¿Qué dice la Biblia acerca del Papa / papado?

Got Questions

¿Qué dice la Biblia acerca del Papa / papado?

La enseñanza de la Iglesia Católica Romana acerca del Papa (“Papa” significa “padre”), está basada en, e involucra las siguientes enseñanzas católicas romanas:

1) Cristo hizo a Pedro el líder de los apóstoles y de la Iglesia (Mateo 16:18-19). Al darle a Pedro “las llaves del reino”, Cristo no solo lo hizo líder, sino también infalible cuando él actuaba o hablaba como representante de Cristo en la tierra (hablando del centro de autoridad, o “ex cátedra”). Esta habilidad de actuar a favor de la Iglesia de manera infalible cuando se habla de “ex cátedra” fue heredada a los sucesores de Pedro, dándole así a la Iglesia una guía infalible en la tierra. El propósito del papado es conducir a la Iglesia de manera infalible.

2) Más tarde Pedro se convirtió en el primer Obispo de Roma. Como Obispo de Roma, él ejerció autoridad sobre todos los otros obispos y líderes de la Iglesia. La enseñanza de que el Obispo de Roma está sobre todos los obispos en autoridad, es referida como la “primacía” del Obispo Romano.

3) Pedro delegó su autoridad apostólica al siguiente Obispo de Roma, junto con los otros apóstoles quienes heredaron su autoridad apostólica a los obispos que ellos ordenaron. Estos nuevos obispos, a su vez, pasaron esa autoridad apostólica a aquellos obispos a quienes más tarde ellos ordenaron, y así subsecuentemente. Esta “transferencia de autoridad apostólica” es la llamada “sucesión apostólica.”

4) Basándonos en la afirmación católica romana de una in-interrumpida cadena de obispos romanos, ellos enseñan que la Iglesia Católica Romana es la verdadera Iglesia, y que todas las Iglesias que no aceptan la primacía del Papa, se han separado de ellos, que son la única original y verdadera Iglesia.

Habiendo revisado brevemente algunas de las enseñanzas de la Iglesia Católica Romana concernientes al papado, la pregunta es si esas enseñanzas concuerdan con las Escrituras. La Iglesia Católica Romana ve el papado y la autoridad de enseñanza infalible de la “madre Iglesia” como algo necesario para guiar a la Iglesia, y utilizan eso como razonamiento lógico de la provisión de Dios para ello. Pero al examinar la Escritura, encontrarás lo siguiente:

1) Mientras que Pedro fue la figura central en el inicio de la propagación del evangelio (parte del significado contenido en Mateo 16:18-19), la enseñanza de la Escritura, tomada en su contexto, en ninguna parte declara que él tenía una autoridad sobre los otros apóstoles o sobre la Iglesia (ver Hechos 15:1-23; Gálatas 2:1-14; 1 Pedro 5:1-5). Nunca es enseñado que el Obispo de Roma debía tener la primacía sobre la Iglesia. Mejor dicho, hay solo una referencia en la Escritura sobre Pedro escribiendo desde “Babilonia”, nombre que algunas veces se aplicaba a Roma, y se encuentra en 1 Pedro 5:13. Principalmente de esto, y del crecimiento histórico de la influencia del Obispo de Roma (a través del apoyo de Constantino y de los emperadores romanos que lo siguieron), proviene la enseñanza de la Iglesia Católica Romana sobre la primacía del Obispo de Roma. Sin embargo, la Escritura muestra que la autoridad de Pedro fue compartida con otros apóstoles (Efesios 2:19-20), y que la autoridad de “atar y desatar” atribuida a él, fue más bien compartida por las Iglesias locales, no sólo por los líderes de la Iglesia (ver Mateo 18:15-19; 1 Corintios 5:1-13; 2 Corintios 13:10; Tito 2:15; 3:10-11).

2) En ninguna parte la Escritura declara que a fin de guardar a la Iglesia del error, la autoridad de los apóstoles se transferiría a aquellos que ellos ordenaran. La sucesión apostólica es “leída” en aquellos versos que la Iglesia Católica Romana usa como soporte de esta doctrina (2 Timoteo 2:2; 4:2-5; Tito 1:5; 2:1; 2:15; 1 Timoteo 5:19-22). Lo que la Escritura SÍ enseña es que los falsos maestros se levantarían aún de entre los líderes de la Iglesia y que los cristianos deberían comparar las enseñanzas de estos posteriores líderes de la Iglesia con la Escritura, la única citada en la Biblia como infalible. La Biblia no enseña que los apóstoles fueran infalibles, salvo lo que ellos escribieron e incorporaron en la Escritura. Pablo, hablando con los líderes de la Iglesia en la gran ciudad de Efeso, les advierte del surgimiento de falsos maestros entre ellos, y que para luchar contra el error, NO los encomienda a ellos “los apóstoles y aquellos que heredarían su autoridad”, sino más bien él los encomienda a “Dios y a la palabra de Su gracia….” (Hechos 20:28-32).

Nuevamente, la Biblia enseña que es la Escritura la que debe ser usada como norma a seguir para determinar la verdad del error. En Gálatas 1:8-9, Pablo declara que no es importante QUIEN enseña, sino LO QUE es enseñado lo que debe ser usado para determinar la verdad del error. Mientras que la Iglesia Católica Romana continúa pronunciando una maldición de condenación “anatema” sobre aquellos que rechacen la autoridad del Papa, la Escritura reserva esa maldición para aquellos que enseñen un evangelio diferente (Gálatas 1:8-9).

3) Mientras que la Iglesia Católica Romana ve la sucesión apostólica como una necesidad lógica, a fin de que Dios pueda guiar de manera infalible a la Iglesia, la Escritura declara que Dios ya ha provisto esto para Su Iglesia, a través de:

(A) La infalibilidad de la Escritura, (Hechos 20:32; 2 Timoteo 3:15-17; Mateo 5:18; Juan 10:35; Hechos 17:10-12; Isaías 8:20; 40:8; etc.) Nota: Pedro habla de los escritos de Pablo en la misma categoría de las otras Escrituras (2 Pedro 3:16).

(B) El eterno sumo sacerdocio de Jesucristo en el cielo (Hebreos 7:22-28).

(C) La provisión del Espíritu Santo, quién guió a los apóstoles a la verdad después de la muerte de Cristo (Juan 16:12-14), quién equipa a los creyentes para el trabajo en el ministerio, incluyendo la enseñanza (Romanos 12:3-8; Efesios 4:11-16), y quién utiliza la palabra escrita como Su principal herramienta (Hebreos 4:12; Efesios 6:17).

Mientras que han habido (humanamente hablando) hombres buenos y morales que han servido como Papas de la Iglesia Católica Romana, incluyendo a Juan Pablo II, al Papa Benedicto XVI, y al Papa Francisco I, la enseñanza de la Iglesia Católica Romana acerca del oficio del Papa debe ser rechazada, porque no es “en continuidad” con las enseñanzas de la Iglesia original que están registradas en el Nuevo Testamento. Esta comparación de cualquier enseñanza eclesiástica es esencial, para no perder las enseñanzas del Nuevo Testamento concerniente al evangelio, y no solamente perder la vida eterna en el cielo para nosotros mismos, sino que inconscien temente provoquemos que otros se pierdan, guiándolos por el camino equivocado (Gálatas 1:8-9).

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El ascenso del papado

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

El ascenso del papado

Por David F Wells

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Hay mil millones de católicos romanos en todo el mundo; mil millones de personas sujetas a la autoridad del papa. Uno podría preguntarse: ¿cómo sucedió todo esto? Creo que la respuesta es mucho más compleja y desordenada de como la presentan los católicos. Primero daré una breve explicación de cuál es la posición católica, y luego voy a sugerir lo que creo que sucedió en realidad.

La explicación católica

La creencia católica tradicional es que Jesús dijo que la Iglesia sería edificada sobre Pedro (Mt 16:18-19; ver también Jn 21:15 y Lc 22:32). Luego de esto, Pedro pasó un cuarto de siglo en Roma como su fundador y obispo, y su autoridad fue reconocida entre las primeras iglesias; esta autoridad fue transferida a sus sucesores. De hecho, el Concilio Vaticano II (1962-65) reafirmó esta perspectiva. La autoridad apostólica fue transferida a los sucesores de los apóstoles, así como el poder apostólico supremo de Pedro fue transferido a cada uno de sus sucesores en Roma.

Sin embargo, el problema con esta explicación es que no hay evidencia para sostenerla. La mejor explicación de Mateo 16:18-19 es que la Iglesia sería edificada, no sobre una posición eclesiástica, sino sobre la confesión de Pedro respecto a la divinidad de Cristo. Además, no hay evidencia bíblica que respalde la creencia de que Pedro pasó un largo tiempo en Roma como líder de la iglesia allí. El libro de Hechos no dice nada al respecto, no se encuentra en las cartas del mismo Pedro y Pablo no lo menciona (lo cual sería extraño, si Pedro realmente estuvo en Roma desde el principio, ya que al final de la carta de Pablo a los romanos, él saluda a muchas personas por su nombre). Y el argumento de que la autoridad de Pedro era reconocida en todas las iglesias primitivas se contradice con los hechos. Es cierto que Ireneo, en el siglo II, dijo que la Iglesia fue fundada por «los benditos apóstoles», Pedro y Pablo, tal como lo hizo Eusebio en el siglo IV; y en el siglo V, Jerónimo afirmó que había sido fundada por Pedro, a quien llama «el príncipe de los apóstoles». Sin embargo, en el otro lado de la ecuación hay algunos hechos contradictorios. Por ejemplo, Ignacio, poco antes de su martirio, escribió cartas a los obispos de las iglesias dominantes de la época, pero habló de la prominencia de Roma solamente en términos morales, no eclesiásticos. En Roma, casi al mismo tiempo, a principios del siglo II, se publicó una pequeña obra llamada El pastor de Hermas que solo menciona a sus «gobernantes» y a «los ancianos» que la presidían. Aparentemente no había un obispo dominante en ese tiempo. No solo eso, sino que en los siglos II y III hubo varias ocasiones en las que líderes eclesiásticos se resistieron a los líderes de Roma cuando estos últimos afirmaban su autoridad eclesiástica para resolver disputas.

De hecho, es más razonable pensar que el ascenso al poder del pontífice romano haya ocurrido por circunstancias naturales y no por designación divina. Esto sucedió en dos etapas. Primero, la iglesia de Roma adquirió prominencia y luego, como parte de su eminencia, su líder comenzó a destacarse. La Iglesia católica ha invertido estos hechos al sugerir que el poder y la autoridad apostólicos, es decir, el poder y la autoridad preeminentes de Pedro, establecieron al obispo romano mientras que, de hecho, el creciente prestigio eclesiástico del obispado romano no se derivó de Pedro, sino de la iglesia de Roma.

La explicación real

En el principio, la iglesia de Roma era solo una iglesia entre muchas de las que habían en el Imperio romano, pero hubo eventos naturales que conspiraron para cambiar esto. Jerusalén había sido la base original de la fe, pero en el año 70 d. C. el ejército de Tito la destruyó y dejó al cristianismo sin su centro. No era de extrañar que las personas en el Imperio comenzaran a fijarse en la iglesia de Roma, ya que esta ciudad era su capital política. Todos los caminos en ese mundo antiguo conducían a Roma y, por supuesto, muchos de ellos fueron transitados por misioneros cristianos. También se da el caso de que en los primeros siglos, la iglesia romana desarrolló una reputación de honradez moral y doctrinal, y fue respetada por ello. Por lo tanto, parece ser que su eminencia se debió en parte a que se la había ganado, y en parte a que pudo disfrutar del reflejo del esplendor de la ciudad imperial.

Las herejías habían abundado desde el principio pero, en el siglo III, las iglesias comenzaron a adoptar una nueva postura en contra de ellas. Tertuliano argumentaba que, si las iglesias fueron fundadas por los apóstoles, ¿no se supone que tengan un fundamento más firme con respecto a sus reclamos de autenticidad, en comparación con iglesias que probablemente sean heréticas? Este argumento reforzó las afirmaciones de preeminencia de la iglesia romana. Sin embargo, es interesante notar que a mediados de este siglo, Cipriano en África del Norte argumentó que las palabras «… tú eres Pedro…» no eran una carta para el papado, sino que se aplicaban a todos los obispos. Además, en el Concilio III de Cartago en 256, él afirmó que el obispo romano no debía intentar ser un «obispo de obispos» ni ejercer poderes «tiránicos».

En el período del Nuevo Testamento la persecución ya era una realidad, pero en los siglos siguientes, la Iglesia sufrió intensamente por las animosidades y aprehensiones de los emperadores sucesivos. Sin embargo, en el siglo IV sucedió lo inimaginable. El emperador Constantino, antes de una batalla fundamental, tuvo una visión y se convirtió al cristianismo. La Iglesia, que había vivido una existencia solitaria en el «exterior» hasta ese entonces, ahora disfrutaba de un inesperado recibimiento imperial. Como resultado, a partir de este momento, la distinción entre las conductas eclesiásticas apropiadas y las pretensiones mundanas de pompa y poder se fueron perdiendo cada vez más. En la Edad Media, la distinción desapareció por completo. En el siglo VI, el papa Gregorio Magno se aprovechó descaradamente de esto al afirmar que el «cuidado de toda la Iglesia» había sido entregado en manos de Pedro y sus sucesores en Roma. Sin embargo, aun en esta fecha tardía, tal afirmación no fue aceptada sin contienda. Los que estaban en el este, cuyo centro estaba en Constantinopla, no estaban de acuerdo con afirmaciones universales como esta y, de hecho, esta diferencia de opinión nunca se resolvió. El Gran Cisma entre la Iglesia en Oriente y la Iglesia en Occidente comenzó en el 1054 luego de una serie de disputas. La ortodoxia oriental comenzó a seguir su propio camino, separada de la jurisdicción romana, y esta continúa siendo una división cuyos efectos siguen sin sanar al día de hoy.

