¿El mundo es una cosa extraña?

Sábado 3 Julio

Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna. 1 Juan 5:20

¿El mundo es una cosa extraña?

“Una hermosa mañana del mes de julio me pregunté de dónde venimos, a dónde vamos y qué hacemos en esta tierra. ¿Por qué hay algo en lugar de nada?”. Jean d’ Ormesson, escritor y filósofo, se interrogó sobre el misterio de nuestro destino, el sentido de la vida, y reconoció sus dudas e incertidumbres.

Estas preguntas son fundamentales y condicionan a la vez nuestra vida presente y nuestro futuro eterno. Pero, ¿por qué seguir haciéndose preguntas continuamente? El hombre debe reconocer que sin la revelación de los pensamientos de Dios siempre se desviará en vanas especulaciones.

La Biblia es el Libro por medio del cual Dios nos habla. En él encontramos nuestra historia en la tierra y nuestro destino en el plan de Dios. A través de la creación Dios mostró su poder, su sabiduría y su bondad. Cuando el mal entró en el mundo por el hombre, su naturaleza moral se reveló: el hombre no respeta los mandamientos divinos y desobedece. Diariamente demuestra por las guerras, la violencia y la corrupción, presente en todo, que no puede dejar de hacer el mal. Dios es muy limpio “de ojos para ver el mal” (Habacuc 1:13), pero también es amor y es soberano. No hay nada que pueda obstaculizar sus planes. Decidió mostrar su amor a los hombres, que son malos por naturaleza, dándoles la oportunidad de ser perdonados de sus pecados e introducidos en su presencia.

¿Recibió usted el perdón de Dios? Entonces su vida tiene un sentido, es decir, agradar a Aquel que lo ama; y también un objetivo: ¡la felicidad eterna en el cielo con Jesús!

Daniel 5 – 1 Juan 4 – Salmo 78:40-55 – Proverbios 18:16-17

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32 – ¿Está Limpio Tu Corazón? 

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Vida y Enseñanzas de Jesús

32 – ¿Está Limpio Tu Corazón? 

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

¿Cuál debe ser el salario de los pastores?

Coalición por el Evangelio

¿Cuál debe ser el salario de los pastores?

Una entrevista con John Piper

COLLIN HANSEN

No puedo decir que me relaciono mucho con los informes sobre los altos salarios de algunos pastores y la construcción de sus mansiones sofisticadas. Pero las conversaciones sobre el dinero y el ministerio pueden ser igual de torpes y frustrantes en el otro extremo de la escala salarial. Para los pastores que sobreviven mientras trabajan en dos empleos, y para las iglesias que luchan por cumplir con sus obligaciones, el dinero restringe las relaciones y estrecha la fe. ¿Cómo saben los pastores cuando necesitan pedir más dinero? ¿Cómo saben las iglesias cuando deberían darle?

John Piper podría haber vivido holgadamente de las regalías de sus libros y de los honorarios de sus disertaciones. ¿Por qué eligió vivir más como un pastor común a lo largo de más de 30 años en la Iglesia Bethlehem Baptist en Minneapolis? Hablé con el fundador y maestro de Desiring God sobre el trabajo duro, la “teología de la pobreza”, consejos para pastores jóvenes, y más.

¿Cuándo te diste cuenta de que se necesita un plan para manejar el dinero obtenido de las prédicas y como escritor? ¿Alguna vez te sentiste tentado a quedarte con el dinero para ti mismo?

Cuando comencé mi ministerio como pastor en Bethlehem, nunca había pasado por mi mente que iba a producir una gran cantidad de ingresos por escribir. Recibí modestos honorarios de cien o doscientos dólares por bodas y funerales. Los acepté con agradecimiento. Yo pensaba que, si era fiel, los ingresos aumentarían, y tarde o temprano iba a hacer más de lo que necesitaba. Por lo tanto, yo creía desde el principio que debía saber planificar para regular la acumulación de tesoros en la tierra. De lo contrario, poco a poco podría llegar a creer que mis deseos eran mis necesidades, y los gastos se expandirían, como siempre lo hacen, para alcanzar los ingresos. Así que Noël y yo desde el principio pusimos en marcha un “diezmo gradual”. Es decir, tratamos de dar un mayor porcentaje con cada aumento salarial, y no solo una mayor cantidad.

Con las ventas exitosas de Desiring God (Sed de Dios) en 1987, vi que podía haber un ingreso sustancial de los escritos y las conferencias. Decidí entonces que no debía reservar ese dinero para mí, sino canalizarlo hacia el ministerio. Nunca dudé que el Señor nos proporcionaría un sueldo que sería suficiente para nuestras familias. Así que no vi ninguna razón para quedarme con el dinero que entraba por libros y conferencias. Estas regalías y honorarios eran ganancias ingresadas durante mi labor como pastor de Bethlehem, por lo que me parecía que la iglesia debía beneficiarse de ellos, no yo en particular.

Al principio pensé que podía hacer esto simplemente mediante la canalización de las regalías a la iglesia, pero pronto me di cuenta que esto tenía implicaciones fiscales. Dado que estas regalías estaban técnicamente bajo mi control como propietario del copyright, darlo todo a la iglesia me hacía responsable del impuesto sobre la renta. Así que hemos creado una fundación. La Fundación Desiring God (Deseando a Dios, en español) es ahora dueña de todos los derechos de autor de mis libros y de la propiedad intelectual, y recibe y distribuye todo el ingreso. No tengo acceso al dinero en absoluto. Yo participo en el consejo de la fundación con mi esposa y otras cinco personas. Este consejo salvaguarda los objetivos de la fundación, y tomas las decisiones sobre a qué ministerios deben ser entregados los ingresos. Es un ministerio emocionante.

Además, hemos tomado la decisión de que todos los honorarios irían a los ministerios que representamos, no a nosotros mismos.  Así fue en la iglesia mientras yo fui pastor y ahora es así en Desiring God. Mientras fui pastor en Bethlehem, nunca recibí ingresos desde Desiring God. Así que durante los últimos 25 años más o menos, hemos vivido con un flujo continuo de ingresos. Sigue siendo así, ya que ahora recibo pago de Desiring God. Nunca he pasado una grave necesidad. Nada de esto se ha sentido como un sacrificio.  Me veo a mí mismo como muy rico de acuerdo a los estándares del mundo. Más allá de toda duda, es mejor dar que recibir y atesorar.

