Evangelizando a La Iglesia

“El evangelio, la cruz y la gracia son tan solo el a-b-c del cristianismo; la entrada. Hay que hablar de estos temas a los nuevos creyentes y después pasar a otros (temas) más ‘profundos’, como el carácter, la santidad y disciplina”. Los músculos faciales bajo la piel de mi rostro inconscientemente formularon una expresión que combinaba angustia y desapruebo (y también un poco de enojo), mientras escuchaba desde la primera fila de aquella iglesia al reconocido predicador seguir con su sermón.

La práctica de atesorar, meditar y predicar el evangelio entre creyentes es tan necesaria como es misteriosamente gloriosa. Aunque quizá en menor escala que en aquella lamentable prédica, en muchas ocasiones el evangelio es tratado como una vieja señal en la carretera; un aviso que la iglesia rebasó a gran velocidad y que lentamente empezó a desaparecer en la niebla en el espejo retrovisor. Meditar en el evangelio es una disciplina olvidada para tantos, considerada como opcional o innecesaria, mientras debería ser el ancla, estandarte y médula ósea del resto de la travesía que nos llevará en ese gran día hasta los brazos de Cristo.

LO CENTRAL EN EL CENTRO
Es sorprendente ver que tantos que dicen creer en el evangelio y su importancia lo llegan a perder de vista entre el bullicio del mundo. Aún más trágico, entre los creyentes hay una común tentación de olvidarnos del evangelio entre la vistosa “cultura cristiana” en la que algunos vivimos, una que parece hacer a lo periférico cada vez más central y a lo central cada vez más periférico. Llegamos a ignorar que en el corazón de la Escritura misma están las buenas noticias, el relato hermosamente tormentoso de la elegancia y definición del amor incansable del Creador por su creación perdida. El intercambio del justo por los injustos. El rescate, solo hecho posible por la masacre del incandescente Rey que escogió espinos por corona y sangrienta desnudez por vestiduras reales.

Sin este mensaje, sin el Cristo del evangelio, simplemente no habría vida; mucho menos cristianismo.

CRISTO FUERA DE LA IGLESIA
Quizás al leer este o alguno de los demás artículos del mismo tema alguien podrá preguntarse: “¿Como es que la iglesia puede llegar a menospreciar el evangelio que la salvó?”. Esa pregunta sencilla tiene una respuesta terrible.

Temo decir que hay momentos en que nuestra liturgia, tradiciones, estrategias, métodos, deseo por relevancia, y aun nuestro celo por la predicación se llegan a volver más importantes para nosotros que el mensaje de amor que por gracia nos es encomendado, ese mensaje que el mismo Jesús nos encomendó.

Pocos lo admitiríamos, pero puede ser que al evaluar el uso de nuestro tiempo, recursos y preocupaciones nos empecemos a dar cuenta de que en papel, nuestras prioridades están en orden, pero en la práctica algo se desequilibra. Una señal de que esto está pasando es que nos volvemos los jugadores en el campo, y nuestras propias porristas. Entretenemos nuestra cosmovisión, elogiamos nuestras denominaciones, alentamos a los que piensan, actúan y hacen iglesia como nosotros, criticando a aquellos que no compartan cada punto con nosotros; volviendo nuestra ideología lo central y una vez más dejando al Jesús del evangelio por los márgenes. Ningún fruto del árbol del evangelio, por más delicioso que sea, es tan importante como el mismo árbol del que es formado.

En Apocalipsis 3:20 escuchamos el resonante llamado de la gracia de Cristo para reconciliar a la iglesia que se creyó autosuficiente con la dulce dependencia y suficiencia de la intimidad con Cristo. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo”. Estas palabras no fueron destinadas al mundo, ¡Cristo le estaba hablando a la iglesia! Así como hizo con Laodicea, Cristo nos llama en misericordia a volver a hacerlo el centro de nuestra teología, de nuestra liturgia y de nuestras vidas.

A-B-C… Y D Y F Y E, HASTA LA Z
Cuando alguien entiende que el evangelio no es solo la entrada a la nueva vida en Cristo, sino igualmente el camino y destino de esta misma, comienza a ver la magnitud de la importancia de predicar y desbordar en cada conversación, pensamiento y movimiento este evangelio, a tiempo y fuera de tiempo, dentro y fuera de la iglesia. Si escogemos nuestras peleas podemos darnos cuenta de que quizá hemos defendido asuntos importantes descuidando el más importante a defender. Nunca es mal momento para regresar a hacer de lo más importante, lo más importante otra vez (Cp. Luc. 10:38-42).

Que nuestra oración sea la de ver una iglesia que no solo absorbe sino refleja la luz del evangelio en todo el mundo. Una luna reflejando en la noche oscura la promesa de un nuevo amanecer. Espejos de Su gloria, que han sido limpiados y aclarados para así comunicar más claramente la brillantez de Su amor y santidad. Pero para mejor hacer su función, el espejo debe ser colocado en el lugar donde recibe más intensamente la luz que busca reflejar. Que así la iglesia, enfocada en las buenas noticias para la humanidad, para así contarlas y vivirlas con fe, esperanza y amor.

