Cristo en su trono, motivo de júbilo | Salmo 100:1-2, 5

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Aclamen con júbilo al Señor, toda la tierra. Sirvan a Jehová con alegría… Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su fidelidad por todas las generaciones.
Salmo 100:1-2, 5 NBLA
Cristo en su trono, motivo de júbilo
“Para siempre es su misericordia” es una nota dominante en los Salmos -su misericordia es para siempre y su fidelidad permanece. Dentro de poco tiempo, la tierra experimentará un momento maravilloso, pues llegará el día en que todos cantarán a una este salmo. Qué grandioso es que podamos leer las Escrituras y conocer qué es lo que vendrá, pero aún más maravilloso es que podamos recoger nuestra vista y regocijarnos en lo que poseemos en la actualidad. Por muy bendito que sea el día venidero para esta tierra, hay algo mucho más resplandeciente y bendito que nos pertenece a los cristianos. Los que hemos recibido al Señor Jesucristo lo conocemos ahora como nuestro Salvador, y podemos regocijarnos en nuestros corazones, y alegrarnos, y mirar hacia arriba, simplemente esperando ver a ese bendito Salvador cara a cara.

Piense en esto: Dios pronto le dará el lugar que le corresponde por derecho a su Salvador, aquel que en esta tierra no tuvo más que un pesebre prestado, la cruz de un malhechor y la tumba de otro hombre. ¿No causa gozo en su corazón este pensamiento? Confieso libremente que esto me causa gran gozo, y me encanta pensar que cuando él regrese en gloria, yo estaré allí. Seremos partícipes de su gloria y gozo, y nuestros corazones se alegrarán con perfección, porque será el día de la exaltación de nuestro bendito Salvador, el Señor Jesucristo.

Ahora bien, querido lector, quizá ha entendido lo que es el evangelio del reino, en tal caso, no dude ni por un momento en dejar que el evangelio de la gracia cumpla en usted su propósito: Salvarle. Obtenga esta salvación de Dios. Entonces podrá cantar adecuadamente al Señor ahora, mientras espera pacientemente el día en que, habiéndose levantado el “Sol de justicia”, el salmo 100 llenará la tierra con su maravillosa melodía, y las bóvedas del cielo retumbarán con sus notas de alegría.

W. T. P. Wolston
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La sumisión del Hombre perfecto | Filipenses 2:5, 7-8

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Cristo Jesús… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte.
Filipenses 2:5, 7-8
La sumisión del Hombre perfecto
Consideremos con reverencia la humildad del Hijo de Dios en su humillación y la perfección de su obediencia a Dios cuando estuvo aquí como Hombre entre los hombres. Al descender a esta tierra, él se despojó de todo lo que poseía por derecho propio. Es imposible leer los Evangelios sin percibir, en cada momento, la bella fragancia de su obediencia en amor y su abnegación. La maldad de los hombres que lo rodeaban solo le daba fuerzas y bendecía su humillación, y así prosiguió sin vacilar en esta senda. Él era el “Yo soy” que estaba en esta tierra en la perfección del Hombre obediente.

Todo lo puro y hermoso que se puede ver en la naturaleza humana se halló en Jesús. Todo en su Persona estaba en perfecta sumisión a Dios; al hacer su servicio, cada parte de su carácter ocupaba su debido lugar. Cuando correspondía la mansedumbre, él fue manso; cuando la indignación, ¡nadie podía confrontarla! Fue clemente, misericordioso y paciente con el principal de los pecadores (1 Ti. 1:13-16), pero no se dejó conmover por la fría arrogancia de un fariseo (Lc. 7:36-50). En la cruz, él mostró su ternura para con su madre, pues la confió al cuidado de Juan (Jn. 19:27), el discípulo que se había recostado sobre su pecho; sin embargo, Jesús no tuvo en cuenta lo que ella le decía o pedía cuando estaba ocupado en su servicio a Dios (Mt. 12:46-50).

¡Qué calma y poder moral desconcertaron a sus oponentes e incluso los consternaron a veces! ¡Qué dulzura atrajo a los corazones de todos aquellos que no se endurecieron por una oposición voluntaria! ¡Qué perspicacia para separar el mal del bien!

En simples palabras, la humanidad de Cristo fue perfecta: vivió en sumisión a Dios, respondiendo completa e inmediatamente a su voluntad. ¡Alabado sea su Nombre!

