Virtudes del CRISTIANO

Conociendo y Creciendo
2 Pedro 1:1–11

Si alguien en la iglesia primitiva sabía de la importancia de estar alerta, ese fue el apóstol Pedro. En sus primeros años, él tenía la tendencia de sentirse demasiado confiado cuando el peligro estaba cerca y de no tomar en cuenta las advertencias del Maestro. Actuó con apuro cuando debería esperar, se quedó dormido cuando debería orar, habló cuando debería escuchar. Fue un creyente valiente, pero imprudente.
Pero aprendió su lección, y quiere ayudarnos a que nosotros también la aprendamos. En su primera epístola, Pedro recalcó la gracia de Dios (1 Pedro 5:12), pero en su segunda carta, el énfasis está en el conocimiento de Dios. La palabra “conocer” o “conocimiento” se usa por lo menos trece veces en esta breve epístola. No quiere decir una comprensión meramente intelectual de alguna verdad, aunque eso se incluye, sino una participación viva en ella en el sentido en que nuestro Señor la empleó en Juan 17:3: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (cursivas mías).
Pedro empieza su carta con una breve descripción de la vida cristiana. Antes de describir a los falsificadores, define a los verdaderos creyentes. La mejor manera de detectar la falsedad es comprendiendo las características de la verdad. Pedro hizo tres afirmaciones importantes en cuanto a la vida cristiana verdadera.

La vida cristiana empieza con fe (2 Pedro 1:1–4)
Pedro la llamó “una fe igualmente preciosa que la nuestra”. Quiere decir que nuestra posición con el Señor hoy es la misma que la de los apóstoles hace siglos. Ellos no tuvieron ninguna ventaja especial sobre nosotros simplemente porque gozaron del privilegio de andar con Cristo, de verlo con sus propios ojos y de participar en sus milagros. No es necesario ver al Señor con nuestros ojos humanos para amarlo, confiar en él y participar en su gloria (1 Pedro 1:8).

Esta fe es en una persona (vs. 1, 2). Esa persona es Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador. Desde el principio de su carta, Pedro afirmó la deidad de Jesucristo. “Dios” y “nuestro Salvador” no son dos personas diferentes, sino que describen a una misma persona: Jesucristo. Pablo usó una expresión similar en Tito 2:10 y 3:4.
Pedro les recuerda a sus lectores que Jesucristo es el Salvador, al repetir este título exaltado en 2 Pedro 1:11; 2:20; 3:2, 18. Un “salvador” es alguien que trae salvación, y la palabra “salvación” era familiar para todos en esos días. En su vocabulario, quería decir liberación de problemas; particularmente, liberación del enemigo. También llevaba la idea de salud y seguridad. Al médico se lo veía como salvador porque ayudaba a liberar el cuerpo del dolor y las limitaciones. Un general victorioso era un salvador porque libraba a su pueblo de la derrota. Incluso un funcionario sabio era un salvador porque mantenía la nación en orden y la libertaba de la confusión y la decadencia.
No se requiere mayor esfuerzo para ver cómo el título “salvador” se aplica a nuestro Señor Jesucristo. Él es, en verdad, el Gran Médico que sana el corazón de la enfermedad del pecado. Es el Conquistador victorioso que ha derrotado a nuestros enemigos: el pecado, la muerte, Satanás y el infierno; y que está llevándonos en triunfo (2 Corintios 2:14 en adelante). Él es “nuestro Dios y Salvador” (2 Pedro 1:1), “nuestro Señor y Salvador” (2 Pedro 1:11), y “Señor y Salvador” (2 Pedro 2:20). Para ser nuestro Salvador, tuvo que dar su vida en la cruz y morir por los pecados del mundo.
Nuestro Señor Jesucristo tiene tres “beneficios espirituales” que no pueden conseguirse de nadie más: justicia, gracia y paz. Cuando confías en él como tu Salvador, su justicia llega a ser tu justicia y se te da una posición correcta ante Dios (2 Corintios 5:21). Jamás podrías ganarte esa justicia; es una dádiva de Dios para los que creen. “…nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia” (Tito 3:5).
Gracia es el favor de Dios para quienes no lo merecen. Dios, en su misericordia, no nos da lo que merecemos; en su gracia, nos da lo que no merecemos. Él es el “Dios de toda gracia” (1 Pedro 5:10), y nos la envía por medio de Jesucristo (Juan 1:16).
El resultado de esta experiencia es paz; paz con Dios (Romanos 5:1) y la paz de Dios (Filipenses 4:6, 7). De hecho, la gracia y la paz de Dios nos son “multiplicadas” conforme andamos con él y confiamos en sus promesas.

Esta fe incluye el poder de Dios (v. 3). La vida cristiana empieza con una fe que salva, fe en la persona de Jesucristo. Pero cuando uno conoce a Jesús personalmente, también experimenta el poder de Dios, y este poder produce “la vida y la piedad”. El pecador no salvado está muerto (Efesios 2:1–3) y solo Cristo puede resucitarlo de los muertos (Juan 5:24). Cuando Jesús resucitó a Lázaro, dijo: “Desatadle, y dejadle ir” (Juan 11:44). ¡Quítenle la ropa sepulcral!
Cuando por la fe en Cristo naces en la familia de Dios, lo hace completo. Dios te da todo lo que necesitas “para la vida y la piedad”. ¡No hay que añadir nada! “Vosotros estáis completos en él” (Colosenses 2:10). Los falsos maestros aducían tener una doctrina especial que añadía algo a la vida de los lectores de la carta de Pedro, pero él sabía que no había nada que añadir. Así como un bebé normal nace con todo el equipo que necesita para vivir, y lo único que precisa es crecer, así el creyente tiene todo lo que necesita y solamente precisa crecer. Dios nunca ha tenido que pedir que se le devuelva alguno de sus modelos porque le falta algo o es defectuoso.
Tal como un bebé tiene una estructura genética definida que determina cómo va a crecer, así el creyente está estructurado genéticamente para experimentar gloria y excelencia. Un día será como el Señor Jesucristo (Romanos 8:29; 1 Juan 3:2). Él “nos llamó a su gloria eterna” (1 Pedro 5:10), y participaremos de esa gloria cuando Jesucristo vuelva y lleve a su pueblo al cielo.
Pero también “nos llamó por su… excelencia”. Fuimos salvados para que anunciemos las virtudes de Aquel que nos “llamó de las tinieblas a su luz admirable” (ve 1 Pedro 2:9). ¡No debemos esperar hasta llegar al cielo para ser como Jesucristo! En nuestro carácter y conducta, debemos revelar su belleza y gracia hoy.
Esta fe incluye las promesas de Dios (v. 4). Dios no solo nos ha dado lo necesario para la vida y la piedad, sino que también nos ha dado su Palabra para poder desarrollarlas. Estas promesas son grandísimas porque vienen de un gran Dios y conducen a una vida grandiosa. Son preciosas porque su valor sobrepasa todo cálculo. Si perdemos la Palabra de Dios, no hay manera de reemplazarla. A Pedro debe de haberle gustado la palabra “precioso”, porque escribió de una “fe preciosa” (2 Pedro 1:1; compara 1 Pedro 1:7), las “preciosas promesas” (2 Pedro 1:4), la “sangre preciosa” (1 Pedro 1:19), la piedra preciosa (1 Pedro 2:4, 6) y el precioso Salvador (1 Pedro 2:7).
Cuando el pecador cree en Jesucristo, el Espíritu de Dios usa la Palabra de Dios para impartirle la vida y la naturaleza divinas. Un bebé tiene la naturaleza de sus padres, y una persona nacida del Espíritu tiene la naturaleza de Dios. El pecador perdido está muerto, pero el creyente está vivo porque participa de la naturaleza divina. El pecador perdido está descomponiéndose debido a su naturaleza corrupta, pero el creyente puede experimentar una vida dinámica de santidad porque posee la naturaleza de Dios. La humanidad está bajo el yugo de corrupción (Romanos 8:21), pero el creyente comparte la libertad y el crecimiento que son el producto de poseer la naturaleza divina.
La naturaleza determina el apetito. El cerdo quiere lodo y el perro se comerá incluso su propio vómito (2 Pedro 2:22), pero una oveja desea pastos verdes. La naturaleza también determina la conducta. Un águila vuela porque tiene naturaleza de águila, y el delfín nada porque esa es la naturaleza del delfín. La naturaleza determina el medio ambiente: una ardilla trepa árboles, los topos cavan túneles subterráneos y una trucha nada en el agua. La naturaleza también determina la asociación: el león anda en manadas, la oveja en rebaños y el pez en cardúmenes.
Si la naturaleza determina el apetito, y nosotros tenemos interiormente la naturaleza de Dios, debemos tener un apetito por lo puro y santo. Nuestra conducta debe ser como la del Padre, y tenemos que vivir en un medio ambiente espiritual correspondiente a nuestra naturaleza. Debemos asociarnos con lo que es conforme a nuestra naturaleza (ve 2 Corintios 6:14 en adelante). La única vida normal para los hijos de Dios es una vida santa, que lleva fruto.
Como poseemos esta naturaleza divina, hemos “huido” o escapado por completo de la contaminación y la decadencia de este perverso mundo actual. Si nutrimos la nueva naturaleza con el alimento de la Palabra de Dios, tendremos poco interés en la basura del mundo. Pero si proveemos “para los deseos de la carne” (Romanos 13:14), nuestra naturaleza de pecado anhelará los “antiguos pecados” (2 Pedro 1:9) y desobedeceremos a Dios. La vida santa resulta de cultivar la nueva naturaleza que tenemos adentro.

