Crucificando a Jesús, los hombres mostraron la maldad de sus corazones, pero al mismo tiempo Dios manifestó su amor hacia nosotros dejando que su Hijo sufriese el castigo que nosotros merecíamos.
Como Jesucristo dio su vida por nosotros, Dios nos perdona y nos da la vida eterna. Es un don que aceptan felices todos los que creen en él.
Pero el ser humano tiene la capacidad (y la responsabilidad) de decir sí, o no, a Dios; y si rechaza voluntariamente la salvación que Dios le ofrece, está perdido y sin esperanza. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).
Es inaudito que una persona sensata pueda rechazar esta oferta de Dios. Sin embargo, ¡son muchos los que la rechazan o son indiferentes! Seamos conscientes de este rechazo, pues no solo nos priva del regalo más valioso, sino que constituye una ofensa hacia el Dador.
Solo Jesús puede liberar a una persona de las terribles consecuencias de sus pecados. No reconocerse pecador y culpable es rechazar la salvación que Dios nos ofrece; es exponerse al castigo eterno y asumir solo la responsabilidad.
Hoy todavía es tiempo, diga sí a Dios ahora mismo. ¡Y no olvide agradecerle!
“Él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, como en el día de Masah en el desierto” (Salmo 95:7-8).
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).
Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Sería imposible medir el impacto que tuvo William Still sobre una generación de pastores durante la última parte del siglo XX. Aunque Still ahora se encuentra en la gloria con Cristo, su ministerio continúa influyendo a ministros de ambos lados del Atlántico en el siglo XXI. No tengo duda alguna de que continuará haciéndolo por décadas, incluso por siglos, en el futuro. Sus cincuenta y dos años de ministerio en la Gilcomston South Church de Glasgow, Escocia, fueron de impacto mundial para la predicación expositiva y el ministerio pastoral. Esto se debió, al menos en parte, al hecho de que Still se entregó a las vidas de muchos jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Algunos de los ministros más talentosos y valorados del mundo pasaron tiempo aprendiendo de Still en Gilcomston South. El relato unánime dice que William Still era el mentor pastoral por excelencia.
Cuando yo era un seminarista joven, escuché muchas veces a Sinclair Ferguson hablar sobre el impacto que Still tuvo en su propia vida y preparación ministerial. Cuando expresaba su gratitud afectuosa por la manera en que su mentor se dedicó a él, en mi corazón surgía un anhelo de tener esa misma experiencia bendita. Sin embargo, al parecer había dos obstáculos. El primero era mi temor al rechazo. Era muy reacio a pedirles a los hombres que admiraba que fueran mis mentores, pues sabía que podían negarse. El segundo era el desinterés que percibía. Los ministros que más admiraba parecían estar demasiado ocupados en sus propios ministerios como para servir de mentores a los jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Por correcto o incorrecto que haya sido ese temor, y por cierta o falsa que haya sido mi percepción, estoy seguro de esto: yo no estaba pidiéndoles que me orientaran y ellos no estaban buscando hacerlo. A la luz de muchas conversaciones que he tenido con otros ministros a lo largo de los años, esta es una experiencia común.
Mientras crecíamos, mi padre solía orar para que el Señor «nos hiciera sabios más allá de nuestros años». Uno de los medios por los que el Señor responde esa oración es el de colocar personas sabias y experimentadas en nuestra vida para que nos orienten. Necesitamos desesperadamente la sabiduría de los que han sido usados para avanzar el Reino y han afrontado la tormenta antes que nosotros. Como bien expresó Isaac Newton, «Si he visto más lejos, es solo porque me paré en los hombros de gigantes». Si esto es cierto con respecto a lo que adquirimos al leer los escritos de los que nos han precedido, también lo es cuando recibimos la amistad y orientación de los que se entregan a nosotros.
