¿Todos nacemos pecadores?

Got Questions

¿Todos nacemos pecadores?

Sí, la Biblia enseña que todos nacemos pecadores con una naturaleza pecaminosa y egoísta. A menos que nazcamos de nuevo por el Espíritu de Dios, nunca veremos el reino de Dios (Juan 3:3).

La humanidad es totalmente depravada; es decir, todos tenemos una naturaleza pecaminosa que afecta cada parte de nosotros (Isaías 53:6; Romanos 7:14). La pregunta es, ¿de dónde viene esa naturaleza pecaminosa? ¿Nacimos pecadores, o simplemente elegimos convertirnos en pecadores en algún momento después de nacer?

Nacemos con una naturaleza pecaminosa, y la heredamos de Adán. «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres» (Romanos 5:12). Cada uno de nosotros fue afectado por el pecado de Adán; no hay excepciones. «La transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres» (versículo 18). Todos somos pecadores, y todos compartimos la misma condenación, porque todos somos hijos de Adán.La Escritura indica que incluso los niños tienen una naturaleza pecaminosa, lo cual argumenta el hecho de que nacemos pecadores. «La necedad está ligada en el corazón del muchacho» (Proverbios 22:15). David dice: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5). «Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron» (Salmo 58:3).

Antes de ser salvos, «éramos por naturaleza hijos de ira» (Efesios 2:3). Observa que merecíamos la ira de Dios no sólo por nuestras acciones, sino por nuestra naturaleza. Esa naturaleza es la que heredamos de Adán.

Nacemos pecadores, y por esa razón somos incapaces de hacer el bien para agradar a Dios en nuestro estado natural, o la carne: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8:8). Estábamos muertos en nuestros pecados antes de que Cristo nos resucitara a la vida espiritual (Efesios 2:1). Carecemos de cualquier bien espiritual inherente.

Nadie tiene que enseñar a un niño a mentir, más bien hay que esforzarse por inculcar a los niños el valor de decir la verdad. Los niños pequeños son naturalmente egoístas, con su comprensión innata, aunque defectuosa, de que todo es «mío». El comportamiento pecaminoso es natural para los pequeños porque nacen pecadores.

Debido a que nacemos pecadores, debemos experimentar un segundo nacimiento espiritual. Nacemos una vez en la familia de Adán y somos pecadores por naturaleza. Cuando nacemos de nuevo, nacemos en la familia de Dios y recibimos la naturaleza de Cristo. Alabamos al Señor porque «todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12-13).

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Boecio: el teólogo filósofo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

Boecio: el teólogo filósofo

Por Carl R. Trueman

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

La primera parte del siglo V fue testigo de una seria controversia en la Iglesia conocida como la controversia pelagiana. Este debate se dio principalmente entre el monje británico Pelagio y el gran teólogo del primer milenio, Agustín de Hipona. En la controversia, Pelagio se opuso enérgicamente al entendimiento de Agustín sobre la caída, la gracia y la predestinación. Pelagio sostenía que la caída afectó solo a Adán y que no había imputación de culpa o del «pecado original» a la progenie de Adán. Pelagio insistía en que las personas nacidas después de la caída de Adán y Eva conservaron la capacidad de vivir vidas de justicia perfecta sin la ayuda de la gracia de Dios. Él argumentaba que la gracia «facilita» la justicia pero que no era necesaria para ella. Categóricamente rechazó el entendimiento de Agustín de que la caída fue tan severa que dejó a los descendientes de Adán en tal estado de corrupción moral que fueron moralmente incapaces de buscar a Dios. Las doctrinas de Pelagio fueron condenadas por la Iglesia en el 418 en un sínodo en Cártago.

Las contribuciones de Boecio a la civilización occidental en general y a la teología en particular son amplias y significativas. Ciertamente, él adaptó un número de obras del griego al latín, que probablemente incluían los Elementos de Euclides. Estas obras allanaron el camino para el llamado cuadrivio, o grupo de cuatro disciplinas académicas (música, aritmética, geometría y astronomía). El cuadrivio se combinó con el trivio (gramática, retórica y dialéctica), para formar las siete artes liberales (aunque debemos recordar que cada una de las disciplinas cubría en aquel entonces mucho más terreno que aquel con el que las asociaríamos típicamente hoy en día). Gracias a la influencia de Alcuino de York (c. 740-804) y al círculo intelectual que rodeaba a Carlomagno, las siete artes liberales se convirtieron en el fundamento de la educación superior occidental; por lo que, el trabajo de Boecio fue, a largo plazo, instrumental para moldear profundamente todo el concepto de la educación universitaria.

En adición a esta contribución pedagógica más general, Boecio también tradujo al latín numerosas obras de lógica del filósofo griego Aristóteles. Debido a la carencia general de conocimiento del idioma griego en la Europa occidental medieval, la obra de Boecio en esta área fue sumamente influyente, tanto en términos de proveer una de las únicas maneras para tener acceso al pensamiento de Aristóteles hasta el siglo XII, como también en los límites que impuso sobre tal acceso, trayendo como resultado que Aristóteles fuera primordialmente conocido como un logista y no como un metafísico. Asimismo, Boecio inadvertidamente contribuyó a preparar el camino para la gran crisis que ocurrió dentro del pensamiento cristiano en los siglos XII y XIII cuando de repente se descubrió que Aristóteles, el logista autoritativo, alegadamente se aferró a numerosas posiciones metafísicas (tales como la eternidad del mundo) que no fueron fáciles de acomodar dentro de un marco cristiano. Fue este problema el que dio origen a la gran obra de Tomás de Aquino. 

Teológicamente, las grandes contribuciones de Boecio se encuentran en sus Cinco opúsculos teológicos (Opuscula sacra) y su mágnum opus, La consolación de la filosofía. El primer grupo de cinco pequeños tratados, la Opuscula sacra, cubre temas relacionados con las doctrinas de la Trinidad, la naturaleza de la fe católica y la encarnación. Los más importantes de estos son indudablemente los números 1-3, que tratan de la Trinidad. Dado que la obra de Boecio sobre la Trinidad sería un libro de texto estándar en la Edad Media, y que escribir un comentario sobre ella se convertiría en parte básica de la educación teológica, la importancia de su trabajo en esta área no puede ser sobrestimada.

Su contribución a este tema puede considerarse en dos aspectos. Primero, él opera dentro de un marco básico agustiniano, que asume la unidad sustancial de Dios desde el principio y luego trabaja desde esta base para explicar la triunidad en términos de relación. Como tal, su obra se sitúa dentro de una tradición occidental establecida que luego ayuda a reforzar. Segundo, él demuestra cómo el análisis lógico del lenguaje puede ser usado para explorar y explicar la doctrina cristiana, un punto que tuvo grandes implicaciones para el desarrollo del entrenamiento teológico en el Occidente. Lo que Boecio hace en sus tratados es ofrecer una defensa de la doctrina de la Trinidad donde asume la verdad de la posición nicena, y luego aplica la lógica a fin de demostrar cómo la teología trinitaria requiere de un análisis cuidadoso de cómo es usado el lenguaje y cómo las categorías lógicas aristotélicas pueden ayudar con esta tarea. Solo de esta manera, argumenta Boecio, podemos entender cómo el lenguaje de unidad y la multiplicidad puede ser aplicado a la Divinidad.

