella me refiero al mensaje cristiano histórico, las buenas nuevas acerca de lo que Dios ha hecho por los pecadores por medio de Cristo. Y con esto no me refiero a ciertas implicaciones de ese mensaje, como por ejemplo la forma en la que algunos cristianos viven o lo que hacen, sino que me refiero al mensaje mismo de lo que Jesús ha hecho por los pecadores; el único mensaje que puede salvarnos del Infierno y llevarnos a Dios.

El evangelio bíblico empieza con Dios, quien creó todas las cosas por Su Palabra. De la nada, Dios habló y fueron creadas todas las galaxias, las nebulosas, las estrellas y los planetas. También creó la vida en nuestro planeta, incluyendo el primer hombre y la primera mujer. Dios los colocó en un huerto y les dio todas las cosas para que las disfrutaran y gobernaran con perfecta libertad. La única prohibición fue que no comieran de un árbol en particular. Pero el rebelde enemigo de Dios entró en el huerto y tentó a Eva, aunque Adán no hizo nada al respecto. Escogieron desobedecer la prohibición de Dios y escuchar en su lugar las falsas promesas de Satanás. Los humanos hemos estado haciendo lo mismo desde entonces. Pero Dios castigará el pecado porque es bueno y justo. Él no es la clase de juez que esconde la suciedad bajo la alfombra, pervirtiendo así la justicia. Él es un juez justo, y eso es malo para transgresores de la ley como nosotros. Rebelarse contra el gobierno justo de un Dios perfecto es indescriptiblemente perverso y merece un castigo de inconcebible severidad y duración. Merecemos un castigo eterno y consciente en el Infierno bajo la ira de Dios.

Pero Dios tenía un plan en su incalculable amor y sabiduría para castigar el pecado —y así ser un juez justo— y al mismo tiempo perdonar a pecadores como nosotros (y así reflejar su misericordia). Eso fue lo que hizo al enviar a Jesucristo —el coeterno y mismo Dios en la persona de Su Hijo— para que se encarnara. Jesús vivió una vida perfecta sin rebelarse nunca contra Dios. Nunca cometió pecado alguno, sino que voluntariamente tomó el lugar de los pecadores. Y al ser clavado en la cruz de madera, cargó sobre Sus hombros toda la fuerza de la justa ira que el Dios todopoderoso tiene en contra del pecado. Cristo cargó sobre Sí mismo el castigo eterno que merecen nuestros pecados. Su sacrificio soberano absorbió el castigo de todos los pecadores que algún día se arrepentirían y confiarían en Él. Dios mostró que había aceptado el sacrificio de Jesucristo cuando lo levantó de la muerte después de haber estado tres días en la tumba.

Ahora este Jesús resucitado ordena a todos en todo lugar que se arrepientan de sus pecados y confíen en Él. Y de manera asombrosa, Cristo nos concede no solo la promesa del perdón, sino también la adopción como hijos e hijas amadas del mismo Dios que hemos ofendido. Si nos hemos arrepentido de nuestros pecados y confiado en Jesús, ahora conocemos la paz con Dios y la esperanza firme de tener gozo eterno y disfrutar de Él para siempre. Ese es el evangelio bíblico y es verdad para todas las personas, todas las lenguas, todos los lugares y todas las culturas a través de los tiempos.

Sea cual sea nuestro papel en la iglesia, lo mejor que podemos hacer es creer este evangelio. Tenemos que meditar en él y medir todo lo que hay en nuestras vidas a la luz de su verdad y su valía.

Y cuando lo hayamos hecho, tenemos que orar por los líderes de nuestra iglesia y animarlos con gentileza a que dirijan a la congregación a poner el evangelio en lo más alto. Dales las gracias cada vez que presenten claramente el evangelio en su predicación y anímales a promover la pasión por las misiones mundiales como una consecuencia natural y bíblica del evangelio.

“EL ÚNICO COMBUSTIBLE VÁLIDO PARA LAS MISIONES MUNDIALES ES LA GLORIA DEL EVANGELIO, NO LAS NECESIDADES DE LA HUMANIDAD.”

Los pastores y líderes de la iglesia tienen que mantener en alto este evangelio no solo en los mensajes evangelísticos, sino en todo tiempo. Las personas salvas de tu congregación necesitan que se les recuerde y se les ayude regularmente a maravillarse en la idea de que “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8b). Allí donde las personas ven la obra de Cristo como algo sumamente valioso, las misiones se convierten en un sacrificio racional y glorioso. El único combustible válido para las misiones mundiales es la gloria del evangelio, no las necesidades de la humanidad.

¿QUÉ SIGNIFICAN LAS PALABRAS “MISIONES” Y “MISIONEROS”?

