Ante la cruel Atalía, que quería usurpar el poder, Joás, el hijo del rey Ocozías, escapó a la muerte gracias a la intervención de su tía. Estuvo escondido durante 6 años, y empezó a reinar a los 7, con la ayuda de su tío. Mientras este fue su tutor, el reinado de Joás fue bueno: los ídolos fueron quitados y se trabajó en la restauración de la casa de Dios. El celo del rey conquistó al pueblo, quien contribuyó con su dinero y su trabajo a la consolidación de este edificio, en el cual se pudo realizar nuevamente el culto al verdadero Dios.
Sin embargo, poco después de la muerte de su tío, la actitud de Joás cambió notablemente, pues escuchó a los jefes del pueblo que lo indujeron a volver a la idolatría. Dios le envió profetas para traerlo al buen camino, pero Joás persistió en su actitud. Incluso mató a Zacarías, un hijo del tío que se había ocupado de él, porque Zacarías le reprochó sus extravíos.
¡Qué desenlace fatal! De hecho, la muerte de su tío reveló la calidad de la “fe” de Joás. En realidad, solo era un barniz religioso. Entonces mostró su verdadera cara: la de una persona capaz de comportarse como un criminal frente a los que lo exhortaban de parte de Dios.
Necesitamos tener una fe personal, una relación viva con Dios, y no una cultura cristiana. Si en nuestra infancia descansamos en la fe de nuestros padres, un día tendremos que creer por nosotros mismos.
Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.
Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.
Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.
Nota del editor: El pastor John Piper recibe preguntas de algunos de sus oyentes de su programa Ask Pastor John. A continuación está su respuesta a una de esas preguntas.
Hola a todos y feliz viernes. Gracias por unirse a nosotros en el día de hoy a través del podcast de Ask Pastor. El pastor John se une a nosotros de manera remota a través de Skype. Y nuestra pregunta de hoy es de un oyente llamado Wesley, que tiene una pregunta importante acerca del trabajo, aunque no tenemos claro dónde es que trabaja. Wesley escribe: “¡Hola, pastor John! Recientemente, mi jefe nos ofreció a mí y a todos mis colegas un bono en efectivo para quien genere nuevas referencias. Me sentí atraído inmediatamente por la propuesta. Pero mi pregunta es la siguiente: ¿Debería la oferta de dinero en efectivo ser un buen motivador para nuestro trabajo? ¿Puede el deseo de obtener más dinero (en este caso, una bonificación) ser deseable de manera virtuosa? ¿O es simplemente amor al dinero? ¿Cómo puedo saber la diferencia?”.
Una de las cosas más básicas que podemos decir es que el dinero tiene valor en una cultura donde puede ser intercambiado por otra cosa. El papel que llamamos “billetes” o “dinero”, o las piezas de metal que llamamos “monedas”, o los cheques que representan dinero o usar el teléfono móvil como medio de pago (que de alguna manera se convierte en dinero), todo eso es relativamente inservible. Eso tiene valor solo porque vivimos en una cultura en la que hemos hecho un acuerdo sobre el uso que podemos dar a estas diferentes monedas y diferentes billetes.
Los puedes intercambiar por cosas y servicios que valoras, o puedes regalarlo porque crees que los demás lo intercambiarán por algo que realmente valoras y deseas promover. Podría ser a un misionero que lo intercambia por Biblias para regalar, o puede ser a un instituto de investigación que busca encontrar una cura para una enfermedad, etc. Entonces, el dinero es la habilidad de obtener y promover lo que tú valoras.
Usando el dinero para magnificar a Dios
Ahora bien, la Biblia es clara en que el objetivo principal de la vida es magnificar (es decir, engrandecer, glorificar, mostrar supremamente hermoso, digno y grande) a Jesús y todo lo que Dios es para nosotros en Él. En última instancia, todo lo que hay en el mundo existe para este propósito, aún el dinero. Por lo tanto, la pregunta fundamental para el cristiano con respecto al dinero es: tenerlo o no tenerlo, desearlo o no desearlo, ¿sirve todo eso para este propósito de magnificar (mostrar más grande) el valor de Jesús sobre todas las cosas?
La manera en que me gusta expresar esto es esta: la razón por la cual Dios le da dinero a su pueblo es para que podamos usarlo de una manera que demuestre que el dinero no es nuestro dios, sino que Dios es nuestro Dios. Por eso es que tenemos dinero. Por eso es que tenemos todo lo que tenemos. Creo que es importante enfatizar que Dios sí tiene la intención de que los cristianos usen el dinero. El dinero en sí mismo es solo dinero. No es ni bueno ni malo; es solo una cosa: es papel, monedas o el potencial de valor.
Salarios dignos
Jesús dijo en Lucas 10:7 (y esta es una oración muy importante, probablemente cada palabra en ella, especialmente la palabra digno) que el trabajador es digno de su salario. La palabra digno implica que es correcto, es bueno, es justo ganarse la vida y recibir el salario que corresponde a tu trabajo. Evidentemente, mientras más duro trabajas, mayor es el pago que recibes, y mientras menos trabajas, menor es el pago que recibes. Hay una correspondencia. A eso se refiere con la palabra dignidad: el trabajador es digno de su salario. A esto se le llama justicia. Es justo ser pagado más por haber hecho un buen trabajo para tu empleador. Es justo ser pagado menos por haber hecho un trabajo pobre para tu empleador. Por supuesto, existen otros criterios. Pero ese es el principio básico que equivaldría a la justicia, o lo que Jesús llama dignidad.