La fe resulta en crecimiento espiritual (2 Pedro 1:5–7)
Donde hay vida, debe haber crecimiento. El nuevo nacimiento no es el fin, sino el principio. Dios les da a sus hijos todo lo que necesitan para vivir vidas santas, pero ellos deben ser aplicados y diligentes para usar los “medios de gracia” que él ha provisto. El crecimiento espiritual no es automático. Requiere la cooperación con Dios y la aplicación de la diligencia y disciplina espirituales. “…ocupaos en vuestra salvación… porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer” (Filipenses 2:12, 13).
Pedro mencionó siete características de la vida santa, pero no debemos considerarlas como siete cuentas en un collar ni tampoco siete etapas de desarrollo. La palabra traducida “añadir”, en realidad, quiere decir suplir en forma generosa. En otras palabras, cultivamos una cualidad al ejercer otra. Estas gracias se relacionan una con la otra así como las ramas se vincular al tronco y las ramitas a la rama más gruesa. Como el “fruto del Espíritu” (Gálatas 5:22, 23), estas cualidades brotan de la vida y una relación vital con Jesucristo. No basta que el creyente “se abandone y deje que Dios haga todo”, como si el crecimiento espiritual fuera obra solo de Dios. Literalmente, Pedro escribió: “hagan todo esfuerzo para acompañar”. El Padre celestial y el hijo deben trabajar juntos.
La primera cualidad de carácter que Pedro mencionó fue la “virtud”. Hallamos esta palabra en 2 Pedro 1:3, donde se traduce “excelencia”. Para los filósofos griegos, significaba el cumplimiento de algo. Cuando algo en la naturaleza cumple su propósito, eso es “virtud, excelencia moral”. La palabra también se usaba para describir el poder de los dioses para hacer obras heroicas. La tierra que produce cosechas es excelente porque está cumpliendo su propósito. La herramienta que trabaja con corrección es excelente porque está haciendo lo que debe hacer.
Se espera que el creyente glorifique a Dios porque tiene adentro la naturaleza de Dios; así que, cuando el creyente hace esto, muestra “excelencia”, porque está cumpliendo su propósito en la vida. La verdadera virtud en la vida cristiana no consiste en “pulir” cualidades humanas, por buenas que pudieran ser, sino en producir cualidades divinas que hacen a la persona más semejante a Jesucristo.
La fe nos ayuda a cultivar la virtud, y la virtud nos ayuda a cultivar el “conocimiento” (2 Pedro 1:5). La palabra que se traduce “conocimiento” en 2 Pedro 1:2, 3 quiere decir conocimiento completo o conocimiento creciente. La que se usa aquí sugiere conocimiento práctico o discernimiento. Se refiere a la capacidad de manejar la vida con éxito. Es lo opuesto a pensar tanto en cosas celestiales que uno no sirve para nada en la tierra. Esta clase de conocimiento no surge en forma automática, sino que viene de la obediencia a la voluntad de Dios (Juan 7:17). En la vida cristiana, no deben separarse el corazón y la mente, el carácter y el conocimiento.
“Dominio propio” es la siguiente cualidad en la lista de Pedro de virtudes espirituales. “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32). “Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda” (Proverbios 25:28). En sus cartas, Pablo a menudo comparó al creyente con un atleta que debe hacer ejercicio y disciplinarse si espera ganar el galardón (1 Corintios 9:24–27; Filipenses 3:12–16; 1 Timoteo 4:7, 8).
“Paciencia” es la capacidad de aguantar cuando las circunstancias son difíciles. El dominio propio tiene que ver con manejar los placeres de la vida, en tanto que la paciencia se refiere primordialmente a las presiones y los problemas de la vida. A menudo, la persona que se somete a los placeres tampoco tiene suficiente disciplina como para manejar las presiones, así que, se rinde ante ellas.
La paciencia no es algo que se desarrolla en forma automática; debemos cultivarla. Santiago 1:2–8 nos da el enfoque apropiado. Debemos esperar que vengan pruebas, porque sin ellas, nunca podríamos aprender paciencia. Debemos, por fe, permitir que las pruebas trabajen para nosotros y no en contra, porque sabemos que Dios está obrando a través de ellas. Si necesitamos sabiduría para tomar decisiones, Dios nos la concederá si se la pedimos. A nadie le encantan las pruebas, pero sí disfrutamos de confiar en que Dios está actuando a través de ellas y haciendo que todo obre para nuestro beneficio y su gloria.
“Piedad” simplemente quiere decir semejanza a Dios. En el griego original, esta palabra significa adorar bien. Describe al hombre que tiene la relación apropiada con Dios y con sus semejantes. Tal vez la palabra “reverencia” define mejor este término. Es la cualidad de carácter que hace que una persona se distinga; viva por encima de las minucias de la vida, de las pasiones y presiones que controlan la vida de otros; procure hacer la voluntad de Dios y, al hacerla, busque el bienestar de los demás.
Nunca debemos pensar que la piedad es algo idealista, porque es intensamente práctica. La persona piadosa toma decisiones correctas y nobles. No toma la senda fácil simplemente para evadir el dolor o la prueba, sino que hace lo correcto porque es lo que corresponde y porque es la voluntad de Dios.
El “afecto fraternal” (filadelfia en griego) es una virtud que Pedro debe de haber adquirido por la vía dura, porque los discípulos de nuestro Señor a menudo discutían y discrepaban entre sí. Si amamos a Jesucristo, también debemos amar a los hermanos. Debemos practicar “el amor fraternal no fingido [sincero]” (1 Pedro 1:22). “Permanezca el amor fraternal” (Hebreos 13:1). “Amaos los unos a los otros con amor fraternal” (Romanos 12:10). Amar a nuestros hermanos y hermanas en Cristo es una prueba de que hemos nacido de Dios (1 Juan 5:1, 2).
Pero el crecimiento del creyente incluye otros aspectos aparte del amor fraternal; también debemos tener el amor que se sacrifica, como el que nuestro Señor mostró cuando fue a la cruz. La clase de amor del que habla 2 Pedro 1:7 es el amor ágape, el que Dios muestra hacia los pecadores perdidos. Es el amor que se describe en 1 Corintios 13, el que el Espíritu Santo produce en nuestros corazones cuando andamos en el Espíritu (Romanos 5:5; Gálatas 5:22). Cuando tenemos amor fraternal, amamos porque somos semejantes a los demás; pero cuando tenemos amor ágape, amamos a pesar de las diferencias que tenemos.
Es imposible que la naturaleza humana caída fabrique estas siete cualidades del carácter cristiano. Deben ser producidas por el Espíritu de Dios. Con certeza, hay personas que no son salvas y que poseen un asombroso dominio propio y perseverancia, pero estas virtudes señalan hacia ellos mismos y no al Señor. Ellos son los que reciben la gloria. Cuando Dios produce la naturaleza hermosa de su Hijo en el creyente, es Dios el que recibe la alabanza y la gloria.
Como tenemos la naturaleza divina, podemos crecer espiritualmente y cultivar esta clase de carácter cristiano. El poder de Dios y sus preciosas promesas son lo que produce este crecimiento. La estructura genética de Dios ya está allí: el Señor quiere que seamos “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29). La vida interna reproducirá esa imagen si cooperamos diligentemente con Dios y usamos los medios que nos ha dado con generosidad.
Lo asombroso es esto: a medida que la imagen de Cristo se va reproduciendo en nosotros, el proceso no destruye nuestra personalidad. ¡Seguimos siendo singularmente nosotros mismos!
Uno de los peligros en la iglesia de hoy es la imitación. Las personas tienden a llegar a ser como su pastor o como algún líder de la iglesia, o tal vez como algún creyente famoso. Al hacerlo, destruyen su propia singularidad y, a la vez, no logran llegar a ser como Jesucristo. ¡Pierden de todos modos! Como cada hijo en una familia se parece a sus padres, y sin embargo, es diferente, así también cada hijo en la familia de Dios llega a parecerse en mayor o menor grado a Jesucristo, y sin embargo, es diferente. Los padres no se duplican, se reproducen; y los padres sabios permiten que sus hijos sean diferentes.

