Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. Sobre ti fui echado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios. Salmo 22:9-10 Reflexiones sobre el Salmo 22 (1) Este sorprendente salmo nos da detalles relativos a la Persona de nuestro Señor Jesucristo y su sacrificio, así como de sus glorias presentes y futuras. Cristo vivió una vida de total consagración a Dios y a sus intereses, y uno de los secretos de esto radica en su inquebrantable confianza en Dios. Sin importar las circunstancias, Cristo siempre puso su confianza en Dios. Durante aquellas horas oscuras, él siguió confiando en Dios, quizás más que nunca, incluso cuando Dios apartó su rostro de él (v. 2).
Sus enemigos se burlaron de su confianza en Dios, diciendo: “Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía” (v. 8). Satanás sabía cómo apuntar al centro del asunto, tal como lo hizo durante la tentación en el desierto. Sin embargo, no pudo detener a nuestro Señor en su camino de obediencia. Durante aquellas horas en la cruz, Satanás intentó desesperadamente frustrar la obra de Cristo por medio de estos burladores, quienes provocaron a Jesús con el objetivo de hacerlo desistir de su obra. Sin embargo, a pesar de su debilidad corporal y las terribles presiones que enfrentó durante esta lucha, nuestro Señor Jesucristo continuó poniendo su confianza en Dios. Lo había hecho desde el vientre de su madre, cuando María dio a luz a su primogénito. Dios, el Espíritu Santo, había concebido a Jesús en el vientre de la virgen y, desde entonces, hasta que entregó su espíritu al Padre (Lc. 23:46), nuestro Señor (como Hombre perfecto) se apoyó en él. Así, con el poder del Espíritu Santo (véase He. 9:14), Jesús mismo se entregó como el supremo sacrificio.
Desde su nacimiento, el hombre Cristo Jesús se apoyó en Dios, quien le había dado su confianza. En total dependencia, comunión, obediencia y compromiso el Señor Jesús confesó a Dios como su Dios, y lo honró en cada uno de sus pensamientos, palabras y acciones, especialmente mientras estuvo en aquella vergonzosa cruz.
Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. 2 Corintios 4:6
Muéstrame tu gloria (2) – Mirar el rostro de Dios Los acontecimientos relatados en Éxodo 33-34 deben entenderse a la luz de 2 Corintios 3. Después de que Israel pecara en el asunto del becerro de oro, Moisés intercedió por el pueblo. Entonces recibió la Ley por segunda vez, pero ahora mezclada con misericordia. Podemos darnos cuenta de esto último por la forma en que Jehová describió su nueva disposición hacia el pueblo: “Misericordioso y piadoso; tardo para la ira… que perdona la iniquidad” (Éx. 34:6-7). Algunos enseñan que esta mezcla de Ley y misericordia es lo que constituye en realidad al Evangelio, pero no es así. De hecho, fue esta misma combinación de Ley y misericordia la que el apóstol Pablo denomina como el “ministerio de muerte” o “ministerio de condenación” (2 Co. 3:7, 9).
Este ministerio tenía cierta gloria, “la cual se desvanecía” (2 Co. 3:7 NBLA), e iba a ser reemplazado por el “ministerio del Espíritu”, que es mucho más glorioso que todo lo que Moisés vio en el monte. “Lo que tenía gloria, en este caso no tiene gloria por razón de la gloria que lo sobrepasa” (3:10).
El creyente ahora puede contemplar la gloria del Señor y ser transformado por ella (2 Co. 3:18), pues vemos “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). La gloria que vio Moisés fueron las “espaldas” de Dios, mientras que como cristianos podemos mirar directamente al rostro de Jesucristo.
¿Quiere ver la gloria de Dios? Entonces mire a Jesús (Jn. 1:18). Muy pronto veremos su rostro sin que la carne nos lo impida (Ap. 22:4). Pero no tenemos que esperar hasta entonces, ¡porque podemos empezar a contemplarlo desde ahora!