¿Por qué un pastor de una iglesia creciente y próspera no debería ganar más dinero como recompensa por su duro trabajo y como incentivo para permanecer en el lugar? Después de todo, la iglesia probablemente sufriría financieramente y numéricamente si él se marcha.

Nunca sentí que yo era un privilegio para la iglesia, sino que ella lo era para mí. Estar en Bethlehem era un don, todo un regalo. Pensar que soy tan valioso que me merezco los beneficios que provienen de mi ministerio es ajeno al Espíritu de Cristo. Él vino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Jesús era absolutamente indispensable en el ministerio que llegó a realizar y el objetivo principal de su ministerio era dar, dar, dar, no recibir, recibir, recibir.

Mi pregunta es: ¿por qué un pastor quiere hacerse rico? Jesús dijo que es difícil para un rico entrar en el reino, y Pablo dijo que los que quieren enriquecerse “caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Timoteo 6:9).  Estos textos, y muchos otros, me hacen pensar: mi alma, y por tanto, el bien de la iglesia, estarán mejor si yo pongo un límite a lo que atesoro.

Ese “trabajo duro” que mencionaste es un trabajo para el avance de la misión de Cristo y el bien de la iglesia. Y cada pastor sabe que aun si “he trabajado más que todos ellos, no fui yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15:10). Y grandes olas de esta gracia rompen sobre nosotros provenientes de las oraciones y la colaboración de la gente en nuestra iglesia. No solo eso, sino que mientras yo estoy predicando fuera y escribiendo, mi equipo me está cubriendo en muchas maneras. Esa inversión de tiempo podría haberse enfocado más directamente en la iglesia. No fue así. Nunca pensé: ellos me deben. No me debían. Yo les debía a ellos. Al día de hoy, sé que la Iglesia Bethlehem Baptist fue más un regalo para mí que yo para ella.

¿Alguna vez ha sentido que su iglesia no pudo o no quiso cubrir adecuadamente las necesidades de su familia? ¿Cómo aconsejaría usted a un pastor que se esté sintiendo así en este momento?

Nunca me sentí así: 25.000 dólares al año era más de lo que yo necesitaba en 1980, y cuando mi sueldo alcanzó los 100.000 dólares por primera vez en mi último año en Belén, era más de lo que yo necesitaba. Yo no asumo que este sea el caso para todos los pastores. Por eso es que yo no digo que las estrategias que he utilizado se deban aplicar para todos. Hay todo tipo de situaciones que podrían garantizar ganancias e ingresos sostenibles a un pastor, además del de su ministerio en la iglesia. Pablo hacía tiendas. Pero seamos cuidadosos en este punto. El objetivo de Pablo era, como él decía, excepcional. El trabajador es digno de su salario. No le pongas bozal al buey que trilla.

El objetivo de Pablo no era hacerse rico con la fabricación de tiendas y renunciar a los ingresos de la iglesia, como si esa pequeña abnegación fuera una justificación para hacer millones en regalías por las tiendas. Su objetivo era evitar toda apariencia de querer hacerse rico en el ministerio. Pablo temía dar la más mínima impresión de que su vida de trabajo era un “pretexto para la avaricia” (1 Tesalonicenses 2:5). La forma de pensar de Pablo no era que tenía “derecho” a hacerse de su “ingreso ganado con tanto esfuerzo”. Su mentalidad era renunciar a cualquier derecho que pudiera hacer que la gente pensara que él amaba el dinero: “No hemos hecho uso de este derecho, sino que sufrimos todo para no poner un obstáculo en el camino del evangelio de Cristo” (1 Corintios 9:12).

¿Existe tal cosa como una antibíblica “teología de la pobreza”?

Sí. Hay mucha teología que no es bíblica. Por ejemplo, sería antibíblico ensalzar o idealizar la pobreza. La Biblia establece un camino intermedio entre la miseria y la opulencia: “No me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios” (Proverbios 30:8-9).

Cuando Jesús dijo: “Bienaventurados vosotros los pobres” (Lucas 6:20), quiso decir: Dios va a mostrarse especialmente valioso y de gran alcance para los pobres que confían en él, no a los pobres que no conocen al Señor (“Ciertamente éstos son pobres, han enloquecido, pues no conocen el camino de Jehová, el juicio de su Dios. “Jeremías 5:4).

Sería un error asumir que todos los pobres son humildes o generosos. Los diez leprosos eran todos pobres. Jesús los sanó a todos. Nueve resultaron ingratos (Lucas 17:17). No solo los ricos son egoístas.

Pero también sería un error pensar que la Biblia trata a la riqueza y la pobreza como igualmente peligrosas espiritualmente. Las riquezas son más peligrosas. No leemos: “Solo con dificultad podrá una persona pobre entrar en el reino de los cielos” (Mateo 19:23).

¿Cuánto es demasiado? Casi cualquiera de nosotros en los países desarrollados está mucho más cómodo que nuestros hermanos y hermanas que trabajaban para el evangelio en la mayor parte del mundo.

La imposibilidad de trazar una línea entre la noche y el día no significa que usted no puede saber que es medianoche. Si alguien se está muriendo de hambre, es pobre y necesita ayuda urgente. Si algún pastor tiene diez veces más que el promedio de las personas en su iglesia, él les está comunicando que las cosas materiales son muy importantes para él y viene a ser una piedra de tropiezo.

La Biblia elogia el ayuno y la fiesta, y no porque la comida sea mala o porque nadie esté hambriento. Es porque es malo ser esclavos de las cosas buenas y es bueno disfrutar a Dios en sus dones.

Yo le digo a mis hijos, cuando la conducta es cuestionable, no solo hay que preguntarse: “¿Qué tiene de malo?”. Pregúntate, “¿esto me ayudará a engrandecer a Cristo?” Esa fue la pasión de Pablo (Filipenses 1:20).

Acumular dinero y comprar mucho más de lo que se necesita no hace que Cristo luzca su grandeza. Hace que las cosas parezcan gran cosa. Hay una razón por la cual Pablo dijo: “Porque nada hemos traído a este mundo, y no podemos sacar nada del mundo. Así que, teniendo sustento y abrigo, con ello estaremos contentos” (1 Timoteo 6:7-8).