El crecimiento espiritual da resultados prácticos (2 Pedro 1:8–11)
¿Cómo puede el creyente estar seguro de estar creciendo espiritualmente? Pedro da tres pruebas del verdadero crecimiento espiritual.
Fruto (v. 8). El carácter cristiano es un fin en sí mismo, pero también es un medio hacia un fin. A medida que nos parecemos más a Jesucristo, más puede usarnos el Espíritu en el testimonio y el servicio. El creyente que no crece está ocioso y sin fruto. Su conocimiento de Jesucristo no está produciendo nada práctico en su vida. La palabra que se traduce “ocioso” también quiere decir inútil. ¡Los que no crecen, por lo general, fracasan en todo lo demás!
Algunos de los creyentes más eficaces que conozco son personas sin talentos notables ni capacidades especiales, y tampoco con personalidades que entusiasman; y sin embargo, Dios los ha utilizado de manera maravillosa. ¿Por qué? Porque están llegando a ser más y más como Jesucristo. Tienen la clase de carácter y conducta que Dios puede bendecir. Son fructíferos porque son fieles; son eficaces porque están creciendo en su experiencia cristiana.
Estas hermosas cualidades de carácter existen “en nosotros” porque poseemos la naturaleza divina. Debemos cultivarlas de manera que aumenten y produzcan fruto en y mediante nuestras vidas.
Visión (v. 9). Los especialistas en nutrición dicen que la dieta puede ciertamente afectar la visión, y esto es cierto en el campo espiritual. La persona que no es salva está en la oscuridad porque Satanás ha cegado su entendimiento (2 Corintios 4:3, 4). Tiene que nacer de nuevo antes de que sus ojos sean abiertos y pueda ver el reino de Dios (Juan 3:3). Pero después de que nuestros ojos son abiertos, es importante que aumentemos nuestra visión y veamos todo lo que Dios quiere. La frase “tiene la vista muy corta” es la traducción de una expresión que quiere decir miope. Es el cuadro de alguien que entrecierra los ojos, incapaz de ver lejos.
Algunos creyentes solo ven su propia iglesia o su propia denominación, pero no logran avistar la grandeza de la familia de Dios en todo el mundo. Otros ven las necesidades en su propio país, pero no tienen una visión por un mundo perdido. Alguien le preguntó a Phillips Brooks qué haría para avivar a una iglesia muerta, y él respondió: “¡Predicaría un sermón misionero y recogería una ofrenda!”. Jesús amonestó a sus discípulos: “Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega” (Juan 4:35).
Algunas congregaciones de hoy son orgullosas y piensan como la iglesia de Laodicea, que decía: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad”, y no se dan cuenta de que son “un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17). Es una tragedia tener miopía espiritual, ¡pero es aun peor estar ciego!
Si olvidamos lo que Dios ha hecho por nosotros, no nos entusiasmará hablarles de Cristo a otros. ¡Mediante la sangre de Jesucristo, hemos sido lavados y perdonados! ¡Dios nos ha abierto los ojos! ¡No nos olvidemos de lo que él ha hecho! Más bien, cultivemos la gratitud en nuestros corazones y afinemos nuestra visión espiritual. ¡La vida es demasiado breve y las necesidades del mundo demasiado grandes como para que el pueblo de Dios ande por todas partes con los ojos cerrados!
Seguridad (vs. 10, 11). Si uno anda con los ojos cerrados, ¡tropezará! Pero el creyente que crece anda con confianza porque sabe que está seguro en Cristo. No es nuestra profesión de fe lo que nos garantiza la salvación; es nuestro progreso en esa fe lo que nos da la seguridad. El que afirma ser hijo de Dios, pero cuyo carácter y conducta no dan evidencia de crecimiento espiritual, se engaña a sí mismo y va camino al juicio.
Pedro señaló que nuestra “vocación”, o “llamamiento”, y “elección” van juntos. El mismo Dios que elige a su pueblo también ordena los medios para llamarlos. Las dos cosas deben ir juntas, como Pablo les escribió a los tesalonicenses: “Dios os haya escogido desde el principio para salvación, …a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio” (2 Tesalonicenses 2:13, 14). No predicamos la doctrina de la elección a los perdidos; les predicamos el evangelio. Pero el Señor usa ese evangelio para llamar a los pecadores al arrepentimiento, y entonces, ¡esos pecadores descubren que han sido escogidos por Dios!
Pedro también destacó que la elección no es excusa para la inmadurez espiritual o la falta de esfuerzo en la vida cristiana. Algunos creyentes dicen: “Lo que será, será. No hay nada que podamos hacer”. Pero Pedro nos amonesta a “procurar”, lo cual quiere decir hacer todo esfuerzo; ser diligente (el apóstol usó este mismo verbo en 2 Pedro 1:5). Aunque es verdad que Dios debe obrar en nosotros antes de que podamos hacer su voluntad (Filipenses 2:12, 13), también es cierto que debemos estar dispuestos a que lo haga, y debemos cooperar. La elección divina nunca debe ser una excusa para la ociosidad humana.
El creyente que está seguro de su elección y llamamiento nunca “tropezará”, sino que demostrará mediante una vida coherente que es verdaderamente un hijo o hija de Dios. No siempre estará en la cumbre, pero siempre estará ascendiendo. Si hacemos “estas cosas” (las mencionadas en 2 Pedro 1:5–7, compara el versículo 8), y si demostramos crecimiento y carácter cristianos en nuestra vida diaria, podemos estar seguros de que somos salvos y que un día iremos al cielo.
Es más, el creyente que crece puede mirar hacia adelante a una “generosa entrada” en el reino eterno. Los griegos usaban esta frase para describir la bienvenida a los campeones olímpicos cuando volvían a su casa. Todo creyente llegará al cielo, pero algunos tendrán una bienvenida más gloriosa que otros. Ay, algunos creyentes serán salvos “aunque así como por fuego” (1 Corintios 3:15).
La expresión traducida “os será otorgada” en 2 Pedro 1:11 es la misma que se traduce añadir en 2 Pedro 1:5, y corresponde a una palabra griega que quiere decir costear los gastos de un coro. Cuando los grupos teatrales de los griegos presentaban sus dramas, alguien tenía que costear los gastos, que eran muy elevados. La palabra llegó a significar hacer generosa provisión. Si nosotros hacemos abundante provisión para crecer espiritualmente (2 Pedro 1:5), ¡Dios hará generosa provisión para nosotros cuando lleguemos al cielo!
Simplemente, piensa en las bendiciones que disfruta el creyente que crece: fruto, visión, seguridad… ¡y lo mejor es el cielo! ¡Todo esto, y el cielo también!
La vida cristiana empieza con fe, pero esa fe debe llevar al crecimiento espiritual; a menos que sea una fe muerta. Pero la fe muerta no es una fe que salva (Santiago 2:14–26). La fe lleva al crecimiento, y el crecimiento produce resultados prácticos en la vida y el servicio. Las personas que tienen esta clase de experiencia cristiana probablemente no sean víctimas de los falsos maestros apóstatas.

Wiersbe, W. W. (2013). Alertas en Cristo: Estudio expositivo de 2 Pedro, 2 y 3 Juan, y Judas (pp. 7-21). Editorial Bautista Independiente.

La homosexualidad destruye

La homosexualidad destruye

by John MacArthur 

Las Escrituras son claras en cuanto al tema de la homosexualidad: es pecado, tanto en el deseo como en el acto. 

Eso debería ser suficiente para todos los cristianos. Pero la Biblia también ilustra los efectos devastadores de la homosexualidad.

La imagen más impactante de la capacidad destructiva de la homosexualidad se encuentra en Génesis 19. Dos ángeles visitaron a Lot, sobrino de Abraham, en la ciudad de Sodoma, que estaba invadida por el pecado y la perversión sexual. 

Llegaron, pues, los dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde; y Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma. Y viéndolos Lot, se levantó a recibirlos, y se inclinó hacia el suelo, y dijo: Ahora, mis señores, os ruego que vengáis a casa de vuestro siervo y os hospedéis, y lavaréis vuestros pies; y por la mañana os levantaréis, y seguiréis vuestro camino. Y ellos respondieron: No, que en la calle nos quedaremos esta noche. Mas él porfió con ellos mucho, y fueron con él, y entraron en su casa” (vv. 1–3). 

Sin duda, Lot sabía qué tipo de corrupción reinaba en su ciudad y las malas intenciones que sus ciudadanos tendrían hacia sus espléndidos visitantes angelicales. Estaba claro que quería proteger a sus huéspedes, a los que sus vecinos nunca habían visto. Sin embargo, ya habían llamado la atención de los hombres de Sodoma. 

Aún no se habían acostado cuando los hombres de la ciudad de Sodoma rodearon la casa. Todo el pueblo sin excepción, tanto jóvenes como ancianos, estaba allí presente. Llamaron a Lot y le dijeron: ¿Dónde están los hombres que vinieron a pasar la noche en tu casa? ¡Échalos afuera! ¡Queremos tener relaciones sexuales con ellos!” (vv. 4–5, NVI).

No hay timidez en su demanda ilícita: no se avergüenzan de su objetivo y no intentan disimular sus malas intenciones. La perversión sexual dominaba tanto la ciudad que una multitud de presuntos violadores se había reunido abiertamente frente a la puerta de Lot, exigiendo acceso a sus visitantes.

Tontamente, Lot trató de razonar con la multitud lujuriosa.

Entonces Lot salió a ellos a la puerta, y cerró la puerta tras sí, y dijo: Os ruego, hermanos míos, que no hagáis tal maldad. He aquí ahora yo tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacaré fuera, y haced de ellas como bien os pareciere; solamente que a estos varones no hagáis nada, pues que vinieron a la sombra de mi tejado” (vv. 6–8). 

La oferta de Lot de entregar a sus dos hijas ilustra la influencia corrosiva de una corrupción tan generalizada. En el momento en que llegaron estos dos visitantes, supo que serían el blanco de toda la ciudad. De hecho, estaba dispuesto a sacrificar a sus propias hijas a la multitud para proteger a estos ángeles de ser acosados. El pecado sexual era tan común en esa ciudad que consideró la virginidad de sus propias hijas como una posible moneda de cambio. 

Pero su oferta no interesó a la multitud. Su lujuria se centraba en los dos ángeles. “Y ellos respondieron: Quita allá; y añadieron: Vino este extraño para habitar entre nosotros, ¿y habrá de erigirse en juez? Ahora te haremos más mal que a ellos. Y hacían gran violencia al varón, a Lot, y se acercaron para romper la puerta” (v. 9). No dudaron en recurrir a la fuerza —y potencialmente al asesinato— solo para satisfacer su deseo ilícito.

Apretujándose contra la puerta, el apetito de la multitud no se calmaba. El intento de Lot de salvar a los ángeles había fracasado; ahora les tocaba a ellos salvarle de los habitantes de Sodoma. “Entonces los varones alargaron la mano, y metieron a Lot en casa con ellos, y cerraron la puerta. Y a los hombres que estaban a la puerta de la casa hirieron con ceguera desde el menor hasta el mayor, de manera que se fatigaban buscando la puerta” (vv. 10–11).

Estos hombres estaban tan consumidos por la lujuria que ni siquiera el hecho de quedar milagrosamente ciegos los disuadió de su malvada persecución. Algunos teólogos liberales han tratado de argumentar que el gran pecado de Sodoma no fue sexual en absoluto, sino que fue una falta de hospitalidad. Judas 7 descarta tal disparate: “Como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno”.

Sodoma no es solo un ejemplo del juicio decisivo de Dios contra los pecadores rebeldes. Es una vívida ilustración del peligro destructivo de los deseos sexuales desviados. La lujuria de esos hombres estaba completamente fuera de control. Los llevó a casi matar a Lot y derribar su puerta. Los llevó a andar a tientas a pesar de la ceguera repentina, aún persiguiendo la satisfacción pecaminosa. Tal es la corrupción consumidora de la lujuria desenfrenada.

“Gay” es un término absurdo para describir a aquellos que se han entregado al pecado homosexual. Ellos son todo menos gay. Es un estilo de vida de desesperanza y soledad, dedicado a un esfuerzo perpetuo e infructuoso por enterrar su enorme culpa bajo una campaña de autojustificación. Es un intento interminable por silenciar los gritos de la conciencia en pos de placeres malignos insatisfacibles.

El término gay es totalmente erróneo. Homosexual es el descriptor clínico. Pero el término bíblico es sodomita, e identifica el pecado por lo que realmente es: una pasión devastadora y lujuria totalmente fuera de control. 

Romanos 1 nos dice exactamente cómo es esto. Cuando las personas rechazan a Dios y suprimen la verdad de Su existencia, Él las entrega a la homosexualidad (Ro. 1:24–27) y luego las entrega a una mente depravada (Ro. 1:28). Una mente depravada significa que usted ni siquiera está en condiciones de funcionar. Las personas pasan de una revolución sexual a la homosexualidad y, finalmente, a la demencia. 