Si la norma es que las personas salgan de nuestras iglesias, servicios, sermones, tiempos de adoración corporativa, enseñanzas o ministerios diciendo “que buen expositor”, “que agradable ambiente”, “que doctrina tan bien desarrollada”, “que buena producción”, o aun “que ministerio tan relevante”, en vez de “¡que glorioso es Jesucristo y su evangelio!”, algo tenemos que reajustar. Estas cosas que mencioné no son buenas, ¡son maravillosas! Pero son frutos de vidas y comunidades centralizadas en el evangelio, que si llegan a volverse el centro de atención, ¡atentan contra la exclusividad del mismo evangelio que las sostiene!

Al hacer a Jesucristo y al evangelio el centro de nuestras vidas, aseguramos fruto permanente en todas las ramas y expresiones tan variadas de la fe cristiana. Que después de que cualquier persona sea expuesta a nuestras vidas y palabras, una cosa quede marcada en su mente y corazón: Jesucristo y su glorioso evangelio de radiante gracia (1 Cor. 2:1-5). Todo lo demás, incluyéndonos a nosotros, puede ser olvidado.

El éxito

Serie: El éxito
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El éxito

Bien hecho. Gran trabajo. Así se hace. Cuando éramos niños, nos encantaba oír palabras de ánimo de nuestros padres, madres, abuelos, profesores y entrenadores. Recuerdo con cariño la sonrisa de aprobación de mi padre y el abrazo cariñoso de mi madre cuando hacía un buen trabajo. A decir verdad, como adultos seguimos deseando que nos digan que lo hemos hecho bien. Nos encanta que nos animen cuando hemos tenido éxito.

Dios nos ha dado un deseo inherente de tener éxito. Queremos ser hombres, mujeres, padres, abuelos, empleados, estudiantes y cristianos de éxito. Queremos tener éxito no solo porque nos sentimos bien al tenerlo, sino porque sabemos que es bueno alcanzarlo. Queremos tener éxito por nuestra propia seguridad y para poder mantenernos a nosotros mismos y a nuestras familias. Queremos que nuestras vidas importen, y queremos que nuestro trabajo importe. Queremos ser apreciados, respetados y amados. No queremos hacer lo mejor posible y fracasar, y no queremos tener éxito en las cosas equivocadas. Queremos hacer las cosas correctas y que nuestras vidas marquen la diferencia en lo que realmente importa.

Algunos dicen que el deseo de éxito es intrínsecamente malo. Otros creen que el éxito terrenal es lo único que importa. Ambos se equivocan. Dios nos dio el deseo de tener éxito, y al esforzarnos por alcanzar el éxito según lo define la Biblia, damos gloria a nuestro Creador. Sin embargo, el éxito bíblicamente definido no siempre se parece al éxito según el mundo. Dios nos llama a ser fieles, porque ese es el verdadero éxito. Ser fiel siempre significa ser fructífero y exitoso a los ojos de Dios. Pero no siempre significa ser exitoso a los ojos de los hombres. Dios nos llama a ser fieles dependiendo cada día del Espíritu Santo para que prospere nuestro camino y tengamos buen éxito para Su gloria, no para la nuestra (Jos 1:8; Sal 118:25). Y mientras esperamos el regreso de Jesucristo, quien es nuestra única esperanza de éxito verdadero y definitivo, esforcémonos por ser siempre fieles para que podamos oír a nuestro Salvador decir: «Bien, siervo bueno y fiel» (Mt 25:23a)..

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Jesús de Nazaret (1)

Jueves 22 Septiembre
Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (Dios con nosotros).
Isaías 7:14
Jesús de Nazaret (1)
 – Un nacimiento milagroso. Jesús es el Hijo de Dios desde siempre. Él nació en la tierra en Belén, de una virgen llamada María. ¿Esto le parece imposible? Para Dios, el Creador del universo, todo es posible. Centenas de años antes, varios profetas judíos hablaron de él: “Pero tú, Belén… de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miqueas 5:2; Isaías 7:14, versículo del día).

 – Una vida de bien. Jesús se dedicó totalmente al bien de los de su tiempo. Alivió el sufrimiento físico, moral y espiritual de muchos.

Jesucristo hacía lo que decía, y decía lo que pensaba. Su vida era la expresión de lo que Dios es: amor y luz. Su conducta era el ejemplo de una pureza perfecta. Los que lo veían se asombraban y decían: “Bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar” (Marcos 7:37).