¿Cómo aconsejaría a pastores jóvenes con respecto a sus finanzas a medida que comienzan a ser invitados a hablar en conferencias y a escribir libros? ¿Su consejo sería diferente para un abogado o un médico que crecen en sus carreras?

Hable con los ancianos acerca de todas estas cosas. Sírvales el tiempo suficiente y sea lo suficientemente humilde de tal manera que ellos sepan que usted se preocupa por la iglesia y que no está solamente usando la iglesia para su promoción profesional. No se mueva a un tipo de ministerio que ellos desaprueben.

Establezca un grupo administrativo entre ellos (no desde el exterior) a quien rendir información sobre todos sus honorarios y otros ingresos fuera de la iglesia. Llegue a un acuerdo con ellos sobre lo que es apropiado que usted retenga y sobre qué recibirá la iglesia. Haga de la iglesia el lugar adonde se destine la mayoría de sus donaciones.

Planee vivir del salario de la iglesia tan pronto como sea posible. Una vez que cubra sus necesidades y ahorre adecuadamente, aumente el porcentaje de sus ofrendas más allá del diezmo cuando el aumento de sueldo sea mayor que el aumento del costo de la vida.

Satúrese a usted mismo con las palabras del Nuevo Testamento sobre el dinero. Usted se encontrará más a menudo convicto que confirmado en su abundancia occidental. Disfrute de los dones de Dios, disfrutando de Dios en ellos y a través de ellos. Sepa que nunca resolverá esto completamente. Por lo tanto, esté agradecido por el evangelio de la gracia que cubre todos nuestros pecados.

Este artículo fue publicado originalmente el 6 de noviembre 2013 para The Gospel Coalition. Traducido por Eddy Garcia

Collin Hansen sirve como director editorial de The Gospel Coalition. Es el co-autor de A God-Sized Vision: Revival Stories That Stretch and Stir. Puedes encontrarlo en Twitter.

El temor a estar solos

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El temor

El temor a estar solos

Jayne V. Clark 

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Esta mañana escuché en la radio que habían encontrado a un hombre de cincuenta años muerto en su apartamento. Esa noticia ya era lo suficientemente triste, pero lo que la hizo aún más trágica fue el hecho de que llevaba tres años muerto. ¡Tres años! Para algunos de nosotros, esa noticia expresó nuestro mayor temor: morir solos y olvidados.

Pero aunque la muerte nos recuerde lo que más nos asusta de estar solos, este temor toma muchas formas y no nos está esperando en el futuro. Puede comenzar mucho más temprano. ¿Encontraré con quien sentarme en la cafetería de la escuela? ¿Tendré con quien hablar en la fiesta? ¿Será que encontraré a alguien con quien pasar el resto de mi vida? ¿A quién puedo designar como la persona a llamar en caso de una emergencia? ¿Qué me pasará si mi matrimonio se destruye? ¿Me visitarán si termino en un asilo de ancianos? 

Ya sea que estemos despiertos o dormidos, en la casa o fuera de ella, el Señor está presente con nosotros.

Estas son preguntas reales, preocupaciones genuinas, y por más difíciles que sean de abordar por sí solas, a veces encontramos que apuntan a temores aún más profundos. Algunos llegan a ciertas conclusiones: «No vale la pena conocerme»; «Soy tan aburrido (o estoy tan deprimido) que nadie quiere estar cerca de mí. Soy un fracasado». Otros se sienten desconectados o aislados, y llegan a creer que no «encajan» en ningún lugar. Y luego hay otros que, después de haber quedado vulnerables por el duelo o la traición, se encuentran atrapados entre la posibilidad de ser heridos nuevamente y la posibilidad de terminar solos. 

Como alguien que ha estado soltera durante toda su vida, he luchado con muchas de estas preguntas a lo largo de los años, pero me siento afortunada por algo que quedó grabado en mi mente y corazón a temprana edad y que me ayudó a crecer. Todavía puedo verlo escrito en pan de oro en el frente de la iglesia a la que asistíamos cuando tenía ocho años: «Y he aquí, Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28:20). Puede que a esa edad no tuviera la capacidad de comprender muy bien los sermones, pero ver esa promesa semana tras semana durante cuatro años tuvo un impacto duradero en mí. Sentía que Jesús me hablaba específicamente a mí: «Yo estaré contigo»Algunos niños se inventan amigos imaginarios con quienes hablar, pero nosotros tenemos a un Amigo real que está más unido a nosotros que un hermano (Pr 18:24). Y Él no es cualquier amigo. Él es el gran «Yo soy» que envió a Moisés a liberar a Su pueblo, y que enfrentó la muerte para salvarnos. Así que cada vez que me sentía asustada o abrumada, Él no solo estuvo allí, sino que me ayudó a enfrentar lo que me estaba preocupando. Y eso es tan cierto hoy como lo era en ese entonces. 

El Salmo 139 es maravillosamente reconfortante en este sentido: 

¿Adónde me iré de Tu Espíritu, 
o adónde huiré de Tu presencia?
Si subo a los cielos, he aquí, allí estás Tú;
si en el Seol preparo mi lecho, allí estás Tú.
Si tomo las alas del alba
y si habito en lo más remoto del mar,
aun allí me guiará Tu mano,
y me asirá Tu diestra (vv. 7-10).

Este salmo deja claro que Dios siempre está con nosotros. De hecho, no podemos escapar de Él. No importa dónde vayamos —a las alturas, a las profundidades, al otro lado del mar— lo encontraremos allí y nos daremos cuenta de que ha estado con nosotros en cada paso del camino. Ya sea que estemos despiertos o dormidos, en la casa o fuera de ella, el Señor está presente con nosotros. ¿Y qué de esos miedos subyacentes que nos asedian? Este salmo también deja claro que Él conoce cada uno de nuestros pensamientos, cada palabra que sale de nuestra boca y cada rincón oscuro de nuestros corazones, y aun así nunca nos deja. Quizás nos cuesta más creer el «siempre» de Mateo 28:20 porque nada parece ser permanente en este mundo, y a veces no sentimos que Él está con nosotros. Pero eso no cambia el hecho de que Él está. 

