Esta pregunta ha recibido varias respuestas a lo largo de la historia, dependiendo de la perspectiva y evaluación de ciertos grupos. No existe una interpretación rígida sobre lo que constituye una iglesia verdadera. Sin embargo, en la ortodoxia cristiana clásica han surgido ciertos estándares que definen lo que llamamos el cristianismo “católico” o universal. Este cristianismo universal apunta a las verdades esenciales que han sido expresadas históricamente en los credos del primer milenio y son parte de la confesión de prácticamente cada denominación cristiana en la historia. Entonces, hay al menos dos formas en las que un grupo religioso falla en cumplir con los estándares de ser una iglesia.
La primera es cuando caen a la apostasía. La apostasía ocurre cuando una iglesia deja sus amarres históricos, abandona su posición confesional histórica, y se degenera a un estado en el cual las verdades cristianas esenciales son negadas descaradamente, o la negación de tales verdades es ampliamente tolerada.
Otra prueba de la apostasía es a nivel moral. Una iglesia se convierte en apóstata de facto cuando sanciona y fomenta pecados graves y atroces. Tales prácticas se pueden encontrar hoy en ciertos sistemas de denominaciones controversiales, tales como los conocidos episcopalismo y presbiterianismo tradicionales, los cuales se han alejado de sus amarras confesionales históricas, así como su posición confesional sobre cuestiones éticas básicas. (Nota del editor: Estas denominaciones han apoyado el matrimonio homosexual y aun permitido la ordenación de homosexuales hombres y mujeres).
La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable. De manura particular, nos referimos a las sectas heréticas. Aquí una vez más no encontramos ninguna definición rígida universal sobre lo que constituye una secta. El término tiene más de un significado o denotación. Por ejemplo, todas las iglesias que practican ritos y rituales tienen en su núcleo una preocupación por su “cultus” o “culto”. El “cultus” es el cuerpo organizado de la adoración que se encuentra en cualquier iglesia. Sin embargo, esta dimensión puede ser distorsionada a tal grado que el uso del término “culto” es aplicado en su sentido peyorativo. Por ejemplo, el diccionario puede definir el término “culto” como una religión que es considerada falsa, poco ortodoxa, o extremista. Cuando hablamos de cultos en este sentido, lo que viene a la mente son las distorsiones radicales en grupos marginales, como el fenómeno de Jonestown. Allí un grupo de devotos se sometieron a su líder megalómano, Jim Jones, e ilustraron su devoción a tal grado que voluntariamente se sometieron a la orden de Jones de suicidarse. Esto muestra el comportamiento extremista de las sectas.
Vale la pena notar que casi cualquier compendio que trata con la historia de las sectas incluirá dentro de sus estudios las grandes masas de la religión, tales como los mormones y testigos de Jehová. Sin embargo, el tamaño y la permanencia de estos grupos tienden a darles más credibilidad al paso del tiempo y a medida que más gente se asocia con sus creencias. Cuando miramos a grupos, tales como los mormones y los testigos de Jehová, encontramos elementos de verdad en sus confesiones. Sin embargo, al mismo tiempo, expresan claras negaciones de lo que históricamente podrían ser consideradas verdades esenciales de la fe cristiana. Esto ciertamente incluye su descarada negación de la deidad de Cristo. Los testigos de Jehová y los mormones tienen esta negación en común. Aunque ambos colocan a Jesús en algún tipo de posición exaltada en sus respectivos credos, Él no alcanza el nivel de deidad. Los dos grupos consideran a Cristo una criatura exaltada. Siguiendo la línea de pensamiento del antiguo hereje Arrio, los mormones y testigos de Jehová sostienen que el Nuevo Testamento no enseña la deidad de Cristo; más bien, ellos argumentan que enseña que Él es el primogénito exaltado de toda la creación. Dicen que Él es la primera criatura hecha por Dios, a quien luego se le dio poder superior y autoridad sobre el resto de la creación. Aunque Jesús es exaltado en tal cristología, todavía está muy lejos de la ortodoxia cristiana que confiesa la deidad de Cristo. Los pasajes en el Nuevo Testamento que se refieren a Jesús como siendo “engendrado” y “el primogénito de la creación” se utilizan incorrectamente para justificar esta definición de Cristo como criatura.
En los tres primeros siglos de la historia cristiana, el pasaje bíblico que dominó la reflexión sobre la comprensión de Cristo en la iglesia fue el prólogo del Evangelio de Juan. Este prólogo afirma que Cristo es el “Logos”, o la Palabra eterna de Dios. Juan declara en su Evangelio que el Logos estaba “con Dios en el principio, y era Dios”. Este “con Dios” sugiere una distinción entre el Logos y Dios, pero la identificación por el verbo que une “era” indica una identidad entre el Logos y Dios. La forma en que los mormones y los testigos de Jehová y otros grupos niegan esta verdad es por la substitución del artículo determinado en el texto por el artículo indeterminado, lo que hace que el Logos sea “un dios”. Con el fin de forzar esta interpretación del texto, uno debe afirmar previamente alguna forma el politeísmo. Tal politeísmo es totalmente ajeno a la teología judeocristiana, donde la deidad se entiende en términos monoteístas.
La amenaza de las distorsiones de las sectas es algo con lo que la iglesia tendrá que luchar en cada generación y en cada época. También es importante entender que incluso las iglesias legítimas pueden encontrar en su interior prácticas que reflejan el comportamiento de las sectas. Las sectas pueden surgir dentro de las estructuras de ciertas iglesias. En la comunión romana, por ejemplo, vemos en Haití una mezcla de teología católica romana con las prácticas del culto vudú. También en esa misma comunión no hay duda de que grandes grupos de personas veneran a María a un grado que va más allá de los límites defendidos por la propia iglesia, degenerando su adoración en una mentalidad de secta. Pero tal puede ser el caso entre los luteranos, presbiterianos, o cualquier grupo, cuando la ortodoxia es sacrificada por la devoción a los ídolos.
Publicado originalmente en la revista Tabletalk. Traducido por Roman González. R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation.
Cuando mi sobrina tenía dos años y medio, mi hermana y mi cuñado la llevaron a visitar a unos amigos. Cuando llegaron, la hija de esos amigos, que tenía seis años, llevó a mi sobrina a otro cuarto para jugar con ella mientras los adultos conversaban. Luego de unos veinte minutos, la niña de seis años regresó a donde estaban los adultos exasperada. Había estado jugando un juego en el que tenía que pasarle decenas de fichas a mi sobrina. La pequeña se quejaba, diciendo: “Cada vez que le paso una ficha, me dice ‘gracias’ y espera que yo le diga ‘de nada’”. Ese había sido el “diálogo” constante durante veinte minutos, y la niña más grande ya estaba frustrada.
La ingratitud y el orgullo van de la mano. Donde vaya uno, allá lo acompaña el otro.
Enseñar a nuestros hijos a dar las gracias y a tener un espíritu agradecido es parte importante de la paternidad cristiana. La razón es que nuestro Padre celestial exige que Sus hijos estén llenos de acciones de gracias. La gratitud es esencial para el seguidor de Jesucristo. Por otro lado, la ingratitud es pecado y es la raíz de otros pecados.
Dios creó al hombre —y luego recreó a Su pueblo— para que lo adorara a Él. En la obra clásica llamada El contentamiento cristiano… una joya rara, Jeremiah Burroughs escribe: “Adorar no es simplemente hacer lo que a Dios le agrada, sino también agradarse de lo que Dios hace”. La adoración incluye deleitarse en todo lo que Dios trae a nuestras vidas y dar gracias por ello, en todas las circunstancias. Un corazón agradecido es un corazón que adora. El corazón ingrato es incapaz de adorar a Dios.
En Romanos 1:18 – 3:20, Pablo detalla exhaustivamente el pecado humano y la condenación divina. Ninguna persona queda excluida (“todos pecaron”). Ningún matiz del pecado queda en el tintero: abarca desde la codicia hasta la malicia, desde la envidia hasta el asesinato, desde el chisme hasta la difamación, desde el odio contra Dios hasta la desobediencia a los padres, desde la rebeldía hasta la justicia propia, desde el hacer lo malo hasta el inventar lo malo, y desde la comisión de pecados hasta la aprobación de los que cometen pecado. Sin embargo, la raíz de todos estos males es que la humanidad no honra a Dios como a Dios ni le da gracias (1:21).
En esencia, la ingratitud es un rechazo de Dios. Es un rechazo de Él como Creador y Gobernador de todas las cosas. Es un rechazo de Dios como el dador de la vida, el dador de toda bendición, ya sea esperada o inesperada, placentera o dolorosa. Aun cuando estuvo encarcelado, Pablo se regocijó y exhortó a los filipenses a que se regocijaran con él. Exhortó a otros a que siempre dieran gracias. Los creyentes tenemos espíritus agradecidos porque reconocemos que todo lo que tenemos, todos los lugares donde nos encontramos e incluso todo lo que somos viene de la mano de Dios, para Su gloria y para nuestro bien.
Los cristianos, al igual que mi sobrina, reconocemos que todo lo que tenemos es un regalo. Dios nos ha dado todo: la vida, la salvación y todo lo que forma parte de la vida en este mundo y en el venidero. Cada día, cada momento, debería estar lleno de acciones de gracias. Dios es bueno, y todo lo que Él hace y otorga es para nuestro bien. Todo es un regalo.