Cuando pase mi gloria… verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro. Éxodo 33:22-23 Muéstrame tu gloria (1) – Mirar las espaldas de Dios Moisés le había hecho una petición sencilla a Jehová: “Te ruego que me muestres tu gloria” (Éx. 33:18). Dadas las circunstancias en las que se encontraba, realmente no se trataba de un deseo demasiado presuntuoso. Acababa de interceder en favor del pueblo de Israel tras el incidente del becerro de oro. Fue allí, en el monte, con Jehová, que esta petición brotó espontáneamente de sus labios. A veces el concepto “gloria” puede ser difícil de comprender, pero una definición útil es: «Excelencia en exhibición». Moisés tenía un sincero y profundo deseo de ver la gloria de Dios.
Sin embargo, Dios le dijo a Moisés que él no podía ver su rostro: “Porque no me verá hombre, y vivirá.” (v. 20). Ahora bien, ¿cómo explicamos que poco antes la Palabra nos dice que Jehová hablaba con Moisés “cara a cara” (v. 11a)? Obviamente, esto no es una contradicción, sino una metáfora que nos explica que Dios hablaba frecuentemente con Moisés como un hombre habla con su compañero (v. 11b), no que Moisés viera literalmente el rostro de Dios. Sin embargo, Dios le concedió a Moisés ver su gloria, pero de una forma muy especial e instructiva. Dios le dijo a Moisés: “Cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas, mas no se verá mi rostro” (vv. 22-23).
Al relatar este acontecimiento, el apóstol Pablo nos dice que se trató de una gloria que, en realidad, “había de perecer” (véase 2 Co. 3:7, 11). Representaba el carácter parcial y provisional del antiguo pacto. Aun así, esa misma gloria (ver las espaldas de Dios) hizo que el rostro de Moisés resplandeciera, a tal punto que tuvo que cubrirlo con un velo (Éx. 34:29-33). Este maravilloso acontecimiento transformó la vida de Moisés. Hoy en día, los cristianos poseemos algo que supera con creces todo lo que Moisés experimentó aquel día en el monte.
Y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera. 1 Tesalonicenses 1:10 Algunas de las glorias del Señor Jesús ¡Qué maravillosas glorias de nuestro Señor encontramos en este versículo! Consideremos brevemente algunas de ellas.
Él es el Hijo. Este nombre de nuestro Señor nos presenta pensamientos maravillosos acerca de la relación eterna entre el Padre y su único Hijo en la Deidad. Esa relación se manifestó luego en la tierra cuando el Hijo se hizo Hombre. Él es quien pudo decir en su oración al Padre: “Me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24).
Él es el que vendrá de los cielos. Hoy esperamos, como los tesalonicenses, que el Hijo regrese de los cielos. Sabemos que él ya vino una vez (1 Jn. 5:20). En su primera venida, vino para “quitar de en medio el pecado” y nuestros pecados mediante el sacrificio de sí mismo (He. 9:26, 28).
Él resucitó de entre los muertos. El Hijo de Dios murió como nuestro sustituto. Pero la muerte no lo pudo retener, y al tercer día resucitó “por la gloria del Padre” (Ro. 6:4).
Él es Jesús. Aquel que desde la eternidad es Dios y se hizo Hombre. Jesús es el nombre que tomó cuando vino a este mundo, el cual significa “Jehová Salvador”. Vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21).
Él es nuestro Libertador. A menudo pensamos en la ira eterna, el lago de fuego, de la que hemos sido salvados por la obra del Señor Jesús. Pero la ira también caerá pronto sobre este mundo que ha rechazado al Hijo de Dios (1 Ts. 5:1-4, 9; Mt. 24:21). A esto comúnmente se le denomina como “la tribulación”. Durante ese periodo, ¿estará aún la iglesia en la tierra? ¡No! El Señor Jesús es aquel que nos librará de esta “ira venidera”. “Yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra” (Ap. 3:10).
Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras… Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre. Génesis 11:1, 3-4 Babel: confusión Esto sucedió después del diluvio. Noé, sus hijos y sus esposas se salvaron, mientras que el resto de la humanidad pereció. Pero este juicio, por severo que fuera, no logró cambiar el corazón perverso del hombre. Romanos 1:21-32 nos muestra el camino descendente del hombre. Las personas conocían a Dios, pero no lo glorificaron como Dios y no fueron agradecidas; sus pensamientos eran vanos y sus corazones se oscurecieron, como muestran los versículos de hoy.
Dios había dicho a Noé y a sus hijos que fuesen fructíferos, se multiplicasen y poblaran la tierra. Ellos y sus descendientes tenían una misma lengua y, por tanto, se entendían. Se habían trasladado juntos a una llanura en la tierra de Sinar y se habían establecido allí. En sus corazones perversos, ellos pensaron que podían desafiar a Dios y tener éxito. Seguirían desobedeciendo, construirían una torre inmensa que alcanzaría los cielos y se harían un nombre para sí mismos.
Ahora bien, ¿cuál es la actitud del ser humano en la actualidad? ¿Obedece a Dios y glorifica su nombre? ¡No! Muchas veces ni siquiera piensa en Dios. El ser humano continúa emprendiendo proyectos enormes de su propia imaginación e inventa toda clase de religiones en sus vanos intentos de alcanzar el cielo.
Dios vio todo lo que estaba sucediendo en la llanura de Sinar, así que detuvo el proyecto de construcción de la torre de Babel. Lo hizo confundiendo su lenguaje de manera que se les hizo imposible trabajar juntos. Hasta el día de hoy, el ser humano se esfuerza por superar este problema de comunicación. Sin embargo, a medida que avanza en su superación humana, también lo hace en su depravación pecaminosa. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que el juicio de Dios vuelva a caer sobre este mundo?
Al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies. Mateo 9:36-38
Obreros para la mies Con frecuencia los medios de comunicación nos informan de grandes aglomeraciones de personas, ya sea para celebraciones varias, funerales de celebridades, eventos deportivos, fiestas religiosas, etc. Cuando vemos esas multitudes, ¿se conmueve nuestro corazón al pensar en esas preciosas almas, deseando que se den cuenta de su profunda y gran necesidad de conocer al Señor Jesucristo como Salvador?
Ciertamente, la mies es mucha. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros somos lo suficientemente conscientes de que tenemos que asumir nuestra responsabilidad de ser verdaderos obreros en la cosecha de tan preciosas almas? Con total razón sentimos nuestra debilidad e impotencia ante la indiferencia de muchas personas, el odio genuino de muchas otras, e incluso la persecución, ya sea física o verbal.
Sin embargo, ¿existe una buena razón en todo esto como para vernos derrotados incluso antes de comenzar a dar un verdadero testimonio de nuestro Señor? ¿Nos sentimos como Jeremías?, que dijo: “Porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre”. ¿Podía hacerlo? No, el Señor no lo iba a permitir. Al contrario, Jeremías tuvo que añadir: “Había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude” (Jer. 20:8-9).
Ciertamente deberíamos desear que este tipo de obreros sean enviados a la mies del Señor: un creyente tan conmovido por la pura verdad de la Palabra de Dios que anhele fervientemente que esta verdad sea recibida en los corazones de todos aquellos con quienes entra en contacto. ¡Oh, que todos conozcan la gracia salvadora del Señor Jesús! Seamos fieles en anunciar fielmente las buenas nuevas de salvación.
La iglesia de hoy, la iglesia «de Jesucristo», se esfuerza mucho por parecerse lo más posible a la cultura, en lugar de huir de esas cosas.
Durante décadas, ha sido popular para los líderes de la iglesia hacer que la gente venga a la iglesia y se sienta como si estuviera en algún evento mundano. La iglesia se ha vuelto amigable con el pecador en lugar de asustar al pecador. Se ha convertido en afirmadora en lugar de condenatoria, sentimental en lugar de teológica, informal en lugar de solemne, entretenida en lugar de edificante, engañosa en lugar de honesta, frívola en lugar de cultual… ya nos hacemos una idea.
