Se cuenta que el emperador Alejandro Magno quiso recompensar a uno de sus súbditos que le había hecho un gran favor. Le dijo: “Puedes pedirme lo que quieras”. El hombre lo tomó al pie de la letra y pidió “10 000 monedas de oro”.
El tesorero del emperador, sorprendido, se negó a pagarle. Informó al soberano, quien lo escuchó pacientemente, pero le ordenó darle lo que se le había pedido, haciendo la siguiente precisión: “Este hombre me honró por su gran fe en mis palabras”.
Esta anécdota nos recuerda lo que significa la oración para el cristiano; ella nos indica la medida de su fe y de su confianza en Dios. El creyente es invitado a pedir a Dios según sus necesidades, con la sencillez de un niño que se dirige a su padre. Le presenta las cosas tal como son, y cuenta simplemente con las promesas de su Padre celestial expuestas en su Palabra. Sabe que todas las cosas obran para su bien (Romanos 8:28).
Dios se interesa en cada uno de nosotros porque nos ama. Desea que le hablemos mediante la oración en cada momento de nuestra vida. Y si nuestra existencia está llena de problemas, ¿a quién podemos contárselos? Tenemos el privilegio de poseer un Padre celestial que nos escucha y está dispuesto a darnos mucho más de lo que pedimos o entendemos, según su sabiduría. Él no tiene limitaciones; no dudemos en honrarlo abriéndole nuestro corazón. Aceptemos también sus respuestas, que siempre tienen como objetivo nuestro bien.
PELEA LA BUENA BATALLA Para nadie es un secreto que estamos viviendo días muy complejos y turbulentos… días que nos recuerdan la realidad de que siempre hemos estado bajo una guerra espiritual que frecuentemente se intensifica sobre la Iglesia y en especial sobre sus líderes. Siempre ha habido una brecha entre el mundo y el pueblo de Dios, pero con el paso de los años esa brecha se ha ido acrecentando al punto que, se dice que en Occidente estamos viviendo una era pos-cristiana, una época donde los valores cristianos ejercen cada vez menos influencia sobre nuestra sociedad. El mundo se vuelve cada día más hostil hacia nosotros y por eso es necesario recordar el consejo del apóstol Pablo a su discípulo más joven, Timoteo —“pelea la buena batalla de la fe”—, para que al final de nuestros días podamos decir como él: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim. 4:7).
Sábado 25 Junio ¿No has sabido… que el Dios eterno es el Señor, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. Isaías 40:28 Las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas. Romanos 1:20 El proyecto del Creador
“Quiero conocer los pensamientos de Dios; el resto solo son detalles”, dijo Albert Einstein a uno de sus estudiantes.
El estudio del universo había revelado a ese sabio excepcional la coherencia y la inteligencia que rigen las leyes del universo. Einstein no creía en el azar, sino en un Dios creador. Por ello trataba de penetrar en el pensamiento o la intención de Aquel que había establecido tal armonía.
Como ese sabio, preguntémonos cuál es el objetivo que Dios persigue a través de la obra maestra de la creación, de la cual formamos parte. Sin duda no sabremos responder mejor que Einstein. Pero la pregunta más inmediata e importante es: ¿Cuál es la voluntad de Dios para mí? La Biblia es clara: el objetivo de Dios es establecer una relación estrecha con el hombre a quien creó. Cada uno es invitado a conocerlo no solo como el creador, sino como el Dios que quiere liberar al hombre perdido. Él dio a su Hijo Jesucristo para salvar a todos los que se reconocen como tales. Al venir a la tierra Jesús reveló que el autor del universo también es el Dios Salvador: su amor invita a cada uno a acercarse a él.
Dios no nos creó para luego abandonarnos. Él conoce a cada uno, pues creó al hombre a su semejanza (Génesis 5:1).
El pensamiento de Dios es importante para nosotros, eso es innegable. Crea en Jesucristo, quien murió para salvarle del juicio eterno.
