Cristo vino a cumplir la ley | Mateo 5:17

No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
Mateo 5:17

Cristo vino a cumplir la ley
Debido a que el Señor Jesús trajo un mensaje que es diferente a la ley de Moisés, hay quienes piensan que él vino para anular la ley. Pero esto no es así. De hecho, la ley tenía un mensaje que era esencial que los hombres aprendieran. Romanos 3:19-20 lo deja muy en claro: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.” Solo Israel estuvo realmente bajo la ley; sin embargo, el mensaje de la ley era tal, que exponía la culpabilidad de toda la humanidad, tanto de gentiles como judíos. El Señor no dejó esto de lado. La ley se convirtió en nuestro “ayo” o tutor para llevarnos a Dios (Gá. 3:24).

Vino para cumplir la ley. Esto no significa que vino a guardar la ley, sino a cumplir las exigencias que la ley tenía en contra la humanidad. La ley exigía el castigo y la muerte para todos los que no la cumplían. Por lo tanto, si el Señor Jesús iba a cumplir la ley, él mismo debía sufrir y morir para llevar a cabo esta gran obra de recibir el castigo que la ley exigía.

Y lo hizo en perfección. No solo murió en la cruz, sino que “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). Esto nada tiene que ver con lo que sufrió de parte de sus crueles enemigos, no fue el sufrimiento que le infligieron sus crueles enemigos. Este padecimiento hace referencia a las tres horas de intensas tinieblas, cuando sufrió la insoportable agonía del juicio de Dios.

Cristo cumplió perfectamente la ley y satisfizo todas sus exigencias en favor de la multitud de pecadores redimidos, quienes lo alabarán durante la eternidad. Después de terminar esa gran obra, él resucitó y fue exaltado por encima de todos los cielos.

L. M. Grant
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

¿Hacer buenos propósitos o confiar en el Señor?

Este mes os será principio de los meses; para vosotros será este el primero en los meses del año.
Éxodo 12:2

¿Hacer buenos propósitos o confiar en el Señor?
El primer día del año nuevo es un momento en el que a muchas personas les gusta tomar resoluciones de principio de año. Otros, como Jonathan Edwards, toman resoluciones en cualquier momento del año. Edwards fue una de las principales figuras del «Gran Despertar» en América del Norte durante el siglo 18. En su juventud elaboró una lista de setenta resoluciones. La primera resolución de su lista era: «Tomo la resolución de que voy a hacer todo aquello que piense que sea más para la gloria de Dios, y mi propio bien, beneficio y placer». Sin embargo, su tercera resolución decía: «Resuelvo que si alguna vez caigo o me vuelvo perezoso de tal manera que falle para no mantener estas resoluciones, me arrepentiré de todo lo que pueda recordar, cuando recupere mi sensatez». Evidentemente, sabía que existía una alta probabilidad de fallar en el cumplimiento de sus resoluciones.

Al comenzar un nuevo año, en lugar de tomar una resolución, sería mucho mejor dirigir nuestra vista hacia Cristo. En él no hay fracasos y todos los nuevos comienzos le pertenecen. Vemos un indicio de esto en la primera pascua en Egipto: “Este mes os será principio de los meses” (Éx. 12:2). Esa noche, el sacrificio de un cordero por casa dio paso a un nuevo comienzo para los israelitas. Estarían protegidos del juicio y comenzarían su viaje a una nueva tierra, la tierra prometida. Fue realmente un nuevo comienzo y el inicio como un nuevo pueblo. Todas sus necesidades serían satisfechas a lo largo de su viaje. Pero todo comenzó con la sangre derramada de un cordero.

No necesitamos buenas resoluciones. Necesitamos volver a mirar a Aquel que murió por nosotros. Las resoluciones se rompen con demasiada facilidad debido a la debilidad de nuestra carne. El “Predicador” nos advirtió: “Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas” (Ec. 5:5). Pero Cristo, que nos salvó con su sangre, también nos sostendrá y conducirá durante todos los días de nuestra vida.

Brian Reynolds
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

La piedad de Habacuc

Me gozaré en el Dios de mi salvación… El cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar.

Habacuc 3:18-19

La piedad de Habacuc

Es muy alentador observar cómo se conduce este temeroso varón de Dios. Después de estar con su alma angustiada ante Dios por la iniquidad del pueblo de Dios (Hab. 1:2), sube a su puesto de guardia para oír la respuesta de Dios (Hab. 2:1). Luego, tras escuchar lo que el Señor dijo, Habacuc ora una vez más, y finalmente camina por las alturas con gozo en su corazón y alabanza en sus labios (Hab. 3:19).

Estamos viviendo tiempos difíciles, días que bien podemos denominar como “los últimos días”. La Iglesia ha fracasado en su responsabilidad de dar testimonio de Cristo, y el juicio debe comenzar por la Casa de Dios (1 P. 4:17). El mundo ha fracasado en su responsabilidad de gobernar, llenándose de violencia y corrupción. Los juicios del día del Señor se acercan para este mundo, pero incluso en estos días debe cosechar con dolor lo que ha sembrado injustamente. En días como estos, en el que “el fin de todas las cosas se acerca”, es ciertamente apropiado que aprendamos las lecciones que aprendió Habacuc, y así ser sobrios y velar en la oración (1 P. 4:7).

Junto con este antiguo profeta, en todas las penas que podamos enfrentar, ya sea entre el pueblo de Dios o en el mundo que nos rodea, tenemos un recurso infalible: “El Señor está en su santo templo” (Hab. 2:20 NBLA). “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). Al igual que Habacuc, nosotros podemos derramar nuestras preocupaciones ante Dios; podemos verlo actuar; podemos poner todas nuestras necesidades ante él en la oración. Incluso podemos ser conducidos en espíritu a “alturas”, por encima de todas las tormentas, para gozarnos en el Señor, en el Dios de nuestra salvación.

Que podamos inclinarnos con el rostro en tierra en señal de confesión, en el debido momento; que nos paremos sobre “la fortaleza” (Hab. 2:1) para conocer la mente del Señor; y que nos arrodillemos en oración y alabemos en las alturas.