Cuando Jesús estaba hablando con Sus discípulos poco antes de morir, les dijo que Su Padre enviaría al Espíritu Santo, que no solo moraría con ellos, sino en ellos (Jn 14:17). Al tener al Espíritu Santo morando en nosotros, la realidad es que nunca, nunca estamos solos. ¿Significa eso que nunca nos sentimos solos? No. ¿Significa eso que nunca le tenemos miedo a la soledad? No. Pero sí significa que no estaré sola cuando me sienta así. Y debido a que Jesús está con nosotros y en nosotros, podemos cuidar de otros que quizás se sientan desubicados o solos, y acercarnos a ellos. Significa que aun cuando me sienta vulnerable y sola, no estoy realmente sola. Todavía hay alguien conmigo (y contigo) que está al tanto, que se preocupa y me ayuda. Y quizás lo más reconfortante de todo es que, cuando llegue nuestro último día, experimentaremos la plenitud de las palabras de Jesús hacia nosotros: «Y les aseguro que estaré con ustedes siempre».

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jayne V. Clark
Jayne V. Clark

Jayne V. Clark es jefa de personal en el Christian Counseling & Education Foundation (CCEF). Es autora de Healing Broken Relationships [Cómo restaurar relaciones interpersonales] y de Single and Lonely [Soltera y sola].

Fidelidad o popularidad

The Master’s Seminary

Serie: Predica la Palabra

Por qué debemos predicar la palabra

John MacArthur 

Para todo expositor bíblico que busca seguir los pasos de Pablo en el deseo de proclamar fielmente la Palabra de Dios, 2 Timoteo 4: 2 es tierra sagrada y territorio precioso. En este versículo el apóstol define el mandato primordial para todo predicador, no sólo para Timoteo, sino para todos los que vendrían después de él. El ministro del evangelio está llamado a «¡predica (r) la Palabra!»

Pablo, a punto de morir e inspirado por el Espíritu, escribió este texto para que sirviese como sus últimas palabras para Timoteo y por ende para la iglesia. Las palabras de este versículo se sitúan en el inicio del último capítulo de su última carta. Sólo e incansable, en un calabozo romano, sin siquiera un manto para mantenerse caliente (v. 13), Pablo escribe una última carta en el cual encomienda a Timoteo ya todo ministro después de él, a proclamar las Escrituras con convicción y valentía.

Pablo entendía lo que estaba en juego: la batuta sagrada de mayordomía del evangelio estaba siendo entregada a la siguiente generación. Por otro lado sabía que Timoteo, su hijo en la fe, era joven y propenso a la aprehensión y la timidez. Por esta razón él escribió una exhortación final a la fidelidad pastoral con un tono fuerte:

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos ya los muertos en su manifestación y en su reino,  que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Timoteo 4: 1-2).

El corazón de ese breve pasaje resume el ministerio bíblico de un ministro del evangelio: predicar la Palabra.

Ese mandamiento no era algo completamente nuevo, pues ya anteriormente Pablo había informado a Timoteo acerca de las calificaciones para el liderazgo espiritual. En 1 Timoteo 3: 2, Pablo le enseño que además de numerosos requisitos morales y espirituales, todo ministro y pastor debe tener la habilidad y capacidad de enseñar. Su función es ser un expositor de la Biblia, capaz de explicar claramente el texto bíblico y exhortar eficazmente a la congregación.

El llamado a predicar y enseñar la Palabra de Dios es tanto un privilegio sagrado como una responsabilidad sumamente seria la cual debe ser llevada a cabo en todo momento. El ministro llamado a predicar tiene la divina responsabilidad de pararse en el púlpito «a tiempo y fuera de tiempo» y llevar a cabo su misión sin importar si ella parezca aceptable o inaceptable, sabio o imprudente. El hombre de Dios que ha sido llamado a predicar debe de hacerlo son valentía el mensaje de Dios para el pueblo de Dios sin importar los vientos de doctrina o la opinión de las personas.

Ser fieles al llamado a proclamar la Palabra requiere predicar todo lo que en ella está escrito, no sólo aquellos aspectos positivos. Pablo manda a Timoteo a redargüir, reprender y exhortar a la iglesia, rechazando así la tentación de dejar a un lado las advertencias y correcciones de la Escritura. Sin embargo, su reprensión debería llevarse acabo con “toda paciencia y doctrina”, marcando la seriedad de su exhortación con compasión y ternura.

Mientras que su pastoreo debe ser descrito por mansedumbre y longanimidad, su predicación no debe ser marcada por la incertidumbre o ambigüedad. El ministro fiel proclama la verdad de la Palabra de Dios con la confianza y la seguridad que esta demanda, reconociendo que la autoridad en la predicación no proviene de una institución, la educación o la experiencia pastoral, sino de Dios mismo.

Siempre y cuando el sermón interprete claramente el texto bíblico, tal predicación carga con la autoridad del Autor mismo. El poder del púlpito está en la Palabra predicada correctamente, al mismo tiempo que el Espíritu usa la Biblia expuesta para perforar el corazón de las personas (Efesios 6:17; Hebreos 4:12). Consecuentemente, la tarea del pastor es alimentar fielmente el rebaño con la leche pura de la Palabra (1 Pedro 2: 1-3), confiando en que Dios aumentará el crecimiento.

En los versículos antes y después de 2 Timoteo 4: 2, Pablo proporcionó a Timoteo con la motivación necesaria para mantenerse firme y perseverar hasta el fin, dandole un mandamiento claro: predicar la Palabra, sabiendo que las almas están en juego. Pablo dio a Timoteo cinco razones de peso crucial con el fin de equiparlo para la tarea del pastoral y para perseverar en la fidelidad ministerio. Estas motivaciones, que se encuentra en 2 Timoteo 3: 1–4: 4, son tan aplicables hoy como lo eran cuando el apóstol les escribió hace casi dos milenios.

Durante la semana estaremos estudiando las cinco razones dadas por Pablo para predicar la Palabra.

John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotros son escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.