Jesús de Nazaret enseñaba. Sus palabras y su vida demostraban su sabiduría y su autoridad. “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46), declararon los que le deseaban el mal, pero que, desconcertados por lo que decía, cambiaron de opinión. Jesús nunca dejó indiferente a nadie. Unos se postraron a sus pies, otros llegaron a ser sus enemigos. Amor demasiado grande y luz demasiado fuerte, que revelan el mal en el corazón de los hombres. Poco antes de morir, Jesús afirmó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6).

(mañana continuará)
Jeremías 51:33-64 – 2 Corintios 11:1-15 – Salmo 106:32-39 – Proverbios 23:26-28

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Cuando Dios no remueve el aguijón

Cuando Dios no remueve el aguijón
Gerson Morey

Uno de los relatos más conmovedores y honestos dentro de los escritos del apóstol Pablo se encuentra en la segunda carta a los Corintios. En ella, Pablo ha venido describiendo una experiencia que había tenido catorce años antes de escribir esta epístola, cuando dice él que “fue arrebatado hasta el tercer cielo” (2 Co. 12:2). En ese lugar, continúa el apóstol, “oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Corintios 12:4). Sin duda la experiencia de este gran hombre de Dios fue extraordinaria, única y gloriosa.

No obstante, Pablo reconoce que en vista del riesgo de auto exaltarse y vanagloriarse por esa experiencia, “me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee” (2 Co. 12:7). El sentimiento de angustia se profundiza cuando después de orar, se le da a entender que el aguijón no será removido: “respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9). Con seguridad la respuesta divina dejó perplejo al apóstol, al menos inicialmente.

A través de los años, los teólogos no se han puesto de acuerdo en cuanto a la naturaleza del aguijón de Pablo. Algunos han especulado con una enfermedad, y otros con una debilidad personal, etc. Más allá de esto sabemos que era una situación o condición que lo doblegaba y afligía al extremo.

No obstante, los creyentes nos podemos identificar con la experiencia de Pablo. En cierto sentido, todos en algún momento hemos experimentado (o seguimos experimentando) nuestro “aguijón”. Eso que nos doblega, nos aflige, y nos humilla. Eso que nos punza e incomoda. Persecución, debilidad, enfermedad, escasez, temores, traumas o dolores. Sea lo que sea, nos aflige y estremece. Y lo que más nos frustra es que le pedimos a Dios, y el “aguijón” no es removido. Como le pasó a Pablo.

“Bástate mi gracia” le respondió el Señor a Pablo, y nos responde a nosotros también. “Mi gracia es suficiente. Mi gracia te basta”. Porque cuando Dios trae algo a nuestra vidas, sigue siendo un acto de su bendita y soberana gracia. Por gracia lo permite. Por gracia lo envía. Por gracia nos sostiene en medio de esas circunstancias difíciles. Por gracia obra y usa ese aguijón para nuestro bien. Por gracia está formando la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). Su gracia es suficiente.

De eso se trata el evangelio: el anuncio de las buenas nuevas de salvación por gracia. En realidad toda la experiencia de la salvación es un don de la gracia de Dios, desde nuestra conversión inicial hasta la glorificación final, incluyendo nuestra santificación.

Esa es la razón por la que Dios no remueve el aguijón: Porque en medio y por medio de este, Él esta formando el carácter de su Hijo en nosotros.

Pablo le dijo a los Tesalonicenses que “la voluntad de Dios es vuestra santificación”( 1 Ts. 4:3). El Señor desea y está comprometido en hacernos crecer en santidad. A los filipenses se les dijo que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Hacernos y transformarnos a Su imagen es la gran obra que el Señor empezó, hace y terminará hasta el final.

Cuando Dios no remueve el aguijón es porque Él está obrando. Cuando la adversidad, la aflicción y el dolor perduran, debemos confiar que él no es ajeno a nuestra circunstancias. Dios es soberano y rey sobre nuestras dificultades, establece sus límites y los usa para nuestro provecho. Podemos descansar en que Su perfecta y bendita voluntad se está cumpliendo y que eso es lo mejor para nosotros.

La gracia es mayor que el aguijón. Su gracia es suficiente.

​Gerson Morey es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Actualmente sirve como pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie, al Sur de la Florida. Es autor del blog: El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos: Christopher, Denilson y Johanan. Es el autor de La humildad: El llamado a vivir vidas de bajo perfil.

EL FRUTO DEL ESPÍRITU | David Robles

EL CONSOLADOR
La persona y obra del Espíritu Santo

David Robles

La Conferencia Expositores existe para fortalecer a la iglesia local a través de la capacitación de sus líderes. Hemos diseñado una conferencia anual que se realiza en Los Ángeles, California en el campus de Grace Community Church.

David Robles se desempeña como pastor docente de la Iglesia Evangélica León y es presidente fundador y profesor del Seminario BEREA (España). Tiene un amplio ministerio de enseñanza y predicación por toda España y otros países de habla hispana. David se graduó del Seminario Bíblico Multnomah (Bible Certificate, 2001) y The Master´s Seminary (M.Div. 2004).