Hamilton Smith

© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

El mal va en aumento

¿Se juntará contigo el trono de iniquidades que hace agravio bajo forma de ley?
Salmo 94:20
El mal va en aumento
En este salmo, el Espíritu Santo describe proféticamente el momento en que el “misterio de la iniquidad” habrá alcanzado su punto álgido y en el que el “hombre de pecado” se haya sentado en el trono del templo de Dios (véase 2 Ts. 2:3-8). El anticristo perseguirá al remanente piadoso en Israel, pero estos fieles esperarán la intervención del Señor (vv. 4-9, 21-23). Los creyentes de este salmo hacen una pregunta sorprendente: “¿Se juntará contigo (con Dios) el trono de iniquidades?” Claramente no, los días del anticristo están contados y el Señor vendrá al rescate de su pueblo, entonces juzgará el “trono de iniquidades”.

Después de su liberación, “el juicio será vuelto a la justicia” (v. 15). Esto significa que llegará el momento en que la justicia ya no estará corrompida. El juicio realizado al Señor Jesús, que lo llevó a la crucifixión, dejó de manifiesto que el juicio y la justicia están separados. Pilato sabía que lo correcto hubiera sido liberar a Cristo, ¡pero lo condenó a muerte! Pilato separó así el juicio de la justicia. Lo mismo ocurre hoy en día, cuando lo políticamente correcto, y lo que es conveniente, deja de lado lo que es moralmente correcto y transparente. Y, sin embargo, Dios es soberano, como escribió un poeta: “La verdad por siempre en el estrado, el error por siempre en el trono; no obstante, ese estrado balancea el futuro, y detrás de la oscura incertidumbre, Dios está entre las sombras, cuidando de los suyos”.

Hay otro elemento sorprendente en la confesión del remanente en Israel: ellos dicen que el trono de iniquidades “hace agravio bajo forma de ley”. Esto significa que las autoridades civiles aprobarán leyes inicuas y harán que la maldad esté legalmente permitida. ¡La persecución de los judíos justos se aprobará legalmente (v. 21)! Muchos gobiernos están legalizando la iniquidad, por ejemplo, cambiando el fundamento mismo del matrimonio (que es una institución divina), permitiendo que la perversión moral sea una ley nacional. Nuestro recurso no es político sino espiritual, pues nosotros también esperamos el del juicio de Dios sobre este mundo para que la justicia sea establecida.

Brian Reynolds
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Un hombre llamado Itai (2)

Respondió Itai al rey… para muerte o para vida, donde mi señor el rey estuviere, allí estará también tu siervo.
2 Samuel 15:21
Un hombre llamado Itai (2)
La devoción de Itai a David resplandeció vívidamente en esta escena tan oscura, al igual que una antorcha brilla en la más espesa oscuridad. Nada pudo disuadirlo de su decisión de seguir al rey, su señor (v. 21). El reinado de David parecía desmoronarse repentinamente cuando Absalón dio un golpe de estado exitoso, después de atraer los corazones de los hombres de Israel. Incluso su consejero cercano, Ahitofel, se había asegurado un puesto junto a Absalón, la superestrella emergente del momento

Y esto es lo que convierte a la devoción de Itai en algo tan sorprendente. David había sido rechazado por su pueblo. La moda en esos momentos era jurarle lealtad a Absalón. Además, Itai venía de Gat, la ciudad de los enemigos de David. Conocía a David hacía poco tiempo, y David no lo presionó para que se convirtiera en su siervo, sino todo lo contrario. Pero Itai no se iba a apartar de David tan fácilmente. Su sincera expresión de devoción a David nos recuerda las palabras de Pablo en Filipenses 1:21. No le importa el costo y el peligro que esto conllevaría. Le importaba poco lo que otros pudieran pensar o hacer. Su corazón estaba puesto en David y consideraba un gran honor seguir al rey rechazado en su exilio.

La devoción de Itai era tan contagiosa que hubo 600 hombres de Gat que lo siguieron. Estos hombres, con todos sus pequeños, se unieron a él cuando puso su vida en juego. ¿Quién de ellos conocía los verdaderos peligros que corrían al seguir a David? Pronto Itai sería puesto a cargo de un tercio del ejército de David mientras se preparaban para la batalla decisiva contra las fuerzas de Absalón.

Los hombres de David, incluido Itai, ganaron esa batalla, pero eso no es lo importante aquí. Lo relevante es la sencilla devoción de Itai, cuya atracción por David lo hizo poner su vida a los pies de este a pesar de todos los obstáculos. ¡Oh, que hoy en día haya más “Itais” en el ejército de Cristo!

Grant W. Steidl
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Un hombre llamado Itai (1)

Vive Dios, y vive mi señor el rey, que o para muerte o para vida, donde mi señor el rey estuviere, allí estará también tu siervo.

2 Samuel 15:21

Un hombre llamado Itai (1)

Estas conmovedoras palabras fueron pronunciadas por un hombre llamado Itai. Había pocas razones para explicar su gran devoción por el rey David. Era de Gat, una ciudad de los filisteos, tradicionalmente enemiga de Israel; era la ciudad de la que procedía Goliat, el gigante al que David había vencido unos años antes. Ahora David ya no era un gran hombre, humanamente hablando, pues estaba huyendo de Jerusalén debido a la sublevación de su hijo Absalón.

La popularidad de David parecía derrumbarse. Usando términos actuales, todas las encuestas de opinión pública estaban en su contra. A diferencia de él, Absalón tenía buen aspecto, era popular y atractivo; era el ídolo del momento. Además, Itai conocía a David hacía poco tiempo; no era un amigo de toda la vida, pues solo se había unido a él el día anterior (v. 20).

Este hermoso testimonio nos hace pensar en algunas personas que conocemos y que están verdaderamente unidas al Señor Jesucristo. Ellos mismos se dan cuenta de que antes estaban alejados de Dios por sus malas obras, pero que han sido reconciliados con Dios por la muerte del Señor Jesús en la cruz. Reconocen que Cristo no es realmente popular, y que seguirlo siempre ha implicado rechazo, incomprensión e incluso persecución. No han sido forzadas a servirlo, en lugar de eso, el amor del Señor Jesucristo es el que ha ganado su confianza, consagración y lealtad. Su lema es: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.” (Fil. 1:21).