PLENARIA: EL PODER DE LA SUMISIÓN Y LA HUMILDAD: ESTER
Jeanine Martínez
PELEA LA BUENA BATALLA Para nadie es un secreto que estamos viviendo días muy complejos y turbulentos… días que nos recuerdan la realidad de que siempre hemos estado bajo una guerra espiritual que frecuentemente se intensifica sobre la Iglesia y en especial sobre sus líderes. Siempre ha habido una brecha entre el mundo y el pueblo de Dios, pero con el paso de los años esa brecha se ha ido acrecentando al punto que, se dice que en Occidente estamos viviendo una era pos-cristiana, una época donde los valores cristianos ejercen cada vez menos influencia sobre nuestra sociedad. El mundo se vuelve cada día más hostil hacia nosotros y por eso es necesario recordar el consejo del apóstol Pablo a su discípulo más joven, Timoteo —“pelea la buena batalla de la fe”—, para que al final de nuestros días podamos decir como él: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim. 4:7).
Viernes 24 Junio Le dijeron, pues, los otros discípulos (a Tomás): Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Juan 20:25 Pregúntele
El domingo de su resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos en el lugar donde ellos estaban reunidos, con las puertas cerradas. Tomás no estaba, y cuando sus amigos le contaron que habían visto a Jesús, no creyó. Dijo que tenía que ver para poder creer. El siguiente domingo Jesús volvió a aparecérseles; esta vez Tomás estaba presente. Jesús le dijo: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).
¿Ha notado cuán precisa fue la respuesta de Jesús? Respondió, punto por punto, a cada una de las dudas de Tomás: ver sus manos, meter su dedo en la marca de los clavos y su mano en su costado. Jesús actuó como si hubiese escuchado todo, cuando Tomás se negó a creer porque no lo había visto. En realidad, aunque no estaba físicamente presente, estaba ahí como el Dios omnipresente que oye y sabe todo. La manera de actuar de Jesús convenció totalmente a Tomás, quien exclamó: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28).
Hoy Jesús no está físicamente en la tierra, pero sabe todo lo que pensamos. ¿Hay cosas que nos turban o que nos cuesta creer? ¡Preguntémosle! Contémosle, de forma sencilla y mediante la oración, aquello que nos parece imposible creer. Jesús nos conoce muy bien, es paciente, y nos responderá de forma precisa y personal por medio de la Biblia, y de diferentes maneras. Si escuchamos con cuidado su respuesta, ¡quedaremos convencidos!
PELEA LA BUENA BATALLA Para nadie es un secreto que estamos viviendo días muy complejos y turbulentos… días que nos recuerdan la realidad de que siempre hemos estado bajo una guerra espiritual que frecuentemente se intensifica sobre la Iglesia y en especial sobre sus líderes. Siempre ha habido una brecha entre el mundo y el pueblo de Dios, pero con el paso de los años esa brecha se ha ido acrecentando al punto que, se dice que en Occidente estamos viviendo una era pos-cristiana, una época donde los valores cristianos ejercen cada vez menos influencia sobre nuestra sociedad. El mundo se vuelve cada día más hostil hacia nosotros y por eso es necesario recordar el consejo del apóstol Pablo a su discípulo más joven, Timoteo —“pelea la buena batalla de la fe”—, para que al final de nuestros días podamos decir como él: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim. 4:7).
Jueves 23 Junio Una mujer cananea… clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio… Despídela, pues da voces tras nosotros… Respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora. Mateo 15:22-23, 28 Una fe victoriosa Leer Mateo 15:21-28; Marcos 7:24-30
Una mujer suplicó a Jesús que curase a su hija poseída por un demonio. Al principio Jesús no le respondió, pues ella no formaba parte de Israel, el pueblo de Dios, al que él había sido enviado. Pero la mujer insistió, y los discípulos, molestos, querían que la despidiera.
Jesús seguía sin responderle. Pero la mujer no se desanimó, siguió insistiendo y lanzó un grito de auxilio. ¿No tendría Jesús compasión de ella? Sí, al fin respondió, pero la comparó con los perros, ¡a los que no se les da el pan de los hijos! Entonces, sin protestar, la mujer tomó ese humillante lugar y respondió: pero aun los perros comen de las migajas de los hijos. ¡Y llegó la victoria! Jesús le dijo: “Oh mujer, grande es tu fe”, y su hija fue curada.