Imagina que un hijo de padres ricos que ha recibido regalos costosos, asistido a las mejores escuelas y vivido en comodidad y seguridad le dice a sus padres: “Ustedes nunca me dieron lo suficiente”. Diríamos que ese hijo es un malcriado, un malagradecido. Sin embargo, cada uno de los regalos que Dios da a Sus propios hijos es infinitamente mejor: más lujoso, moldeado a la perfección para cada circunstancia, siempre para nuestro bien y siempre inmerecido. ¡Qué hijos tan malcriados somos si no le damos gracias constantemente!
Tiene sentido, entonces, que la ingratitud sea una característica de la apostasía en “los últimos días”. Pablo escribe: “Pero debes saber esto: que en los últimos días… los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes…” (2 Tim 3:1-2). Tiene sentido que los “amadores de sí mismos”, los “jactanciosos”, los “soberbios” y los “ingratos” estén en el mismo grupo. La persona ingrata se cree el centro del mundo. Cree que se ha ganado todo lo que tiene. Para ella, nada es un regalo.
Pablo muestra la ingratitud como la raíz de un sinfín de problemas en la iglesia de Corinto. Escribe: “¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Co 4:7). Los miembros de la congregación no reconocían que todo lo que tenían era un regalo de Dios. En cambio, eran soberbios y presumidos.
Aquí, entonces, vemos al pecado “original” supremo asomando su horrible cabeza: el pecado del orgullo. La ingratitud y el orgullo van de la mano. Donde vaya uno, allá lo acompaña el otro. Un corazón orgulloso es un corazón ingrato que está en enemistad contra Dios. Cristiano, todo lo que tienes es un regalo. Agradécele a Dios constantemente por ello.
El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”.
La noche antes de morir, mientras Jesús miraba a Sus doce discípulos, y más allá de ellos a los miles de millones que un día le seguirían, oró por una unidad que llamaría la atención del mundo: «para que todos sean uno. Como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti» (Jn 17:21). Padre, toma a judíos y gentiles, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, y haz que sean uno. La unidad enviada del cielo fue Su gran oración por nosotros.
Y, sin embargo, solo unos momentos antes, expresó otra petición que le da a la unidad cristiana una tensión y característica fuerte: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad» (Jn 17:17). Padre, toma a estos discípulos y átalos por tu palabra. La verdad dada por el Espíritu también fue Su gran oración por nosotros.
Jesús quiere que Su iglesia sea una, y que sea sabia. Quiere que amemos a todo Su pueblo, y que atesoremos toda Su palabra. Quiere que ofrezcamos una ilustración terrenal de la unidad trinitaria, y un testimonio terrenal de la verdad trinitaria.
Pocos cristianos e iglesias mantienen de forma natural una comprensión equilibrada de ambas oraciones: tendemos a desviarnos hacia una «unidad» que erosiona la verdad, o hacia una «verdad» que destruye la unidad. Por eso, a menudo necesitamos recalibrarnos: nuestro ecumenista interior necesita más firmeza; nuestro despiadado vigilante interior necesita menos dureza.
Jesús quiere que Su iglesia sea una, y que sea sabia. Quiere que amemos a todo Su pueblo, y que atesoremos toda Su palabra
Para ello, puede ayudar una herramienta antigua, rearticulada y clarificada en las últimas décadas: el triaje teológico.
¿Qué es el triaje teológico? El triaje teológico —término acuñado por Albert Mohler en 2005— trata de organizar la verdad cristiana en distintos niveles, desde las doctrinas esenciales hasta las enseñanzas más periféricas. En un reciente y útil libro, por ejemplo, Gavin Ortlund ofrece el siguiente modelo cuádruple:
Las doctrinas de primer rango son esenciales al evangelio mismo. Las doctrinas de segundo rango son urgentes para la salud y práctica de la iglesia de tal manera que frecuentemente causan que los cristianos se separen a nivel de iglesia local, denominacional y/o ministerial. Las doctrinas de tercer rango son importantes para la teología cristiana, pero no lo suficiente como para justificar la separación o la división entre cristianos. Las doctrinas de cuarto rango son poco importantes para nuestro testimonio evangélico y nuestra colaboración en el ministerio (Escoge tus batallas, p. 19). El triaje teológico aplicado correctamente no justifica la indiferencia hacia las doctrinas que están por debajo del primer nivel. Toda la Escritura posee el aliento de Dios (2 Ti 3:16) de modo que, cuando Jesús oró para que fuéramos santificados «en la verdad», se refería a toda ella, hasta la tilde y letra más pequeña (Mt 5:18).
Sin embargo, la Escritura misma trata algunas doctrinas como más fundamentales que otras, y el triaje teológico trata de seguir ese ejemplo. Así como Jesús habló de los «preceptos más importantes de la ley» (Mt 23:23), y como Pablo habló del evangelio «en primer lugar» (1 Co 15:3), el triaje teológico trata de diferenciar las doctrinas más importantes de las que tienen menos urgencia. (De ahí que Mohler utilice la ilustración del triaje: Los médicos de urgencias tratan las heridas de bala de forma diferente a los esguinces de tobillo).
El beneficio principal, como veremos, es el equilibrio y la sabiduría en nuestra búsqueda de la unidad. No minimizamos montañas ni magnificamos granos de arena.
Ciencia y arte Del mismo modo que en un contexto médico, el proceso de triaje suele ser complejo. No siempre discerniremos inmediatamente si una doctrina encaja en el primer nivel (dividir a los cristianos de los no cristianos), en el segundo nivel (dividir a las iglesias locales, denominaciones o ministerios) o en el tercer nivel (no dividir nada). El triaje es tanto ciencia como arte; requiere tanto percepción intelectual como sabiduría espiritual; se basa tanto en un juicio cuidadoso como en un instinto piadoso.
Por ejemplo, una misma doctrina puede encajar en una categoría diferente dependiendo de la situación. Como observa Ortlund, el tema de los dones espirituales a veces encaja en el segundo nivel, pero no siempre. Actualmente, un cesacionista convencido asiste alegremente a la iglesia continuista en la que sirvo.
El triaje teológico trata de organizar la verdad cristiana en distintos niveles, desde las doctrinas esenciales hasta las enseñanzas más periféricas
Los contextos culturales o misiológicos también influyen en la práctica del triaje. Las iglesias nuevas en fronteras no alcanzadas, junto con algunos equipos misioneros, pueden rebajar algunas doctrinas típicas de segundo nivel al tercer nivel. En Estados Unidos, los ancianos de una iglesia podrían limitar la membresía a aquellos que han sido bautizados como creyentes; en Afganistán, podrían no hacerlo, o podrían no hacerlo todavía (sabiamente).
En ocasiones, incluso evaluar desacuerdos de primer orden exige sabiduría. Una persona puede rechazar la justificación por la fe porque no la entiende; otra puede rechazar la doctrina porque la entiende y la odia. La primera situación requiere una enseñanza cuidadosa y una evaluación posterior, mientras que la segunda no.
Podrían mencionarse más complejidades (puedes ver el artículo de Joe Rigney en inglés, How to Weigh Doctrines for Christian Unity), pero estas bastan para mostrar la necesidad de humildad, paciencia y sabiduría colectiva en lugar de reflejos individuales. En el Nuevo Testamento se habla de una pluralidad de ancianos en las iglesias locales, y con razón. El triaje teológico se realiza mejor en un grupo de pastores con discernimiento espiritual, hombres que tienen los ojos puestos en el rebaño y son sabios en cuanto a las necesidades, peligros y oportunidades de su contexto local.
Al igual que los médicos de urgencias necesitan algo más que conocimientos médicos para practicar bien el triaje, los ancianos de una iglesia necesitan algo más que conocimientos bíblicos para hacer lo mismo. Necesitan conocer no solo el canon de las Escrituras, sino también el caso que tienen delante y el contexto que les rodea. Necesitan preguntarse: «Considerando todas las cosas, ¿vale la pena dividirse por esta doctrina en este momento?».
Tres pruebas de triaje En su libro When Doctrine Divides the People of God [Cuando la doctrina divide al pueblo de Dios], Rhyne Putman ofrece tres pruebas para ayudar al proceso de discernimiento (pp. 220-39):
La prueba hermenéutica: cuanto más claramente enseña la Biblia una doctrina, más probable es que pertenezca a un nivel superior. La prueba del evangelio: cuanto más central es una doctrina para el evangelio, más probable es que pertenezca a un nivel superior. La prueba de la praxis: cuanto más afecta una doctrina a la práctica de una iglesia, más probable es que pertenezca a un nivel superior. Estas tres pruebas no responderán a todas las preguntas, pero ofrecen un punto de partida. Considera dónde encajan algunas doctrinas comunes después de pasarlas por la hermenéutica, el evangelio y la praxis:
Doctrinas como la deidad de Cristo y la Trinidad (claras hermenéuticamente y centrales para el evangelio) pertenecen al primer nivel. Doctrinas relacionadas con el bautismo, la cena del Señor y el llamado de hombres y mujeres (menos claras hermenéuticamente, pero aún cerca del evangelio y dando forma a la praxis de una iglesia) usualmente pertenecen al segundo nivel. Doctrinas como la edad de la tierra o la naturaleza y el momento del reinado milenario de Cristo (menos claras hermenéuticamente, menos conectadas al evangelio y menos importantes para la praxis de una iglesia) suelen pertenecer al tercer nivel. Sin embargo, una vez más, cada categoría admite complejidad, lo que exige que las iglesias practiquen el triaje a la luz de los casos individuales y de su contexto más amplio.