La mentoría tiene su fundamento en la Escritura. Los ejemplos bíblicos de la mentoría son abundantes, ya sea en la ley, la literatura sapiencial, los profetas, los Evangelios, los Hechos de los apóstoles o las epístolas del Nuevo Testamento. Por ejemplo, Moisés fue mentor de Josué, David fue mentor de Salomón (considera los diez diálogos padre-hijo que se encuentran en Proverbios), Elías fue mentor de Eliseo, Jesús fue mentor de los discípulos, Pedro fue mentor de Juan Marcos y el apóstol Pablo dedicó su vida, no solo al servicio de la iglesia, sino también a la mentoría de su hijo espiritual, Timoteo.
La historia de la Iglesia también está llena de ejemplos del papel decisivo que la mentoría ha desempeñado en ella. El apóstol Juan fue mentor de Policarpo, un pastor y teólogo de la iglesia primitiva, quien a su vez fue mentor de Ireneo de Lyon. Ambrosio de Milán fue mentor de Agustín de Hipona. Como confesó Agustín:
Ese hombre de Dios me recibió como un padre, y miró mi cambio de residencia con amabilidad benevolente y episcopal. Y comencé a amarlo. . . como un hombre amigable conmigo. Y escuché cuidadosamente cómo le predicaba a la gente. . . Me aferré asiduamente a sus palabras.
Tras Martín Lutero, hallamos a Johann von Staupitz. Juan Calvino se sentó a los pies de Guillermo Farel. La lista suma y sigue.
Necesitamos desesperadamente que haya hombres y mujeres mayores, piadosos y sabios que abran sacrificadamente sus hogares, corazones, mentes y vidas a los hombres y mujeres jóvenes. Necesitamos que haya hombres y mujeres que nos enseñen lo que han aprendido a lo largo de los años y nos den un ejemplo a seguir. Pero, quizás incluso más que eso, necesitamos que haya hombres y mujeres mayores que nos amen y nos brinden su amistad para caminar junto a nosotros a través de los desafíos que enfrentamos día tras día en la vida y el ministerio. Por favor, sean nuestros mentores.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Nicholas T. Batzig El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.
El orgullo como piedra de tropiezo en el ministerio
MIGUEL NÚÑEZ
Este es un fragmento adaptado del libro De pastores y predicadores (B&H Español, 2019), por Miguel Núñez.
Muchas de las caídas de los hombres de Dios han estado precedidas por el orgullo. El orgullo nos lleva a creer que a nosotros no nos ocurrirá lo que le ha ocurrido a otros. Este mismo orgullo nos hace creer que no tenemos que rendir cuentas o que podremos manejar la tentación sin la ayuda de ninguna otra persona.
El orgullo nos conduce a permanecer callados cuando hemos pecado. La persona humilde busca ayuda, confiesa, se arrepiente, rinde cuentas. El orgullo quiere impresionar; lucir bien; ganarse el aplauso y frecuentemente entiende que no necesita someterse a nadie.
El orgullo parte de una comparación subjetiva que favorece al que hace la comparación. Uno de los aspectos más serios del orgullo, es que lleva al líder a acreditarse el mérito y a empañar la gloria de Dios.
Un hombre orgulloso siempre quiere ser el centro de atención y siempre hace lo posible para que la atención esté sobre él. Esto impide que otros surjan o se formen como líderes, porque piensa que podrían quitarle la posición o la autoridad. Este hombre orgulloso considera a los demás líderes como posibles amenazas a su autoridad.
Manifestaciones del orgullo A continuación, algunas manifestaciones que el orgullo puede tener:
El líder que frecuentemente enfatiza sus títulos, sus logros, o que disfruta hacer alardes de poder. Todo esto solo habla de una inseguridad en el ser humano que requiere traer a colación su preparación y sus logros para sentirse seguro o superior a otros.
En medio de nuestra generación donde proliferan los autodenominados apóstoles y profetas, debemos recordar que los alardes de poder por parte de este grupo nunca fueron parte de la vida de Jesús, ni de sus verdaderos apóstoles.