No obstante, ¿qué queremos decir cuando usamos la palabra “misiones” y quién puede ser considerado “misionero”? Para algunos cristianos, estas dos palabras han cambiado su significado recientemente. Algunos tratan ahora la misión de la iglesia como si abarcara todas las cosas buenas que los cristianos hacen, desde la acción social hasta la protección del medioambiente. Es cierto que es bueno hacer estas cosas y otras muchas que multitud de cristianos hacen regularmente de manera individual. Pero mi intención es mantener el uso tradicional e histórico de la palabra “misiones”. Es decir, la exclusiva y característica misión evangélica de la iglesia que es hacer discípulos a todas las naciones. O sea, la clase de evangelismo que lleva el evangelio traspasando los límites étnicos, lingüísticos y geográficos, y que congrega a las iglesias y les enseña a obedecer todo lo que Jesús ha ordenado. La verdad es que hacerlo de manera diferente supone convertir la palabra “misiones” en algo inútil. Tal y como dijo Esteban Neill en su famosa frase respecto a esta nueva definición de las misiones: “Si todo es misión, entonces nada es misión”.

De la misma manera, cuando me refiero a “los misioneros” no estoy hablando de los cristianos que viven en una cultura diferente a la suya y que comparten el evangelio. Así como no todos los miembros de iglesia que aman a Cristo son “pastores o ancianos” y no todos los miembros de iglesia que hablan acerca de la Biblia son “maestros” en el sentido de Santiago 3:1, tampoco todos los testigos del evangelio en una cultura diferente a la suya son misioneros según vemos en 3 Juan o 1 de Corintios. Me ciño al entendimiento tradicional e histórico de la palabra “misionero” como alguien que es reconocido por la iglesia local y enviado para que el evangelio sea conocido y, para congregar, servir y fortalecer a las iglesias locales sin importar las divisiones étnicas, lingüísticas o geográficas. Esas son las personas a las cuales se les ha dicho a nuestras iglesias en lugares como 3 Juan que debemos sustentar.

Este artículo fue adaptado de una porción del libro Las misionespublicado por Poiema PublicacionesPuedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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¡Cuánto amo tu ley!

Por Sinclair B. Ferguson

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

En un torneo del PGA Tour en octubre de 2015, Ben Crane se autodescalificó tras completar su segunda ronda. Lo hizo con un coste económico considerable. Pero no le importó: Crane creyó que el coste personal de no hacerlo habría sido mayor (animado por un artículo devocional que había leído esa mañana de Davis Love III, el distinguido excapitán de la Copa Ryder).

Crane se dio cuenta de que había roto una de las reglas menos conocidas del golf. Si recuerdo bien la historia, mientras estaba en un obstáculo buscando su bola, apoyó su palo en una piedra. Abandonó la bola, asumió la penalización requerida por hacerlo, siguió jugando y terminó su ronda. Pudo haber pasado cómodamente la eliminatoria del viernes por la noche; le esperaba un fin de semana muy exitoso desde el punto de vista financiero. Entonces Ben Crane pensó: «¿Debí haber incluido una penalización por haber dejado mi palo en un obstáculo?». Pues sí (regla 13.4a). Así que se descalificó.

(¿Entiendes la idea? Esperemos que ningún lector de Tabletalk se quede despierto esta noche sabiendo que el trofeo se ganó ilegalmente).

Crane fue ampliamente elogiado por su acción. No hubo una avalancha de ataques rencorosos o denigrantes en el ciberespacio ni correos de odio por su estrechez de mente. Todo el reconocimiento para él. Curiosamente, nadie dijo o escribió: «Ben Crane es un legalista».

No, Tabletalk no va a iniciar una nueva columna de deportes este mes. Pero qué extraño es ver tantos elogios por su atención detallada a las reglas del golf y, sin embargo, lo contrario cuando se trata de las reglas de la vida, la (mucho más sencilla) ley de Dios, incluso en la iglesia.

Hay un problema en alguna parte.

EL PROBLEMA
Ni Jesús ni Pablo tenían problemas con la ley. Pablo escribió que su evangelio de la gracia sostiene y confirma la ley (Ro 3:31), incluso las leyes de Dios en su forma negativa, ya que «la gracia de Dios… nos enseña a rechazar» (Tit 2:11-12 NVI). ¿Y recuerdas las palabras de Jesús en Mateo 5:17-19? Nuestra actitud ante la ley es una prueba de fuego de nuestra relación con el reino de Dios.

Entonces, ¿cuál es el problema? El verdadero problema es que no entendemos la gracia. Si lo hiciéramos, también nos daríamos cuenta de por qué John Newton, autor de Sublime gracia, pudo escribir: «En el fondo de la mayoría de los errores religiosos está la ignorancia de la naturaleza y del diseño de la ley».

Esta es una cuestión profunda. En la Escritura, la persona que comprende la gracia ama la ley. (Por cierto, las meras polémicas contra el antinomianismo tampoco pueden producir esto).

Piensa de nuevo en Ben Crane. ¿Por qué él guarda las complejas reglas del golf? Porque ama el juego. Algo similar, pero mayor, es cierto para el creyente. Si amamos al Señor, amaremos Su ley, porque es Suya. Todo se basa en esta hermosa simplicidad bíblica.

Piensa en esto en términos de tres hombres y las tres «etapas» o «épocas» que representan: Adán, Moisés y Jesús.