No desprecie sus advertencias

Viernes 2 Julio

El que cree en el Hijo (de Dios) tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él. Juan 3:36

Jesús… nos libra de la ira venidera. 1 Tesalonicenses 1:10

No desprecie sus advertencias

Cuando hay un temblor de tierra, a menudo siguen las réplicas, a veces más violentas y peligrosas. La pausa que hay entre ellas ofrece la posibilidad de encontrar un lugar más seguro para tratar de salvar la vida. Pero la historia muestra ejemplos de personas que despreciaron la primera advertencia, mientras el momento de tregua se prolongaba.

Hoy también vivimos un tipo de pausa. La última guerra mundial no ha sido olvidada, y el futuro parece incierto. Los disturbios, los desórdenes y los atentados, como un gran rugido, hacen presentir días malos. ¿Estamos atentos a esas advertencias? Después de una catástrofe, muchas personas hablan de destino ciego, de azar. Pero en realidad, Dios nos habla seriamente mediante estos signos precursores. Acontecimientos terribles se producirán en la tierra. Dios también los menciona en la Biblia. Pero al final de este Libro, antes de la descripción de los juicios, el Señor Jesús nos invita a recibirlo: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo” (Apocalipsis 3:20). Jesús llama a la puerta del que, indiferente o rebelde, todavía no cree en él y hace caso omiso a sus advertencias.

Jesús quiere darle la vida eterna y la paz del corazón. Desea librar a todos de los tiempos terribles que van a llegar. En efecto, “no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros” (1 Tesalonicenses 5:9-10). Cada persona está invitada a abrir la puerta, a creer en el amor de Jesús y a recibirlo como su Salvador.

Daniel 4:19-37 – 1 Juan 3 – Salmo 78:32-40 – Proverbios 18:14-15

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¡Tú puedes cambiar! (¿o no?)

Pasión por el Evangelio

¡Tú puedes cambiar! (¿o no?)

Tim Chester

Quería que mi libro sobre la santificación, Tú puedes cambiar, fuera un libro opuesto a la idea de autoayuda, ¡pero escrito con el estilo de un libro de autoayuda! Así, cada capítulo está construido a partir de una pregunta que hacerse a uno mismo, y termina con preguntas que ayudan a los lectores a trabajar en un área de sus vidas que les gustaría cambiar.

Pero el mensaje principal es que no podemos cambiarnos a nosotros mismos mediante nuestro propio esfuerzo. En vez de eso, somos cambiados por Dios a través de la fe. La clave es entender cómo se produce la dinámica del cambio por la fe y cómo otras disciplinas (por ejemplo, las que tratan acerca de cómo evitar la tentación y de los medios de gracia) encajan con un enfoque basado en la fe.

Así es como se desarrolla el libro:

1. ¿Cómo te gustaría cambiar?

Fuimos hechos a imagen de Dios para reflejar su gloria en el mundo. Jesús es la verdadera imagen de Dios que refleja la gloria de Dios, por tanto, a través de Jesús podemos volver a reflejar la gloria de Dios cuando somos imagen de su Hijo. Así que el cambio que importa es el que consiste en ser cada vez más como Jesús para que reflejemos la gloria de Dios.

2. ¿Por qué te gustaría cambiar?

A menudo queremos cambiar para demostrar nuestra valía ante Dios, otras personas o nosotros mismos. Pero esto pone nuestra gloria en el centro del cambio, lo cual es prácticamente una definición de pecado. Además, Jesús es el que nos ha hecho justos o que nos ha justificado mediante su muerte. En vez de eso, la razón por la que debemos cambiar es para disfrutar de la liberación del pecado y el deleite en Dios que Dios mismo nos da a través de Jesús.

3. ¿Cómo vas a cambiar?

No podemos cambiarnos a nosotros mismos mediante reglas y castigos porque el comportamiento sale del corazón. En vez de eso, Dios nos cambia a través de la obra de Cristo por nosotros y la obra del Espíritu en nosotros.

4. ¿Qué está pasando en tu corazón?

Nuestras circunstancias y luchas pueden desencadenar el pecado, pero el pecado es causado por los pensamientos y deseos de nuestros corazones.

5. ¿A qué verdades necesitas dirigirte?

Pecamos cuando pensamos o creemos una mentira en lugar de confiar en Dios. El cambio se produce cuando, en respuesta a la bondad y la gracia de Dios, nos volvemos a él en fe. El legalismo dice: «no deberías…». La fe dice: «no tienes porqué… porque Dios es más grande y mejor que cualquier cosa que el pecado ofrezca».

6. ¿De qué deseos necesitas apartarte?

Pecamos cuando deseamos, o adoramos, o atesoramos un ídolo en lugar de adorar a Dios. El cambio se produce cuando, en respuesta a la bondad y la gracia de Dios, nos apartamos de los deseos idólatras en arrepentimiento. Este arrepentimiento es un acto continuo de apartarse del pecado y negarse a uno mismo. A menudo se le llama «mortificación»; es decir, dar muerte a todo aquello que pertenece a la naturaleza pecaminosa. El arrepentimiento es la otra cara de la moneda de la fe: nos apartamos del pecado en arrepentimiento pues por fe reconocemos que Dios es más grande y mejor que cualquier cosa que el pecado ofrezca.

7. ¿Qué te impide cambiar?

Lo que nos impide cambiar es nuestro orgullo. Nuestro orgullo nos hace minimizar, excusar o esconder nuestro pecado. O nos hace pensar que podemos cambiar por nuestra cuenta.

8. ¿Qué estrategias necesitas poner en marcha para fortalecer la fe y el arrepentimiento?

No debemos sembrar para la naturaleza pecaminosa. Esto significa decir «no» a todo lo que pueda incitar a nuestras naturalezas pecaminosas (lo cual hacemos huyendo de la tentación) y también decir «no» a todo lo que pueda fortalecer nuestros deseos pecaminosos (lo cual hacemos evitando la influencia del mundo). En cambio, debemos sembrar para el Espíritu. Esto significa decir «sí» a todo lo que pueda fortalecer el nuevo deseo de sanidad que el Espíritu nos da (lo cual hacemos a través de la palabra, la oración, la comunión, la adoración, el servicio, etc.).

9. ¿Cómo podemos apoyarnos mutuamente en el cambio?

Dios nos ha dado la comunidad cristiana para que podamos cambiar juntos, mediante hablarnos la verdad en amor los unos a los otros para fortalecer la fe y el arrepentimiento.

10. ¿Estás preparado para una vida entera de cambios diarios?