¿Qué puede haber más insensato que ignorar por completo la diferencia entre un hombre y una mujer? Eso es exactamente lo que hace el movimiento transgénero. Pero incluso la homosexualidad pervierte el diseño de Dios del hombre y la mujer, y demuestra que los homosexuales han negado la realidad misma. Por eso, Romanos 1:26 describe a los homosexuales como personas que tienen “pasiones vergonzosas” y “cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza”. La homosexualidad es degradante y, literalmente, va en contra de la naturaleza misma. 

En pocas palabras, la homosexualidad es un pecado autodestructivo.

A medida que continúa Romanos 1, Pablo explica esa realidad con mayor detalle en lo que se refiere tanto a los individuos como a la sociedad en general. Eso es lo que veremos en el próximo blog.

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAVB253006

La FE en CRISTO me está ayudando a sobrellevar el cáncer | Jenna DiPrima

«Tienes cáncer».

Nunca esperé escuchar esas palabras a mis treinta y cinco años y con tres hijos pequeños.

Muchas cosas han pasado por mi mente desde que me diagnosticaron cáncer de mama HER2 positivo en etapa 3, pero un pensamiento principal ha sido mi gratitud por la teología reformada, a veces llamada calvinismo o «teología del Dios grande». Ha sido un refugio para mí en una de las temporadas más difíciles de mi vida.

Temo que la gente piense que la doctrina reformada es solo para pastores o aficionados a la teología, o que se trata solo de hombres muertos con largas barbas y ceños fruncidos. Pero la teología reformada ha sido un salvavidas para mí. Ha sido como un par de brazos fuertes debajo de mí, que me han sostenido durante noches de insomnio, ansiedades inquietantes y días llenos de fatiga y dolor. Me ha dado un lenguaje para clamar a Dios cuando no sabía qué o cómo orar. Me ha dado paz en medio de lo que, de otro modo, me destrozaría. Me ha llevado a un Dios soberano y sabio que hace todas las cosas para mi bien y nunca deja de amar a Sus escogidos.

Estas son tres verdades de la teología reformada experiencial que me están ayudando en mi lucha contra el cáncer. Espero que te ayuden a ti en tu sufrimiento.

1. Dios es glorificado en el sufrimiento de Su pueblo.

El centro de la teología reformada es la gloria de Dios. El propósito principal de toda persona, nos dice el Catecismo Menor de Westminster, es glorificar a Dios y gozar de Él por siempre. Su gloria es la razón por la que todo sucede. Esto incluye el sufrimiento de sus elegidos: abortos espontáneos, matrimonios difíciles, agonía por hijos incrédulos, fatiga o dolor crónicos, noches sin dormir, dolor por pérdidas… todo lo que aflige a Su pueblo.

Esto incluye mi cáncer. Que Dios sea glorificado en ello también.

El diagnóstico me impactó a mí, a mi familia y a mi iglesia. No fue un impacto para Dios. Aquel que me tejió en el vientre de mi madre (Sal 139:13), que conoce el número de cabellos de mi cabeza (Lc 12:7) y que gobierna cada célula de mi cuerpo ha ordenado mi cáncer: Él sostiene los procesos biológicos que lo crearon y sostienen. Él ordenó mi cáncer antes de que yo naciera. Nos encanta decir que «Dios es soberano», pero esa es una frase de cajón si Él no es soberano sobre mi cáncer.

«Viviré para verlo glorificado en mi cáncer, en esta vida o en la próxima, porque Dios es glorificado incluso en el sufrimiento de Su pueblo«

Siendo directa, Dios me dio este cáncer y me lo dio para Su gloria. Viviré para verlo glorificado en mi cáncer, en esta vida o en la próxima, porque Dios es glorificado incluso en el sufrimiento de Su pueblo.

Como John Piper ha dicho famosamente: «Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él». Dios recibe gloria cuando estoy más satisfecha en Él que en mi esposo, mis hijos, un cuerpo sano o cualquier cosa que la muerte pudiera robarme. Cuando Dios me despoja de todo y solo queda Él, mi alma encuentra su más profundo deleite en Él. Dios es visto como completamente suficiente. Se hace ver grande porque lo es.

Si mi sufrimiento traerá gloria a Dios, lo aceptaré. Él es digno.

2. Dios obra todas las cosas para el bien de sus escogidos.

Romanos 8:28 es una promesa preciosa y férrea: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito». (Es aún más preciosa cuando se entiende en su contexto).

En esta línea, John Newton señaló una vez: «Todo lo que Dios envía es necesario; nada que Dios retenga puede ser necesario». Reflexiona sobre ello un momento. Si yo supiera todo lo que Dios sabe, oraría para que me enviara un cáncer porque sabría que sería para mi gozo eterno.

No es necesario que esto tenga sentido para mí para que yo lo crea. No necesitas entender cómo Dios está obrando para tu bien para saber que lo está haciendo. Debemos creer en esta promesa por fe, aun cuando no la veamos.

Sé que el cáncer forma parte del buen plan de Dios para mí, pero no puedo decir con precisión cómo lo está usando para mi bien. Tal vez me ayude a luchar contra el pecado o a confiar más profundamente en Su gracia. Tal vez me ayude a desligar mi corazón de este mundo presente y enfocarlo hacia el cielo. Tal vez me brinde la oportunidad de dar testimonio de Su gracia y del poder del evangelio. Tal vez sea para la santificación de mi esposo o la salvación de mis hijos. Tal vez sea para edificar a otros en sus sufrimientos (2 Co 1:4). Tal vez sea todas o ninguna de estas cosas. Pero esto sí lo sé: Dios obrará esto para mi bien.

Romanos 8:28 es una promesa que creemos por fe, no por vista. Así que no le exigiré a Dios que me muestre todas las formas en que está obrando antes de creerle. En lugar de eso, confiaré en Su promesa incluso cuando esté a oscuras.

Un día, Dios me mostrará todo lo que estaba haciendo con mi cáncer de mama, y con gusto me maravillaré. Si perteneces a Cristo, Él también está obrando todas las cosas para tu bien.

3. Dios guardará a Su pueblo hasta el fin.

La teología reformada me enseña que Dios completará la obra que ha comenzado en mí y estará conmigo hasta el final. Mi salvación y felicidad eterna no dependen de que yo venza al cáncer, sino de la determinación inmutable de Dios de amarme y salvarme.

«Mi salvación y felicidad eterna no dependen de que yo venza al cáncer, sino de la determinación inmutable de Dios de amarme y salvarme«

No hay nada en el mundo lo suficientemente fuerte como para separarme del amor de Dios: ni el cáncer, ni la caída del cabello, ni las esperanzas incumplidas, ni el tiempo perdido con mis hijos, ni Satanás y sus mil demonios, ni siquiera la muerte misma. Nada puede separarme del amor de Dios en Cristo Jesús, mi Señor (Ro 8:31-39).

Raíces profundas

¿Por qué la teología reformada es importante para mí? Porque estoy en la batalla de mi vida y solo un Dios soberano me sacará adelante. Necesito una doctrina con raíces profundas, una doctrina capaz de manejar las profundas paradojas del dolor. Necesito un Dios bueno y soberano que se glorifique a Sí mismo a través del cáncer, que obre el cáncer para mi bien y que nunca me abandone.

La «teología del Dios grande» es un bálsamo para mi alma. Me ha sostenido la mano cuando lo único que podía hacer era llorar en el sofá. Se ha sentado a mi lado en el cuarto piso de la sala de oncología mientras la quimioterapia goteaba en mi cuerpo. Me ha susurrado promesas en mitad de la noche mientras me desvelaba temiendo el futuro. Ha sido una luz para mí cuando todas las demás luces se apagaron.

La vida cristiana está llena de peligros, dificultades y amenazas. Desarrollemos teología para la oscuridad mientras caminamos bajo el sol. Si vamos a hacerlo, necesitamos una «teología de Dios grande». Necesitamos poder confiar en las alturas de Su gloria y en las profundidades de Su amor por Sus escogidos. Esta seguridad me está sosteniendo en medio del cáncer y te sostendrá a ti en medio de cualquier sufrimiento que se te presente.


Publicado originalmente en The Gospel CoalitionTraducido por Eduardo Fergusson.

Jenna DiPrima (MDiv, Southeastern Baptist Theological Seminary) trabaja para The Pillar Network en Winston-Salem, Carolina del Norte, donde su esposo, Alex, pastorea la Iglesia Emmanuel. Tienen tres hijos de 5, 4 y 2 años.

Artículo tomado de: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/calvinismo-cancer/

Título Original: El calvinismo me está ayudando a sobrellevar el cáncer.

¿Quiénes son los “siete Espíritus de Dios”? | MARK HITCHCOCK

¿Quiénes son los “siete Espíritus de Dios”?

POR MARK HITCHCOCK

Una de las descripciones potencialmente confusas del Apocalipsis es la referencia a los “siete Espíritus” o “siete Espíritus de Dios,” que se mencionan cuatro veces (1:4; 3:1; 4:5; 5:6). ¿Significa esto que hay siete Espíritus Santos?

Hay dos puntos de vista ortodoxos principales sobre la identidad de los siete Espíritus. Primero, algunos creen que esto se refiere a siete seres angélicos que están ante el trono de Dios en el cielo. Este punto de vista es posible porque los ángeles a veces son llamados espíritus. El problema con este punto de vista es que Apocalipsis 1:4 dice: «Gracia a vosotros y paz, de parte del que es y del que era y del que ha de venir, y de los siete Espíritus que están delante de su trono». Los ángeles no pueden ser la fuente de esta bendición que viene de Dios mismo. Sean quienes sean los siete Espíritus de Dios, deben ser iguales a Dios.

Por esta razón, es mejor interpretar «los siete Espíritus» como una referencia al Espíritu Santo. Pero esto plantea otra pregunta obvia: ¿Por qué referirse al Espíritu Santo de esta manera? Es interesante que el Espíritu Santo se mencione cuatro veces de esta manera, pero a menudo se le llama sólo Espíritu (1:10; 4:2; 17:3; 21:10). Las frases «siete Espíritus» y «siete Espíritus de Dios» son utilizadas por Juan «sólo cuando la perspectiva es la del cielo». [50] Esta es la forma celestial que tiene Juan de referirse al Espíritu Santo. Pero, de nuevo, ¿por qué este título en particular?

