El corazón humano y la gracia | Juan 8:3

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/e8efc05a-559d-450c-9f85-982a77fb85f7/09-02-2024.mp3

El corazón humano y la gracia

Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio.
Juan 8:3
El corazón humano y la gracia
Hay en todas las personas un cierto conocimiento del bien y del mal. Sin embargo, probablemente no existan dos personas que posean el mismo y exacto criterio acerca del bien o el mal. Por ejemplo, el borracho piensa que emborracharse no es tan malo, pero robar sí. Cada uno se felicita a sí mismo por no haber hecho ciertas cosas malas, y se compara con otra persona que ha cometido el pecado que cree haber logrado evitar.

Todo esto demuestra que los hombres no se juzgan a sí mismos utilizando un estándar fijo de lo correcto y lo incorrecto, sino que simplemente toman lo que les conviene y condenan a los demás. Sin embargo, hay un estándar con el que todos serán comparados: la perfecta justicia de Dios.

Los escribas y fariseos mencionados en Juan 8 eran personas muy morales y religiosas, y se escandalizaron grandemente cuando descubrieron a una mujer en flagrante pecado. El corazón corrupto del hombre se consuela a sí mismo y se tranquiliza cuando puede hallar, piensa él, a una persona peor que él.

Pero eso no es todo, porque los hombres no solo se glorían al compararse con otros, al punto de llegar a alegrarse por la caída y ruina de alguien más, sino que no pueden soportar que Dios exhiba su gracia. La gracia es el perdón pleno y gratuito de todo pecado y mal, sin que Dios exija o espere nada del perdonado. Es un principio que se opone diametralmente a todos los pensamientos y caminos del hombre, a quien le desagrada esta idea; a menudo la llama, en lo secreto de su corazón, injusticia. Es muy humillante admitir que dependemos enteramente de la gracia para la salvación; y que nada de lo que hemos hecho, y nada de lo que podamos hacer en el futuro, nos ha hecho, o nos hará, personas dignas incluso de la gracia; sino que nuestra miseria, nuestro pecado y nuestra ruina son el único derecho que poseemos para disfrutar de la gracia.

J. N. Darby
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Su compasión no fallará jamás | Marcos 8:2-3

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/2948ed1f-dae9-4b2a-8eec-c3e2498e0d3b/08-02-2024.mp3

Tengo compasión de la gente… y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos.
Marcos 8:2-3
Su compasión no fallará jamás
Cuando Cristo alimentó milagrosamente a 4. 000 personas (v. 9), él satisfizo su necesidad de alimento material. Sin embargo, muchos comentaristas bíblicos pasan por alto la compasión del Señor en este relato. Su compasión se ve en el hecho de que entró en las circunstancias desfavorables de las personas: “Pues algunos de ellos han venido de lejos”. Era consciente de que algunos habían salido temprano de sus casas y habían caminado muchos kilómetros para estar con él; pero ahora tenían que regresar y corrían el peligro de desmayarse en el camino. Cristo había seguido de cerca su viaje y conocía la situación de cada uno de ellos. No solo ve nuestras necesidades, sino que también conoce las dificultades que enfrentamos en nuestro camino.

¡Así es como nuestro Dios simpatiza con nuestros problemas! Vemos lo mismo en Éxodo, el Señor se le apareció a Moisés. Le reveló su corazón compasivo, pues los llamó “mi pueblo”. Le dijo a Moisés: “He visto la aflicción de mi pueblo”, y por eso descendió (Éx. 3:7-8). No se limitó a liberar a su pueblo de una manera distante y mecánica, sino que dijo: “He descendido”. Entró en las calamidades que estaban experimentando. El profeta lo describió así: “En toda angustia de ellos él fue angustiado” (Is. 63:9).

En la época de Jeremías, cuando el pueblo de Dios pasaba por profundas pruebas, el profeta declaró: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana” (Lm. 3:22-23). Cristo, que era Dios manifestado en carne, y que descendió del cielo (cf. Jn. 6:33, 50) satisfizo nuestra necesidad como pecadores, pero también se compadece de nosotros como creyentes. Provee para las dificultades que enfrentamos en nuestra vida, no mecánicamente, sino con compasión y simpatía. Que podamos aprender de su compasión por la multitud hambrienta e imitemos su ejemplo.