La obra magna de Boecio, La consolación de la filosofía, fue tanto el libro más popular después de la Biblia misma en la Europa Occidental en la Edad Media (se rumora que Alfredo el Grande hizo una traducción de este), como también uno de los más perturbadores. Escrito mientras Boecio esperaba su ejecución, hace la más básica de las preguntas: ¿por qué Dios permite que lo malo le suceda a la gente buena? Mientras languidecía en su celda, la Dama Filosofía aparece y le explica por qué un Dios omnisciente puede permitir el sufrimiento del inocente: aunque Dios sabe y ve todas las cosas en todo tiempo, pasado, presente y futuro, en un momento o acto puntual de Su ser, la posibilidad del mal es algo que Él debe permitir si los seres humanos han de tener alguna libertad significativa. El mal y el sufrimiento son, por así decirlo, el precio que vale la pena pagar por la libertad.

El hecho que sea la Dama Filosofía quien ofrezca esta explicación, y que el libro no contenga nada explícitamente cristiano, ha dejado perplejos a los lectores por generaciones: ¿cómo pudo el escritor cristiano de la Opuscula sacra haber escrito una obra sobre esta pregunta y no haber dado una solución explícitamente cristiana? Aunque es imposible responder a esto con certeza, ciertamente las generaciones posteriores pudieron construir sobre el argumento subyacente de Boecio en La consolación, que la filosofía era extremadamente útil como medio para adquirir conocimiento y alcanzar la visión de Dios. Aún más, el verdadero dilema que plantea la obra de Boecio es este: si Dios ya conoce el futuro, ¿cómo puede tener sentido el lenguaje sobre la libertad? Su respuesta puede que no haya sido explícitamente cristiana, pero la pregunta fue planteada de una manera dramática que sirvió para moldear las discusiones futuras sobre la relación entre el previo conocimiento y la libertad.

Boecio, entonces, es hoy un laico poco conocido. Aún así, en su breve carrera literaria, tradujo y fue autor de obras que tuvieron un impacto casi incalculable sobre la manera en que la gente pensó, estudió y argumentó por mil años.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Carl R. Trueman
Carl R. Trueman

El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].

Sombras y arroyos

Soldados de Jesucristo

Agosto 19/2021

Solid Joys en Español

 Sombras y arroyos

John Piper

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¿Es usted un cristiano de nombre?

Jueves 26 Agosto

Dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.Jeremías 2:13

Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.Juan 7:37

¿Es usted un cristiano de nombre?

Sundar Singh (1889-1929), predicador del Evangelio en la India, escribió lo siguiente cuando regresó de Europa: “Como había comprobado el amor de Dios en el corazón de los occidentales que nos trajeron el Evangelio a la India, pensaba encontrarlo muy extendido entre los habitantes de sus países europeos. ¡Pero la realidad es muy diferente, pues muchos cristianos solo lo son de nombre! ¿Esto quiere decir que el cristianismo fracasó? ¡Por supuesto que no! Son los cristianos quienes no comprenden el cristianismo y no siguen el ejemplo de Cristo”.

Cien años después, la constatación es la misma. ¡Cuántas personas confunden el cristianismo con una religión que somos libres de seguir más o menos fielmente! El verdadero cristianismo es algo muy diferente: es vivir a Cristo, vivir de él, con él y para él. Tuvimos un encuentro con Jesucristo, y ese día todo cambió: nuestra vida encontró un nuevo sentido, la vida cambió de objetivo. Nuestro futuro se llenó de esperanza porque Jesús llevó el peso de nuestros pecados. ¿Cómo atribuirse el nombre de cristiano si uno no tiene relación con Cristo? ¿Cómo pegar la etiqueta cristiana a actividades profanas: económicas, políticas u otras? El Cristo de los evangelios sigue siendo el mismo que fue rechazado y crucificado por el mundo.

Jesús nunca pretendió transformar ni mejorar el mundo. Pero, a los que lo reciben como su Salvador les da una vida nueva sin que tengan necesidad de una etiqueta: “les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).

2 Crónicas 11 – 1 Corintios 4 – Salmo 100 – Proverbios 22:5-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Lo más dulce del amor de Dios

Soldados de Jesucristo

Agosto 25/2021

Solid Joys en Español

Lo más dulce del amor de Dios

John Piper

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Los hombres más ricos del mundo

Miércoles 25 Agosto

Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.2 Corintios 8:9

Los hombres más ricos del mundo

Parece que uno de los hombres más ricos del mundo es el soberano de un estado muy pequeño en el Sudeste Asiático. En su palacio hay oro por todas partes: su trono es de oro macizo, su cetro también, y su residencia tiene más de 1800 habitaciones…

Pero toda la riqueza acumulada por este monarca no le permitirá comprar su salvación eterna. Dejará este mundo como el más pobre de los mortales, es decir, con las manos vacías.

Podemos indignarnos ante las desigualdades sociales que nos parecen escandalosas; o también empezar a soñar: ¿qué haría yo si tuviese uno de esos millones de dólares?

No envidiemos esa superabundancia de bienes terrenales. Más bien, busquemos, si aún no lo hemos hallado, el único tesoro eterno, el único que puede repartirse infinitamente sin que nunca disminuya, el cual es ofrecido gratuitamente a todos los hombres: el tesoro del conocimiento de Dios mediante Jesucristo el Salvador.

Para permitirnos poseerlo, para conocer a Dios mismo como nuestro Padre, el Hijo de Dios se despojó de toda la gloria del cielo; vino a los más pobres de la tierra y se ocupó de su sufrimiento y de su miseria. Y más aún, Jesús dio su vida en la cruz en rescate por todos; luego resucitó y subió al cielo. ¿Puede usted decir como el apóstol: “El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí”? (Gálatas 2:20).

Si es así, entonces usted posee para siempre el mayor de los tesoros: ¡Jesús en el cielo!

2 Crónicas 10 – 1 Corintios 3 – Salmo 99:6-9 – Proverbios 22:3-4

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿Deberían las Iglesias cumplir con las instrucciones del gobierno respecto al coronavirus?

Tabernáculo Metropolitano de Londres

¿Deberían las Iglesias cumplir con las instrucciones del gobierno respecto al coronavirus?

Dr. Peter Masters

Es ahora cuando las dudas comienzan a surgir y varias voces en el mundo cristiano comienzan a cuestionar el cumplimiento casi universal de las reglas de gobierno por parte de las iglesias

Después de tantas semanas, puede parecer que es algo tarde para que se comente sobre esto, pero es ahora cuando las dudas comienzan a surgir y varias voces en el mundo cristiano comienzan a cuestionar el cumplimiento casi universal de las reglas de gobierno por parte de las iglesias.

Las actuales restricciones afectan profundamente nuestra adoración, nuestra comunión, nuestras escuelas dominicales y nuestro evangelismo en la comunidad. A nadie le gustan o las quiere. Recientemente, un periódico evangélico británico hizo las siguientes preguntas: “¿Deberíamos tener un debate respecto a esto? ¿Estamos haciendo lo correcto? ¿Deberían las iglesias, gobernadas por Cristo, someterse tan fácilmente al Estado – el reino de este mundo?”. El artículo no respondió a la pregunta, pero podría haberlo hecho fácilmente, si tan solo el escritor hubiera hecho referencia a las confesiones de Westminster o la Bautista como una guía en la posición escritural. La respuesta está ahí, en palabras con una simpleza desarmante pero cuidadosamente elaboradas.

