Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder.1 Corintios 6:14
(Jesús dijo:) Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?Juan 11:26
Dentro de un momento
Santiago era cristiano; padecía una grave enfermedad y sabía que su muerte se acercaba. Cuando hablaba de ese pasaje que lo llevaría a la presencia de Dios, al “paraíso” (Lucas 23:43), decía serena y firmemente: “Dentro de un momento”. Ese más allá le era familiar porque sabía que allí encontraría a Jesús, Aquel a quien oraba y quien lo sostenía en la enfermedad.
Hoy está con Jesús. Los que lo aman saben que está junto a su Salvador. Su cuerpo volvió al polvo (Génesis 3:19), pero resucitará, pues Santiago creyó la palabra del Señor: “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
Para cada uno de nosotros hay un “dentro de un momento”; solo Dios lo conoce. Entonces se termina nuestra vida terrena y pasamos al más allá. Pero, ¿cuál más allá? ¿Ha pensado usted en ello? Para todos los que aceptaron el regalo de la vida eterna en Jesucristo, esta vida se traduce, desde hoy, en una relación viva y real con Dios. La fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Esa era exactamente la mirada de fe que Santiago, desde su cama, tenía sobre su futuro.
“Dentro de un momento” también es el instante en el cual Jesús va a venir a la tierra a buscar a los suyos, a su Iglesia. Los que hayan muerto en Cristo, resucitarán, al igual que Santiago; los que todavía estén vivos en la tierra, serán transformados. Esperanza bienaventurada para los creyentes: irán “para recibir al Señor en el aire”, a fin de estar “siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:17).
Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos
Este mundo no es nuestro hogar, pero lo será. Vivimos nuestros días en este mundo triste esperando ansiosamente el cielo nuevo y la tierra nueva, aferrándonos diariamente a esta promesa: «He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21:3-4). Somos peregrinos en nuestro viaje a casa y añoramos un lugar en el que nunca hemos estado. Somos extranjeros, forasteros y extraños en una tierra extraña, cuya ciudadanía en el cielo está asegurada en Aquel que ha ido delante de nosotros, que está sentado a la diestra del Padre y que vuelve para juzgar, vencer y consumar.
En este mundo tendremos tribulaciones, pero «confiad», dijo Jesús —no porque vayamos a vencer al mundo, cambiar completamente el mundo, acostumbrarnos a este mundo o llegar a amar el mundo— sino porque Jesús declaró: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). Y así, esperamos entre el ya y el todavía no, entre lo que nuestro Señor ha declarado que ya es verdad y lo que todavía no se ha revelado. Sin embargo, nuestra espera no es en vano, ni es una espera pasiva o aislada. Más bien, esperamos a nuestro Novio para que pueda reunir a Su novia de toda tribu, lengua y nación para Su gloria. Esperamos con esperanza, con participación activa en la misión de Dios y en comunidad con la Iglesia de Jesucristo, pues Cristo es la luz del mundo y los que estamos unidos a Él por la fe —y por la fe sola— estamos en Él. Y así, tan pronto como Cristo nos llama a salir de las tinieblas y a entrar en Su maravillosa luz, nos envía de vuelta a las tinieblas para brillar tanto en palabras como en hechos ante el mundo que nos observa. A medida que el mundo vea nuestras buenas obras y mientras el mundo escuche nuestra proclamación del glorioso evangelio, la novia elegida de Cristo de todo el mundo glorificará a nuestro Padre en el cielo.
Para que la creencia tenga un significado que cambie el corazón y la vida, requiere que Dios sea tanto su fuente como su objeto (Sal Aunque retirarse por completo del mundo a menudo parece atractivo, el Señor no nos da esa opción (1 Co 5:9-10). Más bien, mientras vivimos en este mundo de pecado y en estos cuerpos de pecado, somos embajadores de Cristo en nuestro viaje a la tierra prometida. Cuando nosotros los peregrinos lleguemos a casa, Jesús enjugará toda lágrima de nuestros ojos —no solo las de tristeza, sino también las de alegría— ya que, de lo contrario, no podríamos verle cara a cara mientras le adoramos por siempre coram Deo.
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano?de Juan Calvino.
Resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.Santiago 4:7-8
El tren accidentado
Bill y Jim trabajaban en una compañía ferroviaria en la costa del Pacífico. Bill era cristiano, pero Jim no admitía la existencia de un Dios que habría creado un mundo como este, con tanta miseria y maldad. Cierto día ocurrió un grave accidente en la línea que va de Seattle a Portland. Bill y Jim fueron al lugar del siniestro. Se encontraron con una masa deforme de escombro y hierros. Era todo lo que quedaba del admirable tren express totalmente nuevo que había salido del almacén poco antes.
Bill, un poco provocador, dijo a Jim:
– ¡Cuando pienso que trabajamos para una compañía que hace pasar esto por un tren! ¡Ese montón de hierro no se parece nada a un tren!
– ¡Es una tontería lo que dices! ¡Sabes bien que el conductor estaba ebrio!
– Claro, y tú, bien sabes que el responsable del estado actual de este mundo no es el Creador. Dios creó al hombre a su imagen, perfecto. Pero como resultado del pecado de Adán y Eva, todo se arruinó, es como si un conductor ebrio fuese el responsable del desastre.
– Tienes razón, no es justo culpar a Dios por la situación actual; por supuesto, fue el hombre quien estropeó todo.
Por fin Jim se volvió a Dios. Y nosotros, ¿sabemos que debido al pecado del hombre, Satanás se convirtió en el “príncipe de este mundo” y quiere llevar a la perdición al mayor número posible de personas? Pero Dios nos dio un remedio: la fe en Jesucristo, único y seguro medio para escapar al desastre hacia el cual Satanás lleva a los hombres sobre los cuales gobierna.
“Antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4).
La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros.Colosenses 3:16
Estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca.Lucas 4:22
¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre (Jesús)!Juan 7:46
La lenguaTexto de la epístola de Santiago
“Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere.
Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal.
Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.
¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre… Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía” (Santiago 3:4-14, 17).