Brian Reynolds
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

El Eclesiastés y el cristiano | Eclesiastés 3:1

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/de5eb1ec-53ad-45c7-a4ed-65530a777690/07-02-2024.mp3

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.
Eclesiastés 3:1
El Eclesiastés y el cristiano (3)
En los primeros ocho versículos del capítulo 3, Salomón contrasta catorce pares de cosas opuestas y se pregunta al final: “¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?” (v. 9). Desde su punto de vista, esto también es vanidad. Si lo positivo se anula con lo negativo, ¿qué sentido tiene? Catorce menos catorce es cero. Pero si miramos un poco más profundamente, podemos aprender muchas cosas en este pasaje.

“Todo tiene su tiempo” es un principio bíblico. Incluso cuando consideramos los propósitos de Dios, la Biblia habla de tiempos diferentes.

En el cumplimiento del tiempo: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gá. 4:4).

A su tiempo: “Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos” (Ro. 5:6 NBLA); “Humíllense… para que él los exalte a su debido tiempo” (1 P. 5:6 NBLA). Pero esta expresión también se utiliza en relación con la responsabilidad del creyente: “El Señor dijo: ¿Quién es, pues, el mayordomo fiel y prudente a quien su señor pondrá sobre sus siervos para que a su tiempo les dé sus raciones?” (Lc. 12:42 NBLA).

Redimir o aprovechar el tiempo: “Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:16); “Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo” (Col. 4:5).

Estos pocos versículos bastan para demostrar que, tanto para Dios como en la vida del creyente, hay diferentes tiempos que el creyente tiene la responsabilidad de discernir. De manera que, puede ser provechoso que el cristiano medite más de cerca Eclesiastés 3:1-8.

Michael Vogelsang
¡Oh, Señor! En tus manos nuestros tiempos están,
Sean placenteros o dolorosos, según sea tu plan.
W. F. Lloyd
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

La verdadera sabiduría | 1 Corintios 1:21

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/57684186-1b0a-4880-aabd-79d402a26d45/06-02-2024.mp3

El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría.
1 Corintios 1:21
La verdadera sabiduría
¿Qué alcanzó a hacer la filosofía de Grecia por sus discípulos? Les hizo los ignorantes adoradores de un “Dios no conocido” (Hch. 17:23). Esa inscripción en sus altares publicaba ante el mundo su ignorancia y su vergüenza. ¿Y no debemos preguntarnos si la filosofía ha hecho por la cristiandad más de lo que hizo por Grecia? ¿Nos ha comunicado el conocimiento del verdadero Dios? ¿Quién se atreverá a decir que sí? Existen millones de profesos bautizados en todos los ámbitos de la cristiandad que no conocen del verdadero Dios más de lo que conocían aquellos filósofos a los que Pablo encontró en la ciudad de Atenas.

El hecho es este: todo aquel que realmente conoce a Dios, es el privilegiado poseedor de la vida eterna. Así lo declara nuestro Señor Jesucristo de la manera más explícita en el capítulo 17 de Juan: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (v. 3). Conocer a Dios es tener vida, y vida eterna.

Pero ¿cómo puedo conocer a Dios? ¿Dónde le encontraré? ¿Me lo dirán la ciencia y la filosofía? ¿Lo han dicho alguna vez a alguien? ¿Han guiado alguna vez a algún pobre vagabundo al camino de la vida y de la paz? No; jamás. “El mundo por su sabiduría no conoció a Dios”. Las antiguas escuelas de filosofía, opuestas unas a otras, solo lograron sumergir la inteligencia humana en profunda oscuridad y en una desorientación sin esperanza; y las modernas escuelas filosóficas, igualmente opuestas unas a otras, no son mejores. Vacías especulaciones, dudas penosas, teorías sin base, es todo cuanto la filosofía humana en todo tiempo y en toda nación puede ofrecer al que sinceramente busca la verdad.

¿Cómo, pues, conoceremos a Dios? Si tan excelente resultado depende de su conocimiento; si conocer a Dios es vida eterna -y Jesús lo dice- entonces, ¿cómo le conoceremos? “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” (Jn. 1:18).