El error del escritor fue simplificar demasiado el asunto de dos reinos opuestos: el de Dios y el del mundo. Ciertamente, parecía pensar, la iglesia no debería cambiar sus actividades por orden del mundo. El mundo no puede ser puesto por sobre el señorío de Cristo sobre su Iglesia.

Los lectores pueden estar al tanto de que hay una muy bien conocida iglesia en California que ha razonado en los mismos términos y ha reabierto los cultos de adoración sin mascarillas o distanciamiento social durante la cuarentena. Su pastor ha articulado el mismo argumento: ¿Acaso no hay dos gobiernos: el mundo y la iglesia?; y ¿no deberíamos nosotros afirmar la obediencia al gobierno de Cristo, y rehusarnos a permitir que nuestros cultos de adoración habituales sean interrumpidos?

En primer lugar, por favor permítanme leer una o dos frases de la Confesión Bautista de fe de 1689:

“Dios, el supremo Señor y Rey del mundo entero, ha instituido autoridades civiles para sujetarse a él y gobernar al pueblo para la gloria de Dios y el bien público… Habiendo sido instituidas por Dios las autoridades civiles con los fines ya mencionados, se les debe rendir sujeción en el Señor en todas las cosas lícitas que manden, no sólo por causa de la ira sino también de la conciencia; y debemos ofrecer súplicas y oraciones a favor de los reyes y de todos los que están en autoridad”.

Los dos textos clave que prueban estas palabras en la confesión son Romanos 13:1-7 y 1 Pedro 2:13-18, y hay otros también. Dios ha implementado el gobierno y el orden civil para que todos lo obedezcan, incluyendo su pueblo. Él ha puesto en los corazones de la raza humana, incluso en su estado caído, el desear gobierno y orden, y da poder a las autoridades civiles. En asuntos relacionados con el cuerpo, la ley y el orden, la defensa y bien público, incluyendo la salud pública, Dios gobierna a su pueblo redimido junto con todo el resto del mundo por medio del gobierno civil. Es un agente del gobierno de Dios. Por lo tanto, es una seria simplificación el decir: “solo existe la iglesia y el mundo”. Esto ignora los dos grandes textos. 

Hace muchos años, conocí a un hombre de negocios rico quien, a pesar de ser un cristiano, estaba bastante orgulloso del hecho de que pagaba menos impuestos. Me dijo que declaró inapropiadamente sus acciones para que sus contadores bajaran sus impuestos, y reconocía que esto era ilegal. Naturalmente, le desafié, pero estaba preparado con una defensa. “Me siento libre de hacerlo”, dijo, “porque los impuestos son la ley del César”. Se había convencido a sí mismo que los cristianos no están bajo el Estado, sino bajo Cristo. Este era un caso extremo, pero el punto está claro: para asuntos de orden público, bien público y salud pública, “toda persona”, dice Pablo en Romanos 13, está bajo el César.

Sí, por supuesto, en la Biblia está la imagen de dos reinos y nosotros creemos y defendemos esto. Cristo reina sobre su iglesia directamente en asuntos de creencias doctrinales, el contenido de la adoración, conducta moral, disciplina e ideología. Pero eso no es la imagen completa, pues también se nos enseña en las Escrituras que Dios gobierna los asuntos civiles a través de autoridades civiles, y los cristianos están sujetos a ellas.

Varias revistas recientemente han reimpreso la conocida «Pregunta 109» del puritano Richard Baxter (en Christian Ecclesiastics, 1665), la cual representa la postura tradicional cristiana. “¿Podemos omitir las asambleas eclesiásticas en el día del Señor si los magistrados las prohíben?”. En general, las respuestas son: «Si el magistrado, para lograr un bien mayor, prohíbe las asambleas de la iglesia en tiempos de peste, asalto de enemigos, o incendios, o una necesidad similar, es un deber obedecerle”. Por otro lado, «Si los príncipes prohíben profanamente las asambleas sagradas y el culto público… como una renuncia a Cristo y a nuestra religión, no es correcto obedecerlos formalmente”.

La suspensión de las reuniones públicas por parte del gobernante debe ser imparcial, aplicarse por igual a toda la sociedad, no solo a las iglesias, y debe ser sólo por un período de tiempo, o intuiremos que se restringe la fe y se persigue a la iglesia. Entonces tenemos que adoptar una actitud firme. Esta ha sido siempre la posición de la mayoría de los protestantes.

En Inglaterra actualmente hemos vuelto a reunirnos en las iglesias (desde el 5 de julio), pero estamos limitados porque no podemos cantar, usamos máscaras faciales y debemos mantener el distanciamiento social, pero esas reglas se aplican en toda la sociedad. De hecho, volvimos a reunirnos mucho antes de que se permitieran reuniones a algunos otros. Creo que el último fin de semana de agosto fue la primera vez que se permitió a una multitud asistir a un partido de fútbol, y eran sólo 2 500 personas. Esto, a pesar de que el gobierno obtiene un ingreso considerable por esa actividad, y se podría pensar que se esforzarían por apoyar el deporte nacional más que las iglesias.

Otros grupos también han tenido un trato aún más duro que las iglesias. El gobierno recientemente anunció que si la reanudación de la educación lleva a un «alza» en Covid-19, los pubs y bares tendrían que cerrar de nuevo para reequilibrar la lucha contra el virus. No hubo mención (en esta etapa) de que las iglesias también tendrían que cerrar. No parece haber una acción injusta hacia las iglesias y la proclamación del Evangelio.

Puede ser que los hermanos a los que se hace referencia en California hayan sufrido algún tipo de desigualdad o injusticia muy grandes en la forma de cuarentena, y por lo tanto tienen derecho a protestar (primero por acción legal). Pero no sería un argumento válido decir, como parecen decir, que estas restricciones son la ley de César y no tienen autoridad sobre la iglesia. La declaración de esta iglesia dice abiertamente, «Cristo, no César, es la cabeza de la iglesia”, lo cual deja de lado la postura histórica al respecto, sonando más como una idea anabaptista.

Como cristianos estamos sujetos a límites de velocidad, restricciones de construcción, e incluso cuarentenas de emergencia como el resto de la sociedad. Damos gracias a Dios que hay formas alternativas de proclamar la Palabra y ministrar a personas en el corto plazo.

Si las restricciones del coronavirus se vuelven poco razonables, o demasiado largas, o desiguales, ese sería el momento de protestar. Tal como están las cosas, las iglesias no deberían comportarse como una comunidad mimada. No estamos sufriendo un estado de guerra, como en la Segunda Guerra Mundial, cuando todos los hombres menores de 41 años estaban fuera de casa hasta cinco años. No tenemos que ir en secreto a las catacumbas, como los creyentes de antaño, para adorar a Dios. Lo que estamos llamados a hacer, en común con todos los demás, es sostenible, y algo con lo que podemos trabajar, y alabamos y damos gracias a Dios.

Romanos 13:1 dice: «Sométase toda persona a las autoridades superiores». Se ha sugerido que este es un deber de los individuos, y no necesariamente de las iglesias, pero esta es una distinción imposible. «Toda persona», se aplica a todos, salvos y no salvos. Pablo dice del estado: «Porque no hay autoridad sino de parte de Dios”. Recordamos que en la época en que Pablo escribió, los gobernantes eran idólatras, déspotas y tiranos como Nerón. Sin embargo, él dice: «De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste”. Esto es muy serio, hemos de pensar dos, e incluso muchas veces, antes de ir contra el estado. Pablo va más allá, diciendo: » y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos”. El griego dice juicio, disciplina o castigo (del Señor).