La actitud de Jesús nos sorprende, pero él sabía lo que hacía. Contrario a las apariencias, no despreció a esta extranjera, sino que quiso resaltar su fe. La llevó a recurrir únicamente a la gracia de Dios. Ella admitió que no tenía derecho a nada. ¡Entonces el amor incondicional de Jesús era precisamente para ella!
Cristiano, ¿Jesús pone su fe a dura prueba? ¿Le parece que él no responde, que no se ocupa de usted? Nunca tema seguir insistiendo. Reconozca que no merece nada, y experimentará que Su gracia es precisamente para usted, rica y abundante.
¡Todos los que apelan a la gracia divina reciben una respuesta!
PELEA LA BUENA BATALLA Para nadie es un secreto que estamos viviendo días muy complejos y turbulentos… días que nos recuerdan la realidad de que siempre hemos estado bajo una guerra espiritual que frecuentemente se intensifica sobre la Iglesia y en especial sobre sus líderes. Siempre ha habido una brecha entre el mundo y el pueblo de Dios, pero con el paso de los años esa brecha se ha ido acrecentando al punto que, se dice que en Occidente estamos viviendo una era pos-cristiana, una época donde los valores cristianos ejercen cada vez menos influencia sobre nuestra sociedad. El mundo se vuelve cada día más hostil hacia nosotros y por eso es necesario recordar el consejo del apóstol Pablo a su discípulo más joven, Timoteo —“pelea la buena batalla de la fe”—, para que al final de nuestros días podamos decir como él: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim. 4:7).
Miércoles 22 Junio El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros. Romanos 16:20 El diablo fue vencido (2)
Satanás no podía hacer nada contra Jesús. Este salió vencedor de la terrible tentación en el desierto (Mateo 4:1-11). En Jesús no había ni un pequeño error por el cual el diablo pudiese acusarlo. Poco antes de la crucifixión, Jesús declaró a sus discípulos: “viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Juan 14:30). La muerte de Cristo no fue el triunfo de Satanás; al contrario, por medio de ella Cristo destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). La muerte de Jesús y su resurrección fueron un triunfo sobre Satanás y sus ángeles (lea Colosenses 2:15).
Aunque la derrota de Satanás es un hecho, Dios todavía le permite actuar, pero no para siempre. Durante el milenio, reinado futuro de Cristo en la tierra, Satanás será encerrado, para que no engañe “más a las naciones” (Apocalipsis 20:3, 7). Su destino definitivo será el “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41; Apocalipsis 20:10).
Cristianos, Satanás puede atacarnos, pero nosotros debemos resistirle, “pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11; Santiago 4:7), y poseemos las armas espirituales que Dios nos da por medio de su Palabra (Efesios 6:11). Y, sobre todo, podemos contar con las oraciones de nuestro Salvador, quien en cierta ocasión dijo a Pedro: “Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:31-32).
“Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).
Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo
¿Quién lo dice?». Probablemente has escuchado estas palabras en una discusión. Probablemente has dicho estas palabras en una discusión. La importancia de estas tres palabras radica en el hecho de que llegan a la pregunta fundamental de quién tiene «derecho» a ser escuchado y quién tiene el derecho a ser seguido. ¿Quién es el líder? Por supuesto, el problema en nuestra cultura es que nadie quiere reconocer a alguien en tal posición, es decir, a alguien que tenga autoridad. Pero como puedes ver en este asunto, Dios ha ejercido Su prerrogativa como Creador del universo de identificar a aquellos que son llamados a liderar en la iglesia (los ancianos). Él también ha establecido la autoridad del gobierno civil (Rom 13). Las Escrituras también brindan una clara orientación sobre la autoridad dentro de la familia.
MARIDOS Y MUJERES Probablemente haya más malentendidos sobre la relación entre marido y mujer que sobre cualquier otro tema en nuestra sociedad. Las Escrituras, sin embargo, son muy claras. Un pasaje clave que trae claridad al tema se encuentra en Efesios 5. En este capítulo, Pablo detalla varias implicaciones prácticas de la nueva vida en Jesús, incluida la forma en que los maridos y sus mujeres deben relacionarse entre sí. Comenzamos, como lo hace Pablo, con una mirada al rol de la mujer:
Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo (Ef 5:22-24).
