Lávese las manos (1)

Sábado 5 Marzo

Las palabras del Señor son palabras limpias, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces.

Salmo 12:6

Lávese las manos (1)

Testimonio

“En plena pandemia del coronavirus, cumplí con la cita médica programada para un control del marcapasos que me fue instalado hace dos años.

Cuando llegué al hospital, hombres vestidos con trajes especiales me interpelaron:

 – ¿Qué desea?

 – Tengo una cita con el cardiólogo.

 – Primero vaya a esa gran carpa.

Seguí el camino indicado en el suelo.

 – ¿Qué desea?, preguntó una enfermera.

 – Tengo cita con el cardiólogo a las 11:30.

 – Vaya a esa cabina.

Allí me atendió otra enfermera ubicada detrás de un plástico protector.

 – ¿Tiene una confirmación de la cita?

 – Sí señora, aquí está. Después de mirar detenidamente la orden, me entregó un papel verde.

 – Con esto lo dejarán entrar en el hospital.

Para ingresar a la enorme carpa, tuve que lavarme las manos; al salir de allí, tuve que lavármelas por segunda vez; al entrar al hospital, me exigieron lavarme las manos; antes de sentarme en la sala de espera, me lavé las manos por cuarta vez; después de que el médico revisó el marcapasos, me las lavé otra vez, antes de salir del hospital. Cuando por fin terminé este largo recorrido, pensé jocosamente: ¿a qué viniste al hospital? ¿Estás tan sucio que debes lavarte las manos cada rato?

Meditando un poco en esto, recordé la primera vez que entré en una sala donde se predicaba el Evangelio. ¡Cuán grande ha sido mi Señor!”.

(mañana continuará)

Éxodo 17 – Hechos 13:1-25 – Salmo 30:1-5 – Proverbios 10:31-32

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

46 – El error de la liberación y la auto-liberación de demonios

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 46

El error de la liberación y la auto-liberación de demonios

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

16 – LA SANTIDAD DE DIOS

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

16 – LA SANTIDAD DE DIOS

La primera oración que aprendí siendo un niño fue la sencilla oración de agradecimiento frente a los alimentos: «Dios es grande; Dios es bueno. Y le agradecemos estos alimentos». Supongo que esta oración debería de rimar. Al menos, rimaba cuando la recitaba mi abuela que pronunciaba food («alimentos») de manera tal que rimara con good («bueno»).

Estas dos virtudes asignadas a Dios en esta oración, la grandeza y la bondad, están comprendidas en una sola palabra bíblica, la santidad. Cuando hablamos de la santidad de Dios, estamos muy acostumbrados a asociarla casi exclusivamente con la pureza y la justicia de Dios. Sin duda que la idea de santidad contiene dichas virtudes, pero no constituyen el significado principal de la santidad.

La palabra bíblica santo tiene dos significados distintos. El significado principal es «lo apartado» o «lo otro». Cuando decimos que Dios es santo, estamos llamando la atención a la profunda diferencia que existe entre Él y todas las demás criaturas. Se refiere a la majestad trascendente de Dios, a su augusta superioridad, en virtud de la cual Él es digno de todo nuestro honor, nuestra reverencia, nuestra adoración y nuestra alabanza. Él es «otro», o es distinto a nosotros en su gloria. Cuando la Biblia habla de objetos santos, o de un pueblo santo, o de un tiempo santo, se refiere a objetos que han sido apartados, consagrados o hechos diferentes por la mano de Dios. El suelo que pisaba Moisés frente a la zarza que ardía era suelo santo porque Dios estaba allí, presente de una manera muy especial. Era la cercanía de lo divino que convertía a lo ordinario súbitamente en algo extraordinario, y a lo cotidiano en algo fuera de lo común.

El segundo significado de santo se refiere a las acciones puras y justas de Dios. Dios hace lo que está bien. Nunca hace algo que esté mal. Dios siempre actúa de manera justa porque su naturaleza es santa. Podemos entonces diferenciar la justicia interna de Dios (su naturaleza santa) de la justicia externa de Dios (sus acciones)..

Como Dios es santo, es grande y bueno al mismo tiempo. No hay maldad entremezclada con su bondad. Cuando somos llamados dos a ser santos, no significa que hemos de compartir la majestad divina de Dios, sino que hemos de apartarnos de nuestra pecaminosidad normal como caídos. Hemos sido llamados a reflejar el carácter moral y la actividad de Dios. Hemos de imitar su bondad

Resumen

La santidad tiene dos significados: (1) «lo otro» o «lo apartado», y (2) «las acciones puras y justas».  

SANTO = 1. Lo otro (majestad) y 2. Pureza (justicia)

Hemos sido llamados a ser santos -a reflejar la justicia y la pureza de Dios.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Ex. 3: 1-6 

1 Sam. 2:2  

Ps. 99: 1-9  

Is. 6:1-13 

Rev. 4:1-11

El cesacionismo

Ministerios Ligonier

Serie: Doctrinas mal entendidas

El cesacionismo
Por Robert Rothwell

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas

Ellos adoran así porque no tienen el Espíritu Santo». Escuché esa frase muchas veces durante mis días como cristiano pentecostal/carismático, años atrás. Así era cómo los pentecostales hablábamos sobre los creyentes no pentecostales, en especial sobre los que siguen una liturgia formal. Creíamos que, aunque los no pentecostales eran salvos, carecían de la unción del Espíritu Santo, lo que quedaba en evidencia en su estilo de adoración, que externamente era menos dinámico y más estructurado que el nuestro. Nuestra teología pentecostal nos decía que los dones de lenguas y de profecía nunca cesaron, así que todo grupo que no practicara esos dones ni el típico dinamismo externo vinculado a ellos carecía del Espíritu, o al menos de la plenitud de Su presencia. Según nuestra postura, creer que esos dones han cesado equivale a creer que el Espíritu Santo no está obrando en Su pueblo. Estábamos opuestos al cesacionismo, la doctrina que sostiene que los dones espirituales que comunican o confirman la revelación divina ―en particular los dones de lenguas, milagros y profecía― cesaron con la muerte del último apóstol.