Un poco más adelante leemos (en el versículo 5), «Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo [por temor al castigo civil], sino también por causa de la conciencia». Nuestras conciencias deben estar afinadas de tal forma que nos demos cuenta de que estamos desobedeciendo a Dios si desobedecemos al Estado.

Hay excepciones en las Escrituras. Si las autoridades públicas tratan de detener completamente la proclamación de la Palabra, entonces obedecemos a Dios en lugar de a los hombres. Si intentan cambiar nuestras doctrinas y nos dicen que debemos abogar por el matrimonio entre personas del mismo sexo, o enseñar la evolución a los niños, entonces obedecemos a Dios en lugar de a los hombres. Y si interfieren con los estándares morales o las doctrinas de la Palabra o la proclamación del Evangelio, obedecemos a Dios en lugar de los hombres. En los capítulos 4 y 5 de Hechos, los apóstoles toman una postura muy clara respecto a tales asuntos.

En 1 Pedro 2:13 leemos: «Por causa del Señor someteos a toda institución humana». Y luego Pedro dice (v 15): «Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos”. La gente de fuera de la iglesia está dispuesta a “saltarnos encima” si la iglesia no mantiene las restricciones. «Miren a esa gente egoísta», dirán, «no les importa cuánta gente esté infectada, o cuántos puedan morir”. El Señor dice, no debemos dar esa oportunidad a los que no son creyentes. Nosotros obedecemos. “Honrad a todos […] . Temed a Dios. Honrad al rey”.

Cuán sucintamente Calvino explica las cosas en su comentario sobre 1 Timoteo 2:1-2:

«Él [Pablo] menciona expresamente [la oración por] los reyes y otros magistrados, porque cristianos podrían llegar a odiarlos más que todos los demás. Todos los magistrados que existían en aquel tiempo eran enemigos jurados de Cristo; y por eso tal vez pensaban que no debían orar por los que dedicaban todo su poder y todas sus riquezas a luchar contra el reino de Cristo, cuya extensión está por encima de todas las cosas deseables. El apóstol se encuentra con esta dificultad, y encarece expresamente a los cristianos que oren también por ellos. Y, en efecto, la depravación de los hombres no es una razón por la que no debemos amar la ordenanza de Dios. Por consiguiente, viendo que Dios nombró magistrados y príncipes para la preservación de la humanidad, por mucho que no cumplan tal designio divino, no debemos por ello dejar de amar lo que pertenece a Dios, y más bien debemos desear que siga vigente. Por eso los creyentes, en cualquier país que vivan, no sólo deben obedecer las leyes y el gobierno de los magistrados, sino también en sus oraciones suplicar a Dios por su salvación».

PETER MASTERS

Peter Masters ha sido pastor de la iglesia Metropolitan Tabernacle en Londres desde 1970. Esta iglesia fue fundada a finales del siglo XIX por C.H. Spurgeon. En 1865, Spurgeon también fundó la revista The Sword and the Trowel, que sigue publicándose editada por el Dr. Masters. El programa de televisión del Metropolitan Tabernacle se emite dos veces por semana y tiene seguidores en todo el Reino Unido y Europa.

Masters ha escrito más de veinticinco libros, que han sido traducidos a al menos veintitrés idiomas. Anima a iglesias y pastores evangélicos a separarse de iglesias que se hayan desviad2o de las doctrinas básicas históricas del cristianismo.

En cuanto al movimiento carismático, mantiene una postura cesacionista, y considera la teoría de la evolución de Darwin como propaganda humanista.

https://www.metropolitantabernacle.org/Espanol/Informacion-de-la-Iglesia/Doctrina

Los Años de Rebeldía

Gracia Verdad y Vida

Los Años de Rebeldía

Ruben Sarrion

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Ruben Sarrion

Gracia, Verdad y Vida es un ministerio radial con una visión radicalmente bíblica, reformada, no-ecuménica, calvinista, enamorada de la Gracia Soberana de Dios.


gracia verdad y vidahttp://www.rubensarrion.com

EL AGENTE MORAL CRISTIANO

Alimentemos El Alma

LIBRO: ÉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ética cristiana: Un enfoque bíblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ética cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guía de estudio de FLET en http://www.logos.com/es/flet.

Capítulo 2

EL AGENTE MORAL CRISTIANO

En el capítulo introductorio hemos tratado de la naturaleza de la ciencia ética cristiana y de los fundamentos teológicos sobre los cuales esta ciencia descansa. Estudiamos los postulados en que se fundamenta la ética, aunque algunos dirían que no necesitan una exposición especial en un curso de ética, ya que confiamos en los resultados de la dogmática. Hicimos un repaso de ellos, sin embargo, para aclarar nuestros fundamentos. Algunos de los postulados, no obstante, requieren una explicación especial por su estrecha relación con la ética y la vida moral. El propósito de este capítulo es hacerlo.

Aquí nos ocuparemos en considerar al agente (o actor) de la vida moral cristiana. Este agente es el cristiano que se esfuerza para vivir cristianamente. Para entender al cristiano en su papel de agente moral nos conviene que lo estudiemos primero como hombre creado por Dios; luego como hombre caído en el estado de pecado, y finalmente como hombre redimido por Cristo y regenerado por el Espíritu de Dios. En este capítulo consideraremos al hombre tal como está constituido por virtud de su creación, y también trataremos del ser humano en el estado de pecado y de redención.

I. La naturaleza del ser humano

El hombre, constituido como tal desde el principio por Dios, es espíritu finito con substrato físico, hecho a la imagen de Dios y, por esto, poseedor de una naturaleza racional-moral en la cual y a través de ella debe desarrollarse para glorificar a Dios, servir a sus semejantes y realizarse a sí mismo.

1. El hombre es espíritu, pero espíritu finito (es decir, creado). Esto lo hace semejante a Dios, pero también notablemente lo distingue del ser divino, quien es Espíritu infinito.

2. Aunque el hombre es esencialmente espíritu, tiene cuerpo (o habita un cuerpo). La relación entre cuerpo y alma es un problema desconcertante. La relación es muy íntima en cuanto a nuestra vida terrenal. La deterioración del cuerpo nos conduce hacia el fin de la existencia mundana. Al estudiar al hombre como ser ético es menester que consideremos, tanto el cuerpo como el alma. El punto de vista bíblico, teísta y cristiano del ser humano excluye la idea de que el hombre sea puramente físico o puramente espiritual. Siempre el concepto incluye la indisoluble unión entre cuerpo y espíritu. Es cierto que el cuerpo se incluye en la personalidad del hombre; por esto su vida terrenal tiene mucho que ver con la teoría ética del hombre y sus deberes.

No obstante, el hombre es espíritu. Y lo es esencial y eternamente. En la vida terrenal, tan íntimamente están relacionados el cuerpo y el espíritu que el cuerpo puede llamarse el instrumento del alma; pero no viceversa. El hombre tiene cuerpo y habita un cuerpo; pero es espíritu. Ello lo eleva por encima de lo animal, le da un destino espiritual y eterno.