¿Forma usted parte de este grupo de “Itais” contemporáneos!

Grant W. Steidl

© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Nuestro Dios puede hacer infinitamente más

Nuestro Dios puede hacer infinitamente más

A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo.
Hechos 23:11
El Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas.
2 Timoteo 4:17
Estos pasajes de la Escritura marcan el comienzo del cautiverio de Pablo en Jerusalén (Hch. 23) y el final de su cautiverio en Roma (2 Ti. 4). Creemos que este periodo fue aproximadamente de unos diez años, incluyendo un corto período de libertad, pero el Señor Jesús estuvo junto al apóstol desde el principio hasta el final, conforme a su promesa: “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5; Jos. 1:5).

El apóstol Pablo estaba ansioso por ir a Jerusalén. Más de una vez sus hermanos le habían aconsejado, por el Espíritu, que no fuera; pero él estaba dispuesto no solo a ser encarcelado allí, sino a morir por el nombre del Señor Jesús (Hch. 21:13). Solo una semana después de su llegada, él estuvo a punto de ser linchado por los judíos antes de que la guarnición romana acudiera en su ayuda y lo encadenara (Hch. 22:27-34). Algunos podrían pensar que él era responsable de esto y que debía ser culpado; pero el Señor no lo culpó, sino que lo animó.

Los motivos de Pablo eran puros. El Señor Jesús vio un fiel reflejo de su propio amor en el corazón de su siervo: “Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Ro. 9:2-3). Al igual que Moisés, con celo santo, él estaba dispuesto a sacrificarse en la conducción del pueblo a los pies del Señor (Ex. 32:32).

Pero eso no iba a pasar. Pablo, al igual que su Maestro, el Señor Jesús, había llorado por Jerusalén: “Como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste” (Mt. 23:37). Las puertas del templo se cerraron (Hch. 21:30) y Pablo no pudo continuar su testimonio en Jerusalén. Pero el Señor, en su gracia soberana, transformó todo en una bendición mucho más amplia. Pablo iba a testificar en Roma, anunciando allí el misterio de Cristo y la Iglesia a través de sus escritos. Sí, nuestro Dios “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20).

Simon Attwood
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.

Acuérdate de mí, Dios mío, para bien

Vi asimismo en aquellos días a judíos que habían tomado mujeres de Asdod, amonitas, y moabitas; y la mitad de sus hijos hablaban la lengua de Asdod, porque no sabían hablar judaico, sino que hablaban conforme a la lengua de cada pueblo. Y reñí con ellos… ¿No pecó por esto Salomón, rey de Israel?… aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras… Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.
Nehemías 13:23-26, 31

Después de la cautividad en Babilonia (36) Algunos más tarde
Después de 12 años como gobernador, Nehemías regresó al rey. Más tarde se le permitió regresar a Jerusalén. Tristemente, cuando volvió se encontró con que la ciudad estaba en una condición deplorable. Eliasib, el sacerdote, había preparado una habitación para Tobías el amonita en los atrios de la Casa de Dios. Nehemías se enfadó grandemente y quitó todas las cosas de Tobías, ordenando que se limpiaran las habitaciones y se devolvieran los utensilios y las ofrendas a la Casa de Dios (vv. 7-9).

Las porciones de los levitas y de los cantores no les habían sido dadas, por lo que habían “huido cada uno a su heredad”. Nehemías culpó entonces a los oficiales, porque la Casa del Señor había sido abandonada. Puso administradores fieles sobre los almacenes para que administraran los diezmos y los distribuyeran a sus hermanos (vv. 10-13). ¡Qué necesario sigue siendo esto aún en los días actuales!

Nehemías se dio cuenta que en el día de reposo había personas que trabajaban, y que en la ciudad había tirios que comerciaban pescado y otras mercancías. Entonces tomó medidas enérgicas para corregir rápido este problema. También fue severo con los judíos que se habían casado con mujeres de las naciones paganas circundantes; citó el mal ejemplo del rey Salomón, recordándoles cómo había pecado al hacerlo. La mitad de los niños nacidos de estos matrimonios no podían hablar en judío (vv. 23-27). Esto sigue siendo un gran peligro, ya que los hijos de creyentes casados con incrédulos tienden a seguir la conducta del cónyuge inconverso. Dios dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Y, una vez más, Nehemías encomendó sus actividades a Dios (v. 14).

Eugene P. Vedder, Jr.
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

El mundo no ha reconocido a su Mesías

El mundo no ha reconocido a su Mesías

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos… Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.

Mateo 2:1-3

Así es como Emanuel vino a esta tierra. Nació sin intervención humana, pero también privado de las comodidades de los hogares humanos: fue “acostado en un pesebre” (Lc. 2:12). Había que constatar solemnemente dos hechos: (1) los hombres no podían traer a la existencia a este gran Redentor, que es el único que puede traer descanso a los hombres y dar gloria a Dios; y (2) no lo iban a recibir cuando viniera.

Sí, pero el Hijo de la virgen, acostado en un pesebre, era “Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Aquel Niño era “Dios… manifestado en carne… visto de los ángeles” (1 Ti. 3:16). Y de los labios de Dios surgió el mandato: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He. 1:6).

Sí, los ángeles lo adoraron, pero los hombres permanecieron indiferentes. Solo unos pocos, como aquellos sabios del lejano Oriente y los humildes pastores de las colinas circundantes, fueron tocados por este gran acontecimiento. Cegada por la incredulidad, la multitud no pudo reconocer la “señal” que Dios había dado (véase Is. 7:14); para ellos, Emanuel no era más que el “hijo del carpintero” (Mt. 13:55), y se creían tan buenos o incluso mejores que él. “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:10-11).

Dios vio con qué desprecio era tratado su Hijo unigénito, y por eso, desde su trono eterno, pronunció estas palabras: “Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones” (Sal. 2:7-8). Pero cuando estuvo en este mundo, Jesús no pidió el trono universal, ni el poder para doblegar a los rebeldes con una vara de hierro (Sal. 2:9). En lugar de eso, él anduvo entre los hombres, lleno de gracia y de verdad. Emanuel había venido a reconciliar al mundo con Dios.