C. H. Mackintosh
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

La paciencia del Señor Jesús, un ejemplo para nosotros | Isaías 53:7

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/2e4106f3-8390-4f5a-9b48-dd31815cc394/05-02-2024.mp3

Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.
Isaías 53:7
Pacientes en la tribulación.
Romanos 12:12
La paciencia del Señor Jesús, un ejemplo para nosotros
¡Qué grande fue la paciencia de nuestro Señor Jesús! Mire cuánta paciencia tuvo en las escenas finales de ignominia y aflicción que precedieron a su muerte. En aquellas horrendas horas, azotado por el peso de lo que tenía ante él, bien podría haber convocado, con justificada indignación, a “más de doce legiones de ángeles” (Mt. 26:53) y dar a cada uno lo que merecía. Sin embargo, en lugar de eso, se sometió a un silencio suave y majestuoso.

Piense en lo paciente que ha sido con su Iglesia y su pueblo, en cómo año tras año ha soportado nuestra ingratitud, nuestra dureza de corazón y nuestra falta de respuesta a su santa Palabra. Sin embargo, la mano de nuestro Dios amoroso y paciente sigue extendida (Is. 5:25; 9:12, 17, 21; 10:4).

Querido hijo de Dios, ¿está usted pasando por alguna amarga prueba? ¡Tenga paciencia! Bueno es Jehová a los que en él esperan (Lm. 3:25). ¿Lleva mucho tiempo postrado en un lecho de enfermedad, experimentado días de dolor y noches de desánimo? Le animo a que tenga paciencia. Por medio de su dolor, Dios está alimentando en usted la gracia que brilló tan notablemente en el carácter de nuestro Señor. En él, la paciencia era un hermoso hábito del alma.

¿Sufre usted injusticias inmerecidas o acciones mezquinas, quedando expuesto a acusaciones duras e hirientes que son difíciles de soportar? Sea paciente. Cuídese de las palabras duras o la irritación, y recuerde cuánto mal hizo Moisés cuando “habló precipitadamente con sus labios” (Sal. 106:33). Piense en Jesús de pie ante un tribunal humano con completa y silenciosa sumisión, plenamente consciente de su inocencia y justicia, y deje su problema en manos de Dios. Que la paciencia sea un estado de ánimo habitual, que se manifieste a diario, en medio de los pequeños problemas y molestias de su vida cotidiana. Que su propósito de corazón sea esperar firmemente en Dios, habiendo echado todas sus cargas sobre él.

J. R. MacDuff
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? | Salmo 22 (1)

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/b498e881-5a27-43e8-aad6-9f0a62b818a4/04-02-2024.mp3

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?
Salmo 22:1
Reflexiones sobre el Salmo 22 (1)
Cuando el Señor Jesús se dirigía a Dios, solía hacerlo como “Padre” o “Padre mío”, mostrando así la intimidad de esta relación. A veces, esta expresión enfatiza la relación eterna entre el Padre y el Hijo. Muy a menudo indica la dependencia del Hijo en Dios Padre. Cuando el Señor Jesús dice “Dios mío”, entonces se enfatiza su relación con Dios como hombre y, como tal, lo honró, mientras que todos los hombres lo han deshonrado. Por eso se abrieron los cielos sobre él y se oyó la voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17).

¡Qué difícil debe haber sido para Jesús, después de tres años de servicio público y fidelidad a Dios, ser desamparado por Dios durante esas tres horas de tinieblas en la cruz! La noche anterior, él estuvo orando en el jardín de Getsemaní. El Hombre perfectamente dependiente y obediente pidió si era posible que esa copa pasara de él. Al día siguiente, en la cruz, él sufrió primeramente de manos de los hombres y por los ataques del enemigo. Sin embargo, lo que aterró su alma en Getsemaní vino después: el horror de las tres horas de tinieblas, cuando el Santo de Dios fue desamparado por su propio Dios. Esas horas fueron lo más terrible para él, pero era la única manera en que Dios podía tratar el tema del pecado. Allí fue “hecho pecado” (2 Co. 5:21) y se convirtió en el sacrificio por el pecado, nuestro Sustituto. El Justo sufrió por nosotros, los injustos, “para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). Dios se ocupó de la raíz del mal, el pecado -nuestra naturaleza pecaminosa- y juzgó a Cristo por nosotros.

El Señor Jesús también confesó como suyos todos los actos pecaminosos que hemos cometido, y soportó el castigo que ellos merecían. Los hechos, las palabras y los pensamientos de Cristo fueron siempre agradables a Dios, pero entonces en aquellas horas de tinieblas él tomó nuestro lugar: Aquel que “no conoció pecado”, por nosotros fue hecho pecado.