J. N. Darby
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Caminar personalmente con Dios | Génesis 5:24

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Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.
Génesis 5:24
Caminar personalmente con Dios
Un período de 300 años en la vida de este hombre de Dios se resume en esta frase: “Caminó, pues, Enoc con Dios”. Hebreos 11:5 nos dice algo más: “Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.” ¡Qué gran honor recibió Enoc, y qué recompensa! No vio la muerte porque Dios lo llevó a estar con él

¿Fue Enoc el único que caminó con Dios? No, leemos lo mismo de Noé: “Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé” (Gn. 6:9). No tenemos que envidiar a estos hombres, porque nosotros también tenemos el privilegio de caminar con Dios. De hecho, él le dijo a Abraham: “Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto.” (Gn. 17:1).

El resultado para cada uno de estos hombres fue diferente. Lo único que tenían en común era que caminaban con Dios. Pero no eran simples fotocopias entre ellos. A veces, cuando admiramos la vida de una persona, nos gustaría copiarla. Por supuesto, es bueno aprender lecciones valiosas de la vida de los demás, especialmente de los que siguen al Señor, pero no debemos desear ser simples copias de alguien. Cada uno de nosotros tiene un gran valor para Dios. Hasta los cabellos de nuestra cabeza están todos contados (Mt. 10:30).

Enoc caminó con Dios, y Dios lo llevó, por lo que no vio la muerte. Por otro lado, Noé caminó con Dios, pero vio más muerte que cualquier otra persona en la que podamos pensar, y finalmente también murió. Noé fue un gran predicador de la justicia y un hombre justo, pero Dios no hizo por él lo que hizo por Enoc. ¿Qué hay de Abraham, el amigo de Dios? Tuvo que enfrentarse cara a cara con la muerte cuando llevó a Isaac al monte Moriah para ofrecerlo como sacrificio.

Caminemos, pues, con Dios, pero dejemos que Dios sea Dios en todas las circunstancias de nuestra vida. “En cuanto a Dios, perfecto es su camino” (Sal. 18:30).

A. M. Behnam
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El Eclesiastés y el cristiano (2)

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Fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí… y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.
Eclesiastés 2:9-11
El Eclesiastés y el cristiano (2)
En varias ocasiones, el Eclesiastés presenta las cosas de forma un tanto desalentadora: vanidad de vanidades, todo es vanidad y aflicción de espíritu. Este es el resultado recurrente de todo el esfuerzo del escritor por encontrar el sentido de la vida, por encontrar una verdadera satisfacción “debajo el sol”. Salomón había estado en condiciones de probar casi todo lo que se puede conocer en la tierra. Había intentado disfrutar del placer (v. 1); del alcohol (v. 3); de un estilo de vida lujoso (vv. 4-6); del éxito en los negocios (vv. 7-8); de la cultura; de la música (2:8b); de las relaciones sexuales (v. 8); y de la búsqueda de la inteligencia o la sabiduría (vv. 12-17).

En cada ocasión, siempre llegó a la misma conclusión deprimente que hallamos en el texto de hoy, pues leemos más adelante en este capítulo: “Aborrecí, por tanto, la vida… por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu” (v. 17). “Volvió, por tanto, a desesperanzarse mi corazón acerca de todo el trabajo en que me afané” (v. 20).

¿Qué beneficio tiene el cristiano al estudiar un libro así? Permítanme mencionar solo tres formas en que uno puede beneficiarse de este libro. En primer lugar, es un ejercicio muy útil cuando, como creyentes, nos damos cuenta de que el verdadero sentido de la vida, la verdadera satisfacción, no se encuentra “debajo el sol”, es decir, en este mundo.

En segundo lugar, el Señor dijo que toda la Escritura habla de él (Jn. 5:39). Si prestamos atención, encontraremos alusiones a su Persona incluso en este libro (empezando por los siguientes versículos: Ec. 4:12; 7:28; 9:14-15).

En tercer lugar, cuando consideramos los versículos del Eclesiastés a la luz del Nuevo Testamento, también tienen un mensaje para el creyente. Lo veremos a medida que sigamos leyendo y meditando en este libro.