Dios le da dinero a su pueblo para que podamos usarlo de una manera que demuestre que el dinero no es nuestro dios, sino que Dios es nuestro Dios
Entonces, no niego la bondad ni la justicia de que un empleado desee ser pagado de manera apropiada por un trabajo bien hecho, ya sea un salario normal o una bonificación. Me parece que el principio es el mismo, (no el que recibas un bono y eso crea todo tipo de problemas) es tu salario. ¿Por qué vas a trabajar en las mañanas aun cuando no hay una bonificación prometida? De cualquier manera, me parece que la remuneración por el trabajo hecho es justa. Desearlo es justo, o al menos puede ser justo.
Siete maneras de medir la codicia
La pregunta entonces se convierte en (y esta es la pregunta que se planteó): ¿Qué haría que el deseo de una bonificación o un salario sea defectuoso, es decir, un deseo pecaminoso y dañado de un salario o una bonificación? Wesley pregunta específicamente: “¿Debería la oferta de dinero en efectivo ser lo que nos motiva a trabajar? ¿Puede el deseo de obtener más dinero (en este caso, una bonificación) ser deseado de una manera virtuosa? ¿O es simplemente amor al dinero? ¿Cómo puedo saber la diferencia?”. Entonces, permítanme dar algunos consejos que entiendo que la Biblia nos da para ayudarnos a discernir si nuestros corazones están en lo correcto al desear una bonificación o un salario, o cualquier otro beneficio material, si vamos al caso, como el retorno de impuestos.
1. Evalúa el proyecto
¿Es virtuoso en sí mismo el proyecto por el cual se te está ofreciendo el bono? ¿Se te está pidiendo hacer algo bueno? Si la respuesta es no, la búsqueda del dinero a través de la bonificación se verá contaminada.
2. Siente el peligro
¿Sientes una amenaza real de que el deseo de ser rico es un deseo peligroso? “Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo… la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Ti 6:9-10). “Es difícil que un rico entre en el reino de los cielos” (Mt 19:23).
En otras palabras, existe un grupo de textos en el Nuevo Testamento que alzan una bandera amarilla frente al deseo por el dinero diciendo: “Cuidado, esto puede matarte”. Yo solo digo: ¿sientes eso? Es apropiado ser despertado ante ese peligro, no sea que caigas en él.
3. Revisa tu contentamiento en Cristo
¿Es el deseo por el dinero una evidencia de que Dios se está volviendo menos satisfactorio para ti? Para decirlo de otra manera: ¿El deseo por el dinero se está convirtiendo en idolatría? Uso esa palabra debido a Colosenses 3:5, que dice que la avaricia, o la codicia, es idolatría. O, para decirlo de otra manera: ¿Aún estarías contento en Dios, feliz en Dios, si no recibes el bono?
4. Recuerda lo que es más bienaventurado
¿Sigue tu corazón experimentando la verdad de Hechos 20:35, que “más bienaventurado”, más gozoso, más satisfactorio, “es dar que recibir”? ¿O el deseo de este bono se está elevando a un nivel en donde sería más satisfactorio recibirlo en lugar de dar? ¿Ha comenzado tu corazón a apartarse de Hechos 20:35?
5. Mantén tu confianza en las promesas de Dios
¿El deseo por el bono indica que tu corazón podría estar perdiendo un poco su confianza en las promesas de Dios, las cuáles han sido diseñadas para librarte del amor al dinero? Aquí estoy considerando Hebreos 13:5-6: “Sea el carácter de ustedes sin avaricia, contentos con lo que tienen, porque Él mismo ha dicho: ‘Nunca te dejaré ni te desampararé’, de manera que decimos confiadamente: ‘El Señor es el que me ayuda; no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?’”. ¿Es el deseo por la bonificación una pérdida de confianza en esas promesas?
6. Evalúa tu amor por la Palabra de Dios
En vista de que Jesús dijo en Lucas 8:14 que las riquezas de esta vida ahogan a la Palabra de Dios, ¿detectas que tu deseo por esta bonificación disminuye tu gozo y tu deseo de mantenerte en la Palabra de Dios? Este es un buen barómetro. La gente comienza a considerar la Palabra de Dios aburrida cuando se vuelven más mundanos.
¿O esta bonificación podría aumentar tus motivos de leer y meditar en la Palabra de Dios? Al encontrarte deseando la bonificación, contemplando la posibilidad de recibir esta bonificación, contemplando dar, gastar, ahorrar, o invertir este bono, ¿te sientes atraído a la Palabra de Dios o queriendo alejarte de ella?
7. Ancla tu vida en Cristo
Finalmente, como Jesús dijo que la vida no consiste en la abundancia de tus bienes (Lc 12:15), ¿detectas que esta bonificación está invadiendo tu sentido de estar vivo en Cristo, de manera que juega un rol energizante y vivificante, que parece desproporcionado con la declaración de que la vida no consiste en la abundancia de tus bienes? ¿Hay un sentido en que perder esta bonificación realmente disminuirá tu sentido de vida en Él?