Uno de los aspectos más serios del orgullo, es que lleva al líder a acreditarse el mérito y a empañar la gloria de Dios
El apóstol Pablo dejó todas estas cosas atrás al experimentar el cambio en su vida, declarando en Filipenses 3:3: «… no poniendo la confianza en la carne». Lo que antes consideraba de importancia, luego Pablo le llamó «basura» o «pérdida» por amor a Cristo (Fil 3:7). La meta de Pablo y la nuestra debe ser conocerlo a Él y el poder de su resurrección (Fil 3:10).
El líder incuestionable que no tolera ningún tipo de observación o señalamiento. Este es el líder que se ofende con facilidad y luego perdona y olvida con dificultad. Cristo, que es la máxima expresión de la humildad, nunca se ofendió… aun cuando injustamente le llamaron bebedor, glotón y amigo de prostitutas. Debemos estar conscientes de que somos peor de lo que pensamos y no somos tan buenos como creemos.
El líder controlador. La necesidad de controlar a otros es una señal de debilidad en muchos líderes. Esto habla de inseguridad en la persona que teme que las circunstancias puedan salirse de su control.
Desafortunadamente, el controlador se irrita con facilidad, sospecha con frecuencia de los demás y no da espacio para el desarrollo de otros ni para la expresión de la diversidad. El orgullo quiere controlarlo todo, saberlo todo, determinarlo todo y que todo lo que se considere y se determine sea para la satisfacción personal del individuo.
Indisposición al aprendizaje. El orgullo indispone al hombre de Dios para aprender. Nadie lo sabe todo. Por ejemplo, si existen recursos de educación continua y conferencias para pastores, ¿por qué considerar ofensivo el asistir? Ese pastor podría también pensar: “¿irán ovejas también a estas conferencias?”. El aprender sentados junto a las ovejas es bueno para el alma, porque todos necesitamos aprender, aunque sea en distintas áreas y niveles de conocimiento de Dios.
El orgullo no es solo una piedra de tropiezo para tu posible caída; es un impedimento para poder ministrar a las ovejas que están en necesidad
No aceptación o no apertura a las opiniones de los demás. El orgullo no nos permite aceptar las opiniones de otro y con frecuencia las rechaza con ofensas. Por un lado, el orgullo ofende con facilidad a otros, sobre todo cuando otros mencionan algo que quizás la persona orgullosa no percibe como correcto o con lo que no está de acuerdo. A la vez, el orgullo es defensivo porque defiende su posición, muchas veces sin dar siquiera el beneficio de la duda o sin reconocer que podría estar en un error.
Autosuficiencia. El orgullo es autosuficiente; no le gusta pedir ayuda. Existe una broma generalizada en muchas culturas de que cuando un hombre está conduciendo y se pierde, no pide dirección. Generalmente la mujer se detiene y pregunta para saber cómo llegar. Pero el hombre da vueltas y vueltas. El orgullo no nos permite admitir que estábamos perdidos, aunque eventualmente hayamos encontrado el camino.
Vulnerabilidad a la caída. El orgullo vuelve a la persona particularmente vulnerable a las caídas. El orgulloso no admite sus errores, no pide ayuda, no reconoce que otros pueden saber más. Esto vuelve al líder más vulnerable a los errores y caídas, resulta en nuestro detrimento y empeora nuestra condición.
Este orgullo también interfiere al momento de lidiar con las ovejas porque endurece nuestro corazón y lo vuelve poco compasivo. Este es uno de esos pecados que todo el mundo ve, menos el que lo tiene; es como un punto ciego. Es el mismo orgullo el que no nos permite ver que somos orgullosos.
El orgullo no es solo una piedra de tropiezo para tu posible caída; es un impedimento para poder ministrar a las ovejas que están en necesidad.