J. T. Mawson

© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

El llamado de DIOS al PASTORADO | James E. Giles

El llamado de Dios al ministro

James E. Giles

En algunas denominaciones el escoger el ministerio es una decisión racional que se basa en varias consideraciones de parte del candidato. Pero en muchas otras denominaciones hay un énfasis fuerte en el hecho de que el ser ministro requiere una convicción firme de que uno ha sido llamado por Dios. Este llamamiento se exige para evitar frustraciones que se puedan presentar en dicho llamado e inciden profundamente como factores de permanencia. Insistimos en que cada ministro tenga una convicción semejante a la experiencia de Pablo y Bernabé, cuando el Espíritu Santo dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch. 13:2).


Algunos experimentan el llamado al ministerio por medio de un deseo profundo de servir al Señor; otros resisten el llamado por mucho tiempo y después se rinden a la presión que viene de Dios. Yo recuerdo muy bien que cuando era joven en los primeros años de la vida cristiana me impresionaba mucho la consagración de mi pastor a Dios y a su iglesia. Yo pasaba mucho tiempo imaginándome cómo sería ser un líder espiritual. Con el tiempo llegué a desear ser un cristiano consagrado totalmente a la predicación del evangelio. Sentía que este deseo era el llamado de Dios. Pero cuando llegué a la universidad comencé a escuchar los testimonios de los jóvenes, muchos de los cuales eran veteranos de la Segunda Guerra Mundial y otros adultos casados con hijos, que testificaban de su sentido de llamado, al cual habían resistido por mucho tiempo. Parecía que uno tenía que luchar en contra del llamado de Dios por mucho tiempo para estar seguro de él. Comencé a dudar de ese llamado; y estas dudas produjeron una ansiedad que afectaba mi vida devocional; hasta que decidí ir y hablar con uno de mis profesores sobre mi problema. El profesor era un sabio con muchos años en el ministerio. Me aseguró que muchos experimentaban el llamado por medio del deseo de servir al Señor, y que no era necesario resistir ese llamado. Me relató el caso de Isaías, que se ofreció para responder al llamado de Dios a llevar el mensaje de Dios a su pueblo. Esto me dio la tranquilidad que buscaba, y seguí adelante en mi preparación para servir al Señor.

Los componentes del llamado de Dios
El doctor Jorge Gaspar Landero declara: “El pastor es un hombre de Dios por llamamiento divino. Se ha dedicado a estudiar y predicar la Palabra de Dios. Vive para su iglesia y sufre por ella.” (“Ofrenda al Pastor”, El Pastor Evangélico, junio de 1959, p. 137). El doctor A. T. Bequer recalca esta misma verdad: “Es imposible realizar la función de pastor de una iglesia si no hemos sentido el llamamiento de lo Alto, porque la misión del pastor tiene múltiples facetas:…” (El Pastor Evangélico, junio de 1959, p. 115). En el curso de la historia Dios llama a cada uno para ser su vocero en el mundo donde uno está viviendo o para llevar las Buenas Nuevas a otros sectores del mundo. El llamado de Dios puede llegar a uno en la forma de una voz audible, como en el caso de muchos de los personajes bíblicos. O puede venir en forma de una convicción interna que persiste a través de un tiempo extenso. Puede ser por medio de una consideración de las necesidades del mundo de hoy. No es posible establecer criterios para que Dios llame en cierta forma, porque Dios es soberano y no podemos dictarle a él cómo ha de llamar a otro. Pero cada uno tiene que escuchar la voz de Dios, según su propia comprensión de ella, y responderle con convicción. Cada persona debe tener una convicción de que Dios le ha llamado. El doctor H. C. Brown, profesor de homilética por muchos años en un seminario, dijo: “El pastor que tiene paz en su alma en relación con su llamamiento, sabe que es un hecho bíblico e histórico. Sabe que Dios lo ha llamado.” (“¿Por Qué los Ministros no Abandonan su Trabajo?” El Pastor Evangélico, junio de 1966, p. 116). Cada cual debe tener adentro esa llama ardiente de la que habla Pablo cuando dijo: “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16). Esto quiere decir que hay un elemento divino en el llamado para predicar el evangelio.