Entonces, estas son algunas maneras en que puedes examinar tu corazón cuando estás deseando un sueldo, una bonificación, o algún otro beneficio material. En última instancia, la Biblia dice: “Ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Co 10:31). Esa es la conclusión: ¿Será Dios más glorioso para ti? ¿Y se verá Él más glorioso a través de ti debido a esta bonificación y lo que haces con ella?
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Lauren Charruf Morris.
John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.
El artículo del día de hoy es una adaptación de uno de los puntos de nuestra Declaración doctrinal. Aquí puede leer el resto de nuestra declaración doctrinal, la cual cubre cada uno de nuestras creencias doctrinales de manera sistemática.
¿Cómo entender el Espíritu Santo como parte de la Trinidad?
El Espíritu Santo es una Persona divina, eterna, no derivada, que posee todos los atributos de personalidad y deidad incluyendo intelecto (1a Corintios 2:10-13), emociones (Efesios 4:30), voluntad (1a Corintios 12:11, eternidad (Hebreos 9:14), omnipresencia (Salmo 139:7-10), omnisciencia (Isaías 40:13-14), omnipotencia (Romanos 15:13) y veracidad (Juan 16:13). En todos los atributos divinos y en sustancia él es igual al Padre y al Hijo (Mateo 28:19; Hechos 5:3-4; 28:25, 26; 1a Corintios 12:4-6; 2a Corintios 13:14; y Jeremías 31:31-34 con Hebreos 10:15-17).
¿Qué función tiene el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo ejecuta la voluntad divina en relación a toda la humanidad. Reconocemos su actividad soberana en la creación (Génesis 1:2), la encarnación (Mateo 1:18), la revelación escrita (2a Pedro 1:20, 21) y la obra de salvación (Juan 3:5-7).
La obra del Espíritu Santo en esta época comenzó en Pentecostés cuando él descendió del Padre como fue prometido por Cristo (Juan 14:16, 17; 15:26) para iniciar y completar la edificación del Cuerpo de Cristo, el cual es su iglesia (1a Corintios 12:13). El amplio espectro de su actividad divina incluye convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio; glorificando al Señor Jesucristo y transformando a los creyentes a la imagen de Cristo (Juan 16:7-9; Hechos 1:5; 2:4; Romanos 8:29; 2a Corintios 3:18; Efesios 2:22).
El Espíritu Santo es el agente sobrenatural y soberano en la regeneración, bautizando a todos los creyentes dentro del cuerpo de Cristo (1a Corintios 12:13). El Espíritu Santo también mora, santifica, instruye y los capacita para el servicio y los sella hasta el día de la redención (Romanos 8:9-11; 2a Corintios 3:6; Efesios 1:13).
El Espíritu Santo es el Maestro divino, quien guió a los apóstoles y profetas en toda la verdad conforme ellos se entregaban a escribir la revelación de Dios, la Biblia. Todo creyente posee la presencia del Espíritu Santo quien mora en él, desde el momento de la salvación, y el deber de todos aquéllos que han nacido del Espíritu, consiste en ser llenos del (controlados por el) Espíritu (Juan 16:13; Romanos 8:9; Efesios 5:18; 2a Pedro 1:19-21; 1a Juan 2:20, 27).
¿Cómo entender los dones del Espíritu Santo?
El Espíritu Santo administra dones espirituales a la iglesia. El Espíritu Santo no se glorifica a sí mismo ni a sus dones por medio de muestras ostentosas, sino que glorifica a Cristo al implementar su obra de redención de los perdidos y edificación de los creyentes en la santísima fe (Juan 16:13, 14; Hechos 1:8; 1a Corintios 12:4-11; 2a Corintios 3:18).
Con respecto a esto, Dios el Espíritu Santo es soberano en otorgar todos sus dones para el perfeccionamiento de los santos en el día de hoy y que hablar en lenguas y la operación de los milagros de señales en los primeros días de la iglesia, fueron con el propósito de apuntar hacia y certificar a los apóstoles como reveladores de verdad divina, y su propósito nunca fue el de ser característicos de las vidas de creyentes (1a Corintios 12:4- 11; 13:8-10; 2a Corintios 12:12; Efesios 4:7-12; Hebreos 2:1-4).
Todos queremos que nuestras vidas tengan propósito. Queremos asegurarnos de que estamos siguiendo un curso de vida conforme a la voluntad de Dios, e incluso podemos temer que nos sucedan cosas malas si estamos fuera de la voluntad de Dios. El deseo de estar en la voluntad de Dios no es algo malo, después de todo, Jesús mismo oró «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22:42). La verdadera dificultad es cuando tratamos de discernir cuál es la voluntad de Dios para nuestras vidas. Sería mucho más sencillo si el Señor escribiera un mensaje en el cielo o diera a cada creyente alguna señal sobrenatural. No habría duda alguna si despertara una mañana y las nubes formaran de manera legible «¡Sé un ingeniero!» (o mejor aún, «Sé un ingeniero eléctrico de la Compañía XYZ»). Sin embargo, el Señor ha determinado en Su infinita sabiduría, no revelar Su voluntad particular para cada creyente de esa forma. Si lo hiciera, me temo que aún a pesar de eso yo malentendería Su voluntad. Hay una vieja historia sobre un hombre que vio las letras «V.P.C.» en el cielo y concluyó que era Dios diciéndole: «¡Ve a predicar a Cristo!». No obstante, la dificultad era que este hombre prácticamente no tenía buenas habilidades de comunicación, además de tener muy poco conocimiento bíblico. Cuando fue a ver a un amigo y le contó sus planes, el amigo le contestó: «Tal vez el mensaje era: «¡Vete a plantar cebollas!»».