ADÁN
En la creación, Dios dio mandamientos. Expresaban Su voluntad. Y como Él es un Dios bueno, sabio, amoroso y generoso, Sus mandamientos son siempre para nuestro bien. Él quiere ser un Padre para nosotros.

Tan pronto como Dios creó al hombre y a la mujer a Su imagen (Gn 1:26-28, una afirmación enormemente significativa), les dio estatutos que debían seguir (v. 29). El contexto deja clara la razón: Él es el Señor; ellos son Su imagen. Los hizo para que le reflejaran. Él es el Señor cósmico y ellos los señores terrenales. Su objetivo es que disfruten el uno del otro y de la creación en una comunión de vida (1:26-2:3). Así que les dio un comienzo: un jardín en el Edén (2:7). Él quiere que extiendan ese jardín hasta los confines de la tierra y que lo disfruten como creadores en miniatura, imitando así al gran Creador original (1:28-29).

Así que los mandatos de Dios en la creación tenían como objetivo que reflejáramos Su imagen y Su gloria. Los portadores de Su imagen han sido hechos para ser como Él. De una forma u otra, todos los mandatos divinos tienen consagrado este principio: «Eres mi imagen y mi semejanza. Sé como Yo». Esto se refleja en Su mandato: «Santos serán porque Yo, el SEÑOR su Dios, soy santo» (Lv 19:2).

Aquí está implícito que los portadores de la imagen de Dios han sido creados, por así decirlo, para reflejarle. Sí, se les dan leyes externas, pero estas simplemente proporcionan aplicaciones específicas de las «leyes» incorporadas en la imagen divina, leyes que ya están en la conciencia.

Por tanto, era instintivo que Adán y Eva imitaran a Dios, que fueran como Él, porque fueron creados a Su imagen y semejanza, así como el pequeño Set habría de comportarse instintivamente como su padre, Adán, porque era «a su semejanza, conforme a su imagen» (Gn 5:3). De tal padre, tal hijo.

Pero entonces vino la caída: el pecado, la falta de conformidad con la ley revelada de Dios y la distorsión de la imagen dieron lugar a un mal funcionamiento de los instintos humanos internos. La imagen que reflejaba se apartó de la mirada y de la vida de Dios, y desde entonces todos los hombres (excepto Cristo) comparten esta condición. El Señor sigue siendo el mismo. Su diseño para Su imagen sigue siendo el mismo. Pero la imagen está estropeada. El virrey que fue creado para convertir el polvo en un jardín se ha convertido en polvo:

Con el sudor de tu rostro
Comerás el pan
Hasta que vuelvas a la tierra,
Porque de ella fuiste tomado;
Pues polvo eres,
Y al polvo volverás (Gn 3:19).

Seguimos siendo la imagen de Dios y las leyes que rigen nuestra mejor manera de vivir no han cambiado. Pero ahora estamos demacrados y gastados, retorcidos por dentro, descentrados, distorsionados, llevando el aroma de la muerte. Antes éramos jefes de operaciones, ahora somos vagabundos que sobreviven robando al Propietario de la empresa (Yahvé e Hijo) que tan generosamente nos proveyó. La ley interior sigue funcionando, pero en el mejor de los casos de forma poco fiable, no porque la ley sea defectuosa sino porque nosotros lo somos.

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos. Porque muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Ro 2:14-15; ver también 7:7-25).

Pero Dios quiere Su retrato, Su imagen, de regreso.

MOISÉS
En esencia, la ley mosaica, resumida en el Decálogo, fue una reescritura en tablas de piedra de la constitución escrita en el corazón del hombre en la creación. Pero ahora esa ley llegó a un hombre caído e incluyó ofrendas por el pecado para abordar la nueva condición de la humanidad. Se le dio a una nación específica en una tierra específica. Y se le dio hasta la venida del Redentor prometido en Génesis 3:15. Por lo tanto, en gran medida se dio en términos negativos, con aplicaciones añadidas relevantes para una nación específica en una tierra específica, hasta el día en que los tipos y sacrificios de esa ley se cumplieran en Cristo.

La ley se le dio a las personas como a un «menor de edad» (Gá 3:23-4:5), en gran medida en forma negativa. Nosotros también enseñamos a nuestros hijos: «¡No metas el destornillador en el enchufe!», mucho antes de explicarles cómo funciona la electricidad. Es la forma más sencilla y segura de protegerlos.

Pero los creyentes del antiguo pacto ya tenían claro que las negaciones de la ley encerraban mandatos positivos. La negación «No tendrás otros dioses delante de mí» implicaba la imagen a color y desarrollada de amar al Señor con todo el corazón y los mandamientos del dos al cuatro daban cuerpo a esa imagen. El resto de los mandamientos eran negativos que se desarrollaban en «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

Además, dado que los sacrificios de animales sustituían los pecados de los humanos, era evidente que no carecían de proporción y no podían otorgar el perdón que ilustraban. Un creyente del antiguo pacto podía comprobarlo yendo al templo dos días seguidos: el sacerdote estaba de pie ante el altar, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios (He 10:1-4, 11). El sacrificio adecuado y final aún estaba por llegar.