El mundo más nuevo y desafiante

El mundo más nuevo y desafiante
Por Andrew M. Davis

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Cuando la imaginación humana concibe el futuro, tiende a concebir sueños o pesadillas. Los sueños viven en el corazón de los idealistas, que suponen que el ingenio humano es suficiente para construir un mundo perfecto. Las pesadillas atormentan la mente de los realistas, que expresan sus temores en escenarios catastróficos que consideran ineludibles. Los cristianos, sin embargo, han sido llamados por Dios a una realidad futura infinitamente superior, a una esperanza mejor que cualquier sueño —los cielos nuevos y la tierra nueva— unida a una valentía que reconoce que el camino hacia ese mundo perfecto será sangriento y aterrador.

Desde que la humanidad fue expulsada del jardín del Edén, hemos anhelado volver, o al menos crear, un mundo perfecto de nuestra propia autoría. El orgullo humano impulsó la construcción de la torre de Babel, gracias a un avance tecnológico en los materiales de ingeniería: el descubrimiento de que la cerámica bien cocida era superior a la piedra tallada para construir estructuras elevadas. La evaluación que hace Dios del potencial humano es sorprendente: «Nada de lo que se propongan hacer les será ahora imposible» (Gn 11:6). Pero Dios interfirió confundiendo el lenguaje y frenando el proceso de ingeniería social.

Desde entonces, la historia ha sido un largo viaje del orgullo humano, el poder y la tecnología en busca de un mundo perfecto lejos de Dios. A principios del siglo XX, los sueños utópicos alcanzaron niveles de optimismo asombrosos. H.G. Wells, impávido ante la carnicería de la Primera Guerra Mundial, escribió Men Like Gods [Hombres como dioses] en 1923. Describe un universo utópico paralelo en el que el socialismo, la ciencia y la educación han erradicado todos los males. En 1932, Aldous Huxley respondió con una parodia pesimista titulada Brave New World [Un mundo feliz]. En ella, ofrecía una visión aterradora de un mundo en el que la tecnología y el nihilismo hedonista creaban una existencia de placer sin sentido. Su mundo feliz era una pesadilla.

Hoy en día, los cristianos se enfrentan a un mundo que cambia a un ritmo vertiginoso. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 provocaron la implosión instantánea de dos de los edificios más altos del mundo. El último trimestre de 2008 vio la erradicación casi instantánea de años de inversiones en pensiones en un desplome de la bolsa. Mientras tanto, los laboratorios del mundo siguen produciendo tanto maravillas tecnológicas como pesadillas éticas: dispositivos inalámbricos de Internet y extraños experimentos genéticos de laboratorio. Los cristianos contemplan un futuro muy incierto, impulsado por fuerzas difíciles de entender y más difíciles de predecir. ¿Cómo deben los cristianos contemplar el futuro?

El punto de partida para nosotros es la revelación en la Escritura del poder soberano de Dios en la orquestación de un plan para un mundo futuro de gloria indescriptible. Aunque la humanidad puede hacer maravillas tecnológicas que se elevan desde las llanuras de Babel, Dios tuvo que descender una gran distancia desde Su trono celestial para inspeccionar su obra. Dios gobierna, Su poder es infinito y sigue empeñado en interferir en la historia de la humanidad, frenar el mal y llevar a cabo Su plan.

¿Y cuán glorioso es ese plan? Los corazones humanos nunca lo habrían elaborado y ni siquiera pueden concebirlo adecuadamente, pero Dios nos lo ha revelado por Su Espíritu (1 Co 2:9-10). Ese plan es para el mundo más nuevo y desafiante posible. Será el mundo más desafiante posible porque se basará en la valentía incomparable de Jesucristo al beber la copa de la ira de Dios por sus habitantes. Y en ese nuevo mundo no entrarán más que los valientes, porque los cobardes serán eliminados (Ap 21:8), y solo se concederá el derecho a entrar a los que venzan al mundo por la fe. No se requerirá valentía para vivir allí, pero será un mundo que se alcanzará mediante los mayores actos de valentía de la historia. El libro del Apocalipsis deja claro que es un camino de tribulación, incluso de martirio sangriento, el que conduce al mundo perfecto, y la disposición de los santos a considerar que sus sufrimientos no son dignos de comparación con la gloria que se revelará en ellos trae la mayor gloria a Dios.

También será el mundo más nuevo posible, porque Dios dice: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21:5), por eso se les llama cielos nuevos y tierra nueva. Será un mundo nuevo para explorar, un mundo en el que no habrá más muerte, luto, llanto y dolor, porque el viejo orden de cosas habrá pasado. La adoración será nueva, ya que los habitantes del lugar cantarán un cántico nuevo que no se puede enseñar en la tierra (14:3). Su morada será nueva —la nueva Jerusalén— y brillará con vistas y tecnologías actualmente inimaginables. Su visión de las glorias de Dios se renovará constantemente, pues los redimidos nunca se cansarán de contemplar Su rostro.