Así que el ascenso del papa a una posición de gran poder y autoridad fue un proceso lento. En la época de la Reforma, Erasmo expuso brutalmente lo mucho que los papas se habían alejado de las ideas neotestamentarias sobre la vida de iglesia. El papa Julio II acababa de morir cuando Erasmo escribió Julius Exclusus en 1517. Se imaginó a este papa llegando al cielo, ¡asombrado de que no fue reconocido por Pedro! El punto de Erasmo era simplemente que los papas se habían vuelto ricos, pretenciosos, mundanos y todo menos apostólicos. Sin embargo, debió haber hecho su punto aún más radicalmente. Pedro no solo se hubiera extrañado ante este comportamiento papal, sino también ante sus pretensiones de autoridad universal.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David F Wells
David F Wells

El Dr. David F. Wells es un profesor destacado de investigación en el Gordon-Conwell Theological Seminary en South Hamilton, Massachusetts. Es autor de God In the Whirlwind: How the Holy-Love of God Reorients the World [Dios en el torbellino: Cómo el amor santo de Dios reorienta nuestro mundo].

 El significado de la resurrección

Soldados de Jesucristo

Agosto 19/2021

Solid Joys en Español

 El significado de la resurrección

John Piper

John Piper

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Arrojar la piedra

Jueves 19 Agosto

No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.Juan 3:17

Arrojar la piedra

Cuando decimos: “No quiero lanzarle la piedra”, esto significa que queremos evitar condenar a alguien, o incluso acusarlo. Pero, ¿sabe usted que esta expresión, que pasó al lenguaje cotidiano, fue sacada de un pasaje del evangelio? (Juan 8:2-11).

Cuando Jesús estaba en la tierra, los jefes religiosos del pueblo judío le llevaron una mujer acusada de adulterio. La ley dada por Moisés condenaba a tales mujeres a ser lapidadas, es decir, matadas a punta de piedra.

“Tú, pues, ¿qué dices?”, preguntaron a Jesús. Le tendieron una gran trampa. Ellos pensaban que habían encontrado la manera de acusar a Jesús y condenarlo.

– Si Jesús decía que debían lapidar a esa mujer, negaba toda su enseñanza sobre la gracia, la misericordia y el perdón, pues él decía que había venido para salvar, y no para juzgar.

– Pero si decía que no debían lapidarla, se oponía a la ley de Moisés, cosa que era más grave todavía.

Pero Jesús les dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (v. 7).

Con su respuesta hizo que los jefes religiosos reflexionasen sobre su propio estado moral. ¡Tenían la misma naturaleza que esa mujer! Para condenarla, ellos mismos debían ser irreprochables. Las palabras de Jesús alcanzaron sus conciencias, y se retiraron uno tras otro, comenzando desde los más viejos.

Jesús se quedó solo ante la acusada. Él, quien no tenía pecado, era el único que podía lanzar una piedra contra ella. Pero no lo hizo. Jesús iba a morir en la cruz para perdonar el pecado de esta mujer, así como los nuestros.

2 Crónicas 5 – Lucas 23:1-25 – Salmo 96:7-13 – Proverbios 21:23-24

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La soberanía divina

Alimentemos El Alma

Serie: El Evangelismo Y La Soberanía De Dios

J.I. Packer

Capítulo I

La soberanía divina 1

No intentaré probar la verdad general de la soberanía de Dios en el mundo, pues no hay necesidad. Sé que si usted es cristiano, esto ya lo cree. ¿Cómo lo sé? Bueno, pues, sé que si usted es cristiano, usted ora, y el fundamento de sus oraciones es la seguridad de la soberanía de Dios en el mundo. En sus oraciones, usted pide y agradece. ¿Por qué? Porque sabe que Dios es el autor y la fuente de todo lo que usted tiene ahora y de lo que espera tener en el porvenir. Ésta es la filosofía básica de la oración cristiana. La oración de un cristiano no es un acto que intenta exigir que Dios actúe según nuestros deseos, sino es un reconocimiento humilde de nuestra dependencia y desamparo total. Cuando nos arrodillamos, sabemos que no estamos en control de los eventos de este mundo; asimismo reconocemos que somos impotentes para satisfacer nuestras necesidades terrenales; todo lo que queremos, ya sea para nosotros o para otros, proviene de la mano todopoderosa de Dios. En el Padre Nuestro vemos que éste es el caso aun con “nuestro pan de cada día.” Si la mano de Dios nos provee con nuestras necesidades físicas, sería inconcebible sugerir que no nos provee con nuestras necesidades espirituales. A pesar de lo que postulemos después en discusiones teológicas, todo esto es tan claro cuando estamos orando, como la luz del sol. Efectivamente, lo que hacemos cada vez que nos arrodillamos para orar es reconocer la impotencia de nosotros mismos y la soberanía de Dios. Por lo tanto, el hecho de que un cristiano ore es una confesión positiva de su creencia en la soberanía de Dios.

Tampoco intentaré demostrar la validez de la verdad específica de la soberanía de Dios en cuanto a la salvación. Pues esto usted también lo cree. Esto lo afirmo por dos razones. Primero, usted le da gracias a Dios por su regeneración, y ¿por qué hace usted esto? Porque usted sabe que Dios es el único responsable por ella, pues usted no se salvó a sí mismo, sino que Él fue quien lo salvó. En agradecimiento usted reconoce que su conversión no fue el resultado de su propio afán, sino fue obra de la mano todopoderosa de Dios. Reconoce que su conversión no fue producto del azar, la probabilidad, o las circunstancias ciegas. No fue producto de un accidente que usted asistió a una iglesia cristiana, escuchó el evangelio, y vio que su vida carecía del Señor. Si usted se convirtió por medio de sus propias lecturas de la Biblia o por medio de algunos amigos cristianos, o aun por medio de un evangelista, usted sabe que su arrepentimiento y su fe no provienen de su propia sabiduría y prudencia. Quizá usted buscó y rebuscó a Cristo, quizá usted pasó por muchas tribulaciones en su búsqueda de un significado, y quizá usted leyó y meditó mucho tratando de encontrar una orientación, pero ninguna de esas cosas hace que la salvación sea obra suya. Cuando usted se entregó a Cristo, el acto de fe fue suyo, pero esto no quiere decir que usted se salvó a sí mismo. De hecho, ni se le ocurre pensar que la salvación sea obra suya.

Se siente responsable por sus pecados, indiferencias y obstinaciones frente al mensaje del evangelio, y nunca se glorifica por su santificación en Cristo Jesús. A usted nunca se le ha ocurrido dividir el mérito de su salvación entre sí mismo y Dios. Nunca ha pensado que la contribución decisiva de su salvación fue suya y no de Dios. Usted nunca ha dicho a Dios que, aunque Él le diera la oportunidad de la salvación, usted se da cuenta de que no hay que darle gracias a Él porque usted mismo tuvo la astucia de aprovechar la oportunidad. Su corazón se repugna y sus rodillas tiemblan al pensar en hablarle a Dios de esa manera. Pues nosotros agradecemos que Dios nos haya dado un Cristo de quien recibir confianza, consuelo, fe y arrepentimiento. Desde su conversión, su corazón le ha guiado de esta manera. Usted da toda la gloria a Dios por todo lo que Él hizo en salvarle, y usted sabe que sería blasfemia y soberbia no agradecerle por llevarle a la fe. Entonces, en su concepto de la fe y cómo la fe es otorgada, usted cree en la soberanía divina; así también creen todos los cristianos en el mundo.

En conexión a esto, será de gran beneficio escuchar unas palabras de una conversación entre Charles Simeon y John Wesley, anotada el 20 de diciembre de 1784 en el Diario de Wesley.

“Señor, entiendo que a usted se le llama un Arminiano, y a mí a menudo me llaman un Calvinista; por lo tanto, entiendo que debemos sacar nuestras espadas. Pero antes del comienzo de la batalla, con su permiso le haré algunas preguntas… Disculpe, buen señor, ¿se siente usted una criatura depravada, tan depravada que nunca hubiera contemplado voltear su rostro a Dios, si Dios no hubiera puesto esa disposición en su corazón de antemano?”

“Sí,” contesta el veterano, “definitivamente soy una criatura depravadísima y no puedo hacer nada por mi propia disposición.”

“Y ¿se siente usted inquieto al recomendarse a sí mismo a Dios por su propio mérito, o busca usted la salvación sólo por la sangre y justicia de Jesucristo?”

“Sí, no hay otro camino a la salvación que no sea por Cristo.”

“Pero suponemos, mi apreciado señor, que usted fue salvado primero por Cristo, ¿no necesitará usted salvarse luego por obras?”

“No, Cristo salva desde el principio hasta el fin.”

“Si admite usted que Dios volteó el rostro de usted a Él por medio de la gracia, ¿seguirá usted el camino estrecho de la salvación por sus propios esfuerzos?”

“No.”

“Entonces ¿será usted guiado a cada hora y a cada minuto como un bebé en los brazos de su madre?”

“Sí, así me guiará Dios.”

“Y ¿está toda su esperanza de llegar al Lugar Santísimo envuelto en la gracia y misericordia de Dios?”

“Sí, toda mi esperanza está en El.”

“Entonces, señor, con su permiso guardaré de nuevo mi espada, porque éste es mi Calvinismo, ésta mi elección, mi justificación por fe, mi perseverancia final; en fin, es en sustancia todo lo que creo, y así lo creo; y, por lo tanto, en vez de buscar términos y frases que nos separen, busquemos mejor aquellas cosas en las cuales estamos de acuerdo.”

La segunda manera en que reconocemos la soberanía de Dios en la salvación es que oramos por la conversión de otros. Ahora, ¿sobre qué fundamento debemos interceder por ellos? ¿Nos limitamos a pedirle a Dios que los lleve a un punto donde ellos mismos puedan decidir si quieren ser salvos, independientemente de Él? Yo dudo que usted ore así. Creo, más bien, que usted ora en términos categóricos que Dios, simple y decisivamente, los salve; que Él les abra los ojos ciegos, endulce sus corazones amargos, renueve sus naturalezas depravadas e incite sus voluntades para recibir a Jesucristo como su Salvador. Usted le pide a Dios que prepare todo lo necesario para que ellos puedan ser salvos. Usted nunca le pediría a Dios que no los lleve a la fe, porque usted ya sabe que eso es algo que Dios no puede hacer. ¡Nunca haría usted tal cosa! Cuando usted ora por los incrédulos, reconoce que está dentro del poder de Dios llevarlos a la fe. Pide que Él lo haga, y reposa en el conocimiento que Su poder es lo suficientemente grande para cumplir con su petición. El poder de Dios es aún más grande: esta creencia que anima su intercesión es la gran verdad de Dios escrita en nuestros corazones por la obra milagrosa del Espíritu Santo. Entonces, cuando usted ora (y cuando un cristiano ora es de lo más sano y sabio), usted sabe que es Dios quien salva al hombre; usted sabe que lo que hace a los hombres voltear sus rostros hacia Cristo es la voz misericordiosa de Dios llamándolos hacia Él. Por consiguiente, tanto por la práctica de intercesión para otros como por el hecho de dar gracias por nuestra propia salvación, nos damos cuenta de que la gracia de Dios es soberana, y así es que todos los cristianos en el mundo reconocen la gracia soberana de Dios.

Hay una controversia perenne en la Iglesia concerniente al señorío de Dios en cuanto a la conducta humana y la fe redentora. Lo que se dijo anteriormente debe definir nuestra posición al respecto. La esencia del problema es distinta a lo que aparenta. Pues no es cierto que algunos cristianos creen en la soberanía divina mientras que otros adoptan una perspectiva opuesta. La verdad es que todo cristiano cree en la soberanía divina, pero algunos no saben que lo creen; así, imaginan e insisten que rechazan la doctrina. ¿Cuál es la causa de esta situación inoportuna? La raíz del problema es la misma de casi todos los problemas en la Iglesia —la introducción de especulaciones racionalistas, la pasión por la consistencia sistematizada, el rechazo del misterio, la idea de que Dios no puede ser más sabio que el hombre y la subyugación de las Escrituras a la lógica humana. La Biblia enseña que el hombre es responsable por sus acciones, pero el hombre no ve (ni puede ver) cómo esto puede compaginar con el señorío soberano de Dios. Creen que las dos ideas no pueden co-existir, aunque co-existen en la Biblia y, por lo tanto rechazan la idea bíblica de la soberanía, para preservar la idea de la responsabilidad humana. El deseo de simplificar la Biblia por medio del abandono de doctrinas bíblicas es un acto de lo más natural para nuestras mentes perversas y depravadas. Tampoco nos sorprende que aun los hombres más buenos se encuentren atrapados por esa inclinación. Ésta es la razón por la que esta controversia ha persistido en la Iglesia por tantos siglos. Sin embargo, la ironía de la situación se manifiesta cuando los defensores de cada partido oran. En la oración vemos que aquellos que rechazan la doctrina realmente lo afirman con la misma certeza que aquellos que la defienden.

¿Cómo ora usted? ¿Pide usted su pan de cada día? ¿Usted le agradece a Dios por su salvación? ¿Ora usted por la conversión de otros? Si ha contestado “no”, sólo puedo decir que dudo que usted haya nacido de nuevo. Pero si ha contestado “sí”, pues eso afirma que, a pesar de cómo usted había pensado antes con respecto a este tema teológico, en su corazón usted cree en la soberanía de Dios, así como cualquier otro cristiano. De pie podemos construir argumento tras argumento, pero de rodillas todos estamos de acuerdo. Y ahora, tomemos este acuerdo como punto de partida.

 Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la Soberanía de Dios. (G. A. Martínez, Trad.) (pp. 11–17). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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Verdadero Dios, verdadero hombre: el Concilio de Calcedonia

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Verdadero Dios, verdadero hombre: el Concilio de Calcedonia

Por Nicholas R. Needham

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Pronunciar «Calcedonia» ya es suficientemente difícil; comprender su teología puede incluso ser más intimidante. Sin embargo, el esfuerzo será recompensado en abundancia. Durante los últimos 1500 años, hasta este mismo día, prácticamente todos los teólogos cristianos ortodoxos han definido su «ortodoxia» haciendo referencia al Concilio de Calcedonia. Esto ciertamente incluye a la tradición reformada. No podemos pensar que los antiguos concilios ecuménicos fueron infalibles, pero hemos sostenido generalmente que tuvieron la razón de manera gloriosa en lo que afirmaron, y que los cristianos que toman en serio la Iglesia y su historia deben considerar estos grandes concilios como hitos providenciales en el desarrollo de la historia de vida del pueblo de Dios.

¿De qué se trató Calcedonia? Básicamente estaba tratando de zanjar las secuelas de la controversia arriana del siglo IV. Los teólogos bíblicos habían tenido éxito en su lucha contra el arrianismo para afirmar la deidad de Cristo. Sin embargo, esto ocasionó más controversias. Esta vez, el tema era la relación entre la divinidad y la humanidad en Cristo. Dos tendencias alcanzaron prominencia rápidamente. Una estaba asociada a la Iglesia de Antioquía, que deseaba proteger la realidad plena de la deidad y la humanidad de Cristo. Para hacerlo, tendió a mantenerlas tan separadas como fuera posible. Los antioqueños temían que cualquier mezcla estrecha de las dos naturalezas podría confundirlas. Las limitaciones humanas de Cristo podrían haberse aplicado a Su divinidad, en cuyo caso Él no habría sido completamente Dios. O Sus atributos divinos podrían haberse aplicado a Su humanidad, en cuyo caso Él no habría sido completamente humano. Hasta aquí, todo estaba bien. El problema fue que los antioqueños a veces separaban tanto las dos naturalezas de Cristo, que parecía que Él terminaba siendo dos personas: un hijo humano de María en quien moraba un Hijo divino de Dios. El pensador antioqueño más famoso que asumió esta postura fue Nestorio, un predicador que llegó a ser patriarca (obispo principal) de Constantinopla en el año 428. Nestorio fue condenado por el tercer Concilio Ecuménico de Éfeso en el año 431 (que también condenó al pelagianismo como herejía).

La otra tendencia estaba asociada a la iglesia de Alejandría. Su preocupación principal era proteger a la persona divina del Hijo como el único «sujeto» de la encarnación. En otras palabras, en Cristo solo hay un «yo», solo un agente personal, y ese es la segunda persona de la Trinidad, Dios el Hijo. Y de nuevo, hasta aquí todo estaba bien. El problema fue que los alejandrinos a veces fueron tan celosos por la persona divina de Cristo que podían perder de vista Su humanidad. Para los extremistas de Alejandría, cualquier tipo de énfasis en la naturaleza humana de Cristo parecía amenazar la soberanía de Su sola persona divina. ¿Acaso no sería Cristo dividido en dos personas —la aborrecible herejía nestoriana— si uno insistía demasiado en la plena realidad de Su humanidad?

Los alejandrinos fueron los más activos en difundir sus ideas en el período posterior a la condenación de Nestorio en Éfeso, en el año 431. El mayor pensador de ellos fue Cirilo de Alejandría. Sin embargo, cuando Cirilo falleció en el año 444, un personaje más extremo emergió en su lugar. Fue Eutiquio, uno de los monjes principales de Constantinopla. Eutiquio fue tan radical en su compromiso con la única persona divina de Cristo que no podía tolerar ninguna rivalidad (por así decirlo) de Su humanidad. Por tanto, en una frase infame, Eutiquio enseñó que, en la encarnación, la naturaleza humana de Cristo había sido absorbida y se había perdido en Su divinidad: «como una gota de vino en el mar». Esta postura alejandrina extrema triunfó en otro concilio ecuménico en Éfeso en el 449. No obstante, su victoria se debió no tanto a la argumentación y persuasión teológicas sino a las bandas de monjes alejandrinos rebeldes que controlaron los acontecimientos por medio del terror, apoyados por las tropas del emperador Teodosio II, quien favorecía a Eutiquio.

El concilio fue condenado en la mitad occidental del Imperio romano de habla latina. El papa León el Magno rugió contra él llamándolo el «latrocinio» (nombre que perduró). Después de la muerte del emperador Teodosio, un nuevo emperador, Marciano, convocó un nuevo concilio en Calcedonia (Asia Menor) en el año 451. Esta vez, Eutiquio y los alejandrinos extremos fueron derrotados. El concilio tejió hábilmente todo lo bueno y verdadero de los planteamientos de Antioquía y Alejandría, produciendo así una obra maestra teológica sobre la persona de Cristo:

Nosotros, entonces, siguiendo a los santos padres, todos unánimes enseñamos que se ha de confesar a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo que es perfecto en deidad y el mismo que es perfecto en humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, el mismo con cuerpo y alma racional; consustancial con el Padre en cuanto a su naturaleza divina, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a su naturaleza humana; en todo semejante a nosotros, pero sin pecado; engendrado por el Padre en la eternidad en cuanto a su naturaleza divina, sin embargo en estos últimos días, este mismo, por nosotros y para nuestra salvación, (nacido) de María la virgen, la Theotokos, en cuanto a su naturaleza humana.

Reconocemos a uno solo y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, en sus dos naturalezas: dos naturalezas sin mezcla ni confusión; sin cambio ni mutabilidad; sin división y sin separación. La unión de las dos naturalezas no destruye sus diferencias, sino que más bien las propiedades de cada naturaleza se preservan y concurren en una única persona y en una única subsistencia. Estas dos naturalezas no están de ningún modo partidas o divididas entre dos personas, sino que están en uno y el mismo Hijo, Unigénito, Dios Verbo, el Señor Jesucristo, como los profetas nos instruyeron desde el principio, como el mismo Señor Jesucristo nos enseñó, y como el credo de los padres nos lo ha legado.

Tal vez podamos apreciar de mejor forma lo que logró el Concilio de Calcedonia al preguntarnos cuáles habrían sido las consecuencias si Nestorio o Eutiquio hubieran triunfado ese día. Partamos con el nestorianismo. Si la encarnación en verdad consiste en un hijo humano de María siendo  habitado por un Hijo divino de Dios, entonces en principio Cristo no es diferente de cualquier humano santo. En cada hombre santificado habita el Hijo. ¿Fue Cristo simplemente el máximo ejemplo de esta realidad? Si es así, no ha ocurrido absolutamente ninguna encarnación verdadera. No podemos decir: «Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios». Solo podemos decir: «Jesús de Nazaret tuvo una relación con el Hijo de Dios». Piensa en las implicaciones de esta afirmación para nuestra doctrina de la expiación. Tendríamos que decir que somos salvos por los sufrimientos de un Jesús meramente humano en quien resultaba que moraba Dios (como en todas las personas santas). ¿Acaso eso no nos llevaría inevitablemente a creer que el sufrimiento humano —tal vez el nuestro— puede expiar nuestros pecados? Y piensa en lo que ocurriría con nuestra adoración. No podríamos adorar a Jesús, sino solo al Hijo divino de Dios que moró en Jesús; esto destruiría por completo la adoración cristiana.

Pero ahora piensa en qué hubiera pasado si el eutiquianismo hubiera triunfado. Si la humanidad de Cristo se perdió y fue absorbida en Su deidad «como una gota de vino en el mar», entonces, de nuevo, no ha ocurrido ninguna verdadera encarnación. En lugar de que Dios se hiciera hombre, tenemos al hombre siendo aniquilado en Dios. Uno puede ver cómo esta idea se habría prestado para toda clase de misticismo que rechaza la humanidad. Después de todo, si Cristo es nuestro patrón, ¿acaso no deberíamos también nosotros buscar que nuestra propia humanidad se pierda y sea absorbida en la deidad como una gota de vino en el mar?

Los padres de Calcedonia se opusieron con firmeza a estas dos tendencias malsanas. Ellos afirmaron que Cristo es en verdad una sola persona divina, no una alianza entre una persona divina y una humana como enseña el nestorianismo. El sujeto, el «yo», el agente personal que hallamos en Jesucristo, es singular y no plural; esta persona es el «Hijo, Unigénito, Dios Verbo, el Señor», la segunda persona de la Deidad. Por eso María es llamada con razón la «madre de Dios», verdad que Nestorio rechazó con vehemencia. ¡La persona que nació de María fue precisamente Dios el Hijo! María es la madre de Dios encarnado (aunque, por supuesto, no es la madre de la naturaleza divina). Los padres de Calcedonia también afirmaron que esta sola persona existe en dos naturalezas diferentes, completa divinidad y completa humanidad, rechazando así la absorción eutiquiana de la una en la otra. Vemos en Cristo todo lo que es ser humano y todo lo que es ser divino en una sola y misma vez, sin que ninguno se vea comprometido por lo otro. Podríamos decir que en Cristo, por primera y última vez, toda la plenitud del ser humano y toda la plenitud del ser divino se han unido y existen unidas en exactamente la misma forma, como el Hijo del Padre y el Portador del Espíritu Santo. O para decirlo de una forma más simple, Cristo es completa y verdaderamente humano, completa y verdaderamente divino, al mismo tiempo, en una sola persona.

Loor al Verbo encarnado,

en humanidad velado;

gloria al Santo de Israel,

cuyo nombre es Emanuel.

Los padres de Calcedonia hicieron un buen trabajo. En asuntos cristológicos, tal vez solo podamos llegar a ser enanos parados en sus hombros de gigantes. Podríamos ver incluso más lejos si nos sentamos allí. Sin embargo, si nos bajamos, dudo que vayamos a ver algo más que lodo nestoriano y eutiquiano.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

Esperanza para obedecer mandamientos difíciles

Soldados de Jesucristo

Agosto 18/2021

Solid Joys en Español

Esperanza para obedecer mandamientos difíciles

John Piper

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No me gusta la vida

Miércoles 18 Agosto

Ni aparté mi corazón de placer alguno… y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.Eclesiastés 2:10-11

(Jesús dijo:) Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.Juan 4:13-14

No me gusta la vida

“Lo viví todo. No hay mucha gente que pueda decir lo mismo. Ahora puedo morir. Lo viví todo; no me gusta la vida. En la noche, a veces, me digo que no me gustaría despertarme al día siguiente”.

Esta confesión desilusionada de un conocido actor muestra que la riqueza, la gloria y los placeres de la vida no pueden satisfacer el corazón humano. Lo mismo experimentó hace mucho tiempo el rey Salomón. La Biblia nos lo muestra para advertirnos. Podemos evitar estas desilusiones si nos esforzamos en escuchar su mensaje. Salomón pudo disfrutar de todo lo que un hombre pueda desear en la tierra, y su conclusión es decepcionante: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2).

Pero lo más importante no son las cosas de la tierra, pues la vida no se detiene con la muerte del cuerpo. Salomón lo sabía y escribió:

“Teme a Dios, y guarda sus mandamientos… Porque Dios traerá toda obra a juicio” (Eclesiastés 12:13-14). Este temor de Dios lleva a la vida (Proverbios 19:23). En efecto, Dios nos invita a hallar en él la verdadera respuesta a nuestras aspiraciones. Jesús dijo:

“Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35). No hablaba de la sed o del hambre del cuerpo, sino de las necesidades de nuestro ser interior. Estas encuentran su respuesta en Jesucristo. ¡Solo él puede darnos la paz, el gozo y el descanso!

2 Crónicas 3-4 – Lucas 22:47-71 – Salmo 96:1-6 – Proverbios 21:21-22

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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EL MANDATO DE VACUNACIÓN Y LA LIBERTAD DE CONCIENCIA CRISTIANA: DE 2021 A 1721 Y VICEVERSA

Lumbrera

EL MANDATO DE VACUNACIÓN Y LA LIBERTAD DE CONCIENCIA CRISTIANA: DE 2021 A 1721 Y VICEVERSA

BEN PURVES

Durante la semana pasada, muchas personas de dentro y fuera de la iglesia han preguntado sobre la forma de abordar las cuestiones de conciencia y la atención sanitaria en lo que respecta a los mandatos de vacunación COVID-19. A medida que los mandatos se multiplican en la sociedad, ¿cómo se debe responder? ¿Deben los que han rechazado la vacunación anteriormente buscar una exención religiosa, o deben vacunarse? ¿Qué hay que hacer si no hay exención religiosa? A medida que se plantean estas cuestiones, es importante que consideremos cómo la Iglesia ha aplicado las Escrituras para resolver cuestiones similares en el pasado. Con esto en mente, miremos tres siglos atrás para revisar cómo la iglesia respondió a la controversia de la inoculación de la viruela de 1721.Durante esta última semana, muchas personas dentro y fuera de la iglesia han preguntado sobre cómo navegar por cuestiones de conciencia y de salud cuando se trata de los mandatos de la vacuna COVID-19. A medida que los mandatos se multiplican en la sociedad, ¿cómo se debe responder? ¿Deben los que han rechazado la vacunación anteriormente buscar una exención religiosa, o deben vacunarse? ¿Qué hay que hacer si no hay exención religiosa? A medida que se plantean estas cuestiones, es importante que consideremos cómo la Iglesia ha aplicado las Escrituras para resolver cuestiones similares en el pasado. Con esto en mente, miremos tres siglos atrás para revisar cómo la iglesia respondió a la controversia sobre la inoculación de la viruela de 1721.