Y entonces el Decálogo recibió una aplicación civil para el pueblo en la tierra. Pero estas leyes locales ya no funcionarían de la misma manera para el pueblo de Dios cuando este se dispersara por todas las naciones. La preservación y el avance de Su reino ya no dependerían más de ellas.

Todo esto está bien expresado en la enseñanza de la Confesión de Fe de Westminster de que la «ley moral» continúa, la «ley ceremonial» fue abrogada y la «ley civil» expiró, aunque es evidente que todavía podemos aprender mucho de las legislaciones ceremonial y civil (19.3-5). Un creyente del antiguo pacto podría entender esto, aunque con menos claridad. Al fin y al cabo, solo el Decálogo se colocó en el arca, como expresión del propio carácter y el corazón de Dios. Sí, la ley era una porque el Dios que la dio es uno. Pero la ley de Moisés no era monolítica: era multidimensional, tenía un fundamento y también ámbitos de aplicación. Lo primero era permanente; lo segundo eran disposiciones provisionales hasta que el día amaneciera.

Los creyentes del antiguo pacto realmente amaban la ley. Se deleitaban en ella. A su Dios del pacto eso le importaba tanto que reformuló Sus instrucciones originales para que pudieran guiar al pueblo como pecadores que eran. Los creyentes del antiguo pacto que conocían y meditaban en el Decálogo y en toda la Torá (la ley) crecerían en su capacidad de aplicarla a todas las providencias de Dios en sus vidas (Sal 1). Con todas sus normas y reglamentos, la ley de Dios proporcionaba seguridad y dirección para toda la vida.

Al final de mi primer año de universidad, enseñé en una escuela para jóvenes delincuentes. Sus vidas estaban fuertemente limitadas. Pero, para mi sorpresa, tenían en común un extraordinario espíritu de equipo, lealtad y orgullo por su escuela. Al principio esto me desconcertó. Luego me di cuenta de que estos chicos sabían dónde estaban. Estaban a salvo y salvaguardados de sí mismos y de sus rebeldías. Los profesores los disciplinaban con afecto. Quizá por primera vez en sus vidas, recibían comidas regulares. Sí, las normas a veces les molestaban; al fin y al cabo eran pecadores. Pero estaban a salvo. Algunos de ellos incluso volvieron a transgredir solo para poder volver al entorno de la escuela. Comprendí el motivo, aunque no podía aprobarlo. Allí tenían cuidado y seguridad.

Pablo utiliza una ilustración no muy diferente en Gálatas 3-4. Los creyentes del antiguo pacto eran herederos menores de edad, que vivían en el entorno restringido de la ley mosaica. Pero ahora, en Cristo, la historia redentora ya ha alcanzado la mayoría de edad. Existe una nueva dimensión de libertad. No necesitas comprobar el calendario para ver si es un día santo. No necesitas comprobar la carne ni revisar de qué está hecha tu ropa. No necesitas llevar más sacrificios al templo. Ahora que Cristo ha venido, nos han dejado salir del reformatorio. «De manera que la ley ha venido a ser nuestro guía para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe» (Gá 3:24). Sin embargo, la ley en donde se apoya esto, ¿por qué habría de cambiar? ¿Por qué vamos a ser menos obedientes al mismo Padre?

Ya estamos descubriendo que no podemos comprender plenamente la ley de Moisés sin pensar en Jesús. Dios tiene la intención de restaurar Su retrato.

JESÚS
Jesús vino a recrear una humanidad nueva y verdadera, marcada por un amor interno restaurado hacia el Señor y un deseo de ser como Él. La ley por sí misma no puede hacer eso en nosotros. Para lograrlo se necesita perdón, liberación y poder. Esto lo proporciona Dios en Jesucristo y por el Espíritu.

Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Ro 8:3-4).

Tal vez porque sabía que la gente sacaría conclusiones erróneas de Sus enseñanzas (y así fue), Jesús explicó que no había venido a abolir, sino a cumplir la ley. Él llenaría a plenitud la «medida» que Moisés había dado (Mt 5:17-20). Dejó claro que también pretendía restaurar el retrato y la imagen de Dios en nosotros (Mt 5:21-48). Como sabemos, trazó una serie de contrastes. Pero Sus palabras no fueron: «Está escrito… pero yo les digo…»; más bien fueron: «Han oído que se dijo… pero yo les digo…». No estaba contrastando Su enseñanza con la ley de Dios, sino con las interpretaciones y distorsiones rabínicas de la misma.

Sin embargo, hay una diferencia importante en el nuevo pacto. Moisés ascendió al monte terrenal de Dios y bajó con la ley escrita en tablas de piedra. Pero más tarde, expresó su anhelo de que el Señor pusiera Su Espíritu sobre todo el pueblo (Nm 11:29). La ley de Moisés podía ordenar, pero no podía dar poder. En cambio, Jesús ascendió al monte celestial de Dios y bajó en el Espíritu para escribir Su ley en nuestros corazones.