Algunos creen que el Espíritu Santo se describe así porque opera en las siete iglesias (Apocalipsis 1:11). Es posible, pero los siete Espíritus de Dios son enviados a todo el mundo en Apocalipsis 5:6, no sólo a las siete iglesias, por lo que este punto de vista parece inadecuado para explicar todos los usos de este título. La mejor interpretación es tomar esto como una referencia a dos pasajes del Antiguo Testamento. El primero es Isaías 11:2-5:

Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura..

Algunos se oponen a utilizar Isaías 11:2-5 porque sólo se enumeran seis actividades del Espíritu, no siete. Sin embargo, la Septuaginta, que es la primera traducción griega del Antiguo Testamento, añade una séptima virtud -la divinidad- a las seis. [51] El siete es el número de la terminación o la perfección, por lo que la mención de los siete Espíritus puede entenderse como una referencia al carácter y el ministerio del Espíritu en su plenitud.

La segunda alusión del Antiguo Testamento es a Zacarías 4:2-6:

Y me dijo: ¿Qué ves? Y respondí: He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus siete lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; Y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda. Proseguí y hablé, diciendo a aquel ángel que hablaba conmigo: ¿Qué es esto, señor mío? Y el ángel que hablaba conmigo respondió y me dijo: ¿No sabes qué es esto? Y dije: No, señor mío. Entonces respondió y me habló diciendo: Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.

Juan parece mezclar maravillosamente estos dos pasajes como método simbólico para referirse al único Espíritu Santo. [52]

Tomado de: https://evangelio.blog/2021/04/22/quines-son-los-siete-espritus-de-dios/

NAVIDAD SIN JESÚS – Isaías 9:6

NAVIDAD SIN JESÚS

Isaías 9:6

Ya se acercan los gratos días de la Navidad. El ambiente comienza a llenarse de la alegría. Las atractivas vitrinas de los almacenes, con sus adornos, sus muñecas y demás juguetes infantiles, nos están recordando que una nueva Navidad está a nuestras puertas. Mas, ¿celebraremos este año una Navidad sin Jesús? Tal cosa parece extraña; y hay razón, porque, ¿cómo es posible que haya Navidad sin Jesús? Si ella celebra el nacimiento del Hijo de Dios, ¿cómo puede celebrarse la Navidad sin Jesús? Sería un contrasentido, como si en el Cielo no brillaran las estrellas, como si en el jardín no hubiese flores, como ver un cuadro sin paisaje o como si en el rostro de un niño no se dibujara una sonrisa. Y, sin embargo, la triste realidad es que para muchos hay Navidad sin Jesús. Porque tienen quizá de todo; pero no tienen a Jesús. Sólo aprovechan la ocasión para divertirse a su sabor y gusto, y se encuentran muy alejados del que fue el humilde Niño de Belén.

1. La Navidad sin Jesús es la que se celebra sin pensar en los demás: si ahondamos un poco en el significado de la Navidad descubriremos verdades hermosas. La Navidad es algo más que el nacimiento natural y normal del Niño Jesús. Detrás de ese acontecimiento histórico se esconden los propósitos y la voluntad de Dios. La primera Navidad consistió en el regalo que Dios le hizo a la humanidad. Isaías profetizó: «Porque un Hijo nos es dado Hijo nos es nacido». El ángel dijo a los pastores: «No temáis, porque he aquí que os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os es nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor». Aquí tenemos la idea de «dar». Dios es el más grande dador en el universo. Él nos da todo; él nos dio la vida, y en la manifestación cumbre de su amor, se dio a sí mismo por nosotros en la persona de su Hijo Cristo Jesús. Tal fue la actitud de Dios en la primera Navidad. Y esa debe ser también la de nosotros. Los que nos llamamos sus hijos. No pensemos tanto en los regalos que recibiremos, sino en las cosas que podremos dar a los demás. Hay muchas maneras en que podemos ayudar a otros, especialmente durante estos días. Tal es el espíritu cristiano de una verdadera Navidad. No seamos, pues, egoístas. Hay muchísimas personas necesitadas alrededor de nosotros. Tal vez es un vecino que vive en la indigencia; quizás es un familiar muy pobre, sin ropa y sin alimentos; o un amigo lejano que implora nuestro socorro. Cada uno puede hacer algo dentro de sus propias posibilidades. Lo malo es que hay personas a quienes Dios ha bendecido ricamente, y no piensan más que en sí mismas. Pudiendo llevar un rayo de luz y de gozo a los que sufren, no lo hacen, porque son adinerados, mas vacíos de espíritu. Ninguna Navidad podrá ser realmente alegre si no pensamos en los demás. La Biblia nos dice: «Más bienaventurada cosa es dar que recibir». Mostremos, entonces, el espíritu de Cristo; irradiemos en nuestra vida su luz; exhalemos en nuestros actos su aroma.

2. La Navidad sin Jesús es la que se celebra cuando no se tiene verdadero gozo en el corazón: la Navidad es una fiesta de gozo. En el Cielo hubo fiesta cuando el Verbo eterno, quien por obra milagrosa de Dios había encarnado en el vientre virginal de María, nació en la aldea de Belén. Aquella noche de la primera Navidad, los pastores humildes corrieron hasta el pesebre y rindieron gozosos el tributo de su adoración al Dios hecho hombre; los ángeles, mensajeros celestiales, irrumpieron sobre el escenario de la Tierra para inundar la atmósfera con sus melodiosos cánticos, alabando a Dios en las alturas y anunciando la paz y la buena voluntad a los hombres. María y José también sintieron gozo profundo en sus corazones. Pero no hay que confundir el gozo de origen divino con la alegría barata, sensual y efímera, que es lo que muchos buscan durante estos días navideños. para esos la Navidad consiste en tomar licor, en bailar, en participar de grandes comilonas, en ir de farra, y cosas semejantes. Mas eso es alegría mundana, la cual está muy lejos de honrar el nombre de Dios. El gozo es uno de los frutos del Espíritu Santo, es una emoción íntima, del espíritu la cual es producida por la experiencia de Dios en la vida y no por los deleites carnales. Nada importaría que no hubiese ropa que estrenar o cena que comer o paseos que realizar, lo importante y esencial es tener el gozo de Cristo en el alma. Por supuesto esas otras cosas legítimamente obtenidas y circunspectamente realizadas, son buenas, y ojalá que todos pudieran tenerlas; pero debe haber gozo en el corazón antes que todo lo demás. Y debemos gozarnos porque Dios, al vernos perdidos en nuestros delitos y pecados, pensó en nosotros y nos envió a su Hijo para que él por medio de su muerte y de su resurrección nos perdonara y nos abriera las puertas del Cielo.

3. La Navidad sin Jesús es la que se celebra cuando no se conoce la historia de Jesús: la Navidad es un tiempo propicio para meditar en el nacimiento y en la vida de Jesús. La historia de su advenimiento debe refrescarse en nuestra memoria. Cuando los israelitas celebraban la fiesta de la Pascua, recordaban el maravilloso evento histórico de la liberación de sus antepasados de la bochornosa esclavitud en Egipto. La Pascua les hacía meditar en las bondades de Jehová Dios y en su intervención providencial en la historia. ¿ Cómo es posible que muchos celebren la Navidad sin siquiera saber cuál es el motivo, ni conocer la historia de la venida de Jesús al mundo? Hay todavía mucha ignorancia con respecto a la Palabra de Dios. Aun los llamados cristianos celebran la Navidad como una costumbre tradicional, y en una forma casi pagana, alejándose de la sencillez sublime de los evangelios. Los hombres han convertido la Navidad en una racha comercial; los sibaritas, en un tiempo de holgorios y deleites; y los engañadores, en una ocasión más para fomentar la idolatría. Esto no debiera ser así. Estudiemos a conciencia el relato de los evangelios a fin de que nos acerquemos más a Jesucristo nuestro Señor y lo honremos celebrando dignamente su nacimiento humano e histórico.

CONCLUSIÓN

Ningún derecho tienen de celebrar la Navidad los que no conocen a Jesús ni le han recibido en sus corazones como Salvador, Rey y Señor. Todos los que en aquella primera Navidad, en el ambiente bucólico de Belén, llegaron hasta el establo donde yacía Jesús, por fe lo aceptaron como al Hijo de Dios. Los Magos, en un reconocimiento de su realeza y divinidad, le ofrecieron oro, incienso y mirra. El nombre de Jesús es sólo un pretexto para muchos, para sus orgías y francachelas; pero a su persona divina, humana y redentora, es decir a él, no le toman en serio. Jesús está totalmente fuera de la vida de muchos. Y no es asunto de tener una estatuilla o un muñeco bonito y llamarlo el Niño Dios creyendo que ese objeto es Jesús. No. Eso es un craso error. A decir verdad, resulta impropio y hasta irreverente hablar ahora de Jesús como el «Niño Dios», aunque es cierto que él, en su naturaleza humana, nació como un niño. A Jesús, como la revelación cumbre de Dios, tenemos que concebirlo por la fe como un varón perfecto, poseedor de la hombría ideal, santo, divino. ¿Será tu Navidad una Navidad sin Jesús este año? ¡Que no sea así! ¡Acéptalo como el Hijo unigénito de Dios y como tu Salvador personal!

Vila, S. (2001). 1000 bosquejos para predicadores (pp. 654-656). Editorial CLIE.

¿Por qué celebramos la Reforma el 31 de octubre | Josué Barrios

¿Por qué celebramos la Reforma el 31 de octubre

Josué Barrios

Audio: https://media.thegospelcoalition.org/audio/COALICION/PODCAST/ARTICULOS_TGC/A224-Por_que_celebramos_la_Reforma_el_31_de_octubre.mp3

Para saber por qué el 31 de octubre celebramos el día de la Reforma, necesitamos volver casi 500 años al pasado y conocer un poco la historia de Martín Lutero.