Para ser honestos, gran parte de la culpa del vincular la postura cesacionista con la incredulidad en la presencia y obra continua del Espíritu era mía y de mis amigos pentecostales. No estudiamos el cesacionismo en detalle ni hablamos con los mejores representantes de esa postura. Sin embargo, los cesacionistas no estaban exentos de culpa. Los cesacionistas que conocíamos lo eran solo por costumbre, no por convicción. No es justo culpar a los cristianos pentecostales/carismáticos por malinterpretar el cesacionismo cuando los únicos cesacionistas que conocen niegan la realidad permanente de los llamados «dones de señales» (lenguas, milagros y profecía) más por miedo a lo extraño que basados en un argumento bíblico bien desarrollado.

Sería necesario escribir todo un libro para poder presentar una defensa cabal del cesacionismo, pero la esencia de la postura puede articularse brevemente. Cuando Dios imparte una nueva revelación especial, utiliza métodos extraordinarios como la profecía y las lenguas para otorgar tal revelación, y también señales extraordinarias como los milagros para confirmar a las personas que debemos recibir (los profetas y los apóstoles) como comunicadores inspirados de Su revelación. En consecuencia, cuando Dios no está impartiendo una nueva revelación especial, no utiliza señales ni métodos extraordinarios; más bien, obra en y a través de la exposición de Su revelación especial (la Escritura), llevada a cabo por maestros dotados y ancianos de la iglesia debidamente instalados.

Vale la pena considerar algunas evidencias bíblicas en favor del cesacionismo. En primer lugar, el pueblo de Dios ha pasado siglos sin tener profetas en varios períodos de su historia. Por ejemplo, Dios no le habló a Su pueblo mediante profetas ―al menos no mediante profetas como normalmente los concebimos― desde los días de Abraham hasta Moisés. Más aún, los judíos del primer siglo reconocían que el Señor no había enviado profetas durante los cerca de cuatro siglos que transcurrieron entre Malaquías y Juan el Bautista. Sin embargo, Dios estuvo obrando en esos períodos, aunque no hubo profetas.

En segundo lugar, los milagros no eran acontecimientos cotidianos en los tiempos bíblicos. Solo ocurrían cuando Dios entregaba a Su pueblo nuevas revelaciones que iban a ser escritas. Si vemos la Escritura como un todo, hallamos tres grandes períodos de milagros: durante los tiempos de Moisés, de Elías y Eliseo y de Jesús y Sus apóstoles. Cada uno de estos períodos estuvo caracterizado por nuevas revelaciones especiales de Dios. Moisés recibió la ley y fue hecho mediador del antiguo pacto. Elías y Eliseo representan la institución formal del oficio profético y de los muchos oráculos que los profetas darían. Jesús y Sus apóstoles instituyeron el nuevo pacto e impartieron instrucciones necesarias para la era del nuevo pacto. Dado que incluso los milagros bíblicos fueron tan limitados, no hay razón para esperar que en todas las generaciones haya gente con el don de obrar milagros.

En tercer lugar, Hebreos 1:1-4 nos dice que la Palabra final de Dios para nosotros es Su Hijo y que la manera en que Él habla mediante Su Hijo ―y, en consecuencia, mediante los apóstoles que hablaron a la Iglesia con Su autoridad― no es igual a las muchas maneras en que Él habló antes de la venida de Jesús. Ya que Jesús es nuestro Profeta y que los apóstoles del primer siglo ejercieron un ministerio profético, la diferencia entre Jesús y Sus apóstoles y los profetas del antiguo pacto no es que Jesús y Sus apóstoles hayan empleado nuevos métodos de enseñanza, sino que hablaron de forma final y definitiva. Ellos pusieron el fundamento de la Iglesia (Ef 2:18-22), así que no debemos esperar que continúe habiendo revelaciones, pues el fundamento se coloca una sola vez. Ya no es necesario que Jesús nos guíe mediante profetas y apóstoles.

Por último, cuando observamos la instrucción de Jesús y los apóstoles para el período postapostólico, no encontramos ningún llamado a que la Iglesia busque profetas, o que espere que la gente haga milagros o que procure recibir nuevos mensajes o lineamientos del Señor mediante personas con el don de lenguas. En esta línea, son especialmente pertinentes pasajes como Hechos 20, donde Pablo se despide de los ancianos de Éfeso, y las últimas cartas escritas por los apóstoles antes de su muerte, entre ellas, las epístolas paulinas de 1 y 2 Timoteo y Tito, además de 1, 2 y 3 de Juan. ¿Cuál es el mandamiento de estos textos para la Iglesia? Que retenga la tradición ―la enseñanza apostólica― que la Iglesia ya había recibido, no que busque nuevas revelaciones.

A la luz de todo esto y de la alta estima que goza la doctrina de la Escritura en la teología reformada, no es de sorprender que el cesacionismo sea la postura reformada estándar. De hecho, creer que los dones de lenguas, profecías y milagros han cesado es un concepto tan entrelazado con la visión reformada confesional de la Palabra escrita de Dios y el poder declarativo de la Iglesia postapostólica que en verdad es imposible ser reformado y a la vez creer en la continuidad de los dones ya mencionados. Si la revelación especial divina no ha cesado, si la profecía y sus dones relacionados continúan, no tenemos otra alternativa que registrar esa revelación y seguirla, pues Dios exige que guardemos y sigamos Su Palabra. Si la revelación especial divina no ha terminado, Dios no ha hablado finalmente en Su Hijo y el canon cerrado de la Escritura no puede ser nuestra última regla de fe y práctica. Combinar la teología reformada con la postura continuista, que enseña que los dones de profecía, milagros y lenguas continúan, equivale a producir una mezcla inestable e irreconciliable de elementos contradictorios.