¿Por qué practicar el triaje teológico? Si el triaje teológico conlleva tal complejidad, ¿por qué practicarlo? Porque, con toda probabilidad, solo un hábito como este mantendrá nuestros latidos al ritmo de la petición que Jesús hizo en Juan 17. Solo a medida que distingamos doctrinas aprenderemos a evitar los peligros del maximalismo teológico, el minimalismo teológico y lo que podríamos llamar triaje inconsciente.
Maximalismo teológico Los maximalistas teológicos, o sectarios teológicos, pueden distinguir entre doctrinas hasta cierto punto: por ejemplo, puede que no equiparen la deidad de Cristo con la forma de gobierno de una iglesia. Pero tienden a elevar doctrinas de tercer nivel al segundo nivel, y doctrinas de segundo nivel al primer nivel. Al hacerlo, a menudo separan cuando deberían tolerar, dividen cuando deberían soportar. Temerosos de los lobos, atacan a otras ovejas.
Al no distinguir lo que pesa más de lo que pesa menos, algunos pueden acabar cortando los miembros del cuerpo de Cristo
Los maximalistas sienten correctamente que la protección de la sana doctrina exige a veces palabras fuertes; como Judas, «exhortándolos a luchar ardientemente por la fe que… fue entregada a los santos». Pero, tal como señala Ortlund, no comparten necesariamente el afán de Judas por celebrar «nuestra común salvación» (Jud v. 3). Así, al no distinguir lo que pesa más de lo que pesa menos, pueden acabar cortando los miembros del cuerpo de Cristo.
Minimalismo teológico A los minimalistas teológicos también les cuesta hablar de «asuntos de mayor peso», pero no porque eleven tantas doctrinas a los niveles superiores, sino porque elevan muy pocas. Si se les presiona, pueden estar de acuerdo en que un antitrinitario no puede ser cristiano, pero solo si se les presiona. Por sí solos, los minimalistas tienden a rebajar las doctrinas de primer nivel al segundo nivel, y las doctrinas de segundo nivel al tercer nivel. Al hacerlo, a menudo dicen: «¡Unidad! ¡Unidad!», cuando no hay unidad (Jer 6:14; 8:11).
Los minimalistas tratan de representar la séptima bienaventuranza —«Bienaventurados los pacificadores»—, pero rara vez o nunca adoptan posturas lo suficientemente firmes como para representar la octava: «Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí» (Mt 5:10-11). Les cuesta ver que la paz verdadera, la unidad verdadera, requiere un centro de convicción inamovible (y a veces ofensivo); de lo contrario, ¿en torno a qué nos unimos?
Triaje inconsciente Pero tal vez la mejor razón para practicar el triaje teológico sea que funcionalmente ya lo hacemos. No podemos evitar tratar algunas doctrinas como más importantes que otras. A menos que hayamos considerado cuidadosamente cuáles doctrinas son realmente más importantes, es probable que nuestro acercamiento al triaje esté menos determinado por las Escrituras y más por una mezcla de personalidad, trasfondo y capricho.
Jesús reprendió a los fariseos porque «cuelan el mosquito y se tragan el camello» (Mt 23:24), y muchos de nosotros, aunque menos hipócritas, necesitamos oír la misma advertencia. Naturalmente, estamos especialmente atentos a algunos mosquitos y extrañamente insensibles a algunos camellos: algunos defienden con vehemencia una tierra joven o vieja, pero no sé preocupan por la justificación; algunos atacan a los complementaristas o egalitarios como Atanasio atacó a Arrio, pero rechazan las controversias trinitarias como si nada. No podemos soportar al mosquito en nuestro guiso, pero sí al camello en nuestro plato de carne.
Así pues, el triaje teológico nos ayuda a sopesar no solo las doctrinas, sino también a sopesarnos nosotros mismos. Pone al descubierto nuestras propias tendencias persistentes y nos invita a recalibrar nuestros modelos inconscientes según el ejemplo de las Escrituras.
Amar la unidad, atesorar la verdad ¿Cómo podemos saber si estamos creciendo a la hora de sopesar las doctrinas como Dios mismo lo hace?
Quienes tienden al maximalismo teológico se encontrarán soportando desacuerdos cuando antes habrían roto la comunión; los que tienden al minimalismo teológico se verán a sí mismos ofendiendo a algunos cuando antes no ofendían a nadie. Los maximalistas no tratarán las doctrinas de segundo y tercer nivel como sin importancia, pero aprenderán a bajar la voz cuando hablen de ellas; los minimalistas, mientras tanto, no se sentirán incómodos cuando vean a un hermano o hermana contendiendo por verdades preciosas. Los minimalistas aprenderán a luchar más; los maximalistas aprenderán a luchar más contra sí mismos.
Todos nosotros, cualquiera que sea nuestra tendencia natural, oraremos más a menudo: «Padre, haz que seamos uno» y, con el mismo aliento, «átanos con tu verdad».
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición. Scott Hubbard es editor en Desiring God, pastor en la iglesia All Peoples [Todos los pueblos] y graduado del Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Bethany, viven con sus dos hijos en Minneapolis.
Como enseñan nuestros documentos fundacionales, Coalición por el Evangelio es una comunidad de iglesias evangélicas profundamente comprometidas con la renovación de nuestra fe en el evangelio de Cristo y la reforma de nuestras prácticas de ministerio para conformarlas plenamente a las Escrituras. Buscamos realizar esfuerzos junto a otras personas que tienen la convicción de que la misericordia de Dios en Cristo Jesús es nuestra única esperanza de salvación eterna. Deseamos defender este evangelio de manera clara, con compasión, coraje y gozo, uniendo alegremente corazones con hermanos creyentes de diferentes denominaciones, etnias, y clases.
Entre nuestros distintivos doctrinales, nosotros afirmamos:
La realidad de un Dios Trino, creador y sustentador del universo, revelado de manera particular a su Creación en la faz de Jesucristo a través de las Escrituras. La creación de una humanidad creada a imagen de Dios, que a través de la caída de Adán distorsionó y corrompió esa imagen en todas sus facultades. Que desde toda la eternidad pasada, Dios determinó en su gracia salvar a una gran multitud mediante la fe depositada en Cristo Jesús. Que la salvación no se encuentra en ningún otro fuera de Cristo Jesús, por cuanto no hay otro nombre bajo cielo por medio del cual podamos ser salvos. Que Cristo, a través de su obediencia y muerte, canceló completamente la deuda de todos aquellos que fueron justificados en la cruz, de una vez y para siempre. Que los 66 libros de las Sagradas Escrituras son los únicos inspirados por Dios, y que allí se revela todo lo que el hombre de Dios necesita en asuntos de fe y práctica. Que Cristo Jesús es la cabeza de la iglesia, siendo Él mismo su piedra angular. Debido a estas afirmaciones, nosotros negamos:
La posibilidad de algún dios fuera del Dios de las Escrituras, y que ningún otro ser creado puede ser venerado o servir de intercesor, en teoría o en la práctica. Que en el hombre haya quedado una inclinación natural a hacer el bien, para someterse a la voluntad de Dios o aun para desear a Dios. Que el hombre colabore o contribuya con sus obras de alguna manera a su salvación. Que aquellos que han sido justificados por la fe en Cristo Jesús tengan necesidad de hacer expiación de alguna manera por su pecado, en esta vida o en la eternidad. Que haya otro co-redentor o mediador para la salvación de los hombres fuera de o junto a la persona de Cristo Jesús. Que haya alguna autoridad máxima o similar a aquella que da la Escritura, y que haya algún otro libro inspirado por Dios fuera de aquellos 66 reconocidos por la Iglesia a lo largo de su historia. Que algún hombre pueda, en teoría o práctica, considerarse como cabeza de la iglesia de Cristo Jesús. El esfuerzo de esta Coalición es de buscar unir a iglesias en torno a estas y otras de las verdades reveladas por la Palabra de Dios y el evangelio. Esta unión es una en torno a la verdad, no a expensas de la verdad. Por tal razón, nosotros condenamos el movimiento ecuménico que procura una unión a expensas de las verdades claramente reveladas en las Escrituras. No es posible para los cristianos el tener unión real, en teoría o práctica, con aquellos que niegan las verdades cardinales de la fe cristiana.
Por tal razón, debido a que la Iglesia Romana no puede afirmar y negar lo que afirmamos anteriormente, nosotros no podemos considerar a tal denominación como una representación del cristianismo bíblico. Eso no significa que Dios, en su soberanía, no haya salvado personas dentro de ese movimiento, que eventualmente son iluminados a conocer la verdad del evangelio más cabalmente en el rostro de Cristo Jesús. Estas conversiones ocurren no por las enseñanzas de la Iglesia de Roma, sino a pesar de dichas enseñanzas. En muchas iglesias donde hoy se predica la sana doctrina de nuestro Señor, hay hermanos que pueden dar testimonio de esta realidad.
A lo largo de los años han surgido corrientes y tendencias que han amenazado la fe cristiana y los fundamentos de la sociedad en áreas consideradas como vitales tanto para los evangélicos como para los católicos. En esos casos, ambos grupos han estado dispuestos a oponerse a dichas corrientes, en ocasiones por separado, y en otros casos firmando documentos que defienden la dignidad de la vida o el concepto bíblico del matrimonio, como dos ilustraciones muy actuales. Esto no debe abrir la puerta para considerar que nuestros principios doctrinales como evangélicos sean similares a los de la iglesia de Roma hasta el punto de poder formar alianza con ellos. Una alianza de este tipo nunca será algo que apoyemos ni promovemos.