La epidemia de viruela de Boston de 1721


Cuando una epidemia de viruela llegó a Boston en la década de 1720, recibir o no inoculación se convirtió en la controversia de la hora. Cuando comenzó la epidemia, la población de Boston era de alrededor de 11.000 habitantes, y muchos huyeron con sus familias para escapar de la enfermedad. Esta epidemia se cobraría 844 vidas antes de que llegara a su fin. Fue en medio de esta crisis de salud pública que Cotton Mather comenzó a promover una inoculación experimental de la que había aprendido de su esclavo Onésimo.


Mather convenció a un médico llamado Zabdiel Boylston para que comenzara las inoculaciones. El método utilizado por Boylston infectaría deliberadamente a personas sanas con un virus vivo de la viruela. Se tomaría una muestra de alguien que estaba enfermo, se haría un pequeño corte en la piel del que se iba a inocular y luego se frotaba la muestra en el corte. Esto resultaría en que el paciente inoculado esté enfermo, aunque por lo general con un caso menos grave de viruela. Entre los que no fueron vacunados, la tasa de mortalidad fue del 15 por ciento. Entre los que fueron vacunados, la tasa de mortalidad cayó al 2 por ciento.1 Aunque la inoculación protegió a la mayoría de los que la recibieron, este éxito llegó al precio de la vida humana, ya que algunos de los que estaban enfermos por la inoculación murieron.


Controversia de la inoculación: Cotton Mather, Jonathan Edwards y John Newton


El mismo año en que Cotton Mather comenzó las inoculaciones en Boston, su padre Increase Mather publicó un folleto titulado Varias razones que demuestran que la inoculación o trasplante de la viruela es una práctica legal, y que ha sido bendecida por DIOS para salvar muchas vidas.En esta obra, el anciano Mather trató de desacreditar la muerte de un paciente de inoculación, y argumentó que la inoculación era una manera de guardar el sexto mandamiento. Mientras equiparaba “No asesinarás” a “que te inoculen”, recurrió a usar la vergüenza y atacar la reputación de aquellos que se oponían a la inoculación. Caricaturizó a aquellos que eran “feroz enemigos de la inoculación” como “Hijos del maligno”. En lugar de estar asociado con tales personas, argumentó que su audiencia se uniera a personas tan dignas como él y los otros pastores que apoyaron la inoculación, que incluía a Solomon Stoddard de Northampton. A pesar de estas tácticas, es sorprendente notar que Increase Mather no quería que nadie recibiera una inoculación contraria a la conciencia, sino que se les persuadiera de cambiar de opinión.


Cuando se introdujo por primera vez la inoculación, hubo una oposición significativa en la comunidad médica y en la iglesia. Múltiples pastores predicaron en contra, como William Douglass, que condenó a aquellos que recibieron la inoculación como culpables de una desconfianza pecaminosa de Dios, aunque cambiaría de opinión en años posteriores. Mather también enfrentó la violencia cuando se lanzó una bomba por la ventana de su casa el 13 de noviembre de 1721, con la nota adjunta: “Cotton Mather, perro, ¡maldita seas! Te inocularé con esto; y una viruela para ti”. 3


En respuesta a la oposición, un pastor bostoniano llamado William Cooper escribió una carta pastoral titulada Una respuesta a las objeciones hechas contra tomar la viruela en el camino de la inoculación de los principios de conciencia. La carta de Cooper defiende la inoculación como un medio legítimo para evitar el sufrimiento y preservar la vida. Rechazó el legalismo de los pastores que buscaban prohibir la inoculación, y pidió libertad de conciencia para elegir o rechazar la inoculación.4


Un momento particular que vale la pena señalar durante un brote posterior de viruela es la muerte de Jonathan Edwards. El 22 de marzo de 1758, Edwards murió después de recibir la inoculación de viruela. Esto es narrado por su bisnieto, Sereno Edwards Dwight, en The Works of President Edwards with a Memoir of His Life. Dwight proporciona una narrativa de la cuidadosa consideración de Edward de la inoculación y su búsqueda de consejo antes de recibir el tratamiento que causó su muerte.Edwards y varios miembros de la familia recibieron la inoculación creyendo que era un curso de acción sabio, mientras se confiaban al Señor. Esther, la hija de Edwards, que también fue inoculada, murió poco después de su padre.


La controversia continuó en Nueva Inglaterra, y también en Londres. El 8 de julio de 1772, Edmund Massey predicó un sermón en St. Andrew’s Holborn de Londres titulado Un sermón contra la práctica peligrosa y pecaminosa de la inoculación.Este texto fue republicado y circulado en Boston, con Massey denunciando la inoculación como un intento peligroso y pecaminoso de escapar del juicio de Dios o evitar la prueba de la propia fe. En lugar de recibir inoculación, Massey argumentó que uno debería confiar en el Señor. Además de esto, Massey argumentó que los médicos están asumiendo el papel de Dios en dar intencionalmente la enfermedad a sus pacientes.

John Newton y la Libertad de Conciencia

Mientras las cuestiones de conciencia continuaban con este debate, John Newton escribió una carta de consejo pastoral que abordaba la ética de si uno debe recibir o no la inoculación. En lugar de tomar una posición, ofreció un consejo equilibrado y argumentó para que el individuo tomara una decisión basada en la fe, ya sea para recibir o no inoculación, y para que todos se confiaran al cuidado providencial del Señor.7


Al leer múltiples sermones y cartas de este período, los lados opuestos del debate de la inoculación manipularían la Escritura para abogar por su posición, a veces con ambas partes usando el sexto mandamiento para argumentar su caso. En contraste con estos polos opuestos estaban las voces que apelaban a Romanos 14 y veían la inoculación como una cuestión de la libertad de conciencia. Con el tiempo, esta convicción cobró impulso. En lugar de un falso dilema entre la fe y la atención médica, el consenso emergente era que uno podía recibir la inoculación en la fe, y que la inoculación era un uso legal y legítimo de los medios para alejarse del daño de la viruela. Aunque la interpretación de la Escritura y los datos médicos podría dar forma a la decisión de uno sobre si recibir o no la inoculación, la decisión todavía debe tomarse a la luz de la conciencia de uno.


Aunque la controversia en torno a la inoculación disminuiría a medida que la práctica se volviera más ampliamente aceptada en la medicina y en la iglesia, muchos se enfrentan a preguntas similares con respecto a la vacuna COVID hoy en día. La carta de consejo pastoral de John Newton con respecto a la inoculación de viruela cierra fácilmente la brecha entre el pasado y el presente, y contiene un sabio consejo para hoy. Aunque Newton no era un defensor de la inoculación, abogaba por la libertad de conciencia mientras llamaba a su audiencia a confiar en el Señor.

Lea el texto completo de la carta de Newton a continuación:

3 de junio de 1777

Estimado señor,

Parece que debo escribir algo sobre la viruela, pero no sé bien qué: habiéndola tenido yo mismo, no puedo juzgar cómo me sentiría si estuviera realmente expuesto a ella. No me declaro partidario de la inoculación; pero si una persona que teme al Señor me lo dice, creo que puedo hacerlo con fe, considerándolo como un recurso saludable, que Dios en su providencia ha descubierto, y que por lo tanto parece ser mi deber recurrir a él, de modo que mi mente no duda con respecto a la legalidad, ni estoy ansioso por el evento; Estando satisfecho de que, tanto si vivo como si muero, estoy en ese camino en el que puedo esperar alegremente su bendición; no sé si podría ofrecer una palabra a modo de disuasión.

Si otra persona dijera: “Mis tiempos están en manos del Señor; ahora tengo salud, y no estoy dispuesta a traer sobre mí un trastorno cuyas consecuencias no puedo prever. Si he de tener la viruela, creo que él es el mejor juez de la época y la forma en que he de ser visitado, de la manera que más convenga a su gloria y a mi propio bien; y por lo tanto elijo esperar su designación, y no precipitarme ni siquiera ante la posibilidad de peligro sin una llamada. Si los propios cabellos de mi cabeza están contados, no tengo motivos para temer que, suponiendo que reciba la viruela de forma natural, tenga un solo grano más de los que él considere oportunos; ¿y por qué habría de desear tener uno menos? Es más, admitiendo, lo que sin embargo no es siempre el caso, que la inoculación podría eximirme de algunos dolores e inconvenientes, y disminuir el peligro aparente, ¿no podría también, por esa misma razón, impedirme recibir algunos de esos dulces consuelos que humildemente espero que mi bondadoso Señor me proporcionaría, si tuviera a bien llamarme a una prueba aguda? Tal vez el principal propósito de esta hora de prueba, si llega, sea mostrarme más de su sabiduría, poder y amor de lo que jamás he experimentado. Si pudiera idear un medio para evitar el problema, no sé cuán grande sería mi pérdida en cuanto a gracia y consuelo. Tampoco tengo miedo de mi rostro; ahora es como el Señor lo ha hecho, y así será después de la viruela. Si a él le gusta, espero que a mí me guste. En resumen, aunque no censuro a los demás, sin embargo, en lo que respecta a mí, la inoculación es lo que no me atrevo a aventurar. Si me aventurara, y el resultado no fuera favorable, me culparía por haber intentado tomar la dirección de las manos del Señor en las mías, lo que nunca he hecho todavía en otros asuntos, sin descubrir que no soy más capaz de lo que soy digno de elegir por mí mismo. Además, en el mejor de los casos, la inoculación sólo me aseguraría de uno de los innumerables males naturales de los que es heredera la carne; seguiría siendo tan propenso como ahora a una fiebre pútrida, a un cólico bilioso, a una inflamación en los intestinos o en el cerebro, y a mil formidables enfermedades que me rondan, y que sólo esperan su permiso para cortarme en unos días u horas: y por eso estoy decidido, por su gracia, a resignarme a su disposición. Déjeme caer en las manos del Señor, (porque sus misericordias son grandes,), y no en las manos de los hombres.

Si una persona me hablara en este sentido, seguramente no podría decir: “A pesar de todo esto, lo más seguro es que te vacunen”.

Predicamos y oímos, y espero que conozcamos algo de la fe, como la que nos permite confiar en el Señor con nuestras almas. Desearía que todos tuviéramos más fe para confiarle nuestros cuerpos, nuestra salud, nuestra provisión y nuestras comodidades temporales. El primero debería parecer que requiere la fe más fuerte de los dos. Qué extraño es que, cuando pensamos que podemos hacer lo más grande, seamos tan torpes e inhábiles cuando nos proponemos lo menos.

Dale recuerdos a tu amiga. No me atrevo a aconsejarla; pero si puede volver tranquilamente a la hora habitual, y no se mete intencionadamente en el camino de la viruela, ni se aparta de él, sino que lo deja simplemente en manos del Señor, no la culparé. Y si se preocupa de orar y predicar, y cree que el Señor puede cuidar de ella sin ninguno de sus artificios, no la culparé. Es más, lo alabaré por ambos. Mi recomendación es leer el Salmo cxxi del Dr. Watts todas las mañanas antes del desayuno, y orarlo hasta que se produzca la curación. Probatum est.

¿No has dado tu palabra?
¿Para salvar mi alma de la muerte?
Y puedo confiar en mi Señor
Para mantener mi aliento mortal.
Iré y vendré,
Ni miedo a morir,
Hasta que desde lo alto
Me llamas a casa.

Ora por los tuyos, &c.

¡Adiós!

La aplicación de Newton de la doctrina de la libertad de conciencia es amable y caritativa, y está lejos de donde estamos hoy. En lugar de darse la libertad de conciencia, muchos están demasiado dispuestos a abrazar la coacción cuando la persuasión ha fracasado.

La Biblia no nos instruye si uno debe recibir o no una vacuna, pero está claro cuando se trata de la doctrina de la libertad de conciencia.

Libertad de conciencia y libertad religiosa

La doctrina de la libertad de conciencia fue prominente e instrumental en la configuración de la libertad religiosa en los Estados Unidos. Fue atribuido tanto por cristianos como por deístas, y fue fundamental para la autoría de Thomas Jefferson del Estatuto de Libertad Religiosa de Virginia. Esto fue aprobado por la Asamblea General el 16 de enero de 1786, y sirvió como precursor de la protección de la libertad religiosa de la Primera Enmienda. Cabe señalar que la libertad de conciencia fue reconocida como otorgada por Dios, y que no procedía del Estado.

A continuación se presentan algunos extractos clave:

Mientras que Dios Todopoderoso ha creado la mente libre; que todos los intentos de influir en ella por castigo temporal, o burthens, o por incapacidades civiles, tienden sólo a engendrar hábitos de hipocresía y maldad, y son una desviación del plan del Santo Autor de nuestra religión, quien, siendo Señor tanto del cuerpo como de la mente, sin embargo eligió no propagarlo por coacciones sobre ninguno de los dos, como estaba en su poder Todopoderoso para hacer…

Sea promulgado por la Asamblea General, que ningún hombre será obligado a frecuentar o apoyar ningún culto, lugar o ministerio religioso en absoluto, ni será aplicado, restringido, molestado o enterrado en su cuerpo o bienes, ni sufrirá de otra manera a causa de sus opiniones o creencias religiosas; sino que todos los hombres serán libres de profesar, y por argumento de mantener, su opinión en asuntos de religión, y que de ninguna manera disminuirá, ampliará o afectará sus capacidades civiles.