3. Su naturaleza es racional-moral. Esto ya está implícito en que el hombre, siendo espíritu, está hecho a la imagen divina. Además, es una extensión y un efecto de su espiritualidad. La racionalidad y la moralidad se implican recíprocamente. Un ser verdaderamente racional es moral; y un ser verdaderamente moral es racional. No obstante cada término designa un aspecto distinto de la naturaleza humana. Por ser racional el hombre ve significado y coherencia en las cosas; siendo ser moral está consciente de que su existencia tiene propósito o finalidad. Para tratar justamente con los dos aspectos: racional y moral (indebidamente se suprime el uno o el otro en ciertos sistemas de moralidad), preferimos mencionar los dos aspectos juntos e indicar su unidad por el uso del guión, es decir, la naturaleza «racional-moral».

Las implicaciones éticas de la doctrina bíblica de la naturaleza del hombre son importantes y significantes. Las implicaciones tocan a tres puntos: (1) El fin verdadero del hombre; (2) la libertad humana; y (3) la conciencia humana.

II. El fin verdadero del hombre

Este fin se encuentra en glorificar a Dios. El que era el último elemento en las implicaciones éticas de la verdad en cuanto a Dios es necesariamente el primero aquí. El fin más alto y más comprensivo de la existencia del hombre es el de cumplir con su propósito: el glorificar a Dios. El servir al prójimo aparte de este fin sería mero humanismo y servicio social humanitario. Pero subordinado a la gloria de Dios el servicio humanitario es una manera en que el propósito de Dios para nosotros se va realizando. La «autorrea-lización» separada del fin de glorificar a Dios conscientemente no es más que puro individualismo.

Nietzsche, por ejemplo, se gloría en su «autorrealización» pero tiene solamente desdén para Dios. Una vez que el hombre glorifique a Dios, esforzándose con toda su capacidad para hacer su santa voluntad, verdaderamente alcanzará su plenitud como hombre. Entonces se cumplirán todas las capacidades y potencialidades de su naturaleza. No cabe duda de que en la ética cristiana hay algo de lo que podemos llamar «autorrealización», pero es muy diferente del concepto no cristiano. Nos desviaríamos demasiado si tratáramos este punto aquí; sin embargo, volveremos al punto más tarde.

III. La libertad de la voluntad

El problema que tocamos aquí es el más frustrante en toda filosofía y teología. Aunque nos resulte insoluble, ello no quiere decir que una consideración del problema sea infructuosa. Existen temas importantes en cuanto a la verdad y al error que están relacionados con la consideración de esta cuestión.

La confusión y la ambigüedad pueden evitarse si hacemos claras ciertas distinciones. Un gran número de preguntas están implicadas en esta pregunta: ¿Es libre el hombre? Contestamos no sin preguntar antes: ¿Libre con referencia a qué? Esta última pregunta nos conduce a dividir la cuestión en tres partes, o sea, en tres maneras de hacer la pregunta: Si el hombre tiene lo que se llama el «libre albedrío»,

1. ¿Es libre el hombre (y su voluntad) en cuanto a las fuerzas de la naturaleza?

2. ¿Es libre el hombre (y su voluntad) en cuanto a la omnipotencia y providente voluntad de Dios?

3. ¿Es libre el hombre (y su voluntad) con respecto a la realización de su verdadero fin?

1. ¿Es libre la voluntad del hombre en cuanto a las fuerzas de la naturaleza?

La pregunta no es si el hombre puede hacer lo que le dé la gana sin tomar en cuenta las limitaciones de las fuerzas naturales; todos saben que esto es imposible. Más bien, lo que se indaga es: si la voluntad del hombre está esencialmente determinada por las fuerzas naturales. Este es el punto de vista de cada forma del naturalismo. Este «necesitarianismo» (una especie de determinismo o fatalismo disfrazado) del naturalismo moderno lo repudiamos por ser erróneo. El hombre es libre, y por ser hecho a la imagen de Dios no puede ser, ni llegará a ser, un autómata, un mero instrumento de las fuerzas naturales. No es una causa de tipo físico-químico lo que determina su voluntad, sino que su voluntad está determinada por lo espiritual, es decir, por consideraciones racionales y morales.

Como criatura de Dios, creado a su imagen, el hombre es portador de los atributos de Dios que llamamos los atributos «comunicables». Uno de estos atributos es la «soberanía». El hombre por supuesto no es soberano en el sentido absoluto, pero Dios sí le confirió un cierto tipo de «soberanía limitada» al poner ciertos aspectos de la creación bajo su jurisdicción y hacerle responsable en cuanto a estos.

Es de suma importancia y de gran valor defender esta libertad. El criminal no puede disculparse y justificar su comportamiento como el resultado inevitable de la herencia y/o las fuerzas ambientales. El hombre es responsable por sus hechos. Esta responsabilidad se basa en reconocer la existencia de una libertad que el naturalista niega. Esta libertad suele llamarse «libertad formal». Podemos también decir que es libertad en el sentido psicológico. Aun en el estado de pecado, el hombre sigue siendo libre en este sentido: la acción de su voluntad no es simplemente de un resultado de fuerzas físico-químicas, es más y diferente. Esta libertad está explicada en una parte de los Cánones de Dort (III y IV, art. 15), donde leemos: «Pero el hombre por la caída no dejó de ser criatura, dotada de conocimiento y voluntad; no lo priva de la naturaleza humana el pecado que ha penetrado en la totalidad de la especie humana, sino que le trajo depravación y la muerte espiritual: así también la gracia de la regeneración no trata a los hombres como bloques o piedras sin sentido ni les quita su voluntad y propiedades, no los maltrata…»

2. ¿Es libre la voluntad humana en relación con la voluntad omnipotente y determinante de Dios?

Negamos que la voluntad del hombre sea determinada por fuerzas físico-químicas pero sí afirmamos que existe una voluntad divina que lo abarca todo, de acuerdo con la cual suceden todos los acontecimientos. Todo lo que acontezca sucederá tal como lo determina Dios. El decreto divino establece eterna y seguramente cada evento.

¿Esto, no roba al hombre su libertad? Depende de lo que se quiera decir con el concepto de «libertad». El hombre nunca es libre para hacer lo que quiera. Sus movimientos están siempre restringidos. Pero si la palabra «libertad» quiere decir que uno puede actuar por sus propios motivos, sin que nadie lo obligue a conducirse de cierta manera en la que nunca lo habría hecho por sí mismo, entonces el hombre es libre en este segundo sentido de la palabra. Las limitaciones de esta soberanía restringida del hombre no quitan de él la soberanía que Dios le otorgó al crearlo a su imagen.

¿Cómo podemos relacionar todo esto con una plena aceptación de la predestinación divina tan claramente enseñada en las Escrituras? Quizá la siguiente explicación nos ayudará. El decreto divino establece con certeza cada acontecimiento, segura y eternamente. Pero la certeza de los actos humanos, determinados por el decreto divino, no hace que sea asunto obligatorio. El decreto de Dios determina cada evento a su manera. Hay dos tipos de acontecimientos: los que están en la esfera natural y los que están en la esfera moral. Y cada uno de los dos tipos de sucesos acontece seguramente, pero cada tipo según sus reglas. La certeza de un dato en la esfera moral difiere de la certeza de un hecho en la esfera natural.