Miguel Núñez y Juan Sánchez
A nombre de Coalición por el Evangelio
Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.
Juan Sánchez ha servido desde 2005 como pastor principal de High Pointe Baptist Church en Austin, Texas. Es graduado de la Universidad de Florida (B.M.Ed.) y el Southern Baptist Theological Seminary (M.Div., Th.M., Ph.D.). Además de entrenar pastores en los Estados Unidos y Latinoamérica, Juan es también miembro del concilio de The Gospel Coalition, presidente de Coalición por el Evangelio, y sirve como profesor asistente de teología cristiana en el Southern Baptist Theological Seminary. Juan está casado con Jeanine, y vive en Austin, Texas, al igual que sus cinco hijas, dos yernos, y tres nietos. Puedes seguirlo en Twitter: @manorjuan.
Lo he oído muchas veces. «Bueno, no tienes que asistir a la iglesia para ser cristiano.» «Asistir a la iglesia no te convierte en cristiano». «No necesito la iglesia; adoro a Dios a mi manera.»
En cada caso, alguien intenta proporcionar una barrera para continuar la conversación sobre el evangelio y sus efectos en toda la vida de una persona. En el incómodo momento de confrontación (suave o firme) sobre el pecado, la muerte y resurrección de Cristo, el llamado al arrepentimiento y a la fe, y el llamado continuo del discipulado cristiano, esa persona quiere apartarse y aún así sentirse satisfecha sobre su posición con Dios.
Entonces, ¿puede ser cristiano sin ir a la iglesia? Si uno quiere decir si la asistencia a la iglesia salva a alguien, tenemos que estar de acuerdo en que no es así. Jesucristo salva. Ciertamente, la falta de asistencia a la iglesia probablemente inhibe la fe en Cristo al no estar bajo la proclamación del evangelio. Pero la pregunta no es realmente si asistir a la iglesia salva a alguien, eso es sólo un ardid para alejar la conversación de las realidades puntuales del evangelio. En cambio, ¿qué sucede una vez que una persona se une a Jesucristo a través de la fe en Él? ¿Puede esa persona, a pesar de su profesión de Cristo, mantener un enfoque independiente del cristianismo y ser legítimamente un verdadero creyente?
Consideremos algunas cosas que encontramos en la Escritura, ya que sólo la Escritura es el fundamento de nuestra fe y práctica. Nuestras opiniones e incluso nuestras tradiciones familiares (algunos no asisten a la iglesia pero profesan ser cristianos como lo han hecho sus padres) no importan en este momento.
Jesús estableció una comunidad con sus primeros seguidores (por ejemplo, Mateo 4:18-5:2). Llamó a un grupo de hombres que pasaron tres años con él discutiendo la verdad bíblica, escuchando sus enseñanzas, orando juntos, sirviendo juntos, teniendo compañerismo juntos, aprendiendo a vivir en relación unos con otros, y preparándose para dirigir las comunidades de creyentes que se multiplican en el primer siglo. Sabemos que no fueron sólo los hombres los que siguieron, sino también las mujeres las que se volvieron firmes en la iglesia primitiva (Lucas 8:1-3; 23:49). La única vez que Jesús no incluyó a un verdadero creyente en la comunidad que lo siguió fue con el hombre que Jesús liberó e hizo una nueva creación, que llamamos el endemoniado Gadareno. Quería seguir a Jesús y a su comunidad, pero Jesús lo envió en misión a su tierra natal de Decápolis, donde proclamó “las grandes cosas que Jesús había hecho por él” (Marc. 5:1-20).
Antes de Su ascensión, Jesús encargó a Sus seguidores que hicieran discípulos, los bautizaran, y luego los enseñaran a observar fielmente (obedecer, poner en práctica, vivir en) todo lo que Él les había enseñado (Mateo 28:19-20). La Gran Comisión dirigió la obra del evangelio que debía realizarse dentro del marco continuo de la comunidad cristiana. La enseñanza continua y el pastoreo hacia la fiel observancia de las enseñanzas de Cristo no se hace en forma aislada. Tampoco es necesaria la rendición de cuentas para mantener nuestros pies espirituales al fuego de la obediencia hecha en solitario. Necesitamos el cuerpo de Cristo si queremos seguir a Jesús. Jesús mismo se lo prescribió.
Me doy cuenta de que algunos rápidamente vuelven a ver cómo pueden ver la enseñanza cristiana en Internet o en la televisión o escuchar mensajes de audio. Ese es un suplemento maravilloso y una gran ayuda cuando uno está confinado en casa, pero no hace nada hacia la aplicación en el contexto de la comunidad. Muchos de los mandamientos en el Nuevo Testamento son relacionales. “Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.” (Colosenses 3:12-13). Esas no son órdenes de confinamiento solitario en la casa de uno. Son órdenes de comunidad: aprender a aplicar el Evangelio y su poder y belleza en el contexto de las relaciones dentro de la iglesia local. De esa manera el evangelio brilla a través de la vida en común de la iglesia. Para reforzar aún más esa interpretación, el equilibrio de Pablo en ese párrafo de Colosenses tres apunta directamente hacia » enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones» (Colosenses 3:14-17). Una vez más, estas son acciones que se llevan a cabo con referencia a la iglesia local. No son para los segregacionalistas espirituales que piensan que son demasiado buenos para reunirse con otros o que no necesitan a nadie más para vivir como cristianos o que nadie puede aportar a su manera superior de pensar.
¡Uno lee las escenas en el cielo y nunca, nunca se trata de ser aislacionista! Esas escenas alrededor del trono son siempre con las masas de gente redimida por la sangre de Cristo, que comparten las alegrías de Su presencia juntos para siempre (por ejemplo, Apocalipsis 5:11-14; 7:9-17).
¿Puedes ser cristiano sin ir a la iglesia? Mejor pregunte, ¿cómo puede alguien que profesa ser redimido por la sangre de Jesucristo pensar en no reunirse con su cuerpo cada semana? (Hebreos 10:25) Aunque asistir a la iglesia no salva a nadie, no encontramos ni una pizca de evidencia bíblica de que los verdaderos cristianos no buscaban reunirse unos con otros. Por el contrario, el peso de la evidencia en los Evangelios, Hechos, las Epístolas y el Apocalipsis es que Cristo nos salva para unirnos a Su cuerpo, el cual Pablo declara que es la iglesia (Ef 1:22-23). A través de los siglos, los cristianos han sacrificado literalmente sus vidas para reunirse con el cuerpo de Cristo, la iglesia. Gracias a Dios, lo siguen haciendo hoy.
Declarar que uno no necesita asistir a la iglesia para ser cristiano es exponer una traición en el pensamiento y la práctica de la efectividad y el poder del evangelio. Los verdaderos cristianos y las congregaciones locales van juntos.
Cuando estamos desanimados, hemos perdido la motivación para seguir adelante. La montaña parece demasiado empinada, el valle demasiado oscuro, o la batalla demasiado intensa, y perdemos el coraje para continuar.
En muchos lugares en las escrituras, Dios ordena a su pueblo a esforzarse y cobrar ánimo (Salmo 27:14; 31:24; 2 Crónicas 32:7; Deuteronomio 31:6). Cuando Dios escogió a Josué para sustituir a Moisés como líder de los israelitas, algunas de Sus primeras palabras a Josué fueron «Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas» (Josué 1:9). El Señor fundamentó este mandato en su anterior promesa a Josué en el versículo 5: «Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé». El Señor sabía que Josué iba a afrontar algunas batallas grandes y no quería que Su siervo se desanimara.
La clave para vencer el desánimo es recordar las promesas de Dios y aplicarlas. Cuando conocemos al Señor, podemos pararnos en las promesas que Él le ha dado a Su pueblo en Su Palabra. Si podemos o no ver el cumplimiento de esas promesas en esta vida, Sus promesas siguen vigentes (Hebreos 11:13-16). Este conocimiento hizo que el apóstol Pablo prosiguiera, predicando el evangelio y eventualmente terminando en una cárcel romana donde perdió la vida. Desde la cárcel, escribió, «prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:14). Él pudo continuar en medio de la persecución, rechazo, golpes y desánimo, porque sus ojos estaban en el premio definitivo: escuchando de su Señor y Salvador las palabras «¡bien hecho!» (ver Mateo 25:23; Apocalipsis 22:12).
Es fácil que nos desanimemos cuando buscamos recompensa o afirmación de aquellos que nos rodean. Si nuestro servicio u obediencia se basa en la gratificación inmediata, quizás nos estemos preparando para el desánimo. Jesús no siempre toma el camino fácil, y además advirtió a Sus seguidores que considerarán eso antes de que iniciaran (Lucas 14:25-33). Cuando ya hemos contado el costo del discipulado, tenemos más fortaleza para afrontar las batallas por venir. No somos tan fácilmente desanimados cuando las cosas no salen como queremos, porque sabemos que la batalla es del Señor (1 Samuel 17:47).