Michael Vogelsang
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El llamamiento de Dios: salir y entrar | 1 Corintios 1:9

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Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor.
1 Corintios 1:9
El llamamiento de Dios: salir y entrar
El Dios de gloria llamó a Abraham de su país y de su parentela a la tierra prometida (Hch. 7:2-3); fue llamado de un lugar a otro, y se convirtió en amigo de Dios. El hecho de salir le costó mucho ejercicio de alma, pero tales ejercicios no son comparables con la bendición, el honor y el favor a los que fue introducido por ese llamamiento. Su fe abarcaba una rica herencia, una ciudad celestial (He. 11:10), la promesa segura de Dios. A diferencia de Abraham, su sobrino Lot se negó a separarse del mundo perverso que lo rodeaba, y le siguieron consecuencias desastrosas en la destrucción de Sodoma y Gomorra, donde perdió todo aquello en lo que un hombre, y especialmente un hombre justo (véase 2 P. 2:7), podía gozarse.

El mismo Dios se reveló a Moisés como: “Yo soy”, y llamó a Israel a salir de Egipto, de la casa de la esclavitud, para entrar en la herencia prometida. Se reveló en una relación de pacto con los hijos de Israel; se les reveló como Jehová. Israel tiene el honor de ser la nación que ha de estar a la cabeza del sistema terrenal de naciones establecido, y como el pueblo de Jehová que debe servirlo con especial cercanía y dar a conocer su Nombre en toda la tierra. Sin embargo, los hijos de Israel se han alejado de Jehová y se han negado a escuchar su voz. Por lo tanto, el día de su plena bendición ha sido pospuesto -aún está por venir. En un día futuro, ellos recibirán a Jesús (Jehová, el Salvador) como su verdadero Mesías.

Es el mismo Dios que ha llamado de entre las naciones a la Iglesia (o Asamblea). Separados de las asociaciones y aspiraciones del mundo, aquellos que forman la Iglesia están llamados a gozar de asociaciones y esperanzas que se centran vitalmente en Cristo, aquel que fue rechazado en la tierra y que está exaltado en el cielo. Los cristianos son llamados a la más grande, gloriosa y honrosa comunión que Dios puede dar a conocer a los hombres.

H. J. Vine
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José de Arimatea (3) | Juan 19:41-42

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En el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
Juan 19:41-42
Lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.
Mateo 27:60
José de Arimatea (3)
En estos versículos vemos el cumplimiento de la profecía que Isaías escribió cientos de años antes. Sin duda alguna, los hombres le habrían dado a Jesús la sepultura de un criminal en un sepulcro indigno. Dios se encargó de que, cuando el Señor Jesús hubo completado la obra que se le había encomendado, no tuviera más contacto con manos perversas. Él “con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.” (Is. 53:9).

Cuando José de Arimatea y Nicodemo envolvieron el cuerpo de Jesús con las especias aromáticas en un lienzo limpio, el día ya estaba acabando. Cerca del lugar de la crucifixión había un sepulcro nuevo, un sepulcro que José de Arimatea había hecho excavar en la roca para su propia sepultura. Allí, debido a la falta de tiempo, depositaron el cuerpo del Señor. Algunas de las mujeres que habían seguido al Señor se encontraban cerca, observando el lugar en el que su cuerpo fue puesto.

Al leer los relatos de los cuatro evangelios, podemos apreciar el cuidado que Dios puso en el cuerpo de su Hijo. Su cuerpo sagrado, en el que había sufrido por el pecado -el pecado de usted y el mío, pues en él no había pecado-, fue envuelto tiernamente para su sepultura por dos hombres que lo amaban. No fue colocado en un pozo en la tierra y cubierto con tierra, o en una tumba contaminada por otros cadáveres. No, Dios se encargó de que su sepulcro fuera un sepulcro nuevo, excavado en la roca en un jardín, destinado originalmente a un hombre rico, y que la puerta estuviera cerrada por una gran piedra colocada en su lugar. Dios quiso que el cuerpo de su Hijo fuera honrado.

Eugene P. Vedder, Jr.
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Obedecer, someterse y ser paciente | Hebreos 12:9

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¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre?
Hebreos 12:9
Obedecer, someterse y ser paciente
Una vida cristiana normal surge de una visión precisa de nosotros mismos en relación con Dios. En primer lugar, debemos aprender a obedecer. El término más común del Nuevo Testamento traducido como obedecer es una palabra que significa «escuchar debajo». Si aceptamos que estamos por debajo de Dios, entonces ciertamente debemos obedecerlo. Después de obedecer primero a Cristo como nuestro Salvador (He. 5:9), también debemos responder a la enseñanza cristiana “según es en verdad, la palabra de Dios” (1 Ts. 2:13). Los que conscientemente no obedecen la Palabra de Dios deben ser amonestados (2 Ts. 3:14).