Los eventos naturales acontecen seguramente tal como los eventos naturales lo hacen, es decir, como parte de una cadena causal; cada acontecimiento en relación con sus causas. El evento en la esfera natural está determinado por Dios desde la eternidad y acontece en el tiempo de acuerdo con la ley de causa y efecto. Los actos morales (es decir, los actos de los hombres) acontecen con una certeza que es a su propio modo. El decreto divino asegura que todos los eventos morales sucedan, pero acontecen no en relación causal físico-química sino como acontecimientos morales. La voluntad humana está determinada por la selección moral. Esto quiere decir que aunque el acontecimiento de todos los actos del hombre está asegurado por el decreto divino, no quiere decir, y no implica, que Dios fuerce a uno a hacer cierto acto. El decreto no constriñe la voluntad humana. La voluntad del hombre no está forzada desde afuera. Dios es la causa última de cada evento pero las causas secundarias (agentes morales) no están esclavizadas por estos. (Véase la Confesión de fe de Westminster, Cap. V. párrafo II)

Esta consideración, aunque no resuelva el problema, puede eliminar ciertos asuntos implícitos. Además, debemos notar que aunque el problema del llamado «libre albedrío» aparezca como problema teóricamente insoluble, en la práctica la dificultad no es grande. Las Escrituras, como también la misma experiencia humana, no tienen dificultad en afirmar ambas cosas: la libertad humana y la predestinación divina. (Véase Gn 50:20; Lc 22:22 y Heb 12:23.)

3. ¿Es libre la voluntad humana con respecto a la realización de su verdadero fin?

Al primer tipo de libertad de la voluntad de la cual hablamos, podemos llamarlo psicológico; y al segundo tipo, teológico. Ahora trataremos de la libertad moral de la voluntad. ¿Es libre el hombre en el sentido de ser capaz de realizar su verdadero fin moral? ¿Puede hacer el bien? ¿Está constituido para poder alcanzar el verdadero propósito de su existencia?

El hombre como lo hizo Dios (es decir, antes de su caída en el pecado) poseía esta libertad. Usando una frase de San Agustín, decimos que su estado era el de posse non peccare. Esto, por supuesto, no quiere decir que el hombre retenga actualmente este poder salvo que haya una incursión de gracia divina en su vida. El hombre no puede hacer nada sin Dios, y nunca ha podido, ni aun cuando estaba en el estado de perfección. Es y siempre fue completamente dependiente de su creador (aun antes de la caída). Pero como criatura de Dios, sostenido por su omnipotente poder, el hombre, por virtud de la creación, tenía la capacidad de lograr el fin verdadero de su existencia: el hacer lo bueno y el vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. El pecado no destruyó la libertad psicológica y teológica, pero sí destruyó el segundo tipo, o sea, la libertad moral. El significado de esto lo examinaremos después, al considerar el estado del pecado. Pero antes de hacerlo es menester que estudiemos la conciencia.

IV. El agente moral cristiano: la conciencia

A. La conciencia en las Escrituras

En el Antiguo Testamento no existe una palabra especial para la conciencia. Pero son varios los pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a la manifestación de la conciencia. La palabra LEEBH (corazón) es la palabra que normalmente suele expresar la idea. En Génesis 3:7, 10, la vergüenza y el temor son evidencias de una conciencia ofendida. Otros pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a lo que llamaríamos la conciencia son: Génesis 4:13–14; Levítico 26:36; Josué 14:7; Deuteronomio 28:67 (véase también v. 65); 1 Samuel 24:5–6; 25:31; 2 Samuel 24:10; 1 Reyes 2:44; Job 27:6; y Proverbios 28:1. Las palabras de Job 27:6 («no me reprochará mi corazón en todos mis días»), y en Eclesiastés 10:20 (la palabra se traduce como «pensamiento» según la Septuaginta, pero también se puede emplear la palabra «corazón» para traducir el hebreo) expresan la idea de la conciencia.

En el Nuevo Testamento la palabra «corazón» también tiene el significado de conciencia. La encontramos cuatro veces en 1 Juan 3:19–21 (véase también Romanos 2:15). Notables ilustraciones de la operación de la conciencia son las que vemos en el caso de Pablo (Hch 26:9), de Judas, (Mt 27:3), y de Pedro (Mt 26:75). Sin embargo, la palabra que el Nuevo Testamento emplea precisamente para significar la conciencia es suneideesis. Esta palabra se encuentra no menos de treinta veces en el Nuevo Testamento. He aquí algunos de los textos en que la palabra ocurre más de una vez: Juan 8:9; Hechos 23:1; 24:16; Romanos 2:15; 9:1; 13:5; 1 Corintios 8:7, 10, 12; 10:25, 27, 28, 29; 2 Corintios 1:12; 4:2; 5:11; 1 Timoteo 1:5–19; 3:9; 4:2; 2 Timoteo 1:3; Tito 1:15; Hebreos 9:9, 14; 10:2, 22; 13:18; 1 Pedro 2:19; 2:16, 25.

B. La naturaleza de la conciencia

1. Definición: ¿Qué cosa es la conciencia?

La conciencia es la capacidad moral del hombre de enterarse o darse cuenta; es la facultad de juzgar sus hechos, futuros o pasados, aprobando los que considere correctos y condenando los que considere equivocados. El ser humano se da cuenta de que se da cuenta y está enterado de que está enterado. También podemos decir que la conciencia es la capacidad de estar consciente de que se está consciente.

El hombre es entonces un ser «autoconsciente». Se da cuenta de sí mismo. Puede ser, a la vez, el sujeto y el objeto de su pensamiento. Puede pensar en sí mismo y contemplar sus pensamientos. Cada juicio que hace conscientemente en cuanto a su conducta tiene su aspecto moral y está moralmente condicionado. Nos evaluamos por nuestros actos a la luz de ciertas normas morales. Esta capacidad del hombre de darse cuenta y de funcionar como juez de sus propios hechos es la conciencia humana.

De esto concluimos que la conciencia no es una mera facultad síquica del hombre. Pero tampoco es correcto llamarla «la voz de Dios» en el corazón humano, excepto en un sentido puramente figurado. En el sentido poético hay, por supuesto, mucha verdad en el dicho de Byron: «La conciencia humana es el oráculo de Dios». Goethe describe la conciencia en términos imaginativos: «…todo lo que dice Dios dentro de nuestro pecho». Podemos llamar conciencia a todo esto y también llamarla «una chispa del fuego celestial», pero la conciencia no es la voz divina excepto metafóricamente, o sea, en el sentido de que Dios deja su testimonio a través del autoconocimiento moral de cada hombre.

2. La conciencia: su referencia personal

Por ser capacidad del hombre el darse cuenta en el mismo acto de juzgar sus propios hechos, la conciencia esencialmente se refiere a la persona misma, o sea, siempre tiene una referencia personal. Los pronunciamientos de la conciencia siempre son los de la persona acerca de sí mismo. Cada vez que habla la conciencia no aprueba o condena cierto acto en lo abstracto, sino se refiere a la concreta actuación de la persona. En verdad, no es tanto el acto lo que se condena o aprueba, sino la misma persona que hace el acto se aprueba o se condena a sí misma. La referencia personal de la conciencia es enteramente específica: la conciencia nunca aprueba ni condena el acto de otra persona sino el de su persona. La conciencia no acusa ni excusa por algo que haya hecho otra persona sino solamente por lo que hizo la persona misma. Por supuesto, se puede juzgar moralmente un acto de otra persona, y una persona puede hasta decir: «mi conciencia condena el comportamiento de este», pero esto quiere decir solamente que el que habla no lo haría. La conciencia habla, entonces, en referencia a la anticipación de un posible comportamiento. Al respecto debemos notar que el juicio de la conciencia es inmediato. No lo hace después de una larga deliberación. La conciencia habla inmediatamente, al despertarse, sea en cuanto a un acto contemplado o ya cometido.