El desánimo puede ser una luz de advertencia para nosotros que hemos perdido nuestro principal objetivo. Cuando nos sentimos desanimados, es de gran ayuda estar a solas con el Señor y permitirle que examine nuestros corazones y nuestras motivaciones (Salmo 139:23). A menudo, es el orgullo, la codicia o la avaricia, lo que alimenta nuestro desánimo. A veces el desánimo proviene de una sensación de que se tiene derecho a algo, que resalta la diferencia entre lo que tenemos y lo que creemos que nos deben. Cuando reconocemos esa actitud como pecado, podemos arrepentirnos, humillarnos, y dejar que el Espíritu Santo reajuste nuestras expectativas. Cuando usamos el desánimo como un recordatorio de que nuestras prioridades se han distorsionado, el sentimiento de desánimo puede convertirse en una herramienta de refinación para hacernos más como Jesús (ver Romanos 8:29).
El salmista no era ajeno al desánimo, y su respuesta fue recordar a Dios y confiar en las promesas de la palabra:
¿Por qué querría alguien ser cristiano? Los cristianos de la Iglesia primitiva eran marginados, despreciados y perseguidos. Lo mismo ocurre con muchos creyentes hoy en día: en la mayoría de los países, ser cristiano es, como mínimo, una pérdida social y económica. Pero a pesar de todas las aparentes desventajas, ser cristiano no solo es deseable, sino asombroso y glorioso. El apóstol Juan resume gran parte de la maravilla de ser cristiano cuando dice: «Nuestra comunión es con el Padre y con Su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1:3). El cristiano tiene comunión con Dios.
A causa del pecado, ningún ser humano tiene comunión con Dios por sí mismo. Dios es luz; nosotros nacemos en oscuridad. ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? Dios es vida; nosotros estamos muertos. ¿Qué comunión tiene la vida con la muerte? Dios es amor; nosotros somos enemistad. ¿Qué amistad puede haber entre Dios y el hombre? En nuestra condición natural, estamos sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef 2:12). Estamos «excluidos de la vida de Dios» por la ignorancia que hay en nosotros (4:18). En nuestro estado caído, no solo somos incapaces de reconciliarnos con Dios, sino que además no queremos hacerlo.
Pero Dios (2:4) en Su gracia ha abierto el camino de vuelta a la vida con Él, por medio de Jesucristo. Dios actuó unilateralmente para mostrarnos gracia, misericordia y amor en Cristo. El Hijo, dado en el amor del Padre, es el restaurador y el reconciliador. Por medio de Él, los pecadores son acogidos en la santa presencia de Dios (Ef 3:12; He 10:19-20).
Cuando el Espíritu nos lleva a Dios por medio de Cristo, entramos en la comunión de amor del Dios trino. Somos cambiados para amarlo y deleitarnos en Su entrega a nosotros y deleitarnos en entregarnos a Él. Es una comunión pura, santa y buena. Es una comunión de paz entre Dios y Su pueblo a través de la sangre de Jesús. Pase lo que pase al cristiano, está bajo la voluntad del Padre; el cristiano está a salvo por toda la vida y la eternidad. Nada puede separarnos del amor de Dios (Ro 8:38-39).
Tener comunión con Dios significa que el cristiano tiene el privilegio de conocer a Dios y ser conocido por Él. Tiene el privilegio de hablar con Dios en oración y escuchar a su Creador y Redentor hablar por Su Palabra y Espíritu. El cristiano tiene el privilegio de tener la presencia de Dios con él y en él, y el gozo de saber que un día será llevado a la gloria plena y brillante de la presencia de Dios. Verá y tendrá comunión con el Dios encarnado: Cristo Jesús, el Salvador ascendido y Rey de gloria.
El cristiano tiene el privilegio de ser restaurado a su diseño original por Aquel que lo hizo a él y a todas las cosas. El cristiano tiene el privilegio de disfrutar de la creación de Dios, ahora y siempre. Tiene el privilegio de ser consolado y pastoreado en esta vida por el Padre, quien obra todas las cosas para su bien. El cristiano tiene el gran gozo de saber que incluso las cosas buenas de aquí son solo el principio de lo que está por venir. Estos son regalos de Dios para Sus hijos. ¿Puede haber algo mejor que ser cristiano?
Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
William VanDoodewaard El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .
Introducción Uno de los hermosos aspectos de la obra de Dios al salvar a su iglesia es que él llama a toda clase de personas a la comunión. Personas con trasfondos formales y tradicionales y personas con una tendencia un poco más informal. Gente que creció escuchando a Bach, samba brasileña, a los Beatles, o a Beggie, todos ellos unidos a Jesús.
Esto puede generar algunos desafíos cuando nos reunimos para adorar. Déjame preguntarte: ¿De qué manera afecta la adoración corporativa a nuestra unidad?
No solo hoy la adoración tiene el potencial para causar división. Cuando Jesús conoció a la mujer samaritana en el pozo en el Evangelio según San Juan, capítulo 4, ella lo invitó a debatir acerca de la adoración, ¿debería el pueblo de Dios adorar en Jerusalén o en los montes gemelos Gerizim y Ebal en Samaria? Jesús responde enseñándole lo que es la adoración. Dice que Dios está buscando adoradores que le adoren en Espíritu y en verdad (vv. 23-24).
¿Entonces, cuál es nuestra meta el día de hoy? No podemos abordar todo lo que hay que decir acerca de la adoración. Pero a medida que nos acercamos al final de nuestro seminario del tema de nuestra vida juntos como iglesia y de la importancia de nuestra unidad, deberíamos considerar cómo podemos ayudarnos unos a otros hacia este objetivo final de adorar a Cristo. De muchas maneras, la adoración que glorifica a Dios es uno de los frutos más dulces y valiosos de la unidad de la que hemos estado discutiendo. Y al mismo tiempo, la adoración verdadera fomentará naturalmente la unidad.
Comenzaremos definiendo qué es la adoración y la adoración corporativa, y luego veremos cuatro formas en las que dicha adoración tiene un rol único que desempeñar en nuestra vida como congregación.
Definición de la adoración Primero veamos una definición de la adoración. La adoración es un concepto amplio en la Biblia, no existe una palabra griega principal que corresponda a nuestra palabra en español para «adoración», pero hay muchos términos diferentes. Cuando examinamos el Nuevo Testamento en específico, queda claro que la adoración implica mucho más que ir a la iglesia un domingo por la mañana, ciertamente mucho más que la alabanza en forma de canto. Como escribe Pablo en 1 Corintio 10:31: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios». A los romanos, escribe: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (12:1). Cristo, el cordero perfecto, es el único sacrificio suficiente para nosotros. De manera que los sacrificios que ofrecemos en el nuevo pacto no son ofrendas quemadas, como en el Antiguo Testamento, sino la sumisión de cada aspecto de nuestras vidas para la gloria de Dios.
Por tanto, ¿cómo podríamos definir la adoración? D. A. Carson tiene una extensa definición de la adoración, la cual se encuentra en el reverso de tu folleto. Sería útil leerla luego, pero por ahora, veamos la definición menos detallada de David Peterson: Adorar es «comprometerse con Dios en los términos que él propone y en la forma que solo él hace posible». Eso abarca todo tipo de adoración: nuestros afectos, nuestras acciones, nuestra obediencia, nuestras relaciones, y eso incluye nuestra adoración corporativamente, nuestros tiempos de adoración a Dios y de mutua edificación.
La adoración se centra en Dios. Es la respuesta correcta a la majestad del carácter de Dios, un Dios que es digno de adoración. La adoración implica mucho más que solo saber intelectualmente cómo es Dios, y se deleita en la perfección de sus atributos.
La adoración se centra en Cristo. Nuestra adoración a Dios solo es posible gracias a la muerte y resurrección de Cristo. Sin el sacrificio de Jesús en nuestro lugar no podríamos entrar en la presencia de Dios y, por tanto, no podríamos esperar la imagen que tenemos del cielo en la Biblia. Vemos esta adoración «Cristocéntrica» muy claramente en Apocalipsis 5. Dios está sentado en el trono, sosteniendo un libro que está sellado. Solo el León de la tribu de Judá, que también es el cordero, puede abrir ese libro; solo él es digno. Y leemos que él (Cristo) estaba de pie en medio del trono, siendo uno con Dios (v. 6). Entonces Cristo es alabado como el que fue inmolado, quien es digno de tomar el libro y de abrir sus sellos. Desde ese punto en el libro de Apocalipsis, la adoración se dirige «al que está sentado en el trono, y al Cordero».
Y la adoración es empoderada por el Espíritu Santo. Antes de enseñarnos a cantar unos a otros, a agradecer en nuestros corazones a Dios, Pablo nos llama en Efesios 5:18 a ser llenos del Espíritu. Jesús enseña que el ministerio del Espíritu entre nosotros es uno que lo glorifica, Juan 16:14: «Él Espíritu me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber».
Así que, ¿qué es un entendimiento bíblico de la adoración? Permíteme sugerir tres cosas en resumen:
A. Es la respuesta correcta a Dios. La adoración es algo que se ordena a todos, y es una reacción natural y correcta a la gloria de Dios. B. Abarca toda nuestra vida. No es solo cantar una alabanza a Dios. Implica tanto nuestra adoración como nuestras acciones. La adoración no termina con lo que decimos, sino que incluye lo que hacemos. C. Se deleita en la belleza de Dios y de Cristo. No se deleita en la experiencia de la adoración. En nuestra cultura evangélica, la adoración a menudo se refiere a las emociones que experimentamos al (quizá) cerrar nuestros ojos y cantar a Dios, y podemos quedar más atrapados en esa experiencia que en el Dios que se supone es el origen de esa experiencia. En cambio, deberíamos enfocar nuestros corazones y nuestras mentes en Dios y en Cristo cuando adoramos. Por tanto, si la adoración tiene mucha pasión, pero no hay un pensamiento genuino entonces no es verdadera adoración. Lo contrario también es cierto, si la adoración solo se trata de pensar en las cosas correctas, sin la intención de provocar afectos hacia Dios, también es demasiado falsa.