Alfred E. Bouter
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

El tribunal de Cristo para los creyentes | Hebreos 6:10

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/e8a5cb58-533a-455d-9777-9816a3f23aaa/03-02-2024.mp3

Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre.
Hebreos 6:10
El tribunal de Cristo para los creyentes
Si somos creyentes, usted y yo nunca podremos ser juzgados por nuestros pecados, pues Jesús fue juzgado por ellos. Sin embargo, como creyentes, tendremos que dar cuenta al Señor de todas nuestras acciones aquí en la tierra. Creo que cuando toda nuestra historia sea revisada ante el Señor, estaremos profundamente agradecidos de haberla revisado junto con él.

Quizás alguien dice: “Pero voy a estar muy preocupado por lo que se manifestará en aquel momento”. ¡No!, no piense en ello. Le diré qué se manifestará: usted verá que ha sido puesto en la gloria, en semejanza a Cristo. ¿Tendrá entonces alguna objeción que hacer? Nuestra culpa nunca podrá sernos imputada, porque ya le ha sido imputada a Cristo. Él murió por nuestros pecados, Cristo es nuestra justicia y nuestro fundamento para comparecer ante la presencia de Dios. Sin embargo, será un momento de mucha bendición y solemnidad, pues veremos lo que su gracia fue para nosotros aquí en nuestro andar terrenal. En ese momento, cuando comparezca ante el tribunal de Cristo, el Señor me mostrará toda mi historia. Al mirar hacia atrás en mi vida, a mis días de incredulidad, veo un largo y oscuro río, negro como la tinta, con nada más que mi voluntad propia y el pecado. Luego llego a un punto en el que su gracia comenzó a obrar en mi corazón, y veo una pequeña y brillante línea de plata apareciendo en escena: el primer toque del Espíritu de Dios en mi alma. En ese momento, la corriente de su gracia comienza a ensancharse poco a poco, y el torrente oscuro de mi voluntad propia y el altivo pecado comienza a disminuir.

Así recorro toda mi historia, viendo mis fracasos, mis faltas, la paciencia del Señor y su gracia conmigo. ¡Qué tonto fui entonces, y cuánto me ayudó su gracia! Entonces contemplo anticipadamente el final de mi historia y digo: “Aquí estoy con Cristo en la gloria”. ¡Oh! ¡Estaré en la gloria! ¡Qué maravillosa gracia! No me lo perdería por nada del mundo.

W. T. P. Wolston
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

El amor divino, el vínculo que une a los hijos de Dios | 1 Juan 4:7-8

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/ee513d68-07cc-4fef-be8e-79171fd33b0d/02-02-2024.mp3

Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.
1 Juan 4:7-8
El amor divino, el vínculo que une a los hijos de Dios
Juan fue uno de los doce discípulos que Jesús eligió para seguirlo durante sus años de ministerio público. Por inspiración divina, Juan fue el autor del Evangelio y de las tres Epístolas que llevan su nombre, así como del libro del Apocalipsis. Exceptuando el Apocalipsis, nunca menciona su nombre en sus escritos, pero cinco veces en su evangelio se refiere a sí mismo como “el discípulo a quien amaba Jesús”. Juan, que había convertido el pecho del Salvador en su hogar, ciertamente era el más capacitado para escribir acerca del bendito tema del amor.

Aunque los cristianos profesantes habían dejado su primer amor (véase Ap. 2:4), Jesucristo nunca falla. Su amor por los suyos permanece inalterable. Juan comprendió que el amor es de Dios. Todo el que ha nacido de Dios ha recibido una nueva vida y, por lo tanto, una nueva naturaleza divina, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro. 5:5).

En nuestro versículo de 1 Juan, el apóstol se dirige a los cristianos como “amados”. Le escribe a toda la familia de Dios, la cual es muy numerosa. Abarca una gran variedad de nacionalidades, idiomas y culturas, pero se trata de una sola familia. Cada miembro de esta familia ha nacido de Dios y el Espíritu Santo habita en él. ¿Forma usted parte de esta familia, la familia de Dios?

Hay un vínculo que une a todos los hijos de Dios, y este vínculo está destinado a ser visto abiertamente en el mundo. ¿Cómo se ve? Por nuestro amor mutuo. No es un amor natural. Es el amor divino que se eleva por encima de todas las diferencias naturales. Si digo que amo a Dios, entonces estoy obligado a amar a todos los hijos de Dios, porque ellos también han nacido de Dios, y Dios es amor. “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Jn. 13:34).