En 2021, la multiplicación de los mandatos de la vacuna COVID deja claro que la libertad de conciencia se está desvaneciendo rápidamente de la conciencia pública. Los que ordenan vacunas dan poco espacio a la libertad de conciencia. Muchos se niegan a dar una exención religiosa a nadie, y aquellos que los tienen en cuenta a menudo buscan algún extraño principio doctrinal, como “Nuestra oscura secta religiosa no permite que los miembros reciban atención médica”. A muchos empleados no se les permite autocertificar sus propias convicciones, y en su lugar se les pide que presenten cartas escritas por sus pastores. Algunos miembros del ejército están siendo obligados a ser entrevistados por capellanes, con la intención de determinar la legitimidad de sus convicciones. Esta investigación de creencias debería ser alarmante para cualquiera que valore la libertad religiosa. La autoridad religiosa nunca debe cederse al Estado o a los empleadores para determinar si las condenas de uno son legítimas o no.

Mandatos y conciencia

La Biblia no nos instruye si uno debe recibir o no una vacuna, pero está claro cuando se trata de la doctrina de la libertad de conciencia. En asuntos que no son especificados por la Palabra de Dios, el cristiano debe considerar las enseñanzas de la Escritura, y recordar que todas las cosas deben proceder de la fe y hacerse para la gloria de Dios. En ese sentido, no hay un principio antivacuna de la fe cristiana. Sin embargo, si la aplicación de la Escritura, la sabiduría y la conciencia nos lleva a rechazar un tratamiento médico en particular, esta es una aplicación de la doctrina de la libertad de conciencia. Las objeciones religiosas de algunos pueden ser tan simples como mantener la convicción de que el cuerpo humano es creado por Dios, que la salud de uno es una cuestión de mayordomía, y la Escritura pone esa responsabilidad en el individuo y no en el estado. Otros, en aplicación de la doctrina de la santidad de la vida, rechazarán AstraZeneca y Johnson & Johnson, mientras eligen Pfizer o Moderna, o los rechazan por completo.

Si un empleador está ordenando la vacuna, debe considerar su posición. ¿Puedes recibir la vacuna con fe? ¿Es una cuestión de preferencia o una cuestión de conciencia? Si la conciencia no le permite recibir la vacuna, busque aprender sus opciones sobre una exención religiosa. Si esa no es una opción, busque consejo con su iglesia mientras sopesa la decisión de recibir la vacuna en lugar de permanecer en su lugar de empleo.

Un llamado a la libertad de conciencia

No estoy tratando de apoyar u oponerme a la vacuna COVID. Más bien, estoy defendiendo la libertad de conciencia. A medida que toma la decisión de recibir o rechazar el tratamiento médico, es responsable de revisar cualquier información médica disponible y tomar una decisión informada. También vale la pena señalar que hay diferencias importantes entre las vacunas COVID de hoy en día y la práctica histórica de inoculación a través de la cual uno se infectaría con un virus vivo. Independientemente de estas diferencias, las decisiones deben basarse en la fe y con confianza en el Señor para cualquiera que sea el resultado. Hay un componente espiritual en nuestras decisiones de salud, porque todo lo que hacemos debe ser para la gloria de Dios, y debe proceder de la fe (Rom 14, 23, 1 Cor 10, 31). Para algunos, esto significará elegir vacunarse, y para otros, significará rechazar la vacuna por completo.

Cuando se trata de la iglesia, en lugar del legalismo de vincular las conciencias de los demás más allá de las enseñanzas de la Escritura, haríamos bien en considerar la sabiduría de la carta de Newton. Todo lo que no procede de la fe es pecado. No insistamos en que nadie reciba un tratamiento médico contrario a la conciencia, y no pisoteemos las conciencias de nuestros hermanos y hermanas. En cambio, caminemos en fe y amor dándonos unos a otros libertad de conciencia. Que la iglesia recupere y ejerza la doctrina de la libertad de conciencia, y que nuestras decisiones de salud se tomen en fe para la gloria de Dios.


[1] Matthew Niederhuber, “The Fight Over Inoculation During the 1721 Boston Smallpox Epidemic“, Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard. Consultado el 1 de agosto de 2021

[2] Aumentar Mather. Varias razones que prueban que inocular o trasplantar la viruela es una práctica legal, y que ha sido bendecida por Dios para salvar muchas vidas (Boston: S. Kneeland, 1721).

[3] Elizabeth A. Fenn. Pox Americana: La gran epidemia de viruela de 1775-82 (Nueva York: Hill and Wang, 2001).

[4] William Cooper. Una respuesta a las objeciones hechas contra tomar la viruela en el camino de la inoculación de los principios de conciencia (Boston: Stationers Arms, 1730).

[5] Sereno Edwards Dwight, The Works of President Edwards with a Memoir of His Life, 10 vols., (Nueva York: S. Converse, 1829).

[6.] Edmund Massey, Un sermón contra la peligrosa y pecaminosa práctica de la inoculación (Londres: Angel in Cornhill, 1722).

[7] John Newton, The Works of John Newton, 4 vols., (Edimburgo: The Banner of Truth Trust, 2015), 617-619

Este artículo fue publicado originalmente aquí.CORONAVIRUSVACUNAS CORONAVIRUSCOVIDVACUNAS COVID-19, VACUNAS COVID-19, GOBIERNOLÍDERES GUBERNAMENTALESJOHN NEWTONJONATHAN EDWARDSLIBERTAD DE CONCIENCIAMANDATO DE MÁSCARAVACUNAMANDATO DE VACUNASPASAPORTES DE VACUNAS

ARTÍCULO TOMADO DE: https://lumbrera.me/

¿Qué es la ética bíblica-teológica?

Alimentemos El Alma

LIBRO: ÉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ética cristiana: Un enfoque bíblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ética cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guía de estudio de FLET en http://www.logos.com/es/flet.

Capítulo 1

EL ESTUDIO DE LA ÉTICA CRISTIANA

I. ¿Qué es la ética bíblica-teológica?

A. La ética en general

La ética es el estudio científico de la vida moral humana determinada por su ideal y su forma verdaderos. Procura contestar ciertas cuestiones fundamentales que todos enfrentamos, tales como: ¿Cuál es el verdadero significado de la vida humana y su propósito? ¿Cómo determinamos quién es el hombre bueno?, ¿cuáles son las marcas de la vida buena? ¿Cuáles son las implicaciones en nuestra vida del sentido humano del deber? ¿Habrá una obligación moral?, ¿cómo se determina?

De este intento de definición notamos que la ética trata de los más profundos intereses y necesidades del hombre. El ser humano está constituido de tal modo que podemos llamarlo un ser «racional-moral», o sea, es tanto un ser racional como un ser moral. Esto, por supuesto no excluye el hecho que también es un ser emotivo, pero esto no tiene que ver tanto con la ciencia de la ética. El ser humano no solamente tiene intelecto sino también tiene conciencia. No solamente percibe cómo son las cosas sino también se da cuenta de que las cosas deben ser de un cierto modo. Además de averiguar, calcular, reflexionar, pensar, y meditar, también se esfuerza por lograr sus metas. Es cierto que tiene ideas, pero, también tiene ideales. Se empeña por realizar su objetivo, su fin, ya que tiene consciencia de ellos. Tiene en su corazón el concepto del «más alto bien», un summun bonum. Se da cuenta de que hay una diferencia entre lo bueno y lo malo, entre lo correcto y lo equivocado. Este aspecto de la experiencia humana —el aspecto moral— es lo que se constituye en la materia de la ciencia ética.

Sin embargo, la ética no queda satisfecha con el mero estudio del aspecto moral de la experiencia humana en sí. Es más que un estudio descriptivo de este aspecto del ser humano. La psicología, o sea, el estudio científico de los procesos de la vida psíquica humana, también incluye dentro de la esfera de sus estudios una consideración del aspecto moral de la experiencia. La diferencia es que la psicología es una ciencia descriptiva mientras que la ética es una ciencia normativa. El estudio de la ética tiene la tarea de buscar la verdadera norma o regla para la vida moral humana. Su meta es determinar un criterio objetivo de lo bueno, al cual todos los hombres como seres morales deben conformarse. Con esto vemos entonces que el estudio de la ética se eleva sobre el nivel de lo empírico, lo subjetivo, y sobre lo meramente descriptivo, y procura proporciona un ideal de carácter objetivo y normativo.

B. La ética cristiana en particular

La cuestión del punto de vista (o de los supuestos) es de importancia primordial en el desarrollo de cualquier ciencia. Ningún pensador puede estudiar los fenómenos fundamentales sin que, consciente o inconscientemente, proceda sobre la base de un supuesto, en una pre-concepción o pre-comprensión de la verdad y de la propiedad de algún punto de vista. El punto de vista, o supuesto, tiene que ver con el ángulo desde el cual percibimos algo. Este punto de vista desde el cual uno ve el mundo y la vida, sea el que fuere, es lo que, al final, determinará la perspectiva o el enfoque de todas las cuestiones relacionadas con una ciencia. El supuesto, entonces, es lo que cada persona tiene que dar por sentado para empezar a pensar. Esto se aplica también al moralista que estudia la ciencia ética, tanto como a cualquier pensador, sea filósofo o teólogo, naturalista o humanista, artista o científico, ateo o teísta, budista o cristiano. Todos tendrán un conjunto de convicciones básicas en cuanto a la naturaleza de la realidad que constituye sus postulados, su enfoque, su punto de vista, o pou stoo, el supuesto por el cual mira, evalúa, y procura resolver los problemas éticos. Cualquiera que escriba sobre la ética (o sobre cualquier otra ciencia) deberá aclarar para sí mismo y para sus lectores cual es su punto de vista, su supuesto —su perspectiva fundamental— al seguir los estudios éticos.

Nuestra perspectiva al seguir esta ciencia es la de la teología evangélica. La defensa de esta perspectiva no es nuestra tarea en este momento. La apologética tiene por fin el vindicar el sistema de la verdad cristiana y nos llevaría demasiado lejos de nuestra tarea el intento de hacerlo aquí. Sin embargo, en la realización de nuestra tarea, es importante aclarar lo que involucra para nosotros esta perspectiva en cuanto al estudio de la ética.

Con el fin de poder mostrar las implicaciones de esta perspectiva haremos uso de ciertos adjetivos para designar la orientación de nuestra ética; nuestra ética es: 1. teológica, 2. cristiana, y 3. reformada. En cierto sentido podemos decir que estas designaciones son sinónimas; ya que fundamental e idealmente quieren decir lo mismo, y mutuamente se incluyen. Pero también es cierto que cada término tiene sus matices y asociaciones, por lo que el un análisis de cada uno de estos términos será provechoso para nosotros.

1. Nuestra perspectiva es teológica

La única manera que tenemos de conocer y saber es por el conocimiento de Dios. La única manera de conocer a Dios es a través de su auto-revelación, esto es, por medio de la voluntaria autocomunicación divina con el hombre, en los términos y bajo las condiciones del finito conocimiento humano3. Esta revelación la tiene el hombre en su corazón por razón de que es un ser creado, y tiene la capacidad de ver la grandeza de Dios en todo lo que ha hecho, o sea, en toda la creación. Esta la llamamos la revelación general. Si el pecado no hubiera entrado en la vida humana y en el pensamiento humano, todos los hombres conocerían verdadera y adecuadamente a Dios por razón de esta revelación general. La entrada del pecado hizo necesario otra revelación, que fuera en su carácter redentiva y restaurativa. Esta revelación la llamamos la revelación especial y se enfoca en Jesucristo, Dios revelado en la carne, para la redención del hombre. Por la operación del Espíritu de Dios en la regeneración, el creyente se apropia esta revelación de Cristo y, a la vez, de su redención. El que cree en Jesucristo llega a ser una nueva criatura. Su conocimiento está corregido por la Palabra e iluminado por el Espíritu Divino.

A la luz de la revelación redentiva el creyente, en principio, de nuevo puede ver todas las cosas como son. Tiene verdadero conocimiento de Dios, al grado de que se apropia de la revelación redentiva en Cristo y se alimenta de ella. Por esta misma luz conoce todas las cosas: a sí mismo, a sus compañeros, así como el significado y propósito de la vida. De la misma manera que la Palabra personal (Cristo) es conocida solamente por la Palabra escrita (la Biblia), que son las Escrituras inspiradas por el Espíritu Santo, que nos interpretan a Dios en Cristo. Tenemos en las Escrituras la última fuente y el criterio final para nuestro conocimiento de Dios, de Cristo, de nosotros mismos, y también de la vida moral cristiana.

Conclusión: Todo nuestro estudio de la vida moral y su ideal será determinado y controlado básicamente por el conocimiento de Dios y su auto revelación en las Santas Escrituras como la única fuente de autoridad de la verdad. Nos dejaremos controlar por la exégesis bíblica. Todo esto está implicado al enunciar nuestra perspectiva teológica.

2. Nuestra perspectiva es cristiana

En realidad esto no agrega nada a la característica que acabamos de mencionar arriba. Mira al mismo tema de un mismo enfoque pero de un ángulo diferente y da énfasis a otro elemento importante, es decir, a la centralidad de Cristo en la revelación, en la teología, y en la vida cristiana. Para nuestro estudio de la ética, el punto de partida u óptica especial se encuentra en la revelación cristiana, en la fe cristiana. Llamamos cristiana esta revelación porque Cristo es su contenido central. Sin Cristo no existe el cristianismo, y solamente la doctrina bíblica de Cristo hace que la ética cristiana sea verdaderamente cristiana. Por creer que la verdad cristiana es la última verdad, contemplamos todas las cuestiones morales a la luz de Cristo. La norma de la vida cristiana es la voluntad de Dios en Cristo, como está revelada en las Escrituras. La Biblia es más que un recordatorio de la vida religiosa y moral de la nación hebrea o una historia o de su pensamiento, o de su experiencia religiosa. Tampoco es meramente la historia del pensamiento o experiencia de los cristianos primitivos. La búsqueda última y fundamental del hombre, y su necesidad más profunda, encuentran su respuesta y satisfacción solamente en la sobrenatural auto-revelación de Dios en y por Cristo, quien es el Alfa y la Omega de las Escrituras.