El libro de Hebreos lo afirma explícitamente en dos ocasiones citando a Jeremías 31:31 (He 8:10; 10:16, la única «ley» que puede estar a la vista aquí son los Diez Mandamientos). El Señor de la ley ha reescrito la ley del Señor en nuestros corazones por medio de Su Espíritu. Fortalecidos desde dentro por el Espíritu de Jesús que cumple la ley, amamos la ley porque amamos al Señor. Al igual que en el antiguo pacto el principio de vida era «Yo que te amo soy santo, ámame y sé santo tú también», en el nuevo pacto el principio de vida también puede resumirse en una frase: «El Hijo de Dios, Jesús, es la imagen de Dios en nuestra naturaleza humana; así que sé como Jesús». A fin de cuentas, que lleguemos a ser como Cristo siempre ha sido el objetivo último del Padre para nosotros.

Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó (Ro 8:29-30).

AMA LA LEY DE DIOS
«Tienes que amar la ley» tiene un doble significado. Tienes que amarla: es un mandato. Pero al mismo tiempo, «tienes que amarla» porque es muy buena. Por supuesto que lo es. Es un regalo de tu Padre celestial. Está destinada a mantenerte seguro y bien, a darte seguridad y a ayudarte a andar por la vida. Toma el Catecismo Menor de Westminster (o mejor, el Catecismo Mayor) y lee la sección sobre los mandamientos. Allí aprenderás a utilizar y aplicar las reglas del juego de la vida. Son mucho más fáciles de entender que las reglas del golf.

Cuando Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guardarán Mis mandamientos» (Jn 14:15), solo hacía eco de las palabras de Su Padre. En realidad, es simple, pero lo exige todo. Como dice el himno de John H. Sammis:

Obedecer cumple a nuestro deber.

Si queréis ser felices, debéis obedecer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

En una librería cristiana

Lunes 3 Octubre
Mía es la plata, y mío es el oro, dice el Señor.
Hageo 2:8
La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan.
Esdras 8:22
Cómo se ocupa Dios de los suyos (1):
En una librería cristiana
“Toda mi vida recordaré esta historia. Eran las dos de la mañana; hacía poco había aterrizado en Lima, Perú. Los cristianos de mi congregación me habían dado dinero para usarlo como ayuda fraternal en esta misión. Yo no lograba dormirme; una cosa era clara para mí: debía ir lo más temprano posible a la librería cristiana. No podía soportarlo más, así que tomé un taxi y llegué frente a la librería antes de que abrieran.

Allí vi a un joven indígena sentado en el andén, esperando, como yo. Venía de la selva, yo estaba seguro de ello, pues en otro tiempo había trabajado allí. Me senté a su lado y empezamos a hablar:

 – ¿Qué hace en Lima?, le pregunté.

 – Bueno, para llegar hasta aquí viajé durante tres días. La iglesia de mi pueblo recolectó dinero y vine para comprar libros.

Esto me conmovió grandemente. Yo conocía la pobreza de esa tribu, y sabía que con ese dinero él no podría comprar mucho.

La puerta de la librería se abrió y los dos entramos. Empecé a escoger todos los libros que me parecían útiles para los cristianos de la selva, mientras observaba discretamente al joven; él iba de un estante a otro, y finalmente se dirigió a una vitrina con folletos baratos. Escogió cuatro y los pagó en la caja. El joven estaba apesadumbrado y no podía articular ni una sola palabra”. (mañana continuará)

“Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan… Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:20-21).

Amós 6-7 – Filemón – Salmo 109:20-31 – Proverbios 24:17-18

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EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU

Conferencia 2022 EL CONSOLADOR La persona y obra del Espíritu Santo La Conferencia Expositores existe para fortalecer a la iglesia local a través de la capacitación de sus líderes. Hemos diseñado una conferencia anual que se realiza en Los Ángeles, California en el campus de Grace Community Church.

EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU | Luis Contreras

¿La regeneración precede necesariamente a la conversión?

¿La regeneración precede necesariamente a la conversión?
Por Thomas Schreiner

La respuesta a la pregunta es: «sí», pero antes de explicar por qué esto es así, se debe explicar brevemente qué significan los términos «regeneración» y «conversión».

La regeneración significa nacer de nuevo o nacer de lo alto (Jn. 3:3, 5, 7, 8). El nuevo nacimiento es la obra de Dios, de manera que todos los que han nacido de nuevo, «nacen del Espíritu» (Jn. 3:8). O, como dice 1 Pedro 1:3, es Dios quien «nos hizo renacer para una esperanza viva» (1 P. 1:3). El medio que Dios utiliza para otorgar esa nueva vida es el evangelio, porque los creyentes «han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 P. 1:23; Stg. 1:18). La regeneración, o nacer de nuevo, es un nacimiento sobrenatural. Así como no podemos hacer nada para nacer físicamente —¡simplemente sucede!— tampoco podemos hacer algo para producir nuestro nuevo nacimiento espiritual.

La conversión ocurre cuando los pecadores se vuelven a Dios en arrepentimiento y fe para salvación. Pablo describe la conversión de los tesalonicenses con estas palabras: «porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Ts. 1:9). Los pecadores se convierten cuando se arrepienten de sus pecados y se vuelven en fe a Jesucristo, confiando en Él para el perdón de sus pecados.