Ahora bien, no es prudente pensar que todas las personas están igualmente dotadas para todas las vocaciones. La palabra vocación viene de la palabra en latín para «llamar», lo que implica que cada uno de nosotros ha sido llamado por Dios para usar los dones que se nos han otorgado. Los cristianos no deben negar que tienen habilidades, talentos e intereses, porque la Biblia nos dice que el Señor les da estas cosas a los cristianos. Cada uno de nosotros es diferente del otro porque Dios ha determinado que así es como Él edificará Su Iglesia y la sociedad. El apóstol Pablo nos dice que «los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables» (Rom 11:29) y que esos dones son diferentes (12:6). Esto lo vemos todos los días en las personas a nuestro alrededor: algunos sobresalen en matemáticas y números, mientras que otros brillan en idiomas; algunos se sienten atraídos por vocaciones que requieren colaborar con otras personas, mientras que otros prefieren trabajar en soledad; algunos siempre están iniciando nuevos proyectos y empresas, mientras que otros se deleitan en trabajar en áreas ya establecidas. Las diferencias no son malas, pero es crucial entender que esas diferencias no son el resultado de nuestros propios esfuerzos, sino que las recibimos del Señor (1 Cor 4:7).
¿CÓMO PUEDO DISCERNIR MI LLAMADO?
Si cada uno de nosotros tiene diferentes dones e intereses, la siguiente pregunta que surge es: ¿Cómo sé cuál es mi llamado? Esta pregunta es esencial para aquellos que quizás han sido llamados al ministerio vocacional, pero es también aplicable a quienes están en alguna vocación secular. Anhelamos éxito y satisfacción en nuestra labor, por lo que tiene sentido pensar en qué es nuestro llamado. Lo primero que debemos entender, es que no hay diferencia significativa entre el llamado al ministerio y el llamado a cualquier otra vocación. Lo que quiero decir es que no es menos cristiano ser mecánico, médico o arquitecto que ser pastor o misionero. Hay diferentes dones y habilidades necesarias para cada uno, pero un creyente no debe considerar que es un fracaso trabajar en un empleo «secular» en lugar de en una iglesia o ministerio. Este fue uno de los grandes principios de la Reforma, expresado mejor por Martín Lutero. Lutero enseñó que el trabajo, o nuestra vocación (llamado), es agradable al Señor sin importar su carácter religioso. Esto fue revolucionario en los días de Lutero porque se le había enseñado a la gente que ser monje o sacerdote era la más alta vocación y que todas las demás ocupaciones eran inferiores. Se daba a entender que Dios no estaba muy complacido con los granjeros, panaderos y zapateros. Estar involucrado en cualquier cosa que no fuese el ministerio vocacional era perder las oportunidades de completar tu fe a través de buenas obras y perder la seguridad de la salvación que viene de tal llamado. Lutero enseñó que todos los cristianos tienen una posición en la vida dada por Dios, una vocación que sirve a los demás a nuestro alrededor. Lutero añadió que aun la humilde lechera era, a través de su vocación, el instrumento por medio del cual «Dios ordeña las vacas».
Debido a este importante principio, cuando examinamos nuestro llamado no debemos buscar un escalafón de posibles vocaciones y elegir la «mejor»; en cambio, debemos examinar nuestros dones e intereses para discernir para qué profesión somos más adecuados. Nuevamente, si Dios es el dador de dones y talentos, y si Dios no suele dar señales sobrenaturales para dirigir a Su pueblo hacia sus vocaciones, entonces la mejor dirección que podemos tener para nuestra vocación es buscar aquello para lo que Dios nos ha equipado mejor. Así, el ministerio vocacional no es diferente de otros llamamientos, nos miramos a nosotros mismos y a nuestras capacidades y buscamos la afirmación y el consejo de aquellos a nuestro alrededor para ayudarnos a determinar si un llamado es el adecuado. Estas dos evaluaciones se han descrito históricamente como el «llamado interno» y el «llamado externo» cuando se aplican a un llamado al ministerio del evangelio. Al observar el llamado interno y el externo, es importante reconocer que también se aplican en un contexto secular, solo que con circunstancias diferentes.