Los cristianos deben saturar sus corazones con estas promesas mientras se ciñen de valentía para el camino que tienen por delante. Es un camino lleno de cambios, pero esos cambios son ordenados y gestionados por la sabiduría soberana de Dios. La imaginación incrédula mira hacia adentro para estudiar la ingenuidad o la maldad del ser humano, y luego mira hacia adelante a los sueños utópicos o a las pesadillas distópicas. El corazón cristiano mira hacia arriba, hacia el Dios de la Biblia, y luego mira hacia adelante con valentía frente al viaje terrenal que aún queda y con esperanza en el mundo nuevo que viene.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Andrew M. Davis
El Dr. Andrew M. Davis es pastor de la First Baptist Church en Durham, Carolina del Norte, y profesor adjunto de teología histórica en Southeastern Baptist Theological Seminary.

El diablo, ¿puede creerlo?

Miércoles 21 Septiembre
El dios de este siglo (Satanás) cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.
2 Corintios 4:4
El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies.
Romanos 16:20
El diablo, ¿puede creerlo?
En los últimos años, los medios de comunicación han asociado varios hechos trágicos (suicidios, asesinatos…) con Satanás. Pero esto no impide que a veces oigamos decir irónicamente: Satanás, ¿puede creerlo? En efecto, son muchos los que no creen en su existencia. Se suele decir: “El mejor truco del diablo es convencerlo de que él no existe”.

Tal vez usted no crea en la existencia del diablo. Sin embargo, la Biblia afirma que este ser extremadamente inteligente es un terrible enemigo espiritual. Este espíritu maligno, que se rebeló contra Dios y acusa a los creyentes, dirige las “huestes espirituales de maldad” (Efesios 6:12). Jesús nos advierte que el diablo es “homicida desde el principio… mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44). Desde el comienzo de la humanidad, en el huerto del Edén, Satanás desvió al hombre. Y continúa haciéndolo a través de las artimañas más variadas (Efesios 6:11) para empujarlo al mal. Engaña a los seres humanos que están expuestos a sus ataques y a sus artificios. También “se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14) para seducir, si es posible, incluso a los creyentes: él es el verdadero enemigo de su alma. No obstante, aunque Satanás continúa cegando el entendimiento de los hombres, “la luz del evangelio de la gloria Cristo” aún resplandece. Satanás, poder de maldad, obra para mal y para la muerte. Pero Jesucristo, quien lo venció en la cruz, anuló la muerte y sacó a luz la vida por el evangelio del amor de Dios (2 Timoteo 1:10).

Jeremías 51:1-32 – 2 Corintios 10 – Salmo 106:28-31 – Proverbios 23:24-25

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?

¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?
Por Heber Torres

Hace algunos años, la prensa internacional se hacía eco del fallecimiento de un acaudalado joven portugués. Además de lo precoz de su partida (solamente tenía 42 años), lo que más llamó la atención de los periodistas fue la historia que este hombre escondía detrás. Una suculenta fortuna figuraba a nombre de Luis Carlos de Noronha Cabral da Camara, un enigmático individuo que nunca se casó ni tuvo hijos. Solo y sin herederos, el excéntrico millonario había escogido una fórmula verdaderamente disparatada para determinar quiénes serían los beneficiarios de su patrimonio. Ni corto ni perezoso, agarró una guía telefónica y de entre el total de los inscritos seleccionó a setenta ciudadanos “anónimos” como legítimos herederos. La sorpresa para todos y cada uno de los premiados el día en que los citaron para el reparto fue mayúscula. Pero la variedad de bienes legados no resultó menos insólita: lujosos apartamentos, coches, dinero y hasta pistolas de coleccionista.

Los que somos padres no necesitamos recurrir a la guía telefónica –¡si es que todavía existen! – para escoger a nuestros herederos. La cuestión no es tanto a quiénes, sino cuál será el legado que dejaremos a nuestros hijos. No estoy pensando en bienes materiales. Estos vienen y van, se deprecian y se devalúan, y por mucho que nos afanemos nunca podrán trasladarse más allá de la esfera de lo efímero y lo temporal. Seamos ricos o pobres, tengamos más o menos posibilidades económicas, los padres ejercemos una influencia tan poderosa como duradera en la vida de aquellos sobre los que Señor nos ha puesto. Salomón era muy consciente de que no es necesario, ni sabio, confiar y esperar al testamento para comenzar a influir en la vida de nuestros hijos (Proverbios 22:6). En ese sentido, cada día “repartimos” nuestra herencia haciéndoles receptores y consignatarios de nuestras decisiones, reacciones, instrucciones, así como de nuestras palabras. Como aprendices natos que son, ellos observan y se empapan de lo que somos, de lo que hacemos y de cómo lo hacemos. Al punto que cada interacción que tenemos con ellos impacta, moldea y configura su carácter. ¡Qué gran responsabilidad!