Conclusión: Al estudiar la ética situamos nuestro punto de partida en la divina revelación sobrenatural de las Santas Escrituras, de las cuales Cristo es, a la vez, la culminación, el punto focal, y el centro de ellas. Procedemos sobre la base de una fe y una confianza en el Cristo de las Escrituras y una profunda lealtad a él. Todo esto queda implícito al dar el nombre de cristiano a nuestro estudio. Nuestra perspectiva es teológica, pero específicamente cristiana.

3. Nuestra perspectiva es reformada

Si el concepto de la auto-revelación sobrenatural de Dios, que se encuentra en el Cristo de las Escrituras, fuera uniforme entre todos los cristianos, la designación de nuestra perspectiva como reformada estaría de sobra. Pero existen entre ellos muchos conceptos diferentes sobre la auto-revelación de Dios y sus enseñanzas, grandes diferencias, profundas, anchas y serias. Existen, por ejemplo, diferencias irreconciliables entre los conceptos de Cristo, de la revelación, de las Escrituras, de la salvación, y aun en sus doctrinas acerca de Dios. Entonces, a fin de evitar malentendidos, nos es menester utilizar una designación precisa para indicar nuestra perspectiva, una designación que exprese sin ambigüedad lo que estimamos como el verdadero contenido de la perspectiva cristiana y teológica. Esto lo encontramos en la histórica designación reformada. La interpretación de nuestra perspectiva teológica y cristiana es la interpretación reformada, o sea, la de la reforma religiosa del siglo dieciséis. Somos herederos de esta reforma. Nos identificamos con los grandes reformadores, aquellos que, en el siglo dieciséis, llamaron a la iglesia a volver a la Biblia, la inspirada Palabra de Dios, como la fuente, la base y la norma de su pensamiento teológico, y, por ende, su pensamiento ético.

El enfoque reformado:

a. El enfoque reformado es relativamente el más alto y completo concepto de teología. La perspectiva teológica tiene que empezar y terminar con Dios. «De Él, para Él, y por Él, son todas las cosas» (Ro 11:36). Esto va en contra de mucho pensamiento, llamado hoy en día teológico, que empieza con la experiencia religiosa humana. La perspectiva reformada es netamente teocéntrica. Y es precisamente esta característica lo más notable en el punto de vista reformado. Más que cualquiera otra escuela de teología, la teología reformada ha tomado en serio la prioridad de Dios y su auto-revelación en todo su pensamiento

b. El enfoque reformado es el concepto más bíblico y teológico de la revelación. Son varios los conceptos de revelación que están en boga en el pensamiento teológico actual. Algunos de ellos han llegado al punto de identificar toda revelación con el descubrimiento humano de la verdad. Lo más frecuente, en la actualidad, es que se ha identificado la revelación con ciertas fuertes experiencias religiosas o con ciertas actitudes netamente subjetivas.

El concepto reformado de la revelación es verdaderamente el más teológico y también el más genuinamente bíblico, ya que conscientemente toma la Biblia como la fuente, pauta y norma de todo su pensamiento. Más que las otras escuelas de teología, el concepto reformado hace hincapié en la necesidad absoluta de la revelación sobrenatural, y funda esta revelación en la trascendencia divina (por virtud de la creación) y en la santidad divina y el amor divino (por virtud de la redención del pecado).

c. El enfoque reformado es el concepto relativamente más completo y puro del cristianismo. Enaltece a Cristo, al Cristo de las Escrituras. Tiene un Cristo que es realmente divino, y cuya encarnación y redención son absolutamente únicas, singulares, y finales. Acentúan la autoridad y realeza del Divino Cristo, sobre el cual la Iglesia cristiana esta fundada (y que esta autoridad lo sea no solamente de nombre, sino también en realidad). Tal es la perspectiva de la teología reformada. De ella encontramos en la historia su más fina expresión en las obras de eruditos cristianos como Agustín, Juan Calvino, Juan Knox, Jonatán Edwards, Carlos Hodge, Abraham Kuyper, Luis Berkhof, J. Oliver Buswell y Cornelio Van Til. Es este el punto de vista que determinará todo nuestro pensamiento al seguir la ciencia de la ética.

C. Definición de la ética reformada

Ahora bien, a la luz de lo que expusimos arriba nos es posible dar una definición más precisa a nuestra ciencia. Ofrecemos cuatro definiciones. La diferencia principal entre ellas radica en el hecho de que cada una usa un término diferente como punto de referencia en cuanto al fin supremo de la experiencia moral. Lo máximo, pues, de la experiencia moral puede caracterizarse en relación con cuatro distintos términos que nos permiten ver la ética desde cuatro distintas ópticas. Estos términos que juntos facilitan un concepto más completo y definen la ética como una búsqueda son: lo bueno, lo recto, lo debido, lo ideal. Cada una de las siguientes definiciones incorpora uno de estos términos.

1. La ética cristiana es aquella ciencia teológica cuya tarea es la de determinar la naturaleza y condiciones de la vida verdaderamente buena, a la luz de la revelación de Dios en las Escrituras.

2. La ética cristiana es aquella ciencia teológica que determina cuál es la manera recta de vivir para el hombre, de acuerdo con las normas de la Palabra de Dios.

3. La ética cristiana es aquella ciencia teológica que estudia la base, la norma y la realización práctica del deber de la vida en la manera determinada por la voluntad de Dios revelada en las Escrituras.

4. La ética cristiana es aquella ciencia teológica que estudia la vida moral y cristiana, declara el hacer la voluntad de Dios, revelada en su Palabra, como el ideal fundamental para esa vida, y procura encontrar la manera por la cual este ideal pueda realizarse por el cristiano como agente moral en todas sus relaciones de la vida.

Posiblemente la última de las cuatro definiciones sea la mejor. Es, por lo menos, la más explícita. Tiene también el mérito de poseer un sabor más novotestamentario que las otras tres.

II. La urgencia de la tarea ética

La tarea ética que acabamos de definir es una tarea urgente. Esto es evidente por la naturaleza de la materia. Pero decirlo no es más que una perogrullada. La verdadera urgencia de la tarea ética se halla en las circunstancias especiales en que nos encontramos hoy. Por varias razones:

1. El gran número de nuevos problemas morales, difíciles y complicados que las condiciones de la vida actual nos ha echado encima.

2. La tendencia actual deliberadamente anticristiana de la moralidad y la ética, aun en los países nominalmente cristianos.

3. Nuestra innegable negligencia en el estudio de la ética en la teología reformada.

Consideremos una por una estas observaciones en cuanto a la urgencia de la tarea ética:

1. La complejidad y dificultad del moderno problema moral

Un creciente número de serios problemas morales, característicos de la época moderna y la postmoderna, exigen solución. Algunos son nuevos, traídos por las nuevas formas de pensar y los descubrimientos científicos, y otros son nuevas formas de antiguos problemas éticos. Además, lo que muchos llaman la tarea social del cristianismo y posturas hacia la ecología en realidad son la tarea moral. Afirmamos que solamente los principios de Cristo ofrecen una verdadera solución para las enfermedades morales de nuestra época. Para que estas sean más que simples palabras piadosas y lisonjeras es menester que comprobemos su verdad en la vida actual. Y esto depende de un sincero desempeño de nuestra tarea ética. Todo mejoramiento social, todos los planes prácticos para aliviar las condiciones intolerables, y cada programa cristiano para la reforma moral deben arraigarse en un concepto sano de la base, del motivo, del ideal y de la meta máxima de la vida moral cristiana, vistos a la luz de la revelación de Dios.

En el pasado casi toda la energía de las iglesias reformadas se disipaba tanto en la formulación teológica de su doctrina como en la búsqueda de soluciones en las controversias doctrinales. Las actividades asociadas con estos esfuerzos, por lo menos en la mayoría de los casos, han sido absolutamente esenciales, y actualmente podemos pensar mejor como cristianos debido a ellas. Además nos dan un fundamento seguro para sostener nuestro pensamiento ético. Pero el tiempo viene, y es ahora cuando necesitamos aplicar nuestras energías también a la solución de los grandes problemas morales de nuestra época. Esto constituye un reto grande para la ética cristiana, particularmente para la reformada. La tarea de aplicar las consideraciones éticas de la teología reformada a los problemas morales, grandes y complicados de nuestra época se nos presentan ahora con más insistencia que nunca.

No obstante, una palabra de advertencia puede ser útil aquí. Nuestro pensamiento ético no debe estar orientado solamente hacia los problemas que actualmente buscan solución. Tenemos que ver más allá. Positivamente tenemos que buscar lo bueno, lo recto, lo debido y lo ideal, en relación con cualquier problema, situación y condición de la vida. La ética tiene que desarrollar los principios bíblicos que conforman la base para tomar las decisiones ético-morales. La vida ética cristiana tiene que ver con la toma de decisiones más que con simplemente aceptar las normas sugeridas por otros, aunque sean del pasado.

2. La tendencia anticristiana en la moralidad de la ética actual

La tendencia anticristiana es demasiado notable en todas las expresiones de la vida y pensamiento actuales, tanto en Europa como en las Américas. El cristianismo ha sido excluido como fuente y norma de valores y como la pauta del pensamiento.

a. En cuanto a la moralidad actual

En la vida de mucha gente, cristiana por tradición, se ve un repudio creciente de las normas cristianas en la vida práctica y moral. Uno de los fenómenos más asombrosos en la actualidad es el de la «descristianización» o «secularización» de grupos cristianos. Aun en un libro publicado recientemente, un autor puso como título la pregunta: «¿Todavía podemos ser cristianos?» Muchos «cristianos» deben preguntarse: ¿Somos todavía cristianos? Presenciamos una tendencia cada vez más fuerte de un alejamiento de los modos cristianos de vivir. Esto se nota sobre todo en el decaimiento del matrimonio (y de la vida familiar) como una institución divinamente ordenada. El divorcio es aceptado por la sociedad en general y la fidelidad dentro del matrimonio ya no se estima como altamente deseable. Y este es meramente uno de los muchos ejemplos posibles, pero sirve de evidencia de que el ser humano está separándose rápidamente de los valores cristianos de la vida y del deber.

b. En cuanto a la ética actual

El repudio de las normas morales cristianas de la vida práctica se debe en gran parte a la diseminación de teorías y sistemas anticristianos a través de la enseñanza universitaria, la plataforma de conferencias, y los medios de comunicación. Son dos, por lo general, los tipos básicos de la ética moderna que corresponden a los dos principales tipos de la filosofía anticristiana en la época actual: (1) el idealismo y (2) el naturalismo.

(1) La ética idealista moderna

De los dos tipos mencionados arriba, este se considera el más respetable. Es la ética de muchos de los eruditos universitarios. En algunos casos la han fundido con el cristianismo, siendo el resultado una forma de moralismo religioso. La mayor parte del modernismo (o liberalismo) teológico aboga por una ética de este tipo. Puede parecer cosa equivocada llamar a esta una ética anticristiana, pero con algo de ropaje cristiano no puede ocultar su verdadera identidad. La ética idealista está de acuerdo con la ética cristiana en postular que la realidad última sea «espiritual» (es decir, no simplemente biológica o material) y mantener que ha de existir una norma objetivamente válida de lo correcto. Pero esto no hace que la ética idealista sea una ética cristiana. Al contrario, es sutilmente anticristiana. En casi todas sus formas presenta una confianza (o una fe) en la capacidad natural del hombre para realizar su ideal y hacer lo bueno; supone una perspectiva evolutiva que rechaza la enseñanza bíblica de la caída; niega la operación de la gracia sobrenatural en la redención y en la regeneración; no cree en el pecado y la culpabilidad; considera que toda maldad no es más que lo bueno todavía por realizarse; y mantiene que el ideal moral es básicamente la autorrealización del ser humano a través del desarrollo de todas las potencialidades nativas del hombre. Aboga por la autonomía del ser humano: da por sentado de que el hombre sea autónomo. Este tipo de ética, especialmente por su alianza con la teología modernista, ha sido una de las influencias más potentes en las tendencias anticristianas en la ética moderna.

(2) La ética naturalista moderna

Este tipo de pensamiento se inspira en el repudio de que haya (o que pudiera haber) una realidad espiritual en cualquier forma. Es más plenamente anticristiana y menos sutil. Jura por la ciencia natural y la teoría de evolución. El punto de vista biológico es la última categoría. Implica una ética utilitaria y hedonista. El placer es el bien más alto, y el placer sobre esta base es esencialmente el placer sensual, aunque sea de un tipo refinado. Además, todo lo que sea útil para conseguirlo se justifica.

Este segundo tipo de ética, el naturalista, es francamente hostil al cristianismo. Nitzsche y Dewey son dos de sus exponentes modernos. La ética marxista, que ya no se enseña mucho, ha dejado sus huellas en el pensamiento actual, y es básicamente naturalista también. Es el punto de vista ético que está en ascendencia en la mayoría de las universidades latinoamericanas y europeas, y es predominante en muchas de ellas. Viene a veces disfrazado de una perspectiva humanista, pero su hostilidad a todo lo sobrenatural y a todo lo teológico, a todo lo que es básico en la religión y la moralidad, es en todos los casos muy notable. Esta perspectiva, perfilada por numerosos líderes intelectuales, constituye el ataque más serio y franco hoy día contra los principios y normas de la ética cristiana.

3. Nuestra deficiencia en el estudio de la ética bíblico-teológica en tiempos pasados

Todo lo dicho antes acentúa la urgencia de la tarea ética, sobre todo para nosotros los que aceptamos los fundamentos de la teología reformada. La urgencia se hace aun más apremiante cuando notamos el hecho de que la teología reformada tiene que confesarse culpable de una negligencia en el estudio de la ética.