Sin embargo, eso no significa que los cesacionistas neguemos la presencia y la obra continua del Espíritu Santo. Los cesacionistas no creemos que el Espíritu sea incapaz de hablar a través de profetas en la actualidad, sino solo que ha escogido no hacerlo. Los cesacionistas creemos que el Espíritu puede sanar a las personas de forma inesperada ―y a menudo lo hace― cuando oramos por ellas. Creemos que el Espíritu Santo nos habla a través de la sana exposición de Su Palabra. Creemos que nos abre y cierra puertas e incluso ordena «coincidencias» providenciales en nuestras vidas. De hecho, yo afirmo que el cesacionismo reformado tradicional tiene un concepto más elevado del poder y la libertad del Espíritu que el continuismo tradicional. Esto se debe a que nosotros confesamos que el Espíritu debe dar vida a las almas muertas para que podamos creer; que Él hace eso sin que se lo pidamos, pues en nuestra condición de muerte espiritual sin Cristo no podemos pedir que se nos dé nueva vida, y que Él lo hace solo en aquellos a quienes escoge libremente y en el momento en que a Él le place.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Alabar y dar testimonio

Viernes 4 Marzo

Aclamad a Dios con alegría, toda la tierra. Cantad la gloria de su nombre; poned gloria en su alabanza… Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma.

Salmo 66:1216

Alabar y dar testimonio

Leer Salmo 66

El autor de este salmo invita a toda la tierra a alabar, e incluso a aclamar a Dios con alegría. ¿Por qué? Porque anticipa el día en que toda la humanidad se postrará y entonará un cántico para celebrar la majestad de lo que él es, de su Nombre (v. 4).

Expresa su alabanza a Dios por las liberaciones del pasado, las ve ante él como si las hubiese vivido, e invita a los creyentes a adorarlo: “Venid, y ved las obras de Dios” (v. 5). Numerosas liberaciones marcaron la historia del país de Israel. Y los creyentes de todos los tiempos pueden expresar su alabanza a Dios, quien los liberó.

Después de veinte siglos de cristianismo, hoy nuestra simple presencia como creyentes prueba la fidelidad y el poder de Dios. A pesar de las persecuciones y herejías que han tratado de destruirla, la Iglesia del Señor subsiste siempre, y está presente en todo el mundo.

Después de evocar de manera general las obras de Dios, el autor del salmo recurre a su experiencia: “Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma” (v. 16). Esta experiencia personal contada humildemente tiene peso para convencer y llevar a una persona a la fe. El cristiano experimenta liberaciones; puede hablar de su Señor con conocimiento de causa. Es claro que Dios responde a nuestras oraciones; no debido a nuestros méritos, sino en virtud de su bondad y de su misericordia. ¡Mayor razón para dar libre curso a nuestro gozo!

Éxodo 16 – Hechos 12 – Salmo 29:7-11 – Proverbios 10:29-30

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

AUXILIO ESPIRITUAL

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

AUXILIO ESPIRITUAL
Padre Eterno,
Eres una maravilla de amor, Tú has enviado a Tu Hijo para sufrir en mi
lugar, Tú nos has dado al Espíritu para enseñar, consolar, guiar, que el
Señor me conceda el ministerio de los ángeles para protegerme alrededor;
que todo el cielo tenga en cuenta el bienestar de un gusano miserable.
Permite que Tus siervos invisibles estén siempre activos para mí, y se
regocijen cuando la gracia se expanda en mí. No los hagas descansar hasta
que mi conflicto esté terminado, y yo esté victorioso en tierra de salvación.
Haz que mi propensión al mal, no amortigüe el bien, que la resistencia a la
acción de Tu Espíritu, nunca haga que Tú me abandones. Que mi duro
corazón despierte a Tu misericordia, y no a Tu ira, y si el enemigo consigue
una ventaja debido a mi corrupción, permite ver que el cielo es más
poderoso que el infierno, que aquellos por mí son mayores que los que están
contra mí. Levántate para mi auxilio en la riqueza de las bendiciones del
pacto, mantenme alimentado en los pastos de Tu Palabra fortalecedora,
examinando las Escrituras para encontrarte allí.
Si mi obstinación es visitada con un flagelo, concédeme recibir corrección
humildemente, de forma que bendiga la mano que reprende, discernir la
razón de la censura, responder con prontitud, y volver a la primera obra.
Permite que todas Tus relaciones paternales me hagan partícipes de Tu
santidad. Concede que cada caída yo pueda hundirme más en mis rodillas,
y cuando me levantes, pueda estar en alturas más elevadas de devoción.
Que mi cruz sea santificada, cada pérdida sea ganancia, cada negación
una ventaja espiritual, cada día oscuro la luz del Espíritu Santo, cada
noche de tribulación una canción.

El estado intermedio

Ministerios Ligonier

Serie: Doctrinas mal entendidas

El estado intermedio
Por Kim Riddlebarger

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas

Los pastores tratan a menudo con la muerte y las inevitables preguntas que la acompañan. La misma naturaleza de la muerte suscita preguntas difíciles. No es raro que los niños reciban palabras de consuelo bien intencionadas luego de la partida de un familiar o un conocido. Con frecuencia decimos frases como: «La abuela está en el cielo», esperando consolar a los pequeños confusos y tristes que están lidiando con un tema que ni siquiera los teólogos eruditos comprenden bien. Sin embargo, aunque decir que «la abuela está en el cielo» en verdad no es una respuesta incorrecta si la abuela era creyente en Jesucristo, la respuesta es incompleta e incluso pudiera resultar engañosa. Viendo el asunto desde la perspectiva bíblica, si la abuela era creyente, ahora está en la presencia del Señor, esperando Su regreso y la resurrección de su cuerpo.