Los elementos inconscientes en el llamado
José María Martínez declara: “La persona que se cree llamada por Dios para servirle debe examinar con la mayor objetividad posible los motivos que le impelen al ministerio.” (José María Martínez. Ministros de Jesucristo, Tomo I. Barcelona: Editorial Clie, 1977, p. 31). Algunas personas se ofenden si uno menciona la posibilidad de que hay elementos y motivaciones inconscientes que entran en juego en el llamado para predicar. La sicología nos enseña que hay motivaciones conscientes e inconscientes en nuestro comportamiento. Podemos estar conscientes de parte de nuestra motivación, que puede ser un sentido de gran necesidad espiritual de entre un grupo, o un interés especial en cierta clase de trabajo o con cierto grupo de personas. La motivación puede brotar de una ambición de viajar a sectores distintos. Pero juntamente con estos factores conscientes habrá muchos otros de los cuales no nos damos cuenta. Por ejemplo, algunas personas se dan cuenta, después de un tiempo en el ministerio, cuando han tenido mucha oportunidad de reflexionar sobre su motivación y han recibido ayuda de otras personas más sabias que ellas, que su llamado al ministerio responde a una necesidad inconsciente de ser aceptadas por otras personas. Descubren que en el ministerio cristiano hay una mayor oportunidad de experimentar esta aceptación. Otros descubren que están en el ministerio porque esta vocación les ofrece la oportunidad de ser estrellas o actores. Otros predican para expiar una culpa que tienen por algún pecado que han cometido en el pasado. Otros lo hacen por una compulsión que sienten de parte de uno de los padres o familiares. Algunos predican por el poder que tienen sobre otras personas, siendo personajes de autoridad por su prestigio en el ministerio.
Hay personas que luego de reflexionar sobre su pasado descubren que entraron en el ministerio para agradar a uno o los dos de sus padres. La influencia de los valores de los padres, lo que Freud llamó el “super yo”, ejerce una fuerza bastante poderosa sobre cada uno de nosotros.
Uno de los problemas más comunes de los seres humanos es el del sentido de aislamiento, el sentirse solos. Cuando uno está en las actividades de la iglesia, con todo el movimiento de los programas, piensa que sería imposible sentirse solo. Por eso, muchos son atraídos al ministerio, porque piensan que van a solucionar este problema. Pero después de estar en el ministerio, descubren que el sentido de aislamiento es uno de los problemas más grandes de los ministros y otros líderes religiosos. Descubren que por la naturaleza de sus responsabilidades muchos ministros llevan una máscara que pone distancia entre ellos y la congregación y entre los sentimientos de todos.
Edward Bratcher, en su libro, The Walk-on-Water Syndrome, sugiere que uno de los grandes problemas de los ministros es su necesidad de aparentar ser capaces de solucionar todos los problemas, de hacer milagros, de ser los mejores oradores que existen y de ser personas infalibles en su doctrina y omnipotentes en su capacidad. Lo más terrible es que a veces el ministro no está consciente de esa necesidad que siente. Estas expectativas crean actitudes nocivas para la salud emocional del ministro. Entre esas actitudes se encuentran: (1) Sentimientos de debilidad y poca estima propias. (2) Sentimientos de ser inadecuados para responder a las demandas de todo el mundo. (3) La necesidad de llevar una máscara profesional, como un camuflaje para sus emociones verdaderas y relaciones interpersonales muy débiles (págs. 26–34).
La lista puede extenderse para incluir muchas otras posibilidades. El énfasis que estamos haciendo es que nos conviene a cada uno de nosotros pasar un tiempo tratando de analizar nuestra motivación inconsciente. ¿Qué debemos hacer si descubrimos que hay motivaciones no tan altruistas como habíamos pensado? ¿Debemos abandonar el ministerio? En ninguna manera. El gran predicador y traductor de la Biblia, doctor J. B. Phillips, dice que debemos hacer todo lo posible para pulir nuestros motivos y hacerlos menos egoístas. (Vera Phillips y Edwin Robertson, J. B. Phillips: The Wounded Healer, págs. 17, 18). En esta manera podremos llegar a servir con mayor dedicación y menos presión. Cuanto más podamos sacar del inconsciente los motivos, y apoderarnos de ellos en forma consciente, haciendo que las áreas de nuestra vida que anteriormente eran infructuosas lleguen a ser útiles, tanto más efectivos seremos en el ministerio.

La salud del ministro
El ministro tiene el deber hacia sí mismo, hacia Dios y hacia su familia de mantenerse en el mejor estado de salud posible. Cuando uno pierde su salud, sea física, emocional o espiritual, su eficacia en el ministerio mengua. Por eso, una parte de la ética personal abarca el mantenernos en buenas condiciones físicas, intelectuales, emocionales y espirituales.

La salud emocional
Después de unos pocos años en el ministerio, el pastor puede descubrir que está sufriendo del estrés que viene acumulando por tantas responsabilidades y demandas de la obra. Por un lado, hay personas que esperan que el pastor sea un buen orador, y que predique sermones creativos para estimular a los más educados en la congregación. Hay otros que hacen reclamos porque el aspecto administrativo de la iglesia no está de acuerdo con las normas administrativas de las organizaciones seculares más avanzadas del momento. Otros critican al pastor porque no visita a los miembros de la iglesia con suficiente regularidad. Otros dicen que el pastor no es asequible cuando necesitan un consejero espiritual. Además de todo esto, la familia constantemente reclama el hecho de que dedica casi todo su tiempo a los miembros, y nunca dedica tiempo para la esposa y los hijos. Todo esto, después de un tiempo, crea una crisis emocional para el pastor.
El ministro tiene el deber de mantenerse con la máxima salud emocional. El servicio a Dios demanda mucho del ministro en su vida emocional. Constantemente está ministrando a personas en crisis con experiencias que son conmovedoras. Esto requiere del ministro un equilibrio emocional para poder funcionar en circunstancias de tanta presión. En el curso de un día puede participar en un servicio fúnebre, visitar en el hospital a personas alegres por el nacimiento de un hijo y a otros que están encarándose con la muerte, y terminar el día con una boda de jóvenes miembros de la iglesia. Tiene que tener la capacidad de identificarse emocionalmente con cada persona y grupo, de acuerdo con las circunstancias que estén viviendo, sin perturbarse tanto por las tristezas y tragedias de algunos que llegue a perder su propio equilibrio. Esto requiere estabilidad emocional. Esta estabilidad emocional se puede ver cuando el ministro tiene dominio propio tal como lo recomienda Pablo a Timoteo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1:7).
Algunos de los mayores problemas de ministros en el campo de su salud mental tienen que ver con el resentimiento, la inmadurez, el sentido de inferioridad, las dudas, el sentido de culpa, y la soberbia, según Wayne C. Clark, en su libro, The minister Looks at Himself (Philadelphia: The Judson Press, 1957). Clark dedica un capítulo de su libro a tratar cada uno de estos problemas, con la esperanza de poder ayudar a los ministros a vivir sin las emociones que son destructivas y con las emociones positivas que hacen nuestra vida más feliz y nuestro ministerio más fructífero. Si el ministro puede concentrar sus energías en mostrar el fruto del Espíritu Santo, del que habla Pablo en Gálatas 5:22, 23: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”, entonces todas estas cualidades le ayudarán para mantenerse en buenas condiciones emocionales.
Si el ministro abunda en estas cualidades, va a poder combatir el sentido de inseguridad, el complejo de culpabilidad y la necesidad de atacar a todos los demás para asegurarse de su poder en la iglesia. Esto tiene que ver con la ética personal del ministro porque muchos pastores se sacrifican en el ministerio, o sacrifican a su esposa y/o los hijos, pensando que lo hacen por consagración cuando en verdad lo hacen para cubrir su inseguridad u otros problemas en la esfera de la salud emocional. A veces un pastor llega a encontrarse en una gran dificultad en el ministerio con su iglesia. Llega al extremo de decidir que tiene que ganar en una controversia en la iglesia. No se da cuenta de que el mayor problema es su inseguridad que se manifiesta en su actitud de dictador. Si pudiera alejarse un poco emocionalmente de las circunstancias, estaría en condiciones de reconocer que en verdad no tiene que ganar en esta controversia.
La falta de salud emocional se ve en los pastores que sienten una compulsión de trabajar largas horas los siete días de la semana. Según su punto de vista, la obra así lo requiere. Pero no se dan cuenta de que su compulsión se debe a factores inconcientes. Después de estar unos dos o tres años en un lugar, sienten el deseo de pasar a otra congregación. Siempre esperan que sea a una responsabilidad mayor. Tienen una compulsión de escalar montañas. Al llegar a la cima de una montaña, inmediatamente ven otra montaña más alta en la distancia, y comienzan la lucha para llegar a la cima de ésa. Pasan su carrera luchando en esta forma, y nunca pueden sentarse y descansar, y sentir que lo que han hecho es suficiente. Tienen que hacer más para agradar a Dios.
La ética personal para el ministro abarca la capacidad de bendecirse a sí mismo, reconocer que es aceptado por Dios y por los demás, y a la vez dar bendición a todos los demás. Este concepto ha sido comunicado bien en el libro de Tomas Harris, Yo Estoy Bien; Tú Estás Bien. Harris menciona que muchas personas, por alguna dificultad en la niñez, sienten que no están bien. Pueden condenar a los demás también, o pueden sentir que todos los demás sí están bien. La meta para cada persona es sentirse bien y sentir que los demás también están bien. Esta actitud manifiesta mejor salud mental, y a la vez ayuda a uno a trabajar bien con los demás.
Wayne E. Oates, profesor por muchos años en el campo del cuidado pastoral y autor del libro The Struggle to be Free, menciona la lucha que ha tenido para liberarse de los sentimientos de inferioridad y del sentido de aislamiento, que abarcan el área de la salud emocional del ministro (Philadelphia: Westminster Press, 1983, págs. 29–47 y 65–90).