En 2 Timoteo 3, Pablo advierte a su pupilo Timoteo acerca del tipo de hombres que abundarán en esta era en la que nos ha tocado vivir, particularmente refiriéndose a aquellos que ocupan una posición de liderazgo e influencia. Entre otras muchas “lindezas” los describe como calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno…. Pero en toda esta lista cada vez más degradante también coloca a los que manifiestan actitudes aparentemente menos “escandalosas” y que se encuentran estrechamente ligadas a lo que conocemos como “orgullo”. El apóstol comienza por los que son amadores de sí mismos, y, del mismo modo, incluye a los jactanciosos, a los soberbios o a los envanecidos. Y es que, finalmente, los que tienen tal alto concepto de sí mismos, terminan también por tener una mente depravada y ser reprobados en lo que respecta a la fe (2 Timoteo 3:7). Definitivamente no quisiéramos que esta clase de personas, ejercieran influencia alguna en la vida de nuestros hijos. Mucho menos ser nosotros los que actuaran de un modo tan orgulloso. Pero, tristemente, se trata de un comportamiento habitual en muchos hogares. Ya sea por alardear nuestros logros buscando la adulación y las lisonjas de nuestra familia, o porque somos incapaces de reconocer nuestros errores y limitaciones, los padres podemos estar actuando de manera orgullosa. Y, por ende, lanzando un mensaje a nuestros hijos que dista mucho de ser el adecuado como súbditos del Rey de reyes.

El orgullo ante el éxito
La Biblia nos enseña que hemos de esforzarnos en aquello que emprendemos, como esa hormiga que es responsable aun cuando nadie la vigila ni le obliga a ello (Proverbios 6:6–8). En un mundo orientado al entretenimiento y dónde muchos viven entregados a la ley del mínimo esfuerzo, como padres debemos ser un ejemplo de dedicación y empeño en todo lo que el Señor traiga a nuestro camino. Pero lejos de jactarnos en aquello que logramos, cuando conocemos a Aquel que nos da la vida queremos vivirla según Su voluntad (Jeremías 9:23–24). El Espíritu de Dios nos recuerda que es Dios mismo el que produce en nosotros tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13). Por eso lo hacemos todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). En palabras de Jerry Bridges:

“Desde el punto de vista humano podría parecer que hemos triunfado como resultado de nuestra gran tenacidad y trabajo arduo. Pero ¿quién nos dio ese espíritu emprendedor y buen juicio para lograrlo? Dios. A los corintios orgullosos Pablo les escribió ‘Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’ (1 Corintios 4:7). Por lo tanto, ¿qué tienes que no hayas recibido? Nada. Todo lo que tienes es un regalo de Dios. Nuestro intelecto, nuestras habilidades y nuestros talentos naturales, la salud y las oportunidades para triunfar vienen del Señor.”

No importa cuán imponente llegue a ser nuestro logro. Por más atractivo que resulte a la vista, el orgullo, cual ponzoña imperceptible, lo contamina hasta convertirlo en un fruto venenoso. Aquello que podría haber despertado el respeto o la admiración de nuestros seres queridos; eso en lo que hemos invertido tiempo, esfuerzo y dedicación; lo que, en definitiva, el Señor nos permite alcanzar, queda oscurecido y mancillado en el momento en el que nos hinchamos ocupando el lugar que no nos corresponde. Nuestra altanería, en lugar de elevarnos, nos hace descender al terreno de lo mediocre, esto es, allí dónde la insolencia y la vanidad campan a sus anchas. Sin embargo, bien sea en lo extraordinario o en lo recurrente, hemos de recordar cuál es nuestra verdadera posición, sabiendo que aun el aire que respiramos es resultado de la gracia de Dios. En lo mismo que el Señor Jesucristo instruyó a sus discípulos, debemos enseñar a nuestros hijos. Una vez, eso sí, que sea una realidad para nosotros primero: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Siervos inútiles somos, hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”. (Lucas 17:10).

Cada conquista, cada objetivo cumplido, nos proporciona una doble oportunidad de trasladar un ejemplo piadoso a nuestros hijos. Por un lado, siendo responsables ante lo que el Señor nos ha encomendado y, al mismo tiempo, dándole la gloria a Aquel que nos ha permitido llevarlo a cabo.

El orgullo ante el fracaso
Pocos escritores bíblicos han expuesto el peligro del orgullo con la claridad con la que Salomón lo hace en el libro de Proverbios. Además de insistir en la importancia de mantener una actitud humilde delante de Dios (y el prójimo), repetidamente nos advierte del peligro de dejarnos seducir por el orgullo. Resulta significativo que tanto su padre como su hijo experimentaron una gran paliza como resultado de su altivez.