El líder enigmático o misterioso. Oremos que el evangelio de Dios, su amor mostrado en la cruz, nos impulse a guardarnos del orgullo y descansar en Su gracia para vencerlo
El orgullo hace a las personas excesivamente reservadas y faltas de transparencia; a estas personas les gusta hacer las cosas en secreto y mantenerlas en secreto porque el orgullo vive para la apariencia, para el buen nombre, para la buena posición y, por tanto, el orgulloso es muy reservado con sus cosas. El orgullo muchas veces hace que el individuo ponga distancia entre él y los demás. En algunos casos, puede tener muchos conocidos, pero nadie lo conoce a profundidad, los pasos que da y las decisiones que toma porque él no comparte esta información.
Dios ha revelado su sentir respecto al orgullo: «… no toleraré al de ojos altaneros y de corazón arrogante» (Sal 101:5). Debemos notar que Dios no dijo «lo ignoraré», sino que utiliza un término enfático, «no toleraré». Estas palabras nos llaman a la sobriedad y nos deben conducir a orar por humildad en todo tiempo.
Oremos que el evangelio de Dios, su amor mostrado en la cruz, nos impulse a guardarnos del orgullo y descansar en su gracia para vencerlo.
Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.
Hace más de cien años, en una pequeña ciudad provinciana, a veces el juez celebraba una sesión judicial rápida. Cierto día un hombre fue acusado de haber robado un pan grande. Cuando el juez le preguntó por qué lo había hecho, él respondió confundido:
– Mi familia tenía hambre, y no sabía qué darle de comer hoy.
– La ley es la ley, decretó el juez. Debo ponerle una multa de cinco francos.
Naturalmente, el pobre hombre no tenía dinero para pagar esta suma. Entonces el juez abrió su monedero y le dio cinco francos para que cancelase su deuda. El hombre estaba arrepentido. Luego, la comunidad le ayudó a encontrar trabajo para que pudiese alimentar a su familia.
El centro del Evangelio es la cruz de Jesucristo. Su mensaje es tan sencillo que incluso un niño puede comprenderlo. En la cruz del Calvario, Jesús el Salvador tomó mi lugar de culpable ante Dios y murió por mí. Si reconozco mis pecados y creo que Jesucristo llevó mi castigo ante Dios, entonces mi deuda está pagada.
La misericordia del juez, en este relato, es una débil ilustración que me ayuda a comprender mejor la gracia de Jesús, el Hijo Dios. Tendría que haberme condenado debido a mis pecados, pero él mismo pagó por mí. ¡Lo hizo por todos los que van a él! Aún hoy perdona a todos los que reconocen su culpabilidad y creen en él.
Domingo 29 Mayo Se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él (Jesús) estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Marcos 4:37-38 Cristo en la tormenta En el año 1633, el famoso artista Rembrandt, a la edad de 27 años, pintó “La tormenta”. En un mar tempestuoso de Galilea, los discípulos de Jesús tratan, por todos los medios, de evitar que su barca se hunda, mientras su Maestro duerme en la popa del barco. Los discípulos no pueden controlar la situación; sus rostros están marcados por el miedo. Se sienten abandonados…
Contando los personajes del cuadro, ¡descubrí un decimotercero discípulo a bordo, parecido extrañamente al mismo Rembrandt! El pintor quiso figurar en su obra, y es el único que me mira a los ojos, como si quisiese decirme: ¿Y si hubieses sido tú?
Volvamos al relato de la Biblia. Los discípulos despertaron al Maestro. Entonces, mostrando su poder de Hijo de Dios, Jesús calmó la tempestad, reprendió al viento y dijo al mar: “Calla, enmudece”. El viento desapareció y se hizo gran bonanza.
Como los discípulos, nos turbamos fácilmente cuando las dificultades aparecen y pensamos que el Señor no interviene. Cuando todo va bien, descansamos creyendo que le dejamos el control de todo; pero cuando llega la adversidad, podemos verificar si realmente Él es quien está al timón de nuestro barco.
¿Cuál fue el resultado de esta liberación para los discípulos? Ellos dijeron: “¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:41). Igualmente, a través de nuestras pruebas, podemos aprender quién es el Señor. Aún hoy, ¡él tiene el poder para liberarnos, y nos ama!