3. La conciencia es positiva y negativa

La conciencia aprueba o condena. El aspecto negativo de la conciencia es el más notable en nuestra experiencia. Tanto en la literatura profana como en la sagrada encontramos, en mayor número, ejemplos en que la conciencia condena. De hecho, solemos hablar de la conciencia solamente como aquello que nos «pica» cuando hacemos o contemplamos algo malo. Las historias y episodios de Pedro y Judas en el Nuevo Testamento ofrecen algunos de esos ejemplos; también Hamlet y MacBeth en el teatro de Shakespeare, son algunos ejemplos. Todos son ejemplos de la operación negativa de la conciencia. Pero la conciencia no solamente condena; también aprueba. Condena la conducta equivocada pero aprueba la conducta que considera correcta.

Algunos teólogos no aceptan el aspecto positivo de la conciencia, pero la verdad es que no cabe duda sobre el mismo. En Romanos 2:14, 15 (uno de los pasajes más importantes en cuanto a la conciencia) lo podemos notar claramente: «Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es la ley, estos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos». Como ya se ha dicho, la palabra conciencia en el griego es suneideesis. La frase «acusando o defendiendo» en el griego es kateegorountoon ee kai apologoumenoon (la versión de 1909 de la Biblia «Reina Valera» más atinadamente dice: «acusando o excusando»). En esta descripción de la conciencia del hombre natural se dice que su conciencia o lo condena o lo aprueba. (Véase también Ro 9:1 y 2 Co 1:12.)

Además, debemos notar otras expresiones novotestamentarias, tales como «una buena conciencia», «una limpia conciencia», «una conciencia sin ofensas», etc. Tales expresiones se encuentran en Hechos 23:1; 24:16; 1 Timoteo 1:5, 19; 2 Timoteo 1:3; Hebreos 13:18; y 1 Pedro 3:16, 21. La conciencia «buena», «limpia», «sin ofensas» es una conciencia que aprueba. Hacemos referencia de esta función de la conciencia cuando hablamos de paz en el corazón o de la tranquilidad del alma. Agustín de Hipona, expresó el mismo pensamiento de manera más elevada: «Una buena conciencia es el palacio de Cristo; el templo del Espíritu Santo; el paraíso de gozo; y el sábado (día de reposo) perdurable de los santos». Cuando la conciencia reprueba, el resultado es el sentimiento de culpa, acusación, e inquietud. Cuando la conciencia aprueba, el resultado es paz, tranquilidad, y satisfacción.

Se nos pregunta si el hombre tenía conciencia antes de la caída. La respuesta, por supuesto, tiene que ser afirmativa. El tener conciencia tiene que ver con su naturaleza como creado por Dios. Pero la conciencia no tenía entonces ocasión para rendir juicio negativo porque el hombre no había pecado. La conciencia no podía acusar al hombre hasta después de que este pecara. Pero no cabe duda de que la conciencia en su aspecto positivo, que aprueba las actividades, de acuerdo con la santa voluntad de Dios, operaba en el Huerto de Edén. Los que dicen que la conciencia no existía en este paraíso podrían tener razón si se limitaran a referirse al aspecto negativo de la conciencia. No hubo oportunidad para una manifestación negativa de la conciencia hasta que apareció el pecado. Pero, como ya hemos notado, si al hablar de la conciencia nos limitáramos a su aspecto negativo, tendríamos un concepto incompleto de la conciencia que, más importante todavía, no sería el concepto que se nos presenta en la Biblia. Aunque el hombre en el estado de rectitud no hubiera aprendido por la experiencia la diferencia entre la conciencia aprobadora y la acusadora, seguramente experimentaría la aprobación de su conciencia sobre lo que hacía de acuerdo con lo que sabía que era la voluntad de Dios.

4. La conciencia anticipante y subsiguiente

Otra consideración de suma importancia para entender la operación de la conciencia es la de distinguir entre la conciencia en su fase anticipante y su fase subsiguiente. El juicio de la conciencia se relaciona tanto con el futuro como con el pasado. La conciencia no solamente habla después de actuar sino también antes de la acción. Cuando la conciencia nos remuerde, tiene que ver con un acto ya cometido; pero cuando uno dice: «Mi conciencia no me dejará hacer esto», notamos que la conciencia está juzgando antes de que el acto propuesto se cumpla. La referencia al tiempo se expresa con los términos «anticipante» y «subsiguiente».

La conciencia anticipante, mirando adelante, siempre se relaciona con un curso de acción planeado o, a veces, deseado. De acuerdo con la acción sea positiva o negativa, aprueba o condena el acto contemplado. La operación anticipante de la conciencia va acompañada de la experiencia de ser animado o alentado para hacer el hecho contemplado si se considera recto o decidir si se debe hacer. Por el contrario, va acompañado de una exhortación de no hacerlo si el hecho contemplado se juzga reprensible. La conciencia en su fase o aspecto anticipante se manifiesta como sentido de obligación de seguir el camino hacia el deber y de evitar el mal camino. La conciencia se manifiesta más comúnmente en su fase subsiguiente. Mira a un hecho pasado y lo juzga como acto cumplido. La conciencia subsiguiente se asemeja a la anticipante en que puede, por supuesto, juzgar positiva o negativamente, e indicar tanto su aprobación como su condenación.

5. La universalidad de la conciencia

La conciencia es universal en la humanidad. No es una cosa distintivamente cristiana. No es el resultado de la redención, aunque desde luego, la redención tiene mucho que ver con la función de la conciencia. La verdad es que la conciencia cristiana se distingue de otros tipos de conciencia solamente en que se guía por otras normas y distintas reglas. La gracia de Dios purifica la conciencia del creyente (Heb 9:14). Pero la conciencia en sí se encuentra en todo ser humano. La humanidad la tiene por virtud de su creación como ser moral. La tenía antes de la caída, pero solamente en su forma positiva. La tiene desde la caída en ambas expresiones, la negativa y la positiva.

Existen grandes diferencias en la forma de funcionar entre las distintas conciencias humanas, como también en el juicio que pronuncian. La conciencia puede existir a un nivel muy bajo, como existía en algunas naciones en ciertas épocas de su historia. Tanto como la conciencia puede ser tierna y responsiva puede ser dura y callosa. Pero todas esas referencias pertenecen a la función de la conciencia y no a su existencia. La conciencia como tal se encuentra en toda la humanidad y la ha tenido a través de toda la historia. Mientras que el hombre sea un ser humano, mientras que tenga algún sentido moral, por degradado que sea, el hombre tendrá conciencia. Que todo pagano tiene conciencia es la clara enseñanza de Romanos 2:14, 15. También encontramos evidencias de la conciencia en la literatura de todas las naciones. Un filósofo de la época moderna que ha puesto mucho énfasis en la realidad y la universalidad de la conciencia es Emmanuel Kant, y no fue creyente. Kant creía en un imperativo categórico y acentuaba el carácter enaltecedor de la conciencia. La lucha constante para encontrar el camino correcto y de vivir en paz consigo mismo, es prueba de la universalidad de la conciencia en la raza humana.