EL LLAMADO INTERNO
La primera evaluación relacionada con la vocación es la evaluación que la persona realiza de sus propios dones, talentos, e intereses. Es lo que se ha denominado el llamado interno. Sin embargo, esto no significa que consista completamente de sentimientos y deseos internos. Esos deseos son un componente del llamado interno, pero hay más que considerar. El llamado interno también implica una autoevaluación. Es apropiado y bueno que los individuos reflexionen sobre las habilidades que tienen, los dones que se les han dado y los deseos que tienen para ciertas vocaciones. Cada una de estas áreas es importante para una adecuada autorreflexión. No le hace ningún bien a una persona ignorar sus dones o habilidades. En nuestros días, se ha difundido ampliamente la idea de que una persona debe seguir solamente la vocación que le apasiona, que uno nunca debe «conformarse» con otra vocación, y que debes siempre «seguir tu corazón». El anhelo por abrazar una vocación es importante, pero no es suficiente. Si así fuera, yo estaría jugando béisbol en las Grandes Ligas.
En el contexto del llamado al ministerio del evangelio, por ejemplo, se necesita mucho más que el deseo de ayudar a otros o de intentar hallar propósito en la vocación como tal. Si un llamado viene del Señor, entonces Él te habrá de equipar para que florezcas en ese llamado. Esto comienza con el cumplimiento de los requisitos para el ministerio del evangelio. El llamado de Cristo no llega hoy al futuro ministro como lo hizo con Mateo, con la persona de Cristo diciéndole directamente: «Sígueme», sino que el llamado al ministerio comienza con el llamado de Cristo a llevar Su nombre y seguirlo. Con mucha frecuencia, los hombres buscan el ministerio como un medio para calmar la voz de descontento en sus propios corazones. Es fácil caer presa del pensamiento de que si dedico mi vida al servicio del evangelio, Dios me aceptará y recompensará ese compromiso con la vida eterna. El prerrequisito absoluto para el ministerio del evangelio es ser llamado personalmente por Dios y ser reconciliado con Él a través de la obra terminada de Cristo, para que sea tu nombre el que Dios llame. Horatius Bonar señaló lo mismo hace más de un siglo: «El verdadero ministro debe ser un verdadero cristiano. Debe ser llamado por Dios antes de poder llamar a otros hacia Dios».
El futuro ministro del evangelio debe tener cuidado de no caer presa de tendencias perfeccionistas, y tampoco debe confiar demasiado en su capacidad. La naturaleza misma del ministerio debe hacer que un hombre se detenga antes de embarcarse en ese camino y debe hacer que un hombre vea la grandeza de la obra y clame junto a Pablo que no es suficiente para estas cosas (2 Co 3:5). Cuando se ve a sí mismo, debe ver a Aquel que da dones a los hombres. Es Dios quien hace a la persona suficiente al proveerle las habilidades, destrezas y conducta que necesita para tener éxito en el ministerio vocacional. Estos dones no tienen todos que existir en su forma completa antes de que un hombre se dedique al ministerio del evangelio, pero una humilde autoevaluación debe mostrar la presencia de los dones requeridos (por ejemplo, un entendimiento de la Escritura y la capacidad de enseñar). El aspirante al ministerio debe también hacerse preguntas difíciles sobre las calificaciones de carácter establecidas en 1 Timoteo 3 y Tito 1. Él debe saber que los requisitos de carácter no son solo obstáculos a superar, sino que son el porte y los rasgos necesarios para tener éxito en el ministerio vocacional. Finalmente, el aspirante debe mirarse a sí mismo para determinar si está comprometido con el ministerio vocacional. El compromiso es vital para el ministerio, un compromiso de fe hacia el crecimiento espiritual, la humildad, el conocimiento, la disciplina, la sabiduría y el liderazgo, entre otras cosas. Cuando un hombre pone su mano en el arado, no puede mirar atrás (Lc 9:62). Pablo nos da una excelente guía para la autoevaluación: él sabía que no era perfecto, sabía que aún no se había convertido en lo que sería, pero también sabía que tenía que seguir adelante hacia la meta (Flp 3:12). Una visión adecuada del llamado interno se toma esto muy en serio.
EL LLAMADO EXTERNO
Aunque el llamado interno es muy importante, no es la única parte al discernir el llamado de Dios. Incluso una cuidadosa autoevaluación tiene sus puntos ciegos. Por esta razón, el sentido subjetivo del llamado se confirma mejor por medio de una afirmación externa. En el caso del ministerio del evangelio, esto sería una confirmación del llamado del aspirante por el cuerpo de Cristo. Ya que Cristo no da dones a un hombre sin la oportunidad de ejercerlos. Los dones de un hombre pueden ser evaluados y estimulados por la iglesia. La mejor ayuda para determinar si eres llamado al ministerio es que sirvas a Dios en el presente, y por medio de la evaluación de tal servicio, poner a prueba tus dones. De hecho, en la mayoría de los casos, el llamado al ministerio viene mientras se sirve a la iglesia. La presencia de dones para el ministerio en un hombre lo marcará ante el pueblo de Dios como alguien que es llamado al ministerio, porque todos los dones que tiene son para ser usados en el cuerpo y tales dones son dignos de ser honrados por la iglesia.