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Serie: ¿Cómo es Dios? Dr. Lehman Strauss Narrado por: Raúl Ferrero
El Dios de la Biblia difiere de los dioses falsos. En única personalidad, Dios existe, Creador del universo y causante de todas las cosas, Creador del hombre y de la sabiduría, el amante redentor del género humano. El concepto de Dios está obviamente en la mente del hombre, pero el hombre no puede conocer acerca de Dios el Creador hasta que estudia su Palabra y sus Obras. El conocimiento intuitivo de Dios es dado libremente, pero el conocimiento más grande de Dios viene como resultado del estudio, la reflexión, la oración y por un proceso de aprendizaje de la Biblia. La revelación divina que encontramos en la Biblia nos remonta a un punto que ni la ciencia, ni la filosofía puede alcanzar. La revelación especial de Dios (la Biblia) es el único medio por el cual podemos obtener un verdadero conocimiento de la Persona de Dios. Hoy más que nunca es esencial conocer cómo es Dios. El material del Dr. Lehman Strauss está en la voz del Profesor Raúl Ferrero.
Sábado 28 Mayo Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Lamentaciones 3:22-23 Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas… Irán de poder en poder. Salmo 84:5-7 El dolor de hoy Alguien dijo: “Solo sufrimos un instante; pero nos desanimamos y nos desesperamos porque pensamos en el pasado y en el futuro”. Estas palabras son instructivas. ¿Cómo reaccionamos ante el sufrimiento y las pruebas de la vida?
Podemos echar de menos la tranquilidad del pasado, la alegría y la facilidad en las que vivíamos. Pero Dios nos invita a no mirar hacia atrás para lamentarnos.
“Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría” (Eclesiastés 7:10). Al contrario, recordemos que hasta el día de hoy Dios nunca nos ha abandonado.
También solemos preocuparnos por el futuro: nuestras fuerzas declinan, la sociedad evoluciona de forma inquietante… Pero el apóstol nos dice: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7). No podemos cambiar nada de nuestro pasado, y el futuro no nos pertenece. Todo está en las manos del “Dios que me favorece” (Salmo 57:2).
“Basta a cada día su propio mal” (Mateo 6:34). El mal del momento presente puede ser soportado con la ayuda de Dios. Él comprende nuestros sufrimientos y es misericordioso con nosotros. Nos dará las fuerzas día tras día. Aprendamos a pedírselas cada mañana, descansando en su fidelidad. Él nos prometió: “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:20).
En Rhode Island hay una ciudad importante llamada Providence («Providencia» en castellano). Este nombre tiene algo de extraordinario. El nombre de la ciudad hace que nos demos cuenta del abismo que separa el pensamiento de nuestra sociedad actual del pensamiento de las generaciones pasadas. ¿A quién hoy día se le ocurriría llamar a una ciudad «Providencia»? La palabra de por sí suena pasada de moda y arcaica.
Cuando leo los escritos de los cristianos de siglos pasados me llama la atención la multitud de referencias a la providencia de Dios. Parece ser como si antes del advenimiento del siglo veinte los cristianos sintonizaban más con la providencia de Dios en sus vidas que lo que sucede ahora. El espíritu del naturalismo que entiende que todos los acontecimientos en la naturaleza están gobernados por fuerzas naturales ha hecho su impacto sobre nuestra generación.
La raíz del significado de la palabra providencia es «prever o ver de antemano», o «proveer». La palabra, como tal, no transmite el significado profundo de la doctrina de la providencia. La doctrina implica mucho más que el hecho de que Dios sea un espectador de los acontecimientos humanos. Conlleva más que una simple referencia a su previo conocimiento.
Los ministros de Westminster en el siglo diecisiete definieron la providencia de la siguiente manera:
Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene, dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas, acciones, y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña, por su más sabia y santa providencia, de acuerdo con su previo conocimiento infalible, y el libre e inmutable consejo de su propia voluntad, para la alabanza de la gloria de su sabiduría, su poder, su justicia, su bondad y su misericordia’.