Definición de la adoración corporativa Entonces, ya hablamos algo acerca de lo que es y no es la adoración. ¿Y la adoración corporativa, —el tiempo en el que nos reunimos como congregación públicamente con el fin de alabar a Dios? En base a lo que acabo de describir como adoración, podrías pensar que nuestro picnic como iglesia forma parte de la adoración corporativa, al fin y al cabo, hacemos todas las cosas para la gloria de Dios, y las hacemos juntos como congregación. Pero claramente hay algo más para la adoración como cuerpo que solo eso.
Afortunadamente, Dios nos ha orientado a través de la Escritura acerca de lo que pasa cuando una congregación se reúne en público con el propósito de adorar a Dios. En el Nuevo Testamento, vemos que se ordena a la iglesia que ore (Colosenses 4:2-4, 1 Timoteo 2:1-2), que lea la Palabra públicamente (1 Timoteo 4:13; Colosenses 4:15, 16), que escuche la predicación y la enseñanza (Hechos 2:42, 1 Timoteo 4:13), que bautice a los creyentes (Mateo 28:19) y que comparta la Cena del Señor (Hechos 2:42; 1 Corintios 11); se le ordena a animarse entre sí y alabar a Dios con cánticos (Efesios 5:19, Hebreos 13:15), y que dé de sus finanzas (1 Corintios 16:1-2). 1 Corintios 14:26 es claro: cada una de estas cosas que hacemos juntos, deben hacerse «para edificación de la iglesia».
Estas son cosas que el Nuevo Testamento nos enseña que hagamos cuando nos reunimos, ya sea por mandato o por ejemplo. ¿Pero qué hay de otras cosas? Podrías encontrar que hacer una larga caminata en las montañas puede ser una excelente forma de animar a tu corazón y tu mente para que alaben a Dios. ¿Qué pasa si cada dos semanas decidiéramos como iglesia ir a caminar el domingo por la mañana en lugar de reunirnos en el edificio? Nos estaríamos congregando, como se nos ordena en Hebreos 10, versículo 25, y estaríamos adorando a Dios. ¿Sería eso adorar corporativamente? Ciertamente no encajaría en el típico patrón de lo que la Biblia presenta para definir lo que la iglesia hace en el tiempo único en el que nos reunimos para adorar.
Esto nos lleva a un importante tema en la Escritura que vale la pena mencionar: Dios ha definido cómo deberíamos acercarnos a él corporativamente, por lo que es posible ofrecer adoración erróneamente.
Dios es infinito, sabio, omnisciente; nosotros somos finitos y pecaminosamente interesados en nuestra propia gloria. No podemos conocerle a menos que él se revele a nosotros, y no podemos entender qué tipo de adoración le complacerá a menos que él nos los dé a conocer.
Así, la Biblia deja muy en claro cómo debemos adorar a Dios, específicamente cuando lo adoramos juntos en público. Por ejemplo, en el segundo mandamiento (Éxodo 20:4), Dios prohíbe la adoración a través de imágenes, dejando claro que solo él reglamenta la forma en que se le servirá. Las consecuencias de este principio se aclaran cuando las personas construyen y adoran al becerro de oro, probablemente pensado como una representación de Dios, pero obviamente sin agradarle al Señor. Y luego, cuando Nadab y Abiú ofrecieron «fuego extraño» al Señor, un tipo de devoción «que él nunca les mandó», Dios los mató (Levítico 10:1-3). Jesús rechaza la adoración de los fariseos, citando de Isaías: «En vano me honran, enseñando con doctrinas mandamientos de hombre» (Marcos 7:7).
La Escritura es clara acerca de las maneras en que debemos acercarnos a él cuando nos reunimos públicamente. Dios así lo ha establecido para que nuestra adoración no se confunda con otras religiones y dioses; lo hace para que seamos bendecidos, ya que él sabe lo que es mejor para nosotros.
Todo esto para decir, cuando consideramos la adoración corporativa, debemos entender que la Biblia no nos da libertad para que improvisemos, sino que regula los elementos de la adoración y el contenido de nuestra adoración. Por supuesto, las formas de esos elementos de adoración pueden cambiar con el tiempo; en una generación es posible que cantemos a cappella; en otra podemos cantar con una guitarra y un retroproyector. Otro punto a destacar: la adoración corporativa es adoración pública. Es el tiempo en el que toda la iglesia se reúne, los inconversos son invitados y bienvenidos para aprendan acerca del verdadero Dios como vemos en 1 Corintios 14. A través de su adoración corporativa, una congregación proclama a Dios ante un mundo que le observa.
Entonces, en resumen, la adoración corporativa consiste en reunirnos públicamente como iglesia para acercarnos a Dios de acuerdo a sus instrucciones en la Escritura.
Una implicación clave de esto es que en el centro de nuestra adoración corporativa está la predicación expositiva. ¿Por qué? Porque la Palabra de Dios, y comprender lo que ella dice, es la cúspide de relacionarnos con Dios mientras él se da a conocer a su pueblo. El canto es, sin duda, parte de nuestra adoración, y es útil para enfocar nuestros pensamientos y conectar nuestras emociones. Pero la exposición de la Palabra de Dios es el centro de las reuniones de la iglesia.
La unidad en la adoración corporativa Habiendo definido la adoración corporativa, pasemos al punto #4 y consideremos esta pregunta: ¿Cómo mantenemos la unidad en la adoración corporativa a pesar de nuestras distintas preferencias? Filipenses 2:2 nos dice que como iglesia debemos tener: «un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento» (NVI). Entonces, ¿cómo abordamos la adoración corporativa cuando cada uno de nosotros tiene sus preferencias, gustos y aversiones con respecto a las formas de adoración corporativa como la música o el estilo del servicio? Continuando en Filipenses 2:3-4, leemos: «No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás» (NVI). Estamos llamados a someternos unos a otros por amor a Cristo, a amarnos unos a otros y servirnos mutuamente de esta manera, como lo hacemos en muchos otros aspectos de la vida de la iglesia.
La razón por la que hago hincapié en este punto es porque a muy menudo hoy, encontramos una extraña contradicción. La adoración corporativa es el único tiempo en el que centramos más conscientemente nuestra atención como un cuerpo en la gloria de Dios. Y, sin embargo, con mucha frecuencia la adoración corporativa es el aspecto de la vida de la iglesia que provoca mayor egoísmo.
¡Ese no debería ser el caso! Si piensas en la adoración corporativa como algo que solo involucra a Jesús y a ti, entonces ciertamente estarás decepcionado si no es tu estilo preferido. Necesitamos pensar en la adoración corporativa como algo que hacemos juntos como una familia, por amor los unos a los otros y hacia Dios. ¿Cómo aprendemos a pensar de esa manera?
Algo que puede ayudar es ver el domingo por la mañana como un sentido de nuestra desesperada necesidad por él. La adoración no se trata fundamentalmente acerca de nosotros; se trata de ver y disfrutar a Dios junto con la comunidad de la fe. Dejemos de lado el hambre porque nuestras preferencias personales sean suplidas, en cambio, anhelemos una conexión más profunda con nuestra congregación y un entendimiento de nuestro gran Dios.
Cuatro perspectivas de cómo podría verse esto:
A. Primero, el sacrificio. La adoración corporativa glorifica a Dios porque lo hacemos unidos, y esto implica sacrificio, al igual que muchas otras áreas de nuestra vida como iglesia.
B. Segundo, el crecimiento. Necesitamos recordar que en amor, podemos aprender a usar estilos y tradiciones de adoración que al principio pueden parecer extraños, para luego crecer en nuestro aprecio por ellos
C. Tercero, ser considerados. Debemos tener presente la importancia de no hacer cosas que distraerían a los demás en la congregación de adorar. Eso implica todo desde lo que usamos hasta cómo hablamos de las canciones con otros. Significa no burlarse de las canciones de una manera que impida que otros las usen para adorar; ¡eso significa que quienes escogen las canciones deben tener cuidado de no elegir canciones que sean fáciles de burlar!
D. Cuarto, la honestidad. Solo puede ayudar a nuestra unidad si somos honestos acerca de un par de cosas. Por un lado, nuestra iglesia tiene una cultura en particular. No puedes escapar de eso. Adoramos en castellano. Hemos tratado de dar prioridad al acompañamiento simple, para que el sonido de las voces de las personas sea lo más prominente. Valoramos las canciones con buen contenido de muchos siglos diferentes, por lo que gran parte de nuestra música se siente anticuada para algunos. Es bueno ser sinceros al respecto. También es bueno reconocer honestamente que esto significa que a algunas personas les costará adaptarse a la forma en que adoramos aquí. Para otros se siente cómoda, como la iglesia de la abuela; pero para otros se siente como una iglesia en Marte. Nos amamos bien si somos conscientes de que algunas personas pueden tener que sacrificar más sus preferencias, y si les escuchamos mientras lidian con eso y oramos por ellos en eso.