Lo que le ocurre a la gente cuando muere es un aspecto de la teología cristiana muy explorado, pero frecuentemente incomprendido, que a menudo se discute bajo el título de «el estado intermedio». Debido a que se presta a confusión, es útil comenzar con una breve definición de lo que entendemos por estado intermedio. Es el período de tiempo que transcurre entre la muerte de un creyente (y su entrada inmediata a la presencia del Señor) y la resurrección del cuerpo en el momento del retorno de Cristo. Cuando Jesús levante a los muertos en el día final, las almas incorpóreas serán reunidas a sus cuerpos, que entonces se volverán imperecederos (1 Co 15:35-58), a modo de preparación para morar por toda la eternidad en los nuevos cielos y la nueva tierra (Ap 21).

En varios pasajes muy conocidos, Pablo aborda específicamente el tema de lo que ocurre con los creyentes durante el tiempo transcurrido entre su muerte y el retorno de Cristo. Según 2 Corintios 5:8, los creyentes ingresan inmediatamente a la presencia de Dios tras su muerte física. A eso nos referimos cuando hablamos del cielo. El apóstol escribe: «Preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor». Pablo también habló de cómo deseaba «partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor» (Flp 1:23). Cuando morimos, estamos «con Cristo», entrando de inmediato en la presencia de Dios.

La imagen bíblica más vívida del cielo es la que se presenta en Apocalipsis 4-6, una escena gloriosa de lo que ocurre en la habitación del trono celestial antes del retorno de Jesús. Si bien la escena allí revelada es maravillosa, vale la pena notar que los santos en el cielo están clamando: «¿Hasta cuándo, oh Señor santo y verdadero, esperarás para juzgar y vengar nuestra sangre de los que moran en la tierra?» (6:10). Los que han muerto antes que nosotros ya están en la presencia de Dios, experimentando ahora el estado intermedio, anhelan el retorno de Jesucristo a la tierra el día de la resurrección y el juicio.

Hay tres errores importantes respecto al estado intermedio que recién describimos. El primero, conocido comúnmente como el «sueño del alma», sostiene que, al momento de la muerte, el alma del creyente «duerme» hasta el día de la resurrección. Según esta postura, desde que morimos hasta que despertamos el día del retorno de Jesús, no percibimos conscientemente que estamos en la presencia del Señor. Morimos, y luego «dormimos» hasta que Cristo regrese. Esta posición fue abordada por Juan Calvino en su primer gran tratado teológico, un libro publicado bajo el atractivo nombre de Psychopannychia. El error consiste en sostener que la muerte da inicio a un estado de inconsciencia muy similar al sueño. Los creyentes no recuerdan nada desde el momento en que dan su último aliento hasta que despiertan en la resurrección. Sin embargo, esta postura no puede dar cuenta de los pasajes bíblicos recién mencionados, que dicen con claridad que los creyentes están conscientes en la presencia del Señor inmediatamente después de la muerte y experimentan las glorias de la escena celestial descrita en Apocalipsis 4-6.

El segundo error es la noción de que el estado intermedio es en un período durante el cual los humanos pecadores deben ser purificados de la presencia de todo pecado remanente. El principal ejemplo de este error es la doctrina católica romana del purgatorio. La idea de que el estado intermedio es un período de purificación surge de la creencia errada de que, incluso si una persona muere creyendo en Jesucristo, es posible que aún no haya alcanzado un estado de santidad personal suficiente para ingresar al cielo. Se hace necesario un período de purificación para que, después de la muerte, el alma se vuelva lo suficientemente «pura» para entrar a la plenitud del gozo de la comunión con los santos. Esta postura asume que los méritos de Jesucristo (Su vida de obediencia, Su muerte por nuestros pecados) no bastan por sí solos para que el creyente sea lo suficientemente «santo» para ingresar al cielo al momento de la muerte. Sin embargo, el evangelio se basa en la promesa de que Jesús otorga todo lo que necesitamos para que seamos considerados y hechos santos en virtud de nuestra unión con Jesucristo a través de la fe. Posicionalmente, somos santos desde el momento de nuestra justificación, pero en la práctica crecemos en santidad a lo largo de nuestras vidas hasta que somos completamente santificados en nuestra glorificación.

El tercer error (quizás la postura más popular en el mundo hoy en día) consiste en confundir el estado intermedio (de existencia incorpórea) con el estado eterno, de modo que ya no está la expectativa de la resurrección del cuerpo enseñada claramente por la Biblia (1 Co 15:12 ss.). Según esta postura, la muerte libra al alma (ya «pura») del cuerpo pecaminoso. Como no hay resurrección de los muertos, los seres humanos existen después de la muerte como espíritus conscientes e invisibles. Muchas personas, incluso algunos cristianos profesantes, han llegado a creer que esos espíritus están presentes con nosotros en esta vida, ofreciéndonos alivio y consuelo en momentos de prueba o cuando lloramos por ellos y luego «sentimos» su presencia. Estas creencias pueden ser sinceras, pero carecen de fundamento bíblico, pues ignoran la enseñanza escritural sobre la resurrección del cuerpo. Este error impulsa a los enlutados a buscar consuelo en la presencia invisible de los espíritus de sus seres queridos fallecidos en lugar de la gran esperanza cristiana de la resurrección del cuerpo.