Lutero fue un monje atormentado por la santidad de Dios y su propio pecado. Él buscaba la reconciliación con Dios a través de sus esfuerzos personales. Vivía en la ciudad de Wittenberg en Alemania, donde recibió su doctorado en teología en 1512, y empezó a enseñar la Biblia como profesor, cargo que mantuvo hasta el día de su muerte.

En 1517, la vida de la pequeña ciudad de Wittenberg empezaría a cambiar. Aquel año, el Papa León X autorizó reducciones en el castigo por los pecados a las personas que diesen dinero para la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma. La forma en que se vendían y promocionaban estas reducciones, conocidas como indulgencias, resultó escandalosa para Lutero. «Tan pronto caiga la moneda a la cajuela, el alma del difunto al cielo vuela», exclamaba en público Juan Tetzel, el principal encargado de la venta de indulgencias.

95 tesis que hicieron historia

El 31 de octubre del año 1517, Lutero clavó 95 tesis al respecto en la puerta de la iglesia del castillo en Wittenberg. Todos los que fueron a la iglesia al día siguiente, el Día de los Santos según el calendario, vieron las tesis. Era normal clavar avisos en las puertas de la iglesia, pero aquel martillo cambiaría la historia.

Las tesis estaban en latín, la lengua de los estudiosos. Lutero quería un debate académico y no una revuelta pública. En sus tesis argumentó que el arrepentimiento requerido por Dios para el perdón de los pecados involucra una actitud interna en la persona, y no consistía solo en un acto exterior sacramental (como realizar un pago a la iglesia).

El monje agustino no actuó como un reformador en ese momento. No lo era. Más bien actuó como un católico que quería ver a su iglesia cada vez mejor. Pero, desde el punto de vista humano, los eventos salieron de control.

Algunas personas tomaron esas tesis y, gracias a la imprenta, en cuestión de días estaban siendo conversadas en toda Alemania. A gente muy poderosa no le gustó lo que Lutero enseñó (empezando por Juan Tetzel), y lo acusaron de hereje. Muchas otras personas estaban de acuerdo con las tesis. Así, Lutero se vio envuelto en diversos debates que, en la soberanía de Dios, lo presionaron a examinar conforme a la Biblia los cimientos del catolicismo romano.

Por ejemplo, Johann Eck, uno de los oponentes más formidables de Lutero, expresó en un debate en 1519 que el verdadero asunto de disputa era sobre autoridad: o el papa tiene la última palabra, o la tiene la Biblia. Lutero no había considerado eso con detenimiento hasta entonces. Así, Eck fue usado por Dios para conducir a Lutero a profundizar en lo que serían sus convicciones reformadas. El Señor tenía en mente una reforma, y usó hasta a los enemigos de ella para llevarla a cabo.

Redescubriendo la Palabra y el evangelio

La vida de Lutero fue transformada al conocer que la Palabra de Dios es la autoridad sobre todas las cosas

 

Estudiando la Palabra de Dios, la vida de Lutero fue transformada al conocer que ella es la autoridad sobre todas las cosas (no la tradición o el papa), y que el evangelio enseña que somos salvos totalmente por gracia, por la fe sola en Cristo Jesús, y no como enseñaba Roma. El evangelio revela el amor de Dios y nos libera de la carga insoportable de pretender ganarnos nuestras salvación. Así nos conduce a obedecer a Dios en libertad y gratitud.

Lutero se convirtió en un reformador que, por la gracia de Dios, transformó al mundo. Más y más hombres fueron transformados por la misma Palabra, y esto dio inició a la Reforma protestante. Aunque antes de él hubieron algunos hombres con convicciones similares, históricamente se recuerda el 31 de octubre del 1517 como el día que lo inició todo.

Este redescubrimiento del evangelio es considerado como el avivamiento en la Iglesia más importante en la historia luego de los días apostólicos de la Iglesia temprana. Este evento marcó el surgir del protestantismo y la separación de los protestantes de la iglesia falsa de Roma. Como ha dicho el historiador Carl Trueman: «La Reforma representa un movimiento de colocar a Dios, tal como Él se revela en Cristo, en el centro de la vida y pensamiento de la Iglesia». Este movimiento impactó al mundo, porque cuando la Iglesia se fortalece en la verdad, brilla con más intensidad y su influencia crece en la sociedad.

Recordando la Reforma

La mayoría de los cristianos no imaginan que sin la Reforma protestante, no solo el verdadero evangelio tal vez no hubiese llegado a nosotros, sino que incluso no habrían Biblias en nuestro idioma, y quizá hasta seríamos analfabetas. ¡Así de importante fue este mover de Dios!

Mientras hayan personas perdidas en sus pecados, y existan congregaciones afirmando un falso evangelio, no viviendo para la gloria de Dios y rechazando la autoridad de las Escrituras, todavía hay necesidad de proclamar el evangelio y defender la autoridad de la Palabra.

Hay mucho más para decir sobre la Reforma protestante. Lo cierto es que hoy es un día para recordarla, dar gracias al Señor por ella y preservar su Palabra para nosotros hoy, reflexionando sobre la necesidad que tenemos de ser más y más avivados por Él.


Algunos párrafos de este artículo están tomados de la biografía breve Martín Lutero: Confianza en el poder de la Palabra.

Este artículo fue originalmente publicado en JosueBarrios.com.

Josué Barrios sirve como Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Ha contribuido en varios libros y es el autor de Espiritual y conectado: Cómo usar y entender las redes sociales con sabiduría bíblica. También es el editor general del libro Líder de jóvenes: 12 marcas para impactar a las nuevas generaciones. Posee una licenciatura en periodismo y tiene una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny y sus hijos en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer. Puedes leerlo en josuebarrios.com, donde su blog es leído por decenas de miles de lectores todos los meses. También puedes seguirlo en Youtube y unirte a su newsletter Sábados de sabiduría y descargar gratis su libro Enfocado en Cristo.

Fuente: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/celebramos-la-reforma-31-octubre/

DIOS CASTIGARÁ A LOS MALOS Y BENDECIRÁ A LOS JUSTOS, Malaquías 3:13–4:3

DIOS CASTIGARÁ A LOS MALOS Y BENDECIRÁ A LOS JUSTOS

Malaquías 3:13–4:3

Esta sección se une a la anterior para confirmar la radical necedad y distanciamiento del pueblo hacia Dios. No había terminado Dios de decir “probadme…” (v. 3:10b) , cuando el pueblo declara: “Está demás servir a Dios… ¿Qué provecho sacamos de guardar su ley…?” (v. 13). El pueblo rechaza a Dios porque las bendiciones de Dios no coinciden con su concepto egoísta y materialista de bendición. (¡Qué difícil le resulta al ser humano aprender a apreciar las cosas desde la perspectiva de Dios!; ver Mat. 6:33).
El pueblo ha descubierto que la fidelidad a Dios, basada en la instrucción divina y no en sus deseos humanos, no pagaba nada valioso. La base utilitaria de la fe y la religión de muchos choca con el sistema de valores de Dios.
Pero la serie de disputas proféticas no termina con una nota pesimista y amargada. En medio de una comunidad marcada por el materialismo, la desesperanza, el abandono de la fe y el cinismo, había un “remanente”, un “resto fiel” (3:16–18); es el grupo a quien Malaquías llama “los que temen a Jehovah”. A ellos Dios reconoce como su verdadero pueblo, “su especial tesoro” (comp. Éxo. 19:6; Deut. 7:6; 14:2; 26:18; Sal. 135:4). Ellos permanecen firmes en el Señor (Mal. 3:16; comp. Sal. 1) y llevan la marca de la justicia y el servicio (Mal. 3:18; comp. Mat. 25:31–46).
Con el tema de el día se muestra la clara diferencia entre los justos y los malvados. Para los primeros ese día será de perdón (3:17) y de salvación plena (4:2); para los segundos, ese será un día de castigo y destrucción (4:1, 3).
Con el tema del “día de Jehovah” el profeta Malaquías se une a la tradición de sus antecesores (Amós 5:18; Isa. 2:12; 13:6; 49:8; Jer. 30:7; Eze. 30:3; Joel 1:15; 2:11, 31) y, parafraseando, lo define así: “El reconocimiento de la presencia de Jehovah en su constante actividad de juicio y salvación” (vv. 1, 2). Y más específicamente: “El gran día en que Jehovah salvará de una vez por todas a su pueblo” (v. 3).

Semillero homilético
¿De qué lado estás?
Malaquías 3:13–4:3
Introducción: La Biblia, sobre todo en las partes conocidas como “literatura sapiencial”, constantemente divide a la humanidad en dos clases: los sabios y los necios, los buenos y los malvados, los justos y los injustos. Este pasaje de Malaquías plantea también la conducta de esos dos grupos (3:13–15 y 3:16–18).
I. ¿Quiénes son los necios?

  1. Los que desestiman a Dios.
  2. Los que prefieren a los arrogantes e impíos.
    II. ¿Quiénes son los sabios?
  3. Son los prudentes y obedientes.
  4. Los que sirven a Dios y lo respetan.
    III. El destino de cada uno.
  5. El malvado será quemado como la paja.
  6. El bueno será considerado como “especial tesoro”, será prosperado.
    Conclusión: Qué bien refleja este pasaje al Salmo 1. Este pasaje refleja refleja muy bien a Mateo 25:31–46. El Dr. Albert Schweitzer, médico, músico y teólogo, desafió al mundo entero en su discurso de aceptación del premio Nobel de la Paz en 1952: “La humanidad entera tiene que enfrentarse a la realidad de que el ser humano se ha convertido en un Superman, pero este superhombre con poderes “superhumanos” no ha logrado alcanzar el nivel de la razón sobrehumana. Lo más triste es que a medida que su poder aumenta, este superhombre cada día se hace más miserable. Debe sacudir nuestra consciencia el hecho de que a la vez que nos hacemos más superhombres nos volvemos más inhumanos”.

Connerly, R., Gómez C., A., Light, G., Martı́nez, J. F., Martı́nez, M., Morales, E., Moreno, P., Rodrı́guez, S., Ruiz, J., Samol, J. A., Sánchez, E., Sewell, D., Tiuc Sian, R., Welmaker, B., Wilson, R., Wyatt, J. C., Wyatt, R., & Editorial Mundo Hispano (El Paso, T. . with Bryan, J., Byrd, H., & Caruachı́n, C., Carroll R. y M. Daniel. (2003). Comentario bı́blico mundo hispano Oseas–Malaquı́as (1. ed., pp. 392-393). Editorial Mundo Hispano.