Dios también sostiene lo que crea. El universo no solo depende de Dios para su origen, depende de Dios para continuar existiendo. El universo no puede ni existir ni operar por su propio poder. Dios tiene todo en su poder. Es en Él que vivimos, nos movemos y somos.
El punto central de la doctrina de la providencia es la importancia otorgada al gobierno de Dios sobre el universo. El gobierna a su creación con absoluta soberanía y autoridad. Gobierna todo lo que acontece, desde lo más importante hasta lo más insignificante. No sucede nada que esté fuera del alcance de su gobierno providencial soberano. Él hace que caiga la lluvia ~ que brille el sol. Él hace que surjan los reinos y los hace caer. El tiene contados los cabellos sobre nuestras cabezas y los días de nuestra vida.
Hay una diferencia crucial entre la providencia de Dios y el destino, la fatalidad o la fortuna. La clave de esta diferencia la encontramos en el carácter personal de Dios. El destino es ciego, mientras que Dios todo lo ve. La fatalidad es impersonal, mientras que Dios es un Padre. La fortuna no tiene voz, mientras que Dios puede hablar. No hay fuerzas impersonales y ciegas actúan en la historia de la humanidad. Todo acontece por la mano invisible de la Providencia.
En un universo gobernado por Dios no hay lugar para acontecimientos fortuitos. La casualidad no existe. La probabilidad es solo una palabra que utilizamos para describir las posibilidades matemáticas. Pero ni la casualidad ni la probabilidad intrínsecamente tienen ningún poder porque no son. La casualidad no es una entidad capaz de influenciar la realidad. La casualidad no es algo. Es nada. .
Otro aspecto de la providencia es llamado la concurrencia. La concurrencia se refiere a las acciones co-extensivas de Dios y los seres humanos. Somos criaturas con nuestra propia voluntad. Podemos provocar acontecimientos. Sin embargo, el poder cual que ejercemos es secundario. La providencia soberana de los trasciende nuestras acciones. El cumple su voluntad a través de las acciones de las voluntades humanas, sin violar la libertad de dichas voluntades humanas. El ejemplo más claro de concurrencia que encontramos en la Escritura es el caso de José y sus hermanos. Aunque los hermanos de José incurrieron en una culpa verdadera por haber traicionado a su hermano, la providencia de Dios seguía actuando a través de su pecado. José le dijo a sus hermanos: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo» (Gen. 50:20).
La providencia redentora de Dios puede obrar incluso a través de las acciones más diabólicas. La ofensa más grande jamás cometida por un ser humano fue la traición de Cristo por Judas. Sin embargo, la muerte de Cristo no fue un accidente histórico. Estaba en concordancia con el consejo determinado de Dios. El acto malvado de Judas hizo que sucediera lo mejor que haya sucedido en la historia, la Expiación. No es ninguna casualidad que ese día sea conocido históricamente como el Viernes «Santo».
Resumen
Hoy en día no se cree generalmente en el concepto de la providencia divina.
La providencia implica la obra de Dios para sostener a su creación.
La providencia se refiere principalmente al gobierno de Dios sobre la creación.
A la luz de la providencia divina no hay cabida para fuerzas impersonales como el destino, la fatalidad o la casualidad.
La providencia implica la concurrencia por medio de la cual Dios obra su divina voluntad a través de la voluntad de sus criaturas.
Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Hace poco llamé a Joe, nuestro encargado de reparaciones de unos setenta años, para ver si podía incluirnos en su apretada agenda. Contestó el teléfono mientras reparaba un refrigerador y aseguró que me devolvería la llamada más tarde durante ese día. «Pero no te preocupes», me dijo, «tengo tu número anotado en mi libreta en la casa». «Pero Joe», le respondí algo irritado, «¿no podría simplemente guardar el número desde el que lo estoy llamando y devolverme la llamada antes?». Me contestó: «No con mi celular con tapa». Quería instruirlo sobre su necesidad de contar con un teléfono inteligente, pero entonces recordé que lo estaba llamando porque el viejo Joe sabe colocar puertas, instalar ventiladores de techo y reparar ventanas, y ha dominado otras tareas útiles que me intimidan incluso antes de intentarlas.