A las iglesias no les gusta la idea de que son una ofensa para la cultura, y piensan que si pueden acercarse a todo lo que la gente disfruta en la cultura, de alguna manera podrán ganársela.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Hay corrientes filosóficas que nos han empujado en esta dirección, como el pragmatismo. El pragmatismo es una filosofía que dice que el valor de cualquier cosa viene determinado por sus consecuencias prácticas. Eso es un poco diferente de otra corriente filosófica, el utilitarismo. El utilitarismo dice que la utilidad es la norma de lo que es bueno. Si funciona, si produce el efecto deseado, entonces lo hacemos. Esta es la filosofía.
La iglesia, por extraño que parezca, ha comprado en la filosofía del pragmatismo y el utilitarismo y decidió que si atrae a una multitud, es bueno; y si funciona, vamos a usarlo, incluso si no logra ser una separación del mundo.
Así que la iglesia se ha adaptado al mundo pagano. Los líderes de la iglesia hablan menos de teología y más de metodología. Hablan menos de doctrina y más de estrategia.
A medida que el mundo pagano se vuelve más hostil a la verdad de Dios, a medida que se vuelve más hostil al pueblo de Dios, las iglesias transigirán. Ya han demostrado que lo harán. Transigirán para ser más atractivas. No quieren ser perseguidas, no quieren ser rechazadas, no quieren ser ignoradas, no quieren ser perseguidas, y entonces se alinearan con las expectativas del mundo. Cortejarán al mundo siendo como el mundo.
Jesús le dice esto a la iglesia de Pérgamo:
12 Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto:
13 Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. 14 Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. 15 Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco. (Apocalipsis 2:12-15)
Tienes algunas personas allí que están jugando con la idolatría y la inmoralidad. Es algo así como Balaam, y es lo que los nicolaítas defienden. Hay gente que es arrastrada de nuevo a los pecados muy familiares de los cuales han sido liberados.
Balaam, según Deuteronomio 23, es un personaje del Antiguo Testamento. Era un famoso hechicero de un lugar llamado Pethor en Mesopotamia. Conocía al Dios de Israel – todo el mundo conocía al Dios de Israel por lo que el Dios de Israel había hecho al liberar a Su pueblo de Egipto. Pero Balaam era un hechicero que estaba en esto, como todos los hechiceros, por el dinero. Así que puso sus servicios esotéricos a disposición de cualquiera que le pagara.
Recuerdas la historia. Tres veces Balaam intenta maldecir a Israel, pero no puede hacerlo. Así que desarrolla otra estrategia. Si no puede maldecirlos, decide que los corromperá. Así que consiguió que un grupo de mujeres de Moab sedujeran a hombres judíos para que se casaran entre ellos; y así arrastró a esos hombres a una vida idólatra e inmoral en Moab. Volvieron a comer cosas sacrificadas a los ídolos, y volvieron a cometer idolatría – las mismas cosas que habían visto en Egipto.
La maldición no funcionó, pero la corrupción sí. La unión blasfema con el mundo destruyó el poder de Israel y le quitó su protección. El plan tuvo éxito. Pero Dios, en Números 24, intervino, castigando severamente a Israel y a los líderes y detuvo su caída.
Así que el punto que nuestro Señor está haciendo a la iglesia en Pérgamo es, “Ustedes tienen algunas personas allí que están actuando como Balaam, y los están seduciendo para que regresen a la misma cultura de la que han sido liberados, para que participen en su idolatría y su inmoralidad.” Algunos en Pérgamo estaban cayendo ante las seductoras sirenas de la cultura del diablo.
Hablando en términos prácticos, ¿cómo se veía esto? Algunos en la iglesia de Pérgamo estaban asistiendo a fiestas paganas con libertinaje e inmoralidad, y luego venían a la iglesia. Y aparentemente la iglesia no había tomado acción para confrontarlo y corregirlo.