Un Mensaje Que Confronta | John MacArthur

Un Mensaje Que Confronta
John MacArthur

Como si no fuera suficiente que la crucifixión llevara un estigma tan vergonzoso, también estaba la humillante sencillez de la cruz, un repudio a la sabiduría del mundo.

Primera de Corintios 1:19-21 dice:

Pues está escrito:

Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos.

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.

Tanto los judíos como los gentiles disfrutaban de lo complejo, especialmente los griegos en sus sistemas filosóficos. Les encantaba la gimnasia mental y los laberintos intelectuales. Creían que la verdad era conocible, pero solo por las mentes elevadas. Este sistema más tarde se llegó a conocer como gnosticismo, que es la creencia de que ciertas personas, en virtud de sus elevados poderes de razonamiento, podían avanzar más allá del hoi polloi y ascender al nivel de iluminación.

En tiempos de Pablo, podemos encontrar por lo menos unas cincuenta filosofías diferentes que resonaban en el mundo griego y romano. Entonces, llegó el evangelio y dijo: “Nada de eso importa. Lo destruiremos por completo. Tomen toda la sabiduría del sabio, busquen lo mejor, busquen lo mejor de lo mejor, a los más educados, a los más capaces, a los más listos, a los más astutos, a los mejores en retórica, oratoria y lógica; busquen a todos los sabios, a todos los escribas, a todos los expertos legistas, a los grandes disputadores, y a todos ellos se los llamará necios”. El evangelio dice que todos son necios.

La cita de Pablo de Isaías 29:14, en el versículo 19, “destruiré la sabiduría de los sabios”, tenía que ser una afirmación hiriente para su audiencia. Estaba diciendo, básicamente: “Echaré por el suelo a todos sus filósofos y su filosofía”. Nada era sutil en Pablo, nada vago ni ambiguo. Pero el mensaje no era de Pablo. Como nos recalca cuando afirma: “Está escrito” –literalmente, “sigue escrito”– se posiciona como verdad divinamente revelada según la cual, el evangelio de la cruz no hace ninguna concesión a la sabiduría humana. Pablo no era sino el portavoz de Dios. El intelecto humano no juega papel alguno en la redención. Y en el versículo 20, es como si Pablo estuviera diciendo: “¿Qué piensan ustedes que pueden ofrecer? ¿Dónde está el escriba? ¿Qué contribución puede hacer el experto legista? ¿Dónde está el disputador? ¿Qué puede ofrecer? Todos son necios”.

Primera de Corintios 2:14 dice: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Este es el problema. La persona inconversa puede tener grandes poderes de razonamiento e intelecto, pero cuando se trata de la realidad espiritual y la vida de Dios y la eternidad, no tiene nada para contribuir. Ya sea en Atenas o Roma, en Cambridge, Oxford, Harvard, Standford, Yale o Princeton, o en cualquier otra parte, toda la sabiduría compilada que está fuera de las Escrituras no es más que necedad.

Dios sabiamente estableció que nadie puede jamás llegar a conocerle por la sabiduría humana. La única manera en que alguien llega a conocer a Dios es por revelación divina y por el Espíritu Santo. La palabra final en cuanto a la sabiduría humana es que no tiene sentido. El hombre, por su sabiduría, no puede conocer a Dios.

Pues bien, ¿cómo puede, entonces, el hombre conocer a Dios si no es por medio de la sabiduría? “Mediante la locura de la predicación”. ¿Quiere usted que la gente conozca a Dios? Entonces, simplemente predique el mensaje. Jeremías 8:9 dice: “Los sabios se avergonzaron, se espantaron y fueron consternados; he aquí que aborrecieron la palabra de Jehová; ¿y qué sabiduría tienen?” Si se rechazan las Escrituras, no se tiene nada de sabiduría. Si se cambia el mensaje bíblico, no se puede predicar sabiduría.

No tenemos licencia artística para predicar el evangelio. Mire de nuevo 1 Corintios 1:18: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan –esto es, a nosotros– es poder de Dios”. Y luego, en el versículo 21: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Y los versículos 23-24: “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero y para los gentiles locura; más para los llamados así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios”.

Pablo estaba dando un solo mensaje: el poder de Dios por la palabra de la cruz es lo que salva a las personas. Los hombres son instrumentos para entregar ese mensaje, pero el mensaje no surge de ellos, viene de Dios. Este es absolutamente el único mensaje que tenemos.

Cualquier otro mensaje es falso y absolutamente inaceptable, como Gálatas 1:8-9 declara sin disculpa ni componendas: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema”. Pero el cristianismo ligero, que es tan popular hoy, ha sustituido otro mensaje que trata de eliminar la ofensa de la cruz.

Casi nadie en estos días tolera la exclusividad y supremacía de Cristo, incluso algunos que profesan ser cristianos. El mensaje de la cruz no es políticamente correcto; es la singularidad del evangelio, aparte de todo lo demás, lo que fastidia a la gente. ¿Puede usted imaginarse por un momento lo que sucedería si algún personaje célebre o dirigente político sencillamente dijera: “Soy creyente, y si usted no lo es, va a ir al infierno”? ¡Uy!

Luego, imagínese que alguien dijera: “Todos los musulmanes, hindúes, budistas y los que creen que pueden ganarse la salvación, ya sean protestantes de teología liberal o católicos romanos, y también todos los mormones y los testigos de Jehová van al infierno eterno. Pero yo me intereso en usted tanto que quiero darle el evangelio de Jesucristo, porque eso es mucho más importante que las guerras en Medio Oriente, el terrorismo y cualquier política doméstica”.

No se puede ser fiel y popular; de modo que escoja.

Lo que Pablo estaba diciendo en 1 Corintios es que el evangelio choca con nuestras emociones, choca con nuestra mentalidad, choca con nuestras relaciones personales.

Hace añicos nuestras sensibilidades, nuestro pensamiento racional, nuestra tolerancia. Es difícil de creer. Desdichadamente, por esto la gente hace componendas, y cuando las hacen, se vuelven inútiles porque Dios salva a través de esta verdad.

La cruz en sí misma proclama el veredicto sobre el hombre caído. La cruz dice que Dios exige la pena de muerte por el pecado, mientras que nos proclama la gloria de la sustitución. Rescata al que perece. Los que perecen son los condenados, los arruinados, sentenciados, destruidos; son los perdidos, los que están bajo juicio divino por violaciones interminables de su santa Ley. Si usted y yo no abrazamos al Sustituto, sufrimos nosotros mismos esa muerte, y es una muerte que dura para siempre.

El mensaje de la cruz no tiene que ver con las necesidades que se sienten. No se trata de que Jesús le ama a usted tanto que quiere contentarle. Se trata de rescatarlo a usted de la condenación eterna, porque esa es la sentencia que pesa sobre la cabeza de todo ser humano. Así que el evangelio es una ofensa por cualquier lado que se vea. No hay nada en cuanto a la cruz que encaje cómodamente con la forma en que el hombre se ve a sí mismo.

El evangelio confronta al hombre y lo expone tal cual es. No se fija en el desencanto que siente. No le ofrece ningún alivio de sus luchas como ser humano. Más bien, va al asunto profundo y eterno del hecho de que él está condenado y desesperadamente necesita que le rescaten. Solo la muerte puede lograr el rescate, pero Dios, en su misericordia, ha provisto un Sustituto.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B230708

La Vergüenza de la Cruz | John MacArthur

La Vergüenza de la Cruz
John MacArthur

Predicamos un mensaje vergonzoso cuando predicamos a Jesús en la cruz. Morir crucificado era un insulto degradante, y la idea de adorar a un individuo que había muerto crucificado era absolutamente inimaginable. Por supuesto, hoy no vemos que crucifiquen a nadie como los lectores de Pablo veían en el siglo I, así que, en cierta medida, el impacto se pierde para nosotros.

Pero Pablo sabía a qué se enfrentaba: “La palabra de la cruz es locura a los que se pierden” (1 Corintios 1:18); “Los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura” (vv. 22-23). El mensaje de la cruz es locura, moria en griego, que quiere decir fatuo, ignorante, insensato.

Los versículos 22 y 23 nos dicen que los judíos buscaban señal. “Si eres el Mesías”, le habían dicho a Jesús, “danos una señal”. Esperaban algún prodigio grandioso, sobrenatural, que identificara al Mesías prometido y lo condujera a Él. Querían algo espectacular. Aunque Jesús les había dado milagro tras milagro durante su ministerio, querían una especie de supermilagro que todos pudieran ver y decir: “¡Esa sí es la señal! ¡Esa es por fin la prueba de que este es el Mesías!”

A los griegos, por el contrario, no les interesaba tanto lo milagroso. No buscaban una señal sobrenatural; lo que buscaban era sabiduría. Querían validar la religión verdadera mediante alguna noción trascendental, alguna idea elevada, algún conocimiento esotérico, alguna especie de experiencia espiritual, tal vez una experiencia fuera del cuerpo o algún otro episodio imaginario y emocional.

Los griegos querían sabiduría y los judíos querían una señal. Dios les dio exactamente lo opuesto. Los judíos recibieron un Mesías crucificado: escandaloso, blasfemo, estrambótico, hiriente, increíble. Para los griegos que buscaban conocimiento esotérico, algo altilocuente y noble, ese sinsentido sobre el eterno Dios creador del universo crucificado era una insensatez.

Desde el punto de vista tanto griego como romano, el estigma de la crucifixión convertía en un absurdo absoluto la noción del evangelio que afirmaba que Jesús era el Mesías. Un vistazo a la historia de la crucifixión en Roma del siglo I revela lo que los contemporáneos de Pablo pensaban al respecto. Era una forma horrible de pena capital originaria, muy probablemente, del imperio persa; pero otros bárbaros la usaban también. El condenado sufría una muerte agonizantemente lenta por asfixia, y se debilitaba gradualmente al punto traumático de no poder levantarse con los clavos que sujetaban sus manos, ni de empujarse con el clavo que atravesaba sus pies, lo suficiente como para respirar profundamente.