En segundo lugar, después de la obediencia debemos aprender a someternos. La sumisión es ante todo una respuesta a Dios, nuestro Padre (He. 12:9). Si nos sometemos a él, aceptaremos fácilmente todo lo que nos dé. Interpretaremos los momentos de dificultad como ocasiones de su buena disciplina, que nos ayuda a crecer espiritualmente. Someterse también significa reconocer las influencias de Dios en nuestras vidas. Pablo dijo a los corintios que se sometieran a la casa de Estéfanas, donde había siervos consagrados al Señor (1 Co. 16:15-16). La forma más clara de mostrar sumisión a Dios es mostrar una actitud de sujeción a nuestros empleadores, autoridades gubernamentales y conductores en la Asamblea. En dos ocasiones se nos dice simplemente que nos sometamos a otros cristianos, independientemente de nuestras relaciones mutuas (Ef. 5:21; 1 P. 5:5).

En tercer lugar, debemos aprender a ser pacientes o soportar. Esto conlleva la idea de soportar las dificultades en lugar de tratar de salir de ellas. La paciencia se aprende verdaderamente solamente a través de la tribulación (Ro. 12:12). Naturalmente, esta no es una lección agradable, pero espiritualmente es muy provechosa, porque siempre produce una mayor madurez cristiana (Stg. 1:4). ¿Queremos ser cristianos más fuertes? Entonces podemos pedirle al Señor que nos ayude a obedecer, someternos y ser pacientes.

Stephen Campbell
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Los tiempos de los jueces (2) – Rut la moabita, un rayo de luz en tiempos de oscuridad | Rut 1:1

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Aconteció en los días que gobernaban los jueces, que hubo hambre en la tierra. Y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer, y dos hijos suyos.
Rut 1:1
Los tiempos de los jueces (2) – Rut la moabita, un rayo de luz en tiempos de oscuridad
El libro de los Jueces y los primeros capítulos del primer libro de Samuel se refieren más o menos a la misma época que el libro de Rut. Pero Rut es una historia de amor y de cosecha. Una historia que nos recuerda que, aunque haya hambre espiritual y decadencia moral a nuestro alrededor, Dios es fiel al corazón que se vuelve a él.

Esta historia comienza con Elimelec haciendo lo que bien le parecía, abandonando Belén (“la casa del pan”) debido a que había hambre en la tierra. Pero Dios utilizó los fracasos de Elimelec para recordarnos su propia fidelidad. Después de la muerte de Elimelec y sus dos hijos, su esposa Noemí y una de sus nueras, Rut, regresaron a Belén. Al leer cómo se desarrolla esta hermosa historia, meditamos en los días en que vivimos y en cómo Dios desea bendecirnos y atraer nuestros corazones a la persona de Cristo. Rut, traída desde muy lejos (cap. 1), entra en contacto con Booz, quien está dispuesto y es capaz de proveer y cuidar de todas sus necesidades (cap. 2). En esto vemos una figura del Señor Jesús. En el capítulo 3 vemos que Rut encuentra descanso a los pies de Booz. Esto es lo que nuestro Señor Jesús nos proporciona a cada uno de nosotros (Mt. 11:28-29). Al final del capítulo 3 leemos que Rut está sentada, esperando que Booz concluya lo que le concierne, ¡y en el capítulo 4 vemos el cumplimiento de los planes de Dios! ¡Nosotros también estamos esperando que el Señor Jesús regrese por nosotros y nos lleve a estar para siempre con él!

Jueces y 1 Samuel nos enseñan que hay fracaso, oscuridad moral a nuestro alrededor, pero el libro de Rut nos recuerda que tenemos un “Pariente” cercano que tiene el derecho de redimir (2:20), ¡y que fielmente satisfará todas nuestras necesidades, si tan solo acudimos a él!