6. La norma de la conciencia

Es de suma importancia distinguir entre la conciencia en sí y la regla o norma de acuerdo con la cual esta condena o aprueba. Al rendir un juicio, la conciencia lo hace con base en una regla moral o en una norma que la conciencia reconozca como propia. La sentencia de culpable o inocente se hace a la luz de una norma que es inseparable de la conciencia moral humana. Sin embargo, aunque sean inseparables, debemos distinguir entre el juicio o sentencia que la conciencia rinde y la conciencia misma.

De la misma manera tenemos que distinguir entre la norma con que la conciencia opera y la sentencia (o juicio) que la conciencia pronuncia a la luz de esa norma. Esto se hace claro en las palabras griegas nous y suneideesis, que Pablo menciona por separado en Tito 1:15. La palabra nous se refiere al entendimiento o intuición de lo correcto y lo equivocado; pero la palabra suneideesis parece ser la voz que condena o aprueba, en aquella intuición.

La distinción entre la norma y el juicio de la conciencia posiblemente está implicada en la etimología de la palabra «conciencia» suneideesis. La palabra latina «con-ciencia» es una traducción literal de «sun-eideesis». Estas palabras indican un conocimiento con o junto con algo o con alguien. ¿Con quién o con qué es tal conocimiento de la conciencia un «co-conocimiento»? Algunos han dicho: con Dios. Pero esto, aunque suene espiritual y piadoso, no se puede afirmar, ya que la conciencia suele equivocarse, aun en el caso de los más sinceros cristianos. A lo mejor es un testimonio o un conocimiento juntamente con uno mismo, es decir, con este entendimiento dentro de uno mismo, con el conocimiento que uno tenga de la ley, de lo correcto y lo equivocado. Y esto implica que la norma, la regla de la conciencia, se reconoce como objetiva y autoritativa.

Ahora bien, la conciencia que juzga no crea sus propias normas, no las inventa, sino simplemente reconoce su existencia y su autoridad. En verdad, el juicio que la conciencia pronuncia con frecuencia va contra los propios deseos y anhelos de uno. Nuestras conciencias nos molestan porque hacen juicios negativos cuando deseamos lo contrario. Los fuertes sentimientos de culpa que (legítimamente) tenemos son el resultado de que la conciencia, operando con una norma, va contra nuestros deseos y nuestras inclinaciones.

Entonces ¿cuál es esta norma? ¿Cuál es aquella norma de facto que con tanta diversidad se encuentra en la conciencia de todo ser humano? Su existencia la hemos aprendido de Romanos 2:14–15. Para entender este pasaje es menester que leamos el párrafo entero, los versículos 10–16. El argumento de esos versículos se puede resumir de la manera siguiente: los paganos no tienen ley. Es decir, la Ley en el sentido de la revelada voluntad de Dios, en una revelación especial, no había sido promulgada entre ellos. Pero por naturaleza hacen las cosas que la Ley demanda. Los paganos son entonces ley para sí mismos. Así va el argumento hasta el versículo 14. Pero la pregunta surge: ¿Cómo será esto posible? La respuesta se encuentra en el versículo 15. Ellos (los paganos) mismos muestran por su obra que la Ley está escrita en sus corazones. Grabada en el corazón de la gente pagana está una impresión de las obras que la Ley exige. Y al hacer el bien o el mal, su conciencia da co-testimonio sun marturousees. ¿Con qué?, pues con la ley escrita en sus corazones.

Esto nos muestra lo que es la norma verdadera, la regla de facto, de la conciencia humana. Por profunda que fuera la caída humana en el pecado, todo hombre tiene todavía, en su interior, un sentido de lo bueno y lo malo. Cuando habla, la conciencia da juicio (ya sea de condena o de aprobación) a la luz de —con base en— este sentido del bien y del mal, que el libro de Romanos llama la «ley interior». Todo hombre, regenerado o no, tiene un criterio moral, tiene alguna piedra de toque, de acuerdo con la cual su conciencia aprueba o condena sus actos. La norma de facto de la conciencia es, en cada caso, lo dado en cuanto al conocimiento de la ley moral para cada individuo, por torcido que sea tal conocimiento.

La norma de facto en la mayoría de los casos no solamente está mucho más por debajo de la norma ideal sino que por lo general está en su contra. La norma ideal es la norma de la voluntad de Dios para la vida humana. En tiempos antiguos las gentes quemaban a sus niños, dándolos a la muerte en los brazos de Moloch, mientras su conciencia lo aprobaba. (Hoy día nuestras conciencias quizás no aprobarían esto, aunque fácilmente la conciencia moderna aprueba el sacrificio de niños, seres humanos, antes de nacer, en la muy difundida práctica del aborto.) Aun entre los cristianos existe una gran diversidad y, a veces, se halla una contradicción entre sus conceptos respecto a cuál sea la conducta correcta en un cierto caso.

Esto sugiere que la conciencia es falible. La conciencia no siempre tiene razón. Puede aprobar una acción en un cierto caso que es equivocada y reprensible, juzgada desde el punto de vista de lo ideal, es decir, de la voluntad revelada de Dios. Existe una norma ideal para la conducta moral a la cual todo hombre debe conformarse. La norma ideal es la voluntad de Dios para la vida humana; es la ley divina para la conducta humana. Esto indica que el hombre nunca será inocente, limpio, ni moralmente justo por el simple hecho de que obedezca a su conciencia —aunque en verdad nunca hace esto—, ya que siempre su conciencia le condena, le da sentimientos de culpabilidad, de equivocación. Aun juzgados por nuestra conciencia, nunca somos aprobados. Sabemos que adrede siempre desobedecemos nuestra propia conciencia. El que hace lo mejor que sabe hacer, y no le molesta su conciencia, puede estar seguro de que está violando las demandas fundamentales y morales de la Ley de Dios para su vida.

¿Quiere decir esto que no es menester que el hombre siempre obedezca su conciencia? No, no quiere decir esto. El hombre no puede desobedecer a su conciencia con impunidad. La regla general de que el hombre siempre debe obedecer a su conciencia es en la ética una regla sana. Al violarse la conciencia no se acerca al ideal moral.

Lo que necesitamos es instrucción, educación o entrenamiento para la conciencia. Nuestras normas y reglas morales interiores deben ser labradas, formadas y amoldadas por la norma ideal, que es la santa voluntad de Dios. Aunque uno peque en un caso dado, al obedecer a su conciencia, el pecado no está en obedecer a su conciencia, sino en el no hacer la voluntad de Dios por no llevar en ella la norma correcta. Su fracaso moral se debe a la idea falsa, equivocada, pervertida y torcida que tiene de lo recto y lo incorrecto, y por su incapacidad aun de cumplir con las exigencias de su conciencia. Lo que necesita el hombre natural es la luz de la revelación divina para su vida y una conciencia regenerada para apropiarse de esta luz; como también que su conciencia sea una conciencia que ame a Dios y se afane para crecer en el entendimiento de su santa voluntad revelada para la vida humana.

 Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ética cristiana (pp. 45–64). Miami, FL: Editorial Unilit.

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3 – EL CIELO GOBIERNA

Sabiduría para el Corazón

Serie: Daniel – El Sabio de Babilonia

3 – EL CIELO GOBIERNA

Stephen Davey

Texto: Daniel 4:1-37

A través de una de las historias más extrañas que encontramos en la Biblia, podemos ver un ejemplo tangible de una realidad que solemos olvidar. Sin importar quien lleva la banda presidencial… El Cielo Gobierna. Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin.

Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.

Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra página https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/