No debemos pensar en cosas como la necesidad de recomendaciones personales, exámenes de ordenación, o la elección de una congregación como si fueran necesidades burocráticas. Más bien, estas son manifestaciones de la importante validación del llamado externo. Una persona no es completamente soberana sobre su llamado, especialmente el llamado al ministerio del evangelio. Que los demás afirmen esos dones es vital para determinar si se debe buscar una vocación. Si a un hombre se le han dado oportunidades para ejercer y probar sus dones para el ministerio, y si esas pruebas han sido recibidas con el estímulo y la aprobación de otros en la iglesia, ¿Cuánta más confianza tendrá el hombre en su llamado? Si el hombre ha sido examinado por aquellos a quienes ya se les ha encomendado el ministerio del evangelio, y los exámenes muestran que está calificado en carácter y dones, eso es una bendición. Al mismo tiempo, si el hombre recibe advertencias de sus hermanos cristianos de que no parece estar bien preparado para el ministerio, y no es capaz completar los exámenes satisfactoriamente, entonces debe detenerse y hacer un balance de su deseo por el ministerio vocacional. Puede muy bien ser la misericordia de Dios que le protege del potencial dolor, sufrimiento y fracaso.
Este llamado externo se extiende más allá del ministerio hacia otras vocaciones. Está bien establecido que, para aspirar a muchas ocupaciones, la persona debe recibir aprobación externa, los médicos deben aprobar los exámenes de la junta médica, los abogados deben aprobar los exámenes del colegio de abogados, y así los arquitectos, ingenieros y técnicos todos tienen que aprobar requisitos de licencias y certificación. Estos exámenes y certificaciones sirven, en efecto, para prevenir a los no calificados de tales profesiones, pero también ayudan a ratificar las habilidades y dones de las personas. Recuerdo que hace muchos años aprobé el examen del colegio de abogados del estado, esto me animó a que realmente podía ser un abogado. Esa reafirmación fue de mucha ayuda en los meses y años que siguieron, durante los días largos y los proyectos exigentes. El que debía ejercer esa vocación no solo era una idea en mi cabeza sino que los expertos en este campo también creían que yo tenía las habilidades necesarias para tener éxito. Es por eso que, aunque no se requiera una prueba o certificación formal para la vocación que quieres seguir, te aconsejaría que obtuvieras una opinión sobre tus dones para esa vocación fuera de ti mismo. La sabiduría y el apoyo que recibes de otros es invaluable.
¿CÓMO PUEDO ADMINISTRAR MI LLAMADO?
Por último, debemos considerar cómo debemos administrar mejor nuestros llamados. Las personas pueden examinar su propio sentido de llamado, sus dones, habilidades e intereses y luego someterse a una evaluación externa de los mismos sin llegar a una conclusión infalible. A veces nos damos cuenta de que no hemos tomado la mejor decisión y necesitamos cambiar de rumbo. Lo más insensato sería seguir adelante ante la evidencia de que hemos elegido la vocación equivocada. También está el hecho de que las personas cambian con el paso del tiempo, cuando nos casamos, tenemos hijos, nos mudamos a nuevos lugares, o incluso tenemos nuevas experiencias, nuestros intereses pueden cambiar. Podemos desarrollar nuevos dones y habilidades que no sabíamos que teníamos. Si este es el caso, la providencia de Dios puede traer nuevas oportunidades para nuevas vocaciones. Una vez más, si tomamos en cuenta todos los parámetros mencionados anteriormente, no hay nada malo en encontrar una vocación diferente. Dios a menudo cambia las circunstancias y vidas de Su pueblo para ayudarles a crecer en Cristo.
Lo importante al pensar en el llamado es buscar usar los dones que Dios nos ha dado y glorificarle en el ejercicio de esos dones. Si eso significa elegir una nueva vocación, que así sea. Creo que Dios me ha dirigido al menos hacia tres llamados: Empecé convencido de que sería un académico y busqué confirmar esa vocación a través de la educación. Entonces me convencí de que la academia no era el mejor llamado para mí y en lugar de eso me dediqué a las leyes trabajando como abogado durante casi una década. Fue mientras estaba en esa vocación que sentí el llamado a entrar en el ministerio del evangelio (llamado interno), y fui animado por aquellos en la iglesia a seguir ese rumbo (llamado externo). Espero servir al Señor de esta manera hasta el final de mis días, pero siempre debo permanecer abierto a la dirección del Señor. Que el Señor te lleve a una confianza similar en Él, para que conozcas que Él sostiene todos tus días y todas tus vocaciones en Sus manos.
Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.2 Timoteo 3:15-16
De parte del autor
Sandra, una niña de 8 años, quiso regalar una Biblia a su padre el día de su cumpleaños; pero no sabía qué escribir como dedicatoria. ¿Qué podría escribir en la primera página? “De Sandra”, o “de parte de tu hija”, o “como recuerdo de alguien que te quiere”. Como estaba indecisa, fue a la oficina de su padre y tomó algunos libros de la biblioteca. En la portada de uno de ellos leyó: “De parte del autor”. ¡Y esto fue lo que escribió!
Cuando el padre abrió su regalo y reconoció la escritura, reflexionó: En realidad, ¿quién es el autor de la Biblia? ¿Es verdaderamente Dios? ¿Empleó la mano de mi hija para dármela personalmente e invitarme a leerla? Empezó a leer su Biblia hasta que descubrió que toda la Escritura es inspirada por Dios. No es el producto de la voluntad del hombre, “sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21).
¿Leemos la Biblia? ¿La leemos como una recopilación de historias o como una obra literaria? ¿La leemos porque realmente no podemos decir que somos cristianos si no la hemos leído? ¿O la leemos con oración, para conocer a su Autor, porque ella nos revela los pensamientos de Dios?