Esto fijó el horror de la crucifixión en la mente judía. Los romanos llegaron al poder en Israel en el año 63 a.C., y usaron mucho la crucifixión. Algunos escritores dicen que las autoridades romanas crucificaron como a treinta mil personas en esa época. Tito Vespasiano crucificó tantos judíos en el año 70 d.C. que los soldados no tenían espacio para las cruces ni suficientes cruces para los cuerpos. No fue sino hasta el año 337, cuando Constantino abolió la crucifixión, que la cruz desapareció después de un milenio de crueldad en el mundo.

La crucifixión era una forma de ejecución repugnante, denigrante, reservada para lo peor de la sociedad. La idea de que un individuo que murió en la cruz hubiera sido una persona excepcional, elevada, noble, importante, era absurda. Los ciudadanos romanos, por lo general, estaban exentos de la crucifixión, excepto si cometían traición. Las autoridades reservaban la cruz para los esclavos rebeldes y los pueblos conquistados, y para los ladrones y asesinos más notorios. La política del Imperio Romano en cuanto a la crucifixión llevó a los romanos a tener a cualquier crucificado como digno de desprecio absoluto. Usaban la cruz solo para la escoria, para los más humillados, para los más bajos de los más bajos.

Los soldados primero azotaban a las víctimas, luego las obligaban a llevar su cruz, el instrumento de su propia muerte, al sitio de la crucifixión. Los letreros que les colgaban del cuello indicaban los crímenes que habían cometido, e iban totalmente desnudos. Luego, los soldados los ataban o clavaban al travesaño, los izaban para colocarlos en el poste vertical, y los dejaban allí colgados, desnudos. Los verdugos podían acelerar la muerte quebrándoles las piernas, porque eso hacía que la víctima no pudiera empujarse hacia arriba para poder llenarse los pulmones de aire. Si no les quebraban las piernas, la muerte podía tardar días. La humillación final era dejar el cuerpo colgado allí hasta que se pudriera.

Los gentiles también veían a todo crucificado con el más completo desdén. Era una escena prácticamente obscena. La sociedad educada simplemente no hablaba de la crucifixión. Cicerón escribió: “La sola palabra ‘cruz’ debería eliminarse, no solo de la persona del ciudadano romano, sino de sus pensamientos, sus ojos y sus oídos”.

Y ante todo esto, Pablo vino y todo lo que habló fue acerca de… ¡la cruz! Podemos captar algo del profundo desprecio que los gentiles tenían por cualquier crucificado en algunas de las afirmaciones paganas en cuanto a Cristo. Las palabras pintadas en una piedra en un salón de guardias de la Colina Palatina, cerca del Circo Máximo, en Roma, muestran la figura de un hombre con cabeza de asno colgando de una cruz. Debajo, se halla un hombre en gesto de adoración y la inscripción dice: “Elexa Manos adora a su Dios”. Tal repulsiva representación del Señor Jesucristo ilustra vívidamente el desdén del pagano por un crucificado, y particularmente por un Dios crucificado. La primera apología de Justino, en el año 152 d. C., resume la noción de los gentiles: “Proclaman que nuestra locura consiste en esto, que ponemos a un crucificado a un nivel igual al del Dios eterno e inmutable”. ¡Locura!

Si la actitud de los gentiles era mala, la actitud de los judíos era peor, e incluso más hostil. Detestaban la práctica romana y se mofaban de ella más que los romanos. En su opinión, el que acababa en una cruz cumplía Deuteronomio 21.23: “No dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero… porque maldito por Dios es el colgado”. ¿Quiere decir esto que el eterno Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Señor mismo, recibió maldición? ¿Cómo podía Dios maldecir a Dios? Es absolutamente impensable. ¿Qué Dios maldijo al Mesías? Para los judíos era inconcebible.

Veían la crucifixión no solo como un estigma social, sino como maldición divina. Así que el estigma de la cruz significaba, más allá de la desgracia social, la misma condenación divina. La Mishná, que es un comentario de la ley del Pentateuco producido en el siglo II d.C., indicaba que se debía crucificar solo a los blasfemos y a los idólatras, e incluso en esos casos, los verdugos colgaban sus cuerpos en la cruz solamente después de muertos. ¿Cómo podía el Mesías ser blasfemo? ¿Cómo podía Dios blasfemar contra Dios? Los judíos se atragantaban con la idea de un Cristo crucificado. Esto hacía al evangelio imposible de creer.

¿Piensa usted que tiene problemas en proclamar el evangelio hoy? Imagínese a los primeros cristianos. Si decían la verdad, enfrentaban un obstáculo masivo: sus afirmaciones eran locura, escandalosas, procaces, blasfemas, increíbles.

Pablo no era un predicador de mensaje fácil. Dios mismo, en forma del Cristo crucificado, era el mayor obstáculo para creer en Él. Francamente, no parece que Dios pudiese haber puesto una barrera más formidable a la fe en el primer siglo. No puedo pensar en una peor forma de mercadeo para el evangelio que predicarlo así.

¡No es extraño que tanto los gentiles como los judíos detestaron el mensaje de Pablo! Era un mensaje que estaba más allá de la credulidad humana. No era un mensaje fácil para el que busca, sino absurdo y hasta aberrante.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B233107bnnbbnbbngtbv ujhn b

Avergonzados de Jesús | John MacArthur

Avergonzados de Jesús
by John MacArthur

No estoy seguro de si usted ha notado, como yo, lo difícil que es para los creyentes en televisión o ante el público decir el nombre Jesús. Incluso líderes evangélicos bien conocidos evitan ese nombre al hablarle a un público numeroso, y evitan mencionar “cruz”, “pecado”, “infierno” y otros términos fundamentales de la fe. Hablan mucho de la fe de una manera general y poco comprometedora, pero esquivan cualquier afirmación que les exija adoptar una posición.

En los días que siguieron al ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, muchos estadounidenses instintivamente buscaron valor y solaz en Cristo. Pero incluso en ese entonces, en un servicio en la Catedral Nacional de Washington, D.C, que se transmitió en vivo a todo el mundo, un ministro cristiano elevó una oración en el nombre de Jesús, pero “respetando a todas las religiones”. ¿A todas las religiones? ¿A los druidas? ¿A los que adoran a los gatos? ¿A las brujas? Un ministro cristiano de una iglesia cristiana no debe sentirse obligado a condicionar ni a pedir disculpas por orar al único Salvador verdadero.

Pablo dio una afirmación impresionante en Romanos 1:16-17:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”.

¿Por qué dijo Pablo: “No me avergüenzo del evangelio?” ¿Quién se va a avergonzar de noticias buenas como estas? Si alguien encuentra la cura para el SIDA, ¿lo abrumaría la vergüenza como para no proclamarla? Si alguien descubriera una cura para el cáncer, ¿sentiría tan terrible vergüenza como para no poder abrir la boca? ¿Por qué es tan difícil mencionar la cruz?

Aunque el mensaje de salvación que Pablo proclamaba era el mensaje más maravilloso e importante de la historia, el público y las autoridades lo habían tratado de manera humillante por predicarlo vez tras vez. Ya por aquel entonces en su ministerio, lo habían apresado en Filipos (Hechos 16:23-24), lo habían obligado a salir corriendo de Tesalónica (Hechos 17:10), lo habían hecho escabullirse de Berea (Hechos 17:14), se habían reído de él en Atenas (Hechos 17:32), lo habían tildado de loco en Corinto (1 Corintios 1:18, 23) y lo habían apedreado en Galacia (Hechos 14:19). Tenía muchas razones para avergonzarse, pero su entusiasmo por el evangelio no disminuía. Jamás, ni por un momento, consideró diluirlo para hacerlo más atractivo al público.

En algún momento u otro de nuestra vida como creyentes, todos hemos sentido vergüenza y hemos mantenido nuestra boca cerrada cuando debimos haberla abierto. O, llegada la oportunidad, nos hemos escondido detrás de algún mensaje inocuo tipo “Jesús te ama y quiere que seas feliz”. Si usted nunca se ha sentido avergonzado por proclamar el evangelio, probablemente nunca lo ha proclamado claramente, en su totalidad, tal como Jesús lo proclamó.

¿Por qué no puede el creyente ejecutivo de negocios testificar ante su junta administrativa? ¿Por qué el catedrático universitario creyente no puede pararse ante la facultad entera y proclamar el evangelio? Todos queremos que nos acepten, y sabemos, como Pablo lo descubrió tantas veces, que tenemos un mensaje que el mundo rechazará; y que mientras más nos aferremos a ese mensaje, más hostil se volverá el mundo. Así es como empezamos a sentir vergüenza. Pablo superó eso por la gracia de Dios y el poder del Espíritu, y dijo: “No me avergüenzo”. Es un ejemplo contundente para nosotros, porque sabemos el precio de la fidelidad a la verdad: el rechazo del público, la cárcel y, al final, la ejecución.

La naturaleza humana en realidad no ha cambiado gran cosa en toda la historia; la vergüenza y el honor eran asuntos muy serios en el mundo antiguo, tal como lo son hoy. Allá por el siglo IX antes de Cristo, el poeta épico Homero escribió: “El bien principal era que hablaran bien de uno, y el mal mayor, que hablaran mal de uno en la sociedad”. En el siglo I de nuestra era, el apóstol Pablo ministraba en una cultura sensible a la vergüenza, que buscaba el honor, y sin sentir vergüenza alguna, predicaba un mensaje ofensivo respecto de una persona a quien habían avergonzado en público. Era un mensaje muy hiriente. Era escandaloso. Era necio. Era insensato. Era anacrónico.

Sin embargo, como dice 1 Corintios 1:21, “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Era este escandaloso, hiriente, necio, ridículo, extraño, absurdo mensaje de la cruz el que Dios usaba para salvar a los que creen. Las autoridades romanas ejecutaron a su Hijo, el Señor del mundo, por un método reservado solo para las heces de la sociedad; sus seguidores tendrían que ser lo suficientemente fieles como para arriesgarse a sufrir el mismo fin vergonzoso.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B232407