Podemos estar seguros de que, cuando la abuela murió, no se quedó dormida. En el cielo, no está siendo purgada de su pecado. Si la abuela era creyente, fue inmediatamente glorificada e ingresó a la presencia de Cristo. Jesús ganó todo eso para ella en la cruz y en Su vida de perfecta obediencia. Ahora, ella está consciente esperando la resurrección, aun ahora, mientras contempla el rostro de su Salvador.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kim Riddlebarger

El Dr. Kim Riddlebarger es pastor principal de la Christ Reformed Church en Anaheim, California, y copresentador del programa de radio White Horse Inn. Es autor de A Case for Amillennialism [Un argumento a favor del amilenialismo] y First Corinthians [Primera Corintios] en la serie Lectio Continua.

La ley exige, la gracia salva

Jueves 3 Marzo

La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Juan 1:17

No estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.

Romanos 6:15

La ley exige, la gracia salva

Por medio de Moisés, Dios había dado una ley al pueblo de Israel. Esta declaraba lo que Dios exigía del pueblo y le prometía su bendición si obedecía. Ordenaba a los hombres actuar según los mandamientos de Dios y les advertía sobre las consecuencias que tendrían si desobedecían.

Hoy la ley sigue siendo un cartel indicador seguro para todos los hombres. Nos indica los valores morales que Dios aprecia, y arroja luz sobre nuestro comportamiento según sus exigencias. La ley es semejante a un espejo en el que podemos vernos sin complacencia, tal como somos, tal como Dios nos ve. Este espejo nos muestra que le desobedecemos cada día, por lo tanto, la ley nos condena a todos.

Pero Dios no se conformó con hacernos constatar esto. Él es amor y quería salvar a sus criaturas culpables y perdidas. Por ello envió a su Hijo Jesucristo a la tierra, “para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). Él murió en la cruz y sufrió en nuestro lugar el castigo de Dios que nosotros merecíamos. ¡Esta es la gracia unida a la verdad!

La gracia es un don gratuito, no la merecemos: no tenemos que hacer nada para obtenerla, solo aceptarla, y recibir al Señor Jesús como Salvador. Él no se conforma con ofrecernos el perdón. Nos concede una nueva relación con él: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

¡Este es el comienzo de una real y abundante bendición!

Éxodo 15 – Hechos 11 – Salmo 29:1-6 – Proverbios 10:27-28

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

45 – El bautismo del Espíritu Santo no implica el don de lenguas

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 45

El bautismo del Espíritu Santo no implica el don de lenguas

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

La Biblia es la base de nuestro crecimiento espiritual

La Biblia es la base de nuestro crecimiento espiritual
SAM MASTERS

Nuestro mundo secularizado ha perdido toda noción de lo sagrado. Irónicamente, a pesar de su convicción de que el universo es un sistema natural cerrado, nuestra cultura postula figuras que reemplazan a los demonios y ángeles. Una encuesta reciente reveló que el 14% de los estadounidenses creen que puede suceder un accidente biológico que produzca un apocalipsis de zombis.[1] Casi un 50% cree que existen los alienígenas.[2]

Admito tener serias dudas sobre la existencia de extraterrestres. Por lo menos dudo que sean como en las películas. La Biblia habla de seres superdotados que van y vienen de nuestro planeta (Lc. 2:9), pero no son precisamente hombrecitos verdes. De todas formas, vale preguntar, si de verdad existen los alienígenas, verdes o del color que sean, ¿cómo podemos descubrirlos? Si ellos no hacen algo por darse a conocer, la posibilidad de descubrirlos es casi inexistente.

¿Cómo serían ellos? ¿Buenos y amigables como el E.T. de Steven Spielberg? ¿O sabios y extraños como en la película Arrival que protagonizó Amy Adams? ¿O monstruos aterradores como en las películas Alien? Si no se les ocurre bajarse de su nave en una plaza de alguna de nuestras ciudades —o por lo menos mandarnos algún mensaje que puedan captar las antenas de la NASA— no hay posibilidad de saber de ellos. Podemos especular mucho, pero nuestro conocimiento concreto no avanza.

¿Y si Dios existe? La distancia es más grande aún. El Dios del cristianismo existe mas allá de los limites del tiempo y el espacio, mas allá del alcance de nuestros instrumentos científicos. Podemos especular en cuanto a su existencia y sus cualidades, pero para conocerlo hace falta que Él se revele. Por esto podemos decir que no hay declaración de más trascendencia histórica que esta: “Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo” (He. 1:1-2).

Dios nos habla. Hay muy pocas oraciones que podemos escribir que tengan el mismo peso trascendental. Esta oración solo se compara con oraciones como: “En el principio Dios creó el universo”, o “Oye Israel, nuestro Dios uno es”, o “El verbo se hizo carne”.

Para entender mejor las disciplinas espirituales, hay cinco cosas que debemos saber sobre la Palabra de Dios. Estas cinco cosas nos ayudarán a entender que toda disciplina espiritual debe tener una base sólida, la cual no se encuentra en nosotros mismos, sino en las Escrituras.

1. La Palabra invaluable es nuestro punto de partida

Debido a lo que ya hemos mencionado, las disciplinas espirituales comienzan con la Palabra de Dios. Ellas existen porque Dios nos ha hablado en cuanto a su propia naturaleza y la nuestra, y nos ha hecho entender su gracia y sus propósitos para nosotros.

Para crecer en santidad por medio del uso disciplinado de los medios de gracia, es imprescindible entender la centralidad de la Palabra en este proceso y el rol del Espíritu Santo.