El cambio es una lucha diaria que dura toda la vida, y que terminará con una cosecha eterna de santidad.

Los elementos claves en el libro, pero también los elementos claves para cualquiera que quiera ayudar a otros a cambiar, son:

Asegurarnos de que el qué, el por qué y el cómo del cambio apunten a Dios y no a uno mismo (de lo contrario, solo produciremos legalistas más eficaces); trasladar el debate de la mera observación del comportamiento a la observación de los afectos del corazón; mostrar cómo el cambio se produce a través de la fe y el arrepentimiento diarios, y presentar también esta conexión de forma concreta a las personas; introducir las ideas de huir de la tentación y de una vida de discipulado solo cuando ya se hayan construido unos cimientos basados en que todo esto es un medio para fortalecer la fe y el arrepentimiento, y no como mecanismos para el cambio autoinducido; mostrar cómo la comunidad cristiana es el contexto normativo para el cambio y cómo podemos ayudarnos mutuamente a cambiar.

En futuras publicaciones desarrollaré algunas de estas ideas.

Tim Chester

Tim Chester es el pastor de la Iglesia de la Gracia de Boroughbridge en Inglaterra y un miembro de la facultad de Crosslands Training.

¿Por qué debemos leer / estudiar la Biblia?

Got Questions

¿Por qué debemos leer / estudiar la Biblia?

Debemos leer y estudiar la Biblia simplemente porque es la Palabra de Dios para nosotros. 2 Timoteo 3:16 dice que la Biblia es “inspirada por Dios”. En otras palabras, son las mismísimas palabras de Dios para nosotros. Hay muchas preguntas que los filósofos se han hecho y que Dios nos las responde en las Escrituras: ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿De dónde vengo? ¿Existe vida después de la muerte? ¿Cómo puedo ir al cielo? ¿Por qué está el mundo tan lleno de maldad? ¿Por qué me cuesta tanto trabajo hacer lo bueno? Adicionalmente a estas “grandes” preguntas, la Biblia nos proporciona un sin número de consejos prácticos en áreas tales como: ¿Qué debo buscar en mi pareja? ¿Cómo puedo tener un matrimonio exitoso? ¿Cómo puedo ser un buen amigo? ¿Cómo puedo ser un buen padre / madre? ¿Qué es el éxito y cómo puedo alcanzarlo? ¿Cómo puedo cambiar? ¿Qué es lo más importante en la vida? ¿Cómo puedo vivir para que no tenga que arrepentirme en un futuro?¿Cómo puedo manejar las circunstancias adversas y eventos injustos de la vida para salir victorioso?

Debemos leer y estudiar la Biblia porque es totalmente confiable y sin error. La Biblia es única entre muchos auto-nombrados libros “sagrados”, porque no sólo ofrece enseñanzas morales y dice “confía en mí”, más bien, nos ofrece la oportunidad de probarla, corroborando cientos de detalladas profecías que contiene, verificando los eventos históricos que relata, y comprobando los hechos científicos que describe. Aquellos que dicen que la Biblia tiene errores, deben tener sus oídos cerrados a la verdad. Jesús preguntó una vez, “¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados o decir: levántate y anda?” (Lucas 5:23). Luego, Él probó que tenía el poder para perdonar los pecados (algo que no podemos ver físicamente) sanando al paralítico (algo que los que lo rodeaban pudieron atestiguar con sus ojos). De manera similar, tenemos la seguridad de que la Palabra de Dios es verdad cuando se discuten aspectos espirituales que no podemos atestiguar con nuestros sentidos físicos, pero mostrando su veracidad en todas aquellas áreas que podemos verificar, tales como la exactitud histórica, científica y profética.

Debemos leer y estudiar la Biblia porque Dios no cambia y porque la naturaleza humana tampoco cambia; es tan actual para nosotros como lo fue cuando fue escrita. Mientras que diariamente se generan grandes cambios tecnológicos a nuestro alrededor, los deseos y naturaleza de la raza humana no cambian. Tú encontrarás, mientras lees las páginas de la historia bíblica, que ya sea que se trate de relaciones interpersonales o entre sociedades, “no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9). Y mientras la raza humana en su totalidad continúa buscando amor y satisfacción en todos los lugares equivocados, Dios, nuestro buen y misericordioso Creador, nos dice qué es lo que nos traerá un gozo ETERNO. Su Palabra revelada, las Escrituras, son tan importantes que Jesús dijo respecto a ellas, “…No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). En otras palabras, si quieres vivir una vida plena como fue la voluntad de Dios, escucha y presta atención a la Palabra de Dios escrita.

Debemos leer y estudiar la Biblia porque existe mucha enseñanza falsa. La Biblia nos da la medida mediante la cual podemos distinguir la verdad del error. Nos dice cómo es Dios. Tener una impresión equivocada de Dios es adorar un “ídolo” o “dios falso”. Estamos adorando algo que ¡no es Él! La Biblia también nos dice cómo podemos verdaderamente ir al cielo…y no es por ser buenos, o ser bautizados o ninguna otra cosa que podamos HACER (Juan 14:6; Efesios 2:1-10; Isaías 53:6; Romanos 3:10b, 5:8; 6:23; 10:9-13). A través de estos textos, la Palabra de Dios nos enseña cuánto Él nos ama (Romanos 5:6-8; Juan 3:16). Y así es como sabiendo esto, somos atraídos a amarle a Él en respuesta (1 Juan 4:19).

La Biblia nos equipa para servirle a Dios (2 Timoteo 3:17; Efesios 6:17; Hebreos 4:12). Nos ayuda a saber cómo podemos ser salvos de nuestros pecados y sus últimas consecuencias (2 Timoteo 3:15). Al meditar en ella y obedecer sus enseñanzas, nos llevará a una vida victoriosa (Josué 1:8; Santiago 1:25). La Palabra de Dios nos ayuda a ver el pecado en nuestra vida y nos ayuda a deshacernos de él (Salmos 119:9,11). Será una guía en la vida, haciéndonos más sabios que nuestros maestros (Salmo 32:8; 119:9,11; Proverbios 1:6). La Biblia nos libra de perder años de nuestra vida en aquello que no dura ni tampoco importa (Mateo 7:24-27).