Dios se dio a conocer en la persona de Jesucristo, se reveló como un Padre. “La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18).
Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)
David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008
Los profetas del Antiguo Testamento fueron personas llamadas exclusivamente por Dios y a quienes Dios les entregó en forma sobrenatural sus mensajes para que nos los entregaran. Dios habló su palabra por medio de los labios y los escritos de los profetas.
La profecía implicaba tanto la predicción sobre el futuro (el predecir) como la exhortación y la proclamación presente de la palabra de Dios (el proclamar). Los profetas fueron dotados por
el Espíritu Santo para que sus palabras fueran las palabras de Dios. Por eso es que los mensajes proféticos solían estar precedidos por la expresión: «Así dice el Señor».
Los profetas fueron reformadores de la religión de Israel. Llamaron al pueblo a volverse a la adoración pura y a la obediencia a Dios. Aunque los profetas criticaron la manera como la adoración judía muchas veces se había degenerado y se había convertido en un simple ritual, no condenaron ni atacaron las
formas originales de adoración que Dios había encomendado a su pueblo. Los profetas no fueron revolucionarios ni anarquistas religiosos. Su tarea consistía en purificar, no en destruir; en reformar, no en sustituir la adoración de Israel.
Los profetas también estaban profundamente preocupados por la justicia y la equidad social. Eran la conciencia de Israel, llamando al pueblo al arrepentimiento. También actuaron como los defensores del pacto de Dios. Ellos «entregaron citaciones a comparecer» a la nación ante el juez divino por violar los términos del pacto con Dios.
Los profetas hablaron con una autoridad divina porque Dios los había llamado específicamente para ser sus voceros. El profeta no era un cargo hereditario, ni tampoco eran elegidos para ocupar dicha función. Las credenciales de los profetas la constituían el llamado directo e inmediato de Dios unido al poder del Espíritu Santo.
Los falsos profetas fueron constantemente un problema en Israel. En lugar de transmitir los oráculos de Dios, relataban sus propios sueños y opiniones – diciéndoles a las personas únicamente lo que ellas deseaban escuchar. Los verdaderos profetas fueron muchas veces perseguidos y rechazados por sus contemporáneos por rehusarse a comprometer la proclamación del consejo de Dios.
Los libros de los profetas suelen dividirse en los libros de los «profetas mayores» y los «profetas menores». Esta diferenciación solo se refiere a la extensión de los escritos canónicos y no constituye ninguna referencia a la mayor o menor importancia de los profetas. Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel son conocidos como los profetas mayores porque fueron los que más escribieron; mientras que Amós, Oseas, Miqueas, Jonás, etc. son los profetas menores porque sus libros son más pequeños.
Los apóstoles del Nuevo Testamento también tuvieron muchas de las características de los profetas del Antiguo Testamento. Los apóstoles junto con los profetas son llamados el fundamento de la iglesia.
Resumen
1. Los profetas del Antiguo Testamento fueron agentes de la revelación divina.
2. La profecía implicaba la predicción sobre el futuro y la proclamación.
3. Los profetas fueron reformadores de la adoración y la vida israelita.
4. Solo quienes habían sido llamados directamente por Dios tenían la autoridad para ser sus profetas.
5. Los falsos profetas expresaban sus propias opiniones y le manifestaban a la gente solo lo que esta deseaba escuchar.
6. La división en profetas mayores y menores es una diferencia establecida en base a la extensión de sus escritos y no en base a su importancia.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
¿Murió Cristo por todos los pecados exceptuando el de la incredulidad?
Jesus carries his cross. Woodcut engraving after a drawing by Julius Schnorr von Carolsfeld (German painter, 1794 – 1872), published in 1877.
«Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Juan 2:2). Cuando la Biblia dice que Cristo fue la ofrenda por todos los pecados, no significa que todos los pecados hayan sido automáticamente perdonados. Sólo significa que se ha hecho la ofrenda para asegurar el perdón de todo el mundo; si esa ofrenda en realidad tiene como resultado el perdón de algún individuo es otra cosa, ya que se debe aceptar la ofrenda por fe. Nuestro camino de regreso a Dios ha sido preparado por Cristo; la pregunta ahora es, ¿aprovecharemos la oportunidad?
Cristo murió por todos los pecados, es decir, Su sacrificio fue suficiente para pagar por los pecados del mundo entero. Sin embargo, el perdón sólo llega a una persona cuando se arrepiente y cree (ver Marcos 1:15). Hasta que aceptemos (por fe) la provisión de Dios en Cristo, todavía estamos en nuestros pecados. Los que mueren en la incredulidad mueren en todo su pecado — serán mentirosos, asesinos, adúlteros, etc., que no han sido perdonados. (Apocalipsis 21:8). Los que confían en Cristo para su salvación no mueren en pecado; mueren en Cristo, y sus pecados ya han sido perdonados. Somos justificados por la fe (Romanos 5:1); sin fe, somos condenados (Juan 3:18). El perdón se recibe a través de la fe en Cristo y viene con la promesa de una eternidad en el cielo; la falta de fe nos mantiene sin perdón y destinados a una eternidad en el infierno.