Para crecer en santidad por medio del uso disciplinado de los medios de gracia, es imprescindible entender la centralidad de la Palabra en este proceso y el rol del Espíritu Santo. Además, debemos entender, aunque sea en parte, la maravilla de poseer las Escrituras. Tomar una Biblia en nuestras manos no es técnicamente un milagro.[3] Sin embargo, como evidencia de la providencia de Dios, es tan maravillosa que debe producir en nosotros el mismo asombro que tendríamos al ver agua convertida en vino.

Hace algunos años pude asistir a una exposición de los rollos del Mar Muerto. Eran más pequeños de lo que había imaginado. Lo que más me conmovió de ellos fue el marcado contraste entre su evidente fragilidad y su gran antigüedad. Bajo una gruesa lámina de vidrio antibala, daban la sensación de que se harían polvo con apenas un suspiro de aliento. Más de dos milenios luego de ser copiados, su mera existencia da evidencia de la providencia divina en la conservación de la Palabra.

¿Que generó en el pueblo judío esa dedicación a copiar y preservar los textos del Antiguo Testamento a través de milenios? Quizá los mismos textos nos pueden sugerir claves. ¿No habrá sido la memoria nacional del temor experimentado por sus antepasados cuando, al pie del monte Sinaí, escucharon los truenos, vieron los relámpagos y la densa nube sobre el monte, y oyeron un fuerte sonido de trompeta? (Éx. 19:16) ¿No habrá sido el recuerdo de la cara brillante de Moisés cuando bajó del monte? ¿No habrá sido la declaración, “habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre”? (Éx. 20:1-2).

Los judíos aceptaron que debían recibir las palabras divinas y ponerlas por práctica. También aceptaron la responsabilidad familiar de enseñarlas a sus hijos. La Palabra se debía transmitir al estar en casa y al andar por el camino, al levantarse y al acostarse (Dt. 6:6). Como pueblo, los judíos aprendieron dos cosas que nosotros también debemos aprender. Primero, la maravilla de poseer la Biblia. Segundo, que no solo de pan vive el hombre. También necesita la Palabra de Dios (Dt. 8:3). No nos debe sorprender, por lo tanto, el cuidado minucioso de los escribas que generación tras generación copiaron la Palabra de Dios. Ella es el punto de partida para conocer a Dios y crecer en santidad.

2. La Palabra fue escrita para ser leída y oída

La Palabra divina, antes que nada, es una palabra verbalizada, pronunciada. Pero también es una palabra escrita. Encontramos que Moisés mandó que la Palabra fuera leída en público:

“Cuando todo Israel venga a presentarse delante del Señor tu Dios en el lugar que Él escoja, leerás esta ley delante de todo Israel, a oídos de ellos. Congrega al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero que está en tu ciudad, para que escuchen, aprendan a temer al Señor tu Dios, y cuiden de observar todas las palabras de esta ley. Y sus hijos, que no la conocen, la oirán y aprenderán a temer al Señor vuestro Dios, mientras viváis en la tierra adonde vosotros vais, cruzando al otro lado del Jordán para poseerla”, Deuteronomio, 31:11-13.

Obviamente, esta lectura oral dependía de la palabra escrita.

Para nosotros, las disciplinas espirituales también presentan esta ida y venida oscilante entre la Palabra escrita y la leída en voz alta. En nuestros días de fácil acceso a libros impresos y textos electrónicos, más que nada absorbemos la Palabra por un circuito cognitivo que pasa por los ojos a la mente. Pero la Biblia fue compuesta en el contexto de una cultura oral, y el circuito que muchas veces se contempla en las Escrituras es el que incluye los oídos, el corazón, y la boca. Jesús dijo: “El que tiene oídos, que oiga” (Mt. 11:15). Pablo escribió: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón” (Ro. 10:8).

El pentateuco fue escrito para ser leído en voz alta ante la congregación. Dios, por medio de Moisés, encontró en la escritura un medio para asegurar la transmisión fiel de una generación a otra. La confesión de Westminster explica:

“Le agradó a Dios en varios tiempos y de diversas maneras revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su Iglesia; y además, para conservar y propagar mejor la verdad y para el mayor consuelo y establecimiento de la Iglesia contra al corrupción de la carne, malicia de Satanás y del mundo, le agradó dejar esa revelación por escrito”.[4]

¿Será una coincidencia que el primer abecedario del mundo no fue la invención de los egipcios o de los sumerios, los imperios dominantes de la antigüedad? Estas culturas dependían de los sistemas aparatosos de los jeroglíficos y la escritura cuneiforme. En realidad, el primer alfabeto surge entre los semitas.[5] Solamente un abecedario permitiría el desarrollo de la literatura como tal. El alfabeto es el medio providencial de trasmisión que permitió la preservación de la Palabra a través de los milenios. Aun cuando una generación se olvidaba de ella, ahí yacía hasta que un escriba —o un arqueólogo— con manos temblorosas desempolvaba un rollo olvidado por los hombres, pero conservado por el Espíritu de Dios.

El invento de la escritura alfabética no solo permitió la preservación de la Palabra revelada, sino también la distribución necesaria para su incorporación a la vida comunitaria de Israel. La iglesia primitiva, siguiendo el ejemplo de la sinagoga, daba un lugar de honor a la simple lectura de la Palabra. En Judea y Galilea, las sinagogas poseían copias de los rollos de las Escrituras. Recordamos que Jesús, para inaugurar su ministerio, leyó una profecía del antiguo rollo de Isaías (Lc. 4:17-20).

Las iglesias cristianas agregaron a sus bibliotecas copias de los escritos de los apóstoles. Dando instrucciones al joven pastor Timoteo, Pablo dice: “Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza” (1 Ti. 4:13). Aquí, Pablo tiene en mente la lectura pública de las Escrituras. Notemos cómo él recomienda esta lectura en un contexto que incluye la lucha por la santificación:

“Al señalar estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido. Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas. Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad”, 1 Timoteo 4:6-7.