Al mirar este texto, debemos tener cuidado con las caricaturas y los malentendidos que abundan. Hace muchos años, cuando empezaba mis estudios de teología, hablaba con un amigo y él dijo: «Oye, Tim, encontré mi versículo favorito en la Biblia». Yo respondí: «¿En serio? ¿Cuál es?». Él dijo: «Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos». Él continuó con una fuerte risa. Le pregunté: «¿Leíste el resto del pasaje?». Pareciendo algo desconcertado, respondió «no» y se alejó. Era obvio que no había seguido leyendo sobre los roles complementarios que hombres y mujeres son llamados a cumplir en el contexto del matrimonio.
En primer lugar, debemos observar que tanto el hombre como la mujer son creados a la «imagen de Dios» (Gn 1:26). Ambos también están encargados de ejercer dominio sobre la creación. Las Escrituras son excepcionales en la dignidad que se le otorga al género femenino. Pero es importante comprender que los maridos y las mujeres están llamados a diferentes roles en el matrimonio.
MUJERES: SUMISIÓN RESPETUOSA La mujer es llamada a respetar el liderazgo amoroso de su marido. La palabra «someter», usada por Pablo en este contexto, tiene en su raíz la idea de «orden». Para que alguna organización funcione correctamente, debe haber un lugar donde «uno asume la responsabilidad». El propósito de esta disposición no es para que el marido pueda dar órdenes, sino para que haya orden en el hogar. Primus inter pares es una gran locución en latín que captura esta dinámica. Significa «el primero entre iguales». A continuación, veremos la naturaleza del liderazgo que el marido está llamado a proporcionar.
Pero antes analicemos algunas de las caricaturas sobre el rol de la mujer. En primer lugar, la sumisión de una mujer a su marido no es una expresión de inferioridad. Hay quienes piensan que cuando uno está llamado a someterse a otro, esto automáticamente implica que el que se somete es inferior. Este no es el caso. El ejemplo más profundo de esto es el mismo Señor Jesús. Él ha existido eternamente con el Padre y el Espíritu Santo en la gloria del cielo. Pero del misterio de la encarnación, Pablo escribe:
El cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2:6-8).
Jesús vino al mundo en sumisión y obediencia al Padre, pero en ningún momento fue inferior al Padre. Su sumisión fue con el propósito de lograr nuestra redención. Como Dios-hombre, Él cumplió perfectamente la ley en nuestro lugar. Como Dios-hombre, Él expió perfectamente nuestros pecados en la cruz. La sumisión voluntaria del Salvador al Padre en la encarnación fue diseñada con un propósito específico, pero en ningún momento estuvo en una posición de inferioridad.
De manera similar, el respeto de la mujer por el liderazgo de su marido no es una expresión de inferioridad sino un reconocimiento de sumisión al plan de Dios para el orden en la familia. Es un grave error que un marido malinterprete su lugar de liderazgo como una posición de superioridad. Recuerda que Pedro describió a la mujer como «coheredera de la gracia de la vida» (1 Pe 3:7). Pablo escribió: «No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3:28). Con respecto a nuestra posición en Cristo, no hay diferencia. El marido y la mujer participan por igual en los beneficios y la posición garantizada por la obra de Cristo, pero el matrimonio es una relación en la que somos llamados a diferentes roles.
En segundo lugar, la sumisión de la mujer a su marido es voluntaria. La responsabilidad de someterse no significa la sumisión de todas las mujeres a todos los hombres. Es una dinámica única establecida para el funcionamiento ordenado de la familia en el matrimonio. Por lo tanto, es muy importante que una mujer tenga esto en cuenta cuando esté considerando casarse. ¿El hombre con el que pretendes casarte es alguien cuyo liderazgo respetas y a quien puedes someterte? Si no, él no es el hombre adecuado. Con demasiada frecuencia, las mujeres piensan que pueden cambiar a un hombre después de casarse con él. No cuentes con eso.
En tercer lugar, la sumisión de una mujer a su marido es una expresión de su sumisión a Cristo. Para una mujer, seguir el liderazgo de su esposo es un aspecto importante de seguir a Cristo. Pablo escribe: «las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor» (Ef 5:22). Esto no significa «como si tu marido fuera el Señor», sino más bien «como parte de tu obligación para con el Señor». Una forma de hacer a un marido muy obstinado y desanimarlo es fallando en respetar su liderazgo. Si bien esta es la obligación de la mujer en el Señor, como maridos, siempre debemos preguntarnos si somos respetables y si estamos liderando como el Señor quiere. Esto nos lleva a examinar el rol del marido.