No se puede echar la culpa a los reformadores y a los primeros teólogos protestantes. En el primer siglo de su historia la iglesia reformada se caracterizaba por una vitalidad notable, tanto en ética como en doctrina. Apreciaban ambos aspectos: tanto el teológico como el ético. Troeltsch y Weber han dado su testimonio acerca de la vitalidad ética de los fundamentos calvinistas. El interés ético era vivo también en la generación inmediatamente posterior a Calvino. Esto se hace muy evidente con la publicación en 1577 de un libro clásico de la ética reformada: Lambertus Danaeus, Ethices Christianae, Libri III. Muchas de las primeras teologías en la tradición de la Reforma contenían tratados de la ética en su exposición, frecuentemente en la forma de un comentario sobre los diez mandamientos. Las teologías de Turretín y de Witsius son buenos ejemplos.

El trazar las influencias que operaban en las siguientes décadas y siglos y que debilitaban el interés en la ética sería un estudio de mucho valor. Pero a la misma vez sería un estudio que exigiría largo tiempo y mucha investigación en la historia de la teología reformada. Sin embargo, no cabe duda que una tendencia hacia un cierto «ortodoxismo» malsano y hacia un malentendido escolasticismo teológico tuviera sus malos efectos. Como quiera que haya sido la historia de la ética en la teología reformada, es un hecho innegable que la teología reformada moderna es culpable de negligencia real del estudio ético. Esto se confiesa sobre todo dentro de los mismos círculos en que más se esfuerzan por hacer una ética reformada.

Estas consideraciones, junto con la tendencia actual de reducir el pensamiento bíblico a un «evangelio» básico y general, sin hacer distinciones o precisiones en la interpretación bíblica, y sin aprender con profundidad sus enseñanzas, hacen aun más urgente el desempeñar nuestro deber ético como teólogos protestantes.

Existe una necesidad imperiosa de un testimonio fuerte e inteligente en cuanto a las implicaciones morales de nuestra fe, frente al relativismo ético de nuestra época. La iglesia cristiana tiene que hablar claramente, no solo sobre los puntos doctrinales sino también sobre los principios éticos. La teología debe indicar la diferencia entre los fundamentos éticos corrientes de nuestros días y los de la ética que se sujeta a la Palabra de Dios. La tarea apologética de la iglesia cristiana también tiene su fase ética. El cultivo del estudio ético sobre la base bíblica puede ser un estímulo grande para una apreciación más a fondo del aspecto ético de la predicación. Enfrentándose a las corrientes modernas de la moralidad y la ética, el pueblo cristiano necesita de un profundo sentido ético en su conciencia. No debemos confundir la moralidad con la ética, pero sí podemos estar seguros de que el estudio de la ética, si está bien hecho, sin lugar a dudas dará aliento a la vida moral del cristiano, tanto al que la estudia como a los que están bajo su influencia espiritual. El estudio de la ética es también una «precondición» para resolver los muchos problemas, confusos y complicados, que la vida moderna presenta al cristiano.

III. Los postulados teológicos de una ética bíblica-teológica

A. La ética y la dogmática: su interrelación

La dogmática y la ética están estrechamente relacionadas. A la verdad, por muchos siglos la ética no se veía como ciencia aparte sino que se trataba como una parte de la dogmática. Aunque se encuentran los comienzos de la ética cristiana ya en Clemente y en Orígenes, en Ambrosio y en Agustín, y a pesar de que tenemos que reconocer que una gran parte de la teología de la edad media se ocupaba con las cuestiones morales, la ética cristiana no vino a ser ciencia particular sino hasta después de la Reforma. En la época de la Reforma los teólogos luteranos, tanto como los reformados, incluían su consideración de problemas éticos dentro de las obras de la dogmática. Quien trató primero con la ética como una ciencia teológica distinta fue un teólogo reformado, que ya hemos mencionado, Lamberto Daneus, profesor en Ginebra y Leydon, en sus tres tomos sobre ética cristiana, publicados en 1634. Este primer tratado de ética como ciencia distinta marca un gran paso hacia delante en el desarrollo teológico.

La distinción entre la dogmática y la ética como dos ciencias teológicas nunca debe conllevar a un divorcio entre ellas. La dogmática y la ética constituyen dos aspectos del estudio de la teología sistemática. Esto indica su íntima relación. La dogmática y la ética en la teología están relacionadas como dos puntos de vista de la misma perspectiva cristiana. Ambas tratan de las verdades fundamentales del sistema cristiano, pero dentro del sistema cristiano las dos ciencias difieren en la misma manera en que la metafísica y la ética lo hacen en el campo de la filosofía. Podemos decir que la dogmática es el estudio de las creencias cristianas, y la ética trata de su aplicación a la vida cristiana. El teólogo holandés que formó un periódico, una universidad y llegó a ser el primer ministro de Holanda, Abraham Kuyper, expuso esta distinción al decir que la dogmática trata de la norma de la fe, y la ética de la norma de la acción. Esto va de acuerdo con una frase que empleamos frecuentemente: «la Biblia es nuestra única regla infalible de fe y conducta». Aunque no insiste en esto, el mismo autor dice también, que podemos utilizar el término de «dogmática» para incluir ambas ciencias. No queremos insistir en este punto, pero sí apreciamos su intención de acentuar la estrecha relación entre la dogmática y la ética. Para utilizar una expresión del Sr. Kuyper, la primera ciencia trata de dogmatic veritatis, y la segunda trata de dogmatic vitae (o sea, la dogmática de la verdad, y la dogmática de la vida).

La estrecha relación entre las dos ciencias teológicas queda reforzada con el hecho de que la dogmática es la base de la ética. Nuestra ciencia de vivir tiene su base indispensable en nuestra ciencia de formular las doctrinas o las creencias. La solución del problema ontológico determina la respuesta al problema ético. Nuestras creencias del ser determinan las conclusiones referentes a nuestro bienestar. Como en la filosofía, la ética está determinada por la metafísica; de la misma manera en la teología cristiana la ética está determinada por la dogmática. Los grandes supuestos de la vida moral, sobre los cuales opera la ciencia de la ética cristiana, son derivados de la dogmática cristiana. Las grandes verdades en cuanto al Ser de Dios, la naturaleza del hombre, el pecado, la salvación, y la consumación de la historia del mundo forman la materia de la dogmática y se constituyen en los supuestos de la ética.

Esta íntima relación entre la dogmática y la ética suele negarse actualmente y ello resulta en un divorcio de las dos ciencias teológicas. Bajo la influencia del ritschlianismo (que encuentra su expresión en la tendencia antidoctrinal de la época), muchos teólogos subestiman la dogmática. Hay en nuestros días un cambio de énfasis de la doctrina para aplicarla a la vida que dista mucho de ser equilibrado. El cristianismo práctico y social de nuestros días aunque pone cierto énfasis sobre la ética, positiva y deliberadamente subestima la doctrina. Debemos cuidarnos contra el error de poner nuestro énfasis en un lado a expensas del otro; la dogmática es la base indispensable de la ética.

Sin embargo, por tener ansias de evitar un extremo, no debemos descuidar el peligro de caer en lo opuesto. Entonces, si existe en derredor nuestro una tendencia de sobrestimar la ética cristiana, esto no será razón para subestimarla. Aun entre los grupos cristianos conservadores no es esto un peligro imaginario, sino es obvio a todo observador atento. Frecuentemente entre ellos, la justificación y todo lo que pertenece a este ciclo de la verdad cristiana se subraya tanto que la santificación y las verdades con ella relacionadas resultan suprimidas. El equilibrio admirablemente mantenido en el Catecismo de Heidelberg puede tomarse por modelo en todos los grupos. Existen casos en que los hombres moverían cielo y tierra para luchar por lo que consideran una doctrina o principio importante, y en el proceso pisotearían todas las cortesías cristianas y las demandas fundamentales de la vida ética. Estos casos constituyen tristes y humillantes instancias del peligro referido. Debemos cuidarnos contra el «unilateralismo» o exageración moralista por un lado, pero no debemos estar menos alerta a los peligros de un estéril e inmoral dogmatismo por el otro.

No se puede negar que el desarrollo del carácter cristiano, de las cortesías cristianas, y de las virtudes cristianas no ha marchado al mismo paso que el desarrollo del conocimiento doctrinal. Contra esta tendencia, aunque parezca no muy fuerte, en el cristianismo actual debemos estar alerta y no buscar una falsa seguridad escondiéndonos tras las murallas de la sana doctrina, con un supuesto interés en la dogmática. Reconozcamos que tal actitud resultará en el empobrecimiento de ambos estudios, porque la dogmática está también relacionada con el aspecto moral de nuestra fe.

B. Los postulados de la ética cristiana, ¿cuáles son?

No podemos comenzar un estudio científico sin hacer supuestos, o sea, sin presuponer algunos principios básicos como punto de partida. El organismo entero de la ciencia humana está entretejido. Las ciencias particulares no están aisladas del resto del cuerpo del conocimiento. Esto es cierto en las ciencias naturales, en las humanidades, en las ciencias sociales, y también en la ética. Los supuestos básicos de una ciencia suelen ser parte del cuerpo de otra ciencia. En aquella otra ciencia donde propiamente pertenecen han sido discutidos y establecidos, mas para el propósito de una nueva ciencia, estas verdades, son supuestos, o postulados. Un postulado, entonces, es una verdad establecida en una ciencia, pero que funciona como un supuesto en otra ciencia; es lo que se da por sentado para iniciar esta ciencia, pero siempre viene como un supuesto prestado de la ciencia previa donde fue elaborado, desarrollado y defendido.

La ética reformada también tiene sus postulados prestados. Toda ética los tiene prestados. Tienen que ver con lo que se entiende en cuanto a la naturaleza de la realidad. El filósofo idealista tiene razón cuando dice que toda discusión de la ética tiene que basarse en supuestos metafísicos. Es decir que las cuestiones de lo bueno y lo malo pueden ser consideradas solamente sobre la base de los supuestos correctos; respecto a la naturaleza del mundo, de Dios, del Hombre, y de la relación entre ellos.

Nosotros, los que aceptamos el punto de vista teológico y reformado como nuestro verdadero supuesto, reconocemos que toda ética genuinamente cristiana tiene que basarse en las verdades fundamentales que propiamente pertenecen al estudio de la dogmática. Los supuestos de la vida moral cristiana, y los postulados para su estudio, se encuentran en las grandes verdades de la dogmática. Son verdades que ha encontrado en la Biblia y las ha desarrollado y formulado. Son el resultado de los estudios dogmáticos y se toman ahora como la base de la ética.

La dogmática es el indispensable fundamento de la ética. Las cuestiones referentes al verdadero ideal de la vida y su realización propiamente pueden considerarse solamente a la luz de las grandes verdades del sistema doctrinal del cristianismo: respecto a Dios, al hombre, al pecado, a Cristo, a la salvación, y al porvenir. Por esto la ética reformada comienza con aceptar las verdades básicas de la dogmática reformada, que son sus supuestos, sus postulados, y sus lemas.

Al estudiar estos supuestos de la vida moral del cristiano, nuestro interés es doble: primero, nos interesan como lemas, es decir, queremos entenderlos en sí; y segundo, nos interesan las implicaciones éticas de estos supuestos. En cada caso, debemos determinar claramente cuáles son las verdades básicas que nos presta la dogmática. El establecimiento y la vindicación de esas verdades, está más allá de la esfera ética. Damos por sentado que esto se haya hecho en el estudio de la dogmática. Al explicar las implicaciones de esas verdades doctrinales, sin embargo, tenemos la tarea de mostrar sus implicaciones en cuanto a la ética. ¿Cuáles son estos postulados doctrinales de la ética reformada? Son seis y corresponden a las seis grandes doctrinas del sistema cristiano. Estos dogmas no vienen aislados, ya que la Biblia no solamente nos enseña algunas doctrinas, sino también nos presenta un sistema doctrinal. Estas seis doctrinas son: la doctrina de Dios, del hombre, del pecado, de la redención, de Cristo, y de la consumación de la historia humana.

Estas seis doctrinas nos dan seis postulados:

1. El postulado teológico; o sea, la doctrina de Dios como supuesto de la vida moral del cristiano y su ideal.

2. El postulado antropológico; o sea, la doctrina del hombre como supuesto de la vida moral y cristiana y su ideal.

3. El postulado hamartológico; o sea, la doctrina del pecado, como supuesto para la vida cristiana moral y su ideal.

4. El postulado soteriológico; o sea, la doctrina de la redención como supuesto de la vida moral y cristiana y su ideal.

5. El postulado cristológico; o sea, la doctrina de Cristo como supuesto de la vida cristiana y su ideal.

6. El postulado cosmo-escatológico; o sea, la doctrina de la consumación de la historia humana como supuesto de la vida moral y cristiana y su ideal.

Volvamos ahora a la consideración de esos postulados, uno por uno, individualmente (y sus implicaciones éticas), con la excepción de aquellos que se relacionan directamente con el hombre como agente moral, o sea, los postulados antropológicos, hamartológicos, y el soteriológico. Esos tres los estudiaremos aparte, en la consideración del cristiano como agente moral, que es el tema del siguiente capítulo. La importancia ética de esos tres postulados se restringe, de una manera casi completa, al estudio del cristiano como agente moral y, por eso, nos conviene tratarlos en esta conexión.

Los demás postulados, sin embargo, tienen implicaciones más generales, y estas las estudiaremos a continuación.

C. El postulado teológico de la ética cristiana

Este postulado envuelve una consideración de la doctrina de Dios como un supuesto de la vida moral cristiana. Es una doctrina fundamental. No es meramente determinativa de la ética como lo son también los otros supuestos sino es el fundamento de todos los otros supuestos. La doctrina de Dios es fundamental y determinativa en toda dogmática y en toda ética.