El rey David es, sin duda, uno de los personajes bíblicos más conocidos. A pesar de sus talentos y la admiración que despertaba en sus contemporáneos, este hombre mantuvo una conducta humilde durante gran parte de su vida. Sin embargo, ya casi al final de su trayectoria la magnitud de su dominio lo deslumbró. En 1 Crónicas 21 se nos relata como David, incitado por Satanás y desoyendo las advertencias de sus colaboradores más cercanos, quiso censar al pueblo con la idea de cuantificar su grandeza. Algunos años más tarde, su nieto Roboam, heredero de un reino todavía mayor, se creía infinitamente superior a todos sus gobernados. Al igual que lo había hecho su abuelo, desoyó el consejo de los sabios, pero fue mucho más allá, hasta oprimir al pueblo sin miramientos a fin de imponer su hegemonía (2 Crónicas 10).

Ambas decisiones fueron motivadas por un orgullo ciego y las consecuencias resultaron fatales, tanto para el pueblo como para las familias de estos hombres. Sin embargo, sus respuestas al fracaso resultaron diametralmente distintas. Roboam se afirmó en su dictamen y terminó por dividir un reino que nunca más se volvería a juntar. David, en cambio, reconoció su maldad, y concluyó aquel incidente ofreciendo holocaustos a Dios en la era de Ornán. Pero no solamente eso. Toda aquella situación lo movió a poner en marcha lo necesario para la construcción del Templo– obra que finalmente encargaría a su hijo Salomón– y a hacer esta confesión: “Él ha entregado en mi mano a los habitantes de la tierra, y la tierra está sojuzgada delante del Señor y delante de su pueblo” (1 Crónicas 22). ¡Qué actitud tan sumisa! Salomón fue testigo del fracaso de su padre, pero también de su sincera humillación. Una humillación que lo impulsó a invertir sus mejores recursos en la mayor construcción que el pueblo de Israel jamás ha conocido, haciendo a su hijo parte integral de ese proceso.

Evita la jactancia en tus triunfos y el engreimiento en tus fracasos. Y en todo lo que emprendas da a Dios la gloria debida a Su Nombre. De esa forma, además de vivir en obediencia, estarás legando a tus hijos un tesoro formidable con valor en este mundo y en el venidero.

Heber Torres
Heber Torres (M.Div.) es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

¿Demasiado bueno para ser verdad?

¿Demasiado bueno para ser verdad?

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Por Robert B Strimple

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Fui bautizado en 1935 y luego me criaron en una de las mayores denominaciones protestantes «principales». Pero a los doce años estaba tan decepcionado con los pastores que nos habían asignado, todos predicando el antiguo liberalismo tan popular en aquellos años, que les pregunté a mis padres si podía transferirme a la Iglesia presbiteriana ortodoxa local. Fui con su bendición, y el Señor me bendijo pronto con una fe bíblica cada vez más profunda.

A medida que examinamos la escena estadounidense actual, las iglesias principales, en lugar de volver definitivamente a la fe bíblica y abrazar el evangelio, simplemente han probado una sugerencia tras otra de «cómo atraer nuevos miembros» y posteriormente han visto cómo su membresía se reduce cada año. Y lo que es aun más triste para mí, el término «evangelicalismo» parece haber perdido todo significado. Las nuevas iglesias «emergentes» continúan llamándose evangélicas, pero para mi asombro han adoptado una teología de «relevancia cultural» que comparte mucho en común con el antiguo liberalismo de hace un siglo.

La mayoría de las iglesias evangélicas, por supuesto, todavía pretenden aferrarse al evangelio bíblico. Pero en lugar de predicar ese evangelio con gozo en toda su riqueza y en el poder del Espíritu Santo, demasiados asumen que sus oyentes ya aceptan ese evangelio y predican sermones sobre asuntos más «prácticos», como ser mejores cónyuges, padres, administradores del dinero, etc. La triste ironía es que sin una base firme en los fundamentos de nuestra fe cristiana, los oyentes de tales sermones no están logrando ni siquiera esos objetivos prácticos.

Hermanos y hermanas en Cristo, si nuestras iglesias han de ser verdaderamente gozosas y glorificar a Dios, creciendo tanto en fe como en número, el evangelio no debe ser asumido, debe ser predicado y creído (ver Ro 10:13-15). Ustedes, las ovejas por las cuales murió el Pastor, deben insistir a través de sus oficiales electos que el evangelio no sea asumido sino predicado en sus iglesias

Todos hemos visto las encuestas aterradoras. La más reciente que vi decía que los que profesaron ser cristianos eran el setenta y cinco por ciento de los llegaron a la edad adulta en la década de 1950 (esta es mi generación), el treinta y cinco por ciento de la siguiente generación (la de mis hijos) y, según proyecta este estudio en curso, será solo el quince por ciento de la generación que ahora está llegando a la edad adulta (la de mis nietos). Este estudio concluyó: «Los jóvenes de dieciocho años criados en la iglesia están rechazando su fe a un ritmo alarmante». ¿Cómo van a ser alcanzados y retenidos? Se les debe predicar el evangelio en el poder del Espíritu.

¿Por qué los llamados sermones de temas «prácticos» han reemplazado al evangelio? Permítanme sugerir lo siguiente: Marshall McLuhan, gurú canadiense de las comunicaciones de la década de 1960, el de la famosa frase de «el medio es el mensaje», declaró que «el problema de la iglesia es que el evangelio es una buena noticia en un mundo en el que las malas noticias son noticias». Pero el mensaje de la Biblia no solo es una buena noticia, ¡es una buena noticia milagrosa, que va más allá de nuestra imaginación! Y seamos realistas, esas noticias son más difíciles de creer que las noticias ordinarias y cotidianas sobre cómo mejorar las relaciones con el prójimo. Sí, el evangelio puede parecer demasiado bueno para creerlo. Pero debemos creer, porque la Palabra de Dios es verdadera y muchas evidencias lo atestiguan (He 2:3-4).

Los invito a leer de nuevo la maravillosa narración de Juan 11:17-45. La pregunta que nuestro Señor le dirigió a Marta, nos la dirige ahora a nosotros por medio de Su Espíritu: «¿Crees esto?» (v. 26). Que el Espíritu nos capacite a cada uno de nosotros para responder como lo hizo Marta: «Sí, Señor; yo he creído».

¿Qué tan perspicaz es la respuesta de Marta? Jesús ha hecho una afirmación impensable, impensable en labios de cualquiera, a menos que sea Dios mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25). Luego le pregunta: «¿Crees esto?». Y Marta responde: «Sí, Señor; yo he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene…». Marta vio correctamente la resurrección como el gran acto venidero de salvación de Dios. Ella sabía que la resurrección tendría lugar «en el día final» (v. 24). Pero ahora cae sobre ella la verdad adicional de que aquí ante ella está quien es Él mismo el gran acto final de salvación de Dios, ¡y Él ya ha venido! Aquí está el que prometió venir al mundo y marcar el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva era. La resurrección, el don de la vida: esta es la obra del Mesías. «Sí, Señor, creo que la vida está disponible ahora mismo, en ti», es lo que dice Marta en realidad, porque «tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene al mundo».

Pero tenemos más que el testimonio autoritativo de Jesús con respecto a Su poder de dar vida. También tenemos la señal autoritativa que Él obró. Jesús gritó: «¡Lázaro, sal fuera!», y el que había muerto en verdad salió (vv. 43-44). Jesús ejerció el poder de la resurrección. Y así Él se manifestó, tanto en obras como en palabras, como el Salvador verdadero y final, el Cristo, el Hijo de Dios.

Albert Camus, el novelista francés, ateo y existencialista, tan popular entre los estudiantes universitarios en mi época, hace que su héroe en La peste diga en un momento: «Salvación es una palabra demasiado grande para mí. No apunto tan alto». ¡Pero no es demasiado alto o maravilloso para Jesús! Las buenas noticias de la vida de la resurrección eterna en Jesús no son demasiado buenas para ser verdad. Nuestro Señor mismo dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert B Strimple
El Dr. Robert B. Strimple es presidente emérito y profesor emérito de Teología sistemática en el Westminster California. Es autor de The Modern Search for the Real Jesus [La búsqueda moderna del verdadero Jesús].

Engaño

Martes 20 Septiembre
Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.
Santiago 1:26
Nadie os engañe en ninguna manera.
2 Tesalonicenses 2:3
Engaño
En la Biblia, las palabras “engañar” y “engaño” tienen el sentido de “seducir o desviar a alguien de su objetivo”. Dios nos invita a no dejarnos seducir por la ilusión y la mentira que nos prometen una felicidad sin Dios. Podemos ser engañados por:

 – Las cosas materiales. Uno de los objetivos de la publicidad es producir el deseo de poseer lo que no tenemos, y lo cual no necesitamos realmente. El Señor nos pone en guardia contra el engaño de las riquezas que “ahogan la palabra” (Marcos 4:19), que impiden escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

 – Las personas. No se trata de desconfiar sistemáticamente, pues debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (mandamiento de la ley de Moisés, recordado siete veces en el Nuevo Testamento). Sin embargo, debemos velar para no dejarnos arrastrar al mal por algún compañero, para no escuchar la adulación de un colega, para no ceder a la insistencia de un cristiano que quisiera hacernos participar de opiniones que no son conforme a la Biblia.

 – El diablo. El apóstol Pablo dice a los creyentes: “Temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados” (2 Corintios 11:3).

 – Nosotros mismos. Es el engaño más sutil. Pablo dice: “El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3).

¿Cómo mantenerse alerta y no dejarse seducir? Buscando la verdad en la Palabra de Dios, que nunca nos engaña, y dejándonos guiar por el Espíritu Santo.

Jeremías 50:21-46 – 2 Corintios 9 – Salmo 106:24-27 – Proverbios 23:23

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