Pablo afirma que los inconversos están muertos en sus «delitos y pecados» (Ef. 2:1; 2:5). Se encuentran bajo la potestad del mundo, la carne y el diablo (Ef. 2:2-3). Todos nacemos en el mundo como hijos o hijas de Adán (Ro. 5:12-19). Por tanto, todos entramos al mundo siendo esclavos del pecado (Ro. 6:6, 17, 20). Nuestras voluntades están esclavizadas al mal y, por esa razón, no tienen ninguna inclinación o deseo de hacer lo correcto o volverse a Jesucristo. Dios, no obstante, por su increíble gracia «nos dio vida juntamente con Cristo» (Ef. 2:5). Esta es la manera de Pablo de decir que Dios ha regenerado a su pueblo (Tit. 3:5). Él ha soplado aliento de vida en nosotros donde antes no lo había, y el resultado de esta nueva vida es la fe, porque la fe también es «don de Dios» (Ef. 2:8).

Varios textos de 1 Juan demuestran que la regeneración precede a la fe. Los textos son los siguientes:

«Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él» (1 Jn. 2:29).
«Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios» (1 Jn. 3:9).
«Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios» (1 Jn. 4:7).
«Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él» (1 Jn. 5:1).
Podemos hacer dos observaciones a partir de estos textos. En primer lugar, en cada ejemplo, el verbo «nacer» (gennaô) se encuentra en el presente perfecto, denotando una acción que precede a la acción humana de practicar la justicia, evitar el pecado, amar o creer.

En segundo lugar, ningún evangélico diría que antes de nacer de nuevo debemos practicar la justicia, porque tal declaración enseñaría una justicia en base a las obras. Tampoco diríamos que primero debemos evitar el pecado, para luego nacer de Dios, porque tal creencia sugeriría que las obras humanas producen el nacimiento espiritual. Tampoco diríamos que primero debemos demostrar un gran amor por Dios, y luego Él nos hace renacer. No, queda claro que practicar la justicia, evitar el pecado y amar son todas consecuencias o resultados del nuevo nacimiento. Pero si este es el caso, entonces debemos interpretar 1 Juan 5:1 de la misma manera, porque la estructura del versículo es la misma que encontramos en los textos relacionados con practicar la justicia (1 Jn. 2:29), evitar el pecado (1 Jn. 3:9) y amar a Dios (1 Jn. 4:7). Se deduce, entonces, que 1 Juan 5:1 enseña que primero Dios nos da nueva vida, y luego creemos que Jesús es el Cristo.

Vemos la misma verdad en Hechos 16:14. Primero, Dios abre el corazón de Lidia y la consecuencia es que ella presta atención y cree en el mensaje proclamado por Pablo. Asimismo, nadie puede ir a Jesús en fe a no ser que Dios haya obrado en su corazón para atraerlo a la fe en Cristo (Jn. 6:44). Pero todos aquellos que el Padre ha atraído o entregado al Hijo ciertamente pondrán su fe en Jesús (Jn. 6:37).

Dios nos regenera y luego creemos, por consiguiente, la regeneración precede a nuestra conversión. Por tal motivo, damos toda gloria Dios por nuestra conversión, ya que el volvernos a Él es completamente una obra de Su gracia.

Este artículo fue publicado por 9Marcas.
Meditando en las bendiciones del año que termina
Thomas Schreiner es profesor de interpretación del Nuevo Testamento en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky, Estados Unidos, y pastor de predicación en Clifton Baptist Church.

¿Sabe a dónde va?

Domingo 2 Octubre
Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Juan 14:6
¿Sabe a dónde va?
¿Cómo saber si voy en la dirección correcta? En el mar o en el desierto, desde hace siglos los hombres han aprendido a orientarse gracias al sol y a las estrellas. Hoy los sistemas de navegación por satélite les permiten saber exactamente dónde están y qué dirección seguir para llegar a su meta. Incluso sin GPS, es posible preguntar a un transeúnte que pueda orientarnos. Pero hay momentos en que todas estas soluciones son ineficaces. A veces las nubes ocultan las estrellas, mi GPS no tiene señal… y en ciertos casos no hay ninguna persona que pueda darme una indicación segura. ¿Cómo puedo estar seguro de no equivocarme? En un país desconocido necesito estar acompañado por un guía fiable.

Es extraño que la mayoría de nuestros contemporáneos no se pregunten más a menudo: ¿Adónde va mi vida? ¿En qué dirección voy? Continúan su camino siguiendo ejemplos, modelos e ideologías inspiradas por los medios de comunicación, o simplemente por rutina. Cada uno tiene sus actividades, sus amistades, pero en definitiva, ¿a dónde va? ¿Por qué, o por quién somos guiados?

Jesús se presenta como el Camino hacia el cielo, hacia Dios el Padre. Yo he creído en él y he constatado que él dirige con seguridad a los que miran hacia él. Jesús es el Guía invisible y poderoso. Más que esto, él es el Camino mismo, vivo, seguro. Apartarse de él es perderse para finalmente caer. Usted también, escúchelo decirle: “Sígueme tú” (Juan 21:22).