La salud física
Estrechamente vinculada con la salud emocional del ministro está la salud física. El ministro, como todo ser humano, necesita una cantidad normal de sueño por la noche para descansar adecuadamente. Necesita alimentos sanos para mantener el equilibrio físico. Necesita ejercicio físico todos los días. El horario y las actividades en que participa el ministro no dan suficiente tiempo para el ejercicio físico. Los ministros, por la naturaleza de su trabajo, pasan mucho tiempo sentados en su despacho preparando sermones, estudios bíblicos y programas para la iglesia. Por eso, necesitan programar actividades todos los días que le brinden la oportunidad de caminar o realizar otras formas de ejercicio.
Uno de los problemas de la mayoría de los ministros que pasan de los treinta y cinco años es el aumento de peso. Esto se debe a la falta de ejercicio y demasiada comida. Uno de los pecados más comunes entre los ministros es la glotonería. Los miembros de la iglesia siempre nos invitan a comer. Ellos sacrifican su comida de toda la semana para servir algo suntuoso al ministro. Si aceptamos su invitación en varias ocasiones en la semana, pronto vamos a tener un problema de obesidad.
El ministro necesita un programa constante de ejercicio físico. Si camina mucho en su visitación a los miembros, esto le beneficiará. Si no camina mucho, debe apartar un tiempo todos los días para realizar ejercicios. Los médicos nos dicen que necesitamos ejercicio para acelerar el latido del corazón en una forma sostenida durante veinte minutos todos los días. No es necesario someternos a un programa forzado que nos deje agotados físicamente; simplemente un ejercicio suave y una vigilancia de la cantidad de alimentos que ingerimos nos ayudarán para mantenernos en buenas condiciones físicas.
El ministro necesita someterse a un examen físico cada dos años antes de los cincuenta años de edad y cada año después de cumplir los cincuenta años. Este examen médico nos dará la oportunidad de corregir cualquier mal en las etapas iniciales, antes de que el problema sea crítico.
El ministro necesita tomar medidas para aliviar el estrés en su vida. En los últimos años mucho se ha escrito sobre este tema. Un buen libro, escrito en inglés, especialmente para ministros, se titula: Burnout in Ministry, por Brooks R. Faulkner. Las demandas del ministerio son tales que el ministro puede experimentar mucho estrés antes de darse cuenta. El tener un modo de relajarse y el practicarlo en forma regular le ayudarán. Cada persona tendrá una capacidad distinta para soportar las presiones de su trabajo, y cada uno tendrá su forma especial de relajarse. No es necesario dictar a cada persona lo que tiene que evitar ni lo que tiene que hacer para relajarse.
El ministro necesita un tiempo y una forma de recreación que pueda ayudarle a sentirse “recreado”. Para algunos esto puede significar viajes a lugares aislados para experimentar la soledad; para otros pueden ser oportunidades para tener compañerismo con amigos íntimos. Es bueno si el ministro puede separar un día para estar con la familia y participar en actividades del gusto de ellos.
El ministro necesita tomar vacaciones cada año. Las iglesias deben animar a su pastor a que tome vacaciones, salga de la comunidad y disfrute de un descanso. Durante esta ocasión puede dedicar tiempo a la lectura, al planeamiento de su programa de predicación y a aprovechar la oportunidad de visitar otras iglesias para observar sus programas. Esto le beneficiará a él y a su iglesia y el pastor y su familia regresarán renovados para trabajar con más energías.
Wayne Oates habla de la necesidad de librarse de aceptar todas las invitaciones que recibe para predicar, enseñar, dictar conferencias y participar en reuniones que comprometan al ministro hasta el punto de quedar completamente agotado (The Struggle to be Free, págs. 129–143). La necesidad de alimentar el “yo”, la necesidad de ser reconocido como persona importante, y a veces la necesidad económica presionan al ministro para aceptar invitaciones extras que posteriormente minan sus energías y hasta su salud. Numerosos son los ministros que se despiertan a los cuarenta y cinco años de edad, para descubrir que han logrado la fama pero han perdido el amor y respeto de sus hijos y su esposa.