Cultivar la paciencia requiere vigilancia a lo largo de nuestras vidas. Sin embargo, el creyente joven puede cobrar ánimo al ver su progreso en la paciencia, sabiendo que la paciencia es evidencia de que el Espíritu Santo está en acción: «Mas el fruto del Espíritu es… paciencia» (Gal 5:22). Dios no abandonará la obra que ha comenzado (Flp 1:6). Pero no debemos postergar nuestros esfuerzos para crecer en la paciencia, porque como nos recuerda Santiago: «No sabéis cómo será vuestra vida mañana. Solo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece» (Stg 4:14).
Una palabra griega del Nuevo Testamento que suele utilizarse para expresar el concepto de paciencia es makrothumia, y significa «de temperamento largo». En lugar de arder como una mecha rápida, el hombre paciente «mantiene la calma». La paciencia es inherente a la naturaleza de Dios: «Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad» (Sal 86:15). Ya que Dios es el dador de toda buena dádiva ―y no hay duda de que la paciencia es una dádiva maravillosa―, debes buscar al Dador Divino (Stg 1:17). Cultivar la paciencia sin oración es una completa necedad. Por tanto, debes pedirle a Dios que le dé a tu carácter lo que fluye del Suyo.
Hay algunas áreas notables que destacan en el cultivo de la paciencia. Una de ellas tiene que ver con la conversación entre las generaciones. Es muy común que en nuestra juventud les cerremos la puerta con impaciencia a los ancianos que Dios ha puesto en nuestras vidas, pues hablan lento o quieren contarnos historias. Pensamos: «¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé!». Nuevamente, Santiago nos ayuda al decirnos: «Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira» (v. 19). La próxima vez que te impacientes con una persona mayor y estés listo para darte la vuelta e irte, recuerda oír primero. En Su obra santificadora, Dios les ha enseñado mucho a los santos experimentados.
En segundo lugar, ten paciencia mientras esperas el llamado vocacional de Dios. El camino no es tan sencillo como en los días en que uno aprendía una habilidad que su familia había determinado. Las opciones son vastas. Por tanto, no te preocupes por lo complicado del camino siempre y cuando trabajes de corazón «como para el Señor» (Col 3:23). No dejes de agradecer a Dios por Su plan perfecto para ti: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Pr 3:5–6). Que tu objetivo sea el contentamiento en este viaje por el desierto. No puedes ver todo lo que estás logrando al forjar habilidades o relaciones, ni tampoco los propósitos divinos a los que estás sirviendo en la salvación de los elegidos de Dios.
Otra área notable en que hay que ejercer paciencia y oración constante es la de esperar a un cónyuge. Según mi experiencia pastoral, este ha sido un motivo de gran dolor para muchos. Mantén estándares altos pero sobrios (recuerda que tú también eres pecador) en cuanto al carácter piadoso y el amor por Cristo de una posible pareja. Al mismo tiempo, pregúntate si tus requisitos de belleza física, comodidad financiera o compatibilidad perfecta provienen del Espíritu Santo o de la fábrica de ídolos ilusorios de este mundo (Rom 12:1–2; 1 Jn 5:21). La paciencia revela nuestra confianza en la soberanía de Dios, y eso incluye Su provisión en esta área tan sensible de nuestros deseos.
Matthew Henry es una voz perspicaz en la nube de testigos que nos han precedido. Expresa muy bien este asunto al decir: «No pierdas tu confianza porque Dios pospone Sus actos… Dios obrará cuando le plazca, cómo le plazca y usando los medios que le plazcan. No está obligado a ceñirse a nuestro tiempo, pero cumplirá Su palabra, honrará nuestra fe y recompensará a los que le buscan con diligencia».
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Don Bailey El Rev. Don Bailey Jr. es pastor asociado de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida.