El evangelio de la prosperidad en mi propio corazón

Por David W. Jones

Si bien había estado expuesto al evangelio de la prosperidad previamente en mi vida, no fue hasta que empecé el seminario que lo pensé seriamente. Comencé a servir en iglesias locales durante mi tiempo como un estudiante, y estaba sorprendido encontrar a tanta gente bajo mi cuidado consumiendo material del evangelio de propiedad a través de diferentes medios de comunicación. Además, muchas personas parecían ver su relación con Dios como una transacción quid pro quo. Él era tratado como un dulce padre celestial que existía para hacerlos saludables, ricos y felices a causa del servicio prestado.

Al principio de mi carrera académica, publiqué en una revista teológica poco conocida un artículo titulado «La bancarrota del evangelio de la prosperidad» [1]. En él intenté sintetizar mis objeciones iniciales a la teología de la prosperidad, así como con suerte dar una dirección básica a aquellos atrapados en el movimiento del evangelio de la prosperidad. Para mi sorpresa, recibí comentarios inmediatos sobre mi breve publicación, tanto positivos como negativos. De hecho, sigo recibiendo más comentarios sobre ese artículo que sobre cualquier otra cosa que haya escrito.

Times Square NYC
Estas dos experiencias me llevaron a hacer esta pregunta: ¿por qué los cristianos evangélicos se sienten atraídos por el evangelio de la prosperidad? ¿Y por qué resuena con tanta gente en general? Después de un poco de reflexión e investigación, la respuesta a la que llegué fue sorprendente: el evangelio de la prosperidad reside en el corazón de todos los hombres, el evangelio de la prosperidad está incluso en mi propio corazón.

Imagínate que estás conduciendo a la iglesia un domingo frío y lluvioso por la mañana y, para tu desconcierto, se te pincha un neumático. ¿Cuál es tu pensamiento inmediato? «Dios, ¿en serio? Estoy yendo a la iglesia. ¿No hay algún traficante de drogas o esposo abusivo al que pudieras haber afectado por un pinchazo del neumático?». Ese es el evangelio de la prosperidad.

O tal vez no obtenga ese ascenso en tu trabajo, tu hijo se enferma o te critican injustamente en la iglesia. ¿El resultado? Te enojas con Dios porque fuiste ignorado, estás preocupado o te despreciaron. Ese es el evangelio de la prosperidad.

El solo pensamiento de que Dios nos debe una vida relativamente libre de problemas, y la ira que sentimos cuando Dios no actúa de la manera que creemos que debe actuar, traiciona un corazón que espera que Dios nos prospere debido a nuestras buenas obras. Ese es el evangelio de la prosperidad.

Puede que te resulte fácil ver a los charlatanes espirituales en la televisión, vendiendo sus indulgencias modernas, revisando pasajes bíblicos y prometiéndonos nuestra mejor vida ahora si tenemos suficiente fe en la fe. Pero no olvides que lo que hace que el evangelio de la prosperidad sea tan atractivo es que satisface los deseos del corazón humano caído. Promete mucho, pero requiere poco. Consiente a la carne.

Si bien puedes ser lo suficientemente maduro para resistir el evangelio de la prosperidad sistematizado de los autoproclamados promotores del movimiento, no pases por alto el evangelio de la prosperidad latente que habita en tu propio corazón. El verdadero evangelio dice, cualquier cosa que se nos presente, Jesús es suficiente.

¿Es suficiente para ti?

Por David W. Jones
David W. Jones es profesor asociado de ética cristiana en el Seminario Teológico Bautista del Sureste.

El lugar de la ambición piadosa

El lugar de la ambición piadosa
Por Dan Dodds

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Dame esta región montañosa… y los expulsaré». Estas son las palabras de Caleb a sus ochenta años, cuando los israelitas irrumpieron en la tierra prometida y se preparaban para enfrentarse a sus enemigos, palabras que fueron registradas en el libro de Josué (14:12). A la luz de los obstáculos frente a Caleb y los peligros que representaban, sería difícil pensar en él como algo menos que ambicioso.

Pero ¿eran buenas o malas las ambiciones de Caleb? Muy a menudo, la palabra ambición evoca la imagen negativa de los banqueros inversionistas de Wall Street racionalizando la codicia egoísta. O quizás uno podría encontrar la palabra impresa en un cartel motivacional con un escalador aferrado a la ladera de una montaña que intenta ascender. Pero ¿cuál de estas dos cosas es la ambición? ¿Es mala o debemos cultivarla en nosotros mismos y en nuestros hijos? ¿La Biblia promueve la ambición?

Cuando buscamos la palabra ambición en distintas versiones de la Biblia, la encontramos en varios pasajes como la traducción de diversas palabras griegas. La palabra ambición se emplea tanto en contextos positivos como negativos. Negativamente, Santiago condena a los que tienen «celos amargos y ambición personal» (Stg 3:14). Positivamente, Pablo expresa que tenía «Mi gran aspiración [ambición] siempre ha sido predicar la Buena Noticia» (Rom 15:20 NTV). La Biblia claramente reconoce tanto la ambición buena como la ambición mala. ¿Cómo podemos diferenciarlas?

Recordemos qué es la ambición. Según la definición del diccionario es simplemente un deseo de lograr un fin particular. Pero esta definición quizás es demasiado débil, ya que puede aplicarse a las decisiones de la vida cotidiana que no se considerarían ambiciosas. Así que, permíteme sugerir la siguiente definición de la ambición: deseo intenso que conduce a la disposición de superar obstáculos para lograr un fin particular. Hay dos observaciones importantes que hacer aquí. Primero hay que notar la relación entre el «deseo» y el «fin». En segundo lugar, observa que la definición también incluye las palabras «superar obstáculos» y «lograr», las cuales indican que se requerirá un cierto grado de esfuerzo y que se emplearán medios en el proceso. Consideremos cada una de estas observaciones con más detalle.

DESEOS Y FINES
Todos nosotros tenemos deseos: deseos de la mente y de la carne. Desear es un aspecto de ser una criatura, un producto de tener mente y cuerpo. El problema es que el pecado distorsiona esta relación de varias maneras. Primero, el pecado genera deseos (codicias, antojos, pasiones) por fines incorrectos. Es decir, nuestra naturaleza pecaminosa distorsiona nuestro pensamiento de tal manera que deseamos alcanzar fines que no agradan a Dios (Stg 4:1-3).

En segundo lugar, el pecado distorsiona la proporción de la relación deseo-fin, llevándonos a desear incluso los fines correctos con un deseo desproporcionado (un deseo débil por las cosas que son mejores y un deseo intenso por lo mediocre o trivial). Recuerda las palabras de Jesús a los fariseos en Mateo 23:23:

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y estas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquellas.

Por esta razón, necesitamos que la Escritura nos recuerde una y otra vez que debemos renovar nuestras mentes para valorar lo que Dios valora y odiar lo que Dios odia. Debemos entrenar nuestra mente (y por lo tanto nuestras emociones) para amar lo que Dios ama. Observa Romanos 12:2 ―«Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto»― y el Salmo 37:4 ―«Pon tu delicia en el SEÑOR, y Él te dará las peticiones de tu corazón»―.

MEDIOS
La segunda parte de la definición de la ambición es el uso de medios para lograr los fines deseados. El pecado nos lleva a desvirtuar los medios revelados por Dios para lograr los fines; a menudo empleamos métodos pecaminosos para alcanzarlos. Sin embargo, los medios utilizados también deben estar de acuerdo con la Palabra de Dios. La Escritura está repleta de mandamientos y principios que nos guían en el uso de los medios, y nos dicen qué es lícito y qué no lo es. Incluso si el deseo es bueno y el fin agrada a Dios, no debemos emplear medios ilícitos para satisfacer ese deseo. Podríamos desear tener un hijo, y eso sería agradable a Dios, pero secuestrar al bebé de alguien como un medio para lograr este fin resultaría pecaminoso.

IMPLICACIONES DE LA AMBICIÓN PIADOSA
Entonces, juntemos estas observaciones y construyamos una perspectiva bíblica de la ambición. Primero, debemos tener ambiciones piadosas. Pablo se describe a sí mismo como ambicioso y nuestro Señor ciertamente fue ambicioso (según nuestra definición anterior) para cumplir Su llamado como Profeta, Sacerdote y Rey. En segundo lugar, la ambición piadosa requiere deseos que estén relacionados correctamente con fines justos. En tercer lugar, la ambición piadosa emplea medios justos para lograr esos fines. Pero ¿cómo desarrollamos una ambición piadosa?

DISCIPLINA, DEBER Y DESEO
Primero, debemos reconocer e implementar las herramientas que Dios nos da. Pablo escribe en 1 Timoteo 4:7: «Disciplínate a ti mismo para la piedad». Necesitamos entender que la disciplina tiene un papel en la vida de cada cristiano para que este supere la pereza y trabaje con el fin de crecer en la piedad.

En segundo lugar, está el deber. Muchos cristianos se estremecen cuando se menciona la palabra deber. Pero el deber debe entenderse como un medio para lograr un fin. El deber es la obediencia disciplinada con miras a desarrollar amor por lo que se practica. El deber es la práctica de deleitarse en lo que deleita a Dios hasta que experimentamos ese deleite verdadero. Mi esposa y yo hemos asignado quehaceres a nuestros hijos, y a menudo se resisten a hacerlos, pero nuestro objetivo es ayudarlos a desarrollar amor por el orden y el trabajo, de tal manera que el deber subyacente les resulte secundario. La disciplina y el deber son caminos hacia el deleite.

IDENTIDAD Y AMBICIÓN CRISTIANA
Otra manera de crecer en la ambición piadosa es que los cristianos comprendan su identidad, su posición y su propósito.

En cuanto a su posición, todo cristiano debería tener un entendimiento bíblico y claro de la naturaleza de su ciudadanía en el Reino de Dios. Entender que somos hijos del Creador y que estamos en pacto con Él es fundamental para comprender quiénes somos. Reflexionar en las prioridades del Reino y el juicio final nos ayudará a forjar una ambición piadosa.

Además de comprender quiénes somos (posición), necesitamos saber por qué somos (propósito). Al principio de la creación, Dios les dice a Adán y Eva lo que deben hacer; a eso lo llamamos el mandato de la creación (Gn 1:28). Estamos llamados a ser fructíferos y multiplicarnos. Lamentablemente, muchos de los que profesan a Cristo han menoscabado la responsabilidad de casarse y tener hijos. En la cultura moderna, ambas cosas se consideran difíciles e incluso contraproducentes para la libertad y el gozo personal. Pero los que buscan cumplir su destino autodesignado en oposición a los propósitos originales de Dios cuando creó la humanidad son como un tren que quiere liberarse de sus rieles. Como cristianos, debemos resistir esta corriente y considerar el matrimonio como un regalo de Dios. A menos que tengamos el llamado excepcional a la soltería específicamente por causa del ministerio, debemos tener la ambición de casarnos, tener hijos y criar familias piadosas.

El mandato de ejercer dominio sobre el planeta aborda el tema de la vocación, del llamado. ¿Consideras que de alguna manera tu trabajo forma parte de ese mandato? Deberías considerarlo así si es un trabajo legítimo. Y cuando en verdad ves tu trabajo como parte del plan de Dios, de Su panorama general, entonces tu ambición de hacer las cosas bien y tener éxito debería crecer.

Los mandatos anteriores se relacionan con la familia y el ámbito civil, pero Dios además nos colocó en la Iglesia. Al hacerlo, también nos prescribe el papel que debemos desempeñar en nuestro llamamiento como hermanos y hermanas. Dios le da dones espirituales a cada creyente (Rom 12; 1 Co 12; Ef 4; 1 Pe 4), mediante los cuales nos ministramos los unos a los otros. También se nos ha dado el mandato de ir al mundo, proclamar el evangelio (Mr 16:15) y hacer «discípulos de todas las naciones» (Mt 28:19). Ambos énfasis, el del ministerio interno en la Iglesia y el de la proclamación externa al mundo, son esenciales para la ambición y la práctica cristiana piadosa.

Pablo escribió en 2 Corintios 5:9: «Ya sea presentes o ausentes, ambicionamos serle agradables». Que esto también sea cierto de nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Dan Dodds
El Rev. Dan Dodds es pastor asociado de atención pastoral y consejería en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, S.C.

Palabras del evangelio: Arrepentíos (1)

Jueves 1 Septiembre

Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados.

Hechos 3:19

(Jesús dijo:) Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Mateo 18:3

Palabras del evangelio: Arrepentíos (1)

“Arrepentíos”. El sentido inicial de este verbo contiene la idea de girarse, dar la vuelta, cambiar de rumbo. “Os convertisteis de los ídolos a Dios”, escribió el apóstol Pablo a los cristianos de Tesalónica (1 Tesalonicenses 1:9). Todos debemos convertirnos a Dios, aunque no hayamos adorado a los ídolos, porque “cada cual se apartó por su camino” (Isaías 53:6). Este texto de la Biblia describe bien nuestro estado. Naturalmente nuestra naturaleza humana orienta nuestros pensamientos y nuestra vida lejos de Dios. Ahora, por la conversión, nuestro camino nos conduce hacia Dios y hacia Jesús, nuestro Salvador y modelo.

Cuando el apóstol Pedro interpeló a sus contemporáneos, ellos estaban convencidos de estar en la “buena religión”. Sin embargo, Pedro los llamó a convertirse, a volverse a Dios. Su llamado también es para nosotros, aunque pensemos que practicamos la religión correcta. Lo esencial es tener una relación personal con Dios. Esto implica necesariamente renunciar a nosotros mismos para volvernos a Dios.

El arrepentimiento y la conversión son obra del amor divino en nuestros pensamientos y en nuestra vida. El uno no va sin el otro: arrepentirse significa que debe haber un cambio en nuestra forma de pensar; convertirse es la consecuencia de este cambio en nuestra manera de vivir: tenemos un nuevo objetivo.

Pablo también escribió: “Anuncié… que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hechos 26:20).

(continuará el próximo jueves)

Jeremías 33 – 1 Corintios 9 – Salmo 102:23-28 – Proverbios 22:15

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Cuando Dios trabaja en derrumbar nuestro orgullo

Cuando Dios trabaja en derrumbar nuestro orgullo
CARLOS LLAMBÉS

No sé si alguna vez te pasó que estabas muy entusiasmado con una tarea o ministerio, pues sentías que ese era el llamado del Señor para tu vida… hasta que empezaste a ver que los resultados no eran los que imaginabas al inicio. ¿Te ha pasado alguna vez? Es así como descubrimos nuestra necesidad de ser humillados por Dios para quitar el orgullo de nuestro corazón.

El próximo Billy Graham
Después de estudiar para ser capellán, comencé a visitar y predicar en la cárcel. Tenía gran entusiasmo y pasión por ver a aquellas personas conocer el evangelio. El Señor me había preparado de diferentes maneras para esto, como por ejemplo, sirviendo en tareas de evangelismo en nuestra iglesia local. Además, estaba entusiasmado de ser parte de un ministerio que pondría a nuestra iglesia en buena consideración a ojos de los miembros y del resto de la sociedad.

Yo pensaba que sería el próximo Billy Graham, un referente contemporáneo del evangelismo. Sin embargo, el Señor no había terminado conmigo y tenía muchas cosas que enseñarme.

Dios trabajará en tu vida para quitar el orgullo, aunque tenga que hacerlo mediante procesos dolorosos

Para mi desilusión, nadie mostró frutos de arrepentimiento durante los primeros meses de mi servicio regular en la cárcel. Aunque me dedicaba a predicar el evangelio a todos y cada uno en aquellas celdas húmedas, no hubo ni un solo convertido.

Mi frustración fue en aumento, al punto de querer tirar la toalla por la ausencia de resultados. Me preguntaba: «¿Será verdad que el Señor me llamó a este ministerio? ¿Se equivocó Dios o me equivoqué yo?».

Tiempo de ser humillado
Desde luego que el equivocado era yo. El llamado de Dios era cierto, pero mi actitud orgullosa al responder a Su llamado estaba mal. Fue un tiempo humillante para mí, pero con el paso del tiempo entendí que el Señor estaba trabajando en derrumbar mi orgullo, y Él siempre logra lo que se propone.

La gracia de Dios salió a mi encuentro en medio de mi angustia y frustración. Él me hizo entender por medio de Su Palabra cuál era el problema: Necesitaba confesar mi pecado de orgullo y clamar por ayuda al Señor. Yo no era el próximo Billy Graham.

Al igual que el rey Uzías, quien fue castigado con lepra por el Señor (2 Cr 26:16-20), yo también había caído en el orgullo. El apóstol Pablo también entendía este asunto del orgullo y las consecuencias que trae a nuestras vidas. La razón y propósito del famoso aguijón de Pablo era mantenerlo humilde:

Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca (2 Co 12:7 énfasis añadido).

Trabajando de rodillas
Cuando Dios te hace ver las cosas con tanta claridad, solo te queda caer de rodillas y reconocer que estás teniendo una actitud que no le honra. Debes confesar tu pecado y clamar por Su intervención.

Los mejores resultados vienen cuando trabajamos de rodillas y en humildad delante de Dios

Las personas que sienten en sus corazones la disposición de servir a Dios necesitan una intervención divina en primer lugar. El orgullo y la arrogancia no tienen cabida en el reino de Dios; tarde o temprano lo podrás comprobar, porque Él mismo te lo hará ver. Dios trabajará en tu vida para quitar el orgullo, aunque tenga que hacerlo mediante procesos dolorosos.

A partir de ese «reencuentro» que tuve con el Señor de rodillas, ¿qué crees que sucedió? Las cosas en la cárcel comenzaron a cambiar, los reclusos comenzaron a prestar atención al mensaje del evangelio y Dios comenzó a obrar en sus corazones. Algunos hombres mostraron arrepentimiento y pudimos comenzar con ellos un estudio bíblico.

Esto no significa que siempre que nos humillamos ante Dios veremos automáticamente los resultados exactos que queremos en nuestros ministerios, pero muchos misioneros hemos aprendido (¡y seguimos aprendiendo!) que los mejores resultados —de acuerdo a la soberanía de Dios y Su plan para nosotros— vienen cuando trabajamos de rodillas y en humildad delante de Dios. Lo mismo aplica para toda la vida del creyente.

Recuerda que «la recompensa de la humildad y el temor del Señor son la riqueza, el honor y la vida» (Pr 22:4). La humildad encierra un tesoro incalculable, pero muchas veces se nos olvida. Entonces el Señor tiene que intervenir para hacernos recordar el peligro del orgullo y los beneficios de la humildad bíblica.

Carlos Llambés es pastor misionero de origen cubano, sirviendo con la International Mission Board por más de 15 años en República Dominicana y México. Hoy reside y sirve en Panamá, cubriendo parte de las islas del Caribe. Su pasión es llevar el mensaje de salvación a donde el Señor le envíe, hacer discípulos y plantar iglesias con el fundamento bíblico de la Palabra de Dios. Es parte del equipo de escritores de Coalición Por El Evangelio, Soldados de Jesucristo y Editorial EBI. Tiene una Maestría en Estudios Teológicos de Southern Baptist Theological Seminary. Es autor del libro 7 disciplinas espirituales para el hombre. Está casado con Liliana Llambés, quien es de origen colombiano, y juntos tienen cuatro hijos adultos y nueve nietos. Puedes encontrarlo en Facebook y Twitter.

Conmoción

Miércoles 31 Agosto
Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar.
Salmo 46:1-2
Conmoción
Montes traspasados “al corazón del mar”: ¡imaginemos la angustia y el terror que produciría semejante alteración de la naturaleza! Pero podemos experimentar sentimientos parecidos cuando presenciamos los cambios tan rápidos de nuestra época. Muchas personas se sienten abrumadas, incluso oprimidas, por la evolución acelerada de nuestro entorno, tanto en las tecnologías como en los comportamientos.

Ningún campo escapa a esto. Muchos científicos temen que el calentamiento global sea bastante grave para el planeta en los futuros decenios, y que la subida de los océanos sumerja países enteros. El hambre y las guerras causan grandes migraciones, cada vez menos controladas. Las bases de la economía y las finanzas mundiales titubean. Una inesperada epidemia trastorna por completo el sistema del mundo. Y qué decir del desarrollo vertiginoso del internet y de sus aplicaciones, herramientas tan ingeniosas como vulnerables, y por lo tanto peligrosas.

Podemos confundirnos y sentirnos frágiles ante tales amenazas. Pero Dios sigue siendo el mismo, en él “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17). Él ama a todos los seres humanos y les propone ser su refugio eterno. A cada uno de los suyos, de los que ponen su confianza en él, promete: “Los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo el Señor, el que tiene misericordia” (Isaías 54:10).

“El Señor me ha sido por refugio, y mi Dios por roca de mi confianza” (Salmo 94:22).

Jeremías 32:26-44 – 1 Corintios 8 – Salmo 102:16-22 – Proverbios 22:14

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿Qué tiene de malo el evangelio de la prosperidad?

¿Qué tiene de malo el evangelio de la prosperidad?
Alberto SolanoALBERTO

A lo largo de la historia podemos observar movimientos los cuales tratan de manipular a Dios para que haga lo que ellos quieren. En esencia buscan que el el texto bíblico respalde sus ideales, sin importar cuan erróneas sean, y por ende terminan abusando la Biblia buscando que diga lo que ellos quieren que diga. Uno de estos esfuerzos recientemente ha sido el “evangelio de la prosperidad”, el cual es altamente peligroso, engañoso y los ejemplos de aquellos que lo practican van desde feo, triste, horrible, peores, hasta pastores que ganan salarios excesivos y predicadores que sólo aceptan donaciones que sean mayores a $100 dólares.

Este movimiento promueve una doctrina falsa que esclaviza a la gente a pensar que seguir a Jesús significa prosperidad y riquezas materiales, alegría terrenal, felicidad momentánea y el cumplimiento de sueños y aspiraciones. Da a la gente falsas esperanzas de salvación al igualar una buena vida física para una vida espiritual saludable. Pero cuando vemos la Escritura, fácilmente podemos ver que el evangelio de la prosperidad no es el evangelio de Cristo por las siguientes tres razones:

Jesús no vino a prometer prosperidad material o abundancia terrenal

Minimiza el poder del evangelio

Si las ganancias materiales fuesen un componente esencial para nuestra salvación y redención de pecados, si posiciones y riquezas terrenales fuesen parte del objetivo de Cristo en salvarnos y si nuestra esperanza estuviera puesta en nuestro comfort y éxito en esta tierra, entonces “somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (1 Corintios 15:19). El evangelio de la prosperidad, al dar falsas esperanzas de éxito de acuerdo a los estándares humanos, reduce el impacto del evangelio al convertirlo en algo mundano y perteneciente, visible y temporal, como si se pudiese comprar con beneficios terrenales. Tal idea es completamente contraria a la verdadera prosperidad bíblica y las riquezas espirituales, pues son cosas como el perdón y la redención de lo cual la Biblia habla como parte de las riquezas de su gracia que nosotros como creyentes disfrutamos en Cristo, no materiales terrenales (Efesios 1:7). Jesús no vino a prometer prosperidad material o abundancia terrenal.

La principal piedra de tropiezo en las mentes de los Judíos a la hora de tratar de aceptar a Jesucristo como su Mesías prometido, fue el hecho de que Jesús constantemente enseñaba: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Palabras como “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34) no asentaban bien en sus mentes, mas bien les enfurecía, ya que esperaban que Jesús estableciera un reino aquí en la tierra ahora. Buscaron en Jesús su felicidad y comodidad temporal y nunca reconciliación espiritual. Esta fue la expectativa de los Judíos y por desilusión a sus expectativas crucificaron a su Mesías. Jesús no era suficiente para ellos. Su muerte expiatoria en la cruz y la justificación ante Dios no era suficiente para ellos. Ellos querían tener un Mesías que les diera paz y prosperidad material.

La alegría en la pobreza, la gratitud incondicional y el dar generosamente son algunos de los rasgos que vemos en la iglesia primitiva, y lo mismo espera Dios de nosotros el día de hoy (Hechos 20:25; Filipenses 4:12; 1 Tesalonicenses 5:18). Estas son características que marcan a un verdadero creyente. Al buscar hacer esto e ir completamente en contra del paradigma mundano de buscar riqueza materiales, elevamos el nombre de Cristo, damos toda la gloria a Dios y proclamamos la belleza y suficiencia del evangelio. Mas, cuando elevamos los dones por encima del dador de ellos, deshonramos a Dios, ofendemos al que murió para satisfacer la ira del Padre y ofendemos la obra del Espíritu Santo en nuestra santificación.

Por eso mismo es que el autor del libro de Hebreos exhorta a una iglesia que había perdido todo, a poner sus ojos “en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2), y no en materiales terrenales.

Maximiza la carne

La Biblia advierte enfáticamente que los creyentes no deberían buscar ser ricos o económicamente prósperos a costa de seguir a Cristo. Pablo nos advierte sobre aquellos que se “extraviaron de la fe”, por causa de ir tras riquezas materiales y reconocimiento de hombres (1 Timoteo 6:9-11). No sólo eso, sino que en Efesios 5:5 Pablo llama este tipo de deseo idolatría:

Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.

Ir en pos de las cosas que su carne desea maximizará el apetito de su carne y las inclinaciones pecaminosas de su voluntad. Cuando nos fijamos en cómo se ve el verdadero evangelio en la Escritura, no encontramos el evangelio de la prosperidad. No vemos creyentes enriquecerse por medio de seguir la cruz de Cristo y no leemos acerca de apóstoles encontrando bienestar por seguir a Jesús. Vemos lo opuesto. Vemos el encarcelamiento y sufrimiento de líderes de la iglesia por causa de seguir a Jesús, vemos a gente morir por causa de Cristo (Hechos 7), vemos una iglesia en constante tribulaciones en este mundo e inclusive creyentes completamente despojados de todos sus bienes terrenales (Hebreos 10:34), pero sobre todo vemos un anhelo en la iglesia por la eternidad y estar con Cristo completamente libres del pecado, de sufrimiento, de calamidades y de muerte. Nota el testimonio de una iglesia fiel la cual no creía en el evangelio de la prosperidad:

Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos; por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante. Porque de los presos también os compadecisteis, y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos. No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. … Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (Hebreos 10:32-36, 39).

Bueno… ¿y qué de 3 Juan 2 el cual dice: “Deseo que tú seas prosperado en todas las cosas“? Una simple búsqueda en internet revela que este versículo ha sido tomado cientos de veces como base para proponer que Dios promete nuestra prosperidad completa en esta tierra. Algunos inclusive mencionan que si no es usted rico, prospero y disfrutando de excelente salud, entonces usted probablemente está en pecado o tiene falta de fe. Después de todo, ¿no es esto exactamente lo que Juan le desea a Gayo en 3 Juan?

Primeramente, Juan no nos está dando licencia para desear cualquier cosa y después decir que tal deseo viene de parte de Dios. Es interesante estudiar la conexión que el autor da al alma, como si el punto principal no fuese en lo material sino en lo espiritual. Segundo, debemos recordar que nuestro estándar de prosperidad no es el mismo que el de Dios, por lo que debemos buscar cual es su voluntad revelada en la Escritura para entender las palabras de Juan. Y en tercer lugar, es muy probable que Juan utilizó estas palabras simplemente como un saludo cualquiera, no sólo porque era común en el mundo grecorromano del siglo I saludarse de esa forma, sino también porque conceptualmente estas palabras se encuentran dentro de su saludo inicial (versículos 1-4). Tristemente mucho han mal interpretado estas palabras como una promesa para hacerse ricos o tener cualquier cosa que uno quiera.

Neutraliza la búsqueda de santidad

Como creyentes tenemos la tarea de no dar lugar a la carne o inclinaciones pecaminosas (Romanos 13:14), sino que debemos ser transformados por medio de la renovación de nuestra mente (Romanos 12:1-2). En Cristo somos nuevas criaturas (Galatas 2:20), y como nuevas criaturas, poseedoras de una nueva naturaleza, Dios nos manda a despojarnos del viejo hombre y revestirnos del nuevo hombre según Cristo (Efesios 4). Por lo tanto, si esto es lo que estamos llamados a buscar y anhelar, ¿qué lugar tiene llamar santo aquello que fue diseñado para satisfacer nuestra carne?

Dar nuestra lealtad a Dios significa confiar en que él proveerá para nuestras necesidades físicas

Dios promete satisfacer nuestras necesidades y proveer lo que necesitamos de acuerdo a su voluntad (1 Timoteo 3:8). Pero la falsa expectativa de que Dios va a derramar sobre nosotros abundantes bendiciones materiales más allá de nuestras necesidades, no sólo va contra la Palabra revelada de Dios, sino también va en contra de la experiencia de innumerables santos a través de la historia. Mateo 6:24 concluye con autoridad asombrosa: “No se puede servir a Dios y al dinero.” Este versículo nos quita cualquier lugar para explicar o excusar el evangelio de la prosperidad. Servir el dinero es traición a Dios. No podemos servir los dos a la vez. Dar nuestra lealtad a Dios significa confiar en que él proveerá para nuestras necesidades físicas, pero dar nuestra lealtad a las riquezas y posiciones materiales no es para nada bíblico, por más que quieran algunos disfrazarlo como algo espiritual.


Alberto Solano, graduado con una Maestría en Divinidad (M.Div.) en The Master’s Seminary, actualmente estudia una Maestría en Teología (Th.M.) con énfasis en el Nuevo Testamento. Aparte de servir en el ministerio hispano de Grace Community Church, Alberto trabaja en el departamento de admisiones del seminario.

Busca la perfección con realismo sobrio

Busca la perfección con realismo sobrio
Por Mike Pohlman

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Durante un vuelo que hice a Dallas hace poco, disfruté la lectura de la última edición de American Way, la revista mensual de American Airlines. En este número en particular, la historia de la portada era sobre Lexi Thompson, la golfista fenomenal. Sus comentarios sobre las razones por las que ama el golf fueron sorprendentes: «Todos los días, me despierto y hay algo diferente en mi juego: mi swing, el clima. Eso es lo que pasa con el golf. Siempre es un desafío cada vez que te levantas. Por eso me incliné hacia él. Lo que me motiva es que nunca puedes llegar a la perfección».

Lo que Thompson reconoce con respecto al golf podemos aplicarlo a la vida cristiana. En efecto, lo que nos hace seguir adelante, lo que nos hace seguir esforzándonos por crecer en la santidad práctica, es que nunca llegaremos a la perfección en la vida cristiana de este lado del cielo. Siempre se puede mejorar.

UN DESEO DE PERFECCIÓN DADO POR DIOS
Los seres humanos tenemos un deseo inherente por la perfección. Después de todo, fuimos creados a imagen de Dios (Gn 1:26-27) y se nos ha dado el mandamiento de ejercer dominio sobre la tierra para su mejoramiento (v. 28). Tanto lo que somos como lo que hemos sido llamados a hacer crean un deseo por alcanzar la excelencia en todas las cosas. Y el cristiano siente este impulso con intensidad, en vistas del mandamiento de nuestro Señor en Mateo 5:48: «Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». El apóstol Pablo hace eco de esto cuando escribe en 1 Corintios 10:31: «Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios». Por lo tanto, buscar la perfección no es algo inherentemente malo. Sin embargo, el afán por la perfección puede desvirtuarse si no se atenúa con un realismo bíblico respecto a la caída y sus consecuencias.

RUINAS GLORIOSAS
Una de las consecuencias trágicas de la caída es que la perfección en esta vida es imposible. De muchas maneras, vemos todos los días cómo los seres humanos «no alcanzan la gloria de Dios» (Rom 3:23). Esto también es cierto para el cristiano. Nos reflejamos en el apóstol Pablo cuando se lamenta: «Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago» (Rom 7:15). Pablo sabe que esta vida está marcada por una lucha constante contra el pecado que mora en nosotros.

El apóstol Juan piensa lo mismo cuando escribe a los cristianos:

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros (1 Jn 1:8-10).

Juan es claro: los que dicen que no tienen pecado no solo se engañan a sí mismos, sino que también hacen a Dios mentiroso, demostrando así que la Palabra de Dios no está en ellos. Los cristianos viven una vida de vigilancia contra el pecado remanente hasta el día en que el pecado no exista más.

El puritano John Owen, en su obra clásica La mortificación del pecado, describe lo que requiere la vida cristiana: «Aun los mejores cristianos, aquellos que con toda seguridad han sido liberados del poder condenatorio del pecado, tienen que ocuparse todos los días en mortificar el poder remanente del pecado». Owen ve la mortificación como la labor de nuestra vida; debe hacerse «todos [nuestros] días» porque no alcanzaremos la perfección de este lado del cielo.

NUEVA CRIATURA EN CRISTO
Aun cuando la Biblia es clara en que la perfección no es posible en esta vida, la Palabra de Dios es igualmente clara en cuanto a que los cristianos deben crecer en la piedad. La razón teológica de esto último guarda estrecha relación con lo que sucede en la regeneración: somos hechos nuevas criaturas en Cristo. Esta es la verdad asombrosa que Pablo declara en 2 Corintios 5:17: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas».

Ser una nueva criatura es la biografía de todo cristiano. Es una promesa para todos los que están «en Cristo», es decir, unidos mediante la fe al Señor resucitado y exaltado. El término «nueva criatura» conlleva la idea del poder creativo y soberano de Dios. Pablo se refirió a esta idea anteriormente, cuando aludió al poder de Dios al crear la luz y formar al cristiano: «Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo» (2 Co 4:6).

Lo que aprendemos es que el cristianismo no es un ajuste moral. No se trata simplemente de quitarnos de encima nuestro viejo yo, como si solo estuviéramos sucios. En última instancia, el cristianismo no se trata de nuevos hábitos o una nueva perspectiva, aunque incluye esas cosas. El cristianismo se trata de una transformación completa y exhaustiva; nada menos que de una nueva creación.

El cristiano es alguien que ha experimentado la promesa del nuevo pacto de Ezequiel 36: 26-27, donde Dios proclama lo que se cumplirá en Cristo por medio del Espíritu:

Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas.

Los cristianos hemos recibido un corazón nuevo e incluso al Espíritu de Dios para que ahora «andemos en novedad de vida» (Rom 6:4).

El apóstol dice que «las cosas viejas pasaron». En la cruz de Cristo tenemos el fin del antiguo pacto, como también el fin de la vida vieja de los que ahora están en Cristo. Nuestra antigua vida carnal, egocéntrica e impía ha sido crucificada.

Y como las cosas viejas pasaron, nuestro objetivo es «dar muerte» a todo lo que perteneció a esa vida vieja:

Por tanto, considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría. Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje soez de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, puesto que habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó (Col 3:5-10).

El cristiano es alguien que hace un inventario constante de su vida y se pregunta: «¿Qué hay en mi vida a lo que debo dar muerte?». Una vez que identificamos algo, nos resolvemos a matarlo. De hecho, movilizamos todos los medios de gracia a nuestra disposición y libramos la batalla contra el pecado en nuestras vidas.

No obstante, la vida cristiana no se trata solo de las cosas que pasaron; también se trata de lo nuevo que ha venido. En 2 Corintios 5:17, Pablo dice que ha sucedido una renovación impresionante. Ahora, aunque sea muy débilmente, estamos comenzando a mostrar en nuestras vidas los colores radiantes de la semejanza a Cristo. En el poder del Espíritu Santo, comenzamos a «revestirnos» de la semejanza a Cristo:

Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad (Col 3:12-14).

Es cierto que no seremos perfectos en esta vida. La vida en un mundo caído significa que no estaremos totalmente libres del pecado en este lado del cielo. Pero esta verdad no nos lleva a la desesperación. Como cristianos, hemos sido unidos a Cristo por medio de la fe y se nos ha dado el Espíritu Santo. Por eso, «ambicionamos serle agradables» (2 Cor 5:9). E incluso aunque a veces tropezamos y flaqueamos, nos regocijamos con Pablo en 2 Corintios 2:14: «Pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Mike Pohlman
El Dr. Mike Pohlman es profesor asistente de predicación cristiana en el Southern Baptist Theological Seminary y pastor principal de la Cedar Creek Baptist Church en Louisville, Kentucky.

Malversación de fondos

Martes 30 Agosto
Sabed que vuestro pecado os alcanzará.
Números 32:23
Yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, y recibís cohecho, y… hacéis perder su causa a los pobres.
Amós 5:12
Malversación de fondos
Muy a menudo los medios de comunicación informan sobre personas de alta posición acusadas de “malversación de fondos”. ¿Qué hicieron? Estos altos funcionarios, llevados por la ambición, confundieron lo que era realmente suyo con lo que pertenece a su empresa o al Estado.

Se les consideraba como personas honestas. Y tal vez ellos mismos se lo creían. Después de todo, ¡otros también lo hacen! Pero un día la justicia interviene, y todo cambia. Al principio se defienden, proclamando su inocencia, e incluso acusan a los magistrados. Sin embargo, pronto deben bajar el tono y permitir que sus oficinas sean registradas. ¡Luego viene el juicio, la vergüenza y el fin de la hermosa fachada! Entonces todo el mundo conoce la verdad. Ayer esos personajes eran envidiados, hoy son menospreciados.

Así, ante el tribunal de Dios, todo será puesto a la luz para cada ser humano. Hoy, a menudo, nos contentamos con las apariencias y actuamos con disimulación. Pero pronto la justicia divina revelará todo. Quizá no hayamos hecho nada escandaloso a los ojos de los hombres, pero estaremos delante del Dios santo, de Aquel que sondea y juzga nuestros actos y nuestros pensamientos más secretos. ¿Qué recursos tendremos frente al juicio? ¡Ninguno!

Pero si ahora nos declaramos culpables, si nos ponemos al abrigo de la cruz de Cristo, nuestros pecados son perdonados. No iremos a condenación. Jesús pagó en nuestro lugar.

Jeremías 32:1-25 – 1 Corintios 7:25-40 – Salmo 102:9-15 – Proverbios 22:12-13

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

LO QUE CADA MADRE NECESITA SABER

LO QUE CADA MADRE NECESITA SABER
POR GLORIA FURMAN


Cada madre necesita saber en lo más profundo de su ser que Jesucristo es Aquel a quien todos los profetas estaban apuntando. Jesús es el Rey davídico que había sido profetizado y que reina sobre las naciones. Jesús ha vencido a Sus enemigos, y a través de Su Espíritu está estableciendo Su iglesia—ese magnífico “templo” multiétnico en la tierra. Dios ha establecido Su morada entre hombres y mujeres a través de Su Espíritu. Jesús es el verdadero Hijo—haciendo lo que ni Adán, ni Israel, ni David pudieron hacer—que vive fielmente de cada palabra que sale de la boca de Dios. De entre todas las naciones de la tierra, Jesús está llamando a un pueblo para Sí mismo, para que sean “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios” (1P 2:9). Jesús está sacando a personas de Adán y colocándolas en Sí mismo. Jesús está reemplazando corazones de piedra con corazones de carne. Con cada día que pasa, el día del Señor se va acercando, y esa no es una esperanza vana. La maternidad es un ministerio estratégico en las manos del Hijo del Hombre que fue profetizado.

Tenemos un rol sacerdotal en el que le presentamos nuestras súplicas a Dios por medio de Cristo, súplicas por Sus ovejas elegidas que están esparcidas entre las naciones. “¡Señor, escúchanos! ¡Señor, perdónanos! ¡Señor, atiéndenos y actúa! Dios mío, haz honor a Tu nombre y no tardes más; ¡Tu nombre se invoca sobre Tu ciudad y sobre Tu pueblo!” (Daniel 9:19).

Tenemos el rol real de difundir la luz del evangelio por todo el reino tenebroso de Satanás, animándonos unas a otras y edificándonos unas a otras (1Ts 5:1-11). Y tenemos un rol profético, a medida que escuchamos y obedecemos al único y verdadero Dios que se ha revelado en Su Palabra, y hablamos con la verdad acerca de Él y de Su actividad en el mundo. Como madres con una misión, para nosotras es de particular importancia el escuchar y obedecer lo que Dios ha revelado como Sus propósitos para nosotras como mujeres.

Nuestras amigas, subculturas y gobiernos tienen sus propias ideas acerca de la imagen que debemos mostrar y cómo hacerlo, pero ¿cuadran esas imágenes con lo que el Creador ha dicho en Su Palabra? ¿Es coherente con la forma en que Jesucristo está moldeando a las mujeres para que sean madres con una misión que hacen discípulos en todas las naciones?

Nuestro rol profético en el mundo deriva del hecho de que hemos sido creadas a la imagen de Dios y recreadas a la imagen de Cristo. Desde las amas de casa en Santa Clara hasta las abuelas en Nepal, todas las culturas del mundo tienen sus propias ideas de la imagen que las mujeres deben representar. (Y ni hablar de cómo esas ideas cambian con el tiempo.) Dependiendo de la imagen que cada cultura tenga, a las mujeres se le asignan “trabajos de mujer”. El razonamiento es el siguiente: las mujeres hacen lo que hacen porque eso es lo que son. Tal razonamiento puede ser correcto, pero si la imagen es incorrecta, entonces también lo será el rol. Basta pensar en la pornografía o el voyerismo farandulero como ejemplos de esto. ¿Cuál es la imagen percibida de las mujeres dentro de esos esquemas? ¿Cuál, entonces, sería el rol que desempeña la mujer al mostrar esa imagen? Piensa en las imágenes de las madres en tu propia cultura. ¿A quién o qué se supone que deben de encarnar? ¿Cuáles son las funciones que estas madres deben desempeñar?

En medio de todo este mar de ideas, la Biblia afirma la verdad inmutable de que las mujeres están hechas a la imagen de Dios. Las mujeres hacen lo que hacen porque Dios las hizo de esa manera. Reflejamos la imagen del Creador, porque eso es lo que somos: generadoras de la imagen de Dios. La imago Dei implica necesariamente capacidades y habilidades dadas por Dios, pero también implica que nuestras actividades son igualmente ordenadas por Dios.

Las mujeres muestran la imagen de su Creador a través del ejercicio de la función y el llamado de Dios para ellas (o, en otras palabras, su vocación). Podríamos decir que los términos vocación y misión son sinónimos. Nuestro Padre ha diseñado una función para nosotras y nos ha llamado a ejercerla mediante el cumplimiento de la misión que Él nos dio. Trabajando, dirigiendo, hablando, sirviendo, cuidando, liderando, enseñando y construyendo—todas estas capacidades y más son dones de Dios como provisión para la misión que Él nos dio de hacer discípulos en todas las naciones.

Ahora mismo, en todo el mundo, las mujeres están naciendo de nuevo y siendo transformadas a la imagen de Cristo al contemplar la gloria suprema y permanente de Su ministerio (2Co 3:16-18). Este nuevo nacimiento es una palabra profética al mundo que nos ve. A través del evangelio de Dios, las mujeres están siendo conformadas a la imagen de Su Hijo. Jesús está renovando a las madres misionales, no a la imagen de Eva antes de que cayera, sino a algo más glorioso: a Su propia imagen. Las mujeres que están en Cristo hacen lo que hacen porque para eso es que Cristo las está recreando.

Las madres con una misión están experimentando el poder transformador de Jesús a medida que Él va dándoles nuevas habilidades para trabajar, dirigir, hablar, servir, cuidar, liderar, enseñar y construir según Su patrón cruciforme, fortalecidas por Su Espíritu, y para que Su gloria sea conocida en el mundo. No se trata de ser súper mamás; se trata de ser madres con una misión. Me encanta como lo dijo Susan Hunt en su libro Spiritual Mothering [Maternidad espiritual]:

A medida que el deseo creciente de una mujer de imitar a Dios produce obediencia a Su Palabra, ella va desarrollando características maternales. Nuestra femineidad nos capacita para la maternidad; nuestra fe produce ciertas características de esa maternidad. Algunas de las características que vemos en las Escrituras son la fuerza, la excelencia, la ternura, la generosidad, el deseo de nutrir y cuidar, el consuelo, la compasión, el afecto, la protección y el sacrificio.

El Verbo hecho carne es Cristo mismo, y cuando Su Palabra mora en abundancia en Sus nuevas creaciones, entonces el mundo puede ver cómo Su Palabra profética está obrando hoy.


Este artículo Lo que cada madre necesita saber fue adaptado de una porción del libro Madres con una misión publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

Planifica el futuro confiando en la provisión de Dios.

Serie: Perfeccionismo y control

Planifica el futuro confiando en la provisión de Dios
Por Mike Emlet

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Dios es verdaderamente soberano, y yo soy verdaderamente responsable de vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios. Él sostiene todas las cosas con la diestra de Su justicia (Is 41:10; Heb 1:3), y lo que yo hago con mis manos importa (Mt 5:30). Una cosa es afirmar que la soberanía de Dios y la responsabilidad humana son enseñanzas bíblicas, pero ¿cómo vivimos fielmente estas verdades de manera equilibrada en la vida diaria?

La realidad es que vivimos constantemente en la tensión empírica entre la soberanía de Dios y nuestra responsabilidad, entre el llamado a confiar y el llamado a actuar. Aquí hay un ejemplo trivial: configuré mi alarma para que me despertara esta mañana. Probablemente no juzgues eso como un acto de desconfianza total de la providencia de Dios. Hice planes. No asumí que Dios me despertaría sobrenaturalmente a las 5:30 a.m. Ese no fue un acto de incredulidad, sino una aceptación sabia de los medios secundarios. Por el otro lado, dependí de Dios para que me diera un sueño de calidad, mantuviera mi vida mientras dormía y conservara la precisión mecánica de mi despertador y la red eléctrica que lo alimenta. Estoy llamado a vivir en un mundo donde Dios es soberano y mis acciones en verdad importan.

¿PODER, PRESUNCIÓN O PRUDENCIA?
Pero es fácil desequilibrarse y pasar al «modo poder» o al «modo presunción». En el modo poder, nos hacemos cargo de nuestras vidas como si la responsabilidad humana fuera la totalidad de la ecuación. La planificación excesiva es común en este escenario. Hay una ausencia funcional de un Dios soberano; desde luego, reconocemos la soberanía de Dios, pero en la práctica no afecta nuestra vida diaria. Por el otro lado, hay un énfasis excesivo en las causas secundarias. Como resultado de estos desequilibrios, podemos vernos tentados a la ansiedad, el miedo, el control excesivo, la responsabilidad excesiva, el perfeccionismo y la ira. ¿Por qué? Porque creemos que todo depende de nosotros.

En el modo presunción, soltamos nuestras vidas como si la soberanía de Dios fuera la totalidad de la ecuación. Es común que haya poca o nula planificación. Aquí hay un énfasis exacerbado en la soberanía de Dios, pero una ausencia funcional de las causas secundarias. Como resultado de estos desequilibrios, podemos vernos tentados a la pereza, la pasividad, el estoicismo, el fatalismo y la indecisión. ¿Por qué? Porque creemos que todo depende de Dios.

Las Escrituras se mantienen alejadas de ambos extremos. No estamos llamados a vivir en nuestro propio poder ni con presunción. La Palabra de Dios ofrece una alternativa: la prudencia. La prudencia implica una planificación sabia y abundante en oración. Se caracteriza por una visión sólida de la soberanía y la providencia de Dios: Él es responsable. Además, mantiene un énfasis adecuado en las causas secundarias: yo también soy responsable. Vemos este énfasis dual en toda la Biblia. Una y otra vez, la Escritura nos llama a confiar en el cuidado providencial de Dios y a planificar bien y trabajar duro en varias esferas de la vida. Quiero profundizar en un área específica: la provisión material para nosotros y nuestras familias mientras confiamos nuestras labores al cuidado del Señor.

LA PROVISIÓN MATERIAL
Un aspecto inherente de nuestro papel como portadores de la imagen de Dios es que participamos en trabajos significativos. Dios plantó el huerto del Edén, pero Adán debía cultivarlo y cuidarlo (Gn 2:8, 15). Si bien la caída hizo que el trabajo fuera fatigoso (3:17-19), trabajar para mantenernos a nosotros mismos, a nuestras familias y a otras personas en necesidad sigue siendo una norma para nosotros.

Incluso en el desierto, cuando Dios proveyó maná de manera milagrosa para los israelitas, ellos estaban llamados a recogerlo y prepararlo todos los días de acuerdo con Su voluntad y mandamientos revelados (Ex 16). Recogían lo suficiente para cada día todas las mañanas, excepto el sexto día, cuando Dios proveía una porción doble porque debían descansar el séptimo día. Los que desconfiaron de la provisión de Dios (ya sea tratando de guardar algo de maná durante la noche en un día laboral o saliendo a recogerlo el día de reposo) experimentaron la reprensión de Dios. Dios proveyó soberanamente, y el pueblo respondió en la obra práctica de la obediencia, administrando lo que Él proveyó. Nuestro trabajo es importante, pero está basado en la obra providencial de Dios.

En nuestro papel como mayordomos, Dios nos advierte sobre la pereza que conduce a la pobreza (Pr 6:6-11), nos dice que trabajemos tranquilamente y nos ganemos la vida (1 Tes 4:11-12; 2 Tes 3:6-12) y nos exhorta a proveer para los miembros de nuestra casa (1 Tim 5:8) y los necesitados (Ef 4:28). Incluso el apóstol Pablo trabajó duro como fabricante de tiendas a fin de no ser una carga para sus iglesias incipientes (Hch 18:3; 1 Tes 2:9).

Al mismo tiempo, Dios llama a Su pueblo a recordar que Él es Su proveedor supremo. Cuando los israelitas llegaron a Canaán, la provisión milagrosa de Dios se detuvo y debieron hacer el trabajo de cultivar la tierra (Ex 16:35). Sin embargo, Dios advirtió: «No sea que digas en tu corazón: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza”. Pero acuérdate del SEÑOR tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas» (Dt 8:17-18). Solo podemos lograr lo que Él nos permite (Sal 127:1-2). Además, Jesús nos recuerda que no debemos estar ansiosos por las provisiones materiales porque el Padre cuida de nosotros, conoce nuestras necesidades y ya nos ha dado el mayor regalo de todos: Su Reino (Lc 12:22-32). Como resultado, Jesús nos anima a ser generosos con nuestras posesiones materiales, confiando en la provisión de nuestro Padre (vv. 33-34).

Por lo tanto, es correcto considerar las necesidades materiales de nuestra familia, presupuestar de acuerdo a ellas y trabajar diligentemente. Abre un plan de ahorro universitario si puedes. Aparta dinero en una cuenta de jubilación individual. Ahorra para el techo nuevo o la remodelación de la cocina. Pero, por otro lado, no acumules tus posesiones de manera autoprotectora, impulsado por el orgullo, el miedo o la codicia, como se describe en la parábola del rico necio relatada por Jesús (vv. 13-21).

PLANIFICA BIEN Y SÉ FLEXIBLE
Dios no nos llama a vivir en nuestro propio poder ni presumiendo neciamente de Su providencia, sino en una prudencia sabia y equilibrada. Haz planes, pero sé flexible. Vive de acuerdo con la voluntad revelada de Dios, encomendándote a ti y a tus seres queridos a Sus planes soberanos. Santiago 4:13-15 refleja bien esta dinámica:

Oigan ahora, ustedes que dicen: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia. Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debieran decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.

Debemos esperar que, en ocasiones, Dios cambie drásticamente nuestros planes y seamos llamados a someternos humildemente a Sus propósitos amorosos y buenos.

¿Cómo puedes saber si estás perdiendo el equilibrio? Primero, busca la sobrecarga de tu corazón: las tentaciones y los estilos de vida específicos que mencioné anteriormente, asociados con un énfasis excesivo en la responsabilidad humana o en la soberanía de Dios. En segundo lugar, presta atención a tu vida de oración. Si es anémica, estás diciendo (funcionalmente, al menos) que tu propia planificación y acciones son lo que en realidad importa (modo poder) o que en verdad no importa lo que hagas (incluso en la oración) porque Dios simplemente hará lo que hará (modo presunción).

Lo que hacemos importa. En ningún caso presuponemos que Dios obrará al margen de nuestra agencia. Al contrario, considerando nuestros propios planes con humildad, reconocemos que: «Muchos son los planes en el corazón del hombre, mas el consejo del SEÑOR permanecerá» (Pr 19:21). Solo Él puede decir: «Ciertamente, tal como lo había pensado, así ha sucedido; tal como lo había planeado, así se cumplirá» (Is 14:24). Y esa es una buena noticia. Los propósitos soberanos e infalibles de Dios nos dan libertad y valor para soñar, hacer planes, trabajar duro, fracasar con valentía, triunfar humildemente y volver a buscar Su rostro.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Mike Emletpropo
El Dr. Mike Emlet es profesor de la Christian Counseling & Educational Foundation Fundación de Consejería y Educación Cristiana. Es autor de CrossTalk [Conversaciones sobre la cruz] y Descriptions and Prescriptions [Descripciones y prescripciones].