La salud intelectual
El ministerio requiere que el pastor alimente intelectualmente a su congregación en su mensaje formal dos o tres veces en la semana. Para poder hacer bien esto, el pastor necesita pasar de tres a cuatro horas cada día en la preparación intelectual. Muchas personas dejan de asistir a la iglesia porque no reciben suficiente estímulo intelectual para hacerles querer seguir asistiendo. El ministro debe estudiar durante toda la vida. Debe tener un programa variado de lectura, y utilizar lo que lee en ilustraciones para sus sermones. Así la gente sabrá que van a recibir estímulo intelectual cuando van a la casa de Dios para adorar.
La congregación no espera que el pastor esté completamente informado como especialista en todos los campos; eso es imposible. Pero ella lo respetará más si se da cuenta por medio de sus sermones que está informado en términos generales de lo que está pasando en el mundo. Su predicación reflejará si está estudiando, o si depende de ideas viejas de épocas pasadas que todos ya habrán escuchado muchas veces. Esto es muy importante, pues el ministro debe tener ideas permanentemente frescas. El auditorio por lo general contiene personas que con frecuencia van a escuchar algo nuevo, como le ocurrió a Pablo. “Qué querrá decir este palabrero”, decían los epicúreos y estoicos (Hch. 17:18), pues esperaban que se les dijera algo nuevo.
No es posible legislar en cuanto al mejor lugar para estudiar, ni qué horario es el mejor para todos. Cada persona tendrá que determinar eso, según las circunstancias locales y su propio reloj interno. Algunos prefieren estudiar en las horas de la mañana, porque pueden concentrarse mejor. Otros prefieren hacerlo en las horas de la noche, cuando todos los demás están dormidos, porque así no experimentan interrupciones. Algunos prefieren estudiar en casa porque hay menos estorbo que en el templo. Otros prefieren ir al templo para estudiar, porque los ruidos de la casa y las interrupciones de los niños no les dejan concentrarse en lo que están estudiando. No hay una sola situación que sea ideal para todos. Cada persona puede encontrar la hora y el lugar más convenientes y con menos interrupciones. Lo indiscutible es que el pastor tiene que dedicar tiempo a la preparación de sus sermones y estudios bíblicos. La gente tiene mucha sed del mensaje de Dios, y agradecerán a la persona que se disciplina para predicar y enseñar ese mensaje.
El ministro tiene que cultivar su actualización en su doctrina, teología y filosofía. El apóstol Pablo encargó rigurosamente a su discípulo Timoteo sobre este aspecto: “Ocúpate en la lectura, la exhortación, y la enseñanza” (1 Ti. 4:12). Debe buscar oportunidades para participar en programas de actualización en el seminario del país donde está trabajando. Casi todos los seminarios ofrecen cursos que los pastores pueden aprovechar cada año. Otras instituciones locales, como institutos y universidades, ofrecen cursos seculares que pueden ayudar mucho al ministro para avanzar en sus conocimientos intelectuales. Podría matricularse en un curso en la universidad local, para mantenerse al día en varios campos. Puede aprovechar las bibliotecas locales para usar sus libros y así ahorrar la inversión de su propio dinero. Si puede leer un libro por mes de los nuevos que están saliendo de las casas publicadoras, esto le ayudaría a mantenerse al tanto de lo que pasa en el mundo.

La salud espiritual
Es paradójico que la persona que inspira a tantos a cultivar una vida devocional activa a veces queda faltante en este aspecto de su propia vida. Algunas encuestas hechas en seminarios indican que el separar un tiempo todos los días para leer la Biblia y comunicarse con Dios para el beneficio personal del ministro es una necesidad grande entre todos. A veces los ministros pensamos que, puesto que pasamos todo nuestro tiempo en comunicación con Dios, en oración intercesora por las necesidades de otros, en la preparación de mensajes para predicar y en el ministerio a la grey, no es necesario tener un tiempo especial para comunicarnos con Dios. Pero esto es un error en nuestra lógica. El ministro que separa un tiempo cada día para meditar sobre la Palabra de Dios en su propio beneficio, podrá ministrar con mayor eficacia y autoridad espiritual.
La mayoría de predicadores famosos recomiendan mucho la oración como parte de la clave del éxito. La predicación sin oración da como resultado congregaciones muertas. Cada enseñanza, cada sermón, si llega a dar en el blanco, es el resultado de la vida espiritual del ministro.
Una de las razones por las que algunos ministros abandonan el ministerio y otros sienten una presión agotadora es la falta de una salud espiritual dinámica. Podemos ver un ejemplo de salud espiritual en la vida del Señor Jesús, cuando continuamente se alejaba para orar: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad… Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró”. (Lc. 22:39, 40).
En los últimos años hemos observado que los seminarios están despertando a la necesidad de enseñar a los jóvenes seminaristas las maneras de cultivar una vida devocional activa, puesto que varios de ellos han contratado a profesores para esta área y tienen cursos con crédito que tienen que ver con el estudio devocional de la Biblia y la oración. James D. Crane, quien durante muchos años fue un líder espiritual en México y otras partes del mundo, ha escrito un libro sobre la oración para ayudar a los ministros en este campo. Martin Thornton, clérigo de la Iglesia Anglicana, ha escrito Spiritual Direction, un libro que trata de explicar cómo los líderes deben de guiar a otros en su desarrollo espiritual (London: SPCK, 1985).
¿Qué puede hacer el ministro ya graduado del seminario para ayudarse a sí mismo en este sentido? Además del estudio de la Biblia para su crecimiento personal, y la comunión con Dios por medio de la oración, cada uno puede buscar otras maneras de enriquecer su propia vida espiritual. Algunos han descubierto que la lectura de sermones de predicadores muy respetados alimentan su vida espiritual. Otros escuchan a otros predicadores por radio y televisión para recibir estímulo espiritual. Otros son inspirados por medio de la música sagrada. Cada uno tiene que descubrir lo que da resultados en su propio caso.

Una ética de compromiso
Los ministros, u obispos de una iglesia, no sólo han de ser capaces de dirigir la iglesia, sino que también deben ser hombres de carácter elevado, con cualidades que indiquen un auténtico desafío a seguir a Cristo.