“Tiemblan… y toda su ciencia es inútil. Entonces claman al Señor en su angustia, y los libra de sus aflicciones. Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas… así los guía al puerto que deseaban” (Salmo 107:27-30).

Amós 5 – Tito 3 – Salmo 109:6-19 – Proverbios 24:15-16

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Ideología de género: Tergiversación y verdad

Ideología de género: Tergiversación y verdad
CATHERINE SCHERALDI

Hasta hace unas décadas, las palabras sexo y género podían usarse de manera indistinta sin ningún problema. Hoy, sin embargo, las cosas son muy distintas. Mientras que el sexo se define como las características biológicas que hacen de un individuo varón o hembra, el género como tal (masculino o femenino) se denomina una construcción social y no biológica.

Según nuestra sociedad, la biología no tiene nada que ver con la identidad de género. Pero las cosas no son así tan sencillas.

La ciencia
Para entender cómo se determina el sexo de una persona, es importante regresar a la genética y la embriología. En el núcleo de cada célula hay genes con diferentes combinaciones de ADN (ácido desoxirribonucleico), las unidades hereditarias que determinan no solamente las características físicas de la persona, sino también el funcionamiento de cada órgano.

Las diferentes combinaciones en el ADN determinan las características de los seres humanos: el color de pelo, el tono de piel, o cualquier otra característica que marca la individualidad de cada persona. En los humanos, hay 23 pares de cromosomas (46 en total); 22 pares se conocen como autosomas y aparecen iguales en el sexo masculino y femenino. Además existe un último par, con los que llamamos “cromosomas sexuales”. Aquí existe una diferencia: las personas femeninas tienen dos cromosomas X (XX) y las personas masculinas tienen un cromosoma X y otro Y (XY).

El sexo es determinado por el tipo de gen que el feto reciba de sus padres. El hijo o hija recibe un cromosoma sexual de cada progenitor. La madre siempre donará un cromosoma X y el padre en ocasiones dona un cromosoma X y otras veces dona un cromosoma Y.

Aunque el sexo es determinado en el momento de la concepción, en el estado fetal el desarrollo de ambos sexos es idéntico hasta la sexta semana. Si el feto es masculino, entrará en juego una proteína conocida como proteína SRY, la cual se produce a partir de un gen en el cromosoma Y. Esta proteína ocasiona la formación de los órganos masculinos. Si la proteína SRY está ausente, se desarrollarán los órganos femeninos. Así, la composición genética (lo que llamamos el genotipo) es lo que determina cómo el individuo luce y funciona (lo que llamamos el fenotipo).

La caída
Cuando una persona dice sentirse más como el sexo opuesto al que su fenotipo demuestra, entonces se habla de disforia de género. Esa persona profesa sentimientos como si estuviera en el cuerpo del sexo equivocado, condición que ha sido denominada como transexualidad. El término disforia de género también se utiliza para hablar de personas que sienten que su género no es exclusivo (masculino o femenino) sino que dice ser “bigénero” e identificarse con ambos. También existen aquellos que se denominan “agénero”, porque sienten una ausencia de género o porque se consideran de un tercer género totalmente separado de los otros dos.

El pensamiento popular ahora es que lo que determina el género en el individuo no es su genética, sino lo que cada persona “siente”.

Dot Brauer, psicóloga clínica y directora del Centro de LGBTQA en la universidad de Vermont, define la identificación del género como “lo que se siente bien para la persona”. Ella dice que “en su generación toda la información fue dada desde una perspectiva limitada y con lenguaje limitado impartido en la clase de salud y aquello que fue aprobado por la junta de educación”, sugiriendo que ellos tenían una mente estrecha. Se dice que el género existe en una gama, afirmando que hay muchas diferentes expresiones entre los dos géneros. Lisa Fields, de WebMD, escribe que ser transgénero “se trata de lo que una persona siente en su interior”. El Dr. Michael L. Hendricks, un psicólogo clínico en Washington que trabaja con pacientes durante su transición (personas cambiando de lo que su biología ha determinado hacia lo que sienten), dice que no hay un patrón, sino que varía con cada paciente. Ahora es claro por qué Facebook tiene 71 diferentes géneros para que elijas en tu perfil.

La cosmovisión ha cambiado, y por lo tanto ha cambiado el lenguaje. Ya no es “género biológico”, como siempre se ha dicho, sino “género asignado”. Con esto se quiere señalar que el género fue asignado al nacer por el personal médico, sin saber si realmente ese será el género con el cual el niño o niña decidiría identificarse.

Como hemos visto, la biología, la embriología, y la genética demuestran que solamente hay dos sexos. Esta noción de que el género es independiente del sexo biológico es precisamente denominada una ideología porque no está basada en la ciencia. Aunque la disforia de género todavía es considerada como una anormalidad en la psiquiatría, eso parece estar por cambiar.

En el siglo XVIII, el mundo pasó por la revolución científica, donde la verdad se buscaba a través del método científico. Para que algo fuera aceptado como verdad tenía que ser probado a través de la experimentación y la corroboración de los resultados iniciales. Esto es efectivo cuando la información es medible, pero en otras áreas es impreciso.