Tim Hadley, Sr.
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Los tiempos de los jueces (1) – El triste estado de Israel | Jueces 21:25

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En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.
Jueces 21:25
Los tiempos de los jueces (1) – El triste estado de Israel
Esta es la cuarta y última vez que, en el libro de los Jueces, se expresa que no había rey en Israel. En Jueces 17:6 se relaciona con la negligencia de los hijos de Israel hacia Dios; en Jueces 18:1 con su negligencia hacia el prójimo; y en Jueces 19:1 con su corrupción moral. Mientras que aquí, en el capítulo 21, se relaciona con su condición moral en general.

Veamos con más detalle este versículo y desglosémoslo un poco. Primero: “No había rey en Israel”. Esto nos recuerda que no había ninguna autoridad, nadie ante quien tuvieran que rendir cuentas, ningún límite. Solemos escuchar esto con frecuencia en nuestros días, ya no hay absolutos ni autoridad. Esto es lo que sucede cuando se deja de lado la Palabra de Dios y se ignoran sus enseñanzas. Proverbios 29:18 nos recuerda: “Sin profecía el pueblo se desenfrena; mas el que guarda la ley es bienaventurado”. Despreciar la Palabra de Dios tendrá consecuencias: pronto no se tendrá en cuenta la verdad de la Palabra. Nadie preguntará: «¿Qué dice la Biblia?». Entonces, ¡todo vale y los límites son desechados! Vemos esto en 1 Samuel 3, que relata algo que sucedió quizás durante o poco tiempo después de la época de los jueces. Los primeros versículos describen la condición moral de Israel: “la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia”; el sumo sacerdote estaba “acostado en su aposento”, sus ojos comenzaban a oscurecerse, por lo que apenas podía ver que la lámpara de Dios estaba a punto de apagarse (1 S. 3:1-3).

Aunque las condiciones morales puedan ser oscuras a nuestro alrededor y muchos puedan ignorar las Escrituras, Dios no se dejará sin testigos. No dejará que se apague la lámpara del testimonio. Él está buscando a aquellos que quieren volver a su “primer amor” y hagan caso a su exhortación: “Recuerda… de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar” (Ap. 2:4-5).

Tim Hadley, Sr.
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Hallar descanso | Mateo 11:29

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Llevad mi yugo sobre vosotros… y hallaréis descanso para vuestras almas.
Mateo 11:29

Hallar descanso
Tal era el yugo de Cristo que, en su infinita gracia, él nos invita a tomar sobre nosotros, a fin de que también podamos hallar descanso para nuestras almas. Notemos las palabras “hallaréis descanso” y procuremos comprender su significado. No debemos confundir el “descanso” que él nos da con el descanso que nosotros hallamos. Cuando el alma cansada y cargada acude a Jesús con sencilla fe, él le da descanso, un descanso estable que mana de la completa seguridad de que todo está hecho; que los pecados son quitados para siempre; que la justicia perfecta ha sido cumplida, revelada y concedida; que toda cuestión está divina y eternamente resuelta, y ello por la eternidad; Dios es glorificado; Satanás ha sido reducido a silencio.

Tal es el descanso que Jesús da cuando acudimos a él. Pero luego debemos atravesar las circunstancias de nuestra vida diaria. En ella hay pruebas, dificultades, trabajos, combates, fracasos y reveses de toda clase. Ninguna de estas cosas puede afectar en lo más mínimo el descanso que Jesús da, pero sí pueden alterar seriamente el descanso que hemos de hallar. Ellas no turbarán nuestras conciencias, pero pueden perturbar en gran manera nuestro corazón; pueden inquietarnos e impacientarnos.

Y ¿cómo saldré de esta condición? ¿Cómo podré tranquilizar mi corazón y calmar la excitación de mi ánimo? ¿Qué necesito ante todo? Hallar descanso. Y ¿cómo podré hallarlo? Inclinándome y tomando sobre mí el precioso yugo de Cristo; el mismo yugo que él llevó siempre en los días de su carne; el yugo de una completa sumisión a la voluntad de Dios. Necesito la capacidad de decir, sin un átomo de reserva, desde lo más profundo de mi alma: ’Hágase, Señor, tu voluntad’. Necesito el profundo sentimiento de su perfecto amor por mí, y de su infinita sabiduría en todas sus relaciones conmigo, que yo no querría que las cosas fuesen de otra manera, aunque estuviese en mi poder cambiarlas; sí, que yo no querría mover un dedo para cambiar mi posición o mis circunstancias.

C. H. Mackintosh
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.