¿Y que de los Nicolaítas? ¿Cuál era su problema? Era esencialmente lo mismo que los que seguían el error de Balaam. Estaba llevando a la gente de vuelta al mundo del que habían sido rescatados.
Dos de los primeros padres de la iglesia, Ireneo y Clemente de Alejandría, escribieron esto sobre los nicolaítas: “Viven vidas de indulgencia desenfrenada, abandonándose al placer como cabras, llevando una vida de autoindulgencia.”
La iglesia en Pérgamo tenía gente viviendo como paganos, y la iglesia había tolerado esta enseñanza y este compromiso, corrompiendo la casa del Señor. No estaban separados.
Así que Jesús ordena: “Arrepentíos.” Vuélvete y vete por el otro camino. Deja de tolerar el compromiso mundano.
Si usted tiene personas en su asamblea que vienen a adorar a Cristo y luego regresan y caen en los pecados de la cultura, usted debe confrontarlos. La iglesia de hoy no debe dejar de excluir a los incrédulos de la comunión del cuerpo de Cristo. Siempre nos alegramos cuando los no creyentes vienen y escuchan el mensaje, pero no pueden participar con el pueblo de Dios hasta que sean hijos de Dios.
La iglesia debe confrontar a los creyentes que profesan vivir vidas pecaminosas, que afirman haber sido liberados y redimidos del mundo, pero que literalmente viven como vive el mundo. Tienen que ser confrontados.
Si no hacemos eso, mira el “pues si no”: “pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca.” Esta es una iglesia al borde del juicio.
Ahora, por supuesto, queremos alcanzar. Queremos dar la bienvenida a los no creyentes para que escuchen el evangelio y sean redimidos. Queremos que los creyentes pecadores reciban gracia y abundante perdón. Pero no toleramos el pecado como si fuera aceptable, y no vivimos lo más cerca posible de la corrupción del mundo.
Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura. 1 Corintios 9:25-26 Gloria terrenal, gloria celestial Un día, mientras leía mi Biblia, alguien encendió un televisor y me encontré con un constraste sorprendente. En la pantalla, un hombre saltaba en paracaídas desde la cascada más alta del mundo. No era ficción; era real. Esta persona estaba intentando realizar algo que le había quitado la vida a otros antes que él. Luego miré mi Biblia abierta y leí el relato de Hechos 7, donde vi a otro hombre arriesgando su vida. Este hombre no estaba saltando desde la cima de una cascada ante una multitud de fotógrafos y aficionados; estaba en medio de una multitud de personas hostiles y violentas que querían apedrearlo hasta la muerte.
Entonces me pregunté por qué el primer hombre se arriesgó. ¿Será que quería triunfar donde otros fracasaron? ¿O tal vez buscaba llevar sus habilidades al límite? ¿O quizás solo buscaba fama terrenal? No lo sé. Pero sé por qué el otro hombre, un creyente llamado Esteban, estaba dispuesto a enfrentar la hipocresía, la injusticia y las amenazas de muerte: no era un temerario ni un buscador de emociones, sino un seguidor fiel de Cristo que consideraba un honor morir por su Señor y Salvador.
El paracaidista vivió. Las cámaras captaron su momento de gloria mientras se levantaba y saltaba en el aire, con una sonrisa en su rostro por aquel momento de triunfo. ¡Qué emoción!
Esteban murió. Pero en sus últimos momentos los cielos se abrieron y vio la gloria de Dios. Lo suyo no fue la emoción de un momento, sino gozo eterno, justo en el momento en que la furia de sus enemigos se desvaneció y la gloria del Hijo del hombre llenó su visión. El odio de los hombres en la tierra fue sustituido por el amor del Hombre del calvario. La muerte corporal dio paso a la vida eterna, y la derrota fue absorbida por la victoria.
¿Cuál de estas experiencias cree usted que vale la pena buscar?