El apóstol Pablo describe una vida caracterizada por la búsqueda de la santidad por medio de las disciplinas espirituales centradas en la Palabra.

3. La Palabra fue recuperada en la historia de la iglesia

Lamentablemente, la Palabra no siempre ha ocupado su lugar merecido en la larga historia de la iglesia. A través de los años, la espiritualidad cristiana fue distorsionada por prácticas como el culto a María y la mediación de los santos. Sin embargo, la Palabra nunca perdió su capacidad de transformar al individuo y a la iglesia misma.

En la conversión de Agustín de Hipona encontramos un ejemplo clásico de ese poder transformador. Por la influencia de la Palabra, el gran teólogo africano fue convertido de una vida de libertinaje y andanzas filosóficas. Primero, sus conceptos de la fe cristiana empezaron a ser modificados bajo la influencia de la predicación de Ambrosio. Luego, su conversión en sí se produjo un día cuando, sentado en al jardín de su casa, escuchó la voz de una niña que decía tolle lege, tolle lege: toma, lee. Impulsado por estas palabras, levantó una copia de las Escrituras y leyó Romanos 13:13-14: “Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne”. Agustín relató que esto fue como una luz que instantáneamente despejó toda sombra de duda.

A través de los siglos en la vida de la iglesia, la influencia de la Palabra de Dios muchas veces menguó. Sin embargo, Dios en su providencia nunca dejó que la llama se apagara del todo. El copiado de los textos bíblicos se llevó a cabo con la misma disciplina de los antiguos judíos, aun en lugares remotos azotados por los vikingos, como Lindisfarne, un monasterio fundado por monjes irlandeses. En la época medieval se practicaba la lectio divina, una disciplina espiritual de los monjes benedictinos. Consistía de 4 pasos: lectio, meditatio, oratio, y contemplatio. Se buscaba a Cristo en cada pasaje, pero los resultados muchas veces eran problemáticos, ya que la interpretación no obedecía a ningún principio hermenéutico, sino a las impresiones subjetivas del monje.

Un aspecto clave de la espiritualidad protestante es recuperar la vida de la congregación de la iglesia bajo la autoridad de la Palabra de Dios.

La Reforma protestante llegó a la iglesia como los avivamientos habían llegado en el Antiguo Testamento a Israel bajo el rey Josías o el escriba Esdras. El principio de sola Scriptura actuó como un ácido disolviendo las tradiciones y falsas enseñanzas acumuladas a través de los siglos. El altar de la misa perdió su posición central en el santuario al ser reemplazado por el púlpito. Todo se reordenó y se sujetó a la Palabra. La Biblia, leída y predicada, volvió a ocupar el lugar central en la vida de la iglesia. Como ejemplos puntuales podemos notar el proceso de reforma en Zúrich, el cual empezó cuando el sacerdote católico Ulrico Zuinglio se dedicó a la predicación expositiva del libro de Mateo, o la teología magistral de Calvino, que se forjó en medio de un ministerio activo de enseñanza casi diaria de la Palabra.

4. La Palabra es central en la espiritualidad protestante y bíblica

De esa manera, un aspecto clave de la espiritualidad protestante es recuperar la vida de la congregación de la iglesia bajo la autoridad de la Palabra de Dios.

Una muestra de eso es la forma en que el proceso de reforma se agudizó en el siglo XVI entre los puritanos. Ellos promulgaban una “religión experimental”. O sea, enseñaban que la fe no era simplemente un compendio de dogmas, sino que era algo que se debía vivir y sentir. La Escritura era suficiente para conocer a Dios y sus verdades eran transformadores porque, así como fue inspirada por el Espíritu Santo, también era aplicada por Él a la mente y el corazón de una forma que producía cambios reales. Por lo tanto, William Perkins (1558-1602) podía escribir que la “teología es la ciencia de vivir de forma bendita para siempre”.[6] De forma similar, William Ames (1576-1633) definió la teología como “la doctrina de vivir hacia Dios”.[7]

En términos similares, los autores del Catecismo menor de Westminster formularon la pregunta: “¿Qué es lo que enseñan principalmente las Escrituras?”. Respondieron: “Lo que principalmente enseñan las Escrituras es lo que el hombre ha de creer respecto a Dios y los deberes que Dios impone al hombre”.[8] La Palabra imparte conocimiento de Dios y, bien entendida, cambia vidas.

Michael Haykin mantiene que los puritanos desarrollaron una distintiva espiritualidad congregacional orientada en dos principales ejes:[9]

Primero, su enfoque en la centralidad y suficiencia de las Escrituras les llevó a elevar la predicación como principal medio de gracia. Esto produjo una espiritualidad única del uso del espacio que se hizo evidente en sus lugares de reunión.

El catolicismo había puesto el enfoque en el altar y la celebración de la misa. El culto romano contenía un elemento dramático que apelaba a la vista. Arquitectónicamente, esto se expresaba en los exagerados interiores barrocos y rococós de sus iglesias y catedrales repletas de imágenes de los santos. En contraste, los protestantes, y en particular los puritanos, prefirieron una decoración minimalista o inexistente, ya que el enfoque del culto era la Palabra predicada y oída. El púlpito reemplazó al altar como centro de enfoque, y este se elevaba para simbolizar la supremacía de la Palabra sobre la vida de la congregación.

Segundo, así como los puritanos desarrollaron una nueva espiritualidad del espacio bajo la influencia de la predicación, también expresaron una nueva espiritualidad del tiempo. Esto se hizo evidente en su aplicación del cuarto mandamiento. Dieron importancia al sábado, ya que el tiempo santificado era necesario para oír la predicación, y para practicar la oración, la meditación, y las buenas obras. Apartar un día de la semana representaba su reconocimiento de que Dios es Señor no solo del espacio sino también del tiempo. Además, entendieron que la consagración del sábado dominical era imperativo para dedicar el tiempo necesario a la cultivación de las disciplinas.