La adoración corporativa como una plataforma para la unidad Ya hemos hablado acerca de cómo podemos trabajar en pro de la unidad en nuestra adoración corporativa; teniendo en cuenta nuestro tiempo, me gustaría discutir cuatro formas en las que nuestra adoración corporativa ayuda a nuestra unidad y a nuestro testimonio.
A. La adoración corporativa refleja nuestra unidad que glorifica a Dios. Primero, la adoración corporativa es una oportunidad para reflejar la unidad que tenemos en Cristo. Es maravilloso cuando podemos estar solos en la mañana y adorar a Dios por alguna faceta de su carácter durante nuestros tiempos devocionales. ¡Pero hay algo especial cuando nos reunimos públicamente y adoramos a Dios juntos! Como nos recuerda Pedro, esta es una de las razones por las que Dios unió a judíos y a gentiles en la iglesia: ahora, dice: «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).
Esta es la razón por la que Jesús insiste tanto en que lidiemos con las áreas de desunión antes de la adoración. Dice en el Sermón del Monte: «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda» (Mateo 5:23-24).
Pablo hace eco de esta enseñanza cuando habla acerca de la Cena del Señor. Dice: «Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí» (1 Corintios 11:29). ¿Qué significa no discernir el cuerpo del Señor? Pablo estaba hablando acerca de cómo los corintios celebraban la Cena del Señor en desunión, humillando a los pobres entre ellos. El cuerpo de Cristo al que se refiere es la iglesia. La unidad debe estar presente si queremos ofrecer un sacrificio de alabanza agradable a Dios, y cuando la unidad está presente, la adoración corporativa es el precioso desborde de la gloria de Dios. Por tanto, debemos regularmente, no solo en preparación para la Cena del Señor, examinar nuestras relaciones con los demás, así como nuestra relación con Dios.
B. Nos ayudamos unos a otros a adorar Una de las grandes ventajas que tenemos cuando adoramos juntos como iglesia es que podemos ayudarnos mutuamente a comprender la gloriosa hermosura de nuestro Dios, y ayudarnos a expresar nuestra respuesta en alabanzas y agradecimientos alegres. Así, la adoración corporativa brinda una plataforma en la que podemos servirnos unos a otros.
Esto sucede en la estructura de nuestros servicios de adoración, cuando los músicos nos ayudan a cantar; cuando predican hombres que han estudiado arduamente para preparar un mensaje de la Palabra de Dios, y cuando nuestras voces y expresiones nos animan mutuamente a lo largo del servicio. El autor de Hebreos nos dice: «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras» (Hebreos 10:24). Eso ciertamente incluye ayudarnos unos a otros a adorar.
Ahora bien, además de lo que acabo de mencionar, ¿de qué manera podemos ayudarnos a adorar a Dios cuando nos reunimos como congregación? Lo diré en forma de pregunta: ¿Cómo ayudas a los demás a adorar?
Algunas posibles respuestas a considerar:
Podemos discutir el texto del sermón con otros en preparación al domingo por la mañana. Podemos cantar en voz alta y con alegría. Podemos asistir regularmente a la Cena del Señor, y participar de ella dignamente. Podemos conversar acerca del sermón y del servicio como un todo después de la iglesia. Podemos expresar nuestra alegría unos a otros durante el servicio. Podemos dar la bienvenida a quienes no conocemos. Podemos fomentar una cultura de oración al reflexionar sobre las oraciones de los domingos por la mañana con otros así como lo haríamos con el sermón. Podemos apagar el teléfono, no conversar en voz alta durante el servicio, sentarnos en medio de la banca y hacia el frente, llegar temprano, salir tarde, escuchar a los servidores, agradecer a los voluntarios durante el servicio… etc.
La adoración corporativa es edificante Tercero, la adoración corporativa es una oportunidad para nosotros de edificarnos mutuamente. Te sorprendería descubrir en la Escritura que Dios no es el único a quien nos dirigimos durante los tiempos de adoración corporativa. Pablo escribe a los efesios, por ejemplo: «Anímense unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Canten y alaben al Señor con el corazón» (Efesios 5:19) (NVI).
Cuando cantamos el domingo por la mañana, o leemos la Palabra u oramos, no solo nos comunicamos con Dios, sino también entre nosotros. ¿Por qué es eso importante? Porque necesitamos que se nos recuerde las infinitas grandiosas verdades de la Escritura, temas a los que a menudo recurrimos en nuestros tiempos de adoración corporativa, que Dios nos creó, que él es perfectamente justo, que hemos pecado contra él, y que Jesús murió como nuestro sustituto en la cruz. Escuchamos estas verdades en el sermón, pero también ayuda a nuestros corazones escucharlas en las voces y en los rostros comprometidos de nuestros hermanos y hermanas a nuestro alrededor.
Así que, permíteme compartir algunas sugerencias específicamente en el área del canto acerca de cómo podemos usar nuestras canciones para edificarnos mutuamente:
A. Medita en el significado de las palabras cuando cantes, y piensa no solo en cómo esas verdades se aplican a ti, sino también a otros en la iglesia. B. De manera natural y agradable para ti, y sin distraer a los demás, considera cómo tu lenguaje corporal puede animar a otros al cantar, quizá sonriendo en ciertas secciones, mirando a tu alrededor de vez en cuando. C. Canta en voz alta junto con tus hermanos. D. Esfuérzate por cantar como parte de un todo, incluso si no eres músico, escucha cómo cantan los demás, y combina tu voz con la de ellos. Escuchar a los demás es una excelente forma de aprender las canciones y de mejorar tu canto. E. Si es posible, canta en partes. La riqueza y la llenura de la música emerge cuando las diferentes partes, que están impresas en el boletín, se cantan. Y quién sabe, podrías estar al lado de alguien que nunca ha sido lo suficientemente audaz para cantar una parte, y le ayudarás a dar ese paso.
La adoración corporativa brinda una probada del cielo Finalmente, la adoración corporativa nos ofrece una probada de cómo será el cielo. El cielo es el lugar en el que toda la comunidad del pueblo de Dios morará junto a él eternamente, alabando su nombre y deleitándose en su gloria. Entonces, la adoración corporativa es una imagen de esa experiencia que podemos apreciar en esta vida. El autor de Hebreos pinta un hermoso cuadro en el capítulo 12: «Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto» (Hebreos 12:22-24).
Cuando nos reunimos para adorar el domingo por la mañana, obtenemos un destello de la gloria de esa congregación final en el cielo. Allí es cuando el cielo se siente más real y estimamos las cosas de Dios como valiosas. Necesitamos la imagen que la adoración corporativa brinda del cielo porque, a pesar de la corrupción de este mundo, el cielo es nuestro verdadero hogar. En el cielo, estaremos perfectamente unidos con Cristo. Por lo que la unidad que experimentamos cuando adoramos corporativamente en esta vida nos señala la unidad suprema que conoceremos en él en ese día.
5 errores a evitar cuando enseñes las doctrinas de la gracia
Josué Barrios
Para mí, conocer las doctrinas de la gracia fue como experimentar una especie de nueva conversión a la fe. Estas verdades son bíblicas, y por tanto ciertas, y por tanto para la gloria de Dios y nuestro gozo en Él.
Por eso comprendo a mis hermanos calvinistas cuando quieren que todas las personas conozcan y abracen estas doctrinas. Además, en la Biblia leemos que estas doctrinas son importantes para caminar en santidad y estar aptos para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17).
Sin embargo, he notado que a veces podemos cometer ciertos errores al enseñarlas y quisiera advertirte sobre ellos, como alguien que ha cometido varios en el pasado. Estos errores se relacionan entre sí:
El error de enseñarlas sin gracia. Algunos calvinistas lucen más interesados en demostrar sus conocimientos y ganar debates, que en ayudar y servir al prójimo. Ni hablar de los que son apasionados por crear memes burlones para compartir en Facebook.
Esa actitud orgullosa fomenta una barrera al enseñar las doctrinas de la gracia.
Si creemos en la sublime gracia de Dios, entonces busquemos reflejarla al enseñar a otros. Si Dios es paciente con nosotros, ¿quiénes somos para no ser paciente con nuestro prójimo? Si Dios nos salvó por pura gracia, ¿quiénes somos para vivir con orgullo? Si Dios nos dio entendimiento para comprender más Su Palabra, ¿por qué a veces nos envanecemos como si hubiésemos conocido las doctrinas de la gracia por nosotros mismos?
John Newton escribió hace siglos: “De todas las personas que se involucran en controversias, nosotros los que nos llamamos calvinistas, estamos ligados expresamente a nuestros propios principios de gentileza y moderación”[1].
¡Cuán vigente siguen siendo esas palabras!
El error de enseñarlas sin mostrarlas en la Biblia. Muchas personas suelen pensar que las doctrinas de la gracia no son bíblicas, o que los calvinistas exaltamos más a los hombres que a Dios.
Por eso, si quieres predicar estas verdades, por favor no lo hagas principalmente citando a Piper, MacArthur, Sproul o a Calvino: Hazlo exponiendo la Biblia.
Así harás entender claramente que lo que crees no es invento de hombres, sino algo revelado por Dios, siendo más convincente al hablar de estas verdades.
El error de no conocerlas bien antes de enseñarlas. He visto a muchas personas promover las doctrinas de la gracia, pero cuando alguien les pregunta por qué las creen y qué significan esas verdades, ¡no saben qué decir!