Una de las áreas donde el método científico no tiene valor es precisamente en el área de las emociones. Muchas afirmaciones en el ámbito filosófico, moral, y psicológico fueron aceptadas como postulados científicos cuando en realidad el método científico no puede ser aplicado a ninguna de ellas.

A medida que la sociedad cambió, el hombre se volvió más egocéntrico e individualista, llegando a pensar que lo que establece la verdad para cada individuo es su propia opinión. En el mejor de los casos, el hombre de hoy piensa que si él no tiene la razón, la mayoría sí la tendrá. Esto es el fruto del corazón engañoso del hombre que lo lleva a creer que él siempre tiene la razón (Proverbios 21:2).

En nuestros días, la mayoría ha llegado a pensar que la autorealización es lo que trae la felicidad; esto es tierra fértil para la aceptación de algo como la ideología de género. Si la felicidad es un derecho y la verdad es relativa, entonces la tolerancia a cualquier ideología será el resultado natural, con el consecuente rechazo de cualquier verdad absoluta.

El evangelio
Es importante entender que con la caída del hombre en Génesis 3, todos los aspectos del ser humano fueron afectados. Esto incluye el desarrollo físico, la facultad mental, las emociones, y la dimensión espiritual. Dios nos creó para que hubiera armonía en todos los aspectos; sin embargo, con la entrada del pecado, esta armonía se perdió.

Los sentimientos y emociones de cada persona son reales y pueden ser bastante fuertes, aunque no necesariamente correspondan a la verdad de su biología. A pesar de esto, si permitimos que la verdad sea definida por los sentimientos y el individualismo, en vez de por aquello que corresponde a la realidad, entonces terminaremos en la posición que estamos hoy, donde nadie conoce lo que es verdad.

Si las personas con disforia de género son estimuladas a abrazar lo que es una patología, lo única que logramos con esto es empeorar su disfuncionalidad. Un 32-50% de las personas transgénero cometen un intento de suicidio aun en lugares como Suiza, donde esta ideología es aceptada. El cristiano siempre debe desear lo mejor para la otra persona. Para estas personas eso implicaría ayudarles a abrazar el diseño del creador. Esto seria amarles verdaderamente.

Con la caída del hombre todos los aspectos del ser humano fueron afectados. Esto incluye el desarrollo físico, la facultad mental, las emociones, y la dimensión espiritual.

Desde el surgimiento del deseo de Adán de ser como Dios y su subsiguiente caída, la cosmovisión secular tiene como su meta desplazar el control desde Dios hacia el hombre; quiere esconder la imagen de Dios, impuesta en Su diseño. El hombre desea ser su propio dios, para tener el derecho de decidir lo que quiere hacer y cómo hacerlo.

Sin embargo, 1 Crónicas 29:11-12 nos recuerda que solamente Dios está en control y Job 42:2 nos enseña que no hay nada que puede frustrar Sus planes. Los hombres están “entenebrecidos en su entendimiento” (Efesios 4:18) y su corazón es “engañoso” (Jeremías 17:9). Esto explica el porqué personas inteligentes y educadas no ven lo obvio y hasta ignoran las leyes de Dios que ellos mismos han descubierto a través de la ciencia para creer una mentira (Juan 3:19).

Dios ha hecho dos sexos que muestran la imagen de Dios, hombre y mujer, cada uno con características y virtudes diferentes. Y cuando ellos se unen en armonía, complementándose el uno al otro, la gloria y sabiduría de Dios es desplegada a través de las relaciones de forma única. La majestad y sabiduría del Señor es evidente en toda la creación del mundo, pero lo que mejor debe demostrar su gloria sobre todo lo demás es la corona de su creación: el hombre y la mujer. Ellos fueron los únicos que fueron creados a Su imagen y semejanza (Génesis 1:26-27).

Cuando borramos las diferencias entre los sexos, distorsionamos la imagen de Dios y, por lo tanto, la escondemos. Satanás puede mantener el mundo ciego (2 Corintios 4:4) llevándolo todo el tiempo a cambiar la verdad por la mentira (Romanos 1:25). Esto produce lo que Pablo dijo a Timoteo, “Pero los hombres malos e impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados” (2 Timoteo 3:13). Con todo, el próximo versículo nos recuerda lo que debemos hacer: “Sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido”.

Dios ha hecho dos sexos que muestran la imagen de Dios, cada uno con características y virtudes diferentes. Y cuando ellos se unen en armonía, la gloria y sabiduría de Dios es desplegada.

Nosotros somos embajadores de Cristo para predicar el evangelio, y vivir Su diseño es otra forma de expresar que creemos Su verdad. Así glorificamos su nombre y afirmamos que existe un único y verdadero Dios, creador de todo lo visible e invisible. De esta manera el mundo queda sin excusas (Romanos 1:20).


​Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer de la Iglesia Bautista Internacional. Conduce el programa Mujer para la gloria de Dios, en Radio Eternidad. Puedes seguirla en Twitter.