Leer y estudiar la Biblia nos ayuda a ver más allá del atractivo “anzuelo” y doloroso “gancho” de las tentaciones pecaminosas, para que podamos aprender de los errores de otros, en vez de experimentarlos nosotros mismos. La experiencia es un gran maestro, pero cuando se trata de aprender del pecado, es un duro y terrible maestro. Es mucho mejor aprender de los errores ajenos. Hay tantos personajes bíblicos de quiénes aprender, tanto modelos positivos como negativos, que con frecuencia proceden de la misma persona en diferentes etapas de su vida. Por ejemplo, David, en su victoria al gigante Goliat, nos enseña que Dios es más grande que cualquier cosa a la que quiera que nos enfrentemos (1 Samuel 17). David, al ceder a la tentación y cometer adulterio con Betsabé, nos revela el largo alcance y las terribles consecuencias que puede acarrearnos un “momento de placer” (2 Samuel 11).

La Biblia es un libro que no es sólo para leerse. Es un libro para estudiarse, a fin de poder ser aplicado. De otra manera, es como tragarse el bocado de comida sin masticarlo y después escupirlo de nuevo… sin ningún valor nutricional aprovechado. La Biblia es la Palabra de Dios. Como tal, es tan necesaria como las leyes de la naturaleza. No podemos ignorarla, pero lo hacemos para nuestro propio mal, así como lo sería si ignoramos la ley de la gravedad. No puede ser lo suficientemente enfatizada, la importancia que tiene la Biblia en nuestras vidas. El estudiar la Biblia puede compararse al extraer oro de una mina. Si hacemos un pequeño esfuerzo y sólo “cernimos los guijarros en el arroyo”, sólo encontraremos un poco de polvo de oro. Pero si nos esforzamos en realmente “excavar en ella”, la recompensa será de acuerdo a nuestro gran esfuerzo.

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Una pasión por la verdad

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Una pasión por la verdad

Por George Grant

El príncipe de los predicadores, Charles Haddon Spurgeon, escribió una vez en su maravilloso libro John Plowman’s Talks [Las conversaciones de John Plowman]: «Quisiera que todo el mundo supiera leer y escribir y cifrar; de hecho, no creo que un hombre pueda saber demasiado; pero fíjate, el conocimiento de estas cosas no es educación; y hay millones de tus lectores y escritores que son tan ignorantes como el becerro del vecino Norton».

Esas masas ignorantes de las que escribió Spurgeon no son los que no terminaron sus lecciones. Son más bien aquellos que sí terminaron, o más bien aquellos que ingenuamente pensaron que las lecciones eran el tipo de cosas que podían ser terminadas.

La excelencia educativa desde una perspectiva bíblica no tiene tanto que ver con la cantidad de datos acumulados en la cabeza de un estudiante, sino con la forma de pensar y actuar entretejida en la vida de un estudiante.

La educación no tiene un término, un extremo polar, una línea final, un resultado. En cambio, es un depósito, una donación, una promesa e incluso una pequeña muestra del futuro. Para muchos, es triste decirlo, esta perspectiva exclusivamente cristiana es una cosmovisión totalmente foránea: una noción extraña, una paradoja arcaica, un misterio insondable. Las mentes embotadas por la asfixiante conformidad de la cultura popular no pueden sondear las profundidades o explorar la amplitud de la virtud distintivamente cristiana del contentamiento esperanzador ante las tareas perpetuas. Así se apresuran hacia lo que piensan que será el final de esto, aquello u otro capítulo de sus vidas. Están desesperados por terminar la escuela. Así, por ejemplo, la graduación no es para ellos el hito que marca un nuevo comienzo, sino que marca una conclusión. Luego, van a toda prisa por sus vidas y carreras: se arrastran con impaciencia durante la semana de trabajo, ansiosos para que llegue el fin de semana; trabajan solo para que les lleguen las vacaciones y continúan así su camino hacia la jubilación, siempre llegando al final de las cosas hasta que por fin las cosas llegan a su final.

Pero en el marco de la cosmovisión cristiana, el contentamiento esperanzador frente a las responsabilidades interminables es una virtud que continuamente genera en nosotros la expectación por nuevos comienzos, no viejas resoluciones. Es una virtud que produce en nosotros una nueva confianza tanto en el presente como en los días venideros. Eso es así simplemente porque es una virtud enraizada en un entendimiento de la buena providencia de Dios y en las riquezas del pacto de Su gracia.

Nosotros más que nadie, que fuimos traídos de muerte a vida, que fuimos traídos desde el fin de nosotros mismos al umbral de la eternidad, nosotros más que nadie entendemos esto. Esto es, de hecho, la esencia misma del evangelio. La crucifixión no es la terminación de la obra mediadora de Cristo, sino la conjunción de dos comienzos: la encarnación y la resurrección. Es el eje de la civilización que delimita una nueva creación: «Las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2 Co 5:17).

Así que ahora somos un pueblo innatamente optimista, siempre comenzando de nuevo, afirmando nuestra fe en pleno acuerdo con los patriarcas y la patrística: «Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb 11:1).

De modo que, por ejemplo, toda conversación respecto a la educación es para nosotros un recordatorio de que apenas hemos comenzado a aprender a cómo aprender. Es una afirmación de que aunque nuestra magnífica herencia nos ha dado a conocer las espléndidas maravillas de la literatura y el arte y la música y la historia y la ciencia y las ideas en el pasado, apenas comenzamos a conocerlas y que una aventura de toda una vida en estos vastos y portentosos escenarios aún nos espera. De hecho, las lecciones más valiosas que la educación puede transmitir son siempre las lecciones que nunca terminan. Eso es, en realidad, el corazón de la filosofía cristiana en cuanto a la educación.

Por lo tanto, la excelencia educativa desde una perspectiva bíblica no tiene tanto que ver con la cantidad de datos acumulados en la cabeza de un estudiante, sino con la forma de pensar y actuar entretejida en la vida de un estudiante. Ese es el gran legado de la cristiandad.

Lamentablemente, esta no es una perspectiva particularmente popular en estos días. El trabajo duro y la disciplina sustancial necesaria para el aprendizaje de por vida no están en boga. Representan arcaísmos, que hace mucho tiempo fueron dejados en el polvo del tiempo por los nuevos artilugios de la contemporaneidad industrial y la modernidad progresiva.