MARIDOS: LÍDERES AMOROSOS La mujer es llamada a un rol difícil, pero es un rol que será mucho más fácil de asumir si su marido cumple con su responsabilidad de proporcionar un liderazgo amoroso. Es interesante observar que Pablo dirige unas cuarenta palabras a las mujeres, pero unas ciento quince a los maridos. En Efesios 5:25-33, él describe el rol de los maridos en el matrimonio. La clave es el versículo 25: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella».
¿Cuál es el estándar de amor que se establece ante los maridos? Es el amor sacrificial del Señor Jesucristo. Es Su liderazgo de servicio amoroso el que proporciona el entorno para que las mujeres lo sigan. Veamos cómo el amor de Cristo da ejemplo del amor de los maridos por sus mujeres.
En primer lugar, el amor de Cristo es incondicional. No había nada en ti o en mí que mereciera o exigiera el amor de Cristo. Muy por el contrario, «Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5:8). No solo no le amamos, sino que en nuestro pecado íbamos en la dirección opuesta. Es el clásico caso de amor no correspondido. Es por eso que nuestra relación con Él es únicamente por Su gracia.
Nuestro amor por nuestras esposas también debe ser incondicional. Tenemos que admitir desde el inicio que la analogía se viene abajo porque somos seres humanos pecadores. Debemos admitir que hubo «condiciones» que nos atrajeron hacia nuestras esposas, incluidas la personalidad, los intereses e incluso la buena apariencia. Sin embargo, nuestro amor por nuestras mujeres se basa en el compromiso que hicimos en nuestros votos matrimoniales en la presencia de Dios y los testigos. Tu amor por tu mujer debe ser incondicional en el sentido de que no cambia según las circunstancias. Los maridos deben tener cuidado de no comunicarles a sus mujeres que su amor se basa en cómo se ven hoy o en cómo les responden hoy. Nuestro amor se basa en el compromiso, no en las condiciones.
En segundo lugar, el amor de Cristo es sacrificial. Pablo escribe que los maridos deben amar a sus mujeres «como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella» (Ef 5:25). ¿Hasta qué punto amó Cristo a la Iglesia? Él se dio completamente por ella. Su venida fue para entregarse en servicio desinteresado. A nosotros, como maridos, se nos dice que este es nuestro modelo para servir a nuestras esposas. Esto es muy opuesto a nuestra inclinación natural. A todos nos gusta que nos sirvan, especialmente en el hogar. Los maridos deben ser los principales siervos en el hogar, preparados para hacer lo que sea necesario en el hogar y con los hijos.
Finalmente, Pablo nos recuerda que Jesús estaba preocupado por la santidad de la Iglesia. Su amor y sacrificio fueron para «santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada» (Ef 5:26-27). El amor de Jesús al darse a Sí mismo no fue simplemente para que fuéramos perdonados, sino para que fuéramos santos. La principal preocupación de un marido debe ser que su esposa e hijos sean estimulados en su crecimiento en Jesús. Al igual que con el rol de la mujer, ser un líder amoroso es parte de la obediencia del marido a Cristo.
Podemos regocijarnos de que Dios nos ha hablado y enseñado cómo debe ser el liderazgo en el hogar. Es cierto, estos respectivos roles no surgen de manera natural o fácil debido a nuestro egoísmo pecaminoso. Esta es la razón por la que nuestros hogares deben ser lugares de arrepentimiento y perdón, donde la dependencia diaria de la gracia del evangelio y del poder del Espíritu sean moldeados y practicados. Solo entonces nuestros hijos verán en sus padres la realidad del evangelio. Solo entonces, de acuerdo con el plan que Dios quiere, nuestros matrimonios reflejarán el misterio de la relación entre Cristo y Su Iglesia.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Timothy Z. Witmer El Dr. Timothy Z. Witmer es pastor de St. Stephen Reformed Church en New Holland, Pa., y profesor de teología práctica emérito en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Es autor de Mindscape y The Shepherd Leader.