En la Biblia, creer o tener fe, es algo más que pensar que algo es un hecho. La fe tiene que ver más con la confianza y la aceptación personal, los actos intencionados de nuestra voluntad. Así que, en las Escrituras, el pecado de la incredulidad no es simplemente la ignorancia, sino que es rechazar voluntariamente el don gratuito de Dios de perdonar el pecado, que incluye el pecado de la incredulidad.
Cuando Dios ofrece perdonar el pecado de un hombre cuando él cree, la lógica determina que su respuesta ya no puede ser: «No, me niego a creer en ti, pero de todos modos perdona mis pecados». El perdón es una oferta condicional: si se cumple la condición requerida (la fe), entonces se produce el resultado prometido (el perdón). La fe en Cristo es la forma en que las personas responden correctamente a la oferta de la salvación de Dios.
La Biblia habla mucho sobre la necesidad de tener fe en Cristo y los resultados de la incredulidad. Cristo anhelaba atraer hacia Él a los pecadores habitantes de Jerusalén, sin embargo, ellos permanecieron en su pecado; la condenación de Jesús recae directamente sobre ellos: «No quisiste» (Lucas 13:34). Su incredulidad los mantuvo alejados de Cristo, su única salvación.
Sobre la lógica de la necesidad de creer: «Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:6).
En cuanto a la incredulidad como un acto de la voluntad, una elección deliberada: «Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él» (Juan 12:37).
En cuanto a por qué no hay excusa para la incredulidad: «Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Romanos 1:18-20).
Respecto al daño espiritual de la incredulidad: «¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte» (Romanos 6:21) «Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso» «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4: 2, 4).
Sobre la justicia del castigo por la incredulidad: «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3:19).
Por último, para estar seguro de lo que un verdadero creyente debe creer para ser un cristiano perdonado, aquí hay un resumen.
La Biblia afirma claramente que la única manera de entrar en el cielo perfecto de Dios es ser tan perfecto (puro y sin pecado), como Dios mismo (Mateo 5:20, 48; Lucas 18:18-22). Incluso si pecas una sola vez en toda tu vida, has violado toda la ley de Dios, lo mismo que si rompieras un solo eslabón de una cadena, se rompe toda la cadena (Santiago 2:10). La justicia perfecta de Dios implica que todo pecado debe ser castigado. Ese castigo es la muerte que se traduce en una eterna separación de Dios para siempre en el infierno (Éxodo 32:33).
Ningún ser humano puede cumplir con el estándar perfecto de Dios, por lo que sin un Salvador sobrenatural que nos rescate, estamos completamente perdidos como pecadores (Hechos 15:10; Romanos 3:9-23). Dios te ama y quiere rescatarte del infierno (Juan 3:16; 2 Pedro 3:9). Por eso envió a Su propio Hijo perfecto para llevar tu castigo sobre sí mismo — Su vida por la tuya — pagando completamente tu deuda con Dios al morir en la cruz, y liberándote para siempre de la justa condenación de Dios. Cada uno de tus pecados -pasados, presentes y futuros — está perdonado si eliges aceptar el regalo del perdón por la fe (creyendo y confiando en que Dios cumplirá Su promesa), cuando te arrepientas (te alejes) de tus pecados (Lucas 24:47; Hechos 11:18; 2 Corintios 7:10) y le pidas que te salve (Joel 2:32; Hechos 2:21). La sangre de Jesús cubre tus pecados para que Dios te vea tan perfecto como Su propio Hijo (Isaías 53:4-6; 2 Corintios 5:21).
En el momento que aceptas el don gratuito de Dios por la fe, cambias: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Te conviertes en el hijo amado de Dios (1 Juan 3:1), una relación eterna que nunca puede romperse (Romanos 8:38-39; Efesios 1:13-14). Dios, como Padre, Hijo y Espíritu, habita en ti y hace su «morada» contigo (Juan 14:17, 23). Puedes ver por qué el Evangelio de Cristo se llama Buenas Nuevas (Lucas 2:10; Hechos 5:42, 14:15). Al aceptar este regalo, aceptas que perteneces a Dios (1 Corintios 6:19-20). Ya no eres dueño de ti porque Él te compró (redimió) con la preciosa sangre de Su Hijo (1 Pedro 1:18-19).
Este maravilloso regalo gratuito de la salvación eterna no se puede ganar con ninguna cosa buena que hagas (Juan 3:16; Romanos 3:21-25; Efesios 2:8-9). De hecho, tratar de ganarlo por tus propios esfuerzos, como si pudieras complacer suficientemente a Dios para ganarte Su aceptación, es severamente condenado en la Biblia (Gálatas 1:6-9). Esa es la diferencia entre el cristianismo y prácticamente todas las demás religiones del mundo, con sus reglas establecidas por el hombre sobre lo que la gente debe o no debe hacer en el intento desesperado de ganar el favor de Dios y obtener la vida eterna para sus almas.
Tu salvación es gratuita, un regalo invaluable de Dios que es mucho más valioso que el mundo entero (Mateo 13:44; 16:26). Así que el autor de Hebreos pregunta, «¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?» (Hebreos 2:3). «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Hebreos 3:7-8). «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación» (2 Corintios 6:2).
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