Considera la lectura, por ejemplo. Mucho antes de que la pesadilla de la televisión invadiera cada una de nuestras vigilias, C.S. Lewis comentó que aunque la mayoría de la gente en las culturas industriales modernas son al menos marginalmente capaces de leer, simplemente no lo hacen. En su sabio y maravilloso libro An Experiment in Criticism [Un experimento en criticismo] escribió: «La mayoría, aunque a veces son lectores frecuentes, no le dan mucha importancia a la lectura. Ellos recurren a ella como el último recurso. La abandonan con diligencia tan pronto como aparece cualquier pasatiempo alternativo. Está reservada para viajes en tren, enfermedades, momentos extraños de soledad forzada o para el proceso llamado “leer hasta quedarnos dormido”. A veces la combinan con conversaciones aleatorias; a menudo, mientras escuchan la radio. Pero la gente que ama la literatura está siempre buscando tiempo libre y quietud para leer, y lo hace con toda atención. Cuando se les niega un tiempo de lectura dedicado y sin interrupciones, incluso por unos días, se sienten empobrecidos».

Además, Lewis admitió que hay un profundo desconcierto por parte de la masa de la ciudadanía sobre los gustos y hábitos de los letrados: «Es bastante claro que la mayoría, si hablaran sin pasión y fueran totalmente elocuentes, no nos acusarían de que nos gustan los libros equivocados, sino de hacer tanto alboroto por cualquier libro en absoluto. Consideramos como ingrediente principal de nuestro bienestar algo que para ellos es marginal. Por lo tanto, decir simplemente que a ellos les gusta una cosa y a nosotros otra es dejar fuera casi todos los hechos».

Todo esto no implica ningún indicio de vileza moral por parte de la bohemia moderna; más bien, es reconocer la simple realidad del enorme abismo que existe entre los que leen y los que no, entre los muchos populares y los pocos peculiares. Es para reconocer que la educación exige lo segundo, manteniendo al mismo tiempo una firme incompatibilidad con lo primero.

Y ahí está el problema. Queremos tener nuestro pastel y comerlo también; una perspectiva tan improbable como un avistamiento de Elvis, una reunión de los Beatles o que una buena legislación salga de Washington.

El problema de la lectura seria es parte integral de virtualmente todos los otros problemas de la modernidad: la lectura seria es a menudo un trabajo laborioso que requiere una disciplina inquebrantable, y si hay algo a lo que los modernos tenemos aversión, es al trabajo disciplinado. En esta extraña época de «a quién le pueda interesar» y de «todo al instante», llena de comidas en el microondas, edificios prefabricados, ventanas de autoservicio, aprobaciones de crédito sin esperas y fórmulas de entretenimiento predigeridas, tendemos a querer reducirlo todo al nivel del menor común denominador y al más rápido plazo de entrega, que parece ser cada vez más bajo y cada vez más rápido con cada día que pasa.

Incluso la Iglesia ha sido presa de este «espíritu de los tiempos». Si realmente dependiera de nosotros, no querríamos que la adoración fuera tan terriblemente exigente. No quisiéramos una doctrina que desafíe nuestros conceptos favoritos. Solo quisiéramos la música con la que nos sentimos cómodos. Solo nos interesa una predicación que nos tranquilice, que refuerce nuestras preferencias particulares, que nos dé una sensación de serenidad… y todo en un tiempo récord. Queremos un cambio rápido; una gracia barata; banalidades inspiradoras; una teología de calcomanías para autos; una fe fácil. Queremos un cristianismo ligero. Queremos las lindas noticias, no necesariamente las buenas nuevas.

Por las mismas razones, cuando leemos preferimos la literatura chatarra. Los hechos predigeridos del USA Today son mucho más fáciles de tragar que el Magnalia Christi Americana de Cotton Mather. Acéptalo, Dan Brown, Danielle Steele y Tom Clancy son más fáciles de digerir que Abraham Kuyper, Thomas Chalmers y Merle d’Aubigne. La lectura es una disciplina, y toda disciplina es difícil. Sin embargo, así es como es con cualquier cosa que valga la pena en realidad.

En su destacado libro The Moral Sense [El Sentido Moral] James Q. Wilson señala ese punto con gran claridad. Él argumenta que «las mejores cosas de la vida» siempre «nos cuestan algo». Debemos sacrificarnos para alcanzarlas, para lograrlas, para mantenerlas e incluso para disfrutarlas.

Esa es una de las lecciones más importantes que podemos aprender en la vida. Es el mensaje que sabemos debemos inculcar en nuestros hijos: la paciencia, el compromiso, la diligencia, la constancia y la disciplina al final dará sus frutos si estamos dispuestos a aplazar la gratificación lo suficiente como para que las semillas que hemos sembrado germinen y produzcan fruto.

Un enfoque frívolo, superficial e impreciso a cualquier cosa —ya sea los deportes, los estudios, los negocios o el matrimonio— es en última instancia contraproducente. Es poco probable que satisfaga cualquier apetito, al menos, no por mucho.

Fue el abandono moderno de este tipo de excelencia educativa, este patrón de aprendizaje de por vida que provocó que G.K. Chesterton comentara: «La gran tradición intelectual que nos llega del pasado nunca se interrumpió o perdió a causa de nimiedades como el saqueo de Roma, el triunfo de Atila o todas las invasiones bárbaras de la Edad Media. Se perdió después de la introducción de la imprenta, el descubrimiento de América, la llegada de las maravillas de la tecnología, el establecimiento de la educación universal y toda la iluminación del mundo moderno. Fue allí, si acaso, donde se perdió o quebró con impaciencia el largo, delgado y delicado hilo que había descendido desde la lejana antigüedad; el hilo de ese inusual pasatiempo humano: el hábito de pensar».

Si queremos evitar la tendencia de la modernidad maligna, si queremos recuperar nuestra herencia cristiana en la educación, si queremos transmitir esa herencia a nuestros hijos y nietos, si queremos emprender el inicio de comienzos interminables, entonces debemos volver a las tontas certezas de la experiencia de la cristiandad: la excelencia educativa es trabajo duro, y exige una visión para el aprendizaje a lo largo de toda la vida.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant

George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.