En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste… Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Salmo 22:4, 6 Reflexiones sobre el Salmo 22 (2) Mientras estuvo en la tierra, el Señor Jesús puso siempre su confianza en Dios (vv. 9-10). Los versículos anteriores describen cómo sufrió cuando fue desamparado por Dios durante las tres horas de tinieblas en la cruz. Jesús siempre puso su confianza en Dios, quien había hallado y proclamado su complacencia en él. Sin embargo, ahora se hallaba desamparado por Dios, y no obtuvo ninguna respuesta de parte de él. Los antepasados y líderes del pueblo de Dios habían confiado en él y habían sido ayudados en circunstancias difíciles. Habían clamado, poniendo su confianza en él, y habían recibido su ayuda y liberación. Sin embargo, el Santo de Dios, que siempre había confiado en él, ahora se hallaba desamparado por su Dios.
Bajo el extremo peso de sus insondables sufrimientos, Jesús se ve como un gusano, aplastado bajo el terrible juicio de Dios contra el pecado. Había clamado a él, como lo habían hecho los padres, pero no hubo respuesta divina para él. Además, despojado de su vestimenta, se convirtió en el oprobio de los hombres y el despreciado del pueblo. En esta terrible situación, su Dios era el único que podía ofrecer la solución correcta para él y para su pueblo. Durante esas tres horas, Jesús obró lo necesario para que se reconciliaran con Dios: el “gusano” produjo algo en lo que Dios podía deleitarse. Mientras la gente se burlaba de él, ridiculizando a su propio Mesías, escarneciéndolo (v. 7), él honró a Dios con su sacrificio, la ofrenda por el pecado.
La frase “mas yo soy gusano” se convirtió entonces en uno de los títulos mesiánicos del Varón de dolores, debido a lo que él hizo (véase v. 31). El mismo que sufrió es el que reinará. Durante su reino del Milenio, Cristo será el Gobernante de las naciones: Dios lo hará soberano de su pueblo y de las naciones.
Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda. 1 Timoteo 2:8 Interceder (1) Me gustaría considerar la intercesión de Abraham, tanto por Lot como por Sodoma, como una ilustración del versículo de hoy.
¿Dónde estaba Abraham en Génesis 18:1? ¿Dónde estaba Lot en Génesis 19:1? Abraham estaba junto a los árboles de Mamre. Mamre significa ’fuerza’ o ’gordura’. Mamre está a unos 900 metros sobre el nivel del mar, en las montañas de Judea al sur de Jerusalén. Sodoma, por otro lado, estaba en la llanura del mar Muerto, a unos 400 metros bajo el nivel del mar, en el lugar más bajo de la tierra. Es por eso que los tres varones que visitaron a Abraham vieron Sodoma desde arriba, tanto literal como moralmente. Mamre fue un lugar de fortaleza para Abraham. Fue el lugar al que trasladó su tienda después que Lot eligiera las llanuras bien regadas de Sodoma y Gomorra.
Santiago 4:4 nos recuerda que “la amistad del mundo es enemistad contra Dios”. El apóstol Juan añade que esta amistad conduce a amar las cosas de este mundo (1 Jn. 2:15). Pero esto no ocurre de golpe. Lot no se fue directamente a Sodoma, ¡hubo una progresión en este descenso! Comenzó “poniendo sus tiendas hasta Sodoma” (Gn. 13:12). Al principio fue una amistad casual con el mundo, pero pronto Lot se manchó con el mundo (Stg. 1:27) y luego se conformó al mundo (Ro. 12:1-2), probablemente tratando de marcar una diferencia en un puesto de responsabilidad en Sodoma (Gn. 19:1).
Pero si queremos ser como Abraham, debemos levantar nuestras tiendas en el lugar de la fuerza, Mamre, junto al encinar. Se trata de árboles que nos recuerdan a la cruz y lo que allí sucedió. La cruz de Cristo nos da la fuerza para apartarnos de este mundo. Lot no podía interceder por la gente de Sodoma porque moralmente no estaba separado de ellos, ¡pero Abraham sí! ¿Es usted capaz de interceder por alguien hoy? ¡Comience ahora “levantando manos santas”!