La centralidad de Dios en toda religión y toda moralidad es esencial. Una de las más serias enfermedades del pensamiento moderno es que sufre del eclipse de Dios. Se habla mucho de religión pero poco de Dios en la predicación moderna, en la enseñanza y en la teología. Es un cambio que ha entrado progresivamente en el pensamiento cristiano durante los últimos 150 años. Tapa a Dios todo pensamiento teológico que ha sido inspirado por Schleiermacher y los filósofos idealistas del siglo veinte. El pensamiento panteísta lo hace al identificar a Dios con su creación y sobre todo con la humanidad en su mejor forma.

También ocultan a Dios otros tipos de pensamiento. Todos los que han sido influidos por la teología moderna, por ejemplo, el tipo agnóstico-moralista del pensamiento religioso. En este pensamiento o se niega a Dios o se le reduce a un apéndice de una religión esencialmente humanista moralista. Este punto de vista ha influido profundamente todas las éticas. ¡Ha llegado al punto en que algunos han dicho que Dios ha muerto!

Si queremos una ética verdadera, tenemos que salir de tales perversiones y distorsiones de la religión y de la teología. Tenemos que volver a reconocer la prioridad y la majestad del Dios Santo, Amante, y Trascendente. Si Dios es Dios, este hecho tendrá importancia primordial en toda religión y moralidad, tanto en la teología como en la ética. Es el lugar primordial que ocupaba Dios en la vida moral y en el pensamiento de Jesús, de Pablo, de Agustín, de Lutero, y de Calvino. Tenemos que preguntar entonces: ¿Quién es Dios? y ¿qué influencia tiene el concepto verdadero de Él en nuestra vida moral y en el pensamiento ético?

1. Dios como un ser moral

Dios es un ser infinito, absoluto, espiritual, trino, perfecto en sabiduría y poder, en bondad, en justicia, en santidad, y en amor; tanto en la plenitud de su eterna y autosuficiente existencia como en las múltiples relaciones que sostiene con sus criaturas racionales.

Dios es personalidad absolutamente divina. Es infinito en su Ser y sus perfecciones. Es la fuente de todo bien. Es el bien absoluto y personal (ho agathos; Mr 10:18b: oudeis agathos, ei mee, ho Theos). El bien que haya, fuera de su Ser, se deriva de Él, y tiene su origen en Él. La perfección de sus atributos es una perfección absoluta e infinita. Luego: Dios es sabiduría absoluta e infinita, poder absoluto e infinito, santidad absoluta e infinita, justicia absoluta e infinita, y amor absoluto e infinito, etc.

En cuanto a esto podemos preguntar: ¿Es Dios un ser moral? La respuesta tiene que ser afirmativa. Pero, a la vez, hay que añadir que no podemos comparar las características de la personalidad finita del hombre como ser moral, con el Ser divino como un ser moral. Lo que dijimos al hablar del hombre como ser moral no se podría aplicar a Dios porque el ser moral en el sentido humano implica los siguientes elementos:

a. El estar sujeto a la ley moral, cuya base está fuera de la humanidad y se impone sobre ella autoritativamente y reclama una obediencia categórica.

b. El estar constituido de modo que por una progresión gradual del esfuerzo moral se aproxima al verdadero fin de su ser.

Ninguno de estos dos elementos que se encuentran en el ser moral del hombre se aplica a Dios.

Pero, sí, Dios es un ser moral, infinitamente moral. Es bueno, absolutamente bueno. Es Espíritu. Está totalmente enterado, de Sí mismo y de todo, es autoconsciente, es autodeterminante como todo ser moral. Cual Espíritu infinito, Dios es perfecta y eternamente autoconsciente; eterna y perfectamente comprende la plenitud de su glorioso Ser. Se realiza perfecta y eternamente. Dios vive hacia un fin y es un fin perfecto y absolutamente bueno.

Carlos Hodge dice: «Se envuelve en la mera naturaleza del ser racional y voluntario, que se conforma a la regla de lo correcto, lo cual en este caso es la misma razón infinita de Dios» [traducción del inglés] (Teología sistemática, tomo I, p. 379). Tanto como es bueno, Dios es perfectamente libre. Tal como es Dios, es moral en el sentido más profundo de la palabra.

Una y otra vez, en la historia del pensamiento religioso, los pensadores especulativos y los místicos han insistido en colocar su concepto de Dios «más allá del bien y el mal». Tal es la posición del panteísmo brahmánico. Se encuentra esta idea también en el pensamiento de muchos místicos, tanto cristianos como incrédulos. Y en los años recientes los idealistas absolutos han defendido la idea.

Todo concepto de Dios como «más allá del bien y del mal» no es digno de Dios. No existe, por supuesto, ningún mal en Dios, pero esto no es lo que quieren decir con el término «más allá del bien y del mal». Lo que quieren decir es que la distinción misma entre el bien y el mal no tiene significado en relación con Dios. Se concibe a Dios como un absoluto amoral. Concebir a Dios como un absoluto amoral no es solamente una contradicción de términos sino que además pervierte el concepto del mismo Ser de Dios. Dios es perfectamente bueno y santo, y no puede tener ninguna comunión con el mal. ¿Cómo entonces puede ser indiferente en cuanto al bien y el mal? El sacrificar los atributos morales de Dios a los metafísicos conduce inevitablemente a una perversión del mismo Ser de Dios: «Dios es Luz y en Él no hay tinieblas» (1 Jn 1:5, cf. Stg 1:17).

2. Las implicaciones éticas de la doctrina de Dios

La doctrina de Dios tiene las siguientes importantes implicaciones éticas, las cuales básicamente determinan nuestro concepto de los fundamentos de la moralidad cristiana:

a. Existe una antítesis absoluta entre el bien y el mal. La naturaleza moral de Dios es la garantía de que vivimos en un mundo en el cual el bien y el mal no son asuntos indiferentes. La base última de esto se encuentra en lo que podemos llamar la «bondad metafísica» de Dios, la expresión más profunda de su naturaleza moral. Esta «bondad metafísica» de Dios está muy relacionada con lo que la Biblia muchas veces denomina Su santidad cuando la palabra «santidad» se toma en un sentido amplio de la palabra. La santidad es «aquella perfección de Dios en virtud de la cual Él eternamente ordena y mantiene su propia excelencia moral, aborrece el pecado y requiere pureza en sus criaturas morales». «Sed santos porque Yo soy Santo» dice el Señor (Lv 11:45; 20:26; 1 P 1:16). He aquí la razón de decir que la antítesis entre el bien y el mal es absoluta.

b. La naturaleza moral de Dios es la base de la responsabilidad moral del hombre. Somos moralmente responsables porque Dios nos hizo criaturas morales, a su propia imagen. Dios el Creador llamó al cosmos a existir, y en un orden natural y moral. Es el Creador, Sustentador, y Gobernador moral. Por más profundo que sea el concepto humano acerca de la Santidad de Dios, más profundo y penetrante será su concepto de la responsabilidad moral. Y, a la inversa, si es liviana su idea de la Santidad de Dios, su sentido de responsabilidad moral también será débil. Tenemos una ilustración de esto en el hinduismo moderno con su concepto panteísta (y politeísta) de Dios. El Dr. Kellogg, quien pasó su vida de misionero en la India, cuenta acontecimientos persuasivos de su propia experiencia. Dice que es cosa común para un hindú disculparse de una maldad culpando al Brama, el tono impersonal, que es el que actuaba en y a través de la persona. También dice que el concepto del deber, de la conciencia, y de la verdad que encontraba era un concepto vago y relativo. Insiste en que la raíz de todo esto es el concepto de la naturaleza de Brama (S.H Kellogg, Manual de la religión comparada).

c. La voluntad de Dios nos proporciona una regla para la vida moral. Esta norma es la expresión de la santa voluntad de Dios. Para nosotros, la expresión de la santa y perfecta voluntad de Dios es el Bien. Y el pecado es lo que va contra esa perfecta y santa voluntad de Dios. Solamente cuando tengamos un sentido profundo de la santa voluntad de Dios, entenderemos que el pecado es verdaderamente pecaminoso para nosotros. «Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos» (Sal 51:4). Esto es lo que David exclama en cuanto a un pecado que parece ser cometido contra su prójimo. José muestra una aguda sensibilidad de la voluntad de Dios cuando exclama, frente a la tentación de pecar, de la misma manera: «¿Cómo, pues, haría yo este grande mal y pecaría contra Dios?» (Gn 39:8). Las maldades sociales de nuestra época son malas solamente porque son, y al grado en que son, violaciones de la voluntad de Dios.

Así se debe notar que la voluntad de Dios, que determina la norma de lo bueno para el hombre, no es una voluntad caprichosa. El fundamento último de lo correcto y lo bueno se encuentra en el Ser perfecto de Dios, en su naturaleza cual Bien Absoluto, y en su voluntad divina, que es la expresión consistente de su naturaleza perfecta. Lo bueno es, entonces, bueno porque Dios así lo desea; y también se puede decir que Dios lo desea porque es bueno. No debemos entender por esta última frase que ello implique la existencia de una norma moral de lo bueno existente aparte de Dios, o por encima de Él, a la cual tiene que conformarse. No existe una idea de lo bueno la cual sea más definitiva a la santa voluntad de Dios, con la cual Dios mismo tenga que estar de acuerdo. Dios mismo es la fuente de todo bien y su norma. Alguien ha dicho correctamente. «No es meramente que la justicia sea justa porque Dios la ordena; más bien, todo lo que Él ordena es justo». El pecado no es pecaminoso meramente porque lo prohíbe Dios, sino que todo lo que Él prohíbe es pecado. Cualquier santidad, cualquier majestad que pertenezca a la eterna ley de justicia pertenece a Dios. Esta ley es la perfecta expresión de su voluntad.

d. La meta más alta, el sublime fin, el sumo propósito de todo esfuerzo moral se encuentra en Dios. Es, a la verdad, Dios mismo. El Catecismo de Westminster pregunta: «¿Cuál es el fin principal del hombre?» y responde: «El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.» El salmista dice: «¿a quién tengo en el cielo sino a ti?» El calvinista genuino no «usa» a Dios sino quiere servirle. El conformarse a Dios es la meta moral más alta del hombre. El último fin del verdadero creyente es el cielo, y el cielo es el cielo porque allí está Dios.

D. El postulado cristológico de la ética cristiana

La doctrina de Cristo también tiene significado ético de mucha importancia. La doctrina de Cristo, que recibimos como lema de la dogmática, se puede resumir en esta declaración: Jesucristo es el Dios-Hombre (no el hombre divino sino Dios revelado en la carne), verdadero Dios y perfecto hombre. ¿Cuáles son las implicaciones éticas de esta verdad cristológica?.

1. El Redentor sin pecado rindió una perfecta obediencia de infinito valor por el pecado del mundo. Esta es la gran verdad de la redención, pero enfocada, no del punto de vista soteriológico sino del cristológico. «Al que no conoció pecado por nosotros lo hizo pecado (2 Co 5:21). Otro pasaje bíblico muy conspicuo en cuanto a esta verdad del punto de vista cristológico es Hebreos 7:26, 27: «Porque tal pontífice nos convenía: santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como los otros sacerdotes, de ofrecer sacrificios por sus pecados, y luego por los del pueblo: porque esto lo hizo una sola vez, ofreciéndose a sí mismo».

2. Nuestro Señor-Salvador es a la vez la cabeza y el principio organizador de la nueva —esto es, la redimida— humanidad. Él es el último Adán (1 Co 15:45, 47). Él es el autor de la vida (Hch 3:15).

3. El Dios-Hombre es la incorporación perfecta y el prototipo del bien humano, de la perfección humana. En Jesucristo el ideal, el hombre perfecto, reaparece en la humanidad. Es la perfecta incorporación del carácter ético. Lo muestra en su carácter exaltado, en su divina conciencia, y en su tratamiento irreprochable con sus compañeros. «Y la Palabra se hizo carne… lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14). «¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? (Jn 8:46a). «…dejándonos ejemplo… el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 P 2:21, 23).

E. El postulado cosmo-escatológico de la ética

También la doctrina de la época venidera, como la conocemos por la revelación divina, es radicalmente determinativa de nuestra vida ética y su perspectiva. Los elementos de esta doctrina, juntamente con sus implicaciones éticas, pueden expresarse de la siguiente manera:

1. Dios creó la historia, está en ella y la dirige a su fin. Tanto, el destino humano como el destino cósmico están en Su mano. Además, las dos cosas son inseparables, porque el Creador de una cosa es a la vez el Creador de la otra, y el cosmos en su forma actual no es más sino el escenario para el propósito de Dios en la historia humana donde lo lleva a cabo.

2. La meta y la consumación de la historia, está determinada por el propósito redentor de Dios, que se realiza en Cristo para la humanidad. El Calvario tiene significado central y determinativo para una filosofía cristiana de la historia. Para estudiar una filosofía cristiana de la historia vale la pena empezar con San Agustín. En su obra La Ciudad de Dios, San Agustín ofrece la primera filosofía de la historia realmente comprensiva. Además es una filosofía cristiana de la historia.

3. Al fin el bien vencerá al mal. Cristo ya, en principio, ha conquistado el pecado y a Satanás, y al fin de la época mostrará una victoria completa sobre el mal. No vivimos en un universo neutral en el cual las fuerzas del bien y del mal tienen igual poder. Aunque empíricamente existe todavía mucha maldad y vemos mucho de lo diabólico en la vida humana, ciertamente Dios en Cristo ya ha triunfado sobre el mal y triunfará empírica y completamente sobre todo pecado y sobre toda maldad en la consumación de la edad.

4. Nuestra vida y la vida de la humanidad entera, con todas sus contradicciones, encontrarán su ajuste último en el juicio divino.

 Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ética cristiana (pp. 13–44). Miami, FL: Editorial Unilit.

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