5. La Palabra y el Espíritu obran en nuestra santificación

En su interpretación de las Escrituras, los puritanos aplicaban métodos gramaticales, históricos, y lógicos, pero entendían que la Palabra tenía vida propia; que penetraba y transformaba vidas. Esto se debía a su inspiración por el Espíritu Santo, y a la aplicación por parte del mismo Espíritu al entendimiento y al corazón del ser humano.

Juan Calvino le daba tanta importancia al Espíritu Santo que, según B.B. Warfield, él debe ser conocido como el “teólogo del Espíritu Santo”.[10] En su debate con el Cardenal Sadoleto, Calvino lo acusó de injuriar al Espíritu Santo porque lo separaba de la Palabra.[11] Para Calvino, Sadoleto caía en el error de dar preferencia a la autoridad de la iglesia antes que  a la del Espíritu Santo:

“Si hubieses sabido, o no lo hubieses querido disimular, que el Espíritu ilumina a la Iglesia para abrir la inteligencia de la Palabra y que la Palabra es como el crisol donde se prueba el oro para discernir por medio de ella todas las doctrinas, ¿te hubieras enfrentado con tan compleja y angustiosa dificultad? Aprende, pues, por tu propia falta, que es tan insoportable vanagloriarse del Espíritu sin la Palabra, como desagradable el preferir la Palabra sin el Espíritu”.

Los puritanos compartían este énfasis en la relación entre el Espíritu y la Palabra. J. I. Packer señala la importancia de la enseñanza de John Owen sobre este tema. Entre otros efectos, el Espíritu establece nuestra fe en y por medio de la Escrituras.

Las disciplinas espirituales, partiendo de la Palabra de Dios, nos ayudan a entender más de Él y producen cambios reales en nosotros.

El Espíritu hace esto de tres formas. Primero, según Owen, el Espíritu le da a las Escrituras la “cualidad permanente de luz”.[12] Segundo, el Espíritu le da a las Escrituras el poder de “producir efectos espirituales”.[13] O sea, la Palabra tiene poder transformador, y el Espíritu la aplica de forma eficaz a nuestras vidas. ¡Que importante entender esto para aquellos que luchamos por ver cambios reales en nosotros! Tercero, “el Espíritu hace que la Palabra invada la conciencia como una palabra dirigida a cada individuo por Dios mismo, evocando el asombro y la sensación de estar bajo la presencia de Dios y la observación de su ojo”.[14]

Conclusión

Como hemos visto, las disciplinas espirituales, partiendo de la Palabra de Dios, nos ayudan a entender más de Él y producen cambios reales en nosotros. Aunque requieren esfuerzo de nuestra parte, en última instancia los resultados no son productos de nuestra autodisciplina en sí. Las diversas disciplinas son fuentes de la gracia que Dios nos canaliza por medio de su Palabra.

Esta Palabra formó el universo (Sal. 33:6) y nos hace nacer de nuevo (1 P. 1:23). Ella hace su obra en nosotros (1 Ts. 2:13), nos limpia (Jn. 15:3), y nos santifica (Jn. 17:17). Por esta razón, Pablo escribió a los colosenses:

“Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones”, Colosenses 3:16.

Pablo describe un estilo de vida marcado por el uso disciplinado de los medios de gracia. Es una vida de increíble gozo. Esto es posible porque Dios existe y nos ha hablado por los profetas, por su Hijo, y nos sigue hablando por las Escrituras y su Espíritu. En última instancia, todas las disciplinas espirituales provienen de la Palabra. Sin ella, no hay verdadera espiritualidad.


Otros artículos de esta serie: ¿Qué es la verdadera espiritualidad bíblica?El crecimiento en santidad y las disciplinas espirituales.


[1] The Zombie Apocalypse.

[2] New survey shows nearly half of Americans believe in aliens.

[3] Un milagro se entiende en este contexto como una intervención directa de Dios sin el uso de medios secundarios, como cuando Jesús convierte el agua en vino. En el caso de la preservación de las Escrituras, Dios obra por varios medios secundarios como las diversas tecnologías, como la tinta o la imprenta, el copiado fiel de muchos escribas, y los medios de conservación como las tinajas en que se encontraron los rollos del Mar Muerto. La orquestación divina de todos estos medios secundarios en la preservación de su Palabra es una increíble demostración de la providencia divina.

[4] Confesión de Westminster, 1.1.

[5] https://www.haaretz.com/.premium–1.5163332. El primer alfabeto es en realidad un “abyad,” un sistema que consiste solo de consonantes.

[6] Perkins, Works, 1.11.

[7] Ames, The Marrow of Theology, 1.1.

[8] Catecismo Menor de Westminster, pregunta 3.

[9] Michael Haykin, SBJT 14.4 (2010): 38-46.

[10] Discurso de B. B. Warfield, The Theology of Calvin.

[11] Calvino, Respuesta al Cardenal Sadoleto, 16.

[12] J. I. Packer, A Quest for Godliness (Wheaton, Illinois: Crossway, 1990), 90.

[13] Ibíd., 91.

[14] Ibíd., 91.

Samuel E. Masters es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Está casado con Carita y tienen tres hijos. Vive desde hace 32 años en Argentina. Es el pastor fundador de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer (En Córdoba, Argentina), presidente de The Crecer Foundation (EE. UU.), y rector del Seminario Bíblico William Carey. Obtuvo su Masters of Arts In Religion en Reformed Theological Seminary y tiene un doctorado en Biblical Spirituality del Southern Baptist Theological Seminary.