Una ética irreprensible
En los requisitos para los obispos (pastores) que Pablo nos da en 1 Timoteo 3 aparece la palabra “irreprensible”. Esta palabra, sumada a los demás requisitos que Pablo menciona, presenta las normas éticas más altas para el ministro en su vida personal tanto como en su vida pública.
Esto abarca el hecho de que el ministro debe tener templanza para controlar sus propios deseos carnales. Compromete el testimonio de la iglesia cristiana cuando el ministro es víctima de los vicios del alchohol, tabaco, drogas, o cualquier otro producto o deseo que es perjudicial para su cuerpo. El pueblo, cristiano o inconverso, no tiene mucha paciencia con el ministro que es descubierto en uno de estos vicios.
La ética personal incluye el hecho de que el ministro debe controlar sus impulsos sexuales. Los ministros evangélicos acostumbran casarse y tener su propio hogar, porque esto se considera normal. En el matrimonio se da la oportunidad de expresar el amor genuino, incluyendo el sexo. Esto es bendecido por Dios y es una manera de canalizar los impulsos en forma sana. Sin embargo, con frecuencia se escuchan las noticias trágicas de que algún pastor ha fracasado por una relación extramarital. Esto trae desgracia a Dios, al ministerio como vocación divina, a los demás ministros y a la comunidad cristiana en general. Por eso, cada ministro debe ejercer un control constante de sus impulsos y no permitir encontrarse en una situación donde la tentación puede apoderarse de él.
Hay muchas prácticas que parecen inocentes y que la gente dice que son aceptables para el ministro, pero que pueden ser el primer paso hacia un desliz moral que trae consecuencias funestas. Por ejemplo, el ofrecer el pastor llevar a una dama en su auto o en su moto, puede aparecer como gesto de cortesía, pero algunos que han fracasado dan testimonio del hecho de que su problema comenzó con ese gesto de cortesía tan inocente.
La relación de consejero y aconsejada entre el pastor y una dama en su iglesia puede solucionar problemas serios para la dama y su familia. Pero los dos deben de tomar todas las pecauciones para evitar malentendidos y chismes de entre las personas de afuera. El ministro no debe ir a la casa de una señora si sabe que su esposo no está en casa, a menos que su esposa pueda acompañarle. Es recomendable tener a otras personas en el edificio de la iglesia si el pastor acustumbra aconsejar en el templo. Debe mantener abierta la puerta de su oficina si no hay ventana, para evitar la posibilidad de una situación con repercusiones negativas. El testimonio de personas que han vivido experiencias tristes basta para que tomemos en serio estas medidas de prevención, pues ni aun el apóstol Pablo escapó al comentario de sus enemigos que le asediaban permanentemente y tuvo que hacer una defensa de su ministerio, ya que se le imputaban cargos que atentaban contra él mismo (1 Co. 9:3, 5). De la misma manera, el ministro de hoy debe tener sumo cuidado en cada uno de sus actos.
2.3.2 Una ética económica
El ministro no tendrá éxito en el ministerio si está motivado fuertemente por el dinero y las cosas materiales. Con raras excepciones, los ministros pasarán su vida en servicio a la humanidad y al Señor sin mucha recompensa material. Se ha dicho en multitud de veces que la mayor recompensa es la satisfacción espiritual que uno tiene al saber que ha ayudado a otros. Cada ministro tiene que recordar las palabras de Jesús: “De cierto os digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna” (Lc. 18:29, 30).
La situación económica de la mayoría de los pastores es uno de los nervios más sensibles. La gran mayoría viven constantemente preocupados por necesidades de la familia que no pueden cubrir con el sueldo que reciben. Cada mes trae más días que dinero para comprar la comida, la ropa, las medicinas y las demás necesidades de la familia de los pastores. Las iglesias deben tomar más interés en aumentar el sueldo del pastor cada año. Algunas encuestas hechas en varios países indican que en muchos casos los pastores reciben menos que el sueldo mínimo legal. Esto no debe ser así. También las encuestas indican que los ministros reciben un sueldo muy por debajo del de otros profesionales con la misma cantidad de preparación que se requiere de un pastor graduado de un seminario. La Biblia dice: “Digno es el obrero de su salario” (Mt. 10:10; 1 Ti. 5:18). Es lamentable cuando el ministro y su familia tienen que pasar experiencias dolorosas por carecer del sueldo suficiente porque la iglesia no reconoce su necesidad.
La mayoría de los ministros tienen más preparación formal que el gran procentaje de los miembros, pero su sueldo refleja el nivel de vida de los miembros más pobres o por debajo de la escala del promedio de los miembros. Los miembros de las iglesias deben estudiar bien el sueldo de sus pastores, sus capacidades y su beneficio para la obra del Señor. Al hacerlo, seguramente van a sentir la necesidad de aumentarles el sueldo.

Conclusión
El ministro es un siervo del Señor, que ha dedicado su vida a una misión que es básicamente espiritual en su naturaleza. El pasará su vida esforzándose por ayudar a las personas a relacionarse con Dios en una forma aceptable. Para poder hacerlo, tiene que tener una autoimagen sana, y encontrar alegría en el llamado que Dios le ha dado. No tendrá mucha eficacia si ejerce su ministerio con resentimiento por no estar ganando el dinero que otros profesionales ganan, o si no tiene las mismas comodidades que otras personas tienen con la misma preparación académica y experiencia.
El ministro necesita respetarse a sí mismo, lo cual incluye el cuidado de su propio cuerpo, y la protección de su salud. Necesita recordar que su grado de eficacia en la obra será proporcional a su capacidad de mantenerse en buena salud.
El ministro luchará para mantenerse alerta intelectualmente, para poder alimentar a los feligreses. Esto tendrá un efecto positivo sobre sí mismo tanto como sobre los miembros en la iglesia. La gente se acercará a escuchar al pastor que tiene un mensaje de Dios, basado en la Palabra de Dios y que responde a las necesidades de las personas en el mundo contemporáneo.

Giles, J. E. (2013). De pastor a pastor: Ética pastoral práctica (Duodécima edición, p.). Editorial Mundo Hispano.