Jacob Redekop
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Nimrod y sus ciudades | Génesis 10:8-12

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/91afe35f-d72c-4d91-9e7d-7c5ff31e827f/01-02-2024.mp3

Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra. Este fue vigoroso cazador delante de Jehová… Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar. De esta tierra salió para Asiria, y edificó Nínive, Rehobot, Cala, y Resén entre Nínive y Cala, la cual es ciudad grande.
Génesis 10:8-12

Nimrod y sus ciudades
Nimrod fue un líder. De hecho, muy probablemente haya sido el líder que, antes de que el Señor confundiera los idiomas en Babel, comandó los intentos para construir una ciudad, y una torre cuya cúspide llegara al cielo, buscando así hacerse un nombre (véase Gn. 11:1-9). “Y fue el comienzo de su reino Babel” (es decir, “confusión”), aunque Nimrod, un rebelde, pronto añadió más ciudades a su reino.

Nimrod es llamado “vigoroso cazador delante de Jehová”, una expresión que siempre se utiliza negativamente en las Escrituras. Contrasta vivamente con el oficio de pastor. Muchos líderes piadosos de las Escrituras comenzaron su carrera como pastores. El Señor Jesús se refirió a sí mismo como el Buen Pastor en Juan 10. El cazador es alguien que acaba con la vida de su presa, mientras que el pastor se dedica a proteger su rebaño, alimentándolo y guiándolo, incluso dando su vida por él.

Nimrod construyó un imperio de ciudades aquí en la tierra, ciudades que reflejan su carácter a través de la Palabra de Dios. Babilonia es conocida por su idolatría. Abraham, por el contrario, “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (He. 11:10). Nínive es conocida por su ferocidad y crueldad en el Antiguo Testamento. Nuestro bendito Señor es completamente diferente; el apóstol Pablo habla de “la mansedumbre y ternura de Cristo” en 2 Corintios 10:1.

A lo largo de los siglos, los reinos terrenales han seguido el modelo de Nimrod. Se trata de un modelo de rebelión contra los mandamientos de Dios y engrandecimiento a través de la fuerza y la conquista militar. La ciudad que esperamos pronto descenderá “del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios” (Ap. 21:10-11).

Eugene P. Vedder, Jr.
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Un joven excepcional | Marcos 10:17

Audio: https://podcasts.captivate.fm/media/34715ba5-8208-4f0c-99c6-5002fb8c5868/31-01-2024.mp3

Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Marcos 10:17
Un joven excepcional
Este joven poseía varias características excepcionales. Estaba lleno de ardor juvenil, pues corrió hacia Jesús. Estaba dispuesto a admitir la superioridad de Cristo, pues se arrodilló reverentemente ante él. Deseaba hacer lo correcto, pues preguntó: “¿Qué haré… ?”. Exteriormente, su carácter era excelente. No se había corrompido por la práctica constante del pecado, pues había guardado la ley exteriormente. De manera que, todas estas cosas agradables en su carácter atrajeron la estima y el amor del Señor. J. N. Darby escribió: “[El joven] era amable y estaba dispuesto a aprender lo bueno; había sido testigo de la excelencia de la vida y las obras de Jesús, de manera que su corazón se conmovió con lo que había visto”.

Sin embargo, toda esta excelencia natural hizo que no apreciara verdaderamente la Persona y la gloria de Cristo, y lo encegueció para no ver al verdadero estado de su corazón y su necesidad. Pudo discernir la excelencia de Cristo como hombre, pero no pudo ver la gloria de su persona como Hijo de Dios. La naturaleza, por excelente que sea, no puede discernir que Cristo es Dios. El Señor, tomando al joven en su propio terreno, no acepta que el hombre sea bueno: “Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios” (v. 18). Efectivamente, Cristo era bueno, pero no simplemente como hombre: él era Dios. Siempre fue Dios, y Dios se hizo hombre sin dejar de ser, o poder dejar de ser, Dios.

Además, al no poder comprender su necesidad, el joven no pregunta “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, sino: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?”. Su disposición natural lo cegó al hecho de que, a pesar de todas sus buenas cualidades, era un pecador perdido que necesitaba la salvación. Esto demuestra claramente que no hay nada bueno en el hombre para ofrecerle a Dios. Un carácter excelente no significa que el corazón se encuentre en un correcto estado moral.

Hamilton Smith
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.