Aunque creo que ocurre un verdadero despertar a la teología reformada en la iglesia en Latinoamérica, también es cierto que existen quienes parecen proclamar estas verdades por moda o sin saber por qué lo hacen.
Hermano, si queremos enseñar a otros, necesitamos conocer bien lo que estamos llamados a transmitir. Solo así nos guardaremos de llevar las doctrinas de la gracia a conclusiones que no son bíblicas. Solo así enseñaremos con mayor convicción, persuasión y guiando a las personas a la verdad.
El error de no confiar en la soberanía de Dios. Un área en la que Dios me ha confrontado, es la forma de defender las doctrinas de la gracia y la soberanía absoluta de Dios cuando estoy envuelto en conversaciones sobre el tema con personas que no creen estas doctrinas.
Irónicamente, yo no confiaba en la soberanía de Dios al hablar de la soberanía de Dios. Cuando ya había hablado mucho en amor y de forma irrefutable, respondiendo a preguntas y contra-argumentos, y las personas insistían en rechazar estas enseñanzas bíblicas y continuar el debate, yo seguía participando en el mismo, en vez de soltar la conversación y creer que Dios tiene todo bajo control.
Había un agujero enorme entre mi teología y la forma en que vivía. Y cuanto más miro a muchos calvinistas jóvenes como yo enseñar las doctrinas de la gracia, más comprendo que este es un error común.
Es contradictorio decir que creemos en un Dios absolutamente soberano, mientras actuamos como si creyéramos que depende últimamente de nosotros o de las personas que nos escuchan, si ellas creerán estas verdades o no.
No confiar en la soberanía de Dios también se evidencia en la falta de oración, lo cual es una muestra de confiar demasiado en nosotros mismos. Si el apóstol Pablo necesitaba oraciones para enseñar la Palabra de Dios, porque reconocía que todo depende últimamente del Señor, sin duda nosotros también necesitamos orar (Colosenses 4:3-4). ¿Cuándo fue la última vez que oraste pidiendo a Dios paciencia y sabiduría al hablar a otros sobre Él?
El impacto de nuestra enseñanza sobre la soberanía de Dios sería muy diferente si viviésemos confiando más en Él, orando por nosotros y la iglesia.
El error de confundirlas con el evangelio. Latinoamérica necesita iglesias que afirmen las doctrinas de la gracia por la sencilla razón de que necesita iglesias que se acerquen más y más a afirmar todo el consejo de Dios. Abrazando toda la Escritura, las personas comprenderán mejor el grandioso evangelio y nos guardaremos mejor del error. Los efectos de las doctrinas de la gracia son grandiosos y agradezco a Dios por eso[2]. ¡Estas doctrinas importan mucho[3]!
Sin embargo, muchos calvinistas cometen el error opuesto de creer que estas doctrinas no importan: el extremo de creer que estas doctrinas lo son todo (un error relacionado a comprender mal estas enseñanzas bíblicas).
Así, muchas personas terminan confundiendo las doctrinas de la gracia con el mismo evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Es cierto que el evangelio y las doctrinas de la gracia están íntimamente relacionadas, pero necesitamos comprender que no son exactamente lo mismo[4].
Las doctrinas de la gracia llevan a comprender mejor el evangelio. Pero confundir las doctrinas de la gracia con el evangelio nos llevará a un entendimiento errado de las buenas noticias que nos conduce inevitablemente al sectarismo que dice: “si no eres calvinista, ¡no eres cristiano!”
Esa actitud nos separa de tener comunión los unos con los otros luchando juntos por el evangelio, y trae incontables problemas para la iglesia. Sencillamente, es algo terrible pretender mutilar el cuerpo de Cristo.
Necesitamos comprender que a pesar de ciertos errores doctrinales que alguien pueda tener en relación a temas como la elección o la gracia irresistible, si esa persona no está errada en su comprensión del evangelio y lo cree confesando a Cristo como Señor y Salvador, esa persona es tan salva como el calvinista más erudito de todos[5]. ¡Así de inmensa es la gracia de Dios!
Como dije antes, muchos calvinistas hemos cometido algunos de estos errores en más de una ocasión. Por eso oro que el Señor nos conceda proclamar toda Su Palabra de manera apropiada, en humildad y amando a los demás. Y si hemos fallado en hacer eso, reconozcamos nuestra falta y acudamos a Cristo. En Él hay más gracia que pecado en nosotros, la cruz nos recuerda eso.
[2] He escrito brevemente al respecto en mi artículo “Cómo las doctrinas de la gracia impactan mi vida”: //josuebarrios.com/doctrinas-gracia-impactan-vida/
[3] Tal vez nadie ha trabajado en las últimas décadas más arduamente que el pastor John Piper en hacer ver esta realidad. A quien quiera conocer más su enseñanza, recomiendo principalmente sus libros: “Cinco Puntos” y “Los Deleites de Dios”
[5] Para más información sobre prioridades teológicas, recomiendo el artículo: “A Call for Theological Triage and Christian Maturity” (Un llamado al triaje teológico y la madurez cristiana) del Dr. Albert Mohler.
A lo largo de nuestra vida, en ocasiones, nos encontramos descontentas por un sinnúmero de cosas que pueden estar sucediendo. Desde las que nos parecen insignificantes, hasta las que son de mucho significado. Por ejemplo: hace mucho frio, hace mucho calor, me duele aquí, me duela allá, quiero el café más caliente, quiero el café mas frio, los niños gritan, todos quieren comer algo diferente, se daña la lavadora, hijos descarriados, guerras, inflación, divorcios, enfermedades, terremotos, inundaciones etc. Hay tantas cosas grandes y pequeñas que se escapan de nuestro control, que hacen que a nuestro corazón le falte el contentamiento.
Un mundo caído por el pecado No deberíamos sorprendernos por todas las cosas que ocurren en este lado de la gloria, dado que estamos en un mundo imperfecto, lleno de pecado; así que no deberíamos tener corazones descontentos porque en el aquí y en el ahora no existe la perfección.
Nada en este mundo puede darnos la seguridad de que no viviremos situaciones imprevistas que nos pueden sorprenden en cualquier momento de nuestra vida. Por eso pensar que tendremos la familia perfecta, la iglesia perfecta, etc., etc., no es vivir la realidad.
Nuestra esperanza para el contentamente A través de las Escrituras podemos ver todas las situaciones que vivieron hombres y mujeres después de la caída de Adán y Eva en Génesis 3. Pero también tenemos la gran bendición que, desde Genesis, la Palabra nos muestra en quién debemos confiar y experimentar contentamiento en medio del dolor y no perder el gozo, se llama Jesucristo. En sus palabras podemos ver cómo nos exhorta: Les he dicho todo lo anterior para que en mi tengan paz. Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo (Juan 16:33 NTV).
No podemos fijar nuestra mirada en el aquí y en el ahora, nuestra mirada debe estar fija en lo eterno y donde pasaremos la eternidad. Mientras vivamos aquí tenemos la bendición de que, si nos hemos arrepentido de nuestros pecados y hemos reconocido a Cristo como nuestro Señor y Salvador, y que en nosotros mora el Espíritu Santo quien es nuestro intercesor, eso debe producir en nosotros gozo y paz en medio de cualquier tormenta.
De la misma manera, también e Espíritu nos ayuda a nuestra debilidad. No sabemos cómo orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles (Romanos 8:26 (NBLA).
Pudiéramos hacernos estas preguntas: ¿Estamos animándonos con las palabras de Jesús? ¿Descansamos en que el Espíritu que mora en nosotros, está intercediendo en todo tiempo aún en los momentos oscuros de nuestra vida?
¿Qué debemos hacer ante un corazón descontento? Primeramente, guardar nuestro corazón ya que él es engañoso. Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida (Proverbios 4:23 (NBLA).
El Señor nos manda a que cuidemos nuestro corazón de todas aquellas cosas que nos pueden llevar a vivir con un corazón descontento, nuestro corazón debe ser nutrido con lo bueno que encontramos en la Palabra y en la confianza en las promesas del Señor. El mundo nos trata de absorber como una esponja y contaminarnos con las ansiedades propias de un mundo caído, pero Pablo nos advierte: Y no se adapten a este mundo, sino transformen mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cual es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto (Romanos 12:2).
Mi oración, mi querida hermana es por ti y porque en medio del sufrimiento y en aquellos cosas diarias de la vida podamos ser mujeres que glorifiquemos el nombre del Señor con un corazón rebosado de contentamiento, esperando con ansias nuestra entrada triunfal en la eternidad. Recordemos las Palabras de Pablo en Filipenses 4:12-13:
Sé vivir en pobreza, y sé vivir en prosperidad. En todo y por todo he aprendido el secreto tanto de estar saciado como de tener hambre, de tener abundancia como de sufrir necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Liliana Llambes Liliana Llambés es colombiana y sirve como misionera de IMB en Panamá. Su pasión es proclamar el mensaje de salvación y hacer discípulos con el fundamento bíblico de la Palabra de Dios. Es la autora de «7 disciplinas espirituales para la mujer» y conferencista internacional. Tiene una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary, y está cursando una Maestría en Divinidades con énfasis en Consejería Bíblica. Está casada con el pastor y misionero Carlos Llambés, con quien tiene 4 hijos y 9 nietos. Puedes encontrarla en Facebook, Twitter e Instagram. @lilyllambes